Aceptar el orden del mundo para alcanzar la felicidad (Lección de filosofía 4)

En esta serie de 4 posts sobre las lecciones de la filosofía estoica que siguen vigentes en la actualidad, hoy nos toca hablar de la única actitud capaz de llevarnos a una felicidad plena: aceptar totalmente y sin condiciones el orden del mundo. Gracias a Monica Cavallé, y a su libro «El arte de ser«, que recomiendo fervientemente, podrás profundizar mucho más en estas ideas.

Si quieres leer antes las otras lecciones, aquí las tienes:

Todo sufrimiento proviene de la no-aceptación

“Nuestro soberano interior, cuando es conforme a la naturaleza, tiene ante los acontecimientos una actitud tal que siempre se adapta fácilmente a lo dado.”

Marco Aurelio

Las tradiciones sapienciales son un canto y una invitación a la confianza en la providencia, es el Lógos que nos guía y nos sostiene. Confiar en esa presencia inteligente en nosotros equivale a…

1- … reconocer nuestro poder esencial, el que siempre depende de nosotros

El que nos permite convertir todo en un bien interior. Siempre podemos alcanzar nuestro fin porque nuestra virtud no depende de lo que nos pasa, sino de las respuesta que damos ante lo que nos pasa.

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2- … aceptar nuestros límites en el ámbito de lo que no depende de nosotros

El grado más elemental de esta aceptación es el que nos conduce a asumir “lo que es” porque sencillamente es, porque es inevitable, porque carece de sentido luchar contra la realidad.

“Solo al ser racional le ha sido dado seguir voluntariamente los acontecimientos, pues seguirlos sin más es obligatorio para todos.”

Marco Aurelio

Esta aceptación madura cuando comprendemos ya no solo la inutilidad de rebelarnos ante lo inevitable, sino el sinsentido de poner objeciones a la inteligencia única basándonos en nuestros conocimientos parciales y fragmentarios; el sinsentido de pretender juzgar, con nuestras luces ilimitadas, lo que excede nuestro presente entendimiento –la totalidad de la que formamos parte y el misterio que nos envuelve– cuando, de hecho, nuestra propia inteligencia particular no es obra nuestra, nos ha sido dada, y es una expresión del Lógos que nos sostiene.

“El pepino es amargo: tíralo. Hay zarzas en el camino: esquívalas. Basta con ello. No añadas: ¿por qué existen estas cosas en el mundo?.”

Marco Aurelio

3- … a confiar plenamente en que la realidad es inteligente y benéfica

Equivale a confiar en que el fondo del universo y nuestro propio fondo son benignos y dignos de confianza. Y en que, por lo tanto, podemos lanzarnos al vacío, atravesar la confusión y la incertidumbre, dejar aquello que nuestro corazón intuye que hemos de dejar atrás (sin necesitar un sustituto nuevo al que aferrarnos), porque sabemos que, si situamos nuestro bien y nuestro mal en lo que depende de nosotros, la inteligencia que nos sostiene se ocupará de nosotros. Descubrimos tras saltar en el abismo, que se trata de un abismo en el que no caemos, sino en el que flotamos. Solo esta confianza nos permite soltar, recobrar la inocencia, abandonar el hábito de intentar manipular la realidad, a los demás y a nosotros mismos.

“A la naturaleza, que da y que quita todo, el que está instruido y es discreto dice: “Dame todo lo que quieras; quíteme lo que quieras”. Esto lo dice sin animosidad hacia ella, sino solo obedeciéndola y teniéndole buena fe.”

Marco Aurelio

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“Todo se me acomoda lo que a ti se acomoda. ¡Oh, Cosmos! Nada me llega tarde, nada demasiado pronto, si llega a punto para ti.”

Marco Aurelio

El sufrimiento se origina en la falta de aceptación

La falta de aceptación de lo inevitable es fuente de sufrimiento y de desarmonía. Aceptar los límites de la vida y los reveses del destino (la inevitabilidad de lo que no depende de nosotros), sin instalarnos en la rebelión y en la amargura, no nos evita el dolor, pero lo torna más sereno, más aún, alquímico, pues antes o después, y por sendas interiores ocultas, el dolor aceptado terminará elevándonos y liberándonos.

“Pregunta: ¿Por qué hay tanto sufrimiento?
Nisargadatta: El dolor es físico; el sufrimiento es mental. Más allá de la mente no hay sufrimiento. El dolor es una mera señal de que el cuerpo está en peligro y requiere atención. De modo similar, el sufrimiento nos avisa de que la estructura de la memoria y de los hábitos que llamamos la persona está amenazada (…). El dolor es esencial para la supervivencia del cuerpo, pero nadie nos obliga a sufrir. El sufrimiento se debe enteramente al apego o a la resistencia; es un signo de nuestra renuncia a seguir adelante, a fluir con la vida. Del mismo modo que una vida sana está libre de dolor, una vida sabia está libre de sufrimiento.
P: Nadie ha sufrido tanto como los santos y los sabios.
N: ¿Se lo dijeron ellos o lo dice usted? La esencia de la sabiduría es la total aceptación del momento presente, la armonía con las cosas en el modo en que suceden. Un sabio no quiere que las cosas sean distintas a como son; él sabe que, considerando todos los factores, las cosas son inevitables. Es amigo de lo inevitable y, por tanto, no sufre. Puede que conozca el dolor, pero este no lo alterará. Si puede, hará lo necesario para restablecer el equilibrio perdido, o dejará que las cosas sigan su curso.”

Nisargadatta

La aceptación así entendida, prosigue Nisargadatta, en la medida en que quiebra las creencias, apegos y exigencias que conforman nuestro yo superficial, implica la disolución de este último y nos despierta a nuestro yo profundo. Paradójicamente, la aceptación del dolor libera la fuente perenne del gozo sereno.

N: Cualquiera que sea la situación, si resulta aceptable es placentera; si no es aceptable, es dolorosa. Lo que la hace aceptable no es importante; la causa puede ser física, psicológica o irrastreable; la aceptación es el factor decisivo. En el universo, el sufrimiento se debe a la no-aceptación.
P: El dolor no es aceptable.
N: ¿Por qué no? ¿Lo intentó alguna vez? Inténtelo y encontrará en el dolor un gozo que el placer no puede dar, por la simple razón de que la aceptación del dolor lo lleva más profundo y más lejos que el placer. El ego, por su propia naturaleza, está continuamente persiguiendo el placer y evitando el dolor. Acabar con esa pauta es acabar con el ego. Acabar con el ego, con sus deseos y temores, le permite a usted retornar a su naturaleza real, la fuente de toda felicidad y paz. (…) Cuando se acepta el dolor por lo que es, una lección y un aviso, y se mira con profundidad y se le escucha, la separación entre el dolor y el placer se rompe y ambos se convierten en experiencia: dolorosa cuando es resistida, gozosa cuando es aceptada.
P: ¿Aconseja usted evitar el placer y perseguir el dolor?
N: No, ni perseguir el placer y evitar el dolor. Acepte ambos como vengan, disfrute ambos mientras duren, déjelos ir cuando deban irse.
P: ¿cómo es posible gozar el dolor? El dolor físico pide acción.
N: Por supuesto. E igualmente el dolor mental. La bienaventuranza está en la total conciencia de ello, en no encogerse o rehuirlo en ningún modo. Toda felicidad proviene de la conciencia. Cuanto más conscientes somos, más profundo es el gozo. La aceptación del dolor, la no-resistencia, el valor y la paciencia, todo esto abre fuentes profundas y perennes de felicidad real, de verdadera bienaventuranza.
P: ¿Por qué el dolor debería ser más efectivo que el placer?
N: El placer se acepta inmediatamente, mientras que todos los poderes del yo rechazan el dolor. Puesto que la aceptación del dolor es la negación del ego, y el ego se interpone en el camino de la verdadera felicidad, la aceptación total del dolor libera el manantial de la felicidad.”

Nisargadatta

“En el universo, el sufrimiento se debe a la no aceptación”. Dicho de otro modo, el sufrimiento se sostiene en la creencia: “Lo que es aquí y ahora, no debería ser”.

Por supuesto, nuestro impulso hacia la excelencia y nuestro sentido de justicia nos incitan a cambiar o perfeccionar las situaciones que pueden ser corregidas u optimizadas; pero esta disposición es perfectamente compatible con asumir que, aquí y ahora, lo que es, es.

No hay que confundir los “debería” legítimos, los que encauzan nuestra aspiración hacia la excelencia, con los “debería” que entrañan la exigencia ontológica de que las cosas, aquí y ahora, sean de una determinada manera, la que se ajusta a nuestras ideas al respecto.

La vida, ciertamente, no está al servicio de nuestros deseos y preferencias personales. La realidad sigue su curso ajena a nuestras exigencias.

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No nos hace sufrir el dolor, sino el pensamiento “Esto no debería ser como es”. Detrás de todas las formas de sufrimiento mental cabe hallar la lucha con la realidad, con los hechos: hemos convertido nuestras preferencias legítimas en exigencias.

La aceptación de “lo que es” remueve la raíz misma del sufrimiento. No elimina el dolor, pues el dolor anímico o físico es un aspecto indisociable del hecho de estar vivo, pero sí el sufrimiento mental. El apego a nuestras ideas sobre cómo deberían ser las cosas, nos conduce a estar asiduamente en conflicto con nuestra experiencia presente.

“En esto consiste la educación (filosófica): en aprender a querer cada una de las cosas tal y como son.”

Epicteto


Distinguir lo que depende y lo que no depende de nosotros (Lección de filosofía 3)

En esta serie de 4 posts sobre las lecciones de la filosofía estoica que siguen vigentes en la actualidad, hoy nos toca hablar de uno de los elementos que más sufrimiento nos causa. La incapacidad de distinguir entre lo que depende y lo que no depende de nosotros. Gracias a Monica Cavallé, y a su libro «El arte de ser«, podemos profundizar mucho más en estas ideas.

Si quieres leer antes las otras lecciones, aquí las tienes:

 

Lección 3: Lo que depende y lo que no depende de nosotros

En el anterior posts hablábamos de libertad… Y libre, es únicamente aquel a quien todo sucede según su albedrío. Ahora bien,¿no es esto inalcanzable para los seres humanos? ¿Es acaso posible que todo lo que suceda se conforme a nuestro querer?

Los estoicos nos enseñan que sí, que este objetivo aparentemente quimérico forma parte de nuestro patrimonio esencial; pero que únicamente sucede así cuando queremos «lo que es» y lo que depende de nosotros. No es libre, en cambio, pues la realidad entrará en conflicto con su querer, el que no quiere «lo que es» y pone su bien en lo que no depende de él.

«Libre es el que vive como quiere, al que no se puede forzar ni poner impedimentos ni violentar; sin obstáculos en sus impulsos ni fallos en sus deseos ni tropiezos en sus rechazos. Entonces, ¿quién quiere vivir en el error? Nadie. ¿Quién quiere vivir engañado, dejándose arrastrar, siendo injusto, incontinente, quejumbroso, vil? Nadie. Por tanto, ningún malvado vive como quiere. Ni tampoco, por consiguiente, es libre.»

Epicteto

Nuestra voluntad no necesita ser domada ni purificada pues está estructuralmente orientada hacia lo que percibimos como un bien. Lo que tiene que ser modificado es nuestro discernimiento, en concreto, nuestras concepciones operativas sobre el bien y el mal, pues no siempre lo que percibimos subjetivamente como portador de algún beneficio se corresponde con nuestro bien objetivo. La sabiduría, la ciencia más elevada, no es otra cosa que el conocimiento cierto y operativo de lo que constituye nuestro auténtico bien.

 

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Según Epicteto, el conocimiento cierto de estas nociones se logra mediante el correcto discernimiento, entre lo que depende de nosotros y lo que no depende de nosotros. Es decir, entre lo que está o no en nuestro poder, y mediante la compresión de que solo merece ser calificado como bueno o malo lo que depende de nosotros, de nuestro Principio Rector. Es este discernimiento el que, en expresión de Marco Aurelio, «preserva la pureza de nuestra divinidad interior»; el que disuelve los juicios limitados que obstaculizan la rememoración de lo que realmente somos, los que tiñen, ocultándola, la potencia y libertad de nuestra verdadera identidad.

«En esto consiste la tarea principal de la vida: distingue entre las cosas, sepáralas y di: «Lo exterior no depende de mí, el albedrío depende de mí. ¿Dónde buscaré el bien y el mal? En lo interior, en lo mío. No califiques nunca las cosas ajenas de «bien» ni de «mal», ni de «provecho» ni de «perjuicio», ni nada semejante.»

Epicteto

 

«Acuérdate solo de la distinción aquella de acuerdo con la cual se separa lo tuyo de lo que no es tuyo. No te afanes por cosa alguna que pertenece al ámbito de lo ajeno (…) Y entonces seremos discípulos de Sócrates, cuando seamos capaces de escribir peanes (himnos dedicados a Apolo) en la cárcel.»

Epicteto

 

Lo que depende de nosotros

Epicteto incluye dentro del ámbito de «lo que depende de nosotros» solo aquello que siempre y en todo caso va a depender de nosotros, lo que pertenece al único ámbito inviolable, en el que somos totalmente libres: cómo nos representamos la realidad y, derivadamente, la actitud que adoptamos a los hechos y situaciones.

Todo lo demás queda incluido en el ámbito de «lo que no depende de nosotros»: nuestra salud, la fama y el honor, nuestras pertenencias, nuestros vínculos, lo que hacen o dejan de hacer los demás, la aprobación ajena, nuestra suerte y la de nuestros seres queridos, el desenvolvimiento de los acontecimientos, etc. Y es que, si bien sobre algunas de estas cosas tenemos un control relativo, dicho control siempre será restringido. La realidad terminará poniendo límites a nuestro querer, y ante este límite a nuestra potencia humana, lo único que puede restablecer nuestro poder esencial es la aceptación.

«De lo existente, unas cosas dependen de nosotros; otras no dependen de nosotros. De nosotros dependen el juicio, el impulso, el deseo, el rechazo y, en una palabra, cuanto es asunto nuestro. Y no depende de nosotros el cuerpo, la hacienda, la reputación, los cargos y, en una palabra, cuanto no es asunto nuestro. Y lo que depende de nosotros es por naturaleza libre, no sometido a estorbos ni impedimentos; mientras que lo que no depende de nosotros es débil, sometido a impedimentos, ajeno.

Recuerda, por tanto, que si lo que por naturaleza es esclavo lo consideras libre, y lo ajeno, propio, sufrirás impedimentos, padecerás, te verás perturbado, harás reproches a los dioses y a los seres humanos, mientras que si consideras que solo lo tuyo es tuyo, y lo ajeno, como es en realidad, ajeno, nunca nadie te obligará, nadie te estorbará, no harás reproches a nadie, no irás con reclamaciones a nadie, no harás ni una sola cosa contra tu voluntad, no tendrás enemigos, nadie te perjudicará ni nada perjudicial te sucederá.»

Epicteto

Lo que concierne al albedrío, a la parte más noble del ser humano, es lo que nunca nos puede ser arrebatado y siempre depende de nosotros, es lo único que merece, para los estoicos, el calificativo de verdadero bien o de verdadero mal.

 

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«La divinidad hizo a toros los seres humanos para ser felices, para vivir con equilibrio. Para eso nos dio recursos, entregando a cada uno unos como propios y otros como ajenos. Los que pueden ser impedidos y arrebatados y los coercibles no son propios, y son propios los libres de impedimentos. Pero la esencia del bien y del mal, como convenía que lo hiciera quien se preocupa de nosotros y nos guarda paternalmente, reside en los propios.»

Epicteto

Nuestro bien y nuestro mal, en efecto, solo pueden ser relativos a lo que nos es propio, a lo que nos especifica como seres humanos.

«Cuanto se halla dentro de los límites de tu carne y hálito vital, recuerda que eso ni es tuyo ni depende de ti».

Marco Aurelio

 

«Por eso, lo que no hace al ser humano peor de lo que es no le perjudica intrínsecamente. En cambio, el que comete una injusticia, aunque crea cometerla contra otro, siempre contra sí mismo la comete.»

Marco Aurelio

 

Lo que es «bueno» y «malo»

Según Epicteto, aquello que no depende de nosotros es «indiferente», es decir, no es intrínsecamente «bueno» ni «malo». Que lo perteneciente a este ámbito sea indiferente, no significa que no incluya bienes y males relativos, realidades o situaciones preferibles o indeseables, capaces de procurarnos alegrías o dolor. Es evidente que no nos puede resultar indiferente…

Hablamos de «indiferencia» desde un punto de vista ético. Desde esta perspectiva solo lo que tiene la capacidad de hacernos mejores o peores seres humanos es un bien o un mal en propiedad.

«Muerte y vida, gloria e infamia, dolor y placer, riqueza y penuria, todo eso acontece indistintamente al individuo bueno y al malo (…) Porque, efectivamente, no son bienes ni males.»

Marco Aurelio

Es posible asumir lo que acontece con contentamiento, ausencia de turbación en el alma y libertad, es decir, sin sufrimiento mental (aunque sintamos una punzada de dolor), cuando se tiene una actitud «del ser humano de bien que se contenta con la parte del conjunto que le ha sido asignada y que tiene suficiente con su propia actividad justa y con su benévola disposición» (Marco Aurelio).

«Para ti, el mal no proviene de la mente de otro ni de alguna alteración en tu cuerpo. ¿De dónde viene, entonces? Es tu mente la que hace juicios sobre el bien y el mal. Detén estos juicios y todo estará bien.»

Marco Aurelio

 

«(…) Que tu mente no diga que algo es bueno o malo si puede ocurrirle igualmente a un ser humano bueno y a uno malo. Pues nada que puede sucederle tanto a un ser humano que vive contra la naturaleza como a uno que lo hace en armonía con ella puede ser útil ni contrario a la naturaleza.»

Marco Aurelio

 

Pasiones y juicios limitados

Esta visión nos aporta una pauta sencilla para saber si estamos teniendo una actitud adecuada ante las cosas, es decir, si los juicios latentes en dichas actitudes están siendo, o no, ajustados a la realidad. Se trata de una clave que nos permite poner a prueba nuestras representaciones: no aceptarlas sin haberlas examinado.

«Pon al punto tu esfuerzo en responder siempre a toda representación áspera: «Eres una representación y no, en absoluto, lo representado». Y luego examínala y ponla a prueba mediante las normas esas que tienes y, sobre todo, con la primera, la de si versa sobre lo que depende de nosotros o sobre lo que no depende de nosotros. Y si versa sobre lo que no depende de nosotros, ten a mano lo de que: «No tiene que ver conmigo.»

Epicteto

Las turbaciones del alma se originan en nuestros juicios limitados. Los juicios limitados básicos latentes en nuestras emociones y conductas problemáticas se resumen en:

– Creer que depende de nosotros lo que no depende de nosotros.
– Creer que no depende de  nosotros lo que depende de nosotros.
– Creer que lo que no depende de nosotros es intrínsecamente bueno o malo.
– Creer que nuestra identidad central radica en algo que no es nuestro Principio Rector.

Así, todo los juicios que traen consigo sufrimiento evitable vendrían a ser variantes o derivaciones de estos cuatro juicios limitados fundamentales. Estos juicios permiten distinguir dos grupos básicos de perturbaciones emocionales.

