Mi hijo tiene un Amigo Imaginario: ¿es algo patológico?

Los amigos imaginarios son un fenómeno mucho más frecuente de lo que popularmente se cree. Principalmente se da en niños de entre 3 y 7 años, aunque pueden perdurar en la adolescencia y edad adulta, o incluso desaparecer y reaparecer en algún momento posterior de nuestra vida. En absoluto es algo patológico pero a menudo genera mucho estrés en los padres y por eso acuden a consulta.

 

¿Qué es un Amigo Imaginario?

 

La definición como casi todo en psicología ha generado algo de controversia y ha evolucionado con el tiempo hasta lograr una base suficiente de consenso. Básicamente se considera que un amigo imaginario puede ser:

  • Un personaje invisible con el que el niño interactúa, nombra en conversaciones y juega.
  • Un objeto en el que el niño personifica a su amigo imaginario, como un juguete o un peluche.
  • Una personalidad que el niño interpreta.

Generalmente surgen muchas dudas ya en este punto, ya que puede resultar complicado distinguir cuando un peluche es un compañero de juegos puntual o cuando un niña que juega a ser Elsa de Frozen está interactuando con un amigo imaginario. La clave para distinguirlo es que el niño interactúe de forma frecuente y estable a lo largo de un período de tiempo, excediendo su imaginación los límites de la realidad observable. Esto quiere decir que un peluche al que el niño ignora o solo juega con él puntualmente o una personalidad que el niño interpreta en un juego de rol una tarde no son amigos imaginarios.

Si un niño insiste en que le llames Han Solo y le trates como tal, con una personalidad propia diferente, consistentemente durante varios meses, probablemente nos hallamos ante un caso de un amigo imaginario. Si un niño tiene un osito de peluche pequeñito y apolillado pero habla de él como si fuera enorme y fiero e interactúa con él durante años como si fuera un amigo al que cuenta confidencias, acertaremos en pensar que se trata de un amigo imaginario. Estos casos serían ejemplos evidentes del fenómeno, aunque la mayoría se sitúan en un claroscuro porque la propia definición “de forma frecuente y estable durante un período de tiempo” es ambigua y deja en fronteras difusas un concepto que por otro lado, resulta difícil acotar.

 

¿Es algo patológico?

 

Al principio se consideró que era un signo de psicopatología en los niños, sobre todo en los casos de entes invisibles, como una forma de psicosis infantil. En el cine el retrato que se hace de estos niños es principalmente en el marco de películas de Terror en las que los niños con un aspecto muy perturbador hablan con fantasmas o seres demoníacos y levitan con un cuchillo en la mano.

Amigos Imaginarios, ¿algo patológico?Investigación posterior, ha analizado los motivos por los que aparecen estos amigos imaginarios dando una imagen alternativa muy alejada de estas patologías palomiteras. Estos amigos imaginarios aparecen entre los 3 y los 7 años, lo que no es de extrañar puesto que es la etapa infantil de mayor desarrollo de la imaginación en ausencia de un pensamiento lógico y concreto. Siguiendo las etapas descritas por Piaget, los niños a partir de los 2 años desarrollan la función simbólica, esto es, la capacidad de usar signos y símbolos, de imitar en diferido, de desarrollo lingüístico, juego y dibujo simbólico… Mientras que entre los 7-8 años el niño entra en una etapa de mayor socialización y pensamiento lógico y racional, pasando del egocentrismo típico de los niños más pequeños a incorporar a los Otros. Es fácil entender por qué la mayoría de amigos imaginarios desaparecen pues en torno a los 8 años.

¿Qué distinguiría entonces la presencia de un fenómeno como este de una psicosis infantil o de un trastorno de identidad disociativo incipiente? Respecto a la posibilidad de estar desarrollando un trastorno de personalidad múltiple, es importante distinguir si el amigo imaginario en el caso de que sea una personalidad que se interpreta, se adueña del niño y opera fuera de su consciencia con períodos de amnesia lacunar entre una personalidad y otra. En caso de que así fuera, es importante que un especialista evalúe al niño para descartar el trastorno. Respecto a la psicosis infantil, se ha demostrado que el parámetro que marca que un niño tenga confusión sobre la realidad y la ficción es el control que ejerza el niño sobre la fantasía; de este modo, sería más probable que el niño estuviera rompiendo con la realidad y confundido ante mito culturales ampliamente aceptados como Papá Noel, ante personajes de cuentos como Caperucita Roja, ante personajes de ficción como Peppa Pig o ante espectáculos de magia, en los que en todos ellos el niños ejerce nulo control sobre la ficción. Un indicador de riesgo de psicosis infantil podría ser si el niño siente que pierde el control sobre su amigo imaginario o si el niño refiere que su amigo imaginario le hace sentir mal.

Por encima de los 8 años, algunos amigos imaginarios persisten residualmente, otros desaparecen, otros se elaboran de forma más compleja dando lugar a Paracosmos… Este hecho suele preocupar mucho a las familias, pero antes de preocuparse y acudir a un especialista conviene desgranar cuál es la función concreta que cumple el amigo imaginario en la vida del niño y también por qué desaparece o persiste según el caso. Por ejemplo, si el niño es hijo único, vive en una zona con pocos niños de su edad y en su casa tiene muy poca estimulación, salvo que algunos de estos parámetros cambie es posible que el amigo imaginario continúe siendo un vehículo de diversión y juego simbólico en la adolescencia.

En el próximo post desmenuzaré los motivos más frecuentes por los que aparecen estos amigos tan particulares así como las características más comunes de los niños que los crean. Es importante desmitificar la imagen popular del niño aislado y trastornado que trasciende del celuloide.

Mi mamá me mima

“Mi mamá me mima”, escrito con tiza en el aula de primer grado. “Mi mamá me ama”. “Mi mamá amasa la masa”. En el principio del lenguaje apareció mamá. ¿Qué es lo primero que dije? M-A-M-Á, en lengua materna. La fascinación del bebé con mamá y sus tetas, las proezas hechas para ser dignos de su mirada, el esfuerzo por complacerla. De más grande, la necesidad de la distancia, del reencuentro.

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Siempre hay mucha tela que cortar con el tema de la madre, con lo determinante que resulta su papel en los primeros siete años de vida y la centralidad que tiene su influencia en los años posteriores.

La relación con la madre constituye un eje central en torno al cual se configura nuestra identidad, nuestra manera de estar en el mundo. En el vínculo con la madre se van delineando los rasgos de nuestra personalidad, nuestras pasiones y miedos.

He decidido escribirle una carta a mi mamá, dividida en dos partes. La primera va dirigida a esa señora, ya algo mayor, llamada Susa que me parió hace cuatro décadas y pico. Ésta es la mamá de carne y hueso. La segunda parte es para la madre idealizada, la que llevo adentro como quimera, con la que dialogo mentalmente, a la que le reprocho todo, con la que me peleo casi a diario. Es la madre que me he tragado, digiriendo algunos trozos e indigestándome con otros. Es también la madre que llevo a terapia y a la que pongo a caldo de vez en cuando.

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He probado a poner “Querida Susana”, en reconocimiento de tu verdadero nombre pero Susana hay una sola y se apellida Giménez. “Susana” me conduce directamente a pelo rubio platinado y risa falsa. “Susa”, en cambio es una antigua ciudad tunecina, famosa por su elegante Medina. “Susa” me suena más familiar, así te llamaba papá.

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Quisiera hablar brevemente de un par de similitudes entre vos y yo.

La primera y más evidente es que los dos somos ansiosos, aunque lo camuflamos con una supuesta tranquilidad zen. Basta con vernos comer, de pie, entre horas junto a la nevera o mordisqueando los pellejos de los dedos, para pensar que estamos afligidos por algo. ¿Qué es lo que realmente nos pasa? Somos incapaces de simplificar, le buscamos la quinta pata al gato y no podemos pensar en una cosa sin pensar al mismo tiempo la contraria y así sucesivamente hasta perder el hilo que podría sacarnos del tejemaneje mental. Por la boca muere el pez y nosotros somos de hablar mucho. Vamos con nuestra oralidad ansiosa a todas partes, picoteando como las gallinas.

Ambos hemos combatido y combatimos a nuestros dragones interiores. Con el psicoanálisis hemos bregado de lo lindo, asediados por su arsenal interpretativo -don Edipo y toda su tropa-  y las terapias interminables, sin arriar nunca la bandera de la búsqueda.

