El mapa de tus creencias no es el territorio

Las creencias

«Yo no valgo, soy el mejor, soy un fracasado, no voy a conseguirlo, soy feliz, puedo con ello…» son algunos ejemplos de creencias. Las reglas bajo las cuales vivimos. Al igual que los valores, son pilares en nuestra vida. Las construimos basándonos en nuestra experiencia y actuamos como si fueran ciertas. Las creencias, los valores y nuestros objetivos constituyen las principales características de nuestros mapas mentales. Con ellos creamos nuestra realidad. Actuamos como si esos mapas fueran ciertos, cuando son solo una forma de interpretar la realidad. Generalmente los hemos creado en la infancia, influenciados por nuestros padres y el entorno familiar en el que hemos vivido e interactuado.

 

El mapa no es el territorio

 

 

Pero «el mapa no es el territorio«, una cosa es el mundo y lo que en él pasa, y otra muy distinta es el mapa con el que lo interpretamos. Lo que nos suele pasar es que actuamos como si estos mapas fueran  verdades absolutas y, ciertamente, puede que esos mapas sean buenos para nosotros, nos empoderen y nos proporcionen libertad para actuar; es lo que llamamos  creencias poderosas. O puede que, por el contrario, sean mapas arrugados, con información insuficiente y llenos de peligros que nos limiten nuestras posibilidades; es lo que llamamos creencias limitantesNuestra forma de actuar dependerá en gran medida de si tenemos una creencia poderosa o limitante.

 

Eligiendo nuestras creencias

 

Lo mejor de todo esto es que podemos elegir nuestras creencias y educarnos para ponerlas a nuestro favor. Eso si, suele suceder que detrás de cada creencia hay mucho que personalmente hemos invertido. Nuestro mundo tiene sentido con ellas, nos proporcionan seguridad y certidumbre. O a veces nos recreamos en el desastre por ejemplo en frases como «ya te lo dije». Es una manera de confirmar nuestra creencia.

 

¿Tienes dificultades para conseguir tus deseos u objetivos?

Si tu respuesta a lo anterior es afirmativa, revisa tus creencias. Generalmente en consulta, detrás de la consecución de un objetivo hay alguna creencia limitante que es necesario traer a la luz para avanzar. Suelen estar ocultas y no ser conscientes. En ocasiones, basta con ser capaz de expresarla, ponerle palabras. De esta sencilla manera ya le estamos quitando carga a la creencia, además de ser el primer paso para explorarla.

¿Podrías identificar en este momento alguna creencia que te esté limitando? Algunas de ellas podrían ser:

  • No lo voy a conseguir
  • Tengo que trabajar duro para ganar mucho dinero y poder vivir
  • No puedo vivir sin móvil
  • No soy una persona flexible
  • No puedo confiar en nadie
  • La gente tiene más suerte que yo
  • No merezco lo que tengo
  • Nadie me va a querer
  • No soy feliz

 

Cambia tus creencias y continúa avanzando

 

En coaching trabajamos a partir de creencias potenciadoras. Principios que nos ayudan a conseguir nuestros objetivos.

  • Confío en mi y en los demás
  • Quiero ser feliz
  • Me lo merezco
  • Yo lo valgo
  • Creo en mis capacidades
  • Puedo aprender

Algunas notas para cambiar nuestras creencias

 

  • Una cuestión de lenguaje: convierte la creencia limitante en temporal y en permanente la positiva. Por ejemplo, no es lo mismo decir «no puedo confiar en nadie» que «para esta situación concreta, no puedo confiar en ciertas personas». O convierte la creencia positiva «estoy feliz» en «soy feliz».

 

  • Supón que la creencia limitante que tienes es falsa. ¿Qué diferencia observas?, ¿vale la pena la diferencia?

 

  • Reformula tu mismo/a tus creencias:

Escribe la creencia que te limita (por ejemplo: yo no valgo).

– Piensa en qué tiene de positiva esa creencia para ti, a pesar de que te está limitando. (Si pienso que no valgo no tengo que esforzarme). 

