Mudanzas (III)

Debe haber por ahí, seguro que hay, un estudio de Harvard o un artículo de la revista Saber vivir afirmando que las mudanzas son perjudiciales para la salud. Como los cigarrillos o el dióxido de carbono. Las mudanzas generan un nivel disparado de estrés porque somos animales de costumbres y posesión territorial. Una vez que hemos logrado armar la guarida sólo una mudanza nos sacará de ella.

2018

La última mudanza estuvo precedida por una batería de dificultades. Luego de ocho años en Sebastián Elcano, había llegado el momento de marcharse. No era parte del plan, no era lo deseado. That´s life.

El dueño del piso, embriagado con burbujas inmobiliarias, nos había anunciado un súbito aumento del precio. A partir de enero del 2019, pasaríamos a pagar unos 1.300 o 1.400 euros mensuales. Oigo la voz de mi casero: “con vosotros estoy perdiendo dinero…dejo de ingresar una suma importante cada mes…si publicase la oferta del piso por internet no duraría más que unos minutos”. Por teléfono intenté explicarle mi situación: el paro, la niña en la escuela primaria, mi mujer que es autónoma. Fue en vano, él también tenía sus problemas y los míos, antes o después, se resolverían. «Para algo eres joven -dijo- tienes tiempo para levantarte e incluso para triunfar. Alguien como tú, con esa preparación, es capaz de superar cualquier bache».

En ese momento, lo último que quería escuchar eran monsergas pequeño burguesas de un avaro aprendiz del coaching.

Una preocupación giraba sobre mi cabeza, a dónde carajo nos iríamos a vivir.

El centro de Madrid, atiborrado de alquileres turísticos y con los precios por las nubes, echaba a vecinos como nosotros a mansalva. Los programas periodísticos hablaban de desahucios, de fondos de inversión que compran bloques de edificios en Lavapiés como si fueran caramelos, de procesos gentrificación y doctrinas del shock. Distintas plataformas de afectados se reunían todos los jueves ante el Congreso de los Diputados para reclamar.

Sin posibilidades de acceder a un crédito hipotecario, estábamos abocados a una mudanza hacia el extrarradio. A quince o veinte kilómetros al sur de Madrid, los alquileres pueden bajar hasta un cuarenta por ciento pero uno, eso sentía yo, está lejos de todo. Se trataba de quemar las naves y empezar de nuevo.

Estaba la opción de convertirnos en neo rurales, pero yo sabía que entre las cabras y el monte no duraría ni dos telediarios. Adiós a las librerías, al ruido constante, a sentir bajo la suela del zapato como late la bestia.

Donde yo crecí, donde siempre he vivido, hubo y hay tiendas de libros abiertas todo el día, teatros, cines, peatonales sucias, monumentos cagados por las palomas, tipos raros que deambulan por la calle, locos que hablan solos. Estas escenas han adornado desde joven mis fantasías: los beatniks, el cabaret político, las crónicas de vidas marginales, los grafitis, la cultura rock. Un caldo así sólo puede revolverse en la olla urbana y la sola perspectiva de irme a vivir a una de esas pseudo ciudades dormitorio, rodeadas de autopistas y centros comerciales, me ponía los pelos de punta.

Como dice mi amigo Juan Ignacio, a propósito de lo que oyó una vez de una colega de trabajo congoleña, problemas de blancos.

Cruzar el río

Al cabo de dos años desde la muerte de mi viejo, pude hacerme con unos dineros que no quería apresurarme en gastar. Estaría bien destinarlos a una vivienda. Eso pensaba. La experiencia de estar desempleado, de trabajar por chirolas y de no ver luz en un túnel personal se estaba alargando, había hecho estragos en mi estado de ánimo. La lectura de la trilogía Vernon Subutex, parida por la letal Virginie Despentes, aumentaba mi pesimismo. Al igual que el protagonista de la novela, yo también veía el riesgo de hundirme en la precariedad.

Mi mujer tenía unos ahorros, mis suegros nos podían echar una mano económica, ¿podíamos permitirnos soñar con un lugar propio? ¿Dejar atrás la sangría de los alquileres? ¿Mudarnos, quizá, de manera definitiva?

La búsqueda de un piso decente en la zona cercana al cole de mi hija fue tarea de Laura. Ella me imploraba que me sentase a su lado para mirar las fotos publicadas en internet y yo me escaqueaba todo lo que podía. Su deseo, imperturbable, aún en la desesperanza, contrastaba con mi pereza y mi apelación al pensamiento mágico: Si tiene que aparecer, aparecerá; pero si no es el momento, no es.

Recuerdo que en las caminatas por Arganzuela iba siempre con la mirada hacia arriba esperando encontrar una señal que confirmara mi intuición. La fantasía era dar con un cartel de puño y letra del propietario, con apuros por vender, y sin tener que lidiar con inmobiliarias.

Poco a poco nuestras aspiraciones de vivir en la margen derecha del Manzanares fueron dando paso a la lúcida y necesaria decisión de cruzar el río.

Una serie de eventos inesperados nos condujeron al encuentro de una ex participante del Gran Hermano, devenida en agente inmobiliaria, una pareja de personas mayores sin ganas de rizar el rizo y nuestra amiga, gran arquitecta, diseñadora, napolitana, Simona. Éstos fueron los engranajes de la historia y habría muchas formas de contar cómo fue que terminamos comprando el piso en el que ahora vivimos y qué significó atravesar los mil y un avatares propios de una reforma integral.

Voy a ahorrarles las partes más truculentas del asunto, para centrarme en tres momentos y principios que resumen la odisea.

Momentos, actos, principios

Primer acto

Despertarme en mitad de la noche, meses antes de la mudanza, para atender las ansiedades del momento. Revisar la lata en la que íbamos guardando el dinero para comprar el apartamento. Contar los billetes cada día y anotar las sumas en un pequeño cuaderno forrado de color violeta. Anotaciones en bolígrafo (azul o negro) separadas en tres columnas. Sueños recurrentes con asaltos, incendios, terremotos. Una día llegaron a ser tantos los billetes sobre la cama que aquello parecía la peli Casino de Scorsese.

Primer Principio

El dinero es energía y como tal se acumula, se dispersa, se desperdicia, fluye, se estanca, se disuelve, se desintegraSe gasta, se agota.

Segundo acto

Simona supervisando la obra. Simona como directora de orquesta. Simona intentando explicarle al jefe de obra -machista recalcitrante- la diferencia que hay entre una pared recta y una torcida. Simona con una cinta métrica en la mano y un nivel en la otra. Simona sonriendo ante la adversidad. Simona metida en una trinchera con el barro hasta la cintura. Simona entregándonos la llave cuando la pesadilla terminó. Simona y su estandarte: Per aspera ad astra A través del esfuerzo, el triunfo»).

Segundo Principio

Al igual que las mudanzas, las obras de reforma son perjudiciales para la salud. Se sabe cuándo empiezan, jamás cuándo acaban. Como casi todas las galaxias, más allá de nuestra Vía Láctea, el presupuesto de una obra está siempre en expansión.Nos percatemos o no de ello.

Tercer Acto

Mis amigos gestaltistas Antonio y Fede cargando cajas de cartón en las que van mis libros. Unas, dos, treinta cajas pesadas. Tuvieron en sus manos mi único tesoro. Germán, otro amigo generoso, bajando una nevera seis pisos por escalera. Es el amigo habilidoso, montando lámparas, armando muebles, cantando un tango. Abel, amigo alado,con un destornillador en la mano no hay trasto del Ikea que se le resista. Su sola presencia fue un bálsamo, como cuando pasa un ángel y se hace el silencio. Cada día durante la mudanza, que se prolongó horas semanas noches, he pensado en las cosas, las poseídas, las compradas, las tiradas, las regaladas, las mudadas, las elegidas, las desechadas. También he pensado, sentido, a los amigos.Incluso a los que no estuvieron.

Tercer Principio

Las mudanzas ponen a prueba el carácter, la resistencia de las parejas, la solidez de las amistades. El acontecimiento de semejante cambio es siempre un jaleo, pero también es enseñanza: mejor andar por la vida ligero de equipaje.

Barrio de Comillas

Comillas, Carabanchel Bajo, a diez minutos del Puente de Toledo, es un barrio popular y tranquilo.

A un lado de mi nueva calle, las persianas bajas de Sastrería Pajares; la floristería Iris; tejidos y estores Pina; Lotería y Apuestas del Estado; Bar Los Pedroches; un cartel luminoso amarillo-verde con letras rojas del supermercado Ahorra Más. La basura rebalsa los contenedores de vidrio, cartón y plástico. En la esquina, una construcción de los ’80 de tres pisos con un cartel que pone Edificio Pili, al lado una fachada más antigua con balcones en los que se cuelga ropa puesta a secar; la ferretería Flosan; la escuela de pintura Stefan; la panadería Lola; el salón de belleza del Senor Wang, así sin “ñ”. Enfrente, la cafetería Bar Loly, en la que se escucha bachata a todas horas; la cafetería Belmy en la que no hay música; la peluquería dominicana Dando la Nota, anunciada en caracteres fluorescentes que bailan sobre unas corcheas y una clave de sol. En un cartel escrito con faltas de ortografía, adherido a la vidriera, se anuncia la venta de pelo humano y productos latinos.

En otras de las esquinas, el bar Jumess con el chino Andrés detrás de la barra y los parroquianos de siempre: una pareja madura que bebe gin tonics; tres marroquíes que se turnan en la máquina traga monedas, un par de ¿peruanos, ecuatorianos? con ropa deportiva. A veces están los hijos pequeños de Andrés haciendo la tarea o prendidos a una Tablet.  Aquí es donde veo los partidos del Barça, donde festejo con el puño cerrado, pero sin gritar, los goles de Messi.

Un mulato, con camiseta sin mangas y gorra de béisbol roja, está parado en la esquina. Melena afro, buena musculatura, dos collares de oro, reloj, anillos y pendientes haciendo juego. Pasa un coche deportivo lentamente, retumban los bajos de un regetón. El conductor y el de la esquina se ponen a charlar sin prisa alguna, ajenos a los coches que empiezan a formar fila detrás. Después de un par de minutos, intercambian un saludo y un gesto rápido con las manos. El de la esquina, guarda el dinero en el bolsillo delantero de su pantalón. El otro hace sonar el claxon a modo de despedida.

