Estar sin estar. Una reivindicación de la presencia

 

¿Alguna vez te has planteado cuántas veces al cabo del día estás deseando estar en otro lugar o hacer algo diferente a lo que está sucediendo en ese momento? ¿O tu cuerpo se encuentra inquieto, o te estás comiendo las uñas, o te cuesta mantener la mirada, o se te entrecorta o paraliza la respiración como si esta temiera explayarse y acoplarse a ese instante? ¿O cuántas veces te gustaría no sentir las emociones o sensaciones que tu cuerpo siente, o sentir aquello que anhelas pero que no sucede en ese momento? Vamos, que es como un “estar sin estar”, como estar de cuerpo presente pero de mente ausente, como huyendo de lo que la vida está ofreciendo en ese preciso instante. Es como huir de estar presente en el único momento que realmente existe: este.

 

¿Por qué huimos?

Acompañar a otros es un camino de conciencia. A veces es difícil ver en uno mismo muchas cosas que, a través del espejo que nos hacen los demás, de repente toman una nueva dimensión en uno. Los años que llevo acompañando a otros me han hecho replantear mi propia experiencia de vida en cada instante, me han permitido tomar perspectiva y plantearme acerca del origen de cómo vivo lo que me sucede, de cómo aprendemos a vivir aquello que nos va aconteciendo. Y al hacerme esta pregunta, siempre recurro a los más pequeños, a los bebés, mis maestros.

Un bebé sencillamente siente, y lo expresa, tal cual. Puede ser alegría, miedo, tristeza, cansancio, desasosiego, hambre, sueño … Seguramente, la labor más difícil que puede hacer un adulto es aprender a acoger todo lo que se mueve en su interior ante lo que el bebé manifiesta, para así poder sostener a este sin negarlo, sin reprimirlo. Por desgracia, creo que esto es una utopía en la mayor parte de casos, pues pocos madres y padres se plantean esta cuestión, al seguir prevaleciendo en casi todas las sociedades la idea de la educación como una serie de pautas y normas que permitan modelar al niño sin mirar más allá de lo que este necesita verdaderamente. Y así ese niño se irá perdiendo a sí mismo, ante la presión de adaptarse a un entorno, y sobre todo, ante la gran necesidad de sentirse querido, aunque sea a costa de sí mismo. Y ya está cerrado el círculo vicioso. Este niño se convertirá en un adulto desconectado de lo que siente, juzgará o anulará al niño que fue, quizá opte por anestesiarse a través del trabajo, del reconocimiento social, de relaciones afectivas poco auténticas, o incluso a través de adicciones, ya sea a sustancias, sexo, redes sociales o aquello que cada época ponga a tiro como catalizador de esa insatisfacción existencial.

 

 

Y cuando este adulto sea m/padre, repetirá lo mismo con sus hijos, incluso enorgulleciéndose a veces de que es lo mejor, que la vida es así, en una cadena que se perpetúa. A no ser que crisis vitales, entre la que podemos incluir la propia m/paternidad, abran una rendija de luz que permita a ese adulto cambiar la mirada y replantear su forma de interpretar y relacionarse con el mundo y, sobre todo, consigo mismo.

Seguramente hemos aprendido a huir, a no estar presentes, porque quizá nunca sentimos de niños la presencia auténtica de ese adulto que nos cuidaba validando lo que sentíamos, sosteniéndonos sin juzgarnos; quizá sentimos un profundo desamparo, que ahora nos hace querer evitar cualquier acercamiento a esas sensaciones muy físicas, quizá de miedo o desconfianza, que disparan pensamientos de desear otro escenario, otro momento, pasado o futuro, quizá una situación ideal que nos impulsa a huir hacia adelante, todo ello para evitar pararnos y sencillamente estar, sin más, en cuerpo y alma.

 

¿Y qué significa sentir?

Mi mente racional (con todos sus pensamientos, creencias, ideas) es muy cuca. Se cree que soy yo. Y por supuesto, caigo en la trampa. Mi mente racional se formó a partir de mis experiencias infantiles y, por tanto, si me he sentido poco visto o escuchado respecto a mis emociones, a lo que sentía, seguramente como adulto me siento bastante incómodo y perdido cuando se me activan emociones habitualmente desagradables (enfado, tristeza, asco o rechazo, vergüenza, etc) y mis pensamientos afloran en tropel generando un malestar y sufrimiento, generalmente con ansiedad, que me incitan a desear no sentir lo que estoy sintiendo. Es un bucle de malestar que busca la huida.

Pero, ¿qué debería hacer en ese momento? Quizá todo consista en algo sumamente difícil cuando no hemos sido sostenidos emocionalmente de niños, que es pararse, sentir físicamente toda esa ola inmensa de energía que se mueve en nuestro cuerpo y que arrastra una cola de pensamientos a cual más agobiante que el otro, y sencillamente observar esas ideas sin identificarse con ellas, como si fueran nubes que pasan ante nosotros mientras seguimos sintiendo el seísmo físico y emocional hasta su descarga final, sin juzgarlo, sin interpretarlo en ese momento. Dejando que llegue la calma tras la tempestad. Y ahí, en esa calma, si nos lo permitimos, seguramente llegue el momento de interpretar con perspectiva lo sucedido, de aprender de lo que se ha movido interiormente, de integrar la experiencia. Todo ello requiere una cierta distancia de la historia que nos contamos y creemos de nosotros mismos, de nuestra propia identidad, como si fuéramos “algo” que siente y observa, más allá de mi propio yo.

 

 

Cuando te vas acostumbrando a vivir así cada momento, surge la magia. Sin buscarlo, comienza a surgir un sentimiento de rendición ante el mundo, de poder prescindir de mi propia visión de la realidad, de no tener que defender ni sostener creencias u opiniones, de abrirse a la ignorancia de la mente racional para conectar con la sabiduría de la intuición. En resumen, puede surgir un profundo sentimiento de confianza en la vida, sin necesidad de controlarla, porque realmente, el control implica la necesidad de predecir el futuro porque no confiamos en el presente.

 

Lo que nos aleja de la presencia

La forma más auténtica de estar presente quizá sea la interacción con otro ser humano. Parece que aprendemos a estar con nosotros mismos porque otro ser humano más experimentado nos ha sostenido en ese proceso de reconocernos y acoger lo que sentimos. Sin embargo, en la sociedad actual en que vivimos, buscamos como locos nuevas interacciones, personas que cumplan roles concretos, pero huimos de una presencia sincera, honesta, auténtica, que implicaría desnudarnos interiormente. El miedo a los juicios, la falta de confianza en el otro por mi carencia de confianza en mi propio ser nos hace quedarnos dentro de un personaje que, tarde o temprano, termina haciéndose rígido cuando una presencia real implica una continua adaptación a lo que sucede desde la honestidad con nuestro sentir más profundo.

Si nos cuesta vernos a nosotros mismos, ¿somos capaces de ver al otro como ser? ¿o solo lo vemos por su rol, es decir, en cierto modo, lo hemos cosificado? Cuando estamos ante un bebé o un niño, ¿lo consideramos como un ser de plena conciencia, somos capaces de sentirlo como un igual, de tú a tú, aunque su forma de comunicarse o de mostrarse sea diferente a la más habitual entre nosotros, adultos? Cuando estamos ante una persona en estado vegetativo, o ante una persona con demencia, ¿somos capaces de verla y sentirla en todo su ser, más allá de esa identidad que tuvo en algún momento de su existencia? No sé si te resuena esa forma de comunicarnos entre adultos cuando estamos ante un bebé o una persona con demencia, en tercera persona sobre ellos, como si “no se enteraran de nada”, cuando realmente no sabemos qué nivel de conciencia tiene ese ser que nos acompaña estando plenamente presente.

 

 

¿Y si esas personas “aparentemente ausentes” se pudieran expresar?

Hace unos días, una persona que asiste desde hace un tiempo a mis sesiones de musicoterapia me compartía el proceso de deterioro cognitivo que estaba viviendo su abuela desde hace años. Y un día, escuchando esta canción, se conmovió profundamente, y tomó conciencia de lo que podría estar sintiendo esta mujer en el último tramo de su vida ante la presencia quizá “ausente” de sus familiares y cuidadores. Me conmovió profundamente, y me empuja a dejar la propia canción como reflexión y oportunidad para tomar una pausa, y sentir nuestra presencia consciente.

 

 

Todo para el niño, pero sin el niño

 

En los últimos meses, diversos temas relacionados con la m/paternidad y la infancia afloran en los medios de comunicación y en la opinión pública, y salpican de forma directa a la agenda política. Al profundizar en los distintos enfoques que se van manifestando, en raras ocasiones se tiene en cuenta al bebé o al niño como parte fundamental del debate. Con este artículo, pretendo poner sobre la mesa diferentes aspectos que nos ayuden a conectar con la importancia de considerar al niño como un ser con plena conciencia al que es preciso ver y escuchar.

Quiero emplear la primera persona del plural para hablar del niño, pues todos hemos pasado por esa etapa en nuestra vida, y abogo por integrarla en nuestra trayectoria vital para así poder comprenderla desde el corazón, no desde la postura más fría y distante de la “tercera persona”, que nos separa de la vivencia y de los seres que en este momento transitan dicha etapa.

 

La sabiduría del bebé

A medida que vamos conociendo más acerca del desarrollo fetal y de los primeros años de vida, vamos tomando conciencia de la profunda sabiduría que tenemos ya en nuestra vida intrauterina. Ya reconocemos la voz de nuestra madre y de nuestro padre, los sonidos típicos de nuestro idioma y nuestra cultura, ya existe una memoria no verbal que se va ampliando en los primeros meses de vida. Y ya contamos al nacer con un equipamiento de reflejos que nos ayudan a sobrevivir, siempre que estemos en el hábitat adecuado. Y resulta que este siempre es, independientemente del lugar del planeta donde hayamos nacido, el cuerpo de nuestra madre.

El contacto piel con piel permite las condiciones necesarias para regular nuestra temperatura corporal, reducir nuestro estrés (y así optimizar nuestro rendimiento metabólico), y lo que es más importante, acceder al alimento que necesitamos del ser que ya reconocemos como seguro, ya que tiene la voz que nos resulta familiar, y al probar su calostro (la secreción previa a la leche humana madura) nos sabe parecido al líquido amniótico que hemos estado saboreando durante la gestación. Además, el olor nos guía hacia el pecho de nuestra madre para así reptar hasta llegar al pezón y comenzar a succionar en los minutos siguientes a haber nacido. Y cuando ese momento se acompaña de las miradas mutuas que la madre y el pequeño recién nacido se envían y se produce una inmensa sensación de placer en ambos, un auténtico “flechazo”, ya se han puesto los cimientos para un apego seguro, que en cada interacción posterior se va asentando gracias al cableado cerebral que se va organizando y estabilizando a partir de estas intensas vivencias.

 

 

Pero no siempre, y aún hoy en día, se ha respetado este proceso, y no se ha considerado al bebé como un ser con conciencia. Ni a la propia madre como protagonista de su propio parto. Aunque no profundicemos en ello, la violencia obstétrica tiene una gran repercusión en la vida de la mujer, y en nuestra llegada a este mundo.

 

 

Cuando llegamos a este mundo, tenemos plena conciencia de lo que nos rodea, y de los que sentimos interiormente. Vemos, olemos, oímos, saboreamos y sentimos de forma intensa, multidimensional, y memorizamos, aunque de forma distinta a cuando somos más mayores, pues se va conformando una memoria no verbal, basada más en sensaciones corporales. Ya desde que nacemos, somos capaces de imitar a nuestros padres. Reconocemos instintivamente las expresiones faciales, y ese juego de imitación que retroalimenta el afecto que recibimos de nuestros adultos, nos ayuda a conectar con las sensaciones internas que produce cada emoción reflejada en nuestro rostro, y comenzamos a desarrollar nuestra conciencia emocional. Es decir, nuestras neuronas espejo están bien activas haciéndonos de puente para crear nuestro mundo de vivencias interiores a partir de lo que nos refleja el exterior.

 

 

En un artículo de hace algunos meses sobre el apego, ya hablaba del experimento de “cara neutra”, que se realizaba con bebés a partir de los 9 meses en adelante, y se veía el efecto de la cara de la madre sobre las reacciones del pequeño. La cuestión es que las investigaciones exhaustivas en esta línea han puesto de manifiesto que tenemos un repertorio de respuestas ante la interacción con el adulto que ya están conformadas a los 3-4 meses, y que a esta edad, grabando poco más de dos minutos de una interacción libre entre madre y bebé, es posible predecir el tipo de apego que tendrá este al año de vida, y con mucha probabilidad, cómo evolucionará en la etapa adulta. Es decir, cada vez existen más pruebas del mecanismo por el que lo que vivimos en los primeros meses y años de vida nos marca de por vida en nuestro desarrollo socioemocional y, por extensión, en nuestra salud mental.

