El maestro interior

¿Qué es un maestro?

Aunque no siempre lo creamos y mucho menos le prestemos atención, hay sabiduría en cada uno de nosotros. Ese es nuestro maestro interior.

¿A qué nos referimos cuando hablamos del maestro interior? ¿Es otra persona, un ángel o algún ser espiritual que nos guía? ¿Es una parte de nosotros mismos? ¿Es nuestro verdadero Yo?

Antes de entrar en la reflexión acerca de qué o quién es el maestro interior estaría bien analizar qué es el maestro en general.

Con la palabra maestro nos referimos a la capacidad de algo o alguien para guiarnos en el camino del autoconocimiento. Del latín magister, asociado a la raíz indoeuropea meg-, significa el que destaca sobre los demás.

En India la palabra que se utiliza para referirse a un maestro es guru, que significa “que tiene peso, importante”. En una interpretación simbólica, se dice del guru que guía a alguien en el camino del autoconocimiento que significa “el que remueve (ru) la oscuridad (gu)”.

Sin embargo, la figura del gurú en India y la del maestro en Occidente han tenido recorridos muy distintos; cada una con sus pros y contras.

 

El gurú

En India la figura del gurú tienen una especial relevancia, ya que el gurú es aquella persona que habiendo realizado el camino del autoconocimiento muestra el camino a sus discípulos. Es el sabio que comunica su sabiduría, a través de las enseñanzas, de la iniciación y, si es un verdadero gurú, a través de su presencia, de su forma de estar y de ser.

El gurú es considerado como una encarnación divina dado que por su experiencia y trayectoria vital ha comprendido y encarna su naturaleza más profunda y auténtica, que es la naturaleza divina de la que participan todos los seres.

Ahora bien, entre los contras de esta concepción del maestro están, a grandes rasgos, la dificultad de encontrar una persona que realmente haya llegado al estado de conciencia planteado, y sobre todo, la tendencia de muchas personas a poner la responsabilidad de su propio camino en el gurú y esperar que el autoconocimiento le sea dado desde fuera.

Esta última actitud es la que hace frecuente que se ensalce como gurú a personas que en realidad sólo buscan su propio beneficio y complacencia y que distan mucho de encarnar el ideal que hemos descrito.

Cuando pretendemos que venga de fuera lo que sólo podemos encontrar recorriendo el camino hacia dentro, es cuando surgen los dogmatismos y fanatismos, ya que no podemos permitir que nadie discrepe de aquello en lo que hemos puesto toda nuestra esperanza. Hacer alguna crítica de la figura del maestro o de un maestro concreto se vive en el fondo como un “¿cómo te atreves a decirme que esta persona no puede darme el autoconocimiento y la liberación? ”.

El maestro

En Occidente la figura del maestro tuvo más que ver con el que destacaba en el conocimiento y manejo de algún arte y con la figura del profesor. El maestro era una persona respetada.

Pero aquí nos referimos al guía espiritual, que durante mucho tiempo fue acaparado por la Iglesia: monjes, monjas, sacerdotes, pastores (en la iglesia protestante), religiosos y religiosas, etcétera. Esta figura comienza a perder peso a partir del s.XIX, cuando los principios de la Ilustración han calado en la sociedad y la ciencia comienza a imponerse como verdad única, quedando la cuestión espiritual relegada al ámbito de la fe.

La Ilustración hace un llamamiento a reconocer la autoridad de la razón en cada uno de nosotros:

“Ilustración es la salida del ser humano de una minoría de esdad cuyo responsable es él mismo. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin verse guiado por algún otro (…) ¡ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí el lema de la Ilustración” (I. Kant)1

Occidente ha tendido desde entonces a fomentar un pensamiento crítico que no acepte ninguna autoridad externa sin más. El maestro puede ser alguien que te de herramientas o facilite tu propia reflexión, pero nunca es una figura divinizada ni paternalista.

El camino debe encontrarlo cada uno según su razón , según su propia forma de pensar. No podemos seguir ciegamente la forma de pensar de otro sólo por la comodidad de no tener que pasar por momentos de incertidumbre, no tener que vivir una “noche oscura”, como la que refiere San Juan de la Cruz en su poema con el mismo nombre.

Las ventajas de esta forma de ver al maestro es que resulta un buen antídoto para la fe ciega y el poner la responsabilidad de nuestra vida en otros.

Los contras son que si no se afina bien la escucha de uno mismo podemos caer en una visión sesgada por nuestro ego y una cierta soberbia que no nos permita aprender del otro y verter luz en nuestras propias sombras. Otro de los efectos negativos que ha tenido es que esta visión ha fomentado la búsqueda del conocimiento sólo a través de la razón y aunque el conocimiento pueda ser razonable, no siempre procede de la razón. Es más, el verdadero conocimiento es experiencial, es algo que se sabe con certeza en el corazón y está más allá de la razón y el lenguaje.

¿Qué es el maestro interior?

El maestro interior no es un personaje ajeno que vive en nosotros. El maestro interior es ante todo el silencio. El silencio es quietud y serenidad y de esa quietud y serenidad emerge nuestra intuición profunda y honesta.

