El buenismo psicológico, la cara oculta de las buenas intenciones

El buenismo está de moda.

Todo el mundo quiere ser una buena personaHay quien lo resalta a modo de slogan en las entrevistas de recursos humanos o quien afirma que desea que se lo escriban como frase memorable en la lápida.

Sin embargo, ¿es el buenismo completamente auténtico y desinteresado o se mueve a la vez por mecanismos inconscientes que reprimen otros rasgos socialmente peor vistos como pueden ser la envidia, la vanidad o el conformismo?

Origen del término buenismo

Si nos vamos a la RAE nos encontramos que el término buenismo hace referencia a la actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia.

El uso de la palabra buenismo está inspirada en la expresión inglesa  do-gooder, literalmente «hacedor de bien, el que hace el bien», empleada igualmente de forma satírica para aquellas personas que procuran hacer buenas obras a fin de ganarse el reconocimiento de los demás.

Desde el punto de vista histórico, el término buenismo fue acuñado despectivamente en los últimos años por grupos mediáticos para criticar ciertas políticas de auxilio social y redistribución de la riqueza.

Actualmente es muy frecuente encontrarnos en consulta a personas que se quejan de ser excesivamente buenas hasta el punto de obtener resultados negativos para sí y para su entorno.

Lo que el buenismo esconde

En el ámbito psicológico hay que diferenciar entre persona buena, demasiado buena y buenista. Siendo esta última la que más hostilidad esconde detrás de su aparente incondicionalidad.

¿Y qué es lo que hay en el fondo del comportamiento buenista?

Lo que veremos desde fuera será una máscara de abnegación y generosidad, sumisión en pro del otro, amplia sonrisa y gran amabilidad.

Sin embargo, debajo del disfraz se esconde es una necesidad desmesurada de gustar, de caer bien, de que les quieran y se les reconozcan… a cualquier precio.

Esto lleva consigo sentimientos de miedo al rechazo y al abandono que de manera inconsciente activará mecanismos de manipulación maquillados de altruismo y benevolencia.

Los 3 buenismos: ayudador, mártir y huérfano

No todos los buenistas son iguales ni se sirven de las mismas artimañas para conseguir sus objetivos y proteger su imagen social.

Basándome en la literatura de los arquetipos me he animado a  personalizar los diferentes tipos de buenismos agrupándolos en tres: el ayudador o servicial, el mártir y el huérfano. Veamos sus características más importantes.

El buenismo ayudador o servicial

Guarda relación con la conducta de una persona que pone sobre sus hombros responsabilidades que no le corresponden.

En un principio, la relación oferta una gran ayuda y alivio de carga en el otro, pero a la larga logran generar fuertes lazos de dependencia y de sentido de invalidez en la persona a la que ayudan.

Las personas buenistas serviles suelen presentar amplias dosis de necesidad de control y cierto toque de vanidad

» tranquilo déjame, que yo lo hago por ti» (*-mensaje oculto: que tú no sabes hacerlo correctamente-*. )

De ese modo, se las ingenian para que las cosas se hagan a su modo y evitar enfrentarse a su dificultad de delegar en los demás.

Evidentemente tarde o temprano en los momentos en los que esa responsabilidad sea excesiva, no tardará en salir a la luz el reproche y el reclamo hacia aquellos a los que ha ayudado de no obtener la recompensa que estaba esperando.

«Con lo que he hecho por ti y mira ahora no me echas una mano cuando lo necesito…ni un triste gracias. No vale la pena cargarme con todo»

En otros casos, el buenista ayudador se disfraza de moralista ofreciendo consejos y opiniones que no se le han pedido

«Yo que tú…lo digo por tu bien…ya verás como me das la razón y te alegras de haberme hecho caso»

El Buenismo mártir

Hace referencia a una conducta de autosacrificio que renuncia y se pria de muchos de los bienes y privilegios en pro de los demás.

Este buenismo dignifica el sacrificio y la resignación, muy presentes en nuestra cultura cristiana.

Los buenistas mártires ceden en sus intereses ante otros ocultando su incapacidad de decir no y de correr tras sus verdaderos deseos.

Creen que hay más virtud en el renunciar que en el recibir y tras esa generosidad aparentemente inmaculada se esconde un sentir de superioridad y orgullo.

