Encuentros con el miedo – capítulo primero

Vivimos en un momento de la historia donde prácticamente parece una exigencia no sentir miedo. Los medios de comunicación nos transmiten incesantemente comunicaciones contradictorias. Por un lado, mensajes atemorizantes, violentos, que activan nuestro mecanismo de defensa y nos mantiene en alerta. Por otro nos muestran superhombres y supermujeres valientes, héroes y heroínas que no temen a nada. La publicidad se encarga de hacernos consumidores de fórmulas atractivas para no detenernos en el miedo o sencillamente para obviarlo y no sentirlo.

En otras ocasiones, tenemos miedo a no ser capaces de arreglárnoslas en el mundo, de no poder salir adelante por una falta de capacidad y habilidades. Otras, entramos en pánico ante una situación nueva en la vida, sobresaltándonos y tambaleándonos ante los cambios ya sean laborales o personales. 

 

La sociedad del hacer insaciable

 

Y desde este punto de vista, aquel que siente miedo, es un «cobarde”, para el que el aburrimiento está prohibido. Hay que evitarlo porque cuando comenzamos a sentirnos aburridos, nos angustiamos (señal de que nos estamos acercando a nuestro miedo). Pero preferimos continuar en el hacer insaciable para no conectar con lo que realmente nos ocurre.

Son innumerables las estrategias que usamos para apartar el miedo de nuestros pensamientos. Hay quien hace yoga, sale a correr, baja a tomarse una cerveza, toma tranquilizantes, sale de compras, comer hasta la saciedad, ver series infinitas, etc.

Si bien es cierto que algunas de estas fórmulas pueden funcionan, al menos de manera momentánea, ¿qué grado de conciencia tenemos realmente de estas acciones? y sobre todo, ¿están siendo una solución real y consciente a lo que siento y necesito o están actuando de manera superficial, a modo de tapadera?

 

Amar y respetar nuestro miedo como a nosotros mismos

 

Ocultar el miedo es congelar una de las emociones más básicas, perdiéndonos la oportunidad de aprender y crecer con ella como si de una relación de pareja se tratase. Yendo más allá, es necesario amar y respetar nuestro miedo si queremos amarnos y respetarnos a nosotros mismos. Es importante conocerlo, escucharlo, dar un primer paseo por el parque, entrar en amistad, tener una buena conversación con él y sobre todo, darnos el permiso de sentirlo y aceptarlo sin juicio. 

Todas las emociones tienen una intención positiva en nosotros, incluso las llamadas negativas como son el miedo, el asco, la tristeza y la rabia. Además, éstas son indicadoras de nuestros procesos de cambio y transformación. Entonces, ¿para qué necesito ocultarlo?. ¿Qué hay específicamente detrás de él?. 

Darnos el espacio y el tiempo para reconocer nuestro miedo, nuestras dudas e incertidumbres, es el comienzo para empezar a atravesarlo. Además, tenemos la capacidad y el poder de decisión para tener una relación más íntima con esta emoción de una manera más consciente, integrándola y poniéndola a nuestro favor, dándole el lugar que nosotros queremos que ocupe en nuestra vida. 

En este sentido, quizás podéis preguntaros, ¿cuál es el plan de acción que tengo que emprender para superarlo?, ¿Cuál es la receta?. Si os soy sinceros, yo aún no la he encontrado y dudo mucho que exista una marmita con la pócima mágica. 

 

Mi experiencia personal con el miedo

 

Como yo lo veo y como lo voy experimentando, es un trabajo de fondo que comienza por no hacer nada. Aparcar los planes de acción y comenzar a observarme y escucharme. El miedo anida en nuestra mente y en nuestro cuerpo, por tanto, para comenzar a explorarlo, podríamos hacernos algunas cuestiones como:

  • ¿En qué parte de mi cuerpo siento el miedo?
  • ¿Qué espacio ocupa en mi cuerpo?
  • ¿Qué pensamiento me viene a la mente cuando tengo miedo?

 

Relación del miedo con la exigencia y la excelencia

 

 

El miedo es una emoción íntimamente ligada a la exigencia. Cuando nos dejamos arrastrar por él, nos volvemos desconfiados, dubitativos, controladores, reaccionamos ante la mínima sospecha, intentamos controlar la situación o incluso nos paralizamos. Vemos los errores como una fuente de fracaso, nos negamos a recibir feedback y en nuestro entorno se genera una energía hostil. 

Qué distinto es ver la vida desde la excelencia. Cuando nos transparentamos con nosotros mismos, con lo que hay, con lo que sentimos, emprendemos el camino de la confianza. Encontramos aprendizaje en cada error, buscamos la mejora continua, escuchamos al otro, somos proactivos, innovadores, agradecemos y y nos alegramos de estar vivos cada día, generando un clima positivo y en paz.

 

La senda del guerrero

 

Hace unos años, mi amigo Juan me regaló Shambhala, un libro bellísimo que me encantó. El autor, Chógyam Trungpa, nos habla sobre la senda del guerrero o el camino de la valentía, como un sendero abierto a todo ser humano que procure una existencia auténtica que transcienda el miedo. Un guerrero no solo de mente, sino también de corazón.

Esta última parte, la del corazón, por lo general la solemos tener menos explorada. Es la parte “blandita” y que nos hace conectar con nosotros mismos. Suele pasar que cuando conectamos con él, a través de una meditación o simplemente estando presentes, descubrimos que este corazón está vacío y mirando hacia fuera. Es un corazón adormecido.

Si comenzamos a explorarlo y metemos la mano dentro de nuestro pecho, encontraremos algo blando, tierno, sensible y muy probablemente, encontraremos tristeza dentro. No tiene por qué ser a algo particular, puede ser una tristeza generalizada, muy en el fondo, a lo lejos, está ahí y también nuestro miedo a sentirla y a encontrar nada, simplemente vacío interior 

 

El  verdadero guerrero atraviesa la tristeza

 

Pero si no somos capaces de sentir esa tristeza, la valentía que podamos experimentar, será frágil como una cáscara de nuez. Hay que ser un verdadero guerrero para atravesar esa tristeza. Uno de los primeros pasos de ese guerrero, es conectar con su propia vulnerabilidad, provocada al verse con el corazón al descubierto. Dejándose tocar por otros, mostrando su miedo y también su tristeza. Siendo y sintiendo quién es. Dejando de hacer para comenzar a ser. Es ahí cuando podemos ver nuestra excelencia más genuina. Distinguiendo entre lo que hacemos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser. 

 

Reconocer el miedo no es causa de depresión ni de desánimo. Porque poseemos el miedo tenemos también, potencialmente, derecho a la vivencia de la intrepidez. La verdadera intrepidez no consiste en reducir el miedo, sino en transcenderlo. Shambhala, la senda sagrada del guerrero. Chógyam Trungpa.

 

La valentía comienza por reconocer el miedo y transcenderlo

 

Por tanto, la valentía comienza por reconocer ese miedo y transcenderlo. No solamente desde un plano mental que nos ayude a entenderlo, sino también desde el corazón, desde la ternura y la aceptación de nuestra realidad.

Trabajar la intrepidez es trabajar con la vulnerabilidad humana, con nuestros corazones. Todo guerrero tiene detrás un corazón tierno y vulnerable a su servicio y al de la humanidad. La verdadera valentía, el arrojo para traspasar ese miedo, viene de la mano esa ternura, de estar dispuestos a abrirnos, sin resistencia ni timidez a afrontar el mundo y a compartir nuestro corazón. Igual que cuando declaramos nuestro amor en pareja.

 

El miedo como compañero de viaje

 

 

Recuerdo con mucho cariño las palabras de uno de mis maestros, Gerardo Ortiz, Psicólogo y Terapeuta Gestalt, mexicano, discípulo de Claudio Naranjo, con muchísima experiencia llevando grupos. Nos contaba en uno de sus talleres a los que asistí durante una estancia en Chile, que a pesar de llevar muchos años viajando e impartiendo talleres por el mundo, seguía sintiendo miedo. Meras especulaciones de lo que iba a encontrarse y lo que pensarían sobre él.

Su receta era bien sencilla. Dentro de su maleta, siempre dejaba un hueco libre para meter una cajita con su miedo y con él, viajaba siempre. Escuchar este comentario, me sirvió enormemente para darme cuenta de que había estado negando mucho tiempo mi propio miedo y que esa negación me había convertido en una persona que realmente no era ni estaba disponible ni para mí ni para los demás. 

 

La aceptación como camino de transformación

 

 

Aceptar el miedo a ser y a vivir está siendo mi camino de transformación. Respetando que es parte de mi ser y de que juntos, desde el encuentro, podemos llegar mucho más lejos que desde la pelea y la evitación. Desde este reconocimiento, puedo construir mi realidad acorde con lo que soy y con lo que quiero llegar a ser.

Os dejo con unas palabras del libro Shambhala que espero os inspiren tanto como a mi. 

La clave del camino del guerrero es no tener miedo a ser quienes somos. Esto es en última instancia la definición de valentía. No tenerse miedo a sí mismo

Esa mentalidad de temor

ha de ser puesta en la cuna de la benevolencia

y amamantada con la leche profunda y brillante de la inmutabilidad eterna.

En la sombra fresca de la intrepidez,

abanicadla con el abanico de felicidad y gozo.

A medida que vaya creciendo, 

con diversos despliegues de fenómenos,

conducidla al patio de recreo auto existente.

Cuando sea mayor,

para impulsar la confianza primordial,

llevadla al campo de tiro al arco de los guerreros.

Cuando sea aún mayor, 

para despertar la naturaleza de sí primordial, 

dejadle ver la sociedad de los hombres

que posee belleza y dignidad.