 

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1- Grupo de emociones disfuncionales que se sostiene en la creencia limitada según la cual depende de nosotros lo que no depende de nosotros:

De esta creencia se deriva la dificultad para aceptar los límites que la vida pone a nuestra capacidad de acción y de intervención, es decir, para asumir serenamente lo inevitable: el pasado, los aspectos condicionados de nosotros mismos y de la existencia, el carácter cambiante e imprevisible de la vida, la enfermedad, la muerte, los golpes del destino, la forma de ser y de actuar de los demás, etc.

A este grupo de emociones pertenecen la ansiedad, el miedo crónico, la angustia, la preocupación y la inquietud desordenadas, la hipocondría, el pánico, etc.

Detrás de la necesidad excesiva de control se oculta la aspiración legítima a no sentirnos impotentes, pero esta concepción errada de la potencia, por la que buscamos que la realidad se ajuste a nuestras ideas, deseos y objetivos con el fin de evitar experimentar la debilidad, la pérdida y la frustración, es precisamente la que nos torna débiles, impotentes y dependientes de lo que no depende de nosotros. Al centrarnos obsesivamente en la manipulación de lo que no nos es propio, nos enajenamos de nuestro poder central.

La superación de este tipo de emociones problemáticas requiere cuestionar los juicios limitados que obstaculizan la aceptación, los que nos imponen «soltar» nuestro afán desordenado de control. Pues solo en la aceptación de nuestros límites afirmamos nuestra verdadera potencia.

La aceptación así entendida no equivale a resignarse: cabe aceptar cada faceta del mundo tal como es, mientras consideramos la mejor manera de transformarla en el futuro si ello es posible y si está en nuestra mano.

Estas actitudes que nos capacitan para reconciliarnos con «lo que es» se cimientan en una disposición fundamental: la confianza básica en la Realidad.

 

2- Grupo de emociones disfuncionales que se sostiene en los juicios errados que nos hacen sentir que no depende de nosotros lo que sí depende de nosotros:

Este olvido de la inalienable potencia intrínseca a nuestro Regente (guía interno «divino»), se traduce en emociones como la impotencia, la desesperación, el desamparo, la apatía, la desmotivación, la autocompasión… en general, en la sensación de ser víctimas pasivas de factores que están más allá de nuestra esfera de influencia.

 

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Estas emociones revelan que hemos pasado por alto que hay algo que siempre está en nuestro poder: los juicios sobre lo que nos pasa. Son estos juicios los que determinan que las mismas situaciones puedan tener para distintas personas significados muy diferentes.

El error cognitivo descrito es propio de quienes acusan sistemáticamente a los demás y a las circunstancias de sus alternaciones emocionales; de quienes creen que sus juicios, estamos y emociones son el resultado de lo que les ha pasado o les pasa, y que, mientras las cosas sean como son, no tienen más opción que sentirse alterados o deprimidos. Nadie es una mera víctima pasiva de las circunstancias en la media en que puede adoptar una actitud u otra ante lo que le pasa.

La transformación de estas emociones pasa por desvelar las creencias limitadas que están en su base. Pasa por advertir que hemos incurrido en una resignación ilusoria ante lo que sí puede ser cambiado; que hemos olvidado nuestro poder creador, la instancia en nosotros que nos otorga siempre señorío sobre las situaciones.

Aunque con frecuencia no podamos modificar nuestras circunstancias, siempre podemos modificar nuestra actitud ante ellas. Esta última es la única causa de nuestro sufrimiento mental, por más que esas circunstancias objetivas hayan podido traer consigo un legítimo e intenso dolor puro.

«La divinidad no solo nos concedió esas capacidades con las que podemos soportar todo lo que sucede sin vernos envilecidos o arruinados por ello, sino que, además, como correspondería a un rey bueno y a un verdadero padre, nos las concedió incoercibles, libres de impedimentos, inesclavizables, las hizo absolutamente dependientens de nosotros, sin siquiera reservarse a sí mismo ninguna fuerza capaz de obstaculizarlas o ponerles impedimentos.»

Epicteto

 

«¿Te impide este suceso ser justo, magnánimo, sensato, prudente, reflexivo, sincero, discreto, libre, etc. conjunto de virtudes con las cuales la naturaleza humana contiene lo que le es particular? Acuérdate, a partir de ahora, en todo sucedo que te induzca a la aflicción, de utilizar este principio: no es un infortunio, sino una dicha soportarlo con dignidad.»

Marco Aurelio

 

Luchar contra lo que no puede ser cambiado y sentirnos pasivos ante lo que sí puede ser modificado constituyen las dos disposiciones que pueden coexistir y que están siempre detrás de todas las formas de sufrimiento evitable.

«En donde ponga el «yo» y «lo mío», a ello es fuerza que se incline el ser vivo. Si en la carne, allí estará lo dominante; si en el albedrío, allí estará; si en lo exterior, allí.»

Epicteto

Nada nos impide crecer, actualizar lo que somos. Nada justifica el estancamiento interior. Ante todo podemos dar una respuesta creativa a actualizadora. Todo puede convertirse en un bien interior.

«¿Se puede, entonces, sacar provecho de esto? De todo. ¿Y también del que insulta? Si. ¿Cuánto aprovecha el entrenador al atleta? Muchísimo. Pues el que me insulta se vuelve entrenador mío; entrena mi capacidad de aguante, mi docilidad, mi mansedumbre. (…) Si alguien me entrena en la docilidad, ¿no me aprovecha? (…) ¿Un mal vecino? Para mí mismo, pero para mí, bueno. Entrena mis buenos sentimientos, mi ecuanimidad. ¿Un mal padre? Para sí, pero para mí, bueno. Esto es la varita de Hermes: «Toca lo que quieres -dice- y se convertirá en oro». No, sino: «Venga lo que quieras y yo lo convertiré en un bien.»

Epicteto

La guía interna «divina», el libre albedrío y la libertad (Lección de filosofía 2)

Seguimos con las lecciones de filosofía de la mano de Monica Cavallé y la filosofía perenne, aquella que sigue tan «viva» y es tan universal que podemos seguir aplicando a nuestras vidas para alcanzar el mayor bienestar y armonía. En este caso veremos cómo nuestra guía interna es la única fuente de verdad y felicidad, y lo único que realmente nos pertenece. Lo único que es intrínsecamente nuestro, y que nadie puede dañar… Gracias a Monica Cavallé, y a su libro «El arte de ser«, podemos profundizar mucho más en estas ideas…

Si quieres leer antes las otras lecciones, aquí las tienes:

En este post veremos el segundo punto, desarrollando los demás en próximos artículos 😉

 

Lección 2: El «principio rector»

«Date cuenta de una vez de que en ti mismo tienes algo superior y más divino que lo que causa las pasiones y que lo que, en una palabra, te zarandea como una marioneta.»

Marco Aurelio

 

guia interna divina

 

Los filósofos estoicos afirmaban que hay en nosotros algo superior y más originario que nuestros juicios, impulsos y pasiones; una instancia ontológica que nos permite tomar distancia respecto a ellos, discernir su naturaleza y despertar del sueño en el que vivimos cuando confundimos nuestro sistema de creencias particular y las conductas estructuradas en torno a él con nuestra identidad. Se trata de una dimensión que permite que no seamos zarandeados como marionetas por nuestros dondicionamientos.

«Lo que a fin de cuentas soy es carne, un breve hálito vital y un Principio Rector.»

Marco Aurelio

Para los estoicos el alma humana es una chispa del alma cósmica, de la divinidad o inteligencia que rige y sostiene el universo. Se manifiesta en el ser humano en la forma más elevada e intensa de actividad pneumática: como alma inteligente o racional (logos).

El alma inteligente o racional (logos)

El logos humano es un punto focal del logos cósmico, es la presencia de lo divino en él. La inteligencia no es una dote de la que disponemos cada uno de nosotros como individuos; no es un principio individual, sino universal, no tiene un alcance meramente psicológico, sino ontológico, coextensivo con él ser.

En el Ser Humano, los estoicos afirmaban que todas las partes y funciones del alma están arraigadas en lo que denominan Principio Rector, o parte rectora del alma. Es la dimensión más elevada del compuesto humano, el centro de la conciencia, la fuente de la vida psicofísica y la sede de nuestras factuldades superiores.

El Principio Rector tiene cuatro poderes o capacidades:

  1. Capacidad de representarnos la realidad
  2. Asentir o no a las representaciones (dar crédito o no a nuestras interpretaciones subjetivas)
  3. Impulso
  4. Razón que permite «vigilar» nuestras ideas (discernir y evaluar el contenido de nuestras representaciones)

«¿Qué es lo tuyo? El uso que haces de tus representaciones.»

Epicteto

Epicteto denomina también al Principio Regente, libertad o albedrío. Marco Aurelio lo define como el genio interior que actúa en nosotros como guardían, progector y guía. Sócrates lo define como la voz interior que proveniene de un poder superior, la que le advertía cada vez que obraba o podía obrar erradamente. Todos poseemos esa voz y podemos escucharla.

 

El Principio Rector es nuestra verdadera identidad

Cuando la filosofía antigua hablaba del conocimiento de sí mismo, no alude al mero autoconocimiento psicológico, sino al conocimiento de quienes somos, de nosotros mismos como sujetos. Entendían que el conocimiento de sí mismo equivale a conocer ese principio que constituye nuestra identidad central, y que, una vez conocido, permite conocer la entraña del universo porque se es uno con la fuente de la realidad en su conjunto. «Hombre, conócete a ti mismo y conocerás le universo y a los dioses».

Conocer nuestra identidad profunda es conocer el Intelecto o Inteligencia. Equivale a conocer el logos, la inteligencia cósmica que sostiene y estructura la totalidad, si bien se manifiesta de forma privilegiada en el ser humano, pues tenemos autoconciencia y podemos saber de ese logos en nosotros.  Como dice el precepto de Delfos, «conócete a ti mismo».

 

 

«¿Pero podemos encontrar alguna parte del alma que sea más divina que aquella en que se encuentran el entendimiento y la razón? (…) En esta parte del alma, verdaderamente divina, es donde es preciso mirarse, y quien la mira y descubre en ella todo ese carácter sobrehumano, un dios y una inteligencia, bien puede decirse que tanto mejor se conoce a sí mismo.»

Platón

Conocerse a sí mismo, afirma Sócrates, es conocer la Inteligencia que nos constituye y que reconocemos, como en un espejo, el el intelecto de cualquier ser humano, en aquello que «ve» en él.

Conocerse a sí mismo es ser y reconocer el reflejo en nosotros mismos del Principio Rector. Prueba de que esta dimensión nos especifica como seres humanos y constituye nuestra identidad central, es que, si bien pueden dañar nuestro cuerpo, nuestras circunstancias, nuestras posesiones… nadie ni nada tiene poder para mover a afectar a nuestro Regente. En consecuencia, es lo único que nos es realmente propio.

«Tres son las cosas que integran tu composición: cuerpo, hálito vital, inteligencia. De esas, dos te pertenecen, en la medida en que debes ocuparte de ellas. Y solo la tercera es propia mente tuya.»

Marco Aurelio

 

El discernimiento

«Nada hay que esté enteramente en nuestro poder sino nuestros propios pensamientos.»

Descartes

El Principio Rector, nuestra identidad central, es la fuente del discernimiento. Es lo que posibilita que no confundamos la realidad con nuestras opiniones subjetivas. Es lo que discierne las representaciones y asiente, o no, a ellas. Es lo que distingue lo verdadero de lo falso e incierto.

Esta capacidad del Principio Rector nos remite a la intuición india de la conciencia testigo. El testigo es aquello que ilumina y atestigua todo, también los contenidos psíquicos (pensamientos, emociones e impulsos), sin identificarse con lo atestiguado; constituye, además, nuestro más íntimo sí mismo. El Principio Rector también es la luz que ilumina el pensamiento, la que nos posibilita atestiguar y examinar nuestros juicios; la instancia ontológica que nos permite no identificarnos con nuestro diálogo interno, con nuestras representaciones, impulsos y pasiones; la que nos otorga una vivencia de nuestra identidad más originaria que la estructura en torno a los contenidos y patrones de nuestra vida psíquica.

Los estoicos ubicaron el centro del ser humano, no en la cabeza, sino en el corazón, en el saber del corazón. Esto coincide con muchas tradiciones sapienciales, para las que el corazón simboliza el sí mismo, el núcleo mismo de nuestro ser, así como la sede de la inteligencia y de la intuición superior.

 

La libertad

Epicteto también se refirió a la faceta de libertad y albedrío del Principio Rector. Es aquello que en nosotros, además de discernir, quiere y decide. Es la dimensión incondicionada, la que nos otorga libertad frente a lo dado y condicionado, la que nos permite adoptar ante ello una actitud u otra, la que posibilita que no seamos arrastrados por nuestras representaciones y los impulsos que las siguen, la que nos proporciona la única libertad perfecta, la libertad interior.

«En el terreno del asentimiento: ¿puede alguien impedirte asentir a la verdad? Nadie. ¿Puede alguien obligarte a admitir la mentira? Nadie. ¿Ves cómo en este terreno tienes una proaíresis (con voluntad, decisión o deliberación.) libre de impedimentos, incoercible y libre de trabas?»

Epicteto

 

 

«Este pequeño cuerpo (…) es zarandeado de un lado a otro; en él aparecen las torturas, los hurtos, las enfermedades. En lo que respecta al ánimo en sí, es inviolable y eterno, y no existe mano que pueda golpearlo.»

Séneca

Aunque nada ni nadie pueda arrebatarnos esta libertad originaria ni ponerle impedimentos, pues nada ni nadie es dueño de nuestros pensamientos y actitudes, esta libertad puede obstaculizarse y ponerse impedimentos a sí misma.

«La primera diferencia entre el particular y el filósofo: el uno dice: «¡Ay, mi pobre muchachito, mi pobre hermano!» «¡Ay, mi pobre padre!». Mientras que el otro, si en algún caso se ve obligado a decir «¡ay!», tras esperar un poco añade: «¡Pobre de mí!». y es que nada ajeno al albedrío puede poner impedimentos o perjudicar al albedrío, si no es él mismo a sí mismo.»

Epicteto

¿Cómo es posible que algo intrínsecamente libre y lúcido puede perjudicarse o ponerse impedimentos a sí mismo? Epicteto afirma que el albedrío es libre, y a su vez, que solo es libre la del sabio, no la del ignorante.

Para el pensamiento estoico, el Principio Rector tiene una doble vertiente: una dimensión transpersonal y otra personal. Es conciencia o inteligencia pura, pero también abarca los contenidos de conciencia, juicios mentales, impulsos y elecciones particulares que constituyen el estado cognitivo de una persona en un momento dado.

En su vertiente transpersonal es perfectamente libre…

«La naturaleza del ser humano es parte de una naturaleza imposible de obstaculizar, inteligente y justa.»

Marco Aurelio

… pero puede no ser libre la disposición de esa chispa de la divinidad en nosotros una vez teñida por nuestro estado cognitivo particular. Es esencialmente libre, si bien esa libertad puede ser meramente potencial con respecto a nuestro estado actual de conciencia. En el ignorante no es libre, pues está velada y distorsionada por juicios errados.

«Es la obra lenta, gradual y progresiva del gran semidiós dentro del pecho (…) Cada día mejora alguna faceta; cada día se corrige algún defecto.»

Adam Smith

Para el pensamiento estoico, según cuáles sean nuestros juicios, la parte rectora del alma tendrá una mejor o peor disposición. Es decir, estará dispuesta de forma virtuosa o pasional. Epicteto insiste en que hay que mantener el Principio Rector en la disposición justa:

«Si las opiniones sobre las materias son correctas, hacen bueno el albedrío, pero si son torcidas y desviadas, malo.»

Epicteto

 

«Hay que preservar el genio que tenemos en nuestro interior, a velar por la pureza de nuestros dios, a conservarlo libre de pasión, de irreflexión y de disgusto. A venerar la facultad intelectiva (…) para que no se halle jamás en nuestro guía interior una opinión inconsecuente con la naturaleza y con la disposición del ser racional.»

Marco Aurelio

 

El «mal» no es más que la ignorancia

Tanto la sabiduría estoica como las orientales son doctrinas de liberación. Todas ellas consideran que la libertad es el mayor bien y que, aunque nuestro ser es intrínseca y esencialmente libre, existencialmente la libertad no es algo dado: constituye una conquista permanente ligada al incremento de nuestro nivel de comprensión, es decir, que requiere cuidado de sí, cuidado del alma.

«Progresa en todo momento hacia la libertad con benevolencia, sencillez y modestia.»

Marco Aurelio

Para Albert Ellis, el libre albedrío «presupone que cada persona tiene la libertad de actuar correcta o erradamente, teniendo como referente la verdad absoluta y la justicia ordenada por Dios y por la ley natural. Si alguien hace un mal uso del libre albedrío es un malvado pecador, pues actúa así a pesar de poseer el conocimiento del bien y del mal.». Este pensamiento justifica la culpabilización, el castigo, la hostilidad, la agresividad y la ira…

Frente a esta doctrina, el pensamiento estoico retoma la tesis socrática presente también en las principales sabidurías de Oriente. Nadie yerra voluntariamente. Nadie obra el mal cono plena conciencia de lo que hace, pues todo el mundo busca su bien. Es decir, todo el mundo aspira a la felicidad. Se obra mal porque se tiene juicios errados sobre dónde radica nuestro verdadero bien.

Cada cual se inclina en cada momento hacia la que considera la mejor opción entre aquellas de las que dispone en función de su nivel de conciencia, de su marco representacional consciente o inconsciente. Es su filosofía operativa la que limita su marco cognitivo.

«¿Qué piensas? ¿Que voluntariamente caigo en el mal y pierdo el bien? ¡Nada de eso! ¿Cuál es, pues, la causa de mi error? La ignorancia.»

Epicteto

Por ello, siempre podemos compadecer al que obra incorrectamente, ya que actúa así por ignorancia del bien y del mal.

«¿No nos apiadamos de quien es físicamente ciego? Luego más digno de piedad es quien sufre de ceguera moral y espiritual, porque no es menor esta mutilación que la que nos impide distinguir lo blanco de lo negro.»

Marco Aurelio

 

guia interna divina

 

«Propio del ser humano es amar incluso a quienes lo ofenden. Esto se logra si caes en la cuenta de que sois del mismo linaje, y de que ellos yerran por ignorancia y contra su voluntad (…), y, sobre todo, de que no te ha hecho daño alguno, pues no hizo peor tu Principio Rector de lo que lo era antes.»

Marco Aurelio

Nadie desea errar, pues nuestro impulso básico, el que nos constituye, se orienta necesariamente hacia la autoconversación y el autodesarrollo, a perseguir lo que nos beneficia y rechazar lo que nos daña.

«¿Por qué renuncias a tu propio bien? eso es una insensatez, una imbecilidad. Pero ni aunque me digas que renuncias te creeré. Porque igual que es imposible asentir a lo que parece falso y rehusar lo verdadero, así también es imposible mantenerse apartado de lo que  parece bueno.»

Epicteto

 

«Cada ser tiende hacia aquello para lo cual ha sido constituido; a donde tiende, ahí está su fin; donde está el fin, allí también lo conveniente y lo bueno de cada cual.»

Marco Aurelio

El mal no tiene una realidad sustantiva, sino privativa: es siempre carencia de bien. En concreto, es un bien expresado de forma limitada o a través de representaciones erradas. Pues la vida nunca sabotea sus propios objetivos.

«Así como no se coloca un blanco para desacertarlo, de igual manera no se genera en el mundo una naturaleza del mal.»

Epicteto

El mal equivale a la ignorancia. Y por ello, como ya había sostenido Sócrates, solo hay una virtud, la sabiduría, y sólo hay un vicio, la ignorancia.

