El Pez Arcoiris (y la negación de la belleza)

El Pez Arcoiris es un cuento infantil escrito por Marcus Pfister. Es el cuento más famoso del escritor e ilustrador suizo, y suele ser uno de los libros que encontramos sí o sí, en cualquier escuela infantil. De hecho, forma parte de la santísima trinidad de los cuentos infantiles (junto con Elmer, y A qué sabe la Luna).

La belleza maldita

El relato cuanta la historia del Pez Arcoiris “el pez más hermoso de todo el océano”. Un día uno de los demás peces le pide una de sus escamas y él se niega, espantado con la idea. A partir de ese momento el resto de peces le hacen el vacío y el pobre Pez Arcoiris se ve abandonado a una vida de marginación y soledad.

Tal es su desesperación que acude a ver al pulpo, el más sabio del mar, quien le dice:

“Escucha mi consejo: regala a cada pez una de tus brillantes escamas. Entonces, aunque ya no seas el pez más hermosos del océano, volverás a estar muy contento.”

La única solución que tiene el Pez Arcoiris para volver a nadar con el resto de peces del océano es renunciar a sus escamas, las que le convierten en un pez raro y excepcional, único en el océano. Como podrás imaginar, termina regalando todas sus escamas menos una, de tal modo que todos los peces terminan siendo iguales. Y vivieron felices por siempre jamás. Fin.

 

Pez Arcoiris

 

La moraleja del relato es: tienes que renunciar a tus escamas, a lo que te hace único, compartiéndolas con los demás, para que te quieran.

En la literatura infantil moderna hay muchos más relatos en lo que se desprecia la belleza excepcional. Otro de los libros que mencioné al principio es el de Elmer. Elmer es un precioso elefante de colores que está dispuesto a renunciar a su excepcionalidad para ser aceptado por el resto de elefantes.

Recuerdo que hace años, cuando terminé de ver Shrek me pareció una película más que apta para los niños, con un mensaje muy positivo: da igual la apariencia, lo que importa es lo que llevas dentro, etc, etc.

Años después, ya en la universidad en clase de literatura infantil alguien habló muy mal de la película. Su crítica era la siguiente: si se quieren tanto, ¿por qué tiene Fiona que renunciar a ser una princesa humana y hermosa, para poder estar con Shrek? Y tenía razón…

¿Por qué es malo que el Pez Arcoiris sea mucho más guapo que el resto de peces? ¿Por qué les decimos a los niños que es mejor que todos tengamos una belleza “equitativa” antes de que alguno resalte sobre los demás?

¿Tenemos algo en contra de la belleza?

El Ideal de Belleza

La RAE define la Belleza Ideal como: “prototipo o ejemplar de belleza, a la que tienden ciertas formas de la realidad en continua búsqueda de la belleza en sí”.

Para el ser humano siempre ha existido un ideal de belleza. Aunque con el devenir de los siglos el prototipo de belleza haya evolucionado, lo cierto es que bien podríamos afirmar en el caso masculino por ejemplo, que el prototipo de belleza que estaba presente hace más de 500 años podría aplicarse hoy en día sin problemas.

Ideal de belleza

 

El David fue bello, es bello y seguirá siendo bello, del mismo modo que el pez Arcoiris es más bello que el resto de sus amigos los peces.

Lo que me llama la atención es que la moraleja en estas historias postmodernas no es “no seas un cretino con los demás por ser más bello”, sino que considera inaceptable la existencia de un ideal de belleza. Es necesario destruirlo para que todos seamos igualmente bellos.

Igual que en muchas series de televisión se ataca y ridiculiza al listo o al culto, quien es representado como un pedante o inadaptado, en estas historias la belleza se muestra con claras connotaciones negativas.

En 1990 la escritora feminista Naomi Wolf publicó su libro “El mito de la belleza” en el cual expone cómo las mujeres (es un fenómeno casi exclusivo de nuestro género) sentimos tanta presión por alcanzar un ideal de belleza inexistente por culpa de los medios de comunicación de masas, que incluso llegamos a enfermar en nuestro intento.

Este libro tuvo una repercusión inmediata e importantísima, y a raíz de su publicación se disparó la alarma sobre el peligro de la anorexia y otras enfermedades de este tipo. Si bien otro sector del feminismo alertó sobre las cifras infladas que expone  Wolf en su ensayo, todo el mundo occidental compró rapidísimo la idea. Modelos, actrices, la prensa…  pasaron a ser acusadas de fomentar la enfermedad entre las adolescentes.

Pero lo cierto es que antes de 1990 existían modelos de belleza muy parecidas a las de ahora… ¿Qué cambió? ¿La mayor exposición gracias a la televisión, revistas, y más tarde Internet, puede explicar el fenómeno?

Y otra vez… la frustración

Yo creo que son varios los factores que intervienen, y creo que no es justo culpar exclusivamente a las actrices o actores de Hollywood o a los modelos que vemos en las revistas, de la crisis que atraviesan los adolescentes desde hace ya 3 décadas.

Consideraría a la frustración por ejemplo, un elemento mucho más importante. Cuando les leemos a los niños historias como la del Pez Arcoiris, les lanzamos un mensaje muy dañino.

En lugar de decirles que todos los peces pueden ser felices viviendo juntos (unos más guapos, otros más feos) les decimos que la belleza trae la infelicidad, y que es en su renuncia donde encontraremos de nuevo la alegría. Pero igual que quien es muy atractivo no puede renunciar a serlo, quien no posee este tipo de belleza, difícilmente la tendrá.

Si a esto le sumamos el mensaje “misterwonderfulniano” tan de moda actualmente de que podemos hacerlo todo, de que “podemos ser como queramos” la frustración está asegurada. Rápidamente, según mi opinión, incurrimos en el delito de decirles a los niños que “todos somos iguales”, como si nos diese miedo asumir las diferencias.

Como dice Elisabeth Badinter “toda militancia choca con la dificultad de asumir la diversidad de la realidad”. Del mismo modo que los relatos infantiles parecen haber superado la idea de la princesa desvalida que necesita de un príncipe para ser salvada, considero que sería igual de importante aparcar de una vez por todas la idea de menospreciar lo extraordinario.

Y no puedo terminar sin compartir una de las pocas opiniones que no le dan 5 estrellas en Amazon al cuento. Perfecto resumen en mi opinión…

 

Toda infelicidad y sufrimiento nace en nuestro interior (Lección de filosofía 1)

Para  muchos, la filosofía puede ser un tema arduo que no tiene cabida en la vida moderna. Para mí, en cambio, la filosofía es un aspecto fundamental de la vida, en la que encuentro muchas respuestas, en este caso, sobre el sufrimiento. Siempre he tratado de leer y de aplicar las ideas «filosóficas» que considero que encajan en mi «mundo» y en mi forma de ver las cosas.

Algunas de esas ideas, que aunque nacieron nacieron hace miles de años siguen siendo aplicables a nuestra vida cotidiana, pertenecen a la filosofía estoica. El estoicismo es una escuela fundada por Zenón de Citio en Atenas en el siglo IV a.C. Tuvo su apogeo en el mundo griego y romano con representantes como Epicteto, Marco Aurelio y Séneca. Podemos decir que el estoicismo es la doctrina filosófica que más vigor ha tenido en la historia de occidente, ya que se sustenta en la «sabiduría universal». Es una sabiduría perenne y viva, que ha trascendido el espacio y el tiempo.

Según Monica Cavallé, en su libro «El arte de ser«, estas son las ideas que podemos aplicar a nuestra vida:

  • 1- No son las cosas «externas» las que nos perturban (Lección de filosofía 1)
  • 2- La guía interna divina (o Principio Rector) (Lección de filosofía 2)
  • 3- Distinción entre lo que depende y lo que no depende de nosotros (Lección de filosofía 3)
  • 4- Aceptación del «orden del mundo» (Lección de filosofía 4)

En este post trataré el primer punto, desarrollando los demás en próximos artículos 😉

 

Lección 1: No son las cosas externas las que nos perturban

 

«Los seres humanos se ven perturbados, no por las cosas, sino por sus opiniones, es decir, por las falsas representaciones que se hacen de las cosas»

Epicteto

Nuestras percepciones de las cosas pueden ser adecuadas o no serlo. Podemos afirmar que el que habla mal de mí es ofensivo y está dañando mi dignidad. pero esas palabras no describen los hechos, son interpretaciones de la realidad.

«No consideres las cosas como las juzga la persona ignorante o como quiere que las juzgues; antes bien, examínalas como son en realidad»

Marco Aurelio

El estoicismo nos invita a realizar este discernimiento decisivo, el que nos previene de confundir nuestras primeras «representaciones» (hechos y cosas), con nuestras segundas «representaciones» (interpretaciones no examinadas que hacemos de los mismos). Nos invita a no hacer suposiciones que vayan más allá de lo que nos dicen las primeras representaciones; a ver las cosas como son, y no como imaginamos que son; a ser conscientes de que cuando creemos estar reaccionando ante los hechos, estamos reaccionando ante nuestras propias opiniones subjetivas.

