Fortuna y falsa felicidad, según Boecio

En la entrada pasada expusimos el primer libro de La consolación de la filosofía. En aquél, Boecio describía brevemente su trayectoria política y las razones por las que había caído en desgracia. Pero a pesar de su estado tan lamentable encontraba en la filosofía razones para considerarse feliz, y que ponía en boca de una personificación de ésta. En el segundo libro, que comentamos en la presente entrada, se contrapone la felicidad aparente, ligada a la fortuna, buscada por la mayoría de los hombres, a la felicidad verdadera, ligada a la filosofía, buscada por unos pocos pero sabios.

La fortuna y la filosofía. Maestro de Coëtivy (pintor e ilustrador francés del siglo XV)
La fortuna y la filosofía. Maestro de Coëtivy (pintor e ilustrador francés del siglo XV)

Fortuna: caprichosa y cambiante

La Filosofía personificada comienza este segundo libro diagnosticando el estado del personaje de Boecio: está dolido por apego a su felicidad pasada basada en la Fortuna. La Filosofía reprocha a Boecio que olvidara sus enseñanzas y por tanto olvidara cuál es la esencia de la Fortuna: el cambio. Si quiere vivir según la fortuna tendrá que aceptar sus naturaleza, y así como la aceptó cuando ésta le favoreció, ha de aceptarla ahora cuando le retira sus favores. La Fortuna es como caprichosa y cambiante, dadora de una felicidad efímera e inestable. La serenidad que la Filosofía ofrecía a Boecio la perdió cuando la Fortuna lo sedujo con triunfos, éxitos, riquezas, honores… Durante esa época no se quejó de la Fortuna ni quiso mantenerla a raya, pero ahora que le da la espalda la maldice. Ahora bien, si quiere, todavía puede volver a los brazos de la Filosofía y rechazar los bienes y felicidad efímeros de la Fortuna.

La Filosofía dice a Boecio que la Fortuna le ha dado múltiples bienes (familia, honores, riquezas, fama…) y pocos males a lo largo de su vida. Incluso en su estado actual, habiendo perdido muchos de esos bienes, le quedan aún bienes muy grandes (su suegro, su mujer, sus hijos…) que no está valorando y por los que mucha gente le envidiaría. Si se siente así porque esas alegrías le han abandonado no debería sentirse desgraciado, porque las penas que sufre ahora también le abandonarán tarde o temprano. En cosas humanas no se puede esperar estabilidad. Incluso al más afortunado en vida la Fortuna acaba abandonando a su muerte.

Se nos muestra en este segundo libro de La consolación de la filosofía cómo la fortuna otorga felicidad aparente. Un tipo de felicidad que buscan la mayoría de los hombres. Esta felicidad es algo que no depende de nosotros, que no está a nuestro alcance, pues es la fortuna la que nos proporciona los bienes o nos los quita. Por ello no hay que preocuparse por hacer algo para conquistarla, pero tampoco podemos hacer nada para intentar conservarla. Además es fugaz, inestable, pues la fortuna es caprichosa y no atiende a razones. Por ello todo se limita a aprovechar los pocos (o muchos para los más afortunados) momentos que tenemos de felicidad a lo largo de la vida. Es la felicidad del carpe diem.  Las características fundamentales de esta felicidad, humana, son su inestabilidad y su contingencia. La felicidad humana ni dura ni contenta del todo, afirma Boecio (autor). El error fundamental, según él, es considerar esta felicidad, la que depende de la fortuna, como verdadera, y los bienes mundanos como verdaderos bienes. Hacer eso implica desconocer lo que es el hombre, renunciar a su naturaleza y rebajarse al nivel de las bestias.

Verdadera felicidad: sumo bien

El error es buscar la felicidad en cosas externas a nosotros. Al igual que habían señalado los neoplatónicos y San Agustín, entre otros, el hombre cuando busca la felicidad en los bienes externos se está degradando porque piensa que esas cosas son más valiosas que él, y que al poseerlas adquirirá su valor. El que persigue o posee un bien es menor que el bien que persigue o posee. Por tanto creen que esas cosas son bienes equivale a creer que valen más que uno. Y es al contrario: para Boecio el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, y eso le dota de una capacidad racional que le hace ocupar un lugar privilegiado en la creación. Las riquezas, los cargos y el poder que desean la mayoría de los hombres no son bienes y por tanto esos nombres son inapropiados para esas cosas. Las riquezas no hacen rico al que las posee porque no sacian su avaricia. Las dignidades no hacen digno a quien los posee sino que reciben su dignidad de los virtuosos que las ostentan. Y el poder no hace poderoso al que lo posee pues no le libra del poder que ejercen sus pasiones sobre su voluntad. En definitiva no son bienes porque no nos hacen buenos.

La felicidad es el sumo bien para una criatura racional, según el autor. Y el sumo bien no puede ser arrebatado pues sería superado por lo que no se puede arrebatar. Por tanto la fortuna no puede llevar a la felicidad, pues la inestabilidad la caracteriza. Es más, el hombre que posee este tipo de felicidad ¿sabe que es mudable? Si no lo sabe, está claro que no puede ser la verdadera felicidad aquella que se basa en la ignorancia. Si lo sabe ¿tiene miedo a perderla? Si lo tiene no es totalmente feliz, y si no lo tiene, estará demostrando el poco valor que tiene este tipo de felicidad que deja indiferente cuando se pierde.

Boecio, el autor, en línea con la tradición filosófica antigua, concibe la felicidad como el bien supremo, caracterizada por la estabilidad y la autosuficiencia. La felicidad pasajera no es verdadera felicidad. Para Aristóteles la felicidad es un modo de vida y no un estado. Y casi todos los filósofos antiguos han destacado la autosuficiencia como la esencia de la felicidad. El hombre feliz que no es autosuficiente no es verdaderamente feliz. Ya que si ha alcanzado el bien supremo, el fin supremo, no puede necesitar de algo, no puede carecer de algo. La felicidad (el sumo bien) no puede estar en relación de medio a fin con algo. No puede buscarse el sumo bien en vistas a otro bien.

Si la verdadera felicidad tiene que ser duradera y un fin absoluto, no puede consistir en nada de las cosas externas del mundo, porque lo externo a nosotros no nos pertenece, se nos puede escapar en cualquier momento, y de forma segura con nuestra muerte. La verdadera felicidad no puede consistir en las cosas externas del mundo porque ninguna cosa del mundo es absoluta, siempre está en relación de medio con otra cosa. No hay ninguna cosa que poseída nos haga dejar de desear otras. El hombre que persigue las riquezas, honores, fama… no consigue la verdadera felicidad, porque, como muestra el autor en este segundo libro, todos esos presuntos bienes son pasajeros, accidentales, no son realmente nuestros. Y además una vez que los poseemos seguimos dependiendo: seguimos queriendo más del mismo bien (ese bien no nos sacia nunca), y seguimos queriendo otros (ese bien no es suficiente).

En definitiva este segundo libro de La consolación de la filosofía es un libro consolatorio. Si a Boecio (personaje y autor) le seduce la felicidad efímera todavía tiene bienes suficientes para considerarse más feliz que la mayoría de los hombres: aún le queda lo más valioso, una familia que le quiere. Pero si acepta los argumentos de la Filosofía que concluyen que esta felicidad no es la verdadera, no cabe lamentarse por los bienes que ha perdido, pues no eran tales. En cualquier caso tiene motivos para no lamentarse.

Referencias:

Anicio Manlio Severino Boecio, La consolación de la Filosofía, Alianza, 2015.

Boecio y La consolación de la Filosofía

Con esta entrada comenzamos un ciclo de artículos sobre la gran obra de Boecio, La consolación de la Filosofía. Nacido en Roma en torno al año 480, Anicio Manlio Severino Boecio llegó a ser Magister officiorum de la corte del rey Teodorico. Fue el mismo Teodorico, el que le encumbró políticamente, quien acabó condenándolo a muerte. Considerado mártir, a Boecio se le rindió culto en Pavía. Boecio es conocido como el último de los romanos, el último hombre antiguo, y el primero de los escolástico, el primer hombre medieval. Su propósito fue dar a conocer a los latinos la cultura y sabiduría griega, intentando traducir a Platón y Aristóteles y mostrar su complementariedad. Su intento marcó el comienzo de la cultura latina medieval.

La consolación de la Filosofía es una de las obras más conocidas, leídas y citadas de todos los tiempos. Boecio la escribió en la cárcel esperando la muerte tras perder todos sus bienes, prevendas y títulos. En ella se recrea esta misma situación, en la que se le aparece la Dama Filosofía como consuelo en su cautiverio. Los preceptos de esta obra fueron fuente de meditación e inspiración para escolásticos, monjes, príncipes, poetas y literatos. Se tradujo a numerosas lenguas a lo largo de la Edad Media. Multitud de sus definiciones de conceptos como persona, felicidad, eternidad, providencia, destino, fueron aceptadas como claves durante el medievo.

