Música y estados alterados de conciencia

La propuesta inicial de hoy puede que te resulte intensa. Quizá sea ese el objetivo. Tienes a continuación un enlace para escuchar una música concreta. Una vez que la hayas puesto en marcha, puedes cerrar los ojos, colocar una mano en tu corazón, sentir su latido, su intensidad y ritmo, y con el dedo índice de tu otra mano, imaginar que es un lápiz o pincel con el que empiezas a dibujar en el aire aquello que te nazca profundamente: puede ser un lugar que sientas seguro, puedes dejarte llevar por la intuición, etc. Una vez que la música acabe, permanece un instante en el silencio, observando las sensaciones de tu cuerpo, tus emociones, etc. Ahora puedes abrir los ojos. ¿Sientes que ha habido cierta desconexión de la realidad? ¿Ha cambiado algo respecto a la percepción de tu cuerpo? ¿Y en cuanto a la percepción del tiempo y el espacio? Quizá tu conciencia ha experimentado un cambio respecto a su estado habitual.

 

Los estados de la conciencia

Habitualmente describimos la conciencia como esa capacidad humana que nos permite darnos cuenta de lo que nos rodea, y de lo que nos sucede interiormente. En cierto modo, va ligada a aquello que percibimos (e implica a nuestros sistemas de percepción, interior y exterior) y la interpretación que hacemos de ello (nuestra capacidad reflexiva). En general, la asociamos a un estado de vigilia, de “estar despiertos”, frente al sueño, que se considera otro estado de conciencia con sus respectivos tipos.

Es difícil distinguir de forma objetiva los diferentes estados de conciencia posibles en la mente humana a partir de pruebas de neuroimagen o de electroencefalografía. Estas herramientas permiten estudiar el correlato anatómico o funcional a partir de lo que el propio sujeto describe, o de lo que es posible describir del mismo si no puede aportar esa descripción. Es por ello un campo difícil de estudio, especialmente en lo relativo a determinados estados alterados en los que se pierden dos parámetros subjetivos importantes: nuestra identificación con el cuerpo, o la identificación con nuestras percepciones. En cierto modo, puede producirse un desdibujamiento de nuestra individualidad para expandir nuestra conciencia.

 

 

Los estados alterados de conciencia pueden aparecer ante determinadas circunstancias excepcionales, como un trauma psicológico, trastornos del sueño, epilepsia, fiebre, etc, pero también pueden ser inducidos por determinadas sustancias, como son las drogas psicotrópicas, determinadas prácticas (meditación, deprivación sensorial) o ciertas experiencias grupales en las que la música suele jugar un papel importante.

 

Música y estados de conciencia

Para profundizar en el poder que tiene la música de facilitarnos determinados estados de conciencia distintos al habitual, que nos permite llevar nuestra vida diaria, me basaré en el libro publicado en 2006 por David Aldridge y Jörg Fachner, ”Music and altered states: consciousness, transcendence, therapy and addictions”, en el que hace referencia en varios momentos al trabajo de Rouget sobre música y trance.

En este libro, recogiendo aportaciones de otros autores, se habla de que los estados alterados de conciencia se caracterizan por presentar cambios en el pensamiento, en el sentido del tiempo, en la expresión emocional y la imagen corporal, distorsión en las percepciones, pérdida del control y reducción de la vigilancia, con cambios en los significados atribuidos, reestructuración visionaria de la realidad, y percepción oceánica de inmensidad, entre otros rasgos.

 

 

Tradicionalmente se ha hablado del trance y el éxtasis como formas alteradas de la conciencia. Si bien existen discrepancias respecto a su definición exacta, Rouget, citado por Aldrigde y Fachner, indica que el trance proviene de una sobreestimulación sensorial (ruido, música, olores, agitación), en la que el componente corporal facilita la entrada en otro estado de conciencia, mientras que el éxtasis proviene de una deprivación sensorial (silencio, ayuno, oscuridad) en el que estados de meditación o contemplación facilitan la inducción de estados alterados.

Si conectamos con la práctica inicial planteada al comienzo de este artículo, hemos partido de una deprivación del sentido de la vista, con una estimulación auditiva a través de la música, y también la estimulación táctil (mano en corazón) y cinestésica (movimiento del dedo).

 

Música y trance

Desde los orígenes de la Humanidad, la música ha jugado un papel importante en la inducción del trance, al proporcionar una atmósfera adecuada y evocar procesos de identificación cuando se aplica en grupos. Si bien no hay una música concreta que provoque un trance, sí parece que hay rasgos comunes que parecen facilitarlo:

  • Formas musicales simples, con variaciones mínimas y muchas repeticiones, que facilitan la percepción de constancia y monotonía.
  • No hay fórmulas rítmicas o melódicas concretas, pero sí progresiones graduales, con aceleración continua en velocidad y volumen.
  • Tiende a haber, a nivel vocal, glisandos (deslizamientos vocales) lentos y un rango tonal estrecho (no suele haber gran separación entre las notas más graves y más agudas).
  • Suele haber un timbre constante, grave, con modulaciones a tonos agudos puntualmente.

Si pensamos en los mantras, seguramente veremos que se adaptan bastante a esta descripción. Aquí mostramos un ejemplo.

 

 

Música, terapia y estados alterados de conciencia

A raíz de lo expuesto, podemos considerar que la música es un recurso que facilita el acceso a otros estados de conciencia que quizá podrían ser útiles en el ámbito terapéutico. Aldridge y Fachner hablan de tres formas de lograrlo:

  • Empleo de visualización guiada mientras se escucha cierto tipo de música: es la base de un modelo en musicoterapia denominado GIM, por sus siglas en inglés (Guided Imagery in Music). Con ojos cerrados, y dejándose llevar por la música, aparecerán imágenes mentales que serán fruto, en gran medida, del inconsciente del individuo, y que pueden ampliar la capacidad de interpretación de la realidad para facilitar la resolución de los conflictos por los que se acude a terapia.
  • Inducción del trance con empleo de la voz e instrumentos (especialmente, percusión): la actividad motora que tiende a ser repetitiva pasado un tiempo inicial de rodaje facilita ese estado de trance que permite desconectar de la realidad y entrar en un mundo imaginario o conectar más profundamente con uno mismo.
  • Combinación de técnicas de hipnosis y música, empleando la sugestión para lograr ciertos objetivos terapéuticos, y teniendo a la música como recurso aliado.

 

Música y alteraciones profundas de la conciencia

Se ha empleado la música a nivel hospitalario en personas en coma o con otras alteraciones profundas de la conciencia. En una próxima publicación se ahondará en los estudios que recogen las evidencias disponibles a este respecto.

 

A modo de conclusión

A partir de la bibliografía consultada, y de mi experiencia, tanto de acompañamiento de otras personas como la mía propia, voy dándome cuenta de que, quizá, los cambios más profundos en nuestra interpretación de la realidad, la cual se basa fuertemente en el anclaje e identificación con nuestro yo, se producen cuando somos capaces de acceder a otros estados de conciencia que nos permiten alejarnos del ego y observar de forma más distante y panorámica el escenario de la vida que nos rodea. Realmente, un proceso de autoconocimiento o de terapia no es más que una ampliación de nuestra perspectiva para flexibilizar nuestra adaptación al entorno y lograr mayor serenidad en nuestro recorrido vital.

 

Referencias bibliográficas

  • Aldridge, D; Fachner, J. (2006). Music and altered states: Consciousness, transcendence, therapy and addictions. Londres: Jessica Kingsley Publishers. Recursos sonoros disponibles en: http://www.jkp.com/uk/music-and-altered-states.html

 

¿Respetamos nuestros límites?

 

Te propongo un pequeño ejercicio de honestidad con uno mismo. Si lo deseas, cierra los ojos tras cada una de estas preguntas, respira profundo, y deja que surja alguna respuesta, sin forzar. ¿Alguna vez te has sentido invadido/a ante la acción de otra persona? ¿Crees que alguna vez has podido invadir el espacio vital de otro? ¿Sueles sentir que no sabes poner límites ante los demás? ¿Alguna vez has sentido que personas significativas en tu vida no hacen aquello que consideras que sería lo mejor?

