Desenmascarando el autoengaño

¿Has observado cómo algunas personas crean justificaciones o modifican una actitud previa, sin permitirse reconocer un error incuestionable o una discrepancia?¿recuerdas a alguien comportándose de forma opuesta a las creencias o valores que defiende, y a pesar de la evidencia, seguir aferrándose a ellas usando algún autoengaño? Seguro que sí, nos pasa continuamente.

autoengaño

¿Por qué existe el autoengaño?

Cada año, muchos se comprometen con ir al gimnasio, a un curso de idiomas, seguir una dieta, dejar un hábito perjudicial. Pero tras un tiempo, se ven incapaces de mantener una disciplina, de alcanzar objetivos, de resistir tentaciones. Aparecen entonces argumentos que permiten justificar esa desviación de la meta.

Erróneamente, el primer juicio puede ser que nos mienten deliberadamente o que la testarudez les impide reconocerloEn muchas ocasiones, realmente es resultado de un proceso mental que busca evitar un malestar psicológico. 

Es más complejo «cazarse» a uno mismo en un autoengaño, ya que creemos en la justificación que creamos. Con el tiempo y la reflexión somos capaces de reconocer el sutil autoengaño o justificación que relativiza la incongruencia.

La falta de sintonía entre lo que nos proponemos y lo que hacemos realmente, provoca una desagradable sensación interna. Cuando tenemos dos pensamientos, creencias, opiniones o actitudes contradictorias crea una intensa falta de armonía interna.

¿Es patológico autoengañarse?

Son estrategias defensivas, son adaptativas, son necesarias para limitar el procesamiento de información que es angustiante e impidir vivir en un desbordamiento emocional continuo. Pero cuando funcionan de una forma masiva e inflexible pueden derivar en patológicas. Muchas personas con dificultades psicológicas, tienen un funcionamiento cognitivo muy poco flexible . Mantienen con rigidez ciertas actitudes dañinas o creencias acerca de ellos mismos y los demás, que les lastran en su vida cotidiana.

Cuando muchos fumadores se plantean dejar de fumar dicen frases como “de algo hay que morir”, “estoy en una época muy estresante, no es un buen momento“, “Fulanito ha fumado toda la vida y no ha muerto de cáncer”, “sólo un paquete más y ya dejo de fumar”. Son argumentos válidos, pero irracionales desde el punto de vista de la salud, dado que conocemos el riesgo elevado de contraer cáncer o de desarrollar problemas cardiovasculares o pulmonares. Se justifican, transformando opiniones o la actitud, al no querer o no poder dejar de fumar: engañándose a sí mismos.

Abordar el autoengaño desde la ciencia

Los seres humanos nos distinguimos como especie por poseer una mente con una impresionante capacidad de adaptación y razonamiento. Pero esta maquinaria evolutiva también procesa erróneamente la información. Creamos argumentos sesgados a favor de las creencias, de  reducir discrepancias y no reconocer errores. El malestar emocional resultante de mantener una incongruencia psicológica es conocido en psicología como disonancia cognitiva.

El psicólogo norteamericano Leo Festinger propuso la teoría de la disonancia cognitiva en la década de 1950. En sus investigaciones, observó que tendemos a autoevaluar conductas, pensamientos y actitudes. Las comparamos con nuestros sistemas de creencias internos y del entorno social donde crecemos. Si aparecía una falta de congruencia, corregían la discrepancia con estrategias mentales. La disonancia cognitiva es un estado interno de tensión y malestar psicológico al sostener actitudes o pensamientos incompatibles con las creencias. El conflicto impulsa a reducir el malestar de diferentes formas:

  • cambiando el comportamiento.
  • justificando la conducta o actitud que crea la disonancia, alterando por lo tanto los pensamientos o creencias previas.
  • creando nuevas ideas y argumentos en torno al pensamiento o creencia en tela de juicio .

autoengaño, disonancia cognitiva

Autoestima, identidad y conciencia moral

Desde un punto de vista relacional, el autoengaño está a la orden del día en nuestras relaciones. Nos esforzamos porque los demás tengan una determinada imagen y buscamos influir en sus percepciones, desde la infancia nos acompaña una necesidad de aprobación, de reconocimiento y de evitación del rechazo en nuestros vínculos.

La mente se esfuerza automáticamente por preservar un sentido estable y coherente de la identidad, manifestando confusión, estrés, enfado, frustración, vergüenza,culpa, si algo la amenaza. Por ejemplo, si uno se percibe incapaz de alcanzar sus objetivos o comportándose en contra de sus valores. La disonancia cognitiva sirve como sustrato psicológico de la conciencia moral. Nos motiva a permanecer en consonancia con nuestras creencias y los valores sociales.

Alguien que defiende “estoy absolutamente en contra de la infidelidad”, criticará lo que considera miserable por diferentes motivos. Sus valores morales provenientes de la cultura o familia, por el peso de la culpa si transgrediera él la relación, por necesitar tener una imagen propia como alguien honesto, la angustia al imaginar si sufriera él la traición, etc. Pero si se produce una situación donde termina siendo infiel, podría no reconocer fácilmente su responsabilidad, autoengañarse para evitar la discrepancia (culpabilizando al alcohol que bebió,  o a su pareja por no darle lo que necesita).

Errar es humano

A pesar de las mejores intenciones y esfuerzos, es inevitable equivocarnos. Errar es humano, pero no es plato de fácil digestión. Atribuir la responsabilidad en otros, buscar pruebas que confirmen aquello que creemos, desdecir y enmendar afirmaciones pasadas. Múltiples estrategias de autoengaño para evitar daño en la autoestima, proteger la identidad, o ser rechazado por un ser querido.

Evitar admitir los fallos impide una crítica constructiva. La verdad puede ser dolorosa, pero reconocerla es la vía única para comprendernos mejor, rectificar hábitos inadecuados y adquirir nuevas habilidades.

Un aprendizaje para obtener una versión mejor y más libre de nosotros mismos.

 

 

Redes sociales en tiempos líquidos

¿Podrían las redes sociales ser perjudiciales? Vivimos en una época vertiginosamente acelerada. Grandes alteraciones socioeconómicas y políticas, bruscos cambios de actitudes, costumbres, creencias. La consciencia y comprensión de lo que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros, se paraliza. Todo lo que ofrecía solidez en la vida como seres humanos, se ha vuelto fugaz y vaporoso como el humo. Los pilares que nos sostenían se evaporan continuamente.

redes sociales modernidad líquida

 

En cada época surgen mentes brillantes, lúcidos observadores y agudos críticos de la realidad histórica en la que viven. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, fallecido la semana pasada, deja un valioso legado ayudando a dar sentido al malestar que producen las sociedades contemporáneas. Poner en palabras los espectros de las angustias que nos perturban y corroen.

Los vínculos entre seres humanos se han debilitado progresivamente desde el comienzo de la era postmoderna hasta hoy. En el año 1999, Bauman da a luz el concepto de “modernidad líquida1 , expresión que define un modelo de sociedad que implica el ocaso de la colectividad. Se impone un individualismo que corroe y desintegra conceptos como la ciudadanía o la comunidad. Es el fin de la era del “compromiso mutuo”.

Globalización, masificación, precariedad, catástrofes, excesiva información, creciente desconfianza hacia las instituciones… Nos provoca inseguridad e incertidumbre y nos empuja a un giro egocéntrico que nos enfrenta los unos contra los otros. Vivimos en una sociedad cada vez menos “social”, sin elementos a los que pertenecer, sin filiación ni ideologías, que nos fragmenta y aisla como átomos. Los “enlaces covalentes” pierden fuerza para mantenernos unidos. La soledad y el vacío son ahora el mayor veneno de nuestra especie.

La trampa de las redes sociales

La revolución tecnológica de finales del siglo pasado ha irrumpido en nuestras vidas. La virtualidad es la realidad de las nuevas generaciones. En esta época, la cohesión de nuestras relaciones, nuestros vínculos, son más débiles y son enmascarados por redes sociales. Redes amplias, pero superficiales, líquidas.

Bauman justifica el éxito de redes sociales como Facebook, Instagram o Twitter afirmando que los depredadores económicos huelen el miedo y crean falsos salvavidas a los que aferrarmos. Consumibles virtuales que son un señuelo al que nos acercamos para compensar la necesidad de comunidad e identidad, alimentando superficial e ilusoriamente nuestro anhelo de colectividad. Flotar y no hundirnos en el vacío. Como afirma en su última entrevista para el diario El País:

«Dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.»

La identidad que otorga pertenecer a un grupo se diluye, por lo que creamos sustitutos dentro de las redes sociales. Añadimos y cancelamos amigos, controlamos las interacciones, sin riesgos para nuestra imagen, sin involucrarnos, sin necesidad de habilidades sociales.  Vínculos postizos. Eso sí, nos sentimos un poco mejor porque la soledad es un fantasma que nos hiela en nuestras habitaciones.

Los deseos «licuados»: una perspectiva psicoanalítica contemporánea

Deseos y necesidades centrales para la estabilidad psicológica, están amenazadas por la liquidez relacional y el aislamiento. El malestar difuso y la sensación de vacío de muchas personas, (algunas de las cuales acuden a terapias sin saber qué les ocurre, sin razones «objetivas» para estar mal) tiene relación con el impacto de la insatisfacción de motivaciones psicológicas básicas.

Nuestras decisiones se ven influidas por  procesos inconscientes. Procesos motivacionales que nos impulsan a atender demandas internas asociadas, por ejemplo, a nuestra propia conservación y cuidado, la búsqueda de placer y bienestar, o a reducir el displacer. Uno de estos motivos básicos e instintivos de la experiencia humana, es la búsqueda y conservación de fuertes vínculos emocionales con otras personas (el apego; tal vez lo llames «amor»). Otra motivación básica es el deseo de reconocimiento y de valoración dentro de dichos vínculos significativos, obteniendo una imagen de sí mismo como alguien digno de recibir atención, de ser querido.  Un sentido de la identidad y valía transmitido por los demás. Nuestra autoafirmación sólo es posible a través del Otro.