– ¿Qué te gustaría creer en lugar de esa creencia? (Yo valgo).

Reformula tu creencia, para ello escribe la nueva creencia que te gustaría. (Yo valgo y puedo hacerlo). Ten en cuenta lo siguiente:

 

Plantea la frase en positivo. No coloques en la frase: «no, nunca, ninguno/a. 

Utiliza verbos en presente, como si la acción estuviera ocurriendo en este preciso momento. No la formules en tiempo pasado.

 

Medita si esta reformulación perjudica en algo o en alguna de tus relaciones. ¿Te sientes cómodo/a con ella?

-Piensa en alguna situación que hayas vivido o estés viviendo. ¿En qué hubiera cambiado o cambia la situación teniendo esta nueva creencia? ¿Hay diferencia?

– Lleva la creencia limitante a tu baúl de viejas creencias. (Siempre estará disponible ahí si la necesitas).

-Incorpora esta nueva reformulación a tu vida, !actuando! ¿En qué próxima situación te comprometes a utilizar esta nueva creencia?

 

Recuerda que la acción te dará retroalimentación y aprendizaje para continuar avanzando hacia tus objetivos y metas.

Olvídate del fracaso, tan solo aprende. No puedes decir que has fracasado a menos que abandones.

Tienes todos los recursos a tu alcance, !despierta a ellos y ponte en marcha!

Y por encima de todo… lo estás haciendo lo mejor que puedes ahora y aún puedes hacerlo mejor.

 

Bibliografía:

Coaching con PNL. Joseph O’ Coonor. Andrea Lages. editorial Urano. 2005.

 

 

 

Educación emocional (Dejando espacio al sentir)

De un tiempo a esta parte, en muchos momentos de encuentro que tengo con equipos profesionales (docentes, educador@s, familias) uno de los temas que más relevancia tiene en la conversación es el de la gestión emocional. Hace relativamente poco tiempo, se pusieron de moda materiales didácticos como el Emocionario, o “El monstruo de los colores”, con los que muchas maestras y maestros comenzaron a intervenir en este aspecto en el aula, en los ciclos de infantil, primaria y hasta secundaria, con la programación de sesiones que abordaran de manera directa el mundo emocional de los/as menores. De pronto, todos los profesionales éramos conscientes de la importancia de trabajar con el alumnado o con los/as chavales (en el ámbito de la educación no formal) la identificación y la gestión de emociones, como la piedra angular del resto de la intervención educativa.

En un momento de la conversación, cuando dos colegas intercambiaban experiencias de trabajo en este ámbito en sus respectivas clases, se me ocurrió hacerles una pregunta: “¿Y los/as chavales se sienten libres de, por ejemplo, llorar durante la sesión?”. Ambos me miraron con expresión de no entender. Y, finalmente, uno de ellos me dio la respuesta “Cómo van a llorar en el aula. Sería un poco raro verlos llorar delante del resto de compañeros/as”.

Este profesor, sin darse cuenta, había dado con la clave. ¿Se legitima que los/as menores expresen sus emociones? ¿se juzgan las emociones propias y ajenas? ¿Nos sentimos libres de expresar las cosas que sentimos para poder “sacarlas fuera”, mirarlas con atención y volver a integrarlas en nosotros/as?

En uno de los talleres de formación como terapeuta Gestalt, vivenciamos nuestro propio mapa emocional, conectando a través del cuerpo con cada una de las emociones planteadas (ira, tristeza, alegría, amor) con el objetivo de conocer cuáles eran nuestras emociones más negadas. Recuerdo que, lo primero que escuché de la formadora fue que las emociones existen para  ser sentidas. Si, de acuerdo. Puede parecer una obviedad. Pero si prestamos más atención a esta frase, y empezamos a recordar momentos o escenas de nuestras vidas, nos daremos cuenta de que en realidad, eso no ocurre. Las emociones se juzgan, se esconden, se inhiben o se coartan. Todos podemos visualizar una escena en la que nuestro “YO niña/o” se ponía a llorar (no importa no recordar el motivo) y nuestra madre o padre nos instaba a dejar de hacerlo con un “Deja de llorar” que, en aquel momento, podía funcionar.