 

La intersubjetividad como marco para comprender nuestra interacción con los demás

 

Es algo fascinante observar cómo se va formando en el ser humano el sentido del yo, la identidad propia, desde los primeros años de vida. Y si nos paramos a reflexionar, solo puede existir un “yo” porque también hay un “otro”. Desde los años setenta del siglo pasado, muchas investigaciones acerca del desarrollo infantil han confirmado que estamos programados desde el nacimiento para interactuar con los otros, partiendo del reconocimiento y la imitación, con el fin de facilitar un proceso de comunicación que nos sitúa ante el mundo. Así, un recién nacido puede imitar, aún de forma rudimentaria, las expresiones faciales que ve en un adulto. Son las primeras muestras de intersubjetividad.

El término intersubjetividad tiene gran significado en el ámbito del desarrollo psicológico infantil y en psicoterapia, especialmente de tipo psicoanalítico. Se refiere a la interacción entre dos subjetividades, es decir, la intersección entre dos mentes, dos formas de observar e interpretar el mundo. En esa interacción, ambas mentes también se transforman. Diversos autores, entre los que destacan Trevarthen o Stern, han investigado profundamente sobre ello y han aportado visiones realmente ricas, derivadas de la observación de las interacciones entre bebés y sus madres. Y coinciden en que es a través de los vínculos que se crean intersubjetivamente como se modela la experiencia subjetiva que vivimos en nuestro interior.

 

 

¿Respetamos los límites de nuestros niños?

 

Hace algo más de un año, tuve una experiencia reveladora. Me encontraba realizando la formación de Educador de Masaje Infantil, y una de mis compañeras acudió con su bebé de tres meses al curso, de modo que pudiera seguir manteniendo su presencia y continuar su lactancia materna cuando lo demandara. Casualidad o no, se sentaron a mi lado, y el bebé comenzó a observarme. Siempre he sentido una gran afinidad por los niños, y en cuanto me di cuenta, me giré hacia él, le miré, sonreí, le hablé y extendí mis manos. Su reacción fue de rechazo. Me sorprendí, pues habitualmente suelo conectar con los bebés de forma rápida, pero el episodio se produjo varias veces a lo largo del día, y me di cuenta del gran maestro que tenía delante.

Comencé a tomar conciencia de mi mirada, de mi postura corporal, de mi intención profunda. Me di cuenta que quería llevarlo a mi terreno, seguramente alimentar mi ego confirmando mi creencia de la buena conexión con los niños, pero a costa de mostrarme invasivo. Y recibí una gran cura de humildad. Probablemente, él sólo estaba explorando, y respetando distancias, miradas, gestos, hubiera preferido que fuera interactuando de modo muy progresivo. Ni siquiera le había pedido permiso. Di por hecho que quería interactuar. Y ahí tomé conciencia de que estamos programados desde que nacemos para sentir nuestro propio espacio y hacer ver a los demás que necesitamos que lo respeten. No somos objetos.

Durante dicha formación, una parte importante es mostrar a los padres que deben compartir con los bebés que les gustaría hacerles un masaje y pedir permiso a los mismos antes de iniciarlo. Es algo que chocaba a los padres, pues los adultos pensamos que los bebés no nos van a entender. Pero lo que solemos pasar por alto es que comunicamos más de forma no verbal que a través de nuestras palabras. Una  mirada que dice “te veo y te respeto”, una pregunta con esa entonación interrogativa que pueden comprender perfectamente, un acercamiento desde el respeto al cuerpo del otro y no desde la manipulación como si fuera un objeto, son parámetros que todo bebé capta perfectamente y siente si está siendo respetado o bien si la invasión es algo habitual en el trato que recibe. Teniendo todo esto en cuenta y extendiéndolo a los niños que han formado o forman parte de nuestra vida, ¿crees que has podido mostrarte invasivo en algún momento?

 

 

¿Cómo aprendemos a reconocer al otro como sujeto, y no como objeto?

 

Leyendo el libro “El apego en psicoterapia”, de David Wallin, el cual recomiendo, el autor menciona el trabajo de la psicoterapeuta Jessica Benjamin como clave para comprender cómo se desarrolla el reconocimiento mutuo de los sujetos. Para ella, dicho reconocimiento implica que el encuentro entre dos mentes permite darse cuenta de lo que uno siente, de lo que siente el otro aunque no coincida con lo propio, y de que es posible compartir esos sentimientos sin el temor a perderse uno mismo o sin la necesidad de imponerse al otro. Podemos vivir al otro como sujeto cuando reconocemos que existe fuera de nuestra mente. Pero cuando entendemos al otro únicamente dentro de nuestro mundo de representaciones y significados, realmente lo estamos viendo como objeto, lo estamos “cosificando”.

Llegados aquí, podemos hacernos la gran pregunta. Aquellas personas que siento como más importantes o significativas en mi vida, ¿lo son porque reconozco su individualidad y soy capaz de interactuar de forma abierta compartiendo desde lo más profundo de mi ser, o bien son importantes por el papel o rol que les he atribuido en el mundo de representaciones de los seres que me rodean?

Tomar conciencia de ello supuso darme cuenta en mi proceso personal de que tendía en gran medida a “cosificar” a los demás y, por ello, también me resultaba más fácil reconocer este hecho en la forma de actuar de los demás, es decir, fui consciente de que es muy habitual que nos movamos, consciente o inconscientemente, utilizando a los demás para cumplir un rol dentro de nuestro esquema de vida.

Todo lo expuesto conecta, directa o indirectamente, con conceptos como agresividad, dominación, sumisión o asertividad. Y es algo que el niño aprende de forma muy temprana gracias a la interacción. Benjamin, citada por Wallin, explica que el niño pasa por un proceso que transforma su visión del otro como objeto a reconocerlo como sujeto. Pasado el primer año de vida, cada vez son más frecuentes los episodios de expresión del enfado o de conductas invasivas en el niño que ponen a prueba al adulto que ejerce de cuidador principal. Si el adulto “sobrevive a la destrucción” permaneciendo junto al niño, sin retirarse ni reprimiendo lo que sucede, sino acompañándolo, se producirá en el mundo interior del niño esa transformación que permite ver al otro como sujeto. De este modo, comprende que las diferencias de criterio no son una barrera para compartir experiencias, y que el vínculo permite varias visiones de la realidad sin que sea necesaria la dominación o la sumisión.

 

Y en nuestro día a día, ¿reconocemos al otro?

 

He expuesto varios ejemplos relativos a cómo los niños interactúan y van desarrollando su propia identidad. Pero, como adultos, ¿tendemos a reconocer a los otros como sujetos?

Hace algunas semanas, descubrí por internet un artículo con un vídeo que hablaba sobre las violaciones en el entorno de la pareja. Lo primero que pensé, más allá de las cuestiones de género que siempre afloran en estas situaciones, es si esto no es una de las expresiones más extremas de invasión del otro, de su “cosificación”, que suele ser más frecuente en los hombres, dada la desconexión emocional con nosotros mismos y nuestra menor capacidad empática, seguramente derivada de la presión social, cultural y educativa.

 

https://www.youtube.com/watch?v=4IXk2u8bzCM

 

Si hacemos un barrido por nuestras formas de relacionarnos, ¿solemos pedir permiso a nuestros seres más queridos para iniciar una conversación, para compartir un abrazo, para hacer una caricia, incluso para compartir nuestra opinión sobre algo que le afecta? Si no sentimos de niños que se contara con nosotros y aprendimos que la invasión es lo normal, ¿cómo no vamos a repetir patrones si no hacemos una profunda toma de conciencia? Nuestros patrones de agresividad y sumisión están bien nutridos. ¿Sería posible permitirnos sentir lo que nos dice nuestro interior (esas sensaciones corporales, esos juicios, etc) ante las diferencias o diversidades que nos plantea el otro, sin creer que debemos renunciar o imponer?

 

Referencias bibliográficas

  • Stern, D. (1999). Diario de un bebé. Barcelona: Paidós.
  • Wallin, D. (2012). El apego en psicoterapia. Bilbao: Desclée de Brouwer.

 

Música al final de la vida

Puede que hoy comience con una pregunta algo incómoda. ¿Has acompañado alguna vez a un ser querido en su último tramo de vida, o te has parado a imaginar cómo te gustaría vivir esos últimos momentos? Vivimos en una sociedad que evita la muerte, que mira hacia otro lado, cuando realmente es la única certeza que tenemos cuando llegamos a este mundo. Al igual que nos acompaña durante toda nuestra existencia, la música puede ser también una compañera que nos ayude a integrar lo vivido y a despedirnos desde una actitud de aceptación y serenidad.