Estamos programados para buscar la aceptación del Otro, y evitar su rechazo. Estos sistemas motivacionales permitieron la supervivencia de nuestra especie, asegurando la cohesión grupal y su cuidado. Esto explica la búsqueda de afiliación y el sentido de pertenencia, la vivencia de «estar con», de formar parte de lo mismo.

Autores psicoanalíticos como Winnicott o Kohut, consideraron una motivación central la necesidad de crear y conservar un sentido del Self (sentido de nuestro Yo, de nuestra esencia, nuestra identidad) estable y cohesionado. El flujo de experiencias estables y emociones repetidas dentro de las relaciones del ser humano desde que nace, conservan la continuidad y la familiaridad de su mundo interno e interpersonal. Las relaciones nos permiten sentirnos seguros, y nos sostienen psicológica y emocionalmente.

Mis Selfies por tus Likes

Las redes sociales son un mal sucedáneo de lo que aportan las relaciones reales. Un mal sustituto que engancha, como una potente droga. Y no es una metáfora. El placer y bienestar que generan las interacciones positivas están directamente relacionadas con motivaciones y necesidades interpersonales, y por lo tanto, con circuitos y centros cerebrales de recompensa y evitación2. Los mismos que se activan satisfaciendo necesidades fisiológicas como la ingesta o el sexo, o consumiendo sustancias estimulantes. En esta línea, un interesante estudio realizado por la Universidad de California-L.A., evidencia a través de neuroimagen cómo los centros del placer y la recompensa de cerebros de adolescentes, se activan al ver sus propias fotografías con muchos likes e interacciones positivas3.

Existe una parte de nosotros que desde la infancia busca, en esencia, construir una imagen de sí mismo digna de ser amada, aceptada, validada, reconocida, admirada, y la vida social virtual se convierte en una extensión del campo social real. Por eso la necesidad de aparentar, de manipular la percepción de los demás a través de proyectar una imagen ideal de uno mismo y su vida. Crear una identidad, un falso Self, frágil y adulterado, pero al menos uno que saque del desamparo y la carencia. De ahí el exacerbado narcisismo y la dependencia hacia las redes sociales.

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El impacto psicológico negativo

Fotografías milimétricamente calculadas, aparentando espontaneidad, con un bonito filtro Instagram, acompañadas de una cautivadora frase. Una ilusión distorsionadamente ideal, intentando rellenar el vacío. Y no se puede dejar de alimentar fácilmente los perfiles virtuales, uno dejaría de existir en cierto modo, aunque todo consiste en aparentar y no en «ser»: por eso la angustia del vacío no desaparece, porque la liquidez nunca se rellena de algo «sólido».

Los demás son utilizados como objetos, espectadores del despliegue narcisista que ofrecen atención o admiración, pero no son reconocidos ni valorados como quienes realmente son. Consumo líquido de relaciones. Por otra parte, la estabilidad emocional se ve amenazada por las respuestas de los demás usuarios. Si no hay la interacción virtual que uno espera (número de veces compartido, de comentarios, de «me gusta», etc…), pasa a equivaler psicológicamente a un rechazo real. El número y el tipo de interacciones se convierten en una estimación proporcional de la valía y la autoestima. De forma irreal y simbólica, sí, pero cuyo impacto emocional es real.

Pasar tiempo pasando imágenes y perfiles en Facebook o Instagram, desencadena una sensación de exclusión y soledad, y también envidia 4 . Son un espejo artificial de lo que supuestamente carecemos, de lo inadecuados que somos, y esto nos hace sentir avergonzados, tristes. Espejos que muestran las actividades que no hacemos, las metas profesionales que no alcanzamos, los momentos fantásticos en los que no estamos  presentes,  los lugares que no estamos visitando,  las parejas ideales que no tenemos, las familias perfectas que carecemos; de los defectos que nos sobran y virtudes que nos faltanLa vida que no tenemos, la imagen que no somos. Un real sentimiento de frustración, de inferioridad y malestar provocado por muros virtuales de plástico.

A Social Life de Kerith Lemon

Referencias bibliográficas

1 Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. México, D.F.: FCE – Fondo de Cultura Económica.

2 Fareri, D. & Delgado, M. (2014). Social Rewards and Social Networks in the Human Brain. The Neuroscientist, 20(4), 387-402. http://dx.doi.org/10.1177/1073858414521869

3 Sherman, L., Payton, A., Hernandez, L., Greenfield, P., & Dapretto, M. (2016). The Power of the Like in Adolescence. Psychological Science, 27(7), 1027-1035. http://dx.doi.org/10.1177/0956797616645673

4 Appel, H., Crusius, J., & Gerlach, A. (2015). Social Comparison, Envy, and Depression on Facebook: A Study Looking at the Effects of High Comparison Standards on Depressed Individuals. Journal Of Social And Clinical Psychology, 34(4), 277-289. http://dx.doi.org/10.1521/jscp.2015.34.4.277

Secuestrados por la rabia: «no puedo olvidar»

Diciembre. Días de encuentro para medio mundo; para la otra mitad, los fantasmas nos encuentran en la soledad. Una sacudida como un relámpago en el cuerpo. Recuerdo tu imagen con mi mirada perdida y desenfocada entre los adornos y guirnaldas de luces. Detesto el jolgorio y la alegría a mi alrededor, lo encuentro absurdo con esta realidad interior, como si al mirarme se mofaran de los sentimientos detestables que me habitan… que me secuestran. Un sobresalto como una pedrada en el agua de un estanque. Mi corazón acelerado bombea petroleo. Quiero ser libre del rastro denso que dejaste y ser esclavo de mi resarcimiento. Cuánto más peleo por alejar la mente más me devora por dentro: un puño de hierro se aferra a mis tripas y las comprime.  

Es tu presencia invisible, presencia sin presente, que me envenena. Una pesadilla de sueños quebrados de la que no consigo escapar.

rabia narcisista soledad

¿Por qué algunas personas desarrollan una fijación hacia una persona, sin poder evitar que su mundo mental y emocional giren en torno al rencor hacia ella, ni que su vida continúe libre de ese peso?

Secuestro emocional

Probablemente no existe nada que provoque una fijación psicológica y emocional tan intensa hacia una persona como la rabia y el odio; tal vez ni siquiera el amor que lo antecedía, o su pérdida.

Un daño, un perjuicio hacia nuestra integridad personal, psicológica, emocional o física, a veces irremediable. Unas acciones injustas, abusivas y nocivas hacia nosotros, reales o vividas como tal. Promesas rotas e incumplidas, un pacto en el pasado con el lado más frágil de nuestro ser. Un abuso a nuestra vulnerabilidad o buenas intenciones. El aprisionamiento y limitación de nuestros deseos, o el atropello de nuestras posibilidades presentes y futuras. El residuo que deja es el sentimiento de que el Otro ha sido dañino, injusto, perverso, malo, y que debe de compensar de alguna forma lo que hizo.

El resentimiento y el rencor es el halo que queda de una rabia sin ajusticiar. Se alimenta de la agresividad y de la acuciante necesidad de reparación de algo quebrado por dentro. El enfado deriva en resentimiento que corroe y amarga en silencio. Nos hace incapaces de perdonar y liberarnos. Somos el déspota que nos subyuga con emociones que nos secuestran, saboteadores de una versión más libre y equilibrada de nosotros mismos.  No hay paz si necesitamos la guerra, y la principal víctima somos nosotros.

«El resentimiento es la emoción del esclavo; no porque el esclavo sea resentido, sino porque quien vive en el resentimiento, vive en la esclavitud” (atribuido a F. W. Nietszche).

Función y origen de la rabia

La rabia y el enfado son emociones primarias que heredamos en nuestra biología. Movilizan la mente y el comportamiento hacia la modificación de una situación dañina o la reparación de un agravio. Toda emoción tiene también un fin interpersonal: la rabia expresa el estado interno de malestar y comunica los cambios que deseamos. Son emociones que se consideran negativas porque se viven en el cuerpo como desagradables, pero son emociones naturales y necesarias. Permiten los cambios que regulan nuestras emociones, así como modificar o adaptarnos a una situación indeseable.

Para la Teoría del Apego, el apego es un sistema motivacional y comportamental cuya función evolutiva es impulsar al establecimiento y mantenimiento de vínculos con figuras significativas. La ira y el enfado, son respuestas innatas presentes desde la primera infancia ante la separación, inaccesibilidad o ausencia de la figura de apego. Permiten expresar su malestar para evitar tal situación, desplegando conductas que restablecen el acceso a la figura de apego, a la cual señalan sus necesidades.

Las reacciones y las estrategias que despliegan los niños son resultado de la activación del sistema de apego – la angustia de separación– y mantienen un paralelismo con las reacciones que mostrarán en las etapas adultas. en las experiencias dentro de las relaciones. Los estilos de regulación emocional, reflejan una dinámica adquirida, y condicionan las emociones y las estrategias empleadas ante la pérdida y la separación en etapas adultas.

El duelo se trata de un proceso físico y psicológico como respuesta a la pérdida definitiva de una figura significativa, permite la reorganización y su adaptación a la vida sin la presencia de la figura perdida. Existen duelos crónicos o patológicos caracterizados por una intensa y persistente protesta y rabia, influidos por los esquemas interiorizados en las experiencias infantiles. Estos esquemas influyen de forma inconsciente en la dinámica y el papel de la rabia.

puño rabia agresividad

El papel de la agresividad

La agresividad es un componente innato de nuestra biología que, aunque su expresión depende del moldeamiento por las experiencias y el entorno, suele activarse ante circunstancias que implican una amenaza o que crean frustración. Crea una tensión psicofisiológica que nos impulsa a la descarga emocional, pero ¿por qué se mantiene envenenando nuestros pensamientos y emociones con el paso del tiempo, cuando no aporta ninguna utilidad mayor que aplacar una necesidad?  No es evidente: responde a otros determinantes psicológicos, otros deseos y motivaciones. Veamos algunos ejemplos.