La Filosofía consolando a Boecio y la rueda de la fortuna

La fortuna y la filosofía. Maestro de Coëtivy (pintor e ilustrador francés del siglo XV)

En esta entrada expondremos el primer libro de La consolación de la filosofía. En éste, Boecio describe brevemente su trayectoria política y las razones por las que ha caído en desgracia. Pero a pesar de su estado tan lamentable encuentra en la filosofía razones para considerarse feliz, y que pondrá en boca de una personificación de ésta.

El libro comienza con el personaje de Boecio entonando un poema en el que se lamenta de su estado actual. Recordemos que el autor escribió esta obra estando en la cárcel, tras haber sido despojado de todos sus cargos y bienes, y condenado a muerte por el rey Teodorico (el mismo que le encumbró políticamente) y esperando su ejecución.

Mientras Boecio está llorando, una mujer imponente aparece para espantar a las musas que le están dictando y acrecentando sus pasiones negativas. Es la Filosofía, que llora al verle, y se lamenta de que este hombre, que había mamado de ella, se encuentre en este estado tan lamentable y desgraciado. Si no hubiera abandonado los recursos de los que ella le había dotado, Boecio no estaría así. La Filosofía se propone ayudarle, y le recuerda el peligro que tiene ser filósofo mencionando los casos de ilustres filósofos que han caído en desgracia a lo largo de la historia.

Boecio le cuenta que, inspirado por ella, decidió dedicarse a la política para evitar que el gobierno cayera en manos de los perversos, y que en toda actuación política siempre ha actuado con justicia y en pos del bien común de los ciudadanos pero que a pesar de ello ha acabado siendo castigado por hacer el bien sin bienes, sin cargos y sin reputación. Finalmente se lamenta de que Dios, creador de las leyes del universo, haya dejado libres de éstas a los hombres, dejando a los inocentes sufrir las injusticias cometidas por los malvados, y le implora que imponga el orden que rige en el cielo también en la tierra.

La Filosofía reconoce y agradece a Boecio los grandes servicios prestados al bien y a Ella, y observando que el estado de él está demasiado afectado por las pasiones decide curarle primero con remedios suaves y ablandarlo con sus caricias con bellos poemas. También decide interrogarle para diagnosticar con más exactitud su estado de ánimo y poder remediarlo más eficazmente. Tras ello, la Filosofía concluye que el problema de Boecio se basa en que no ha llegado a saber lo que es. Dejó de conocer la finalidad de las cosas y por ello se queja de la pérdida de sus bienes. Dejó de conocer los medios que intervienen en el gobierno del mundo y por ello cree que los vaivenes de la fortuna fluctúan sin rumbo. Pero gracias a Dios, Boecio sigue sabiendo que el mundo está sometido al orden divino y no al ciego azar. Esta idea exacta que tiene del mundo es, en palabras de Filosofía, la fuente más importante para su curación.

El problema del personaje de Boecio, siguiendo la filosofía antigua estoica, aparece como un problema de discernimiento, las pasiones como algo negativo que nublan el juicio, y la apelación a la razón como salvadora y guía para conseguir la felicidad. La Filosofía aparece caracterizada como saber de salvación en la línea del Helenismo tardío. Helenísticos son también los principales temas que se tratan en la obra, y que pasaron a la Edad Media: la felicidad, la libertad frente al destino, y el problema del mal en el mundo.

El lamento principal del personaje de Boecio es, pues, que a pesar de haber sido virtuoso no ha sido afortunado. No puede entender que la bondad no sea recompensada por la felicidad en un mundo regido por un Dios todopoderoso y todobondadoso. Parecen atributos de Dios incompatibles dado el mundo en el que vivimos. Se trata de un dilema que ya habían planteado los antiguos y que las diversas escuelas habían tratado de resolver cada una a su manera. Este lamento y la consolación que la Filosofía ofrece darán lugar a lo largo de la obra al tratamiento de los grandes temas de la ética: la relación entre la virtud y la felicidad, la naturaleza de la fortuna, la distinción entre bienes aparentes y bien supremo, la felicidad verdadera frente a la falsa, la existencia del mal en el mundo regido por el bien, y el libre albedrío frente a la Providencia divina.

Referencias:

  • Anicio Manlio Severino Boecio, La consolación de la Filosofía, Alianza, 2015.

¿Qué es una obra de arte?: Significado, lenguaje y religión

Concluimos con esta entrada el ciclo de Arthur Dante y la definición del arte. En entradas anteriores habíamos visto cómo el arte contemporáneo, ejemplificado en el Pop Art de Warhol, problematizaba como nunca antes la definición de arte. El gran error de los filósofos, decía Arthur Danto, había sido formular teorías del arte basándose en el estado contingente del arte de su tiempo. La revolución del arte contemporáneo nos pone ante el problema en toda su crudeza, forzándonos a contemplar el fenómeno artístico ampliamente. También vimos cómo Danto criticaba a los que se quedan en el escepticismo relativista, convencionalista, acusándoles de no querer afrontar la dificultad. Por último habíamos abordado las insuficiencias, según Danto, de las distintas teorías del arte para dar cuenta del arte de Warhol, aunque en todas ellas reconocía parte de verdad. En esta última entrada expondremos la parte positiva de su doctrina, esto es, cuál es, según Danto, el elemento esencial que hace de un objeto una obra de arte.

La obra de arte incorpora un significado

Lo esencial para Danto de una obra de arte es que ésta incorpora un significado. Trata sobre algo, tiene un contenido, un tema, un asunto. Esto explica la diferencia entre las cajas de detergente Brillo de Warhol y las del supermercado, pues Warhol las usa para decir algo, para hacer que un objeto mundano tenga algo que decir; concretamente, para cuestionar nuestras nociones establecidas de dónde encontrar arte. La obra de arte expresa, encarna, un significado, un contenido intensional, a través de la intencionalidad del artista. El artista expresa su visión del mundo en un objeto, haciendo que éste signifique algo, tenga un tema, un asunto. El objeto se transfigura.

Un objeto artístico es, pues, según Danto, un objeto que tiene un significado, que expresa o que representa algo. Por tanto, no basta con inspeccionar u observar un objeto para concluir que es una obra de arte, pues “ser expresión” presupone cierta relación con algo. No cabe la menor duda de que en los tiempos de estabilidad artística las obras de arte tienen ciertas propiedades intrínsecas, y si no las tuviesen se cuestionaría su cualidad de obras de arte. Pero tales tiempos quedan ya lejos. Cualquier cosa puede ser expresión de otra siempre que conozcamos las convenciones que lo hacen posible y las causas que explican su cualidad de expresión. En este sentido cualquier cosa puede ser una obra de arte, pues no hay condiciones necesarias simples. Ahora bien, del hecho que cualquier cosa pueda ser una obra de arte no se deduce que todas lo sean. La máquina de escribir que está utilizando Danto no lo es. Lo que hace del arte un concepto interesante es que lo que puede convertir su máquina en obra de arte, no puede convertirla en un sandwich de jamón: aunque desde luego un sandwich de jamón puede llegar a ser un obra de arte.

¿Cuál es entonces la diferencia con otras cosas que incorporan un significado, que son vehículos de representación, pero no son obras de arte? La diferencia es que éstas últimas son interpretadas como obras de arte. Así como con la teoría heliocéntrica no cambió nada de lo que percibimos con nuestros sentidos, sino nuestra interpretación, nuestra visión del universo. La interpretación, sostiene Danto, es ese poder que transfigura las cosas en arte. Por eso es necesario el público; hay una parte del significado de la obra que queda elíptico, y que debe ser completado por el publico.

Arte, lenguaje y cosas

Interpretar una obra artísticamente es similar a interpretar un objeto lingüísticamente. De hecho, afirma Danto, la interpretación artística se representa lingüísticamente mediante cierto uso del “es” (el uso de identificación artistica): frente a una mancha de pintura azul uno dice “es el cielo”. Cuando hacemos esto no estamos literalmente identificado el cielo, porque no es el cielo real. Esto muestra la brecha entre el arte y la realidad así como entre el lenguaje y la realidad. El arte difiere de la realidad de la misma forma que el lenguaje en su uso descriptivo. Ahora bien, no es que el arte sea un lenguaje, dice Danto, sino que su ontología es igual a la del leguaje, y que el contraste que existe entre el arte y la realidad existe entre el lenguaje y la realidad. Las obras de arte como clase se oponen a las cosas reales, igual que las palabras, aun cuando sean reales en todos los demás sentidos, afirma Danto. Las obras de arte son lógicamente categorizables con palabras, aunque sus homólogos sean meros objetos reales, dado que las primeras se refieren a algo (o pueden muy bien suscitar la cuestión de a qué se refieren). Permanecen a la misma distancia filosófica de la realidad que las palabras, igual que sitúan a quienes se relacionan con ellas como obras de arte a una distancia equiparable. Esta distancia abarca el espacio que los filósofos siempre han trabajado, por lo que cabe esperar del arte cierta pertinencia filosófica. Tanto el arte como el lenguaje representan cosas reales sin ser las cosas reales mismo, y así es necesario que las representaciones artísticas y lingüísticas tengan una interpretación para que podamos entenderlas e identificadas como arte y lenguaje.

