Mi primer cartel psicoanalítico

Hace muchos años cuando asistí a uno de los congresos de la Asociación Mundial Psicoanálisis, un grupo de jóvenes me ofrecieron participar en un cartel psicoanalítico. Honestamente, no conocía la metodología ni me interesé mucho en averiguarlo. Había pasado los tres años anteriores en España estudiando Psicoanálisis… ¡en la universidad!

Cuando llegué a Madrid, poco sabía de Lacan y de psicoanálisis en general. En la licenciatura lo habíamos tratado de forma general. Pero algo del inconsciente me llamaba y por recomendación de unos profesores me matriculé en el Máster de Psicoterapia Psicoanalítica. En el máster, leíamos a Freud y también a psicoanalistas que “traducían” a Lacan. Los profesores tenían un método poco tradicional sin duda, pero me explicaron algunos conceptos lacanianos y quedé fascinada.

Luego que regresé a Panamá, me encontré un poco sola en mi interés de seguir estudiando Psicoanálisis, así que lo abandoné. Me dediqué a conocer otra área que era nueva para mí, en mi rol de psicóloga en un colegio. Simultáneamente, empecé a escribir en Psiquentelequia, sobre temas diversos relacionado con psicología, Psicoanálisis, infancia y educación. Fue por este medio que una psicoanalista cartelizante me contactó…

 

Mi primer cartel: el Seminario 1 de Lacan

El cartel se define como un dispositivo de trabajo original, propuesto por Lacan tanto a aquellos que practican el psicoanálisis como a cualquiera que desee estudiarlo. Esta invención de Lacan es una forma de hacer lazo social entre los cartelizantes, fuera de los dogmas de las instituciones.

«Para la ejecución del trabajo [de la Escuela] adoptaremos el principio de una elaboración sostenida en un pequeño grupo. Cada uno de ellos –tenemos un nombre para designar a esos grupos– se compondrá de tres personas al menos, de cinco como mucho, cuatro es la medida justa. Más una, encargada de la selección, de la discusión y del destino que hay que reservar al trabajo de cada cual. Después de un cierto tiempo de funcionamiento, a los elementos de un grupo se les propone que permuten en otro.» – Jacques Lacan

En la creación del cartel cada uno elije un tema o «rasgo» del trabajo. Ya sea la lectura de un seminario, elaboración de un concepto, relación del psicoanálisis con otro campo de estudio, entre otros. Al «rasgo» de cada uno se agrega un tema común que se nombra al cartel. En mi primer cartel el enfoque estaría puesto en el Seminario 1 de Lacan: Los Escritos Técnicos de Freud.

El trabajo efectuado no da lugar a un producto colectivo, sino a uno individual. Se trata para cada uno, en función del momento de su relación al psicoanálisis, de constatar lo que pudo haber sido modificado de su relación con el saber analítico… se construye un saber del sujeto.

 

Mi primer producto

La primera clase del seminario inicia con un comentario que me viene como anillo al dedo:

“El seminario exige colaboración y participación a través de la comunicación efectiva. Se espera que no se use como excusa otras ocupaciones importantes.»

Esto lo leí como un mensaje directo a mí misma, ya que estuve en constante resistencia, por no poder tolerar el “no saber” o no comprender. Pues me hacía falta la presencia de otro colocado en ese lugar, que me ayudara a digerir tantos conceptos.

Lacan expone una pregunta que me he hecho muchas veces: ¿Qué hacemos cuando hacemos Psicoanálisis? Qué mejor lugar para empezar este recorrido que en los escritos técnicos de Freud, que de acuerdo con Lacan, constituyen una etapa del pensamiento de Freud anterior a la elaboración de su teoría estructural en 1920. Aún cuando Freud trabajó en la técnica a lo largo de toda su obra.

 

El momento de la resistencia

Algunos elementos importantes que he podido rescatar son los siguientes:

  1. Para Freud el análisis se trata de la aprehensión de un caso particular. Se trata de la subjetividad del sujeto (valga la redundancia), sus deseos, su relación con su medio, con los otros y con la vida misma. En su planteamiento, se reconoce la relación problemática del sujeto consigo mismo, pues hay un conflicto en relación con el síntoma. Aunque hay una invitación al sujeto a preguntarse por la postura que ha podido asumir el sujeto frente a su síntoma.
  2. La situación analítica es una estructura, y sólo gracias a ella son aislables y separables ciertos fenómenos. Entre ellos el de la transferencia y la resistencia.
  3. En la estructura del análisis hay tres elementos, y no dos como se sugiere en la Psicología del Yo. Toda la experiencia analítica debe organizarse en base a ellos: el analista, el analizante y la palabra.
  4. Lo que cuenta en el análisis es la reconstrucción de los acontecimientos formadores para el sujeto, y no lo que recuerda de ellos, o la llamada reviviscencia afectiva. Tal como lo plantea Lacan: “La reintegración por parte del sujeto de su historia. Esta historia no es el pasado, sino el pasado historizado en el presente”.

 

La resistencia y la transferencia

Una pregunta recurrente en las sesiones del cartel y que aún no me queda clara es: ¿cuál es la relación de la resistencia con la transferencia? De acuerdo con mi lectura del seminario, la resistencia es todo lo que se opone a la continuación del análisis, o que busca interrumpirlo. La misma surge cuando algo del discurso del sujeto se acerca al nódulo reprimido.

La fuerza de la resistencia es inversamente proporcional a la distancia que nos separa de este nódulo. Es decir, que la resistencia es mayor cuando el sujeto se aproxima en su discurso a algo reprimido, que sería lo último, pero que rechaza de plano. Entonces, el sujeto se da cuenta de la presencia del analista. Como comenta Lacan: “Cuando el sujeto se interrumpe es cuando está más cerca de su verdad”.

Según plantea Lacan, es aquí donde surge la transferencia:

“Cuando algo en los elementos del complejo (en su contenido) es susceptible de vincularse con la persona del analista, la transferencia se produce, proporciona la idea siguiente y se manifiesta en forma de resistencia, de una detención de la asociación libre por ejemplo.”

 

Referencias bibliográficas:

  • Lacan, Jaques. El Seminario de Jacques Lacan, Libros 1, Los Escritos Técnicos de Freud. Editorial Paidós, Barcelona, 1981.

 

Fuentes:

 

 

Por qué no encuentras las llaves del coche

El sonido de las olas del mar se mezcla con las notas de un ukelele. Estás en una playa paradisiaca a punto de pedir una piña colada y, de repente, caes en la cuenta de que es septiembre (ya no estás de vacaciones) y no has oído el despertador. Das un salto de la cama, te vistes con lo primero que pillas, vas al baño a lavarte rápidamente la cara (los dientes tendrán que esperar) y comienzas a buscar por todos lados las llaves del coche. ¿Os suena? A las llaves del coche parece no interesarles lo más mínimo que lleguemos tarde. Después de abrir la puerta del congelador y registrar las siete mochilas que utilicé la semana pasada, las llaves aparecen en el bolsillo del un pantalón.

«La memoria utiliza constantemente el olvido para recordar. De este artículo, mañana habrás olvidado el 80% y dentro de dos días más del 95%».

