Pedalear, amar, vivir

Pedalear, amar y vivir es lo que hizo antes de morir. Infinidad de cosas más también, pero cuando la enfermedad fue avanzando y no pudo seguir en el trabajo del hostal, se dedicó con toda la energía disponible a dar largos paseos en bicicleta, a amar a los que le rodeaban, sobre todo a su hijo Tomás, y a vivir en los instantes, ocupando plenamente los minutos y las horas. Como si en cada una de estas medidas del tiempo, por fin hubiese encontrado el más valioso tesoro. Ese que no solemos ver, ocupados con nuestras prisas, ansiedades o frustraciones cotidianas.

Pedalear

En cuestión de pocos meses, nos hicimos íntimos. Nos unió la bicicleta y su hermano Matías, ex compañero mío del cole y buen amigo desde la adolescencia. Él nos puso en contacto. Un día le llamé. Quedamos para andar en bici.

A partir de ahí, los martes se pasaba por casa a buscarme bien temprano, en pleno invierno, y hacíamos casi siempre la misma ruta. Salida desde Embajadores hacia el Pasillo Verde, luego un par de km por Madrid Río hasta a la Casa de Campo para perdernos allí adentro. Una hora, una hora y media.

La primera vez que salimos a dar una vuelta, me impresionó su  estado atlético. Piernas duras como cedros, flexibles como juncos, culo de ciclista. Ni un gramo de grasa acumulada. La espalda recta. Le pregunté si competía. Lanzó una carcajada.

Una mañana, subimos al cerro Garabitas, 677 metros de cota. A mitad de trayecto, yo iba con la lengua afuera, sudado como un pollo, y él iba relajado, sin despeinarse, disfrutando del aire helado.

Rodolfo era un ciclista apasionado, fanático. Había hecho cientos de kilómetros por distintas partes de España, de Europa. Estudiaba los itinerarios hasta el más mínimo  detalle. Al controlar temas de informática y comunicación, se volcaba en el diseño de sus viajes como si fueran piezas de ingeniería. Anduvo con la bici por la montaña, la sierra, la costa, Cataluña, el País Vasco. Un viaje muy especial con su hijo, llevando mochila y acampando. Recorrió toda la Comunidad de Madrid, cientos de rutas inverosímiles. Como aquellas que hacía para llegar hasta un Ikea, rodeado de autopistas y polígonos gigantes o en las que se topaba con ruinas de los romanos y de la Guerra Civil en una misma colina.

Rodolfo ríe y sigue pedaleando. Pausadamente, constantemente. Guardando un plus de energía para las cuestas. El sol apenas empieza a asomar. Cuenta chistes. Le gusta charlar.

Sabía un huevo de cosas, pero no alardeaba. Era de perfil bajo. Podía ser bastante irónico, se reía de sí mismo. Hablábamos mucho de la conciencia, del volverse uno mismo, del sostener el vacío, del sentido del tiempo, de la crisis de los 40.

Hablábamos mucho de nuestros hijos y también de chorradas, anécdotas de la Buenos Aires de hace 20 años o cosas curiosas de nuestro Lavapiés.

Recuerdo su entusiasmo vital en contraste con mi tono más apagado, melancólico. Ahora me doy cuenta que quise contagiarme de su alegría. Yo fui testigo de cómo convirtió sus días en disfrute pleno y ocupó plenamente el presente. Arriba de la bicicleta, Rodolfo fue inmensamente feliz.

Amar

Rodo fue perdiendo la salud gradualmente, los dolores en la columna fueron siendo más intensos a medida que el cáncer se esparcía. A su hijo le habló de una mancha en el cuerpo, como la del petróleo en el mar, difícil de sacar.

Llegó una tarde, muy triste para él, en el que la oncóloga le impidió seguir montando en bici.  Como era de esas personas que procuran tranquilizar a sus allegados en lugar de preocuparles, nos dijo: “queda suspendida un tiempito, hasta que el dolor de la espalda remita un poco”. Yo no me imaginaba a Rodolfo sin su bici –su amado medio de transporte, su vehículo del placer- pero él le quitaba hierro al asunto. Por lo menos, decía, puedo seguir yendo a pie para buscar a Tomi.

Si había desesperación en su corazón, yo no lo sé. Era reservado en ese aspecto. Desde luego, no era de los que les gusta regodearse en el dolor, ni tomar el centro de la conversación generando pena o lástima. Los médicos, me comentaba él, no son del todo claros a la hora de explicar la eficacia del tratamiento. Ante estas opacidades, Rodolfo decidió aferrarse a la idea de que había esperanza. Mientras hubiese vida, él seguiría viviendo.

Su vida se volvió esencial, no accesoria. Empezó a vibrar en alta frecuencia, emprendió un camino profundo de introspección, se abrió al amor. A la aceptación de su historia, de sus decisiones, de lo que el presente tenía para él. Se dedicó a su familia, a la cura de la enfermedad, a amar lo que le rodeaba. Desde la posibilidad de un desayuno, sin velocidad, al don de permitirse una conversación lenta.

Cuando lo ayudé con la mudanza de piso, supe de primera mano lo que es el minimalismo. Aquello parecía la sala de meditación de un budista zen. Lo único que ocupaba espacio eran dos bicicletas. El resto eran tres pares de zapatillas, uno de zapatos, un edredón, algo de ropa, unos pocos complementos de ciclista, dos libros, un cuaderno, un ordenador, un boli, un edredón, unos cables. En la cocina, había distintas variedades de semillas y otros producto típicos del herbolario. Me ofreció una colección de The Wire en DVD que estaba sobre la mesa del salón. Pensaba yo en mi biblioteca, en mi colección de cds que no escucho, en los kilos de recortes de diario que guardo en carpetas y en la cantidad de cosas inútiles que almaceno. Acepté encantado su regalo.

Vivir

El desapego de lo superfluo, la concentración de la energía en lo que hay, el habitar enteramente en el hoy. Rodolfo fue recogiendo en un blog breves reflexiones, poemas, algunas fotos. El último post publicado fue justo antes de la navidad:

Nunca imaginé lo que me depararía el viaje a Argentina… Entrega, compañía, ternura, abrazos, rezos y mucho amor. Toda la familia reunida, físicamente o no, alrededor de una cama, sosteniéndome la mano. Y un sentimiento de amor y agradecimiento más fuerte que el dolor de mi espalda. Y el dolor compartido, se sobrelleva mejor.

Arriba del texto, aparecía la imagen de una cama en la casa de su madre.

Rodolfo viajó a Buenos Aires y allí tuvo que guardar reposo, porque al poco tiempo de llegar comenzó a dolerle la espalda de manera muy intensa. Resultaba complicado dar con el analgésico adecuado. La vuelta a España fue un suplicio. Acompañado de su mujer y su hijo, logró llegar al Aeropuerto de Barajas para luego ir directo al hospital en ambulancia. Pudo reunir al cabo de unos días a los suyos y allí estuvieron todos alrededor de la cama: su madre, su padre, su hermano, sus hermanas, su familia, su mujer y su hijo. La habitación era amplia, iluminada, el alféizar de la ventana estaba lleno de juguetes de Tomi.

A pesar de todos sus esfuerzos, de su valentía, de su empuje por vivir, Rodo se estaba apagando. El cáncer se había disparado.

La última vez que charlé con él, seguía haciendo planes, deseando que le den el alta para recuperarse y volver a salir en bici. Retomar su cotidianeidad, su hijo, su trabajo, los amigos. Le acompañé al baño y sentí que su cuerpo temblaba como una hoja. Al salir del hospital lloré durante todo el trayecto hacia mi casa.

El viernes 12 de enero de 2018, pasadas las 8 de la mañana, Rodo murió. Me gusta imaginar que se fue pedaleando hasta el cielo. Matías, su hermano, luego me contaría que estuvieron agarrados de la mano durante toda la última noche.

No estuvo solo en ningún momento. Rodeado de amor y dando amor. Cuando lo recuerdo, me invade una sensación dulce, me siento un privilegiado por la amistad que compartimos. Me enseñó, y no con palabras, el fulgor de estar vivo.

A Rodolfo Franco (12/12/1975-12/01/2018), in memoriam.

Hombres, el arma entre las piernas

¿Andamos los hombres con el arma entre las piernas?, ¿Somos todos los hombres potenciales abusadores o violadores?, ¿Poseemos una naturaleza sexual agresiva, monstruosa?

La lacra social de la violencia machista y la desigualdad entre mujeres y hombres ocupa un lugar cada vez más relevante entre las preocupaciones sociales, al menos si nos atenemos a lo que se está diciendo en los medios de comunicación, lo que circula por las redes y lo que se está discutiendo en esa entelequia que denominamos la opinión pública. Nos equivocaríamos si creyésemos que por estar estos temas actualmente en el candelero se aproximan cambios o transformaciones en lo sustancial, más bien deberíamos desconfiar de la velocidad con la que unas noticias reemplazan a otras y con la falta de matices y reflexión que caracterizan a muchas de las “campañas de concientización” o a los mecanismos que se ponen en marcha con los linchamientos mediáticos.

