Educación emocional (Dejando espacio al sentir)

De un tiempo a esta parte, en muchos momentos de encuentro que tengo con equipos profesionales (docentes, educador@s, familias) uno de los temas que más relevancia tiene en la conversación es el de la gestión emocional. Hace relativamente poco tiempo, se pusieron de moda materiales didácticos como el Emocionario, o “El monstruo de los colores”, con los que muchas maestras y maestros comenzaron a intervenir en este aspecto en el aula, en los ciclos de infantil, primaria y hasta secundaria, con la programación de sesiones que abordaran de manera directa el mundo emocional de los/as menores. De pronto, todos los profesionales éramos conscientes de la importancia de trabajar con el alumnado o con los/as chavales (en el ámbito de la educación no formal) la identificación y la gestión de emociones, como la piedra angular del resto de la intervención educativa.

En un momento de la conversación, cuando dos colegas intercambiaban experiencias de trabajo en este ámbito en sus respectivas clases, se me ocurrió hacerles una pregunta: “¿Y los/as chavales se sienten libres de, por ejemplo, llorar durante la sesión?”. Ambos me miraron con expresión de no entender. Y, finalmente, uno de ellos me dio la respuesta “Cómo van a llorar en el aula. Sería un poco raro verlos llorar delante del resto de compañeros/as”.

Este profesor, sin darse cuenta, había dado con la clave. ¿Se legitima que los/as menores expresen sus emociones? ¿se juzgan las emociones propias y ajenas? ¿Nos sentimos libres de expresar las cosas que sentimos para poder “sacarlas fuera”, mirarlas con atención y volver a integrarlas en nosotros/as?

En uno de los talleres de formación como terapeuta Gestalt, vivenciamos nuestro propio mapa emocional, conectando a través del cuerpo con cada una de las emociones planteadas (ira, tristeza, alegría, amor) con el objetivo de conocer cuáles eran nuestras emociones más negadas. Recuerdo que, lo primero que escuché de la formadora fue que las emociones existen para  ser sentidas. Si, de acuerdo. Puede parecer una obviedad. Pero si prestamos más atención a esta frase, y empezamos a recordar momentos o escenas de nuestras vidas, nos daremos cuenta de que en realidad, eso no ocurre. Las emociones se juzgan, se esconden, se inhiben o se coartan. Todos podemos visualizar una escena en la que nuestro “YO niña/o” se ponía a llorar (no importa no recordar el motivo) y nuestra madre o padre nos instaba a dejar de hacerlo con un “Deja de llorar” que, en aquel momento, podía funcionar.

Empiezo a tirar del hilo, y pienso como en mi familia, durante mi infancia, se “castigaba” mi excesiva sensibilidad. Como a mi primo, mi tío le decía que parecía una niña porque lloraba demasiado. Como la ira estaba totalmente inhibida, incluso entre los adultos, ocasionando más de una úlcera de estómago (porque si, amigos/as: el inhibir las emociones y negarnos a sentirlas, hace que éstas busquen otras vías de expresión alternativas que se reflejan en nuestra salud física y mental). Si sigo tirando del hilo, salto de mi familia a la sociedad. Las niñas son más sensibles; los niños no lloran; cuando te enfadas te pones muy fea; dejad de reíros que molestáis a papá, que está viendo la televisión; No llores por una tontería; Que no te lo diga, no significa que no te quiera.

Bien. ¿Creemos entonces que vivimos en un sistema donde somos libres de expresar nuestras emociones sin miedo? ¿Qué todas las emociones están legitimadas? ¿Qué las mujeres podemos expresar nuestra ira y enfado porque nos han enseñado a cómo hacerlo y los hombres pueden mostrarse sensibles y llorar en público?.

Pienso en los/as adolescentes con los que trabajo y convivo diariamente. Por ejemplo, en la adolescencia temprana (12 a 14 años), su desarrollo emocional se caracteriza por presentar una gran inestabilidad en sus conductas, se muestran más sensibles y necesitan mayor privacidad; comienza la búsqueda de relaciones afectivas fuera de la familia. En resumen, están en plena búsqueda de su sentido de identidad (su “self”). Esta búsqueda les produce en ocasiones gran sufrimiento, confrontar con las normas y los límites, no entender qué están sintiendo en muchos momentos. En este sentido, me planteo si la escuela, la familia, la sociedad en general, nos permite sentir. Nos permite emocionarnos libremente, conocer qué sentimos, dónde lo sentimos y qué postura tomamos frente a las cosas que sentimos.

Las emociones son una fuente de información maravillosa para saber qué es lo que nos pasa en relación con el mundo exterior, ya sean situaciones vitales o personas que están en nuestra vida. Nos permiten y nos facilitan conectarnos con nosotras mismas. Por ejemplo, si siento miedo, es porque algo que me rodea lo percibo como una amenaza. Y el miedo me conectará con mi propia vida, con lo que considero importante o no. Tienen una función orientativa, ya que nos dan información sobre cómo vivimos nuestra relación con algo o con alguien y sobre la calidad de la misma. Las emociones tienen una función adaptativa. Nos permiten aprender a desenvolvernos en la vida adaptándonos al medio que nos rodea. Son un termómetro de lo que queremos y lo que no queremos en nuestra vida; así, podemos aceptar las relaciones que alimentan nuestra salud y evitar las que nos enferman.