No tengo con quien intercambiar opiniones sobre el barrio, pero me gustaría conversar con el gigante negro que pide monedas en la puerta del supermercado. Se parece a Thelonious Monk, o mejor dicho al pianista después de haberse zampado a Miles Davis con su trompeta y todo. En su enorme mano el móvil parece un pastillero. Una vez le escuché hablar en su lengua natal, una catarata de sonidos dulces repleta de vocales. Se me ha metido en la cabeza que es originario de Gabón o de Zambia.

Durante los fines de semana, las calles circundantes al parque de Comillas se vacían como si entrasen en letargo. El parque, un terreno del tamaño de unos cuantos campos de fútbol, está rodeado de talleres mecánicos. Hacia el norte, más allá de un restaurante de comida china clausurado, los gitanos tienen el control del área. Al sur, después de una casa que fue convertida en una iglesia evangélica y un solar vacío pegado al bar Las Toledanas, los dominicanos son los que mandan.

A decir verdad, en todo el barrio los mismos rasgos: las viejas casas mezcladas con las más recientes, el olor a pollo frito y ajo, los trabajadores que a partir de las siete salen hacia sus coches mal aparcados sobre la acera, las chicas jóvenes que esperan los autobuses en las esquinas para llegar hasta el colegio.

Mudanzas (II)

Debe haber por ahí, seguro que hay, un estudio de Harvard o un artículo de la revista Saber vivir afirmando que las mudanzas son perjudiciales para la salud. Como los cigarrillos o el dióxido de carbono. Las mudanzas generan un nivel disparado de estrés porque somos animales de costumbres y posesión territorial. Una vez que hemos logrado armar la guarida sólo una mudanza nos sacará de ella.

Plaza de Tirso de Molina, 18, 3º B. El apartamento era minúsculo, dos ambientes en menos de 50 metros cuadrados, muy luminoso gracias a dos grandes ventanales que miraban hacia Lavapiés. Con Laura le teníamos cariño porque allí había vivido una pareja muy querida de amigos argentinos, excelentes anfitriones, que se habían vuelto a Mar del Plata. Algún tiempo atrás, en el pequeño salón de Tirso habíamos bailado, disfrutado de las paellas de Fran, de las mesas primorosas que armaba Agustina. Entre esas cuatro paredes nos habíamos emborrachado, reído hasta doblarnos con las ocurrencias de Arturo en dúo inigualable con Nora. Nuestros días de vino y rosas, de noviazgo con la que luego sería mi esposa, ya no iban a resucitar. Ni falta que hacía. Empezaba otra etapa, el tiempo de rodaje con la flamante familia que habíamos formado. La vuelta a Tirso fue con nuestra nena y sus revoltosos diez meses de vida. Recomendados ante el dueño del piso por Agus y Fran, los trámites del nuevo contrato de alquiler se resolvieron en un santiamén.

El edificio, sobre la misma plaza de Tirso de Molina, hacía esquina con la calle del Doctor Cortezo y estaba a escasos metros de la casa de Joaquín Sabina en calle Relatores. Se trataba de uno de los rincones más pintorescos del Madrid viejo y como había dicho nuestro ilustre vecino de la canción se concentraban allí más bares que en toda Noruega.

A un lado de la plaza, la entrada al metro de la línea Uno donde se reunían los renegados, punkies, algunos nómades alcohólicos y camellos magrebíes que ofrecían hachís a turistas desprevenidos dispuestos a pagar la “china” o “bellota” a veinte euros. Un timo en toda regla, aunque insignificante para los bolsillos de los guiris en busca de un subidón.

Por aquel entonces, trabajaba en mi tesis doctoral como un poseso y me dopaba con litros y litros de mate. Fumaba como un carretero. Sólo me faltaban las anfetaminas. Mientras tecleaba desesperadamente, mi hija gateaba y había descubierto lo divertido que era sacar mis libros de la estantería y revolearlos por el suelo. Una vez puestos en su lugar, volvía a empezar. La constancia de ella, contrastaba con mi falta de disciplina para avanzar con el culo en la silla.

Ronda de Atocha

Permanencia y desfiguración de los lugares marcan el ritmo de la vida en las ciudades. El dédalo de estrechas callejuelas, paralelas o perpendiculares a la plaza, con nombres hermosos como calle de la Cabeza, del Mesón de Paredes, de la Magdalena, de Juanelo, de la Colegiata, era muy concurrido los fines de semana. Los que subían del Rastro se confundían con el tropel de los aún excedidos por la noche. Ese ambiente algo sombrío, canallesco y bohemio ya no existe, ha cedido en el presente al pandémico efecto del parque temático.

Los corazones de las ciudades españolas, con Barcelona y Madrid al frente, son ahora góndolas de un gran centro comercial al aire libre: todo limpio, renovado y accesible al consumidor. Sin misterio por descubrir, Tirso de Molina se ha convertido en un no-lugar, o lo que es lo mismo en un lugar idéntico a cualquier otro, con bistrós que sirven brunchs, pizzas o burritos. Con pizarras de moda que ofrecen zumos détox y macchiatos for take away.

Del año y pico transcurrido antes de la nueva mudanza, piruetas de la memoria, he retenido dos momentos del invierno. Una gozosa noche-madrugada de fin de año mirando con mi chica, completamente vestidos dentro de la cama, los Soprano en plan maratónico y una tarde en que vi como la nieve, esa broma climatológica, se iba depositando a cámara lenta en las superficies del exterior. A intervalos casi regulares, todo se tiñó por una fina lámina de mármol de Carrara. Nunca más volví a ver caer la nieve de esa manera en los Madriles. Saqué varias fotos desde mi ventana.

Tirso bajo la nieve

Yendo cada vez más hacia el sur

Ronda de Atocha, 8, último piso. Donde termina la arbolada calle Argumosa, uno se encuentra con una tostadora gigante de color bermellón que es la ampliación del Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía. Esta construcción moderna, diseñada por el arquitecto francés Jean Nouvel, dominaba las vistas que teníamos desde nuestra nueva terraza. Allí, después de las siete de la tarde, veíamos el sol esconderse por detrás de los tejados antiguos y las cúpulas de dos iglesias barrocas que parecían flotar sobre la ropa puesta a secar de una corrala.

Un repaso de los dos años que vivimos en aquel ático se funden en una única imagen, la del deslumbramiento que nos producía, a Laura y a mí, ver crecer a nuestra hija. Lo más vivo que ha quedado es la materia de la cotidianeidad, la alegría de los cumpleaños y las fiestas pero también las horas sin sobresaltos, las que discurrieron siendo contemporáneos del que era nuestro presente.

Mudanzas II

De Lavapiés una nueva mudanza nos llevó más hacia el sur, a la zona de Embajadores, muy cerca de lo que en tiempos remotos se conocía como el barrio de las Injurias. Nombre perfectamente literario para una zona delimitada entre el actual Paseo de las Acacias y el de Yeserías, no lejos de Pirámides ni del Vicente Calderón, estadio del Atlético de Madrid.

Hacia el sur y el este de la Puerta de Toledo, el paisaje se ha modificado brutalmente si lo comparamos con las fotografías de comienzos del siglo XX que abundan en los bares de tapas.

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En los edificios y urbanizaciones del presente -muchas de ellas con sus jardines y perímetros de seguridad privada- no quedan ni rastros de lo que a finales del siglo XIX fue un barrio pobre de mala fama y luego una zona industrial. Hay que ver lo que ha cambiado esta ciudad con el vaciado industrial, seguido por los efectos de la política de tierra arrasada aplicada en el Centro, y alrededores, para borrar toda huella de lo que fue. Cierto es que mientras vivimos no reconocemos los escenarios que tiempo después echaremos en falta y que las ciudades nunca dejan de transformarse.

Hoy añoro la Glorieta de Embajadores, a pesar de que cuando llegamos al número tres de Sebastián Elcano, 6º B, aquella calle era el epicentro de los politoxicómanos. Pululaban a todas horas del día y de la noche en búsqueda de su cunda. Por una tarifa fija de cinco euros por pasajero, coches destartalados ofrecían un recorrido hasta el mayor mercado de la droga en Europa: el poblado de Cañada Real. A unos 15 km de distancia por la carretera de Valencia. El rostro del heroinómano era fácilmente reconocible: ausencia de dientes, aspecto cadavérico, piel ruinosa plagada de pequeñas contusiones, ojos hinchados, acuosos, a punto de salir de sus órbitas. Pasaba junto a ellos todos los días, cuando llevaba o traía a mi hija del colegio. Jamás me dirigieron la palabra, ni siquiera me pidieron dinero. Siempre tuve la sensación de que no me veían, de que no tenían registro de nadie. Andaban absolutamente descuajeringados, como los muertos vivientes de la peli de George Romero.

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El lapso de tiempo que transcurría entre la llegada del yonqui a la Glorieta de Embajadores y el momento en que la cundaestaba preparada para partir con sus tripulantes era de tensa espera. Desde mi balcón veía en constante loop la escena: tipos fumando colillas recogidas del suelo, bebiendo cerveza o comiendo bollos robados del supermercado de la esquina.

Tirso II

En el barrio no era todo desesperación y un tropel de zombies. También podían verse las venas llenas de savia inmigrante. Niños, niñas de diferentes colores y etnias correteando por parques como el del Casino de la Reina o el del Campillo del Mundo Nuevo. Paquistaníes, magrebíes, indios, bengalíes, malayos, colombianos, ecuatorianos, filipinos, europeos del este y subsaharianos de multitud de países conviviendo en relativa armonía. Con los chinos, un pulmón incansable de trabajo. Tiendas que abren entre las diez de la mañana y la medianoche de forma ininterrumpida, en las que trabajan todos los miembros de la familia. Comen, estudian, miran la tablet, todo detrás del mostrador. Amables y eficaces en el trato con los clientes. A los que tenían su local a pocos metros de mi portal, jamás les vi de mal humor o con un mal gesto. Yo fantaseaba mucho con la idea de preguntarles qué esperan de la vida, cuáles son sus sueños, sus miedos. Conocí a Han, a su padre Yan Jin y a su madre Zhang Hui Fei. Escribieron un día sus nombres en un papel, me vendieron cigarrillos sueltos durante los 8 años que vivimos en Embajadores. Jamás respondieron a ninguna de mis interrogaciones. Sólo sonreían, al mismo tiempo que asentían de forma mecánica.

CONTINUARÁ…

Mudanzas (I)

Debe haber por ahí, seguro que hay, un estudio de Harvard o un artículo de la revista Saber vivir afirmando que las mudanzas son perjudiciales para la salud. Como los cigarrillos o el dióxido de carbono. Las mudanzas generan un nivel disparado de estrés porque somos animales de costumbres y posesión territorial. Una vez que hemos logrado armar la guarida sólo una mudanza nos sacará de ella.