Me consta que es muy complicado mantener el equilibrio entre el análisis de la actualidad, la intervención inmediata en los asuntos y la reflexión un poco más profunda, pero aspiro a que el exceso de dramáticas novedades no sepulte lo importante: la conciencia de qué tareas tenemos pendientes. En primer lugar, los hombres con nosotros mismos, en segundo lugar, con respecto a nuestras formas de relacionarnos con los demás y en particular con las mujeres.

Todo pasa con excesiva rapidez y mientras estamos digiriendo el impacto que produce saber que una chica ha sido violada por cinco energúmenos, aparecen nuevas revelaciones de actrices de Hollywood que se vieron sometidas a los apetitos sexuales desbocados de un productor de cine. Sin pausa, seguimos registrando incontables actos de violencia, algunos enormes, atroces. Una mujer mayor es asesinada por su marido después de cuarenta y cinco años de casados, una más joven recibe una paliza brutal por parte de su ex pareja, la policía descubre en un prostíbulo a varias decenas de mujeres que malviven como esclavas sexuales, una adolescente padece el acoso de las miradas masculinas en la calle o en el trabajo por llevar una determinada prenda de ropa. En todos los casos, se repite un mismo patrón: el género del victimario es siempre masculino y el género de la víctima es siempre femenino.

Surgen preguntas, hay necesidad de establecer responsabilidades, queremos castigar a los culpables. ¿Cómo lo hacemos?

La culpa de la violencia es de todos los hombres

En los muros de Facebook o a través de cadenas de whatsapp, he visto como se viene alimentando de manera pueril, y a partir de simplificaciones, la idea de que todos los hombres  -por el simple hecho de ser hombres- somos potenciales violadores, abusadores, acosadores o asesinos de mujeres. En otro mensaje, que circuló bastante por la web, se instaba a que todos los hombres manifestáramos nuestra vergüenza de ser hombres a raíz de la violación que un grupo había cometido durante las fiestas en Pamplona de los Sanfermines.

Una buena amiga, a propósito de la campaña que se lanzó en apoyo de la víctima de dicha violación, #yotecreo, se preguntaba, hace unas semanas en un post: “¿por qué los hombres no espabilan y viralizan un #losiento, un #somosunosmierdas?…¿Por qué no os da la gana daros cuenta de que prácticamente cada pequeño detalle de vuestra cultura, de vuestra cotidianidad, está impregnado de basura patriarcal?…¿Por qué no os sentís interpelados, no digamos ya responsables? ¿Por qué tenemos que educaros y hacer pedagogía constante cuando tenemos cosas mucho mejores que hacer? ¿Por qué somos nosotras las exageradas, las agresivas, las radicales, las que odiamos a los hombres? ¿Cómo tenéis la cara de no odiaros vosotros también?”

Ante un planteamiento semejante, yo sólo puedo responder por mí y no en representación del resto de los hombres.

Yo estoy aquí, sé más o menos bien quien soy, qué pienso del patriarcado y de la explotación capitalista, qué hago y qué no, cómo trato a mi hija, a mi mujer, a mi madre, a mis amigas, a mis vecinas, a las mujeres con las que me relaciono o con las que me cruzo por la vida. ¿Creo yo que la sociedad le debe una explicación a las mujeres que han sido víctimas de la violencia machista? Sí, lo creo. ¿Tiene este país alguna deuda histórica a causa de la ingente cantidad de malos tratos que las mujeres han recibido y reciben? Sí, lo tiene. Pero, ¿me siento culpable o responsable como hombre de las violencias que se ejercen contra las mujeres? No, en absoluto.

Tengo responsabilidad como ciudadano, tengo deberes cívicos, compromisos políticos, luchas invisibles por vivir colectivamente de manera más decente, sin embargo no siento una responsabilidad moral por las circunstancias – como la desigualdad entre mujeres y hombres o la erradicación de los abusos machistas de poder- que intento mejorar en el día a día.

No soy parte de ningún ente colectivo que se llame Hombres Patriarcales y Opresores o Machos como los de antes. Y es por eso que no quiero que me pongan en el mismo saco con otros hombres -retrógrados, cavernícolas, violentos- simplemente porque comparta con ellos el tener un pene y dos testículos.

Si bien como colectivo a los hombres nos vendría muy bien derrumbar un modelo masculino coital, falocéntrico y eyaculatorio, eso no significa que nuestra sexualidad sea sinónimo de agresividad, salvajismo o monstruosidad.

El arma, obviamente, no está entre nuestras piernas como así tampoco la violencia anida en nuestro ADN. Se trata más bien de una cultura en la que nos hemos desarrollado a partir del fomento de la banalidad, la ausencia de búsqueda del sentido y el empobrecimiento del erotismo.

Vivimos en un medio en el que todo parece orquestado para que no nos detengamos en nada ni nos comprometamos con nadie. Aturdidos con tanto ruido mediático y arrastrados por la corriente comunicacional instantánea, no estamos pudiendo comunicarnos bien ni encontrarnos en un frente común con las mujeres. Necesitamos, sin dudas, de ellas para el desarrollo de nuestras potencialidades.

Convendría no perder de vista que también los hombres pueden llegar a desarrollar una sexualidad madura, enriquecida, amorosa y todo ello sin renunciar a ser hombres o sentirse avergonzados de serlo.

Homens. Círculo de Hombres

A mediados de mayo del 17 arrancamos, junto con Antonio Capa, un proyecto por largo tiempo amasado: Homens.

¿Cómo definirlo?

Todavía estamos dándole vueltas a eso que venimos haciendo dos martes al mes y que no termina de corresponder con las etiquetas: ¿un grupo de hombres?, ¿hombres reunidos conectando con sus emociones?, ¿hombres en la búsqueda de nuevos modelos de masculinidad?

En el comienzo de este proyecto, Antonio y yo, nos topamos con la sensación de que como hombres nos sentimos muchas veces perdidos, desorientados, cabreados ante lo que pretendemos/suponemos/creemos/ que un hombre debe ser.

¿Cómo debe ser un hombre?

Un hombre es y en principio no hay razón para que sea algo diferente a lo que es, sin embargo sabemos que desde la niñez primero la familia y luego la sociedad generan modelos o ideales de hombría y masculinidad. Así es como en nuestro desarrollo vamos fijando una serie de comportamientos, apetencias, atributos o preferencias que nos alejan de nuestro verdadero ser pero que nos permiten encajar en los moldes establecidos.

Al menos para la generación a la que pertenezco, los nacidos allá por los años 70, la entrada al club de la hombría, de la masculinidad, estaba vinculada con un conjunto de reglas no escritas pero sí de estricto cumplimiento:

  • Los niños no lloran.
  • No visten de rosa ni juegan con muñecas, bebés o cocinitas.
  • No usan el pelo largo, ni faldas o vestidos.
  • No levantan la mesa ni lavan los platos.
  • Le gustan las nenas pero sólo juegan con otros nenes a juegos de nenes.

Ya más creciditos en edad, se iban sumando nuevas pautas:

  • Ser caballeros: dejar pasar a las damas primero, abrirles la puerta, pagarles la cena o la entrada al cine. Son las reglas de la galantería.
  • Ser fuertes: física y mentalmente para destacar en los deportes o en cualquier otro tipo de actividad semejante.
  • Ser machos: cortejar a la hembra y sin complejos lanzarse a su conquista.
  • Sacar pecho ante las adversidades o ante el enemigo, tal como lo harían los gladiadores, los soldados, los príncipes valientes que en los cuentos se enfrentan a dragones.
  • Ser mentales: no dejarse guiar por las emociones.
  • Ser sostén económico: el padre de familia que abastece las necesidades de su prole y de su esposa.

El modelo del hombre del patriarcado

Sobrevolando estos ideales de masculinidad, aparece la bandera de la autosuficiencia: el hombre no necesita la ayuda de nadie ni comparte con nadie lo que le pasa. Tampoco crea demasiados vínculos de afecto porque está abocado a la competencia y a ser un triunfador. Se desconecta, pasa de todo, aguanta lo que le echen encima. Es pragmático y resolutivo.

Gracias a las luchas de los feminismos y a otros factores en los que no vamos a entrar aquí, esta matriz educativa y social patriarcal, esta fábrica de machos en serie, ha entrado en declive. Aunque aún quede mucha tarea de desmantelamiento, de denuncia y de recuento de los daños. Éste resulta particularmente difícil por la cantidad y variedad de destrozos que el patriarcado ha generado. Entre los más evidentes está, sin lugar a dudas, el hecho de que las mujeres son, por una parte, víctimas directas de la violencia machista en sus variadas formas (físicas, materiales y simbólicas) y, por otra parte, tienen un acceso mucho más dificultoso a los niveles altos de la escala salarial, a los puestos jerárquicos del poder político o del tejido económico. Múltiples son también las formas de explotación y atropello de la dignidad a las que están sometidas miles de mujeres, como así también son muchas las que padecen expresiones más sutiles, pero igualmente injustas, de un trato desigualitario e inequitativo.