Después de todo, Arthur Danto no parece alejarse tanto de la teoría institucionalista, a pesar de sus intentos por no ser tachado de institucionalista. Y es que toda interpretación siempre va aparejada a un contexto histórico artístico. En cualquier caso, lo que queda claro para Danto es que las propiedades artísticas no son propiedades intrínsecas de las cosas; ser una obra de arte no consiste en poseer tales propiedades. De ahí que en el arte haya que estar siempre abierto a la posibilidad de revolución. No se puede identificar cuál de objetos indiscernibles es una obra del arte sin tener en cuenta el diferente tipo de relación que establece con su creador. El contexto de producción queda incluido en la identidad de una obra de arte. La lógica del arte es relacional. Danto trata de mostrar que es necesario considerar el contexto del objeto, y no solamente las propiedades comunicadas por sus materiales, para determinar no sólo su significado sino si es arte o no.

La transfiguración religiosa

A pesar de que parezca que Danto vuelve a caer en el convencionalismo, no es ésa su intención; rechaza el institucionalismo porque lo que él defiende es que en la obra artística se ha dado una transformación real, no una transformación convencional, artificial. Y lo que él busca es una definición en términos de esencia. La obra de arte pasa a un estado ontológico distinto al de la mera cosa, aunque sensiblemente sean idénticas. Quizás haya que buscar la verdadera diferencia entre obra de arte y mera cosa para Danto como algo análogo a lo que ocurre con lo religioso. Y es que algo similar ocurre con los objetos religiosos, que se consideran esencialmente distintos de las cosas cotidianas pero se recubren con una apariencia de cotidianidad. De hecho, en el prefacio de La transfiguración del lugar común, Danto hace referencia a la transfiguración de Jesucristo ante sus apóstoles narrada en los evangelios como metáfora del milagro del arte de transformar meros objetos cotidianos en obras de arte (las cajas Brillo). Además, el concepto de incorporar -encarnar- un significado, rasgo definitorio de la obra de arte para Danto, hace referencia a la doctrina cristiana de la encarnación del Verbo divino en el hombre Jesús. Incluso en la obra sobre Andy Warhol (Andy Warhol, 2009) relaciona la obra de éste con su catolicismo, además de volver a aludir a la analogía religiosa para explicar el carácter transfigurador del arte. Pero es que ya en 1964 Danto había apelado a la teología católica para definir el concepto de mundo del arte como una comunidad ontológica de obras de arte con fuertes interrelaciones y afiliaciones, argumentando que el mundo del arte se sitúa respecto al mundo real como la Ciudad de Dios frente a la Ciudad terrenal.

Parece entonces como si para Danto las obras de arte se transfigurasen en cosas pertenecientes a un reino ontológico superior, totalmente distinto del reino mundano de las cosas ordinarias. Aunque compartan apariencia, aunque sean indiscernibles perceptualmente, las cosas ordinarias pertenecen al reino de la naturaleza y las obras de arte al reino de la gracia, secularizado como el mundo del arte. “Si Platón” -dice Vlad Morariu- “despreciaba las obras de arte en tanto representaciones, viéndolas como meras copias y las más degradadas formas de existencia, Danto las eleva desde las tierras bajas de las meras cosas a nuevas alturas ontológicas”.

 

Referencias:

¿Qué distingue una obra de arte de una mera cosa idéntica?

Habíamos visto anteriormente cómo el arte contemporáneo, ejemplificado por el Pop Art de Warhol, problematizaba como nunca la definición del arte. El gran error de los filósofos, decía Arthur Danto, había sido formular teorías del arte basándose en el estado contingente del arte de su tiempo. La revolución del arte contemporáneo nos pone ante el problema en toda su crudeza, forzándonos a contemplar el fenómeno artístico ampliamente. También vimos cómo Danto criticaba a los que se quedan en el escepticismo relativista, convencionalista, acusándoles de no querer afrontar la dificultad. En esta entrada abordaremos las insuficiencias, según Danto, de las distintas teorías del arte para dar cuenta del arte de Warhol.

Los indiscernibles: obras de arte y meras cosas

Para ilustrar la problemática filosófica introducida por el Pop Art, Danto nos presenta en La transfiguración del lugar común una serie ejemplos o experimentos mentales muy sugerentes. En uno de ellos, nos presenta una serie de cuadros que son idénticos materialmente (consisten en un rectángulo rojo): “El ánimo de Kierkegaard”, “La Plaza Roja”, “Cuadrado rojo”, “Nirvana”, “Mantel rojo”. Cada una de las ilustraciones es igual a las demás desde el punto de vista de la percepción sensible, aun perteneciendo a géneros tan distintos como el retrato psicológico, la pintura histórica, el paisaje, la abstracción geométrica, el arte religioso y la naturaleza muerta. Además tenemos un fondo rojo sobre el que Giorgione iba a haber pintado “Conversazione sacra” y una mera superficie roja pintada por J. Otro ejemplo consiste en consiste en una obra de arte que es una cama, construida por J, que no se diferencia en nada de una mera cama. Danto se pregunta: ¿qué distingue a todos cuadros entre sí, y lo más importante, y qué los distingue del cuadro rojo que es una mera cosa? ¿que distingue la cama de J, obra de arte, de una mera cama?

La insuficiencia de las teorías del arte

Con estos ejemplos presentes, Danto va entonces a intentar justificar la distinción entre las obras de arte y las meras cosas desde distintas teorías con sus respectivos criterios de demarcación, comprobando la insuficiencia de cada uno de ellos.

La primera de ellas se basa en cierta teoría de la acción (repudiada por los wittgenstianos, enemigos del mentalismo). Así como para distinguir entre un mero movimiento corporal (levantar la mano) y una acción (parar un taxi), hay que añadirle al movimiento corporal una causa mental, una intención; también para distinguir entre una mera cosa y una obra de arte, hay que añadirle a la cosa una causa mental, una emoción, un sentimiento de su autor, que la obra expresa de hecho. Pero Danto señala que los gestos faciales o llorar también expresan sentimientos y no son obras de arte, con lo cual este criterio no es suficiente.

La teoría tradicional del arte como mímesis, como imitación de la realidad, que hunde sus raíces en Platón, y que ha recorrido la historia del arte, se muestra también insuficiente ante el ejemplo de Danto. No se trata de que la obra de arte sea una imitación o una representación de una cosa real; la cama de J no es una imitación de una cama, es una cama, pero además es una obra de arte. Según esta teoría no tendría sentido un arte que se parezca tanto a la vida que no pueda señalarse ninguna diferencia entre ellos en cuanto al contenido interno; ¿qué necesidad tendríamos de una duplicación de lo que ya existe?, teniendo en cuenta que el placer de una imitación deriva de la conciencia de que no es algo real.

Nietzsche considera que aquella visión del arte es una deformación racionalizadora de Eurípides (siguiendo el impulso socrático) de los inicios religiosos del arte. Por eso aboga por una teoría opuesta: si el arte debe ser algo, si ha de tener alguna función, ésta debe ejercerse mediante lo que no tiene en común con la vida, y esta función difícilmente puede ser llevada a cabo por un proyecto como el de Eurípides. El ejemplo paradigmático es la obra de Wagner. La teoría anti-mimética sostiene que sólo en la medida en que es discontinuo con la vida, el arte es lo que es; de ahí que el arte mimético fracase cuando tiene éxito, cuando logra ser como la vida (paradoja de Eurípides), volviéndose parasitario y ocioso, como un eco o sombra. De ahí el impulso de esta otra teoría, de hacer lo contrario: de modo que no haya nada en la realidad que pueda confundirse con la obra de arte (ej: falsedad operística), dejando claro que el artista no es un imitador fallido. Objetos que sean arte sin complejos y con la ventaja de que, al carecer de homólogos en la realidad, nadie incurrirá en el error más frecuente desde que la imitación domina el proyecto artístico. La esencia del arte, en la teoría anti-mimética, reside precisamente en que no puede comprenderse por la mera extensión de los mismos principios que rigen la vida cotidiana. Entonces e inevitablemente el arte se vuelve misterioso: y es que para Nietzsche fue la expurgación del misterio en nombre de la razón, por parte de Eurípides, lo que provocó la muerte de la tragedia.