En muchas ocasiones, su excesiva complaciencia en la renuncia genera en el otro sentimientos de culpa y egoísmo, como pago por haber tenido que ceder sin deserarlo verdaderamente.

El buenismo huérfano

Es el que más ternura y compasión desprende por ser una persona de apariencia bondadosa, tranquila y dócil.

En su mirada hay incluso una expresión de fragilidad que proyecta la actitud de esperar ser rescatada y e incluso ser perdonada por su negligencia, disfrazada de inocencia o torpeza.

«Perdona, no lo hice a propósito…no volverá a pasar»

Las personas buenistas huérfanas esperan que ocurra algo externo que les ayude a cambiar o a mejorar sin tener que esforzarse demasiado, ya que dentro de sí guardan grandes sentimientos de carencia y de incapacidad.

Se suelen mostrar ante el mundo como el niño/a bueno/a que no ha roto nunca un plato, pero aprovechando esa aparente fragilidad para volverse dependientes y caprichosos.

En ocasiones, como complemento a ese sentimiento de horfandad pueden llegar a idealizar y ver como héroes a personas que luego abusan de ellas por exceso de poder, lo que puede convertir su conducta en negligente.

Reflexión final

Haciendo honor a la teoría de los Opuestos de Jung, si yo soy bueno buenísimo, tiene que haber un malo malísimo: el otro.

Detrás de las emociones benevolentes del buenismo se esconden también emociones hostiles, propias de cualquier ser humano. Ambos polos coexisten dentro de nosotros, el egoísta y el bienhechor.

Quizá el secreto esté en dar lo mejor de nosotros mismos sin llegar a consentir ni desgastarnos. En coherencia con mis límites y prioridades. Preguntándome siempre antes de decir SÍ al otro: ¿Quiero? ¿Puedo? ¿Debo? Si es así, adelante.

 

 

 

Amar en tiempos de…

Lo queramos o no
Sólo tenemos tres alternativas:
El ayer, el presente y el mañana.

Y ni siquiera tres
Porque como dice el filósofo
El ayer es ayer
Nos pertenece sólo en el recuerdo:
A la rosa que ya se deshojó
No se le puede sacar otro pétalo.

Las cartas por jugar
Son solamente dos:
El presente y el día de mañana.

Y ni siquiera dos
Porque es un hecho bien establecido
Que el presente no existe
Sino en la medida en que se hace pasado
Y ya pasó…,
como la juventud.

En resumidas cuentas
Sólo nos va quedando el mañana:
Yo levanto mi copa
Por ese día que no llega nunca
Pero que es lo único
De lo que realmente disponemos.

Nicanor Parra.

 

Tiempos líquidos, un término acuñado por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, donde intenta reflejar el paradigma de la vida y de los vínculos en el mundo moderno acompañado de la globalización  y sobre todo del capitalismo, mercantilizando todo, hasta las relaciones humanas, esto basado en el concepto del producto – consumo, donde la sociedad occidental ha logrado encender el motor de la vida y de los vínculos.

 

En este sentido, las relaciones humanas se ven profundamente influidas. El individualismo toma y cobra mayor protagonismo, y la cultura del usar y desechar, como lo llama el autor marca una pauta en la manera como se presentan las vinculaciones emocionales en la posmodernidad. Este autor indica que la introducción de los medios de comunicación masivos e instantáneos han presentado una manera de relacionarnos que no implica la profundidad en los vínculos sino el placer inmediato, medios como el Tinder, el Whatsapp, el Facebook, entre muchas otras aplicaciones, ofrecen una amplia gama de relaciones donde no es necesario el contacto físico y la inversión emocional es mínima, de esta manera si no funciona, como dice el autor, la opción “delete” (borrar) siempre va a estar disponible y no va a involucrar más que un “click”, por lo que el coste emocional es menor.