«Todos los pecados son siempre, y en último término, el mismo: manifestaciones de la ignorancia.»

Zenón

 

 

Toda infelicidad y sufrimiento nace en nuestro interior (Lección de filosofía 1)

Para  muchos, la filosofía puede ser un tema arduo que no tiene cabida en la vida moderna. Para mí, en cambio, la filosofía es un aspecto fundamental de la vida, en la que encuentro muchas respuestas, en este caso, sobre el sufrimiento. Siempre he tratado de leer y de aplicar las ideas «filosóficas» que considero que encajan en mi «mundo» y en mi forma de ver las cosas.

Algunas de esas ideas, que aunque nacieron nacieron hace miles de años siguen siendo aplicables a nuestra vida cotidiana, pertenecen a la filosofía estoica. El estoicismo es una escuela fundada por Zenón de Citio en Atenas en el siglo IV a.C. Tuvo su apogeo en el mundo griego y romano con representantes como Epicteto, Marco Aurelio y Séneca. Podemos decir que el estoicismo es la doctrina filosófica que más vigor ha tenido en la historia de occidente, ya que se sustenta en la «sabiduría universal». Es una sabiduría perenne y viva, que ha trascendido el espacio y el tiempo.

Según Monica Cavallé, en su libro «El arte de ser«, estas son las ideas que podemos aplicar a nuestra vida:

  • 1- No son las cosas «externas» las que nos perturban (Lección de filosofía 1)
  • 2- La guía interna divina (o Principio Rector) (Lección de filosofía 2)
  • 3- Distinción entre lo que depende y lo que no depende de nosotros (Lección de filosofía 3)
  • 4- Aceptación del «orden del mundo» (Lección de filosofía 4)

En este post trataré el primer punto, desarrollando los demás en próximos artículos 😉

 

Lección 1: No son las cosas externas las que nos perturban

 

«Los seres humanos se ven perturbados, no por las cosas, sino por sus opiniones, es decir, por las falsas representaciones que se hacen de las cosas»

Epicteto

Nuestras percepciones de las cosas pueden ser adecuadas o no serlo. Podemos afirmar que el que habla mal de mí es ofensivo y está dañando mi dignidad. pero esas palabras no describen los hechos, son interpretaciones de la realidad.

«No consideres las cosas como las juzga la persona ignorante o como quiere que las juzgues; antes bien, examínalas como son en realidad»

Marco Aurelio

El estoicismo nos invita a realizar este discernimiento decisivo, el que nos previene de confundir nuestras primeras «representaciones» (hechos y cosas), con nuestras segundas «representaciones» (interpretaciones no examinadas que hacemos de los mismos). Nos invita a no hacer suposiciones que vayan más allá de lo que nos dicen las primeras representaciones; a ver las cosas como son, y no como imaginamos que son; a ser conscientes de que cuando creemos estar reaccionando ante los hechos, estamos reaccionando ante nuestras propias opiniones subjetivas.

Nos propone ceñirnos a mirar y afrontar lo que realmente hay, en vez de proyectar interpretaciones dudosas (generalmente vinculadas al relato de nuestro autoconcepto superficial). Nos invita a constatar que la fuente última de nuestros sufrimiento mental no son nunca las situaciones que vivimos, sino lo que pensamos de ellas.

«¿Alguien bebe mucho vino? No digas «bebe mal», sino «mucho». Pues antes de conocer su intención, ¿cómo sabes si está mal? Así no sucederá que al recibir la percepción de las cosas, asientas otras»

Epicteto

 

Los juicios o representaciones asentidas

Cuando asentimos a una «representación», cuando le damos el rango de verdad, cuando estamos convencidos de que la realidad es tal como nos la representamos, tenemos el juicio. Así, el juicio son las interpretaciones subjetivas a las que les otorgamos el rango de verdad.

«Si estás triste por algún factor exterior, no es él el que te perturba, sino el juicio que tienes acerca de él. Elimina el juicio ya depende de ti»

Marco Aurelio

 

Las pasiones como errores de juicio

Además de este error de juicio, muchos de nuestros juicios despiertan en nosotros un «impulso», un movimiento anímico dirigido hacia lo que se juzga adecuado, bueno o valioso, o bien la evitación de lo que se considera inadecuado, malo o rechazable.

El impulso es indisociable del juicio práctico y de valor. El impulso «bien entendido» nos dirige al cuidado de uno mismo, a movernos a lo que nos conserva y potencia nuestro ser, y a evitar lo que nos amenaza.

«Pues todo ser vivo es de ese natural: rehuir y apartarse de lo que le parece perjudicial y sus causas, e ir en busca de lo beneficioso y sus causas, y admirarlo»

Epicteto

Según las enseñanzas estoicas, cuando el impulso básico que dirige nuestro proceso actualizador se encauza a través de juicios errados, estos impulsos se tornan irracionales e inarmónicos, dando lugar a las pasiones. Las pasiones son las perturbaciones anímicas, que proceden de estos juicios errados y que incitan a realizar acciones no ajustadas a los fines de nuestra naturaleza.

«Dos son las razones por las que cometemos faltas: o hay en el espíritu una maldad contraída a partir de erradas opiniones o, aun cuando éste no esté ocupado por la falsedad, es proclive a lo falso y pronto se corrompe cuando un punto de vista lo arrastra a donde no conviene. Debemos así curar la mente enferma y liberarla de sus malas inclinaciones, o, de antemano, ocupar la que está todavía exenta de ellos pero inclinada a lo peor. Las enseñanzas filosóficas hacen lo uno y lo otro»

Séneca

En la vida del sabio, prevalecen la apatheia, o carencia de pasiones y perturbaciones anímicas, y la ataraxia, o la serenidad y tranquilidad de ánimo. La ausencia de sufrimiento innecesario es el signo de máxima fuerza interior.

 

Pensamiento, emoción y conducta

Detrás de nuestras alteraciones emocionales y de nuestras conductas problemáticas siempre hay errores de juicio. Sufrimos inútilmente porque nos apegamos a ciertos relatos errados sobre nosotros mismos y la realidad.

«Seamos o no conscientes todos tenemos una filosofía propia que no vale gran cosa. Sin embargo, su impacto sobre nuestras acciones y vidas puede llegar a ser devastador, lo cual hace necesario tratar de mejorarla mediante la crítica. Es la única justificación que puedo dar de la persistente existencia de la filosofía»

Karl Popper

Para Aristóteles, la virtud es un hábito, una conducta o actitud que se ha hecho costumbre. Epicteto acude al término héxis para aludir a los hábitos establecidos en nosotros para bien o para mal. Las actitudes y acciones reiteradas refuerzan nuestros hábitos. A su vez, en la raíz de nuestros hábitos pasionales, de nuestros patrones limitados de emoción y de conducta, cabe encontrar hábitos de pensamiento, es decir, representaciones que se han vuelto habituales.

«Todo hábito y facultad se  mantiene y acrecienta por medios de las acciones correspondientes (…). Así que si no quieres ser iracundo, no alimentes esa costumbre, no pongas en ella nada que la haga crecer. (…) Con ese fin no te dejes arrebatar por la intensidad de la representación, sino di: «Espérame un poco, representación; deja que vea quién eres, de qué tratas; deja que te ponga a prueba». Y después, no la dejes avanzar pintándote lo que sigue. Si no, te retendrá e irás donde ella quiera».

Epicteto

La fuerza de voluntad no basta para modificar nuestros patrones problemáticos, pues no es posible eliminar los síntomas sin abordar y comprender sus causas. Cuando pretendemos controlar nuestras emociones y conductas limitadas en directo, sin cuestionar los errores cognitivos latentes en ellas, incurrimos en la división psicológica, en la represión y en la hipocresía. O bien en el desaliento, pues a pesar de nuestro empeño, no conseguimos mejorar. En cambio, cuando advertimos que detrás de esos patrones hay ignorancia y error, y en consecuencia, nos centramos en tomar conciencia de nuestras ideas limitadas (en disolverlas con la luz del discernimiento, con la conciencia plena de su falsedad), nuestras respuestas, acciones y emociones se tornan, de forma natural, armónica.

 

Mujer felicidad

 

 

La falacia del conflicto entre pasión y razón

Muchas veces en nuestra vida no hacemos lo que sabemos que es bueno para nosotros. A menudo nuestras emociones e impulsos nos conducen en direcciones contrarias a las que nuestra razón considera convenientes. «Quiero pero no puedo», «Sé que esa persona me perjudica pero sigo con ella»…

Ante situaciones así, que evidencian una «división interior», concurrimos que, al tener claridad sobre lo que es bueno y conveniente, nos encontramos ante un conflicto estrictamente emocional. O bien apelamos a nuestra fuerza de voluntad.

Ahora bien, también en estas situaciones sigue siendo válido el principio según el cual, nuestras emociones e impulsos y nuestros pensamientos son indisociables. No hay en nosotros una instancia racional en conflicto con otra instancia pasional. Lo que hay son ideas en conflicto, si bien no solemos ser conscientes de ellas. Tampoco es que unas tendencias quieran lo mejor para nosotros y otras lo peor. Todas ellas se orientan hacia lo que percibimos como un bien, sólo que tenemos ideas erradas y contradictorias sobre dónde radica nuestro verdadero bien.

Cuando creemos que el pensamiento y la emoción son diferentes, tiene fundamento, pero sólo de forma superficial. Si nos parece un hecho incuestionable, es sólo porque no hemos advertido que el ámbito de nuestras representaciones es mucho más amplio y complejo que el de nuestros juicios y pensamientos más conscientes, con los que más inmediatamente nos identificamos.

Todos tenemos opiniones latentes que desconocemos. Son creencias que no han sido fruto del discernimiento propio, a las que no hemos asentido de forma reflexiva, sino que hemos asumido inadvertidamente, muchas veces provenientes de nuestro condicionamiento sociocultural y psicobiográfico. Muchas de ellas son generalizaciones y conclusiones erróneas realizadas al hilo de nuestras experiencias tempranas. Por ejemplo, «soy amado si soy perfecto». Estas creencias no examinadas pueden ser muy distintas de las ideas que hemos ido asumiendo en nuestra vida adulta; pero siguen latentes en nosotros, entran en conflicto con nuestras ideas más conscientes y, a nuestro pesar, configuran nuestra experiencia.

Además, no solemos caer en la cuenta de que conviven en nosotros «yoes» distintos, cada cual con creencias e impulsos diferentes, porque transferimos nuestro sentimiento ontológico de unidad al plano psicológico. En virtud de esta errada transferencia, creemos que cuando decimos «yo pienso esto» o «yo quiero esto» lo dice nuestro ser total. Y esto no quiere decir que hay en nosotros una multiplicidad de entidades llevando el control. Sencillamente, nos identificamos de forma alternativa, y más o menos consciente, con distintas voces interiores, cada una con sus propios juicios y valores, las cuales activan, a su vez, conductas y emociones dispares.

 

El diálogo interno

El pensamiento estoico nos viene a decir que nuestras pasiones son particularmente reveladoras de los puntos ciegos de nuestra filosofía operativa (la que realmente opera en nuestra vidas), de los juicios latentes en nuestro diálogo interno que precisan ser expuestos a la luz de la conciencia y examinados. Las emociones y conductas recurrentes que originan estancamiento, conflicto o sufrimiento evitable, los miedos tenaces, los defectos que no conseguimos superar… revelan dónde nuestra mirada no es acorde a la realidad de las cosas. Es decir, el lugar preciso en el que hay que indagar de cara a descubrir las fallas estructurales de nuestra filosofía personal.

Si no hemos llevado a cabo un exhaustivo autoexamen, nos resultan desconocidos muchos de los juicios que componen nuestra filosofía personal. No solemos reparar en la gran carga interpretativa presente en nuestro diálogo interno y en nuestro lenguaje cotidiano.

 

Hombre infidelidad

 

A veces, nuestro lenguaje interno es fácilmente reconocible. Otras, no nos resulta sencillo advertir cuáles son los juicios latentes. La razón es que estos juicios no siempre se hallan explícitamente articulados o enunciados en nuestro diálogo interno. A veces es muy sutil: no se manifiesta como un proceso conceptual, sino como un sesgo preconceptual. Un sesgo tan arraigado que cuesta advertir que, en cierta perspectiva de nuestra mirada interna, hay implícita toda una interpretación, unos supuestos muy concretos sobre quiénes somos y sobre la naturaleza de la realidad.

¿Cómo podemos sacar a la luz esas ideas implícitas? Preguntándonos qué diría esa emoción que nos atenaza de forma recurrente si tuviera voz. Es decir, poniéndole voz a ea pasión que parece no estar alimentada por diálogo interno alguno.

 

Somos responsables de nuestra experiencia

El estoicismo nos invita a alcanzar la madurez personal. O en otras palabras, a reconocernos responsables de nuestros pensamientos, emociones y conductas. Es decir, a reconocer que somos responsables de la naturaleza última de nuestra experiencia.

Asumimos nuestra responsabilidad cuando advertimos que todos tenemos una filosofía personal que filtra nuestra relación con lo que percibimos y acontece, que alimenta exigencias infundadas y que es fuente de conflicto con «lo que es». Cuando abandonamos la extendida creencia de que los principales causantes de nuestro malestar anímico son los acontecimientos, circunstancias y personas que nos rodean. Cuando comprendemos que lo que de forma radical nos hace felices o desdichados es nuestra propia mirada, las representaciones que acogemos en nuestro interior. O cuando comprendemos que los límites que nos impiden llevar una vida serena y creativa no radican en el mundo, sino en nuestra representación del mundo.

 

Pintura

 

Podemos asumir que no nos perturban las cosas, sino nuestras opiniones sobre las cosas, y a su vez, modificar activamente todo lo que consideremos necesario cambiar, y que pueda ser cambiado. Aún así, el punto de partida será diferente. No nos moverá la pasión, sino la lucidez. No nos moverá la ira, sino nuestro sentido de justicia. No nos moverá la creencia de que sólo cuando cambie nuestro entorno podremos ser felices, sino la felicidad que somos en lo profundo.

A su vez, reconocernos responsables de nuestros pensamientos, emociones y conductas, en ningún caso equivale a reconocernos culpables. Ser responsables es asumir que nuestras acciones son nuestras, y asumir igualmente las consecuencias de las mismas. Sentirnos culpables equivale a dividirnos internamente, a enajenarnos de nuestras propias acciones, ya que estas se atribuyen a «otro», a una parte de nosotros que consideramos mala y merecedora de castigo.

La culpabilidad nos vuelve hostiles con nosotros mismos. Nos paraliza y nos torna impotentes. Nos ciega a nuestra divinidad intrínseca. La responsabilidad nos potencia y dignifica al recordar nuestro poder creador. No excluye el arrepentimiento ni el dolor por el daño causado; pero el dolor sanamente asumido no es tristeza ni impotencia, sino parte de la toma de conciencia del error.

 

Sentimientos puros vs emociones

Sólo el asentimiento a las representaciones alimenta el impulso.

«Las pasiones no son puestas en movimiento por las representaciones qeu se reciben de las cosas, sino porque uno cede ante ellas y sigue este movimiento azaroso.»

«En efecto, si uno piensa que la palidez, las lágrimas derramándose, la excitación sexual, un profundo suspiro, un repentino destello en los ojos o alguna cosa similar son un indicio de una pasión, está equivocado y no comprende que estas son agitaciones del cuerpo. Así es como incluso el hombre más valiente en la mayor parte de los casos palidece en cuanto se pone una armadura, que las rodillas del soldado más feroz tiemblan un poco cuando se da la señal de la batalla, que un gran general tiene el corazón en su boca antes de que las líneas hayan cargado unas contra otras, que el más elocuente orador está aturdido en cuanto se pone a hablar»

Séneca

Séneca distingue entre las pasiones y otro tipo de sensaciones y sentimientos naturales más originarios, es decir, que no derivan del sentimiento a ciertos pensamientos limitados. La serenidad filosófica en ningún caso excluye las reacciones naturales de miedo, enfado, dolor, etc. «No son pasiones los sacudimientos fortuitos del alma, el hecho de conmocionarse ante las impresionas causadas por los hechos». Las pasiones solo aparecen cuando «somos arrebatados por la representación», cuando acogemos activamente en nuestro diálogo interno ideas erróneas que prolongan y distorsionan de forma artificiosa esos «sacudimientos fortuitos».

Podemos sentir miedo cuando algo amenaza nuestra integridad física (una reacción natural y funcional) y, a la vez,  no acoger en nuestro diálogo interno la creencia de que «la muerte es un mal», si hemos comprendido que la vida humana es más amplia y profunda que la vida biológica.

«Por eso, cuando hay algún estruendo terrible procedente del cielo o del hundimiento de un edificio, o un anuncio repentino de no sé qué peligro, o sucede alguna otra cosa del mismo tipo, es de necesidad que se conmueva, contraiga y palidezca también un poco el alma del sabio, no por estar atrapada por la sospecha de algún mal, sino por algunos movimientos rápidos y automáticos que se adentran al oficio de la mente y la razón. Sin embargo, un momento después, ese mismo sabio no aprueba esas representaciones terroríficas de su ánimo, sino que las aparta y las rechaza y no le parece que haya en ellas nada temible (…); tras conmoverse en el color y en el rostro breve y rápidamente, mantiene el estado y el vigor de su juicio, el que tuvo siempre sobre las representaciones de este tipo; el de que son cosas que no hay que temer en absoluto, aunque asusten con su aspecto falso y su terror ilusorio».

Epicteto

Es preciso distinguir las sensaciones y los sentimientos puros de las emociones o los estados emocionales. Las sensaciones y los sentimientos puros son respuestas de nuestro organismo y de las dimensiones más profundas de nuestro ser que no están condicionadas por nuestra mera subjetividad y que nos aportan información objetiva sobre la realidad interna y externa. El sentimiento de belleza ante la armonía de la naturaleza o el de pérdida ante la muerte de un ser querido…

 

Dolor infelicidad

 

La depuración de nuestros juicios y de nuestras pasiones posibilita su expresión más vibrante y plena: los sentimientos puros y los afectos auténticos pueden manifestarse sin interferencias, de forma libre, colmada y fluida.

En  este sentido, es preciso distinguir entre el dolor y el sufrimiento. El dolor físico y anímico son, respectivamente, una sensación y un sentimiento puro. El dolor así entendido forma parte de estar vivo, pues nuestra existencia es estructuralmente dual (placer y dolor son indisociables). El sufrimiento psicológico, en cambio, es evitable e innecesario, pues se origina siempre en nuestros juicios errados, en nuestra mala relación con lo que es, con lo que acontece, y con el propio dolor.

 

Nuestra infancia tampoco es responsable del sufrimiento

A diferencia de los sentimientos puros, las emociones requieren de nuestro asentimiento activo. Aunque pueda parecer lo contrario, mantenemos activamente nuestros estados emocionales, en concreto, mediante las evaluaciones e interpretaciones de los hechos, que realizamos continuamente.

«Hemos de saber que no es fácil que una opinión acompañe al ser humano a menos que uno la diga y la oiga cada día y, al tiempo, se sirva de ella en su vida»

Epicteto

La psicología del siglo XX ha tenido el mérito de reconocer la influencia decisiva que tienen en nuestro desenvolvimiento psíquico nuestra experiencia infantil. Aunque una mala interpretación de esta influencia ha propiciado que muchas personas vivan sumidas en la queja, el victimismo y la autocompasión, sin asumir la plena responsabilidad por sus estados presentes, responsabilizando de los mismos a otras personas y a su pasado.