Ahora bien, Danto señala que esta teoría, aunque interesante, cuando la examinamos más filosóficamente se evidencia el hecho de que es en gran medida parasitaria y conceptualmente está muy entrelazada con la teoría que rechaza, es decir, con la teoría mimética del arte. Pero es que además no sirve para el propósito delimitatiorio de Danto: ¿qué pasaría con los objetos de J, como su vieja cama, semejante a todas las camas en que duermen sus contemporáneos? No hay nada que permita distinguirlas, ninguna discontinuidad entre ellas (como camas, al menos) pues aunque al cama de J sea una nueva obra de arte, su novedad no consiste en su discontinuidad con la realidad, dado que ninguna podría señalarse; y por eso mismo la novedad no puede situarse donde esta teoría quería hacerlo. Pero además surge un problema adicional: ¿Cómo se distingue un objeto que resulta ser discontinuo con la realidad y como tal reconocido por un público, de un nuevo elemento de la realidad? ¿cada nuevo elemento de la realidad -una nueva especie o un nuevo invento (Danto pone el ejemplo del abrelatas)- deberá considerarse como una contribución al arte?

La paradoja de Eurípides implicaba que, una vez consumado el programa mimético, se había producido algo idéntico a lo que ya estaba en la realidad; surgía así la cuestión de qué es lo que lo convertía en arte. El esfuerzo por escapar a esta paradoja, exagerando los elementos no miméticos -purgados en nombre de tal proyecto-, desemboca en algo tan distinto de la realidad que el problema ahora es su falta de sentido. Entonces otro problema, con la misma fuerza virtual, persiste: ¿qué es lo que permite distinguir como arte algo tan opuesto y discontinuo con la realidad? Y además ¿cómo sabemos que no es sólo un nuevo elemento de la misma? Al fin y al cabo, se supone que no toda novedad es ipso facto una obra de arte y también que la realidad pueda enriquecerse sin que tenga que ser, por fuerza, mediante el arte.

Así pues, tanto el proyecto de mimesis como el proyecto anti-mimético propuesto por Nietzsche son ambos irrelevantes para la esencial del arte. Esto parece dejarnos solamente con el marco institucional: igual que alguien se convierte en marido al satisfacer ciertas condiciones institucionalmente definidas, a pesar de que por fuera no parezca distinto de cualquier otro hombre, algo es una obra de arte si satisface ciertas condiciones definidas institucionalmente, aunque por fuera no parezca distinto de un objeto que no es una obra de arte, como en el caso de la cama de J. Pero esto nos devuelve una vez mas al punto de partida, y a la oscuridad de los límites.

Cualidades invisibles

Ninguna de estas teorías, afirma Danto, nos será de gran ayuda para trazar la línea de demarcación, y mucho menos el hecho histórico de la mera novedad, puesto que cada objeto es discontinuo con todo lo anterior. Acaso la paradoja sea inevitable mientras nos empeñemos en definir el arte en términos de objetos que se comparan con los objetos del mundo real pero ¿qué tenemos sino procesos de comparación o contraste para construir una teoría del arte? Con todo, lo único que tenemos son las convenciones: la diferencia entre arte y realidad dependería sólo de estas convenciones, y todo aquello que estas convenciones autoricen como obra de arte, sería tal. A Danto no le convence esta salida pero reconoce que hay un elemento de verdad: “ser una obra de arte” es un predicado honorífico, y como tal, es una convención. Pero es necesaria alguna condición que se haga presente antes de que la relevancia del honor se imponga. Danto está convencido de que estas cualidades existen, aunque no sean visibles.

Y es que la cama obra de arte de J que presenta Danto supera la separación material abriendo una separación entre arte y realidad que no es la de la mimesis, sino de otro orden, poniendo el énfasis en la separación misma. Se fija uno así en la separación misma, porque no hay diferencia material. Danto nos quiere hacer ver con sus ejemplos de objetos indiscernibles, basándose en Wharhol, que la categoría de arte es algo que va más allá de lo sensible, de lo puramente material.

Hasta aquí hemos visto las insuficiencias de las propuestas ajenas. En la próxima entrada presentaremos la propuesta de Danto para caracterizar el arte.

Referencias:

¿Qué es el arte?: la tentación escéptica

Anteriormente habíamos visto cómo la obra de Warhol había supuesto, para Arthur Danto, el fin de las definiciones tradicionales del arte así como de la historia del arte; el arte contemporáneo se identifica más que nunca con la filosofía.

 

Brillo Box (1964), Andy Warhol [Rocor. Flickr Commons (CC)]

 

 

La tentación para muchos filósofos, ante la dificultad de definir el arte y ante su acercamiento a la filosofía, ha sido, siguiendo a Wittgenstein, caer en el escepticismo: no se puede dar una definición satisfactoria del arte ni de la filosofía. Para Wittgenstein, sobre lo verdaderamente importante no se puede teorizar, y hacerlo sólo lleva a sinsentidos. La filosofía no es más que lenguaje mal empleado o infrautilizado. La definición del arte no puede ni necesita ser formulada.

Para empezar, un wittgensteniano no puede aceptar una definición de arte que haga alusión a la intención del artista, porque eso sería incluir cualidades mentales, lo que implica caer en mentalismo y, por tanto, dualismo. La definición debe basarse, pues, en rasgos externos; pero hoy el arte puede englobar cosas externamente tan diversas (desde un urinario hasta un cuadro, pasando por una caja de detergente) que no podemos dar una definición del arte acorde con las tradicionales exigencias filosóficas de necesidad y suficiencia.

La filosofía ha supuesto a priori que el conjunto de las obras de arte constituye una clase de especie, una serie lógicamente homogénea de objetos cuyo principio de homogeneidad puede ser hallado. El fracaso en obtener una definición puede residir en que el conjunto de las obras de arte no es una clase de este tipo, sino que cuenta con una estructura inadvertida por los filósofos. ¿Por qué no una serie de cosas lógicamente abierta, sin rasgos comunes con los otros miembros del conjunto, como la noción wittgensteinana de juego?

Así pues, la salida natural wittgensteniana, ante el rechazo del esencialismo y la teorización, es dar una definición no esencialista, como la de los juegos del lenguaje. Identificamos algo como juego (u obra de arte) sin que haga falta una definición, sólo por intuición. Al ser depositarios de la palabra, lo que hacemos simplemente es reconocer cuáles son juegos y cuáles no, y no lo hacemos aplicando una definición. Es una intuición que reside en el uso lingüístico, en saber usar la palabra “arte” correctamente. Entonces la filosofía del arte se convierte en una sociología del lenguaje en el cual “arte” u “obra de arte” funcionan. El problema es que esta teoría no puede dar cuenta de las posibles novedades artísticas ni tampoco del problema de los indiscernibles: alguien que supiera usar la palabra “arte” estaría confuso al tener que determinar cuáles son obras de arte y cuáles no ante cosas cuyos rasgos observables fueran exactamente iguales (la caja de detergente de Warhol y una que podamos encontrar en el supermercado). No cabe esperar una piedra de toque para identificar obras de arte; no podemos identificaras por inducción, o emulando a alguien que saber en qué consisten las obras de arte, o por algún tupo de enumeración simple. Arthur Danto sostiene que sólo en periodos de estabilidad artística se puede llegar a identificar las obras de arte de modo inductivo, y eso lleva a pensar que se tiene una definición cuando todo lo que se tiene es una generalización accidental. Así pues, cuando se produce una revolución y entran cosas nuevas en el mundo del arte, se desbarata la generalización y se concluye que no puede haber definición.

Estas dificultades hacen que los wittgenstenianos hayan acabado entregándose a teorías convencionalistas, institucionalistas, del arte: las obras de arte serían los artefactos que gozan de un estatus especial dentro del marco institucional denominado «el mundo del arte». El propio Danto fue considerado como aquél que sentó las bases de la teoría institucionalista del arte en su ensayo El mundo del arte (1964), influyendo especialmente en la teoría institucionalista de George Dickie. En La transfiguración del lugar común (1981), Danto se quiere desmarcar de esa etiqueta. Por tanto se opone al escepticismo de los wittgenstenianos y sus seguidores sobre la definición del arte.

El gran error de los filósofos, para Danto, ha sido formular teorías del arte basándose en el estado contingente del arte de su tiempo. La revolución del arte contemporáneo nos pone ante el problema en toda su crudeza, nos fuerza a salir de nuestra contingencia y contemplar el fenómeno artístico ampliamente. Quedarse en el escepticismo relativista, convencionalista, es no querer afrontar la dificultad.