Está claro que no podemos elegir la emoción que sentimos en un momento determinado, pero si podemos decidir qué hacer con ella, qué actitud tener ante lo que nos pasa. Tengamos en cuenta que son nuestra forma de percibir el mundo. Es decir: si me manejo en la vida siempre desde el miedo, pensaré que todas las personas son una amenaza que viene a dañarme. Es por esto que, como profesionales y como madres/padres, es imprescindible que acompañemos a los/as niños/as a vivir sus emociones y a expresarlas, para poder gestionarlas de manera natural y adecuada.

Tenemos que tener en cuenta que las emociones siempre se dan en relación con algo o con alguien, con lo que detectar este estímulo que genera una emoción determinada en mi es el primer paso para saber qué me pasa y cómo soy (herramienta de autoconcepto). Este estímulo tiene que resultar significativo para que yo pueda sentir la emoción. Y estos estímulos variarán según la persona, el momento o la situación (hay personas que se enfadan más rápidamente que otras y por motivos muy diversos, que dependerán de su propia historia de vida).

Por ejemplo: Si las personas invasivas me dan miedo, este miedo me permite discriminar un estímulo que me perturba y me informa de que soy una persona introvertida; y a su vez esto me indica que, para ajustarme a lo que voy viviendo, quizá deba aumentar mi tolerancia a este tipo de personas y/o aprender a poner límites a la hora de relacionarme con ellas. Me daré cuenta de que mi cuerpo también siente esa emoción, apareciendo sudoración en mis manos, o sequedad en mi boca cuando me encuentro frente a una persona invasiva.

 

educación emocional

Pasos:

Primer paso: reconocer la emoción en mi cuerpo

Lo emocional se vincula con los cinco sentidos. Un paisaje, por ejemplo, puede conectarme con la paz y la tranquilidad. Un olor, con la nostalgia de la niñez. Una canción, puede conectarme con la alegría más pura. Cada emoción, nos conecta con diferentes acciones. Así, la alegría nos lleva a querer compartir, mientras que el enfado nos invita a apartar lo que nos molesta. La tristeza requiere de soledad para reflexionar, el miedo me paraliza o me empuja a huir…

Todas las emociones, todo lo que siento, tiene un registro corporal que lo acompaña. En mi trabajo diario, cuando estoy en intervención con algún/a adolescente (que ya sabemos que a veces no encuentran palabras para describir lo que sienten), les llevo al cuerpo. ¿Dónde sientes la emoción? ¿Cómo es?. Así es más sencillo que vayamos tomando consciencia de que emoción es la que me embarga. Por ejemplo, la tristeza se siente en los ojos o en la boca del estómago; la alegría se siente en la parte alta del pecho, la ira, suele sentirse en los puños y la mandíbula… situando corporalmente la emoción, es más sencillo poder acompañar en que él/ella pueda sostenerla.

Segundo paso: sostener la emoción

Aquí entramos en la parte más compleja. En lo que está impregnado por el juicio, el contexto cultural en el que me muevo, mi historia familiar, lo que me está permitido o no…

Una vez que reconozco lo que siento, sólo he de dejarlo sentir. Acepto este momento sin pretender cambiarlo o modificarlo. Dejo que la tristeza me invada, que las lágrimas surjan. No la niego ni la alimento. Solo dejo que sea, le doy su espacio, su tiempo… y no la juzgo. No caigo en alimentarla o aumentar su intensidad, ni tampoco la penalizo o la contengo.

De ahí que las frases que hemos ido escuchando a lo largo de nuestra vida (como “deja de llorar si quieres que te haga caso”, “No llores por tonterías”) son las que nos dificultan la capacidad de legitimar y sostener las emociones que siento. Si tu hija/o de 4 años tiene una pataleta y llora, déjale que llore hasta que se calme. Prueba con un “No entiendo lo que me quieres decir porque lloras y hablas a la vez. Cuando dejes de llorar, hablamos”. De esta forma, el mensaje que le estamos dando a este/a niño/a es que es legítimo que sienta rabia, enfado y/o tristeza, que es libre de expresarla, y que cuando considere que ya es suficiente, puede buscarnos y hablar sobre lo que ha sentido. Y lo mismo cuando estamos frente a un/a adolescente: dejemos que sientan lo que sienten. Legitimemos que todos/as nos sentimos en ocasiones enfadados/agresivos, alegres, tristes, con ganas de encerrarnos en casa sin que nadie nos vea. Es lícito. Es real. A todos/as nos pasa. Y, cuando esta emoción disminuya, démosles el espacio para poder expresar qué ha ocurrido. Para que entiendan que las emociones no son “malas” o “buenas”, permitidas o prohibidas. Simplemente están y son. Si no dejamos el espacio suficiente a la emoción, esta se ahoga, no puede hablar. No nos puede hacer llegar el mensaje, su utilidad.

Tercer paso: gestionar la emoción

Una vez que reconozco y acepto la emoción, puedo saber que necesito, puedo decidir conscientemente que hago con ella y como la expreso o la vivo conmigo misma o con el otro.

“Estoy enfadada con mi mejor amiga. Siento mi enfado, como una bola caliente en mi estómago (reconozco mi enfado); lo sostengo (acepto que estoy enfadada, sin hacerlo más grande y sin minimizarlo. No le quito importancia, le doy espacio y que dure el tiempo que necesite.) Y, finalmente, gestiono mi enfado: ¿qué necesito hacer para que este enfado disminuya y desaparezca? En este caso, puede ser hablar con mi amiga, expresar lo que siento.

Por lo tanto, la gestión de la emoción me permite completar el proceso, nutrirme de lo experimentado, completar mi ciclo de necesidad y reequilibrarme a nivel interno y con el entorno que me rodea.