La trama del patriarcado nos envuelve a todos y es consustancial al desarrollo exponencial del capitalismo en el mundo. Una mentalidad que se caracteriza por su violencia, desmesura, voracidad, afán de riqueza y destrucción. El ego, acaparador, insensible se expande como la pólvora, impregna a la cultura, educa. El individualismo radical del “salvase quien pueda” como principio que guía toda acción.

El modelo de hombre que genera el patriarcado, egoísta y destructor, está siendo revisado desde muchas perspectivas críticas y sensibilidades. Una voz como la de Claudio Naranjo se ha referido al ego patrístico como un complejo de violencia, conciencia insular y pérdida de contacto con una identidad más profunda.

Así las cosas, no todo está perdido y más vale encender una vela que maldecir la oscuridad.

A la búsqueda de nosotros mismos

Los hombres que rechacen o estén incómodos con el disfraz del modelo patriarcal, tienen la oportunidad de quitárselo. Lo primero es ser conscientes del daño que nos produce y que produce, ya que los hombres también somos víctimas del patriarcado y podemos ser agentes de cambio.

Se trata de ir encontrando fórmulas, estrategias de transformación de lo más próximo y personal: la manera de relacionarnos con nosotros mismos, con la familia, con la pareja, con los hijos, con los padres, con los amigos o la forma de gestionar lo doméstico. Con empeño y trabajo de hormiga, se pueden ir incluyendo otros ámbitos de actuación: lo vecinal, lo comunitario, lo político.

Nadie dice que sea fácil, el camino del auto conocimiento y la transformación suele estar lleno de malas noticias. En su recorrido, quizás nos vayamos percatando de que no somos tan maravillosos como creíamos ser, ni tan fuertes o poderosos, pero a cambio podemos volvernos más reales.

Las mujeres nos llevan la delantera en esto. Desde hace tiempo, muchas de ellas -varias generaciones- se organizan, se reúnen, se encuentran, crean redes para el conocimiento mutuo, el trabajo con las emociones, los círculos de apoyo. Crean, así, espacios de confianza y seguridad. Desde allí crean cultura, ética del cuidado, modos de aunar la razón con lo sentimental y lo instintivo.

Aprovechemos la experiencia de nuestras maestras, las mujeres, atrevámonos como hombres a madurar nuestra parte amorosa, tierna, a reconocer nuestra vulnerabilidad, a conectar con nuestras emociones y a responsabilizarnos de nuestras propias vidas.

Abrámonos a la posibilidad de ser nosotros mismos sin tantos miedos, conscientes de las heridas internas pero en la búsqueda del poder amoroso que nos constituye.

Amistad

Para hablar de la amistad me gustaría sacarme el sombrero que no llevo, ponerme de pie, subir a un escenario para dar un discurso grave, definitivo. Tal es el peso que tiene para mí la amistad, pero ¿qué es lo que define a una amistad? ¿a qué tipo de vínculo se refiere?

 

Amistad como lo sagrado

Suena amistad en mi cabeza con reminiscencias de algo sagrado. Única en su especie, personalísima, arbitraria, inexplicable. La amistad no se parece más que a sí misma. Guarda siempre algo de misterio, de inefable. Yo no tengo ni idea qué me unió, qué me une, a Ale (alias el Canicio), al Negro, Javo, Fran, Huans, Larva, Fefo, Viruta, Rama, Marvo, Fekia, Lea, Sheiko, Tibi o Reimon. De ellos aprendí cosas que hoy forman parte de mi identidad. Uno me hizo abrazar a la música y la pintura, otro al teatro, otro al cine, al fútbol. Con alguno de ellos he viajado por la Patagonia, he llegado a los Campos Eliseos por primera vez, que estaban cubiertos de nieve, he compartido el inodoro. Esos amigos, los amigos. Casi sin darnos cuenta.

Hemos enterrado a nuestros muertos, hemos tumbado el mundo y lo hemos vuelto a levantar. Hemos discutido de política, hemos ido envejeciendo mientras el cenicero se llenaba de colillas y el país seguía en un eterno retorno. Nos hemos reído una y otra vez de los mismos chistes, de las mismas anécdotas. Nos hemos mandado a la mierda.

La primera borrachera, la adrenalina de los recitales, la pasión por las cosas raras, las caminatas interminables de madrugada.

Pienso en amistad y aparece la fe a prueba de balas en un puñado de personas. Creo más en ellos que en Dios y en esta religión de la amistad soy un practicante convencido.

Entre los amigos cada uno es hijo de su padre y de su madre, pero compartimos una cierta manera de estar en la vida. Intraducible a principios. Alguna vez nos inventamos aquello de “los códigos de la vieja guardia”, pero luego resultó que ninguno sabía a ciencia cierta en qué consistía aquello. De lo que se trataba era de no romper dichos códigos y aunque nunca hayan sido expresados de forma manifiesta lo cierto es que nunca se han vulnerado. Nadie se quedó con la novia de otro, nunca uno de los nuestros fue abandonado borracho y perdido en una discoteca.

Amistad como “el otro yo”

Habiendo cumplido con algunos amigos el vigésimo quinto aniversario, se confunde el que soy con ellos. Me veo abriendo el cartón de leche igual que uno de ellos, torciendo la boca de la misma manera, emocionándonos con las mismas películas, queriendo ir de viaje a los mismos lugares.

Mis amigos me gustan, me parecen los más graciosos, los más guapos de la reunión, los más valientes para cavar una trinchera y esperar juntos al enemigo. Supongo que la amistad guarda cierto parecido con la atracción erótica pero contiene otros ingredientes. Quiero que mis amigos me vean bien, gustarles pero no tengo que impostar o simular nada. Presumo de ellos y sus logros los hago míos. Me hace feliz cuando dos amigos míos de diferente procedencia se hacen amigos entre sí.

Los amigos de verdad, dicen, se cuentan con los dedos de una mano. ¿Y qué pasa con los que quedan fuera? ¿Son como amigos del Facebook? ¿Utilizamos la misma palabra de amistad para hablar de cosas diferentes?

Hay tanta variedad de amigos y clasificaciones posibles: los de toda la vida, los del cole, los de la uni, los del trabajo, los amigos para salir de juerga, los amigos para hacer deporte, los amigos que te escuchan, los que sólo te llaman cuando están mal. En todos ellos algo mío y viceversa. Como las piezas de un puzzle que generan mi propia imagen.

Dicen que los grandes amigos se hacen antes de los treinta. Yo he tenido la suerte tremenda de seguir cosechando amistades en la última década.

Amistad como antídoto contra la muerte

Siempre con la nostalgia pisándome los talones, se me ocurrió vivir lejos de los viejos amigos. Con eso, aunque sin pretenderlo, sometí a las amistades al examen de los reencuentros: ¿seguirá queriéndome X después de tantos meses sin hablar, sin vernos? ¿me habré vuelto un extraño ante los ojos de Y?

Las fantasías se disipan al vernos. No nos hace falta más. Se descartan maratónicas charlas para ponernos al día. La confianza permanece y se burla del tiempo transcurrido.

He saboreado momentos de amistad en las que no ha ocurrido nada pero en los que he llegado a sentir que ganaba la lucha contra el tiempo que no es otra que la lucha contra la muerte y lo irreparable. De lo ya vivido con los amigos, me quedo con el aburrimiento, con la presencia muda en esas tardes en que nos juntábamos cuando éramos chicos para no hacer nada o bien para hacer algo que tenía un carácter secundario. Esas jornadas de resistencia heroica ante el insistente soborno que nos quería imponer la idea de futuro. Lo ya vivido, con los amigos, no se lo puede llevar ni la muerte.

Nuevas masculinidades

Se ha puesto de moda hablar sobre nuevas masculinidades y sobre la necesidad de una revolución masculina que nos saque a los hombres de los rígidos patrones con los que hemos sido educados y con los que hemos ido aprendiendo (o no)  a expresarnos sentimentalmente. La manera en que nos hemos convertido en hombres, estilo “macho”, supone un lastre considerable para el autoconocimiento y el manejo de las emociones. También queda tocada nuestra capacidad responder a según qué  demandas, problemas o desafíos.

La buena noticia es que somos cada vez más los hombres que tomamos conciencia de nuestras heridas, de nuestras limitaciones. La mala noticia es que estamos bastante aislados y desorientados.

Por momentos, yo mismo me he sentido acorralado por los diferentes matices de mi personalidad. Me gusta reunirme con amigos para ver el fútbol, beber y blasfemar, tanto como estar con mi hija, cocinar o charlar con mi mujer. En el primer caso, estaría supuestamente dando rienda suelta a una parte “macho” de mi yo –banalidad, exceso, transgresión-, mientras que en el segundo caso me estaría dejando llevar por una parte más femenina o “afeminada” –cuidado, atención, diálogo-. Recuerdo a una chica que como elogio me dijo una vez: “tenés tu parte femenina muy desarrollada, nunca me había sentado tan escuchada por un hombre”.