El maestro interior es el que nos dice internamente “por aquí sí”, “por allá no”. No necesita gustar a nadie, ni demostrar nada y por eso no entra en moralismos. El maestro interior emana certeza, pero no es una certeza basada en razones, no busca “tener la razón”, no compite, ni pretende. Es el maestro interior el que hace que determinados mensjes resuenen con fuerza en nuestro corazón.

Es por el maestro interior que podemos reconocer en un momento dado a un maestro externo y ver su luz reflejada en nuestro corazón, sentir y saber que somos iguales, que estamos hechos de lo mismo y que lo que ese maestro me comunica con su presencia o sus palabras es que la luz que veo en él es la que hay en mí.

El maestro interior no se enorgullece ni se avergüenza, no posee el saber sino que lo es y el verdadero maestro externo, el verdadero gurú le hace de espejo, le refleja todo su poder, su señorío. Ser amo y señor de uno mismo, lo cual significa no hacerse esclavo de las pasiones y de la mente. Los pensamientos van y vienen, pero el maestro interior sabe que no está a merced de ese vaivén, poco a poco la mente se aquieta, como el fuego que se apaga cuando no se le echa más leña.

El maestro primordial

Existe una hermosa figura del dios Śiva, conocida como Dakṣiṇāmūrti que representa el maestro primordial. La belleza de esta divinidad reside en su presencia, porque en lugar de enseñar a través de un discurso lo hace en silencio, simplemente es y cuando uno descansa en el silencio del ser la luz y la serenidad irradian espontáneamente. ¿Has estado alguna vez cerca de una persona que irradia paz? Las personas comunicamos mucho más por lo que somos y por nuestra forma de vivir que por lo que decimos.

En la sociedad actual ocurre a menudo que se habla de instaurar en las escuelas educación en valores o programas para evitar el machismo y la violencia de género

Pero ¿de qué ha de servir que los adultos digan una cosa si luego hacen todo lo contrario?, ¿de qué ha de servir que me enseñen a no pelearme si en la televisión, en casa y cuando crecemos socialmente vemos que se fomenta la violencia y la competitividad?, ¿de qué ha de servir que me eduquen para tratar a las mujeres como iguales, si en las revistas, las películas o los anuncios aparecen como un objeto, apreciado sólo por su belleza física y como si fuese un medio para satisfacer los deseso sexuales del hombre? No es lo que decimos sino lo que transmitimos en nuestra forma de ser.

El maestro interior se comunica desde el silencio y nos susurra sin palabras que somos…Y ante la evidencia de ser…Silencio.

1Cita extraída del libro de M. Cavallé, El arte de ser. Filosofía sapiencial para el autoconocimiento y la transformación, Kairós, 2017. P.19

Hombres, el arma entre las piernas

¿Andamos los hombres con el arma entre las piernas?, ¿Somos todos los hombres potenciales abusadores o violadores?, ¿Poseemos una naturaleza sexual agresiva, monstruosa?

La lacra social de la violencia machista y la desigualdad entre mujeres y hombres ocupa un lugar cada vez más relevante entre las preocupaciones sociales, al menos si nos atenemos a lo que se está diciendo en los medios de comunicación, lo que circula por las redes y lo que se está discutiendo en esa entelequia que denominamos la opinión pública. Nos equivocaríamos si creyésemos que por estar estos temas actualmente en el candelero se aproximan cambios o transformaciones en lo sustancial, más bien deberíamos desconfiar de la velocidad con la que unas noticias reemplazan a otras y con la falta de matices y reflexión que caracterizan a muchas de las “campañas de concientización” o a los mecanismos que se ponen en marcha con los linchamientos mediáticos.

Me consta que es muy complicado mantener el equilibrio entre el análisis de la actualidad, la intervención inmediata en los asuntos y la reflexión un poco más profunda, pero aspiro a que el exceso de dramáticas novedades no sepulte lo importante: la conciencia de qué tareas tenemos pendientes. En primer lugar, los hombres con nosotros mismos, en segundo lugar, con respecto a nuestras formas de relacionarnos con los demás y en particular con las mujeres.

Todo pasa con excesiva rapidez y mientras estamos digiriendo el impacto que produce saber que una chica ha sido violada por cinco energúmenos, aparecen nuevas revelaciones de actrices de Hollywood que se vieron sometidas a los apetitos sexuales desbocados de un productor de cine. Sin pausa, seguimos registrando incontables actos de violencia, algunos enormes, atroces. Una mujer mayor es asesinada por su marido después de cuarenta y cinco años de casados, una más joven recibe una paliza brutal por parte de su ex pareja, la policía descubre en un prostíbulo a varias decenas de mujeres que malviven como esclavas sexuales, una adolescente padece el acoso de las miradas masculinas en la calle o en el trabajo por llevar una determinada prenda de ropa. En todos los casos, se repite un mismo patrón: el género del victimario es siempre masculino y el género de la víctima es siempre femenino.