 

En este contexto los vínculos afectivos estables pertenecientes a paradigmas anteriores se convierten en una hipoteca muy alta, en donde muchos prefieren no invertir. La idea de la pareja “para toda la vida”, pasa a ser una construcción ya caducada y entra en vigencia “el vivamos juntos y veamos qué pasa”, de esta manera la inversión es menor, y cuando ya alguno de la pareja no vea  “ganancias”, más que intentar re-invertir en la relación, por el riesgo que representa el inversor tiene la oportunidad de retirarse y de estar manera poder “invertir en nuevas relaciones” , por lo que el  eterno presente   está marcada por la sociedad de consumo. En palabras del autor:

 

Uno pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, hay una hipoteca menor para pagar, y el plazo del pago es menos desalentador”.

 

En este orden de ideas el hedonismo va en aumento en la posmodernidad.

 

 

El autor hace referencia a la fragilidad de los vínculos sentimentales, indica que en la actualidad la invitación es a no establecer raíces emocionales profundas con las personas con quienes decidimos compartir relaciones de intimidad , para que de esta manera se permita la exploración con nuevas “redes” y nuevas relaciones que mantengan  un entorno en constante cambios y dinamismo. Es como si el compromiso se representara como una amenaza para el desarrollo individual y la exploración de nuevos espacios. Ya que la constante en el mundo posmoderno es el cambio, y este se busca constantemente, la solidez paradójicamente producirá ansiedad y angustia, ya que desafía «el producto que se promociona en temas de relaciones», el amor que no tiene espacio en la dificultad ni el sufrimiento.  Por lo que el compromiso tiene fecha de caducidad. 

 

Sin embrago, el autor hace referencia que a comparación de la época de nuestros abuelos y padres, donde la solidez era la característica principal (se tenía un solo trabajo para toda la vida, el matrimonio duraba toda la vida pasara lo que pasara, se vivía en la misma ciudad o en el mismo país sin preguntarse qué había más allá) a lo que él llama «tiempos sólidos», la felicidad tampoco era una garantía. Ya que el dogmatismo de la época limitaba las libertades individuales principalmente el de las mujeres, lo que estaba indicado socialmente se hacía sin cuestionamientos. El mundo occidental ha adaptado también este término, y a través de culturas patriarcales se pueden observar dinámicas donde generalmente los hombres establecen amores líquidos y a las mujeres se les invita a establecer amores sólidos. Por lo que se observan desigualdades en términos vinculares. Aquí la industria cinematográfica y audiovisual ha tenido mucha responsabilidad.

 

Bauman se enfoca en lo que pasa detrás de tanta fluidez e incertidumbre. No juzga una vida con varias historias de amor, sino que dichas historias solo toman forma de “eternos ensayos” y de lo que él bautizó “vidas desperdiciadas” ya que en ningún caso las parejas de la posmodernidad están dispuestas a asumir un compromiso duradero. Aquí se centra el sentido del término  “amor líquido” de la posmodernidad, es más sencillo terminar las relaciones y salir airoso de ellas que intentar esforzarse para que funcione y continúe. Aunque las parejas siguen buscando seguridad, lo desean establecer a través de relaciones que no requieran demasiado esfuerzo.

 

 

Este autor indica que un paradigma no es mejor que el otro. Sino que son diferentes. Sin embargo  ¿cómo lograr la solidez en tiempos líquidos? Bauman invita a pensar en la seguridad y la libertad como valores para lograr el equilibrio, los cuales pueden coexistir y convivir de manera saludable y real, una lleva de la mano a la otra, y no son enemigas como los tiempos líquidos quieren hacer ver,  y como indica el autor, es una de las claves para que una pareja sea exitosa en tiempos líquidos.

 

El autor indica que el amor romántico deja de ser el único paradigma, pero también indica lo afortunado que son las parejas que lograr solidificar su amor en tiempos líquidos, ya que han logrado superar el bombardeo mediático de la fluidez y de la inmediatez, y han logrado el compromiso real para una construcción en común, y de esta manera puedan  brindarse seguridad con libertad y establecer vínculos duraderos aun cuando se bombardee para lo contrario.

 

 

Como siempre, la invitación es a leer el libro y de esta manera poder establecer una reflexión más profunda y personal en como este paradigma de relaciones se ha establecido en la manera en como cada uno va organizando su existencia.

 

Dejo el link  para aquellos curiosos que deseen explorar en el mundo maravilloso de las relaciones.

 

Amor líquido.