Ante lo expuesto, queda claro que la biología nos ha llevado a que nuestro desarrollo más temprano dependa del contacto estrecho y afectivo con un adulto, que debería ser la madre biológica en el mejor de los casos. Y ese entramado emocional que nos permite ir comprendiendo el mundo no llega a estar lo suficientemente formado para lograr una profunda sensación de seguridad para ir tolerando la separación cada vez mayor de la madre hasta cerca de los tres años de edad. Una cuestión es que el bebé haya llegado en un entorno de riesgo donde no es posible que acceda a su hábitat ideal, o que las necesidades personales o presión laboral/ social ejercida sobre los padres condicionen una separación más temprana, y otra cosa es justificar que esta separación puede tener beneficios, cuando realmente se está rompiendo la secuencia natural de desarrollo que la naturaleza ha previsto para nosotros como mamíferos.

 

 

¿Vemos a nuestros niños?

Ante lo expuesto, surgen situaciones en nuestra sociedad en las que todos tendemos a opinar, ya sea tirando de nuestra ideología, o reflejando las diferentes partes “adultas” en cuestión, pero parece que nadie (o al menos, muy poca gente, incluidos solo algunos profesionales) empatiza con los bebés y con los niños, con sus necesidades reales, con ese sistema de apego que nos condiciona de por vida.

Comenzando con un ejemplo banal de nuestra falta de conciencia, me viene a la memoria la imagen de un marco para fotos infantiles, que tenía a modo decorativo las figuras de un biberón, un chupete y un cochecito. Quizá puedas imaginarlo y te surja una sonrisa, una sensación simpática: “Fíjate, qué mono este marco”. Pero el mensaje subliminal creo que es potente: un reflejo de todo lo que nos desconecta de nuestra madre. Un biberón que nos hace prescindir de la lactancia natural, base de nuestra nutrición. Un chupete para abordar esa succión no nutritiva que forma parte de la expresión de nuestra inquietud emocional, y que de forma natural, podría ser abordada también con el contacto piel con piel y la succión del pecho con fines desestresantes, de contención y regulación emocional. Y ese carrito que nos aleja de portear y llevar al bebé junto a nuestro cuerpo, y es reflejo físico de esa separación que ya se produce en las microdistancias. Con todo ello no estoy hablando de proscribir estos recursos de la “evolución tecnológica” humana, sino de tomar conciencia de que su uso frecuente y continuado nos aleja del desarrollo que la biología permitió tras millones de años de evolución real.

 

La gestación subrogada

Un tema polémico que solo abordaré de forma breve es el de la gestación subrogada. En los últimos años se habla cada vez más de ello, pues distintos países tienen regulada legalmente esta posibilidad. Más allá de lo que puede suponer respecto a los derechos de la mujer, y de la visión mercantilista de la m/paternidad, ¿alguien ha incluido las necesidades del bebé, del niño, en el debate social que se está generando? Una cosa es la adopción o la acogida como modalidad sustitutiva cuando un niño ha nacido en un entorno de exclusión o ante circunstancias excepcionales que impiden que su crianza pueda ser llevada a cabo por su madre biológica, pero otra muy distinta es traer a este mundo a un ser con plena conciencia, y se le separe intencionadamente de su madre porque forma parte de una transacción comercial, rompiendo toda la secuencia biológica de vinculación que ya comienza dentro del útero. Actuamos alegremente sin tener en cuenta los posibles daños en el desarrollo cerebral que puedan producirse en ese bebé, el estrés que puede suponer este proceso y que presuntamente, al ser “tan pequeño”, “no se va a enterar”.

Para complicar más aún el debate, una proporción significativa de las parejas que acceden a esta modalidad son homosexuales. Voy siendo testigo de que criticar lo que supone la gestación subrogada partiendo de los posibles perjuicios para el bebé se toma como manifestación de homofobia en muchas ocasiones. Y de nuevo me planteo si somos capaces de mirar más allá de nuestras necesidades como adultos, y de no victimizarnos para intentar ver las repercusiones sobre la parte más débil de toda esta historia.

 

Nuestra disponibilidad emocional

Un tercer ejemplo, dentro de los infinitos que podrían ponerse, hace referencia a nuestra falta de disponibilidad emocional como adultos. Hemos visto cómo necesitamos un entorno de interacción para poder desarrollarnos de una forma sana. Sin embargo, los adultos tenemos cada vez más necesidad de hacer cosas, de tener nuevas experiencias, nuevos retos profesionales, de seguir “creciendo”, de contar con nuestro espacio de diversión, o lo que sea, con tal de seguir huyendo, en gran parte de las ocasiones, de estar presentes con todo nuestro ser en cada momento, es decir, de pararnos a sentir en el aquí y ahora. Y eso es lo que nos pide un bebé. Que le miremos con amor, que le acompañemos en su camino, y nos lo pone fácil, pues ya nos mira con amor a nosotros, nos pide lo que necesita, cuenta con nosotros y nos invita a jugar, a divertirnos “de otra forma”, nos facilita reencontrarnos con aquel niño que fuimos. Pero tendemos a huir.

 

 

Y desde que podemos recurrir a una pantalla de un “cacharro” que nos conecta con todo lo que no está presente en este momento ante nosotros, aún es más fácil no estar disponibles emocionalmente, ni para nosotros mismos (nos desconectamos de lo que sentimos) y mucho menos para nuestros bebés y niños. Es útil observar esta situación desde fuera: escenas que podemos ver por la calle, en el metro o en algún lugar público con m/padres pendientes de la pantalla de su móvil, y su niño esperando una mirada que le haga visible. Te invito a que sencillamente observes la expresión facial de m/padre, y la del pequeño, y te la dejes sentir físicamente, más allá del juicio que te aflore. En mi caso, surge un gran desasosiego.

 

La tolerancia social al llanto infantil

Como cuarto ejemplo de nuestra ceguera ante los bebés y niños está nuestra amplia tolerancia social al sufrimiento infantil, recogido a través del llanto. Esto es especialmente importante en los bebés. El llanto es un medio importante de comunicación cuando aún no hay lenguaje verbal y es preciso comunicar necesidades. Los adultos tendemos a asociarlo a caprichos en muchas ocasiones, o hacemos atribuciones de presuntas manipulaciones que hacen los pequeños para así facilitar que los malcriemos. Oímos llorar, y muchas veces respondemos con indiferencia. Nuestro hartazgo nos lleva a invisibilizar e ignorar a la parte más débil. O a respuestas agresivas en el peor de los casos. Luego, exigimos que los pequeños aprendan a comportarse “bien”, cuando no hemos sido el mejor ejemplo de regulación emocional. Y recordemos, nuestras neuronas espejo condicionan nuestro aprendizaje por imitación en el medio social. No son las órdenes y consejos verbales los que nos ayudan a aprender. Es lo que vemos. Pero esas órdenes y juicios sí irán conformando nuestro marco de creencias que nos regirá a nosotros mismos ya de adultos, y habitualmente, no suelen ser muy amables con lo que sentimos. Y ahí llega la historia de la “autoestima”, a la que tanto apelamos y no sabemos por qué está tan baja.

 

La educación institucionalizada de los 0-3 años

Un tema de actualidad es el debate que se está proponiendo acerca de los permisos de maternidad y paternidad, y la universalización de la educación infantil de los 0-3 años. Se está generando opinión acerca de los beneficios de esta para el desarrollo del niño, y sobre el impulso a la igualdad entre géneros, al abordar la cuestión de los permisos. Pero, realmente, ¿qué necesita un niño en esta etapa?, ¿otros niños para ser modelos de regulación emocional?, ¿adultos desbordados por intentar contener a más de 15 o 20 niños durante la mayor parte del día (y destaco la inmensa labor de las educadoras infantiles, apenas reconocida y valorada)?, ¿vivir la institucionalización y la comparación continua de sus capacidades con respecto a las de los demás niños?, ¿realmente es esta la solución para un futuro mejor para nuestros pequeños?

Todo ello sin tener en cuenta nuestra necesidad biológica fundamental: nuestra vinculación inicial (no solo de 16 semanas) con la madre, el protagonismo creciente del padre a medida que avanza la crianza, y la progresiva socialización entre iguales, que será más importante en etapas posteriores de la vida, no en este periodo. Si no creamos medidas que realmente potencien la visión social de la maternidad, el papel fundamental de la mujer en la crianza (como imperativo biológico), si no se protege el apego como regulador de nuestro desarrollo socioemocional, creo que estaremos haciendo un flaco favor a las generaciones que nos sucedan. Otro tema es que haya madres, padres, familias, que opten por otras alternativas, y que la legislación las facilite, pero enviar un mensaje que potencie la separación creo que es muestra de ignorancia e irresponsabilidad, partiendo de lo que ya sabemos hoy día.

 

Más allá de la “adultocracia ilustrada”

Cada vez nos bombardean más con publicaciones sobre cómo debe ser la crianza, con presuntos expertos que nos dan consejos que van variando según las corrientes psicopedagógicas de moda en cada momento. Este mismo artículo que estoy redactando podría ser un ejemplo más de ello. Ya hay evidencias científicas que respaldan la importancia del apego en nuestro desarrollo como seres humanos, y también de las consecuencias de la separación a edad temprana. En cierto modo, todo este debate me recuerda a esa época histórica que se denominó “Despotismo ilustrado”, en el siglo XVIII, cuyo lema era “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. De ahí el título por el que opté para este artículo. Los adultos vemos el mundo con nuestros ojos, y nos sentimos poseedores de la verdad. Por ello, no pretendo tanto dar pautas, sino sencillamente generar un debate interno acerca de qué nos mueve cuando nos situamos ante un niño.

Pocas veces le miramos y empatizamos realmente con lo que puede sentir. En mi propio camino, me fui dando cuenta de que era mi propio sufrimiento de niño el que me alejaba de empatizar con los niños que me encontraba como adulto, pues suponía abrir nuevas heridas. Pocas veces somos compasivos con nuestro propio niño, aquel que fuimos, solemos juzgarlo de forma dura, y repetir el patrón que recibimos de nuestros padres. Y para reforzarnos, solemos a veces alardear de lo bien que lo hicieron, porque nos hemos hecho adultos de provecho, o al menos “no estamos tan mal”.

Es muy difícil tomar conciencia cuando no nos abrimos a sentir. Y al hablar de sentir, me refiero a la mayor plenitud, pero también el mayor dolor. Mirar y conectar de tú a tú con un niño implica eso: una experiencia de escucha del otro, que nos conecta con nuestra esencia más primitiva y profunda. Puede ser doloroso, pero también sanador. Puede haber dolor por recordar aspectos no tan idílicos de nuestra infancia, o por darnos cuenta de la gran desconexión a la que hemos llegado de adultos, a esa vida sin magia e ilusión que aprendimos a vivir cuando “maduramos”, y que seguimos transmitiendo cual nodos de un sistema social que se perpetúa, desnaturalizando a los niños. Me encanta este corto que ilustra muy bien ese proceso.

 

 

En mi caso, cada día resueno más con la sabiduría de los niños, y especialmente, de los bebés. Los vivo como maestros, como fuente de inocencia y de amor, de conexión y de honestidad. Mi camino espiritual implica esas experiencias de interacción con bebés, que me ayudan a ver que la esencia humana es amor, es ver al otro para vernos a nosotros, es alegría, vitalidad, y que más allá de todo lo que hayamos vivido y de nuestras creencias sobre lo que significa vivir, siempre es posible volver al origen y conectar con ese bebé que aún habita en nuestro corazón.

 

Referencias bibliográficas

  • Beebe, B; Cohen, P; Lachmann, F. The mother-infant interaction picture book. W.W. Northon Company, 2016.
  • Bowlby, J. Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Morata, 2014.
  • Cortés, C. Mírame, siénteme. Desclée de Brouwer, 2017.
  • Schore, A.N. (2017). All our sons: the developmental neurobiology and neuroendocrinology of boys at risk. Infant Mental Health Journal, 38, 1, 15-52.
  • Stern, D. Diario de un bebé. Paidós, 1999.

El perdón nos sienta tan bien …

 

Estamos ya cerca del cambio de estación, a punto de comenzar el otoño. Una época del año con mayor inestabilidad en el clima, y con mayor propensión a que se desarrollen tormentas y cambios de tiempo repentinos. Y hablando de tormentas, me adentro en aquellas que suceden dentro de nosotros, y van dejando nubarrones que a veces dificultan conectar con la luz intensa del sol para seguir viendo el camino. Y así, lanzo una pregunta: ¿Crees que cargas dentro de ti con algún enfado crónico por algún motivo? ¿Sientes algún resentimiento por algo que te hicieron o por lo que sentiste molestia o dolor? Hoy nos adentraremos en el fascinante (y a la vez, desprestigiado) mundo del perdón.

 

¿Qué se entiende por perdón?

Hablaba en la introducción del desprestigio que tiene este concepto. Dado el peso que ha tenido la religión católica en nuestra cultura y educación, muchas personas tienden a asociar el perdón con una visión religiosa, que les genera rechazo. Además, también existe gran confusión respecto a lo que implica perdonar: se asocia con olvidar lo que nos hizo el ofensor, con la reconciliación con este, en cierto modo con limpiar su cuenta de deudas (hacer borrón y cuenta nueva) para así dar vía libre a que siga actuando, etc. Sin embargo, lo que los estudiosos del tema van comprobando es que no tiene nada que ver con olvidar ni con llegar a un acuerdo con quien ofende; al contrario, se trata de un proceso interior de cambio de mirada, y de liberación emocional.