Surgen preguntas, hay necesidad de establecer responsabilidades, queremos castigar a los culpables. ¿Cómo lo hacemos?

La culpa de la violencia es de todos los hombres

En los muros de Facebook o a través de cadenas de whatsapp, he visto como se viene alimentando de manera pueril, y a partir de simplificaciones, la idea de que todos los hombres  -por el simple hecho de ser hombres- somos potenciales violadores, abusadores, acosadores o asesinos de mujeres. En otro mensaje, que circuló bastante por la web, se instaba a que todos los hombres manifestáramos nuestra vergüenza de ser hombres a raíz de la violación que un grupo había cometido durante las fiestas en Pamplona de los Sanfermines.

Una buena amiga, a propósito de la campaña que se lanzó en apoyo de la víctima de dicha violación, #yotecreo, se preguntaba, hace unas semanas en un post: “¿por qué los hombres no espabilan y viralizan un #losiento, un #somosunosmierdas?…¿Por qué no os da la gana daros cuenta de que prácticamente cada pequeño detalle de vuestra cultura, de vuestra cotidianidad, está impregnado de basura patriarcal?…¿Por qué no os sentís interpelados, no digamos ya responsables? ¿Por qué tenemos que educaros y hacer pedagogía constante cuando tenemos cosas mucho mejores que hacer? ¿Por qué somos nosotras las exageradas, las agresivas, las radicales, las que odiamos a los hombres? ¿Cómo tenéis la cara de no odiaros vosotros también?”

Ante un planteamiento semejante, yo sólo puedo responder por mí y no en representación del resto de los hombres.

Yo estoy aquí, sé más o menos bien quien soy, qué pienso del patriarcado y de la explotación capitalista, qué hago y qué no, cómo trato a mi hija, a mi mujer, a mi madre, a mis amigas, a mis vecinas, a las mujeres con las que me relaciono o con las que me cruzo por la vida. ¿Creo yo que la sociedad le debe una explicación a las mujeres que han sido víctimas de la violencia machista? Sí, lo creo. ¿Tiene este país alguna deuda histórica a causa de la ingente cantidad de malos tratos que las mujeres han recibido y reciben? Sí, lo tiene. Pero, ¿me siento culpable o responsable como hombre de las violencias que se ejercen contra las mujeres? No, en absoluto.

Tengo responsabilidad como ciudadano, tengo deberes cívicos, compromisos políticos, luchas invisibles por vivir colectivamente de manera más decente, sin embargo no siento una responsabilidad moral por las circunstancias – como la desigualdad entre mujeres y hombres o la erradicación de los abusos machistas de poder- que intento mejorar en el día a día.

No soy parte de ningún ente colectivo que se llame Hombres Patriarcales y Opresores o Machos como los de antes. Y es por eso que no quiero que me pongan en el mismo saco con otros hombres -retrógrados, cavernícolas, violentos- simplemente porque comparta con ellos el tener un pene y dos testículos.

Si bien como colectivo a los hombres nos vendría muy bien derrumbar un modelo masculino coital, falocéntrico y eyaculatorio, eso no significa que nuestra sexualidad sea sinónimo de agresividad, salvajismo o monstruosidad.

El arma, obviamente, no está entre nuestras piernas como así tampoco la violencia anida en nuestro ADN. Se trata más bien de una cultura en la que nos hemos desarrollado a partir del fomento de la banalidad, la ausencia de búsqueda del sentido y el empobrecimiento del erotismo.

Vivimos en un medio en el que todo parece orquestado para que no nos detengamos en nada ni nos comprometamos con nadie. Aturdidos con tanto ruido mediático y arrastrados por la corriente comunicacional instantánea, no estamos pudiendo comunicarnos bien ni encontrarnos en un frente común con las mujeres. Necesitamos, sin dudas, de ellas para el desarrollo de nuestras potencialidades.

Convendría no perder de vista que también los hombres pueden llegar a desarrollar una sexualidad madura, enriquecida, amorosa y todo ello sin renunciar a ser hombres o sentirse avergonzados de serlo.

La pulsión en el Psicoanálisis

Para comprender la pulsión en el Psicoanálisis es imperativo aclarar que la sexualidad. En la teoría Psicoanalítica, ésta incluye pero no se limita a la genitalidad. Más bien se refiere a la serie de excitaciones y actividades que producen un placer irreductible a la satisfacción de las necesidades fisiológicas.

Es pertinente hacer la distinción entre necesidad y deseo. La necesidad es la exigencia de un órgano cuya satisfacción se cumple realmente con un objeto concreto y no en la fantasía. Por ejemplo, la sensación fisiológica del hambre que se sacia con el alimento. Luego el deseo, es una expresión de la pulsión sexual que nace de una zona erógena del cuerpo. El mismo se satisface sólo parcialmente con un fantasma cuyo objeto es el cuerpo de otro igualmente deseante. El deseo en Psicoanálisis siempre es sexual, y tiene como condición la prohibición del incesto, y la falta asumida con la castración.