 

La serenidad que da integrar lo vivido

 

Musicoterapia y cuidados paliativos

 

Si bien a nivel histórico, en muchas culturas ha sido habitual el uso de la música para acompañar el momento de la muerte, en nuestra sociedad esta práctica ha adquirido nuevo significado a partir del desarrollo de los cuidados paliativos en los países anglosajones desde la década de 1960 y 1970. Los primeros musicoterapeutas comenzaron a aplicar distintas formas de acompañar que comenzaron a ser sistematizadas a partir de la década de 1990. Los principios que han guiado esta aplicación de la música en el acompañamiento durante los últimos días han sido:

  • Potenciar las relaciones interpersonales de la persona moribunda.
  • Aumentar su autoestima a través de la autorrealización derivada de la expresión libre.
  • Emplear el ritmo para estimular la participación y facilitar el orden en un momento de posible caos.

 

 

¿Qué abordajes se puede emplear con personas al final de la vida?

 

Para facilitar el modo en que podemos aproximarnos a una persona en esta etapa, se suele hablar de cuatro tipos de técnicas de musicoterapia:

  • Receptivas: dado el deterioro de la persona, puede que sea difícil su participación activa, y por ello se recurre a la escucha de música con un significado o intención especial.
  • Creativas: hacen referencia a la composición de nuevas canciones o piezas musicales, con o sin letra, o a la improvisación libre, con voz o instrumentos.
  • Recreativas: engloba la interpretación de música ya conocida para la persona, ya sea con instrumentos o con la voz.
  • Combinadas: implican la fusión de la música con otras modalidades artísticas, como el movimiento, el arte o el teatro.

 

La música como expresión de lo vivido

 

¿Qué influencia puede tener escuchar música en esta etapa final?

 

Cuando se pide a una persona que elija una canción, entra en juego su memoria autobiográfica, con los significados y emociones que aflorarán durante su escucha. Posteriormente, el procesamiento verbal puede ayudarle a descubrir nuevos significados o asociaciones, a poner de manifiesto ciertos bloqueos emocionales, o a lograr una comprensión profunda de hechos pasados. También puede hacerse un análisis de la letra, si realmente tiene sentido para la persona, de modo que pueda tener una nueva oportunidad de adentrarse en su mundo de significados para lograr una integración de lo vivido.

Llevar a cabo una revisión de la música importante para la persona puede ayudar a identificar varios periodos de su vida con el fin de estimular el debate sobre su historia vital. El ensamblaje de esta música representativa de sucesos o momentos vitales importantes se denomina biografía musical.

Otra técnica receptiva es el arrastre, que consiste en que la ejecución de cierta música por parte del musicoterapeuta con el fin de modificar parámetros fisiológicos de la persona. Suele emplearse para calmar una respiración o pulso agitados. Se comienza siguiendo la frecuencia cardiaca, y de forma gradual el ritmo musical se va enlenteciendo, de modo que el pulso y la respiración se ajustan.

Una tercera opción de música receptiva es el empleo de la visualización a partir de la música proporcionada por el terapeuta, ya sea en vivo o grabada. Esta técnica es muy potente para transitar por el contenido inconsciente y emocional de la persona.

 

¿Cómo ayuda la creación musical a integrar lo vivido?

 

La composición de canciones es una técnica muy importante y efectiva en cuidados paliativos. ¿Qué puede conseguir?

  • Ofrece a la persona la oportunidad de expresarse de forma creativa a través de las palabras y la música.
  • Puede percibirse como una forma menos amenazante de desarrollar una narrativa sobre aspectos de la propia vida.
  • Puede estimular la expresión de pensamientos y sentimientos.
  • Facilita el bienestar físico y social.
  • Valida de forma verbal y musical la expresión emocional.
  • Puede potenciar la autoestima.

 

La improvisación musical puede ser realizada por el musicoterapeuta y la persona en situación de últimos días de forma individual o conjunta. El terapeuta presta apoyo, ofrece un reflejo y estímulo de la expresión de la persona por medio de la música, con menor peso del procesamiento verbal.

 

 

Cada vez se integran más estos enfoques también en los cuidados paliativos pediátricos, aún con necesidad de gran desarrollo en nuestro país.

 

 

La dedicatoria de canciones consiste en la elección o composición de una canción por parte de la persona con el fin de expresar un pensamiento, sensación, o sentimiento hacia otra persona, lo que puede ayudar a integrar aspectos vividos con la misma. La creación de legados musicales puede facilitar el proceso de duelo en las personas cercanas una vez que su recorrido vital haya finalizado.

 

¿Qué evidencias respaldan el uso de musicoterapia en cuidados paliativos?

 

Cada día, la labor del musicoterapeuta está más contemplada dentro de los equipos de profesionales de cuidados paliativos. Entre los efectos derivados del uso de la música en este ámbito, se encuentran:

  • Reducción del sufrimiento emocional (ansiedad, ira, depresión y miedo).
  • Disminución de los sentimientos de soledad y de aislamiento social.
  • Mejoría en la percepción del bienestar físico, dolor y relajación.
  • Atención al componente espiritual y trascendental de la persona.
  • Mejora en ciertos parámetros físicos (frecuencia cardiaca y respiratoria, tensión arterial).

 

 

A modo de conclusión, me nace comparar la vida con una canción, a veces con un comienzo delicado, otras intenso, un desarrollo que hace llegar al estribillo, ese sentido que nos impulsa a seguir viviendo y dando significado a lo vivido, para llegar a un desenlace, a esos acordes relativos a cadencias que permiten vislumbrar un final cercano, al cual nos podemos resistir y seguir creyendo que nuestra canción es eterna, o bien permitirnos el deslizamiento entre esa sucesión sutil de notas que nos facilitan soltar creencias, apegos, resentimientos, para quedarnos con la inmensidad y eternidad que supone liberarse de todo para vivir ese momento, único e irrepetible, del adiós.

 

Referencias bibliográficas

  • Clements-Cortés, Amy. (2016). Development and efficacy of music therapy techniques within palliative care. Complementary Therapies in Clinical Practice, 23, 125-129.
  • Planas Domingo, José; Escudé Matamoros, Núria; Farriols Danés, Cristina; Villar Abelló, Helena; Mercadé Carranza, Jordi; Ruiz Ripoll, Ada I.; Mojal García, Sergi; Rossetti, Andrew. (2015). Effectiveness of music therapy in advanced cancer patients admitted to a palliative care unit: a non-randomized controlled, clinical trial. Music & Medicine, 7, 1, 23-31.

 

Pongamos ritmo a nuestra vida

Te propongo algo. Puedes colocar tu mano sobre tu corazón, cerrar los ojos, y permanecer así unos instantes, sencillamente permitiéndote vivir este momento en toda su inmensidad. Sentirás ese latido que marca el ritmo de la vida, su fuerza, su resonancia, su regularidad, su variación. Seguramente también sentirás el ritmo de tu respiración. Experimenta con ella, hazla más profunda, y comprueba qué ocurre con tu ritmo cardiaco. Si te fijas, la vida es ritmo. El ritmo es vida.

 

Conectando con nuestros ritmos internos

 

¿Qué entendemos por ritmo?

Si consultamos el diccionario de la Real Academia de la Lengua, ritmo tiene diversas acepciones. Se define como el orden acompasado en la sucesión o acaecimiento de las cosas. También como la sensación perceptiva producida por la combinación y sucesión regular de sílabas, acentos y pausas en el enunciado, especialmente en el de carácter poético. Y a nivel musical, como la proporción guardada entre los acentos, pausas y repeticiones de diversa duración en una composición musical.

Si buscamos un nexo que conecte todas estas acepciones, nos encontramos con el tiempo como el elemento que nos permite captar un orden cíclico en lo que nos rodea. Y el sentido que más se ha especializado en captar ese orden es el oído.

 

 

¿El movimiento como impulsor?

Si nos detenemos un poco a reflexionar, nos daremos cuenta de que el lenguaje existe gracias al ritmo. El ser humano ha aprendido a organizar diferentes sonidos en el tiempo, con una acentuación y pausas, con una entonación concreta, que le ha permitido expresar aquello que lleva en su interior, y también organizar lo externo. ¿Y de dónde surge esta capacidad humana?