Hay días en que ignoramos el porqué de nuestra angustia y nuestro humor se vuelve sombrío. Las preguntas existenciales nos martillan la cabeza: ¿existe la alegría sin sombra?, ¿es posible la justicia en el mundo?, ¿hay suficiente música adentro para que nuestra vida baile?, ¿cómo afrontar las pérdidas, los duelos?, ¿somos seres finitos que ansían la infinitud?, ¿por qué nunca es suficiente?, ¿qué sentido tiene todo esto?

Vos y yo formamos parte de la misma familia, la de las personas que nos preguntamos para qué vivimos y quiénes somos. Podríamos debatir si el hecho de que la existencia venga acompañada de un signo de interrogación nos vuelve más sabios que  las personas a las que estas cuestiones ni siquiera las rozan. Por mi parte, entiendo que lo de vivir con preguntas no es para jactarse. Me imagino que vos pensas lo mismo.

Un arma que hemos usado contra la melancolía ha sido el humor, el no tomarnos tan en serio a nosotros mismos.  El poder estar hablando seriamente de un drama familiar -citando de paso a Platón o Kant como si sirviese para algo- y de improviso saltar a hablar de la farándula y sus travesuras. También ciertas dosis de oscuridad risueña que incluye la atracción por la locura y lo escatológico.

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La segunda cosa en común que tenemos es que sabemos escuchar al otro, ejercitar la empatía, ponernos en otros zapatos. Esto que en principio parece tan sencillo no lo es. La ingente cantidad de personas que lo único que hacen es hablar de sí mismas obstinadamente, dan buena cuenta de ello.

Se me ocurren otras similitudes entre nosotros mamá: el amor al queso, al vino tinto, a los viajes, a los monumentos históricos, a los dulces, a la filosofía, a los amigos. Estoy convencido de que todos estos “amores” comunes nos evitaron trágicos desvaríos.

II

Empiezo la segunda parte con algo de gratitud, algo que me has dado que provenía de vos y que podríamos llamar espiritualidad. Me enseñaste que no todo es materia, que hay algo llamado alma, que no se puede ver, ni medir, ni pesar y me enseñaste que también hay algo llamado dios. Hasta aquí, todo iba bien.

Las cosas van ganando peso con la edad y con las mayúsculas. El nombre “DIOS” resulta que designa a un padre poderoso, a una providencia que cuida de cada uno de nosotros y a un Hijo, llamado Jesús, que murió en la cruz a causa de nuestros pecados. Su sacrificio sirvió para salvarnos de la tentación, del diablo o de nosotros mismos, que vienen a ser lo mismo, y traer al mundo un mensaje de amor fraternal. La cosa no queda ahí. Está también el Espíritu Santo que es una lengua de fuego que flota en el aire y que se encargó de que la Virgen María quedara embarazada y pariera al hijo de Dios. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo son tres y a la vez una misma persona. Hay más. Está la transubstanciación, por el que unas pequeñas obleas blancas, con sabor a cartón llamadas hostias, se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesús mediante un rito que practica el cura. Se trata de un momento álgido de la misa. Cuando los feligreses reciben la hostia, el santísimo sacramento, se comen el cuerpo de Cristo. Para más inri, hay otros sacramentos como el de la Penitencia, según el cual se trata de contarle a un cura todo lo que has hecho mal y él en nombre de Dios te perdona, te absuelve de tus faltas y ofensas. Te deja limpio de corazón.

Rarezas aparte, que abundan en todos los credos, los fundamentos de la educación católica, apostólica y romana que me inculcaste, Mamá, niegan el cuerpo, tienen horror al sexo y la culpa lo envuelve todo. Crecer con estos mambos no me dejó indemne, destiné muchas energías para desmantelar toda la parafernalia de reglas y principios.  Me ayudaron Nietzsche, Freud y otros de la misma calaña. Respetar la moral sexual católica, que degrada los placeres sensuales a la categoría de pecado, fue un mal negocio. Incluso cuando quería pasarlo bien, lo pasaba mal. Terminé por tirar la toalla. La última vez que me confesé, el cura indignado me dijo que le parecía muy grave que yo me masturbara al tiempo que mantenía relaciones sexuales sin estar unido en matrimonio.

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Para ir terminando la carta. La gran pequeña diferencia entre nosotros, Mamá, es la fe. Tenés una religión y yo no. Me imagino que cuando la noche es más oscura sentirás el cobijo de la oración y yo algo así como la intemperie fría de la incertidumbre. Vos sos católica, yo agnóstico. Intentamos resolver este conflicto entre los sentimientos y la inteligencia de manera distinta. La necesidad emocional de creer o de no creer, tal vez no sea más que dos formas de un mismo autoengaño deliberado, lleno de ternura.

Un beso ma,

P.d.: “Desechad tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan sólo ahora la hemos de gozar”. F. García Lorca.

Lenguaje centrado en la persona

Después de 10 años continuos en la universidad, entre licenciatura y maestrías, decidí hacer una pausa en mi educación formal. Toda mi formación académica estaba orientada a la psicología clínica, pero mi experiencia laboral también incluía el área educativa. Por mucho tiempo busqué un programa académico que me permitiera adquirir conocimientos a los que tuve acceso de manera empírica por seis años. Hace unos meses, finalmente encontré lo que estaba buscando: el Programa de Liderazgo en Inclusión en Escuelas Internacionales. Antes de iniciar, nos enviaron una serie de lecturas recomendadas, entre ellas un artículo titulado “El Lenguaje Centrado en la Persona” de Kathie Snow, que me pareció importante para compartir en este espacio. 

 

Las bases de la inclusión

La UNESCO define la educación inclusiva en su documento conceptual así:

La inclusión se ve como el proceso de identificar y responder a la diversidad de las necesidades de todos los estudiantes a través de la mayor participación en el aprendizaje, las culturas y las comunidades, y reduciendo la exclusión en la educación. Involucra cambios y modificaciones en contenidos, aproximaciones, estructuras y estrategias, con una visión común que incluye a todos los niños y niñas.

Pero cómo podemos cumplir con este modelo si hablamos de minusválido, discapacitado, retrasado, etc. Muchas veces hemos escuchado a alguien referirse así de otra persona, incluso puede que hayamos caído en esto nosotros mismos. Cuando lo hacemos, estamos nombrando a una sujeto en su totalidad, sólo por medio de un diagnóstico que le ha sido asignado. Ésta es la base para la inclusión, eliminar los estereotipos y ver primero a quien en realidad importa: a la persona.

 

¿Qué es una discapacidad?

No existe hasta ahora un consenso en una definición única de discapacidad. De acuerdo con Snow, es un simple descriptor de un diagnóstico médico. Además, se convierte en un pasaporte sociopolítico para recibir servicios o un estatus legal. Donde sí hay unanimidad es en el hecho de que constituye el grupo más inclusivo y diverso. Puesto que circunscribe a personas de todas las edades, géneros, religiones, niveles socioeconómicos, etc.

Existen muchas concepciones erradas sobre las personas con alguna discapacidad. Por ejemplo, que sufren de alguna condición, que se les dificulta ser normales o que son víctima del destino. La realidad es que todos sufrimos de algo y la normalidad es una idea muy relativa. Unas de las pocas características que podrían tener en común son los prejuicios y la ignorancia que se tienen con respecto a ellos. Y sobre todo, un punto que Snow resalta y que es harto impactante: cualquier persona puede unirse a este «grupo» en cualquier momento. Ya sea en el nacimiento o adquirido posteriormente.

En lo que todos debemos estar de acuerdo es que las personas con discapacidad son personas primero. No se definen, ni se deben nombrar con una etiqueta que no los representa. Snow propone un nuevo paradigma según el cual la discapacidad es algo natural. Redefine el concepto como “una parte del cuerpo que funciona diferente.” Las necesidades de una persona no son especiales para él/ella.

El poder de las palabras

Las palabras que se utilizan sobre una persona tienen un gran impacto en ella. No es lo mismo afirmar que un niño es malcriado, a decir que tuvo una conducta particular que molestó a otra persona. Del mismo modo, nombrar a una persona como un “discapacitado”, implica que es menos capaz que los demás para tener éxito o lograr metas. Desafortunadamente, en la actualidad ciertos diagnósticos tienen una connotación negativa que baja las expectativas. Cuando lo que realmente importa son las fortalezas y necesidades de esa persona.

