¿Ha muerto el amor?

¿Hay alguien para ti? ¿Alguien en un lugar del mundo que te espere? ¿Será el destino? ¿La media naranja? ¿Manzana? ¿Pera? ¿Será la divina providencia? ¿San Antonio? ¿La mano de Fátima que te compraste en el Bazar de Estambul? ¿O la claridad de las señales que le estás enviando al cosmos?

moulin rouge amor

Nosotros, seres solitarios, añoramos la época en la que unidos a nuestra madre, nadando felices, ignorantes del mundo, sentíamos que eramos completos. Tras el trauma del nacimiento salimos al mundo y chocamos con nuestras limitaciones, el universo es un lugar hostil para una pequeña criatura como nosotros. Quedamos, entonces, deseando siempre hallar aquello que nos haga ser de nuevo completos, algunos creen que lo pueden encontrar en los caminos del espíritu, otros en las cloacas del dinero. Con todo, la mayoría de las personas nacidas en países occidentales y en este siglo busca colmar esa falta por la vía del amor. Es, en verdad, una buena vía esta del amor, pero está llena de indicaciones falsas, infructuosos atajos y caminos cortados.

Así muchos de nosotros consumidos por las fantasías manufacturadas de Disney esperamos cantando como Blancanieves “Algún día mi príncipe/princesa vendrá”

https://www.youtube.com/watch?v=jia9enHovls

Pero no viene, aparecen pastores, camareras, lecheros, pescaderas, hasta algún abogado pero príncipes y princesas ninguno. Así quedamos siempre con la puñetera duda que insistentemente cuestiona: “¿Y si no viene?” “¿Y si no me encuentra?”. Y latente, por debajo, la mayor incertidumbre, un terror que sugiere que Disney mentía y que el amor ha muerto, un terror que, abandonada la adolescencia (mental, que no biológica), se convierte en certeza.

Y entonces caemos en la desesperación, la muerte del romanticismo deja paso a un erial, un desierto en el que nada es bueno, nos volvemos hipercríticos, el carácter se agria y nos reímos con dolor y desprecio de todo aquello en lo que una vez creímos.

Y sin embargo, a pesar de la pésima educación emocional que hemos recibido, de las manipulaciones románticas y del peligro constante de caer en el cinismo, la vida nos lleva la contraria. Todos conocemos, antes o después, a personas en la vida real que encuentran el amor. No es un amor como el de Blancanieves pero nos vale, nos da esperanzas. “Si él/ella lo encontró, tal vez yo también pueda”. Y él/ella no es un dibujo animado, es una persona que también va al baño (la esperanza aumenta).

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Pero, si hablamos del amor real, baños aparte, tenemos que introducir muchos elementos que Disney no consideró en la ecuación, empezando por el sufrimiento. Dice Freud:

“Nunca estaremos menos protegidos contra el sufrimiento que cuando amamos y nunca seremos más irremediablemente infelices que cuando hayamos perdido a la persona amada o su amor”

Enuncia el sabio una cosa que saben los que amaron y es que se sufre sin amor y se sufre con amor, la soledad es una compañera antipática cuando se queda en casa demasiado tiempo pero el amor siempre implica un riesgo, el riesgo de perder aquello que amamos, por eso cuanto más amamos más podemos sufrir, igual que cuanto más jugamos en el casino más fichas podemos perder.

El dolor de la pérdida puede ser terrible y las personas que han pasado por él pueden desarrollar una defensa instintiva ante la posibilidad de volver a ser víctimas de ese dolor que les impida implicarse emocionalmente con una nueva pareja. Los fantasmas de las parejas anteriores son incómodos compañeros de viaje, conviene exorcizarlos, ponernos en buenos términos con ellos y, mientras esto no sea posible, colocarlos en su alta torre y hacerles pocas visitas.

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Queda claro que amando se goza y se sufre y que a través del amor en ocasiones podemos sentir que somos más completos, pero queda todavía la pregunta del millón. ¿Por qué éste y no aquel? ¿Por qué aquella y no ésta? ¿En qué se basa nuestra elección? Una de las más importantes de nuestra vida y parece una completa arbitrariedad.

La buena noticia es que no es siempre así. Efectivamente, hay un elemento maravilloso, arbitrario y no medible pero también hay otros que derivan de la propia biografía de cada uno, los vínculos tempranos, los roles desarrollados, las proyecciones de los familiares, etc… Todos estos elementos inciden directamente en la elección de pareja.

Por eso es tan importante reflexionar cuando llevas cuatro parejas seguidas en las que se cumple el mismo patrón ¿Qué estás intentando arreglar a través de esa relación en la que cambian las caras pero el problema siempre es el mismo? ¿Por qué te transformas en esa otra persona que te desagrada cada vez que empiezas una relación? ¿Por qué hay una persona que vuelve a tu vida una y otra vez a pesar de que no deseas estar con ella?

Son demasiadas las cosas que se ponen en juego en el encuentro entre dos personas, si conocemos el mecanismo por el que se rige nuestra elección, tendremos la llave para una relación más sana, más limpia de interferencias inconscientes y de conflictos ajenos. Una relación que no será ideal, será real.

Y entonces nos daremos cuenta de que el amor no ha muerto, solo había que atreverse a sentirlo.