Nos propone ceñirnos a mirar y afrontar lo que realmente hay, en vez de proyectar interpretaciones dudosas (generalmente vinculadas al relato de nuestro autoconcepto superficial). Nos invita a constatar que la fuente última de nuestros sufrimiento mental no son nunca las situaciones que vivimos, sino lo que pensamos de ellas.

«¿Alguien bebe mucho vino? No digas «bebe mal», sino «mucho». Pues antes de conocer su intención, ¿cómo sabes si está mal? Así no sucederá que al recibir la percepción de las cosas, asientas otras»

Epicteto

 

Los juicios o representaciones asentidas

Cuando asentimos a una «representación», cuando le damos el rango de verdad, cuando estamos convencidos de que la realidad es tal como nos la representamos, tenemos el juicio. Así, el juicio son las interpretaciones subjetivas a las que les otorgamos el rango de verdad.

«Si estás triste por algún factor exterior, no es él el que te perturba, sino el juicio que tienes acerca de él. Elimina el juicio ya depende de ti»

Marco Aurelio

 

Las pasiones como errores de juicio

Además de este error de juicio, muchos de nuestros juicios despiertan en nosotros un «impulso», un movimiento anímico dirigido hacia lo que se juzga adecuado, bueno o valioso, o bien la evitación de lo que se considera inadecuado, malo o rechazable.

El impulso es indisociable del juicio práctico y de valor. El impulso «bien entendido» nos dirige al cuidado de uno mismo, a movernos a lo que nos conserva y potencia nuestro ser, y a evitar lo que nos amenaza.

«Pues todo ser vivo es de ese natural: rehuir y apartarse de lo que le parece perjudicial y sus causas, e ir en busca de lo beneficioso y sus causas, y admirarlo»

Epicteto

Según las enseñanzas estoicas, cuando el impulso básico que dirige nuestro proceso actualizador se encauza a través de juicios errados, estos impulsos se tornan irracionales e inarmónicos, dando lugar a las pasiones. Las pasiones son las perturbaciones anímicas, que proceden de estos juicios errados y que incitan a realizar acciones no ajustadas a los fines de nuestra naturaleza.

«Dos son las razones por las que cometemos faltas: o hay en el espíritu una maldad contraída a partir de erradas opiniones o, aun cuando éste no esté ocupado por la falsedad, es proclive a lo falso y pronto se corrompe cuando un punto de vista lo arrastra a donde no conviene. Debemos así curar la mente enferma y liberarla de sus malas inclinaciones, o, de antemano, ocupar la que está todavía exenta de ellos pero inclinada a lo peor. Las enseñanzas filosóficas hacen lo uno y lo otro»

Séneca

En la vida del sabio, prevalecen la apatheia, o carencia de pasiones y perturbaciones anímicas, y la ataraxia, o la serenidad y tranquilidad de ánimo. La ausencia de sufrimiento innecesario es el signo de máxima fuerza interior.

 

Pensamiento, emoción y conducta

Detrás de nuestras alteraciones emocionales y de nuestras conductas problemáticas siempre hay errores de juicio. Sufrimos inútilmente porque nos apegamos a ciertos relatos errados sobre nosotros mismos y la realidad.

«Seamos o no conscientes todos tenemos una filosofía propia que no vale gran cosa. Sin embargo, su impacto sobre nuestras acciones y vidas puede llegar a ser devastador, lo cual hace necesario tratar de mejorarla mediante la crítica. Es la única justificación que puedo dar de la persistente existencia de la filosofía»

Karl Popper

Para Aristóteles, la virtud es un hábito, una conducta o actitud que se ha hecho costumbre. Epicteto acude al término héxis para aludir a los hábitos establecidos en nosotros para bien o para mal. Las actitudes y acciones reiteradas refuerzan nuestros hábitos. A su vez, en la raíz de nuestros hábitos pasionales, de nuestros patrones limitados de emoción y de conducta, cabe encontrar hábitos de pensamiento, es decir, representaciones que se han vuelto habituales.

«Todo hábito y facultad se  mantiene y acrecienta por medios de las acciones correspondientes (…). Así que si no quieres ser iracundo, no alimentes esa costumbre, no pongas en ella nada que la haga crecer. (…) Con ese fin no te dejes arrebatar por la intensidad de la representación, sino di: «Espérame un poco, representación; deja que vea quién eres, de qué tratas; deja que te ponga a prueba». Y después, no la dejes avanzar pintándote lo que sigue. Si no, te retendrá e irás donde ella quiera».

Epicteto

La fuerza de voluntad no basta para modificar nuestros patrones problemáticos, pues no es posible eliminar los síntomas sin abordar y comprender sus causas. Cuando pretendemos controlar nuestras emociones y conductas limitadas en directo, sin cuestionar los errores cognitivos latentes en ellas, incurrimos en la división psicológica, en la represión y en la hipocresía. O bien en el desaliento, pues a pesar de nuestro empeño, no conseguimos mejorar. En cambio, cuando advertimos que detrás de esos patrones hay ignorancia y error, y en consecuencia, nos centramos en tomar conciencia de nuestras ideas limitadas (en disolverlas con la luz del discernimiento, con la conciencia plena de su falsedad), nuestras respuestas, acciones y emociones se tornan, de forma natural, armónica.

 

Mujer felicidad

 

 

La falacia del conflicto entre pasión y razón

Muchas veces en nuestra vida no hacemos lo que sabemos que es bueno para nosotros. A menudo nuestras emociones e impulsos nos conducen en direcciones contrarias a las que nuestra razón considera convenientes. «Quiero pero no puedo», «Sé que esa persona me perjudica pero sigo con ella»…

Ante situaciones así, que evidencian una «división interior», concurrimos que, al tener claridad sobre lo que es bueno y conveniente, nos encontramos ante un conflicto estrictamente emocional. O bien apelamos a nuestra fuerza de voluntad.

Ahora bien, también en estas situaciones sigue siendo válido el principio según el cual, nuestras emociones e impulsos y nuestros pensamientos son indisociables. No hay en nosotros una instancia racional en conflicto con otra instancia pasional. Lo que hay son ideas en conflicto, si bien no solemos ser conscientes de ellas. Tampoco es que unas tendencias quieran lo mejor para nosotros y otras lo peor. Todas ellas se orientan hacia lo que percibimos como un bien, sólo que tenemos ideas erradas y contradictorias sobre dónde radica nuestro verdadero bien.

Cuando creemos que el pensamiento y la emoción son diferentes, tiene fundamento, pero sólo de forma superficial. Si nos parece un hecho incuestionable, es sólo porque no hemos advertido que el ámbito de nuestras representaciones es mucho más amplio y complejo que el de nuestros juicios y pensamientos más conscientes, con los que más inmediatamente nos identificamos.

Todos tenemos opiniones latentes que desconocemos. Son creencias que no han sido fruto del discernimiento propio, a las que no hemos asentido de forma reflexiva, sino que hemos asumido inadvertidamente, muchas veces provenientes de nuestro condicionamiento sociocultural y psicobiográfico. Muchas de ellas son generalizaciones y conclusiones erróneas realizadas al hilo de nuestras experiencias tempranas. Por ejemplo, «soy amado si soy perfecto». Estas creencias no examinadas pueden ser muy distintas de las ideas que hemos ido asumiendo en nuestra vida adulta; pero siguen latentes en nosotros, entran en conflicto con nuestras ideas más conscientes y, a nuestro pesar, configuran nuestra experiencia.

Además, no solemos caer en la cuenta de que conviven en nosotros «yoes» distintos, cada cual con creencias e impulsos diferentes, porque transferimos nuestro sentimiento ontológico de unidad al plano psicológico. En virtud de esta errada transferencia, creemos que cuando decimos «yo pienso esto» o «yo quiero esto» lo dice nuestro ser total. Y esto no quiere decir que hay en nosotros una multiplicidad de entidades llevando el control. Sencillamente, nos identificamos de forma alternativa, y más o menos consciente, con distintas voces interiores, cada una con sus propios juicios y valores, las cuales activan, a su vez, conductas y emociones dispares.

 

El diálogo interno

El pensamiento estoico nos viene a decir que nuestras pasiones son particularmente reveladoras de los puntos ciegos de nuestra filosofía operativa (la que realmente opera en nuestra vidas), de los juicios latentes en nuestro diálogo interno que precisan ser expuestos a la luz de la conciencia y examinados. Las emociones y conductas recurrentes que originan estancamiento, conflicto o sufrimiento evitable, los miedos tenaces, los defectos que no conseguimos superar… revelan dónde nuestra mirada no es acorde a la realidad de las cosas. Es decir, el lugar preciso en el que hay que indagar de cara a descubrir las fallas estructurales de nuestra filosofía personal.

Si no hemos llevado a cabo un exhaustivo autoexamen, nos resultan desconocidos muchos de los juicios que componen nuestra filosofía personal. No solemos reparar en la gran carga interpretativa presente en nuestro diálogo interno y en nuestro lenguaje cotidiano.