 

 

La psicóloga María Prieto ha realizado en los últimos años un estudio en profundidad sobre lo que significa el perdón como proceso psicológico. A pesar de tratarse de un concepto que no ha tenido muy buena prensa entre los profesionales de este ámbito, la llegada de la Psicología Positiva supuso una mayor apertura a estudiarlo, y superar su enfoque tradicionalmente asociado a aspectos morales y religiosos. Prieto habla de que cuando entre dos personas, una resulta dañada por una agresión o acción de la otra, surge una experiencia subjetiva de “no perdón”. Esta autora cita a Williamson y Gonzalves para señalar tres niveles en los que se manifiesta este no-perdón:

  • A nivel emocional: aparecen sentimientos de rabia, dolor, tristeza, confusión y traición.
  • A nivel cognitivo: afloran pensamientos negativos hacia el ofensor, a veces de venganza, otras relativos al motivo tras la ofensa o a la posible culpa de la víctima.
  • A nivel conductual: en general, se refieren al alejamiento o distanciamiento de la víctima respecto al ofensor, y en ocasiones, a la exteriorización de la rabia o dolor sentidos.

 

Cuando se habla del perdón, se hace referencia al proceso que permite mitigar o superar esta experiencia negativa de haberse sentido ofendido.

 

¿Cómo suele ser el proceso de perdón?

Lawler-Row, citado por Prieto, habla del perdón desde distintas perspectivas:

  • En cuanto al tipo de respuesta o manifestación: se puede experimentar el perdón a través de un cambio de pensamiento (ya sea específico sobre el ofensor, o general, sobre la forma de actuar del ser humano), emocional (soltar las emociones desagradables) o de conducta (facilitar una reconciliación). Cada persona y en cada momento decide si abordar todas estas dimensiones o solo alguna de ellas.
  • En cuanto a la dirección del cambio: se habla de dimensión negativa del perdón cuando se decide reducir la respuesta desagradable asociada al no-perdón, o bien de dimensión positiva, cuando el sujeto opta por potenciar emociones, pensamientos o conductas claramente tendentes a mejorar su bienestar.
  • En cuanto a su orientación: este aspecto es sumamente importante, pues el perdón puede ser interpersonal (dirigido hacia otra persona, es la visión que habitualmente se tiene al abordar esta cuestión), o puede ser intrapersonal, es decir, el perdón hacia uno mismo.

 

Teniendo en cuenta todos estos aspectos, queda claro que el perdón es un concepto multidimensional, complejo, que además, ya desde un punto de vista experiencial, no es puntual, sino que es un proceso que evoluciona en el tiempo, y que supone un cambio profundo en la persona.

 

¿Qué efectos tiene el perdón sobre la salud?

Aunque pueda parecer sorprendente, se han realizado estudios de neuroimagen para conocer los cambios cerebrales que supone el proceso de perdonar. Se ha podido demostrar que el perdón activa determinadas zonas cerebrales (precuña, corteza prefrontal dorsolateral y región parietal inferior derecha) asociadas con el hecho de pensar acerca de los pensamientos de los otros (es decir, meternos en su piel, lo que se engloba bajo la teoría de la mente), con la empatía y con la regulación emocional a través de la toma de conciencia de nuestras sensaciones. Es decir, parece ser perdonar implica comprender la perspectiva del ofensor, abrirnos a empatizar con él y dejarnos sentir todas las emociones que afloran para acogerlas y darles sentido.

En los últimos años, han aparecido diversos estudios en revistas médicas que respaldan el papel de la rabia, el resentimiento, la ira, en el desarrollo de ciertas enfermedades crónicas, y cómo el nivel de perdón influye claramente en una mejor evolución. Esto es especialmente importante en cuadros de dolor crónico, como puede ser la fibromialgia.

 

¿Se puede trabajar el perdón?

Se han realizado diversas propuestas para trabajar el perdón de forma sistemática. Una de las más difundidas, y con mayor evidencia científica, es el programa REACH del psicólogo estadounidense Everett Worthington. Este se adentró en el estudio del perdón tras el asesinato de su madre, y el posterior suicidio de su hermano, y a partir de su propia vivencia personal, realizó una exploración del perdón a los otros, y de aquel dirigido a uno mismo.

Su programa REACH tiene un formato eminentemente para trabajo grupal, en seis sesiones. Se ha demostrado que mejora el abordaje de la experiencia negativa de no-perdón, y ayuda a mejorar la visión positiva de la vida, con refuerzo de la sensación de esperanza. El desarrollo de las sesiones va guiado por un facilitador que aplica dinámicas que permiten adentrarse en aspectos de pensamiento acerca de la ofensa y el ofensor, en las emociones sentidas, y en el desarrollo de habilidades de empatía.

Ya desde otros enfoques, me encantó esta demostración de proceso de razonamiento del perdón empleando EFT o técnica de liberación emocional. Creo que ejemplifica muy bien el hecho de permitirse sentir todo, y la transición desde el resentimiento más cerrado a la apertura a la posibilidad de perdonar:

 

https://www.youtube.com/watch?v=dcQy9-5FO4o

 

El significado del perdón en mi vida

El tema del perdón ha tenido un gran peso en mi vida durante los últimos años. Todo el profundo trabajo personal que he realizado y en el que sigo profundizando me ha permitido experimentar, de forma reveladora, el significado de perdonar. Quizá la persona hacia la que acumulaba mayor cantidad de resentimiento (pero que apenas me reconocía a mí mismo sentirlo) era mi madre. Mi fidelidad no me permitía expresar abiertamente un gran sentimiento de dolor y frustración por lo que pude vivir en los primeros años de mi vida debido a su inestabilidad emocional. Su proceso de envejecimiento no fue fácil para mí, ni para mis hermanos, y llegamos a un punto importante de desgaste hace unos cuatro años, justo dos antes de que ella falleciera.

Durante la mayor parte de mi vida, había trabajado los pensamientos negativos que surgían ante determinadas situaciones de interacción con ella, y en cierto modo justificaba que ella hacía lo que podía. Y era cierto. Pero al tomar esta perspectiva, realmente me estaba ignorando a mí mismo, me estaba invisibilizando y negando todas las emociones desagradables sentidas desde niño respecto a ella. ¿Cómo pude dar el salto para ampliar mi visión?

Al acabar mi formación en musicoterapia, me di cuenta de que apenas había trabajado el potencial de la percusión, y decidí inscribirme en clases de percusión africana. El hecho de sentir la vibración de todo mi cuerpo en estas clases grupales, ya fuera golpeando el djembé con mis manos, o el dum-dum con las baquetas, permitir los movimientos que me nacían espontáneamente, dejar que mis brazos se separaran del cuerpo para sentir mayor libertad, todo ello fue creando en mí una sensación de ocupar un espacio en el mundo, un sentimiento de conexión con la tierra, una forma de liberar una energía muchos años contenida, un empoderamiento que no surgía de la mente, sino del propio cuerpo. Cuando en este terreno de autoconocimiento, sucede un ingreso hospitalario de mi madre, y se desatan conductas por su parte que actúan de gatillo en mi interior en ebullición, comienza un proceso de rebeldía interna y externa, que se alarga durante casi un año, y que me permite comenzar a cortar el cordón umbilical con ella, poder sentir el enfado y la rabia acumulada y expresarla abiertamente, y como suelo decir, dejar salir el “vapor de la olla” para poder ver con más claridad qué se está cocinando “ahí adentro”.

En ese periodo de tiempo, somaticé el enfado a través de una ciática que duró varios meses, y fue cuando surgió en mí ese interés en acompañar a madres con bebés (estaba proyectando mis juicios sobre ella, y queriendo proteger a los peques, intentando salvarme a mí mismo). La vida es sabia, y no dejó que terminara de fluir esa iniciativa en aquel momento (pero sí posteriormente), pues no surgía totalmente desde el amor, sino desde el resentimiento. Pero en este proceso, cada vez fui sintiendo menos presión interior, comencé a sentir mayor comprensión y compasión, y me abrí a ser acompañado por un profesional que trabajaba desde el enfoque de la Escuela del Perdón, de Jorge Lomar. Se trataba de Pedro Alonso da Silva. Con Pedro, fui aprendiendo a cambiar el enfoque cognitivo, a entender que perdonar no implicaba más que “sentir” lo que afloraba en mí (sentir más allá de las palabras, permitirme enfocarme en las sensaciones corporales, en esa energía interior que se movía) y a la vez, “soltar” mi interpretación de lo sucedido, es decir, trascender la visión de mi ego, por decirlo de alguna forma, y abrirme a un “no saber”, a no querer dar una explicación racional, sino más bien a comprender que todo sucede en la vida por algo, aunque no lo sepa ni lo entienda.

 

 

Trabajar esos dos enfoques ha supuesto una auténtica revolución y liberación en mi vida. Tras cinco meses acompañado por Pedro, hicimos un cierre, y a los pocos días, mi madre empeoró de su salud repentinamente, y falleció un mes después. Fue un mes muy duro, pero a la vez muy hermoso. Porque ya no la miraba desde el resentimiento. Pude liberarme y sentir un amor profundo por ella, sin dejar de verme a mí. Ese fue mi mayor aprendizaje, poder situarme en la piel de todos y cada uno, y abrirme a sentir, sin más. Pronto hará dos años de su partida, y puedo decir que cada día la siento con más paz dentro de mí, con más compasión, más comprensión, más amor, sin negar lo vivido, sin justificaciones, sencillamente acogiendo lo sucedido y soltando las interpretaciones. Si estoy aquí, compartiendo esta experiencia que vivo desde la paz, es por todo lo que la vida me permitió aprender, aunque no lograra comprenderlo en su momento. Y ahí surge también un profundo sentimiento de gratitud.

 

A modo de conclusión

Hace unos meses, tuve el privilegio de acompañar a Carolina Guzmán, una enfermera alumna del Máster de Cuidados Paliativos en el que participé el curso pasado, en la tutorización de su trabajo fin de máster, que abordaba el perdón como necesidad espiritual al final de la vida. Tras una revisión rigurosa del tema y de cómo los profesionales podemos acompañar este proceso, en su emotiva exposición finalizó entregándonos a todos los asistentes una frase que pronunció Nelson Mandela al salir de prisión, y que creo que resume perfectamente lo que significa el perdón en nuestras vidas: “Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo un prisionero”.

 

Referencias bibliográficas

  • Guzmán Trillo, C. (2018). El perdón como necesidad del paciente al final de la vida. Trabajo Fin de Máster en Cuidados Paliativos. Escuela Universitaria de Enfermería y Fisioterapia San Juan de Dios. Universidad Pontificia Comillas.
  • Lee, Y.R., Enright, R.D. (2014). A Forgiveness intervention for women with fibromyalgia who were abused in childhood: a pilot study. Spiritual Clinical Practice, 1, 3, 203-217.
  • Prieto-Ursúa, M. (2017). Perdón y salud. Introducción a la psicología del perdón. Universidad Pontificia Comillas.
  • Ricciardi, E., y colaboradores. (2013). How the brain heals emotional wounds: the functional neuroanatomy of forgiveness. Frontiers in Human Neuroscience, 7, 839.
  • Svalina, S.S., Webb, J.R. (2012). Forgiveness and health among people in outpatient physical therapy. Disability and Rehabilitation, 34, 5, 383-392.
  • Worthington, E. http://www.evworthington-forgiveness.com/

 

“No puedo más” … una reflexión sobre la presencia del suicidio en mi vida

 

Fue hace un par de días cuando una amiga me comentó el caso de otra amiga suya cuyo hijo se había suicidado hace cinco años y ella, a pesar de la terapia que había seguido, no lograba asimilar la pérdida y seguir adelante con su vida. Precisamente ayer, leí un artículo en el periódico acerca del suicidio, como epidemia silenciosa que nos acecha. Lo difundí por redes sociales, y varias personas se abrieron a comentar, ya fuera su vivencia propia o su opinión al respecto. Y tras darle vueltas todo el día, sentí muy profundamente la necesidad de compartir mi propia experiencia con el suicido a lo largo de mi vida, sin más pretensión que sacarlo del silencio, de dar luz y voz, de integrarlo y dar pie, si a alguien le nace, a que más personas compartan su experiencia.

 

Cuando “quitarse la vida” forma parte de tu primer recuerdo

Siempre me he caracterizado por tener buena memoria. Desde los tres años y pico me llegan imágenes y vivencias muy concretas que han supuesto hitos en mi biografía. Y resulta que mis primeros recuerdos tienen que ver con episodios algo críticos en la vida familiar. Mi madre solía desbordarse emocionalmente con frecuencia, y llegaba al extremo de entrar en crisis, se ponía a gritar que no podía más, iba hacia el cajón de los cubiertos en la cocina, y sacaba un cuchillo con el que amenazaba con clavárselo. ¿Qué hacía yo? Entraba en pánico, me sentía culpable por si yo había tenido algo que ver con ello, y me escondía debajo de la mesa del comedor … ese era mi lugar seguro, mi cueva. Nunca llegó a herirse físicamente. A veces se desmayaba, otras, mis hermanos o mi padre lograban quitarle el cuchillo y se la llevaban a su dormitorio … Y finalmente, “no pasaba nada” … y lo peor de todo, no se hablaba nunca más del tema. El silencio. Ese gran aliado y enemigo. De lo que no se habla, no existe. ¿Verdad?