Es curiosa la relación que establecemos con los espacios íntimos en los que comemos, dormimos, hacemos nuestras necesidades fisiológicas, discutimos con la pareja. Algunos de los objetos que habitan con nosotros están cargados de significados misteriosos. Un abrigo deshilachado, una lapicera sin tinta, un libro descuajeringado. Nos aferramos a nuestros bártulos, vamos entretejiendo nuestra existencia con ellos de testigos.

Al emprender una mudanza tendremos que abandonar una vida, encontrarnos con lo acumulado, desplazarnos. Un viaje hacia terra incognita.

El Dr. Freud en La interpretación de los sueños daba fe cabal de la relación entre experiencia y desplazamiento. La distorsión de nuestras coordenadas usuales, la desorientación por el movimiento, la mutación por el cambio de piel, la pérdida del Norte.

Cierto es que hay mudanzas y mudanzas. En algunas el motor es el deseo, en otras lo es la necesidad. Cuando la experiencia es benéfica, construiremos la esperanza de que se repita; si es dañina nos preguntaremos cuánto tardarán en cerrarse las heridas.

Entre mis mudanzas hubo un poco de todo

Cuando Berta, mi segunda madre, se enojaba conmigo me gritaba: “¡chango, mandate a mudar de mi pieza!”. Me echaba de su cuarto, en la que estaba la mejor TV de la casa, hacia el valle sombrío del exilio. Yo deambulaba, con mis ocho o nueve años, por el resto de las habitaciones como alma en pena, sin encontrar mi sitio y deseando volver a esa cama, la de Berta, para tumbarme y mirar, con el control remoto en la mano, Los Tres Chiflados, Créase o no de Ripley, Dick Turpin. Como un pequeño emperador oriental yo hacía todo en esa cama: almorzaba, dormía la siesta, me instalaba con los amigos.

De esa enorme casa de tres pisos en la que me crie, nos mudamos luego de la muerte de mi abuela. Mis padres contrataron a una empresa de mudanzas. Recuerdo que eran nueve o diez operarios, vestidos con mameluco azul, cargando unos canastos de mimbre llenos de enseres. Un camión gigante, aparcado sobre la calle Arenales, con el rótulo “Verga Hermanos”. Hicieron un trabajo rápido, eficiente, profesional. Hasta los platos de porcelana de Limoges salieron indemnes. Verga Hermanos

A esa primera gran mudanza le siguieron otras de menor envergadura y ya no en Buenos Aires sino en Madrid.

En 2003 alquilé, junto a un compañero de estudios chiapaneco y una compañera de Belo Horizonte, un apartamento en el número 71 de la calle Segovia. En la acera de enfrente estaba el parque de Atenas y colindante a éste los frondosos Jardines del Moro. Hacia el oeste, un puente barroco sobre el rio Manzanares. Subiendo la calle hacia el centro y pasando por debajo del viaducto de Bailén, comenzaban mis noches de juerga por los garitos de La Latina: el Lamiak, Café Berlín, el Almendro, las fiestas electrónicas del Katmandú, los tragos del Marula.Mudanzas (I)

El 2005 lo empecé viviendo en el cuarto piso de un edificio señorial de la calle Preciados, a escasos cincuenta metros de la Puerta del Sol. Tres habitaciones daban a un largo balcón desde el que se podía ver la torre con reloj de la Real Casa de Correos y cronometrar el flujo incesante de gente entrando al Corte Inglés desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche.

Real Casa de CorreosCon mi novia suiza de aquella época compartíamos piso con otras dos chicas, una rumana y la otra chilena. Mis noches solitarias en la pequeña cocina. Apenas volvía de mi trabajo en el restaurante Planet Hollywood, más allá de la medianoche, me encerraba allí a ver películas en el ordenador y con auriculares para no despertar a nadie. Era la convivencia perfecta, no coincidían nuestros horarios. El juego del escondite y la huida duró menos de un año. Era aún invierno cuando junté mis cosas para la mudanza.

Mi deseo de seguir viviendo en el centro de la ciudad, soltero otra vez y luego de una accidentada separación amorosa, me llevó hacia la Costanilla de los Ángeles. Un sinuoso callejón cercano a la Ópera y a medio camino de la plazoleta de Santo Domingo. Los mismos bares de copas sobre Caños del Peral perduran hoy en día pero con sus fachadas más limpias y menos meados en sus rincones.

Nada me parecía más romántico que pasear por las disquerías y librerías, especializadas en cómics, de la zona los sábados o domingos antes del mediodía. El ambiente letárgico que envolvía aquellos locales me cautivaba, afiches de Jimmy Hendrix, de Frank Zappa o los personajes de Robert Crumb adornaban las paredes. Aislados del bullicio que rodeaba a nuestro departamento, mis compañeros de piso y yo habíamos montado nuestro particular campamento latinoamericano. Jorge, caraqueño y melómano, tenía su búnker en la habitación al fondo del pasillo. Desde allí, con sus potentes altavoces y su mezcladora, nos sorprendía pinchando drum n´bass, dub, reggae, los timbales de Tito Puente o la salsa de Héctor Lavoe.Costanilla

Álvaro, barranquillero de origen pero cosmopolita de espíritu, era como mi hermano menor. Su permanente alegría costeña contrastaba, complementaba, mi nostalgia tanguera. Cuando la nevera se quedaba vacía a mediados de mes, aparecían como por arte de magia sándwiches envasados, a punto de caducar, del Starbucks en el que trabajaba. También los zumos de naranja Granini y unas porciones de tarta de queso con caramelo. Mercadería que hubiese ido a parar directamente a la basura en cumplimiento de los estrictos protocolos de la cafetería estadounidense, era consumida felizmente por unos sudacas de estómago resistente.

Durante el 2007 fue cambiando el curso de mi vida. Con treinta años, el encuentro inesperado de un amor y muy pronto el nacimiento de nuestra hija.

Mudanzas en familia

El primer hogar de mi recién creada familia fue el piso de Costanilla de los Ángeles. La habitación que había sido de Jorge, se convirtió en la matrimonial. La de Álvaro, en la de huéspedes y en mi escritorio de trabajo con la tesis doctoral. El salón, que había sido mi cuarto, volvió a cumplir su función original.

Fueron tiempos raros, una mamá y un papá primerizos aprendiendo las labores de la crianza. En la casa reinaba la alegría y la incertidumbre. Las tribulaciones laborales de un becario universitario y una psicóloga autónoma. Sin abuelos a los que recurrir.  Pasaba las tardes con la beba, mientras mi mujer iba a su consulta en el barrio de Prosperidad. En el Rodilla de la calle Jacometrezo pedía siempre lo mismo: un café con leche y un vaso con agua. Intentaba sonreír, mientras negaba con la cabeza, cuando la empleada me preguntaba si quería alguna de las promociones de merienda. Junto a la mesa, flanqueada por la máquina expendedora de tabaco y el alféizar de una ventana, colocaba el cochecito. Leía debates constitucionales aburridísimos de la Inglaterra del siglo XVII, obras de Milton, Hobbes, Locke. Escribía y reescribía mis notas sobre la soberanía. Permanecía sentado hasta que oscurecía. Volvía a casa siguiendo el mismo recorrido.

Nos tuvimos que largar de Costanilla cuando la dueña del piso quiso que su hijo consentido adquiriera independencia.

La mudanza tuvimos que hacerla con prisas y en la furgoneta de nuestro amigo Germán. Recuerdo que se rompió una de las patas de la cuna, una lámpara que me había acompañado desde mi llegada a Madrid y se perdió un collar que había usado en la adolescencia y que era idéntico a uno que llevaba Jim Morrison en la cubierta del disco The Best of The Doors. ¿Por qué se pierden o se rompen las cosas que amamos?the-doors-the-best-of-usa-2-cds-elektra-1985--D_NQ_NP_867484-MLM26638111665_012018-F

Continuará…

Lo escrito

Paso revista a los artículos que escribí para Psiquentelequia. En lo escrito casi no ha variado el tema. Exceptuando “Nietzsche, Dioniso y la vida como obra de arte”, todos los artículos se refieren a mí. A mis rollos, mis miedos, mis deseos, mi amor, mis mierdas. Tantos “mi” que resulta empalagoso.

La primera vez que publiqué en este blog estaba nervioso por hacerlo bien. Me escondí detrás de Nietzsche para quedar guay: leo filosofía, conozco el mundo griego, valoro la cultura clásica, aquí están mis credenciales, bla, bla, bla. Usé esa máscara, monté ese teatro para presentarme. No duró mucho. Lo que yo quería era hablar de mí y no pasarme todo el rato citando a Séneca o a Suetonio. Así fue que comencé a mostrarme, a ponerme en la diana.

El acto de escribir sobre uno mismo parte de un gesto narcisista. Alimenta a una parte del ego que desea ser mirada, admirada. Considerar que la vida personal pueda ser narrada y divulgada tiene también un punto de exhibicionismo. “¡Hey, miren, soy Yo, la pera limonera y mi vida relatada!”.

Paradójicamente, escribir sobre uno mismo es un acto de humildad en la medida en que significa reconocer que uno no tiene más capacidad que esa: escribir sobre lo que a uno resulta más próximo, medianamente conocido. En lo escrito está mi experiencia, lisa y llanamente, porque carezco de una imaginación frondosa. Tampoco es que tenga mucha idea de quién soy cuando escribo o mejor dicho, no sé exactamente qué papel intento hacer: ¿Soy fiel a los hechos tal como aparecen narrados?, ¿Dónde estoy situado cuando escribo sobre mí?, ¿Qué verdades oculto por temor a dañar mi imagen?

En dos artículos de Psiquentelequia hablo de la muerte, el duelo por mi padre y la despedida de un amigo que tuvo cáncer. Otro artículo es una carta dirigida a mi madre, hay unos relatos sobre cómo viví los mundiales de fútbol, textos sobre los amigos, los sueños, la felicidad en las redes sociales, los abrazos, la Gestalt. Un artículo sobre la generación X. Tres artículos sobre qué significa ser hombre -si es que significa algo en concreto-, las nuevas masculinidades y las relaciones con el feminismo.

Es un fenómeno conocido, uno no puede ser neutral ni objetivo. Es algo inevitable proyectar la imagen propia en todo lo que uno escribe. En vez de utilizar todo tipo de trucos para intentar borrarse uno, más vale aceptarlo y exponerlo.