 

Después de escribir y releer este artículo, me ronda una pregunta. ¿Estamos preparados/as para acompañar a los/as niños/as, adolescentes, jóvenes, adultos/as para que redescubran su propio mundo emocional, para que puedan expresar de manera libre sus emociones? Dejemos de prohibir a los/as niños/as llorar, sólo porque nosotros/as no podemos ayudarles a sostener el llanto. Dejemos espacios para que ellos/as se sientan en confianza para expresar todo lo que les ronda por dentro. Acompañémosles en el “poner palabras” a lo que sienten. O al menos, saber cuándo lo sienten, en qué parte de su cuerpo se manifiesta y cómo se posicionan ante esa emoción. Todas ellas son lícitas. Están legitimadas. Son necesarias para que ellos/as aprendan a posicionarse en el mundo, a encontrar momentos y espacios propios en los que, simplemente, sentir.

Vallas y vías. El apego en el adolescente

“Cuando eres adolescente, te enfrentas a muchas cosas que ni sabes cómo resolver. Pero hay que demostrar que sabes. Pero no sabes nada. Y en vez de reconocerlo, me enfado y grito a mi madre y a mi hermano, a lo loco. Y cuando quieres darte cuenta, ya ni sabes cómo empezó todo. Pero me da vergüenza pedir disculpas” (Vanessa, 14 años)

 

“Para mí es cansado. A veces tienes que hacer como que no te importan las cosas, porque si lloras o te quejas, se ríen de ti. Y cuando llego a casa, no le cuento nada a mis padres porque siento que lo que les cuento, les parece absurdo” (John, 16 años)

 

“Si ellos nunca se han molestado en decirme que me quieren… si siento que he sido un estorbo, ¿cómo quieren que les muestre cariño? ¿Por qué me echan en cara la misma mierda que ellos me han hecho a mí?” (Luis, 17 años)

Mi adolescencia, tu adolescencia, no han sido muy diferentes a los testimonios de estos tres chavales con los que realizamos una intervención socioeducativa desde mi Proyecto el año pasado. Nosotros también fuimos chicos y chicas que buscaban su sitio, demasiado orgullosos para reconocer que no sabían, demasiado temerosos como para mostrar nuestros miedos. La cabeza bien alta, la voz segura. Las ideas, muy claras. Aunque no sea verdad, la vida se trataba de demostrar que creías que sabías de qué iba. Nunca entendí qué fue lo que me atrajo de ellas/os como para dedicar mi vida profesional a intentar encontrar la clave de su comportamiento, de sus formas de ver la vida. Nunca tuve respuesta a eso. Hasta que empecé la formación como terapeuta Gestalt (y sobre todo, mi proceso individual) no di con la respuesta. Trabajo con adolescentes porque cuando les miro, me veo. Cuando les veo enfadados, rabiosos, angustiados, me veo en sus ojos. Siento que mi trabajo con ellos/as está permitiendo sanar mi propia adolescencia. Verla con otros ojos, abrazarla y acogerla.

Mi adolescencia (y seguro que la tuya también) no fue demasiado dura contra el mundo. Yo centré toda mi rabia en mi familia, en la sensación terrible de no encajar con ellos. A veces, me sorprendía mirándoles y pensando “¿Por qué ellos son mi familia? Si no tengo nada que ver con ellos… ¿Por qué me tocaron estos padres en vez de otros?”. Era una sensación de vértigo en el estómago. De no reconocerlos realmente. De sentirme de otra galaxia, otra dimensión. Entonces me separé de ellos. Empecé a darme yo misma todo lo que ellos no me daban (o al menos así lo sentía yo). Era una adolescente modelo, porque el mínimo que me exigían, lo cumplía (buenas notas en clase, respetar normas y horarios). Pero no compartía nada con ellos. NADA. De muchas cosas que viví en esta época loca, se han enterado hace relativamente pocos años. Es curioso como ahora que me acerco a los 40 años, es cuando me siento más parte de mi familia. Al fin encajo. Me reconozco en ellos. Les reconozco en mí.

 

 

Todo adolescente tiene que romper las normas, como parte de su crecimiento, de su separación del mundo de sus padres. El mundo y la sociedad han cambiado y el niño/a crece con la sensación de que es un adulto más, al que se pide opinión y se escucha. Y no solo eso, sino que además se tiene en cuenta lo que dice.

Esto, por una parte, está muy bien para el niño/a, pero por otra parte, irá creciendo con la sensación de que es mejor que sus padres, que se lo merecen todo y que, además, tiene derecho a no agradecerlo.

Este niño/a va creciendo y va llegando a la adolescencia, etapa en la que tiene que empezar a discutir con sus padres acerca de los patrones familiares, las normas, los permisos… Pero el chico/a se encuentra con que no hay mucho que discutir. El clima en casa ha sido el de, generalmente, dejarle hacer lo que desea (para prevenir así las discusiones y peleas), demasiada permisividad. O todo lo contrario: límites estrictos, demasiada sobreprotección, elevadas exigencias por parte de sus padres.

Actualmente, algo que les ocurre a los/as adolescentes, es que no encuentran áreas en las que plantear la pelea. ¿Qué les queda? Utilizar los estudios, el rendimiento académico, su comportamiento en el centro educativo como elementos para establecer el conflicto con sus padres. Si unimos a esto, el hecho de que estos niños/as se han creído superiores a sus padres desde la niñez (porque sus padres los admiran por su inteligencia, por sus ocurrencias), llegan a la adolescencia sintiéndose poderoso ante sus padres (peleas de poder).