 

Hombre infidelidad

 

A veces, nuestro lenguaje interno es fácilmente reconocible. Otras, no nos resulta sencillo advertir cuáles son los juicios latentes. La razón es que estos juicios no siempre se hallan explícitamente articulados o enunciados en nuestro diálogo interno. A veces es muy sutil: no se manifiesta como un proceso conceptual, sino como un sesgo preconceptual. Un sesgo tan arraigado que cuesta advertir que, en cierta perspectiva de nuestra mirada interna, hay implícita toda una interpretación, unos supuestos muy concretos sobre quiénes somos y sobre la naturaleza de la realidad.

¿Cómo podemos sacar a la luz esas ideas implícitas? Preguntándonos qué diría esa emoción que nos atenaza de forma recurrente si tuviera voz. Es decir, poniéndole voz a ea pasión que parece no estar alimentada por diálogo interno alguno.

 

Somos responsables de nuestra experiencia

El estoicismo nos invita a alcanzar la madurez personal. O en otras palabras, a reconocernos responsables de nuestros pensamientos, emociones y conductas. Es decir, a reconocer que somos responsables de la naturaleza última de nuestra experiencia.

Asumimos nuestra responsabilidad cuando advertimos que todos tenemos una filosofía personal que filtra nuestra relación con lo que percibimos y acontece, que alimenta exigencias infundadas y que es fuente de conflicto con «lo que es». Cuando abandonamos la extendida creencia de que los principales causantes de nuestro malestar anímico son los acontecimientos, circunstancias y personas que nos rodean. Cuando comprendemos que lo que de forma radical nos hace felices o desdichados es nuestra propia mirada, las representaciones que acogemos en nuestro interior. O cuando comprendemos que los límites que nos impiden llevar una vida serena y creativa no radican en el mundo, sino en nuestra representación del mundo.

 

Pintura

 

Podemos asumir que no nos perturban las cosas, sino nuestras opiniones sobre las cosas, y a su vez, modificar activamente todo lo que consideremos necesario cambiar, y que pueda ser cambiado. Aún así, el punto de partida será diferente. No nos moverá la pasión, sino la lucidez. No nos moverá la ira, sino nuestro sentido de justicia. No nos moverá la creencia de que sólo cuando cambie nuestro entorno podremos ser felices, sino la felicidad que somos en lo profundo.

A su vez, reconocernos responsables de nuestros pensamientos, emociones y conductas, en ningún caso equivale a reconocernos culpables. Ser responsables es asumir que nuestras acciones son nuestras, y asumir igualmente las consecuencias de las mismas. Sentirnos culpables equivale a dividirnos internamente, a enajenarnos de nuestras propias acciones, ya que estas se atribuyen a «otro», a una parte de nosotros que consideramos mala y merecedora de castigo.

La culpabilidad nos vuelve hostiles con nosotros mismos. Nos paraliza y nos torna impotentes. Nos ciega a nuestra divinidad intrínseca. La responsabilidad nos potencia y dignifica al recordar nuestro poder creador. No excluye el arrepentimiento ni el dolor por el daño causado; pero el dolor sanamente asumido no es tristeza ni impotencia, sino parte de la toma de conciencia del error.

 

Sentimientos puros vs emociones

Sólo el asentimiento a las representaciones alimenta el impulso.

«Las pasiones no son puestas en movimiento por las representaciones qeu se reciben de las cosas, sino porque uno cede ante ellas y sigue este movimiento azaroso.»

«En efecto, si uno piensa que la palidez, las lágrimas derramándose, la excitación sexual, un profundo suspiro, un repentino destello en los ojos o alguna cosa similar son un indicio de una pasión, está equivocado y no comprende que estas son agitaciones del cuerpo. Así es como incluso el hombre más valiente en la mayor parte de los casos palidece en cuanto se pone una armadura, que las rodillas del soldado más feroz tiemblan un poco cuando se da la señal de la batalla, que un gran general tiene el corazón en su boca antes de que las líneas hayan cargado unas contra otras, que el más elocuente orador está aturdido en cuanto se pone a hablar»

Séneca

Séneca distingue entre las pasiones y otro tipo de sensaciones y sentimientos naturales más originarios, es decir, que no derivan del sentimiento a ciertos pensamientos limitados. La serenidad filosófica en ningún caso excluye las reacciones naturales de miedo, enfado, dolor, etc. «No son pasiones los sacudimientos fortuitos del alma, el hecho de conmocionarse ante las impresionas causadas por los hechos». Las pasiones solo aparecen cuando «somos arrebatados por la representación», cuando acogemos activamente en nuestro diálogo interno ideas erróneas que prolongan y distorsionan de forma artificiosa esos «sacudimientos fortuitos».

Podemos sentir miedo cuando algo amenaza nuestra integridad física (una reacción natural y funcional) y, a la vez,  no acoger en nuestro diálogo interno la creencia de que «la muerte es un mal», si hemos comprendido que la vida humana es más amplia y profunda que la vida biológica.

«Por eso, cuando hay algún estruendo terrible procedente del cielo o del hundimiento de un edificio, o un anuncio repentino de no sé qué peligro, o sucede alguna otra cosa del mismo tipo, es de necesidad que se conmueva, contraiga y palidezca también un poco el alma del sabio, no por estar atrapada por la sospecha de algún mal, sino por algunos movimientos rápidos y automáticos que se adentran al oficio de la mente y la razón. Sin embargo, un momento después, ese mismo sabio no aprueba esas representaciones terroríficas de su ánimo, sino que las aparta y las rechaza y no le parece que haya en ellas nada temible (…); tras conmoverse en el color y en el rostro breve y rápidamente, mantiene el estado y el vigor de su juicio, el que tuvo siempre sobre las representaciones de este tipo; el de que son cosas que no hay que temer en absoluto, aunque asusten con su aspecto falso y su terror ilusorio».

Epicteto

Es preciso distinguir las sensaciones y los sentimientos puros de las emociones o los estados emocionales. Las sensaciones y los sentimientos puros son respuestas de nuestro organismo y de las dimensiones más profundas de nuestro ser que no están condicionadas por nuestra mera subjetividad y que nos aportan información objetiva sobre la realidad interna y externa. El sentimiento de belleza ante la armonía de la naturaleza o el de pérdida ante la muerte de un ser querido…

 

Dolor infelicidad

 

La depuración de nuestros juicios y de nuestras pasiones posibilita su expresión más vibrante y plena: los sentimientos puros y los afectos auténticos pueden manifestarse sin interferencias, de forma libre, colmada y fluida.

En  este sentido, es preciso distinguir entre el dolor y el sufrimiento. El dolor físico y anímico son, respectivamente, una sensación y un sentimiento puro. El dolor así entendido forma parte de estar vivo, pues nuestra existencia es estructuralmente dual (placer y dolor son indisociables). El sufrimiento psicológico, en cambio, es evitable e innecesario, pues se origina siempre en nuestros juicios errados, en nuestra mala relación con lo que es, con lo que acontece, y con el propio dolor.

 

Nuestra infancia tampoco es responsable del sufrimiento

A diferencia de los sentimientos puros, las emociones requieren de nuestro asentimiento activo. Aunque pueda parecer lo contrario, mantenemos activamente nuestros estados emocionales, en concreto, mediante las evaluaciones e interpretaciones de los hechos, que realizamos continuamente.

«Hemos de saber que no es fácil que una opinión acompañe al ser humano a menos que uno la diga y la oiga cada día y, al tiempo, se sirva de ella en su vida»

Epicteto

La psicología del siglo XX ha tenido el mérito de reconocer la influencia decisiva que tienen en nuestro desenvolvimiento psíquico nuestra experiencia infantil. Aunque una mala interpretación de esta influencia ha propiciado que muchas personas vivan sumidas en la queja, el victimismo y la autocompasión, sin asumir la plena responsabilidad por sus estados presentes, responsabilizando de los mismos a otras personas y a su pasado.

Una lectura simplificada del psicoanálisis ha influido en la representación que nos hacemos de nuestros mundo interno: asumimos de forma generalizada que ciertas experiencias y vivencias pasadas (lo que no recibimos, lo que nos dijeron o no nos dijeron, etc.) están condicionando nuestra experiencia actual. Ahora bien, no realidad, no es que nuestro pasado actúe mágicamente sobre neutro presente, sino que en nuestras representaciones actuales cabe hallar juicios, generalizaciones y premisas básicas sobre la realidad que asumimos en el pasado, unas ideas erradas a las que hemos seguido asintiendo, inadvertidamente, desde entonces hasta hoy. Es ese asentimiento presente el que explica que muchas ideas asumidas  de forma acrítica en edades tempranas sigan condicionando nuestra experiencia como adultos.

 

Niña infelicidad

 

Es nuestro asentimiento actual a nuestro mundo representacional, y no nuestro pasado, el que opera sobre nuestro presente. El tiempo para tomar conciencia de esas representaciones, cuestionarlas y transformarlas es igualmente el ahora.