La fórmula Duchamp

Hace ya unos años, atravesando alguna de mis crisis existenciales, comencé a mostrar mis escritos en un blog que se llamó La fórmula Duchamp. El título remitía al artista francés Marcel Duchamp (1887-1968) y a su idea de la creación artística como resultado de la voluntad más allá del talento o la formación con la que se cuente. En la página de inicio me presentaba así:

“Me llamo Gregorio Saravia y padezco la dulce enfermedad literaria.

Como parte de la terapia me han recomendado escribir con la esperanza de que sirva como remedio.

Mientras tanto, digamos que intento aplicar la fórmula Duchamp, aquella que consiste en no cargar la vida con un peso excesivo. Un andar ligero de equipaje.

Lo de las reflexiones, comentarios y críticas, no es para tomárselo demasiado en serio. En todo caso, el oficio de reunir palabras está fuera de las reglas de validación científica y se reproduce de forma anárquica, epidémica.

Por momentos, se vuelve semejante a algunas enfermedades contagiosas.”

En aquella época, me esforzaba por copiar a Sebald en su rol de paseante que relata lo que ve. El problema era que lo que yo veía estaba todo teñido de una melancolía larga y apática. No tenía trabajo, fumaba demasiado y fantaseaba con regresar a la Argentina. Me sentía como un niño al que su padre le ha soltado la mano. Solo en casa, pasaba las mañanas clavado a la silla, masturbándome para anestesiar el dolor. Me había convertido en uno de esos adultos que repasan con nostalgia cada noche las aventuras del bachillerato. Aferrado a la escritura como a un clavo ardiendo, los textos de La fórmula Duchamp hablan de ausencias, de viajes, de lo que pudo haber sido y sobre todo de literatura.

Entre enero y diciembre de 2013, publiqué relatos sobre la escritora Victoria Ocampo, Roberto Arlt, Baudelaire, Bolaño, Perec, el cantante Manu Chao. Hay un texto sobre la temporada que viví en Londres y otro sobre el mes que pasé en París durante el 2007. Hay crónicas de viaje por Manhattan, Buenos Aires, Nueva York y algunos pueblos de Castilla La Mancha. Paseos por el Raval de Barcelona, el antiguo barrio de las Injurias de Madrid y la infancia en la casa grande de mi abuela.

De enero a mayo de 2014, ensayos sobre mi adolescencia, el fanatismo por Bob Marley y una operación de rodilla. También escribí algunas críticas de cine: El Gran Gatsby, Anna Karenina, Amour, Searching for Sugar Man, Blow Upy El Desencanto, una  joyita española de Jaime Chávarri sobre los excéntricos miembros de la familia Panero. Incluso me atreví con una obra de teatro: El Régimen del Pienso de La Zaranda, una compañía teatral andaluza.

Se puede decir que todos estos escritos, incluso los comentarios cinematográficos, son excrecencias de mi yo. Concesiones a ese individuo particular que lleva mi nombre y que aunque está seguro de que la vida es algo transitorio se aferra a la escritura con el afán de detener al tiempo.

 

Los cuadernos Gloria

Preparando cosas para una mudanza, encontré la caja donde los había guardado. Ahí estaban los cuadernos Gloria con espiral y tapas naranjas. Tenía 21 años cuando comencé a escribir esta suerte de diario. No es un diario al uso, más bien se trata de un batiburrillo de lecturas, comentarios, críticas, citas tomadas de los libros leídos, subrayados. Solía fragmentos largos de obras filosóficas y los analizaba. A veces me daba por la poesía o por escribir cosas personales. Llegué a completar 14 cuadernos Gloria, de 150 caras la mitad de ellos y el resto de 88. Son miles de líneas en las que veo mi sombra proyectada, la ventanita al infierno, los destellos de gozo. Siempre me dije que los releería algún día y que quizás fuera posible sacarles algún provecho. Ya no estoy tan seguro, pero ofrecen una descripción bastante fiel del joven que fui y  del tipo en el que me fui convirtiendo.

El primer cuaderno, de 1997, arranca con una cita de Baudelaire: sea cual fuere, embriágate de tu pasión.

Voy recorriendo las páginas, me impresiona mi letra, parecida a la de un niño de primaria, con las “a” y las “o” muy redondas, igual que las pancitas de la “d”. Usaba bolígrafo Bic negro o azul. Aparecen los nombres de Oscar Wilde, Rochefocauld, Cioran, Borges, Spinoza, Saer, Eco, Pessoa. Mis fluctuaciones anímicas, mis períodos de bajón. Lo escrito, incluso sin deseo. La angustia, la alegría, de estar vivo.

En el último cuaderno, de 2009, hay recortes con fotografías de una rana púrpura, una salamandra china, un ornitorrinco, un solenodon paradoxus (el único mamífero capaz de inyectar veneno en sus presas). La entrada a un concierto de Many Fingers y Matt Elliot, 8 euros anticipada. Fotos de la casa de campo de Tarkovski en Myasnoye, Rusia. Una hoja de periódico en la que leo: “un extraño tiburón de aspecto prehistórico y 1,6 metros de largo salió ayer de las profundidades abisales en las que habita para morir poco después de haber sido capturado y grabado en las aguas de la reserva marina de Shizuoka, al sur de Japón”. Lo raro, lo anormal, lo que no encaja. Pensamientos parasitarios, centrífugos, una escritura que se va volviendo cada vez más fragmentaria, menos accesible. Obediente sólo a los movimientos espontáneos del alma.

Hacia el final del último cuaderno encuentro esta cita de Pizarnik: “que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado interesarme por este mundo.”

Que sea así Alejandra, nueve años después de escribirlo sigo anhelando lo mismo.

 

Mi mamá me mima

“Mi mamá me mima”, escrito con tiza en el aula de primer grado. “Mi mamá me ama”. “Mi mamá amasa la masa”. En el principio del lenguaje apareció mamá. ¿Qué es lo primero que dije? M-A-M-Á, en lengua materna. La fascinación del bebé con mamá y sus tetas, las proezas hechas para ser dignos de su mirada, el esfuerzo por complacerla. De más grande, la necesidad de la distancia, del reencuentro.

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Siempre hay mucha tela que cortar con el tema de la madre, con lo determinante que resulta su papel en los primeros siete años de vida y la centralidad que tiene su influencia en los años posteriores.

La relación con la madre constituye un eje central en torno al cual se configura nuestra identidad, nuestra manera de estar en el mundo. En el vínculo con la madre se van delineando los rasgos de nuestra personalidad, nuestras pasiones y miedos.

He decidido escribirle una carta a mi mamá, dividida en dos partes. La primera va dirigida a esa señora, ya algo mayor, llamada Susa que me parió hace cuatro décadas y pico. Ésta es la mamá de carne y hueso. La segunda parte es para la madre idealizada, la que llevo adentro como quimera, con la que dialogo mentalmente, a la que le reprocho todo, con la que me peleo casi a diario. Es la madre que me he tragado, digiriendo algunos trozos e indigestándome con otros. Es también la madre que llevo a terapia y a la que pongo a caldo de vez en cuando.

I

He probado a poner “Querida Susana”, en reconocimiento de tu verdadero nombre pero Susana hay una sola y se apellida Giménez. “Susana” me conduce directamente a pelo rubio platinado y risa falsa. “Susa”, en cambio es una antigua ciudad tunecina, famosa por su elegante Medina. “Susa” me suena más familiar, así te llamaba papá.

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Quisiera hablar brevemente de un par de similitudes entre vos y yo.

La primera y más evidente es que los dos somos ansiosos, aunque lo camuflamos con una supuesta tranquilidad zen. Basta con vernos comer, de pie, entre horas junto a la nevera o mordisqueando los pellejos de los dedos, para pensar que estamos afligidos por algo. ¿Qué es lo que realmente nos pasa? Somos incapaces de simplificar, le buscamos la quinta pata al gato y no podemos pensar en una cosa sin pensar al mismo tiempo la contraria y así sucesivamente hasta perder el hilo que podría sacarnos del tejemaneje mental. Por la boca muere el pez y nosotros somos de hablar mucho. Vamos con nuestra oralidad ansiosa a todas partes, picoteando como las gallinas.

Ambos hemos combatido y combatimos a nuestros dragones interiores. Con el psicoanálisis hemos bregado de lo lindo, asediados por su arsenal interpretativo -don Edipo y toda su tropa-  y las terapias interminables, sin arriar nunca la bandera de la búsqueda.

Hay días en que ignoramos el porqué de nuestra angustia y nuestro humor se vuelve sombrío. Las preguntas existenciales nos martillan la cabeza: ¿existe la alegría sin sombra?, ¿es posible la justicia en el mundo?, ¿hay suficiente música adentro para que nuestra vida baile?, ¿cómo afrontar las pérdidas, los duelos?, ¿somos seres finitos que ansían la infinitud?, ¿por qué nunca es suficiente?, ¿qué sentido tiene todo esto?

Vos y yo formamos parte de la misma familia, la de las personas que nos preguntamos para qué vivimos y quiénes somos. Podríamos debatir si el hecho de que la existencia venga acompañada de un signo de interrogación nos vuelve más sabios que  las personas a las que estas cuestiones ni siquiera las rozan. Por mi parte, entiendo que lo de vivir con preguntas no es para jactarse. Me imagino que vos pensas lo mismo.

Un arma que hemos usado contra la melancolía ha sido el humor, el no tomarnos tan en serio a nosotros mismos.  El poder estar hablando seriamente de un drama familiar -citando de paso a Platón o Kant como si sirviese para algo- y de improviso saltar a hablar de la farándula y sus travesuras. También ciertas dosis de oscuridad risueña que incluye la atracción por la locura y lo escatológico.

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La segunda cosa en común que tenemos es que sabemos escuchar al otro, ejercitar la empatía, ponernos en otros zapatos. Esto que en principio parece tan sencillo no lo es. La ingente cantidad de personas que lo único que hacen es hablar de sí mismas obstinadamente, dan buena cuenta de ello.

Se me ocurren otras similitudes entre nosotros mamá: el amor al queso, al vino tinto, a los viajes, a los monumentos históricos, a los dulces, a la filosofía, a los amigos. Estoy convencido de que todos estos “amores” comunes nos evitaron trágicos desvaríos.

II

Empiezo la segunda parte con algo de gratitud, algo que me has dado que provenía de vos y que podríamos llamar espiritualidad. Me enseñaste que no todo es materia, que hay algo llamado alma, que no se puede ver, ni medir, ni pesar y me enseñaste que también hay algo llamado dios. Hasta aquí, todo iba bien.