Danto sostiene que la raíz de esta aparente imposibilidad de definición sucede sólo si limitamos los elementos de la definición a aquellas cualidades que capta el ojo. Si ampliamos nuestro espectro a propiedades de otro tipo, podemos toparnos con que la asombrosa homogeneidad en la clase de objetos hasta ahora contemplados bajo la perspectiva wittgensteniana no es tal, sino que se muestran como una mera familia de objetos heterogéneos.

En próximas entradas desarrollaremos la definición de arte de Arthur C. Danto.

 

Referencias:

Arthur Danto: El fin del arte y su identificación con la filosofía

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Definir el arte, determinar qué objeto es arte y cuál no, es una cuestión problemática. Tradicionalmente el arte se ha ligado a algo hecho, un arte-facto, por un artista, alguien que tiene un conocimiento práctico, y que presenta una serie de propiedades estéticas (tales como belleza o capacidad de expresión), que lo distinguen de otros artefactos (de un barco o de una cama). Tenemos así obras de arte y meros artefactos, artistas y artesanos.

Las teorías tradicionales del arte suelen presentar como propiedades artísticas, las siguientes: las propiedades representacionales, las propiedades expresivas y las propiedades formales, dando lugar a definiciones representacionales, expresivas y formales, respectivamente. Ninguna de ellas basta por sí sola para categorizar una obra de arte como tal: un esquema sobre las órbitas del sistema solar representa, una cara o gesto humano expresa un sentimiento y una pala tiene una utilidad. Lo que sucede realmente con el concepto de obra de arte es que tal concepto está imbricado en el entramado conceptual del sistema del filósofo en cuestión, por lo que realmente lo que define a la obra de arte en los sistemas de los filósofos no son solamente uno (o varios) de esos predicados, sino también otros otros conceptos no estéticos con los que están en relación dentro del sistema filosófico.

Arthur C. Danto afirma que el arte es un área fundamental en todo sistema filosófico; y sólo puede entenderse dentro de ese sistema. La filosofía, para él, es sistemática o no es filosofía. Una caracterización de la filosofía que no es muy propia de un filósofo analítico, como tampoco ese interés primordial por el arte ni por delimitar lo que es arte. A la filosofía analítica le ha interesado distinguir entre ciencia y no ciencia; el célebre criterio de demarcación. Arthur Danto nos quiere presentar un criterio de demarcación pero no para lo científico sino para lo artístico. Pues bien, si ya la definición de arte es problemática si atendemos sólo al arte tradicional, en el arte contemporáneo la complicación se acusa hasta el límite, al aparecer como obras de arte objetos que en el arte tradicional nunca habrían sido considerados como tales. La técnica actual permite fabricar objetos indiscernibles en masa con gran facilidad, con medios robotizados, sin que sea necesario un hacedor humano. Podemos tener pues objetos que ni siquiera han sido fabricados por el artista y que no tienen nada sensible que los distinga de cosas comunes. Y a pesar de eso, pueden ser considerados obras de arte. ¿Cómo explicar esto? Las teorías tradicionales, que se basan en la habilidad, en el arte, en la técnica, del artista y en las cualidades estéticas que éste crea en el objeto como consecuencia de su técnica, no pueden dar cuenta de estos fenómenos artísticos.

Precisamente lo que motivó, para Danto, esta difícil empresa de buscar un criterio de demarcación artístico, fue Andy Wharhol y su Pop Art: ¿por qué sus cajas Brillo, sus sopas Campbell, tienen la categoría de arte y otras exactamente iguales apiladas en los supermercados no? Ni siquiera las obras de Duchamp (un peine, una rueda de bicicleta, un urinario…) suscitaban tal ruptura con las teorías del arte tradicionales, pues las teorías de la belleza podrían englobarlos. Situando estos objetos cotidianos a una distancia estética es posible apreciarlos como objetos que pueden hacer ver la belleza en los lugares más insospechados. Sin embargo, las definiciones tradicionales del arte no sirven para el Pop Art (objetos tan sumergidos en la banalidad que su potencial para la contemplación estética permanecía bajo vigilancia incluso después de la metamorfosis) pues se basan en características que el caso de Wharhol hace irrelevantes.

Danto llega a decir que con las cajas Brillo las posibilidades de definiciones tradicionales (que definen el arte en base al estado histórico concreto del mismo, siendo inservibles en caso de revoluciones) están efectivamente cerradas y que la historia del arte ha llegado, en cierto modo, a su fin. No se ha parado, sino ultimado, en el sentido de que ha pasado a ser una especie de conciencia de sí misma y se ha convertido, a su manera, en su propia filosofía: circunstancias predichas en la historia de la filosofía de Hegel. Si bien tradicionalmente sólo parte del fenómeno artístico tenía interés para los filósofos, debido a lo cual la filosofía del arte era profundamente irrelevante para la vida del arte, y el no filósofo quedaba desanimado por lo escritos de los filósofos sobre el arte. Hoy, sostiene Danto, parece que casi la totalidad del arte se ha condensado en aquella parte de la obra de arte que siempre había sido de interés filosófico, hasta el punto de que poco o nada se ha dejado para el placer de los amantes del arte. El arte es hoy más que nunca filosófico; el arte ha recuperado su autoconciencia, la conciencia del arte de ser arte de un modo reflexivo que puede muy bien compararse con la filosofía.

En próximas entradas desarrollaremos la definición de arte de Arthur C. Danto.

Referencias:

  • Danto, Arthur C.; La transfiguración del lugar común, Paidós ibérica, 2002, Barcelona

Horkheimer: la tarea de la filosofía en la modernidad industrial

Terminamos con esta entrada el repaso a la Crítica de la razón instrumental (1947) del filósofo alemán Max Horkheimer, perteneciente a la Escuela de Frankfurt. Si en la anterior exponíamos su crítica a la opresión que sufre el individuo por las estructuras de poder sociales, económicas y culturales en la época del industrialismo, en esta entrada exponemos su concepción de la filosofía como autocrítica de la razón, así como cuál ha de ser la tarea de la filosofía en las sociedades capitalistas industriales, que pasa por propiciar la reconciliación entre la razón objetiva y la razón subjetiva.

Horkheimer sostiene que el industrialismo presiona a los filósofos para que hagan su disciplina como una ciencia positiva, con términos totalmente inequívocos y acontextuales, siguiendo el principio formalista de definición. Una filosofía ahistórica, fisicalista, a imagen del empirismo lógico. Pero en filosofía todo término tiene una carga histórica que no puede ser desdeñada. Es la herencia espiritual de otros hombres que han pensado antes que nosotros. Es el depósito en que están contenidas las cambiantes perspectivas del príncipe, el campesino, el poeta… El filósofo no puede hablar sobre el hombre, el mundo, la sociedad, el pensamiento, como el científico natural habla sobre una sustancia química. Todo concepto debe ser considerado como fragmento de una verdad que todo lo abarca y que en su seno alcanza su significado. Construir la verdad con tales fragmentos es la tarea más importante de la filosofía.

Cuando son abstraídos del proceso en el que fueron obtenidos, los conceptos filosóficos se vuelven inadecuados, vacíos y falsos, afirma Horkheimer. Es lo que ocurre frecuentemente con los conceptos de “naturaleza” y “espíritu”, lo cual lleva o bien a hipostasiar la dualidad o a reducir el uno al otro (todo monismo sirve para cimentar el dominio del hombre sobre la naturaleza). Algo similar ocurre con los conceptos de “razón objetiva” y “razón subjetiva”. Si se opta por la primera, por revivir sin más ontologías del pasado, caemos en ideologías reaccionarias, incapaces de adaptarse a la evolución industrial y científica. La crítica de los neoconservadores es romántica y antiintelectualista. Aquellas ontologías se convierten en doctrinas represivas cuando son usadas como panaceas. Si se opta por la razón subjetiva, supone la adaptación sin reservas a la alienación entre sujeto y objeto, al proceso social de cosificación, a un materialismo vulgar que no puede evitar caer en un nihilismo cínico.

La tarea de la filosofía no debe ser, pues, oponer tozudamente ambas, sino alentar una crítica recíproca que propicie una reconciliación en la medida de lo posible. Para Horkheimer la filosofía debe ser lo que ya afirmó Kant: autocrítica de la razón. Si se se enfatiza la critica a la razón subjetiva es porque es la dominante hoy en día. La oposición entre razón objetiva y subjetiva es aparente, aunque una apariencia necesaria fundada en la propia condición humana. Por una parte, la necesidad social de controlar la naturaleza ha conformado el pensamiento de cara a la razón subjetiva; por otro, la sociedad no ha podido reprimir del todo la sensación de que hay algo mas allá del sí-mismo. Es pues una separación que responde a necesidades históricas. Mediante la autocrítica la razón tiene que reconocer lo limitado de cada uno de estos dos conceptos. Ambos están interrelacionados, y hay que comprender cómo y por qué su separación.