Dicho esto, no se excluye que ciertos hechos traumáticos pasados puedan haber dejado una impronta irreversible. Aunque esta huella biológica establecería meramente una tendencia, y no un destino. Puesto que nuestro pasado es, en gran medida, lo que nos contamos a nosotros mismos sobre él, puesto que nuestras representaciones atribuyen un sentido específico a los acontecimientos que estructuran nuestra historia personal, tenemos la capacidad de otorgar un significado provechoso a las adversidades pasadas: podemos reelaborar el sentido que les dimos, cuestionar los relatos con que las envolvimos y transmutar el dolor en crecimiento.

Aquí radica nuestra capacidad de resiliencia: el buen uso de nuestras representaciones puede conferir a nuestras heridas, huellas y tendencias una dirección creativa y con sentido. De hecho, muchas personas han convertido sus límites y heridas en trampolines y puertas de entrada a lo mejor y más profundo de sí mismas.

«Nada de estas cosas que al espíritu suceden fortuitamente debe denominárselas pasiones: estas, por decirlo así, las padece el espíritu más que la ejecuta. Pues, como dice Zenón, también en el alma del sabio, aun cuando la herida haya sido curada, queda la cicatriz. Y así sentirá ciertas señales y sombras de las pasiones, aunque estará exento de las mismas».

Séneca

Y para terminar, nuestro mundo…

Con todo lo dicho, y como afirma la filosofía y el sentido común, podemos afirmar que nuestro mundo, el mundo humano, no es un mundo de hechos brutos y neutros, sino un mundo representado, interpretado, significado, valorado…

«En efecto, cada cual se relaciona de forma directa solo con sus propias representaciones, sentimientos y voliciones; las cosas externas solo tienen influencia sobre él cuando dan pie a estos últimos. El mundo en el que habita cada individuo depende en primera instancia de la concepción que este tenga acerca de él, y se ajusta en consecuencia a las peculiaridades de cada cabeza; según sea ésta, ese mundo podrá ser pobre, superficial y monótono, o rico, interesante y preñado de sentido (…). Ello se debe a que toda realidad, todo presente consumado, consta de dos mitades, sujeto y objeto, pero en una unión tan necesaria y estrecha como la del oxígeno y el hidrógeno en el agua. Aunque la mitad objetiva sea la misma, si la subjetividad difiere, la realidad presente será totalmente distinta.»

Arthur Schopenhauer

Como termina Mónica Cavallé este capítulo, podemos imaginar a Atlas cargando el mundo sobre sus hombros. Creemos habitar la realidad, pero habitamos nuestro mundo particular. Habitamos un mundo configurado por nuestras representaciones particulares y nuestras interpretaciones, las cuales otorgan una tonalidad enteramente subjetiva a nuestra experiencia. Cada cual habita un mundo diferente. Y cuantos más juicios errados y opiniones alberguemos, cuantas más perturbaciones emocionales suframos, nuestro mundo será más privado, más incompatible, es decir, vamos a estar más dormidos a la realidad.

Como las metáforas del sueño y el despertar en las tradiciones sapienciales, una característica del sueño es la de ser totalmente privado. Varias personas pueden compartir un mismo espacio físico, pero si están «dormidas» cada cual habitará un mundo exclusivo, un espacio al que ningún otro tendrá acceso. Cuántos problemas en las relaciones interpersonales se derivan de que presuponemos que habitamos el mismo mundo, cuando, de hecho, habitamos mundos distintos.

 

Mundos infelicidad

 

En la  medida en que nuestra mirada sobre la realidad se vaya tornando más objetiva, menos condicionada por nuestras opiniones, seremos, cada vez más, habitantes de la realidad única, del mundo de los despiertos, del único mundo común.

«Los despiertos tienen un mundo único en común. Cada uno de los que duermen, en cambio, se vuelve hacia su mundo particular»

Heráclito

 

 

Vivir intensamente

Vivir intensamente depende de nosotras.

Una amiga me contaba como una vez se encontraba entre unos conocidos que llevaban rato dando vueltas a temas irrelevantes y superficiales y al ver que no había manera de mantener una conversación sincera se levantó y dijo “lo siento pero me estoy muriendo” y se marchó. Fue su manera de expresar que no estaba interesada en malgastar el tiempo en conversaciones y relaciones que no sumasen a un Vivir pleno y consciente, a vivir intensamente.

Recuerdo que cuando me lo contó me pareció un poco exagerado, pero había una gran verdad en sus palabras y su acción: desde que nacemos estamos muriendo y es importante valorar de qué modo queremos vivir.

Vivir intensamente

¿Qué significa Vivir?

La muerte como horizonte nos plantea la cuestión sobre lo que significa vivir. Hay un vivir que tiene que ver con la actividad interna que poseen los seres vivos. Pero hay un Vivir que tiene que ver con el sentido de ser y con la dicha que proporciona el pleno desarrollo de ese ser.

Cuando nos preguntamos por la vida y su sentido cabe preguntarse también ¿qué significa vivir intensamente? Hagamos la prueba. Antes de seguir leyendo piensa a qué te suena si te hablo de vivir intensamente.

Vivir intensamente

En el cine , en los anuncios de televisión, en las redes sociales, en las revistas, en algunos libros y en los medios de comunicación en general, se transmite a menudo la idea de que vivir intensamente es hacer muchas cosas y por supuesto todas ellas de nuestro agrado.

Vivir intensamente

 

Parece que vivir intensamente es sinónimo de hacer actividades que nos suban la adrenalina (parapente, puenting, salto base y deportes de aventura varios), viajar, salir de marcha, comer copiosamente, hacer “locuras”, apuntarse aun bombardeo… Esta es una imagen muy falseada de lo que significa vivir intensamente y por ende la felicidad. Vivir intensamente no tiene nada que ver con hacer, ni con consumir la felicidad que nos venden con productos externos.

Vivir intensamente tiene que ver con vivir de forma auténtica, lo cual implica ser honesto y coherente con uno mismo.

La intensidad de la vida no se mide en cantidad, no tiene que ver con que una vida sea larga o corta, sino que se mide en calidad y la calidad, de nuevo, no se mide en cantidad, si haces más o menos cosas, o si tienes más o menos cosas, sino en profundidad, en veracidad y en la paz que una encuentra en la coherencia con lo que es.

 

¿Estamos viviendo una vida auténtica?

Resulta entonces, que un tema tan tabú como la muerte nos invita mirar si estamos viviendo una vida auténtica. O si, por el contrario, nos limitamos a seguir gustos ajenos, complacer las expectativas de otras personas y dar satisfacción  a pequeños placeres que a largo plazo nos conducen en dirección opuesta a una vida en paz con nosotras mismas. 

 

Distinguir entre lo placentero y un bien mayor

En la Kaṭha Upaniṣad hay un momento en el que el dios de la Muerte elogia al joven protagonista de la historia por su capacidad de saber distinguir entre lo que verdaderamente conduce hacia un bien mayor, a saber, el conocimiento de sí mismo, y lo que no.

Naciketas distingue claramente lo que es más placentero,  pero a fin de cuentas efímero,  de aquello que aunque a corto plazo no siempre resulta lo más placentero le aporta el mayor de los bienes, la inmortalidad eterna. Ese bien mayor consiste en descubrir su esencia, más allá del cuerpo físico, de las posesiones, la familia, los amigos y los roles sociales y esa esencia es la Vida que nunca muere.

Ambos, lo mejor y lo placentero

se presentan al hombre.

Los sabios lo valoran, ven la diferencia

y eligen lo mejor por encima de lo placentero.

Pero el tonto elige lo placentero,

en lugar de lo que es beneficioso” (Ka. Up. 2.2)

Hay que comprender que el mensaje no dice que tengamos que renunciar a los placeres por el hecho de ser placeres, ni que lo mejor no pueda, en un momento dado, ser placentero. A lo que se refiere es a que no siempre lo que es lo mejor es lo que más nos apetece.

Tomemos el ejemplo del medicamento amargo que nos puede curar. No es lo más apetecible tomarlo, pero es lo que nos devolverá la salud.

Vivir intensamente

Saber elegir lo mejor

Para elegir lo mejor es necesario tener una visión amplia, en la que podamos valorar lo que realmente suma a nuestra vida en su totalidad y tener el valor para soltar aquello que, aunque a primera vista puede resultar muy suculento, no nos conduce a lo más auténtico de nosotros mismos.

Si puedes elegir entre una felicidad pasajera y otra que conduce a la plenitud total, ¿con qué te quedas? Yo elijo la segunda opción y enseguida me surge la cuestión ¿qué significa una vida plena? Y ¿qué nivel de compromiso estoy dispuesta a tomar con la vida para ir en esa dirección?

Entiendo que una vida plena es aquella en la que reconociendo nuestros límites y sabiendo distinguir cuáles son, los aceptamos y abrazamos amorosamente. Dejamos de luchar por demostrar algo o llegar a ser algo porque comprendemos que somos y nuestras acciones emergen de la dicha de ser.

Vivir intensamente

Dice el filósofo Francesc Torralba hablando de la muerte como límite del ser humano:

“El que reconociendo el límite no vive consternado por él, ese hombre es feliz.”