Una lectura simplificada del psicoanálisis ha influido en la representación que nos hacemos de nuestros mundo interno: asumimos de forma generalizada que ciertas experiencias y vivencias pasadas (lo que no recibimos, lo que nos dijeron o no nos dijeron, etc.) están condicionando nuestra experiencia actual. Ahora bien, no realidad, no es que nuestro pasado actúe mágicamente sobre neutro presente, sino que en nuestras representaciones actuales cabe hallar juicios, generalizaciones y premisas básicas sobre la realidad que asumimos en el pasado, unas ideas erradas a las que hemos seguido asintiendo, inadvertidamente, desde entonces hasta hoy. Es ese asentimiento presente el que explica que muchas ideas asumidas  de forma acrítica en edades tempranas sigan condicionando nuestra experiencia como adultos.

 

Niña infelicidad

 

Es nuestro asentimiento actual a nuestro mundo representacional, y no nuestro pasado, el que opera sobre nuestro presente. El tiempo para tomar conciencia de esas representaciones, cuestionarlas y transformarlas es igualmente el ahora.

Dicho esto, no se excluye que ciertos hechos traumáticos pasados puedan haber dejado una impronta irreversible. Aunque esta huella biológica establecería meramente una tendencia, y no un destino. Puesto que nuestro pasado es, en gran medida, lo que nos contamos a nosotros mismos sobre él, puesto que nuestras representaciones atribuyen un sentido específico a los acontecimientos que estructuran nuestra historia personal, tenemos la capacidad de otorgar un significado provechoso a las adversidades pasadas: podemos reelaborar el sentido que les dimos, cuestionar los relatos con que las envolvimos y transmutar el dolor en crecimiento.

Aquí radica nuestra capacidad de resiliencia: el buen uso de nuestras representaciones puede conferir a nuestras heridas, huellas y tendencias una dirección creativa y con sentido. De hecho, muchas personas han convertido sus límites y heridas en trampolines y puertas de entrada a lo mejor y más profundo de sí mismas.

«Nada de estas cosas que al espíritu suceden fortuitamente debe denominárselas pasiones: estas, por decirlo así, las padece el espíritu más que la ejecuta. Pues, como dice Zenón, también en el alma del sabio, aun cuando la herida haya sido curada, queda la cicatriz. Y así sentirá ciertas señales y sombras de las pasiones, aunque estará exento de las mismas».

Séneca

Y para terminar, nuestro mundo…

Con todo lo dicho, y como afirma la filosofía y el sentido común, podemos afirmar que nuestro mundo, el mundo humano, no es un mundo de hechos brutos y neutros, sino un mundo representado, interpretado, significado, valorado…

«En efecto, cada cual se relaciona de forma directa solo con sus propias representaciones, sentimientos y voliciones; las cosas externas solo tienen influencia sobre él cuando dan pie a estos últimos. El mundo en el que habita cada individuo depende en primera instancia de la concepción que este tenga acerca de él, y se ajusta en consecuencia a las peculiaridades de cada cabeza; según sea ésta, ese mundo podrá ser pobre, superficial y monótono, o rico, interesante y preñado de sentido (…). Ello se debe a que toda realidad, todo presente consumado, consta de dos mitades, sujeto y objeto, pero en una unión tan necesaria y estrecha como la del oxígeno y el hidrógeno en el agua. Aunque la mitad objetiva sea la misma, si la subjetividad difiere, la realidad presente será totalmente distinta.»

Arthur Schopenhauer

Como termina Mónica Cavallé este capítulo, podemos imaginar a Atlas cargando el mundo sobre sus hombros. Creemos habitar la realidad, pero habitamos nuestro mundo particular. Habitamos un mundo configurado por nuestras representaciones particulares y nuestras interpretaciones, las cuales otorgan una tonalidad enteramente subjetiva a nuestra experiencia. Cada cual habita un mundo diferente. Y cuantos más juicios errados y opiniones alberguemos, cuantas más perturbaciones emocionales suframos, nuestro mundo será más privado, más incompatible, es decir, vamos a estar más dormidos a la realidad.

Como las metáforas del sueño y el despertar en las tradiciones sapienciales, una característica del sueño es la de ser totalmente privado. Varias personas pueden compartir un mismo espacio físico, pero si están «dormidas» cada cual habitará un mundo exclusivo, un espacio al que ningún otro tendrá acceso. Cuántos problemas en las relaciones interpersonales se derivan de que presuponemos que habitamos el mismo mundo, cuando, de hecho, habitamos mundos distintos.

 

Mundos infelicidad

 

En la  medida en que nuestra mirada sobre la realidad se vaya tornando más objetiva, menos condicionada por nuestras opiniones, seremos, cada vez más, habitantes de la realidad única, del mundo de los despiertos, del único mundo común.

«Los despiertos tienen un mundo único en común. Cada uno de los que duermen, en cambio, se vuelve hacia su mundo particular»

Heráclito

 

 

Realidad: de la lucha constante a la rendición y la aceptación

Desde hace unos meses hay un tema que me fascina especialmente… La realidad. A simple vista parece un tema simple, que según la Wikipedia nos remite «al término lingüístico que expresa el concepto abstracto de lo real.». Y si vamos un poco más allá, eso real, se refiere «en filosofía a lo que es auténtico, la inalterable verdad en relación -al mismo tiempo- al ser y la dimensión externa de la experiencia«.

No pretendo ser tan ambiciosa como para entrar a analizar la realidad en términos filosóficos, aunque seguro que algo así nos daría para mucho. En este caso, me fascina el concepto de realidad en cuento a nuestra realidad psicológica en contraste con la realidad de «ahí afuera». Lo que  nosotros vemos y percibimos en contraste a esa «inalterable verdad».

¿Somos capaces de alcanzar esa «inalterable verdad»? Mucho me temo que estamos muy lejos ni siquiera de acercarnos a esa verdad. Y mucho me temo, también, que la gran mayoría, sino todos, de nuestros problemas, nacen de esa verdad aplastante de que jamás alcanzamos a rozar la verdad.

Llegados a este punto hay dos temas que hay que abordar: En un primer momento se da nuestra percepción errónea de la realidad y en un segundo momento, se da una continua lucha entre esa percepción errónea y la verdad inalterable. Si conseguimos llegar más allá, llegará el momento de la rendición y la aceptación.

 

realidad

 

Nuestra percepción errónea de la realidad

Según Fritz Perls, «los instrumentos de la percepción evolucionan al servicio de nuestros intereses; por ello el problema debería ser: ¿existe el mundo per se o existe tan sólo en cuanto están implicados nuestros intereses?

Para nuestros fines suponemos que existe un mundo objetivo partiendo del cual el individuo crea su mundo subjetivo: de acuerdo con nuestros intereses se eligen partes del mundo absoluto, pero esta selección se ve limitada por el alcance de nuestros instrumentos de percepción y por las inhibiciones sociales y neuróticas».

Una realidad objetiva como puede ser un maizal, puede diferir mucho de las cientos de realidades subjetivas que de él se desprenden. Un comerciante lo analizará en función del beneficio, un pintor se emocionará con sus luces y sus sombras, un agrónomo sólo verá la química del suelo… ¿Y qué tienen en común todas las realidades que surgen de una «verdad objetiva»? Lo único que tienen en común es el interés específico de cada realidad subjetiva.

Las diferentes personas tienen diferentes esferas de interés. Se muestran interesados por los objetos del mundo «aptos» para satisfacer sus diferentes necesidades, y sólo por coincidencia ese maizal es un objeto común a sus diferentes esferas de interés.

La realidad que importa es la realidad de intereses: la realidad interna y no la externa. Las necesidades específicas de cada uno dictan intereses específicos. Y esos intereses nos mueven y conforman nuestras realidades subjetivas.

Esos intereses responden siempre a necesidades de nuestros organismo (en un río, el sediento verá primero el agua donde el pintor está fascinado por los reflejos del sol sobre su superficie). Y la relación entre las necesidades de nuestro organismo y la realidad corresponde a la relación entre cuerpo, alma y mente. La imagen de la mente desaparece en cuanto se satisface la necesidad del organismo (una vez que ha bebido, el sediento borrará de su mente la imagen del agua fresca cayendo por su garganta). Sucede exactamente lo mismo con nuestras realidades subjetivas: desaparecen en cuanto ya no se requieren. Una vez que hemos resuelto el crucigrama, pierde nuestro interés.

Y esto lo podemos corroborar en nuestra vida cotidiana constantemente. Si vamos andando por nuestra ciudad, probablemente no veremos los buzones de Correos hasta que necesitemos enviar una carta. Otro ejemplo sería cuando nos compramos un coche nuevo… lo empezaremos a ver por todas partes.

«De esta forma, no percibimos, al mismo tiempo, la totalidad de lo que  nos rodea. No miramos al mundo como ni nuestros ojos fueran las lentes de una cámara fotográfica. Seleccionamos los objetos de acuerdo con nuestros intereses y estos objetos se muestran como figuras destacadas contra un fondo borroso». 

Esta primera parte ya nos dice algo importante. Ni de lejos captamos la realidad tal cual es. Primero, porque nuestros sentidos no nos lo permiten (no somos cámaras fotográficas). Y segundo, porque sólo «vemos lo que nos interesa».

 

La lucha contra la realidad

Hay una frase de Fritz Perls, que me llamó poderosamente la atención la primera vez que la leí: «Si la mente aceptara la realidad en su totalidad, no necesitaríamos una mente».

Así es cómo últimamente concibo nuestra mente. Un instrumento cuya función es luchar contra la realidad en función de todos los mecanismos de defensa que nos hemos ido forjando durante toda la vida. Y en función de nuestras limitaciones físicas para percibir la realidad.

La mayoría de las filosofías orientales afirman que la única vía de alcanzar la felicidad es, simplemente, aceptar la realidad. Y aún así, la mayoría de nosotros ni siquiera llegamos a acercarnos. Después de años de terapia como mucho podemos alcanzar a ver nuestra propia distorsión y nuestras resistencias a aceptar. Que no es poco… Nuestra realidad se manifiesta a través de las distorsiones que nos hemos tragado, nos hemos contado y nos seguimos contando. Todo lo que entra en «nosotros» son elementos que percibimos aptos, decentes, acordes a nuestras ideas y valores… ¿Y dónde queda la realidad?

Sobre esta «lucha» contra la realidad podemos hablar mucho, pero qué mejor para entenderlo que algunos ejemplos sencillos que seguramente todos hemos vivido…

Vemos como una persona recibe un cumplido, «Qué guapa estás hoy». E inmediatamente esta persona se pone tensa, y empieza a justificarse… «Es que hoy he ido a la peluquería», «es este vestido que estoy estrenando», etc. En la mente de esta persona no «cabe» la idea de ser guapa. O no se considera guapa, o no se considera digna de recibir cumplidos. Pero ambas cosas están muy lejos de la realidad. Que es que alguien ha percibido que es guapa. Esta persona está luchando con la realidad de ese momento, en vez de aceptarla.

Otro ejemplo lo vivimos miles de veces al día en «nuestra cabeza». Tenemos un pensamiento, como por ejemplo, que queremos correr una maratón. En seguida se pueden agolpar muchos pensamientos del tipo de «tu no puedes hacerlo», «eres demasiado viejo», «tendrías que haber entrenado toda la vida», «es demasiado tarde». Objetivamente, ninguna de esas afirmaciones tienen nada que ver con la realidad. Seguramente hay personas que han corrido una maratón siendo más viejas, sin haber entrenado toda la vida, etc.

Y aquí viene otra vez la lucha contra la realidad. Lo único que ocurre en ambos casos es que no aceptamos la verdad. Sería mucho más honesto que pudiéramos decir, «me gustaría correr una maratón, pero la verdad es que no estoy dispuesto a hacer los sacrificios necesarios para hacerlo». Y ni siquiera esta es una verdad que encaja al 100% con la realidad, pero al menos está más cerca…

Esta es la forma en que nacen la mayor parte de nuestros «sufrimientos», de nuestras neurosis. Invertimos demasiada energía alimentando mentiras y sobre todo, luchando contra la realidad. Hemos dedicado tantos años montando nuestro castillo de naipes, que nos aterra tirarlo abajo, y contactar simplemente con lo que hay. Aceptar simplemente la realidad.

 

La felicidad en la aceptación

La filósofa Mónica Cavallé habla mucho del camino de la aceptación. Afirma que paradojicamente el intentar cambiarnos a nosotros mismos, el forzarnos a ser mejores, a alcanzar un ideal que nos hemos «inventado»… produce sufrimiento y neurosis. Cuando ese sufrimiento se hace demasiado grande, entramos en una crisis que nos puede llevar a rendirnos, a aceptar que «no sabemos». Y ese cambio de percepción puede cambiarlo todo.

Muchas teorías filosóficas defienden este camino de la aceptación: aprender a querer y aceptar las cosas tal y como son.

 

– Heráclito: «Para Dios toda cosa es hermosa, buena y correcta. Los hombres, en cambio, consideran que algunas cosas son correctas y otras incorrectas».

– Estoicismo: Vivir en armonía con la realidad. Nuestro objetivo es la aceptación lúcida de la realidad.

– Epicteto: «En esto consiste la educación filosófica. En aprender a querer cada una de las cosas tal y como son. No pretendas que los sucesos sucedan como quieres, sino quiere los sucesos como suceden, y vivirás sereno».

– Marco Aurelio: «A la naturaleza que da y quita todo, el que está instruido y es discreto dice: dame todo lo que quieras, quítame lo que quieras. Esto lo dice sin animosidad contra ella, sino sólo obedeciéndola y teniendo buena fe.»

– Spinoza: «Es posible una alegría constante, un sentimiento de máxima alegría, pero sólo cuando nuestra voluntad quiere lo que es. En la aceptación del orden de las cosas».

– Nietzsche: En uno de sus libros utiliza esta cita de Emerson, «El poeta y el sabio consideran amigas y sagradas todas las cosas. Útiles todas las vivencias. Santos todos los días. Divinos todos los hombres.»

 

«En el universo el sufrimiento se debe a la no aceptación. La esencia de la sabiduría es la total aceptación del momento presente. La armonía con las cosas en el modo en que suceden. Un sabio ni quiere que las cosas sean distintas de como son. Él sabe que considerando todos los factores las cosas son inevitables. Es amigo de lo inevitable y por lo tanto, no sufre. Puede que conozca el dolor, pero este no lo alterará. Si puede hará lo necesario para restablecer el equilibrio perdido, o dejará que las cosas sigan su curso.

Entre las orillas del dolor y del placer fluye el río de la vida. Sólo cuando la mente se niega a fluir con la vida, y se estanca en las orillas, se convierte en un problema. Fluir con la vida quiere decir aceptación. Dejar llegar lo que viene y dejar ir lo que se va». 

Nisargadatta

 

¿Qué es la aceptación? Mónica afirma que la aceptación es «la capacidad de estar con lo que hay. De concienciar todas las dimensiones de nuestra experiencia. De no resistirse a la experiencia plena de lo que sucede fuera o dentro de nosotros. De permitir su total desenvolvimiento. Aceptar es concienciar. Mirar y sentir absolutamente todo sin resistencias y sin censuras.»

«Autoaceptación es asumir lo que somos aquí y ahora. Es la disposición a enfrentar, a mirar, a asumir, a vivenciar todas las dimensiones de nosotros mismos. Todos los aspectos de nosotros mismos y de nuestra experiencia sin negación, sin rechazo, sin reproche, sin censura. Y esto equivale también a fluir con la experiencia personal y a dejarnos ser lo que somos». 

Y ahora que sabemos qué es aceptar… ¿Que es lo que nos impide aceptar? Siempre es lo mismo. La mente que dice no. Como antes mencionaba Perls, si aceptaramos todo lo que hay, no sería necesaria la mente. La mente no «ataca» con pensamientos como «esto  no debería ser como es». Lo que nos impide aceptar son nuestras ideas fijas sobre cómo deberían ser las cosas.

Y la mente está llena de estas ideas: ideales, juicios, expectativas rígidas… Tengo una imagen ideal del mundo y de mí mismo y me perturbo porque el mundo no me devuelve esa misma imagen. ¡El mundo no es cómo debería ser! Y en mi perturbación crónica percibo nobleza y elevación. Esto, como diría Perls, es lo que llamamos neurosis. Cuando no logro «encajar» mi realidad con la realidad. Carl Rogers también afirmaba que la neurosis es la distancia entre el yo verdadero y el yo ideal.

Este juego entre lo que es y lo que debería ser es lo que hace que empecemos a rechazar nuestra experiencia presente. Pero toda experiencia puede ser «concienciada» y aceptada. Incluso nuestro resistencia a aceptar puede ser aceptada.

Para seguir profundizando en la aceptación, os recomiendo este video:

 

 

Fuentes:

  • El arte de ser, de Mónica Caballe
  • Yo, hambre y agresión,  Fritz Perls

La «coraza muscular»… O cómo los bloqueos emocionales crean una armadura corporal

 

Todas las personas tenemos un «carácter» diferente, que se ha fijado en nuestra infancia. El hecho de que tengamos un carácter u otro depende de en qué fase de la infancia tuvimos más dificultades, y por tanto, nos quedamos «más fijados», con más energía bloqueada.

Los diversos caracteres crean unas corazas musculares específicas. Cada carácter tiene unos bloqueos emocionales más interiorizados y esto se traduce en unos bloqueos musculares diferentes. Podemos decir que cada carácter tiene unas contracturas, «dolores», dificultades respiratorias… diferentes. Pero esto es tema de otro artículo. En este me centraré de los diferentes bloqueos corporales.

 

coraza muscular

 

1- Coraza muscular  «ocular»

Comprende todos los músculos que intervienen en los movimientos oculares. A través de la mirada expresamos las emociones básicas: rabia, alegría, tristeza, miedo... Cuando la persona se encuentra bloqueada y seu estado queda fijado en una de estas emociones la mirada se quedará congelada en la expresión de la emoción correspondiente.

Los bloqueos de la mirada están conectados con los músculos profundos de la nuca. De tal modo que las tensiones pueden ir migrando de los ojos a la nuca, o viceversa, sin que consigamos que le estado emocional contenido fluya libremente.

 

2- Coraza muscular «oral»

A través de este segmento se expresan o contienen esencialmente las emociones relacionadas con la dependencia, la rabia y la pena.

Cuando hay una contención crónica de la rabia o de la pena, dichos estados emocionales quedan bloqueados en los músculos masticadores (maseteros), que se encontrarán tensos, duros y dolorosos a la presión. Sin embargo, cuando dichas emociones estén muy inhibidas  y su percepción muy distorsionada y fuera de la conciencia, este segmento habrá perdido su capacidad para sensarlas y expresarlas; en esta situación encontraremos los maestros muy blandos, lo que indica, probablemente, que hay un profundo conflicto de dependencia.

En este último caso, es frecuente que encontremos la barbilla elevada, con los músculos elevadores contraídos y las comisuras de los labios caídas hacia abajo, nos indicará la inhibición emocional de una profunda pena, con la que en ese momento no hay contacto consciente o existe alguna dificultad para su expresión.

No es raro que la expresión de esta profunda pena vaya seguida de una expresión de rabia, pues con frecuencia la pena suele estar bloqueando el contacto con la rabia.

 

3- Coraza muscular «cervical»

Su bloqueo tenso está relacionado con la necesidad de mantener un exceso de control sobre las propias emociones y sobre le mundo en general, e inhibe la expresión del rechazo y el afecto.