Las cosas van ganando peso con la edad y con las mayúsculas. El nombre “DIOS” resulta que designa a un padre poderoso, a una providencia que cuida de cada uno de nosotros y a un Hijo, llamado Jesús, que murió en la cruz a causa de nuestros pecados. Su sacrificio sirvió para salvarnos de la tentación, del diablo o de nosotros mismos, que vienen a ser lo mismo, y traer al mundo un mensaje de amor fraternal. La cosa no queda ahí. Está también el Espíritu Santo que es una lengua de fuego que flota en el aire y que se encargó de que la Virgen María quedara embarazada y pariera al hijo de Dios. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo son tres y a la vez una misma persona. Hay más. Está la transubstanciación, por el que unas pequeñas obleas blancas, con sabor a cartón llamadas hostias, se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesús mediante un rito que practica el cura. Se trata de un momento álgido de la misa. Cuando los feligreses reciben la hostia, el santísimo sacramento, se comen el cuerpo de Cristo. Para más inri, hay otros sacramentos como el de la Penitencia, según el cual se trata de contarle a un cura todo lo que has hecho mal y él en nombre de Dios te perdona, te absuelve de tus faltas y ofensas. Te deja limpio de corazón.

Rarezas aparte, que abundan en todos los credos, los fundamentos de la educación católica, apostólica y romana que me inculcaste, Mamá, niegan el cuerpo, tienen horror al sexo y la culpa lo envuelve todo. Crecer con estos mambos no me dejó indemne, destiné muchas energías para desmantelar toda la parafernalia de reglas y principios.  Me ayudaron Nietzsche, Freud y otros de la misma calaña. Respetar la moral sexual católica, que degrada los placeres sensuales a la categoría de pecado, fue un mal negocio. Incluso cuando quería pasarlo bien, lo pasaba mal. Terminé por tirar la toalla. La última vez que me confesé, el cura indignado me dijo que le parecía muy grave que yo me masturbara al tiempo que mantenía relaciones sexuales sin estar unido en matrimonio.

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Para ir terminando la carta. La gran pequeña diferencia entre nosotros, Mamá, es la fe. Tenés una religión y yo no. Me imagino que cuando la noche es más oscura sentirás el cobijo de la oración y yo algo así como la intemperie fría de la incertidumbre. Vos sos católica, yo agnóstico. Intentamos resolver este conflicto entre los sentimientos y la inteligencia de manera distinta. La necesidad emocional de creer o de no creer, tal vez no sea más que dos formas de un mismo autoengaño deliberado, lleno de ternura.

Un beso ma,

P.d.: “Desechad tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan sólo ahora la hemos de gozar”. F. García Lorca.

Memoria de los Mundiales (II)

 

Mi memoria de los Mundiales se entrelaza con hitos privados. En cada Mundial pasaron cosas significativas en mi vida o así lo veo ahora con esa plastilina que es la memoria tapándome los ojos. Separar en cuatrienios lo que es una misma alfombra de tiempo.

2002

Veintiséis años. Uf. Momento cumbre. Último año en Buenos Aires, preparativos para ir a estudiar a España. A las puertas de convertirme en extranjero. El extranjero, ser extranjero. Dejar Buenos Aires no fue fácil, vivía muy bien en pareja y estaba rodeado de amigos y familia. Tenía trabajo y amor. Era porteño, muy. Me sentía dentro de ese embutido salvaje, de esa ciudad de la furia. Andaba en sus calles, conocía los barrios. Paseaba de noche en un Ford Falcon con los cambios al volante. Fotografiaba casas antiguas, fachadas art decó y racionalistas. Los cines de la Avenida Corrientes. Pizza a las tres de la mañana. El enano que vendía números de la lotería. El tipo sin piernas que se arrastraba en un carrito y asustaba a los paseantes con sus gritos. Los travestis de Godoy Cruz. Las calles estrechas de Montserrat, los árboles de Palermo, los bares de Almagro, Balvanera y el Bajo. Después de una década de amistad, tenía muy claro que esa banda de amigos del colegio Salvador sería para siempre.

Antes del mundial, la AFA solicitó a la FIFA retirar la camiseta número 10, en honor a Maradona. Los argentinos empezamos a vivir en el recuerdo del pasado futbolero más que en el presente. A Corea llevamos un buen equipo, teníamos al mejor entrenador posible pero pasamos por la competición sin pena ni gloria. Los titulares de la prensa deportiva hablaron de Impotencia. En aquel momento no teníamos ni idea de cómo eso se volvería recurrente.

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2006

Vivir en el extranjero es reinventarse, quitarse la mochila de la identidad, borrón y cuenta nueva. Hay un período de gracia en el que esta fantasía es posible. Luego se cae en la cuenta de que no hay manera de escaparse de uno mismo. Cambian los paisajes, las calles, las costumbres. Uno sigue con sus fantasmas, almuerza con sus manías y cena con sus obsesiones. Los que no saben, piensan que la cultura española y la argentina se parecen mucho. No es cierto. Hablamos el mismo idioma pero con significados diferentes. Compartimos apellidos, historia colonial y algunas comidas. Nada más.

Madrid es ruidosa, canalla, hereje. “Tías en porretas; macarras mil; esto es la hostia; Sol de Madrid”, cantaba Miguel Abuelo. Empecé a vivir aquí cuando lo castizo resistía aún los embates del turismo masivo. El centro de la ciudad, una aldea. Lavapiés, Malasaña, Tribunal, las Vistillas, Noviciado, la calle del Pez. Noches interminables, resacas bestiales. Un tour de force por mil garitos durante el 2004. Porros a granel en el Parque del Retiro, al ritmo de las tumbadoras frente al lago. Entre el 2003 y el 2006 compartí pisos de alquiler con un mexicano, una brasileña, una chilena, una rumana, una suiza, un colombiano y un venezolano. Trabajaba en la universidad, hacía un doctorado y padecía a un director de tesis déspota y ciclotímico.

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Como en otros Mundiales, Argentina llevó a Alemania un equipo respetable. Nos tocó el grupo de la muerte con Holanda, Costa de Marfil y Serbia. Contra este último, ganamos seis a cero y nos convertimos en uno de los favoritos para ganar el torneo. Uno de los goles de esa tarde quedó para la historia por los 25 toques previos antes de que el balón besara la red, como dicen los poetas de la redonda. El partido decisivo fue contra los locales. El entrenador tomó una decisión polémica. Dejó en el banco de suplentes a Lionel Messi, futuro monarca del fulbo mundial, y apostó por Julio Cruz, un delantero espigado que había sido jardinero en sus pagos. Perdimos por penales. La final de la Copa fue el día antes de mi trigésimo cumpleaños. Había comprado ron, vodka y hielo suficiente como para poner ciego a un regimiento. Mi hermana y mi cuñado francés habían venido desde París para estar en el festejo. Fue una noche rara, muy calurosa. Teníamos todo preparado para brindar por el triunfo de Les Bleus hasta que Zinedine Zidane le dio un cabezazo a Materazzi y fue expulsado por aquel árbitro argentino cuyo nombre no recuerdo. Francia se vino abajo y ganaron los italianos. Años después, el defensor italiano confesó que había insultado a la hermana de Zizou. Picardía criolla.

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2010

Mi hija tenía tres años cuando veraneamos en unas playas nudistas de Almería. Final del Mundial, 11 de julio. Mi cumple, esta vez 34, fue en el Mediterráneo.  Entre dos Mundiales mi vida se había puesto patas para arriba, o mejor dicho, se estaba enderezando. Apareció una mujer, la MUJER. Noviazgo corto, febril, definitivo. Una pelirroja con aires a Isabelle Huppert, la boca de Fanny Ardant, porteña del barrio de Colegiales. En los madriles nos fuimos a encontrar. Como en el fútbol, también en la vida, el azar es la base de cosas importantes. Al principio sólo compartíamos la cama, pero yo para mis adentros, decía como Sal Paradise en On the road, “quiero casarme, quiero que mi alma repose junto a una buena mujer hasta que nos hagamos viejos. Esto no puede seguir así todo el tiempo. Este frenético deambular tiene que terminarse. Debemos llegar a algún sitio, encontrar algo”. Flipaba con eso. Me había cansado de que la única religión fuera el cuerpo de una mujer.

El embarazo nos pilló desprevenidos. Lo vivimos con temblor, organizando cosas prácticas, yendo al Ikea en autobús. Mudanza, cuna, bolso para el parto, nos íbamos conociendo un poquito más con la convivencia. En septiembre del 2007 nació la nena. Nada de lo que pueda decir condensa la experiencia. Creció el amor en mí, entre nosotros. Supongo que me volví más generoso, menos vanidoso. La manera en que me fui convirtiendo en padre continúa siendo un enigma. Tengo en claro algo, una cosa es ser progenitor y otra es ser padre. Yo no sé nada del oficio paterno pero se me saltan las lágrimas de emoción cuando la miro dormir, cuando recuerdo la primera vez que caminamos juntos de la mano o la luz de sus ojos mientras se toma un helado. Ser padre es asumir con todo el amor que puedas una responsabilidad grande. El que abandona no tiene premio. Los hijos vienen a hacer su vida y con ella nos regalan el privilegio de acompañarles. Hoy tengo la certeza de que la salud de mi hija es lo que más me importa en este mundo. Seguro que hay ideales mucho más trascendentales y causas morales más justificadas por su relevancia. No para mí.

El Mundial de Sudáfrica pasó a la historia por el Waka-Waka de Shakira, el Tiki-Taka de la Roja y el beso que el portero español le dio en vivo a una periodista deportiva. Luego resultó que era su novia y futura esposa. Por su parte, la cantante colombiana también iniciaría una relación amorosa con el central de la misma selección. Puro romanticismo en el aire. Como el del triunfo del juego de los locos bajitos. Tomala vos, dámela a mí y la pelota rodando sin cesar. El mago Iniesta, el ingeniero Xavi, un mediocampo legendario. Argentina había logrado reunir a las dos máximas estrellas de su fútbol: Diego Maradona como director de orquesta y Lionel Messi como primer violín. Con nuestra tendencia a la hipérbole, Dios Padre y Dios Hijo. Quedaba por ver en qué andaba el Espíritu Santo. La tarde en que perdimos 4-0 con Alemania, los argentinos nos volvimos ateos. El mito del eterno retorno maradoniano se derrumbó. Ya no podíamos recurrir a ÉL para que nos salve, para nos coloque nuevamente en lo más alto del fútbol competitivo. Nos habíamos quedado huérfanos del barrilete cósmico. El Diego de la Gente, el eterno 10, ya había cumplido con creces sus servicios a la patria futbolera. Había llegado el momento de descanso para el héroe. Del Espíritu Santo ninguna noticia. Al fútbol argentino “le había llegado la hora de enfrentar el mundo, los males, los empates, las pequeñas muertes peloteras sin la esperanza de la divinidad”. Eso dijo Martín Caparrós. No nos iba a resultar sencillo.