De entre todas las hazañas que hace un cerebro para recordar, existe una que me apasiona. Se trata de un mecanismo que le permite seleccionar de una ristra de recuerdos, aquel que contiene la información más reciente. Sin este mecanismo nuestra vida sería un desastre. Imagina que, cuando le pedimos a nuestros sesos que nos diga dónde pusimos las llaves del coche, nos ofrece una batería de recuerdos con todos los lugares donde hemos dejado las llaves del coche a lo largo de toda nuestra vida. ¡Sería imposible encontrarlas!

Para empezar, la memoria utiliza el olvido constantemente para recordar. De este artículo, mañana habrás olvidado el 80% y dentro de dos días más del 95%. Ahora bien, de los recuerdos que conservamos en la memoria… ¿Cómo sabe el cerebro qué recuerdo contiene la posición actual de las llaves? La explicación que más tilín nos hace a los neurocientíficos está relacionada con la neurogénesis; el nacimiento de nuevas neuronas.

«En el hipocampo de una persona adulta nacen setecientas neuronas cada día».

En el hipocampo de una persona adulta nacen setecientas neuronas cada día [1]. ¿Y qué es eso de hipocampo? ¿Un insulto? No. Es una estructura neuronal con forma de caballito de mar que está relacionada con la memoria, y son estas setecientas neuronas alevines que nacen dentro del hipocampo las que nos permiten separar y diferenciar los recuerdos similares entre si [2]. A ellas debemos hacerles la fiesta cada vez que encontramos la llaves a la primera.

 

Tres trucos para recordar dónde has puesto las llaves

Seguramente algún lector o lectora ya conoce mi obsesión por acercar la ciencia a la vida cotidiana de las personas de una forma práctica, así que voy a compartir tres trucos para aumentar la probabilidad de recordarlas malditas llaves del coche.

Lo primero que podemos hacer es prestar atención. ¡Bravo! ¡Un aplauso para David! Vale. Hasta un concursante de Gran Hermano VIP sabe que la atención es el pegamento que nos permite fijar los recuerdos, si, pero… ¿A que no todo el mundo sabe cómo mejorar la atención? Es simple. Si quieres recordar dónde has puesto las llaves, sácalas del pantalón nada más llegas a casa y ponlas en un lugar. Donde más rabia te de. No importa si quieres esconderlas dentro de la cisterna del váter para intentar sabotear este truco. Lo recordarás igualmente. Solo debes imaginar que un meteorito impacta en ese el lugar. Imagina vívidamente y con detalle como hace saltar el mueble y las llaves del coche por los aires. Sobre todo deja volar tu imaginación (intenta evitar no hacer ruidos extraños o tu pareja pedirá una orden de alejamiento). Este ejercicio absurdo es uno de los trucos que utilizan los campeones mundiales de memoria.

 

 

Otra opción, para el que consiga vencer la pereza, es hacer ejercicio. Resulta que el ejercicio promueve el nacimiento de nuevas neuronas en el hipocampo y, de rebote, nos ayuda a diferenciar recuerdos similares entre sí (en neurociencia nos gusta llamar a este proceso patrón de separación) [3].

Para aquellos tecnoadictos a los que no les termine de llenar ninguna de las propuestas anteriores, siempre pueden instalar la app de turno para encontrar las llaves del coche sin mover una sola neurona. Una conocida marca de coches hace años que ha puesto a disposición de sus clientes una aplicación capaz de sincronizar el teléfono móvil con el llavero del automóvil y localizarlo en un abrir y cerrar de ojos.

 

Si instalo un app para encontrar las llaves… ¿Me hará más tonto?

 

Cada vez existen más personas reticentes a usar la tecnología porque piensan que nos idiotiza, y que el mundo terminará repleto por seres humanos con la capacidad intelectual de Victoria Beckam y la elocuencia de Mariano Rajoy. Instalar una aplicación en el teléfono móvil para encontrar las llaves del coche, cambia la manera de adaptarnos a la situación lo cual modifica nuestra estructura neuronal, es cierto, pero no tiene porqué convertirnos en ignorantes. De hecho, hasta puede resultar beneficioso, porque nos permite dedicar el tiempo que invertimos en buscar las llaves a aprender algo nuevo. La clave no es gestionar mejor el tiempo sino habitarlo mejor.

Referencias

[1] Spalding, K. L. et al. (2013) Dynamics of Hippocampal Neurogenesis in Adult Humans. Cell, Volume 153, Issue 6, Pg. 1219-1227.

[2] Aimone, J. B. et al. (2011). Resolving new memories: a critical look at the dentate gyrus, adult neurogenesis, and pattern separation. Neuron, 70(4), 589–596. http://doi.org/10.1016/j.neuron.2011.05.010

[3] So, J. H. en al. (2017). Intense Exercise Promotes Adult Hippocampal Neurogenesis But Not Spatial Discrimination. Frontiers in Cellular Neuroscience, 11, 13. http://doi.org/10.3389/fncel.2017.00013

La existencia a través de las redes.

Parece un video de comedia, pero muestra con un gesto satírico lo que en temas de relaciones humanas hoy está establecido. Las redes sociales llegaron para quedarse eso ya ha quedado claro, pero, ¿nos hemos detenido a pensar como ha transformado nuestros vínculos, y porque no, nuestra visión de nosotros mismos?

No es difícil actualmente seguirle la pista a una persona, ya que gracias a todos los mecanismos digitales una persona va mostrando al mundo “su vida” (o por lo menos lo que intenta que sea), es usual ver todo lo que come, con quien se junta, a donde viaja, en que trabaja, el desarrollo de sus hijos, cuando tiene bajones emocionales, y todo sin necesidad de ser cercano a esa persona, solo es necesario compartir una red social.

El mundo globalizado amplió nuestros mecanismos de comunicación, y también influyó en qué y cómo en el mensaje, en cierta manera se instaló en la psicología general,  hasta en sociedades menos occidentalizadas, una “manera de vivir adaptada a las redes” y que traspasa más allá de un aparato electrónico, se ha instalado en la vida emocional y psicológica del colectivo, y por su puesto vivimos para mostrarlo.

 

La sociedad de la transparencia

 

 

Hace unos meses atrás les conversaba sobre Byung-Chul Han,  profesor, filósofo y ensayista surcoreano – alemán. Experto en estudios culturales y profesor de la Universidad de las Artes de Berlín. Ha centrado sus escritos en la sociedad actual y la inmersión del control neoliberal, tanto a nivel económico como social.

En esta oportunidad les hablaré sobre su libro “La Sociedad de la Transparencia”, obra de escasas 100 paginas, pero densas y con una crítica (para algunos negativista para otros realista) sobre la sobre exposición que realizamos en redes sociales, y como esto ha afectado la psicología colectiva, y por ende la sociedad actual.  Divide su ensayo en 9 capítulos, describiendo una fotografía de lo que él considera es la sociedad actual: la sociedad positiva, la sociedad de la exposición, la sociedad de la evidencia, la sociedad porno, la sociedad de la aceleración, la sociedad íntima, la sociedad de la información, la sociedad de la revelación, y finalmente la sociedad del control.