Empiezo a tirar del hilo, y pienso como en mi familia, durante mi infancia, se “castigaba” mi excesiva sensibilidad. Como a mi primo, mi tío le decía que parecía una niña porque lloraba demasiado. Como la ira estaba totalmente inhibida, incluso entre los adultos, ocasionando más de una úlcera de estómago (porque si, amigos/as: el inhibir las emociones y negarnos a sentirlas, hace que éstas busquen otras vías de expresión alternativas que se reflejan en nuestra salud física y mental). Si sigo tirando del hilo, salto de mi familia a la sociedad. Las niñas son más sensibles; los niños no lloran; cuando te enfadas te pones muy fea; dejad de reíros que molestáis a papá, que está viendo la televisión; No llores por una tontería; Que no te lo diga, no significa que no te quiera.

Bien. ¿Creemos entonces que vivimos en un sistema donde somos libres de expresar nuestras emociones sin miedo? ¿Qué todas las emociones están legitimadas? ¿Qué las mujeres podemos expresar nuestra ira y enfado porque nos han enseñado a cómo hacerlo y los hombres pueden mostrarse sensibles y llorar en público?.

Pienso en los/as adolescentes con los que trabajo y convivo diariamente. Por ejemplo, en la adolescencia temprana (12 a 14 años), su desarrollo emocional se caracteriza por presentar una gran inestabilidad en sus conductas, se muestran más sensibles y necesitan mayor privacidad; comienza la búsqueda de relaciones afectivas fuera de la familia. En resumen, están en plena búsqueda de su sentido de identidad (su “self”). Esta búsqueda les produce en ocasiones gran sufrimiento, confrontar con las normas y los límites, no entender qué están sintiendo en muchos momentos. En este sentido, me planteo si la escuela, la familia, la sociedad en general, nos permite sentir. Nos permite emocionarnos libremente, conocer qué sentimos, dónde lo sentimos y qué postura tomamos frente a las cosas que sentimos.

Las emociones son una fuente de información maravillosa para saber qué es lo que nos pasa en relación con el mundo exterior, ya sean situaciones vitales o personas que están en nuestra vida. Nos permiten y nos facilitan conectarnos con nosotras mismas. Por ejemplo, si siento miedo, es porque algo que me rodea lo percibo como una amenaza. Y el miedo me conectará con mi propia vida, con lo que considero importante o no. Tienen una función orientativa, ya que nos dan información sobre cómo vivimos nuestra relación con algo o con alguien y sobre la calidad de la misma. Las emociones tienen una función adaptativa. Nos permiten aprender a desenvolvernos en la vida adaptándonos al medio que nos rodea. Son un termómetro de lo que queremos y lo que no queremos en nuestra vida; así, podemos aceptar las relaciones que alimentan nuestra salud y evitar las que nos enferman.

Está claro que no podemos elegir la emoción que sentimos en un momento determinado, pero si podemos decidir qué hacer con ella, qué actitud tener ante lo que nos pasa. Tengamos en cuenta que son nuestra forma de percibir el mundo. Es decir: si me manejo en la vida siempre desde el miedo, pensaré que todas las personas son una amenaza que viene a dañarme. Es por esto que, como profesionales y como madres/padres, es imprescindible que acompañemos a los/as niños/as a vivir sus emociones y a expresarlas, para poder gestionarlas de manera natural y adecuada.

Tenemos que tener en cuenta que las emociones siempre se dan en relación con algo o con alguien, con lo que detectar este estímulo que genera una emoción determinada en mi es el primer paso para saber qué me pasa y cómo soy (herramienta de autoconcepto). Este estímulo tiene que resultar significativo para que yo pueda sentir la emoción. Y estos estímulos variarán según la persona, el momento o la situación (hay personas que se enfadan más rápidamente que otras y por motivos muy diversos, que dependerán de su propia historia de vida).