 

Elegir cada día el camino hacia el Bien

Cada día tomamos un montón de decisiones y en cada una de nuestras decisiones damos pasos en una u otra dirección. A veces por comodidad, a veces por miedo, otras veces por sentir un pequeño o gran placer, actuamos en sentido contrario a la felicidad. Para poder dirigirnos a lo más auténtico de nosotros que nos ha de permitir vivir una vida intensa tenemos que estar dispuesto a morir cada día un poco, morir a lo que pensarán de nosotros, morir a las idealizaciones acerca de nosotros mismos y del mundo, morir al reduccionismo de las identificaciones, morir a las posesiones, a los juicios y creencias, morir a las comodidades y la pereza, morir como sinónimo de soltar , porque aprender morir es abrirnos a la plenitud de ser.

Y tú, ¿qué es para ti vivir intensamente?, ¿en qué medida tus acciones priorizan el placer a corto plazo por encima de lo que te hace sentir más plena?, ¿cuáles son las limitaciones que no te permiten ser auténtica?, ¿cuáles de ellas estás dispuesta a soltar? Estas son unas poquitas preguntas para invitarte a caminar hacia lo más profundo de ti y Vivir así intensamente. 

Experiencia

Un famoso boxeador de mis pagos, el inefable Ringo Bonavena, decía que la experiencia es un peine que te dan cuando ya te quedaste calvo.  También había otra frase por el estilo que la sabiduría popular inmortalizó en una pared: “cuando supimos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”. A lo largo de mi vida he tenido en muchas ocasiones la sensación de llegar tarde a las cosas porque todo discurre muy deprisa y yo soy lento.

Ringo-Bonavena

Decía mi madre ¡Ay Goyito, qué vueltero!, darle tantas vueltas a los temas lleva, en mi caso, a la neurosis. Ese punto de insatisfacción constante, la incomodidad que se produce por adelantar acontecimientos e imaginarlos antes que experimentarlos. La mecánica del deseo que se sostiene en la ficción de la promesa. Ahí está la trampa, se llama expectativa. Percibir el tiempo y el presente no como un don, sino como un obstáculo.

Los antiguos recomendaban no desear más que lo que uno ya tiene. El gran viaje de la vida comienza para el sabio precisamente en el lugar exacto en el que están sus pies plantados.

seneca

Después de los cuarenta años, los meses comienzan como suelen comenzar todos los meses, de manera completamente discreta y silenciosa. El tiempo se acumula sin presentar ninguna fisura, ni marca de fuego.

Carezco de ese orden interior que permite tomar conciencia del curso de la vida pero a lo largo de ella me he enterado de algunas cosas:

Lo que sé

La experiencia de ser padre, contacto con un orden superior, con lo más sagrado del amor.

El acto de escribir es ingrato y decepcionante. Truman Capote comparaba la publicación de un libro con la experiencia de sacar a un niño a un parque y dispararle en la cabeza.

Desconfío de los políticos de toda época y lugar. Me resultan igualmente vomitivos el cinismo de la derecha y la inanidad de la izquierda. Como decía Nicanor Parra, “la izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas”.

Artefactos, Parra, 1972

La tarea de las religiones siempre fue la misma, servir de consuelo a la humanidad que va directo al matadero.

La ironía se convierte en una frivolidad cuando uno abandona la juventud.

La solemnidad apesta como una cloaca.

La vida es fiebre de la materia. Un proceso incesante de descomposición y recomposición de moléculas.

Todo cambia y esto también pasará.

He visitado, cerca de Burdeos, la torre de piedra renacentista en la que Montaigne escribió sus Ensayos. Fue una tarde de júbilo. Al final de un largo camino de tierra, sentí la agitación de estar ante el paisaje perfecto.

Vi un atardecer desde lo alto de Primrose Hill en Londres. Empezó a llover a cántaros. No me importó en absoluto.

A los profesores universitarios de filosofía les vendría muy bien hacer terapia. Bajar un poquito el ego y deconstruir sus narcisismos.

Fui uno de los fundadores del Cineclub Bergman. Veíamos películas de Cassavetes en VHS y nos enamorábamos de Gena Rowlands. Las chicas incluidas.

 

Quiero cosas que nunca podré tener. La amistad de Mick Jagger, por ejemplo.

En la selva costarricense, cerca de Puerto Limón, vi a una hembra de perezoso caer desde la cima de un árbol inmenso.

Tenía casi veinte años cuando fotografié la tumba de Cortázar. He pasado en los cementerios algunos de los ratos más vibrantes de mi vida.

La poesía de Lou Reed, las melodías de David Bowie, la voz cascada de Tom Waits, los bailes del Indio Solari, la cadencia de Bob Marley.

Confieso que he gozado.

Lo que soy

Siempre me han fascinado las entrevistas. Hace muchos años la revista Vanity Fair creó el Cuestionario Proust. Es una buena estrategia para conocer a alguien, para definirse a uno mismo de forma concisa. Éstas son mis respuestas:

Cuestionario-de-Proust-en-Vanity-Fair

¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?

Viajar. Comer. Leer.

¿Cuál es su mayor miedo?

Morirme antes de tiempo, antes de haberme dado cuenta de lo que se trataba.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de sí mismo?

Ser miedoso, falto de confianza. Necesitado de elogio. Perezoso.

¿Cuál es el rasgo que menos le gusta de los demás?

La pedantería.

¿Quién es la persona viva que más admira?

Werner Herzog.

¿Cuál es su mayor extravagancia?

Haber tenido una colección de uñas, recortadas de los dedos de mis pies.

¿Cuál es su actual estado de ánimo?

Como dice una amiga, optimista contra todo pronóstico.

¿En qué ocasión miente?

En infinidad de ocasiones, sobre todo a mí mismo. Ahora mismo.  

¿Qué es lo que más le gusta de su apariencia?

Mi peinado bajo los efectos de la humedad de Buenos Aires.

¿Cuál es la cualidad que más le gusta en un hombre?

El sentido del humor.

¿Y en una mujer?

El poder de seducción.

¿Qué palabras o frases utiliza con demasiada frecuencia?

Fantástico. Genial.

 ¿Quién o qué ha sido el amor de su vida?

Mi hija.

¿Dónde y cuándo fue más feliz?

Descubriendo ciudades. Veraneando en Miramar. 

¿Qué talento le gustaría tener?

Ser políglota.

¿Qué cambiaría de sí mismo?

La poca tolerancia a la frustración. La tendencia a la procrastinación.

¿Cuál es su mayor logro?

Haber terminado la tesis doctoral.

Si muriese y pudiera reencarnarse, ¿qué sería?

Un gato. De ser posible, bajo la protección de una señora distinguida y dueña de un palacete en Praga o Florencia. Casi nada.  

¿Dónde le gustaría vivir?

En París, más cerca de mi hermana y su familia, pero con el clima de Madrid.

¿Cuál es su posesión más preciada?

Una caja de zapatos en la que guardo viejas cartas de amor, folletos de museos y entradas a recitales de rock a los que fui en los ’90.

¿Qué es para usted lo más profundo de la miseria?

De ahí ha salido buena parte de la mejor literatura.

¿Cuál es su ocupación preferida?

Charlar con Laura,  mi mujer.

¿Cuál es su característica más marcada?

La curiosidad.  

¿Qué es lo que más valora de sus amigos?

Que son buenas personas, talentosos y para colmo lindos.

¿Quiénes son sus escritores favoritos?

Es una lista larga: Lawrence Sterne, Joseph Roth, Borges, Saul Bellow, Javier Tomeo, Carrère, Coetze, Virginie Despentes, Franzen, Bolaño, Jorge Ibargüengoitia, Bryce Echenique.

¿Quién es su héroe más preciado de ficción?

El Quijote de la Mancha. Por lejos y muy por encima de cualquier otro.

¿Con qué figura histórica se identifica más?

George Orwell.

¿Quiénes son sus héroes en la vida real?

Es una heroína, se llama Viru. Luchadora incansable, muy valiente. Amiga de fierro.  

¿De qué es lo que más se arrepiente?

De haber procurado ser coherente.

¿Cómo le gustaría morir?

De viejo, mientras duermo.

¿Cuál es su lema?

Nitimur in vetitum (nos lanzamos hacia la prohibido). El mismo que tenía Nietzsche.

Llegar para partir: integrando la muerte perinatal en la historia personal y familiar

 

Mi aportación al blog en esta ocasión es muy personal, de reconocimiento a mi hermana fallecida antes de finalizar su gestación, en el vientre de mi madre. Y a través de ella, a todos esos niños cuya vida se truncó antes de que pudieran experimentar su existencia en este mundo exterior que nos envuelve y nos da sentido.

 

¿Qué es la muerte perinatal?

Es curioso observar cómo cada país suele tener unos criterios diferentes a la hora de definir qué es la muerte perinatal. En España, engloba los fallecimientos que se producen desde la semana 28 de gestación hasta los primeros siete días de vida. No obstante, otras definiciones más amplias tienen mayor alcance:

  • muerte gestacional temprana: se produce hasta la semana 22 de gestación. Aquí podrían incluirse las pérdidas tempranas, incluidas las derivadas tras procesos de reproducción asistida (algo tan común en la actualidad, y que no se acompañan con la sensibilidad necesaria);
  • muerte fetal, que abarca desde la semana 22 o 500 gramos de peso, hasta el momento del nacimiento;
  • muerte neonatal precoz, en la primera semana de vida extrauterina;
  • muerte neonatal tardía, desde los 7 a los 28 días de vida.