 

En este artículo tomaré como referencia 3 de ellos donde intentare hacer una pincelada:

 

  1. La Sociedad Positiva

 

 

“La sociedad positiva está en vías de organizar el alma humana totalmente de nuevo. En el curso de su positivación también el amor se aplana para convertirse en un arreglo de sentimientos agradables y de excitaciones sin complejidad ni consecuencias”.

 

En este sentido el autor hace una crítica sobre el manejo excesivo que se produce sobre las emociones positivas, indicando que se muestra el placer inmediato, el éxito, la felicidad, lo alcanzable, es como si las redes sociales actuaran como plataforma adictiva, siendo las drogas de consumo los “me gusta”, “me encanta” “me divierte”, utilizándose como un medio de reforzamiento de la  autoimagen y de la autoestima del dueño de la publicación.   De manera que no hay espacio para lo que se consideran “emociones negativas”, no hay espacio para el lado escuro, para el sufrimiento y para a desdicha, esta versión humana es anulada, no tiene espacio para el reforzamiento social, todo lo que es considerado negativo es centro de críticas y de segregación.

 

“El amor se doméstica y positiviza como fórmula de consumo y confort. Hay que evitar cualquier lesión. El sufrimiento y la pasión son figuras de la negatividad. Ceden, por una parte, al disfrute sin negatividad. Y, por otra parte, entran en su lugar las perturbaciones psíquicas, como el agotamiento, el cansancio y la depresión, que han de atribuirse al exceso de positividad”.

 

El autor refiere el peligro de anular los sentimientos considerados negativos de la vida social, primeramente porque la contención a través de las redes sociales es efímera y poco tangible, y por otro lado este espacio de poca contención al sufrimiento humano puede llegar a producir cuadros complejo que afectan a la psiquis debido a la fragilidad de la autoestima del individuo basado en el reforzamiento logrado a través de las redes sociales.

Considerando que finalmente   la superficialidad misma de la situación es sostenida por este hiper positivismo frágil, esto puede llegar a producir un quiebre emocional en la persona que está impregnada por la sociedad de la transparencia (entregando toda su vida privada a las redes), y cuando esta no responde de la manera esperada pueden producirse cuadros emocionales graves como  depresiones, ansiedades y fobias, y en algunos casos más extremos psicosis.

 

  1. La sociedad de la exposición

El autor en este punto habla sobre la sobre exposición que hacemos de nuestra intimidad en las redes sociales, indica que ya no hay espacios privados, existe la necesidad actual de publicar todo lo que se hace y se siente, como una manera de “pertenecer” a la sociedad y ser aceptada por ésta, lo oculto es sospechoso, la transparencia actúa como mecanismo de búsqueda de confianza, y en este sentido, el video mostrado en la parte inicial de este artículo lo expone magistralmente, indicando la premisa “si no estás expuesto no existes”.

 

“En la sociedad expuesta, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición. La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica. Todo está vuelto hacia fuera, descubierto, despojado, desvestido y expuesto. El exceso de exposición hace de todo una mercancía, que «está entregado, desnudo, sin secreto, a la devoración inmediata”

 

Y esto lo podemos observar fácilmente en los actuales aclamados (y adinerados) “influencers”. Personas que han logrado lucrar de manera sustancial con sus vidas privadas, traspasando los límites esperados, y logrando convertirse en modelos sociales a seguir a través de lo que promueven como “vida ideal publicable” en las redes sociales. Ofreciendo una gama amplia de opciones y de estilos que alcanza para todos los gustos. Podemos tener desde académicos y científicos, artistas y deportistas, y personas comunes que logran diferenciarse por una razón especial. Mercantilizando así la existencia misma.

 

¿Alguna vez has leído los términos y condiciones cuando abres una cuenta en una red social? Te has dado cuenta que hay condiciones que explican que todo lo que subes voluntariamente a las redes pasan a pertenecer a la plataforma, aunque se borre posteriormente a la publicación, el archivo ya se encontraría en una nube de manera permanente, ya no te pertenece, sino que le pertenece a la red.

 

“El mundo se ha convertido en un mercado en el que se exponen, venden y consumen intimidades”

 

  1. La sociedad del control.

El autor introduce un término que a mi criterio personal es uno de los más delicados, el control digital. Toma el concepto de panóptico, que fue un tipo de arquitectura carcelaria creado por Jeremy Bentham, constaba de una estructura de celdas ubicadas alrededor de una torre de vigilancia permanente en el centro del edificio,  lo revolucionario de su diseño se basaba en permitir al guardia de seguridad quien se encontraba 24 horas en la torre central de vigilancia, observar a todos los prisioneros, sin que estos puedan saber si son observados o no. Lo cual era la base del control psicológico, el prisionero nunca controlaba cuando estaba siendo observado.

De la misma manera funcionaría el panóptico digital descrito por Han, los usuarios de las redes entregan voluntariamente información personal e íntima que permite a la red tener el control de la información para luego ser utilizada como elemento de consumo y vigilancia digital.

 

“La peculiaridad del panóptico digital está sobre todo en que sus moradores mismos colaboran de manera activa en su construcción y en su conservación, en cuanto se exhiben ellos mismos y se desnudan”.

 

Lo importante del hecho que refuerza el autor, es que la información que maneja la red de nosotros mismos, es información que nosotros voluntariamente hemos entregado, a través de la idea de libertad que ofrece navegar por la red, el precio que hay que pagar es la información personal que proporcionamos.

 

“La sociedad del control se consuma allí donde su sujeto se desnuda no por coacción externa, sino por la necesidad engendrada en sí mismo, es decir, allí donde el miedo de tener que renunciar a su esfera privada e íntima cede a la necesidad de exhibirse sin vergüenza.

 

Finalmente el autor termina con esta reflexión:

 

“Hoy, el globo entero se desarrolla en pos de formar un gran panóptico. No hay ningún afuera del panóptico. Este se hace total. Ningún muro separa el adentro y el afuera. Google y las redes sociales, que se presentan como espacios de la libertad, adoptan formas panópticas. Hoy, contra lo que se supone normalmente, la vigilancia no se realiza como ataque a la libertad. Más bien, cada uno se entrega voluntariamente a la mirada panóptica. A sabiendas, contribuimos al panóptico digital, en la medida en que nos desnudamos y exponemos. El morador del panóptico digital es víctima y actor a la vez. Ahí está la dialéctica de la libertad, que se hace patente como control”.

 

Conclusiones

 

Hay varias maneras de ver lo que este autor nos ofrece. Personalmente lo veo como una invitación a ser cuidadosos y a proteger nuestra intimidad. A intentar no mercantilizar nuestra vida privada como un producto. Escuchar bien lo que dice este autor, somos nosotros los que VOLUNTARIAMENTE entregamos información y ofrecemos parte de nuestra intimidad a internet, de manera que nos ofrece igualmente un halo de control, si, aunque no lo parezca, seguimos teniendo el control de lo que decidimos publicar y exhibir.

 

Nuevamente hago una invitación a leer sus libros, de manera que cada uno pueda sacar sus propias conclusiones, tomando lo que le sea útil y pudiendo desarrollo pensamiento crítico de la actualidad que nos rodea.