Parece que el movimiento es el impulsor de toda nuestra conciencia rítmica sonora. Si bien diversos pedagogos musicales han contribuido a esclarecer este hecho, las observaciones sistemáticas realizadas por Edwin Gordon en la segunda mitad del siglo XX han sido fundamentales para comprender la importancia del balbuceo musical como etapa en la que los bebés y niños pequeños experimentan a través del movimiento y los sonidos emitidos por ellos mismos sus propios ritmos internos, como el de la respiración, y van tomando conciencia de que ante un estímulo musical externo, su cuerpo responde, y paulatinamente aprenden a coordinar sus movimientos. Es una capacidad innata en el ser humano. Somos seres musicalmente rítmicos.

 

 

Lo que las últimas investigaciones en neurociencia van confirmando es cómo ese desarrollo del sentido rítmico influye en otros aprendizajes. La exposición temprana a entornos musicales va a favorecer un mejor desarrollo de las habilidades motoras, de la coordinación, y derivado de todo ello, también va a tener una influencia importante en el desarrollo del lenguaje. Los ritmos musicales de cada cultura tienen mucho que ver con las características de la lengua predominante en esa cultura. Y cuando un niño está inmerso en ese entorno musical desde el disfrute y el juego, absorbe a través de su cuerpo, no de su mente, una forma de sentir el ritmo y de integrar posteriormente el lenguaje.

El empleo de un habla cantada, como el uso de recitados o rimas, junto con movimientos coordinados amplios y fluidos, es una forma excepcional de captar la atención de los más pequeños, disfrutar con ellos, y facilitar un aprendizaje desde edad temprana que cristalizará en los años posteriores.

 

¿Qué conexión hay entre nuestro sistema auditivo y motor?

Desde la década de 1990, ha habido una gran cantidad de investigaciones que ponen de manifiesto la conexión a nivel cerebral entre nuestro sistema auditivo y nuestro sistema motor, que facilita enormemente el desarrollo de movimientos. Este acoplamiento se basa en el proceso de arrastre (entrainment, en inglés). La definición técnica del arrastre hace referencia al ajuste temporal con el que la frecuencia de movimiento o señal de un sistema arrastra la frecuencia de otro sistema. El ejemplo que se expone habitualmente es el de dos péndulos con diferente ritmo, que terminan acoplándose.

Nuestro sistema auditivo tiene la capacidad de detectar patrones temporales en señales auditivas con una precisión y velocidad extremas, mayores que la de los sistemas visual y táctil. El gran descubrimiento es que los estímulos auditivos rítmicos pueden arrastrar respuestas motoras. Escucha una música que te guste y que tenga un ritmo claramente perceptible. Seguramente sentirás un impulso interno para mover pies, manos, hombros. Si te alejas de la mente, es decir, si no pretendes seguir el ritmo, sino que sencillamente te dejas sentir y sumergir en la vibración sonora de la canción, tu cuerpo se ajustará inconscientemente al ritmo marcado por ella.

 

¿Qué aplicaciones tiene el ritmo en la rehabilitación neurológica?

La mayor repercusión de este hallazgo ha sido su aplicación para la rehabilitación motora. Las personas con enfermedad de Parkinson, hemiparesia derivada de un ictus, parálisis cerebral y otras alteraciones a nivel cerebral conservan la capacidad de arrastre, y por tanto, el empleo de estímulos auditivos rítmicos puede facilitar su rehabilitación a nivel motor. Un ejemplo es la demostración de la mejora de la marcha en personas con Parkinson.

La estimulación auditiva predispone al sistema motor hacia el movimiento. Esta preparación aumenta la calidad de la respuesta posterior. Además, los estímulos rítmicos crean plantillas temporales estables y previsibles. La anticipación es un elemento crucial para la mejora de la calidad de movimiento, puesto que es posible ajustar mejor los parámetros musculares inconscientemente.

 

 

¿Y qué permite el ritmo a nivel emocional y social?

Más allá del movimiento rítmico, el modo en el que los seres humanos han creado sus propios ritmos sonoros ha sido a través de la percusión. Percusión corporal, en la que las manos, pies, torso, brazos, se convierten en un instrumento sonoro con el que establecer ritmos, o bien percusión instrumental, en la que el mundo de los tambores, diferentes según las culturas, mueve aspectos profundos de la esencia humana.

 

 

La percusión nos conecta con el cuerpo, con la tierra, con nuestra parte más animal e instintiva. Nos aleja de la mente, en cierto modo, nos desdibuja nuestra identidad, y desde ahí nos abre a conectar desde otra dimensión con el otro. Si quieres sentirlo, solo es necesario que estés, al menos, con otra persona. Marca un ritmo estable sobre tus piernas. Y deja que la otra persona marque el suyo. Tarde o temprano os acoplaréis, y seguramente comenzarás a sentir que tu interior se expande, que tu cuerpo se mueve sin que lo provoques, y habrá un cambio en tu estado de ánimo. Os habréis sincronizado, por fuera y por dentro.

La ciencia ha demostrado que el movimiento sincrónico entre adultos aumenta la cohesión grupal y la cooperación social. El movimiento sincronizado parece tener efectos prosociales, tanto si está acompañado o no por música, pero la predecibilidad temporal de los ritmos musicales proporciona un contexto ideal que respalda ese movimiento sincronizado. Ya desde niños desarrollamos esta capacidad.

Si estás ante un niño retraído o enfadado, muéstrale un tambor, o cualquier instrumento que tenga un parche, y dale unas baquetas para golpear. Si tienes tú otro, genial. Seguramente se ponga a golpear, a expresar físicamente aquello que no sabe decir en palabras y que le desborda interiormente, y si le acompañas, escuchando y respetando su ritmo, os sincronizaréis, y se producirá un cambio en el interior de ambos. Seguramente habrá una subida intensa, y luego un descenso para llegar a un punto de serenidad compartida. Quizá sea más fácil poner palabras a lo sentido tras esta intensa experiencia.

 

Los círculos de tambores como herramienta de conexión

Compartir la percusión instrumental con otras personas, es decir, formar un círculo de tambores, es una de las formas en las que los primeros humanos aprendieron a compartir emociones y estados anímicos más allá de las palabras. Fortalecía la sensación de grupo, y el hecho de que se tratara de movimientos rítmicos y predecibles facilitaba que se pudiera entrar en otros estados no ordinarios de conciencia.

La ciencia va demostrando el carácter terapéutico de estos círculos. Tanto a nivel físico, con mejora de parámetros inmunológicos y de rendimiento, como psicológicos, como la reducción del estrés y la mejoría del estado anímico, así como una conducta más prosocial. Incluso hay experiencias de empoderamiento a nivel social basadas en los círculos de tambores.

 

 

Y llegados a este punto, y como reflexión final, me doy cuenta de que nuestra mente siempre necesita datos para confirmar aquello que es intuitivo, que nuestro cuerpo ya sabe y siente. Seguramente si dejáramos que el ritmo guiara nuestro cuerpo, nuestra mente se abriría a dejarnos guiar por el propio ritmo de la vida, sin tanta necesidad de controlar racionalmente, sin tanto esfuerzo. Cerremos los ojos y sintamos de nuevo nuestro corazón. ¿Te animas a balancearte y dejarte mecer por la vida?

 

 

Referencias bibliográficas

  • Gordon, Edwin E. (2007). Learning sequences in music: a contemporary music learning theory. GIA Publication Inc.
  • Stevens, Christine (2014). La música como medicina. Ediciones Urano.
  • Thaut, Michael; Hoemberg, Volker (2014). Handbook of Neurologic Music Therapy. Oxford University Press.

¿Qué nos pasa a los hombres? Una historia de desconexión emocional

Te propongo algo. Puedes visitar la web de cualquier periódico on-line, y buscar noticias de sucesos. Seguramente, podrás encontrar la mano de uno o más hombres como responsables de los mismos. Por otro lado, si buscas estadísticas sobre suicidios, las relativas a 2014 en España señalan que se trata de la primera causa externa de muerte en varones, y que de todos los suicidios, más del 75% corresponde al género masculino. Recientemente, una de mis compañeras de blog hacía una reflexión sobre la masculinidad. Más allá de planteamientos culturales y morales sobre estos hechos, ¿qué nos impulsa a los hombres a actuar de esta forma? ¿Podría tener relación con nuestra clara dificultad para comprender, expresar y regular emociones?