Este bloqueo tenso nos indica que la persona vive en un estado de alerta crónico por desconfianza en sí mismo y en benevolencia del medio. Suele corresponderse con la necesidad de mantener una actitud de defensa ante los supuestos imprevistos que puedan surgir del mundo interno o externo, para su respuesta inmediata, bien sea a través de la acción reactiva o de la inhibición completa del contacto con el estado emocional propio, sobre todo con las emociones hostiles con la rabia en primer lugar.

 

4- Coraza muscular «torácica»

El cuarto segmento es el torácico, que abarca todos los músculos intercostales implicados en la respiración, así como los músculas escapulares, subescapulares y los músculos deltoides… junto con los antebrazos y las manos. En el tórax sensamos las emociones que nos ponen en contacto con nuestros propios estados emocionales en relación con el mundo exterior.

La función del tórax es expresar dichas emociones desde el contacto más profundo. Cuando esta función está distorsionada o inhibida, se corresponde con un bloqueo torácico, con una disfunción de la respiración que se mantendrá en una actitud crónica de inspiración o espiración crónica, limitando el movimiento del tórax y, con ello, dificultando la respiración libre y espontánea; esta se torna superficial y con escasa capacidad para movilizar aire. Las costillas pierden su elasticidad y se endurecen, los movimientos de inspiración y espiración son poco aparentes  resulta difícil aplanar el tórax con la presión de las manos para ayudar a profundizar la respiración.

Al limitar la oxigenación, se disminuye la intensidad de las emociones, su percepción y la necesidad de expresarlas, inhibiéndose sobre todo el contacto con el dolor emocional, la rabia, el llanto y el anhelo.

 

5- Coraza muscular «diafragmática»

La tensión crónica del diafragma dificulta notablemente la conexión energética entre el tórax y el abdomen; es decir, entre el sentimiento y la percepción de las necesidades. Tan importante es su participación en los mecanismos de defensa, que cada uno de ellos se acompaña de un bloqueo específico de la función diafragmática.

La inmovilización del diafragma limita notablemente la capacidad respiratoria, la oxigenación, energetización e intensidad de la sensaciones y sentimientos. Además, hace del tórax y del abdomen dos compartimentos estancos. Todas las conexiones energéticas entre la parte superior e inferior del cuepro tienenque atravesar el diafragma.

La tensión crónica del diafragma, al dificultar el flujo energético ocasionará que percibamos nuestras necesidades distanciadas de su componente emocional, dificultado, por tanto, tomar conciencia discriminativa acerca de la necesidad organísmica de satisfacción. En la medida en que el diafragma esté bloqueado, cualquier movimiento energético que fluya desde la pelvis, al encontrarse el obstáculo de la tensión diafragmática, ocasionará espasmos crónicos en todo el organismo; clonismos que se pueden percibir acompañados de notable sensación de angustia y aumentar la tensión del diafragma como reacción de defensa.

 

coraza muscular

 

6- Coraza muscular «abdominal»

En el segmento abdominal experimentamos y sensamos nuestras necesidades biológicas básica, así como los contactos emocionales que provienen de los demás, nuestra nutrición básica emocional. Su bloqueo nos dificulta no solo la percepción de nuestras necesidades, sino también los afectos y las necesidades de los demás.

 

7- Coraza muscular «pélvica»

Fundamentalmente la pelvis es un reservorio energético relacionado con la capacidad de entrega y placer y, por tanto, con la capacidad de contacto tierno y agresivo. En la pelvis ocurre que el placer inhibido se convierte en rabia, y la rabia inhibida en espasmos musculares, y también en angustia.

El bloqueo de la pelvis la dispone en retroversión o anteversión forzada, lo que nos indica respectivamente, que la persona tiene dificultad para la entrega espontánea y libre a los demás, o para el contacto y la entrega a sí mismo. Una pelvis bloqueada rígidamente nos indica siempre una profunda desconexión de la persona con sus procesos emocionales y un refugio en la racionalización como defensa.

Su bloqueo implica un corte desde el más importante reservorio energético hacia el resto del organismo, dificultando la toma de conciencia de todas las sensaciones y estados emocionales. Por ello, interfiere en el arraigamiento de la persona en sí misma; dificulta sobre todo la percepción de los estados placenteros de relajación y la sensación de estar energetizado. Afecta de manera fundamental al sentimiento de seguridad en uno mismo.

Se interrumpe, además, el flujo energético hacia las piernas y los pies, dificultando la estabilidad y el arraigamiento sobre el mundo exterior. Por lo tanto, su bloqueo afecta tanto a la capacidad para estar arraigados en la realidad de uno mismo como en la realidad del mundo. Afecta a la capacidad de hacernos cargo de nuestros procesos conservando nuestra libertad y autonomía.

 


Fuente: Ternura y agresividad, de Juan José Albert
Fotografía: Jake DaviesHenry Hustava

Respuestas del ser humano para adaptarse al estrés crónico (Parte 2)

 

Hace unos meses escribí un artículo en el blog sobre el sufrimiento mental intenso, o lo que conocemos como las enfermedades mentales tanto depresivas, como ansiosas o psicóticas. Hoy quiero mostrar una guía para entender cómo se forman y cuáles son las respuestas más típicas del ser humano a este sufrimiento mental intenso o estrés crónico.

 

estrés crónico


1- La base: personalidad y carácter


Lo primero que debemos entender para comprender las «enfermadas de la mente» es el carácter. Nuestra estructura está formada por tres círculos, uno dentro del otro.

– El más interno es el temperamento, que viene definido por la biología (genes).

– El siguiente es el carácter, que es la estructura psíquica. La estructura con la que el individuo absorbe lo bueno (nutrición) y se defiende de lo malo (defensa).

– El exterior, que contiene los otros dos, es el entorno.

 

El niño se “prepara” desde el útero para enfrentarse al ambiente que le espera al nacer. Si el ambiente al que va a llegar es muy estresante, lo va a saber a través de las hormonas de estrés de la madre. Y probablemente ya en el útero desarrolle una estructura psíquica defensiva (cerrada).

 

CARÁCTER: Es el mediador entre el temperamento y el entorno. La estructura nutriente y la estructura defensiva:

Estructura psíquica defensiva (cerrada) –> Entorno negativo.

Estructura psíquica nutriente (abierta) –> Entorno positivo.

 

Si hay dificultad en la adaptación de la persona al entorno empieza a desarrollar síntomas. Los síntomas psicobiológicos son 4: psicosis, depresión, ansiedad y síntomas somáticos (mal funcionamiento del cerebro).

La personalidad es la integración del temperamento (¿Qué he heredado de mis padres?) y el carácter (¿Qué he aprendido de mis padres?)

2- Estrés bio-psico-social

El estrés bio-psico-social tiene tres niveles:

1- BIO (TEMPERAMENTO): Biología, alteraciones genéticas, etc. Es el estrés biológico.

2- PSICO (CARACTER): A los 3-4 años ya está establecido el carácter (la capacidad de defenderse y de nutrirse). Si es rígido (cerrado), hay estrés psicológico.La estructura de carácter va con nosotros aunque cambiemos de entorno. Si hay estrés psicológico porque nacimos en un entorno hostil, nuestro carácter ya se ha quedado “fijado”, solidificado, y permanecerá aunque cambiamos a un entorno nutriente. La persona seguirá comportándose muy rígidamente aunque ahora esté en un ambiente más nutricio.

 

El problema es que el carácter no cambia. Y si nacimos en un ambiente hostil, al cambiar el adulto a un ambiente más positivo, sigue respondiendo de forma hostil, aunque ya no sea necesario.

En terapia no podemos cambiar el carácter. Lo aceptamos y conocemos para ser más flexibles.

La persona está muy “cómoda” en el ambiente que conoce. Alguien que nació en un ambiente muy hostil “repite” eso en el futuro. Busca repetir el mismo ambiente porque paradójicamente es donde se siente más seguro. Piensa, “mejor malo conocido que bueno por conocer”. Una persona así, si entra en un ambiente amoroso, no sabe cómo desenvolverse. No sabe “sostener” el amor.

Así, el carácter no se modifica. Somos igual que cuando éramos niños. Hemos cambiado muy poco y lo que hemos cambiado ha sido con mucho trabajo.

En los trastornos de personalidad es muy difícil cambiar porque el carácter es muy rígido. Un neurótico tiene más capacidad de flexibilizarse. El neurótico tiene el carácter más “solidificado”, pero tiene más capacidad de autoconocerse y de flexibilizarse. Tiene más capacidad de “romper” con su zona de confort y tomar nuevos registros.

Alguien con un trastorno de personalidad (TP) no sabe de su zona de confort. Es demasiado rígido. Además desarrollan una adición a su propio estrés.

3- SOCIAL (ENTORNO): Cuando vivimos una guerra, secuestro, desastre natural, es estrés social.

3. Sintomatología

La sintomatología es una combinación de los tres tipos de estrés (bio/psico/social). A mayor vulnerabilidad biológica a la depresión, se necesitará menos estrés social para desarrollar sintomatología. Por ejemplo, una depresión.

En todos los síndromes interactúan los tres tipos de estrés.

4- Factores estresantes

A- Estrés físico agudo:

Los animales viven estrés físico agudo. Por ejemplo, cuando una gacela ve que se acerca un depredador.

– Agudo: Es temporal en el tiempo. Llega el estrés y desaparece. Ve al león, anticipa la lesión, y pone a funcionar los mecanismos de huida.

– Hay anticipación: Imagina la muerte y de defiende (psicológico).

 

En esta situación desarrolla una “respuesta”, que se llama “síndorme general de adaptación”.

SÍNDORME GENERAL DE ADAPTACIÓN:

Es la respuesta corporal al peligro. Es una reacción de estrés agudo. La reacción puede ser de huida o de lucha.

La estructura homeostática del ser humano es muy “fina”. En cuanto algo cambia se produce el estrés. Todo aquello que interrumpe la “normal homeostasis” genera una situación de estrés agudo.

En los animales, cuando se da un síndrome general de adaptación muy potente para acabar con el agente estresante (león), no puede durar mucho. Tiene un tiempo limitado. El cuerpo se moviliza para acabar con el agente estresante activándose corporalmente (respiración, músculos, hormonas, etc.), pero no puedo durar mucho tiempo.

Del reposo pasamos a una actividad energética muy fuerte al servicio de la huida o de la lucha. Se desactivan otros sistemas (inmunitario, reproductor, digestivo…) para que toda la energía esté puesta en la activación del cuerpo para la huida o la lucha.

A diferencia del animal, el ser humano no experimenta sólo estrés físico agudo. También experimenta estrés psíquico.

 

B- Estrés psíquico:

El humano representa en su “mapa mental” un peligro (imaginación). Lo “proyecta” en su pantalla mental (recuerdo). Y aunque sea una representación que NO es real (fantaseada o recordada), reacciona ante ellos con la única respuesta que tenemos al estrés, con un SÍNDROME GENERAL DE ADAPTACIÓN.

4. Estrés agudo vs estrés psíquico

ESTRÉS:

FÍSICO: AGUDO. Dura un tiempo. O vives o mueres.

PSÍQUICO: CRÓNICO. Está siempre activo

En el estrés psíquico (crónico) cada vez que lo “imagino” vuelvo a activar el cuerpo (taquicardia, tensión corporal…) y desactivo los sistemas no necesarios (reproductor, digestivo…). La activación se mantiene en el cuerpo.

El estrés crónico no es adaptativo. Es patológico. El cuerpo se lesiona cuando lleva mucho tiempo en estado de estrés crónico. Esto hace que desarrolle mecanismos de adaptación al estrés (conductas y comportamientos).

5. Lesiones y respuestas para adaptarse al estrés crónico


PSICOPATOLOGÍA
–> La reacción al estrés crónico. Hay tres tipos:

– RESPUESTA ANSIOSA: Síndromes defensivos

– RESPUESTA DEPRESIVA: Síndromes de desvitalización

– RESPUESTA PSICÓTICA: Síndromes de vulnerabilidad cognitiva

 

Respuestas al estrés crónico

 

Cuando sufrimos estrés, nos lo podemos imaginar como una banqueta con tres patas. Una pata es el estrés, otra la depresión y otra la psicosis. El peso del estrés crónico sobre la banqueta hace que una de las patas se rompa.

No sabemos por qué una pata es más vulnerable que otra. Ante el estrés crónico, una persona desarrolla un depresión y otra un síndrome de estrés.

6. Síndromes de desvitalización (puros)

DEPRESIONES MAYORES (DEPRESIÓN PURA)

  • Muy profundas, severas.
  • Energía vital muy disminuida.
  • Mucho gasto energético (Estrés crónico) que hace que caiga la energía vital.
  • Pensamiento relantecido.
  • Poca capacidad para asociar ideas.
  • Lenguaje muy lento.
  • Memoria, atención y cognición muy disminuidos.
  • Pensamiento muy negativo.
  • Pensamiento suicida (90% de los suicidios).
  • Pérdida de ganas de vivir.
  • Mucha inhibición física y emocional.
  • Impotencia y desesperanza.
  • “No voy a salir nunca de esto”.
  • Dificultad para moverse. Pocos gestos en la cara.
  • Los órganos no funcionan bien (fallos en todos los sistemas). El cuerpo no funciona bien por la falta de energía.
  • Mayor probabilidad e infartos, etc.
  • Puede no haber tristeza. La persona no siente nada.
  • Angustia de verse incapaz, No pueden levantarse de la cama.
  • Poca emoción, pensamiento y acción.
  • Fuera de juego. Paralizada.
  • No tiene nada que ver con la tristeza severa o el duelo. Hay falta de energía.
  • Abandono profundo. No comer, no beber, etc.
  • No tienen capacidad de “curarse” por sí mismos.
  • No es bueno hacerles “hacer” cosas. Deben parar y descansar (baja laboral, etc.).
  • No tienen energía para “hacer”.
  • Viven en el pasado.


7. Síndromes defensivos (puros)

TRASTORNO DE ANSIEDAD GENERALIZADO (ESTRÉS PURO)

  • Ansiedad no muy alta pero continua a lo largo de todo el día.
  • Psiquico à Sensación de estar siempre en peligro, activado. Está anticipando todo el rato.
  • Vive en el futuro à Anticipación. Control.
  • Defensa, cabreo, susceptibilidad, pela constante con su realidad.
  • Mucha somatización: contracturas, enfermedades, etc.
  • Mal funcionamiento del aparato digestivo, corazón, etc.
  • Genera amenazas.

TRASTORNO DE PÁNICO (ESTRÉS PURO)

  • Surge bruscamente. Muy intenso.
  • La persona se siente amenazada por su propio cuerpo (cree que puede morir).
  • El nivel de activación es tan elevado que siente pánico.
  • Sensación de despersonalización.
  • La cognición se desregula à Sensación extraña de la realidad y de uno mismo.
  • Sensación de volverse loco.
  • La mayor parte de las veces no se sabe el desencadenante. Parece una locura porque la persona no encuentra la causa. “Si no hay causa es que me estoy volviendo loco”.
  • El organismo activa algún tipo de asociación, ya que no sostiene el que no haya sentido a lo que le pasa.
  • Produce muchas conductas de evitación.
  • El pánico es tan grande que por nada del mundo quiere que se vuelva a repetir. Se empieza a evitar todo lo que produce un poco de ansiedad.
  • Puede llegar a ser muy incapacitante. Pueden llegar a no salir de casa por miedo a tener otra crisis. Esto es mucho peor que la propia crisis de pánico, que no tiene ningún efecto secundario para el cuerpo.
  • Fisiológicamente, una crisis es como correr un sprint de 100 metros.
  • Trastorno de pánico à Conductas de evitación à Incapacidad (fobias).
  • Hay tanto miedo a que se repita que la evitación puede ser muy grave.
  • Cuanto más crisis, más miedo a que se repitan, más inseguridad.

TRASTORNO DE ESTRÉS POSTRAUMÁTICO (ESTRÉS PURO)

  • Estrés físico agudo à En este caso sí hay un detonante (violación, guerra, etc.).
  • Estrés psíquico à Se queda el “hecho” muy gravado, y se repite en la cabeza de la persona constantemente.
  • Nivel elevado de activación nerviosa.
  • También genera mecanismos evitativos y fobias.


9. Síndromes de vulnerabilidad cognitiva (puros)

ESQUIZOFRENIA DELIRANTE CRÓNICA (PSICOSIS PURA)

  • Vulnerabilidad cognitiva grave que se mantiene en el tiempo.
  • No se sabe muy bien lo que es. No se sabe qué ocurre en el cerebro.
  • Los brotes producen mucha incapacidad.
  • No se sabe nada de la “pata” psicótica, ya que tiene que ver con cómo construimos la realidad, con cómo pensamos.
  • No se invierte nada en investigación. Son los pacientes peor tratados.
  • La cognición se altera. No hay relación entre lo que se “ve” y cómo se representa lo que se ve en la mente.
  • Cognición deformada de la realidad à
  • Pensamiento delirante.
  • Desregula el funcionamiento de la persona.
  • El delirio es intuitivo.

PSICOSIS DELIRANTE CRÓNICA (PSICOSIS PURA)

  • El cuadro delirante se da de forma permanente.
  • El delirio está incorporado a la personalidad de la persona.
  • Rigidez, orgullo, agresividad, creen en la conspiración por parte de otros.
  • Fallan los recuerdos, las percepciones y las representaciones.
  • El delirio es alucinatorio.

10. Síndromes entre desvitalización y defensivos (depresión-ansiedad)

DISTIMIA (MIXTA)

  • Aparece y se va.
  • Días en los que estoy deprimido y otros no.
  • Mucha ansiedad.
  • Se pasa de un estado a otro.

SOMATIZACIONES (MIXTA)

  • Síntomas somáticos producidos por el estrés o la depresión.
  • Síntomas psicosomáticos.
  • Enfermedades corporales (cáncer, enfermedades autoinmunes, etc.).
  • Toda enfermedad física es una somatización ante el estrés psicológico.

CONDUCTAS ADICTIVAS (MIXTA)

  • Las conductas adictivas es todo lo que hacemos para no “enterarnos” del estrés o la depresión.

TRASTORNOS DE COMPORTAMIENTO COMPENSATORIO (MIXTA)

  • Trastornos alimenticios.
  • Se manifiestan a través de la conducta alimenticia, pero engloban una compleja gama de síntomas entre los que prevalecen la distorsión de la imagen corporal.
  • Personas que sufren ansiedad, perfeccionismo, pensamientos y comportamientos obsesivos y compulsivos.
  • Tienden a tener expectativas no realistas de ellos mismos y de las demás personas.
  • Se sienten incapaces, ineptos, defectuosos, etc.
  • No tienen sentido de identidad. Por eso tratan de tomar control de su vida y muchas veces se enfocan en la apariencia física para obtener ese control.


11. Síndromes entre desvitalización y vulnerabilidad cognitiva (depresión-psicosis)

DEPRESIÓN PSICÓTICA (MIXTA)

  • Es un tipo de depresión donde además se viven ideas delirantes.
  • Puede ser episódica o crónica.