La agresividad tiene un carácter interpersonal, no sólo como expresión de algo interno, es un medio o instrumento como forma de acción sobre el Otro. Por un lado, puede ser necesaria para recuperar una autonomía, y permitir un espacio físico y psicológico independiente que no existía antes. Por otro, la rabia puede ser un intento de condicionar o influir en el comportamiento del Otro. Deviene en más impotencia si no se logra de obtener lo deseado –restitución del daño, disculpas, ser reconocido, modificación de conductas indeseadas, etc.–

Las fantasías o comportamientos agresivos permiten transformar una situación angustiante y de indefensión en una de control. Además modifican la propia representación mental o identidad, como de alguien que tiene poder, que no es víctima pasiva de las circunstancias o abusos del Otro. Si además existe un goce en la agresividad directa o indirecta –o pasiva, por ejemplo castigando con la ausencia o la falta de contacto–, puede que se perpetúe la rabia debido a que el sadismo marcó de alguna forma el desarrollo: el despliegue de agresividad, dominación y castigo es codificado como algo placentero. Escuda la autoestima, no por ello justo ni adecuado.

Los sentimientos de culpabilidad nos producen sufrimiento. Es doloroso sentir que uno ha tenido algo de responsabilidad en lo sucedido, en una ruptura o pérdida, que también obró mal o que cometió errores podrían ser considerados imperdonables si uno se juzga con severidad. Se buscan y escanean entonces razones y argumentos que permiten culpabilizar al Otro, proyectar en el Otro lo que en uno mismo es intolerable, alterando la identidad de cada uno: uno mismo como bueno que ha sido dañado, y el otro como malo que merece el desprecio.

Las cicatrices de la autoestima

Ser aceptado, validado, reconocido, admirado –amado– por el Otro, es una necesidad primordial en el ser humano, presente desde la infancia. Los padres u otras figuras significativas a lo largo de la vida, estructuran la autoimagen de uno mismo, transfieren la imagen que ellos tienen a modo de espejo, a través de sus interacciones verbales y no verbales –de dar cariño, de apoyar, de halagar, de mostrar su alegría y orgullo, etc. –. En una situación ideal, crean una autoestima estable cargada de vitalidad. Las situaciones de negligencia, abuso o falta de sintonía, provocan sentimientos de vergüenza, de inferioridad, de inadecuación, de debilidad, o de algunas formas de culpabilidad. Una imagen frágil , consciente o inconsciente, que debe de ser protegida a toda costa.1

Hay situaciones que pueden ser vividas como una ofensa narcisista y amenazar al equilibrio de nuestra autoestima: sentirse rechazado, abandonado, traicionado, humillado, ignorado, menospreciado, atacado por parte de alguien importante para nosotros. Desde este punto de vista, el núcleo de las reacciones de rabia secuestradora es una herida psicológica que existía y que vuelve abrirse. Es lo que se llama la herida o trauma narcisista. Nada fija tanto al objeto amado como la autoestima herida.

La rabia narcisista

Perder a alguien con la que nos sentimos seguros, cuidados. Perder la fuente de intimidad, de satisfacción sexual y sensual. Perder una fuente que nos llena de vitalidad y nos saca de la tristeza o ansiedad, que nos calman. Perder un sostén de nuestra autoestima ofreciendo aceptación, atención, valoración. Estas pérdidas son doblemente dolorosas: por el impacto de que se pierde algo vital, y porque evidencia un estado de fragilidad y flaqueza emocional. La rabia narcisista ruge entonces y consume el interior intentando eliminar y destruir internamente al Otro como un objeto interno atractivo y bueno.

La rabia, la agresividad, el odio, se activan defensivamente para sacar del dolor de la herida narcisista, la cicatriz en la autoestima. Busca múltiples justificaciones al odio en la conducta y defectos de la ex pareja, –o del familiar o amigo–. Se intenta demostrar a sí mismo y al Otro de que es inadecuado y no merecedor de su amor. Se activan también mecanismos defensivos de proyección para sacar de dentro los estados emocionales angustiantes e indeseables, y situarlos en el otro lado. La existencia del Otro valorado, es vivida como un observador de la fragilidad propia, y por lo tanto de una supuesta inferioridad. Ese poder que se le otorgó debe de ser eliminado.

Consecuencias de la rabia narcisista

La incapacidad de sostener una imagen de la totalidad de Otro, de alguien que es amado y tiene aspectos buenos, pero en otras circunstancias se comporta de formas dañinas e indeseables, provoca que se polarice la perspectiva y que los elemento positivos se excluyan defensivamente, pasando a atacar internamente y en la realidad al afrentador. Esto impide que se pueda integrar las distintas realidades y que una parte tenga que estar excluida de la conciencia. Esto impide el final de la espiral de odio y la reconciliación.

Las emociones se activan con el objetivo de erradicar al amado perdido de su vida mental. Paradójicamente se convierte en una forma de perpetuarlo en la mente –a modo de obsesión –.  Cuanto mayor es el esfuerzo por borrar cualquier tipo recuerdo o pensamiento, más presente se hace en el horizonte mental. La obsesión paranoide junto con el narcisismo impide desprenderse, o vincularse con otras opciones del mundo externo. A veces impulsa a saber los más mínimos detalles de la vida personal y sentimental del Otro perdido. La impotencia de no librarse del objeto perdido y doloroso, llevan a la depresión.

A veces las agresiones y estallidos de furia se llevan a la realidad. Esto agrava aún más la situación previa en la relación, con posibles consecuencias psicológicas, en el entorno o incluso legales. Además puede atrapar en un ciclo vicioso de ataques, posterior culpabilidad, desagravio, y humillación, alimentando más la impotencia y la rabia. La corrosión interna de la imagen del Otro, como persona querida que sostuvo una parte importante de su vida, que aportó bienestar y felicidad en algún punto, precipita también a la pena y tristeza profunda. Todos estos aspectos complican el duelo, el perdón y la aceptación liberadora.

«La paz viene de dentro, no la busques afuera» (Buda Gautama).

Reflexión final

El objetivo del post es una invitación a reflexionar sobre qué condiciones pueden estar manteniendo esa rabia. Liberar el resentimiento implica primero reflexionar sobre su origen  y reconocer el dolor que genera en nosotros.  La rabia, el rencor, el resentimiento, la furia,… es necesario que sean expresadas, pero son emociones que si son mantenidas en el tiempo e intensidad, nos envenenan y nos perturban. Somos víctimas de nuestras propias emociones, mas allá del agravio ocurrido. En este momento del año en el que se publica el post, puede ser un buen momento para reflexionar. El perdón no significa olvidar, pero sí pensar en ello sin que duela, dejar que se marche. Aunque no podamos cambiar los hechos del pasado, ni tal vez llegar al perdón o reconciliación real con determinada persona, sí se puede llegar a aceptar y reconciliarse emocionalmente con ese fragmento herido de uno. Esa parte incapaz de hallar calma ni perdón. Nadie merece la esclavitud del odio.

Notas

Heinz Kohut fue uno de los primeros psicoanalistas en situar el narcisismo como un sistema motivacional de primera magnitud, cuyo deseo central y en esencia es construir una imagen de Sí mismo –el Self, el nucleo central de nuestro Yo o personalidad– válida, digna de ser amada y reconocida, y la necesidad de mantener una estabilidad y cohesión. Identificó una desconcertante angustia –angustia de fragmentación– asociada a la ruptura de la frágil imagen e identidad que luchamos por sostener. El narcisismo no es considerado como patológico ni nocivo, si no como algo necesario y parte del desarrollo normal. Sólo en ciertas personalidades, los intentos y formas de recuperación del equilibrio de un frágil y herido narcisismo son patológicos o destructivos.

Referencias bibliográficas 

  • Bleichmar, H. (1997). Avances en Psicoterapia Psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Barcelona: Paidós Ibérica.
  • Kohut,H. (1977) El análisis del Self: el tratamiento psicoanalítico de los trastornos narcisistas de personalidad. Buenos Aires: Amorrortu

 

 

Lesionados por carencias afectivas

Observo por la ventanilla el movimiento en la estación ferroviaria: pasajeros con su equipaje que van y vienen, subiendo y bajando del vagón. Miro mi rostro reflejado en el cristal. Mi equipaje está repleto de relatos que vienen y se van de mi vida, pasajeros. Nostálgica maleta de bellas y tristes memorias. Cuando suena el aviso de partir, estoy solo, nadie en mi compartimento. No hay pasajero que se haya sentado y se quede… me he acostumbrado a tener asientos libres cerca y me gusta esta tranquilidad; tampoco necesito compañía. Mejor en soledad que un mal compañero de viaje. Aunque en el fondo,  sé que no es del todo cierto…

Porque a veces se deslizan por esa cara acartonada e inerte de la ventana lágrimas amargas;

y me sacude como un relámpago en la noche, la lacerante soledad en el vacío.

Mis anhelos son líquido para el que no existe recipiente.

Carencia emocional

El ser humano es un ser emocional. Nos distingue como especie nuestra poderosa capacidad de vincularnos, y nos influye desde que nacemos hasta el final de nuestras vidas. Establecemos fuertes lazos y deseamos relacionarnos. Uno de los motivos básicos e instintivos de la experiencia humana es la búsqueda y conservación de un fuerte vínculo emocional con otra persona.  Esta motivación básica es lo que llamamos apego.

Existe una tendencia natural a buscar la cercanía física, de compartir estados emocionales, de conectarnos con otro ser humano. Sin embargo, existen personas que –aparentemente– parecen no estar fabricados con este ingrediente.

Hojalata sin corazón

¿Recuerdas al hombre de hojalata en el cuento del Mago de Oz? El fuerte compañero acompaña a Dorothy para recibir un corazón que le otorgue sensibilidad. La metáfora nos sirve para representar a cierto tipo de individuos que no exteriorizan necesidades emocionales, de consuelo, cercanía, comprensión, cariño… ninguna necesidad de amor. Expresan sus creencias acerca de los vínculos con un discurso teñido de pesimismo respecto a relacionarse. Muestran desencanto, una desconfianza de que pudieran existir relaciones auténticamente duraderas. No esperan ni piden de los demás ningún tipo de soporte afectivo, y naturalmente, tampoco lo obtienen.