Algunos detractores argumentan que hay condiciones como el autismo que son parte importante de su identidad. Agregan que utilizar este modelo busca negar dicha condición como algo negativo. Sin embargo, es todo lo contrario puesto que se trata de reconocer que hay una necesidad particular. Aceptar que si bien esta necesidad ha contribuido de una forma importante en quién soy, no me define en mi totalidad. 

No se trata de utilizar eufemismos o palabras políticamente correctas. Con mucha frecuencia, lo que los demás dicen y/o esperan de nosotros tiene un impacto importante. Tal como el concepto de la profecía que se auto-cumple propuesta por Robert Merton:

Una vez que una persona se convence a sí misma de que una situación tiene un cierto significado, y al margen de que realmente lo tenga o no, adecuará su conducta a esa percepción, con consecuencias en el mundo real.

El siguiente video ilustra muy bien esta idea que hemos desarrollado en el presente artículo:

 

El lenguaje centrado en la persona

El lenguaje centrado en la persona pone al individuo antes que a la discapacidad. También describe algo que la persona tiene, mas no quien esta persona es. Según este enfoque, una persona no es su discapacidad, y su potencial no puede ser predicho por su diagnóstico. Por lo cual propone que se deben escoger respetuosamente las palabras que se utilizan para referirse a alguien. Así como ser conscientes de las actitudes y acciones que esas palabras generan en los demás.

Las categorías médicas y/o psicológicas deben limitarse a los entornos profesionales para facilitar la comprensión de un caso en particular. Así mismo como en el ámbito legal en algunos países. Sin embargo, se debe considerar el caso por caso y respetar la singularidad de cada sujeto. A pesar de las coincidencias sintomáticas que comparten con otros. Está de más decir que estas categorías son irrisorias en los ámbitos sociales y familiares, pues no tienen utilidad alguna.

Snow propone que en ciertas circunstancias, y cuando sea apropiado, podemos compartir información sobre las necesidades particulares que pueda tener una persona. Siempre de una forma muy respetuosa que no atente contra su dignidad. Por ejemplo, una persona con miopía no lleva la etiqueta de «el miope», ni es su carta de presentación. Este sujeto necesita lentes que lo ayuden a ver mejor. Otro individuo necesitará una silla de ruedas para movilizarse, y así sucesivamente.

 

El cambio está en la actitud

De acuerdo con Snow, el problema real no está en la persona con discapacidad sino en la actitud de los demás. Siguiendo esa línea, propone que un cambio en nuestras actitudes lleva a cambios significativos en nuestras acciones. Me gustaría concluir con un párrafo que refleja exactamente lo que este cambio de mentalidad implica:

Si los individuos con discapacidad y los miembros de sus familias se vieran a sí mismos como ciudadanos en todo derecho, quienes pueden y deber ser incluidos totalmente en todas las áreas de la sociedad, nos enfocaríamos en lo que realmente importa: vivir una vida real en un mundo real, disfrutando de relaciones y experiencias ordinarias, y teniendo grandes sueños (como cualquier persona lo haría), en lugar de vivir una vida especial y segregada en un mundo de discapacidad, donde los servicios, las bajas expectativas, la pobreza, la dependencia y la falta de esperanza son la norma.

Esto es para reflexionar …

 

Fuentes:

Valiente como el Patito Feo, la experiencia de los exiliados.

Cada uno de nosotros tenemos libros que llegan a nuestras manos en momentos precisos, aquellos libros que parecieran que nos hablaran al oído, diciendo: “qué bueno encontrarte, te estaba esperando”. Hay un libro en especial que llevo conmigo desde hace años,  libro que además he regalado  a varias personas, que he recomendado innumerable veces, que he prestado y vuelto a recuperar.

 

Probablemente es un libro que muchos de ustedes ya hayan disfrutado, y que desde este espacio he invitado a leer en un par de ocasiones. Este libro es “Mujeres que corren con Lobos” de Pinkola Estés.

 

Hay un capítulo que quiero compartir con ustedes en estas líneas y es el “capítulo 6: El hallazgo de la manada: La dicha de la pertenencia”. Comienza con  la introducción de uno de los cuentos más conocidos por todos: el Patito Feo. Recordemos la versión clásica de disney que seguramente muchos de nosotros hemos podido ver, por lo menos los que ya pasamos el tercer y cuarto escalón (30-40 años).

 

 

El Patito Feo

 

Es un cuento clásico  escrito por Hans Christian Andersen,  publicado por primera vez  el 11 de noviembre de 1843, algunos historiadores indican que se trata de un cuento autobiográfico.

 

Resumiendo,  se trata de un cisne que cuando estaba siendo encubado, cae por accidente en un nido de patos, desde que nace se notan diferencias con el resto de los patitos hermanos, él era más grande, con un graznido estridente, torpe de movimientos, en fin, vemos que él como miembro de la familia tiene una clara diferencia con el resto, esta diferencia no es consciente o reconocida por éste hasta que no se empiezan a producir las primeras reacciones de rechazo o de exclusión de los que están alrededor, lo que hace que él se revise y se pregunte ¿Por qué me tratan así?, buscando explicar o justificar las razones de las reacciones de sus seres queridos.

 

La familia le hace ver que no es aceptado porque es diferente, y para marcar distancia se tornan violentos y maltratadores con él (con su naturaleza). A pesar de esto tenemos a nuestro patito feo (que es un cisne) intentando ser aceptado y haciendo esfuerzos en vano por ser querido y por pertenecer a esta familia, que constantemente le dice “tú no eres igual, no perteneces a nosotros”.

 

Él se aterra y rechaza su propia naturaleza, le entristece ver esto es motivo suficiente para alejarlo. Finalmente para sobrevivir,  con resignación acepta su destino y decide marcharse. Pero aun así no renuncia a su necesidad de pertenecer a un lugar, a una familia, y en el camino hace esfuerzos por encajar en otros sistemas,  pero es rechazado y expulsado en varias ocasiones. Esto hace que se sienta profundamente solo y sobre todo que sienta pena por su propia naturaleza, ya que gracias a ella ha sido rechazado.

 

Luego, gracias al destino (o a su fuerza interior), consigue a un grupo de cisnes, lo que no puede creer: “hay más como yo en el mundo!”. Finalmente es integrado y reconocido por este grupo familiar. Que feliz se va el cisne (reconociendo ya su verdadera naturaleza), al fin un lugar donde pertenecer, ya no hay dolor, ya no hay tristezas.

 

La experiencia de los exiliados

 

 

Este cuento describe magistralmente lo que Pinkola Estés llama “la experiencia de los exiliados”. El exilio puede entenderse como el hecho de encontrarse lejos del lugar natural debido a la expatriación o expulsión, voluntaria o forzada, sin poder regresar por múltiples amenazas, donde está en riesgo no solamente su integridad física, sino muchas veces su integridad moral y psicológica.

 

Seguramente en nuestras familias, hemos tenido algún miembro o nosotros mismos hemos sido llamados “ovejas negras”, “el patito feo”, ya sea por conductas distintas, ideales distintos, habilidades distintas, por diferencias físicas, por pertenecer a otro partido político, por ser o no ser religioso, por estudiar o no estudiar,  por enamorarse de alguien que no corresponde al “estatus, a la raza, al sexo ideal”, en fin por innumerables razones, y aquel que es tildado de “patito feo, de oveja negra” irrumpe, quiebra y desafía legados familiares y culturales que no encajan con su naturaleza (salvaje), y esto es motivo de expulsión.

 

En este sentido Pinkola Estés explica:

 

“En el cuento, las distintas criaturas de la aldea contemplan al patito «feo» y de una u otra forma lo considera inaceptable. En realidad, no es feo, pero no se asemeja a los demás. Es tan distinto que parece una alubia negra entre un kilo de guisantes. Al principio, la mamá pata intenta defender al patito que cree suyo. Pero, al final, se siente emocionalmente dividida y deja de preocuparse por aquel extraño retoño”.