Todo esto llevado a la adolescencia, se convierte en una bomba de relojería, donde realmente el adolescente se cree lo que es, pero no sabe lo que es ni hacia dónde quiere ir. Es la etapa en la que tiene que empezar a demostrar lo que dice que es y muchas veces la realidad le demuestra que no es así, que no vale tanto como cree o que tiene que hacer un esfuerzo mayor para demostrarlo. Aquí es donde llega la “crisis” (el entorno le presiona para que decida qué quiere hacer con su vida. Para unas cosas es mayor, pero para otras es pequeño). Algunos la viven como depresión, otros desde el abatimiento, el pasotismo, la indiferencia, la evasión (a través del consumo de drogas, por ejemplo).

 

El inicio de todo. Los apegos

Si recorriéramos nuestra vida en sentido inverso y prestáramos atención, podríamos ser capaces de ver el momento preciso, el instante en el que todo cambió. Esta pregunta la he lanzado muchas veces en los grupos de adolescentes con los que comparto camino. ¿En qué momento cambió todo? Somos capaces de recordar ese cambio de colegio que nos alejó de nuestras amigas… aquella mudanza que nos cambió de barrio, perdiendo los momentos vividos en el que creíamos que era nuestro lugar “seguro”… o que mamá y papá decidieron que ya no querían seguir viviendo juntos (aunque se querían mucho… o eso te dijeron). Amigos/as con los que peleamos, dejándonos de hablar durante días, semanas… años. Gente que entró y que salió de nuestras vidas, sin dejar ni rastro, o dejando marcas profundas, de las que te acompañan hasta el final. Si lo pensamos un momento, ¿con qué estrategias contábamos en aquellos años para hacer frente a este mundo rápido y cambiante? ¿Cómo éramos capaces de sostener, de atravesar el dolor que causaban las peleas, las pérdidas?

Para llegar a este punto, tendríamos que seguir caminando y llegar a nuestra más tierna infancia. Un ejercicio complejo, lleno de miedo, pero no imposible. Los apegos. El inicio de todo este camino, en el que ahora te encuentras con 15 años y sin tener ni idea de qué o quién eres. Uno de los autores que más he leído, y con el que comparto muchas de sus teorías, Bowlby, define el apego como “el vínculo emocional que desarrolla un/a bebé con sus tutores, ya sean padres biológicos, adoptivos o cuidadores/as”.

Este vínculo emocional del apego crea en el/la niño/a una sensación emocional que se considera indispensable para el desarrollo de la personalidad del niño/a, y que marcará su manera de desenvolverse y relacionarse con el mundo que le rodea en el futuro. En este punto es donde llegamos al centro de la cuestión. Detrás de toda conducta disruptiva, desadaptativa, conflictiva, no adecuada, agresiva, violenta, reaccionaria, etc, así como detrás de toda conducta normalizada, adaptativa, pacífica y sana, se encuentra la memoria corporal de nuestro propio niño, de nuestro propio bebé. Según Bowlby, un bebé nace con una serie de conductas aprendidas cuya finalidad es lograr respuestas de sus padres. Por ejemplo las sonrisas reflejas, la succión, el llanto, el balbuceo o la necesidad de ser acunado responden a esas conductas que necesitan de una respuesta paterna. Todo este repertorio está encaminado a mantener la proximidad de la figura materna/paterna, es decir: de sus figuras de apego. Es por esto que los/as bebés se resisten a la separación, llegando a mostrarse ansiosos e inseguros cuando mamá o papá no están cerca.

 

La conducta del apego, reconoce cuatro tipos:

– Apego seguro: si lloro, si balbuceo, si grito, recibo respuesta de mamá y papá, que vienen a calmarme. Se muestran disponibles para mí. Se dan condiciones óptimas de apego.

– Apego ansioso-evitativo: papá y mamá se muestran insensibles ante mis peticiones, ante mis necesidades. A veces, incluso, rechazan mi llamada y no me hacen caso.

– Apego ansioso-ambivalente: mamá y papá a veces me hacen caso… pero a veces no. Ante una leve separación, me siento mal, me entra ansiedad, me siento vulnerable y desprotegida. Pero cuando me cogen en brazos, sigo sintiéndome igual de ansiosa. Quiero tu contacto, pero lo rechazo.

– Apego desorganizado o caótico: en este caso, se puede dar de manera activa, cuando mamá y papá son intrusivos, tienen un alto nivel de agresividad hacia mí. Responden más en función de su propia necesidad que de la mía (“Esta niña es insoportable. Es una llorona. Seguro que llora tanto para fastidiarnos”). En algunas ocasiones, el apego es pasivo, y aparecen madres y padres que depositan la responsabilidad y la labor de la crianza en el propio niño/a.

 

Un gran abanico de posibilidades. El 80% de adolescentes con los que intervengo, presentan conductas de apego de los tres últimos puestos de la clasificación. Son adolescentes que ahora muestran indiferencia, evitación, excesiva autonomía. Un afecto inhibido. Son incapaces de expresar emociones y muestran dificultades para empatizar (ansioso-evitativo); adolescentes que muestran de una forma desinhibida su ansiedad y su rabia, con una gran dificultad para lograr una autorregulación de su estado emocional (ansioso-ambivalente); adolescentes agresivos, manipuladores, que presentan conductas antisociales y castigan a sus iguales (desorganizado activo) y adolescentes complacientes, que tienden a la soledad, a los/as que les cuesta establecer relaciones interpersonales y tienen dificultades para sentir y pensar (desorganizado pasivo).