Entonces esa mente temerosa

podrá convertirse en la mente del guerrero,

y esa confianza eternamente juvenil

extenderse por el espacio sin principio ni fin.

En ese momento, verá el Sol del Gran Este.

 

Referencias bibliográficas:

  • Shambhala, La senda sagrada del guerrero. Chögyam Trungpa. Kairós. Edición 11.
  • No es lo mismo. Silvia Guarnieri y Miriam Ortiz de Zárate. LID editorial. Edición 5.
  • 27 personajes en busca del ser. Claudio Naranjo. Ediciones La Llave. Edición 6.
  • Terapia Gestalt. La vía del vacío fértil. Francisco Peñarrubia. Alianza Editorial. Edición 2.

 

Un cuento pequeño: El mar

 

“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre

¡Ayúdame a mirar!”

 

el Mar

 

Acompañar en la mirada

Este cuento de Eduardo Galeano, siempre fue mi guía en el ámbito de mi profesión. Cuando empecé a trabajar con adolescentes, hace casi 20 años, no tenía idea de la inmensidad que oculta el ser humano. No era consciente de nuestro propio poder. No era capaz de ver ni mi propia esencia. Ni de conectar conmigo. Ni de escuchar mis necesidades y arriesgarme a ser feliz. Me rodeaba de gente muy experimentada, cuya función era decirle al usuario (ya con esa forma de ver a los/as chicos/as tuve varios choques) cómo debía hacer las cosas para tener una vida más plena. Mis compañeros/as de trabajo se convertían así en “semi dioses”, divinidades sagradas capaces de saber qué era lo mejor para tal o cual persona con sólo observar ciertas conductas puntuales, convirtiéndose así en maestros/as de vida. Pero ese sistema, tenía un gran fallo: nunca tenía en cuenta a la persona. En ninguna de las entrevistas iniciales que presencié, se preguntaban cosas tan esenciales como “¿qué quieres lograr en la vida?” o “¿sabes todo lo que puedes dar a este mundo?”. Así que, me formé profesionalmente en lugares impersonales, donde lo último que importaba era el protagonista principal de la historia.

En un momento dado (hacia el año 2004), llegué a un lugar que fue como encontrar una isla en medio de un mar de prejuicios y salvadores/as. Un sitio único.  En este lugar, los/as adolescentes eran los/as protagonistas. Y yo, como profesional, iba acompañando en el camino. No resolvía SUS dificultades… no juzgaba SUS deseos y sueños… no interfería en SUS decisiones. Se trabajaba en equipo para poder desarrollar todas las potencialidades existentes, poder sacar de dentro lo mejor que teníamos cada uno/a.  En ese lugar, me di cuenta de que mi trabajo, mi misión en esta vida, en este plano, era acompañar para que ellos/as fueran capaces de MIRAR. De mirarSE.

Cuando conocí a E., él estaba tumbado en un sofá en el despacho del director del Instituto donde trabajaba con un ataque de ansiedad. E. era un chico de 17 años, alto, desgarbado, con una energía muy particular. E inteligente. Muy inteligente. E. tenía una historia familiar desgarradora. Una familia desestructurada que se dice en el argot educativo. Todos los profesionales se habían centrado en abordar esa situación familiar. Pero a E., nunca nadie le preguntaba nada. Él no existía en esta historia. A él nadie le miraba. Y lo peor, es que él tampoco se veía.

Entré en el despacho a recoger unos documentos y allí me lo encontré. Nos miramos durante unos segundos, y en sus ojos pude ver una luz templada, sostenida. Potente.  Así que me senté a su lado y le pregunté qué hacía allí. E. me contó su historia, sin entrar en la esencia, sólo rasgando la superficie. Supe que tenía que acompañarlo, y él me eligió a mí para emprender el viaje. Teníamos que conseguir subir juntos esas cumbres de arena, para que al fin, ambos pudiéramos ver el mar ante nuestros ojos. Entendí entonces, en lo más profundo de mi corazón, que acompañar a E. en este viaje iba a suponer tocar mi propia herida, y acompañarme a mí misma hasta la cima, para ver mi propio mar estallando ante mis ojos.

Trabajé con E. durante siete meses. En nuestros momentos de encuentro, conversábamos sobre la vida, sobre los sueños, sobre las heridas, el odio, el dolor… el amor y la muerte. Aprendimos cómo los humanos se niegan a verse, a mirarse. Se niegan el derecho a SER y a ESTAR en el mundo. Se esconden en juegos oscuros, en estrategias retorcidas, movidos por el miedo. Porque este mundo, a veces no nos deja ser. Porque no importamos. Porque creer en el poder, en el mar interior de los humanos, ya no es esencial. Sentir da miedo y se juzga. Poner luz en las zonas oscuras da miedo. Y el mundo (y nosotros/as) nos facilita mirar hacia otro lado.

Caminar sobre la superficie quebradiza de nuestra alma, sintiendo un falso control. El miedo es poderoso.

Transitamos por nuestras sombras, y una mañana conseguimos divisar el mar. Fue un camino lleno de peligros, trampas, muros. Y mucho miedo. Ser consciente de como su historia familiar, sus emociones negadas, su excesiva autoexigencia, había ido haciendo mella en su YO más puro, fue muy complicado de sostener para E. Pero ambos, ante cualquier dificultad, nos mirábamos, nos dábamos la mano, y reemprendíamos el camino.

Cuando E. terminó el curso, ya había más luz en él como para acercarse a ver quién era (si es que alguna vez lo sabemos al 100%). Pero él estaba dispuesto a arriesgarse por conseguir mantenerse en su camino, en su “leyenda personal” como él lo llamaba. El último día que lo vi, nos dimos un abrazo intenso, precioso. Nos agradecimos mutuamente el habernos encontrado. Nos prometimos seguir compartiendo momentos, donde poder reírnos de nosotros mismos de la manía neurótica que tenemos de boicotearnos. “Al final – me decía- somos nuestros verdaderos enemigos. Los únicos. ¿Por qué no nos dejamos ser quiénes somos y nos empeñamos en mentirnos? ¿Así son los adultos?” “Por eso yo nunca quise crecer – le dije- Pero tú también me has ayudado a mirar mi mar”

El último día que nos vimos, me hizo un regalo. E, me regaló un texto escrito en una hoja de cuadros de su cuaderno de matemáticas con su letra apretujada y nerviosa.

Tú me ayudaste a mirar. Yo te quiero ayudar a seguir brillando – me dijo

Cuando nos despedimos, leí. Y lloré. Porque ese texto, escondía otra prueba necesaria para seguir en nuestros caminos. El SER como clave. El SER como necesidad vital. Desde una nueva perspectiva. Responsabilizándonos de nosotros/as.

¿Se pregunta el Sol “soy bueno, valgo la pena, doy lo suficiente de mí?” No. Arde y brilla.

¿Se pregunta el Sol “¿qué piensa de mí la Luna, cómo se siente Marte por mí hoy?”. No. Arde y brilla.

¿Se pregunta el Sol, “soy tan grande como otros soles en otras galaxias?”. No. Arde y brilla.

 

Ardamos y brillemos

Con nuestra luz interior, esa que paso a paso vamos desempolvando. Porque al final, es más sencillo no querer ver, menos doloroso. Pero, haciendo referencia a un gran maestro, Mariano Castillo, el dolor puede ser utilizado como portal hacia algo increíble. Cuando transitamos en el dolor, somos capaces de reconocernos sin filtros. Si nos reconocemos, somos capaces de vernos y mirarnos a los ojos. Y ya no es fácil mentirnos. Ya no hay sitio donde esconderse. Así que, solo nos queda lanzarnos a escalar las cumbres. Y arder y brillar.

 


La guía interna «divina», el libre albedrío y la libertad (Lección de filosofía 2)

Seguimos con las lecciones de filosofía de la mano de Monica Cavallé y la filosofía perenne, aquella que sigue tan «viva» y es tan universal que podemos seguir aplicando a nuestras vidas para alcanzar el mayor bienestar y armonía. En este caso veremos cómo nuestra guía interna es la única fuente de verdad y felicidad, y lo único que realmente nos pertenece. Lo único que es intrínsecamente nuestro, y que nadie puede dañar… Gracias a Monica Cavallé, y a su libro «El arte de ser«, podemos profundizar mucho más en estas ideas…

Si quieres leer antes las otras lecciones, aquí las tienes:

En este post veremos el segundo punto, desarrollando los demás en próximos artículos 😉

 

Lección 2: El «principio rector»

«Date cuenta de una vez de que en ti mismo tienes algo superior y más divino que lo que causa las pasiones y que lo que, en una palabra, te zarandea como una marioneta.»

Marco Aurelio

 

guia interna divina

 

Los filósofos estoicos afirmaban que hay en nosotros algo superior y más originario que nuestros juicios, impulsos y pasiones; una instancia ontológica que nos permite tomar distancia respecto a ellos, discernir su naturaleza y despertar del sueño en el que vivimos cuando confundimos nuestro sistema de creencias particular y las conductas estructuradas en torno a él con nuestra identidad. Se trata de una dimensión que permite que no seamos zarandeados como marionetas por nuestros dondicionamientos.

«Lo que a fin de cuentas soy es carne, un breve hálito vital y un Principio Rector.»

Marco Aurelio

Para los estoicos el alma humana es una chispa del alma cósmica, de la divinidad o inteligencia que rige y sostiene el universo. Se manifiesta en el ser humano en la forma más elevada e intensa de actividad pneumática: como alma inteligente o racional (logos).