 

Parafraseando a Pinkola Estés, ella hace una simbología sobre la madre pata, asociándola con «nuestro yo social», es decir «el yo» frente a la comunidad o el sistema familiar, quien a principio defiende a su hijo «diferente», que en este caso sería  nuestra naturaleza, nuestra pasión particular, nuestro ideal político, nuestro trabajo soñado, etc. Pero que finalmente por la presión de la sociedad y la amenaza de también ser expulsada decide gritar “ojalá te fueras lejos”, y el hijo se va.  Es decir, finalmente en algunas ocasiones antes de ser expulsados preferimos rechazar esa parte de nosotros que es castigada por la comunidad, desconectándonos y haciendo que huya a través de nuestra negación. Es una decisión dura que algunos toman, y otros no.

 

El proceso del exilio es sumamente doloroso, ya que primero invita a la persona a rechazar su propia naturaleza, a desconocerse, a desconectarse de su propia esencia con tal de pertenecer. Lo podemos ver en aquellos niños o niñas “sobre ajustados”,  que se separan de su curiosidad y de su vitalidad por cumplir los deseos impuesto por sus padres o familias. Aquellas mujeres u hombres viviendo vidas «socialmente aceptadas y esperadas», pero separadas de sus propias pasiones.

 

 

“Las niñas que poseen una acusada naturaleza instintiva suelen experimentar un considerable sufrimiento en las etapas iniciales de su vida. Desde su más tierna infancia se sienten cautivas y domesticadas y les dicen que son tercas y se portan mal. Su naturaleza salvaje se revela muy pronto. Son niñas muy curiosas y astutas y ponen de manifiesto unas excentricidades que, debidamente desarrolladas, constituyen la base de su creatividad durante todo el resto de sus vidas. Teniendo en cuenta que la vida creativa es el alimento y el agua del alma, este desarrollo básico es extremadamente importante”.

Pinkola Estés

 

Es por ello, que aquellos valientes que se niegan a divorciarse de su naturaleza, y son capaces de confrontar y de romper con aquello que es violento contra ellos, con esos legados que lo encadenan a historias de dolor y de resignación, son generalmente apartados de los sistemas familiares, por ser “diferentes”. No porque el sistema sea “malo en si”, esta familia aprendió a organizarse de una manera distinta, van en otra sintonía, por diversas razones,  y esa “oveja negra o patito feo” pone en riesgo esa estructura que es sostenida por otros miembros del sistema, y que le han dado una identidad grupal.

 

 “Pero ni el alma ni la psique de la niña se pueden adaptar a tales exigencias. La insistencia en que se porte de forma «apropiada», cualquiera que sea la definición que pueda dar de ello la autoridad, puede obligar a la niña a huir o a ocultarse bajo tierra o a vagar durante mucho tiempo en busca de un lugar en el que pueda encontrar alimento y paz.”.

Pinkola Estés

 

En este sentido, hay personas que logran luchar contra mandatos que suelen ser muy poderosos y salir rápido y airosos, sin embargo para muchos otros durante este proceso de “Liberación” se producen muchas heridas, que tardan en sanar, de acuerdo a la posibilidad que tenga de reconciliarse y de reconocer su propia naturaleza. Procesos que pueden durar años, pero que finalmente al lograrse se produce una transformación genuina que empodera a la persona para defender y proteger su naturaleza (salvaje, no intervenida ni manipulada), de manera de no  ser nunca más herido por el sistema que lo expulsó anteriormente.

 

“Cuando una madre se ve obligada a elegir entre su hijo y la cultura, nos encontramos en presencia de una cultura terriblemente cruel y desconsiderada. Una cultura que exige causar daño a una persona para defender sus propios preceptos es verdaderamente una cultura muy enferma. Esta «cultura» puede ser aquella en la que vive la mujer, pero lo más grave es que también puede ser la que ella lleva consigo en el interior de su mente.”

Pinkola Estés 

 

Es por eso que los exiliados pasan primero por un proceso de desintoxicación, que conlleva a aliviar dolores,  limpiar heridas y esperar a que cicatricen para luego poder exponerse de una forma más segura y empoderada a ese sistema que constantemente va a menospreciar su naturaleza más pura.

 

El hallazgo de la manada: La dicha de la pertenencia

 

 

Como indica la autora, el exilio en sí es una oportunidad, el proceso  que tuvo que pasar una persona para exiliarse pudo haber estado acompañado de mucho dolor, pero en el exilio una persona puede respirar, aprende a protegerse y a proteger su alma, sus pasiones y su naturaleza.

 

“El exilio consolida y fortalece en cierto modo al patito. Aunque se trata de una situación que no le desearíamos a nadie por ningún motivo, su efecto es similar al del carbón natural puro que, sometido a presión, produce diamantes y, al final, conduce a una profunda magnitud y claridad de la psique”.

 

El exilio permite a la persona reconciliarse, por lo que logrará finalmente conseguir  sistemas  (parejas, amigos, trabajos, hobbies, etc) que le reconozcan, respeten y valoren por su naturaleza, ya que primero se reconocieron, se respetaron y valoraron ellos mismos en su propia naturaleza.

 

Esto los convierte en sobrevivientes, potenciando su fuerza interior que utilizan finalmente para crecer, para recrearse, para volver a nacer. Y es a partir de allí que logran vivir plenamente, ya que han dejado que el dolor en vez de destruir, sea un motor de crecimiento y de renacimiento.

 

Quiero invitarles a profundizar en esta historia, de la mano directa de la autora antes mencionada, ya que esto es solo una pincelada de la profundidad de sus enseñanzas.  A continuación un link para poder disfrutar de este capitulo completo:  El hallazgo de la manada: La dicha de la pertenencia

 

A buscar tu propia manada!

 

Con sus propias palabras:

 

“Si alguna vez te han llamado insolente, incorregible, descarada, astuta, revolucionaria, indisciplinada, rebelde, vas por buen camino. La Mujer Salvaje está muy cerca. Si jamás te han llamado nada de todo eso, aún hay tiempo. Haz prácticas con tu Mujer Salvaje. ¡Ándele! Sigue intentándolo”.

 

El perdón nos sienta tan bien …

 

Estamos ya cerca del cambio de estación, a punto de comenzar el otoño. Una época del año con mayor inestabilidad en el clima, y con mayor propensión a que se desarrollen tormentas y cambios de tiempo repentinos. Y hablando de tormentas, me adentro en aquellas que suceden dentro de nosotros, y van dejando nubarrones que a veces dificultan conectar con la luz intensa del sol para seguir viendo el camino. Y así, lanzo una pregunta: ¿Crees que cargas dentro de ti con algún enfado crónico por algún motivo? ¿Sientes algún resentimiento por algo que te hicieron o por lo que sentiste molestia o dolor? Hoy nos adentraremos en el fascinante (y a la vez, desprestigiado) mundo del perdón.

 

¿Qué se entiende por perdón?

Hablaba en la introducción del desprestigio que tiene este concepto. Dado el peso que ha tenido la religión católica en nuestra cultura y educación, muchas personas tienden a asociar el perdón con una visión religiosa, que les genera rechazo. Además, también existe gran confusión respecto a lo que implica perdonar: se asocia con olvidar lo que nos hizo el ofensor, con la reconciliación con este, en cierto modo con limpiar su cuenta de deudas (hacer borrón y cuenta nueva) para así dar vía libre a que siga actuando, etc. Sin embargo, lo que los estudiosos del tema van comprobando es que no tiene nada que ver con olvidar ni con llegar a un acuerdo con quien ofende; al contrario, se trata de un proceso interior de cambio de mirada, y de liberación emocional.

 

 

La psicóloga María Prieto ha realizado en los últimos años un estudio en profundidad sobre lo que significa el perdón como proceso psicológico. A pesar de tratarse de un concepto que no ha tenido muy buena prensa entre los profesionales de este ámbito, la llegada de la Psicología Positiva supuso una mayor apertura a estudiarlo, y superar su enfoque tradicionalmente asociado a aspectos morales y religiosos. Prieto habla de que cuando entre dos personas, una resulta dañada por una agresión o acción de la otra, surge una experiencia subjetiva de “no perdón”. Esta autora cita a Williamson y Gonzalves para señalar tres niveles en los que se manifiesta este no-perdón:

  • A nivel emocional: aparecen sentimientos de rabia, dolor, tristeza, confusión y traición.
  • A nivel cognitivo: afloran pensamientos negativos hacia el ofensor, a veces de venganza, otras relativos al motivo tras la ofensa o a la posible culpa de la víctima.
  • A nivel conductual: en general, se refieren al alejamiento o distanciamiento de la víctima respecto al ofensor, y en ocasiones, a la exteriorización de la rabia o dolor sentidos.