 

“¿Sabes? Creo que mi forma de ser a veces es una valla, que no me deja seguir andando. Que me fastidia el camino porque pierdo tiempo. Pero ahora, veo que también a veces es una vía. Por la que voy tranquilo y puedo llegar a más sitios”

 

 

Para poder acompañar a un/a adolescente, es imprescindible recorrer ese camino en sentido inverso hacia el origen de su vida. Haciéndolo con él/ella, lo haremos con nosotras/os mismas/as, y podremos comenzar a atisbar quiénes somos realmente. En este momento, tendremos que abordar dos niveles de intervención claros. Por un lado, la reparación del apego como base segura, acompañándole en el aprendizaje de gestión de emociones. Por otro lado, el desarrollo de su identidad. Que descubra quién es realmente. Que se pueda integrar en una red social variada y positiva.

Si sólo nos quedamos con lo que se ve, con la explosión de ira, con la mala contestación, con el silencio impenetrable, caeremos en el “no saber”, en cuestionar su actitud ante la vida, ante el mundo. Impregnaremos su historia de la nuestra, proyectando nuestros miedos en ellas/os.

El apego recibido en nuestra infancia es justo eso. Es el prisma por el que observamos el mundo y nos relacionamos con el. Puede ser que tus padres te enseñaran con su actitud y su falta de afecto que la vida es un campo de batalla, donde siempre hay que ir mirando detrás de ti, donde no exista opción de escaparse y te veas obligado/a a sobrevivir. Lleno de vallas y barro. O, en cambio, puede ser que lo hicieran de otra forma, que hace que ahora consigas verte, observar qué partes no funcionan, cuáles están alienadas. Integrarlas en ti. Descubrir que esa opción, convierte tu vida en un montón de vías disponibles, que te llevan a donde quieras soñar. Que te dejan relacionarte con el mundo de una forma más sana y serena. La suerte que tienes es que, como adolescente, el pasado no te importa demasiado. Vives en el ahora más absoluto. Y piensas en lo que está por llegar.

 


Adolescentes: El vínculo educativo y el vínculo terapéutico

El vínculo. Tendiendo puentes

En los más de quince años que llevo dedicándome a la intervención con adolescentes, tanto en situaciones de exclusión y riesgo como en situaciones y contextos más “normalizados”, he tenido la oportunidad de trabajar con equipos directivos y docentes de varios centros educativos de educación primaria y secundaria. Los/as profesores/as en estos últimos años, muestran motivación por conocer y poner en práctica las metodologías más innovadoras, más integrativas y multidisciplinares para avanzar y conseguir mejores resultados en su labor diaria. En este sentido, me invitaron a coordinar varias acciones formativas para estos equipos, de cara a poder mejorar su trabajo, y, por ende, los resultados de sus alumnos/as.

En estas sesiones, se planteaban diversas líneas de acción, para poder llegar a elaborar la figura del profesor/a ideal entre todos/as, partiendo siempre de sus propias experiencias como alumnos/as y de las características que se consideran necesarias para ejercer como profesor/a. A través del debate y partiendo de su “sí mismo/a”, se pusieron en juego multitud de dudas, de carencias y de potencialidades, que sentían que nunca habían llevado a cabo por miedo a que el resto del equipo no entendiera o juzgara. Al fin y al cabo, en el ámbito educativo y formal, suele ser más sencillo seguir la corriente del equipo, la idiosincrasia del centro, que discutir sobre estrategias o aportar cambios metodológicos a lo ya establecido.

En la primera sesión, siempre se elabora una lluvia de ideas donde el equipo debe plantear qué facilitadores encuentran en su intervención en el aula, de cara a compartir y a entender que no todos/as parten con las mismas ideas sobre qué herramientas se pueden o deben utilizar con los/as menores con el objetivo de facilitar los procesos de los/as mismos/as. Durante una hora, el equipo habla de “metodologías participativas”, de “normas y límites”, de “sanciones y castigos”, de la preocupación del aumento de situaciones de acoso o bullying en el centro. Pero expresan también no tener las herramientas adecuadas para abordar estos aspectos que escapan de su tarea diaria: impartir contenidos académicos.

Como profesional, me entristece ver cómo en ocasiones, todo se reduce a no disponer de los conocimientos adecuados para poder llegar a las situaciones más complicadas. Por ejemplo, una profesora de secundaria expresaba en una de estas sesiones que ella detectaba multitud de casos de comportamientos disruptivos, pero que no se sentía con la seguridad ni las competencias para poder intervenir en estas situaciones de manera segura. Es decir: si no siento que dispongo de los conocimientos teóricos necesarios, no intervengo en lo que se escape de lo meramente académico. Esto me dio que pensar. ¿En la intervención con menores, con personas, todo se reduce a lo académico? ¿A lo teórico? Somos capaces de poner en marcha las metodologías de trabajo más alternativas y modernas, pero no somos capaces de conversar con un chaval/a que te está pidiendo ayuda sin palabras? ¿Somos capaces de ver más allá de lo que a simple vista se nos muestra?

 

Ir más allá

En un momento de la sesión, quise compartir mi herramienta maestra. La que llevo utilizando desde el primer día que me vi sentada en una sala con un chaval de 12 años que acababa de pelearse con un compañero durante una actividad. Ese día, lo teórico no servía, o al menos, así lo sentí yo. No valía jugar a recordarle que las peleas no estaban permitidas en el centro, ni que lo que acababa de pasar era algo muy negativo, que tendría consecuencias. Supongo, que mirándole entendí que eso ya lo sabía. Que quizás era cuestión de ir más allá de lo que había pasado hacía un rato en la pista deportiva. El chico, estaba sentado frente a mí, con los brazos cruzados, con la mirada fija en la mesa. La mandíbula apretada, respiraba agitado. Recuerdo que empaticé con él, con lo que estaba sintiendo al menos exteriormente, porque no sabía que pasaba por su cabeza (Punto primero: somos humanos, somos profesionales, pero no leemos la mente del chaval. Todo lo que piense, estará basado en nuestros filtros, nuestros prejuicios y nuestra experiencia vital. Contando con que somos la figura adulta, la autoridad y la referencia, ¿a qué tenderemos? Simple: a dar lecciones de moral).