El alma inteligente o racional (logos)

El logos humano es un punto focal del logos cósmico, es la presencia de lo divino en él. La inteligencia no es una dote de la que disponemos cada uno de nosotros como individuos; no es un principio individual, sino universal, no tiene un alcance meramente psicológico, sino ontológico, coextensivo con él ser.

En el Ser Humano, los estoicos afirmaban que todas las partes y funciones del alma están arraigadas en lo que denominan Principio Rector, o parte rectora del alma. Es la dimensión más elevada del compuesto humano, el centro de la conciencia, la fuente de la vida psicofísica y la sede de nuestras factuldades superiores.

El Principio Rector tiene cuatro poderes o capacidades:

  1. Capacidad de representarnos la realidad
  2. Asentir o no a las representaciones (dar crédito o no a nuestras interpretaciones subjetivas)
  3. Impulso
  4. Razón que permite «vigilar» nuestras ideas (discernir y evaluar el contenido de nuestras representaciones)

«¿Qué es lo tuyo? El uso que haces de tus representaciones.»

Epicteto

Epicteto denomina también al Principio Regente, libertad o albedrío. Marco Aurelio lo define como el genio interior que actúa en nosotros como guardían, progector y guía. Sócrates lo define como la voz interior que proveniene de un poder superior, la que le advertía cada vez que obraba o podía obrar erradamente. Todos poseemos esa voz y podemos escucharla.

 

El Principio Rector es nuestra verdadera identidad

Cuando la filosofía antigua hablaba del conocimiento de sí mismo, no alude al mero autoconocimiento psicológico, sino al conocimiento de quienes somos, de nosotros mismos como sujetos. Entendían que el conocimiento de sí mismo equivale a conocer ese principio que constituye nuestra identidad central, y que, una vez conocido, permite conocer la entraña del universo porque se es uno con la fuente de la realidad en su conjunto. «Hombre, conócete a ti mismo y conocerás le universo y a los dioses».

Conocer nuestra identidad profunda es conocer el Intelecto o Inteligencia. Equivale a conocer el logos, la inteligencia cósmica que sostiene y estructura la totalidad, si bien se manifiesta de forma privilegiada en el ser humano, pues tenemos autoconciencia y podemos saber de ese logos en nosotros.  Como dice el precepto de Delfos, «conócete a ti mismo».

 

 

«¿Pero podemos encontrar alguna parte del alma que sea más divina que aquella en que se encuentran el entendimiento y la razón? (…) En esta parte del alma, verdaderamente divina, es donde es preciso mirarse, y quien la mira y descubre en ella todo ese carácter sobrehumano, un dios y una inteligencia, bien puede decirse que tanto mejor se conoce a sí mismo.»

Platón

Conocerse a sí mismo, afirma Sócrates, es conocer la Inteligencia que nos constituye y que reconocemos, como en un espejo, el el intelecto de cualquier ser humano, en aquello que «ve» en él.

Conocerse a sí mismo es ser y reconocer el reflejo en nosotros mismos del Principio Rector. Prueba de que esta dimensión nos especifica como seres humanos y constituye nuestra identidad central, es que, si bien pueden dañar nuestro cuerpo, nuestras circunstancias, nuestras posesiones… nadie ni nada tiene poder para mover a afectar a nuestro Regente. En consecuencia, es lo único que nos es realmente propio.

«Tres son las cosas que integran tu composición: cuerpo, hálito vital, inteligencia. De esas, dos te pertenecen, en la medida en que debes ocuparte de ellas. Y solo la tercera es propia mente tuya.»

Marco Aurelio

 

El discernimiento

«Nada hay que esté enteramente en nuestro poder sino nuestros propios pensamientos.»

Descartes

El Principio Rector, nuestra identidad central, es la fuente del discernimiento. Es lo que posibilita que no confundamos la realidad con nuestras opiniones subjetivas. Es lo que discierne las representaciones y asiente, o no, a ellas. Es lo que distingue lo verdadero de lo falso e incierto.

Esta capacidad del Principio Rector nos remite a la intuición india de la conciencia testigo. El testigo es aquello que ilumina y atestigua todo, también los contenidos psíquicos (pensamientos, emociones e impulsos), sin identificarse con lo atestiguado; constituye, además, nuestro más íntimo sí mismo. El Principio Rector también es la luz que ilumina el pensamiento, la que nos posibilita atestiguar y examinar nuestros juicios; la instancia ontológica que nos permite no identificarnos con nuestro diálogo interno, con nuestras representaciones, impulsos y pasiones; la que nos otorga una vivencia de nuestra identidad más originaria que la estructura en torno a los contenidos y patrones de nuestra vida psíquica.

Los estoicos ubicaron el centro del ser humano, no en la cabeza, sino en el corazón, en el saber del corazón. Esto coincide con muchas tradiciones sapienciales, para las que el corazón simboliza el sí mismo, el núcleo mismo de nuestro ser, así como la sede de la inteligencia y de la intuición superior.

 

La libertad

Epicteto también se refirió a la faceta de libertad y albedrío del Principio Rector. Es aquello que en nosotros, además de discernir, quiere y decide. Es la dimensión incondicionada, la que nos otorga libertad frente a lo dado y condicionado, la que nos permite adoptar ante ello una actitud u otra, la que posibilita que no seamos arrastrados por nuestras representaciones y los impulsos que las siguen, la que nos proporciona la única libertad perfecta, la libertad interior.

«En el terreno del asentimiento: ¿puede alguien impedirte asentir a la verdad? Nadie. ¿Puede alguien obligarte a admitir la mentira? Nadie. ¿Ves cómo en este terreno tienes una proaíresis (con voluntad, decisión o deliberación.) libre de impedimentos, incoercible y libre de trabas?»

Epicteto

 

 

«Este pequeño cuerpo (…) es zarandeado de un lado a otro; en él aparecen las torturas, los hurtos, las enfermedades. En lo que respecta al ánimo en sí, es inviolable y eterno, y no existe mano que pueda golpearlo.»

Séneca

Aunque nada ni nadie pueda arrebatarnos esta libertad originaria ni ponerle impedimentos, pues nada ni nadie es dueño de nuestros pensamientos y actitudes, esta libertad puede obstaculizarse y ponerse impedimentos a sí misma.

«La primera diferencia entre el particular y el filósofo: el uno dice: «¡Ay, mi pobre muchachito, mi pobre hermano!» «¡Ay, mi pobre padre!». Mientras que el otro, si en algún caso se ve obligado a decir «¡ay!», tras esperar un poco añade: «¡Pobre de mí!». y es que nada ajeno al albedrío puede poner impedimentos o perjudicar al albedrío, si no es él mismo a sí mismo.»

Epicteto

¿Cómo es posible que algo intrínsecamente libre y lúcido puede perjudicarse o ponerse impedimentos a sí mismo? Epicteto afirma que el albedrío es libre, y a su vez, que solo es libre la del sabio, no la del ignorante.

Para el pensamiento estoico, el Principio Rector tiene una doble vertiente: una dimensión transpersonal y otra personal. Es conciencia o inteligencia pura, pero también abarca los contenidos de conciencia, juicios mentales, impulsos y elecciones particulares que constituyen el estado cognitivo de una persona en un momento dado.

En su vertiente transpersonal es perfectamente libre…

«La naturaleza del ser humano es parte de una naturaleza imposible de obstaculizar, inteligente y justa.»

Marco Aurelio

… pero puede no ser libre la disposición de esa chispa de la divinidad en nosotros una vez teñida por nuestro estado cognitivo particular. Es esencialmente libre, si bien esa libertad puede ser meramente potencial con respecto a nuestro estado actual de conciencia. En el ignorante no es libre, pues está velada y distorsionada por juicios errados.

«Es la obra lenta, gradual y progresiva del gran semidiós dentro del pecho (…) Cada día mejora alguna faceta; cada día se corrige algún defecto.»

Adam Smith

Para el pensamiento estoico, según cuáles sean nuestros juicios, la parte rectora del alma tendrá una mejor o peor disposición. Es decir, estará dispuesta de forma virtuosa o pasional. Epicteto insiste en que hay que mantener el Principio Rector en la disposición justa:

«Si las opiniones sobre las materias son correctas, hacen bueno el albedrío, pero si son torcidas y desviadas, malo.»

Epicteto

 

«Hay que preservar el genio que tenemos en nuestro interior, a velar por la pureza de nuestros dios, a conservarlo libre de pasión, de irreflexión y de disgusto. A venerar la facultad intelectiva (…) para que no se halle jamás en nuestro guía interior una opinión inconsecuente con la naturaleza y con la disposición del ser racional.»

Marco Aurelio

 

El «mal» no es más que la ignorancia

Tanto la sabiduría estoica como las orientales son doctrinas de liberación. Todas ellas consideran que la libertad es el mayor bien y que, aunque nuestro ser es intrínseca y esencialmente libre, existencialmente la libertad no es algo dado: constituye una conquista permanente ligada al incremento de nuestro nivel de comprensión, es decir, que requiere cuidado de sí, cuidado del alma.

«Progresa en todo momento hacia la libertad con benevolencia, sencillez y modestia.»

Marco Aurelio

Para Albert Ellis, el libre albedrío «presupone que cada persona tiene la libertad de actuar correcta o erradamente, teniendo como referente la verdad absoluta y la justicia ordenada por Dios y por la ley natural. Si alguien hace un mal uso del libre albedrío es un malvado pecador, pues actúa así a pesar de poseer el conocimiento del bien y del mal.». Este pensamiento justifica la culpabilización, el castigo, la hostilidad, la agresividad y la ira…

Frente a esta doctrina, el pensamiento estoico retoma la tesis socrática presente también en las principales sabidurías de Oriente. Nadie yerra voluntariamente. Nadie obra el mal cono plena conciencia de lo que hace, pues todo el mundo busca su bien. Es decir, todo el mundo aspira a la felicidad. Se obra mal porque se tiene juicios errados sobre dónde radica nuestro verdadero bien.