12. Síndromes entre defensivos y vulnerabilidad cognitiva (depresión-psicosis)

TOC

  • Hay tocs más ansiosos y tocs más psicóticos.
  • La persona tiene conciencia de la enfermedad, sabe que le ocurre algo malo. Saben que sus ideas son absurdas pero no pueden parar.
  • Son muy inseguros y crean estos rituales para “controlar” el ambiente.
  • Inseguridad à A que el cuerpo funcione mal, a su sexualidad, etc.
  • Sentimiento agresivo que como no se lo permite sentir, “sale” de forma obsesiva.
  • Son comportamientos de compensación ante la agresividad.
  • Miedo a perder el control, a volverse loco.
  • La mayoría de los pensamientos que tienen son agresivos o sexuales. No se permiten tener estos pensamientos y los compensan de forma obsesiva.
  • Ejemplo à Tengo el pensamiento de querer tirar a mi hijo por la ventana, y hago lo contrario. Peso a ser la “mejor” madre del mundo. Y reprimo al 100% la agresividad. Esa represión activa mucho más el primer pensamiento. Es un círculo vicioso.
  • Agresión reprimida à comportamiento obsesivo.
  • Todo lo obsesivo tiene que ver con la sexualidad y la agresividad. Ya que quieren “controlar” algo que no se puede controlar.

13. Síndrome entre los tres (depresión-ansiedad-psicosis)

BIPOLAR (PSICOSIS MANÍACO-DEPRESIVA)

  • Tienen cambios inusuales del estado de ánimo:
    • Unos días están muy felices y con mucha más energía de lo habitual.
    • Otros están tristes y deprimidos y con mucha menos energía de lo habitual.
  • Dificultad para dormir, concentrarse, trabajar… debido a estos cambios del estado de ánimo.
  • Cambios muy extremos que vienen junto a alteraciones del sueño, del nivel de energía y la capacidad de pensar.
  • Los síntomas son tan fuertes que pueden inhabilitar a la persona para una vida “normal”.
  • Pueden llegar a intentar suicidarse.
  • Pueden tener episodios maníacos, episodios depresivos o episodios mixtos.
  • Episodios maníacos à Felices, aceleradas, nerviosas, muy activas, con problemas para dormir, hablan muy rápido, agitadas, irritables, sensibles, hacen muchas cosas a la vez, toman muchos riesgos.
  • Episodios depresivos à Decaídas, tristes, duermen mucho o muy poco, no pueden disfrutar de nada, se sienten vacías, no se pueden concentrar, se olvidan de muchas cosas, cansadas, sin energía, comen mucho o muy poco, no pueden dormir, piensan en la muerte y en el suicidio.

PSICOSIS TRANSITORIA

  • No tienen estructura psicótica, pero ante un estrés crónico aparece un síntoma psicótico.
  • Alguien “normal” que tras un estrés crónico empieza a sentir que le persiguen, etc.
  • Al parar el estrés, cede la psicosis.
  • Psicosis afectivas à Surgen, pero cuando acaba el estrés y se trata la parte emocional, cede la crisis.

14. Trastorno límite de la personalidad

No es una psicopatología. Está más “abajo”, entre el temperamento y el carácter. No se sabe qué les ocurre a estas personas. Pueden tener todas las sintomatologías:

  • Depresión grave.
  • Estrés crónico.
  • TOC.
  • Adicciones.
  • Suicidio, etc.

Entendiendo el sufrimiento mental intenso. Psicopatología o cuadro clínico de intenso sufrimiento mental (Parte 1)


Hace una semana tuve la suerte de asistir a una clase de Psicopatología del psiquiatra y terapeuta gestalt Nacho Peña. En este primer artículo podréis navegar en el origen del sufrimiento mental intenso

psicopatologia

 

1. Petición de ayuda

Cuando una persona llega al psicoterapeuta (o psiquiatra) con una petición de ayuda, muchas veces el profesional no tiene ni idea de lo que le está ocurriendo. Y lo que es peor, no tiene ni idea de lo ocurre  «dentro» de esa persona, a nivel fisiológico… ¿Qué está causando que haya algo que falle en su cerebro?

Generalmente, esta petición de ayuda está motivada por alguna de estas tres razones:

PETICIÓN DE LA AYUDA CONSCIENTE (POR PARTE DEL PROPIO INDIVIDUO):

1- Elevado nivel de ansiedad (estrés) à Intranquilidad, angustia, preocupación permanente por la vida, descontrol constante, sensación de amenaza, alerta, hiperactivación ansiosa… Todo esto causa mucho desgaste energético, que puede llegar a ser crónico.
Le emoción más presente es el miedo.

2- Desvitalización (depresión) à Pérdida de la energía, de la vitalidad, tristeza profunda, pérdida del placer.
La emoción más presente es la tristeza.

PETICIÓN DE LA AYUDA POR PARTE DE LA FAMILIA:

3- Desconexión de la realidad à Pérdida de contacto con la realidad. No hay conciencia de la enfermedad. Perciben las señales de una manera anómala (me persiguen, etc.).

En los dos primeros casos (estados de exceso de activación y de falta de activación), hacemos muchas cosas para desviarnos de esos estados de sufrimiento. Son distracciones para olvidar esos estados ansioso-depresivos. El individuo sabe que está mal, tienen conciencia de su estado, pero trata de desviar el sufrimiento.

Esto lo hace a través de:

Adicciones: Juego, bebida, drogas, fármacos, sexo, relaciones disfuncionales, conductas de riesgo, tecnología, RR.SS., series de televisión… Son conductas que nos llevan a no pensar ni sentir los conflictos. Maneras de ausentarnos de nuestras situación.

Trastornos de alimentación

Estas conductas para enmascarar los estados ansioso-depresivos pueden ser más disfuncionales que la propia “neurosis”.

 

2. Principio de normalidad

El primer problema con el que nos encontramos en la sociedad actual es que hemos separado la mente del cuerpo. En la antigüedad y en otras culturas (chamanes, indígenas…) no hay esta separación. Se sana a la persona, no a su cuerpo a su mente.

Al separar lo psíquico de lo somático tenemos un problema, porque la persona realmente es un todo. No podemos dejar de lado lo somático en un trastorno mental.

Con Descartes se produjo por primera vez esta separación:

Cuerpo: lo “somático” (Sustancial. Se puede ver. Lo podemos conocer)

Alma: lo “mental” (Insustancial. No lo vemos. Sólo sabemos lo que nos cuenta la persona)

Descartes es la primera persona que se preguntó cómo es posible que uno de los planos pueda afectar al otro. Llegó a la conclusión que en nexo entre los dos planos estaba en la glándula pineal.

 

3. Tres niveles de funcionamiento

Existimos a través de tres niveles de funcionamiento:

1- Funcionamiento somático (cuerpo) à A su vez hay dos subniveles:

– Sensorial: Siente lo que pasa fuera y dentro del cuerpo (órganos de los sentidos)

– Expresivo: Nos relacionamos con el entorno (órganos motores)

2- Funcionamiento cognitivo (mente) à Recuerdos, pensamientos, emociones, conciencia… Es el mundo de lo subjetivo.

3- Funcionamiento emocional (cuerpo + mente) à Oscila entre lo somático y lo cognitivo. Se ha hecho esta división:

– Somático: Afectos

– Cognitivo: Sentimientos

En el plano emocional, fluctuamos constantemente entre lo somático y lo cognitivo.

Proceso emocional del miedo:

1- Puede empezar a nivel cognitivo (percepción de amenaza proveniente te un recuerdo traumático).

2-  Esto obliga a poner en marcha una respuesta defensiva a nivel somático (ansiedad). Tenemos varias respuestas posibles: huida, enfrentamiento y congelación. Muy parecida al mundo animal. Esta respuesta viene dada por la segregación de las hormonas cortisol y adrenalina por parte de la amígdala.

3-  Estas hormonas modifican la actividad corporal. El cuerpo se activa para responder activamente al peligro. Es la AFECTACIÓN de la emoción del miedo. Presión arterial, hiperventilación, latido del corazón más rápido, etc.

4-  Se desconectan todos los órganos y sistemas que no son requeridos: Sistema digestivo, reproductor, etc.

5-  Todo este cambio corporal lo sentimos como el SENTIMIENTO de la emoción del miedo. Esa modificación somática se representa a nivel cognitivo como una sensación global de miedo.

Todas las emociones tienen una representación corporal (afectos) y cognitiva (sentimientos).

El primer desencadénenle siempre es a nivel cognitivo, tenemos que “captar” una amenaza, pero esto puede ocurrir a nivel inconsciente. Es lo que ocurre en los ataques de pánico. No podemos asociar el miedo ni el desencadenante corporal a ningún peligro real.

A los animales no les ocurre eso. Siempre hay una amenaza real. En el hombre, el 99% de las crisis son amenazas cognitivo-fantaseadas. No distinguimos una amenaza real con una amenaza imaginada (o incluso inconsciente).

 

4. Emoción, cuerpo, mente. La pata más vulnerable

Estas son las tres patas del funcionamiento humano. Por diferentes razones una pata puede ser más vulnerable que las otras dos. Y esto puede ocurrir por razones somáticas, del desarrollo fetal, genético, etc.

Si nos imaginamos como una banqueta con estas tres patas, el “peso” existencial de nuestra vida caería sobre esta banqueta. Y en todos los casos, una pata se romería antes que las otras dos. A cada persona se le “rompe” una pata antes. Esa es nuestra pata más vulnerable.

– Pata somática más vulnerable: Trastornos somáticos, enfermedades físicas, cáncer, sistema inmunológico deprimido, etc.

– Pata emocional más vulnerable: Síndromes ansiosos (miedo), síndromes depresivos (tristeza). La ira actúa de forma compensatoria para salir del miedo o la tristeza.

– Pata cognitiva más vulnerable: Existen muchos niveles de psicosis. Desde los lapsus de pérdida de la realidad que todos sufrimos, hasta la esquizofrenia o los trastornos delirantes.

Si sufrimos ansiedad, a una persona le puede causar una infección (1), a otra una depresión (2) e incluso una perdida de la realidad.

La reacción sería la siguiente:

– Emociones muy intensas (ansiedad)

– Pérdida de la realidad (psicosis)

– El cuerpo no responde bien (cáncer)

Pero esto no son más que los síntomas, la punta del iceberg. Los síntomas no nos dicen nada de lo que está pasando dentro de la persona. Son sólo un piloto de alarma, de emergencia. Nos indica que algo “por debajo” no está funcionando bien.

Tenemos que investigar qué ocurre a nivel estructural, por debajo de los síntomas. Y ese nivel estructural es la personalidad de la persona.

 

5. Estructura de personalidad

 

ESTRUCTURA DE PERSONALIDAD: No sabemos casi nada de esta estructura. Esta engloba los tres niveles (corporal, emocional y cognitivo). En terapia podeos aprender algo de nuestra estructura de personalidad, pero muy poco.

La estructura se queda formada a los tres años de vida y es estable en el tiempo. Condiciona nuestro comportamiento. Permanece inalterada durante toda la vida. No podemos alterar esta estructura. En terapia lo que hacemos es poner conciencia sobre ella y flexibilizarla un poco.

La estructura surge para poder relacionarnos con el entorno, para darle una continuidad a nuestra personalidad. Nos ayuda a relacionarnos con los demás y con nosotros mismos. Si cada vez que nos encontramos con una persona se comportase de forma diferente esto sería muy estresante para nosotros. El poder prever cómo nos vamos a comportar nosotros y los demás nos permite relacionarnos.

Esta estructura es lo que conocemos como el autoconcepto. Y cuanto más amplia sea nuestra conciencia sobre él, más libre seremos.

 

6. Existencia: ¿Dónde «nace» la psicopatología?

Venimos a este mundo a “existir”. Y para poder existir, tenemos que hacer dos cosas:

1- Promover la vida (potencial, crecimiento…)

2- Preservar la vida (protección, supervivencia, no “morir”)

Cualquier ser vivo hace esto. Crecer, desarrollarse y preservar la vida. Es una analogía de lo que llamamos en Gestalt el CONTACTO-RETIRADA.

1- Si el entorno es seguro, nutriente: Cognitivo, mental o emocionalmente, entramos en CONTACTO

2- Si el entorno es inseguro, peligroso: Cognitivo, mental o emocionalmente, entramos en RETIRADA

Si el entorno es inseguro, peligroso, la célula se cierra, se protege. Si es nutriente, nos abrimos. Es un equilibro entre promoción y preservación.

A nivel metafórico, los seres humanos relacionamos esto con:

– Entorno nutriente: placer (promueve la vida)

– Entorno inseguro: dolor (miedo por preservar la vida)

Lo que hacemos desde que nacemos es buscar el placer y evitar el dolor. Desde que nacemos hasta que morimos.

¿Y cómo aprendemos qué es lo que nos da placer o nos provoca dolor? En los humanos se aprende a través de la madre, ya que le bebé es totalmente indefenso y dependiente.

El problema es que la madre enseña al bebé lo que es doloroso y placentero desde su propia experiencia. Desde sus interpretaciones, sus miedos, sus introyectos…

Por ejemplo, una madre que sufrió hambre en su infancia, le dará mucha comida al bebé, porque considera que eso es placentero. Pero si el niño se siente saciado, y le dan demasiada comida, llorará. Y la madre no comprenderá lo que le ocurre, empezará a ponerse nerviosa, a sentir ansiedad, y puede reaccionar de una forma agresiva con el niño. Aquí es donde empieza el “lio” en el bebé.

“Mi cuerpo me pide una cosa, pero me madre (la cultura) me está dando otra”. El niño acepta lo que la madre le marca como placentero para evitar el estrés. Y empieza a confundir el placer con el dolor. El niño deja de escuchar a su cuerpo para complacer a su madre. Porque su madre es la supervivencia para él. En este momento empezamos a convertirnos en personas neuróticas.

– Entorno inseguro: Cómo sea el entorno del bebé es algo fundamental en su desarrollo. Si está en un entorno nutriente, seguro, el niño se abrirá y podrá afrontar su sistema de promoción (apertura). Si está en un entorno estresante y agresivo va a hiperdesarrollar su sistema de preservación (cierre). Una situación se estrés continuada en el tiempo lo llevará a una preservación crónica y se mantendrá siempre cerrado.Así desarrollará mecanismos de defensa como la refroflexión y la proyección, que representan a una persona cerrada “en su mundo”. La proyección hace que pongas lo que hay dentro de ti, fuera. De forma que todo lo que ves es una proyección de tu mundo interno. La proyección es cuando diriges la energía que debería ir hacia fura, hacia tu interior.

– Entorno nutriente: Puede pasar también lo contrario, y que el niño no aprenda a cerrarse, a protegerse. Así vive en una excesiva apertura. Está demasiado “fuera” y no hace caso de lo propio. Su problema es que no saben cuidarse a sí mismos.En este caso desarrollar los mecanismos de introyección (todo lo de fuera me lo trago sin masticarlo) y de confluencia (confundo mis propios deseos y necesidades con los de los demás).

 

7. Personalidad y entorno

La personalidad está formada por:

1- Temperamento à Es la estructura biológica. Lo heredamos de nuestros padres. Nacemos así (genética)

2- Carácter à Es nuestro sistema defensivo. La forma en que nosotros nos abrimos (nutrición) o nos cerramos (defensa) al ambiente. Es la estructura de relación con el ambiente.

– Entorno negativo à Genera un carácter rígido, sólido, cerrado, etc.

– Entorno positivo à Genera un carácter abierto, flexible, etc.


CARÁCTER:

En terapia no podemos modificar la estructura biológica, el temperamento. Pero sí podemos modificar el punto de contacto con el entorno, el CARÁCTER. Si somos muy cerrados, aprendemos a abrirnos y a conectar con el entorno. Si somos muy confluyentes e introyectos, aprendemos a a protegernos, a cerrarnos.

En terapia también aprendemos a discriminar entre lo placentero y lo doloroso. Aprendemos a escuchar nuestro cuerpo otra vez, como al nacer. Aprendemos a discriminar entre lo que es bueno y malo para nosotros.

TEMPERAMENTO:

PERIODO INTRAUTERINO: Los trastornos mentales tienen mucho que ver con el segundo y el tercer mes de embarazo. En ese periodo se están formando las neuronas y sus conexiones. Lo que la madre vive durante esos tres primeros meses en términos de estrés puede configurar una estructura temperamental determinada.

Las hormonas del estrés de la madre llegan al feto y el feto considera que el entorno es hostil incluso antes de nacer. De esta forma desarrolla una atrofia en el cerebro que le lleva a ser un niño ansioso, en estado de alerta, hiperactivo, etc. El niño llega al mundo en estado de alerta, con una excesiva protección hacia el entorno. El niño tiene un exceso de estrés y responde al entorno como si este fuese muy hostil.

 

8. Crisis sintomática

Si el entorno es positivo, el niño crecerá de forma sana. Estás personas llegarán al final de su vida sin necesitar un médico o un psicólogo. No experimentarán “síntomas”.

Si al contrario, la persona se relaciona mal con el entorno (porque no se nutre o no se defiende), experimentará síntomas. Si no frenamos lo negativo o cogemos lo positivo el organismo se desregula. Y esto se convierte en una CRISIS SOMÁTICA.

Hay varios niveles de crisis sintomática:

– Síndromes ansiosos (alerta, ansiedad)

– Síndromes psicóticos (perdida de contacto con la realidad)

– Síndromes de desvitalización (perdida de energía vital)

Estos síntomas, a su vez generan:

– Síndromes somáticos (Todos los síntomas están en el cuerpo)

Por ejemplo, una persona que desarrolla una paranoia psicótica está viviendo síntomas psicóticos y a la vez síntomas somáticos (disfunción en áreas neuronales)

La medicación actúa sobre los síntomas somáticos, no “curan” la raíz del problema, porque no sabemos qué lo que está fallando detrás de estas enfermedades. En una depresión aguda con intentos de suicidio, no sabemos qué está pasando a nivel cerebral. La medicación modifica algo de la estructura química del cerebro y el paciente mejora, pero no sabemos qué está pasando. Si le dejamos de dar la medicación volverá a empeorar.

¿QUÉ ES LO QUE OCURRE?

– El cuerpo falla à Falla porque no se adapta bien al ambiente. No se nutre o no se defiende.

– Crisis sintomática:

1- Síntomas somáticos (Más del cuerpo)

2- Síntomas cognitivo/emocionales (Más de la mente)

Todos los síntomas representan una mala adaptación al ambiente. El organismo se desregula y sufre entres psico-bio-social. Psico (carácter) + Bio (temperamento) + Social (entorno).

A este nivel hay una correlación entre el estrés psicosocial, que suele estar de la mano, y el estrés social (del entorno). Dependiendo de tu nivel de vulnerabilidad biológica, necesitarás más o menos estrés social para desarrollar una psicosis.

Si has nacido con una vulnerabilidad biológica alta (genética) necesitarás muy poco estrés para desarrollar una psicosis. Y esto puede pasar en cualquier momento. En cambio, si eres fuerte biológicamente, necesitarás mucho estrés para desarrollar la misma psicosis.

 

 9. Niveles de trabajo

Con la expresión sintomática: Es lo que avisa de la desregularización del organismo.

– Con la estructura de personalidad y lo que ocurre con el entorno: Es donde realmente está el problema.

Si los síntomas son muy intensos, incapacitan a la persona para poder hacer un proceso terapéutico para trabajar con la estructura de personalidad.

Por eso hay veces que el primer paso es la medicación. Alguien muy deprimido sólo quiere morirse, no le puedes hablar de terapia. No tiene capacidad para entender lo que le está pasando. Una vez que está un poco contenido ya podrá trabajar a nivel de la personalidad y el entorno. Y ya será capaz de dar significado a lo que le está ocurriendo.



Fotografías:

Ben White: https://unsplash.com/@benwhitephotography

Aprender a escucharnos y a escuchar… ¿sabemos?

¿Saben los psicoterapeutas escuchar y acompañar el proceso de otra persona?