Existe poca formación por parte de los profesionales en este ámbito, escasa sensibilidad al respecto, y poco respeto hacia el duelo que inician los padres, que también suele ser acallado y poco reconocido por la sociedad.

En los últimos años, han ido surgiendo redes de apoyo creado por las propias madres y padres, como puede ser el caso de la red El hueco de mi vientre, o iniciativas de apoyo, sensibilización, investigación e integración con los profesionales, como puede ser el ejemplo de Umamanita. También desde el mundo sanitario ha habido iniciativas de protocolización para la atención a los padres, e incluso a nivel de científico y de políticas sanitarias, ha habido trabajos recientes a nivel internacional que miden las consecuencias de la muerte perinatal sobre la sociedad.

 

 

La muerte perinatal en mi familia

Soy el pequeño de cuatro hermanos nacidos vivos, dos varones que son los mayores, mi hermana y, finalmente, yo. Si bien siempre he sentido un vínculo muy fuerte y especial con mi hermana, con la que me llevo ocho años, también es cierto que durante la mayor parte de mi vida he tenido la sensación de que ellos tres iban por un lado, eran como de otra dimensión, y que yo nací «descolgado», como de otra rama del árbol. Desde que fui pequeño, escuché la historia de que mi madre había tenido un aborto unos años antes de que yo naciera, cuando mi hermana era pequeña. Fue un relato que normalicé, pero que hasta años recientes no he llegado a integrar para comprender la importancia que tuvo ese quinto hermano no nacido en mi propia existencia.

 

 

A medida que fui creciendo, comencé a prestar mayor atención a esa historia que mi madre nunca ocultó. Serían finales de los años 60 del siglo pasado. Ella se encontraba en el 4º-5º mes de gestación. Relataba que sufrió fuertes contracciones, fue hospitalizada, y el desenlace fue la muerte del feto que estaba gestando. Ella siempre contaba que en el hospital fueron muy poco humanos. Le trajeron el feto en una caja de zapatos, decía que era como “un conejito” pequeño (siempre me sorprendió su forma de describirlo, su distancia emocional, que más tarde he ido comprendiendo), y le dejaron esa caja bajo su cama toda la primera noche. Se trataba de una niña. Su nacimiento hubiera supuesto que mis padres tuvieran dos hijos y dos hijas. Quizá yo no hubiera existido, quién sabe. Pero esta idea ya desde pequeño comenzó a rondarme por la cabeza.

 

Aprendiendo a integrar

Fue algo después de la muerte de mi padre, cuando comencé un camino de indagación personal mucho más profundo y consciente. Asistí a un taller de constelaciones familiares, donde se hablaba de la importancia de los abortos y las muertes ocultas dentro de los sistemas familiares. Me correspondió participar en las constelaciones de otros asistentes, y en varias ocasiones me elegían como hermano fallecido o aborto dentro de sus representaciones. Y algo profundo dentro de mí se movió. En una visita a mi madre en aquel entonces, seguí investigando. Ella reconocía que le hacía ilusión tener una niña, las dos “parejitas”. Pero también decía que superó aquello porque no le quedaba más remedio, tenía que seguir viviendo. Con los años llegué yo (en cierto modo, era mi padre quien tenía más ilusión por tener hijos, mi madre sencillamente aceptaba la situación), y en cierto modo, imagino que se movieron muchas cosas en esta nueva maternidad.

Fue en aquel entonces cuando comencé a integrar la existencia de mi hermana no nacida dentro de mi sistema familiar. Comencé a decir que habíamos sido cinco, aunque realmente solo nacimos cuatro vivos. En cierto modo, sentía que esa hermana era el eslabón que me unía al resto de mis hermanos, y mi percepción de “rama descolgada” comenzó a cambiar, me sentía más integrado familiarmente.

Unos años antes de fallecer, mi madre comenzó a tener un deterioro de memoria importante, que finalmente resultó deberse a un trastorno epiléptico de origen vascular que le producía episodios de ausencias. Fue algo muy transitorio, de pocos meses, que se corrigió con fármacos antiepilépticos. Pero durante ese tiempo, hubo una ocasión en la que se desorientó y sucedió algo que me impresionó profundamente. Estaba un día pendiente de su cuidado, cuando me fui a hacer la compra y la dejé sola. Coincidió que en ese lapso de tiempo, la visitó mi cuñado para dejarle unas cosas. Cuando regresé, me la encontré totalmente perdida y asustada. Decía que la había visitado un hombre. Indagando, ya me dijo quién era, y le pregunté con quién estaba casado, y me dijo que con mi hermana. Y al preguntarle por el nombre de mi hermana (que se llama Alicia), me dijo “¿Susana?”. Me quedé sorprendido, pues nadie en mi familia se llamaba así, y no es un nombre que me haya resultado común en nuestro entorno. Finalmente ya dijo “Alicia” y comenzó a sosegarse y a sentirse más orientada. Un mes después, hablando con mi hermana, le pregunté si ella sabía de alguna Susana. Y mi hermana se quedó impresionada, y me comentó que era el nombre que ella, siendo niña y estando mi madre embarazada, quería ponerle a esa hermana que no llegó a nacer. Mi asombro no tenía límites, pues en ese momento donde la memoria parece desintegrarse y aflora el inconsciente, ahí estaba una huella palpable de la importancia que para mi madre había tenido esa hija que no pudo llegar a compartir la vida como los demás.

 

Tomando conciencia de la importancia de la muerte perinatal

Tras fallecer mi madre, y continuando mi camino de aproximación al mundo de la maternidad, decidí realizar una formación en salud mental perinatal. Coincidió todo un año de aprendizaje y de reflexión profunda con el duelo por la muerte de mi madre. En el tercer mes de formación, se abordó lo relativo a las pérdidas gestacionales y el duelo perinatal. Fue un encuentro presencial muy emotivo, donde algunas compañeras compartieron sus propias experiencias en este sentido, y donde sentí muy presente a mi madre, hasta el punto de romperme y llorar abiertamente, pues comprendí por fin lo que pudo suponer para ella pasar por aquello en esa época ya lejana, pude empatizar con su dolor, y también lo que supuso una nueva gestación, cuyo resultado fui yo. Aquello supuso conectar desde el corazón con mi hermana Susana, poder hablar de ella cada vez más abiertamente, reconocer y agradecer su existencia, aunque efímera, pero con una huella tan grande en mi vida.

 

¿Por qué mi relato?

Reconozco que me cuesta abrirme y compartir algo tan íntimo a través de este medio. Y sobre todo, salir de mi forma más “aséptica” emocionalmente de compartir conocimientos y experiencias. Pero el valor de lo que he escrito, para mí, está precisamente en abrirme a normalizar una situación que es habitual en la mayor parte de familias, al menos en alguna generación, y que también es habitual que se oculte, o no se hable de ello, o que ni siquiera se dé la importancia que merece al ser que se fue, y a los sentimientos de pérdida de la madre y el padre, a los que en muchas ocasiones les corresponde bloquear un duelo que la sociedad no les permite vivir. Por supuesto que un relato en primera persona hubiera sido más impactante, pero precisamente mi visión como hermano y como hombre creo que también puede contribuir, con una visión diferente y complementaria, a este proceso de integración por parte de la sociedad de una experiencia tan dura como frecuente y profunda.

 

 

Agradecimientos

Me gustaría agradecer la gran labor que está realizando el Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, tanto en la sensibilización como en la formación en el ámbito perinatal. Mi paso a través de dicha formación ha dejado una gran huella en mí, tanto a nivel profesional como personal.

Y quiero agradecer a todos mis hermanos su existencia y su presencia en mi vida, especialmente a mis hermanas, Susana, que se quedó en el camino, y a Alicia, que precisamente hoy cumple años y vivo como una gran luz de amor. Y cómo no, agradezco a mis padres, y especialmente a mi madre, que me permitieran llegar a este mundo y acompañarme de la mejor forma que supieron, a pesar de todo lo vivido.

 

Referencias bibliográficas

 

 

 

Adictos al cortoplacismo

Hoy el comprador que tengo dentro ha salido a pasear y se ha dado algún que otro caprichito. El balance ha sido moderado: unos vaqueros, un libro acerca del cerebro (ya van siete este año) y un regalo de cumpleaños. Todos igual de innecesarios. Ahora bien, por menos de 50 euros he comprado una sensación de bienestar con una duración aproximada de diez minutos (cronometrado). ¿Y qué tiene esto de malo?

 

 

Mi sociedad es capitalista. Las modas cambian tan rápido que estar a la ultima sale por un ojo de la cara y el consumo se vuelve ilimitado. Mientras tanto, el marketing juega al Parchís con mis emociones en periódicos, carteles o en Youtube (que decir de la publicidad inteligente de Google). A veces pienso si el entretenimiento existe realmente o tan solo es una estrategia más para secuestrar mi atención y venderme algo. ¿Y que tiene esto de malo?