La idea de autoconservación que lleva a la razón subjetiva a la locura, afirma Horkheimer, es a la vez la llamada a preservar a la razón objetiva de ese mismo destino, la advertencia de que sólo el fin social del respeto a la vida individual merece ser llamado objetivo. Los sistemas metafísicos objetivos son el reconocimiento en clave parcialmente mitológica de que la razón subjetiva no puede garantizar la autoconservación sino en comunidad, en un orden suprainvidiudual, mediante la solidaridad social.

Según Horkheimer, en la observación calculadora por parte del hombre, con la objetivación de la naturaleza, se frustra el proyecto de encontrar verdad en ella. La enfermedad de la razón tiene su origen en la misma esencia de la razón, en el afán del hombre por dominar la naturaleza, y su curación depende del conocimiento de esta esencia. La autocrítica de la razón consiste en la investigación de las capas históricas de la razón. El hombre debe comprender el proceso que ha llevado a la razón a este antagonismo que amenaza con destruirle a él. Una autocrítica que le haga consciente de las contradicciones entre las ideologías y la realidad.

Para ello, para Horkheimer, es inseparable la reflexión sobre las ideas y sobre el lenguaje, lugar donde se reflejan los anhelos de los oprimidos y la violencia sobre la naturaleza. La filosofía ayuda al hombre a que el lenguaje pueda cumplir su función mimética, su destino de reflejar las tendencias naturales. La filosofía es el esfuerzo teórico consciente (no acabado ni definitivo como los conceptos científicos) por fundir todo nuestro conocimiento e intelección en una estructura lingüística en la que las cosas sean llamadas por su nombre. Como en la terapia psicoanalítica, se trata de llamar a las cosas por su nombre para poder curarnos. Es la coincidencia entre lenguaje y realidad el gran legado que nos han dejado los sistemas objetivistas. Su error fue concebir que esta coincidencia era posible en sistemas eternos, ignorando que vivir en la injusticia social cierra las puertas a formular una verdadera ontología. Y es que aquellos sistemas daban preeminencia ontológica a lo lógicamente más general.

Frente a las grandes ideas de la civilización moderna -igualdad, fraternidad, libertad- la filosofía, según Horkheimer, tiene una doble tarea: negar su pretensión de verdad absoluta, mostrando su relatividad histórica, y reconocer su contenido de verdad midiéndolas en relación con el trasfondo social del que proceden. La filosofía combate el hiato entre la realidad y las ideas; confronta lo existente en su nexo histórico con la pretensión de sus principios conceptuales, negando así las pretensiones de la ideología dominante y también las de la realidad. Superando así las limitaciones del empirismo y el racionalismo: por un lado, el escepticismo positivista, no reconoce sentido a los conceptos generales que pudiera ser salvado; por otro lado, el idealismo objetivo racionalista se aferra al significado eterno de los conceptos generales y de las normas sin atender a sus orígenes históricos.

Para Horkheimer la filosofía crítica no debe hacerse propaganda, ni siquiera de cara a los más nobles fines, como sí hacen otras “filosofías”. Y es que la verdad que intentan transmitir los nuevos catecismos se ve comprometida por su objetivo pragmático. Si hablan de esperanza en términos de profundas necesidades de personalidad, de sentimientos generales emocionalmente ricos o de valores humanos científicamente probados, es porque la religión ha perdido ya todo significado para los hombres. Ni siquiera la receta hobbesiana de tomar las doctrinar religiosas como píldoras será ya de ayuda. El lenguaje de la recomendación rechaza lo que cree recomendar.

Se trata, dice Horkheimer, de reivindicar la filosofía como memoria y conciencia de la humanidad contribuyendo a hacer posible que la marcha de ésta no se vuelva hacia ideologías carentes de sentido. El progreso hacia la utopía se ve frenado por las avasalladora maquinaria del poder social y las masas atomizadas, surgiendo así la hipocresía social, la creencia en teorías falsas, el desánimo por la especulación, la debilitación de la voluntad y desviación a actividad sin fin bajo la presión de la ansiedad. La filosofía debe ayudar a los hombres a reconocer estos factores, denunciando todo lo que mutila a la humanidad e impide su libre desarrollo. Ahora que hemos dominado la naturaleza, nos domina la sociedad con sus modelos, sistemas y autoridades. Hay que seguir el espíritu de la Ilustración liberando al hombre de creencias supersticiosas en poderes malignos. Denunciar lo que se entiende hoy por razón es el mayor servicio que puede rendir la razón.

 

Referencias:

• Horkheimer, M., Crítica de la razón instrumental, Trotta, Madrid, 2002

Horkheimer: la opresión del individuo moderno

Continuamos en esta entrada con la Crítica de la razón instrumental (1947) del filósofo alemán Max Horkheimer, perteneciente a la Escuela de Frankfurt. Si en la anterior exponíamos su crítica a la concepción de la naturaleza como mero medio de supervivencia al servicio de una razón que se entiende como pura capacidad de adaptación, en ésta exponemos su crítica a la opresión que sufre el individuo por las estructuras de poder sociales, económicas y culturales en la época del industrialismo.

Afirma Horkheimer que la individualidad es propia de sociedades civilizadas y sus capas superiores. La individualidad presupone el sacrificio voluntario de placeres presentes en aras de la seguridad y conservación espiritual y material de la propia existencia. Cuando no hay posibilidad de llevar vida de ese tipo no hay alicientes para eso.

La individualidad empieza a gestarse en la Polis griega, según Horkheimer. Sócrates fue el primer filósofo de la individualidad. Con él empieza a ponerse de manifiesto la contradicción entre la conciencia individual y el Estado. Las filosofías helenísticas separaron al individuo del Estado, claudicando así de la emancipación del individuo, que siempre supone la emancipación de una sociedad atomizada, no la separación respecto a ésta. Las virtudes deben ser virtudes sociales siempre además de individuales; cuando el hombre se olvida de los asuntos comunes, políticos, la tiranía se impone.

En la Edad Media la idea de individuo se vio fortalecida con el cristianismo. El hombre, cada hombre, es creado a imagen de Dios, siendo todos iguales ante él. Dios a su vez se hace hombre en la figura de Cristo, presente como luz interior en el alma de cada sujeto humano, que aspira a la inmortalidad y salvación individual. Mediante la devaluación del yo empírico el individuo adquiere un nuevo valor trascendente, sostiene Horkheimer.

En la era de la libre empresa, la individualidad se subordinó a la razón autoconservadora: se convirtió en mera síntesis de los intereses materiales. Para el liberalismo burgués el progreso de la sociedad reside en la interacción recíproca automática de los intereses divergentes en un mercado libre. El individuo persigue sus intereses a largo plazo privándose de las satisfacciones inmediatas (ascetismo intramundano preparado por el calvinismo). El individuo burgués no veía la oposición con la comunidad, sino que creía que sólo la competencia entre individuos traería armonía social.

La época de la gran industria ya no es la de empresarios pequeños propietarios individuales con capacidad para predecir el futuro, dice Horkheimer. El individuo tiene mayores posibilidades pero también mucha mayor incertidumbre, y sus decisiones concretas son más efímeras. Cada vez depende menos de su capacidad de previsión y más de las luchas naciones e internacionales de los colosos de poder. En la medida en que el individuo se adapta a todos los grupos de poder en los que entra, en la medida en que se transforma en miembro de organizaciones, en que sacrifica sus posibilidades para complacer a tales organizaciones y a conquistar influencia en ellas, consigue sobrevivir. Se trata de supervivencia por mimetismo. Un pensamiento que no esté al servicio de unos de esos grupos, al servicio de la industria, es nulo. Los anuncios imbéciles, producción de instrumentos de dispersión, han convertido la utilidad en evangelio.

La organización del trabajo es un negocio más, afirma Horkheimer. La fuerza de trabajo no sólo es comprada por la fábrica y subordinada a las exigencias de la técnica, sino que es administrada también por los sindicatos. Paralelamente al desvanecimiento de las ideologías religiosas y morales y a la eliminación de la teórica política en valor de la investigación empírica en sentido positivista (la sociología ha capitulado de su intención crítica y transformadora de la sociedad), el pensamiento de los trabajadores tiende a amoldarse a la ideología mercantil de sus líderes. Bombardeados constantemente por las técnicas de la cultura de masas que inculcan los patrones de conducta, han aprendido que lo mejor es seguirlos, aceptar la injusticia.

Tanto el trabajo asalariado como el capital están interesados en mantener y ampliar sus controles. Ambos son tecnocráticos. Se condena la improductividad y el capital ocioso; el propio descanso se ve como un vicio cuando no es necesario para realizar un trabajo ulterior. No se trata de la producción sin más, sino de las formas en las que tiene lugar: las relaciones recíprocas de los humanos en el seno del industrialismo. El esfuerzo, la invención y la investigación se convierten en ídolos. El trabajo duro ya no se recompensa por la esperanza en una plenitud, sino que la actual ideología glorifica el trabajo por el trabajo mismo, conduciendo al rencor hacia todo trabajo. La decadencia del individuo no se debe pues a los logros técnicos ni al hombre, sino a la estructura del espíritu que gobierna la vida social. El espíritu objetivo de este tiempo adora la técnica, la nacionalidad y la industria sin conferirles un sentido.