No sé de dónde salen estos malos entendidos, ni como se ha llegado a montar una clasificación fiable para distinguir entre conductas o actividades propias de los hombres y de las mujeres. ¿Es la cultura o la naturaleza la que determina  los rasgos que identifican lo masculino y lo femenino?

Se puede citar aquel experimento con treinta ejemplares de monos Rhesus, machos y hembras, que tenían que escoger entre coches y muñecas y el resultado fue que los primeros eligieron los vehículos, mientras que las segundas se quedaron con las muñecas.

Así a bote pronto, tengo la sensación de que en general las mujeres se conocen más a sí mismas, fluyen mejor con sus emociones y se abren a compartir con otras mujeres cuestiones vitales para ellas tales como la sexualidad, el trabajo, las presiones sociales, los roles familiares, lo común, la cooperación. Los feminismos y el colectivo LGTBI han hecho mucho en este terreno y hace rato que tienen claras las razones por las que luchan, las reivindicaciones pendientes y los obstáculos a sortear.  Cuentan además con espacios de encuentro y canales de comunicación por los que lucharon, que están vivos, que siguen desarrollándose.

Vieja masculinidad

El ideal de hombre con el que yo fui criado responde de manera patente a lo que se denomina una matriz patriarcal y machista.

En casa, papá trabajaba y mamá era ama de casa. Papá era el que suministraba el dinero y Mamá se encargaba de las cosas de la casa. Papá gritaba y mamá guardaba silencio. Papá se enojaba y todos temblábamos.

Mi papá era conservador en lo que respecta a los deberes familiares y su lugar como jefe resultaba inexpugnable. Asumió la responsabilidad de ser sostén económico de la familia a rajatabla y jamás lavó un plato, recogió la mesa o se hizo un huevo frito. Estaba acostumbrado a que lo atiendan y se salió con la suya.

Había venido de Salta, en el norte de la Argentina, a la gran ciudad cargado de una tradición machista decimonónica que sólo abandonó parcialmente y hacia el final de sus días. Tuvo a mi madre como cable a tierra, como refugio ante sus propias tempestades emocionales.

No hablaba de sentimientos con mi padre, si él me preguntaba qué tal estaba y yo le respondía que bien. Y hasta ahí llegábamos.

Absorbí, de una manera u otra, ese modelo machista caballeresco con sus cualidades prescritas: la fuerza, el valor, el honor, el coraje, la templanza y lo que se rechazaba: la debilidad, la cobardía, el deshonor.

Cuando iba al cine con mi viejo, veíamos exclusivamente a petición mía las películas de Sylvester Stallone, Bruce Willis y Schwarzenegger. Dos de ellos siempre con el torso desnudo musculado disparando con un arma de guerra a todo lo que se menea, el otro imperturbable ante el máximo peligro y ajeno a cualquier sentimiento que no sea la soberbia.

No se trata de ajustar cuentas con mi padre; él hizo lo que pudo, era del 36, de provincias, con un padre nacido en el siglo XIX. Formó parte de una época, con sus contradicciones, como todas.

El imaginario caballeresco funcionó durante siglos, el hombre encarnando al guerrero que enfrenta al dragón, o a otro hombre, para conquistar el corazón de una doncella. Si su hombría prevalece, el caballero estará a la altura del dictado de su naturaleza o de un férreo código de conducta que ha adoptado. Si actúa como un  valiente, recibirá por recompensa el amor femenino.

Sobre otras cosas que pueden estar en juego, el guerrero se sentirá particularmente gratificado si obtiene la aprobación, no importa si fantaseada o implícita  de su mamá. “¡Mamá esté orgullosa de su niño, ya convertido en hombre!”.

Sí, mamá, la primera mujer en la vida de cada hombre y a la que busca agradar, seducir, reproduciendo un modelo. La misma madre que repite en un bucle trans histórico al niño-caballero: “no pegues a la niña, protégela”, “no llores como una niña”, “deja pasar primero a la niña y ábrele la puerta”, “ayuda a la niña a cargar ese peso”, “salva a la niña de las garras del monstruo”, “defiende a tu hermana”, “compórtate como un hombrecito”, “aquí tienes tu pantalón y tu camisa; el cinturón y la pistola de plástico”, “conviértete en un hombre en serio”, “ya vas a ver cuando llegue tu padre del trabajo”.

Está mamá, está la niña a proteger, faltaría la puta para completar un cuadro terrible.

La puta se coló en mi adolescencia como consecuencia del primer chute de porno. Un escenario cutre y sórdido, tráfico de pasiones inauténticas.

Ya debe existir algún informe académico, de Princeton o el MIT, que traduzca a números y estadísticas el daño ocasionado por el visionado de películas pornográficas en los jóvenes. En lo que a mí respecta, las secuelas han sido graves y persistentes. Quedar atrapado en la iconografía del cine XXX fue devastador para mi imaginación. Llené mi cerebro con imágenes obsesivas y distorsionadas de la realidad. Lo que podría haber sido una experiencia erótica a través de los cinco sentidos quedó reducida a algo que ocurre en una pantalla. Una sexualidad plana y cercenada por la forma en la que los cuerpos se convierten en cosas y los movimientos se mecanizan. Detrás, encima, debajo, de perfil, una lógica de sumisión violenta de la mujer a manos del hombre. Un hombre semental encargado de humillar, escupir, vejar, exprimir a su compañera sexual y convertir semejante crueldad en un espectáculo de consumo instantáneo.

Por si no estuviesen suficientemente torcidos los pilares que sostienen un modelo de masculinidad semejante, hay que agregar el tipo de rituales que se practican al interior de los grupos de varones: el abuso hacia los más débiles, la homofobia, la competencia a ver quien la tiene más larga o la agresión física gratuita.

Novísima masculinidad

Hace un par de meses comencé con mi amigo Antonio una de las iniciativas más estimulantes de mi vida: la apertura de un espacio de encuentro para hombres llamado Homens http://www.sedhombres.com

Con frecuencia quincenal, nos venimos reuniendo diez hombres para comentar nuestras cosas, para conectar emocionalmente, para resonar en la escucha compartida.

No pretendemos asumir un estereotipo de hombre “descafeinado”, ni uno que responda constantemente a la demanda social de mayor sensibilidad y ternura.

Si vamos a estar atendiendo a una demanda externa, lo más seguro es que perdamos el contacto con nosotros mismos o que neguemos nuestra verdadera esencia. Sea cual sea ésta.

En Homens no se trata de un impulso hacia delante, de conquistar de nuevos espacios como había ocurrido hasta ahora, sino más bien de un despiece y una vuelta hacia uno mismo.

Muchos hombres heterosexuales de hoy, entre los 30 y los 50 años aproximadamente, rechazan una imagen de masculinidad a la Humphrey Bogart (tipo recio, de pocas palabras, imperturbable, casi ausente o en fuga), pero aún no han dado con la clave para tumbar el estereotipo y generar un espacio propio alternativo y más genuino. 

Para escribir este post iba a pasar la tarde documentándome, empapándome de los debates, de las opiniones más acreditadas en este campo, investigando tendencias y terminologías modernas, encuestas y estudios sociológicos, sin embargo estoy en una etapa de mi vida en la que ya no quiero leer tanto ni pretendo ser brillante u original sino fiarme más de mi experiencia y mi intuición. Compartirlas sin mayores pretensiones ha sido mi objetivo y quizá sean también las que me ayuden a ver que ser hombre no es nada en particular y depende en gran medida de lo que estemos dispuestos a ser a pesar de los modelos y patrones sociales más extendidos.

Felicidad (no la de Facebook)

Así como hay una felicidad de Facebook, aquella que se plasma en imágenes con sonrisas veraniegas, daiquiri al borde de la piscina o posado espontáneo en la naturaleza, hay otras felicidades pero ¿de qué están hechas?

La materia que compone a la felicidad es inefable e inasible. Tiene tantos sinónimos como personas hay y tan pronto como recibimos su visita, la estamos despidiendo hasta la próxima entrega. Más que un estado emocional permanente, resulta ser tan fugaz como el tiempo mismo o como el resto de las emociones que se nos escurren entre los dedos. Sin embargo, el mandato de ser felices pesa sobre nosotros porque estamos inmersos en una cultura que coloca a la felicidad en lo más alto y a la infelicidad en el saco de lo negativo y lo negado. Aquello ante lo cual hay que poner un remedio y mejor que sea cuanto antes porque la vida es corta pero puede hacerse larga mientras dura la infelicidad.

Con “felicidad” queremos ponerle nombre a muchas cosas que nos producen placer, alegría, satisfacción, orgullo y está claro decir de alguien que es un infeliz es insultarle.

Queremos alcanzar la felicidad, queremos que nuestros niños sean felices y deseamos  feliz cumpleaños, feliz año nuevo y muchas felicidades.