 

 

“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo.”(Nelson Mandela).

 

 

Bibliografía:

La sociedad de la transparencia. Byung-Chul Han (Autor), Raúl Gabás (Traducido por). 2013

 

 

Todo para el niño, pero sin el niño

 

En los últimos meses, diversos temas relacionados con la m/paternidad y la infancia afloran en los medios de comunicación y en la opinión pública, y salpican de forma directa a la agenda política. Al profundizar en los distintos enfoques que se van manifestando, en raras ocasiones se tiene en cuenta al bebé o al niño como parte fundamental del debate. Con este artículo, pretendo poner sobre la mesa diferentes aspectos que nos ayuden a conectar con la importancia de considerar al niño como un ser con plena conciencia al que es preciso ver y escuchar.

Quiero emplear la primera persona del plural para hablar del niño, pues todos hemos pasado por esa etapa en nuestra vida, y abogo por integrarla en nuestra trayectoria vital para así poder comprenderla desde el corazón, no desde la postura más fría y distante de la “tercera persona”, que nos separa de la vivencia y de los seres que en este momento transitan dicha etapa.

 

La sabiduría del bebé

A medida que vamos conociendo más acerca del desarrollo fetal y de los primeros años de vida, vamos tomando conciencia de la profunda sabiduría que tenemos ya en nuestra vida intrauterina. Ya reconocemos la voz de nuestra madre y de nuestro padre, los sonidos típicos de nuestro idioma y nuestra cultura, ya existe una memoria no verbal que se va ampliando en los primeros meses de vida. Y ya contamos al nacer con un equipamiento de reflejos que nos ayudan a sobrevivir, siempre que estemos en el hábitat adecuado. Y resulta que este siempre es, independientemente del lugar del planeta donde hayamos nacido, el cuerpo de nuestra madre.

El contacto piel con piel permite las condiciones necesarias para regular nuestra temperatura corporal, reducir nuestro estrés (y así optimizar nuestro rendimiento metabólico), y lo que es más importante, acceder al alimento que necesitamos del ser que ya reconocemos como seguro, ya que tiene la voz que nos resulta familiar, y al probar su calostro (la secreción previa a la leche humana madura) nos sabe parecido al líquido amniótico que hemos estado saboreando durante la gestación. Además, el olor nos guía hacia el pecho de nuestra madre para así reptar hasta llegar al pezón y comenzar a succionar en los minutos siguientes a haber nacido. Y cuando ese momento se acompaña de las miradas mutuas que la madre y el pequeño recién nacido se envían y se produce una inmensa sensación de placer en ambos, un auténtico “flechazo”, ya se han puesto los cimientos para un apego seguro, que en cada interacción posterior se va asentando gracias al cableado cerebral que se va organizando y estabilizando a partir de estas intensas vivencias.

 

 

Pero no siempre, y aún hoy en día, se ha respetado este proceso, y no se ha considerado al bebé como un ser con conciencia. Ni a la propia madre como protagonista de su propio parto. Aunque no profundicemos en ello, la violencia obstétrica tiene una gran repercusión en la vida de la mujer, y en nuestra llegada a este mundo.

 

 

Cuando llegamos a este mundo, tenemos plena conciencia de lo que nos rodea, y de los que sentimos interiormente. Vemos, olemos, oímos, saboreamos y sentimos de forma intensa, multidimensional, y memorizamos, aunque de forma distinta a cuando somos más mayores, pues se va conformando una memoria no verbal, basada más en sensaciones corporales. Ya desde que nacemos, somos capaces de imitar a nuestros padres. Reconocemos instintivamente las expresiones faciales, y ese juego de imitación que retroalimenta el afecto que recibimos de nuestros adultos, nos ayuda a conectar con las sensaciones internas que produce cada emoción reflejada en nuestro rostro, y comenzamos a desarrollar nuestra conciencia emocional. Es decir, nuestras neuronas espejo están bien activas haciéndonos de puente para crear nuestro mundo de vivencias interiores a partir de lo que nos refleja el exterior.

 

 

En un artículo de hace algunos meses sobre el apego, ya hablaba del experimento de “cara neutra”, que se realizaba con bebés a partir de los 9 meses en adelante, y se veía el efecto de la cara de la madre sobre las reacciones del pequeño. La cuestión es que las investigaciones exhaustivas en esta línea han puesto de manifiesto que tenemos un repertorio de respuestas ante la interacción con el adulto que ya están conformadas a los 3-4 meses, y que a esta edad, grabando poco más de dos minutos de una interacción libre entre madre y bebé, es posible predecir el tipo de apego que tendrá este al año de vida, y con mucha probabilidad, cómo evolucionará en la etapa adulta. Es decir, cada vez existen más pruebas del mecanismo por el que lo que vivimos en los primeros meses y años de vida nos marca de por vida en nuestro desarrollo socioemocional y, por extensión, en nuestra salud mental.

Ante lo expuesto, queda claro que la biología nos ha llevado a que nuestro desarrollo más temprano dependa del contacto estrecho y afectivo con un adulto, que debería ser la madre biológica en el mejor de los casos. Y ese entramado emocional que nos permite ir comprendiendo el mundo no llega a estar lo suficientemente formado para lograr una profunda sensación de seguridad para ir tolerando la separación cada vez mayor de la madre hasta cerca de los tres años de edad. Una cuestión es que el bebé haya llegado en un entorno de riesgo donde no es posible que acceda a su hábitat ideal, o que las necesidades personales o presión laboral/ social ejercida sobre los padres condicionen una separación más temprana, y otra cosa es justificar que esta separación puede tener beneficios, cuando realmente se está rompiendo la secuencia natural de desarrollo que la naturaleza ha previsto para nosotros como mamíferos.

 

 

¿Vemos a nuestros niños?

Ante lo expuesto, surgen situaciones en nuestra sociedad en las que todos tendemos a opinar, ya sea tirando de nuestra ideología, o reflejando las diferentes partes “adultas” en cuestión, pero parece que nadie (o al menos, muy poca gente, incluidos solo algunos profesionales) empatiza con los bebés y con los niños, con sus necesidades reales, con ese sistema de apego que nos condiciona de por vida.

Comenzando con un ejemplo banal de nuestra falta de conciencia, me viene a la memoria la imagen de un marco para fotos infantiles, que tenía a modo decorativo las figuras de un biberón, un chupete y un cochecito. Quizá puedas imaginarlo y te surja una sonrisa, una sensación simpática: “Fíjate, qué mono este marco”. Pero el mensaje subliminal creo que es potente: un reflejo de todo lo que nos desconecta de nuestra madre. Un biberón que nos hace prescindir de la lactancia natural, base de nuestra nutrición. Un chupete para abordar esa succión no nutritiva que forma parte de la expresión de nuestra inquietud emocional, y que de forma natural, podría ser abordada también con el contacto piel con piel y la succión del pecho con fines desestresantes, de contención y regulación emocional. Y ese carrito que nos aleja de portear y llevar al bebé junto a nuestro cuerpo, y es reflejo físico de esa separación que ya se produce en las microdistancias. Con todo ello no estoy hablando de proscribir estos recursos de la “evolución tecnológica” humana, sino de tomar conciencia de que su uso frecuente y continuado nos aleja del desarrollo que la biología permitió tras millones de años de evolución real.