 

La pulsión

A lo largo de su obra, Freud sostiene dos planteamientos con respecto a las pulsiones. Estas teorías pulsionales son complementarias y una no descarta la vigencia de la anterior. En su artículo “Pulsiones y Destinos Pulsionales” (1915), Freud define la pulsión como:

Un concepto fronterizo entre lo psíquico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del cuerpo, que arriban al alma, y como una magnitud de la exigencia de trabajo impuesta a lo anímico a consecuencia de su conexión con lo somático.

Esto implica que lo somático imprime una exigencia de trabajo en el aparato psíquico.

pulsión

 

Componentes de la pulsión

Ya anteriormente, en sus “Tres Ensayos sobre una Teoría Sexual” (1905) define los componentes de la pulsión como:

  • Fuente (quelle), es el órgano en el que se produce la excitación sexual y donde brota la pulsión. Se denomina zona erógena, siendo orificios del cuerpo básicos para la supervivencia y donde se apoya la sexualidad. En diferentes momentos del desarrollo psicosexual, cada una de estas zonas tendrá una prevalencia sobre las demás. La pulsión satisfecha será entonces parcial. Sólo con el paso del tiempo se agruparán en organizaciones libidinales.
  • Fuerza (drang), es el factor cuantitativo (económico) de la pulsión. Supone la insistencia y el empuje como una exigencia de trabajo.
  • Meta (ziel), que siempre es la satisfacción, es decir, la supresión del estado de estimulación de la zona erógena. Las pulsiones pueden ser inhibidas o desviadas en su fin. En el primer caso, se hace un alto en la satisfacción. Por ejemplo, el cariño hacia los amigos. En el segundo caso, se da el mecanismo de la sublimación. Mediante el cual la pulsión es canalizada para actividades socialmente valoradas.
  • Objeto (objekt), es aquello en lo cual o por medio de lo cual la pulsión puede alcanzar la satisfacción parcial. Freud plantea que el objeto “es lo más variable de la pulsión”. De modo que no está enlazado a ella originariamente. No obstante, no todas las cosas son susceptibles de ser un objeto para un determinado individuo. Sino sólo aquellas condicionadas por su propia historia.

 

Primera Teoría Pulsional

pulsión de vida

La primera teoría pulsional fue expuesta en 1910 en su artículo “La Perturbación Psicógena de la Visión”. La misma consiste en la oposición entre las pulsiones de auto-conservación y sexuales. Las pulsiones de auto-conservación, tienen como fin la conservación del individuo y el yo. Mientras que las pulsiones sexuales, están puestas al servicio de la sexualidad y la consecución del placer sexual. Podría decirse que existe en el psiquismo una oposición entre necesidad y deseo, o como Freud bien lo dijo, entre hambre y amor.

Las pulsiones en cuanto tal, son pulsiones sexuales, pues están orientadas a la consecución de un placer. Éste no siempre está ligado a la satisfacción de la necesidad orgánica, que concierne a las pulsiones de auto-conservación. De acuerdo con Freud en este período de su obra, la vida psíquica está regida por el Principio del Placer. Según el cual, el aparato psíquico tiende a buscar el placer y evitar el displacer. Entiéndase este último como un estado de tensión que puede manar del interior del propio cuerpo o surgir por estímulos externos.

Si bien las pulsiones sexuales se apuntalan en aquellas de auto-conservación. Se diferencian de ellas pues hay un plus de placer, un resto que queda una vez satisfecha la necesidad. El chupeteo ejemplifica este fenómeno, pues el lactante succiona incluso después de haber satisfecho su necesidad de comer. Dicho esto, no hay un objeto predeterminado biológicamente para la satisfacción de las pulsiones.

 

Las pulsiones parciales

desarrollo de pulsión

Las pulsiones (sexuales) se satisfacen localmente en una determinada zona erógena, por lo cual se consideran pulsiones parciales. Este placer de órgano, va ligado a representaciones fantasmáticas, que expresan no las necesidades vitales sino los deseos inconscientes. Como se ha expuesto, Freud consideraba que las pulsiones se apuntalan o apoyan en las funciones vitales, es decir, en las pulsiones yoicas (de auto-conservación). Luego secundariamente se tornan independientes.

Freud propone que el desarrollo de la libido sigue una serie de fases, cada una marcada por una nueva organización de la sexualidad. En cada una de estas etapa, se da la primacía de una zona erógena, y un modo particular de relación con el objeto. De forma muy general, as fases del desarrollo psicosexual según Freud son:

  • La fase oral comprende el primer año de vida, y tiene como zona erógena la boca. De modo que, apoyada en las necesidades de nutrición, el bebé encuentra un plus de satisfacción en la succión, lo que constituye la pulsión oral.
  • Seguida está la fase anal, ocurre entre los dos y cuatro años, coincidiendo con el proceso de control de esfínteres. La zona erógena predominante es anal, y se vincula con el placer del par de retención y evacuación de las heces.
  • Finalmente, la fase fálica entre el quinto y sexto año de vida, se caracteriza por la unificación de las pulsiones en la primacía de los órganos genitales.