 

Cuando se habla del perdón, se hace referencia al proceso que permite mitigar o superar esta experiencia negativa de haberse sentido ofendido.

 

¿Cómo suele ser el proceso de perdón?

Lawler-Row, citado por Prieto, habla del perdón desde distintas perspectivas:

  • En cuanto al tipo de respuesta o manifestación: se puede experimentar el perdón a través de un cambio de pensamiento (ya sea específico sobre el ofensor, o general, sobre la forma de actuar del ser humano), emocional (soltar las emociones desagradables) o de conducta (facilitar una reconciliación). Cada persona y en cada momento decide si abordar todas estas dimensiones o solo alguna de ellas.
  • En cuanto a la dirección del cambio: se habla de dimensión negativa del perdón cuando se decide reducir la respuesta desagradable asociada al no-perdón, o bien de dimensión positiva, cuando el sujeto opta por potenciar emociones, pensamientos o conductas claramente tendentes a mejorar su bienestar.
  • En cuanto a su orientación: este aspecto es sumamente importante, pues el perdón puede ser interpersonal (dirigido hacia otra persona, es la visión que habitualmente se tiene al abordar esta cuestión), o puede ser intrapersonal, es decir, el perdón hacia uno mismo.

 

Teniendo en cuenta todos estos aspectos, queda claro que el perdón es un concepto multidimensional, complejo, que además, ya desde un punto de vista experiencial, no es puntual, sino que es un proceso que evoluciona en el tiempo, y que supone un cambio profundo en la persona.

 

¿Qué efectos tiene el perdón sobre la salud?

Aunque pueda parecer sorprendente, se han realizado estudios de neuroimagen para conocer los cambios cerebrales que supone el proceso de perdonar. Se ha podido demostrar que el perdón activa determinadas zonas cerebrales (precuña, corteza prefrontal dorsolateral y región parietal inferior derecha) asociadas con el hecho de pensar acerca de los pensamientos de los otros (es decir, meternos en su piel, lo que se engloba bajo la teoría de la mente), con la empatía y con la regulación emocional a través de la toma de conciencia de nuestras sensaciones. Es decir, parece ser perdonar implica comprender la perspectiva del ofensor, abrirnos a empatizar con él y dejarnos sentir todas las emociones que afloran para acogerlas y darles sentido.

En los últimos años, han aparecido diversos estudios en revistas médicas que respaldan el papel de la rabia, el resentimiento, la ira, en el desarrollo de ciertas enfermedades crónicas, y cómo el nivel de perdón influye claramente en una mejor evolución. Esto es especialmente importante en cuadros de dolor crónico, como puede ser la fibromialgia.

 

¿Se puede trabajar el perdón?

Se han realizado diversas propuestas para trabajar el perdón de forma sistemática. Una de las más difundidas, y con mayor evidencia científica, es el programa REACH del psicólogo estadounidense Everett Worthington. Este se adentró en el estudio del perdón tras el asesinato de su madre, y el posterior suicidio de su hermano, y a partir de su propia vivencia personal, realizó una exploración del perdón a los otros, y de aquel dirigido a uno mismo.

Su programa REACH tiene un formato eminentemente para trabajo grupal, en seis sesiones. Se ha demostrado que mejora el abordaje de la experiencia negativa de no-perdón, y ayuda a mejorar la visión positiva de la vida, con refuerzo de la sensación de esperanza. El desarrollo de las sesiones va guiado por un facilitador que aplica dinámicas que permiten adentrarse en aspectos de pensamiento acerca de la ofensa y el ofensor, en las emociones sentidas, y en el desarrollo de habilidades de empatía.

Ya desde otros enfoques, me encantó esta demostración de proceso de razonamiento del perdón empleando EFT o técnica de liberación emocional. Creo que ejemplifica muy bien el hecho de permitirse sentir todo, y la transición desde el resentimiento más cerrado a la apertura a la posibilidad de perdonar:

 

https://www.youtube.com/watch?v=dcQy9-5FO4o

 

El significado del perdón en mi vida

El tema del perdón ha tenido un gran peso en mi vida durante los últimos años. Todo el profundo trabajo personal que he realizado y en el que sigo profundizando me ha permitido experimentar, de forma reveladora, el significado de perdonar. Quizá la persona hacia la que acumulaba mayor cantidad de resentimiento (pero que apenas me reconocía a mí mismo sentirlo) era mi madre. Mi fidelidad no me permitía expresar abiertamente un gran sentimiento de dolor y frustración por lo que pude vivir en los primeros años de mi vida debido a su inestabilidad emocional. Su proceso de envejecimiento no fue fácil para mí, ni para mis hermanos, y llegamos a un punto importante de desgaste hace unos cuatro años, justo dos antes de que ella falleciera.

Durante la mayor parte de mi vida, había trabajado los pensamientos negativos que surgían ante determinadas situaciones de interacción con ella, y en cierto modo justificaba que ella hacía lo que podía. Y era cierto. Pero al tomar esta perspectiva, realmente me estaba ignorando a mí mismo, me estaba invisibilizando y negando todas las emociones desagradables sentidas desde niño respecto a ella. ¿Cómo pude dar el salto para ampliar mi visión?

Al acabar mi formación en musicoterapia, me di cuenta de que apenas había trabajado el potencial de la percusión, y decidí inscribirme en clases de percusión africana. El hecho de sentir la vibración de todo mi cuerpo en estas clases grupales, ya fuera golpeando el djembé con mis manos, o el dum-dum con las baquetas, permitir los movimientos que me nacían espontáneamente, dejar que mis brazos se separaran del cuerpo para sentir mayor libertad, todo ello fue creando en mí una sensación de ocupar un espacio en el mundo, un sentimiento de conexión con la tierra, una forma de liberar una energía muchos años contenida, un empoderamiento que no surgía de la mente, sino del propio cuerpo. Cuando en este terreno de autoconocimiento, sucede un ingreso hospitalario de mi madre, y se desatan conductas por su parte que actúan de gatillo en mi interior en ebullición, comienza un proceso de rebeldía interna y externa, que se alarga durante casi un año, y que me permite comenzar a cortar el cordón umbilical con ella, poder sentir el enfado y la rabia acumulada y expresarla abiertamente, y como suelo decir, dejar salir el “vapor de la olla” para poder ver con más claridad qué se está cocinando “ahí adentro”.

En ese periodo de tiempo, somaticé el enfado a través de una ciática que duró varios meses, y fue cuando surgió en mí ese interés en acompañar a madres con bebés (estaba proyectando mis juicios sobre ella, y queriendo proteger a los peques, intentando salvarme a mí mismo). La vida es sabia, y no dejó que terminara de fluir esa iniciativa en aquel momento (pero sí posteriormente), pues no surgía totalmente desde el amor, sino desde el resentimiento. Pero en este proceso, cada vez fui sintiendo menos presión interior, comencé a sentir mayor comprensión y compasión, y me abrí a ser acompañado por un profesional que trabajaba desde el enfoque de la Escuela del Perdón, de Jorge Lomar. Se trataba de Pedro Alonso da Silva. Con Pedro, fui aprendiendo a cambiar el enfoque cognitivo, a entender que perdonar no implicaba más que “sentir” lo que afloraba en mí (sentir más allá de las palabras, permitirme enfocarme en las sensaciones corporales, en esa energía interior que se movía) y a la vez, “soltar” mi interpretación de lo sucedido, es decir, trascender la visión de mi ego, por decirlo de alguna forma, y abrirme a un “no saber”, a no querer dar una explicación racional, sino más bien a comprender que todo sucede en la vida por algo, aunque no lo sepa ni lo entienda.

 

 

Trabajar esos dos enfoques ha supuesto una auténtica revolución y liberación en mi vida. Tras cinco meses acompañado por Pedro, hicimos un cierre, y a los pocos días, mi madre empeoró de su salud repentinamente, y falleció un mes después. Fue un mes muy duro, pero a la vez muy hermoso. Porque ya no la miraba desde el resentimiento. Pude liberarme y sentir un amor profundo por ella, sin dejar de verme a mí. Ese fue mi mayor aprendizaje, poder situarme en la piel de todos y cada uno, y abrirme a sentir, sin más. Pronto hará dos años de su partida, y puedo decir que cada día la siento con más paz dentro de mí, con más compasión, más comprensión, más amor, sin negar lo vivido, sin justificaciones, sencillamente acogiendo lo sucedido y soltando las interpretaciones. Si estoy aquí, compartiendo esta experiencia que vivo desde la paz, es por todo lo que la vida me permitió aprender, aunque no lograra comprenderlo en su momento. Y ahí surge también un profundo sentimiento de gratitud.