Evitan la intimidad y cuando se enfadan son capaces de desaparecer de la vida de otras personas. Generalmente son personas independientes, incluso podría decirse que necesitan compulsivamente sentir y mostrarse independientes. No sienten angustia por no estar en relación, convencidos de que no van a conseguir lo que necesitan: ¿para qué implicarse? Y si existe malestar por esto, devalúan la importancia de las relaciones. No creen que eso que llaman “amor” exista: sus propias experiencias de decepción le confirman a modo de profecía, que así es.

Por otro lado, les cuesta expresar y conectar con su mundo emocional: si las emociones son la brújula que nos orientan en las relaciones, no saben interpretar muy bien las indicaciones de la aguja. No tienen una consciencia adecuada de sus necesidades y no son capaces de expresar su experiencia emocional interna. Inhiben su expresión, todo ese mundo les hace sentir descontrol. Si se permiten abrirse y comunicar sus emociones, les invade el miedo a la falta de respuesta, a ser heridos y al rechazo.

La imagen que quiero crear, no es la de un egocéntrico, frío y calculador. Imagina más bien a un niño que en su soledad siente que no hay, ni habrá, nadie a su lado. Un niño que siendo ahora grande, intuye que algo que debió estar no estuvo, ni está, y es vivido con un sentimiento de ausencia, de vacío. Creencias ancladas de forma profunda de que nunca se podrán satisfacer necesidades afectivas de amor. En su propia autoimagen, se ve como un ser que pase lo que pase acabará estando solo, o que ciertos aspectos que en el fondo necesita, nunca se obtendrán; aspectos que no serán escuchados o comprendidos, y por lo tanto no habrá nadie que los proporcione. Las necesidades de apego imprimen deseos que son centrales para el psiquismo, y como cualquier otro deseo al no poder ser realizado, nos deja en un estado de impotencia y desesperanza. Por ello hay que levantar muros, auténticas fortalezas para que el impacto de un posible asedio emocional no arrase con dolor. Dolor psíquico ya conocido pero que ha sido retirado de la realidad mental presente.

En cierta forma, coexisten dos modos de víncularse, pero uno de  ellos está reprimido1: se perciben como autónomos y sin necesidades, pero en su núcleo reside el deseo de contacto emocional y, especialmente de que no le “fallen” emocionalmente. Viven en una paradoja: por un lado la compulsión a la autonomía, que les da seguridad, control y calma, y por otro, una necesidad inconsciente de un vínculo cálido, auténtico, confiable, cuidador, seguro.

Anatomía de las carencias afectivas: su origen

Generalmente, estas personas provienen de contextos familiares cuyas figuras de apego se caracterizan por la ausencia. Esta ausencia pudo ser total debido, por ejemplo, a una situación familiar que implicó una separación larga o permanente con una o ambas figuras de apego, o por un fallecimiento en edades tempranas. Empero, es fundamental comprender que esa ausencia puede ser parcial, es decir, a pesar de la presencia y cuidado por parte de las figuras parentales, es posible que en otro nivel hubiera alguna falta, como por ejemplo en el plano emocional. Una madre puede estar siempre presente y atenta a las necesidades pero ser un desierto afectivo. Pueden darse contextos que le provoquen sentimientos de ser rechazado, no valorado ni merecedor de amor del ser querido debido a que recibe una interacción caracterizada por la frialdad, inaccesibilidad, severidad, etc. A modo de esquema, podríamos diferenciar la carencia emocional en tres tipos de fallas:

– Primero, pudo faltar un cuidado sensible, desde el afecto físico y la demostración de ternura –como las caricias y abrazos, o un habla cariñosa y cercana–, o bien la falta de atención a sus necesidades y deseos. Figuras de apego que fueron frías, poco demostrativas en los gestos de cariño, o que no dieron la atención y tiempo que el niño necesitó, hasta que se adaptó a esa forma de vínculo. Hay madres y padres que por sus propias condiciones psicológicas y situación vital no pueden o no disfrutan plenamente de una conexión emocional y cuidado del hijo, desconexión que es captada por el niño.

– Segundo, la carencia puede estar relacionada con la falta de empatía, de sintonía y conexión con el niño. Esto desemboca en una impresión intima de que no existe nadie que realmente sepa como se sienten por dentro ni que traten de comprenderlo. Hay padres que no consiguen empatizar adecuadamente con sus hijos, esto es, conectar con sus estados emocionales, las necesidades y dificultades, y por lo tanto, no consiguen regular adecuadamente dichos estados, e incluso imponen sus propias necesidades en sus hijos. Estos niños tendrán dificultades en regular sus propios estados emocionales y poder interpretar correctamente el mundo interno propio y de los demás.

– Por último la carencia afectiva puede estar relacionada con no sentirse protegidos, no poder desarrollar una seguridad básica.

La relación emocional cuidador-hijo se convierte en algo afectivamente estéril. El niño se adapta al adulto evitando la cercanía y la conexión emocional, ya que el vínculo inaccesible y frío por parte de la persona que necesita y ama, le resulta dañino.

La privación de las necesidades emocionales puede empezar muy pronto, durante el primer año de vida. Incluso antes de poder hablar y por ello es un aspecto psicológico que puede quedar fuera de la conciencia –sin lenguaje, no es representado mentalmente –.

infancia carencia emocional

¿Por qué se produce esta forma de protección emocional?

Los teóricos del apego2 señalaron que el apego organiza el desarrollo evolutivo de los niños, ya que dentro de la relación cuidador-hijo, le permite organizar su experiencia emocional y controlar sus emociones. Esto depende de la capacidad y sensibilidad del cuidador para sintonizar adecuadamente con las necesidades y demandas del niño. Desde el nacimiento existe un impulso natural a buscar la proximidad del Otro significativo en busca de un refugio y una base segura.

La función esencial de las figuras de apego es la de regular las necesidades fisiológicas y psicológicas básicas, por lo que la meta de la activación del sistema de apego es acceder y asegurar estas respuestas de cuidado y regulación. Según la calidad, la sensibilidad , accesibilidad y la continuidad de las respuestas aportadas por las figuras de apego, les permite desarrollar un sentimiento de seguridad en el apego, o bien pueden necesitar desplegar estrategias para adaptarse y autorregularse.

Las estrategias de apego se van consolidando en forma de organizaciones o estilos, diferenciándose en el tipo de estrategias utilizadas para regular el estrés y los estados internos de inseguridad y vulnerabilidad. Cuando la estrategia primaria de regulación afectiva del sistema de apego –es decir, la búsqueda de proximidad– no logra restaurar el equilibrio emocional por las experiencias negativas con las figuras de apego previas –inaccesibilidad, ambivalencia, intrusividad, rechazo, persecución, etc.– los apegos inseguros ponen en marcha estrategias secundarias. Las estrategias de los apegos inseguros, las cuales son psicológicamente adaptativas en la infancia, son esquemas mentales y sistemas defensivos establecidos en la primera infancia para combatir la desorganización ante la angustia y el dolor psíquico. Por un lado el estilo evitativo, utiliza estrategias para minimizar el impacto emocional de la activación de las necesidades de apego, mientras que los apegos con elevada ansiedad hiperactivan el sistema de apego y la expresión de conductas y afecto negativo para asegurar la presencia de la figura de apego.

Desde la Teoría del apego, el perfil de persona que estamos revisando en el artículo es predominantemente un estilo de apego inseguro Evitativo.

Señales de alarma en la elección y relación de pareja

En mi anterior artículo sobre la elección de pareja, hablaba de los patrones que se repiten debido a las experiencias vividas en las relaciones pasadas. Las relaciones de pareja pueden verse afectadas por la persistencia de esos esquemas internos, dado que las estrategias de los apegos inseguros son psicológicamente adaptativas en la infancia, pero tienden a ser un impedimento para un desarrollo afectivo, social y cognitivo adecuado, apareciendo dificultades en la edad adulta. La relación de pareja, e la relación de apego central en la etapa adulta y está influenciada de modo significativo por la historia relacional de cada uno de los miembros.

¿Qué tipo de experiencias y patrones pueden ocurrir en el contexto de una relación?

El “gatillo” que predominantemente dispara la transferencia del pasado será un vínculo con alguien que hace recapitular la carencia emocional, sea por el motivo que sea –porque existe alguna negligencia emocional como abandono, ausencia, rechazo, etc.–. Desde un esquema predominantemente evitativo/devaluador del apego, se puede decantar por una elección hacia relaciones distantes, con personas “desapegadas”, poco emotivas e implicadas… incluso con individuos que no pueden o no quieren entregarse a otro.

En este punto, puede que hayas reconocido en ti algo que ya conocías. Tal vez lo reconozcas en alguna persona querida. O puede que estés tomando conciencia de algo que jamás habías pensado. En el caso de que sientas identificación con la imagen que expongo en el artículo, si la persona que te provocó una atracción irresistible y magnética en el pasado o actualmente, percibes por su parte cierta frialdad, distancia, falta de compromiso, incomprensión, inaccesibilidad, evitación emocional; si está disponible esporádicamente y en situaciones que necesitas su presencia o apoyo no está; si provoca sentimientos de vulnerabilidad, obsesividad, enfado, celos y no te reconoces con esas emociones; si te fuerza a estar «mudo» cuando intentas expresarte emocionalmente, en el sentido de que no es capaz de escuchar ni comprender tu esencia emocional… ante esta situación sólo se me ocurre una palabra: huye.

Sin embargo, paradójicamente, normalmente puede ser que el protagonista de ese papel distante y frío seas tú.

Es común que muchos sientan una atracción intensa al principio, optimismo y muchas esperanzas, pero que termina desembocando en decepciones. La repetición del esquema puede ocurrir eligiendo personas que saben o sienten que no habrá un futuro en relación, o provocando que las relaciones no funcionen, volviéndose boicoteadores e impulsando a que les abandonen.