Por ejemplo: Si las personas invasivas me dan miedo, este miedo me permite discriminar un estímulo que me perturba y me informa de que soy una persona introvertida; y a su vez esto me indica que, para ajustarme a lo que voy viviendo, quizá deba aumentar mi tolerancia a este tipo de personas y/o aprender a poner límites a la hora de relacionarme con ellas. Me daré cuenta de que mi cuerpo también siente esa emoción, apareciendo sudoración en mis manos, o sequedad en mi boca cuando me encuentro frente a una persona invasiva.

 

educación emocional

Pasos:

Primer paso: reconocer la emoción en mi cuerpo

Lo emocional se vincula con los cinco sentidos. Un paisaje, por ejemplo, puede conectarme con la paz y la tranquilidad. Un olor, con la nostalgia de la niñez. Una canción, puede conectarme con la alegría más pura. Cada emoción, nos conecta con diferentes acciones. Así, la alegría nos lleva a querer compartir, mientras que el enfado nos invita a apartar lo que nos molesta. La tristeza requiere de soledad para reflexionar, el miedo me paraliza o me empuja a huir…

Todas las emociones, todo lo que siento, tiene un registro corporal que lo acompaña. En mi trabajo diario, cuando estoy en intervención con algún/a adolescente (que ya sabemos que a veces no encuentran palabras para describir lo que sienten), les llevo al cuerpo. ¿Dónde sientes la emoción? ¿Cómo es?. Así es más sencillo que vayamos tomando consciencia de que emoción es la que me embarga. Por ejemplo, la tristeza se siente en los ojos o en la boca del estómago; la alegría se siente en la parte alta del pecho, la ira, suele sentirse en los puños y la mandíbula… situando corporalmente la emoción, es más sencillo poder acompañar en que él/ella pueda sostenerla.

Segundo paso: sostener la emoción

Aquí entramos en la parte más compleja. En lo que está impregnado por el juicio, el contexto cultural en el que me muevo, mi historia familiar, lo que me está permitido o no…

Una vez que reconozco lo que siento, sólo he de dejarlo sentir. Acepto este momento sin pretender cambiarlo o modificarlo. Dejo que la tristeza me invada, que las lágrimas surjan. No la niego ni la alimento. Solo dejo que sea, le doy su espacio, su tiempo… y no la juzgo. No caigo en alimentarla o aumentar su intensidad, ni tampoco la penalizo o la contengo.

De ahí que las frases que hemos ido escuchando a lo largo de nuestra vida (como “deja de llorar si quieres que te haga caso”, “No llores por tonterías”) son las que nos dificultan la capacidad de legitimar y sostener las emociones que siento. Si tu hija/o de 4 años tiene una pataleta y llora, déjale que llore hasta que se calme. Prueba con un “No entiendo lo que me quieres decir porque lloras y hablas a la vez. Cuando dejes de llorar, hablamos”. De esta forma, el mensaje que le estamos dando a este/a niño/a es que es legítimo que sienta rabia, enfado y/o tristeza, que es libre de expresarla, y que cuando considere que ya es suficiente, puede buscarnos y hablar sobre lo que ha sentido. Y lo mismo cuando estamos frente a un/a adolescente: dejemos que sientan lo que sienten. Legitimemos que todos/as nos sentimos en ocasiones enfadados/agresivos, alegres, tristes, con ganas de encerrarnos en casa sin que nadie nos vea. Es lícito. Es real. A todos/as nos pasa. Y, cuando esta emoción disminuya, démosles el espacio para poder expresar qué ha ocurrido. Para que entiendan que las emociones no son “malas” o “buenas”, permitidas o prohibidas. Simplemente están y son. Si no dejamos el espacio suficiente a la emoción, esta se ahoga, no puede hablar. No nos puede hacer llegar el mensaje, su utilidad.

Tercer paso: gestionar la emoción

Una vez que reconozco y acepto la emoción, puedo saber que necesito, puedo decidir conscientemente que hago con ella y como la expreso o la vivo conmigo misma o con el otro.