 

A modo de conclusión

Hace unos meses, tuve el privilegio de acompañar a Carolina Guzmán, una enfermera alumna del Máster de Cuidados Paliativos en el que participé el curso pasado, en la tutorización de su trabajo fin de máster, que abordaba el perdón como necesidad espiritual al final de la vida. Tras una revisión rigurosa del tema y de cómo los profesionales podemos acompañar este proceso, en su emotiva exposición finalizó entregándonos a todos los asistentes una frase que pronunció Nelson Mandela al salir de prisión, y que creo que resume perfectamente lo que significa el perdón en nuestras vidas: “Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo un prisionero”.

 

Referencias bibliográficas

  • Guzmán Trillo, C. (2018). El perdón como necesidad del paciente al final de la vida. Trabajo Fin de Máster en Cuidados Paliativos. Escuela Universitaria de Enfermería y Fisioterapia San Juan de Dios. Universidad Pontificia Comillas.
  • Lee, Y.R., Enright, R.D. (2014). A Forgiveness intervention for women with fibromyalgia who were abused in childhood: a pilot study. Spiritual Clinical Practice, 1, 3, 203-217.
  • Prieto-Ursúa, M. (2017). Perdón y salud. Introducción a la psicología del perdón. Universidad Pontificia Comillas.
  • Ricciardi, E., y colaboradores. (2013). How the brain heals emotional wounds: the functional neuroanatomy of forgiveness. Frontiers in Human Neuroscience, 7, 839.
  • Svalina, S.S., Webb, J.R. (2012). Forgiveness and health among people in outpatient physical therapy. Disability and Rehabilitation, 34, 5, 383-392.
  • Worthington, E. http://www.evworthington-forgiveness.com/

 

Fortuna y falsa felicidad, según Boecio

En la entrada pasada expusimos el primer libro de La consolación de la filosofía. En aquél, Boecio describía brevemente su trayectoria política y las razones por las que había caído en desgracia. Pero a pesar de su estado tan lamentable encontraba en la filosofía razones para considerarse feliz, y que ponía en boca de una personificación de ésta. En el segundo libro, que comentamos en la presente entrada, se contrapone la felicidad aparente, ligada a la fortuna, buscada por la mayoría de los hombres, a la felicidad verdadera, ligada a la filosofía, buscada por unos pocos pero sabios.

La fortuna y la filosofía. Maestro de Coëtivy (pintor e ilustrador francés del siglo XV)
La fortuna y la filosofía. Maestro de Coëtivy (pintor e ilustrador francés del siglo XV)

Fortuna: caprichosa y cambiante

La Filosofía personificada comienza este segundo libro diagnosticando el estado del personaje de Boecio: está dolido por apego a su felicidad pasada basada en la Fortuna. La Filosofía reprocha a Boecio que olvidara sus enseñanzas y por tanto olvidara cuál es la esencia de la Fortuna: el cambio. Si quiere vivir según la fortuna tendrá que aceptar sus naturaleza, y así como la aceptó cuando ésta le favoreció, ha de aceptarla ahora cuando le retira sus favores. La Fortuna es como caprichosa y cambiante, dadora de una felicidad efímera e inestable. La serenidad que la Filosofía ofrecía a Boecio la perdió cuando la Fortuna lo sedujo con triunfos, éxitos, riquezas, honores… Durante esa época no se quejó de la Fortuna ni quiso mantenerla a raya, pero ahora que le da la espalda la maldice. Ahora bien, si quiere, todavía puede volver a los brazos de la Filosofía y rechazar los bienes y felicidad efímeros de la Fortuna.

La Filosofía dice a Boecio que la Fortuna le ha dado múltiples bienes (familia, honores, riquezas, fama…) y pocos males a lo largo de su vida. Incluso en su estado actual, habiendo perdido muchos de esos bienes, le quedan aún bienes muy grandes (su suegro, su mujer, sus hijos…) que no está valorando y por los que mucha gente le envidiaría. Si se siente así porque esas alegrías le han abandonado no debería sentirse desgraciado, porque las penas que sufre ahora también le abandonarán tarde o temprano. En cosas humanas no se puede esperar estabilidad. Incluso al más afortunado en vida la Fortuna acaba abandonando a su muerte.

Se nos muestra en este segundo libro de La consolación de la filosofía cómo la fortuna otorga felicidad aparente. Un tipo de felicidad que buscan la mayoría de los hombres. Esta felicidad es algo que no depende de nosotros, que no está a nuestro alcance, pues es la fortuna la que nos proporciona los bienes o nos los quita. Por ello no hay que preocuparse por hacer algo para conquistarla, pero tampoco podemos hacer nada para intentar conservarla. Además es fugaz, inestable, pues la fortuna es caprichosa y no atiende a razones. Por ello todo se limita a aprovechar los pocos (o muchos para los más afortunados) momentos que tenemos de felicidad a lo largo de la vida. Es la felicidad del carpe diem.  Las características fundamentales de esta felicidad, humana, son su inestabilidad y su contingencia. La felicidad humana ni dura ni contenta del todo, afirma Boecio (autor). El error fundamental, según él, es considerar esta felicidad, la que depende de la fortuna, como verdadera, y los bienes mundanos como verdaderos bienes. Hacer eso implica desconocer lo que es el hombre, renunciar a su naturaleza y rebajarse al nivel de las bestias.

Verdadera felicidad: sumo bien

El error es buscar la felicidad en cosas externas a nosotros. Al igual que habían señalado los neoplatónicos y San Agustín, entre otros, el hombre cuando busca la felicidad en los bienes externos se está degradando porque piensa que esas cosas son más valiosas que él, y que al poseerlas adquirirá su valor. El que persigue o posee un bien es menor que el bien que persigue o posee. Por tanto creen que esas cosas son bienes equivale a creer que valen más que uno. Y es al contrario: para Boecio el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, y eso le dota de una capacidad racional que le hace ocupar un lugar privilegiado en la creación. Las riquezas, los cargos y el poder que desean la mayoría de los hombres no son bienes y por tanto esos nombres son inapropiados para esas cosas. Las riquezas no hacen rico al que las posee porque no sacian su avaricia. Las dignidades no hacen digno a quien los posee sino que reciben su dignidad de los virtuosos que las ostentan. Y el poder no hace poderoso al que lo posee pues no le libra del poder que ejercen sus pasiones sobre su voluntad. En definitiva no son bienes porque no nos hacen buenos.

La felicidad es el sumo bien para una criatura racional, según el autor. Y el sumo bien no puede ser arrebatado pues sería superado por lo que no se puede arrebatar. Por tanto la fortuna no puede llevar a la felicidad, pues la inestabilidad la caracteriza. Es más, el hombre que posee este tipo de felicidad ¿sabe que es mudable? Si no lo sabe, está claro que no puede ser la verdadera felicidad aquella que se basa en la ignorancia. Si lo sabe ¿tiene miedo a perderla? Si lo tiene no es totalmente feliz, y si no lo tiene, estará demostrando el poco valor que tiene este tipo de felicidad que deja indiferente cuando se pierde.

Boecio, el autor, en línea con la tradición filosófica antigua, concibe la felicidad como el bien supremo, caracterizada por la estabilidad y la autosuficiencia. La felicidad pasajera no es verdadera felicidad. Para Aristóteles la felicidad es un modo de vida y no un estado. Y casi todos los filósofos antiguos han destacado la autosuficiencia como la esencia de la felicidad. El hombre feliz que no es autosuficiente no es verdaderamente feliz. Ya que si ha alcanzado el bien supremo, el fin supremo, no puede necesitar de algo, no puede carecer de algo. La felicidad (el sumo bien) no puede estar en relación de medio a fin con algo. No puede buscarse el sumo bien en vistas a otro bien.