Curiosamente las personas con las que podrían formar una relación estable, que muestran cariño y entrega, parece que provocaran que el interés se volatilizara. El historial de relaciones puede ser en este caso amplio y muy inestable. Saben que en esos vínculos la pareja “estará ahí”, pero acaban perdiendo el interés o sintiéndose inundados por las necesidades del amante, que puede resultarles intrusivos, especialmente si llegan a demostrarles su dependencia y por la aparición de ciertas respuestas emocionales –como la rabia, la recriminación, o los celos, debido a que ese modo de vincularse crea inseguridad y despierta sus propios «fantasmas» –.

Aparte de no querer ser inundados emocionalmente porque les perturba, también podrían hallar el vacío que supone un vínculo centrado en atender las demandas del Otro, de no ser reconocidos en sus necesidades y estar excluidos emocionalmente –de nuevo…– .

También puede darse un historial de pocas relaciones, ya que es común una terrible capacidad para decidirse, en el sentido de comprometerse en una relación. Lo perciben como algo intrusivo, como una amenaza que pudiera atrapar su “privacidad y espacio”.  En el fondo, en su inconsciente, la amenaza y el terror real es volver a verse atrapados en una situación en la que vuelvan a estar carentes afectivamente; que les vuelvan a fallar. Existen por lo tanto casos de mayor soledad y evitación de relaciones íntimas, permaneciendo en relaciones muy distantes o evitándolas completamente.

Como puedes ver, son formas distintas de colocarse en una relación pero que desembocan en una situación común de carencia, reproduciendo la maldición. Para detenerla hay que entender las carencias vividas, conectar con ellas en el presente y sentir las necesidades de afecto y empatía de aquél  niño, y revisar su impacto en las relaciones pasadas y presentes. Esta reflexión profunda acompañada de la experiencia emocional, permite aclarar los patrones y anticipar los posibles peligros, pasos fundamentales para avanzar hacia el cambio y el bienestar en nuestras relaciones.

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1 He utilizado esta expresión para el público no familiarizado con conceptos psicoanalíticos. La expresión correcta sería disociado o escindido, en referencia a la exclusión defensiva de cualidades contradictorias e incompatibles en el psiquismo, dejando los aspectos inaceptables o traumáticos fuera de la conciencia.
2 Concretamente me refiero a los estudios de Sroufe y Waters (1977; citado en Marrone, 2009)
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Referencias bibliográficas

  • Marrone, M. (2009) La Teoría del Apego: un enfoque actual. (2º Edición revisada y ampliada). Madrid: Editorial Psimática.
  • Young, J. & Klosko, J. (2001). Reinventa tu vida : cómo superar las actitudes negativas y sentirse bien de nuevo. Barcelona: Paidós.

Elección de pareja: la repetición de patrones tóxicos

De nuevo en el borde de la cama, mis ojos vidriosos repasan cada recuerdo como si leyeran un libro abierto. De nuevo en el mismo punto, con el mismo lastre que sobrecarga el interior de mi cuerpo. ¿Cómo es posible? Personas distintas, relaciones análogas. Idénticas emociones en forma de tormenta que rasgan por dentro. Una mala fotocopia de una imagen distorsionada copiada en otro momento.

Y ahora no queda más que el vacío de la ausencia.

elección de pareja

¿Cómo seleccionamos a otro ser humano para establecer una relación amorosa?

A priori, buscamos establecer una relación satisfactoria y duradera, que permita alcanzar determinadas metas y valores, y que satisfaga necesidades psicológicas y biológicas que aseguran el cuidado, preservación, e integridad física y mental. Y esta idea puede cumplirse en personas que debido a su historia biográfica y características psicológicas, les permite disponer de vínculos que, a pesar de los conflictos, contribuyen a su estabilidad, al sentimiento de seguridad y a dicho equilibrio psicobiológico. Sin embargo, no siempre es así…

Muchos tienden a elegir parejas con las que construyen y repiten vínculos inestables, perturbadores, destructivos o patológicos. ¿Por qué no impiden la experiencia dolorosa y el aprendizaje que vuelvan a emerger  las mismas configuraciones de relación?¿por qué de nuevo atraídos por mismos rasgos de personalidad?¿por qué con personas diferentes se repiten los mismos círculos viciosos?

Una elección no elegida

El quid de la cuestión es que no elegimos sentirnos atraídos por alguien voluntariamente; ni elegimos las emociones que surgen en nuestro cuerpo; ni decidimos inclinarnos por unas personas más que por otras. No es como ir al centro comercial, comparar características de un producto y decidir comprar o no. No somos teléfonos móviles ni televisores.

Gran parte de la dinámica de las motivaciones y deseos que nos impulsan a preferir a alguien, son procesos inconscientes y que no dependen de decisiones racionales. Los enlaces que llevan a una persona a preferir magnéticamente a otra parten de la propia estructura psicológica y de sus experiencias biográficas. De hecho,los potenciales conflictos que destruyen las relaciones, tienen su origen ya en la elección mutua.

Algunas cualidades de la otra persona que resultan atractivas son conscientes. Son accesibles con el pensamiento para nosotros y forman parte de las creencias de por qué se le elige –sentimientos captados por el lenguaje en frases como ”me atrae mucho físicamente”, ”es muy inteligente ”, “me ofrece mucha atención y cariño”, “tenemos un sexo fantástico”, etc.–. Pero es esencial comprender que no todas las motivaciones son evidentes: si alguien mantiene una relación disfuncional con una persona –aparentemente– inadecuada, seguramente significa que en otra parte de su psiquismo le está ofreciendo satisfacción, compensando fallas y necesidades internas. Detrás de toda motivación y deseo, existen necesidades psicológicas y biológicas, susceptibles de ser mutuamente solicitadas y atendidas en una relación de pareja: un refugio para sentirnos seguros y amparados, para el cuidado físico y psicológico mutuo; un espacio de encuentro entre necesidades de intimidad, de goce sensual y sexual; para la aceptación, la comprensión,  la atención, la admiración, la valoración…

Existe también la necesidad de huir o estabilizar los estados displacenteros internos y que puede ser regulado en una relación. Por ejemplo estados depresivos, de ansiedad, de angustia ante la amenaza de la propia integridad física o mental, ante la soledad, la separación o la pérdida de figuras significativas, o aspectos de la autoimagen que provocan sentimientos de inferioridad, vergüenza o culpa, etc. También la necesidad de asumir determinadas identidades: protector o protegido, cuidador o cuidado, culpable o indefenso, admirado o admirador, devaluador o devaluado, abandonado o abandonante, seducido o seductor, perseguido perseguidor, etc. La lista es tan larga como experiencias vividas, son ejemplos de cómo buscamos inconscientemente asumir determinadas identidades o roles –y que el Otro asuma también–, ya que impactan y transforman directamente nuestra autoimagen. 

La elección ocurre dentro de un espacio común de transacciones entre dos subjetividades, dos sujetos en relación que crean un impacto en sus sistemas de motivaciones, y en esa matriz de interacciones se satisfacen, frustran, y transforman mutuamente, adoptando y formando configuraciones de roles y posicionamientos recíprocos.

La repetición de patrones tóxicos: visitas de fantasmas

Existe en ciertas personas un patrón repetitivo de elección “no elegida” de relaciones disfuncionales en las que se reexperimenta lo vivido en el pasado, muchas veces el mismo lazo doloroso. Freud señalaba la existencia de este sesgo demoníaco o el eterno retorno de lo igual, en pacientes que revivían con pesar las mismas situaciones disfuncionales o patológicas provenientes del pasado –la compulsión a la repetición –.

La preferencia de pareja puede quedar sesgada inconscientemente hacia personas con las que se van estableciendo configuraciones de relaciones análogas a las experimentadas, aunque actualizadas en un contexto y realidad presente; además, el Otro actúa desde sus propios esquemas como “cómplice” de círculos viciosos que acaban derivando en tóxicos.

Nuestras experiencias dentro de las relaciones van creando un conocimiento implícito acerca de éstas, y permiten un reconocimiento de elementos muy sutiles de comunicación emocional no verbal en las interacciones, así como elicitar respuestas emocionales y pensamientos automáticos ante ellas. Esta memoria implícita relacional, nos permite procesar e identificar lo ya vivido con otra persona; y esa misma memoria es la responsable de perpetuar los patrones que nos posicionan en determinados roles y de disparar estallidos emocionales que a veces nos «secuestran» hasta el punto de no reconocernos. Se borran los límites entre la realidad actual y el pasado porque el sujeto en el presente activa al mismo tiempo los fantasmas a los cuales ha ido enfrentado desde niño.  El cuerpo se dispara ante el “gatillo” apropiado.

Se trata de un trasvase desde el ser que en el pasado –en la infancia, adolescencia o primeras relaciones amorosas– necesitó a unas figuras buscando amor, cariño, atención, calma, ternura, reconocimiento y valoración, pero encontró negligencia en su cuidado físico, psicológico o afectivo, y en su extremo el trauma grave por el abuso y el maltrato. Tal vez éste sea el tipo de comportamientos que viene a la mente al lector, pero la falla puede ser mucho más sutil y silente. Puede ser un regreso emocional a un vínculo con poco cariño,con frialdad emocional o cierta indiferencia a necesidades afectivas; a un vínculo excluyente y abandonante; a vínculos devaluadores, críticos, invalidantes, persecutores, severos; a vínculos de amor condicionado a deseos o necesidades ajenas a él; a vínculos que impiden la autonomía, que ahogan la iniciativa y la independencia; vínculos llenos de agresividad, desprecio…

Las perturbaciones en el vínculo con las figuras significativas, parentales o no, empujan muchas veces al encuentro compulsivo con ese trauma relacional vivido. Reaparecen desde la sombra de la memoria múltiples experiencias de angustia y sufrimiento, que nos alertan en el cuerpo sobre la amenaza del dolor psíquico, activando estrategias defensivas que en algún momento permitieron sobrevivir y equilibrar el psiquismo, pero que en muchos casos son disfuncionales en la relación presente. En cierta forma, nuestras relaciones actuales pueden ser perseguidas por fantasmas de las pasadas.

repetición de patrones

Explicación de la repetición

La búsqueda compulsiva de recobrar lo vivido, puede producirse con el objetivo de reparar las fallas emocionales, de alguna forma una oportunidad de lograr un resultado diferente, una nueva oportunidad de enfrentarse a roles y situaciones ya vividas, buscar enmiendas, curar heridas profundamente ancladas en lo más profundo del ser. En resumen, obtener un amor de la figura de apego de la forma que fue vital tener y no se tuvo. 