“Estoy enfadada con mi mejor amiga. Siento mi enfado, como una bola caliente en mi estómago (reconozco mi enfado); lo sostengo (acepto que estoy enfadada, sin hacerlo más grande y sin minimizarlo. No le quito importancia, le doy espacio y que dure el tiempo que necesite.) Y, finalmente, gestiono mi enfado: ¿qué necesito hacer para que este enfado disminuya y desaparezca? En este caso, puede ser hablar con mi amiga, expresar lo que siento.

Por lo tanto, la gestión de la emoción me permite completar el proceso, nutrirme de lo experimentado, completar mi ciclo de necesidad y reequilibrarme a nivel interno y con el entorno que me rodea.

 

Después de escribir y releer este artículo, me ronda una pregunta. ¿Estamos preparados/as para acompañar a los/as niños/as, adolescentes, jóvenes, adultos/as para que redescubran su propio mundo emocional, para que puedan expresar de manera libre sus emociones? Dejemos de prohibir a los/as niños/as llorar, sólo porque nosotros/as no podemos ayudarles a sostener el llanto. Dejemos espacios para que ellos/as se sientan en confianza para expresar todo lo que les ronda por dentro. Acompañémosles en el “poner palabras” a lo que sienten. O al menos, saber cuándo lo sienten, en qué parte de su cuerpo se manifiesta y cómo se posicionan ante esa emoción. Todas ellas son lícitas. Están legitimadas. Son necesarias para que ellos/as aprendan a posicionarse en el mundo, a encontrar momentos y espacios propios en los que, simplemente, sentir.

La conciencia testigo

¿Todo cambia?

En este mundo todo cambia. Si observamos el proceso de apertura y decaimiento de una flor lo podemos ver claramente. Sin embargo, aunque sabemos que, por ejemplo, las montañas también están en un constante proceso de erosión y transformación, ya no resulta tan evidente a simple vista. El caso es que sabemos a ciencia cierta que nada de lo que vemos, tocamos o percibimos a través de los sentidos es eterno y afortunadamente tampoco los pensamientos son eternos, aunque a veces de tan repetitivos lo parezcan. Pero existe algo capaz de observar todos esos cambios y a ese algo lo llamamos Conciencia testigo.

La Conciencia testigo no cambia

En la sabiduría no-dual del vedānta se dice:

“La forma es lo percibido y la mirada es la que la percibe. Esta mirada es ahora lo percibido y la mente es la que la percibe. La mente con sus modificaciones es percibida y la Conciencia-Testigo la que percibe, sin ser percibida a su vez.” (Dṛg- dṛśya- viveka, 1).

Este es un ejercicio que podemos realizar de modo práctico. Vamos allá: observa un objeto y date cuenta de su color y forma. Ahora observa la mirada, la capacidad del ojo para percibir el objeto. ¿Quién se da cuenta de esta percepción? Es la mente la que se da cuenta de como el ojo ve, el oído oye, etc… Observa como incluso con los ojos cerrados aparecen y desaparecen constantemente varios pensamientos. ¿Quién observa la mente que piensa?

Aquí es donde el advaita vedānta nos habla de un observador último al que denomina Conciencia testigo. Es la Conciencia que hace posible toda la secuencia de percepciones y que hace posible la observación, sin embargo ya no hay otra Conciencia que es consciente de Ella sino que Ella misma es autoconsciente. Es a esta Conciencia última a la que se le llama Conciencia Testigo.

La conciencia se da cuenta

Todo en este mundo está en constante cambio pero hay una conciencia que se da cuenta de todos estos cambios sin ser a su vez alterada. Un ojo no ve de por sí, el oído no oye de por sí, la mente no piensa por sí misma, etc. sino que hay Algo, una Energía por la que el ojo ve, el oído oye, la mente piensa… Sin embargo, en el caso de la mente, tendemos a identificarla con el cuerpo y con las habilidades cognitivas, las emociones y en definitiva con la personalidad limitada que denominamos “yo” y a causa de esta identificación, creemos que la mente tienen luz propia. Cuando decimos “yo veo este objeto”, “yo escucho esta música”, “yo pienso esto”… ¿Quién es ese “yo”?