Mi madre comenzó a separar cada vez más estos episodios, y cierto es que aunque yo vivía en alerta, me acostumbré. Fui descubriendo que ella nunca daría el paso, que solo necesitaba ser vista, escuchada. Y fue hace unos pocos años, tras morir mi padre, cuando afloró en mí esa rabia del niño que no sabía qué hacer en aquellos momentos, cuando comencé a culpar a mi madre de no haber sabido gestionar sus problemas y que me hubieran dejado una marca mayor de lo que pensaba. Y así fui avanzando en mi proceso de comprensión y perdón. Un año antes de que ella muriera, y sin buscar esa conversación, pudimos hablar de todo ello. Ella negaba que aquello hubiera sucedido. Pero no eran imaginaciones mías. Lo había corroborado con mis hermanos, y tengo recuerdos muy vívidos. Ante esa convicción por mi parte, ella se derrumbó, y me compartió el grado de soledad que sentía, de falta de reconocimiento por mi padre, y su incapacidad de poder haberlo hecho de otra forma. Poner palabras por ambas partes nos unió, nos fundimos en un abrazo, y ella se disculpó … ¿Qué sentí? Que la comprendía, aunque finalmente siempre sean los niños los que paguen las consecuencias de las carencias de gestión emocional por parte de los adultos

 

 

Compartir esto me cuesta, porque puede llevar a juicios acerca de mi madre, de mí mismo … pero más allá de esos juicios que solo surgen desde los propios egos, quería compartirlo porque nunca sabemos hasta dónde podemos llegar cuando nos sentimos al límite de lo que pensamos que podemos soportar. Y quizá, lo que más necesitamos en esos momentos, es una escucha abierta, activa, sin juicios, una mirada de amor, de apoyo, respetando el lugar donde se sitúa cada uno.

 

Seguro que conocemos a alguien que lo ha hecho …

Durante mi juventud, el suicidio consumado hizo acto de presencia en mi vida en varias ocasiones. El servicio militar, a comienzos de los años noventa, fue el lugar donde se dieron algunas de estas circunstancias. No eran hechos aislados que algunos compañeros decidieran quitarse la vida, empleando los métodos más cruentos. Y al haber sido destinado allí a la enfermería, fui aprendiendo a lidiar con alguna situación delicada. Pero el suceso que más me afectó lo protagonizó uno de los compañeros que tenía allí, con los que mejor conecté. Durante los meses que compartimos amistad, fui advirtiendo su progresión desde una expresión amable y cercana, hacia una vivencia cada vez más profunda y arraigada de la frustración, la rabia. Detrás de ello había temas familiares que no llegó a compartir abiertamente. Unas semanas antes de finalizar “la mili”, estaba muy ilusionado porque había comenzado una relación con una chica con la que se sentía muy bien … comprendido, escuchado, apoyado … y me dejó el número de teléfono de la familia de ella, para mantener el contacto una vez que nos separáramos. Transcurrieron unos meses, retomé ese teléfono y llamé. Descolgó la madre de esta chica. Se quedó fría al preguntarle por él. Finalmente me dijo que se había suicidado, poco tiempo después de licenciarnos del servicio militar. No supe reaccionar.

Años después, otro amigo que era médico, que padecía un cuadro psicótico en tratamiento, también decidió quitarse la vida, arrojándose por el balcón de la casa de su madre, donde vivía. Y llegados aquí, ¿realmente no somos conscientes de que estos hechos suceden, y que nos afectan a todos?

 

 

Y cuando llegas a no ver el sentido …

En carne propia, también puedo decir que llegué a un punto en mi vida de no ver el sentido a nada, y de tener ideaciones suicidas. Fue muy contenido en el tiempo, pero fue. Y de una forma u otra, creo que me marcó en el sentido de que no me siento especialmente conectado a la vida, y me siento con un pie entre este y el otro lado. Puedo sentir la vitalidad más extrema, más pura, pero a la vez no aferrarme a la vida como si la muerte nunca fuera a llegar. No es fácil de explicar. Es un cierto desapego. Pero quizá esa perspectiva relativa me ayuda a meterme en la piel de aquellos que deciden no seguir.

Mi momento crítico tuvo un episodio desencadenante. Con casi treinta años, decidí realizar el acogimiento de un adolescente marroquí que estaba en un centro de menores, al que había conocido a través de una ONG del ámbito de las adiciones con la que colaboraba. Apenas recibí apoyo por parte de la Administración en aquel momento, este chico estaba siendo problemático, y vieron mi solicitud como una oportunidad para quitarse un problema. La convivencia fue realmente muy difícil, con episodios violentos frecuentes, aunque sin llegar a la agresión física. Finalmente, tras cuatro meses, me sentí al límite y decidí dar marcha atrás con el proceso, de modo que él regresó de nuevo al centro de menores. Viendo con perspectiva la historia, tras más de 18 años de aquello, es cierto que no pude ni supe hacerlo de otra forma, y que él tampoco podía ni sabía. Pero para mí se abrió un periodo en aquel momento de extrema culpabilidad, de sinsentido, en el que lloraba de forma continua, sentía que había jugado con el que había considerado “mi hijo”, y entré en una espiral de pensamientos ciertamente peligrosos. Vivía en aquel momento en la octava planta de un edificio, y varias veces me asomaba a las ventanas e imaginaba qué pasaría si me dejaba caer. O buscaba información respecto a pastillas que pudieran ayudarme a dar el paso. Porque era insostenible para mí. La culpa me desgarraba por dentro.

¿Lo compartí? Sí comenté cómo vivía ese momento con mis personas más cercanas … pero no percibí que me comprendieran … O le culpaban a él de que me había manipulado, o no entendían que sintiera un vínculo tan fuerte que se había roto. Ahora miro con ojos de compasión, y sé que intentaban apoyarme, pero realmente no me sentí acogido, escuchado, apoyado desde el no juicio. Alguien me recomendó que acudiera a algún profesional, y me negué. Quizá porque quería que me apoyaran quienes yo sentía que tenían un vínculo conmigo, esa necesidad de mostrarse y ser validado por los que tienen un significado para ti.

 

 

Ahora miro atrás, y precisamente al trabajar con familias con bebés, me doy cuenta de la dificultad que tenemos de mirarnos y escucharnos unos a otros desde el corazón, más allá de nuestras creencias, expectativas, deseos … Quizá el hecho de no ver realmente a los otros, y quizá de no vernos a nosotros mismos más allá del personaje que creemos ser sea uno de los elementos que más presión nos hacen sentir dentro para que aparezca esa sensación de agotamiento, de “no puedo más”, de “hasta aquí”.

 

Acompañando a otros en el proceso …

Con los años, la vida me fue llevando a desarrollar la labor de acompañamiento que realizo en este momento, principalmente a través de la musicoterapia. Y sin buscarlo, en estos años han llegado varias personas a mí que, o han tenido algún intento de suicidio, o son familiares de personas que dieron el paso. Me encuentro con ese sufrimiento extremo que suele proceder de experiencias adversas en la infancia, ya sea por maltrato o abuso, o por abandono afectivo. Hablo de abandono afectivo (que también se menciona como negligencia) haciendo alusión a situaciones donde no ha habido episodios críticos concretos contra los niños, sino una situación mantenida de falta de conexión emocional, de “no ver” al niño, de que este desarrolla esa imagen interna de que “no merezco un lugar en este mundo”. Una depresión materna o paterna, una relación fría con los bebés o posteriormente, etc, son situaciones que dejan mucha huella, especialmente en los bebés y niños varones, que tienen un proceso de maduración neurológica más lento que el de las niñas.

Y en las personas que se quedan, dos situaciones pesan especialmente: la culpa por no haber podido hacer más, y si han sido quienes han encontrado el cadáver, el estrés postraumático derivado de ese momento, la imagen congelada del hallazgo que permanece inmóvil si no hay un acompañamiento terapéutico apropiado. En este sentido, además de los abordajes tradicionales, suele ser necesario en ocasiones recurrir a nuevas terapias con base neurobiológica, como el EMDR; o que busquen la reconexión mente-cuerpo.

 

 

En los últimos años, este tema va aflorando cada vez con más frecuencia en los medios de comunicación. He ido salpicando este texto con vídeos que me parecían interesantes para adentrarse en ello. Y aquí recomiendo visitar la web de la Red AIPIS, Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio, que desarrolla una intensa y necesaria labor de sensibilización, formación y asistencia en este ámbito.

Y nos quedan muchos interrogantes. Adentrarse en este tema implica descubrir que la proporción de hombres que se suicidan es mayor que la de las mujeres en todo el mundo, y también en nuestro país, donde de forma global, la cifra de varones triplica la de las mujeres, y en algunas franjas de edad es aún superior. ¿Qué nos hace a los hombres optar por esta vía de salida con mayor frecuencia, o al menos, ser más efectivos en los intentos? ¿Tiene que ver con nuestra peor gestión emocional?

Como sociedad, tendemos a mirar a otro lado, huimos de la muerte. En el caso de quienes lo han intentado, solemos decir que son cobardes, o que si no se dan cuenta del daño que hacen a sus seres queridos. En el caso de los familiares, suele decirse que ya está bien, que pasen página. Como siempre suelo decir, ¡¡¡cuánto nos cuesta abandonar nuestras creencias, nuestras verdades, y sencillamente estar, acoger, escuchar!!!

El apego como base para la libertad del ser humano

 

Recuerdo cuando nacieron mis sobrinos, siendo yo adolescente, que comencé a ser consciente de los mensajes que le llegaban como bombardeo a mi hermana para que “los educara bien”: “no lo cojas mucho en brazos, que luego se acostumbra mal”, “un buen azote a tiempo …”, “déjale llorar, que ya se le pasará”, y así un sinfín de consejos que reconozco que asumí en aquel entonces, y que creo que aún están muy infiltrados dentro del mundo de creencias de nuestra cultura. Pero, ¿realmente aprendemos a ser autónomos, independientes y conscientes de nuestras emociones, además de sobrevivir mejor en el mundo, si venimos de una disciplina donde se han frenado los instintos más amorosos para acompañar a los más pequeños? ¿Acaso somos más felices cuanto menos nos reconocemos nuestras propias emociones, sentimientos y sensaciones, y menos las compartimos con los demás?

 

Comenzando con la teoría del apego

Fue en la década de los 50 y 60 del siglo pasado cuando John Bowlby y Mary Ainsworth pusieron las bases de lo que ha sido una de las teorías más revolucionarias en el ámbito psicológico: el apego. De forma muy resumida, concluían que los niños, desde el nacimiento, necesitaban de un adulto que, además de alimento y calor, les proporcionara afecto (que se transmite sobre todo al principio a partir del contacto corporal) y constituyera así una base segura a partir de la que construir su propia identidad. En esa relación cuenta sobre todo la capacidad del adulto en reconocer las señales del niño y de satisfacer sus necesidades, en sintonizar emocionalmente y facilitar el disfrute conjunto, y la capacidad de reparación de la relación cuando ha habido discrepancias o rupturas. En función de todo ello, se han descrito tres modelos organizados de apego: seguro (el más equilibrado), inseguro ambivalente o ansioso (aquel que busca desesperadamente a su cuidador pero tampoco se consuela cuando está), e inseguro evitativo (el que oculta lo que siente y parece más independiente de lo que realmente es).

 

 

Al conocer esta teoría y todas las investigaciones posteriores que han ido confirmando sus hallazgos y profundizando en ellos, me surge una gran pregunta: ¿Cómo es posible que algo tan intuitivo e instintivo, como es ofrecer un amor incondicional a nuestros pequeños, necesite de una demostración de su efecto y necesidad, e incluso que esas investigaciones hayan ido contracorriente durante muchos años e incluso aún no se acojan con los brazos abiertos en todos los ámbitos profesionales y sociales? ¿Tan desconectados estamos los seres humanos con nuestras propias emociones, y con lo que experimentamos siendo niños, como para repetir los mismos patrones y originar el mismo sufrimiento a los que vienen detrás?

 

La importancia de lo que mostramos a nuestros pequeños

Si bien se trata de dos experimentos ya antiguos, su relevancia aún sigue vigente, y para mí supusieron dar con la explicación de aquello que intuitivamente pensaba acerca de la capacidad de los niños en absorber los estados emocionales de sus cuidadores (empleo este término de modo más amplio al de padres, aunque realmente suele ser la madre la figura de referencia principal en el cuidado).

El experimento de “still face” o cara neutra realizado con bebés de hasta un año de edad, pone de manifiesto la importancia de nuestras expresiones faciales y de la calidad de nuestra comunicación con los bebés para crear una sintonía sincera y honesta con ellos, y así contribuir a regular sus propios estados emocionales. Ante una cara inexpresiva, los bebés activan las alarmas y se sienten desamparados.

 

 

Y ahora me pregunto, ¿somos conscientes de la cantidad de veces que eludimos la interacción directa con nuestros bebés y niños, y obviamos sus señales? Les oímos balbucear y, ¿qué hacemos? ¿Acogemos con amor su llanto, o más bien nos molesta, más allá del significado que pueda tener? ¿Nos damos cuenta de las veces que estamos inmersos en la pantalla de nuestro móvil mientras nuestro niño nos está mirando esperando ser visto? Pero claro … es que “los niños siempre quieren llamar la atención” … ¿acaso no es lo mismo que estamos haciendo como adultos cuando estamos tan pendientes de “ser vistos” por nuestros contactos?