 

La gestación subrogada

Un tema polémico que solo abordaré de forma breve es el de la gestación subrogada. En los últimos años se habla cada vez más de ello, pues distintos países tienen regulada legalmente esta posibilidad. Más allá de lo que puede suponer respecto a los derechos de la mujer, y de la visión mercantilista de la m/paternidad, ¿alguien ha incluido las necesidades del bebé, del niño, en el debate social que se está generando? Una cosa es la adopción o la acogida como modalidad sustitutiva cuando un niño ha nacido en un entorno de exclusión o ante circunstancias excepcionales que impiden que su crianza pueda ser llevada a cabo por su madre biológica, pero otra muy distinta es traer a este mundo a un ser con plena conciencia, y se le separe intencionadamente de su madre porque forma parte de una transacción comercial, rompiendo toda la secuencia biológica de vinculación que ya comienza dentro del útero. Actuamos alegremente sin tener en cuenta los posibles daños en el desarrollo cerebral que puedan producirse en ese bebé, el estrés que puede suponer este proceso y que presuntamente, al ser “tan pequeño”, “no se va a enterar”.

Para complicar más aún el debate, una proporción significativa de las parejas que acceden a esta modalidad son homosexuales. Voy siendo testigo de que criticar lo que supone la gestación subrogada partiendo de los posibles perjuicios para el bebé se toma como manifestación de homofobia en muchas ocasiones. Y de nuevo me planteo si somos capaces de mirar más allá de nuestras necesidades como adultos, y de no victimizarnos para intentar ver las repercusiones sobre la parte más débil de toda esta historia.

 

Nuestra disponibilidad emocional

Un tercer ejemplo, dentro de los infinitos que podrían ponerse, hace referencia a nuestra falta de disponibilidad emocional como adultos. Hemos visto cómo necesitamos un entorno de interacción para poder desarrollarnos de una forma sana. Sin embargo, los adultos tenemos cada vez más necesidad de hacer cosas, de tener nuevas experiencias, nuevos retos profesionales, de seguir “creciendo”, de contar con nuestro espacio de diversión, o lo que sea, con tal de seguir huyendo, en gran parte de las ocasiones, de estar presentes con todo nuestro ser en cada momento, es decir, de pararnos a sentir en el aquí y ahora. Y eso es lo que nos pide un bebé. Que le miremos con amor, que le acompañemos en su camino, y nos lo pone fácil, pues ya nos mira con amor a nosotros, nos pide lo que necesita, cuenta con nosotros y nos invita a jugar, a divertirnos “de otra forma”, nos facilita reencontrarnos con aquel niño que fuimos. Pero tendemos a huir.

 

 

Y desde que podemos recurrir a una pantalla de un “cacharro” que nos conecta con todo lo que no está presente en este momento ante nosotros, aún es más fácil no estar disponibles emocionalmente, ni para nosotros mismos (nos desconectamos de lo que sentimos) y mucho menos para nuestros bebés y niños. Es útil observar esta situación desde fuera: escenas que podemos ver por la calle, en el metro o en algún lugar público con m/padres pendientes de la pantalla de su móvil, y su niño esperando una mirada que le haga visible. Te invito a que sencillamente observes la expresión facial de m/padre, y la del pequeño, y te la dejes sentir físicamente, más allá del juicio que te aflore. En mi caso, surge un gran desasosiego.

 

La tolerancia social al llanto infantil

Como cuarto ejemplo de nuestra ceguera ante los bebés y niños está nuestra amplia tolerancia social al sufrimiento infantil, recogido a través del llanto. Esto es especialmente importante en los bebés. El llanto es un medio importante de comunicación cuando aún no hay lenguaje verbal y es preciso comunicar necesidades. Los adultos tendemos a asociarlo a caprichos en muchas ocasiones, o hacemos atribuciones de presuntas manipulaciones que hacen los pequeños para así facilitar que los malcriemos. Oímos llorar, y muchas veces respondemos con indiferencia. Nuestro hartazgo nos lleva a invisibilizar e ignorar a la parte más débil. O a respuestas agresivas en el peor de los casos. Luego, exigimos que los pequeños aprendan a comportarse “bien”, cuando no hemos sido el mejor ejemplo de regulación emocional. Y recordemos, nuestras neuronas espejo condicionan nuestro aprendizaje por imitación en el medio social. No son las órdenes y consejos verbales los que nos ayudan a aprender. Es lo que vemos. Pero esas órdenes y juicios sí irán conformando nuestro marco de creencias que nos regirá a nosotros mismos ya de adultos, y habitualmente, no suelen ser muy amables con lo que sentimos. Y ahí llega la historia de la “autoestima”, a la que tanto apelamos y no sabemos por qué está tan baja.

 

La educación institucionalizada de los 0-3 años

Un tema de actualidad es el debate que se está proponiendo acerca de los permisos de maternidad y paternidad, y la universalización de la educación infantil de los 0-3 años. Se está generando opinión acerca de los beneficios de esta para el desarrollo del niño, y sobre el impulso a la igualdad entre géneros, al abordar la cuestión de los permisos. Pero, realmente, ¿qué necesita un niño en esta etapa?, ¿otros niños para ser modelos de regulación emocional?, ¿adultos desbordados por intentar contener a más de 15 o 20 niños durante la mayor parte del día (y destaco la inmensa labor de las educadoras infantiles, apenas reconocida y valorada)?, ¿vivir la institucionalización y la comparación continua de sus capacidades con respecto a las de los demás niños?, ¿realmente es esta la solución para un futuro mejor para nuestros pequeños?

Todo ello sin tener en cuenta nuestra necesidad biológica fundamental: nuestra vinculación inicial (no solo de 16 semanas) con la madre, el protagonismo creciente del padre a medida que avanza la crianza, y la progresiva socialización entre iguales, que será más importante en etapas posteriores de la vida, no en este periodo. Si no creamos medidas que realmente potencien la visión social de la maternidad, el papel fundamental de la mujer en la crianza (como imperativo biológico), si no se protege el apego como regulador de nuestro desarrollo socioemocional, creo que estaremos haciendo un flaco favor a las generaciones que nos sucedan. Otro tema es que haya madres, padres, familias, que opten por otras alternativas, y que la legislación las facilite, pero enviar un mensaje que potencie la separación creo que es muestra de ignorancia e irresponsabilidad, partiendo de lo que ya sabemos hoy día.

 

Más allá de la “adultocracia ilustrada”

Cada vez nos bombardean más con publicaciones sobre cómo debe ser la crianza, con presuntos expertos que nos dan consejos que van variando según las corrientes psicopedagógicas de moda en cada momento. Este mismo artículo que estoy redactando podría ser un ejemplo más de ello. Ya hay evidencias científicas que respaldan la importancia del apego en nuestro desarrollo como seres humanos, y también de las consecuencias de la separación a edad temprana. En cierto modo, todo este debate me recuerda a esa época histórica que se denominó “Despotismo ilustrado”, en el siglo XVIII, cuyo lema era “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. De ahí el título por el que opté para este artículo. Los adultos vemos el mundo con nuestros ojos, y nos sentimos poseedores de la verdad. Por ello, no pretendo tanto dar pautas, sino sencillamente generar un debate interno acerca de qué nos mueve cuando nos situamos ante un niño.