 

 

Nuestro desarrollo emocional es diferente

En este mes de enero, ha salido publicado en la revista científica Infant Mental Health Journal un artículo del prestigioso psicólogo especializado en el estudio del apego Allan N. Schore acerca de la neurobiología del desarrollo en los niños varones. Schore hace una amplia exposición de la evidencia científica que pone de manifiesto que el desarrollo emocional, en cuanto a percepción, expresión y regulación de las emociones, es más lento en los varones, ya desde la etapa prenatal, dentro del útero. Esto se manifiesta en diferentes parámetros, como una mayor tendencia a que se produzcan partos prematuros en el caso de fetos masculinos, mayor probabilidad de sufrimiento fetal durante el parto, menor puntuación de Apgar en el momento del nacimiento, y a lo largo del primer año de vida, mayor labilidad emocional, con más irritabilidad, más episodios de pataletas y llanto, menor posibilidad de sonreír, en fin, mayor vulnerabilidad ante situaciones de estrés.

 

 

Parece que todo este desfase en el desarrollo emocional tiene unas bases biológicas muy claras, con diferentes velocidades de maduración entre sexos, y que se mantiene hasta la adolescencia. ¿Qué consecuencias tiene esta maduración más lenta?

 

“Niños en riesgo”

Schore emplea este término de forma frecuente en su artículo. Recoge datos que ya son reconocidos en el ámbito científico y profesional, y a los que se va dando explicación gracias a los avances en neurociencia. Las estadísticas llevan indicando desde hace años que los niños varones tienen mayor riesgo de padecer trastornos del desarrollo, como puede ser el caso del autismo. También presentan más frecuencia de trastorno de déficit de atención e hiperactividad, y al llegar a la adolescencia y etapa adulta temprana, afloran patologías psiquiátricas con rasgos más externalizantes, como la esquizofrenia, o los trastornos adictivos. También las conductas más agresivas a las que estamos acostumbrados en prácticamente todas las culturas y sociedades.

 

 

Para Schore, ese riesgo que padecen los niños varones desde antes de nacer puede comprenderse desde una perspectiva neuroendocrina, a partir de la influencia que tiene la testosterona sobre el desarrollo cerebral.

 

Testosterona, epigenética y desarrollo cerebral

Ha quedado claramente demostrado el enorme papel que tiene la testosterona en la potenciación de una red de circuitos cerebrales diferenciada entre hombres y mujeres. Se ha constatado la existencia de varios picos o niveles elevados de esta hormona en momentos concretos del desarrollo, tanto a nivel prenatal como en los primeros meses, y que dichos picos se produzcan de forma adecuada depende en gran medida de que exista un entorno relacional que lo permita. Es decir, existe una clara interacción entre lo ambiental y el desarrollo.

A nivel ambiental, se ha destacado como uno de los principales factores la calidad del cuidado recibido por el bebé. Un bebé varón necesita realmente de mucha sensibilidad para su cuidado, ya que tiene mayor tendencia a regular peor las situaciones de estrés al tener un cerebro menos maduro que el de una niña. Ese estrés puede determinar respuestas conductuales a largo plazo, como una menor capacidad de autorregulación emocional y menor tolerancia a la frustración, conductas más agresivas, etc. Se ha demostrado el enorme peso que tiene el trauma por separación, por ejemplo en los periodos de adaptación a entornos como guarderías y similares, o cómo condicionan a largo plazo los sucesos adversos que se producen en la primera infancia (malos tratos, abusos, hospitalizaciones prolongadas, etc).

 

 

Otro condicionante ambiental es la existencia de los denominados disruptores endocrinos. Se trata de sustancias que forman parte de productos que manejamos habitualmente, como ciertos tipos de plásticos, que simulan a nivel biológico el papel de ciertas hormonas y alteran los mecanismos habituales de acción de estas. Se ha descrito la feminización de ciertas especies animales derivadas de la contaminación ambiental por disruptores (uno de los más estudiados es el bisfenol A), y el bebé varón puede ser especialmente susceptible a estas sustancias en los periodos críticos de desarrollo cerebral coincidente con picos de testosterona.

Parece que el mecanismo que subyace la acción de todos estos condicionantes ambientales es de tipo epigenético, es decir, factores externos condicionan la activación o represión de ciertos genes que influirán posteriormente en el desarrollo, y dicho patrón de activación/represión puede transmitirse entre generaciones. No hay mutaciones genéticas tal cual se han considerado tradicionalmente, sino modificaciones reversibles en nuestro material genético, que de no variar las condiciones ambientales, se siguen transmitiendo como una forma de adaptación.

 

¿Cómo puede encajar la sociedad estos hallazgos?

La semana pasada compartí en redes sociales algunas reflexiones que se habían realizado en un blog sobre crianza acerca de este trabajo de Schore, especialmente las relacionadas con el cuidado materno en los primeros meses de vida. Una gran parte de la respuesta que recibí fue por parte de mujeres que entendían que esos resultados las culpabilizaban de ser “malas madres” y se negaban a aceptar que ellas fueran responsables de que sus hijos pudieran salir delincuentes. Lo unieron en algunos casos a una visión patriarcal, en cuanto a que la mujer debe seguir siendo quien se encargue principalmente de los cuidados del niño.

Comprendo que exista esa susceptibilidad, aunque mi reflexión era otra. Creo que la biología nos está dando evidencias de algo que intuitivamente podemos comprobar si nos abrimos a observar sin juicio la interacción entre un bebé y sus padres. El vínculo madre-bebé es diferente al del padre-bebé. Es cierto que al final prima la figura de un cuidador principal, pero creo que biológicamente, quien ha mantenido un vínculo incluso dentro de su propio cuerpo y en los primeros momentos de vida, es la madre. Más allá de cargar con más responsabilidades a la mujer, mi propuesta se refiere a que podamos facilitar cambios en nuestra forma de plantear la m/paternidad en la sociedad, dirigidos a protegerla de forma real, a incentivar los procesos de cuidado, y a que una madre pueda decidir de forma libre, no condicionada por aspectos laborales, hasta cuándo decide mantener una atención continuada y prolongada de su bebé antes de utilizar recursos como guarderías o escuelas infantiles.

Por desgracia, vivimos en una sociedad del tener, del hacer, más allá del ser y del sentir. Es cierto que está caracterizada por valores tradicionalmente asociados a lo masculino. Pero también es cierto que, si no cuidamos como especie a nuestros bebés, incluso desde antes de nacer, seguiremos perpetuando de una u otra forma esa huida del sentir, de reconocer nuestras emociones, de renunciar a la sensibilidad para seguir cayendo en la continua insatisfacción de vacíos emocionales que se sintieron ya desde nuestros comienzos.

 

Los círculos de hombres

Entre las mujeres, existe tradición de crear grupos de apoyo mutuo, círculos de mujeres en los que pueden compartir sus inquietudes, emociones, miedos, ilusiones, logros. El momento de la crianza es una oportunidad para conocer otras madres y potenciar un proceso de sociabilización que, ya desde un punto de vista biológico, viene facilitado por una mayor maduración cerebral en etapas tempranas de la vida. Pero, ¿cómo podemos abrirnos los hombres a un cambio en nuestra forma de estar en el mundo?

En los últimos años, y en gran parte impulsados por todo aquello que mueve la paternidad, han ido surgiendo en nuestro entorno diferentes grupos de hombres que sencillamente buscan compartir sus sentires, vulnerabilidades y modos de adaptarse a una sociedad en cambio en la que muchas veces se hace confuso el papel que deben representar. Merecen la pena los libros sobre masculinidades de uno de los psicólogos que ha sido pionero en nuestro país en impulsar este tipo de iniciativas, Alfonso Colodrón.

 

 

A modo de conclusión, planteo la siguiente reflexión. Creo que todos los movimientos sociales que han permitido la visibilización del papel de la mujer en la sociedad y la equiparación de derechos han sido fundamentales para lograr un mundo más igualitario y justo. La cuestión es que los hombres, en cierto modo, también hemos sido y seguimos siendo víctimas de una visión patriarcal o machista de la sociedad, en la que hemos renunciado a “ser” y “sentir”, incluso de forma poco consciente pues ya se da desde los primeros momentos de vida, a favor del “tener” y “hacer”. Creo que, más que nunca, necesitamos de un diálogo entre géneros, de una apertura mutua a reconocer nuestras distintas formas de sentir y a compatibilizar una labor de reivindicación con una actitud de comprensión y apertura desde el amor a la diferencia del otro para lograr un mundo verdaderamente integrado y justo.