En ese momento, ni el niño ni la niña han descubierto la diferencia anatómica de los sexos, por lo que para ambos los seres humanos poseen el falo o están castrados. Esta etapa concluye con el Complejo de Edipo, concepto que hemos explorado en un artículo El Complejo de Edipo y las Estructuras Psíquicas.

 

Introducción del Narcisismo

narcisismo y pulsión

El término narcisismo fue acuñado por Freud por primera vez para referirse a la elección homosexual de objeto. Poco después, en el caso Schreber lo considera como una fase de la evolución sexual entre el autoerotismo y la elección de objeto. No obstante, el concepto es desarrollado por Freud en su obra Introducción del Narcisismo en 1914.

Todo el desarrollo de esta metáfora del funcionamiento psíquico se basa en el mito de Narciso:

Éste era un joven de gran hermosura, quien suscitaba el amor de incontables doncellas y ninfas, Un día, Narciso se acerca a una fuente de agua clara para beber. Pero queda fascinado ante la belleza de su propio rostro reflejado. Trató de acercarse pero se hundió y muere.

Ya Paul Nacke en 1899 define al narcisismo como la descripción clínica de un individuo que da a su propio cuerpo un trato parecido al que daría al cuerpo de un objeto sexual. Freud agrega que rasgos aislados de dicha conducta aparecen en muchas personas aquejadas de otras perturbaciones. Lo que le lleva a proponer que una parte de la libido, definida como narcisista se sitúa en el desarrollo sexual regular del ser humano.

El aporte a las teorías de las pulsiones, consiste en el giro cualitativo en la oposición entre pulsión yoica y pulsión sexual. El yo también es susceptible de convertirse en un objeto de la pulsión, también se encuentra sexualizado. De esta manera, la libido yoica es aquella que inviste al yo, mientras la libido objetal inviste los objetos. Mientras más gasta una, más se empobrece la otra. Un ejemplo de la libido volcada al propio yo son las fantasías del fin del mundo del paranoico. Mientras que el paradigma de la libido invistiendo el objeto es el enamoramiento.

 

Segunda Teoría Pulsional

El estudio de la libido narcisista es el preámbulo para el desarrollo de la segunda teoría pulsional. La cual fue propuesta por Freud en 1920 en su obra Más Allá del Principio del Placer. El nuevo dualismo pulsional se basa en el par de la pulsión de vida por un lado, y la pulsión de muerte por el otro. Este nuevo planteamiento surge del estudio clínico de la compulsión a la repetición. Este es un fenómeno que forma parte de muchos cuadros neuróticos y que contradice el principio del placer.

En el desarrollo, se producen escisiones del yo, cuando ciertas pulsiones parciales se vuelven incompatibles en su meta. Las mismas quedan relegadas al inconsciente por acción del mecanismo de la represión. De esta manera no pueden encontrar la satisfacción. En este caso, donde la satisfacción es indirecta, no contradice el principio del placer. El displacer causado por el malestar neurótico es sólo para el yo.

 

Más allá del Principio del Placer

pulsión de muerte

Freud expone la pulsión de muerte en dos situaciones de la vida anímica. La primera de ellas es la neurosis traumática, en la cual una tensión irrumpe en el psiquismo con una intensidad tan fuerte que desborda su capacidad de defensa. Por ejemplo: accidentes, guerras o cualquier tipo de situación traumática. Después de la Primera Guerra Mundial eran muchas las personas afectadas. Se observaba que en la vigilia el tema se tocaba con naturalidad, o simplemente no se trataba. Mientras que muchos de estos sujetos tenían sueños recurrentes que reconducían a la circunstancia traumática. En estos casos, los sueños no cumplen la función de realización de deseos inconscientes, pues despiertan el terror de la situación temida.

Sumado a esto, Freud observa el juego infantil de uno de sus nietos de año y medio de edad. El Fort-Da consiste en lanzar un objeto pequeño a un rincón de la habitación, o debajo de la cama. Al mismo tiempo, el niño producía un sonido, cuyo significado era fort o fuera. En otras ocasiones, repetía el juego con un carretel de madera, que tenía una cuerda con la que lo lanzaba y lo hacía volver emitiendo la palabra da o aquí. Después de observarlo durante un tiempo, Freud concluyó que el pequeño repetía un escenario que no es agradable para él: la partida de la madre. Empero, ahora el niño tomaba papel activo, en una vivencia donde fue pasivo. Aunque sea revivir una experiencia dolorosa, va conectada a la ganancia de un placer de otra índole.

 

 

Pulsión de Vida vs Pulsión de Muerte

La pulsión de vida entonces incluye tanto las pulsiones sexuales como las yoicas de la primera teoría pulsional. Es cualquier tendencia libidinal hacia la ligadura del aspecto económico del quantum de afecto a una representación psíquica. Por medio de este mecanismo, se dirige a la conservación de la vida, y a generar una mayor ligadura de la energía libidinal con las representaciones.

En «Más Allá del Principio del Placer» (1920), Freud comenta sobre la pulsión de muerte:

La pulsión de muerte en cambio “trabaja muda dentro del ser vivo en la obra de su disolución”.