La luz de la Conciencia

A menudo identificamos el “yo” con el cuerpo, la personalidad y las características limitadas que hemos atribuido a una Conciencia que es en realidad infinita y sin la cual no habría posibilidad de percibir, hacer, pensar… Sería algo así como el reflejo del sol en un espejo cuyos rayos rebotaran en una habitación oscura que a causa del reflejo de la luz del espejo se viese iluminada. En esta imagen que nos brinda la propia tradición, la habitación sería el cuerpo, el espejo la mente más sutil y el sol la Conciencia Testigo.

El cuerpo actúa gracias a la mente que ejecuta sus órdenes, pero a la vez esta recibe la luz de la Conciencia última que le da la capacidad de ser consciente. ¿Podría ser que todo lo que suelo considerar como “yo” fuera en realidad una expresión de una misma Conciencia en todos los seres, una Conciencia que parece presentarse bajo múltiples formas y nombres, aunque en realidad es una sola? Como el sol que ilumina múltiples objetos siendo él uno solo. Quita el nombre y la forma de todo cuanto percibes y lo que queda, Aquello es lo Eterno, tu Esencia última, lo que permanece dándose cuenta de todos los cambios.

A la práctica

Preguntarnos con honestidad

Todos estas cuestiones corren el riesgo de convertirse en una abstracción del pensamiento que se divierte creando este tipo de argumentos, a menos que estemos dispuestos a preguntarnos con honestidad, con sinceridad, dispuestos a no recibir respuesta, a soltarnos al Misterio. Revisar en mis acciones ¿qué me permite ver?, ¿qué me permite pensar?, ¿impelido por qué clase de energía respiro?, etc. Cuando me respondo “yo”, ¿a qué me refiero?, ¿a mi nombre, mi cuerpo?, mi personalidad?… y si no aceptamos ninguna de estas respuestas ¿qué es lo que queda? Tal como han planteado algunos sabios, ¿quien era “yo” antes de nacer?, ¿dónde estaba?, ¿quién soy mientras duermo profundamente sin ni siquiera soñar nada?

El pensar sinceramente en todo este tipo de cuestiones nos permite desapegarnos del automatismo de pensar que “yo hago, digo, pienso, percibo y siento” y darnos cuenta de ese algo mayor que el pequeño “yo”, que hace posible que “yo haga, diga, piense, perciba y sienta”.

La autoindagación constituye por sí misma una práctica muy valiosa que nos conduce al reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza.

“Con la desaparición de la identificación con el cuerpo y el conocerse como Conciencia suprema, donde sea que se dirija la mente habrá experiencia de samādhi (vivirse como Pura Conciencia)”. (Dṛg- dṛśya- viveka,verso 30)

El yoga como herramienta

La práctica del yoga nos puede proporcionar un espacio y unas técnicas para ir quitando las capas de cebolla con las que nos identificamos y llegar al núcleo, a la Conciencia testigo que observa todos los procesos mentales, que al ser observados se disuelven.

Observar el cuerpo al hacer una postura y observar aún la mente que se da cuenta de esa postura, la mente con todos sus pensamientos que tal vez huye de la postura a través de otros pensamientos o a través de sus juicios, da lugar a una práctica del yoga dirigida a purificar la mente y nos acerca a la posibilidad de descubrirnos como Conciencia testigo. Los objetos, el cuerpo, la mente,etc. cambian, pero el Testigo no cambia. Lo mismo podemos aplicar a los ejercicios de prāṇāyāma (control de la respiración) o si hacemos alguna práctica meditativa. Y, sobre todo, en nuestra vida diaria, en cualquiera de nuestras acciones cotidianas. La observación es fundamental porque es la observación la que nos devuelve a nuestra verdadera naturaleza, al hecho de Ser, Testigos de todo lo que aparece y desaparece.

Lo escrito

Paso revista a los artículos que escribí para Psiquentelequia. En lo escrito casi no ha variado el tema. Exceptuando “Nietzsche, Dioniso y la vida como obra de arte”, todos los artículos se refieren a mí. A mis rollos, mis miedos, mis deseos, mi amor, mis mierdas. Tantos “mi” que resulta empalagoso.