 

Referencias bibliográficas

  • Schore, A.N. (2017). All our sons: the developmental neurobiology and neuroendocrinology of boys at risk. Infant Mental Health Journal, 38, 1, 15-52.
  • Colodrón, A. (2015). Guía para hombres en marcha. Editorial Desclée de Brower. Bilbao.

El duelo como experiencia de transformación

Hace unas pocas semanas, uno de mis compañeros de blog compartió su experiencia personal de duelo tras la muerte de su padre hace algunos meses. Su narración me impactó. Cosas de la vida, leí su entrada en un momento en el que mi madre estaba sufriendo un deterioro importante de su salud que finalmente llevó a su fallecimiento hace unos días. En este momento, en que aún estoy sumido en un proceso de asimilación de todo lo sucedido, me nace compartir cómo he ido tomando conciencia del duelo como motor de transformación y trascendencia de mi experiencia de vida.

 

¿Qué es el duelo?

Si bien existen diferentes definiciones, de una forma sencilla podemos decir que el duelo es el proceso normal que se sigue tras la pérdida de un ser querido. Este proceso implica una asimilación a muy distintos niveles de la pérdida, el replanteamiento de nuestros vínculos, de nuestra forma de relacionarnos, del significado de la relación con la persona desaparecida, en cierto modo, de nuestra propia identidad. Es necesario tiempo, un proceso activo de toma de conciencia que cada persona lleva a cabo a su forma y ritmo para llegar a situarse ante el mundo de un nuevo modo, seguramente más auténtico y conectado con la verdadera esencia y sentido de su ser.

 

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Pero no siempre es así. Se calcula que alrededor del 10% de las personas en situación de duelo pueden llegar a experimentar lo que se denomina un duelo complicado. Se producen bloqueos en ese camino de cierre de la herida abierta a nivel interno, y la persona no puede continuar de forma normal con su vida, e incluso pueden aparecer problemas importantes a nivel físico, emocional y mental.

 

Cuando perdí a mi sobrina: una experiencia de duelo bloqueado

Hace 23 años viví la pérdida de una de mis sobrinas, en aquel momento, de 19 meses, acompañando a sus padres en el momento de la partida. Padecía una enfermedad neurológica de base genética, una atrofia muscular espinal. Fue diagnosticada con 8 meses tras comprobar que su desarrollo motor no era el más adecuado, y durante el año siguiente, acudió a fisioterapia de forma continuada, con el fin de fortalecer su musculatura, especialmente, la respiratoria, pues la causa más frecuente de muerte en aquel momento ante esta enfermedad eran las infecciones respiratorias, como la neumonía.

Precisamente en diciembre de aquel año, 1993, la niña comenzó con síntomas leves que aconsejaron su ingreso en hospital de forma preventiva. La sorpresa fue que, de un día para otro, los profesionales nos hablaron de que la situación era muy grave, e incluso comentaron que nos hiciéramos a la idea de que podía suceder lo peor. El shock fue importante para todos. La falta de tacto por parte de los profesionales médicos fue constante en ese proceso de pocos días en que se produjo tal deterioro de la pequeña que finalmente falleció.

Con la perspectiva del tiempo, creo que ha sido la experiencia vital más traumática que he vivido. Mi incapacidad de asimilar lo sucedido me llevó a acumular una rabia de forma mantenida durante más de 15 años. Sentía ira hacia la propia situación, hacia los profesionales, … En cierto modo, hacia mí mismo, pues yo pertenecía ya a ese ámbito profesional, ya que estaba finalizando mi formación en odontología. Reconozco que esa ira me ofreció la oportunidad de sentir una mayor fuerza para luchar por lo que consideraba que era más justo, y fue un motor importante en mi vida. Al año siguiente de la muerte de mi sobrina, comencé a formarme en genética clínica, como una forma de aportar algo, ya fuera desde la investigación, ya fuera desde la atención a familias que estuvieran en una situación similar con su hijo. Tiempo después, siendo ya dentista, reorienté mi labor hacia la atención de personas en riesgo de exclusión social, como eran aquellas que padecían la infección por VIH/SIDA o tenían alguna adicción. En cierto modo, buscaba “víctimas” a las que defender. Ahora puedo ver que seguía “luchando”, que me mantenía en esa ira de forma crónica, sin permitir que la herida pudiera cerrarse, pues eso implicaría, en cierto modo, olvidar a mi niña.

Fue alrededor de 2007 cuando supe de un libro, “Lágrimas de vida”, escrito por una periodista, Susana Herrera, en el que relata su experiencia de pérdida de su primer hijo, con pocos meses de vida, en un accidente de tráfico, y su afrontamiento de una forma realmente abierta al amor. Donó los órganos de su pequeño, escribió este libro como forma de compartir su dolor, y realmente reconozco que su lectura hizo un “clic” dentro de mí para replantearme el sentido de la muerte. Comparto aquí una entrevista a Susana que realmente considero muy profunda.

 

 

Un camino de apertura y reconciliación: la despedida de mi padre

En 1996, mi padre sufrió un ictus que le dejó paralizado su lado izquierdo. Ante esta situación, tuvo una motivación continua por salir adelante, recuperar movilidad, ser lo más autónomo posible, y lo consiguió. Pero en el verano de 2009, su cuerpo empezaba a estar agotado. Su lado derecho, ya sobrecargado por el sobreesfuerzo de todos esos años, comenzó a fallarle en ocasiones, y en cierto modo, él intuía que se acercaba el fin de una etapa. Recuerdo que tuvimos un choque ante su negativa a comenzar rehabilitación de nuevo, y que al día siguiente, nos reconciliamos, y él, llorando, me reconoció que no quería volver a pasar por lo mismo que hacía años, que solo le pedía a Dios que si le volvía a repetir otro ictus, se lo llevara. Nos fundimos en un abrazo. Y justo al día siguiente, después de comer, comenzó a sentirse indispuesto, y se dio aquello que, de una u otra forma, podíamos estar intuyendo: un segundo ictus, que le mantuvo en coma durante dos semanas hasta que falleció.

Ese tiempo nos permitió a cada uno en la familia hacer nuestra despedida según pudimos. Intuía que era yo con quien iba a irse, y así fue. Tras una noche tranquila, en la que me llevé el libro de Susana Herrera y le leí algunos párrafos, al amanecer, dejó de respirar de forma tranquila. Fue una sensación de inmensa tristeza, a la vez que de inmensa fortuna por haberle podido acompañar en ese momento. Lo que vino después, sin embargo, fue un largo camino en el que se fue viniendo abajo la imagen que había tenido de él y también de mi madre. Replantear los vínculos más primarios lleva a cuestionarse la propia identidad, el propio sentido.

 

 

Durante los años siguientes, un proceso de duelo largo pero sereno fue dando paso a una toma de conciencia sobre mi propia experiencia de vida, sobre todo, en mi infancia y adolescencia, a resituar a mi padre en esa experiencia, y a replantear el significado más profundo de mi madre. Me di cuenta de que mi imagen más idílica de ella se me derrumbaba, y que de nuevo afloraba en mí la ira, que ahora veo que era necesaria para poder expresar, soltar y llegar a un punto de comprensión que me permitiera sentir el amor por ella más allá de la historia compartida. Y perdonarla a ella suponía realmente perdonar al mundo, y sobre todo, a mí mismo.

En ese proceso, la música ha sido una compañera inseparable que me ha permitido canalizar emociones, alcanzar una compresión profunda, reconciliarme con mi propio ser. Necesité de guías en ese viaje que emplearon sus herramientas: musicoterapia, EFT (técnicas de liberación emocional), biografía humana de Laura Gutman, o la escuela del perdón de Jorge Lomar, además de formaciones y talleres vivenciales que me permitieron dar luz a mi camino, y sobre todo, reparar la relación con mi madre para asumir su partida.