 

Me encanta no tener que esperar un mes hasta ver el siguiente capítulo de la serie de turno o no tener que amoldarme a los horarios de un programa de radio o televisión. Y que decir de no hacer cola en el centro de salud para pedir cita en el médico o el contactless de las tarjetas de crédito (sobre todo si la compra no supera los 20€). Así es la vida hoy en día. Soy adicto al corto plazo. ¿Y que tiene esto de malo?

¿Que qué tiene de malo? Poder tenerlo todo ya hace que no tengamos tiempo a ver y cambiar el problema: la ignorancia. La ignorancia de un adicto que no se da cuenta de su adicción, la ignorancia de no ver que estamos enganchados al corto plazo, la ignorancia de no admitir que muchas veces rechazamos las cosas por tener que esperar. Lo queremos todo y lo queremos  ya. Por eso no vemos que el tiempo que ahorramos con el cortoplacismo, honestamente, nos sobra. No sabemos qué hacer con él. Terminamos aburridos, invirtiendo ese tiempo en ver un video de Youtube donde saldrán esos anuncios inteligentes que nos invitan a irnos de compras, a buscar diez minutos de bienestar. Y vuelta a empezar. Solo nos queda, para colmo y para terminar, echar la culpa de todo a nuestra sociedad capitalista.

Me gustaría hablar de saborear los momentos o de cómo revertir el corto plazo, pero he de terminar aquí. ¿Por qué? Porque si alargo mucho esta reflexión, probablemente, la adicción al cortoplacismo del lector le lleve a no leer este post y me parece importante que lo haga. Aunque sigamos en la ignorancia, como mínimo, espero que seamos un poco más conscientes.

Parar para continuar

Cuando  pensamos como utilizamos nuestro tiempo en la semana, probablemente nuestros trabajos o el tiempo dedicado a él,  se lleva gran la parte del mismo, seguro le siguen las actividades en casa, además, hemos intentado apuntarnos en alguna actividad que “nos distraiga o desconecte del día a día”. Qué decir de nuestra continua profesionalización, la necesidad de estar  cursando un  master o postgrado,  y por supuesto no puede faltar el tiempo que compartimos en familia o con amigos. Vamos, que tiempo sin hacer nada, imposible, “yo no tengo tiempo que perder”.

Que pasa cuando nuestro cuerpo dice; “!hasta aquí!”, o “!para un momento por favor!”,  y decidimos tomarnos un día de descanso sin hacer nada, la sensación, o más bien la idea contagiada o insertada que nos asalta, es de  que se está  “PERDIENDO EL TIEMPO”,  y es aquí cuando nos pueden abordar pensamientos del tipo: “¿Estuve todo el día en casa y no termine esto o lo otro?”, o “he perdido todo el día”. Que mala sensación se nos puede quedar, ¿verdad?

 

¿Te suena algo de este comercial?

 

Si, así es, nos han vendido muy bien la idea de vivir el día a día al máximo, no hay tiempo que perder, la vida es una, y además “corta”. Qué agobio, ¿no?, si nuestros congéneres de hace un par de siglos, o sin ir más lejos, nuestros abuelos pudieran ver el ritmo de vida actual en el que estamos inmersos, creo que se pondrían las manos en la cabeza y nos preguntarían ¿Cuándo paran?.

 

La sociedad del cansancio

 

La Sociedad del cansancio, es el título de un ensayo parte de una serie de libros escritos por el Filósofo Surcoreano  Byung-Chul Han, quien, entre otros escritores y estudiosos contemporáneos ha dedicado su trabajo en tratar de comprender y describir la sociedad actual (centrémonos en la occidental) híper-consumista, capitalista, y neoliberal.

 

El autor surcoreano nos plantea una nueva estructura social, con una nueva cara de esclavitud, donde la explotación ya no está en un patrón autoritario,  sino que se transforma en la auto-explotación  titulada como “realización personal”( es decir la eterna búsqueda de autorealizarse), y por consiguiente  “superar o ser mejor que el otro”. Esto es la filosofía del paradigma de la competencia, “entre mejor preparado esté, entre más idiomas se hable, entre más conozco sobre un tema tendré mejores y más  posibilidades de conseguir el empleo, estatus, y la vida soñada”.

 

Este nuevo paradigma de esclavitud fundamentado en la necesidad de auto-realización neurótica y sin descanso enfocada en la competencia, y donde básicamente la necesidad de destacarse y de “ser auténtico”, de ser más productivo, más avanzado, más integral, más comunicado, más tecnológico, más autónomo, más espiritual, etc, genera un alto grado de presión, de auto exigencia que termina derivando en diversos puntos en los cuales el libro dirige su análisis, sin embargo, en esta ocasión voy a enfocarme en los siguientes:

 

  • Vivimos en la sociedad de las enfermedades emocionales y relacionales

 

 

El siglo pasado se caracterizó por enfermedades bacterianas, virales y contagiosas, cargadas de epidemias y pandemias. El siglo XXI se caracteriza principalmente por las enfermedades de tipo mental y relacional: el crecimiento de diagnósticos de ansiedad, depresión, trastornos de personalidad, déficit de atención con hiperactividad, adicciones, el famoso Burnout (o síndrome del quemado), etc. Quizás esa necesidad de mantenernos rindiendo y haciendo “más” que se nos exige socialmente termine agotando, en algunos casos más pronto que en otros, nuestra organización psicológica y nos termina exponiendo a lesiones emocionales que al cronificarse y mezclarse con las condiciones precisas favorecen la aparición de una enfermedad de tipo mental.

 

  • Vivimos dentro de la “Gran Red”:

 

 

El video puede mostrar en cierta medida el lado B del uso de las redes sociales.   El internet y la exposición a la comunicación globalizada e instantánea ha generado una nueva manera de relacionarnos y vincularnos unos con otros. La aparición de las redes sociales ha fomentado una necesidad (camuflada en una falsa y frágil percepción de libertad) de exponernos y de conocer la “realidad mostrada” por el otro. Se crea así una nueva droga: los LIKES (me gusta). Centrados de manera narcisista ante las reacciones de los otros, entre mas “me gusta” consiga en Facebook, Instagram, etc, «más reforzado y más seguro me siento de mí mismo, más reconocido estoy».  Es decir, vamos construyendo una frágil identidad digital, sin filtros que protejan nuestra privacidad. Todo se basa en el exceso de lo positivo, “lo feliz que soy, los lugares a donde viajo, lo que como”, ya todo pasa a ser de control público, y nuestra autoestima también.

 

 

  • La necesidad patológica por NO ABURRIRNOS:

 

 

Una de las características principales que se ha perdido o debilitado en esta sociedad es la capacidad para “aburrirse”, es decir, no hacer nada. Actualmente vivimos en una situación de sobre estimulación, lo que el autor llama multitasking, entendiéndose por la posibilidad de embotamiento de información que nos arropa en todo momento donde sea que vayamos. La publicidad en la calle, la cantidad de ventanas abiertas en nuestro computador, las distintas aplicaciones que usamos en nuestros teléfonos móviles al mismo tiempo, o la televisión encendida las 24 horas, no permiten que nos distraigamos, o más bien que nos enfoquemos en una sola cosa con atención.

 

Es decir HEMOS PERDIDO LA CAPACIDAD DE CONTEMPLACIÓN, aquella que generó tantos filósofos, astrónomos y científicos en la Antigua Grecia, aquella que ayudo a desarrollar a maravillosos navegantes que se guiaban por las estrellas, aquellos guiados por su propia contemplación y conexión con lo natural. Y qué decir del silencio, precioso regalo usado para conectarnos con nosotros mismos y con nuestros propios pensamientos, el silencio es un privilegio en este mundo convulsionado, lleno de ruido visual, sensorial,  acústico, etc. El silencio ya no es algo con la que estemos familiarizados, por eso cuando por fin se logra obtenerlo en la mayoría de los casos provoca, paradójicamente, ansiedad, tensión y sensación de incomodidad, generando la rápida reacción de encender la tele, la radio o de prender el computador.

 

No todo está perdido

 

Aunque parezca un enfoque negativista sobre la sociedad actual o sobre el futuro que nos depara,  es particularmente una invitación a detenernos un poco y realmente reflexionar que tan impregnados estamos de la sociedad del cansancio, que tanto has comprado el concepto y lo has traspasado a tu vida, cuanto ha penetrado en tu individualidad y ha trastocado tu salud mental.  Es una invitación para conectarnos nuevamente con lo esencial, con lo espontáneo, con lo genuino para renunciar a los accesorios adquiridos en nuestras vidas que terminan generando insatisfacciones eternas.

 

Por último les hago una invitación a la lectura de los libros de Byung Chul Han, ya que de esta manera podrán tener un criterio propio sobre sus escritos, en donde seguramente deferirán, y en otros casos conseguirán sentido.  Este artículo es solo una pincelada, el resto del cuadro queda a realizarse por cada uno de ustedes.