Desde una perspectiva teórica actual, distintas escuelas y orientaciones de psicoterapia coinciden, aunque con distinto lenguaje técnico y perspectiva, en que la mente se estructura en el seno de las relaciones, y que determinados aspectos sobre los modos de relacionarse, así como la autoimagen y las expectativas de los demás quedan grabados en forma de esquemas, que actúan de manera estable en forma de automatismos en el pensamiento y las emociones. Esto se debe a la tendencia de nuestra mente a conservar una continuidad y cohesión con la experiencia asimilada. Se mantiene cierta necesidad de estar en contacto con formas de relación que son familiares a su experiencia y que les mantiene conectados con el mundo interpersonal conocido.

“los sentimientos dolorosos, las relaciones autodestructivas y las situaciones de autosabotaje se recrean a los largo de la la vida como medios de perpetuar los primeros lazos con las demás personas significativas” (Mitchell, 1993, p.40)

Algunas veces toman los roles traumáticos como una forma de obtener en el presente el control de situaciones que fueron desbordantes en el pasado. En esos aspectos emocionales que se transfieren al presente, no sólo se repiten las mismas configuraciones o posicionamientos ante el Otro, sino que también se pueden invertir los roles: la víctima siempre aprende los dos papeles de la situación traumática, víctima y verdugo, dos caras de la misma moneda. Éste es el caso de las personas que, habiendo sido sufrido alguna negligencia , se identifican con el perpetuador y repiten la escena en su  conducta como una forma de obtener una identidad poderosa, no débil, pasiva ni padeciente. En el reverso de la moneda, otra forma de control en la transferencia es adoptar comportamientos de sumisión, pasividad y sometimiento ante los deseos y abusos del Otro, con el objetivo de aplacar al persecutor o incluso provocarle intencionadamente, re-actuando la situación pero esta vez de una forma controlada y no sorpresiva, ya que es uno quien cree ser protagonista y responsable de lo que le ocurre. Con estas conductas masoquistas se reduce el impacto traumático, mediante la autoinculpación y «salvando» a la  figura de apego, que, a pesar de todo, sigue necesitando.

¿Condenados a enamorarse mal?

Resumidamente, a veces ocurre que el objeto de amor elegido no va en consonancia con atributos y cualidades, psicológicas y físicas, que le atraen o convienen a un sujeto: puede estar cubriendo inconscientemente a otro nivel motivacional algún vacío o compensando un conflicto, de un aspecto que es esencial para él/ella. Por esto, no tiene sentido decir que se elige mal y culpabilizarse: en primer lugar porque no es voluntario, y en segundo porque las emociones se dirigen a elegir lo mejor de lo que está disponible, para resolver parcialmente ciertos deseos y necesidades que pujan desde dentro de una persona en un momento específico; aunque no sea lo más adecuado para la totalidad de dicha persona.

¿Pero es eterna esa condena? La respuesta es NO.

Me gustaría invitar a la reflexión de qué aspectos puedan estar enganchando a relaciones tóxicas. Qué motivaciones pueden haber detrás de dichos patrones. No es mi intención hurgar gratuitamente en cicatrices ni memorias dolorosas, pero sí convidar a un aprendizaje personal que permita una mejor elección de pareja, así como para mejorar aspectos dentro de una relación ya establecida. Está en nuestras manos la decisión de con quién compartimos nuestra vida y cómo lo hacemos. De ahí la importancia de dar un primer paso y reconocer la implicación psicológica propia.

Tras una apropiada exploración, que permita una reflexión sobre las experiencias vividas y una comprensión que ofrezca una coherencia, es especialmente importante tener una oportunidad de vincularse, actuar o pensar de una forma distinta dentro de una relación significativa–como una relación de apego seguro o una relación terapéutica, que permiten una experiencia reparatoria y de regulación emocional–, ya que es la única forma de imprimir experiencias emocionales correctoras en la memoria implícita.

El azar sigue actuando en la vida y existen nuevas oportunidades de establecer distintos vínculos, pero desde luego la atracción es mucho mayor hacia esos vínculos inadecuados, y no es una solución saltar de relación en relación manteniendo el mismo lastre. En cada relación se abre una ventana hacia el pasado, a lo experimentado en las relaciones a lo largo de la vida. Se reviven y despiertan deseos y angustias, pero se brinda la posibilidad de sanar, de realizar lo nunca vivido en un vínculo, de construir mutuamente lo íntimamente anhelado. 

Referencias bibliográficas

  • Bleichmar, H. (1997). Avances en Psicoterapia Psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas. Barcelona: Paidós Ibérica.
  • Filippe dos Reis, H. (2016). La elección de objeto de amor desde el enfoque Modular-Transformacional: el encuentro con el Otro. (Pendiente de publicación)
  • Freud, S. (1914). Recordar, repetir, elaborar. En Freud, S. (2007) Obras Completas, Vol. XII. Buenos Aires: Editorial Amorrortu.
  • Mitchell, S. (1993) Conceptos relacionales en el psicoanálisis: una integración. Madrid : Siglo XXI

Lazos invisibles: apego, conexión e intimidad

«Ha pasado mucho tiempo desde la última discusión. Al entrar por la puerta de la cafetería, se me hiela el cuerpo; por un segundo mientras busco con la mirada entre las mesas, me doy cuenta que lo que llevo en el cuerpo no son nervios, es miedo. No he parado de pensar en ello, en cómo sería este reencuentro, cómo va a reaccionar, cómo voy a reaccionar yo…
Al verme, abre mucho los ojos, se levanta de golpe, y una sonrisa le ilumina la cara. Me abraza; no recuerdo que me haya abrazado así antes.  Iba a decir algo, el corazón y el estómago me atenazan, me dejan sin palabras. Me dejo llevar, me dejo estar; me derrito por dentro. No recuerdo haber abrazado así antes. Mi mano, al separarnos, le acaricia su cara; siento cómo se estremece en mi palma, rehuye mi mirada: sus ojos están húmedos, y los míos se empapan como el reflejo de un espejo… me ha echado de menos, y yo también. Mucho. Lo se ahora.
Siento su entusiasmo en mi pecho a pesar del abatimiento pasado. Pasado que se relativiza a los pocos minutos: la complicidad de las miradas, anticiparnos a lo que dice el otro, la risa… me invade una gran alegría… Conectados de nuevo.»

conexión e intimida en el abrazo

Con los abrazos se finaliza el frío de la desconexión

 

Desconectarnos nos apaga. De alguna forma, en los vínculos más importantes (las relaciones con nuestras figuras de apego), estamos conectados como un circuito eléctrico: captamos que la conexión está abierta o cerrada si sentimos el flujo de la corriente. No es algo que podamos poner fácilmente en palabras ni pensar racionalmente qué es; simplemente lo sentimos. Somos permeables a esa corriente emocional mutua, somos capaces de leer automáticamente en los gestos posturales, las expresiones de la cara, el tono y ritmo de la voz, más allá de las frases y palabras, y saber que “algo” ocurre. Por dentro de nuestro cuerpo las emociones funcionan como un medidor de corriente; o una brújula, que señala la dirección en una geografía llamada relación.

Existen deseos de hallar respuesta emocional del Otro de forma que permita completar ese circuito de intercambio afectivo. Siguiendo la viñeta del comienzo, los gestos de ternura, el placer en el reencuentro, la complicidad en las miradas, la alegría por la alegría del otro; u otros ejemplos como el abatimiento mutuo por la tristeza, el encuentro sexual pleno… hasta el chiste malo que encuentra la risa del oyente, sólo pueden ser posibles si ambos comparten un mismo estado afectivo. Algunos de nuestros estados emocionales sólo existen en la intersubjetividad, en el espacio psicológico compartido que emerge entre dos individuos en relación. La necesidad de intimidad, de que haya un estado emocional compartido es diferente de la empatía, ya que ésta no requiere que la persona con la que nos comunicamos experimente de la misma forma un sentimiento.

Raíces de la conexión emocional: la relación de apego temprana

Veintitrés centímetros es una distancia mágica para un recién nacido.

Veintitrés son los centímetros promedio del campo visual durante nuestras primeras semanas de vida: es la longitud que separa nuestros ojos y la cara de nuestra madre cuando estamos en su pecho nada más nacer… Los bebés recién nacidos son capaces de fijar la mirada y reaccionar ante las interacciones de los adultos (por ejemplo con reflejos como la sonrisa), reconocen y responden a las caras humanas antes que cualquier otro estímulo. Curiosamente, el desarrollo de las áreas perceptivas visuales es posible gracias a las interacciones interpersonales, ofreciendo la estimulación necesaria. Éste es sólo un ejemplo de los muchos aspectos del cerebro que la investigación científica evidencia que el bebé está programado para ser social, no se vuelve social por aprendizaje o la adaptación al entorno. Nace inscrito en una matriz de interacciones que permite que su cerebro pueda desarrollarse y madurar, el cual viene ya equipado con una amplia gama de recursos que permiten interactuar nada más nacer, especialmente con la mamá. El sistema nervioso se organiza y madura gracias a la regulación emocional mutua y a la interacción sintónica que las relaciones de apego tempranas ofrecen.

Veamos qué ocurre cuando se rompe esa interacción.