Pocas veces le miramos y empatizamos realmente con lo que puede sentir. En mi propio camino, me fui dando cuenta de que era mi propio sufrimiento de niño el que me alejaba de empatizar con los niños que me encontraba como adulto, pues suponía abrir nuevas heridas. Pocas veces somos compasivos con nuestro propio niño, aquel que fuimos, solemos juzgarlo de forma dura, y repetir el patrón que recibimos de nuestros padres. Y para reforzarnos, solemos a veces alardear de lo bien que lo hicieron, porque nos hemos hecho adultos de provecho, o al menos “no estamos tan mal”.

Es muy difícil tomar conciencia cuando no nos abrimos a sentir. Y al hablar de sentir, me refiero a la mayor plenitud, pero también el mayor dolor. Mirar y conectar de tú a tú con un niño implica eso: una experiencia de escucha del otro, que nos conecta con nuestra esencia más primitiva y profunda. Puede ser doloroso, pero también sanador. Puede haber dolor por recordar aspectos no tan idílicos de nuestra infancia, o por darnos cuenta de la gran desconexión a la que hemos llegado de adultos, a esa vida sin magia e ilusión que aprendimos a vivir cuando “maduramos”, y que seguimos transmitiendo cual nodos de un sistema social que se perpetúa, desnaturalizando a los niños. Me encanta este corto que ilustra muy bien ese proceso.

 

 

En mi caso, cada día resueno más con la sabiduría de los niños, y especialmente, de los bebés. Los vivo como maestros, como fuente de inocencia y de amor, de conexión y de honestidad. Mi camino espiritual implica esas experiencias de interacción con bebés, que me ayudan a ver que la esencia humana es amor, es ver al otro para vernos a nosotros, es alegría, vitalidad, y que más allá de todo lo que hayamos vivido y de nuestras creencias sobre lo que significa vivir, siempre es posible volver al origen y conectar con ese bebé que aún habita en nuestro corazón.

 

Referencias bibliográficas

  • Beebe, B; Cohen, P; Lachmann, F. The mother-infant interaction picture book. W.W. Northon Company, 2016.
  • Bowlby, J. Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Morata, 2014.
  • Cortés, C. Mírame, siénteme. Desclée de Brouwer, 2017.
  • Schore, A.N. (2017). All our sons: the developmental neurobiology and neuroendocrinology of boys at risk. Infant Mental Health Journal, 38, 1, 15-52.
  • Stern, D. Diario de un bebé. Paidós, 1999.

Encuentros con el miedo – Capítulo segundo – Hermana duda

 

Hermana duda

 

He querido comenzar este post, con «Hermana Duda», una canción de Jorge Drexler, que a mi modo de ver, viene a cantarnos sobre la duda, la indecisión y «el reguero de cabos sueltos» , que en ocasiones nos solemos hacer cuando nuestro amigo el miedo se acomoda en nuestra casa y nos apaga la luz.

Y es que, este amigo, nos mantiene siempre en alerta. Si, ahí está nuestro miedo. Recordándonos que debemos ser cautelosos, mantener nuestras relaciones y el entorno exterior controlado, estar vigilantes ante cualquier posible peligro, a no perder lo que tenemos, lo que somos o lo que creemos ser.

¿Y qué hacemos nosotros? Utilizamos hábilmente nuestra mente imaginando acciones futuras. Pensamos qué puede pasar, dónde, con quién. Tenemos conversaciones con personas, nos enfrentamos a gigantes, monstruos, conjuramos, recreamos toda una estrategia alrededor de escenarios ficticios… todo para prever lo que pueda pasar, el «y si…».  Todo para mantener nuestro estado de control y de prevención ante lo que pueda pasar. A veces, después de un rato dándole vueltas a un tema que traemos al pensamiento, a mí me pasa que termino con la cabeza cargada, como metralla, siento dolor, cansancio, incluso  he experimentado cómo mi visión es menos nítida, nublada.

 

La Angustia

 

Parece que en lugar de tener una mente ayudadora, la volviéramos en nuestra contra. Hay otro efecto que suele sumarse a este nubarrón de la cabeza: el dolor de estómago. Crees que algo te ha sentado mal en el estómago, pero no. Realmente lo que tu tripa te está diciendo es que la tienes llena de angustia. Una angustia que alimentamos con nuestros pensamientos y que siempre está buscando, un enemigo, un culpable y en muchos casos te culpa a ti mismo.

Este estado, que muchos de nosotros estamos acostumbrados a soportar, nos proporciona un caldo de cultivo ideal para paralizarnos porque cada acción que emprendamos, puede ser un error irreparable, por tanto, mejor no actuar, no decidir, de esta manera no tendremos que sentir la culpa o el propio castigo.

Así  podemos estar horas y horas, pasando de la cabeza al estómago, del control mental y las racionalizaciones a la angustia, argumentando y contra argumentando, buscando nuevas causas y desenlaces a nuestras fantasías futuras, para estar preparado ante un futuro que imaginamos hostil, incierto, arduo, fantasmagórico, lleno de sombras y voces.

 

 

Los «y si…» de la indecisión

 

En el decálogo del miedo hay muchos «y si…»: y si no me van a creer, y si me rechazan, y si la relación se termina, y si mi jefe me despide… son los «y si…» de la indecisión. Los que nos paralizan y nos dejan temblando delante del autobús de nuestra vida que está pasando, en este preciso instante y que no somos capaces de tomar, por si hay otro que nos deja más cerca de casa, o por si vendrá otro detrás más moderno y con mejores asientos. (también hay muchos «por si acaso…» en el decálogo del miedo). Es toda una trama laberíntica que nos inventamos y en ocasiones, nos cuesta discernir entre los hechos reales y los imaginarios.

 

¿Para qué necesito la indecisión?

 

Pero ¿para qué necesito ser indeciso?. La vida está llena de decisiones. Estar en la indecisión, también es una decisión y tiene su beneficios. Si estás indeciso con algún tema y llevas rumiandolo tiempo, quizás pueda ayudarte a aclararte un poco más preguntarte:

  • ¿Qué beneficios obtengo al no tomar una decisión?
  • ¿Qué estoy dispuesto a perder y qué no estoy dispuesto a perder con esta decisión?
  • ¿Qué es lo peor que te puede ocurrir si…?

Probablemente, encontremos que nos sentimos más cómodos en la incomodidad de no decidir que en tomar las riendas y la responsabilidad de nuestra vida. Mostrar nuestra verdad, lo que realmente somos y queremos ser. Ser honestos con nosotros mismos y cambiar el flujo energético que nos provoca la angustia y nos bloquea para tomar decisiones.