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2014

Aquel año fui entrando en una crisis existencial profunda. Suena a rollo kafkiano, freudiano y tal, pero era una sensación bastante concreta. Todo lo que había hecho o conocido, visto, leído o pensado aparecía ante mí en su más absoluta vacuidad. Me sentía como un grano de arena sobre la superficie irremediable del asfalto. Cada mañana me despertaba con ansiedad, la cabeza disparada imaginando los sinsentidos más inútiles. Fumaba en el balcón, miraba series de TV compulsivamente. Los Soprano, tres veces. Breaking Bad. Californication, Friends. Las tazas se acumulaban en el fregadero. No es que disfrutara del sabor a café o de la sensación del humo colándose en los pulmones, apenas lo notaba, se trataba de hacerlo, seguir la rutina. Peleas constantes con mi mujer, conmigo mismo. Estuve unos meses largos de otoño e invierno desempleado, fantaseando con irme de Madrid, huir a Buenos Aires. Ya eran diez años fuera del país. Los suficientes como para ya no ser de aquí ni de allá. Una nueva rotura de los ligamentos cruzados de la rodilla derecha. Las cosas fueron de mal en peor. A mi padre le diagnosticaron alzheimer y con mi hermana temíamos que mi madre terminase hundida cuidándole. ¿Qué coño es lo que había vuelto tan complicada a la vida?

Durante toda mi infancia y juventud me había esforzado por comprender, por cultivarme intelectualmente, ¿de qué servían Platón, Nietzsche o Schopenhauer?  Después de los 30 el tiempo había corrido más deprisa. Con 38, el tiempo ya no se encontraba con obstáculos, arrasaba con todo. Los días desaparecían a la velocidad de la pólvora. Antes de suspirar, llegarían los 40. Una puta mierda. ¿Qué quiero hacer?, ¿quién quiero ser?, ¿cómo quiero vivir?, ¿lo podré lograr?, ¿qué carajo hago?

Como cada cuatro años, el Mundial. Esta vez, para los argentinos, con el morbo añadido de que la sede fuera Brasil y entonces el sueño de ver a Messi levantando la copa en el Maracaná. El juego del equipo argentino frente a los bosnios, los iraníes y los nigerianos se destacó por la falta de rumbo. A la carencia de fútbol colectivo, la suplimos con el juego individual del 10 y las veces en que frotó la lámpara de Aladino. Desde que tenía 14 años, no había visto a la selección argentina clasificarse para las semifinales de un Mundial. Luego de un empate con Holanda, el arquero argentino atajó dos tiros en la tanda de penales y pasamos a la final. El rival otra vez Alemania, que venía de meterle siete goles al anfitrión Brasil, en una de las humillaciones más duras que sufrió un seleccionado sudamericano. Argentina tuvo oportunidades de vencer al combinado germano, pero al igual que 24 años antes caímos derrotados. La urgencia de gloria quedó pospuesta. Para la memoria futbolera quedaron tres hitos: la volea pifiada del Pipa Higuaín; la mala definición de Palacio por arriba del arquero alemán y la cara desencajada de Messi al ir a recoger la medalla por el segundo puesto.

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Memoria de los Mundiales (I)

Mi memoria de los Mundiales se entrelaza con hitos privados. En cada Mundial pasaron cosas significativas en mi vida o así lo veo ahora con esa plastilina que es la memoria. La arbitrariedad de los cuatrienios en una misma alfombra de tiempo.

Vaya por delante que a mí siempre me ha gustado mucho el fútbol, por épocas me ha apasionado. Durante la pubertad, asistí a una escuela de fútbol dirigida por un ex jugador de Independiente y a partir de allí siempre con ganas de jugar. En la primera infancia, es cierto, el fútbol no me interesaba. Tampoco venía en el pack de la cultura familiar. Mi padre no estuvo nunca en un estadio, ni gritó un gol, jamás jugamos a los pases en la plaza. Ni nos sentábamos a mirar las mejores jugadas de la fecha.

A mi viejo lo que le gustaba era leer. Llama a la puerta la vieja cantinela del fútbol y los intelectuales. Muchos de ellos lo desprecian y no entienden la excitación que despierta en las masas. Otros prefieren catalogarlo como un fenómeno propio de la sociedad del entretenimiento. Para éstos, el Mundial de Fútbol no es más que un espectáculo regido por las leyes de la mercadotecnia. Otros más románticos lo han definido como la máquina más aceitada de ficciones y entre ellas la de que todo un país se encuentra unido, más allá de sus clases sociales o conflictos internos, en torno a su seleccionado nacional.

También hay filósofos, pensadores, escritores, pro fútbol. Éstos suelen ser los peores, los más políticamente correctos y demagogos. Se salvan de la quema, los que antes de escribir sobre fútbol, lo practicaron.

En este junio de 2018 estoy viviendo mi undécimo Campeonato de la Fifa. Para los más despistados, Fifa es la organización internacional que gestiona el fútbol a nivel planetario. Lo que allí ordena y manda es el dinero, no la pelota. Han salido a la conquista del Este y todo indica que van con viento en popa. El negocio es boyante.

Mundiales

1978

Dos años. No tengo recuerdos directos. El Mundial se hizo en Argentina. Había una dictadura maldita. El seleccionado argentino se hizo con el triunfo final ante Holanda en medio de sospechas de partidos amañados. Los festejos, dicen hoy los organismos de derechos humanos, se entremezclaron con los gritos de dolor de los torturados y con el silencio de los desaparecidos. El ídolo fue Kempes, el Matador. Según me ha contado mi mamá, yo era un niño tranquilo criado entre personas mayores. Faltaba un año para que naciera mi hermana. Una tarde, según testimonio materno, descubrí la agresión. Tuve que enfrentarme a la superioridad física de un primo bastante más fuerte. Caí derrotado sin paliativos. A finales de los 70 no se hablaba de bullying. En un rapto de nostalgia, se podría agregar que el tiempo pasaba más lento. Mentira.

Kempes

1982

Seis años. Por cuestiones laborales de mi padre, nos trasladamos a vivir al norte del país. Salta, su ciudad natal. Anécdotas que reflejan mi extrañeza por ser el que llegó de la capital. Los porteños hablamos distinto, vestimos de otra forma, somos suaves de modales, «amariconados», según dijo uno, y soberbios. La guerra de las Malvinas. Las familias argentinas tejiendo medias de lana para los soldados. Colectas de tabletas de chocolate. El mundial se jugó en España. Todavía no me gustaba el fútbol pero en la pared de mi habitación puse una pegatina del Naranjito.

1986

Diez años. Mi abuelo salteño murió el día del padre, tercer domingo de junio. Me impresionó ver por primera vez llorando a mi papá. El mundial de México fue después de un terremoto en el DF. Maradona, Maradona y más Maradona. La mano de Dios. El gol imposible a los ingleses. ¿Revancha de la Guerra del Atlántico Sur? Las calles de la ciudad fueron una fiesta. El que no saltaba, era inglés. Esta vez, sin dictadura Argentina campeón. La película Héroes con Valeria Lynch cantando  “me das cada día más…alegría por el modo que tienes de amar…”. En un cuaderno Rivadavia de tapas duras, me dediqué a pegar recortes de revistas deportivas en las que aparecía Maradona. El fanatismo por el legendario 10, me condujo al acopio de imágenes. Diego posando junto a una Ferrari Testarossa pintada de negro, en una bañera llena de espuma, levantando la copa en el estadio Azteca, con un tapado de zorro en el aeropuerto Fiumicino. Saludando al Papa con sus rulos inflados.

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1990

Catorce años. Zapatillas blancas deportivas, colores flúor y estampados. Jogging de papel. Yo quería ser skater, pero sobre todo tener unas Reebok Classic, unas Nike Air Max o unas New Balance. La masturbación ocupaba una buena parte de mi tiempo. Frente al espejo del baño me explotaba los granos de la frente. Primer mundial reunido con los amigos del colegio. Maradona manteniendo la pelota en el aire a golpe de hombro antes de que Argentina, la vigente campeona, perdiese el partido inaugural contra Camerún. Maradona llorando en la final luego de la derrota ante la Alemania eficaz del máquina-total Lothar Matthäus. Aquel invierno, verano en Italia ’90, todos escuchábamos música techno. La variante house retumbaba en los parlantes de los boliches con onda. Lo más divertido era estar en la calle por la noche. Alejarse un poco del barrio para hacer excursiones urbanas.

1994

Dieciocho años. Con la aguja de tejer de mi abuela intentaba rascarme la pierna derecha escayolada. Mi primera gran lesión jugando: rotura de ligamento cruzado anterior. Me operó un tal Muguruza. Experto en poner caderas ortopédicas a las ancianas. La cicatriz en la rodilla derecha es aún hoy muy visible. Los amigos del cole vinieron a casa durante el mundial, como en el 90. Lo de las muletas era un incordio. Se me acalambraba la pierna de apoyo. La mayoría de nosotros teníamos el pelo largo, algunos, lo llevábamos grasiento. Durante la convalecencia, engordé 12 kilos. Era el último año de la secundaria y nos creíamos muy audaces. Los héroes del vino en tetrabrik. Yo parecía un Jim Morrison gordo. Aunque me han dicho cosas aún peores. No paraba de ir a recitales e intentaba curtir la contracultura rock. Una ingenuidad tierna, preciosa. El seleccionado albiceleste comenzó el mundial con todo. En el partido contra Grecia, Maradona, 34 años, hizo el tercer gol clavándola al ángulo. Luego llegaría el trágico control antidopaje y la detección de efedrina, un estimulante prohibido. Suspendido de la competición el Pelusa, terminamos el mundial llorando y viendo como en Estados Unidos fue Brasil la selección que levantó la copa.

1998

Veintidós años. Mi primer mundial con novia en serio. Argentina se enfrentó otra vez a los ingleses que buscaban revancha desde el Mundial del 86. Ganamos el partido por penales, lo cual es bastante similar a tener una amante por correspondencia o comer chocolate sin azúcar. Los puntos valen igual, pero no es lo mismo. Nos dejó afuera Holanda. Corría el minuto 89 de partido, cuando Bergkamp hizo un gran control y definió con displicencia. Como un cirujano bisturí en mano. Por aquellos meses, estaba en la mitad de mi carrera de abogacía. Muy diletante, disperso. Vago culposo. Lector compulsivo. Con ganas de viajar. Jugaba al fútbol los fines de semana. El campeonato del club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, el legendario G.E.B.A., rodeado de los bosques de Palermo, ganando y perdiendo partidos, pateando con los amigos. Tardes inolvidables, antes de que se acabará el siglo. La vida es buena.