Si la verdadera felicidad tiene que ser duradera y un fin absoluto, no puede consistir en nada de las cosas externas del mundo, porque lo externo a nosotros no nos pertenece, se nos puede escapar en cualquier momento, y de forma segura con nuestra muerte. La verdadera felicidad no puede consistir en las cosas externas del mundo porque ninguna cosa del mundo es absoluta, siempre está en relación de medio con otra cosa. No hay ninguna cosa que poseída nos haga dejar de desear otras. El hombre que persigue las riquezas, honores, fama… no consigue la verdadera felicidad, porque, como muestra el autor en este segundo libro, todos esos presuntos bienes son pasajeros, accidentales, no son realmente nuestros. Y además una vez que los poseemos seguimos dependiendo: seguimos queriendo más del mismo bien (ese bien no nos sacia nunca), y seguimos queriendo otros (ese bien no es suficiente).

En definitiva este segundo libro de La consolación de la filosofía es un libro consolatorio. Si a Boecio (personaje y autor) le seduce la felicidad efímera todavía tiene bienes suficientes para considerarse más feliz que la mayoría de los hombres: aún le queda lo más valioso, una familia que le quiere. Pero si acepta los argumentos de la Filosofía que concluyen que esta felicidad no es la verdadera, no cabe lamentarse por los bienes que ha perdido, pues no eran tales. En cualquier caso tiene motivos para no lamentarse.

Referencias:

Anicio Manlio Severino Boecio, La consolación de la Filosofía, Alianza, 2015.

En defensa del Psicoanálisis

Escribo este artículo como una respuesta (la primera) a las durísimas y despiadadas críticas que se vienen lanzando últimamente contra el psicoanálisis desde medios muy diversos.

En concreto, me animo a hacerlo a raíz de una pseudoentrevista -que en realidad es un refrito de un artículo anterior- realizada a un psicólogo conductista que aparentemente cree poder alcanzar fama y reconocimiento convirtiéndose en una especie de Ayatola fanático que lanza fatwas con un lenguaje inspirado en Sálvame *Deluxe*.

Este señor es la musa de mi defensa pero no lo citaré ni pondré vínculo a su artículo ni a la “entrevista”. No le voy a hacer el favor. Tampoco es necesario ya que en realidad las objeciones que plantea tampoco son suyas sino que las toma del libro de Frederick Crews  “Freud: The Making of an Illusion”. Son, por otra parte, las críticas habituales sazonadas, en este caso, con un estilo chabacano.

«Freud era cocainómano, misógino, homófobo o un impostor en general.»

Sigmund Freud (1856-1939) es una figura que sigue generando airadísimas controversias. Muchas de las críticas al psicoanálisis se centran en desacreditar personalmente a Freud. Se podría simplemente descartar todas estas críticas como una falacia ad hominem puesto que el hecho de que Freud fuera una mala persona no invalidaría su teoría de ninguna manera. Sin embargo, me interesa detenerme en alguna de las objeciones que se hacen en su contra porque me parecen bastante sospechosas.

Antes de nada, paremos a pensar en lo que le exigimos a Freud. Un médico judío nacido en el Imperio Austrohúngaro que vivió las dos Guerras Mundiales. ¿Queremos que sea postmoderno, feminista de tercera ola, proLGTBIQA+ o animalista? No olvidemos que, considerando la época en la que Freud vivió, algo como la Carta a la madre de un hijo homosexual era una heroicidad.

Continuemos. Para empezar se acusa a Freud de cocainómano, cosa que es cierta. Freud fue durante un periodo importante de su vida adicto a la cocaína, droga que comenzó a consumir como un experimento por su posible potencial terapéutico. Estamos hablando de un momento en el que el conocimiento de las drogas y sus efectos sobre el cerebro y la conducta está todavía en pañales, sin embargo, a Freud se le juzga como una especie de “vicioso” que se “inventa” el psicoanálisis para poder pagarse su adicción. Es de una simpleza que asusta y redunda en una imagen estigmatizada de las personas drogodependientes como incapaces de hacer nada bueno. ¡Sorpresa! Ha habido personas adictas que han creado obras fudamentales para el arte y el pensamiento a pesar de su adicción. Una persona es más que sus adicciones y Freud era mucho más que la cocaína, la cual por cierto terminó dejando con el tiempo.

Respecto a la homofobia ya he mencionado la carta a la madre de un homosexual. Este fue un tema complejo dentro de los primeros años de la Asociación Psicoanalítica y finalmente se optó, tras la muerte de Freud por una posición restrictiva y claramente homófoba sobre todo con el traslado de poder a EEUU y el contagio de su tradicional puritanismo. No está, sin embargo, el conductismo libre de pecado en lo que concierne a la homofobia. De hecho, la terapia de conversión que TODAVÍA se practica en sitios tan extraños como Madrid (y lo digo porque me consta) es de tipo cognitivo conductual principalmente (también hay una supuesta coach enajenada por ahí a la que tampoco voy a dar publicidad).

Por otra parte decir que Freud era misógino cuando admitió desde el principio a mujeres como psicoanalistas y defendió la existencia de una sexualidad femenina que debía poder expresarse es, de nuevo, no saber poner al personaje dentro de su contexto histórico. Evidentemente Freud no podía ser une feministe no binarie del siglo XXI, pero su legado fue liberador en la época en la que se formuló, también para las mujeres. Y si se le critica por el tratamiento que dio a la histeria – hablar- ¿Qué pensaremos de los tratamientos anteriores que incluían torturas y sadismo? Naturalmente si se piensa que Freud es el “inventor” de la histeria además de desconocer la historia de la psicología se ignorará el avance que supuso el psicoanálisis para estas pacientes (que sufrían por cierto -y entre otras cosas- de lo que ahora llamaríamos trastorno disociativo y/o trastorno de conversión. Lo digo por aquellos que dicen que la histeria no existía, Persia existió aunque ahora se llame Irán).

Por supuesto Freud es un personaje que tuvo conductas muy criticables. Algunos de sus casos clínicos fueron espectaculares fracasos, robó ideas a colegas sin citarlos debidamente (famoso el caso de Sabina Spilrein o el de Fliess) y sostuvo algunos posicionamientos que a la luz de la contemporaneidad merecen ser cuestionados, revisados o incluso completamente desechados.

Sin embargo, ninguno de esos argumentos invalida el conjunto de la teoría psicoanalítica. Entre otras cosas porque no existe UNA única teoría psicoanalítica. Esto es FUNDAMENTAL y ninguno de los críticos del psicoanálisis parece querer enterarse. Tal vez porque enterarse de esto supone ponerse a estudiar a cientos de autores y perspectivas. Es mucho trabajo. Mucho mejor desacreditemos a Freud y a la técnica psicoanalítica clásica.

El psicoanálisis no es una teoría cristalizada en la muerte de Freud. Las obras completas de su fundador no son una Biblia inmutable que no haya sido desarrollada y cuestionada mil veces desde dentro del psicoanálisis. El psicoanálisis (o la psicoterapia psicoanalítica) actualmente es un paraguas que engloba a multitud de escuelas y perspectivas diferentes.

Puedo entender que la idea de que la mente no sea una calculadora y de que haya diferentes enfoques para mismos problemas sea algo que perturbe a los “discípulos de Skinner”, pero ¡hey! hay vida más allá de las ratitas.

Continuará…

Aceptar el orden del mundo para alcanzar la felicidad (Lección de filosofía 4)

En esta serie de 4 posts sobre las lecciones de la filosofía estoica que siguen vigentes en la actualidad, hoy nos toca hablar de la única actitud capaz de llevarnos a una felicidad plena: aceptar totalmente y sin condiciones el orden del mundo. Gracias a Monica Cavallé, y a su libro «El arte de ser«, que recomiendo fervientemente, podrás profundizar mucho más en estas ideas.

Si quieres leer antes las otras lecciones, aquí las tienes:

Todo sufrimiento proviene de la no-aceptación

“Nuestro soberano interior, cuando es conforme a la naturaleza, tiene ante los acontecimientos una actitud tal que siempre se adapta fácilmente a lo dado.”

Marco Aurelio

Las tradiciones sapienciales son un canto y una invitación a la confianza en la providencia, es el Lógos que nos guía y nos sostiene. Confiar en esa presencia inteligente en nosotros equivale a…

1- … reconocer nuestro poder esencial, el que siempre depende de nosotros

El que nos permite convertir todo en un bien interior. Siempre podemos alcanzar nuestro fin porque nuestra virtud no depende de lo que nos pasa, sino de las respuesta que damos ante lo que nos pasa.

aceptar

2- … aceptar nuestros límites en el ámbito de lo que no depende de nosotros

El grado más elemental de esta aceptación es el que nos conduce a asumir “lo que es” porque sencillamente es, porque es inevitable, porque carece de sentido luchar contra la realidad.