El político quiere ver a su pueblo feliz. El futbolista espera que la afición esté feliz por el triunfo del equipo. El publicista nos asegura que montados en ese bólido sabremos lo que es la felicidad. La felicidad de las pequeñas cosas, la felicidad de las grandes proezas, la cajita feliz del Mc Donald´s. Por doquier, a diestra y siniestra: la F-E-L-I-C-I-D-A-D.

La felicidad representada

Cuando Shakespeare dijo “el mundo es un escenario, y simples comediantes los hombres y mujeres”, quizá no sospechaba hasta qué punto se volvería esencial para todos nosotros representarnos como seres felices, dichosos, bienaventurados. ¿Y qué mejor plataforma para nuestra comedia que las redes sociales?

Me impresionó mucho constatar como mi amiga a la que se podía ver exultante, pletórica, en una foto de Instagram compartida a primera hora del día en su muro de Facebook, estaba en realidad sumida en una fuerte depresión cuando hablamos en la tarde por teléfono. ¿Qué desgracia había tenido lugar aquel mediodía? Ninguna. Simplemente se trataba de una operación de simulacro capaz de difundir una imagen positiva: la de su felicidad #sinfiltro#plena.

Los Padres Fundadores de la patria de la felicidad edificaron U.S.A. en torno a la idea de que la búsqueda de la felicidad era un derecho inalienable, al igual que la portación de armas. Hoy sabemos que la búsqueda de la felicidad de unos se impuso a la de otros por las armas y así fueron exterminados los habitantes autóctonos, esclavizados los negros y derrotados los mexicanos.

Ya en el siglo XX se rebajaron las expectativas y no se reconocía el derecho a la felicidad como tal pero sí se justificaba la intervención de un Estado que garantizaría el Bienestar. Entre medias, cada individuo tiene en uso de su libertad la posibilidad de ser feliz, de cumplir su particular sueño americano. Un tipo de sueño abonado por la industria del cine hollywoodense y reforzado en la actualidad por el capitalismo cool de Google, Amazon o Apple.

Del Norte nos ha llegado este capitalismo estético que focaliza en nuestras emociones y que nos promete una vida mejor rodeados de cosas supuestamente bellas que no necesitamos realmente. Integrados en el engranaje económico, nuestros estados de ánimo parecen ser motivo de mera representación.

Es la felicidad según Facebook, un decorado de cartón piedra en el que podemos mostrarnos sin ansiedad ni tristeza.

Produciendo constantemente imágenes que reflejan realidades fabricadas llegará el momento en que no sabremos qué es lo que sentimos más allá de lo que pretendemos hacerle creer a otros.

La felicidad añorada

Un hermano del poeta Antonio Machado, al morir éste en el sur de Francia, encontró en el bolsillo de su abrigo un papelito con el último verso que había escrito: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Hay un tiempo para la felicidad añorada y en mi caso es la infancia. Los recuerdos felices que yo tengo de esa época están atravesados por los rayos de sol a media tarde y una pelota tras las que corro con mi primo Manuel. ¿Estábamos en Zárate, en la quinta del tío en San Isidro, en la plaza de Walter? Sé que los recuerdos mienten un poco y que siempre hacemos trampas con el pasado, pero a éstas me aferro cuando la barca psíquica zozobra en el presente.

En las historias que me cuento de ese pasado “feliz” coexisten lo verdadero y lo fantástico. Lo verdadero es que yo era un niño bastante malhumorado, impaciente y despótico; lo fantástico que aun siendo así era también alegre, tranquilo y cariñoso: ¿cuál de los dos habrá sido más real?

Cuando cierro los ojos, vienen a mí paisajes de una niñez divertida, aburrida. El coche de mi padre resbalando sobre el barro. La sonrisa de mi abuela en 1986. Un campamento en la laguna de Navarro. Aquel almuerzo en el Club de Pescadores.

Mi vida no es feliz ni yo soy un tipo feliz, sobre todo si me comparo con la felicidad de algunos amigos del Facebook, pero sí creo haber experimentado algo que se parece mucho a la intensidad de estar vivo. Algunos instantes, algunas calles, algunas historias o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré.

Hay un tiempo para la felicidad añorada y es el futuro, pero sobre lo que no conocemos es mejor guardar silencio.

Para terminar, y como ya tengo cuarenta años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de ser feliz: 1) no crea en nadie que le diga que hay un arte para ser feliz; 2) nunca pretenda alcanzar la felicidad plena o permanente, tal cosa está vedada a los mortales; 3) si se ve con energía desbordante o experimentando una alegría inconmensurable, disfrútelo y no pierda el tiempo compartiéndolo en las redes sociales; 4) tenga en cuenta además que ya nadie se cree al pie de la letra lo que ve en las redes sociales; 5) piense en el punto 1 y no caiga en las redes de la literatura de autoayuda, ni es literatura ni le va a ayudar a encontrar la felicidad añorada.

Generación X

Ya no recuerdo con exactitud la primera vez que oí hablar de ello, pero hubo un día en que supe que pertenecía a la Generación X. Esa legión de los nacidos entre 1961-1981 y a la que todavía se le achaca su falta de compromiso político y su individualismo hedonista.

Resumida en eslóganes la Generación X sería: caída del muro de Berlín, final de la guerra fría, Internet en pañales, SIDA, MTV y posmodernidad relativista.

En lo que a mí respecta, nada que objetar a estas pinceladas. Sin embargo, si cada generación tiene el derecho de escribir su propia historia, cada uno de nosotros tiene el derecho a su propia perspectiva dentro de esa historia.

La verosimilitud de un relato depende en buena medida de lo encarnado que esté y así desvelando mi experiencia quizá pueda convertirla en espejo de otras.

De acuerdo con un relato ampliamente extendido, entre sociólogos y opinólogos variopintos, los “X” seríamos parte de una generación que tuvo problemas para encontrar su lugar en el mundo, que estuvo desorientada ideológicamente y que asistió, ¿impasible? ¿desesperada?, a la clausura de los grandes relatos. Hasta aquí nada que no se haya dicho respecto de muchas otras generaciones pasadas. A la “X” le tocó de lleno unos de los ciclos de mayor aceleración de la globalización, una expansión inusitada del uso de la tecnología en la vida cotidiana y una fase bastante dañina del capitalismo. Casi nada.

Dada la ausencia de dirección en la historia, la dispersión de las concepciones del bien y la fragmentación del discurso, el espacio de lo social se volvió -en la última parte del siglo XX- inhóspito, incómodo y se produjo un repliegue – este sí cómodo- del individuo hacia el ámbito privado, es decir, la república independiente de su casa.  Tal como le gustaba afirmar a la adorable Maggie Thatcher, “there’s no such thing as society. There are individual men and women…”.

Así las cosas, en los 80 empezó a consolidarse  la visión de la sociedad como una multitud de átomos solitarios y al éxito en la vida como un proyecto guay que incluye estar bien, sentirse bien y confiar en uno mismo. El arcoíris al final del camino sólo garantizado para los más atrevidos, flexibles e innovadores miembros de nuestra generación. Basta con ponernos a competir los unos con los otros, para que la justicia divina de los mercados reparta eficientemente lo que a cada uno corresponde.

En el 87, los Guns N’ Roses cantaban: Welcome to the jungle y no es raro que con el sálvese quien pueda se haya activado el plan perfecto del diablo que habita en cada uno de nosotros.

En el 94, Kurt Cobain se suicida y con él mueren las esperanzas de que el rock sea una barricada ante la mercantilización de toda creación artística.

En el 96, tuvimos nuestro oscuro manifiesto generacional.  La película Trainspotting y no tanto por el rollo de la autodestrucción como por la encrucijada ante la que nos situaba el personaje de Mark Renton:

«Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida… ¿pero por qué iba yo a querer hacer algo así? Yo elegí no elegir la vida: yo elegí otra cosa. ¿Y las razones? No hay razones. ¿Quién necesita razones cuando tienes heroína?»

Como siempre que hay poder, hay también resistencia

Mi preocupación central a los 17 años, por comienzos de los años 90, eran los discos compactos, las lecturas de mis héroes literarios y conseguir una novia dispuesta a tener relaciones sexuales. Aspiraciones muy nobles todas ellas pero desde luego insuficientes para cambiar el mundo o fundar un partido político.

No estuve preparado, a diferencia de la generación anterior, para la revolución que se necesitaba, que se necesita en tiempos de calamidades. Fui precoz a la hora de perder la fe, primero en el catolicismo y luego en las religiones seculares que son los credos políticos. Una pena esto del descreimiento ya que la realidad queda como desencantada y la voluntad pues un poco perezosa.

Fui a manifestaciones, lloré con los gases lacrimógenos de la policía, corrí por la Diagonal Norte para que no me alcanzaran las balas de goma, voté a los progresistas -que resultaron ser conservadores-, estuve en asambleas populares, pero principalmente me he quedado sentado, intentando entenderlo todo, leyendo ensayos, deglutiendo filosofía, alimentando un nebuloso escepticismo.

No he creído fervientemente en ningún proyecto político, aunque siempre he querido que las cosas cambien. Preguntar, al menos, ¿adónde conduce todo?, ¿en qué tipo de sociedad nos convertiremos?, ¿qué carajo puede hacer uno?