Si no está de algún modo ligada a la pulsión de vida se nos escapa. Su propensión es contraria a la pulsión de vida, pues es lo más pulsional, y menos ligado a representaciones del psiquismo humano. De hecho, busca romper la conexión entre la pulsión de vida y la representación, volviendo a la pura cantidad. De acuerdo con el planteamiento freudiano, estas pulsiones se encuentran en condición de mezcla o desmezcla. , y nunca pueden distinguirse independientes una de otra.

 

Referencias bibliográficas:

  • FREUD, Sigmund (1905). Obras Completas. Tres Ensayos sobre una Teoria Sexual. Amorrortu Editores. Buenos Aires, Argentina.
    • Introducción del Narcisismo (1914)
    • Pulsiones y Destinos Pulsionales (1915)
    • Más Allá del Principio del Placer (1920)

Una nueva visión de la física cuántica

 

Esta semana vamos con un artículo atípico a medio camino entre las matemáticas, la física y la filosofía. Acababa de terminar la charla. Esa tarde-noche descubrimos el fascinante mundo de la memoria humana, de su implicación en nuestra vida y de cómo afectan los recuerdos a la toma de decisiones en el agradable Ateneu de l’Aliança de Lliçà d’Amunt, en Barcelona. Como suele ser habitual, una vez puesto el punto y final, siempre hay gente que se acerca a compartir impresiones o a lanzar preguntas algo más íntimas. Una de esas personas se acercó, me pidió una hoja de papel y escribió el siguiente número: 1.53493738496 × 10^-35 metros. Sin anestesia me preguntó: “¿Te dice algo este número?”.

 

Se trataba de un número muy pequeño, y rápidamente respondí que debía mantener relación con el mundo cuántico. La física ve todo el tiempo tres mundos diferentes dependiendo de la escala en la que ajuste su mirada y, cada uno de estos mundos, se rigen por leyes propias. El mundo microscópico de los átomos está gobernado por la cuántica de Planck, el mundo que vemos los seres humanos es cosa de la física clásica de Newton y, para la escala de los planetas o galaxias, tenemos la relatividad de Einstein. Aquel extraño me dijo “creo que he descubierto algo grande” y me invitó a pasar por su blog sin más.

 

Semanas más tarde, encontré por una mochila ese mismo papel y comencé a curiosear por el blog. Ojeé su trabajo con calma y reflexioné acerca de sus posibles consecuencias. Creemos que el universo se está expandiendo, y eso significa que a cada segundo se está generando nuevo espacio (sí, tu casa antes de leer esta frase tenía menos metros cuadrados que ahora que has terminado de leerla). Usando los cálculos de Francesc, llegué a la conclusión de que a cada segundo un kilómetro se estiraría expandiendo unos fentómetros, aproximadamente 0,000000000000001 m (14 ceros); el tamaño de un protón.

 

Al mismo tiempo, este trabajo sugiere que uno de los principios más conocidos de la física, el principio de incertidumbre de Heisenberg, pende de un hilo puesto que da a entender que la naturaleza redondea los resultados de las cosas (como si fuera una calculadora). Esta visión de un mundo dividido en pequeños trocitos (en ciencia decimos “cuantizado”) es capaz de convertir al mismísimo teorema de Pitágoras en una paradoja. Según mi punto de vista, la propuesta de Francesc nos enseña un mundo cuántico donde el observador crea una realidad cuantizando la materia. En el mundo de Francesc, el universo es infinito hasta que un observador entra en escena. Entonces la naturaleza redondea y da lugar a los pequeños trocitos de materia, y surgen diminutas porciones de espacio, tiempo y energía. Según sus cálculos, el valor de estas pequeñas porciones de espacio, tiempo y energía son diferentes a las que propuso el premio Nobel de Física Mark Planck. ¡Cómo no iba a presentaros el trabajo de Francesc!

 

Le envié un correo con la posibilidad de tomar un café. Pese a tener que esperar unas semanas (acababa de ser padre), ese “café” de cuatro horas llegó. Enseguida me cautivó la valentía de Francesc y las nuevas posibilidades que abre su trabajo, así que me ofrecí a compartir con vosotros su forma de ver el mundo mediante un artículo conjunto. Este es el resultado. Os dejo con Francesc.

 

 

David del Rosario

 

PD: Os invito a que visitéis el blog de Francesc.

 

 

El trabajo de Francesc Feliu

 

 

Si por algún milagro de la naturaleza todos los granos de arroz pesaran lo mismo, ¿verdad que podríamos saber con facilidad la cantidad exacta de granos de arroz que hay en un kilogramo? Bien, ¿Y si ahora os digo que hay teorías en las que se contempla la naturaleza como estos granos de arroz, con la diferencia que en vez de hablar de peso hablamos de longitud, tiempo y energía? Primero me a centrar en la longitud y el tiempo, y posteriormente hablaré de la energía.

 

 

Espacio y tiempo

 

Hay quien defiende que la longitud mínima para cualquier cosa en el universo se llama “longitud de Planck” y lo que tarda la luz en el vacío en recorrer esa longitud es el tiempo de Planck. Lo que ocurre es que los valores actuales conocidos para la longitud de Planck y el tiempo de Planck (a fecha de 01-09-2017) son aproximados.