Cada cual se inclina en cada momento hacia la que considera la mejor opción entre aquellas de las que dispone en función de su nivel de conciencia, de su marco representacional consciente o inconsciente. Es su filosofía operativa la que limita su marco cognitivo.

«¿Qué piensas? ¿Que voluntariamente caigo en el mal y pierdo el bien? ¡Nada de eso! ¿Cuál es, pues, la causa de mi error? La ignorancia.»

Epicteto

Por ello, siempre podemos compadecer al que obra incorrectamente, ya que actúa así por ignorancia del bien y del mal.

«¿No nos apiadamos de quien es físicamente ciego? Luego más digno de piedad es quien sufre de ceguera moral y espiritual, porque no es menor esta mutilación que la que nos impide distinguir lo blanco de lo negro.»

Marco Aurelio

 

guia interna divina

 

«Propio del ser humano es amar incluso a quienes lo ofenden. Esto se logra si caes en la cuenta de que sois del mismo linaje, y de que ellos yerran por ignorancia y contra su voluntad (…), y, sobre todo, de que no te ha hecho daño alguno, pues no hizo peor tu Principio Rector de lo que lo era antes.»

Marco Aurelio

Nadie desea errar, pues nuestro impulso básico, el que nos constituye, se orienta necesariamente hacia la autoconversación y el autodesarrollo, a perseguir lo que nos beneficia y rechazar lo que nos daña.

«¿Por qué renuncias a tu propio bien? eso es una insensatez, una imbecilidad. Pero ni aunque me digas que renuncias te creeré. Porque igual que es imposible asentir a lo que parece falso y rehusar lo verdadero, así también es imposible mantenerse apartado de lo que  parece bueno.»

Epicteto

 

«Cada ser tiende hacia aquello para lo cual ha sido constituido; a donde tiende, ahí está su fin; donde está el fin, allí también lo conveniente y lo bueno de cada cual.»

Marco Aurelio

El mal no tiene una realidad sustantiva, sino privativa: es siempre carencia de bien. En concreto, es un bien expresado de forma limitada o a través de representaciones erradas. Pues la vida nunca sabotea sus propios objetivos.

«Así como no se coloca un blanco para desacertarlo, de igual manera no se genera en el mundo una naturaleza del mal.»

Epicteto

El mal equivale a la ignorancia. Y por ello, como ya había sostenido Sócrates, solo hay una virtud, la sabiduría, y sólo hay un vicio, la ignorancia.

«Todos los pecados son siempre, y en último término, el mismo: manifestaciones de la ignorancia.»

Zenón

 

 

¿Qué es eso llamado Conciencia?

¿Conciencia?

Hace tiempo, en clase de yoga, una niña me preguntó qué es la Conciencia. A propósito de una estrofa que estábamos aprendiendo a cantar, les contaba a los niños el significado de las cualidades sat-cit- ananda, inherentes a la Conciencia universal que  en sánscrito se llama brahman. Sat – les decía – significa “aquello que es y que nunca puede dejar de ser, aquello que siempre existe”. Ananda es la felicidad infinita, una felicidad que nunca cesa. Cit es la Conciencia Absoluta. Y entonces fue cuando surgió la duda ante esa extraña palabra ¿Conciencia?

En occidente la palabra conciencia tiene un significado estrechamente vinculado a la dicotomía entre lo bueno y lo malo. Si te portas bien tu conciencia estará tranquila, mientras que si te portas mal sentirá el peso de la culpa. La conciencia es en muchos contextos, una especie de voz- sabiduría interna que nos indica el camino a seguir, lo que nos hará sentir bien y lo que nos hará sentir mal.

También se habla actualmente de un “cambio de Conciencia” colectivo.  Se dice que estamos viviendo un momento de apertura y/o cambio, para indicar, a mi entender, una nueva comprensión del mundo y del universo que parece que ha de llevar al hombre a dar un nuevo paso evolutivo. En este caso la Conciencia es algo más amplio que el sentir individual y sin embargo, parece algo que alcanzar, un estado al que llegar o que es susceptible de desarrollarse.

La Conciencia como luz

En el contexto de la tradición no-dualista del vedanta la Conciencia no puede sufrir alteración alguna, no puede crecer ni decrecer, no puede expandirse ni abrirse, no es algo que va y viene, ni que podamos poseer…

La Conciencia es justamente aquello que está más allá de todo juicio, más allá del bien y del mal por su carácter transcendente y que a la vez tiene también la cualidad de la inmanencia, ya que es aquello que no vemos pero por lo cual todo es visto y conocido. Brahman es la palabra que se utiliza para referirse a esta Conciencia que sostiene todo el universo, mientras que la palabra atman se se refiere a la Conciencia en el individuo.

El mensaje fundamental del advaita vedanta (vedanta no-dualista) es, precisamente, mostrarnos la identidad entre brahman y atman, la perfecta identidad entre la Conciencia universal y la individual. La Conciencia es, pues, algo que todo lo penetra, que a todo subyace y por eso es común en todo.

Aún así, es posible que sigamos sin ver claramente en qué consiste esto de la Conciencia. Vamos juntos a ello, a ver si sacamos algo en claro. Antes de ver cada respuesta mira de responderla por ti:

 

  • ¿Cuál es la luz que te permite conocer todo lo cognoscible?

  • La luz del sol, en el día y la de la lámpara por la noche

  • ¿Y a través de qué luz ves el sol y la lámpara?

  • A través de los ojos

  • ¿Y cuando cierras lo ojos, qué luz de conocimiento hay entonces?

  • El intelecto

  • ¿Y cuál es la luz para percibir el intelecto?

  • Yo, soy ahí la luz

A esto el maestro respondió: “entonces, tú eres la luz suprema”. Esta breve historia es una estrofa atribuida a unos de los pensadores más importantes de la tradición India y al mayor exponente del vedanta no dualista, Shankaracharya.

¿Qué es eso llamado Conciencia?

La distinción entre el Yo-profundo y el yo-limitado

La historia anterior nos muestra dos puntos bien interesantes:

Por un lado, aquello que llamamos Conciencia, resulta ser la Conciencia por la cual vemos, tocamos, olemos, oímos, sentimos. Es la Conciencia Pura porque sin verse alterada por nada, hace posible tomar conciencia de cualquier cosa.

Por otro lado, y esta es la gran noticia que nos ofrece el advaita vedanta, se afirma que cada uno de nosotros es esa Pura Conciencia, que aquel referente último del cual decimos “Yo” es la Conciencia que me permite conocer y actuar.

Es importante no confundir el “Yo-profundo” con la persona limitada por la personalidad, pensamientos, características físicas, etc.

El “Yo” es precisamente la Conciencia única que es la misma en todos los seres y que hace posible el “yo” perecedero y limitado con el que nos solemos identificar. Es precisamente la confusión entre estos dos “Yoes” la que nos acarrea sufrimiento, porque en cuanto la Conciencia (el “Yo” ilimitado e infinito) se expresa a través de nosotros, nos confundimos y creemos que es el “yo” limitado (yo finito, yo -cuerpo, yo – mente, etc.) el que hace, dice, conoce…

La Conciencia como sostén

La Conciencia no es algo que percibamos con los sentidos, pero sí que es aquella energía que permite que percibamos y conozcamos a través de ellos. No soy “yo” la que ve sino que es la Conciencia la que ve a través de “mis” ojos, si acaso puedo decir que los ojos me pertenecen.

Más allá de la vida y la muerte, es aquello que permite que el mundo aparezca ante nuestra mirada y en este sentido es el sostén de todo cuanto existe.

Por supuesto, a aquella niña no le respondí algo tan complejo, pero sí que los invité a todos a hacerse la siguiente reflexión y ahora también tú estás invitada: “¿qué es lo que distingue a un ser vivo de un cadáver?”

Miras una mariposa, está revoloteando torpemente, parece que está a punto de morir en el suelo y ella sigue batiendo las alas  mientras da vueltas sobre sí misma. Cae sobre sus alas, mueve algo las patas y ¡zas! Deja de moverse por completo, se queda tiesa, ya no hay aleteo, el cuerpo ha quedado inerte… ¿qué es lo que pasó? ¿qué es lo que cambió? ¿está eso que llamamos Conciencia presente también en ese cadáver o está sólo presente en los seres vivos? ¿Qué es eso que llamamos Conciencia?

El abrazo gestáltico

El abrazo gestáltico se diferencia de cualquier otro abrazo por su duración e intensidad. De hecho, cuando dos gestálticos se abrazan suelen mantenerse entrelazados un buen rato como si el mundo se detuviera en ese gesto, como si el resonar común de sus corazones se fundiera en la unidad primigenia. ¡Qué bonito! El abrazo gestáltico no tiene prisas, no busca cumplir con las buenas costumbres o la cortesía, no conoce protocolos. Ya desde el saludo, los gestálticos proclaman los principios fundamentales de su escuela: la escucha atenta del otro, la apertura emocional, la autenticidad en los sentimientos, el darse cuenta.

Ser gestáltico

En el momento en que un incauto interlocutor escucha aquello de: “soy terapeuta Gestalt”, en boca de un viejo compañero de la secundaria o en algún diálogo circunstancial con un desconocido, resultan muy curiosos de observar los primeros segundos de su reacción: un silencio incómodo, leve levantamiento  de cejas, sutil movimiento ascendente-descendente de la cabeza como asintiendo. (“Sí, claro, la Gestalt, hombre, es muy conocida”). El interlocutor aguarda perplejo alguna explicación suplementaria. El gestáltico accede finalmente a darla. Dice algo así: la Gestalt es una corriente dentro de la psicología humanista, nacida allá por los 50 en Estados Unidos como una revisión crítica del psicoanálisis freudiano.

Supongamos que la mención de “psicoanálisis”, “humanista” o “Estados Unidos” dentro de una misma frase tranquiliza, en parte, al interlocutor. Algo ha oído hablar, algo ha leído en internet, hay un amigo (¿o era el amigo de un amigo?) que una vez le dijo que había hecho terapia Gestalt.

No es suficiente para haber disipado todas las dudas. El interlocutor no está muy seguro de qué es la Gestalt pero se permite sospechar que, quizás, no sea una secta. No tiene gurú al que adorar ni tampoco practican sacrificios con gallinas. No hay rituales de iniciación, ni pirámides en miniatura. Sí es cierto que si alguien desprevenido observara por la mirilla de la puerta una sesión grupal de Gestalt podría asustarse.

Lo primero que llamaría su atención es que los gestálticos se reúnen en ronda y sin zapatos. No utilizan sillas sino que apoyan sus culos sobre cojines. Algunos practican la posición del loto, mientras que otros se desparraman por el suelo. En los trabajos grupales más intensos los gestálticos pueden llegar a levantar la voz, liberar al cuerpo del control de la mente, hacer ruido al inspirar-expirar aire o llorar (reír) de manera estruendosa. Los gestálticos bostezan y se desperezan sin pudor alguno. No visten uniforme ni túnicas pero entre ellos y ellas sí que abunda el chandal del Decathlon. En líneas generales, se podría decir que a los gestálticos no les interesa mucho la moda ni el aspecto exterior. Están en una búsqueda interior, en un camino de ampliación de la conciencia pero sin el LSD ni los psicotrópicos del hipismo años 60.

La mayor parte de la gente en España todavía se pregunta qué es la Gestalt y sucede  que en este país el desconocimiento de la terapia dispara un catálogo interminable de prejuicios ante ella.

– ¿En serio vas a terapia?

a) Ah, es que yo no le encuentro sentido a eso de ir y contarle todo a un desconocido.

b) Bueno, si yo tuviese algún problema serio preferiría hablarlo con mis colegas de toda la vida.

c) Es que la terapia no sirve para nada, ¿o acaso el terapeuta va a pagarte la hipoteca o conseguirte un trabajo?

d) Ah, yo una vez conocí al primo de un amigo del pueblo que iba a terapia. No veas lo perdido que está el pobre.

e) Pues a mí no engañan. No hay mejor terapia que la barra de un bar.

Práctica gestáltica

La práctica de la terapia gestáltica básicamente consiste en atender a otro ser humano de tal manera que le permita ser lo que realmente es.

La Gestalt se ocupa de los trastornos generados por nuestro rechazo a aceptar la responsabilidad de lo que somos y de lo que hacemos.

Fritz Perls, figura central entre sus iniciadores, creó un proceso de terapia que evita en lo posible los conceptos e interpretaciones. A diferencia del psicoanálisis, se busca llevar la atención a la conducta observable que constituye el fenómeno, en lugar de desarrollar conjeturas sobre los significados del discurso. En este sentido, la Gestalt  se ocupa más de la experiencia que del pensamiento y en ella cobran especial importancia las necesidades corporales y su satisfacción o bien los bloqueos que la impiden. Todo organismo busca satisfacer sus necesidades, para ello da y toma del medio ambiente.

Entre los propósitos de la terapia estará integrar las partes negadas de la personalidad, recuperar nuestra capacidad para la experiencia y nuestro funcionamiento rechazado.

Perls veía a la neurosis como el proceso de pérdida de la percepción y de la separación progresiva del potencial propio. De ahí que considerase que tendemos a apegarnos al pasado infeliz con el objetivo de evadirnos de la responsabilidad de lo que hacemos.

Fiarse de lo que pasa, dejar que ocurra, no empujar el río que fluye por sí mismo, son guías de inspiración provenientes de la filosofía oriental para la terapia gestáltica.  La confianza en el auto regulación del organismo es sinónimo de confianza en la espontaneidad, incluso una alusión al Tao como un curso de acción dictado por una profunda intuición antes que por la razón.

Durante la sesión, el terapeuta debe estar disponible para el paciente, empleando sus oídos y ojos para percibir lo que es obvio. A través de la percepción del cuerpo, el paciente puede descubrirse a sí mismo y la relación que mantiene con lo que le rodea.

Claudio Naranjo, otro de los referentes centrales de esta psicoterapia, ha sostenido que la Gestalt es un asunto de actitud, de estar en el mundo de cierta manera. Su rol no consiste en aplicar ciertas técnicas sino hacer que el paciente trabaje con ellas, a pesar de él mismo.

La vida es proceso y vivirla es todo lo que se necesita para mantener su flujo.

Basta con estar consciente. Para que se produzca un cambio no se necesita nada más que presencia, estar consciente y responsabilidad.

Bibliografía:

Peñarrubia, Círculo y Centro. El grupo gestáltico, Ediciones La Llave, Barcelona, 2014.

Perls, P. Baumgardner, Terapia Gestalt, Traducción de Victorino Pérez, Editorial Pax México, México D.F., 2ª edición, 2006.

Naranjo, La vieja y novísima Gestalt: Actitud y práctica de un experiencialismo ateórico, Traducción de Francisco Huneeus, Cuatro Vientos Editorial, Santiago de Chile, 11ª edición, 2011.

Una mirada desde la lealtad familiar.

 

Haciendo un recorrido a los acompañamientos terapéuticos que he podido realizar, veo como aparece un término, con mucha fuerza y poder, y que en algunos casos puede determinar el transcurso de una vida (de acuerdo a lo comprometido que se está con ello): La lealtad.

 

Hace poco tiempo, en mi formación como terapeuta familiar desde el enfoque sistémico,  me toco hacer una revisión en profundidad de mi familia de origen. Analizar y adentrarme en la historia de mis abuelos y cómo fue su infancia, de ellos como padres, y de mis padres en su experiencia de ser hijos. De la formación de mis padres como pareja, y de ellos “construyendo”  su propia familia. Con sus creencias, lealtades y deudas, las cuales también afectaron e influyeron en su manera de hacer familia.  Fue necesario abrir baúles cerrados, escuchar  silencios (los cuales tenían mucho que decir), reconocer herencias, y sobre todo  agradecer.

 

Pude darme cuenta del PODER que puede generar un legado familiar. Recordando el primer artículo que escribí,

Conectando con nuestras herencias familiares (transgeneracionalidad)

Hablo de esas herencias transmitidas y sobre todo aceptadas  de generación en generación, sin embargo en este quiero dar más profundidad a la lealtad como virtud familiar.

 

LEALTADES INVISIBLES:

 

 

Iván Boszormenyi-Nagy, desarrolló el término de lealtad de acuerdo a los sistemas familiares. Dentro de su teoría explica cómo podemos establecer “lealtades invisibles”, que pueden ser conscientes o no conscientes. Es decir, se puede desarrollar una fidelidad visible, o no, hacia legados familiares (valores, creencias, mito, relaciones), legados culturales, hacia algún familiar en especial, etc. Lo cual influye dentro de la dinámica de un sistema, y da sentido a algunos ritos y mitos,  generando una repetición particular.

 

La lealtad es una palabra que engloba muchas cosas. Revisando distintas definiciones, aparecen algunas que subrayan la importancia emocional que esta trae a nuestras vidas.  “Es una virtud consistente en el cumplimiento de lo que exigen las normas de  honor y gratitud”. La palabra gratitud se relaciona mucho con la lealtad, pareciera que una refuerza a la otra y viceversa (entre más agradecido me siente hacia alguien o algo más leal). La lealtad se puede representar como el compromiso, la fidelidad, la admiración, o el sentimiento de no defraudar a alguien o a algo. De alguna manera, se hace tributo a lo que se está agradecido manera voluntaria o no.

 

 

DEUDAS

 

Nagy indica que solemos hacer una especie de “libro de cuentas”, donde tal como un administrador, hacemos un balance (no consciente) de las experiencias de sacrificios y de las herencias familiares, y en virtud al sentido que generan para nuestras vidas, se establece una especie de “deuda”.

 

Ejemplo:

– Un hermano mayor sacrifica la realización de una carrera universitaria para comenzar a trabajar, y de esta manera poder aportar económicamente a la familia. Esto permite que sus hermanos menores logren estudiar y formar una carrera profesional. Este hermano siempre  recuerda  que “gracias a su sacrificio”, ellos sí pudieron realizarse personalmente.  Este recordatorio no siempre se hace de manera verbal, pero la dinámica familiar mantiene presente el sacrificio de “una” por el bienestar de los otros, otorgándole un poder especial dentro de la familia, ubicándolo como “un segundo padre”. Finalmente ese “sacrificio” termina otorgando un poder especial haciendo que el resto de la familia se sienta “en deuda”, y genera una especie de lealtad invisible  hacia el su sacrificio.

 

-Una hijo sufre un accidente necesitando  numerosas intervenciones médicas y de seguimiento especializado. Esto hace que sus padres se centren a su cuidado.   A medida que va creciendo, el hijo observa que sus padres se vuelven cada vez más padres, pero menos pareja. Éste niño empieza a ver que sus padres se relacionan potencialmente al cuidarlo a él. En su edad adulta, presenta dificultades para emancipar. La deuda que ha desarrollado con estos padres abnegados quizás no le permite desarrollar adecuadamente su independencia, haciendo que su libro de deudas sea difícil de subsanar.

 

Estos ejemplos nos ayuda a ver el poder que se establece junto a estas dinámicas.

 

En algunos casos, el reconocimiento de las lealtades familiares explican los legados recibidos, éstos se traducen en creencias, sistema de valores y formas de ver la vida. Pero la lealtad va más allá, explica como nos posicionamos ante una situación o relación a fin de “perpetuar” una historia latente sin concluir.

 

Por ejemplo:

-“Estudiante de  agronomía con abuelos que fueron campesinos y creció sabiendo lo doloroso que fue para ellos desarraigarse de sus tierras y mudarse a la ciudad, lo cual  hicieron para que sus tíos y su madre pudieran estudiar”.

 

Las lealtades dan paso al siguiente concepto:

 

JUSTICIA.

La necesidad de hacer justicia consciente o inconscientemente a una historia familiar permite el establecimiento de ciertas lealtades, que a veces son funcionales y sanadoras, pero que otras veces más bien limitan a aquellos que la asumen con dinámicas poco sanas, en la necesidad de perpetuar al pertenencia al grupo, familia o cultura.

 

Se puede generar una lealtad ante la sensación de injusticia vivida por un miembro dentro de un sistema familiar, como una especie de reconocimiento a su dolor  o sacrificio. Con el objetivo de generar un espacio reparador e integrativo que alivie la carga.

 

Cuando a veces no se cumplen  estas lealtades,  al miembro que rompe  con las expectativas que se establecen hacia sí, se le cataloga de “traidor”. Esto hace que sea difícil  el  desarrollo, la autonomía y la individuación, y se genera la creencia de que no responde a la “deuda familiar”.  Por lo que algunos miembros prefieren adherirse a lealtades familiares y asumir deudas con tal de evitar ser expulsados de la misma. Los síntomas que pueden producirse dentro de un individuo o de un sistema familiar  también pueden reflejar  su relación con esa lealtad.

 

HITOS:

 

Muchos sistemas de “deudas familiares” o de lealtades, aparecen luego de hitos o momentos que marcan un antes y un después de un sistema familiar.La manera en que una familia se reorganiza luego de un acontecimiento importante  determina cómo se vinculan sus miembros a partir de esto.

Las experiencias pueden ser múltiples, algunas generando algún tipo de trauma, o en ocasiones historias de superación y de resiliencia, pero todas suelen generar algún tipo sentido a la familia.Cuando uno indaga en la historia de vida de una persona, puede observar la traducción que ésta hace sobre sus hitos, y cómo esto da lugar a un nuevo posicionamiento futuro, y la aparición de los mitos familiares.

 

MITOS:

 

Son creencias que dan sentido y simbolismo a una manera de organizar una realidad. Establecen un paradigma y una mirada especial.  Esta creencia es compartida por todos o la mayoría de los miembros de una familia y favorece la identidad, generalmente no se cuestiona por sus miembros, sino que se asume espontáneamente. Una familia suele organizarse para mantener el mito protegido si este da sentido a su realidad, marcando así la narrativa del grupo.

 

 

“Tras la experiencia de violencia sufrida por un integrante de la familia se desarrolla un mito: “el mundo exterior es peligroso”, por lo cual la familia se repliega en sí misma, cerrando las fronteras y relacionándose de manera celosa con el mundo exterior”.

 

Estos mitos también ayudan a desarrollar roles dentro de una familia, roles que pueden irse perpetuando de generación en generación, asumiéndose de manera implícita.

Ejemplo: “Las mujeres son la proveedoras del cuidado y del amor” “los hombres no lloran”, perpetuando así las dinámicas de machismos.

 

RITOS:

 

 

Son aquellas actividades o costumbres que ayudan a perpetuar un mito, dándole sentido, favoreciendo así la pertenencia familiar. La participación activa de los miembros de una familia en los ritos, permite la prosecución de sus creencias y la transmisión transgeneracional de los mismos.

 

Cada familia desarrolla ritos o rituales que dan sentido a un mito familiar.

 

“Cada vez que llega la primavera nos reunimos en la granja de mis abuelos a recoger manzanas para hacer conservas”

“todos los domingos almorzamos juntos y nos contamos la semana”

“las navidades son sagradas, estemos donde estemos, nos reunimos”.

“en cada cumpleaños hacemos una carta que todos firman para dedicársela al cumpleañero”

 

Estos ritos realzan el sentimiento de pertenencia, pero también perpetúan los mitos establecidos alrededor de una familia.

 

¿QUE HACER CON TODA ESTA INFORMACIÓN?

Todos pertenecemos a un sistema familiar, en donde existen legados y herencias  que nos acompañan hasta el día de hoy, la invitación es a:

  1. Reconocerlas: ¿qué tipos de legados acompañan a mi familia y cuáles de ellos he asumido yo?
  2. ¿Se ha generado una deuda especial hacia un miembro de mi familia? ¿Esta deuda me ha desarrollado una lealtad especial?
  3. ¿Soy capaz de confrontar una lealtad si no me es útil ni constructiva aunque genere alguna “traición?
  4. ¿Qué legados necesito confrontar para poder avanzar?

 

Nuestras familias nos entregan un maletín lleno de experiencias, creencias, valores, legados, la invitación es a generar un espacio de reconocimiento para formar una nueva narrativa tanto personal como familiar. De escribir una nueva historia, de-construyendo para luego volver a construir, de manera que favorezca tu crecimiento personal.Revisar ese maletín para reconocer lo que nos es útil y constructivo, para agradecer, pero sobre todo para comenzar a soltar y dejar ir aquello que nos mantiene atados o detenidos, aquello que obstaculiza nuestro crecimiento personal.

 

https://www.youtube.com/watch?v=xaibXFC-KhI

 

 

Bibliografía recomendada:

Lealtades Invisibles. Reciprocidad En Terapia Familiar Intergeneracional.  Ivan Boszormenyi-Nagy (Autor), Geraldine M. Spark (Autor)

Dimensión espiritual y cuidados de salud: hacia una atención integral del ser

 

Fue hace ya unos cuantos años cuando, tutorizando a enfermeros que estaban formándose en cuidados paliativos, estos me planteaban su interés acerca de cómo investigar sobre el abordaje de las necesidades espirituales de las personas que se encuentran al final de la vida. En aquel momento, desconocía toda la reflexión e investigación realizada por profesionales de la salud, especialmente de enfermería, para poder acompañar a la persona cercana a la muerte de una forma holística, teniendo en cuenta también los aspectos espirituales y religiosos. Me reconocía a mí mismo con cierto rechazo a entrar en el tema, por mi prejuicio sobre la relación con aspectos religiosos, pero lejos de ello, mi interés en profundizar me abrió una gran puerta para seguir descubriendo el sentido de mi propia existencia.

 

¿Qué es la inteligencia espiritual?

Desde hace algunas décadas, la espiritualidad ha sido objeto de estudio desde nuevas perspectivas filosóficas y también científicas, alejadas de las tradiciones religiosas, e incluso se ha llegado a acuñar el término de inteligencia espiritual, como una más de las inteligencias que forman parte del ser humano, siguiendo la teoría de inteligencias múltiples de Howard Gardner. ¿Y qué es esa inteligencia espiritual?

En el abordaje del tema que hace Francesc Torralba en su libro Inteligencia espiritual, hace alusión a diferentes definiciones. Cita a Gardner, que define esta inteligencia como la capacidad para situarse a sí mismo con respecto al cosmos, como la capacidad de situarse a sí mismo con respecto a los rasgos existenciales de la condición humana como el significado de la vida, el significado de la muerte y el destino final del mundo físico y psicológico en profundas experiencias como el amor a otra persona o la inmersión en un trabajo de arte. También citados por Torralba, Zohar y Marshall consideran que este tipo de inteligencia otorga la capacidad de afrontar y trascender el sufrimiento y el dolor, y de crear valores y encontrar el significado y el sentido de nuestros actos. Es decir, la inteligencia espiritual nos permite alcanzar una visión integral e integradora de nuestra experiencia como humanos, dentro del mundo y en relación con todo.

 

 

Descubrir estas reflexiones me permitió darme cuenta de que en mí existía esa búsqueda de significado, esa habilidad para intentar integrar lo vivido y buscar una trascendencia en ello. Podría decirse que la espiritualidad que cada ser humano puede desarrollar a partir de esta inteligencia se plasma en experiencias profundas, íntimas, intensas, a veces duras, que le acercan a esa visión integradora de su existencia. El camino recorrido por cada ser es único e intransferible. Si tuviera que emplear un verbo desde mi propia vivencia espiritual, diría que “siento”, un “siento” que es muy físico, muy corporal, que me conecta con lo emocional y a la vez con lo que va más allá de mí, con lo trascendente. Y se abre una gran ventana de comprensión que no es racional, no surge del pensamiento o la creencia, es una vivencia de todo el ser.

 

Espiritualidad y religión, ¿son lo mismo?

Dicho esto, ¿dónde se queda la religión? Históricamente se ha intentado generalizar ciertas visiones de ese camino espiritual para adaptarlas cultural y socialmente, e incluso institucionalizarlas. Y ese proceso ha dado lugar a las religiones. Si tuviera que emplear un verbo para definir cómo se sitúa un individuo ante la religión, es “creo”. Y creer es un acto muy racional. No surge de la experiencia interior, sino de la imposición o asunción de lo exterior. Toda religión ha surgido de experiencias espirituales, pero no todos los creyentes se han permitido recorrer ese camino interior para descubrir su espiritualidad única e incomparable. Con todo ello, no hago crítica de las religiones en sí, sino de cómo los humanos las hemos utilizado con otros fines. Y si una tradición religiosa concreta nos sirve como modelo o guía para adentrarnos en nuestras profundidades, bienvenida sea.

 

¿Y qué tiene que ver la espiritualidad con los cuidados de salud?

Cuando nos vamos adentrando en lo que significa la espiritualidad para el ser humano, vamos tomando conciencia de que esta capacidad se desarrolla especialmente cuando nos toca vivir situaciones de dolor y sufrimiento. Afrontar la enfermedad no es reto fácil, y se ha demostrado que cuando contamos con una visión más integradora, más alejada de la rigidez mental que confieren nuestras creencias individuales, abrimos la puerta a una comprensión que va a facilitar enormemente su afrontamiento y, en muchos casos, su mejor evolución clínica.

Abrirnos a la experiencia espiritual nos pone delante de liberarnos de la rigidez de nuestro ego, de una visión particular y sesgada, nos abre a conectar desde el corazón con los demás y con todo, incluso con nuestro yo más profundo e íntimo. Y ahí surgen vivencias de comprensión, de perdón, de reconciliación, de gratitud, a pesar de la dureza de lo que se está viviendo.

Y este camino parece ser bidireccional. Algunas investigaciones van relacionando ciertas actitudes, como el resentimiento o la ira que impide abrirse al perdón, como factores que influyen en la aparición o mantenimiento de ciertas condiciones patológicas, como el dolor crónico. Al final no son los hechos, sino la interpretación que hacemos de ellos, cómo nos contamos lo vivido, lo que nos puede liberar o, al contrario, encerrar en una ratonera de la que nos vemos, en muchas ocasiones, incapaces de escapar.

 

 

Dicho esto, ¿deberían los profesionales de la salud saber acompañar estas necesidades espirituales? La respuesta es claramente . Pues acoger sin juicio todo lo que necesita compartir y expresar una persona con enfermedad va a contribuir a un mejor afrontamiento y, posiblemente, a una mejor evolución. Esa acogida abarcaría desde el respeto a creencias religiosas o culturales que tiene gran peso en la vida de la persona y que muchas veces no son totalmente compatibles con ciertas prácticas sanitarias, a la tan crucial escucha atenta y empática del profesional. Es esta última la que puede remover las propias convicciones de este profesional, tocar su corazón, y la que lleva a considerar que acompañar a otros implica un profundo autoconocimiento para no interferir y sí facilitar nuestra presencia plena. Es aquí donde se enmarcan los cada vez más numerosos programas de formación de profesionales para aprender a acompañar en situaciones de enfermedad, sufrimiento y cercanía a la muerte.

 

Acompañando al final de la vida

Y es precisamente en el ámbito de los cuidados paliativos donde esta formación está definiendo el patrón a emplear en otras especialidades y ámbitos. En 2014, la Sociedad Española de Cuidados Paliativos editó una guía sobre Espiritualidad en Clínica, que es un trabajo exhaustivo, profundo y cercano sobre cómo aproximarnos como sanitarios al mundo de la espiritualidad para hacer posible el acompañamiento de las personas en estas necesidades.

Uno de sus autores, Enric Benito, es un referente en este sentido en España, y escucharlo permite comprender con mayor conciencia y profundidad de lo que estamos hablando.

 

 

El parto como experiencia trascendente

Como venía expresando anteriormente, la enfermedad, el sufrimiento y la cercanía a la muerte suponen momentos clave para ahondar en nuestro camino espiritual, y en el que los profesionales sanitarios pueden ser aliados durante el acompañamiento. Pero cuánta fue mi sorpresa durante mi formación en salud mental perinatal el año pasado, que el momento del parto es descrito por muchas mujeres como una experiencia muy profunda, trascendente. Si nos paramos a reflexionar sobre ello, tiene todo el sentido, la Naturaleza ha querido conferir a este gran momento un significado muy importante, más allá de lo racional, a la mujer que se abre a la maternidad.

Sin embargo, la medicalización que ha experimentado durante el último siglo la atención al embarazo y al nacimiento ha implicado que se haya asentado la visión tradicional del parto como algo doloroso, en el que la mujer no tiene control sobre su cuerpo ni capacidad de decidir, y todo ello ha llevado a que una gran parte de los partos dejen un estrés postraumático en las madres, que afecta a todas las esferas de su vida, y por supuesto, a la relación con su bebé. Vivimos en una sociedad en la que los profesionales sanitarios han potenciado y siguen permitiendo que nos movamos desde el miedo en nuestras decisiones, en que renunciemos a la conexión con nuestro propio cuerpo y a nuestro potencial fisiológico y sanador para afrontar momentos tan trascendentales como puede ser la llegada de un nuevo ser. Y es ahí donde creo que nuestra función debe ser de acompañamiento y contención más que nunca, de reforzar la confianza de la propia mujer en su propio cuerpo y capacidad para afrontar esta situación y así facilitar que, en vez de que un nuevo nacimiento sea una experiencia traumática, se convierta en una experiencia espiritual.

 

 

Referencias bibliográficas

  • Benito, E.; Barbero, J.; Dones, M. (editores) Espiritualidad en Clínica. Una propuesta de evaluación y acompañamiento espiritual en Cuidados Paliativos. Sociedad Española de Cuidados Paliativos, 2014. Descargable en: http://www.secpal.com/%5CDocumentos%5CBlog%5CMonografia%20secpal.pdf.
  • Olza, I. Parir. El poder del parto. Ediciones B, 2017.
  • Prieto, M. Perdón y salud. Universidad Pontificia Comillas, 2017.
  • Torralba, F. Inteligencia espiritual. Plataforma Editorial, 2010.

 

¿Qué es una obra de arte?: Significado, lenguaje y religión

Concluimos con esta entrada el ciclo de Arthur Dante y la definición del arte. En entradas anteriores habíamos visto cómo el arte contemporáneo, ejemplificado en el Pop Art de Warhol, problematizaba como nunca antes la definición de arte. El gran error de los filósofos, decía Arthur Danto, había sido formular teorías del arte basándose en el estado contingente del arte de su tiempo. La revolución del arte contemporáneo nos pone ante el problema en toda su crudeza, forzándonos a contemplar el fenómeno artístico ampliamente. También vimos cómo Danto criticaba a los que se quedan en el escepticismo relativista, convencionalista, acusándoles de no querer afrontar la dificultad. Por último habíamos abordado las insuficiencias, según Danto, de las distintas teorías del arte para dar cuenta del arte de Warhol, aunque en todas ellas reconocía parte de verdad. En esta última entrada expondremos la parte positiva de su doctrina, esto es, cuál es, según Danto, el elemento esencial que hace de un objeto una obra de arte.

La obra de arte incorpora un significado

Lo esencial para Danto de una obra de arte es que ésta incorpora un significado. Trata sobre algo, tiene un contenido, un tema, un asunto. Esto explica la diferencia entre las cajas de detergente Brillo de Warhol y las del supermercado, pues Warhol las usa para decir algo, para hacer que un objeto mundano tenga algo que decir; concretamente, para cuestionar nuestras nociones establecidas de dónde encontrar arte. La obra de arte expresa, encarna, un significado, un contenido intensional, a través de la intencionalidad del artista. El artista expresa su visión del mundo en un objeto, haciendo que éste signifique algo, tenga un tema, un asunto. El objeto se transfigura.

Un objeto artístico es, pues, según Danto, un objeto que tiene un significado, que expresa o que representa algo. Por tanto, no basta con inspeccionar u observar un objeto para concluir que es una obra de arte, pues “ser expresión” presupone cierta relación con algo. No cabe la menor duda de que en los tiempos de estabilidad artística las obras de arte tienen ciertas propiedades intrínsecas, y si no las tuviesen se cuestionaría su cualidad de obras de arte. Pero tales tiempos quedan ya lejos. Cualquier cosa puede ser expresión de otra siempre que conozcamos las convenciones que lo hacen posible y las causas que explican su cualidad de expresión. En este sentido cualquier cosa puede ser una obra de arte, pues no hay condiciones necesarias simples. Ahora bien, del hecho que cualquier cosa pueda ser una obra de arte no se deduce que todas lo sean. La máquina de escribir que está utilizando Danto no lo es. Lo que hace del arte un concepto interesante es que lo que puede convertir su máquina en obra de arte, no puede convertirla en un sandwich de jamón: aunque desde luego un sandwich de jamón puede llegar a ser un obra de arte.

¿Cuál es entonces la diferencia con otras cosas que incorporan un significado, que son vehículos de representación, pero no son obras de arte? La diferencia es que éstas últimas son interpretadas como obras de arte. Así como con la teoría heliocéntrica no cambió nada de lo que percibimos con nuestros sentidos, sino nuestra interpretación, nuestra visión del universo. La interpretación, sostiene Danto, es ese poder que transfigura las cosas en arte. Por eso es necesario el público; hay una parte del significado de la obra que queda elíptico, y que debe ser completado por el publico.