VIDEO (activa los subtítulos y selecciona el castellano en «configuración» sí lo deseas): Ilustra el experimento de la cara inexpresiva (still face) del psicólogo evolutivo Edward Tronick. Demostró la importancia de la comunicación bidireccional afectiva y su influencia. La falta de comunicación, impulsa al bebé a buscar una respuesta, cambiando de estado de ánimo a otro hasta el llanto. Evidencia la aptitud de los bebés para conectarse emocionalmente y la importancia del papel parental en la estimulación, regulación y transmisión emocional.

Siempre me ha impresionado la mirada del minuto 1.07: el bebé capta increíblemente rápido que algo pasa. La niña despliega todas las estrategias de las que dispone: le manda la más linda y seductora de las sonrisas, señala con el dedo para atraer su atención, hace cambios posturales y gestos, grita ensordecedoramente (¡vuelve mami!)… no soporta su mirada inerte, siente angustia. La desconexión emocional le aniquila. No tiene capacidad de cuidarse, de darse calor, de alimentarse, de valerse por sí misma: sin un Otro, estaría en un aislamiento letal. Imagina flotar a la deriva en el espacio exterior, estar solo significa aniquilación… y el bebé lo vive en el cuerpo.

Nuestro Yo más básico, nuestro Self, emerge en la relación de apego temprana. El bebé es sensible a las “desconexiones” del adulto hacia él. Los cambios de tono y ritmo, las expresiones faciales, matices en los gestos y respiración, movimientos bruscos, miradas, el bebé no puede comprender palabras pero capta la corriente emocional. Esa es nuestra herencia biológica. Nuestro cerebro emocional (concretamente el sistema límbico del hemisferio derecho) está a pleno rendimiento desde el nacimiento (de hecho, desde el útero). De la misma forma que aprender a montar en bicicleta es algo que no «se conoce», simplemente es algo que «se hace» y no se olvida, en un contexto relacional ocurre lo mismo. Existe una memoria (memoria implícita o procedimental) cuyo contenido empieza a estar disponible desde antes del parto y está formado por respuestas emocionales y patrones procedimentales de “estar con alguien”, de formas de mantener dicha conexión, que no pueden transmitirse con palabras. Este conocimiento sobre las relaciones se expresa en la forma en que nos comportamos y sentimos, los modos y roles desde los que nos relacionamos, y también en lo que esperamos de los demás1. La memoria que nos permite poner en palabras e imágenes nuestra experiencia (memoria explícita o declarativa) se desarrolla en el hemisferio izquierdo, pero eso no ocurre hasta los 3 años aproximadamente (por eso no tenemos recuerdos de esas edades).

W. R. D. Fairbairn (1889-1964)2  fue un psicoanalista escocés que en su trabajo con niños maltratados, observó que a pesar de todo el daño y las secuelas, seguían necesitando de esas figuras significativas, desarrollando distintas defensas psicológicas para que pudiera ser posible. Para Fairbairn el motivo básico de la experiencia humana (en contraposición a Freud) sería la búsqueda y conservación de un vínculo emocional fuerte con otra persona, independientemente de que éste sea dañino. Si las personas que tienen a su cargo ofrecen una relación con experiencias de determinada cualidad emocional, sean placenteras o dolorosas, el niño metabolizará esa forma de contacto: lo fundamental es estar conectado, no el bienestar. La patología de la conexión en el adulto proviene de estrategias que aplacan las consecuencias de las fallas o traumas en los vínculos de apego de la infancia. Ser incapaz de sentir o comprender lo que siente otra persona, ser incapaz de necesitar o sentirse cómodo en la intimidad, o por el contrario, el ansia por tenerla, ser una antena parabólica emocional que alerta de cualquier amenaza para el vínculo, son distintos polos de una misma dimensión. La psicopatía o el narcisismo patológico es un extremo de esta desconexión; la patología borderline y la desregulación emocional severa serían ejemplos del reverso de la moneda.

 

Deseo de intimidad

Si hay una característica que nos distingue como especie es nuestra poderosa motivación de vinculación. Cualquier motivación impulsa a satisfacer una necesidad o deseo interno, para equilibrar el estado interno hacia un bienestar, reduciendo el malestar y la perturbación. Existe un área motivacional entre la intersubjetividad y el apego, que nos empuja a necesitar sentir, que el Otro se halla en el mismo espacio psicológico y emocional, sintiendo alegría en ese encuentro. Y con una angustia propia, la vivencia del desencuentro, de una soledad que duele, de frío paralizante, de vacío… a veces aún estando presente físicamente con nosotros.

El sentimiento de no estar en el mismo espacio mental es distinto de la soledad producido por la ausencia de la figura de apego, ya que se sufre independientemente que haya presencia física: lo central  es que se encuentra en otro lugar «psicológico». Imagina a alguien que está pasando una grave crisis en pareja, tras una desencuentro por algo cotidiano e insustancial, va emergiendo una fuerte discusión que arrastra otros asuntos conflictivos; pasada la discusión y el enfado llega al tristeza de sentirse “desconectado”. Al acostarse en la cama se siente profundamente solo, siente que a su lado hay alguien que «no está», sus emociones ya no le alcanzan. Frases como: «siento que no te reconozco»,»no nos entendemos» son intentos de llevar a palabras esa percepción. El malestar proviene de no existir como se desea en la mente del Otro, sus sentimientos o pensamientos no alcanzan a su compañero y no provocan la resonancia que permite la la vivencia de estar juntos, de intimidad. A veces el malestar es tal, que se prefiere romper con todo, no ver más a esa persona, que no siga el dolor del desencuentro emocional por su presencia. La rabia y el odio pueden ponerse al servicio de destruir ese anhelo de intimidad, raíz del sufrimiento.

Recuerda a la niña del vídeo. Desde la más temprana infancia hasta el final de nuestra vida jamás dejamos de necesitar a un “Otro” (en la realidad o en nuestros pensamientos) que afirme y valide nuestras emociones, pensamientos o sentimientos. Como un espejo en el que nos podemos mirar, el placer que nos da la intimidad es esa revalidación. En cierta forma, en que valide nuestra existencia. Cuando descubrimos, dolorosamente, que el estado emocional, los intereses o deseos de nuestras figuras de apego son muy diferentes, el deseo de reencuentro mental se convierte en un imperativo psicológico. Nos impulsa a reconquistar ese calor psicológico y emocional que hay en el vínculo. Necesitamos tener a nuestros seres amados en un mismo espacio psicológico.

Existen tantas maneras de encontrar la intimidad como historias particulares con esa persona. Generalmente una forma sencilla de reconectar los lazos, es compartir una actividad que implique una interacción cercana. Por ejemplo, ayudar a un familiar en una tarea, planificar y compartir un evento con un amigo, escaparse de viaje con la pareja, etc. El bienestar viene de ese «estar juntos», no tanto en la actividad: el placer de una tarde de cine o de «peli-y-manta» reside en el visionado compartido, no tanto en la película en sí. Otra manera es compartir el mismo estado emocional, como cuando escuchamos un triste acontecimiento y nos contagia, brindando nuestro apoyo, o cuando compartimos y festejamos una buena noticia. En pareja, como veremos a continuación, existe el área de la sexualidad y la sensualidad, una vía privilegiada de conexión: hay quien necesita el contacto sexual directo, hay a quien le basta el roce delicado, hay quien necesita sentir el cuerpo del compañero, o hay quien especialmente necesita sentir que es mutuo y que el propio cuerpo es deseado por el Otro… Distintos caminos que conectan dentro de la sexualidad.

intimidad y conexión emocional en pareja

Sexualidad, intimidad y apego

La intimidad desde una visión relacional e intersubjetiva del psicoanálisis, es un tipo de deseo muy específico y afectivo del ser humano, que crea un espacio de encuentro psico-emocional. Cuando los lazos invisibles se conectan creando una cálido puente donde reverberan las emociones, cuando se da la conexión afectiva de un cerebro a otro, se intensifica la necesidad de cercanía y de mantener vivo el espacio compartido. La intimidad es un poderoso motivo que nos lleva a mantener nuestras relaciones de apego.

Siempre y cuando no hayan existido perturbaciones que incapaciten percibir estados emocionales y mentales propios y ajenos, uno se siente profundamente aceptado al ser acogido en su totalidad corporal y psicológica, y al mismo tiempo, recoge el goce, el deseo y el agradecimiento del otro. Un encuentro de placer sensorial, ternura y acogimiento que reverbera mutuamente. La sensualidad pone énfasis en la dimensión intersubjetiva de la sexualidad.

Sentir la cercanía de otro ser en un mundo que crea abismos entre nosotros, nos devuelve la esencia como seres relacionales, sin muros levantados entre medias. Muros de miedo, de temores, de juicios, de culpa, de vergüenza. El mutuo acceso sexual de seres independientes, que no están totalmente al alcance del otro por fronteras físicas y psicológicas, es una vía privilegiada de satisfacción de los deseos de intimidad. Es un escenario intersubjetivo que nos enlaza profundamente y nos impulsa a seguir cuidando dicha relación. La efervescencia de emociones y sensaciones a múltiples niveles lleva algunas veces a formas de éxtasis, especialmente cuando ambos son capaces de dejarse llevar y sentir en sintonía; encuentro que posibilita que dos personas que se aman puedan hallar estados fusionales, de un sentimiento oceánico. En cierta forma, una vuelta a un estado vivido en el origen de la vida.

Fuentes:

 

Referencias bibliográficas:

¿Sabes qué es el apego?

apego.1
De apegar.
1. m. Afición o inclinación hacia alguien o algo.

El término apego en castellano alude a la preferencia hacia “algo” externo, al hecho de encariñarse independientemente de que sea alguien que acabamos de conocer, un familiar, una mascota, o esos objetos con los que llenamos los cajones y que nos resistimos a tirar por lo que nos recuerdan. Sin embargo, cuando se habla de Apego en el campo de la Psicología o la Psicoterapia, hablamos de algo más profundo, de una importancia esencial en nuestra existencia como seres humanos.