Teniendo claros estos conceptos, dejadme que os hable de π, ese número que ha gastado más litros de tinta en el mundo que decimales tiene detrás del “3”, y es que aunque la definición de π se ajusta bastante a la relación entre la longitud de una circunferencia y su diámetro, lo cierto es que no hay fracción de números enteros que sea exactamente igual a π. Incluso en fracciones de este tipo:

 

360000000000000000000000000000000000000000/114591559026164641753596309628210340664811

24000000000000000000000000000000000000000000/7639437268410976116906420641880689377654063

 

Aunque esta calculadora piense que son exactamente igual a π

 

(360000000000000000000000000000000000000000/114591559026164641753596309628210340664811)/PI

=

1

 

(360000000000000000000000000000000000000000/114591559026164641753596309628210340664811)

/

(24000000000000000000000000000000000000000000/7639437268410976116906420641880689377654063)

=

1

 

Lo cierto es que la calculadora “cree que el resultado de la fracción es π” pero en realidad no lo es. Si no me creéis podéis repetir las operaciones en esta otra calculadora más precisa.

 

Si dividimos las cosas en trocitos lo más pequeños posible, es decir, cuantizamos la materia, descubriremos que en la naturaleza no hay círculos perfectos, lo que hay son categorías de círculos, siendo el más pequeño de todos de la categoría 22/7 y siendo el más popular de todos (hasta la fecha) de la categoría 157/50 (157/50=3.14 exactamente. Un breve comentario: 22/7 es la primera fracción sin decimales en el numerador y en el denominador el resultado de la cual se parece al número π de forma razonable. Si con esta información intentamos cuadrar el círculo (no con un martillo, sino obteniendo un cuadrado con la misma área que un círculo) nos daremos cuenta que aunque el cuadrado resultante no se puede construir, podemos utilizar la fórmula del área del círculo π*radio^2 cambiando π por la fracción que nos recuerda a π (en nuestro ejemplo 22/7) obteniendo un área para el círculo sin infinitos decimales (22/7)*(3.5^2)=38.5 unidades^2. 

 

A = π*r^2 ; A = (22/7)*(3.5^2) ; A = 38.5 unidades^2.

Si usáramos π en vez de la fracción, el resultado del área tendría SIEMPRE infinitos decimales.

 

Una vez obtenida esta área sin infinitos decimales, bastará con calcular la raíz cuadrada de la misma para saber la longitud de cada uno de los lados de nuestro cuadrado (eso sí, con infinitos decimales).

 

Pues precisamente jugando con los diámetros de ciertas categorías de círculos muy concretas (recordad que el diámetro de un círculo es igual a dos veces su radio) llegué a la conclusión que la longitud de Planck expresada en metros en vez de ser de 1.61624(12)*10^-35 metros (ojo que este paréntesis del número 12 NO multiplica, en realidad a la hora de realizar cálculos el paréntesis no hace nada) debería ser de 1.53493738496*10^-35 metros exactamente, y de ahí he sacado también el valor exacto del tiempo de Planck en segundos, que sería de 5.12*10^-44 segundos en vez de 5.39106(32)*10^−44 segundos.

 

Si os fijáis, (1.53493738496*10^-35)*(1.953125*10^43)=299792458. Es decir, es igual a los metros exactos que se desplaza la luz en el vacío durante un segundo.A raíz de esto me di cuenta de algo, y es que aunque 299792458 metros sí es un valor exacto, 1 metro por separado no lo es… Para darse cuenta de ello basta con observar que el resultado de esta división contiene infinitos decimales 1/299792458=0.00000000333564095198152… Este resultado implicaría que a la velocidad de la luz en el vacío se necesitarían infinitas porciones de segundo cada vez más y más pequeñas para poder recorrer un único metro. Lo cual me llevó a crear un sistema de unidades nuevo que he bautizado con el nombre de “Sistema Plánticko Longitudinal”, en el que la equivalencia exacta con el milímetro es la siguiente: 1 mm_pl = 1.49896229 mm0.5 mm_pl = 0.749481145 mm Si usáramos este sistema nos permitiría a escala macroscópica trabajar con una precisión mucho mayor a la actual de forma más práctica, aunque ciertamente si queremos asegurar el tiro no nos queda otra que trabajar directamente con longitudes de Plank y a posteriori convertir el resultado final a la unidad de medida deseada. Daros cuenta que cualquier cifra exacta que sea equivalente a 299792458 metros, según esta longitud de Planck, tendrá también su valor exacto en la unidad de medida que se use, por ejemplo en yardas quedaría así: 299792458 metros — 327857018.8101487 yardas1.53493738496*10^-35 metros — x yardas x=((1.53493738496*10^-35)*(327857018.8101487))/299792458x=1.678627936307961344*10^-35 yardas (Nota: Es de vital importancia destacar que el resultado en yardas tampoco tiene infinitos decimales). Quiero remarcar lo de cualquier cifra exacta que sea equivalente a 299792458 metros ya que si hacemos algo que permiten las matemáticas que es dar una equivalencia no exacta a 299792458 metros (por ejemplo 299792458/3) la longitud de Planck que nos saldrá tampoco será exacta. De confirmar este descubrimiento podríamos disponer de informaciones tan valiosas como por ejemplo el diámetro exacto de un electrón (y así entender un poco mejor el mundo subatómico).