El otro experimento es el del precipicio visual. En él queda claro cómo transmitimos el miedo a través de nuestras expresiones y conductas como adultos.

 

 

Nos forjamos como humanos a través de las relaciones

Oyendo hablar a muchos adultos, o a mensajes que están muy anclados en nuestras creencias colectivas, parece que los bebés y los niños ni sienten ni padecen, es como una etapa en blanco, y ya en la adolescencia parece que “somos algo” y ya de adultos tenemos una identidad que aparece de la nada. Y claro, “soy así porque sí”. Si nos construimos pensando que somos entes independientes o compartimentos estancos, que cada uno se forja a sí mismo, y cada nueva etapa vital se basa en negar o despreciar fases anteriores, creo que no vamos por muy buen camino.

La investigación sobre el apego ha progresado mucho en las últimas décadas, y algo que parece cada día más claro es que esa necesidad de interacción y de establecer vínculos seguros se mantiene durante toda la vida. Y es que es en las relaciones donde tomamos conciencia de nosotros mismos y de los otros, y podemos avanzar en nuestro autoconocimiento para sentir mayor bienestar, serenidad, y seguramente, felicidad. Leyendo un libro divulgativo sobre apego adulto titulado Maneras de amar, de Levine y Heller, se nombra la denominada “paradoja de la dependencia”. Solemos vivir de forma muy generalizada bajo la creencia de que, para ser más fuertes, debemos necesitar menos de los demás, y no depender de los vínculos que tenemos. Y parece que todo indica que es al revés. Cuanta más seguridad podemos sentir por los vínculos sanos y robustos que establecemos con los demás, más libres e independientes nos sentimos para emprender y explorar nuestras posibilidades en el entorno.

 

Apego y exploración … las dos caras de la moneda

Recientemente realicé la formación en un programa de acompañamiento a padres con niños de 1 a 6 años de edad, que están en riesgo de exclusión. Este programa se denomina Primera Alianza (http://www.primeraalianza.com/index.php), y se basa en gran parte en otro denominado Círculo de Seguridad (https://www.circleofsecurityinternational.com/). La idea es crear un espacio de reflexión con grupos de padres, teniendo en cuenta los principios de la teoría del apego, y empleando como principal recurso el análisis de vídeos grabados con interacciones con sus propios hijos.

 

 

Quizá la mayor huella que me dejó esta formación es aprender a pensar en que los niños y, por extensión, los adultos, nos movemos continuamente entre dos polos que forman un circuito. Uno de los polos viene representado por nuestras necesidades de apego, es decir, de sentirnos recogidos y reconocidos por los demás, de compartir afecto, de ser vistos y valorados. El otro polo lo constituye nuestra necesidad de explorar el mundo, de expandirnos. Solo podemos explorar si tenemos una base segura de apego. Y en cada etapa de la vida, nos manifestamos de forma distinta respecto a esas necesidades.

 

 

No podemos obligar a que un niño sea independiente, si no le ofrecemos una base de amor incondicional que genere en él la seguridad para lanzarse por sí mismo. Pero es que de adultos, nos movemos igual. Si los adultos, e incluyo ahí a los padres, somos capaces de ver, escuchar y considerar a los niños como seres con necesidades y capacidades propias, estamos poniendo los cimientos de una identidad sana. Para todo ello, los adultos también debemos ser conscientes de nuestras propias emociones, sensaciones, pensamientos … es decir, de reflexionar acerca de nuestra forma de estar en el mundo y de cómo lo interpretamos, porque desde ahí podemos tomar la distancia para observar todo el escenario en el que se desarrolla nuestra vida, y en ella, nuestras interacciones con los demás.

 

 

A modo de conclusión

 

Llegados a este punto, te planteo un reto. Consiste en desarrollar nuestra capacidad de observación. A lo largo de un día, puedes pararte varios momentos (puedes poner alarmas de recordatorio en el móvil) a dejarte sentir y reflexionar, en el aquí y ahora, si te encuentras en el modo “apego” o en el modo “exploración”, y qué necesitarías en ese momento. ¿Cómo te lo reconoces en ti mismo? ¿Qué señales das a los demás para que se den cuenta? Al finalizar ese día, ¿ha prevalecido el apego o la exploración? ¿te has permitido por igual sentir ambas necesidades, o te cuesta más alguna de ellas? Y ahora algo muy importante, ¿soy capaz de ver en los demás qué necesidad es la que están manifestando en un momento concreto de interacción? ¿Y soy capaz de acoger dicha necesidad de forma abierta, o algo dentro de mí se activa y me hace sentir incómodo? Ufff, esto se pone muy interesante … Bienvenido a este mundo de relaciones y emociones que nos hace realmente humanos.

 

Referencias bibliográficas

  • Bowlby, J. Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Morata, 2014.
  • Cortés, C. Mírame, siénteme. Desclée de Brouwer, 2017.
  • Levine, A.; Heller R. Maneras de amar. Books4pocker, 2016.
  • Powel, B.; Cooper, G.; Hoffman, K.; Marvin, B. The Circle of Security Intervention: Enhancing attachment in early parent-child relationships. Guilford Press, 2016.
  • Wallin, D. El apego en psicoterapia. Desclée de Brouwer, 2012.

 

Dimensión espiritual y cuidados de salud: hacia una atención integral del ser

 

Fue hace ya unos cuantos años cuando, tutorizando a enfermeros que estaban formándose en cuidados paliativos, estos me planteaban su interés acerca de cómo investigar sobre el abordaje de las necesidades espirituales de las personas que se encuentran al final de la vida. En aquel momento, desconocía toda la reflexión e investigación realizada por profesionales de la salud, especialmente de enfermería, para poder acompañar a la persona cercana a la muerte de una forma holística, teniendo en cuenta también los aspectos espirituales y religiosos. Me reconocía a mí mismo con cierto rechazo a entrar en el tema, por mi prejuicio sobre la relación con aspectos religiosos, pero lejos de ello, mi interés en profundizar me abrió una gran puerta para seguir descubriendo el sentido de mi propia existencia.

 

¿Qué es la inteligencia espiritual?

Desde hace algunas décadas, la espiritualidad ha sido objeto de estudio desde nuevas perspectivas filosóficas y también científicas, alejadas de las tradiciones religiosas, e incluso se ha llegado a acuñar el término de inteligencia espiritual, como una más de las inteligencias que forman parte del ser humano, siguiendo la teoría de inteligencias múltiples de Howard Gardner. ¿Y qué es esa inteligencia espiritual?

En el abordaje del tema que hace Francesc Torralba en su libro Inteligencia espiritual, hace alusión a diferentes definiciones. Cita a Gardner, que define esta inteligencia como la capacidad para situarse a sí mismo con respecto al cosmos, como la capacidad de situarse a sí mismo con respecto a los rasgos existenciales de la condición humana como el significado de la vida, el significado de la muerte y el destino final del mundo físico y psicológico en profundas experiencias como el amor a otra persona o la inmersión en un trabajo de arte. También citados por Torralba, Zohar y Marshall consideran que este tipo de inteligencia otorga la capacidad de afrontar y trascender el sufrimiento y el dolor, y de crear valores y encontrar el significado y el sentido de nuestros actos. Es decir, la inteligencia espiritual nos permite alcanzar una visión integral e integradora de nuestra experiencia como humanos, dentro del mundo y en relación con todo.

 

 

Descubrir estas reflexiones me permitió darme cuenta de que en mí existía esa búsqueda de significado, esa habilidad para intentar integrar lo vivido y buscar una trascendencia en ello. Podría decirse que la espiritualidad que cada ser humano puede desarrollar a partir de esta inteligencia se plasma en experiencias profundas, íntimas, intensas, a veces duras, que le acercan a esa visión integradora de su existencia. El camino recorrido por cada ser es único e intransferible. Si tuviera que emplear un verbo desde mi propia vivencia espiritual, diría que “siento”, un “siento” que es muy físico, muy corporal, que me conecta con lo emocional y a la vez con lo que va más allá de mí, con lo trascendente. Y se abre una gran ventana de comprensión que no es racional, no surge del pensamiento o la creencia, es una vivencia de todo el ser.

 

Espiritualidad y religión, ¿son lo mismo?

Dicho esto, ¿dónde se queda la religión? Históricamente se ha intentado generalizar ciertas visiones de ese camino espiritual para adaptarlas cultural y socialmente, e incluso institucionalizarlas. Y ese proceso ha dado lugar a las religiones. Si tuviera que emplear un verbo para definir cómo se sitúa un individuo ante la religión, es “creo”. Y creer es un acto muy racional. No surge de la experiencia interior, sino de la imposición o asunción de lo exterior. Toda religión ha surgido de experiencias espirituales, pero no todos los creyentes se han permitido recorrer ese camino interior para descubrir su espiritualidad única e incomparable. Con todo ello, no hago crítica de las religiones en sí, sino de cómo los humanos las hemos utilizado con otros fines. Y si una tradición religiosa concreta nos sirve como modelo o guía para adentrarnos en nuestras profundidades, bienvenida sea.

 

¿Y qué tiene que ver la espiritualidad con los cuidados de salud?

Cuando nos vamos adentrando en lo que significa la espiritualidad para el ser humano, vamos tomando conciencia de que esta capacidad se desarrolla especialmente cuando nos toca vivir situaciones de dolor y sufrimiento. Afrontar la enfermedad no es reto fácil, y se ha demostrado que cuando contamos con una visión más integradora, más alejada de la rigidez mental que confieren nuestras creencias individuales, abrimos la puerta a una comprensión que va a facilitar enormemente su afrontamiento y, en muchos casos, su mejor evolución clínica.

Abrirnos a la experiencia espiritual nos pone delante de liberarnos de la rigidez de nuestro ego, de una visión particular y sesgada, nos abre a conectar desde el corazón con los demás y con todo, incluso con nuestro yo más profundo e íntimo. Y ahí surgen vivencias de comprensión, de perdón, de reconciliación, de gratitud, a pesar de la dureza de lo que se está viviendo.

Y este camino parece ser bidireccional. Algunas investigaciones van relacionando ciertas actitudes, como el resentimiento o la ira que impide abrirse al perdón, como factores que influyen en la aparición o mantenimiento de ciertas condiciones patológicas, como el dolor crónico. Al final no son los hechos, sino la interpretación que hacemos de ellos, cómo nos contamos lo vivido, lo que nos puede liberar o, al contrario, encerrar en una ratonera de la que nos vemos, en muchas ocasiones, incapaces de escapar.

 

 

Dicho esto, ¿deberían los profesionales de la salud saber acompañar estas necesidades espirituales? La respuesta es claramente . Pues acoger sin juicio todo lo que necesita compartir y expresar una persona con enfermedad va a contribuir a un mejor afrontamiento y, posiblemente, a una mejor evolución. Esa acogida abarcaría desde el respeto a creencias religiosas o culturales que tiene gran peso en la vida de la persona y que muchas veces no son totalmente compatibles con ciertas prácticas sanitarias, a la tan crucial escucha atenta y empática del profesional. Es esta última la que puede remover las propias convicciones de este profesional, tocar su corazón, y la que lleva a considerar que acompañar a otros implica un profundo autoconocimiento para no interferir y sí facilitar nuestra presencia plena. Es aquí donde se enmarcan los cada vez más numerosos programas de formación de profesionales para aprender a acompañar en situaciones de enfermedad, sufrimiento y cercanía a la muerte.

 

Acompañando al final de la vida

Y es precisamente en el ámbito de los cuidados paliativos donde esta formación está definiendo el patrón a emplear en otras especialidades y ámbitos. En 2014, la Sociedad Española de Cuidados Paliativos editó una guía sobre Espiritualidad en Clínica, que es un trabajo exhaustivo, profundo y cercano sobre cómo aproximarnos como sanitarios al mundo de la espiritualidad para hacer posible el acompañamiento de las personas en estas necesidades.

Uno de sus autores, Enric Benito, es un referente en este sentido en España, y escucharlo permite comprender con mayor conciencia y profundidad de lo que estamos hablando.

 

 

El parto como experiencia trascendente

Como venía expresando anteriormente, la enfermedad, el sufrimiento y la cercanía a la muerte suponen momentos clave para ahondar en nuestro camino espiritual, y en el que los profesionales sanitarios pueden ser aliados durante el acompañamiento. Pero cuánta fue mi sorpresa durante mi formación en salud mental perinatal el año pasado, que el momento del parto es descrito por muchas mujeres como una experiencia muy profunda, trascendente. Si nos paramos a reflexionar sobre ello, tiene todo el sentido, la Naturaleza ha querido conferir a este gran momento un significado muy importante, más allá de lo racional, a la mujer que se abre a la maternidad.

Sin embargo, la medicalización que ha experimentado durante el último siglo la atención al embarazo y al nacimiento ha implicado que se haya asentado la visión tradicional del parto como algo doloroso, en el que la mujer no tiene control sobre su cuerpo ni capacidad de decidir, y todo ello ha llevado a que una gran parte de los partos dejen un estrés postraumático en las madres, que afecta a todas las esferas de su vida, y por supuesto, a la relación con su bebé. Vivimos en una sociedad en la que los profesionales sanitarios han potenciado y siguen permitiendo que nos movamos desde el miedo en nuestras decisiones, en que renunciemos a la conexión con nuestro propio cuerpo y a nuestro potencial fisiológico y sanador para afrontar momentos tan trascendentales como puede ser la llegada de un nuevo ser. Y es ahí donde creo que nuestra función debe ser de acompañamiento y contención más que nunca, de reforzar la confianza de la propia mujer en su propio cuerpo y capacidad para afrontar esta situación y así facilitar que, en vez de que un nuevo nacimiento sea una experiencia traumática, se convierta en una experiencia espiritual.