Al hablar de nuestro mundo afectivo, me impulsa a ir más allá de términos y teorías, y tratar de evocar vivencias. Tal vez hayas leído antes acerca del apego, de su papel en la primera infancia, de su influencia en el desarrollo, de sus patrones y estilos; o tal vez sencillamente nunca hayas oído hablar de él. Sin embargo, es algo que conoces de cerca: forma parte de ti desde que naciste.

apego expresado en ternura

Te propongo algo.

Piensa en una persona que ha sido muy valiosa en tu vida, pero que por ese motivo que tú sabes, no está presente actualmente; cierra los ojos. Probablemente observes en el cuerpo alguna sensación, con mayor o menor grado de intensidad, la mayoría la sentimos por dentro, a unos centímetros arriba del ombligo, o en el lado izquierdo del pecho, en la garganta… El apego se expresa en el cuerpo, en las emociones, y también en nuestra mente, en forma de recuerdos o deseos. Quizás te confunde porque usas distintos nombres. Palabras como amor, cuidado, ternura, cariño, o bien necesidad, dependencia, nostalgia, incluso odio, rabia, dolor… y en cierta forma, el apego puede tener un poco de todo eso. El júbilo ante un reencuentro esperado; la sensación de calidez al estar en compañía y sintonía con alguien que valoramos; el enfado o la desesperación cuando nos sentimos abandonados por personas queridas; la melancolía y la huella en nuestros pensamientos cuando echamos de menos. También todo esto tiene relación con el apego.

Muchos lo descubren cuando se interrumpe, nos invade entonces una angustia conocida por prácticamente todo ser humano, un intenso malestar psicológico y físico, que a veces perdura durante meses, años… En algunos momentos, es literalmente como una adicción, cuya sustancia adictiva proviene de una relación. El apego nos influye profundamente a todos, y se produce y actúa aunque no nos demos cuenta, inconscientemente, no es algo que necesite un consentimiento mutuo, no es como agregar a alguien que acabamos de conocer a nuestra agenda del móvil.

Si hay una característica que nos distingue como especie es nuestra impresionante capacidad de crear lazos afectivos. Una potente capacidad de vinculación fue decisiva a lo largo de la evolución de nuestros antepasados, asegurando la supervivencia a través de la cohesión del grupo y su defensa, y especialmente, facilitando el cuidado y protección de las crías (nuestro cerebro es nuestra mejor “arma” evolutiva, pero a cambio pagamos el precio de la maduración más lenta del reino animal).

Cuando hablamos de Apego, nos referimos a un conjunto de elementos psicológicos, biológicos y emocionales, que a grandes rasgos nos otorgan la capacidad de vincularnos y que influyen en la formación, evolución y pérdida de dichos lazos emocionales. No se puede definir el amor como concepto sin ser subjetivo, pero en cierta forma se podría afirmar que se refiere a nuestra capacidad de amar y de poder ser amados.

Para John Bowlby (1907-1990), el padre de esta teoría, el apego íntimo es el centro de nuestra vida, de la cuna a la tumba. La Teoría del Apego, en palabras de su creador,

«es una forma de conceptualizar la tendencia de los seres humanos a crear fuertes lazos afectivos con determinadas personas en particular, y un intento de explicar la amplia variedad de formas de dolor emocional y trastornos de personalidad tales como la ansiedad, la ira, la depresión o el alejamiento emocional.»(Bowlby, 1977)

Aclarando la polisemia del apego

El término inglés Attachment utilizado en la teoría de Bowlby, se traduce al castellano por Apego. Veamos a continuación ciertos conceptos básicos de la teoría en los que aparece el término, y que ayudarán a su comprensión:

  • Relación de apego: vínculo afectivo que se establece con una figura significativa (o figura de apego); se infiere por la tendencia estable a lo largo del tiempo de buscar su proximidad y contacto. En la primera infancia resulta de vital importancia la relación con la madre, con un papel destacado por una cuestión biológica (gestación, cuidado temprano, lactancia,… pero progresivamente otras figuras, como el padre, ganan relevancia); asimismo, el bebé tiende a preferir instintivamente los estímulos por los que reconoce a la madre (olor, tono de voz, formas de la cara, etc.). La función fundamental de las figuras de apego es la de regular las necesidades fisiológicas, psicobiológicas y afectivas básicas.

Los intercambios en estas primeras relaciones se convierten en un eje básico sobre el que se desarrolla el cerebro y sobre el que emerge el psiquismo: nuestra personalidad, nuestra autoimagen, nuestra sexualidad,  nuestra forma de relacionarnos, nuestra expectativas sobre los demás, nuestra capacidad de calmar emociones propias y captar las de los otros… Las relaciones con las figuras de apego son también un punto de inflexión para nuestras mayores dificultades, la aparición de problemas psicológicos y emocionales.

A lo largo de la vida se vancapas de relaciones de apego añadiendo nuevas relaciones de apego, que nos siguen influyendo en distintas formas y grados de importancia, y sobre los que nos apoyamos para poder sentirnos protegidos, cuidados, apoyados: de alguna forma, cubiertos. Algo así como las distintas capas de una cebolla como en la imagen, donde nosotros somos el pedúnculo floral (el centro) y las capas internas son las relaciones más cercanas (madre-padre y a medida que nos alejamos al exterior hermanos-abuelos-profesores-amigos, etc.). Cuando las personas de las capas más internas no están disponibles, nos desplazamos a las demás, aunque el protagonismo de las interiores es mayor, podemos formar fuertes vínculos con otras personas.

La relación íntima de pareja se suele convertir en la capa más interna en la etapa adulta.

Cuando la relación de apego se siente como una base segura, puesto que sabemos que la figura de apego estará disponible aunque haya una separación y que será capaz de reconfortarnos y calmar nuestras necesidades, se despliegan otros sistemas de comportamientos, que permiten por ejemplo, la exploración del ambiente, la interacción social, el juego, y en definitiva la continuidad del desarrollo del infante. La seguridad sentida es un estado emocional que también aparece en etapas posteriores, y está vinculada al apego seguro.

  • Conducta de apego: patrones de conducta instintivos, con una base neurobiológica, activados y modulados en la interacción con las figuras de apego a lo largo del tiempo (es decir, la genética no asegura que se establezca la capacidad de vincularse). Estos patrones impulsan al niño a la búsqueda de proximidad y protección de sus figuras de apego, según las necesidades del momento. El deseo de contacto con la figura de apego no es constante, sino que depende de la aparición de factores internos (miedo, sensaciones corporales displacenteras, hambre, daño físico, etc.) y externos (ausencia de la madre, estímulos aversivos o asustadores, etc.). La meta de la conducta de apego es acceder y asegurar la presencia y la regulación de cualquier necesidad.
  • La separación de dichas figuras pone en marcha una reacción afectiva observable, que sigue un patrón constante y universal. Este patrón presenta tres fases que aparecen a medida que la separación se prolonga en el tiempo. El niño separado de su figura significativa manifiesta, en el primer momento, irritabilidad, protesta, enfado; si la separación continúa, aparece desesperanza, apatía, tristeza, se vuelve ensimismado; y, finalmente, si la separación es lo suficientemente larga, se produce desapego. Estas  fases se mantienen a lo largo de la vida, aunque se expresan de forma diferente según las experiencias individuales, y se activan  ante amenazas de pérdida o por la pérdida real; tienen una relación directa con las fases de duelo.

Según la calidad, la sensibilidad y la continuidad de las respuestas aportadas por las figuras de apego, los niños pueden necesitar desplegar estrategias para adaptarse a las diferentes respuestas afectivas y buscar un equilibrio que reduzca la tensión creada por las necesidades (seguridad, refugio, calmar miedo, etc.).  Los diferentes patrones o estilos de apego estudiados en niños por el pionero equipo de Mary Ainsworth y sus colaboradores (que llamaron seguro, inseguro-evitatativo y inseguro-resistente) a partir del trabajo de John Bowlby, son básicamente estrategias de adaptación ante la separación o pérdida de las figuras de apego. Estas estrategias pueden verse como un continuo que abarcan desde un polo de comportamientos que minimizan las expresiones de la conducta de apego (evitativo), hasta otro polo de amplificación de las conductas de apego y la demanda de atención (ansioso-resistente).  Si ninguna de las estrategias resulta satisfactoria o las condiciones externas son tan desbordantes para el niño que no puede soportarlas, podría elaborar respuestas de desorganización, gravemente perjudiciales para su desarrollo.

El apego en nuestra mente

La idea central de Bowlby es que los patrones o estilos de apego ante las separaciones, sean éstas breves, prolongadas o definitivas, y en cualquier momento del ciclo vital, provienen de esquemas internos y defensas psicológicas establecidas en la primera infancia para combatir la angustia y el dolor psíquico. Por lo tanto, el apego no es sólo unos patrones de conducta, como aclara más específicamente una de las principales investigadoras de la teoría,

«El apego se manifiesta a través de patrones de conducta específicos, pero los patrones en sí mismos no constituyen el apego. El apego es interno… Este algo internalizado que llamamos apego tiene aspectos de sentimientos, de memorias, de deseos, de expectativas, y de intenciones, todos los cuales… sirven como una especie de filtro para la percepción e interpretación de la experiencia interpersonal, como un molde que configura la naturaleza de una respuesta externamente observable”. (Mary Ainsworth, 1967)

El apego y el vínculo de un bebé cogiendo la manoDentro de las relaciones de apego se crean determinados esquemas internos, que funcionan a modo de «plantillas» emocionales y que influyen en la manera que nos relacionamos, como nos vemos a nosotros mismos y  a los demás durante el resto de las etapas vitales. Por último, a pesar de la importancia de los primeros vínculos, dichos esquemas son maleables. Si han sido problemáticos, las relaciones posteriores ofrecen una nueva oportunidad, de sanar, de (potencialmente) amar, sentir y poder pensar liberados de los lastres: oportunidad solamente posible dentro de un vínculo de apego seguro.

Fuentes:

  1. Real Academia Española. (2014). Diccionario de la lengua española (23 ed.). Consultado en http://www.rae.es