Baires

2002

Veintiséis años. Uf. Momento cumbre en mi vida. Último año en Buenos Aires, preparativos para ir a estudiar a España…

CONTINUARÁ

El abrazo gestáltico

El abrazo gestáltico se diferencia de cualquier otro abrazo por su duración e intensidad. De hecho, cuando dos gestálticos se abrazan suelen mantenerse entrelazados un buen rato como si el mundo se detuviera en ese gesto, como si el resonar común de sus corazones se fundiera en la unidad primigenia. ¡Qué bonito! El abrazo gestáltico no tiene prisas, no busca cumplir con las buenas costumbres o la cortesía, no conoce protocolos. Ya desde el saludo, los gestálticos proclaman los principios fundamentales de su escuela: la escucha atenta del otro, la apertura emocional, la autenticidad en los sentimientos, el darse cuenta.

Ser gestáltico

En el momento en que un incauto interlocutor escucha aquello de: “soy terapeuta Gestalt”, en boca de un viejo compañero de la secundaria o en algún diálogo circunstancial con un desconocido, resultan muy curiosos de observar los primeros segundos de su reacción: un silencio incómodo, leve levantamiento  de cejas, sutil movimiento ascendente-descendente de la cabeza como asintiendo. (“Sí, claro, la Gestalt, hombre, es muy conocida”). El interlocutor aguarda perplejo alguna explicación suplementaria. El gestáltico accede finalmente a darla. Dice algo así: la Gestalt es una corriente dentro de la psicología humanista, nacida allá por los 50 en Estados Unidos como una revisión crítica del psicoanálisis freudiano.

Supongamos que la mención de “psicoanálisis”, “humanista” o “Estados Unidos” dentro de una misma frase tranquiliza, en parte, al interlocutor. Algo ha oído hablar, algo ha leído en internet, hay un amigo (¿o era el amigo de un amigo?) que una vez le dijo que había hecho terapia Gestalt.

No es suficiente para haber disipado todas las dudas. El interlocutor no está muy seguro de qué es la Gestalt pero se permite sospechar que, quizás, no sea una secta. No tiene gurú al que adorar ni tampoco practican sacrificios con gallinas. No hay rituales de iniciación, ni pirámides en miniatura. Sí es cierto que si alguien desprevenido observara por la mirilla de la puerta una sesión grupal de Gestalt podría asustarse.

Lo primero que llamaría su atención es que los gestálticos se reúnen en ronda y sin zapatos. No utilizan sillas sino que apoyan sus culos sobre cojines. Algunos practican la posición del loto, mientras que otros se desparraman por el suelo. En los trabajos grupales más intensos los gestálticos pueden llegar a levantar la voz, liberar al cuerpo del control de la mente, hacer ruido al inspirar-expirar aire o llorar (reír) de manera estruendosa. Los gestálticos bostezan y se desperezan sin pudor alguno. No visten uniforme ni túnicas pero entre ellos y ellas sí que abunda el chandal del Decathlon. En líneas generales, se podría decir que a los gestálticos no les interesa mucho la moda ni el aspecto exterior. Están en una búsqueda interior, en un camino de ampliación de la conciencia pero sin el LSD ni los psicotrópicos del hipismo años 60.

La mayor parte de la gente en España todavía se pregunta qué es la Gestalt y sucede  que en este país el desconocimiento de la terapia dispara un catálogo interminable de prejuicios ante ella.

– ¿En serio vas a terapia?

a) Ah, es que yo no le encuentro sentido a eso de ir y contarle todo a un desconocido.

b) Bueno, si yo tuviese algún problema serio preferiría hablarlo con mis colegas de toda la vida.

c) Es que la terapia no sirve para nada, ¿o acaso el terapeuta va a pagarte la hipoteca o conseguirte un trabajo?

d) Ah, yo una vez conocí al primo de un amigo del pueblo que iba a terapia. No veas lo perdido que está el pobre.

e) Pues a mí no engañan. No hay mejor terapia que la barra de un bar.

Práctica gestáltica

La práctica de la terapia gestáltica básicamente consiste en atender a otro ser humano de tal manera que le permita ser lo que realmente es.

La Gestalt se ocupa de los trastornos generados por nuestro rechazo a aceptar la responsabilidad de lo que somos y de lo que hacemos.

Fritz Perls, figura central entre sus iniciadores, creó un proceso de terapia que evita en lo posible los conceptos e interpretaciones. A diferencia del psicoanálisis, se busca llevar la atención a la conducta observable que constituye el fenómeno, en lugar de desarrollar conjeturas sobre los significados del discurso. En este sentido, la Gestalt  se ocupa más de la experiencia que del pensamiento y en ella cobran especial importancia las necesidades corporales y su satisfacción o bien los bloqueos que la impiden. Todo organismo busca satisfacer sus necesidades, para ello da y toma del medio ambiente.

Entre los propósitos de la terapia estará integrar las partes negadas de la personalidad, recuperar nuestra capacidad para la experiencia y nuestro funcionamiento rechazado.

Perls veía a la neurosis como el proceso de pérdida de la percepción y de la separación progresiva del potencial propio. De ahí que considerase que tendemos a apegarnos al pasado infeliz con el objetivo de evadirnos de la responsabilidad de lo que hacemos.

Fiarse de lo que pasa, dejar que ocurra, no empujar el río que fluye por sí mismo, son guías de inspiración provenientes de la filosofía oriental para la terapia gestáltica.  La confianza en el auto regulación del organismo es sinónimo de confianza en la espontaneidad, incluso una alusión al Tao como un curso de acción dictado por una profunda intuición antes que por la razón.

Durante la sesión, el terapeuta debe estar disponible para el paciente, empleando sus oídos y ojos para percibir lo que es obvio. A través de la percepción del cuerpo, el paciente puede descubrirse a sí mismo y la relación que mantiene con lo que le rodea.

Claudio Naranjo, otro de los referentes centrales de esta psicoterapia, ha sostenido que la Gestalt es un asunto de actitud, de estar en el mundo de cierta manera. Su rol no consiste en aplicar ciertas técnicas sino hacer que el paciente trabaje con ellas, a pesar de él mismo.

La vida es proceso y vivirla es todo lo que se necesita para mantener su flujo.

Basta con estar consciente. Para que se produzca un cambio no se necesita nada más que presencia, estar consciente y responsabilidad.

Bibliografía:

Peñarrubia, Círculo y Centro. El grupo gestáltico, Ediciones La Llave, Barcelona, 2014.

Perls, P. Baumgardner, Terapia Gestalt, Traducción de Victorino Pérez, Editorial Pax México, México D.F., 2ª edición, 2006.

Naranjo, La vieja y novísima Gestalt: Actitud y práctica de un experiencialismo ateórico, Traducción de Francisco Huneeus, Cuatro Vientos Editorial, Santiago de Chile, 11ª edición, 2011.

Experiencia

Un famoso boxeador de mis pagos, el inefable Ringo Bonavena, decía que la experiencia es un peine que te dan cuando ya te quedaste calvo.  También había otra frase por el estilo que la sabiduría popular inmortalizó en una pared: “cuando supimos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”. A lo largo de mi vida he tenido en muchas ocasiones la sensación de llegar tarde a las cosas porque todo discurre muy deprisa y yo soy lento.

Ringo-Bonavena

Decía mi madre ¡Ay Goyito, qué vueltero!, darle tantas vueltas a los temas lleva, en mi caso, a la neurosis. Ese punto de insatisfacción constante, la incomodidad que se produce por adelantar acontecimientos e imaginarlos antes que experimentarlos. La mecánica del deseo que se sostiene en la ficción de la promesa. Ahí está la trampa, se llama expectativa. Percibir el tiempo y el presente no como un don, sino como un obstáculo.

Los antiguos recomendaban no desear más que lo que uno ya tiene. El gran viaje de la vida comienza para el sabio precisamente en el lugar exacto en el que están sus pies plantados.

seneca

Después de los cuarenta años, los meses comienzan como suelen comenzar todos los meses, de manera completamente discreta y silenciosa. El tiempo se acumula sin presentar ninguna fisura, ni marca de fuego.

Carezco de ese orden interior que permite tomar conciencia del curso de la vida pero a lo largo de ella me he enterado de algunas cosas:

Lo que sé

La experiencia de ser padre, contacto con un orden superior, con lo más sagrado del amor.

El acto de escribir es ingrato y decepcionante. Truman Capote comparaba la publicación de un libro con la experiencia de sacar a un niño a un parque y dispararle en la cabeza.

Desconfío de los políticos de toda época y lugar. Me resultan igualmente vomitivos el cinismo de la derecha y la inanidad de la izquierda. Como decía Nicanor Parra, “la izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas”.

Artefactos, Parra, 1972

La tarea de las religiones siempre fue la misma, servir de consuelo a la humanidad que va directo al matadero.

La ironía se convierte en una frivolidad cuando uno abandona la juventud.

La solemnidad apesta como una cloaca.

La vida es fiebre de la materia. Un proceso incesante de descomposición y recomposición de moléculas.

Todo cambia y esto también pasará.

He visitado, cerca de Burdeos, la torre de piedra renacentista en la que Montaigne escribió sus Ensayos. Fue una tarde de júbilo. Al final de un largo camino de tierra, sentí la agitación de estar ante el paisaje perfecto.

Vi un atardecer desde lo alto de Primrose Hill en Londres. Empezó a llover a cántaros. No me importó en absoluto.

A los profesores universitarios de filosofía les vendría muy bien hacer terapia. Bajar un poquito el ego y deconstruir sus narcisismos.

Fui uno de los fundadores del Cineclub Bergman. Veíamos películas de Cassavetes en VHS y nos enamorábamos de Gena Rowlands. Las chicas incluidas.

 

Quiero cosas que nunca podré tener. La amistad de Mick Jagger, por ejemplo.

En la selva costarricense, cerca de Puerto Limón, vi a una hembra de perezoso caer desde la cima de un árbol inmenso.

Tenía casi veinte años cuando fotografié la tumba de Cortázar. He pasado en los cementerios algunos de los ratos más vibrantes de mi vida.

La poesía de Lou Reed, las melodías de David Bowie, la voz cascada de Tom Waits, los bailes del Indio Solari, la cadencia de Bob Marley.

Confieso que he gozado.