Llevo casi dos años con la formación para ser psicoterapeuta de la rama gestáltica. Y siempre había considerado esta profesión más o menos «fácil». Sólo hay que escuchar al paciente, acompañarle y mostrarle su potencial para afrontar la vida desde el autoapoyo, y no desde la dependencia de la ayuda del ambiente. Parece fácil, ¿no?

Gracias a la formación y a la experiencia que tengo como paciente siempre he intuido las dificultades para afrontar esta tarea tan «fácil»… pero nunca las he vivido tan de cerca como en uno de los talleres de la formación: La escucha. Fue un shock que me ha llevado a replantearme qué es lo que realmente necesita un psicoterapeuta para poder ESCUCHAR en un proceso terapéutico.

 

coraza

 

Cómo podemos aprender a escuchar

Lo primero que debemos tener claro es que la formación de un psicoterapeuta no acaba nunca. Ni la formación ni el proceso personal que debe recorrer.

Para poder “estar” delante de alguien como terapeuta es muy importante haber hecho nuestro proceso personal. Tenemos que estar en contacto con nuestra biografía y nuestra historia.

Y para ello debemos recorrer todos estos pasos…

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1. Trabajo con la biografía:

Se trata de limpiar y conectar con el niño interior contenido (el niño contrae sus emociones para sobrevivir). Hay un niño rabioso, triste, dolido… dentro de nosotros. El niño se ha acorazado. Vivimos una falsa “adultez”. Tenemos un niño dentro muy contenido que no sabe manejar sus emociones. El adulto tiene problemas de comunicación, de relación, etc.

La persona va a terapia porque está en crisis. Se ha encontrado en una situación que lo desborda. Su “coraza” ha encontrado un límite. El terapeuta ha tenido que ver su coraza, vivir su coraza y limpiar su coraza.

Vivimos condicionados. Vivimos de forma fóbica. Tomamos decisiones solo para evitar nuestra herida, no de forma “libre”. Hacemos circunvalaciones en nuestra vida, con mucha frustración, para no tocar esa herida. Estamos huyendo de lo que creemos que nos va a dañar. Y cada vez esa situación se repite más.

Cuando vamos a terapia podemos hacer un “parón” en esa huida hacia delante. Nuestros mecanismos de defensa ya no funcionan y por eso entramos en crisis.

Tenemos que hacer mucho trabajo familiar. Ver qué papel nos ha colocado la familia y donde hemos elegido colocarnos nosotros mismos. Y desde esa posición vivimos nuestra vida. No somos “libres”. Tenemos un posicionamiento “descolocado” en nuestra familia. Y ese posicionamiento se va repitiendo en el trabajo, en nuestra familia, con los amigos…

Debemos ver dónde estamos colocados. Y ver cómo se repite ese “rol” en todos los aspectos de nuestra vida.

 

2. Vínculo familiar:

También es un trabajo fundamental. Se hace un trabajo de limpieza y de desidentificación.

Si yo estoy condicionado por la figura de mi madre, o de mi familia… ¿entonces quién soy yo realmente? Esta pregunta nos lleva a la búsqueda de nuestro Ser Interior.

Nos desdidenficicamos del papel que tenemos en la familia. Y que vamos repitiendo allí donde vamos.

 

3. Desarrollar el testigo interior:

Necesitamos desarrollar un testigo interior como terapeutas. Estar delante de un paciente sin identificarnos con nosotros mismos y ver qué pasa con nosotros en cada momento.

Esto nos obliga a SOSTENER LA HERIDA NARCICISTA. Saber que vamos a errar, que nos vamos a equivocar. Que podemos dañar al paciente.

 

4. Trabajar con el caracter:

Necesitamos conocer nuestro carácter. Qué mecanismos usamos, cómo distorsionamos al paciente, etc. Vamos a distorsionar al paciente a través de nuestra herida (eneagrama). ¿Qué nos pasa a nosotros con respecto a la persona que tenemos en frente? ¿Le vemos desde el miedo, la ira, etc.?

Necesitamos conocer nuestro carácter y ver cómo influimos al otro. Cuanto más sabemos de nuestro carácter menos usamos la coraza. Si conozco mucho a mí “tres” (enegrama), puedo ir desarrollando más otras facetas. Si vemos cómo estamos “estrechos” en nuestro personaje, podemos ir ampliando nuestra personalidad.

Se trata de ser más flexibles y de tener más registros. De esta forma seremos capaces de ayudar a más gente. Si somos muy rígidos sólo vamos a poder ayudar a gente que sea compatible con nuestro carácter. Cuanto más “amplios” seamos, más capaces seremos de acompañar a más gente.

Puede pasar que te lleguen pacientes que “toquen” un área que todavía no hemos resuelto nosotros mismos. En ese caso o derivamos al paciente, o nos toca solucionar ese tema en nosotros mismos. El terapeuta “empuja” al paciente para que le haga ampliar sus propios registros.

 

5. El proceso terapéutico:

Como terapeutas debemos haber pasado por todo el proceso terapéutico. Como mínimo de cuatro años, para haber pasado por todas las fases. Nuestros pacientes pasarán también por esas fases y debemos saber enfrentar al paciente. Nuestros pacientes un día desconfiarán de nosotros, y debemos ser capaces de sostener eso.

  1. DESCONFÍO DEL TERAPEUTA
  2. NO SÉ SI ME SIRVE
  3. ESTOY PLETÓRICO
  4. VUELVO A ESTAR DEPRIMIDO
  5. SIENTO QUE NO AVANZO

 

6. Vivir la relación terapéutica:

Lo que realmente sana en la terapia es la relación terapéutica. Tenemos que poner consciencia en lo que está pasando en la relación terapéutica.

Cuando estamos con un paciente tenemos que buscar nuestra herida para empatizar con él. Si yo he vivido un proceso terapéutico en el que me han “sostenido” en mi dolor, yo podré hacerlo con mis pacientes.

El proceso terapéutico “repara” el uso de los mecanismos neuróticos que usamos. La manipulación, el acting, etc.

ACTING: El paciente se siente mal pero no se atreve a decirlo. Y hace cosas que son expresión de sentimientos que no se atreve a expresar. Y se van al inconsciente y allí se disocian. El paciente se puede sentir herido con el terapeuta pero no se atreve a decirlo. Y entonces hace cosas como olvidar ir a la terapia, no pagar, no llamar cuando no puede ir, etc.

Esto pasa también en la pareja o en la familia. Usamos un montón de recursos neuróticos porque estamos “dirigidos” por el inconsciente. Por todas esas emociones que no nos atrevemos a expresar.

 

escuchar

 

Cómo es eso de «escuchar»

La mayoría de las personas nunca se han planteado cómo es la escucha. Y menos la escucha de un psicoterapeuta. Pero podemos diseccionar esta práctica para comprenderla mejor.

En terapia Gestalt hay tres tipos de escucha que el terapeuta debe dominar y practicar al mismo tiempo. Y aunque no lo parezca, no es tarea fácil…

 

1- Escucha empática (te escucho a ti):

Somos espejo de lo que nos dicen lo más objetivamente posible. El protagonista es el paciente. Nos quedamos en lo obvio.

 

2- Asimilación (me escucho a mi):

El protagonista soy yo. Lo que el paciente dice se pone en contacto con lo que yo siento, con mi historia. Aquí entra lo que a mí “me viene” mientras escucho. Lo que yo siento…

¿Cómo lo asimilo?

1- ¿Lo escupo?: Proyecto. No lo aguanto y lo proyecto en la otra persona.

2- ¿Me lo trago?: Introyecto. No lo aguanto pero lo hago mío sin darme cuenta.

3- Masticación: Es el proceso sano. No lo escupo ni me lo trago. ¿Qué me pasa?, ¿qué siento?, ¿qué me está tocando a mí?

 

3- Devolución o contacto en la relación (tu y yo):

El punto uno y el punto dos en conjunto generan una hipótesis en mí. Aparecen los recursos, lo creativo. Tengo que tener confianza en lo que me “viene”. Tenemos que deshinibirnos, tener mucha confianza en nosotros. Tenemos que ser capaces de tirarnos a la piscina.

El paciente es “estático”, no sabe cómo moverse. Tenemos que tener confianza en nosotros para ayudarle a moverse. Es un momento más de confrontación. Y de movilización del paciente.

¿Qué nos puede ayudar a desarrollar esta escucha? ¿A tener «devoluciones» creativas que ayuden a moverse al paciente?

  • Aquí y ahora
  • Atención
  • Romper el discurso mental
  • Vaciarse
  • Meditación
  • Concentración
  • Ampliarnos para poder escuchar nuestras limitaciones

 

Sin duda la devolución es el aspecto más difícil de la escucha. Ya que pone en juego la confianza en uno mismo, el ego, la responsabilidad… “Tiro la piedra…” y me quedo ahí. Me hago cargo, no me escondo. Soy capaz de sostener lo que muevo en el paciente. No me paralizo ante el miedo de la responsabilidad. También conlleva el afrontar cuando me he equivocado y estar presente. No es fácil sostener que puedo hacer daño al paciente. Y de hecho seguramente que antes o después lo haré.

Si desarrollo esa presencia interna y la responsabilidad me doy permiso cada vez más a mover “cosas”. Para esta fase necesitamos hacer el trabajo personal con el carácter y el vínculo familiar.

El niño por la socialización va perdiendo energía vital. Reprime esa energía. El trabajo de la terapia consiste en ir liberando esa energía. Liberar el enfado, el dolor, la ira… Y si el terapeuta no lo ha hecho, le va a costar mucho poder acompañar al paciente en ese camino. Toda limpieza biográfica es liberar energía para el terapeuta.

El terapeuta debe ser capaz de tocar todas las emociones. Por lo menos “escanear” todas las emociones y ver qué le pasa con ellas. Si un terapeuta no es capaz de transitar el miedo, nunca podrá acompañar a un paciente a través de su proceso. Si un terapeuta no ha transitado sus propios duelos, nunca podrá acompañar a sus pacientes en los suyos.

 

¿Qué ocurre si no escuchamos «bien»?

Puede ocurrir que no sepamos escuchar «de verdad». Si no soy capaz de escuchar al paciente y de escucharme a mí mismo, no podré poner la emoción en juego para hacer una devolución con valor. Debemos desarrollar esa intuición interna que nos haga más creativos.

Si no nos damos tiempo a sentir, nos precipitamos y podemos hacer interpretaciones que no son valiosas para el paciente. La interpretación no es una herramienta de la Gestalt. La interpretación es invasiva. En Gestalt se proponen experiencias para que el otro explore y llegue él mismo a sus conclusiones.

 

Foto: Cassidy Kelley y Alice Moore.

El duelo: Cómo aprendemos a crear muros de silencio y a huir del dolor

 

Hablemos del duelo…

¿Dónde aprendimos que el dolor debe rodearse de un muro de silencio? ¿De dónde surge ese impulso de huir de él? ¿Quién nos ha enseñado que hay que reaccionar así?

Así comienza Alba Payàs Puigarnau su libro «El mensaje de las lágrimas«, que recomiendo a cualquier persona que esté viviendo o haya vivido un proceso de duelo. Que básicamente será todo el mundo… Ya que todos hemos perdido a alguien o algo en algún momento de nuestra vida.

Este post es una recopilación de algunos textos del primer capítulo del libro. Seguramente que muchos no podréis dejar de leerlo… Es un tesoro que tengo entre las manos. Lleno de sabiduría, comprensión y compasión.

 

duelo

 

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Los duelos en la infancia

Veamos situaciones de pérdidas importantes contadas por personas que vivieron duelos en su infancia.

a) Mi madre se estaba muriendo y me llevaron a casa de unos primos, en el campo. Me pasé un mes jugando y disfrutando. Cuando regresé a casa, ya habían enterrado a mamá. Me hubiese gustado asistir al funeral. Nadie me llevó ni me explicó nada. Sólo veía caras tristes. Cuando crecí, me sentí muy culpable por habérmelo pasado tan bien mientras mi madre estaba enferma, en sus últimos días.

b) Me ocultaron que mi abuela se había muerto. Me dijeron que se había ido de viaje «al pueblo, a buscar novio». Me pasé varios años enfadada con ella, pensando que me había abandonado. Cuando supe la verdad, siendo más mayor, me sentí muy culpable.

c) Durante la enfermedad de mi padre, nadie me explicó lo que pasaba. Después, mamá y él se marcharon; nos dijeron que estaban de viaje y nos quedamos con una tía. Unos días después, mi madre llamó por teléfono y me dijo: «Papá ha muerto». Siempre recordaré aquel momento. Me sentí muy solo y no entendía por qué.

d) Mi abuelo se suicidó en casa. Yo me di cuenta de que había pasado algo grave, pero nadie me explicaba nada. Sólo veía caras largas. Una tía que vino a pasar unos días me explicó con palabras sencillas lo que había ocurrido. Recuerdo que pude preguntarle muchas cosas. Después fuimos juntos al cementerio. Estuvimos allí varias veces hasta que ya no quise ir más. Siempre le estaré agradecida.

 

Las primeras experiencias de pérdida, ya sean leves (un traslado o la pérdida de un animal de compañía) o graves (una enfermedad, una separación o la muerte de un ser querido), son la base de aprendizaje en la que los adultos que nos cuidan nos transmiten el modelo que tienen para gestionar las emociones.

Seguramente, de pequeños, todos hemos vivido situaciones como las que hemos visto en los ejemplos, en versiones iguales o con matices. Como padres, también habremos actuado de alguna de esas maneras ante el dolor experimentado por nuestros hijos.

El problema en la expresión de la pena ante nuestra necesidad de consuelo radica en el uso de alguna de estas respuestas: negar, minimizar, reemplazar, ridiculizar o racionalizar (como en los ejemplos, excepto el d).

 

Un niño puede vivir cualquier cosa siempre y cuando se le diga la verdad y se le permita compartir con sus seres queridos los sentimientos naturales que todos tenemos cuando sufrimos.

LAWRENCE L. LESHAN

¿Qué ocurre si no viviste un duelo «sano»?

Si te identificas más con el resto de apartados (a, b y c), puede que ahora tengas una pista de por qué afrontas algunas situaciones del siguiente modo:

● Cuando sientes dolor, no entiendes lo qué te pasa. No sabes reconocer tus emociones y esperas que alguien venga a tu rescate sin pedir ayuda.

Te enfadas cuando vives una pérdida y descargas tu ira contra los demás: tu pareja, tus amigos o tus hijos.

● Te sientes víctima de la vida, consideras que es dura e injusta contigo. Te deprimes.

● Crees que demostrar el dolor no sirve de nada, que es un signo de debilidad. Te da vergüenza mostrar tu vulnerabilidad. Crees que cuando vives una pérdida debes tragarte el dolor, y que pedir ayuda es algo inútil.

● Tienes sensaciones extrañas; te repites que tienes que ser racional y que el tiempo lo cura todo. Y si eso no es suficiente para calmar tu angustia, te esfuerzas constantemente en distraer tu dolor o burlarlo comiendo, ocupando todas las horas con un montón de tareas, bebiendo o aislándote.

Si vives alguna de estas situaciones, o varias de ellas a la vez, ya lo sabes: son formas de crear muros defensivos ante el sufrimiento natural por tus pérdidas, maneras que aprendiste de los adultos que te rodeaban cuando eras pequeño. Tu modelo de gestión del dolor es el que viste en tu familia, tu entorno social y tu colegio. Ahora lo tienes tan interiorizado que ya lo has hecho tuyo y forma parte de lo que denominamos sistema de afrontamiento de protección en el proceso del duelo.

 

Los muros del silencio en el duelo

Este conjunto de respuestas ante el dolor se basa en una serie de creencias. Son, por decirlo de alguna manera, los cimientos de los muros de silencio, convicciones que hemos interiorizado pensando que eran verdades absolutas porque siempre las hemos vivido así, las hemos visto en las personas que nos rodean.

Los mitos o falsas creencias más comunes en el proceso del duelo son:

1. El tiempo lo cura todo.
2. Expresar tu dolor te hace daño.
3. Expresar tu dolor hace daño a los demás.
4. Expresar dolor es una señal inadecuada.
5. El dolor debe ser expresado en la intimidad.

duelo

 

Mito 1 del duelo: El tiempo lo cura todo

Vamos a ver dos historias reales de dos personas muy conocidas que perdieron a un ser querido en su infancia y su adolescencia. La religiosa y escritora franco-belga sor Emmanuelle (1908-2008) vio morir a su padre cuando tenía seis años. Évariste Galois (1811- 1832), el gran matemático, tenía dieciocho años cuando su padre se suicidó. ¡Fíjate qué vivencias tan diferentes!

 

Cuando era pequeña, vi cómo se ahogaba mi padre. No pude hacer nada. Creo que aquella experiencia ha marcado mi vida; de hecho, mi vocación religiosa data de aquel día… Ahora tengo sesenta y dos años, y por fin mi comunidad me ha permitido viajar a Egipto, mi sueño: poder vivir entre los más pobres de los pobres. Vivo en una barraca diminuta de no más de tres metros cuadrados. Está sobre un depósito de basuras y tengo un saco a modo de colchón, una mesita y una silla. Por fin soy feliz. ¡Qué bonito volver a sentirse joven, levantarse a las cinco de la mañana y poder sonreír!

MADELEINE CINQUIN, SOR EMMANUELLE, Memorias

¿Sabes qué te digo, amigo mío? ¿Sabes qué es lo que más echo en falta ahora mismo? Y sólo puedo confiártelo a ti, alguien a quien pueda querer, y querer sólo en espíritu. He perdido a mi padre y nada nunca lo podrá sustituir ni reemplazar, nada, ¿me oyes?

EVARISTE GALOIS, nota de su intento de suicidio

¿Las heridas se curan solas? Algunas sí, es verdad. Hay heridas que el propio cuerpo supera con el tiempo y con los procesos naturales de desinfección y cicatrización. Si fuese igual con el duelo, que es una herida emocional, sólo habría que suprimir la sintomatología, anestesiarla, sentarse y tener paciencia.

Pero hay heridas que se infectan y empeoran, invadiendo el cuerpo de la persona afectada. Otras cicatrizan, pero se quedan llenas de pus por dentro, de manera que en cualquier momento podría reactivarse la infección. Otras veces, alguna estructura interna (por ejemplo, un hueso) no se cura bien, y si no se regenera, la herida se cerrará y quedará mal curada para siempre. Existen numerosas experiencias del proceso del duelo en las que la infección no se ha curado bien, o hay huesos que no se han soldado como deberían porque no se recolocaron correctamente en su momento.

 

Veamos algunos ejemplos de heridas de duelo mal cicatrizadas:

Mi hermano perdió a su hija de diez años hace cinco. Aparentemente está bien, pero lo veo muy irritable. En el trabajo me dicen que está tenso y que salta a la mínima. Pero el duelo lo lleva bien; al menos no lo vemos triste ni habla del tema. Se distrae. Lo único es ese mal humor que tiene siempre. Antes no era así.

Tras la muerte de mi hijo, me dijeron que lo llevaba muy bien. Que el tiempo me ayudaría. Me hice la fuerte y decidimos no hablar del tema en casa. Han pasado ocho años. Un año después de lo ocurrido, mi marido y yo nos separamos. Mi hijo mayor no levanta cabeza, lo veo mal, y a mí me acaban de diagnosticar un cáncer.

Después de la muerte de mi madre, parecía que mi padre estaba bien. Se le veía triste, pero engañaba a su tristeza manteniéndose muy ocupado. Un año después le dio un ataque al corazón.