“Solo al ser racional le ha sido dado seguir voluntariamente los acontecimientos, pues seguirlos sin más es obligatorio para todos.”

Marco Aurelio

Esta aceptación madura cuando comprendemos ya no solo la inutilidad de rebelarnos ante lo inevitable, sino el sinsentido de poner objeciones a la inteligencia única basándonos en nuestros conocimientos parciales y fragmentarios; el sinsentido de pretender juzgar, con nuestras luces ilimitadas, lo que excede nuestro presente entendimiento –la totalidad de la que formamos parte y el misterio que nos envuelve– cuando, de hecho, nuestra propia inteligencia particular no es obra nuestra, nos ha sido dada, y es una expresión del Lógos que nos sostiene.

“El pepino es amargo: tíralo. Hay zarzas en el camino: esquívalas. Basta con ello. No añadas: ¿por qué existen estas cosas en el mundo?.”

Marco Aurelio

3- … a confiar plenamente en que la realidad es inteligente y benéfica

Equivale a confiar en que el fondo del universo y nuestro propio fondo son benignos y dignos de confianza. Y en que, por lo tanto, podemos lanzarnos al vacío, atravesar la confusión y la incertidumbre, dejar aquello que nuestro corazón intuye que hemos de dejar atrás (sin necesitar un sustituto nuevo al que aferrarnos), porque sabemos que, si situamos nuestro bien y nuestro mal en lo que depende de nosotros, la inteligencia que nos sostiene se ocupará de nosotros. Descubrimos tras saltar en el abismo, que se trata de un abismo en el que no caemos, sino en el que flotamos. Solo esta confianza nos permite soltar, recobrar la inocencia, abandonar el hábito de intentar manipular la realidad, a los demás y a nosotros mismos.

“A la naturaleza, que da y que quita todo, el que está instruido y es discreto dice: “Dame todo lo que quieras; quíteme lo que quieras”. Esto lo dice sin animosidad hacia ella, sino solo obedeciéndola y teniéndole buena fe.”

Marco Aurelio

aceptar

“Todo se me acomoda lo que a ti se acomoda. ¡Oh, Cosmos! Nada me llega tarde, nada demasiado pronto, si llega a punto para ti.”

Marco Aurelio

El sufrimiento se origina en la falta de aceptación

La falta de aceptación de lo inevitable es fuente de sufrimiento y de desarmonía. Aceptar los límites de la vida y los reveses del destino (la inevitabilidad de lo que no depende de nosotros), sin instalarnos en la rebelión y en la amargura, no nos evita el dolor, pero lo torna más sereno, más aún, alquímico, pues antes o después, y por sendas interiores ocultas, el dolor aceptado terminará elevándonos y liberándonos.

“Pregunta: ¿Por qué hay tanto sufrimiento?
Nisargadatta: El dolor es físico; el sufrimiento es mental. Más allá de la mente no hay sufrimiento. El dolor es una mera señal de que el cuerpo está en peligro y requiere atención. De modo similar, el sufrimiento nos avisa de que la estructura de la memoria y de los hábitos que llamamos la persona está amenazada (…). El dolor es esencial para la supervivencia del cuerpo, pero nadie nos obliga a sufrir. El sufrimiento se debe enteramente al apego o a la resistencia; es un signo de nuestra renuncia a seguir adelante, a fluir con la vida. Del mismo modo que una vida sana está libre de dolor, una vida sabia está libre de sufrimiento.
P: Nadie ha sufrido tanto como los santos y los sabios.
N: ¿Se lo dijeron ellos o lo dice usted? La esencia de la sabiduría es la total aceptación del momento presente, la armonía con las cosas en el modo en que suceden. Un sabio no quiere que las cosas sean distintas a como son; él sabe que, considerando todos los factores, las cosas son inevitables. Es amigo de lo inevitable y, por tanto, no sufre. Puede que conozca el dolor, pero este no lo alterará. Si puede, hará lo necesario para restablecer el equilibrio perdido, o dejará que las cosas sigan su curso.”

Nisargadatta

La aceptación así entendida, prosigue Nisargadatta, en la medida en que quiebra las creencias, apegos y exigencias que conforman nuestro yo superficial, implica la disolución de este último y nos despierta a nuestro yo profundo. Paradójicamente, la aceptación del dolor libera la fuente perenne del gozo sereno.

N: Cualquiera que sea la situación, si resulta aceptable es placentera; si no es aceptable, es dolorosa. Lo que la hace aceptable no es importante; la causa puede ser física, psicológica o irrastreable; la aceptación es el factor decisivo. En el universo, el sufrimiento se debe a la no-aceptación.
P: El dolor no es aceptable.
N: ¿Por qué no? ¿Lo intentó alguna vez? Inténtelo y encontrará en el dolor un gozo que el placer no puede dar, por la simple razón de que la aceptación del dolor lo lleva más profundo y más lejos que el placer. El ego, por su propia naturaleza, está continuamente persiguiendo el placer y evitando el dolor. Acabar con esa pauta es acabar con el ego. Acabar con el ego, con sus deseos y temores, le permite a usted retornar a su naturaleza real, la fuente de toda felicidad y paz. (…) Cuando se acepta el dolor por lo que es, una lección y un aviso, y se mira con profundidad y se le escucha, la separación entre el dolor y el placer se rompe y ambos se convierten en experiencia: dolorosa cuando es resistida, gozosa cuando es aceptada.
P: ¿Aconseja usted evitar el placer y perseguir el dolor?
N: No, ni perseguir el placer y evitar el dolor. Acepte ambos como vengan, disfrute ambos mientras duren, déjelos ir cuando deban irse.
P: ¿cómo es posible gozar el dolor? El dolor físico pide acción.
N: Por supuesto. E igualmente el dolor mental. La bienaventuranza está en la total conciencia de ello, en no encogerse o rehuirlo en ningún modo. Toda felicidad proviene de la conciencia. Cuanto más conscientes somos, más profundo es el gozo. La aceptación del dolor, la no-resistencia, el valor y la paciencia, todo esto abre fuentes profundas y perennes de felicidad real, de verdadera bienaventuranza.
P: ¿Por qué el dolor debería ser más efectivo que el placer?
N: El placer se acepta inmediatamente, mientras que todos los poderes del yo rechazan el dolor. Puesto que la aceptación del dolor es la negación del ego, y el ego se interpone en el camino de la verdadera felicidad, la aceptación total del dolor libera el manantial de la felicidad.”

Nisargadatta

“En el universo, el sufrimiento se debe a la no aceptación”. Dicho de otro modo, el sufrimiento se sostiene en la creencia: “Lo que es aquí y ahora, no debería ser”.

Por supuesto, nuestro impulso hacia la excelencia y nuestro sentido de justicia nos incitan a cambiar o perfeccionar las situaciones que pueden ser corregidas u optimizadas; pero esta disposición es perfectamente compatible con asumir que, aquí y ahora, lo que es, es.

No hay que confundir los “debería” legítimos, los que encauzan nuestra aspiración hacia la excelencia, con los “debería” que entrañan la exigencia ontológica de que las cosas, aquí y ahora, sean de una determinada manera, la que se ajusta a nuestras ideas al respecto.

La vida, ciertamente, no está al servicio de nuestros deseos y preferencias personales. La realidad sigue su curso ajena a nuestras exigencias.

aceptar

No nos hace sufrir el dolor, sino el pensamiento “Esto no debería ser como es”. Detrás de todas las formas de sufrimiento mental cabe hallar la lucha con la realidad, con los hechos: hemos convertido nuestras preferencias legítimas en exigencias.

La aceptación de “lo que es” remueve la raíz misma del sufrimiento. No elimina el dolor, pues el dolor anímico o físico es un aspecto indisociable del hecho de estar vivo, pero sí el sufrimiento mental. El apego a nuestras ideas sobre cómo deberían ser las cosas, nos conduce a estar asiduamente en conflicto con nuestra experiencia presente.

“En esto consiste la educación (filosófica): en aprender a querer cada una de las cosas tal y como son.”

Epicteto