Así que, se me ocurrió preguntarle ¿cómo te sientes ahora?. Este momento es un quiebre. El chaval está esperando, como adultos que somos, que la primera pregunta sea para saber qué ha ocurrido (porque los/as adultos/as solemos centrarnos en el hecho en sí) o para echarle una reprimenda, ya que si está ahí él solo sentado, es porque hemos decidido que  ha sido el culpable de la pelea. Cuando le preguntamos a un adolescente que cómo se siente, le hacemos conectar con su parte menos racional, más instintiva. La adolescencia se caracteriza por la necesidad de demostrar lo que nos creemos que somos, aunque seamos exactamente lo contrario. Por eso, si echamos la vista atrás, somos capaces de recordar nuestros “mensajes tipo”; esos que repetíamos hasta llegar a creérnoslos. Si le preguntamos cómo se siente, abrimos la puerta para que, durante al menos esos minutos, deje al personaje de lado y hable su self real.

 

vínculo

 

Miedo a ser, miedo a estar, miedo a sostener

Cuando cuento esta experiencia en las sesiones formativas con los equipos docentes, la gran mayoría de asistentes me miran con expresión de no entender nada. ¿Acaso no resolviste el conflicto? ¿Qué hiciste para que el chaval pidiera perdón al otro?. Siguen en la teoría, en sentir que lo más importante es el resultado, como si los humanos tuviésemos una serie de teclas cuya combinación diera uno u otro resultado (esto es algo que los/as profesores/as comparten con los/as padres y madres. La necesidad de que exista un manual básico de actuación con el que conseguir manejar mágicamente a sus alumnos/as o hijos/as, sin tener que sufrir por ello como madre/padre/maestro. Entra en juego un factor muy importante en la relación adulto-menor, tanto en el contexto escolar como en el familiar y social: el miedo. Miedo a marcar normas y que nos dejen de querer (esto lo habré escuchado más de veinte veces en sesiones con madres y padres); miedo a darme cuenta de que somos los/as responsables del conflicto que acaba de explotar; miedo a darme cuenta de que no sé hacerlo, y de que tampoco pido ayuda para aprender a hacerlo de otra forma. Miedo al fracaso, en definidas cuentas. Que, casualmente, es el que sentimos absolutamente todos los seres humanos. Hasta el chico que está sentado en la silla frente a mí, tiene miedo a fracasar, a que no le quieran, a no saber hacerlo bien.

El vínculo. Esa es la “herramienta mágica”. Los/as docentes vuelven a abrir los ojos, como si hubiéramos descubierto la piedra filosofal. ¿El vínculo? ¿Cómo es eso?. Pensemos en nuestra adolescencia – les digo- Pensemos en alguna figura adulta que se convirtiera en nuestro referente. ¿Por qué consiguió ese lugar? ¿Qué hacía de especial para que fuera un/a referente para nosotros/as? “Tenía un profesor de biología, que, todas las mañanas, antes de comenzar la clase, nos preguntaba cómo estábamos. Si queríamos, nos invitaba a contar algo emocionante o positivo que nos hubiera ocurrido en los días en los que no nos habíamos visto”. Este tipo de recuerdo, se repitió en la mayoría de los/as profesores/as que participaban en la sesión. “Sentía que el profesor se preocupaba por mí”, “Nos hacía ver que le importábamos”, “Llamaba a mi madre para felicitarle por mi comportamiento”. En resumen: sentían que “eran” y que “estaban”. Para un/a adolescente, esa es una de las necesidades más acuciantes. De esta manera, se ponen los cimientos para poder forjar el vínculo necesario que nos permita abordar otros aspectos necesarios en su ámbito personal, social, escolar y familiar.

Encontramos una primera definición en el diccionario María Moliner. En su primera acepción, define el vínculo como “algo que une una persona o cosa a otra. En lenguaje corriente actual sólo se aplica a cosas inmateriales: vínculos espirituales, de sangre, de parentesco, históricos, raciales”. En su segunda acepción nos muestra que sería “lazo, ligadura”. Esta definición nos introduce en la naturaleza inmaterial e invisible de este concepto.

El modo en que nos relacionamos con otros está influido por factores como nuestra experiencia vital, los acontecimientos positivos y negativos, las formas de apego primarias, las creencias,  la mirada que depositamos en el otro, los intereses que nos mueven al relacionarnos, la calidad comunicacional, los mensajes que emitimos, el modo de recibir la información del exterior, el manejo del poder, las cargas socioafectivas que nos acompañan en nuestra trayectoria de vida y las cuales depositamos en los otros, el grado de diferenciación que logramos experimentar o no con los otros. Y todo ello envuelto en un mapa cultural, histórico y social que genera sus propias estructuras de pensamiento y acción en el contexto donde nos movemos los humanos.