 

El adiós a mi madre: un duelo anticipado

La verdad es que mi madre perdió sus ganas de vivir desde que mi padre se fue. Han sido siete años duros, en el sentido de acompañar su propio duelo mezclado con el de uno mismo, confrontando situaciones vividas que han creado muchos momentos de incomprensión mutua, para llegar, hace algo más de un año, a una etapa de apertura, de aceptación, de verdadero amor incondicional. Este último año ha sido especialmente intenso emocionalmente, de mucha conciencia, compartiendo desde el corazón diversos aspectos de su vida que me han ayudado a seguir abriendo mi corazón, y hablando sin tapujos, palabra muy usada en mi familia, de su muerte. A comienzos de noviembre de este año, de la noche a la mañana, ella comenzó a sentirse mal. Un mes de deterioros y mejorías que, realmente, nos sumían en la incertidumbre y la esperanza, aunque de fondo, sabíamos que podía ser su última aventura en estos mundos. Y así fue. De forma tranquila, también al amanecer, partió sin avisarnos. Esta vez no pude acompañarla. Creo que no me correspondía, aunque en principio, sentí culpa por ello.

Aún es reciente, muy reciente su partida. Y las fechas no acompañan. Me estoy permitiendo sentir, sin más. Expresar, como puede ser este artículo. Vivir. Voy descubriendo otras experiencias, otras formas de sentir el duelo. También tomo conciencia de cómo nos cuesta aceptar el dolor ajeno como sociedad, aunque sea necesario para llegar a un punto de serenidad. Seguramente nos cuesta mirar de frente a la muerte, cuando es la única certeza que tenemos al llegar a este mundo.

 

 

Referencias bibliográficas

  • Herrera, Susana (2006). Lágrimas de vida. Editorial Sígueme.
  • Kübler-Ross, Elizabeth (1997). La rueda de la vida. Ediciones B.
  • Payás, Alba (2010). Las tareas del duelo: Psicoterapia del duelo desde un modelo integrativo relacional. Paidós Ibérica.

 

¿Podemos aprender a acompañar?

 

Te propongo hacer una parada en el camino, en este caso en la lectura que estás realizando. Pero antes, cierra los ojos, intenta recordar una situación en la que sientas que te has ofrecido a ayudar o acompañar, ya sea a nivel personal o profesional, y permítete sentir las reacciones que se producen en tu cuerpo, qué emociones afloran, sin hacer juicios, solo observando.

 

Mi camino “ayudando

 

Llevo más de 20 años “acompañando” de forma profesional, de una u otra forma, ya sea desde lo sanitario, desde lo educativo, desde lo terapéutico. Si realmente miro aún más hacia atrás, tomo conciencia de que llevo “acompañando” desde que tengo uso de razón, ha sido una respuesta que ha surgido de forma aparentemente natural en mí, que creo que he ido perfeccionando, pero que no me ha supuesto un esfuerzo. Ahora bien, en los últimos años, fruto de un profundo proceso de autoconocimiento y balance vital, han ido aflorando en mi interior muchas dudas acerca de qué es lo que realmente hago y, sobre todo, por qué lo hago, cuando ofrezco la posibilidad de acompañar a otras personas. En este proceso, me he replanteado qué significa la palabra “ayuda”, en un sentido profundo, y ciertamente personal.

Creo que los seres humanos tenemos una capacidad instintiva e intuitiva para captar una situación de desventaja en el otro, y mostramos una tendencia a responder, ofreciéndonos para mejorar la situación ajena. Quizá jueguen un papel aquí las neuronas espejo en este mecanismo de empatía, y faciliten la comprensión del dolor ajeno. Considero que, ante circunstancias imprevistas que surgen en la vida y que favorecen situaciones de desventaja, aflora esa respuesta instintiva que, en cierta forma, nos ha permitido subsistir como especie. Las dudas me invaden cuando me planteo qué nos mueve realmente a los seres humanos a dedicarnos “profesionalmente” a “ayudar, o que esa ayuda a los otros, también en un plano personal, sea una característica relevante de nuestro modo de situarnos en la vida.

 

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En mi propio camino de reflexión, he ido tomando conciencia de que mi predisposición a “estar ahí” y ofrecerme, más allá de un acto altruista, podía estar reflejando una visión de carencia, de ver la necesidad en los demás, ante la cual ofrezco mis conocimientos y mi “saber estar y acompañar”. Tendemos a proyectar fuera, en los otros, aquello que no vemos en nosotros. Forma parte de nuestra sombra. Y darme cuenta de que quizá proyectaba en los otros mi propia carencia o necesidad, y desde ahí me situaba en cierto modo en la soberbia del que “sabe acompañar”, supuso una enorme crisis que realmente me permitió seguir descubriendo el motor de mis acciones. Tomar conciencia de mi “inconsciencia”, de mi “ceguera”, me permitió ver que, más allá del altruismo, buscaba en mi vida escenarios donde pudiera seguir desempeñando ese papel cada vez más profesionalizado de “ayudador”, descubriendo finalmente que era la forma que había aprendido durante mi infancia para ser visto, reconocido. Sí, aquí nos encontramos con “el sanador herido”.

Y así me di cuenta de que un acompañamiento no puede ser sano, genuino, cuando el que lo hace se mueve desde su propia necesidad o carencia, sea consciente o no, y no desde el “sencillamente estar y ser”, y desde ahí, compartir, viendo al otro de igual a igual, y reconociendo su propio potencial. Y también reconociendo en uno mismo la propia vulnerabilidad, que es un rasgo genuinamente humano. Si acompaño, lo hago sabiendo que yo también me estoy transformando y que solo establezco intercambio con el otro, no doy sin recibir, y ambos crecemos en esa interacción que nos refleja mutuamente.

 

https://www.youtube.com/watch?v=AiZt7Gc0oMo

 

¿Cómo podemos aprender a acompañar?

 

Creo que esta pregunta ha estado latente en mí durante años, al reconocer mi habilidad para conectar con los demás y mi incapacidad para transmitir “cómo se hace”. En este momento, creo que he llegado a un punto de claridad, aunque sea mínima. Y es que solo podemos acompañar conscientemente cuando hemos hecho y continuamos haciendo de por vida un continuo proceso de autoconocimiento y conciencia que nos mantenga siempre replantéandonos por qué nos manifestamos del modo en que lo hacemos, y qué experiencias vitales han condicionado, de una u otra forma, nuestro modo de estar en el mundo para así acogerlas sin juicio, de forma abierta. En cierto modo, es el reto de desnudarnos a cada paso, de mostrarnos vulnerables y, a la vez, abiertos a compartir entre seres humanos, cada uno con sus cualidades y capacidades.

En los últimos tiempos he ido conociendo formas de enseñar este proceso de acompañar, cada una con sus rasgos distintivos. Destaco, por su importancia en nuestro país, y por haber sido pioneros en el ámbito de la salud, al Centro de Humanización de la Salud, de los Religiosos Camilos, con José Carlos Bermejo como director, que ha establecido un sistema de formación de profesionales en el que se conjugan aspectos técnicos con la humanización y la consideración de la espiritualidad, más allá del hecho religioso. Su modelo basado en el counselling ha proporcionado herramientas y recursos prácticos para que los profesionales de la salud puedan introducirlos en sus entornos de trabajo.

 

 

Acompañar al final de la vida como paradigma para acompañar en la vida

 

En el ámbito de la salud, el desarrollo de los cuidados paliativos y la creciente consideración de acompañar a las personas en su etapa final, más allá de que no se pueda ofrecer una curación, ha sido una auténtica revolución. Es por ello que los profesionales que trabajan en este ámbito han impulsado en gran medida formas de acercamiento a la persona que sufre, en la que integran aspectos biomédicos, psicosociales y espirituales, y de ahí han surgido modelos de formación en diferentes países que buscan facilitar el desarrollo de habilidades que permitan contar con profesionales más humanizados. En este sentido, me gustaría compartir una charla que dio recientemente uno de los mayores especialistas de nuestro país en este ámbito, Enric Benito. Y recomiendo la monografía “Espiritualidad en clínica”, editada en 2014 por la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, y que se puede descargar de forma gratuita (http://www.secpal.com//Documentos/Blog/Monografia%20secpal.pdf).

 

 

Daniel Siegel y su propuesta desde la neurociencia

 

Daniel Siegel es una de las figuras que más ha aportado científicamente a la psicoterapia en los últimos años, partiendo de enfoques que rompían con la visión tradicional, e introduciendo los descubrimientos neurocientíficos y los principios del mindfulness o atención plena, tanto en el ámbito de la psicoterapia como en el educativo. Recientemente publicó un libro en el que establece un modelo de desarrollo de habilidades para profesionales de la relación de ayuda, que implica un proceso estructurado de autoconocimiento necesario para poder acompañar desde la conciencia plena.