 

 

Referencias bibliográficas

  • Benito, E.; Barbero, J.; Dones, M. (editores) Espiritualidad en Clínica. Una propuesta de evaluación y acompañamiento espiritual en Cuidados Paliativos. Sociedad Española de Cuidados Paliativos, 2014. Descargable en: http://www.secpal.com/%5CDocumentos%5CBlog%5CMonografia%20secpal.pdf.
  • Olza, I. Parir. El poder del parto. Ediciones B, 2017.
  • Prieto, M. Perdón y salud. Universidad Pontificia Comillas, 2017.
  • Torralba, F. Inteligencia espiritual. Plataforma Editorial, 2010.

 

Llegar para partir: integrando la muerte perinatal en la historia personal y familiar

 

Mi aportación al blog en esta ocasión es muy personal, de reconocimiento a mi hermana fallecida antes de finalizar su gestación, en el vientre de mi madre. Y a través de ella, a todos esos niños cuya vida se truncó antes de que pudieran experimentar su existencia en este mundo exterior que nos envuelve y nos da sentido.

 

¿Qué es la muerte perinatal?

Es curioso observar cómo cada país suele tener unos criterios diferentes a la hora de definir qué es la muerte perinatal. En España, engloba los fallecimientos que se producen desde la semana 28 de gestación hasta los primeros siete días de vida. No obstante, otras definiciones más amplias tienen mayor alcance:

  • muerte gestacional temprana: se produce hasta la semana 22 de gestación. Aquí podrían incluirse las pérdidas tempranas, incluidas las derivadas tras procesos de reproducción asistida (algo tan común en la actualidad, y que no se acompañan con la sensibilidad necesaria);
  • muerte fetal, que abarca desde la semana 22 o 500 gramos de peso, hasta el momento del nacimiento;
  • muerte neonatal precoz, en la primera semana de vida extrauterina;
  • muerte neonatal tardía, desde los 7 a los 28 días de vida.

Existe poca formación por parte de los profesionales en este ámbito, escasa sensibilidad al respecto, y poco respeto hacia el duelo que inician los padres, que también suele ser acallado y poco reconocido por la sociedad.

En los últimos años, han ido surgiendo redes de apoyo creado por las propias madres y padres, como puede ser el caso de la red El hueco de mi vientre, o iniciativas de apoyo, sensibilización, investigación e integración con los profesionales, como puede ser el ejemplo de Umamanita. También desde el mundo sanitario ha habido iniciativas de protocolización para la atención a los padres, e incluso a nivel de científico y de políticas sanitarias, ha habido trabajos recientes a nivel internacional que miden las consecuencias de la muerte perinatal sobre la sociedad.

 

 

La muerte perinatal en mi familia

Soy el pequeño de cuatro hermanos nacidos vivos, dos varones que son los mayores, mi hermana y, finalmente, yo. Si bien siempre he sentido un vínculo muy fuerte y especial con mi hermana, con la que me llevo ocho años, también es cierto que durante la mayor parte de mi vida he tenido la sensación de que ellos tres iban por un lado, eran como de otra dimensión, y que yo nací «descolgado», como de otra rama del árbol. Desde que fui pequeño, escuché la historia de que mi madre había tenido un aborto unos años antes de que yo naciera, cuando mi hermana era pequeña. Fue un relato que normalicé, pero que hasta años recientes no he llegado a integrar para comprender la importancia que tuvo ese quinto hermano no nacido en mi propia existencia.

 

 

A medida que fui creciendo, comencé a prestar mayor atención a esa historia que mi madre nunca ocultó. Serían finales de los años 60 del siglo pasado. Ella se encontraba en el 4º-5º mes de gestación. Relataba que sufrió fuertes contracciones, fue hospitalizada, y el desenlace fue la muerte del feto que estaba gestando. Ella siempre contaba que en el hospital fueron muy poco humanos. Le trajeron el feto en una caja de zapatos, decía que era como “un conejito” pequeño (siempre me sorprendió su forma de describirlo, su distancia emocional, que más tarde he ido comprendiendo), y le dejaron esa caja bajo su cama toda la primera noche. Se trataba de una niña. Su nacimiento hubiera supuesto que mis padres tuvieran dos hijos y dos hijas. Quizá yo no hubiera existido, quién sabe. Pero esta idea ya desde pequeño comenzó a rondarme por la cabeza.

 

Aprendiendo a integrar

Fue algo después de la muerte de mi padre, cuando comencé un camino de indagación personal mucho más profundo y consciente. Asistí a un taller de constelaciones familiares, donde se hablaba de la importancia de los abortos y las muertes ocultas dentro de los sistemas familiares. Me correspondió participar en las constelaciones de otros asistentes, y en varias ocasiones me elegían como hermano fallecido o aborto dentro de sus representaciones. Y algo profundo dentro de mí se movió. En una visita a mi madre en aquel entonces, seguí investigando. Ella reconocía que le hacía ilusión tener una niña, las dos “parejitas”. Pero también decía que superó aquello porque no le quedaba más remedio, tenía que seguir viviendo. Con los años llegué yo (en cierto modo, era mi padre quien tenía más ilusión por tener hijos, mi madre sencillamente aceptaba la situación), y en cierto modo, imagino que se movieron muchas cosas en esta nueva maternidad.

Fue en aquel entonces cuando comencé a integrar la existencia de mi hermana no nacida dentro de mi sistema familiar. Comencé a decir que habíamos sido cinco, aunque realmente solo nacimos cuatro vivos. En cierto modo, sentía que esa hermana era el eslabón que me unía al resto de mis hermanos, y mi percepción de “rama descolgada” comenzó a cambiar, me sentía más integrado familiarmente.

Unos años antes de fallecer, mi madre comenzó a tener un deterioro de memoria importante, que finalmente resultó deberse a un trastorno epiléptico de origen vascular que le producía episodios de ausencias. Fue algo muy transitorio, de pocos meses, que se corrigió con fármacos antiepilépticos. Pero durante ese tiempo, hubo una ocasión en la que se desorientó y sucedió algo que me impresionó profundamente. Estaba un día pendiente de su cuidado, cuando me fui a hacer la compra y la dejé sola. Coincidió que en ese lapso de tiempo, la visitó mi cuñado para dejarle unas cosas. Cuando regresé, me la encontré totalmente perdida y asustada. Decía que la había visitado un hombre. Indagando, ya me dijo quién era, y le pregunté con quién estaba casado, y me dijo que con mi hermana. Y al preguntarle por el nombre de mi hermana (que se llama Alicia), me dijo “¿Susana?”. Me quedé sorprendido, pues nadie en mi familia se llamaba así, y no es un nombre que me haya resultado común en nuestro entorno. Finalmente ya dijo “Alicia” y comenzó a sosegarse y a sentirse más orientada. Un mes después, hablando con mi hermana, le pregunté si ella sabía de alguna Susana. Y mi hermana se quedó impresionada, y me comentó que era el nombre que ella, siendo niña y estando mi madre embarazada, quería ponerle a esa hermana que no llegó a nacer. Mi asombro no tenía límites, pues en ese momento donde la memoria parece desintegrarse y aflora el inconsciente, ahí estaba una huella palpable de la importancia que para mi madre había tenido esa hija que no pudo llegar a compartir la vida como los demás.

 

Tomando conciencia de la importancia de la muerte perinatal

Tras fallecer mi madre, y continuando mi camino de aproximación al mundo de la maternidad, decidí realizar una formación en salud mental perinatal. Coincidió todo un año de aprendizaje y de reflexión profunda con el duelo por la muerte de mi madre. En el tercer mes de formación, se abordó lo relativo a las pérdidas gestacionales y el duelo perinatal. Fue un encuentro presencial muy emotivo, donde algunas compañeras compartieron sus propias experiencias en este sentido, y donde sentí muy presente a mi madre, hasta el punto de romperme y llorar abiertamente, pues comprendí por fin lo que pudo suponer para ella pasar por aquello en esa época ya lejana, pude empatizar con su dolor, y también lo que supuso una nueva gestación, cuyo resultado fui yo. Aquello supuso conectar desde el corazón con mi hermana Susana, poder hablar de ella cada vez más abiertamente, reconocer y agradecer su existencia, aunque efímera, pero con una huella tan grande en mi vida.

 

¿Por qué mi relato?

Reconozco que me cuesta abrirme y compartir algo tan íntimo a través de este medio. Y sobre todo, salir de mi forma más “aséptica” emocionalmente de compartir conocimientos y experiencias. Pero el valor de lo que he escrito, para mí, está precisamente en abrirme a normalizar una situación que es habitual en la mayor parte de familias, al menos en alguna generación, y que también es habitual que se oculte, o no se hable de ello, o que ni siquiera se dé la importancia que merece al ser que se fue, y a los sentimientos de pérdida de la madre y el padre, a los que en muchas ocasiones les corresponde bloquear un duelo que la sociedad no les permite vivir. Por supuesto que un relato en primera persona hubiera sido más impactante, pero precisamente mi visión como hermano y como hombre creo que también puede contribuir, con una visión diferente y complementaria, a este proceso de integración por parte de la sociedad de una experiencia tan dura como frecuente y profunda.

 

 

Agradecimientos

Me gustaría agradecer la gran labor que está realizando el Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, tanto en la sensibilización como en la formación en el ámbito perinatal. Mi paso a través de dicha formación ha dejado una gran huella en mí, tanto a nivel profesional como personal.

Y quiero agradecer a todos mis hermanos su existencia y su presencia en mi vida, especialmente a mis hermanas, Susana, que se quedó en el camino, y a Alicia, que precisamente hoy cumple años y vivo como una gran luz de amor. Y cómo no, agradezco a mis padres, y especialmente a mi madre, que me permitieran llegar a este mundo y acompañarme de la mejor forma que supieron, a pesar de todo lo vivido.

 

Referencias bibliográficas

 

 

 

Música al comienzo de la vida (II): el embarazo como experiencia de vínculo sonoro

Seguramente, has podido acompañar en algún momento de tu vida a una mujer embarazada, ya sea familiar o amiga. O quizá eres tú misma quien ha vivido esa experiencia o la estás viviendo en este momento. Creo que es una de las experiencias más mágicas que puede vivir un ser humano, ya sea por sentir en las entrañas el desarrollo de un nuevo ser, o por sentir su vida a través del vientre de la mujer que está embarazada. Pero, ¿es posible que el pequeño perciba ya lo que ocurre en su entorno?, ¿incluso lo que queremos decirle con nuestras palabras?, ¿es posible que sienta la música y le mueva tal cual la sentimos los que estamos al otro lado?

 

¿Puede escuchar el feto?

La respuesta, claramente, es sí. Entre las semanas 10ª y 12ª de gestación, comienzan a diferenciarse las células especializadas en la audición en el interior del oído. Sin embargo, junto con el resto de componentes del oído, no serán anatómicamente funcionales hasta la semana 20ª, aproximadamente. El sistema auditivo se vuelve funcional entre las semanas 25ª y 29ª de gestación, cuando se produce la conexión entre los receptores del oído y las estructuras cerebrales, tanto del tronco encefálico como del lóbulo temporal de la corteza.

 

 

El feto y el bebé prematuro tienen una capacidad limitada de modular o reducir una señal auditiva intensa. En las semanas 25ª a 26ª de gestación, un ruido elevado captado a través del útero, o bien en una unidad de cuidados intensivos neonatales, puede alterar la función del sistema nervioso autónomo, de modo que se vería afectada la frecuencia cardiaca, la tensión arterial, el patrón respiratorio, la motilidad gastrointestinal y el nivel de oxígeno. Aquí comprobamos la gran importancia de los elementos acústicos para la salud del feto y del bebé prematuro.

Alrededor de las semanas 28ª-30ª, se refinan las conexiones del oído con la corteza del lóbulo temporal del cerebro, y así se perfecciona la capacidad de recibir, reconocer y reaccionar ante el lenguaje, la música y los sonidos ambientales. Todo ello indica que ya tenemos una memoria fetal de los sonidos que percibimos en esa etapa de nuestra vida, especialmente de la voz de nuestra madre, de música sencilla, o de sonidos comunes del entorno. Se ha demostrado que este aprendizaje intrauterino de sonidos, voces y música comienza alrededor de la semana 32ª de gestación. Pueden reconocer la voz de la madre o una melodía concreta, y ser capaces de discriminarlas de otras tras el nacimiento. Para que el feto pueda reconocer una voz o melodía, es necesario que mantenga sus ciclos de sueño, especialmente la fase REM (fase de movimiento rápido de los ojos). El sueño en esta fase origina las ondas cerebrales necesarias para crear sinapsis de larga duración en la corteza auditiva y en los núcleos del tronco encefálico que se convertirán en las memorias auditivas.