La productividad, su relevancia económica, es la utilidad para las estructuras de poder, y no para las necesidades de todos. La pérdida de individualidad de los miembros de la sociedad no se ve recompensada por la racionalidad de la organización. No hay zonas de seguridad ya; el individuo no se puede mantener en pie ante la maquinaria social. Frente a la ideología dominante, la reflexión crítica debe reivindicar como verdaderos individuos a los mártires, a las víctimas de la opresión, y no a las hinchadas personalidades de la cultura de masas ni a los dignatarios. Para Horkheimer la tarea de la filosofía es traducir lo que han hecho dichas víctimas a lenguaje.

 

Referencias:

Horkheimer, M., Crítica de la razón instrumental, Trotta, Madrid, 2002

Horkheimer y la naturaleza como objeto de dominio

Continuamos en este entrada con la Crítica de la razón instrumental de Horkheimer. Si en la anterior exponíamos la crítica que Horkheimer realiza a cierta visión positivista de la ciencia, según la cuál la ciencia sería la panacea universal que resuelve todos los problemas de la humanidad, en esta entrada exponemos su crítica a la objetivación de la naturaleza; ésta se concibe como mero medio de supervivencia al servicio de una razón que se entiende como pura capacidad de adaptación.

Afirma Horkheimer que, en su proceso de emancipación, el hombre moderno debe dominar la naturaleza exterior pero también la interior. Lo que tradicionalmente eran fines: felicidad, salud, riqueza, pasan a ser indicadores funcionales de condiciones favorables para la producción material y espiritual. La civilización siempre ha consistido en la sustitución de la selección natural por la acción racional. En la modernidad esto se ha agudizado: más que nunca, los impulsos privados tienen que adecuarse a las exigencias de racionalización y planificación. La auto-supervivencia del individuo presupone la adecuación para la supervivencia del sistema.

Los métodos actuales de producción facilitan y exigen una mayor flexibilidad para los trabajadores. El aumento de independencia ha llevado a mayor pasividad. El hombre no “pierde el tiempo” ya adaptándose a fines objetivos, sino que se adapta casi automáticamente a los procesos determinados económica y socialmente. La modernidad nos deja un yo cuyo contenido es convertirlo todo en medio para la autoconservación, y una naturaleza que es tan solo material para que el yo ejerza su dominio. La razón es identificada con capacidad de adaptación. Si bien la capacidad de adaptación existía también en el pasado, la diferencia ahora es la diligencia con la que se somete uno, el grado en que esta actitud ha empapado el ser total del hombre y ha transformado la naturaleza de la libertad conseguida.

El hombre de hoy no se engaña con proclamas espiritualistas como en el siglo XIX; sigue habiendo contradicción entre realidad y frases altisonantes, pero está institucionalizada, sostiene Horkheimer. La hipocresía no espera ya ser creída, es cínica. La misma voz que predica sobre las cosas más elevadas de la vida: amistad, arte, religión, es la misma que nos recomienda elegir tal marca de jabón. Hay manuales para alcanzar la salvación como manuales para un electrodoméstico. La división del trabajo es la expresión de la técnica al servicio de la industria.

El único fin en la sociedad moderna de hoy es la autoconservación. Cualquier frase que no tenga un contenido pragmático se ve como sospechosa. Si uno admira una cosa por sí misma o respeta un sentimiento o quiere a alguien por sí mismo, la respuesta del otro a menudo es tomarlo a uno por loco o pensar que le está intentando engañar. La transformación del mundo en un mundo de medios es consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas. A medida que éstas y la organización social se vuelven más complicadas y cosificadas, resulta cada vez más difícil reconocer los medios como tales, ya que cobran la apariencia de entidades autónomas.

En la Grecia clásica algunos hombres alcanzaron tal libertad respecto de la presión natural que les permitió hacer filosofía. Platón, Aristóteles y compañía, deben su actividad y su ocio al sistema de dominio del que intentaban emanciparse espiritualmente. Estos momentos se han dado siempre a una élite social, que generalmente ha hipostasiado su privilegio en términos de virtud humana usándolo con fines ideológicos para degradar el trabajo manual. Hoy, sin embargo, los intelectuales no gozan de tal independencia, y no pueden permitirse pensar en la eternidad, sino dirigir su inteligencia a fines prácticos, próximos. El pensamiento especulativo queda liquidado.

La indiferencia del hombre moderno frente a la naturaleza es una variante de la actitud pragmática del hombre occidental, sostiene Horkheimer. La concepción del hombre como señor de la naturaleza está ya en el libro del Génesis. Los principales teólogos cristianos no hablaron del respeto a la naturaleza y animales, más que como educación moral de los hombres, no como obligaciones hacia aquéllos. Efectivamente, la razón pragmática no es nada nuevo. Pero nunca antes había sido expresado tan claramente ni aceptado tan generalmente.

La historia del yo es la historia de los intentos del hombre por sojuzgar la naturaleza o, lo que es lo mismo, el intento del hombre por sojuzgar al hombre. El yo ejerce funciones de dominio, mando y organización. Su base histórica reside en privilegios de casta en sociedades patriarcales con división del trabajo espiritual y manual. Del carácter violento externo del yo se pasa a interiorizarlo: sublimación de las órdenes recibidas por el superior. El yo pasa a organizar la experiencia interna. El yo lleva la mácula de su origen en el dominio social. Descartes lo representa como un pequeño dictador, cuya función es impedir que las pasiones nublen el juicio, cuyo correcto funcionamiento se manifiesta en la matemática, expresión de la razón formalizada. Pero Descartes es aún demasiado católico para renunciar al dualismo y reducir la naturaleza a contenido del yo. Ese paso se dio posteriormente, con el idealismo subjetivo de Fichte, en el que la naturaleza tiene la única función de servir de ámbito de dominio del yo para su realización. La doctrina actual está más cerca de Fichte de lo que parece, aunque despojada de su metafísica. La naturaleza es objeto de dominio total.

La generación del super-yo, estructura psíquica que reprime todos los impulsos naturales, es una venganza interna de la propia naturaleza, dice Horkheimer. El que renuncia a llevar una vida guiada por la razón subjetiva, y guiado por su fe de la infancia, previa al super-yo, se decida a reconciliar la verdad con la irracionalidad de la existencia, se verá abocado a la soledad, a una vida conflictiva. La otra opción es aceptar la sumisión, disolverse en la sociedad. Los individuos se obligan así a aceptar la ley del más fuerte, la lógica del dominio; no se reconcilian con la civilización. Su vida es un intento por combatir la naturaleza externa e interna, identificándose con sus sustitutos más poderosos: raza, patria, grupos, caudillo, tradición… Sus impulsos naturales son reprimidos, permanecen fieles al super-yo. Adaptarse, en pos del principio de autoconservación, supone convertirse en parte del mundo de los objetos. El cristianismo y el judaísmo intentaron dar un sentido a esta represión de instintos, dando motivos de comprensión y esperanza, pero las doctrinas políticas modernas no han conseguido ser tan exitosas como la religión.

El darwinismo domina el pensamiento actual sobre la relación entre el yo y la naturaleza. La filosofía subyacente de Darwin es positivista. La supervivencia del más apto puede concebirse como la traducción de la doctrina de la razón formalizada al lenguaje de la historia natural. Para el darwinismo popular, la razón no es más que un órgano, un instrumento de adaptación; la razón brota de lo irracional como mecanismo de supervivencia. Como parte de la naturaleza, la razón no está en oposición a ella sino en oposición a otras formas de vida, a otras razones subjetivas. El espíritu es pues un producto de la naturaleza. Parecería entonces que el darwinismo viene en auxilio de la naturaleza, eliminando toda filosofía que ve a la naturaleza como un objeto verdadero que la razón debe esforzarse en conocer; la razón es rebajada y la naturaleza bruta enaltecida.

Pero lo que ocurre realmente es que, en lugar de leerla filosóficamente, como un texto que revela una historia de sufrimiento infinito, la razón subjetiva oscila entre considerar a la naturaleza como objeto de exaltación, vitalismo, o despreciarla como fuerza brutal. Así pues, sostiene Horkheimer, lejos de servir para reconciliar razón y naturaleza, la maniobra darwinista lo que hace es subrayar la parte dominadora de la razón sobre la naturaleza, despreciando todo lo que no satisfaga el instinto de conservación, todo lo espiritual, todo lo que la metafísica antigua exaltaba. La razón es un instrumento de adaptación, de supervivencia. Se produce una degradación de todo lo espiritual, de todo lo que no vaya encaminado a la autoconservación. Lo bueno es lo que está adaptado. Bajo esa aparente humildad de la razón, la naturaleza queda como mero estímulo para la razón práctica, sin valor alguno en sí.