Zygmunt Bauman

Estar sin estar. Una reivindicación de la presencia

 

¿Alguna vez te has planteado cuántas veces al cabo del día estás deseando estar en otro lugar o hacer algo diferente a lo que está sucediendo en ese momento? ¿O tu cuerpo se encuentra inquieto, o te estás comiendo las uñas, o te cuesta mantener la mirada, o se te entrecorta o paraliza la respiración como si esta temiera explayarse y acoplarse a ese instante? ¿O cuántas veces te gustaría no sentir las emociones o sensaciones que tu cuerpo siente, o sentir aquello que anhelas pero que no sucede en ese momento? Vamos, que es como un “estar sin estar”, como estar de cuerpo presente pero de mente ausente, como huyendo de lo que la vida está ofreciendo en ese preciso instante. Es como huir de estar presente en el único momento que realmente existe: este.

 

¿Por qué huimos?

Acompañar a otros es un camino de conciencia. A veces es difícil ver en uno mismo muchas cosas que, a través del espejo que nos hacen los demás, de repente toman una nueva dimensión en uno. Los años que llevo acompañando a otros me han hecho replantear mi propia experiencia de vida en cada instante, me han permitido tomar perspectiva y plantearme acerca del origen de cómo vivo lo que me sucede, de cómo aprendemos a vivir aquello que nos va aconteciendo. Y al hacerme esta pregunta, siempre recurro a los más pequeños, a los bebés, mis maestros.

Un bebé sencillamente siente, y lo expresa, tal cual. Puede ser alegría, miedo, tristeza, cansancio, desasosiego, hambre, sueño … Seguramente, la labor más difícil que puede hacer un adulto es aprender a acoger todo lo que se mueve en su interior ante lo que el bebé manifiesta, para así poder sostener a este sin negarlo, sin reprimirlo. Por desgracia, creo que esto es una utopía en la mayor parte de casos, pues pocos madres y padres se plantean esta cuestión, al seguir prevaleciendo en casi todas las sociedades la idea de la educación como una serie de pautas y normas que permitan modelar al niño sin mirar más allá de lo que este necesita verdaderamente. Y así ese niño se irá perdiendo a sí mismo, ante la presión de adaptarse a un entorno, y sobre todo, ante la gran necesidad de sentirse querido, aunque sea a costa de sí mismo. Y ya está cerrado el círculo vicioso. Este niño se convertirá en un adulto desconectado de lo que siente, juzgará o anulará al niño que fue, quizá opte por anestesiarse a través del trabajo, del reconocimiento social, de relaciones afectivas poco auténticas, o incluso a través de adicciones, ya sea a sustancias, sexo, redes sociales o aquello que cada época ponga a tiro como catalizador de esa insatisfacción existencial.

 

 

Y cuando este adulto sea m/padre, repetirá lo mismo con sus hijos, incluso enorgulleciéndose a veces de que es lo mejor, que la vida es así, en una cadena que se perpetúa. A no ser que crisis vitales, entre la que podemos incluir la propia m/paternidad, abran una rendija de luz que permita a ese adulto cambiar la mirada y replantear su forma de interpretar y relacionarse con el mundo y, sobre todo, consigo mismo.

Seguramente hemos aprendido a huir, a no estar presentes, porque quizá nunca sentimos de niños la presencia auténtica de ese adulto que nos cuidaba validando lo que sentíamos, sosteniéndonos sin juzgarnos; quizá sentimos un profundo desamparo, que ahora nos hace querer evitar cualquier acercamiento a esas sensaciones muy físicas, quizá de miedo o desconfianza, que disparan pensamientos de desear otro escenario, otro momento, pasado o futuro, quizá una situación ideal que nos impulsa a huir hacia adelante, todo ello para evitar pararnos y sencillamente estar, sin más, en cuerpo y alma.

 

¿Y qué significa sentir?

Mi mente racional (con todos sus pensamientos, creencias, ideas) es muy cuca. Se cree que soy yo. Y por supuesto, caigo en la trampa. Mi mente racional se formó a partir de mis experiencias infantiles y, por tanto, si me he sentido poco visto o escuchado respecto a mis emociones, a lo que sentía, seguramente como adulto me siento bastante incómodo y perdido cuando se me activan emociones habitualmente desagradables (enfado, tristeza, asco o rechazo, vergüenza, etc) y mis pensamientos afloran en tropel generando un malestar y sufrimiento, generalmente con ansiedad, que me incitan a desear no sentir lo que estoy sintiendo. Es un bucle de malestar que busca la huida.