Perdí a mi primera pareja cuando tenía veinticuatro años. Estábamos a punto de casarnos. Después me fui a vivir al extranjero. He viajado mucho. Ahora tengo cuarenta y cinco años, y sigo sola. No he vuelto a tener pareja; me han interesado otros hombres, pero no sé por qué, cuando parece que la cosa empieza a avanzar, yo lo dejo estar. A veces me pregunto si no tendrá algo que ver con la muerte de mi primer novio.

Éstos son cuatro ejemplos de casos en que el tiempo no ha sido suficiente para resolver el duelo, que se cronifica y acaba teniendo consecuencias graves (en algunos casos, devastadoras) para la vida relacional e íntima, y para la salud mental y física.

Tu duelo no se cura solo con el tiempo; sino que depende de lo que tú hagas con ese tiempo.

 

Mito 2 del duelo: Expresar el dolor te hace daño

 

El médico acababa de darme la terrible noticia, así, de golpe. Me puse fatal, lloraba y creo que gemía a un volumen un poco alto. El médico estaba visiblemente apurado; entonces me dijo que la enfermera me daría algo. Cuando ella me acercó el vaso con una pastilla, le pregunté: «¿Qué es eso?». «Un válium, se sentirá mejor.» No lo entendí, estaba muy enfadada y le dije: «Déselo al médico, me parece que lo necesita; si él se lo toma mientras yo lloro la muerte de mi hija, lo ayudará a soportar mis lágrimas».

Suspirar, llorar o gemir no son actos autolíticos, son la manera natural de expresar la aflicción. Es posible que después te sientas cansado y frágil, pero también habrás aligerado el peso de tu dolor. No existe ninguna prueba de que llorar haga daño. La doctora E. Kirkley Best, experta en acompañar a padres que han perdido a sus hijos durante el parto (pérdidas perinatales), afirma que «las lágrimas de los padres sólo representan un peligro para las emociones de los médicos».

Hace veinte años que escucho a personas en proceso de duelo, he visto llorar a miles de personas, y todas, absolutamente todas, dejan de hacerlo pasado un rato. La sensación del que escucha puede resultar incómoda porque se siente impotente por no poder hacer nada. Pero cuando aceptamos que simplemente con nuestra presencia ya estamos ayudando, y descubrimos cómo nuestra presencia silenciosa y afectuosa es curativa en sí misma, entonces resulta más fácil acompañar y aprendemos a confiar en las bondades del proceso natural humano que es compartir la pena.

En ocasiones, la persona que llora piensa que se volverá loca. Nadie se vuelve loco por mostrar aflicción. Lo que puede hacer que alguien se vuelva loco es no tener la posibilidad de mostrar aflicción.

 

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La función de las lágrimas y el llanto

Cuando afrontamos una pérdida o una situación de estrés muy intensa, llorar es una reacción universal, una capacidad estrictamente humana que ha sobrevivido y se ha vuelto más sofisticada en la evolución de nuestra especie por alguna razón importante. Los estudios realizados por el Dr. Frey sobre la composición química de las lágrimas (las que van asociadas a una emoción, no las que se nos caen al cortar cebolla o se nos mete algo en el ojo) revelan que éstas contienen hormonas del estrés (entre otras, la prolactina). Estas hormonas prepararan al organismo ante una situación de amenaza para poder organizar los recursos personales de manera más eficaz. Nos ayudan a reaccionar adecuadamente, a vigilar, a huir o afrontar la situación con más capacidades, o bien a tomar una decisión rápida que nos salve la vida.

La respuesta de descarga interna de una sobredosis de hormonas del estrés facilita ese proceso, pero al finalizar la situación de amenaza, el cuerpo que ha producido un exceso de esas hormonas, necesita un mecanismo para liberarlas, y ese mecanismo es el llanto. Hoy se sabe que estas hormonas mantenidas en el cuerpo a la larga son tóxicas. Las personas sometidas a un estrés sostenido pueden acabar padeciendo problemas fisiológicos y mentales graves. En general, las mujeres producen niveles más altos de prolactina, por ejemplo estas aumentan especialmente durante el embarazo. Según los expertos, eso estaría en la base de por qué en general les es más fácil llorar, y todavía más durante el embarazo.

Llorar no tiene efectos secundarios adversos, todo lo contrario: libera el exceso de tensión, baja la presión sanguínea, produce distensión muscular, y tiene un efecto sedante y antidepresivo. Después de llorar, de forma natural, la mayoría de las personas afirma que se siente mejor. Además, las lágrimas suavizan la piel y mitigan las arrugas del rostro. Es cierto que los ojos se enrojecen y te afean el rostro, ¡sobre todo con el maquillaje! Sin embargo, si descansas después, al día siguiente notarás que te has sometido a un tratamiento de belleza natural. No llorar aumenta la tensión muscular y el nivel de estrés, y puede acabar generando problemas vasculares por el aumento de la presión sanguínea.

Llorar también tiene una función social: es una manera de pedir ayuda. Cuando mostramos nuestra tristeza, las personas de nuestro alrededor nos ofrecen su apoyo, nos preguntan si necesitamos algo. Ver que alguien llora invita a la compasión y alerta a la comunidad de que uno de sus miembros necesita ayuda. ¿Qué ocurriría si un bebé se perdiese en una ciudad y no llorase? El llanto es la manera que tiene el niño de restablecer la vinculación con los adultos y de expresar un malestar para el que todavía no dispone de palabras.

Para los niños, llorar es una manera de pedir ayuda física y emocional; no saben llorar solos. Paradójicamente, cuando adquirimos la habilidad de inhibir el llanto, los adultos acabamos llorando en la intimidad. De este modo, perdemos la función social y sólo nos queda la de descarga.

Llorar es la manera que tenemos las personas de mostrar nuestra humanidad; de decir, de mostrar que hemos amado y seguimos amando.

Otra función del llanto es que si bien es cierto que llorar nubla nuestra visión de lo externo, a la vez la expresión del llanto tiene la cualidad de disipar el velo de nuestro mundo interior. Las lágrimas son portadoras de mensajes esenciales para nuestro duelo.

 

Mito 3 del duelo: Expresar tu dolor hace daño a los demás

Cuando mi hijo me ve llorar, siempre me dice: «Mamá, no llores, ¿no ves que te haces daño? Hazlo por nosotros». Tengo que encerrarme en la habitación para que no me vea.

Cuando estás en proceso de duelo y muestras tu tristeza, pena o añoranza, despiertas emociones en las personas que te rodean. «¡Nos haces llorar!», dicen. Sería bueno poder responder: «Sí, claro, no pasa nada, podemos llorar juntos si quieres». Seguramente, desde el respeto y el miedo a hacer daño, lo que haces es callar, hacer de tripas corazón y reprimir el dolor. La tristeza queda sepultada en tu corazón.

Empatizar con el dolor de una persona es natural y forma parte de la experiencia de relacionarnos y compartir emociones sobre lo que nos ocurre. No ocultar nuestra pena al escuchar a alguien que nos habla de su duelo es bueno. Transmitimos que nos afecta, que lo sentimos, que amamos, que es importante para nosotros y que nos impacta lo que comparte con nosotros.

Esa emoción tiene que ver frecuentemente con las pérdidas de quien escucha; se despiertan en nosotros las experiencias propias que todavía nos conmueven. Es curioso observar cómo en los velatorios o después de un funeral, los asistentes acaban hablando de sus duelos en lugar de consolar a la familia. «Cuando se murió mi…» Cada persona cuenta sus experiencias. Las lágrimas de los demás conectan con las nuestras, con las que no hemos derramado todavía, y podemos interpretar esa experiencia como una amenaza o como una oportunidad.

 

Las lágrimas de los demás conectan con las nuestras, con las que no hemos derramado.

Cuando somos capaces de compartir nuestra pena por unos momentos, en silencio o abrazados, expresamos que somos personas en proceso de duelo y que a pesar del dolor podemos apoyarnos mutuamente.

 

Tengo dieciocho años y hace seis meses que perdí a mi madre. Soy hija única, así que mi padre y yo nos hemos quedado solos en casa. Cuando llego cenamos juntos, estamos cansados y hablamos de trivialidades; fingimos que no ha pasado nada, nunca hablamos de ella. Después de cenar nos encerramos en nuestras respectivas habitaciones. Me duermo llorando, abrazada a la almohada, y muchas veces lo oigo llorar a él también.

Debemos hacer que nuestro hogar sea un espacio donde podamos expresar alegría y buen humor, pero también tristeza y duelo. Nuestro desafío como padres consiste en enseñar a nuestros hijos que es bueno mostrar los sentimientos y que no debemos avergonzarnos de esas respuestas naturales que experimentamos ante las situaciones de pérdida. De ese modo, al hacerse mayores tendrán la capacidad de estar en intimidad en sus relaciones, de relacionarse con otras personas desde el corazón, desde la realidad de la condición humana. La vida tendrá para ellos más intensidad y profundidad, y las relaciones resultarán mucho más satisfactorias.

Sin la capacidad de emocionarnos no podemos estar en intimidad. Sin intimidad no podemos disfrutar de relaciones profundas.

 

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Los niños y la expresión de dolor de sus adultos de referencia

La afirmación de que compartir nuestro dolor no hace daño a los demás tiene una excepción: hacerlo intensamente delante de un niño o de una persona con discapacidad o alteraciones psíquicas puede afectarlos negativamente. Los padres en proceso de duelo deben encontrar el punto justo, cosa que no siempre es fácil, entre expresar lo que sienten porque es natural y humano (ofreciendo a sus hijos un modelo de cómo gestionan los adultos el dolor) y a la vez no mostrar un nivel de dolor excesivo que haga que desborde al niño, que le haga sentirse en peligro o desprotegido, o que le haga pensar que es el responsable de ese sufrimiento.

La pena que sienten los padres, deben mostrarla en momentos concretos, sin alterar gravemente el día a día, y tienen que hacerlo de manera que enseñe al niño que pueden sentir tristeza pero que es o no les impide seguir siendo los responsables de la estructura y de las tareas diarias de cuidados y de mostrar afecto y seguridad hacia los otros miembros de la familia.

Podemos detectar que un niño vive manifestaciones de dolor excesivas en su entorno cuando muestra conductas como estas:

● Quiere «rescatar» a los adultos, es decir, quiere ocuparse de aspectos materiales y/o afectivos que no le corresponden por su edad. El niño intenta «hacer de adulto», asume responsabilidades por encima de su edad, vigila a los padres constantemente para que no se desborden e intenta consolarlos.

● Hace el papel de «niño bueno» para no preocupar más a sus padres: la niña adaptada que empieza a portarse bien para que los padres se sientan mejor, por ejemplo. Muchos niños se sienten culpables por lo que ha pasado, y esa respuesta de «practicar la bondad » puede ser una señal…

● Dice la palabra mágica. El niño aprende rápidamente que si nombra al hermano, al padre o al abuelo fallecidos, el adulto de referencia dejará de hacer lo que esté haciendo e irá a consolarlo. El nombre en cuestión se convierte en una palabra mágica que no tiene nada que ver con su duelo sino con la necesidad de pedir la atención que necesita.

Es importante que los padres estén atentos a esas conductas y a otras que denotan dificultades en los niños. Lo mejor que pueden hacer unos padres en proceso de duelo por sus hijos es pedir ayuda para ellos mismos. Mediante la experiencia de recibir ayuda podrán obtener del terapeuta experto numerosas instrucciones, consejos y aclaraciones sobre cómo reaccionar ante esas señales a fin de atender las necesidades afectivas de sus hijos, sin descuidar las propias.

 

Mito 4 del duelo: Expresar tu dolor es una señal de inadecuación

Empecemos con dos historias:

● Hoy, Luis ha vuelto al trabajo. Es su primer día allí después de la muerte de su mujer. ¡Se ve que lo lleva muy bien! ¡Es admirable! Se le veía contenido, haciendo esfuerzos para no decaer. No ha dicho ni una palabra. ¡Qué fortaleza! Ha trabajado mucho y no ha derramado ni una lágrima. No sabíamos qué decirle y hemos optado por no acercarnos.

● Ramón ha vuelto hoy al trabajo. Es su primer día después de la muerte de su mujer. Estaba triste y se ha emocionado mucho al vernos. Ha querido estar con nosotros y compartir sus sentimientos con todos, especialmente con los más allegados. Ha hablado de cómo fueron los últimos días. Después nos ha dado las gracias por haberle escuchado y nos hemos abrazado. No hemos trabajado mucho, la verdad, y hemos acabado todos emocionados con él. Ha sido triste, pero bonito a la vez.

Es posible que tengamos que modificar nuestra idea de qué significa ser valiente. Tendríamos que plantearnos la posibilidad de que la persona valiente no es aquella que oculta el sufrimiento, sino la que tiene el valor de compartirlo. Disponer de recursos durante un proceso de duelo significa que eres capaz de mostrar tus emociones cuando es necesario y de contenerlas cuando la situación lo requiere. Mostrarse frágil y vulnerable no significa que no estés bien, igual que mostrarse fuerte e inexpresivo no quiere decir que estés bien.

 

La persona valiente no es la que oculta el sufrimiento, sino la que tiene el valor de compartirlo.

 

¿La persona racional es la fuerte ? ¿Acaso expresar emociones es un signo de debilidad, de inmadurez? ¿Lo lleva muy bien porque no expresa nada? ¿Qué significa estar bien cuando ha muerto un ser querido? ¿Actuar como si nada hubiese pasado ? ¿Es eso lo que se espera en un duelo?

Los expertos decimos que la persona que a nuestro entender hace el mejor duelo es la que su familia considera que no lleva bien el duelo porque le ven fatal.

 

Con frecuencia, en una familia en proceso de duelo, la persona que lo lleva de manera más saludable es la que la familia identifica como la que está peor.

JOAN BORYSENKO

Las personas que acuden a los grupos de apoyo a pedir ayuda, en algunos casos, reciben críticas de sus familiares. «No sé qué vas a hacer allí, a escuchar penas. ¿No tienes suficiente con las tuyas? No te hace ningún bien.» Por suerte, no siempre es así. Muchas familias animan a pedir ayuda a sus miembros más afectados, y he conocido a muchos padres, hombres, que hacían el duelo a través de sus esposas: las esperaban en casa y ellas les hacían un resumen de lo que habían aprendido en el grupo de apoyo.

 

Mito 5 del duelo: El dolor debe ser expresado en la intimidad

La pérdida de mi hijo asustaba a algunos conocidos. Pasadas las primeras semanas, veía cómo se alejaban. Supongo que no sabían cómo reaccionar, cómo encontrar las palabras adecuadas. Pero yo puedo decir que fui muy afortunada. Durante el primer año, los amigos de Jordi venían a casa a menudo y me regalaban días memorables. Solían venir en grupos de tres o cuatro, sus amigos de toda la vida. Me encantaba cuando compartían sus recuerdos más preciados, aquellos que eran especiales para ellos, cuando me explicaban alguna historia de Jordi totalmente desconocida para mí, me hacían descubrir una parte de él que yo no conocía. Me hacían llorar y sentirme cerca de él, como si el amor de los que lo querían me llegase a mí. No eran visitas llenas de tópicos ni hechas desde las formas porque «es lo que hay que hacer». Reconozco que antes yo misma habría pensado que era horrible recordar cosas dolorosas, como poner sal en una herida. Pero hoy sé que no es así. Todavía hoy, pasados tantos años, cuando me visitan por su cumpleaños es como un regalo muy preciado que agradezco. Y el dolor que siento al ver que se van haciendo mayores y que todavía lo recuerdan siempre se mezcla con sentimientos de amor y gratitud.

En Una pena en observación, un breve y maravilloso libro autobiográfico de C. S. Lewis, el autor describe la experiencia de la pérdida de su esposa y afirma que tal vez deberíamos juntar en un mismo recinto a las personas en proceso de duelo para que no molesten. Son un estorbo para los demás porque la gente no sabe cómo tiene que reaccionar ante su dolor. De ahí viene esa idea de que hay que llevar el duelo en la intimidad. Es cierto que muchas veces la persona en proceso de duelo pide estar a solas con su dolor y lo necesita: y que la introspección y el aislamiento son elementos necesarios en el proceso de recuperación. Pero también es muy cierto que los seres humanos necesitamos a los demás para aliviar el sufrimiento y darle sentido. El duelo es algo que se vive en relación.

 

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Según los estudios sobre el duelo, quienes realizan bien el proceso, quienes se recuperan mejor, son aquellas personas que tienen a otras con las que compartir, los que cuentan con el apoyo de los amigos y la familia a pesar del tiempo que haya pasado, a los que nadie «da el alta» antes de tiempo. Cuentan con el apoyo de personas a las que no les da miedo escuchar, que no tienen prisa, que no te interrumpen, que no tienen miedo de tus emociones… Si tienes una persona así a tu lado o cerca, no dudes en pedirle ayuda. Disponer de un tiempo para compartir tus sentimientos, sean los que sean, de un espacio de escucha sensible, es totalmente indispensable cuando estás en proceso de duelo. Las personas que no tienen a nadie con quien compartir su experiencia, sus preocupaciones, fantasías, miedos o ansiedades, son las que tienen más probabilidades de acabar haciendo un duelo complicado que puede acabar en una depresión.

Sabemos también que los padres y las madres en proceso de duelo por la pérdida de un hijo mejoran cuando comparten lo ocurrido y no intentan hacerse los valientes entre ellos. Paradójicamente, los intentos de proteger a la pareja disimulando el dolor y evitando todo lo que se refiere a la pérdida no hacen más que alargar e intensificar los síntomas del duelo de los dos.

 

Creí que mi quehacer desde el momento en que nuestra hija falleció era atender a mi mujer. Ahora, después de cuatro años, me ha pillado por sorpresa una especie de grito interior que dice «no he podido llorar la muerte de mi hija», cosa que ha hecho que me derrumbara. No puedo responsabilizarla a ella, sino al hecho que no he sabido gestionar lo que ha pasado para que no nos hiciera daño ni a ella ni a mí. El duelo que no he vivido ahora me pesa y sé que debo hacer algo. Y si hay un responsable, he sido yo por mi forma de ser y por no comunicarme ni lo suficiente ni como debiera haberlo hecho.

Las personas somos los seres vivos que forjamos los vínculos sociales más complejos, los que tenemos más capacidad para sentir emociones y los que podemos expresar el dolor de manera más sofisticada cuando esos vínculos se ven amenazados o se rompen. Estas habilidades han perdurado a lo largo de la evolución de nuestra especie y, sin lugar a dudas, tienen una función adaptativa de supervivencia. La dimensión relacional del duelo, expresada en la necesidad de compartirlo, es tan importante (o más) como la dimensión subjetiva. Somos seres sociales: necesitamos amor, afecto, consuelo, reconocimiento y aceptación de los otros para poder crecer, madurar y vivir con plenitud.

No reconocer y no saber expresar la aflicción natural ante las pérdidas y los traumas de la vida se convierte en una especie de acto contra natura, una negación de lo que es más intrínsecamente humano, y provoca que, por una lado, perdamos la oportunidad de tener las necesidades afectivas cubiertas y, por otro lado, hiramos los sentimientos de los demás. Es evidente que no podemos forzar a nadie a expresar aquello que no puede, y que las personas necesitan un tiempo para poder compartir. Cuanto más traumáticas son las experiencias, más tiempo necesitamos para digerirlas. Con el tiempo, sin embargo, integrar la vivencia del duelo pasa necesariamente por verbalizarla y compartirla con los demás.

 

El duelo es una herida provocada por la falta de relación, que sólo se puede curar dentro de otras relaciones.

 

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