El tiempo va dando las respuestas o no. Genera también nuevas preguntas.

Generación X

Yo siempre he tenido dificultades para sentirme parte de un “nosotros” y he llevado mal aquello de embarcarme en “un sueño colectivo”. Sin embargo, cuando escucho las batallitas de los que fueron jóvenes en los 60, siento envidia. Por el ardor con el que relatan sus aventuras en el Partido Comunista y por lo compungidos que se quedan rememorando el sentimiento intenso con el que querían cambiar el curso de los acontecimientos. ¡Ay, quién pudiera tener un corazón tan repleto de ideales!

Mejor haber soñado, digo para mis adentros, aunque luego toque despertarse. La potencia de los sueños no está en que se cumplan, sino en el acto mismo de soñar.

La historia épica de la Generación X algún día será contada y me imagino a uno de sus protagonistas -un danés de pelo largo pongamos- de viaje en la selva de Chiapas para luchar junto al Subcomandante Marcos. Es broma. De héroes generacionales andamos escasos pero a mí siempre me han atraído más las gestas de los perdedores natos. Aquellos antihéroes que con sus derrotas pusieron en tela de juicio al pensamiento único. Jóvenes y no tan jóvenes airados, desesperadamente realistas, que nunca se les ocurrió entregarle el estado de ánimo al sistema y que continúan empecinados en sentirse vivos.

Fábrica de sueños

Entre las muchas posibilidades que tenemos de definir a los seres humanos, está la opción de reconocernos como una fábrica andante de sueños. Ese espejo maravilloso y deformante de la realidad y de nosotros mismos, que en ocasiones resulta más revelador que la poderosa conciencia. Y es que en los sueños, siendo nosotros mismos podemos a la vez ser otros, integrar nuestra sombra. Dormidos, con la guardia baja, el otro yo se apodera sigilosamente de los controles y desactiva las alarmas. Convertidos en marioneta, los sueños nos llevan a su vida secreta. A ese reino que es de todos y en el que se nos permite volar, mutar en criaturas fantásticas, desatar por completo los instintos, trascender el tiempo y el espacio.

Lo soñado

El sueño no nos niega nada. En los brazos de Morfeo, volví a besar a Micaela durante el sexto grado de primaria, recorrí Anatolia montado en un canguro (no era Anatolia ni tampoco exactamente un canguro), escapé por poco de un linchamiento, participé en una orgía, me convertí en rinoceronte, fui director de una orquesta sin instrumentos, visité un universo distante, me convertí en número, se me cayó la cabeza al suelo y cuando me agaché a recogerla no había suelo sino una lengua gigante de vaca. Una anciana, peinada de amapola, gritó mi nombre: ¡Diógenes, la cena está servida!. Hablé con objetos inanimados. Deslicé el dedo por las arrugas de una cara invisible. Vi cigarrillos y un vaso con agua turbia. Un reptil dentro de una caja de zapatos. En el cadalso, con las últimas luces de la tarde, y habiendo perdido toda esperanza, llegó la dispensa especial de aquel rey extranjero. Y todas estas peripecias sin salir de la cama.

Marco privilegiado de la imaginación, en los sueños redimimos lo perdido, le pillamos el truco a la vida, respondemos preguntas imposibles, abolimos la lógica. Luego nos despertamos con un fragmento clarificador entre las manos o bien con el desasosiego de no haber podido retener nada. Los caprichos de la memoria cuando juega al escondite.

Los sueños se tejen con el hilo del eterno retorno. Volvemos a esa escena recurrente: se nos caen los dientes, estamos desnudos ante un auditorio, contemplamos un desierto infinito, se nos muere un ser querido.

Los sueños nos colocan ante los arquetipos. Revelan estados interiores de nuestra psique. Nos reparan por dentro y nos preparan para ese otro sueño, el eterno.

En la selva malaya está el pueblo de los Senoi cuya primera actividad por la mañana es reunirse para relatar los sueños, que a continuación son interpretados y comentados por los ancianos. Éstos son los encargados de evaluar si se ha actuado de manera correcta en el sueño y, en su caso, aconsejan lo que se debería hacer. Así es como los Senoi obtienen de los sueños un conjunto de guías que se va transmitiendo de generación en generación.

El lugar que ocupan los sueños en la cultura occidental contemporánea es considerablemente más reducido y estrecho. A diferencia de varios pueblos antiguos, como los griegos o los romanos, que les asignaban cualidades adivinatorias -bastaría con mencionar aquí las profecías que contenían los sueños de Julio César- o incluso pedagógicas, en nuestra época no hay pruebas tangibles de que les hayamos otorgado esos roles. No obstante, sería injusto ignorar la relevancia que tiene el empleo de la palabra sueño para designar aquello que anhelamos, despreciar el valor de los descubrimientos que el psicoanálisis alcanzó o ningunear la infinidad de veces que el séptimo arte se encargó de ellos.

Sueño + psicoanálisis + cine

Uno de los ejes sobre los que gira el psicoanálisis es su método de investigación para evidenciar el significado inconsciente de los sueños. De hecho, Freud sostenía que éstos eran la vía regia hacia el inconsciente.

El contenido manifiesto del sueño se presenta como un mensaje en código o un puzzle cuyas piezas están desordenadas, por lo que es usual que su sentido se asocie con lo absurdo en la medida en que desafía el sentido común y parece escapar de una mera comprensión intelectual.

A través del simbolismo que se extrae de los sueños, observamos como el deseo dispara imágenes que deberán ser descifradas pero que vienen esencialmente cargadas de material sexual. El psicoanalista busca ayudar al paciente a que tome conciencia y reviva de un modo no traumático cierto tipo de experiencias pasadas: lo reprimido. Fomentando la libre narración -sin resistencias- de los sueños van saliendo a flote cuestiones sumergidas dentro del paciente. De esta manera, no es la lógica de la razón la que explica la actividad del sujeto sino aspectos irracionales de su psiquis. Capítulo aparte merecerían las aportaciones de Carl Jung al tema de  los sueños. Éstos no sólo compensan y equilibran la actividad de la vigilia, sino que dialogan y sirven de puente con los procesos arquetípicos del inconsciente.

Otro canal privilegiado por el que circuló la savia de los sueños fue el cine, al que dedicaremos la última parte de estas líneas.

Un cohete lanzado desde la tierra, aterriza en el ojo derecho de la luna y allí descienden seis astronautas muy particulares. El parisino Georges Méliès convirtió, a finales del siglo XIX, una caja de madera en un proyector de sueños y nos ofreció las primeras imágenes en movimiento de un Viaje a la luna. Para este pionero del cine y del género fantástico las películas tenían el poder de capturar los sueños. A partir de él, muchos creadores han parido obras en las que el sueño juega un papel primordial.

En 1920, Salvador Dalí y Luis Buñuel, subvencionados por los príncipes de Polignac se lanzaron a unir al cine con el  surrealismo. La premisa fijada para las películas Un perro andaluz y La edad de oro, fue la de trabajar exclusivamente con material proveniente de los sueños. Ya en Hollywood, diez años más tarde, Dalí volvió al terreno onírico con Alfred Hitchcock en Recuerda: columnas que se licuaban, árboles que se tensan, espirales hipnóticos, relojes desinflados. El artista de los bigotes de gato siempre creyó en la imaginación que encendían sus sueños. Los tenía por fuente de los misterios, algunos de los que todavía esconden sus pinturas.

Varios de los directores clásicos del siglo XX incluyeron a los sueños en en algunas de sus mejores películas.

En un minúsculo cine-club de Buenos Aires, recuerdo haber visto en la adolescencia Cuando huye el día (traducida como Fresas Salvajes en España) de Ingmar Bergman. En una escena que me ha quedado clavada en la retina, el protagonista –un tal doctor Isak Borg- sueña con su muerte que aparece representada por un reloj sin agujas.

Todo el cine del ruso Andrei Tarkovski no es otra cosa que la búsqueda de lo que se aleja de la lógica objetiva y que nos habla del significado de la vida a través del sueño.

Sueños de Akira Kurosawa se divide en ocho segmentos, a cual más poético, que se corresponden con ocho sueños reales del propio director japonés.

La última película de Stanley Kubrick, de marcado corte psicológico, bucea en lo onírico ya desde el propio título, Ojos bien cerrados, y bajo ningún concepto facilita al espectador los criterios que le permitirían discernir entre la realidad y lo que sólo tiene lugar en la mente de la pareja protagonista.

Woody Allen, por su parte, no ha cesado de representar los estados mentales que se suscitan en la visualización de los sueños. Toda la filmografía del neoyorquino está preñada de escenas en que las que algún personaje le relata a su psicoanalista un sueño recurrente.