Pero, ¿qué debería hacer en ese momento? Quizá todo consista en algo sumamente difícil cuando no hemos sido sostenidos emocionalmente de niños, que es pararse, sentir físicamente toda esa ola inmensa de energía que se mueve en nuestro cuerpo y que arrastra una cola de pensamientos a cual más agobiante que el otro, y sencillamente observar esas ideas sin identificarse con ellas, como si fueran nubes que pasan ante nosotros mientras seguimos sintiendo el seísmo físico y emocional hasta su descarga final, sin juzgarlo, sin interpretarlo en ese momento. Dejando que llegue la calma tras la tempestad. Y ahí, en esa calma, si nos lo permitimos, seguramente llegue el momento de interpretar con perspectiva lo sucedido, de aprender de lo que se ha movido interiormente, de integrar la experiencia. Todo ello requiere una cierta distancia de la historia que nos contamos y creemos de nosotros mismos, de nuestra propia identidad, como si fuéramos “algo” que siente y observa, más allá de mi propio yo.

 

 

Cuando te vas acostumbrando a vivir así cada momento, surge la magia. Sin buscarlo, comienza a surgir un sentimiento de rendición ante el mundo, de poder prescindir de mi propia visión de la realidad, de no tener que defender ni sostener creencias u opiniones, de abrirse a la ignorancia de la mente racional para conectar con la sabiduría de la intuición. En resumen, puede surgir un profundo sentimiento de confianza en la vida, sin necesidad de controlarla, porque realmente, el control implica la necesidad de predecir el futuro porque no confiamos en el presente.

 

Lo que nos aleja de la presencia

La forma más auténtica de estar presente quizá sea la interacción con otro ser humano. Parece que aprendemos a estar con nosotros mismos porque otro ser humano más experimentado nos ha sostenido en ese proceso de reconocernos y acoger lo que sentimos. Sin embargo, en la sociedad actual en que vivimos, buscamos como locos nuevas interacciones, personas que cumplan roles concretos, pero huimos de una presencia sincera, honesta, auténtica, que implicaría desnudarnos interiormente. El miedo a los juicios, la falta de confianza en el otro por mi carencia de confianza en mi propio ser nos hace quedarnos dentro de un personaje que, tarde o temprano, termina haciéndose rígido cuando una presencia real implica una continua adaptación a lo que sucede desde la honestidad con nuestro sentir más profundo.

Si nos cuesta vernos a nosotros mismos, ¿somos capaces de ver al otro como ser? ¿o solo lo vemos por su rol, es decir, en cierto modo, lo hemos cosificado? Cuando estamos ante un bebé o un niño, ¿lo consideramos como un ser de plena conciencia, somos capaces de sentirlo como un igual, de tú a tú, aunque su forma de comunicarse o de mostrarse sea diferente a la más habitual entre nosotros, adultos? Cuando estamos ante una persona en estado vegetativo, o ante una persona con demencia, ¿somos capaces de verla y sentirla en todo su ser, más allá de esa identidad que tuvo en algún momento de su existencia? No sé si te resuena esa forma de comunicarnos entre adultos cuando estamos ante un bebé o una persona con demencia, en tercera persona sobre ellos, como si “no se enteraran de nada”, cuando realmente no sabemos qué nivel de conciencia tiene ese ser que nos acompaña estando plenamente presente.

 

 

¿Y si esas personas “aparentemente ausentes” se pudieran expresar?

Hace unos días, una persona que asiste desde hace un tiempo a mis sesiones de musicoterapia me compartía el proceso de deterioro cognitivo que estaba viviendo su abuela desde hace años. Y un día, escuchando esta canción, se conmovió profundamente, y tomó conciencia de lo que podría estar sintiendo esta mujer en el último tramo de su vida ante la presencia quizá “ausente” de sus familiares y cuidadores. Me conmovió profundamente, y me empuja a dejar la propia canción como reflexión y oportunidad para tomar una pausa, y sentir nuestra presencia consciente.