Lo que soy

Siempre me han fascinado las entrevistas. Hace muchos años la revista Vanity Fair creó el Cuestionario Proust. Es una buena estrategia para conocer a alguien, para definirse a uno mismo de forma concisa. Éstas son mis respuestas:

Cuestionario-de-Proust-en-Vanity-Fair

¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?

Viajar. Comer. Leer.

¿Cuál es su mayor miedo?

Morirme antes de tiempo, antes de haberme dado cuenta de lo que se trataba.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de sí mismo?

Ser miedoso, falto de confianza. Necesitado de elogio. Perezoso.

¿Cuál es el rasgo que menos le gusta de los demás?

La pedantería.

¿Quién es la persona viva que más admira?

Werner Herzog.

¿Cuál es su mayor extravagancia?

Haber tenido una colección de uñas, recortadas de los dedos de mis pies.

¿Cuál es su actual estado de ánimo?

Como dice una amiga, optimista contra todo pronóstico.

¿En qué ocasión miente?

En infinidad de ocasiones, sobre todo a mí mismo. Ahora mismo.  

¿Qué es lo que más le gusta de su apariencia?

Mi peinado bajo los efectos de la humedad de Buenos Aires.

¿Cuál es la cualidad que más le gusta en un hombre?

El sentido del humor.

¿Y en una mujer?

El poder de seducción.

¿Qué palabras o frases utiliza con demasiada frecuencia?

Fantástico. Genial.

 ¿Quién o qué ha sido el amor de su vida?

Mi hija.

¿Dónde y cuándo fue más feliz?

Descubriendo ciudades. Veraneando en Miramar. 

¿Qué talento le gustaría tener?

Ser políglota.

¿Qué cambiaría de sí mismo?

La poca tolerancia a la frustración. La tendencia a la procrastinación.

¿Cuál es su mayor logro?

Haber terminado la tesis doctoral.

Si muriese y pudiera reencarnarse, ¿qué sería?

Un gato. De ser posible, bajo la protección de una señora distinguida y dueña de un palacete en Praga o Florencia. Casi nada.  

¿Dónde le gustaría vivir?

En París, más cerca de mi hermana y su familia, pero con el clima de Madrid.

¿Cuál es su posesión más preciada?

Una caja de zapatos en la que guardo viejas cartas de amor, folletos de museos y entradas a recitales de rock a los que fui en los ’90.

¿Qué es para usted lo más profundo de la miseria?

De ahí ha salido buena parte de la mejor literatura.

¿Cuál es su ocupación preferida?

Charlar con Laura,  mi mujer.

¿Cuál es su característica más marcada?

La curiosidad.  

¿Qué es lo que más valora de sus amigos?

Que son buenas personas, talentosos y para colmo lindos.

¿Quiénes son sus escritores favoritos?

Es una lista larga: Lawrence Sterne, Joseph Roth, Borges, Saul Bellow, Javier Tomeo, Carrère, Coetze, Virginie Despentes, Franzen, Bolaño, Jorge Ibargüengoitia, Bryce Echenique.

¿Quién es su héroe más preciado de ficción?

El Quijote de la Mancha. Por lejos y muy por encima de cualquier otro.

¿Con qué figura histórica se identifica más?

George Orwell.

¿Quiénes son sus héroes en la vida real?

Es una heroína, se llama Viru. Luchadora incansable, muy valiente. Amiga de fierro.  

¿De qué es lo que más se arrepiente?

De haber procurado ser coherente.

¿Cómo le gustaría morir?

De viejo, mientras duermo.

¿Cuál es su lema?

Nitimur in vetitum (nos lanzamos hacia la prohibido). El mismo que tenía Nietzsche.

Yo machista

Si me estás leyendo, luego de haber visto semejante título, sospecho que éste ha atraído tu atención. Quizás te preguntes qué clase de energúmeno puede afirmar: yo machista. Así tan pancho, de manera tan abierta, sin pudores. Y encima soltarlo hoy, apenas pasadas unas horas del Día Internacional de la Mujer. Con los ecos aún latentes de la manifestación y huelga histórica de ayer, 8 de marzo de 2018.

Para colmo, con la que viene cayendo desde que existe el patriarcado: asesinatos de mujeres, desigualdades, violaciones, indiferencia, negación de derechos, falta de reconocimiento social e histórico y sigue una larga lista. ¿Quién diantres puede autodefinirse como machista? Ya sólo mencionar la palabra resulta de lo más chocante e inoportuno, como decir “soy racista”. Curiosamente, entrar en estos jardines de la incorrección política despierta el morbo, al menos el mío y quizás el de alguien más. Como si se abriese la mirilla para espiar al malo de la película. Al monstruo que habita en nuestros peores sueños, al desalmado. Al representante de un mal moral, al portador de una anomalía. Un machista es por definición un tipejo despreciable, desubicado, retrógrado, casposo. Una pobre antigualla. Alguien que puede ser violento, empleador de la fuerza bruta. Un potencial abusador de personas más débiles. Seguramente haya grados de machismo o escalafones. Coincidirás conmigo en que no es lo mismo un soldado raso que un teniente general, aunque ambos sean machistas. El primero suelta un piropo en la calle sin venir a cuento de nada, pero el segundo puede llegar a creer que su novia es una extensión de su propio cuerpo y hacer con ella lo que le venga en gana. Al primero habría que educarlo, amonestarlo, al segundo aplicarle el código penal.

Uso el “yo” y me preguntan: “Dios mío, ¿es esto autobiográfico?” No, bueno, no exactamente. En mi caso, se trata de una sensación como la de tener a Mr. Hyde en las entrañas y a doctor Jekyll haciendo lo que puede por ocultarlo. La famosa novela de Stevenson hacía referencia al trastorno disociativo de la identidad. Al final va a ser una cuestión de identidad, esa entelequia que tiene que ver con cada uno de nosotros aunque resulte muy complicada de definir: ¿Yo machista?

Me gustan las palabras, las quiero, paso tiempo con ellas, buscándolas, intentando ordenarlas, tratando de escribir algo, de comunicarlo y suelo pasarlo mal hablando directamente de las cosas. Se me ponen los pelos de punta con los nuevos principios de la comunicación: 140 caracteres, eslóganes, hashtags, lenguaje publicitario, síntesis, brevedad, efectismo, tuf, tuf, zasca, in your face. Estoy dando muchas vueltas, girando cual peonza. No he justificado aún el polémico título de estas líneas. ¿Quise generar impacto, un gancho publicitario para atraer lectores? ¿Soy realmente un machista o un simple provocador?

Urdimbre de identidad machista

Nací varón en Buenos Aires. Como otros muchos compas de generación y amigos de la infancia, vine al mundo en un hogar machista, mamé machismo. Nada grave para los ojos de la época. Un papá que no sabía hacerse un huevo frito ni encender la lavadora, que no levantaba la mesa ni fregaba los platos. Todo aquello eran cosas de mujeres. Los hombres de la casa, él y yo, estábamos para otras cosas, no sé, quedarnos sentados, gozar de nuestros privilegios, no desperdiciar el tiempo o la energía con tareas menores. Mi mamá o mi abuela tampoco es que fueran feministas. Básicamente, no había protestas ante este orden de cosas. Vivíamos con naturalidad, inconscientemente, inmersos en el  machismo.

Digamos que mi cerebro fue madurando en el caldo de una urdimbre machista, fui incorporando sutilmente estructuras organizadas en torno al poder masculino.

Siendo adolescente llegó el sexo. Mejor dicho, andaba por allí con la genitalidad y sus variables puramente mecánicas: se levanta, se sostiene y eyacula. También era importante el tamaño y así los penes grandes eran celebrados, fantaseados, envidiados, mientras que los penes pequeños eran motivo de escarnio en los vestuarios después del fútbol. Desde la lógica de este relato, el hacerme hombre no me dejó indemne.

 

¿Quieres saber las secuelas? Ahí van. Analfabetismo emocional, bloqueos, miedos, consolidación de la estupidez. Lustros de confundir de forma persistente el tocino con la velocidad, lo anatómico con el deseo.

 

Muchos de nosotros además somos hijos o nietos de un porno falocéntrico. Una pésima escuela para esculpirnos como seres sexuados. Somos, claro está, responsables de toda esa parafernalia de sandeces en torno a la adoración de la polla y el coito. Hemos construido un imaginario sexual paupérrimo en el que el prevalece la figura del follador eficiente.

 

Una grieta en el muro del patriarcado

Visto en perspectiva, hubiese preferido otra melodía y no el ruido de esta fábrica. Así he salido yo, qué se le va a hacer. Es mi historia vital. Donde no hubo, no hay. ¿O sí? ¿Puede alguien criado en el machismo librarse de él? ¿En qué medida? ¿Llegaré algún día a ser feminista? ¿Hay razones de peso (biológicas, culturales, sociales, ideológicas) que me lo impidan?

Por suerte la vida siguió, los cambios y transformaciones nos acompañan hasta el final, hasta la última mutación, esa que va de lo vivo a lo muerto. Mientras tanto, siempre hay esperanza.

Casarme, por ejemplo, fue genial. He aprendido un montón de cosas de ella. Me viene empujando hacia lugares a los que no hubiese llegado solo. ¿Y mi hija? Otro tanto. Acompañarla en su día a día. Desde el primer biberón que le di y que me llevó a sentir que la estaba amamantando, al ejercicio cotidiano de la ternura y el cuidado. Caminar juntos de la mano, volviendo del cole.

Rodeado por dos mujeres, fue creciendo mi amplitud de miras, hasta convertirse el ámbito de lo doméstico-familiar, incluso el espacio de la cocina, en mi hábitat. No es para que nadie me cuelgue una medalla, pero he aprendido a cocinar, a doblar la ropa sin que queden arrugas, a enfrentar fantasmas de la mitología patriarcal. El truco consiste en haber reconocido en mi propia historia los puntos ciegos, las partes menos desarrolladas, los prejuicios machistas. ¿Qué no es suficiente para tirar abajo el patriarcado? Claro que no, pero ahí vamos. Sigo interpelándome, no estoy satisfecho.

 

Mi padre murió en 2016 y me llevaba cuarenta años. En ocasiones cuando pienso en él y en su modelo de masculinidad es como si retrocediera un siglo. Pasó muy poco tiempo y sin embargo ya no puedo identificarme con él en estos aspectos. Sigo en proceso de transformación, aprendiendo a expresar emociones, manteniendo a raya a Mr. Hyde, aumentando el músculo de la empatía.

¿Qué si soy machista? Soy un animal no acabado de hacer. Principiante en la nueva cultura que busca reemplazar a lo viejo.