La solución no radica en volver a primitivismo, afirma Horkheimer. Somos herederos de la Ilustración, del progreso técnico, para bien o mal: no se trata de capitular de formas históricamente racionales de gobierno a formas bárbaras; se trata de liberar de sus cadenas a su aparente adversario, el pensamiento independiente.

 

Referencias:

Horkheimer, M., Crítica de la razón instrumental, Trotta, Madrid, 2002

Horkheimer y la ciencia como falsa panacea

Continuamos en este entrada con la Crítica de la razón instrumental de Horkheimer. Si en la anterior exponíamos su visión del paso de la razón objetiva a la razón subjetiva, en ésta exponemos la crítica que Horkheimer realiza a cierta visión positivista de la ciencia: según la cuál la ciencia sería la panacea universal que resuelve todos los problemas de la humanidad.

El consenso positivista

Horkheimer considera que en la actualidad hay un consenso casi general que sostiene que la ciencia ha triunfado allí donde la filosofía fracasó; los problemas se resuelven experimentalmente o son pseudo-problemas. Así pues, lo único que necesitamos es confiar en la ciencia. Se reconoce que puede tener efectos perniciosos, pero se explica aludiendo a un uso desvirtuado de ella, no imputable a la ciencia misma. Éste es el dogma central del positivismo. Para Horkheimer esto no es más que tecnocracia filosófica. Los positivistas no son conscientes de que la ciencia es un modo de producción adicional entre otros, así que resulta imposible a priori decir el papel de progreso o retroceso que juega la ciencia en el proceso social.

El error de revitalizar metafísicas del pasado

Ahora bien, continúa Horkheimer, no se trata de revitalizar metafísicas del pasado, como muchos detractores del positivismo hacen. El paso de la razón objetiva a subjetiva no sucedió por casualidad y no podemos revertir el proceso así arbitrariamente sin más. La razón subjetiva disolvió aquellas bases porque ya eran débiles; retomarlas sería artificial e inútil. Lo que hacen los intentos de revitalizar dichas ideas metafísicas es transformarlas en medios para unos fines: mantener posturas de determinados grupos ideológicos.

Tomás de Aquino construyó un sistema que tomaba los conceptos de la ciencia más avanzada de la época, la aristotélica. Lo que los neotomistas hacen volviendo a la filosofía tomista no es esto, sostiene Horkheimer, pues sus conceptos ya no están en el acervo científico moderno; se tornan así en artificios intelectuales de dudosa validez. Los conceptos de las ontologías medievales se convierten en instrumentos de la política moderna, precisamente aquello contra lo que se revelan. Disuelven el espíritu de aquello que intentaban revitalizar. Los neoconservadores están más interesados en justificar la necesidad de la fe, de la religión, para la vida moderna, que en mostrar su contenido de verdad. No consideran ya que la metafísica cristiana describa la verdad del mundo sino que es útil, es un medio necesario para dar sentido a la vida, calmar nuestra alma, nuestro sufrimiento, dar emoción. Es un medio frente a las dificultades psicológicas y sociológicas de la vida moderna. Pasa a ser un medio de la razón subjetiva, para fines profanos: en lo político para sancionar toda clase de empresas y en la vida cotidiana como medicina.

La ciencia como actividad social

Los positivistas acusan a los neotomistas de llevar a la parálisis del pensamiento, ¿pero no hacen ellos también eso?, se pregunta Horkheimer. Como toda fe establecida, la ciencia puede ser utilizada al servicio de las fuerzas sociales más diabólicas, y el cientificismo no es menos estrecho de miras que la religión militante. Cuando afirman que los males dependen de la actitud anticientífica lo que muestran es la intolerancia de su doctrina.

La ciencia es una actividad humana organizada según el modelo industrial, sostiene Horkheimer. Y vigilada y dirigida según necesidades de este modelo. Lo cual es bueno para obtener objetivos limitados como, por ejemplo, la producción de mejor alimento para lactantes, de explosivos o métodos de propaganda, pero no para promover el verdadero pensamiento. Dado que la ciencia es un elemento del proceso social, su conversión en árbitro de la verdad traería como consecuencia el sometimiento de la verdad misma a patrones sociales cambiantes. Ver a la ciencia como salvadora de la humanidad supone malinterpretar la interacción de fuerzas económicas, técnicas, políticas e ideológicas.

Los positivistas, afirma Horkeimer, reducen la ciencia a la física y sus métodos sin advertir que la división entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu es cultural, no real. Las primeras (las que ellos consideran verdadera ciencia) han sido provistas de objetividad y desprovistas de contenido humano mientras que las segundas carecen de objetividad manteniendo vivo el contenido humano pero en forma de ideología, a costa de la verdad.

Los positivistas alegan que el resto de disciplinas usan medios irracionales, no experimentales. Ellos se consideran científicos y sostienen que su conocimiento de la ciencia reposa en la observación verificable de la misma. ¿Pero cómo resulta posible determinar lo que es ciencia si esta determinación presupone los métodos mediante los que se obtiene verdad científica?, se pregunta Horkheimer. Si alguien pregunta qué es la observación adecuada de la verdad, los positivistas apelan a la observación. Dicen que no les corresponde justificar el principio de verificación, que no hay enunciado significativo que no sea verificable, incurriendo así en petición de principio. Aunque los positivistas se jactan de la pureza lógica de sus enunciados, lo que la actitud positivista evidencia realmente es su veneración por la ciencia institucionalizada. La ciencia, para ser la autoridad absoluta, tiene que ser justificada como principio espiritual o no deducida a partir de métodos empíricos, y después verse absolutizada sobre criterios dogmáticos orientados al éxito científico. El empirismo aniquila los principios mediante los cuales la ciencia y el propio empirismo podrían ser justificados. La observación es un modo de comportamiento, no un principio en sí, que puede llevar a cada momento a su abolición.

Los positivistas no se meten filosóficamente en temas vitales como el espíritu, la conciencia, el sí-mismo. No tienen axiología, y justifican que no pueden hacer nada frente a la crisis espiritual del tiempo porque no han tenido tiempo suficiente para aplicar su método a los valores. Los sustituyen por un autoritarismo dogmático, por un burdo materialismo, supuestamente en nombre de la ciencia. Ni el positivismo ni el neotomismo, afirma Horkheimer, son conscientes de sus propias contradicciones; ambos tienen un papel despótico.

El positivismo ve un mundo de hechos y cosas, obviando vincular la transformación del mundo en hechos y cosas con los procesos sociales. Precisamente, dice Horkheimer, el concepto de “hecho” es un producto de la alienación social; resultado de que todo objeto es visto como el objeto abstracto del intercambio. La tarea de la reflexión crítica no es sólo comprender los hechos en su evolución histórica sino el propio concepto de “hecho” en su evolución, y por tanto su relatividad. Los “hechos” de los positivistas, los cuantificables, contribuyen más a oscurecer la realidad que comprenderla.

Al identificar conocimiento y ciencia, afirma Horkheimer, los positivistas limitan la inteligencia a las funciones necesarias para la organización de un material ya tallado de acuerdo con el molde de la cultura comercial, aquello que la inteligencia debería criticar. No son conscientes de que ni los contenidos ni los métodos ni las categorías de la ciencia están por encima de los conflictos sociales. En su juicio sobre la praxis social, los positivistas son extremadamente idealistas. El positivismo es en definitiva la falta de autorreflexión; su incapacidad para comprender sus implicaciones filosóficas en ética y teoría del conocimiento lo convierte en una panacea más

En conclusión, Horkheimer sostiene que tanto neotomismo como positivismo son conformistas: ambos aceptan un modelo de comportamiento en el que el éxito o fracaso, aquí o en la otra vida, juegan un papel esencial. El positivismo, con su insistencia en atenerse a los “hechos”, al sentido común y olvidarse de utopías, no es diferente del neotomismo, con su exhortación a obedecer la realidad (que equipara con verdad y bondad) tal y como la interpreta la religión. El positivismo en su critica al dogmatismo declara pernicioso el principio de verdad en cuyo nombre tiene, solamente, sentido la crítica. Por otro lado, el neotomismo se aferra tanto a la verdad que ésta muta fácticamente en su contrario. En definitiva, para Horkheimer, ambos sustituyen a la razón autónoma: uno por un automatismo de una metodología ultramoderna y otro por la autoridad de un dogma.

Referencias:

  • Horkheimer, M., Crítica de la razón instrumental, Trotta, Madrid, 2002