 

 

Todos los sonidos del habla, musicales y ambientales no solo son procesados en las áreas auditivas y del lenguaje de la corteza, sino que tienen conexiones directas con el sistema límbico, estructura responsable de las emociones. De este modo, una parte de nuestra memoria emocional como fetos es registrada y almacenada como memorias auditivas, en el sistema límbico. Así, se ha demostrado que ya a las 34ª a 36ª semanas es posible distinguir diferentes estados de ánimo o cualidades emocionales en el habla y la música, que se retienen como parte de las memorias acumuladas.

 

¿Beneficia la música al feto?

En un estudio publicado en 2012 en Estados Unidos, se analizó una muestra de 329 mujeres embarazadas por primera vez, de menos de 20 semanas de gestación. Se dividió esta muestra de forma aleatoria en dos grupos: un grupo experimental, que escuchaba una música grabada durante una hora antes de dormir, y un grupo control, que mantenía sus rutinas habituales al acostarse. Tras los partos, se evaluó a los bebés en su segundo día, mediante la escala de evaluación de conducta en el neonato de Brazelton (BNBAS), una herramienta de referencia a nivel mundial. Los bebés nacidos de madres expuestas a la música tuvieron una puntuación significativamente mejor en 5 de los 7 apartados de esta escala: habituación, orientación, rango de estado, regulación del estado y estabilidad del sistema nervioso autónomo, y rendimiento motor.

El beneficio de la música puede llegar al feto de forma directa, o indirectamente a través de la influencia que ejerce a través de la madre, sobre su estado emocional. Casi todos los trabajos publicados hacen alusión a la música grabada, pero la práctica habitual indica que la música en vivo también ejerce este efecto positivo.

 

¿Influye la música en la salud psicológica de la mujer embarazada?

Se ha demostrado que la música aporta beneficios psicológicos a la mujer embarazada, en cuanto a reducción del estrés, ansiedad y depresión. La reducción del estrés, a su vez, puede originar un descenso en las hormonas maternas relacionadas con el mismo y a una mejora en el entorno prenatal para el feto.

La investigación que aborda el canto durante el embarazo es escasa y se resume a programas de educación prenatal en los que el canto es una más de entre diversas actividades realizadas para reforzar el vínculo prenatal. En Irlanda, el proyecto Lullaby (nana) de Limerick encontró que la participación en grupos de canto beneficiaba a las mujeres en cuanto al refuerzo de su confianza, que una de las participantes describía como “encontrar mi propia voz”. Es probable que esta característica tenga un beneficio sustancial para las nuevas madres, y la bibliografía sobre la transición hacia la maternidad coincide en que la confianza materna es un precursor de un buen ajuste parental.

 

¿Qué es el canto prenatal?

Tal como indica García Hurtado en su libro, el canto prenatal engloba todo tipo de canciones y ejercicios vocales que la mujer puede cantar durante su gestación “con el fin de tomar conciencia de su cuerpo y de su respiración para eliminar el estrés, apaciguar el dolor y favorecer la relajación.” Existen varias metodologías estructuradas para llevar a cabo este tipo de canto, con origen en Francia, a partir de Marie Louise Aucher en la década de 1960 y 1970, continuada en la actualidad por Marie-Laure Potel, pero también está muy desarrollado en Italia. Además, en los últimos años se ha introducido el canto carnático, que es una adaptación europea de la forma de cantar vocalizaciones durante la meditación en el sur de la India.

 

 

¿Qué es la musicoterapia focal obstétrica?

El musicoterapeuta argentino Gabriel Federico ha sido el impulsor de un modelo de trabajo denominado Musicoterapia focal obstétrica (MTFO). Realiza un seguimiento a través de toda la gestación, permitiendo que la mujer embarazada exprese y reciba a través de la música y los sonidos todo su mundo emocional. Busca acompañar a la madre en su proceso personal de adaptación a la maternidad con el fin de reforzar su bienestar. También se centra en la estimulación auditiva del feto, así como en el refuerzo del vínculo entre este y sus progenitores.

Los principales recursos musicales que emplea este enfoque son la relajación a través del movimiento, la visualización creativa guiada por la música, el baño sonoro, el masaje vibracional, la improvisación con instrumentos musicales, o la estimulación prenatal musical.

 

 

A modo de reflexión final …

Más allá de las evidencias científicas que van respaldando el papel de la música desde nuestra concepción, considero que podemos mirar y sentir nuestra propia esencia humana, de la que fluye ese canto que nos conecta con nuestro corazón, y con nuestras entrañas … y es ahí donde el nuevo ser que está formándose recibe nuestro amor más profundo, cuando ese sonido que emite nuestro cuerpo guiado desde nuestro alma lo envuelve con la vibración más hermosa.

 

Referencias bibliográficas

  • Arya, R., Chansoria, M., Konanki, R., Tiwari, D. K. (2012). Maternal music exposure during pregnancy influences neonatal behaviour: an open-label randomized controlled trial. International Journal of Pediatrics, 901812. doi: 10.1155/2012/901812.
  • Carolan, M., Barry, M., Gamble, M., Turner, K., Mascareñas, O. (2012). Experiences of pregnant women attending a lullaby programme in Limerick, Ireland: a qualitative study. Midwifery, 28(3), 321-8.
  • Carolan, M., Barry, M., Gamble, M., Turner, K., Mascareñas, O. (2012). The Limerick Lullaby project: an intervention to relieve prenatal stress. Midwifery, 28(2), 173-80.
  • Chang, H. C., Yu, C. H., Chen, S. Y., Chen, C. H. (2015). The effects of music listening on psychosocial stress and maternal-fetal attachment during pregnancy. Complementary Therapies in Medicine, 23(4), 509-15.
  • Federico, G. F. (2013). Viaje musical por el embarazo. Editorial Kier.
  • García González, J., Ventura Miranda, M. I., Manchon García, F., Pallarés Ruiz, T. I., Marin Gascón, M. L., Requena Mullor, M., y cols. (2017). Effects of prenatal music stimulation on fetal cardiac state, newborn anthropometric measurements and vital signs of pregnant women: A randomized controlled trial. Complementary Therapies in Clinical Practice, 27, 61-67.
  • García González, J., Ventura Miranda, M. I., Requena Mullor, M., Parron Carreño, T., Alarcón Rodriguez, R. (2018). Effects of prenatal music stimulation on state/trait anxiety in full-term pregnancy and its influence on childbirth: a randomized controlled trial. Journal of Maternal-Fetal and Neonatal Medicine, 31(8), 1058-1065.
  • García Hurtado, M. (2015). Embarazo y prevención. Estimulación prenatal auditiva. Punto Rojo Libros.
  • Graven, S. N., Browne, J. V. (2008). Auditory development in the fetus and infant. Newborn and Infant Nursing Reviews, 8(4), 187-193.
  • Liu, Y. H., Lee, C. S., Yu, C. H., Chen, C. H. (2016). Effects of music listening on stress, anxiety, and sleep quality for sleep-disturbed pregnant women. Women Health, 56(3), 296-311.
  • Potel, M. L. (2011). Le chant prenatal. Éditions Désiris.

 

Música al comienzo de la vida (I): el canto materno como espacio de emociones compartidas

Hoy te propongo un ejercicio de observación externa. Seguro que a lo largo de tu día encontrarás a alguna madre con su bebé, ya sea caminando por la calle o en algún lugar que visites. Si puedes, observa cómo se relacionan, sin juicio. Puede ser uno de los espectáculos más bellos que existen, lleno de amor. Observa lo que cada uno, madre y bebé, propone, y cómo recoge lo que el otro plantea. Sus miradas, sus voces, sus movimientos. ¿A que parece una danza?

 

La “danza de la vida”

Ya desde su llegada a este mundo, el bebé puede reconocer la cara, la voz y el olor de su madre. Se muestra deseoso de reflejar y provocar expresiones faciales en ella y su padre. Estas manifestaciones tempranas de apertura social de los bebés tienen un significado interpersonal profundo.

La diada madre-bebé convive de forma continua, con alternancia de momentos de conexión o ajuste con otros de discrepancia o desajuste. Se ha definido a esta interacción como una “danza”. No puede evitarse que se produzcan esas rupturas en la armonía, pero lo más importante es el modo en que la madre o el cuidador principal facilita la transición desde un desajuste hacia un nuevo momento de conexión, pues el bebé aprende que es posible superar las situaciones desagradables, y se cultiva la esperanza y el optimismo, y aumenta el sentimiento de autoeficacia. Hay una transformación de afectos negativos en positivos. De este modo, en su camino compartido, la madre y el bebé aprenden a perfeccionar esos pasos de baile hasta conseguir un patrón sincronizado en ritmo y tiempo. Esta alegría compartida constituye un elemento fundamental para la creación de conexiones neuronales en los bebés que permiten el desarrollo de la intersubjetividad humana.

 

 

El canto de la madre al bebé como expresión de amor compartido

En todas las partes del mundo, los adultos, y especialmente las madres, cantan a los bebés con el fin de regular sus emociones. Este canto aumenta la sensación de placer en el bebé, además de reducir su incomodidad y facilitar el sueño. Pero también ayuda a que el niño aprenda a autorregularse en etapas más avanzadas de su desarrollo, y facilita la competencia social. En los países en desarrollo, el bebé suele estar en contacto más continuado con su madre mientras esta realiza sus tareas domésticas, e incluso duerme con ella, de modo que en el momento de cantar, existe también contacto físico y movimiento, es decir, se produce una estimulación a diversos niveles que puede denominarse multimodal. En los países industrializados, el contacto del bebé con la madre es menor, aunque puede ser frecuente la realización de actividades lúdicas en las que se produzca dicha interacción.

Las principales características del canto materno son las siguientes:

  • Las madres emplean con frecuencia el canto para expresar emociones positivas, por lo que el tono de voz que emplean es más amoroso, con mayor riqueza de sonidos armónicos más agudos. Además, las madres tienden a cantar a sus bebés de forma más lenta y emplean vocales largas y glisandos o deslizamientos de voz.

 

  • El rango del canto suele ser bastante agudo, lo que puede deberse a que los bebés prefieren escuchar un canto agudo en una voz femenina, ya sea por su familiaridad con la voz materna o por una mayor precisión en la captación de los tonos agudos. Además, coincide con el rango de voz del bebé.

 

 

Las madres logran mayor expresividad manipulando la letra y la melodía, pero también la dinámica y el tempo en el transcurso de la canción. De este modo, las nanas suenan más relajantes, y las canciones de juego, más alegres. La nana es un tipo de canción infantil destinada a relajar y facilitar que el bebé se duerma. Presenta una estructura simple y repetitiva, así como un contorno melódico suave y descendente, con sucesión de pequeños intervalos en un rango tonal limitado. La canción de juego es una forma musical diseñada para provocar interacciones más alegres o aumentar la emoción y la estimulación durante los cuidados rutinarios.

En función del objetivo de la madre (relajación o estimulación del bebé), alterará ciertos elementos musicales mientras canta. De este modo, las nanas expresarán afecto o ternura, mientras que las canciones de juego llevan sentimientos de alegría. Las madres tienden a refinar su interpretación musical con el fin de adaptarse al estado de ánimo y destrezas del bebé. Estos pueden detectar cambios sutiles en los estímulos musicales y así descifrar las expresiones de la madre.

 

 

¿Cómo ayuda el canto materno a regular emocionalmente al bebé?

El canto materno contiene estructuras secuenciales que facilitan la percepción de emociones. Las nanas y las canciones de juego han evolucionado para convertirse en rituales expresivos de emociones profundas, con beneficios para la madre y el bebé. Las nanas y las canciones de juego modifican el estado anímico del bebé y regulan su excitación, pasos previos para la regulación de los afectos.

 

 

El canto ayuda a coordinar los estados emocionales entre la madre y el bebé, y a establecer un vínculo social. Ambos muestran interacciones comunicativas rítmicas, con un patrón temporal, que se mantienen de forma conjunta. Los elementos musicales proporcionan a madres y bebés las herramientas necesarias para coordinar y expresar sus emociones. Las madres tienden a sonreír más cuando cantan que cuando hablan, lo que origina mayor atención visual de los bebés, y favorece la sensibilidad materna.

Las canciones de juego suelen ser más adecuadas para controlar momentos de malestar del bebé. Su carácter rítmico capta la atención de forma intensa y puede favorecer la distracción. Estas canciones suelen ser estimulantes, y se acompañan de movimientos con la cabeza y los brazos, y balanceo rítmico del bebé. Si este ya conoce la canción, se facilita un entorno de recuperación más seguro que el creado por el habla.

 

Canto materno y estados anímicos de la madre

Con frecuencia, el proceso de adaptación a una nueva maternidad puede conllevar cambios en los estados anímicos de la mujer. Estos estados pueden derivar en una depresión postparto, o en un estado mantenido de ansiedad, que además del propio sufrimiento que conllevan, dificultan el establecimiento de una relación saludable con su bebé. En general, nuestra sociedad tiende a negar esta realidad, e infravalorar todo lo que supone la maternidad en la vida de la mujer.

Desde hace algunos años, se sabe que las madres con depresión postparto interactúan menos con sus bebés, son más inexpresivas, y les cantan menos. Su canto es menos expresivo, menos luminoso, menos vital. Y por tanto, con menos rasgos que ayuden a regular a su bebé. De este modo, se genera un círculo vicioso que tiende a perpetuar la desconexión.