¿Qué distingue una obra de arte de una mera cosa idéntica?

Habíamos visto anteriormente cómo el arte contemporáneo, ejemplificado por el Pop Art de Warhol, problematizaba como nunca la definición del arte. El gran error de los filósofos, decía Arthur Danto, había sido formular teorías del arte basándose en el estado contingente del arte de su tiempo. La revolución del arte contemporáneo nos pone ante el problema en toda su crudeza, forzándonos a contemplar el fenómeno artístico ampliamente. También vimos cómo Danto criticaba a los que se quedan en el escepticismo relativista, convencionalista, acusándoles de no querer afrontar la dificultad. En esta entrada abordaremos las insuficiencias, según Danto, de las distintas teorías del arte para dar cuenta del arte de Warhol.

Los indiscernibles: obras de arte y meras cosas

Para ilustrar la problemática filosófica introducida por el Pop Art, Danto nos presenta en La transfiguración del lugar común una serie ejemplos o experimentos mentales muy sugerentes. En uno de ellos, nos presenta una serie de cuadros que son idénticos materialmente (consisten en un rectángulo rojo): “El ánimo de Kierkegaard”, “La Plaza Roja”, “Cuadrado rojo”, “Nirvana”, “Mantel rojo”. Cada una de las ilustraciones es igual a las demás desde el punto de vista de la percepción sensible, aun perteneciendo a géneros tan distintos como el retrato psicológico, la pintura histórica, el paisaje, la abstracción geométrica, el arte religioso y la naturaleza muerta. Además tenemos un fondo rojo sobre el que Giorgione iba a haber pintado “Conversazione sacra” y una mera superficie roja pintada por J. Otro ejemplo consiste en consiste en una obra de arte que es una cama, construida por J, que no se diferencia en nada de una mera cama. Danto se pregunta: ¿qué distingue a todos cuadros entre sí, y lo más importante, y qué los distingue del cuadro rojo que es una mera cosa? ¿que distingue la cama de J, obra de arte, de una mera cama?

La insuficiencia de las teorías del arte

Con estos ejemplos presentes, Danto va entonces a intentar justificar la distinción entre las obras de arte y las meras cosas desde distintas teorías con sus respectivos criterios de demarcación, comprobando la insuficiencia de cada uno de ellos.

La primera de ellas se basa en cierta teoría de la acción (repudiada por los wittgenstianos, enemigos del mentalismo). Así como para distinguir entre un mero movimiento corporal (levantar la mano) y una acción (parar un taxi), hay que añadirle al movimiento corporal una causa mental, una intención; también para distinguir entre una mera cosa y una obra de arte, hay que añadirle a la cosa una causa mental, una emoción, un sentimiento de su autor, que la obra expresa de hecho. Pero Danto señala que los gestos faciales o llorar también expresan sentimientos y no son obras de arte, con lo cual este criterio no es suficiente.

La teoría tradicional del arte como mímesis, como imitación de la realidad, que hunde sus raíces en Platón, y que ha recorrido la historia del arte, se muestra también insuficiente ante el ejemplo de Danto. No se trata de que la obra de arte sea una imitación o una representación de una cosa real; la cama de J no es una imitación de una cama, es una cama, pero además es una obra de arte. Según esta teoría no tendría sentido un arte que se parezca tanto a la vida que no pueda señalarse ninguna diferencia entre ellos en cuanto al contenido interno; ¿qué necesidad tendríamos de una duplicación de lo que ya existe?, teniendo en cuenta que el placer de una imitación deriva de la conciencia de que no es algo real.

Nietzsche considera que aquella visión del arte es una deformación racionalizadora de Eurípides (siguiendo el impulso socrático) de los inicios religiosos del arte. Por eso aboga por una teoría opuesta: si el arte debe ser algo, si ha de tener alguna función, ésta debe ejercerse mediante lo que no tiene en común con la vida, y esta función difícilmente puede ser llevada a cabo por un proyecto como el de Eurípides. El ejemplo paradigmático es la obra de Wagner. La teoría anti-mimética sostiene que sólo en la medida en que es discontinuo con la vida, el arte es lo que es; de ahí que el arte mimético fracase cuando tiene éxito, cuando logra ser como la vida (paradoja de Eurípides), volviéndose parasitario y ocioso, como un eco o sombra. De ahí el impulso de esta otra teoría, de hacer lo contrario: de modo que no haya nada en la realidad que pueda confundirse con la obra de arte (ej: falsedad operística), dejando claro que el artista no es un imitador fallido. Objetos que sean arte sin complejos y con la ventaja de que, al carecer de homólogos en la realidad, nadie incurrirá en el error más frecuente desde que la imitación domina el proyecto artístico. La esencia del arte, en la teoría anti-mimética, reside precisamente en que no puede comprenderse por la mera extensión de los mismos principios que rigen la vida cotidiana. Entonces e inevitablemente el arte se vuelve misterioso: y es que para Nietzsche fue la expurgación del misterio en nombre de la razón, por parte de Eurípides, lo que provocó la muerte de la tragedia.

Ahora bien, Danto señala que esta teoría, aunque interesante, cuando la examinamos más filosóficamente se evidencia el hecho de que es en gran medida parasitaria y conceptualmente está muy entrelazada con la teoría que rechaza, es decir, con la teoría mimética del arte. Pero es que además no sirve para el propósito delimitatiorio de Danto: ¿qué pasaría con los objetos de J, como su vieja cama, semejante a todas las camas en que duermen sus contemporáneos? No hay nada que permita distinguirlas, ninguna discontinuidad entre ellas (como camas, al menos) pues aunque al cama de J sea una nueva obra de arte, su novedad no consiste en su discontinuidad con la realidad, dado que ninguna podría señalarse; y por eso mismo la novedad no puede situarse donde esta teoría quería hacerlo. Pero además surge un problema adicional: ¿Cómo se distingue un objeto que resulta ser discontinuo con la realidad y como tal reconocido por un público, de un nuevo elemento de la realidad? ¿cada nuevo elemento de la realidad -una nueva especie o un nuevo invento (Danto pone el ejemplo del abrelatas)- deberá considerarse como una contribución al arte?

La paradoja de Eurípides implicaba que, una vez consumado el programa mimético, se había producido algo idéntico a lo que ya estaba en la realidad; surgía así la cuestión de qué es lo que lo convertía en arte. El esfuerzo por escapar a esta paradoja, exagerando los elementos no miméticos -purgados en nombre de tal proyecto-, desemboca en algo tan distinto de la realidad que el problema ahora es su falta de sentido. Entonces otro problema, con la misma fuerza virtual, persiste: ¿qué es lo que permite distinguir como arte algo tan opuesto y discontinuo con la realidad? Y además ¿cómo sabemos que no es sólo un nuevo elemento de la misma? Al fin y al cabo, se supone que no toda novedad es ipso facto una obra de arte y también que la realidad pueda enriquecerse sin que tenga que ser, por fuerza, mediante el arte.

Así pues, tanto el proyecto de mimesis como el proyecto anti-mimético propuesto por Nietzsche son ambos irrelevantes para la esencial del arte. Esto parece dejarnos solamente con el marco institucional: igual que alguien se convierte en marido al satisfacer ciertas condiciones institucionalmente definidas, a pesar de que por fuera no parezca distinto de cualquier otro hombre, algo es una obra de arte si satisface ciertas condiciones definidas institucionalmente, aunque por fuera no parezca distinto de un objeto que no es una obra de arte, como en el caso de la cama de J. Pero esto nos devuelve una vez mas al punto de partida, y a la oscuridad de los límites.

Cualidades invisibles

Ninguna de estas teorías, afirma Danto, nos será de gran ayuda para trazar la línea de demarcación, y mucho menos el hecho histórico de la mera novedad, puesto que cada objeto es discontinuo con todo lo anterior. Acaso la paradoja sea inevitable mientras nos empeñemos en definir el arte en términos de objetos que se comparan con los objetos del mundo real pero ¿qué tenemos sino procesos de comparación o contraste para construir una teoría del arte? Con todo, lo único que tenemos son las convenciones: la diferencia entre arte y realidad dependería sólo de estas convenciones, y todo aquello que estas convenciones autoricen como obra de arte, sería tal. A Danto no le convence esta salida pero reconoce que hay un elemento de verdad: “ser una obra de arte” es un predicado honorífico, y como tal, es una convención. Pero es necesaria alguna condición que se haga presente antes de que la relevancia del honor se imponga. Danto está convencido de que estas cualidades existen, aunque no sean visibles.

Y es que la cama obra de arte de J que presenta Danto supera la separación material abriendo una separación entre arte y realidad que no es la de la mimesis, sino de otro orden, poniendo el énfasis en la separación misma. Se fija uno así en la separación misma, porque no hay diferencia material. Danto nos quiere hacer ver con sus ejemplos de objetos indiscernibles, basándose en Wharhol, que la categoría de arte es algo que va más allá de lo sensible, de lo puramente material.

Hasta aquí hemos visto las insuficiencias de las propuestas ajenas. En la próxima entrada presentaremos la propuesta de Danto para caracterizar el arte.

Referencias: