¿Tienes una actitud creativa para resolver tus problemas?

En este post, abordo la creatividad desde el punto de vista de la actitud y cómo ésta nos puede ayudar a resolver problemas.

Todos los días nos enfrentamos a distintos tipos de retos o pruebas a las que responder. Para cada uno de nosotros, los retos pueden ser distintos y algunos quizás podamos compartir, como por ejemplo hacer del mundo un lugar mejor, mejorar nuestra calidad de vida, enmendar una terrible injusticia, etc.  Si lo piensas detenidamente, seguro que hay alguno que merece tu atención en este preciso momento, ¿cierto?.

 

 

Factores a tener en cuenta

 

¿Qué pueden tener en común personas como Steve Jobs, Ludwig Van Beethoven, Picasso y Marie Curie? Todos tiene un rasgo común. Han sido personas muy creativas. Piensan de manera divergente y tienen ciertas características comunes:

  • Factores cognitivos, que dependen de los conocimientos. Aunque que una persona sea muy inteligente no implica que sea muy creativa.
  • Factores de personalidad psicológicos, que dependen de la personalidad del individuo, de su motivación y de sus emociones.
  • Factores de contexto en el que se mueve, la influencia de la familia, de los padres, del colegio, de los amigos, etc.

Las personas de los ejemplos anteriores son muy reconocidas, pero, ¿significa esto que el resto de personas no podemos ser creativas? En absoluto. La creatividad es un músculo que se trabaja constantemente tanto a nivel personal como profesional y que también implica un poco de esfuerzo por nuestra parte.

Hay algunos aspectos a tener en cuenta si queremos desarrollar este músculo tan potente:

  • La perseverancia: requerimos esfuerzo continuo para conseguir nuestro objetivo, sea cual sea. Por ello, es importante el nivel de compromiso que queremos adquirir con nosotros mismos para conseguirlo.
  • La persistencia: Edison, nos podría hablar hoy en día sobre ello y de sus más de 200 intentos hasta que inventó la bombilla. “Cada una de las 200 bombillas que no funcionaron me enseñó algo a tener en cuenta para el intento siguiente”. 
  • Innovar y crear toma riesgos: siempre que emprendemos un nuevo camino, hay ciertos riesgos que hay que tomar.
  • El incorformismo: desde el punto de vista de la transgresión, la predisposición a opinar de manera distinta a pesar del posible juicio de la sociedad o del otro.
  • El individualismo: parece un valor negativo, ¿verdad?, pero en este caso no lo es. Tiene que ver con no dejarnos embaucar por «la marea», es decir, por las tendencias dominantes. Estar dispuesto a tener ideas propias, atravesar los convencionalismos. Expresar emociones, curiosidad, preguntar sin miedo, etc.
  • La capacidad para jugar: el juego es exploración e innovación tanto a nivel personal como también profesional. En este sentido, empresas como Google y Pixar, han visto claramente que para innovar, es necesario proporcionar a los empleados lugares y espacios de juego y que inspiren a las mentes creativas.

 

El proceso creativo en el ámbito de la empresa

 

De igual forma, las empresas no pueden quedarse pensando en el momento ideal para innovar. Están en continuo cambio y transformación. Las últimas tendencias de gestión de la innovación se han basado en diversas filosofías, como Lean Start-up,Blue Ocean o Design Thinking. El uso de la creatividad para impulsar la innovación. Pero si no es algo que hayamos trabajado de manera personal como una habilidades propias, difícilmente podremos ponerlas en práctica en nuestro entorno laboral, aunque hay algunos procesos y técnicas que nos ayudan a hacerlo.

Encontrareis en Internet numerosas referencias relacionadas, por ejemplo, con la técnica Design Thinking. Por contextualizar brevemente: «es una disciplina que pretende aplicar el proceso de diseño como enfoque holístico para la resolución de problemas. Capacidad de mezclar el pensamiento convergente y divergente en ciclos de desarrollo iterativo de las ideas, ampliando o cerrando el flujo de información en relación a la necesidad del momento. Es decir, enfrentar los desafíos como si de un diseñador se tratase».

Steve Jobs lo traduce en estas palabras:“Design is not just what it looks like and feels like. Design is how it works“ (Diseño no es solo como parecen y se sienten las cosas. Diseño es cómo funcionan).

Es decir, utilizar no solo el pensamiento deductivo tradicional (soluciones válidas a escoger), sino también explorar el pensamiento adductivo o divergente (soluciones a explorar no descubiertas hasta ahora).

 

Cuando llevamos a cabo una técnica creativa (como Desing Thinking), es importante tener en cuenta:

  • Colaboración: es un trabajo colectivo y una actitud de apertura hacia cualquier que tenga algo que aportar. Muy importante el no juicio.
  • Integración: observar e integrar la perspectiva de todos de manera global. Todos tenemos que vernos reflejados en el planteamiento del problema, en el trabajo para resolverlo y en la solución.
  • Interprertar: definimos ideas válidas y posibles. No únicas. Nadie tiene la verdad absoluta. Muy importante ser humilde, saber escuchar y no imponer.
  • Exploración: fomentar la visualización de ideas espontaneas para descubrir otros caminos no planteados o vinculados.
  • Experimentar: realizar prototipos para testear todo lo que queramos llevar a la práctica.
  • Iteraciones: no es un proceso lineal, es un proceso iterativo que reformula y replantea para construir una solución final. Es un proceso vivo como la propia naturaleza. Es cambiante, por tanto, volvamos a ello cuantos veces necesitemos.
  • Cocreación: foco en las personas. Trabajar por las personas. Dejando a un lado la tecnología y el mercado.

La actitud creativa requiere:

  • habituarse a vivir en la incomodidad
  • Actitud de punto de salida
  • Filtro de conocimiento
  • Aplicadores de conocimiento
  • Colaboración

Si cumplimos con estas «reglas» estaremos en disposición de desarrollar ideas y soluciones coherentes y efectivas. De innovar en nosotros mismos como persona. De crear valor sobre nosotros mismos de una manera clara, sencilla. La innovación parte de cada uno de nosotros como individuo y debe ir hacia nosotros. En definitiva, es una técnica que surge para ayudarnos, no para complicarnos la vida.

 

El valor de innovar es natural al cambio

 

Ser creativo es parte de nuestra naturaleza. Ésta siempre busca soluciones creativas. Explicaba Robert Dilts que algunos estudios registraron hasta 1.000 movimientos de un bebe. Pero, ¿qué ocurre?. Ni la escuela, ni la vida, ni la sociedad están para que ese bebe sea algo diferente, sino para homogeneizar a las personas. Es más seguro y además cuesta menos dirigirlas.

 

Walt Disney contaba en sus oficinas con el rincón para soñar. Un lugar donde queda fuera la parte crítica y realista que nos habita. Sin juicios. La crítica despiadada es el mayor enemigo de la creatividad. Robert Dilts lo explica con más detalle en el siguiente vídeo.

 

 

El proceso de innovación es algo natural. Entender la necesidad de evolucionar, de transformarnos es entender la evolución de nuestra propia especie. Nosotros, como personas y también las empresas evolucionamos en el valor que aportamos.  Es éste valor que aportamos (a la sociedad, la empresa, en la pareja… ) lo que nos indica si estamos en crisis o no. Si estamos actualizados o si necesitamos un «reseteo». En la mayoría de las situaciones, la pérdida de valor viene de la propia persona o empresa. Nuestra forma de ser y de hacer nos impide dar más valor a nosotros mismos y a la sociedad.

 

«Innovar es poner en valor el conocimiento de forma acelerada. Es algo sistémico, como fruto de una metodología, actitud. Si se hace dentro del ámbito profesional es innovar, si es desde el ámbito persona, es emprender. (Actitud vital) algo con lo que la persona nace. La innovación es algo más profesional o empresarial». Antonio Flores. La actitud innovadora.

 

Comenta Antonio Flores en su libro La actitud innovadora, que la inteligencia es la capacidad de transformar conocimiento en valor, como respuesta adaptativa a las transformaciones del entorno. El pensamiento creativo es el que te permite ver tu entorno de forma diferente, encontrar posibilidades donde solo había rutina, consenso en lugar de incomprensión y acción en vez de muchas ideas en un cajón. El pensamiento innovador sirve para generar y gestionar ideas nuevas y recicladas, y construir valor eficazmente, convirtiéndolas en resultados.

 

Creando espacios de fluidez para posibilitar el cambio

 

La única constante que encontramos en la naturaleza, en la empresa, en la vida, es el cambio. El valor que aportas tú ha de adaptarse a ese cambio. Para ello debe haber pasión, motivación, estar emocionalmente involucrado. Solo así encontraremos la motivación que necesitamos.

 

«La pasión por resolver problemas es lo que crea el potencial para obtener
resultados extraordinarios». Gary Hamel

 

La importancia de una educación integradora

 

Esta actitud creativa debería de ser trabajada desde la infancia, en las escuelas. Pienso que es fundamental que los educadores puedan experimentar, conocerse y desarrollarse personalmente a través de la conciencia para convertir las aulas en espacios de fluidez, de transformación personal y grupal, dando cabida a la parte emocional, espiritual y corporal. Es decir, siendo y dejando ser para poder transcender los ideales de la sociedad patriarcal. Integrar cuerpo – emoción y mente en el proceso creativo de conocernos. Llegar a una educación, como dice Claudio Naranjo para la evolución personal y social.

«Respuestas correctas», especialización, estandarización, competencia estrecha, adquisición ávida, agresión, desapego. Sin ellas, nos ha parecido
que la máquina social no podría funcionar. No debemos culpar a las escuelas de crueldad cuando sólo han cumplido con lo que la sociedad les ha pedidoPero la razón por la que necesitamos una reforma radical de la educación es que las demandas de la sociedad están cambiando radicalmente. No cabe duda de que las características humanas que hoy en día se inculcan dejarán de ser funcionales. Ya se han tornado inapropiadas y destructivas. Si la educación continúa siendo como solía, la humanidad terminará destruyéndose tarde o temprano.”  Cita Del libro Cambiar la educación para cambiar el mundo. Claudio Naranjo.

 

Bibliografía:

  • La actitud innovadora. Antonio Flores. Pocket Innova.
  • Desing Thinking. Innovación en los Negocios. MJVPress. 2016.
  • MOOC Creatividad y Pensamiento Lateral. UOC – Miriadax. 2018.
  • Cambiar la educación para cambiar el mundo. Claudio Naranjo

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Adolescentes: El vínculo educativo y el vínculo terapéutico

El vínculo. Tendiendo puentes

En los más de quince años que llevo dedicándome a la intervención con adolescentes, tanto en situaciones de exclusión y riesgo como en situaciones y contextos más “normalizados”, he tenido la oportunidad de trabajar con equipos directivos y docentes de varios centros educativos de educación primaria y secundaria. Los/as profesores/as en estos últimos años, muestran motivación por conocer y poner en práctica las metodologías más innovadoras, más integrativas y multidisciplinares para avanzar y conseguir mejores resultados en su labor diaria. En este sentido, me invitaron a coordinar varias acciones formativas para estos equipos, de cara a poder mejorar su trabajo, y, por ende, los resultados de sus alumnos/as.

En estas sesiones, se planteaban diversas líneas de acción, para poder llegar a elaborar la figura del profesor/a ideal entre todos/as, partiendo siempre de sus propias experiencias como alumnos/as y de las características que se consideran necesarias para ejercer como profesor/a. A través del debate y partiendo de su “sí mismo/a”, se pusieron en juego multitud de dudas, de carencias y de potencialidades, que sentían que nunca habían llevado a cabo por miedo a que el resto del equipo no entendiera o juzgara. Al fin y al cabo, en el ámbito educativo y formal, suele ser más sencillo seguir la corriente del equipo, la idiosincrasia del centro, que discutir sobre estrategias o aportar cambios metodológicos a lo ya establecido.

En la primera sesión, siempre se elabora una lluvia de ideas donde el equipo debe plantear qué facilitadores encuentran en su intervención en el aula, de cara a compartir y a entender que no todos/as parten con las mismas ideas sobre qué herramientas se pueden o deben utilizar con los/as menores con el objetivo de facilitar los procesos de los/as mismos/as. Durante una hora, el equipo habla de “metodologías participativas”, de “normas y límites”, de “sanciones y castigos”, de la preocupación del aumento de situaciones de acoso o bullying en el centro. Pero expresan también no tener las herramientas adecuadas para abordar estos aspectos que escapan de su tarea diaria: impartir contenidos académicos.

Como profesional, me entristece ver cómo en ocasiones, todo se reduce a no disponer de los conocimientos adecuados para poder llegar a las situaciones más complicadas. Por ejemplo, una profesora de secundaria expresaba en una de estas sesiones que ella detectaba multitud de casos de comportamientos disruptivos, pero que no se sentía con la seguridad ni las competencias para poder intervenir en estas situaciones de manera segura. Es decir: si no siento que dispongo de los conocimientos teóricos necesarios, no intervengo en lo que se escape de lo meramente académico. Esto me dio que pensar. ¿En la intervención con menores, con personas, todo se reduce a lo académico? ¿A lo teórico? Somos capaces de poner en marcha las metodologías de trabajo más alternativas y modernas, pero no somos capaces de conversar con un chaval/a que te está pidiendo ayuda sin palabras? ¿Somos capaces de ver más allá de lo que a simple vista se nos muestra?

 

Ir más allá

En un momento de la sesión, quise compartir mi herramienta maestra. La que llevo utilizando desde el primer día que me vi sentada en una sala con un chaval de 12 años que acababa de pelearse con un compañero durante una actividad. Ese día, lo teórico no servía, o al menos, así lo sentí yo. No valía jugar a recordarle que las peleas no estaban permitidas en el centro, ni que lo que acababa de pasar era algo muy negativo, que tendría consecuencias. Supongo, que mirándole entendí que eso ya lo sabía. Que quizás era cuestión de ir más allá de lo que había pasado hacía un rato en la pista deportiva. El chico, estaba sentado frente a mí, con los brazos cruzados, con la mirada fija en la mesa. La mandíbula apretada, respiraba agitado. Recuerdo que empaticé con él, con lo que estaba sintiendo al menos exteriormente, porque no sabía que pasaba por su cabeza (Punto primero: somos humanos, somos profesionales, pero no leemos la mente del chaval. Todo lo que piense, estará basado en nuestros filtros, nuestros prejuicios y nuestra experiencia vital. Contando con que somos la figura adulta, la autoridad y la referencia, ¿a qué tenderemos? Simple: a dar lecciones de moral).

Así que, se me ocurrió preguntarle ¿cómo te sientes ahora?. Este momento es un quiebre. El chaval está esperando, como adultos que somos, que la primera pregunta sea para saber qué ha ocurrido (porque los/as adultos/as solemos centrarnos en el hecho en sí) o para echarle una reprimenda, ya que si está ahí él solo sentado, es porque hemos decidido que  ha sido el culpable de la pelea. Cuando le preguntamos a un adolescente que cómo se siente, le hacemos conectar con su parte menos racional, más instintiva. La adolescencia se caracteriza por la necesidad de demostrar lo que nos creemos que somos, aunque seamos exactamente lo contrario. Por eso, si echamos la vista atrás, somos capaces de recordar nuestros “mensajes tipo”; esos que repetíamos hasta llegar a creérnoslos. Si le preguntamos cómo se siente, abrimos la puerta para que, durante al menos esos minutos, deje al personaje de lado y hable su self real.

 

vínculo

 

Miedo a ser, miedo a estar, miedo a sostener

Cuando cuento esta experiencia en las sesiones formativas con los equipos docentes, la gran mayoría de asistentes me miran con expresión de no entender nada. ¿Acaso no resolviste el conflicto? ¿Qué hiciste para que el chaval pidiera perdón al otro?. Siguen en la teoría, en sentir que lo más importante es el resultado, como si los humanos tuviésemos una serie de teclas cuya combinación diera uno u otro resultado (esto es algo que los/as profesores/as comparten con los/as padres y madres. La necesidad de que exista un manual básico de actuación con el que conseguir manejar mágicamente a sus alumnos/as o hijos/as, sin tener que sufrir por ello como madre/padre/maestro. Entra en juego un factor muy importante en la relación adulto-menor, tanto en el contexto escolar como en el familiar y social: el miedo. Miedo a marcar normas y que nos dejen de querer (esto lo habré escuchado más de veinte veces en sesiones con madres y padres); miedo a darme cuenta de que somos los/as responsables del conflicto que acaba de explotar; miedo a darme cuenta de que no sé hacerlo, y de que tampoco pido ayuda para aprender a hacerlo de otra forma. Miedo al fracaso, en definidas cuentas. Que, casualmente, es el que sentimos absolutamente todos los seres humanos. Hasta el chico que está sentado en la silla frente a mí, tiene miedo a fracasar, a que no le quieran, a no saber hacerlo bien.

El vínculo. Esa es la “herramienta mágica”. Los/as docentes vuelven a abrir los ojos, como si hubiéramos descubierto la piedra filosofal. ¿El vínculo? ¿Cómo es eso?. Pensemos en nuestra adolescencia – les digo- Pensemos en alguna figura adulta que se convirtiera en nuestro referente. ¿Por qué consiguió ese lugar? ¿Qué hacía de especial para que fuera un/a referente para nosotros/as? “Tenía un profesor de biología, que, todas las mañanas, antes de comenzar la clase, nos preguntaba cómo estábamos. Si queríamos, nos invitaba a contar algo emocionante o positivo que nos hubiera ocurrido en los días en los que no nos habíamos visto”. Este tipo de recuerdo, se repitió en la mayoría de los/as profesores/as que participaban en la sesión. “Sentía que el profesor se preocupaba por mí”, “Nos hacía ver que le importábamos”, “Llamaba a mi madre para felicitarle por mi comportamiento”. En resumen: sentían que “eran” y que “estaban”. Para un/a adolescente, esa es una de las necesidades más acuciantes. De esta manera, se ponen los cimientos para poder forjar el vínculo necesario que nos permita abordar otros aspectos necesarios en su ámbito personal, social, escolar y familiar.

Encontramos una primera definición en el diccionario María Moliner. En su primera acepción, define el vínculo como “algo que une una persona o cosa a otra. En lenguaje corriente actual sólo se aplica a cosas inmateriales: vínculos espirituales, de sangre, de parentesco, históricos, raciales”. En su segunda acepción nos muestra que sería “lazo, ligadura”. Esta definición nos introduce en la naturaleza inmaterial e invisible de este concepto.

El modo en que nos relacionamos con otros está influido por factores como nuestra experiencia vital, los acontecimientos positivos y negativos, las formas de apego primarias, las creencias,  la mirada que depositamos en el otro, los intereses que nos mueven al relacionarnos, la calidad comunicacional, los mensajes que emitimos, el modo de recibir la información del exterior, el manejo del poder, las cargas socioafectivas que nos acompañan en nuestra trayectoria de vida y las cuales depositamos en los otros, el grado de diferenciación que logramos experimentar o no con los otros. Y todo ello envuelto en un mapa cultural, histórico y social que genera sus propias estructuras de pensamiento y acción en el contexto donde nos movemos los humanos.

El vínculo, por tanto, se podría definir como la “síntesis de la interacción entre dos personas quienes, a través de sus mecanismos de relación ponen en juego su propia historia de vida y sus experiencias”. Esa es la principal barrera con la que me encuentro en el trabajo con docentes. Un/a profesor/a, no está formado para mostrarse tal y como es ante su alumnado. Está formado para transmitir una serie de contenidos académicos, facilitar que el clima en el aula sea el adecuado para que el alumnado pueda aprender estos contenidos, centrando todos sus esfuerzos en la meta, y no en los procesos. El vínculo, se caracteriza precisamente por ser un proceso, vivo, flexible, lleno de altibajos, idas, venidas, y vueltas a la casilla de inicio. Pero, la experiencia me dice, que es la base de cualquier proceso con un/a adolescente, ya sea educativo o terapéutico. Es necesario invertir tiempo y consciencia en el proceso del vínculo, que al fin y al cabo, consiste en tender puentes para que ambos/as componentes de la relación, consigan verse, reconocerse y acompañarse desde el SER. Yo defino el vínculo como el proceso de ser y estar al servicio del otro/a, como algo bidireccional. Si centramos nuestra atención en el proceso, en la construcción del vínculo, la relación se vuelve más auténtica. Se instala en el “aquí y ahora” de una forma natural, comprendida y necesaria.

El vínculo no es solo la herramienta más facilitadora a nivel educativo, sino también en mi experiencia a nivel terapéutico. Desde el enfoque Gestalt, el vínculo  es el elemento principal en la creación de la relación terapéutica. Esto es algo que traspaso al equipo de docentes en las sesiones de formación. “Lo que cura es el vínculo” (Irvin Yalom), sería la esencia que explique el por qué es tan importante enfocarse en el vínculo como la llave que abre la posibilidad de iniciar cualquier proceso, educativo, personal y/o terapéutico. Por eso, es imposible hablar de técnicas y herramientas concretas para la intervención con menores en particular. Porque no sabemos qué es lo que puede funcionar o no hasta que no nos encontremos frente a frente con el/la otro/a, y podamos saber cómo viene, cómo se siente.

Por eso, lo único en lo que podemos centrar nuestra atención es en la construcción del vínculo, permitiéndonos a nosotros/as mismos/as y al otro/a simplemente ser. Si el/la adolescente decide pasarse la mitad de la sesión en silencio, ya está diciéndonos algo. ¿Por qué no dejarle ser en el silencio? ¿Por qué necesitamos sentir que controlamos algo tan incontrolable como la esencia humana?. En contra de lo que se piensa, los/as adolescentes necesitan sentir este vínculo con su profesor/a, educador/a o terapeuta. Esta opción es la que nos lleva a poder marcar normas y límites que sean entendibles y sin que se generen reacciones negativas. Podremos ser capaces de utilizar otra mirada que vaya más allá del conflicto o del pasado.  Es la que nos permitirá sostener al otro, sin irnos al discurso o a las normas morales que se espera de la autoridad. Si se les deja ser, se muestran tal y como son. Si se muestran tal y como son, nos obligan a mostrarnos así a nosotros/as. Y quizás, eso es lo que más miedo nos da.

El vínculo deberá estar formado por diversas variables, que van desde la entrega del profesional al proceso, su capacidad de estar en el presente en contacto con el otro/a, realmente interesado en él/ella, poniendo en marcha todos los recursos de los que dispone, ofreciendo apoyo, seguridad, curiosidad, deseo y motivación para avanzar. Y nuestro papel, será hacer que el/la joven se sienta con la confianza de poder ser y hacer, mientras nosotros/as iremos viendo qué es aquello que le puede estar haciendo daño o le impide poder relacionarse de manera positiva ya sea con sus amigos, en el centro educativo o con su familia. Cuanto más confianza y seguridad sienta el/la menor en los momentos de intervención, más confianza y seguridad sentirá en los otros ámbitos que rodean su vida. Aprenderá a percibir a la figura adulta de una forma más sana y equilibrada, como alguien que ya ha pasado por donde él/ella está ahora. Sólo a través de esta primera puerta, podremos acompañarles a seguir avanzando a la siguiente etapa de manera confiada, y siendo ellos/as los/as protagonistas.


Fotografía: Matheus Ferrero

Memoria de los Mundiales (II)

 

Mi memoria de los Mundiales se entrelaza con hitos privados. En cada Mundial pasaron cosas significativas en mi vida o así lo veo ahora con esa plastilina que es la memoria tapándome los ojos. Separar en cuatrienios lo que es una misma alfombra de tiempo.

2002

Veintiséis años. Uf. Momento cumbre. Último año en Buenos Aires, preparativos para ir a estudiar a España. A las puertas de convertirme en extranjero. El extranjero, ser extranjero. Dejar Buenos Aires no fue fácil, vivía muy bien en pareja y estaba rodeado de amigos y familia. Tenía trabajo y amor. Era porteño, muy. Me sentía dentro de ese embutido salvaje, de esa ciudad de la furia. Andaba en sus calles, conocía los barrios. Paseaba de noche en un Ford Falcon con los cambios al volante. Fotografiaba casas antiguas, fachadas art decó y racionalistas. Los cines de la Avenida Corrientes. Pizza a las tres de la mañana. El enano que vendía números de la lotería. El tipo sin piernas que se arrastraba en un carrito y asustaba a los paseantes con sus gritos. Los travestis de Godoy Cruz. Las calles estrechas de Montserrat, los árboles de Palermo, los bares de Almagro, Balvanera y el Bajo. Después de una década de amistad, tenía muy claro que esa banda de amigos del colegio Salvador sería para siempre.

Antes del mundial, la AFA solicitó a la FIFA retirar la camiseta número 10, en honor a Maradona. Los argentinos empezamos a vivir en el recuerdo del pasado futbolero más que en el presente. A Corea llevamos un buen equipo, teníamos al mejor entrenador posible pero pasamos por la competición sin pena ni gloria. Los titulares de la prensa deportiva hablaron de Impotencia. En aquel momento no teníamos ni idea de cómo eso se volvería recurrente.

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2006

Vivir en el extranjero es reinventarse, quitarse la mochila de la identidad, borrón y cuenta nueva. Hay un período de gracia en el que esta fantasía es posible. Luego se cae en la cuenta de que no hay manera de escaparse de uno mismo. Cambian los paisajes, las calles, las costumbres. Uno sigue con sus fantasmas, almuerza con sus manías y cena con sus obsesiones. Los que no saben, piensan que la cultura española y la argentina se parecen mucho. No es cierto. Hablamos el mismo idioma pero con significados diferentes. Compartimos apellidos, historia colonial y algunas comidas. Nada más.

Madrid es ruidosa, canalla, hereje. “Tías en porretas; macarras mil; esto es la hostia; Sol de Madrid”, cantaba Miguel Abuelo. Empecé a vivir aquí cuando lo castizo resistía aún los embates del turismo masivo. El centro de la ciudad, una aldea. Lavapiés, Malasaña, Tribunal, las Vistillas, Noviciado, la calle del Pez. Noches interminables, resacas bestiales. Un tour de force por mil garitos durante el 2004. Porros a granel en el Parque del Retiro, al ritmo de las tumbadoras frente al lago. Entre el 2003 y el 2006 compartí pisos de alquiler con un mexicano, una brasileña, una chilena, una rumana, una suiza, un colombiano y un venezolano. Trabajaba en la universidad, hacía un doctorado y padecía a un director de tesis déspota y ciclotímico.

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Como en otros Mundiales, Argentina llevó a Alemania un equipo respetable. Nos tocó el grupo de la muerte con Holanda, Costa de Marfil y Serbia. Contra este último, ganamos seis a cero y nos convertimos en uno de los favoritos para ganar el torneo. Uno de los goles de esa tarde quedó para la historia por los 25 toques previos antes de que el balón besara la red, como dicen los poetas de la redonda. El partido decisivo fue contra los locales. El entrenador tomó una decisión polémica. Dejó en el banco de suplentes a Lionel Messi, futuro monarca del fulbo mundial, y apostó por Julio Cruz, un delantero espigado que había sido jardinero en sus pagos. Perdimos por penales. La final de la Copa fue el día antes de mi trigésimo cumpleaños. Había comprado ron, vodka y hielo suficiente como para poner ciego a un regimiento. Mi hermana y mi cuñado francés habían venido desde París para estar en el festejo. Fue una noche rara, muy calurosa. Teníamos todo preparado para brindar por el triunfo de Les Bleus hasta que Zinedine Zidane le dio un cabezazo a Materazzi y fue expulsado por aquel árbitro argentino cuyo nombre no recuerdo. Francia se vino abajo y ganaron los italianos. Años después, el defensor italiano confesó que había insultado a la hermana de Zizou. Picardía criolla.

Zidane

2010

Mi hija tenía tres años cuando veraneamos en unas playas nudistas de Almería. Final del Mundial, 11 de julio. Mi cumple, esta vez 34, fue en el Mediterráneo.  Entre dos Mundiales mi vida se había puesto patas para arriba, o mejor dicho, se estaba enderezando. Apareció una mujer, la MUJER. Noviazgo corto, febril, definitivo. Una pelirroja con aires a Isabelle Huppert, la boca de Fanny Ardant, porteña del barrio de Colegiales. En los madriles nos fuimos a encontrar. Como en el fútbol, también en la vida, el azar es la base de cosas importantes. Al principio sólo compartíamos la cama, pero yo para mis adentros, decía como Sal Paradise en On the road, “quiero casarme, quiero que mi alma repose junto a una buena mujer hasta que nos hagamos viejos. Esto no puede seguir así todo el tiempo. Este frenético deambular tiene que terminarse. Debemos llegar a algún sitio, encontrar algo”. Flipaba con eso. Me había cansado de que la única religión fuera el cuerpo de una mujer.

El embarazo nos pilló desprevenidos. Lo vivimos con temblor, organizando cosas prácticas, yendo al Ikea en autobús. Mudanza, cuna, bolso para el parto, nos íbamos conociendo un poquito más con la convivencia. En septiembre del 2007 nació la nena. Nada de lo que pueda decir condensa la experiencia. Creció el amor en mí, entre nosotros. Supongo que me volví más generoso, menos vanidoso. La manera en que me fui convirtiendo en padre continúa siendo un enigma. Tengo en claro algo, una cosa es ser progenitor y otra es ser padre. Yo no sé nada del oficio paterno pero se me saltan las lágrimas de emoción cuando la miro dormir, cuando recuerdo la primera vez que caminamos juntos de la mano o la luz de sus ojos mientras se toma un helado. Ser padre es asumir con todo el amor que puedas una responsabilidad grande. El que abandona no tiene premio. Los hijos vienen a hacer su vida y con ella nos regalan el privilegio de acompañarles. Hoy tengo la certeza de que la salud de mi hija es lo que más me importa en este mundo. Seguro que hay ideales mucho más trascendentales y causas morales más justificadas por su relevancia. No para mí.

El Mundial de Sudáfrica pasó a la historia por el Waka-Waka de Shakira, el Tiki-Taka de la Roja y el beso que el portero español le dio en vivo a una periodista deportiva. Luego resultó que era su novia y futura esposa. Por su parte, la cantante colombiana también iniciaría una relación amorosa con el central de la misma selección. Puro romanticismo en el aire. Como el del triunfo del juego de los locos bajitos. Tomala vos, dámela a mí y la pelota rodando sin cesar. El mago Iniesta, el ingeniero Xavi, un mediocampo legendario. Argentina había logrado reunir a las dos máximas estrellas de su fútbol: Diego Maradona como director de orquesta y Lionel Messi como primer violín. Con nuestra tendencia a la hipérbole, Dios Padre y Dios Hijo. Quedaba por ver en qué andaba el Espíritu Santo. La tarde en que perdimos 4-0 con Alemania, los argentinos nos volvimos ateos. El mito del eterno retorno maradoniano se derrumbó. Ya no podíamos recurrir a ÉL para que nos salve, para nos coloque nuevamente en lo más alto del fútbol competitivo. Nos habíamos quedado huérfanos del barrilete cósmico. El Diego de la Gente, el eterno 10, ya había cumplido con creces sus servicios a la patria futbolera. Había llegado el momento de descanso para el héroe. Del Espíritu Santo ninguna noticia. Al fútbol argentino “le había llegado la hora de enfrentar el mundo, los males, los empates, las pequeñas muertes peloteras sin la esperanza de la divinidad”. Eso dijo Martín Caparrós. No nos iba a resultar sencillo.

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2014

Aquel año fui entrando en una crisis existencial profunda. Suena a rollo kafkiano, freudiano y tal, pero era una sensación bastante concreta. Todo lo que había hecho o conocido, visto, leído o pensado aparecía ante mí en su más absoluta vacuidad. Me sentía como un grano de arena sobre la superficie irremediable del asfalto. Cada mañana me despertaba con ansiedad, la cabeza disparada imaginando los sinsentidos más inútiles. Fumaba en el balcón, miraba series de TV compulsivamente. Los Soprano, tres veces. Breaking Bad. Californication, Friends. Las tazas se acumulaban en el fregadero. No es que disfrutara del sabor a café o de la sensación del humo colándose en los pulmones, apenas lo notaba, se trataba de hacerlo, seguir la rutina. Peleas constantes con mi mujer, conmigo mismo. Estuve unos meses largos de otoño e invierno desempleado, fantaseando con irme de Madrid, huir a Buenos Aires. Ya eran diez años fuera del país. Los suficientes como para ya no ser de aquí ni de allá. Una nueva rotura de los ligamentos cruzados de la rodilla derecha. Las cosas fueron de mal en peor. A mi padre le diagnosticaron alzheimer y con mi hermana temíamos que mi madre terminase hundida cuidándole. ¿Qué coño es lo que había vuelto tan complicada a la vida?

Durante toda mi infancia y juventud me había esforzado por comprender, por cultivarme intelectualmente, ¿de qué servían Platón, Nietzsche o Schopenhauer?  Después de los 30 el tiempo había corrido más deprisa. Con 38, el tiempo ya no se encontraba con obstáculos, arrasaba con todo. Los días desaparecían a la velocidad de la pólvora. Antes de suspirar, llegarían los 40. Una puta mierda. ¿Qué quiero hacer?, ¿quién quiero ser?, ¿cómo quiero vivir?, ¿lo podré lograr?, ¿qué carajo hago?

Como cada cuatro años, el Mundial. Esta vez, para los argentinos, con el morbo añadido de que la sede fuera Brasil y entonces el sueño de ver a Messi levantando la copa en el Maracaná. El juego del equipo argentino frente a los bosnios, los iraníes y los nigerianos se destacó por la falta de rumbo. A la carencia de fútbol colectivo, la suplimos con el juego individual del 10 y las veces en que frotó la lámpara de Aladino. Desde que tenía 14 años, no había visto a la selección argentina clasificarse para las semifinales de un Mundial. Luego de un empate con Holanda, el arquero argentino atajó dos tiros en la tanda de penales y pasamos a la final. El rival otra vez Alemania, que venía de meterle siete goles al anfitrión Brasil, en una de las humillaciones más duras que sufrió un seleccionado sudamericano. Argentina tuvo oportunidades de vencer al combinado germano, pero al igual que 24 años antes caímos derrotados. La urgencia de gloria quedó pospuesta. Para la memoria futbolera quedaron tres hitos: la volea pifiada del Pipa Higuaín; la mala definición de Palacio por arriba del arquero alemán y la cara desencajada de Messi al ir a recoger la medalla por el segundo puesto.

Messi

 

Relaciones consentidas: sexo con sentido

Estoy tumbada en tu cama. Ha sido una quedada agradable entre amigos, aunque por momentos, un poco tensa. El vino ha ayudado a relajarme y a sentirme más cómoda y distendida. No es la primera cita ni la segunda, pero aún hay algo que me inquieta cuando nos quedamos los dos a solas.

No sé bien lo que es, pero a la mente me viene el cuento de Barba Azul: «no pases, no cruces la puerta. No te fíes». Algo en el estómago se cierra y se congela, pero no le hago caso y no capto las señales. Siempre es igual: no escuchamos la voz sabia del cuerpo. ¡Siempre quiere aguarnos la fiesta!¡Dejadme divertirme, -les susurro a mis tripas-no seais desconfiadas!

Comenzamos a besarnos, a morder la piel y a dejar caer la ropa. Poco a poco caen también los minutos y las palabras. Pasamos de caricias lentas a velocidad desmesurada. Poco recuerdo de los entremeses. Mucho del primer plato: frío. Muy frío.

Y de repente me estremezco. Recuerdo a mi ex, estoy en duelo. Le echo de menos y ya no quiero tenerte dentro. No fue a propósito, su imagen viene y me desconecto. Te pido que pares por favor, que me angustio, que no puedo… ni quiero… seguir en ese momento.

Pero mi NO se hizo mudo. No lo escuchas. Me dices: «tranquila, cálmate» y sigues moviéndote como si realmente no me escucharas. Lo intento de nuevo, te vuelvo la cara y manoteo  tu cuerpo para apartarlo. Más te empujo, más me aprietas.

Me desenergetizo, me vuelvo laxa, inmóvil y me echo a llorar. No sé si de impotencia, de vergüenza o de miedo. Pero ahí estoy: desnuda y frágil debajo de ti. Y tú como si nada. 

Paras sin terminar el orgasmo. Te me quitas de encima como quien se sacude una lapa. Me dices que te he desconcentrado y que soy una egoísta. Que parezco una cría y que no quieres saber de mí ya nada. Yo sigo llorando, tratando de explicarte, mientras mi cuerpo está temblando y no entiende lo que pasa. Me miras con desprecio y me dices que me vaya de tu casa.

Salgo. Son las 4 de la mañana.

Violaciones que no ocurren en la calle

Una mujer es violada cada ocho horas en España. Son datos oficiales del Ministerio del Interior que indica que en 2015 se computaron, al menos, 1.127 forzamientos.

¿Cuántos de todos ellos ocurrieron tras un primer consentimiento y una negativa posterior? ¿Cuántos de ellos son silenciados por un concepto de violencia sexual obsoleto y patriarcal?

Las conversaciones en los medios de comunicación giran en torno al sexo, aunque recordemos que la violación no es una relación sexual es una imposición de poder, que aumenta el estado de excitación sexual a través de forzar a un otro.

Por mucho que la vox populis opine que si al inicio de la interacción hubo consentimiento entonces no hay forzamiento, lo cierto es que el consentimiento es algo PROCESUAL, no algo fijo e inamovible. ¿O acaso si yo doy consentimiento para que mi hijo vaya a una excursión el viernes por la tarde y el viernes por la mañana decido que es mejor que no vaya por las condiciones del tiempo, está obligado a ir igualmente?

Lo que ambos consienten en primera instancia es una relación sexual placentera, divertida y cuidadosa. En el momento en que ese escenario cambia y la persona se siente forzada e incómoda, el consentimiento anterior queda absolutamente invalidado.

La sentencia del caso de La Manada ha abierto nuevamente la brecha del debate acerca de lo que en la Ley se entiende por violación, dejando ver cómo el inconsciente colectivo dominante sigue teniendo una imagen en la cabeza del «típico violador callejaro».

Así lo expresa claramente Samuel Mir, autor y director del film «Para» que muestra lo que ocurre cuando quien te viola es la persona con la que tienes una cita.

 

Parece que sólo podemos llamarlo así cuando desnudan a una mujer en la calle, la fuerzan sexualmente y la dejan tirada en una esquina. Pero hay muchas más formas y puede hacerlo tu pareja, tu amante, tu amigo o tu ligue de una noche”-señala.

Samuel Miró, quien ideó la trama a raíz de una experiencia personal similar, recuerda cómo él se sintió forzado en un determinado momento a continuar el coito cuando quería parar mientras estaba teniendo sexo casual con una chica.

«Yo, que peso cien kilos, pude zafarme y le pedí que se fuera. Pero pensé que, si la situación hubiera sido al revés, la mujer no hubiera podido pararme a mí. Un hombre hubiera seguido”.

Y es que algunos maltratos sexuales son más fáciles de identificar que otros. Cuando un desconocido trata de forzar a una mujer a mantener relaciones sexuales con él, generalmente la mujer identifica el maltrato. Sin embargo, cuando el maltrato proviene de una persona conocida, este es más difícil de identificar, includo para la víctima, que tiende a sentirse culpable y avergonzada.

El papel del porno como educador sexual

En la actulidad, con el acceso a Internet -tan fácil como quien compra chicles-, los y las adolescentes ya no tienen que descifrar el porno codificado del Plus ni ver a escondidas las revistas de Interview del vecino.

Nuestro entorno hipersexualizado, utiliza la sexualidad como medio de venta y como medio de humor. Todos creemos saber mucho de sexo, pues estamos expuestos a situaciones sexualizadas constantemente y, sin embargo, muy pocas veces se trata la sexualidad como vía para trabajar las habilidades sociales, el respeto, el cuidado, la confianza o la seguridad en uno mismo.

 

violencia sexual en la publicidad

El porno y la publicidad, -entre otros-, ha hecho mucho daño tanto a  hombres como a mujeres. Traslada un modelo de relación desigualitario en el que la mujer cumple una función de objeto sexual pasivo y receptivo disponible para el hombre siempre y se perpetúan los estereotipos de género llevados al extremo: el hombre es el que tiene el deseo sexual permanentemente y la mujer quien responde a ese deseo masculino.

Dicho contenido distorsiona lo que es la sexualidad y enquista estereotipos de género y prácticas sexuales no consentidas e insactifactorias para ambos.

En el disfrute mutuo está el placer

En esa búsqueda de lo positivo del sexo, basándose en el consentimiento placentero, y no en la parte negativa ni en el miedo. Erika Lust, pionera del cine porno feminista, lanzó junto a Pablo Dobner, su marido, el proyecto The Porn Conversation, una serie de recursos para ayudar a los padres a dar un paso más en la temida charla de sexo con sus hijos y hablar abiertamente de porno con ellos.

La web contiene herramientas en inglés, alemán, español e italiano divididas en función de la edad: menores de 11 años, de entre 11 y 15 y mayores de 15. A través de los recursos que ofrecen, los padres pueden tratar cuestiones tanto de desmitificación del porno como las relacionadas con el género y el cuidado mutuo.

  «El sexo siempre es mejor cuando lo haces con alguien en quien confías y que te trata con respeto” destaca Erika Lust.

Es contra el «mal sexo»: sexo insatisfactorio, mecánico, deshuamanizado y falocéntrico, –que limita nuestras zonas erógenas a los genitales, nos reduce a simples recipientes de fluidos y sirve únicamente de descarga tensional- donde hay que poner el foco en la educación sexual.

Todos merecemos reveindicar una buena sexualidad, disfrutable para ellos y para ellas. Y sobre todo deseada y satisfactoria, no sólo consentida.

Hay que dejar que el sexo fluya, que surja, que se transfome a cada minuto cuerpo a cuerpo. Que nazca, crezca y muera en cada acto, con total libertad. La sexualidad es comunicación y se trata de que por fin, tanto los hombres como las mujeres podamos comunicarnos en relaciones sexuales consentidas y con-sentido, por el mero hecho de quererlas y merecerlas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Quieres sentirte mejor? Agradecer puede ayudarte.

Hagamos un resumen de un día cotidiano, ¿a dónde vamos?, ¿con quien hablamos?, ¿que vimos en la prensa, en la tele, o lo que escuchamos en radio?, ¿de qué se habló en la oficina? lo que se compartió en las redes sociales, en fin, todos aquellos contenidos que cargaron nuestro día, sinceramente  cuantas ¿noticias buenas recibimos?, y al contrario ¿cuantas noticias malas recibimos?, generalmente sin querer como sociedad entramos en un bucle de quejas y de malas noticias que contamina nuestra visión de la vida, pero realmente ¿todo está mal?

 

¿Cuánta energía nos roba la queja constante?, ¿cuánto poder emocional perdemos en mantener este hábito?.  La queja nos debilita psicológicamente y nos predispone a filtrar la vida bajo un lente de negatividad y de pesimismo. Sin embargo, si somos capaces de alimentar y entrenar el hábito de quejarnos, también podemos generar nuevos hábitos que puedan reemplazarlo.

 

El agradecer es un hábito que podemos entrenar y nos trae múltiples beneficios, además lo mejor de todo es que es GRATIS!

 

El poder del agradecimiento

 

Saltó a mi mente en una conversación realizada con un grupo de compañeros de trabajo, la importancia  de agradecer, esto luego de que una compañera de oficina que tenía el hábito de quejarse todo el día decide irse de la empresa; comentábamos el poder que tenia de robarnos energía, y de cómo nos enseñó paradójicamente a agradecer lo que teníamos hoy y por las cosas que habíamos pasado,  es decir gracias a la saturación  de quejas a la que estuvimos expuestos, nos dimos cuenta del poder que tenía sobre nosotros y sobre la importancia que tenía para nuestra salud mental despojarnos de las quejas y de empezar a agradecer.

 

Hace algún tiempo disfrute de la lectura de nuestra compañera de blog  Ana F. Luna, quien escribió un artículo sobre el tema ¿Quieres ser feliz?, Sé agradecido .  Una lectura  que nos demuestra el poder del agradecimiento.

 

A nivel personal, comencé a pensar en cuantas veces al día agradezco,  y también, ¿qué cosas debo agradecer? , damos por hecho muchas de las cosas que nos pasan o que tenemos y no nos damos cuenta de lo afortunados que somos: por estar aquí hoy, de tener a la gente maravillosa  a nuestro alrededor, de poder respirar y poder contemplar una puesta de sol, de comer 3 veces al día (o más), de tener agua corriente en nuestros hogares, y de simplemente poder prender la calefacción en días de frío. pero también me invitó a reflexionar sobre aquellas situaciones o personas que habían pasado por mi vida y que al principio no había visto las lecciones de venían a enseñarme.

 

Decidí entonces poner en práctica el cambio de filtro, y decidí prestar más atención a aquello que consideraba positivo en lo cotidiano,  realmente pude observar cambios en mi energía vital, y cambios en mi actitud frente a las situaciones cotidianas.

 

Por fortuna  han habido profesionales en el área de la salud mental que se han preocupado por estudiar si una ACTITUD Y HABITO DE AGRADECER  tiene efectos en nuestro cerebro. No lo digo yo, lo dicen las investigaciones.

 

 

fuente: www.intimind.es

 

“La gratitud siempre tiene cabida en nuestra vida. Estudios demuestran que la gente agradecida es más feliz porque en vez de preocuparse por las cosas que le faltan, agradece lo que tiene”.— Dan Buettner

 

Sí, hace bien agradecer.

 

Agradecer no es lo mismo que dar las gracias, el agradecer amerita todo un proceso cognitivo y una conexión real y consciente. Hay conclusiones generales que podemos rescatar de las diversas investigaciones realizadas desde la psicología, la medicina y las neurociencias.Algunas de las conclusiones más importantes de la gratitud que plantean Robert A. Emmons, investigador de la Universidad de California y como se pudo ver en el video endiversas investigaciones son las siguientes:

 

  • Nos ayuda a cambiar nuestra actitud frente a la vida, modificando el filtro que hacemos de las situaciones.

 

  • Mejora nuestro auto concepto, fortaleciendo nuestra autoestima, por consecuencia nos produce mayor sensación de seguridad en nosotros mismos.

 

  • Somos capaces de cometer errores, de asumirlos y de mejorar ante ellos, reduciendo así considerablemente le miedo al fracaso, al contrario, transformándolo como un motivador. Desarrollando así la humildad.

 

  • Ayuda a bajar el nivel de agresividad e impulsividad: una persona que practica la gratitud y la implementa como un hábito cotidiano en su vida es menos propensa a sentir emociones como la ira, la envidia, al contrario logra desarrollar un buen nivel de tolerancia a la frustración.

 

  • Mejora nuestro filtro para tomar decisiones: la gratitud nos permite ampliar nuestro panorama a la hora de evaluar una situación y de poder tomar decisiones para resolver un problema, ya que nos ayuda a pensar con más claridad y con menos impulsividad.

 

  • Reduce el estrés y la ansiedad, cuando se ejercita la gratitud como un hábito, el cerebro no activa el sistema de alarmas, al contrario, se conecta con aquellos puntos de placer y de gozo, generando así una respuesta de tranquilidad general.

 

  • Se está conectado socialmente de manera positiva. No solamente es beneficioso para ti, una actitud de gratitud permite una respuesta menos defensiva de las personas que relacionan contigo, por lo que las relaciones personales serán muchos más sanas y generarán un ciclo de refuerzos positivos.

 

  • Tu energía vital cambia, te sientes más activo y con más energía ya que es un antidepresivo natural, una actitud de agradecimiento genuino tiene la capacidad de activar zonas en tu cerebro responsables de producir dopaminas y serotoninas. Esto por el simple hecho de ayudar a tu cerebro a enfocarse en los aspectos positivos de las situaciones, y sobre todo fomenta la capacidad de sentir placer y de disfrutar de las cosas.

 

  • CONTRIBUYE A TU FELICIDAD

 

  • Reduce el riesgo de abuso de drogas y de otras sustancias.

 

  • Fortalece el sistema inmunológico, si! Estamos menos propensos a contagiarnos de enfermedades si practicamos la gratitud!

 

 

Es hora de poner la GRATITUD en marcha

 

Obviamente la invitación no es a tener una actitud ingenua o pasiva ante las circunstancias de la vida, tampoco se invita a compararse con el drama del otro, con el pensamiento “siempre hay alguien que en peores situaciones que yo”.  Sino a pensar que si los investigadores han demostrado que la gratitud afecta directamente en nuestra salud mental, en nuestra salud física y sobre todo en nuestra felicidad, entonces para que esperar más, es hora de entrenarla!.  ¿Como? Elsa Punset nos da una guía para comenzar a trabajar en ello.

 

“No puedo más” … una reflexión sobre la presencia del suicidio en mi vida

 

Fue hace un par de días cuando una amiga me comentó el caso de otra amiga suya cuyo hijo se había suicidado hace cinco años y ella, a pesar de la terapia que había seguido, no lograba asimilar la pérdida y seguir adelante con su vida. Precisamente ayer, leí un artículo en el periódico acerca del suicidio, como epidemia silenciosa que nos acecha. Lo difundí por redes sociales, y varias personas se abrieron a comentar, ya fuera su vivencia propia o su opinión al respecto. Y tras darle vueltas todo el día, sentí muy profundamente la necesidad de compartir mi propia experiencia con el suicido a lo largo de mi vida, sin más pretensión que sacarlo del silencio, de dar luz y voz, de integrarlo y dar pie, si a alguien le nace, a que más personas compartan su experiencia.

 

Cuando “quitarse la vida” forma parte de tu primer recuerdo

Siempre me he caracterizado por tener buena memoria. Desde los tres años y pico me llegan imágenes y vivencias muy concretas que han supuesto hitos en mi biografía. Y resulta que mis primeros recuerdos tienen que ver con episodios algo críticos en la vida familiar. Mi madre solía desbordarse emocionalmente con frecuencia, y llegaba al extremo de entrar en crisis, se ponía a gritar que no podía más, iba hacia el cajón de los cubiertos en la cocina, y sacaba un cuchillo con el que amenazaba con clavárselo. ¿Qué hacía yo? Entraba en pánico, me sentía culpable por si yo había tenido algo que ver con ello, y me escondía debajo de la mesa del comedor … ese era mi lugar seguro, mi cueva. Nunca llegó a herirse físicamente. A veces se desmayaba, otras, mis hermanos o mi padre lograban quitarle el cuchillo y se la llevaban a su dormitorio … Y finalmente, “no pasaba nada” … y lo peor de todo, no se hablaba nunca más del tema. El silencio. Ese gran aliado y enemigo. De lo que no se habla, no existe. ¿Verdad?

Mi madre comenzó a separar cada vez más estos episodios, y cierto es que aunque yo vivía en alerta, me acostumbré. Fui descubriendo que ella nunca daría el paso, que solo necesitaba ser vista, escuchada. Y fue hace unos pocos años, tras morir mi padre, cuando afloró en mí esa rabia del niño que no sabía qué hacer en aquellos momentos, cuando comencé a culpar a mi madre de no haber sabido gestionar sus problemas y que me hubieran dejado una marca mayor de lo que pensaba. Y así fui avanzando en mi proceso de comprensión y perdón. Un año antes de que ella muriera, y sin buscar esa conversación, pudimos hablar de todo ello. Ella negaba que aquello hubiera sucedido. Pero no eran imaginaciones mías. Lo había corroborado con mis hermanos, y tengo recuerdos muy vívidos. Ante esa convicción por mi parte, ella se derrumbó, y me compartió el grado de soledad que sentía, de falta de reconocimiento por mi padre, y su incapacidad de poder haberlo hecho de otra forma. Poner palabras por ambas partes nos unió, nos fundimos en un abrazo, y ella se disculpó … ¿Qué sentí? Que la comprendía, aunque finalmente siempre sean los niños los que paguen las consecuencias de las carencias de gestión emocional por parte de los adultos

 

 

Compartir esto me cuesta, porque puede llevar a juicios acerca de mi madre, de mí mismo … pero más allá de esos juicios que solo surgen desde los propios egos, quería compartirlo porque nunca sabemos hasta dónde podemos llegar cuando nos sentimos al límite de lo que pensamos que podemos soportar. Y quizá, lo que más necesitamos en esos momentos, es una escucha abierta, activa, sin juicios, una mirada de amor, de apoyo, respetando el lugar donde se sitúa cada uno.

 

Seguro que conocemos a alguien que lo ha hecho …

Durante mi juventud, el suicidio consumado hizo acto de presencia en mi vida en varias ocasiones. El servicio militar, a comienzos de los años noventa, fue el lugar donde se dieron algunas de estas circunstancias. No eran hechos aislados que algunos compañeros decidieran quitarse la vida, empleando los métodos más cruentos. Y al haber sido destinado allí a la enfermería, fui aprendiendo a lidiar con alguna situación delicada. Pero el suceso que más me afectó lo protagonizó uno de los compañeros que tenía allí, con los que mejor conecté. Durante los meses que compartimos amistad, fui advirtiendo su progresión desde una expresión amable y cercana, hacia una vivencia cada vez más profunda y arraigada de la frustración, la rabia. Detrás de ello había temas familiares que no llegó a compartir abiertamente. Unas semanas antes de finalizar “la mili”, estaba muy ilusionado porque había comenzado una relación con una chica con la que se sentía muy bien … comprendido, escuchado, apoyado … y me dejó el número de teléfono de la familia de ella, para mantener el contacto una vez que nos separáramos. Transcurrieron unos meses, retomé ese teléfono y llamé. Descolgó la madre de esta chica. Se quedó fría al preguntarle por él. Finalmente me dijo que se había suicidado, poco tiempo después de licenciarnos del servicio militar. No supe reaccionar.

Años después, otro amigo que era médico, que padecía un cuadro psicótico en tratamiento, también decidió quitarse la vida, arrojándose por el balcón de la casa de su madre, donde vivía. Y llegados aquí, ¿realmente no somos conscientes de que estos hechos suceden, y que nos afectan a todos?

 

 

Y cuando llegas a no ver el sentido …

En carne propia, también puedo decir que llegué a un punto en mi vida de no ver el sentido a nada, y de tener ideaciones suicidas. Fue muy contenido en el tiempo, pero fue. Y de una forma u otra, creo que me marcó en el sentido de que no me siento especialmente conectado a la vida, y me siento con un pie entre este y el otro lado. Puedo sentir la vitalidad más extrema, más pura, pero a la vez no aferrarme a la vida como si la muerte nunca fuera a llegar. No es fácil de explicar. Es un cierto desapego. Pero quizá esa perspectiva relativa me ayuda a meterme en la piel de aquellos que deciden no seguir.

Mi momento crítico tuvo un episodio desencadenante. Con casi treinta años, decidí realizar el acogimiento de un adolescente marroquí que estaba en un centro de menores, al que había conocido a través de una ONG del ámbito de las adiciones con la que colaboraba. Apenas recibí apoyo por parte de la Administración en aquel momento, este chico estaba siendo problemático, y vieron mi solicitud como una oportunidad para quitarse un problema. La convivencia fue realmente muy difícil, con episodios violentos frecuentes, aunque sin llegar a la agresión física. Finalmente, tras cuatro meses, me sentí al límite y decidí dar marcha atrás con el proceso, de modo que él regresó de nuevo al centro de menores. Viendo con perspectiva la historia, tras más de 18 años de aquello, es cierto que no pude ni supe hacerlo de otra forma, y que él tampoco podía ni sabía. Pero para mí se abrió un periodo en aquel momento de extrema culpabilidad, de sinsentido, en el que lloraba de forma continua, sentía que había jugado con el que había considerado “mi hijo”, y entré en una espiral de pensamientos ciertamente peligrosos. Vivía en aquel momento en la octava planta de un edificio, y varias veces me asomaba a las ventanas e imaginaba qué pasaría si me dejaba caer. O buscaba información respecto a pastillas que pudieran ayudarme a dar el paso. Porque era insostenible para mí. La culpa me desgarraba por dentro.

¿Lo compartí? Sí comenté cómo vivía ese momento con mis personas más cercanas … pero no percibí que me comprendieran … O le culpaban a él de que me había manipulado, o no entendían que sintiera un vínculo tan fuerte que se había roto. Ahora miro con ojos de compasión, y sé que intentaban apoyarme, pero realmente no me sentí acogido, escuchado, apoyado desde el no juicio. Alguien me recomendó que acudiera a algún profesional, y me negué. Quizá porque quería que me apoyaran quienes yo sentía que tenían un vínculo conmigo, esa necesidad de mostrarse y ser validado por los que tienen un significado para ti.

 

 

Ahora miro atrás, y precisamente al trabajar con familias con bebés, me doy cuenta de la dificultad que tenemos de mirarnos y escucharnos unos a otros desde el corazón, más allá de nuestras creencias, expectativas, deseos … Quizá el hecho de no ver realmente a los otros, y quizá de no vernos a nosotros mismos más allá del personaje que creemos ser sea uno de los elementos que más presión nos hacen sentir dentro para que aparezca esa sensación de agotamiento, de “no puedo más”, de “hasta aquí”.

 

Acompañando a otros en el proceso …

Con los años, la vida me fue llevando a desarrollar la labor de acompañamiento que realizo en este momento, principalmente a través de la musicoterapia. Y sin buscarlo, en estos años han llegado varias personas a mí que, o han tenido algún intento de suicidio, o son familiares de personas que dieron el paso. Me encuentro con ese sufrimiento extremo que suele proceder de experiencias adversas en la infancia, ya sea por maltrato o abuso, o por abandono afectivo. Hablo de abandono afectivo (que también se menciona como negligencia) haciendo alusión a situaciones donde no ha habido episodios críticos concretos contra los niños, sino una situación mantenida de falta de conexión emocional, de “no ver” al niño, de que este desarrolla esa imagen interna de que “no merezco un lugar en este mundo”. Una depresión materna o paterna, una relación fría con los bebés o posteriormente, etc, son situaciones que dejan mucha huella, especialmente en los bebés y niños varones, que tienen un proceso de maduración neurológica más lento que el de las niñas.

Y en las personas que se quedan, dos situaciones pesan especialmente: la culpa por no haber podido hacer más, y si han sido quienes han encontrado el cadáver, el estrés postraumático derivado de ese momento, la imagen congelada del hallazgo que permanece inmóvil si no hay un acompañamiento terapéutico apropiado. En este sentido, además de los abordajes tradicionales, suele ser necesario en ocasiones recurrir a nuevas terapias con base neurobiológica, como el EMDR; o que busquen la reconexión mente-cuerpo.

 

 

En los últimos años, este tema va aflorando cada vez con más frecuencia en los medios de comunicación. He ido salpicando este texto con vídeos que me parecían interesantes para adentrarse en ello. Y aquí recomiendo visitar la web de la Red AIPIS, Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio, que desarrolla una intensa y necesaria labor de sensibilización, formación y asistencia en este ámbito.

Y nos quedan muchos interrogantes. Adentrarse en este tema implica descubrir que la proporción de hombres que se suicidan es mayor que la de las mujeres en todo el mundo, y también en nuestro país, donde de forma global, la cifra de varones triplica la de las mujeres, y en algunas franjas de edad es aún superior. ¿Qué nos hace a los hombres optar por esta vía de salida con mayor frecuencia, o al menos, ser más efectivos en los intentos? ¿Tiene que ver con nuestra peor gestión emocional?

Como sociedad, tendemos a mirar a otro lado, huimos de la muerte. En el caso de quienes lo han intentado, solemos decir que son cobardes, o que si no se dan cuenta del daño que hacen a sus seres queridos. En el caso de los familiares, suele decirse que ya está bien, que pasen página. Como siempre suelo decir, ¡¡¡cuánto nos cuesta abandonar nuestras creencias, nuestras verdades, y sencillamente estar, acoger, escuchar!!!