La primera vez que publiqué en este blog estaba nervioso por hacerlo bien. Me escondí detrás de Nietzsche para quedar guay: leo filosofía, conozco el mundo griego, valoro la cultura clásica, aquí están mis credenciales, bla, bla, bla. Usé esa máscara, monté ese teatro para presentarme. No duró mucho. Lo que yo quería era hablar de mí y no pasarme todo el rato citando a Séneca o a Suetonio. Así fue que comencé a mostrarme, a ponerme en la diana.

El acto de escribir sobre uno mismo parte de un gesto narcisista. Alimenta a una parte del ego que desea ser mirada, admirada. Considerar que la vida personal pueda ser narrada y divulgada tiene también un punto de exhibicionismo. “¡Hey, miren, soy Yo, la pera limonera y mi vida relatada!”.

Paradójicamente, escribir sobre uno mismo es un acto de humildad en la medida en que significa reconocer que uno no tiene más capacidad que esa: escribir sobre lo que a uno resulta más próximo, medianamente conocido. En lo escrito está mi experiencia, lisa y llanamente, porque carezco de una imaginación frondosa. Tampoco es que tenga mucha idea de quién soy cuando escribo o mejor dicho, no sé exactamente qué papel intento hacer: ¿Soy fiel a los hechos tal como aparecen narrados?, ¿Dónde estoy situado cuando escribo sobre mí?, ¿Qué verdades oculto por temor a dañar mi imagen?

En dos artículos de Psiquentelequia hablo de la muerte, el duelo por mi padre y la despedida de un amigo que tuvo cáncer. Otro artículo es una carta dirigida a mi madre, hay unos relatos sobre cómo viví los mundiales de fútbol, textos sobre los amigos, los sueños, la felicidad en las redes sociales, los abrazos, la Gestalt. Un artículo sobre la generación X. Tres artículos sobre qué significa ser hombre -si es que significa algo en concreto-, las nuevas masculinidades y las relaciones con el feminismo.

Es un fenómeno conocido, uno no puede ser neutral ni objetivo. Es algo inevitable proyectar la imagen propia en todo lo que uno escribe. En vez de utilizar todo tipo de trucos para intentar borrarse uno, más vale aceptarlo y exponerlo.

La fórmula Duchamp

Hace ya unos años, atravesando alguna de mis crisis existenciales, comencé a mostrar mis escritos en un blog que se llamó La fórmula Duchamp. El título remitía al artista francés Marcel Duchamp (1887-1968) y a su idea de la creación artística como resultado de la voluntad más allá del talento o la formación con la que se cuente. En la página de inicio me presentaba así:

“Me llamo Gregorio Saravia y padezco la dulce enfermedad literaria.

Como parte de la terapia me han recomendado escribir con la esperanza de que sirva como remedio.

Mientras tanto, digamos que intento aplicar la fórmula Duchamp, aquella que consiste en no cargar la vida con un peso excesivo. Un andar ligero de equipaje.

Lo de las reflexiones, comentarios y críticas, no es para tomárselo demasiado en serio. En todo caso, el oficio de reunir palabras está fuera de las reglas de validación científica y se reproduce de forma anárquica, epidémica.

Por momentos, se vuelve semejante a algunas enfermedades contagiosas.”

En aquella época, me esforzaba por copiar a Sebald en su rol de paseante que relata lo que ve. El problema era que lo que yo veía estaba todo teñido de una melancolía larga y apática. No tenía trabajo, fumaba demasiado y fantaseaba con regresar a la Argentina. Me sentía como un niño al que su padre le ha soltado la mano. Solo en casa, pasaba las mañanas clavado a la silla, masturbándome para anestesiar el dolor. Me había convertido en uno de esos adultos que repasan con nostalgia cada noche las aventuras del bachillerato. Aferrado a la escritura como a un clavo ardiendo, los textos de La fórmula Duchamp hablan de ausencias, de viajes, de lo que pudo haber sido y sobre todo de literatura.