 

Ir contra lo que nos da miedo

 

En ocasiones, vamos contra nuestro propio miedo. Al contrario que en un estado fóbico donde lo que intentamos es apartarnos de la imagen, persona, idea o pensamiento que tenemos delante, la contrafobia nos lleva justo hacia aquello que nos da fobia, hacia aquello que nos da miedo. Podemos estar sintiendo mucho miedo, pero por fuera tener un aspecto feroz e intimidar al otro. Son los momentos de nuestra vida, donde, aún con las piernas temblando, nos colocamos la armadura y nos enfrentamos al mundo.

Reconozco que en mi vida, este tipo de miedo está muy presente y a veces me ha ayudado a avanzar. Yo lo vivo como si estuviera delante de un precipicio, a gran altura y me lanzo con los ojos bien cerrados y gritando. Una vez hecho, toda la angustia y la energía acumulada, la libero y siento relajación.

A veces, y más aún en personas donde la contrafobia está muy integrada en su carácter, el efecto puede ser doloroso, tanto para si mismo como para los demás. La acción va acompañada de agresividad y no siempre se consigue canalizar.

 

Coraje, espontaneidad, confianza para actuar

 

 

Hay que tener coraje, fuerza interior y sobre todo, confianza, para sentir el miedo y aún así, actuar como sea. Cuando digo, como sea, me refiero a actuar con lo que venga, validando la espontaneidad, la decisión, equivocarse, volver a equivocarse, no acusarse a uno mismo por la decisión tomada o la acción realizada y a aceptar las consecuencias. Más aún, tener la confianza de que el error se puede recomponer y se pueden pedir disculpas. La casa se puede restaurar y aprender de ello. Esto es vivir y estar despierto.

Esto es lo que mi maestra, Estrella Martín, sabe mostrarme cada día que voy a verla y yo intento refugiarme en mis racionalizaciones para no conectar con mi propio deseo. Porque finalmente, la indecisión, nos prohíbe el deseo.

 

«Tanto se medita, que termina escapando. Para agarrar el deseo, soltar el escudo y la lanza, cuando lo que toca es el contacto con lo que sientes, puede ser un camino a explorar».

 

Referencias bibliográficas:

  • 27 personajes en busca del ser. Claudio Naranjo. Ediciones La Llave.
  • Eneagrama para terapeutas. Carmela Ruiz de la Rosa. Desclée de Brouwer.

 

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Vallas y vías. El apego en el adolescente

“Cuando eres adolescente, te enfrentas a muchas cosas que ni sabes cómo resolver. Pero hay que demostrar que sabes. Pero no sabes nada. Y en vez de reconocerlo, me enfado y grito a mi madre y a mi hermano, a lo loco. Y cuando quieres darte cuenta, ya ni sabes cómo empezó todo. Pero me da vergüenza pedir disculpas” (Vanessa, 14 años)

 

“Para mí es cansado. A veces tienes que hacer como que no te importan las cosas, porque si lloras o te quejas, se ríen de ti. Y cuando llego a casa, no le cuento nada a mis padres porque siento que lo que les cuento, les parece absurdo” (John, 16 años)

 

“Si ellos nunca se han molestado en decirme que me quieren… si siento que he sido un estorbo, ¿cómo quieren que les muestre cariño? ¿Por qué me echan en cara la misma mierda que ellos me han hecho a mí?” (Luis, 17 años)

Mi adolescencia, tu adolescencia, no han sido muy diferentes a los testimonios de estos tres chavales con los que realizamos una intervención socioeducativa desde mi Proyecto el año pasado. Nosotros también fuimos chicos y chicas que buscaban su sitio, demasiado orgullosos para reconocer que no sabían, demasiado temerosos como para mostrar nuestros miedos. La cabeza bien alta, la voz segura. Las ideas, muy claras. Aunque no sea verdad, la vida se trataba de demostrar que creías que sabías de qué iba. Nunca entendí qué fue lo que me atrajo de ellas/os como para dedicar mi vida profesional a intentar encontrar la clave de su comportamiento, de sus formas de ver la vida. Nunca tuve respuesta a eso. Hasta que empecé la formación como terapeuta Gestalt (y sobre todo, mi proceso individual) no di con la respuesta. Trabajo con adolescentes porque cuando les miro, me veo. Cuando les veo enfadados, rabiosos, angustiados, me veo en sus ojos. Siento que mi trabajo con ellos/as está permitiendo sanar mi propia adolescencia. Verla con otros ojos, abrazarla y acogerla.

Mi adolescencia (y seguro que la tuya también) no fue demasiado dura contra el mundo. Yo centré toda mi rabia en mi familia, en la sensación terrible de no encajar con ellos. A veces, me sorprendía mirándoles y pensando “¿Por qué ellos son mi familia? Si no tengo nada que ver con ellos… ¿Por qué me tocaron estos padres en vez de otros?”. Era una sensación de vértigo en el estómago. De no reconocerlos realmente. De sentirme de otra galaxia, otra dimensión. Entonces me separé de ellos. Empecé a darme yo misma todo lo que ellos no me daban (o al menos así lo sentía yo). Era una adolescente modelo, porque el mínimo que me exigían, lo cumplía (buenas notas en clase, respetar normas y horarios). Pero no compartía nada con ellos. NADA. De muchas cosas que viví en esta época loca, se han enterado hace relativamente pocos años. Es curioso como ahora que me acerco a los 40 años, es cuando me siento más parte de mi familia. Al fin encajo. Me reconozco en ellos. Les reconozco en mí.

 

 

Todo adolescente tiene que romper las normas, como parte de su crecimiento, de su separación del mundo de sus padres. El mundo y la sociedad han cambiado y el niño/a crece con la sensación de que es un adulto más, al que se pide opinión y se escucha. Y no solo eso, sino que además se tiene en cuenta lo que dice.

Esto, por una parte, está muy bien para el niño/a, pero por otra parte, irá creciendo con la sensación de que es mejor que sus padres, que se lo merecen todo y que, además, tiene derecho a no agradecerlo.

Este niño/a va creciendo y va llegando a la adolescencia, etapa en la que tiene que empezar a discutir con sus padres acerca de los patrones familiares, las normas, los permisos… Pero el chico/a se encuentra con que no hay mucho que discutir. El clima en casa ha sido el de, generalmente, dejarle hacer lo que desea (para prevenir así las discusiones y peleas), demasiada permisividad. O todo lo contrario: límites estrictos, demasiada sobreprotección, elevadas exigencias por parte de sus padres.

Actualmente, algo que les ocurre a los/as adolescentes, es que no encuentran áreas en las que plantear la pelea. ¿Qué les queda? Utilizar los estudios, el rendimiento académico, su comportamiento en el centro educativo como elementos para establecer el conflicto con sus padres. Si unimos a esto, el hecho de que estos niños/as se han creído superiores a sus padres desde la niñez (porque sus padres los admiran por su inteligencia, por sus ocurrencias), llegan a la adolescencia sintiéndose poderoso ante sus padres (peleas de poder).