En Bélgica, se llevó a cabo una experiencia en un hospital materno-infantil con madres con depresión, en las que participaban durante varias sesiones grupales junto a sus bebés con dinámicas musicales en las que había un contenido teatral o expresivo importante, siguiendo las pautas de aprendizaje musical del pedagogo musical norteamericano Edwin Gordon. A lo largo del estudio, se comprobó la mejoría en la interacción entre madre y bebé.

 

 

Otros estudios en Estados Unidos y Australia se han enfocado en plantear programas educativos a través de las nanas para madres en general, como medio de promoción de la salud en esta etapa temprana, o como recurso de apoyo para madres con trastornos psiquiátricos. En todos ellos, se demuestra el profundo impacto de las experiencias musicales compartidas con los bebés para la mejora de su interacción y el desarrollo de una mayor conciencia de sus emociones.

 

 

Referencias bibliográficas

 

  • Edwards, J. (ed). (2011). Music Therapy and Parent-Infant Bonding. Oxford: Oxford University Press.
  • Gordon, E. (2013). Music learning theory for newborn and young children. Chicago: GIA Publications.
  • Nicholson, J. M., Berthelsen, D., Abad, V., Williams, K., & Wallace, J. (2008). Impact of music therapy to promote positive parenting and child development. Journal of Health Psychology, 13(2), 226-238.
  • Trehub, S. E. (2001). Musical predispositions in infancy. Annuals of the New York Academy of Sciences, 930, 1–16.
  • Van Puyvelde, M., Rodrigues, H., Loots, G., De Coster, L., Du Ville, K., Matthijs, L., Simcock, D., & Pattyn, N. (2014). Shall we dance? Music as a port of entrance to maternal-infant intersubjectivity in a context of postnatal depression. Infant Mental Health Journal, 35(3), 220-232.

 

Nuestro cuerpo como testigo de lo vivido: una visión integradora de la salud mental

Este verano me planteé dejar un espacio importante para la lectura, algo que me encanta, pero a lo que dedico poco tiempo con calma. Y había un libro que captaba toda mi curiosidad: El cuerpo lleva la cuenta. Se publicó en español hace un par de años, y está escrito por un referente mundial en el ámbito del trauma psíquico: Bessel van der Kolk, psiquiatra de origen holandés que ha desarrollado toda su carrera en Estados Unidos. Con un estilo muy cercano, cuenta desde su propia experiencia, tanto profesional como personal, cómo ha evolucionado la visión del trauma psíquico, partiendo del estrés postraumático de los veteranos de guerra hasta el derivado de los abusos, maltrato y el abandono en la infancia, para plantear un enfoque integral en el que el cuerpo y la imaginación son componentes muy importantes.

 

El apego como marco de referencia para nuestra visión del mundo

 

En la segunda mitad del siglo XX, el psicoterapeuta británico John Bowlby desarrolló su teoría del apego, que fue reforzada por los trabajos de la psicóloga norteamericana Mary Ainsworth. Aunque pueda parecer mentira, fue el primer intento objetivo con base científica de explicar la necesidad de amor que tienen todos los niños. Mejor dicho, es una necesidad de nuestra especie y de todos los mamíferos. Ese amor se basa, más allá de la nutrición y de la protección material, en un contacto físico basado en la ternura, y en una comunicación intensa centrada en la conexión emocional profunda entre el niño y su cuidador principal, generalmente la madre. En función de la sintonía emocional que se crea (que depende en gran medida de la sensibilidad y disponibilidad emocional de la madre), y del modo en que se reorganizan las rupturas de dicha sintonía que se producen de forma natural, el niño desarrollará conductas que se pueden englobar en cuatro patrones de apego: seguro, inseguro resistente, inseguro ambivalente, y desorganizado.

 

 

Desde la década de los noventa del siglo pasado, se sabe que cada patrón de apego desarrollado en los primeros años de vida condiciona nuestra forma de relacionarnos con el resto de las personas y con nuestra forma de interpretar el mundo. Se asemejan a patrones de adaptación a la vida en función del afecto recibido. Además, condiciona la forma en la que criaremos a la siguiente generación si no hacemos un ejercicio importante de conciencia sobre lo vivido. Es decir, existe una transmisión transgeneracional de los patrones de apego.

¿Por qué es importante todo esto? Si nos paramos a analizar cómo es nuestra forma de relacionarnos con los demás, ya sea desde la amistad, en las relaciones de pareja o en lo profesional, podemos descubrir si tendemos a ser más fríos o calculadores, si realmente no nos asusta la intimidad o huimos de ella, si el contacto físico nos asusta, nos place o nos arrastra, etc. Y sobre todo, ¿qué visión tenemos de nosotros mismos? ¿Somos merecedores de amor, es decir, merecemos ser queridos de forma incondicional? (http://psiquentelequia.com/apego-conexion-emocional-intimidad/).

 

La conciencia corporal como pilar de nuestra identidad

 

También en los años noventa del siglo XX, un psicólogo norteamericano, Stephen Porges, presentó su teoría polivagal, en la que exponía cómo los mamíferos habían desarrollado un sistema nervioso autónomo algo diferente a lo que se había planteado hasta entonces en los textos de anatomía. Consideraba que la evolución había llevado al desarrollo de tres sistemas (en vez de los dos observados tradicionalmente, simpático y parasimpático), que no se encuentran en equilibrio, sino que se activan de forma secuencial ante situaciones de alerta:

  • el componente más evolucionado y que se activa en primer lugar corresponde al vago ventral, es decir, a una rama del nervio vago que ha evolucionado para regular la expresión facial y vocal, la mirada y la escucha a la vez que regula el funcionamiento cardiaco y visceral. Porges lo considera el elemento fundamental para nuestras respuestas relacionadas con la participación social, que se desarrolla gracias a patrones de apego saludables durante la infancia. Es decir, estamos programados desde que nacemos para reconocer emociones en las caras de nuestros padres, para imitarlas y aprender a sentirlas en nosotros mismos. Ante situaciones de alerta, habrá una tendencia en nosotros a buscar apoyo social o a negociar con nuestro agresor, si es el caso.

 

  • en el caso de que no tenga éxito el componente anterior, se activa el sistema simpático, que es el que nos permite luchar, o bien, huir. Si la negociación no es posible, la siguiente opción implica una defensa más activa, con movilización de nuestro cuerpo.

 

  • sobre todo en la infancia, en situaciones de peligro (como puede ser un abuso físico o sexual, e incluso emocional), es poco probable que el niño luche o huya, pues se ve en inferioridad de condiciones. Su respuesta automática de protección será la inmovilización, la congelación. Quedarse paralizado. Una respuesta frecuente en los reptiles, que simulan estar muertos. Se debe a la activación del vago dorsal. Esta conducta automática, cuyo fin es desconectarnos de la realidad tan abrumadora que estamos viviendo en ese momento, nos llevará con frecuencia a disociarnos, a hacer que nuestra mente, nuestras emociones, nuestro cuerpo, se desconecten entre sí, y eso facilitará que nuestro sentido de identidad no sea consistente, coherente, y sea más fácil que afloren situaciones de sufrimiento psíquico en la etapa adolescente y adulta.

 

La mayor parte de personas sentimos una sensación de “seguridad visceral” cuando estamos viviendo una situación verdadera de calma y serenidad. Es decir, si hacemos un barrido de sensaciones a nivel de nuestro vientre o tórax, seguramente sentimos que están “tranquilos”, no hay bloqueos en la boca del estómago, o retortijones, o aceleración de nuestro corazón. Se ha demostrado que esta capacidad de tomar conciencia de nuestros estados internos es un recurso muy importante para recuperar nuestra conciencia corporal y emocional, y permitirnos superar situaciones de desbordamiento emocional asociadas a múltiples trastornos, tanto del estado de ánimo como de la personalidad y psicosis.

Por otro lado, las personas que han sufrido abusos o abandono en la infancia suelen mostrar en estudios cerebrales cierta desconexión entre regiones en las que reside la conciencia corporal y el sentido del yo, de identidad. Es decir, “soy” en tanto que me reconozco de forma profunda dentro de un cuerpo al que siento. Potenciar estas conexiones ayuda a sentirnos mejor, a tener un sentido más profundo de la vida. Es por ello que el tacto afectivo (a través de masajes), el yoga y las diversas formas de terapia psicocorporal que han ido surgiendo en las últimas décadas son recursos muy valiosos como complemento a un acompañamiento psicoterapéutico.

 

 

¿Haber tenido experiencias adversas en la infancia se relaciona con la aparición de enfermedades en el adulto?

 

Cada vez, más investigaciones respaldan esta afirmación, especialmente en las enfermedades crónicas de tipo inflamatorio, como las autoinmunes, y en situaciones de dolor crónico no oncológico. Prueba de esta importancia es que el propio Centro para el Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) tiene una web que alberga información al respecto, derivada del estudio ACE que se puso en marcha hace más de veinte años (https://www.cdc.gov/violenceprevention/acestudy/).

 

Nuestra visión tradicional de considerar separados cuerpo y mente cada vez tiene menos sentido. Somos una unidad integrada, nuestro cuerpo es el sustento de nuestras emociones y estas modelan nuestra forma de pensar y de estar en el mundo. Tendemos a vivir en negación de lo que sentimos profundamente, pues es lo que hemos recibido, y más allá de buscar culpables, quizá nuestra responsabilidad sea observarnos interiormente y reconocer al niño que aún habita en nosotros para abrirnos a sentir y acoger todo aquello que no es pasado, sino presente mientras sigamos llevando esa venda inconsciente.

 

¿Qué parece funcionar para superar nuestros traumas?

 

Van der Kolk, en su libro, ofrece una panorámica de los recursos que él ha ido incorporando a lo largo de más de 40 años de experiencia:

  • Por un lado, un acompañamiento cercano, basado en el respeto y en facilitar la autoconciencia emocional y corporal de la persona, en un entorno seguro, de aceptación y sin juicio.

 

  • Facilitar la reconexión con las propias emociones y el cuerpo, a través de la respiración, el tacto y el movimiento. En este sentido, la meditación (y mindfulness), el masaje y aquellas técnicas corporales basadas en la conciencia corporal (yoga es la que está más estudiada a nivel científico) constituyen una ayuda inestimable. Van der Kolk también emplea el neurofeedback para ello.

 

 

  • Una vez que se ha logrado cierto grado de regulación emocional, y reducción del sufrimiento, es posible abordar los recuerdos traumáticos. Para ello, la técnica de EMDR (desensibilización y reprocesamiento mediante movimientos oculares) (www.emdr-es.org) constituye un recurso de referencia, aunque la EFT (técnica de liberación emocional) da muy buenos resultados también (http://psiquentelequia.com/eft-tapping/).

 

  • Facilitar un cambio de visión de nuestro sistema interno, aprendiendo a vernos no como unidad interior rígida, sino como una “familia interna” con distintos componentes que reflejan a veces nuestras contradicciones a nivel emocional o de comportamientos. Van der Kolk se basa en la teoría de los sistemas familiares internos de Richard Schwartz para facilitar una reconciliación entre esas partes que todos llevamos dentro y que de ese modo pueden permitir una existencia pacífica, coherente y serena.

 

  • Potenciar la conexión con los demás, a través de actividades que impliquen sincronización entre los participantes y refuercen el sentido de pertenencia. Aquí es donde actividades como el teatro o hacer música juegan un papel fundamental, pues nos abre desde lo más visceral a los demás y nos permite sentir, más allá de la mente, la conexión con las otras personas.

 

 

  • Van der Kolk deja un apartado pequeño para la medicación (antidepresivos, antipsicóticos, etc). Si bien su práctica profesional comenzó en pleno auge de la psicofarmacología, los años han venido demostrando sus carencias para producir mejoras reales y duraderas en las personas, sin un apoyo psicoterapéutico integral. Un fármaco puede ser útil en ciertos momentos del proceso, pero siempre como ayuda, no como pilar del tratamiento.

 

A modo de conclusión

 

La lectura consciente de este libro, como resumen de la trayectoria de un profesional sensible con las personas a las que acompaña, me ha permitido hacer un balance de mi propia trayectoria vital y de cómo me aproximo a las personas que ahora acuden a mí. Cada día siento más profundamente que nuestro camino en la vida se basa en reconectarnos con el niño que fuimos, en permitir que la imaginación nos permita abrazarlo y darle aquello que necesitó y que quizá no recibió, y desde ahí tomar conciencia de cada mirada, de cada caricia, de cada palabra, de cada abrazo, de cada canto, de cada emoción, de cada segundo de vida para sentirnos realmente anclados a esta existencia mientras dure, de forma plena y consciente, sin mirar a otros lados, reconociendo nuestra capacidad para trascender creencias basadas en el miedo o en lo establecido, abriéndonos a explorar desde nuestro ser. Como suelo decir cada vez con más frecuencia, abrámonos a jugar, con nosotros mismos y con los demás.

 

Referencias bibliográficas

  • Porges, S. W. (2009). The polyvagal theory: new insights into adaptive reactions of the autonomic nervous system. Cleveland Clinic Journal of Medicine, 76 Supplement 2, S86-S90.
  • Van der Kolk, Bessel. (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Barcelona: Eleftheria.