Ciñéndome a los últimos años y a la temática de los sueños que nos ocupa termino con los siguientes cuatro títulos: Mulholland Drive (2001) de David Lynch; La ciencia del sueño (2006) de Michel Gondry; La cueva de los sueños olvidados (2010) de Werner Herzog. Un documental en el que el director alemán penetra en la Cueva de Chauvet, situada en el sur de Francia y donde se hallan pinturas rupestres de hace más de 32.000 años, para intentar aproximarse a los sueños que inspiraron al primer artista de la historia. Por último y como si se tratase de algo sólo posible en sueños, el protagonista de Holy Motors (de Leos Carax, 2012) es un hombre con múltiples personalidades: la de asesino, mendigo, ejecutivo, monstruo y padre de familia.

El empleo del tiempo en un tiempo sin empleo

Sabemos que en el antiguo Egipto los gatos fueron tratados como divinidades y se les rindió culto hasta el punto de incorporar en su panteón a Bastet, la diosa gata. Ha corrido mucha agua bajo el puente hasta nuestros días, pero allí siguen estos felinos domésticos entre nosotros: olfateándolo todo y, si prestamos atención, enseñándonos cómo estar en paz con nosotros mismos y con el mundo. Una forma sana del empleo del tiempo.

Por razones que no vienen al caso, pero que afectan a algo más del 20% de la población española, en los últimos meses he pasado bastante tiempo en casa. Seguro que ya adivinaron la razón. Desde septiembre del 16, he tenido oportunidad de reflexionar sobre las condiciones del capitalismo de la modernidad tardía, he contado las mil maneras a través de las cuales llegamos a identificarnos con lo que hacemos profesionalmente y me he dado cuenta de lo relacionada que estaba mi autoestima con la gratificación económica de un salario.

También ha sido una época paradójicamente feliz, en la que empecé a salir de un laberinto de confusión vocacional, en la que no he sucumbido ante mis peores fantasmas y en la que he cultivado una virtud que hoy creo imprescindible: la paciencia.

En este asunto tan serio como es el de perder el empleo, no he dejado de trabajar ni un día. En ocasiones, con el ordenador delante pero sobre todo intentando ponerle conciencia al presente, al hecho, no menor, de estar vivo y respirando. Precisamente en un tema tan delicado como el del paro, he estado acompañado y reconfortado por la presencia no humana pero vivísima de Amapola.

 

 

La llegada de la gata tricolor a la casa la ha transformado por completo pero lo que no podía imaginarme es todo lo que iba a aprender a su lado sobre mi neurosis y sobre el empleo del tiempo en un tiempo sin empleo.

 

Limitación y finitud

En este mundo poco dado a la espera y al reconocimiento del límite, hemos prescindido de la naturaleza y la vamos sustituyendo por un universo material-virtual que creemos inagotable. Por poner un ejemplo, el frenesí disparado del consumo que se practica en los países desarrollados -a expensas de recursos finitos que son explotados de forma desmedida- se parece bastante a la imagen de un foxtrot bailado en la cubierta del Titanic.

Vamos hacia un precipicio, pero muy eficaz y velozmente.

Si ganar dinero, poder o reputación son las únicas metas de nuestra vida, nos llenamos de frustración cuando sentimos que hemos quedado fuera del juego mediante el cual se obtienen dichos bienes. Ponemos excesivamente el valor de una actividad en su valor de cambio dentro del mercado y se opaca nuestra autoestima cuando no sabemos cómo obtener un salario o cuando consideramos que éste no es suficiente como contrapartida a la entrega de nuestro tiempo y esfuerzo.

La gata Amapola, como parte de esa naturaleza que se nos ha vuelto extraña, “sabe” que hay ciclos vitales, que hay un momento del día para saltar y correr, otro para alimentarse, otro bien extenso para descansar acurrucada encima del cojín, otro para dormir, muchos para jugar.

Sin haber leído jamás el Eclesiastés, que nos enseña que la vida está abocada a la finitud, Amapola conquista la libertad de disfrutar de su vida y de sus dones maravillosos. Vive sin temor su propia condición de criatura y no se amarga la existencia por no ser otra cosa que la que es.

Claro, me dirán que ella lo tiene fácil porque no tiene conciencia de sí misma ni del tiempo, es decir, no sabe que es un gato ni tampoco sabe que se va a morir. Vale, ella vive presa de sus instintos e incapaz de renunciar a éstos. Nosotros, en cambio, miembros de una privilegiada especie que viene de fábrica con el sistema nervioso más sofisticado del planeta, nos comportamos en nuestro día a día de una forma mucho más inteligente. Acelerados, como pollos sin cabeza, haciendo dos o tres cosas a la vez y siempre con la lengua afuera, con la sensación de que los días en la semana no son suficientes como tampoco lo son los meses en el año.

Esta es, en efecto, una de las grandes diferencias que mantenemos con los animales y es que habitamos en el tiempo y en nuestra conciencia.

También se podría objetar que cómo diantres sé yo que la gata Amapola disfruta de los dones de la vida y vive sin temor a morir. Es verdad, estoy proyectando en ella cosas que nos pasan a los humanos pero también es cierto que la he tenido en brazos mientras ronroneaba y aquello era un motor de goce indescriptible. Ella me enseña algo sin palabras, siempre y cuando sea yo quien esté dispuesto a aprender.

El gato y el ciclo de necesidades

Amapola es gran maestra en el campo de las necesidades y su satisfacción. Cuando tiene hambre, come; si tiene sed, bebe; si está cansada, descansa; si quiere compañía la busca; si quiere estar sola, pues está sola. Si necesita desperezarse, hace un adho mukha o cualquier otra posición del yoga y sigue a su bola.

Cuando somos niños tenemos una conexión más directa (más animal) con las necesidades y con la energía que dirigimos para su satisfacción. Como somos dependientes de la ayuda de otros, la satisfacción no resulta sencilla. Incluso, se va tornando cada vez más compleja mientras crecemos y nos vamos amoldando a las estructuras de la realidad social. Este acomodamiento no se produce de manera indolora ni es inocuo ya que entre nuestras necesidades y su satisfacción se levantará el muro de los mecanismos neuróticos. En términos psicoanalíticos, el principio de placer se topa necesariamente con el principio de realidad.

Si tenemos la suerte de, en algún momento de nuestra existencia, emprender un camino de desarrollo personal a través del autoconocimiento es mucho lo que podemos aprender de los gatos o, mejor dicho, de lo que proyectamos en ellos. Por ejemplo, los gatos no se dan por vencidos ante las dificultades ni se detienen a guardar rencores ante los obstáculos con lo que se encuentran. Diez veces seguidas puedo bajar a Amapola de la mesa para que no rebusque entre las sobras de los platos y ella otras diez veces volverá a intentarlo. Si finalmente, soy yo quien gana la partida ella muy astutamente esperará una nueva oportunidad. No se quedará masticando la rabia ni auto flagelándose por no haberlo conseguido.

Entre las inclinaciones fundamentales de los gatos está, desde luego, la práctica persistente de la indiferencia. Al contrario del perro que, como mascota, nos obedece y nos acompaña fielmente, el gato parece tener el orgullo de un dios. No sirve ni acompaña a nadie que no le apetezca. Basta con ver la manera aristocrática y elegante de su andar por la casa para llegar a la inquietante conclusión de que él es el dueño y uno es una visita que está de paso.

La confianza y el cariño de un gato no es algo que se gane de una vez y para siempre, dependerá de lo que estemos dispuestos a dar pero también dependerá principalmente de él.

Si Amapola pudiese hablar, creo que me recordaría la base gestáltica de nuestro encuentro: Yo soy yo y tú eres tú; Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas.

Mirar a los ojos de los gatos

Quienes viven el mal trago de haber tenido que “pararse” a la fuerza, es frecuente que tengan una sensación de indignidad quizás por aquello que afirma el filósofo Byung-Chul Han de que “quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace responsable a sí mismo y se avergüenza, en vez de poner en duda a la sociedad o al sistema. En esto consiste la inteligencia del régimen neoliberal. Dirigiendo la agresividad hacia sí mismo, el explotado no se convierte en revolucionario sino en depresivo”.

Vivir la falta de empleo como una desgracia es una posibilidad. Hacer frente a ella generando una baja intensidad anímica o, ya puestos, un cuadro depresivo está lamentablemente muy extendido entre las posibilidades que ofrece nuestra cultura. El imperio de las drogas legales e ilegales campa a sus anchas porque ofrece “remedio” instantáneo para gente quebrada y sin tiempo que perder.

El paro laboral es síntoma de muchas cosas que ocurren en nuestro mundo, pero es también una oportunidad personal para pararnos sobre nuestros pies, para bajarnos de la rueda en la que gira el hámster humano, para conectar con nuestras necesidades más esenciales y para reorientar nuestra energía sin abandonar las ilusiones.

Borges decía que mirar a los ojos de los gatos es contemplar otro lugar, intuir en la mirada de ellos la materia enigmática de la que está hecho el tiempo.

Cualquiera que tenga gatos sabrá de lo que hablaba el escritor, los gatos se quedan mirando por la ventana y, excepto que pase un pájaro volando, pareciera ser que meditan. No meditan, están simplemente ahí. Son puro presente. Dejan que lo que acontece venga a ellos sin interpretarlo ni atajarlo. No se lamentan por lo que ya pasó, ni esperan ansiosos lo que vendrá. Ese es su gran secreto. Y también puede ser su enseñanza.