El vínculo, por tanto, se podría definir como la “síntesis de la interacción entre dos personas quienes, a través de sus mecanismos de relación ponen en juego su propia historia de vida y sus experiencias”. Esa es la principal barrera con la que me encuentro en el trabajo con docentes. Un/a profesor/a, no está formado para mostrarse tal y como es ante su alumnado. Está formado para transmitir una serie de contenidos académicos, facilitar que el clima en el aula sea el adecuado para que el alumnado pueda aprender estos contenidos, centrando todos sus esfuerzos en la meta, y no en los procesos. El vínculo, se caracteriza precisamente por ser un proceso, vivo, flexible, lleno de altibajos, idas, venidas, y vueltas a la casilla de inicio. Pero, la experiencia me dice, que es la base de cualquier proceso con un/a adolescente, ya sea educativo o terapéutico. Es necesario invertir tiempo y consciencia en el proceso del vínculo, que al fin y al cabo, consiste en tender puentes para que ambos/as componentes de la relación, consigan verse, reconocerse y acompañarse desde el SER. Yo defino el vínculo como el proceso de ser y estar al servicio del otro/a, como algo bidireccional. Si centramos nuestra atención en el proceso, en la construcción del vínculo, la relación se vuelve más auténtica. Se instala en el “aquí y ahora” de una forma natural, comprendida y necesaria.

El vínculo no es solo la herramienta más facilitadora a nivel educativo, sino también en mi experiencia a nivel terapéutico. Desde el enfoque Gestalt, el vínculo  es el elemento principal en la creación de la relación terapéutica. Esto es algo que traspaso al equipo de docentes en las sesiones de formación. “Lo que cura es el vínculo” (Irvin Yalom), sería la esencia que explique el por qué es tan importante enfocarse en el vínculo como la llave que abre la posibilidad de iniciar cualquier proceso, educativo, personal y/o terapéutico. Por eso, es imposible hablar de técnicas y herramientas concretas para la intervención con menores en particular. Porque no sabemos qué es lo que puede funcionar o no hasta que no nos encontremos frente a frente con el/la otro/a, y podamos saber cómo viene, cómo se siente.

Por eso, lo único en lo que podemos centrar nuestra atención es en la construcción del vínculo, permitiéndonos a nosotros/as mismos/as y al otro/a simplemente ser. Si el/la adolescente decide pasarse la mitad de la sesión en silencio, ya está diciéndonos algo. ¿Por qué no dejarle ser en el silencio? ¿Por qué necesitamos sentir que controlamos algo tan incontrolable como la esencia humana?. En contra de lo que se piensa, los/as adolescentes necesitan sentir este vínculo con su profesor/a, educador/a o terapeuta. Esta opción es la que nos lleva a poder marcar normas y límites que sean entendibles y sin que se generen reacciones negativas. Podremos ser capaces de utilizar otra mirada que vaya más allá del conflicto o del pasado.  Es la que nos permitirá sostener al otro, sin irnos al discurso o a las normas morales que se espera de la autoridad. Si se les deja ser, se muestran tal y como son. Si se muestran tal y como son, nos obligan a mostrarnos así a nosotros/as. Y quizás, eso es lo que más miedo nos da.

El vínculo deberá estar formado por diversas variables, que van desde la entrega del profesional al proceso, su capacidad de estar en el presente en contacto con el otro/a, realmente interesado en él/ella, poniendo en marcha todos los recursos de los que dispone, ofreciendo apoyo, seguridad, curiosidad, deseo y motivación para avanzar. Y nuestro papel, será hacer que el/la joven se sienta con la confianza de poder ser y hacer, mientras nosotros/as iremos viendo qué es aquello que le puede estar haciendo daño o le impide poder relacionarse de manera positiva ya sea con sus amigos, en el centro educativo o con su familia. Cuanto más confianza y seguridad sienta el/la menor en los momentos de intervención, más confianza y seguridad sentirá en los otros ámbitos que rodean su vida. Aprenderá a percibir a la figura adulta de una forma más sana y equilibrada, como alguien que ya ha pasado por donde él/ella está ahora. Sólo a través de esta primera puerta, podremos acompañarles a seguir avanzando a la siguiente etapa de manera confiada, y siendo ellos/as los/as protagonistas.


Fotografía: Matheus Ferrero

Un cuento pequeño: El mar

 

“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre

¡Ayúdame a mirar!”

 

el Mar

 

Acompañar en la mirada

Este cuento de Eduardo Galeano, siempre fue mi guía en el ámbito de mi profesión. Cuando empecé a trabajar con adolescentes, hace casi 20 años, no tenía idea de la inmensidad que oculta el ser humano. No era consciente de nuestro propio poder. No era capaz de ver ni mi propia esencia. Ni de conectar conmigo. Ni de escuchar mis necesidades y arriesgarme a ser feliz. Me rodeaba de gente muy experimentada, cuya función era decirle al usuario (ya con esa forma de ver a los/as chicos/as tuve varios choques) cómo debía hacer las cosas para tener una vida más plena. Mis compañeros/as de trabajo se convertían así en “semi dioses”, divinidades sagradas capaces de saber qué era lo mejor para tal o cual persona con sólo observar ciertas conductas puntuales, convirtiéndose así en maestros/as de vida. Pero ese sistema, tenía un gran fallo: nunca tenía en cuenta a la persona. En ninguna de las entrevistas iniciales que presencié, se preguntaban cosas tan esenciales como “¿qué quieres lograr en la vida?” o “¿sabes todo lo que puedes dar a este mundo?”. Así que, me formé profesionalmente en lugares impersonales, donde lo último que importaba era el protagonista principal de la historia.