Arte, lenguaje y cosas

Interpretar una obra artísticamente es similar a interpretar un objeto lingüísticamente. De hecho, afirma Danto, la interpretación artística se representa lingüísticamente mediante cierto uso del “es” (el uso de identificación artistica): frente a una mancha de pintura azul uno dice “es el cielo”. Cuando hacemos esto no estamos literalmente identificado el cielo, porque no es el cielo real. Esto muestra la brecha entre el arte y la realidad así como entre el lenguaje y la realidad. El arte difiere de la realidad de la misma forma que el lenguaje en su uso descriptivo. Ahora bien, no es que el arte sea un lenguaje, dice Danto, sino que su ontología es igual a la del leguaje, y que el contraste que existe entre el arte y la realidad existe entre el lenguaje y la realidad. Las obras de arte como clase se oponen a las cosas reales, igual que las palabras, aun cuando sean reales en todos los demás sentidos, afirma Danto. Las obras de arte son lógicamente categorizables con palabras, aunque sus homólogos sean meros objetos reales, dado que las primeras se refieren a algo (o pueden muy bien suscitar la cuestión de a qué se refieren). Permanecen a la misma distancia filosófica de la realidad que las palabras, igual que sitúan a quienes se relacionan con ellas como obras de arte a una distancia equiparable. Esta distancia abarca el espacio que los filósofos siempre han trabajado, por lo que cabe esperar del arte cierta pertinencia filosófica. Tanto el arte como el lenguaje representan cosas reales sin ser las cosas reales mismo, y así es necesario que las representaciones artísticas y lingüísticas tengan una interpretación para que podamos entenderlas e identificadas como arte y lenguaje.

Después de todo, Arthur Danto no parece alejarse tanto de la teoría institucionalista, a pesar de sus intentos por no ser tachado de institucionalista. Y es que toda interpretación siempre va aparejada a un contexto histórico artístico. En cualquier caso, lo que queda claro para Danto es que las propiedades artísticas no son propiedades intrínsecas de las cosas; ser una obra de arte no consiste en poseer tales propiedades. De ahí que en el arte haya que estar siempre abierto a la posibilidad de revolución. No se puede identificar cuál de objetos indiscernibles es una obra del arte sin tener en cuenta el diferente tipo de relación que establece con su creador. El contexto de producción queda incluido en la identidad de una obra de arte. La lógica del arte es relacional. Danto trata de mostrar que es necesario considerar el contexto del objeto, y no solamente las propiedades comunicadas por sus materiales, para determinar no sólo su significado sino si es arte o no.

La transfiguración religiosa

A pesar de que parezca que Danto vuelve a caer en el convencionalismo, no es ésa su intención; rechaza el institucionalismo porque lo que él defiende es que en la obra artística se ha dado una transformación real, no una transformación convencional, artificial. Y lo que él busca es una definición en términos de esencia. La obra de arte pasa a un estado ontológico distinto al de la mera cosa, aunque sensiblemente sean idénticas. Quizás haya que buscar la verdadera diferencia entre obra de arte y mera cosa para Danto como algo análogo a lo que ocurre con lo religioso. Y es que algo similar ocurre con los objetos religiosos, que se consideran esencialmente distintos de las cosas cotidianas pero se recubren con una apariencia de cotidianidad. De hecho, en el prefacio de La transfiguración del lugar común, Danto hace referencia a la transfiguración de Jesucristo ante sus apóstoles narrada en los evangelios como metáfora del milagro del arte de transformar meros objetos cotidianos en obras de arte (las cajas Brillo). Además, el concepto de incorporar -encarnar- un significado, rasgo definitorio de la obra de arte para Danto, hace referencia a la doctrina cristiana de la encarnación del Verbo divino en el hombre Jesús. Incluso en la obra sobre Andy Warhol (Andy Warhol, 2009) relaciona la obra de éste con su catolicismo, además de volver a aludir a la analogía religiosa para explicar el carácter transfigurador del arte. Pero es que ya en 1964 Danto había apelado a la teología católica para definir el concepto de mundo del arte como una comunidad ontológica de obras de arte con fuertes interrelaciones y afiliaciones, argumentando que el mundo del arte se sitúa respecto al mundo real como la Ciudad de Dios frente a la Ciudad terrenal.

Parece entonces como si para Danto las obras de arte se transfigurasen en cosas pertenecientes a un reino ontológico superior, totalmente distinto del reino mundano de las cosas ordinarias. Aunque compartan apariencia, aunque sean indiscernibles perceptualmente, las cosas ordinarias pertenecen al reino de la naturaleza y las obras de arte al reino de la gracia, secularizado como el mundo del arte. “Si Platón” -dice Vlad Morariu- “despreciaba las obras de arte en tanto representaciones, viéndolas como meras copias y las más degradadas formas de existencia, Danto las eleva desde las tierras bajas de las meras cosas a nuevas alturas ontológicas”.

 

Referencias:

¿Psicólogo, psiquiatra, psicoanalista o psicoterapeuta?

Psique es una palabra de origen griego que se puede traducir por alma, además de un concepto muy complejo Pique es un personaje importante en la mitología clásica. Esta palabra que antecede como prefijo a un buen número de profesiones hoy en día se utiliza más bien para referirse a otra entidad inmaterial pero (¿tal vez?) menos metafísica: la mente.

En todos los años que llevo dedicándome a la psicología he encontrado que existe una gran confusión en torno a las diferentes profesiones que se ocupan de la psique. Todas ellas tienen en común presentar un «psi» antecediendo al nombre. Sin embargo difieren en muchas otras cuestiones que voy a intentar clarificar de forma muy sintética.

Haciendo un recorrido histórico podemos considerar que los primeros que se ocuparon de las cuestiones del «alma» fueron los magos, chamanes, sacerdotes y también los filósofos. La psicología es, de hecho, una de las muchas hijas que ha generado la filosofía. Posteriormente, en un momento que suele situarse entre el siglo XVIII y el XIX según declinaba la importancia del mundo mágico y ascendía la estrella de la razón, los médicos comenzaron a ocuparse del alma y ha crear clasificaciones y remedios para sus afecciones. Tomaron así el testigo.

En este estado de cosas nacen los cuatro «psi»: el psiquiatra, el psicólogo, el psicoanalista y el psicoterapeuta.

El psiquiatra es un médico especializado en la salud mental. Esto quiere decir que son aquellas personas que, además de un conocimiento médico general estudian la especialidad de psiquiatría que les avala para trabajar con los trastornos mentales. En España para ser psiquiatra es necesario estudiar la carrera de medicina y realizar posteriormente una residencia en un hospital en la especialidad de psiquiatría. Los psiquiatras son los únicos «psi» autorizados a prescribir psicofármacos.

El psicólogo es un profesional formado en el conocimiento de la mente. Estudia los diferentes procesos mentales, la forma en la que pensamos, sentimos, percibimos, recordamos, etc… La psicología tiene una rama dedicada al conocimiento de las enfermedades mentales -la clínica- que se aproxima a la psiquiatría, pero también comprende otras áreas como la educativa, la social o la industrial. Para ser psicólogo en España es necesario estudiar la carrera de psicología en la universidad. Más adelante lo habitual es la realización de algún tipo de estudio más específico que ayude a delimitar el campo de trabajo según el contexto en el que el psicólogo desee desempeñar su actividad profesional.

El psicoanalista es un psiquiatra o psicólogo que ha seguido una formación específica en psicoanálisis. El psicoanálisis es una corriente de pensamiento y una técnica de intervención que nació en la Viena de principios del siglo XX de mano de Sigmund Freud. Como paradigma para entender al ser humano ha tenido mucha resonancia en el arte, la literatura y la antropología occidental. En lo que respecta a la psicología es una de las teorías más importantes que se han utilizado para intentar explicar la mente, dispone además de un método y tratamiento propio. Además ha tenido una historia compleja pudiendo encontrarse hoy en día muy variadas corrientes dentro del psicoanálisis que, tomando unos presupuestos básicos, miran la psique desde diferentes perspectivas. Dicho esto y a pesar de su relevancia, el psicoanálisis no ha estado nunca exento de controversia y hay que tener presente que pueden encontrarse psicólogos y psiquiatras que sigan otras concepciones de la mente como por ejemplo la humanista o la cognitivo-conductual.

Por último, un psicoterapeuta es un profesional que aplica las herramientas de alguna de estas corrientes (psicoterapia psicoanalítica, cognitivo-conductual, humanista, gestáltica, etc) para el tratamiento de enfermedades mentales, el crecimiento personal o la solución de problemas en sus pacientes/clientes. La psicoterapia en España legalmente no está regulada y por tanto un psicoterapeuta no tiene necesariamente que ser psicólogo o psiquiatra, aunque lo más frecuente es que lo sea.

Aparte de los profesionales del prefijo «psi» nos encontramos en muchas ocasiones con otros que se encuentran en zonas fronterizas y generan muchas dudas.

El neurólogo se ha convertido con el tiempo en una figura de referencia para algunos trastornos en los que se ha demostrado que existe una base neurológica como algunos trastornos relacionados con el envejecimiento y otros de carácter más polémico. Lo que es un hecho es que cada vez ocupan un espacio mayor en la ecuación tomando terreno que antes pertenecía en exclusiva a los psiquiatras.

El terapeuta es una figura que genera mucha confusión. En realidad suele ir acompañado de un apellido (gestáltico, integrativo, tántrico y un larguísimo etc). En este caso podemos encontrar todo tipo de profesiones con objetivos, ética y formación radicalmente diferente en cada caso. En realidad la clave para saber con qué tipo de profesional nos encontramos suele estar en el «apellido».

Un caso particular que utiliza un nombre con apellido similar es el terapeuta ocupacional. Se diferencia de los demás en que cuenta con formación universitaria específica. Suelen ser profesionales orientados principalmente a las personas con discapacidad.

El coach ha sido la última incorporación a la plantilla. Inicialmente con una orientación claramente empresarial el concepto se ha extendido hasta límites insospechados. Como en el caso de los terapeutas agrupa bajo su paraguas a una miriada de profesionales de diferente experiencia, formación y capacidad.

Por supuesto si tienes dudas al respecto de un profesional siempre puedes preguntarle a él o pedir información sobre su formación, colegiación, etc. Y recuerda, aunque esté todo en regla, no siempre damos con la persona adecuada a la primera. A veces hay que seguir buscando, de eso se trata el camino.