 

 

Según esta entrada de la Wikipedia, e radio aproximado de un electrón es de

 

2.8179403227(19)*10^-15 metros

Pasamos el valor a milímetros

2.8179403227(19)*10^-12 mm

 

Luego, tomando este valor para la longitud de Planck

1.53493738496*10^-32 mm

(1.53493738493*10^-32)*x=(2.817940322719*10^-12)
x=(2.817940322719*10^-12)/(1.53493738493*10^-32)

x seria el radio del  electrón en longitudes de Planck, pero como lo que queremos saber es el diámetro del electrón, lo vamos a multiplicar por 2.

 

diámetro=2*((2.817940322719*10^-12)/(1.53493738493*10^-32))

diámetro=367173325815829375220.48044732810624148878062338954… longitudes de Planck

 

Cómo las longitudes de Planck son valores discretos (no pueden tener decimales), si aplicamos al resultado el redondeo matemático oportuno obtenemos un valor de 367173325815829375220 longitudes de Planck, es decir, un valor exacto. Si os fijáis, este resultado puede dividirse entre 4 sin obtener cifras decimales. Esto podría facilitar muchísimo entender la naturaleza ondulatoria de un electrón cuando esta se produce.

 

367173325815829375220/4

=

91793331453957343805

 

 

La energía

 

 

Teniendo claros los conceptos de longitud mínima y tiempo mínimo, vamos a hablar de otro pilar fundamental en física: la energía. En física, la energía se puede definir cómo la capacidad para realizar un trabajo. El Sistema Internacional de Unidades mide la energía en Julios, con lo que os voy a poner un par de ejemplos para que os quede la cosa más clara. Con un julio de energía podemos (dependiendo de las circunstancias iniciales):

  • Lanzar una manzana pequeña un metro hacia arriba.
  • Elevar 0,24 °C la temperatura de un gramo de agua.

 

La unidad mínima de energía se conoce cómo constante de Planck (representada por la letra h), y el valor oficial es de h=6.62606957(29)*10^-34 Julios por segundo. Si os fijáis, esta cifra no puede ser multiplicada por un número sin cifras decimales en el que el resultado sea igual a 1. Si la energía está cuantizada  y el valor de la velocidad de la luz en el vacío es un valor exacto (299792458 metros por segundo), o bien la cifra está mal o bien un único Julio no es materializable. Al principio pensé que tal y como ocurre con el metro, un único Julio no era materializable. Sin embargo, a posteriori descubrí que hay este valor en la naturaleza que relaciona energía y tiempo: 1 vatio hora = 3600 Julios. Cuando digo “hay este valor en la naturaleza” me refiero a que independientemente del entorno en el que estemos (más o menos gravedad, más o menos temperatura, etc.) es posible (si se dispone de los medios oportunos) obtener 1 Julio de energía durante un segundo, ya que 1 hora es equivalente a 3600 segundos.

 

Combinando la longitud de Planck, el tiempo de Planck, el vatio hora en Julios y la velocidad de la luz en el vacío, llegué a una conclusión bastante sorprendente. La cantidad mínima de energía en el universo debería ser de 2.048*10^-43 Julios por segundo. Dejando el valor de h en un valor muy superior al mínimo, siendo exactamente de 6.626069573632*10^-34 Julios por segundo, daros cuenta que (2.048*10^-43)*(4.8828125*10^42) = 1. Esto implica que necesitaríamos 4.8828125*10^42 “paquetes mínimos de energía” (por segundo) para poder obtener 1 Julio (por segundo) de energía. También implica que si sólo obtenemos 2.048*10^-43 Julios por segundo (un “paquete mínimo de energía” por cada segundo) deberemos esperar 4.8828125*10^42 segundos para poder “sumar” 1 Julio de energía.

 

 

El principio de incertidumbre de Heiseberg 

 

 

Y ya para terminar el artículo os voy a hablar del principio de incertidumbre de Heisenberg. La clave que para mí resume dicho principio es la siguiente: el principio de incertidumbre de Heisenberg postula que no se puede saber, a la vez y con total precisión, el valor de ciertos objetos observables, como por ejemplo la posición y el momento de una partícula.  Si cómo hemos visto hasta ahora podemos saber la longitud mínima de cualquier cosa en el universo, la energía mínima que puede existir en el universo, y el tiempo mínimo que puede durar algo en el universo, ¿a qué campos queda relegado el principio de incertidumbre de Heisenberg? En otras palabras, si después de medir algo podemos calcular realmente lo que está sucediendo en términos de espacio, tiempo y energía ¿es conveniente seguir teniendo en cuenta dicho principio?