En un momento dado (hacia el año 2004), llegué a un lugar que fue como encontrar una isla en medio de un mar de prejuicios y salvadores/as. Un sitio único.  En este lugar, los/as adolescentes eran los/as protagonistas. Y yo, como profesional, iba acompañando en el camino. No resolvía SUS dificultades… no juzgaba SUS deseos y sueños… no interfería en SUS decisiones. Se trabajaba en equipo para poder desarrollar todas las potencialidades existentes, poder sacar de dentro lo mejor que teníamos cada uno/a.  En ese lugar, me di cuenta de que mi trabajo, mi misión en esta vida, en este plano, era acompañar para que ellos/as fueran capaces de MIRAR. De mirarSE.

Cuando conocí a E., él estaba tumbado en un sofá en el despacho del director del Instituto donde trabajaba con un ataque de ansiedad. E. era un chico de 17 años, alto, desgarbado, con una energía muy particular. E inteligente. Muy inteligente. E. tenía una historia familiar desgarradora. Una familia desestructurada que se dice en el argot educativo. Todos los profesionales se habían centrado en abordar esa situación familiar. Pero a E., nunca nadie le preguntaba nada. Él no existía en esta historia. A él nadie le miraba. Y lo peor, es que él tampoco se veía.

Entré en el despacho a recoger unos documentos y allí me lo encontré. Nos miramos durante unos segundos, y en sus ojos pude ver una luz templada, sostenida. Potente.  Así que me senté a su lado y le pregunté qué hacía allí. E. me contó su historia, sin entrar en la esencia, sólo rasgando la superficie. Supe que tenía que acompañarlo, y él me eligió a mí para emprender el viaje. Teníamos que conseguir subir juntos esas cumbres de arena, para que al fin, ambos pudiéramos ver el mar ante nuestros ojos. Entendí entonces, en lo más profundo de mi corazón, que acompañar a E. en este viaje iba a suponer tocar mi propia herida, y acompañarme a mí misma hasta la cima, para ver mi propio mar estallando ante mis ojos.

Trabajé con E. durante siete meses. En nuestros momentos de encuentro, conversábamos sobre la vida, sobre los sueños, sobre las heridas, el odio, el dolor… el amor y la muerte. Aprendimos cómo los humanos se niegan a verse, a mirarse. Se niegan el derecho a SER y a ESTAR en el mundo. Se esconden en juegos oscuros, en estrategias retorcidas, movidos por el miedo. Porque este mundo, a veces no nos deja ser. Porque no importamos. Porque creer en el poder, en el mar interior de los humanos, ya no es esencial. Sentir da miedo y se juzga. Poner luz en las zonas oscuras da miedo. Y el mundo (y nosotros/as) nos facilita mirar hacia otro lado.

Caminar sobre la superficie quebradiza de nuestra alma, sintiendo un falso control. El miedo es poderoso.

Transitamos por nuestras sombras, y una mañana conseguimos divisar el mar. Fue un camino lleno de peligros, trampas, muros. Y mucho miedo. Ser consciente de como su historia familiar, sus emociones negadas, su excesiva autoexigencia, había ido haciendo mella en su YO más puro, fue muy complicado de sostener para E. Pero ambos, ante cualquier dificultad, nos mirábamos, nos dábamos la mano, y reemprendíamos el camino.

Cuando E. terminó el curso, ya había más luz en él como para acercarse a ver quién era (si es que alguna vez lo sabemos al 100%). Pero él estaba dispuesto a arriesgarse por conseguir mantenerse en su camino, en su “leyenda personal” como él lo llamaba. El último día que lo vi, nos dimos un abrazo intenso, precioso. Nos agradecimos mutuamente el habernos encontrado. Nos prometimos seguir compartiendo momentos, donde poder reírnos de nosotros mismos de la manía neurótica que tenemos de boicotearnos. “Al final – me decía- somos nuestros verdaderos enemigos. Los únicos. ¿Por qué no nos dejamos ser quiénes somos y nos empeñamos en mentirnos? ¿Así son los adultos?” “Por eso yo nunca quise crecer – le dije- Pero tú también me has ayudado a mirar mi mar”

El último día que nos vimos, me hizo un regalo. E, me regaló un texto escrito en una hoja de cuadros de su cuaderno de matemáticas con su letra apretujada y nerviosa.

Tú me ayudaste a mirar. Yo te quiero ayudar a seguir brillando – me dijo

Cuando nos despedimos, leí. Y lloré. Porque ese texto, escondía otra prueba necesaria para seguir en nuestros caminos. El SER como clave. El SER como necesidad vital. Desde una nueva perspectiva. Responsabilizándonos de nosotros/as.

¿Se pregunta el Sol “soy bueno, valgo la pena, doy lo suficiente de mí?” No. Arde y brilla.

¿Se pregunta el Sol “¿qué piensa de mí la Luna, cómo se siente Marte por mí hoy?”. No. Arde y brilla.

¿Se pregunta el Sol, “soy tan grande como otros soles en otras galaxias?”. No. Arde y brilla.

 

Ardamos y brillemos

Con nuestra luz interior, esa que paso a paso vamos desempolvando. Porque al final, es más sencillo no querer ver, menos doloroso. Pero, haciendo referencia a un gran maestro, Mariano Castillo, el dolor puede ser utilizado como portal hacia algo increíble. Cuando transitamos en el dolor, somos capaces de reconocernos sin filtros. Si nos reconocemos, somos capaces de vernos y mirarnos a los ojos. Y ya no es fácil mentirnos. Ya no hay sitio donde esconderse. Así que, solo nos queda lanzarnos a escalar las cumbres. Y arder y brillar.