Entre enero y diciembre de 2013, publiqué relatos sobre la escritora Victoria Ocampo, Roberto Arlt, Baudelaire, Bolaño, Perec, el cantante Manu Chao. Hay un texto sobre la temporada que viví en Londres y otro sobre el mes que pasé en París durante el 2007. Hay crónicas de viaje por Manhattan, Buenos Aires, Nueva York y algunos pueblos de Castilla La Mancha. Paseos por el Raval de Barcelona, el antiguo barrio de las Injurias de Madrid y la infancia en la casa grande de mi abuela.

De enero a mayo de 2014, ensayos sobre mi adolescencia, el fanatismo por Bob Marley y una operación de rodilla. También escribí algunas críticas de cine: El Gran Gatsby, Anna Karenina, Amour, Searching for Sugar Man, Blow Upy El Desencanto, una  joyita española de Jaime Chávarri sobre los excéntricos miembros de la familia Panero. Incluso me atreví con una obra de teatro: El Régimen del Pienso de La Zaranda, una compañía teatral andaluza.

Se puede decir que todos estos escritos, incluso los comentarios cinematográficos, son excrecencias de mi yo. Concesiones a ese individuo particular que lleva mi nombre y que aunque está seguro de que la vida es algo transitorio se aferra a la escritura con el afán de detener al tiempo.

 

Los cuadernos Gloria

Preparando cosas para una mudanza, encontré la caja donde los había guardado. Ahí estaban los cuadernos Gloria con espiral y tapas naranjas. Tenía 21 años cuando comencé a escribir esta suerte de diario. No es un diario al uso, más bien se trata de un batiburrillo de lecturas, comentarios, críticas, citas tomadas de los libros leídos, subrayados. Solía fragmentos largos de obras filosóficas y los analizaba. A veces me daba por la poesía o por escribir cosas personales. Llegué a completar 14 cuadernos Gloria, de 150 caras la mitad de ellos y el resto de 88. Son miles de líneas en las que veo mi sombra proyectada, la ventanita al infierno, los destellos de gozo. Siempre me dije que los releería algún día y que quizás fuera posible sacarles algún provecho. Ya no estoy tan seguro, pero ofrecen una descripción bastante fiel del joven que fui y  del tipo en el que me fui convirtiendo.

El primer cuaderno, de 1997, arranca con una cita de Baudelaire: sea cual fuere, embriágate de tu pasión.

Voy recorriendo las páginas, me impresiona mi letra, parecida a la de un niño de primaria, con las “a” y las “o” muy redondas, igual que las pancitas de la “d”. Usaba bolígrafo Bic negro o azul. Aparecen los nombres de Oscar Wilde, Rochefocauld, Cioran, Borges, Spinoza, Saer, Eco, Pessoa. Mis fluctuaciones anímicas, mis períodos de bajón. Lo escrito, incluso sin deseo. La angustia, la alegría, de estar vivo.

En el último cuaderno, de 2009, hay recortes con fotografías de una rana púrpura, una salamandra china, un ornitorrinco, un solenodon paradoxus (el único mamífero capaz de inyectar veneno en sus presas). La entrada a un concierto de Many Fingers y Matt Elliot, 8 euros anticipada. Fotos de la casa de campo de Tarkovski en Myasnoye, Rusia. Una hoja de periódico en la que leo: “un extraño tiburón de aspecto prehistórico y 1,6 metros de largo salió ayer de las profundidades abisales en las que habita para morir poco después de haber sido capturado y grabado en las aguas de la reserva marina de Shizuoka, al sur de Japón”. Lo raro, lo anormal, lo que no encaja. Pensamientos parasitarios, centrífugos, una escritura que se va volviendo cada vez más fragmentaria, menos accesible. Obediente sólo a los movimientos espontáneos del alma.

Hacia el final del último cuaderno encuentro esta cita de Pizarnik: “que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado interesarme por este mundo.”

Que sea así Alejandra, nueve años después de escribirlo sigo anhelando lo mismo.