El duelo. una experiencia personal

Nuestra idea del duelo, nuestro conocimiento de éste muchas veces difiere de la experiencia que tenemos cuando la persona que muere es muy cercana en el afecto.

El último 19 de junio se festejó el día del padre en Argentina, pero este año me enteré al día siguiente al abrir el Facebook. En España, no sé por qué, se festeja otro día. Mi hermana había subido a su muro de la red social una foto de ella sentada en las rodillas de mi padre. Ambos aparecen sonriendo para la cámara. Me imagino que ella andaría por los 3 o 4 años. En el mensaje encima de la imagen, decía mi hermana que el domingo temprano pensó que habría alguien ansioso por ser saludado al otro lado del charco -ella hace años que vive en París- pero que después cayó en la cuenta de que ya no había un papá esperando ese llamado. Se me ocurre pensar que la muerte del padre es algo así, que no haya nadie del otro ladoUn domingo de soledad y tristeza, pero sin una semana nueva que prometa sacarnos de allí.

El impacto

El 11 de febrero de 2016 se murió mi padre. Una llamada de mi mamá y de un momento a otro, de repente, todo cambió, todo se tambaleó. ¿Llegué realmente a hablar con ella?, ¿O recibí un escueto whatsapp que ponía “ya está. Se terminó”?

Sólo puedo reconstruir parcialmente, de manera inexacta, las horas que siguieron a esa noticia. En algún momento de la tarde-noche de ese jueves, me senté a buscar a billetes de avión hacia Buenos Aires. Acto seguido, escribí un correo electrónico a mis compañeros de la universidad para contarles lo que había ocurrido y que estaría fuera de España por unos días. Me preocupé porque a mis alumnos les llegara la respectiva notificación de la suspensión de la clase correspondiente al lunes y al miércoles de la semana entrante.

Todavía estoy alucinando de cómo pude haber hecho todo eso bajo el impacto de semejante acontecimiento. Sospecho que el choque es tan grande que genera una suerte de despersonalización, de extrañamiento con uno mismo. Como si lo ocurrido no tuviese suficiente realidad, como si uno hubiese entrado en una película y fuera a la vez protagonista y espectado

En cualquier caso, el viaje a Buenos Aires fue real.duelo

Dos días después de haber recibido aquella llamada, estaba en un cementerio inmenso para asistir a  la cremación del cadáver de mi padre. No pude verle muerto. Sólo experimentar la sucesión de imágenes ante la madera muda del ataúd. Todo ocurrió demasiado rápido y en un plano mental. Saludé a mucha gente, en particular a familiares que no veía desde hacía tiempo, con el gesto cortés, automático y la emoción ausente. Las lágrimas no aparecían y más que dolor parecía preocupado en que el ritual de despedida se desarrollase bien.

Somos animales simbólicos. Desde antiguo realizamos ritos para las cuestiones trascendentales de la vida: ante los ciclos de la naturaleza, ante los dioses y sus exigencias, para despedirnos de alguien o para darle la bienvenida a los que llegan. En muchos casos no conocemos el origen de un determinado rito pero algo en nuestro interior nos lleva a cumplir con éste.

Entre los ritos más significativos de las diferentes culturas humanas, están, desde luego, los ritos funerarios. De hecho, éstos han sido calificados por la antropología como determinantes de nuestra especie en la medida en que a través de este tipo de ritos entramos en contacto con una cualidad determinante de nuestra condición como es la finitud.

Cuando el cuerpo de mi padre empezó a pertenecer a lo muerto yo no pude verlo, tampoco pude estar presente en el instante en que su corazón dejó de latir. Más allá de meras explicaciones racionales, no me resulta fácil saber por qué se dio así.

En aquellos días no podía darme cuenta de que la muerte de mi papá significaba tantas cosas a la vez y que necesitaría tiempo para que a la conciencia pudieran incorporarse de una en una. Las fichas irían cayendo a un ritmo lento e incesante. Al ejercicio colectivo-social de la muerte, le seguiría uno mucho más personal e íntimo.

La tristeza y el ejercicio de la memoria

En estos meses he estado oscilando entre la necesidad de atención, de cariño y las ganas de no conectar con nadie, de estar en retirada.

Nunca antes había vivido nada semejante a la pérdida de mi padre y el desconcierto es de tal magnitud que me pregunto hasta qué punto soy aquel que creía ser.

En estos meses estuve recordando, volviendo a pasar por el corazón. No sólo ha perdido a su papá el adulto que soy, sino también el bebé, el niño, el púber y el joven que fui.

Cuando desarmé su escritorio de trabajo, me encontré con que él había guardado los dibujos que yo mismo le hice con tres o cinco años. También recordé lo mucho en que insistía en que lo único que iba a dejarme era una formación, una educación y como me insistió para que fuera a estudiar a Europa.

Su amor se traducía, muchas veces, en el contacto físico (llorar recostado en su pecho, por ejemplo), otras veces, en el apoyo económico para que saliera adelante.

Recordé una conversación, él en Buenos Aires y yo en Madrid, en la que me preguntaba sí comía todos los días y en la que insistía en que yo siempre iba a tener un lugar al que volver si las cosas me iban mal en España.

También vinieron recuerdos más cotidianos como cuando me preguntaba como quería el nudo de la corbata.  O el de su imagen en el espejo del baño cuando se pasaba un algodón empapado en agua de colonia por el cuello, después de la ducha matinal. Su manía por la pulcritud.

La manera en que me entregaba la paga mensual para mis gastos de muchachito y el beso que yo le daba luego de recibir el dinero.

No todos los recuerdos fueron dulces o reconfortantes. Yo mismo, en un momento dado, tuve que poner distancia entre nosotros para evitar que su imagen me aplaste ya que tenía un temperamento fuerte y su influencia resultaba para mí intimidante.

Cuando estaba bien, era un encanto de tipo: cercano, gracioso, seductor. Cuando estaba preso de sus furias, era tremendo: como un juguete rabioso y sin consciencia de los efectos que producían sus actos.   Entre los recuerdos tristes, algunos momentos de mi última estadía en Buenos Aires antes de su muerte, o su negativa a hablar por teléfono conmigo.

muerte del padre

La vida continúa: elaboración del duelo

Con sus cosas buenas y no tan buenas, la vida continúa. El recuerdo del que se ha ido no nos abandona, pero paulatinamente se va desdibujando para permitirnos tomar aire. Nuestra mente busca hacer espacio a lo nuevo que acontece. Hay algo inevitablemente triste en este proceso pero a la vez es necesario.

No hay recetas ni fórmulas mágicas para asumir la pérdida de un ser querido. Cuando además de ser querido, es alguien que forma parte de nuestro núcleo afectivo más constitutivo la huella de su partida es aún más honda. No hay escalas ni mediciones del dolor que valgan.

Tampoco hay respuestas ante preguntas del estilo: ¿cómo se vive este duelo?, ¿qué debería hacer?, ¿debería hacer algo distinto a lo que hago?, ¿hay algún momento más adecuado que otro para llorar o para volver a reír?

Frente a lo irreparable de la muerte y el dolor que provoca, reaccionamos de maneras muy distintas dependiendo de nuestro temperamento, de la estructura de nuestra personalidad, de nuestro vínculo y experiencias, del momento de la vida que estemos atravesando.  

Es usual que se susciten en nosotros emociones negativas y no está de más tener en cuenta que debajo de cada emoción negativa, está el dolor.

El miedo a vivenciar el dolor, nos lleva, en muchos casos, a poner en marcha un arsenal de mecanismos de defensa mediante los cuales cerramos el paso a vivenciar el dolor. Cuando éste llega, quizá resulte conveniente no bloquearlo sino dejar que fluya.

Hace pocos meses en una reunión con amigos, empecé a preguntarme dónde habrían quedado las gafas de mi padre luego de su muerte y terminé conectando con una tristeza enorme.

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También recuerdo como una tarde de domingo estaba preparando la cena y sin que ninguna imagen dolorosa se dibujara en mi mente las lágrimas empezaron a caer en catarata dentro de un cuenco en el que había harina mezclada con agua. Al principio no fue más que un sollozo pero luego se abrió la garganta con fuerza y dio paso a un grito ahogado que me hizo estremecer. Todo mi cuerpo tembló y en el pecho sentí una puntada muy aguda.

Al cabo de unos minutos, había recuperado la respiración y el pulso normal.

Mi propio organismo que parecía haberse colapsado a causa del dolor, pudo restablecerse en equilibrio.

Aquella tarde de domingo fui atravesado por el dolor como por una daga. El cuerpo fue lo primero que tuvo registro y después sólo pude cerrar los ojos, intentar respirar, soltar la presión que sentía dentro y darle voz a la pena. Aquella voz sólo fue aire que entraba y que salía de mi cuerpo. Respirar, seguir respirando.