Todo esto llevado a la adolescencia, se convierte en una bomba de relojería, donde realmente el adolescente se cree lo que es, pero no sabe lo que es ni hacia dónde quiere ir. Es la etapa en la que tiene que empezar a demostrar lo que dice que es y muchas veces la realidad le demuestra que no es así, que no vale tanto como cree o que tiene que hacer un esfuerzo mayor para demostrarlo. Aquí es donde llega la “crisis” (el entorno le presiona para que decida qué quiere hacer con su vida. Para unas cosas es mayor, pero para otras es pequeño). Algunos la viven como depresión, otros desde el abatimiento, el pasotismo, la indiferencia, la evasión (a través del consumo de drogas, por ejemplo).

 

El inicio de todo. Los apegos

Si recorriéramos nuestra vida en sentido inverso y prestáramos atención, podríamos ser capaces de ver el momento preciso, el instante en el que todo cambió. Esta pregunta la he lanzado muchas veces en los grupos de adolescentes con los que comparto camino. ¿En qué momento cambió todo? Somos capaces de recordar ese cambio de colegio que nos alejó de nuestras amigas… aquella mudanza que nos cambió de barrio, perdiendo los momentos vividos en el que creíamos que era nuestro lugar “seguro”… o que mamá y papá decidieron que ya no querían seguir viviendo juntos (aunque se querían mucho… o eso te dijeron). Amigos/as con los que peleamos, dejándonos de hablar durante días, semanas… años. Gente que entró y que salió de nuestras vidas, sin dejar ni rastro, o dejando marcas profundas, de las que te acompañan hasta el final. Si lo pensamos un momento, ¿con qué estrategias contábamos en aquellos años para hacer frente a este mundo rápido y cambiante? ¿Cómo éramos capaces de sostener, de atravesar el dolor que causaban las peleas, las pérdidas?

Para llegar a este punto, tendríamos que seguir caminando y llegar a nuestra más tierna infancia. Un ejercicio complejo, lleno de miedo, pero no imposible. Los apegos. El inicio de todo este camino, en el que ahora te encuentras con 15 años y sin tener ni idea de qué o quién eres. Uno de los autores que más he leído, y con el que comparto muchas de sus teorías, Bowlby, define el apego como “el vínculo emocional que desarrolla un/a bebé con sus tutores, ya sean padres biológicos, adoptivos o cuidadores/as”.

Este vínculo emocional del apego crea en el/la niño/a una sensación emocional que se considera indispensable para el desarrollo de la personalidad del niño/a, y que marcará su manera de desenvolverse y relacionarse con el mundo que le rodea en el futuro. En este punto es donde llegamos al centro de la cuestión. Detrás de toda conducta disruptiva, desadaptativa, conflictiva, no adecuada, agresiva, violenta, reaccionaria, etc, así como detrás de toda conducta normalizada, adaptativa, pacífica y sana, se encuentra la memoria corporal de nuestro propio niño, de nuestro propio bebé. Según Bowlby, un bebé nace con una serie de conductas aprendidas cuya finalidad es lograr respuestas de sus padres. Por ejemplo las sonrisas reflejas, la succión, el llanto, el balbuceo o la necesidad de ser acunado responden a esas conductas que necesitan de una respuesta paterna. Todo este repertorio está encaminado a mantener la proximidad de la figura materna/paterna, es decir: de sus figuras de apego. Es por esto que los/as bebés se resisten a la separación, llegando a mostrarse ansiosos e inseguros cuando mamá o papá no están cerca.

 

La conducta del apego, reconoce cuatro tipos:

– Apego seguro: si lloro, si balbuceo, si grito, recibo respuesta de mamá y papá, que vienen a calmarme. Se muestran disponibles para mí. Se dan condiciones óptimas de apego.

– Apego ansioso-evitativo: papá y mamá se muestran insensibles ante mis peticiones, ante mis necesidades. A veces, incluso, rechazan mi llamada y no me hacen caso.

– Apego ansioso-ambivalente: mamá y papá a veces me hacen caso… pero a veces no. Ante una leve separación, me siento mal, me entra ansiedad, me siento vulnerable y desprotegida. Pero cuando me cogen en brazos, sigo sintiéndome igual de ansiosa. Quiero tu contacto, pero lo rechazo.

– Apego desorganizado o caótico: en este caso, se puede dar de manera activa, cuando mamá y papá son intrusivos, tienen un alto nivel de agresividad hacia mí. Responden más en función de su propia necesidad que de la mía (“Esta niña es insoportable. Es una llorona. Seguro que llora tanto para fastidiarnos”). En algunas ocasiones, el apego es pasivo, y aparecen madres y padres que depositan la responsabilidad y la labor de la crianza en el propio niño/a.

 

Un gran abanico de posibilidades. El 80% de adolescentes con los que intervengo, presentan conductas de apego de los tres últimos puestos de la clasificación. Son adolescentes que ahora muestran indiferencia, evitación, excesiva autonomía. Un afecto inhibido. Son incapaces de expresar emociones y muestran dificultades para empatizar (ansioso-evitativo); adolescentes que muestran de una forma desinhibida su ansiedad y su rabia, con una gran dificultad para lograr una autorregulación de su estado emocional (ansioso-ambivalente); adolescentes agresivos, manipuladores, que presentan conductas antisociales y castigan a sus iguales (desorganizado activo) y adolescentes complacientes, que tienden a la soledad, a los/as que les cuesta establecer relaciones interpersonales y tienen dificultades para sentir y pensar (desorganizado pasivo).

 

“¿Sabes? Creo que mi forma de ser a veces es una valla, que no me deja seguir andando. Que me fastidia el camino porque pierdo tiempo. Pero ahora, veo que también a veces es una vía. Por la que voy tranquilo y puedo llegar a más sitios”

 

 

Para poder acompañar a un/a adolescente, es imprescindible recorrer ese camino en sentido inverso hacia el origen de su vida. Haciéndolo con él/ella, lo haremos con nosotras/os mismas/as, y podremos comenzar a atisbar quiénes somos realmente. En este momento, tendremos que abordar dos niveles de intervención claros. Por un lado, la reparación del apego como base segura, acompañándole en el aprendizaje de gestión de emociones. Por otro lado, el desarrollo de su identidad. Que descubra quién es realmente. Que se pueda integrar en una red social variada y positiva.

Si sólo nos quedamos con lo que se ve, con la explosión de ira, con la mala contestación, con el silencio impenetrable, caeremos en el “no saber”, en cuestionar su actitud ante la vida, ante el mundo. Impregnaremos su historia de la nuestra, proyectando nuestros miedos en ellas/os.

El apego recibido en nuestra infancia es justo eso. Es el prisma por el que observamos el mundo y nos relacionamos con el. Puede ser que tus padres te enseñaran con su actitud y su falta de afecto que la vida es un campo de batalla, donde siempre hay que ir mirando detrás de ti, donde no exista opción de escaparse y te veas obligado/a a sobrevivir. Lleno de vallas y barro. O, en cambio, puede ser que lo hicieran de otra forma, que hace que ahora consigas verte, observar qué partes no funcionan, cuáles están alienadas. Integrarlas en ti. Descubrir que esa opción, convierte tu vida en un montón de vías disponibles, que te llevan a donde quieras soñar. Que te dejan relacionarte con el mundo de una forma más sana y serena. La suerte que tienes es que, como adolescente, el pasado no te importa demasiado. Vives en el ahora más absoluto. Y piensas en lo que está por llegar.