Siegel se basa en su teoría de la neurobiología interpersonal, y plantea el desarrollo de habilidades de la mente en el profesional que le permitirá adquirir una cualidad “mindful”. Es difícil encontrar una traducción en español de este término, pero me llama la atención una de las definiciones que aporta Siegel, en la que significa estar libre de prejuicios y evitar una pérdida prematura de posibilidades. Es decir, poder situarnos ante el otro con una mente lo suficientemente distante de nuestros propios juicios como para acoger y aceptar al otro en todo su ser. Para ello, es preciso cultivar, entre otras habilidades:

  • la presencia, como una forma de estar en el aquí y el ahora, más allá de nuestra propia historia, abiertos a conectar con lo que sucede, con lo que es.
  • la sintonía, la resonancia y la confianza con y en el otro.
  • la verdad, como forma de percepción de lo que acontece, más allá de nuestra propia narración. Para ello, es preciso ser muy consciente de que esa narración existe, y qué la ha condicionado, para poder acogerla y aceptarla sin juicio.
  • habilidades mentales para estabilizar la lente de nuestra mente con el fin de observar nuestro mundo interior.
  • la integración de lo vivido y del presente, como medio para lograr un equilibrio y alejarse del caos o la rigidez.

 

Siegel propone actividades concretas a lo largo de los quince capítulos donde aborda cada una de estas habilidades y otras que considera importantes para lograr acompañar de una forma abierta y sana.

 

Tras esta reflexión compartida, y desde la serenidad y la honestidad con uno mismo, ¿desde dónde surge tu impulso de ayudar?

 

Referencias bibliográficas

  • Bermejo, José Carlos (2014). Humanizar la asistencia sanitaria. Desclée de Brouwer.
  • Siegel, Daniel (2012). Mindfulness y psicoterapia. Paidós Ibérica.

 

Musicoterapia y dolor crónico: un camino de conciencia

 

El dolor físico es un compañero de vida que habitualmente rechazamos, consideramos inútil y molesto, y sin embargo, tiene mucho que decirnos. La musicoterapia puede ayudar a que lo comprendamos, a darnos luz sobre aquello que nos quiere decir.

 

Nuestro cuerpo habla

 

Te propongo que dediques un momento para observar, interiormente, tu cuerpo. Lo ideal es que estés sentado de forma cómoda, cierres los ojos, y sientas cómo se relajan tus hombros, tus brazos, y va llegándote la sensación de soltar, de dejar el control. Puedes enfocarte en tu respiración, sobre todo, en la espiración, permitiendo prolongarla todo lo que puedas sin forzar, y sin prisa para inspirar de nuevo.

 

Relajación

Relajarnos para observar interiormente nuestro cuerpo

 

En este estado de calma, de serenidad, seguramente te comiencen a venir a la mente pensamientos, imágenes, recuerdos, … y si pones atención a tu cuerpo, es muy probable que adviertas cómo aparecen sensaciones corporales en zonas concretas asociadas con esa actividad mental que te llega y que apenas puedes controlar. Intenta prestar atención a vivir esas sensaciones, ponerles forma, color, textura … y suelta si puedes el pensamiento o recuerdo que la había provocado. Permítete sentir lo que tu cuerpo te expresa, sin ponerle palabras, ni juicios, sin rechazar eso que, quizá, puede parecer que nos va a desbordar.

 

Sensaciones corporales

Sensaciones corporales

 

Si has podido vivir esta experiencia con esta conciencia, habrás advertido que existe una necesidad permanente de expresar por parte de nuestro organismo, de indicarnos sensaciones que, aunque no sepamos qué, realmente nos quieren decir algo, seguramente de asociaciones aprendidas en el pasado. Una de esas sensaciones nos resulta tan desagradable e intensa, que le hemos dado un nombre propio: dolor.

 

¿Qué es el dolor?

 

La IASP (International Association for the Study of Pain) define el dolor como “una experiencia sensorial o emocional desagradable, asociada a daño tisular real o potencial”. Es decir, el dolor actuaría como señal de alarma ante una situación que nuestro organismo considera peligrosa para el mismo. Esto suele ser cierto en un caso de dolor agudo. La situación más complicada es cuando el dolor persiste, se vuelve crónico, y aparentemente no existen condicionantes biológicos o físicos que estén justificando dicha persistencia.

 

¿Una medicina con ojos para la superficie?

 

La medicina se ha caracterizado en el último siglo por una categorización cada vez más exhaustiva de aquellos síntomas y signos que acontecen al ser humano para agruparlos bajo etiquetas que denominamos enfermedades o síndromes. Si bien el origen de la mayor parte de cuadros clínicos es multifactorial, es decir, la combinación de diferentes factores condiciona su aparición, desde el paradigma biomédico se resta peso al componente psicoafectivo para enfocar casi toda su atención en la parte biológica, entendiendo al organismo como una máquina en la que alguno de sus sistemas ha comenzado a funcionar mal.

Cada vez tengo mayor sensación de que los humanos vivimos en un mundo de “efectos”, solo vemos los extremos de las ramas de los árboles de nuestra vida, sus flores, sus frutos, o la ausencia de los mismos, y no indagamos más allá de ello, en las raíces. Nos quedamos en la superficie de la vida, en lo externo, sin profundizar, sin buscar la esencia.

 

Árbol con raíces

Más allá de lo que vemos (síntomas, signos), podemos indagar en las causas profundas (forma de integración de las experiencias vividas)

 

¿Diferentes manifestaciones de dolor crónico, un mismo origen?

 

Cuando hablamos de fibromialgia, enfermedad inflamatoria intestinal (colitis ulcerosa, enfermedad de Crohn), artritis reumatoide, lupus eritematoso, cefaleas, etc, nos estamos refiriendo a diferentes “etiquetas”, distintas formas de enfermedad en las que un elemento en común suele ser el dolor crónico, localizado en diferentes zonas según cada enfermedad y persona, y en las que el componente psicológico y emocional tiene un gran peso, aunque desde la medicina no se sepa realmente cómo abordarlo.

 

Persona con dolor

Persona experimentando dolor

 

Durante los últimos años, se ha profundizado en el conocimiento acerca de cómo la forma de asimilar e integrar acontecimientos adversos en la infancia, la presencia de traumatización crónica, condiciona en gran medida una serie de memorias corporales que pueden facilitar la expresión en la etapa adulta de ciertas enfermedades, muchas de ellas de origen autoinmune, y en las que el dolor suele ser un compañero inseparable. En otro post anterior hablaba de algo similar en el caso de la enfermedad mental, y que recientemente se estaba indagando en acompañar a las personas afectadas en su proceso de asimilación de lo vivido.

Desde mi experiencia, aún queda mucho por hacer en aquellas enfermedades donde predomina el componente físico, como es el dolor, y en las que se pasa de puntillas sobre qué aspectos emocionales hay detrás. No creo que sea cuestión de poner más etiquetas (depresión, ansiedad, etc), sino más bien de crear espacios donde las personas afectadas puedan tomar conciencia de su propia vida con perspectiva, y afloren de forma natural emociones, sentimientos, recuerdos, que van a ayudar a dar sentido a lo que su cuerpo les está queriendo decir.

 

¿Qué puede aportar la musicoterapia en el abordaje del dolor?

 

Existen muchas investigaciones que demuestran cómo escuchar música ayuda a reducir el dolor en personas con distintas dolencias, incluso cuando se someten a pruebas diagnósticas y antes o después de una cirugía. Sin embargo, existen pocos trabajos publicados acerca del empleo de musicoterapia de forma activa, no solo planteando la escucha de música. El grupo de investigación de la Universidad de Heidelberg, en Alemania, ha planteado un protocolo de trabajo que ha demostrado su utilidad en adultos con dolor crónico, tanto de origen oncológico como no oncológico.

Para el abordaje del dolor, este grupo se basa en el paradigma biopsicosocial, donde se consideran los aspectos biológicos, psicológicos y sociales del dolor. Consideran que, a través de la música, pueden modularse diferentes aspectos que influyen en la experiencia del dolor:

  • Atención: cuando hay un dolor agudo, la atención se centra de forma natural en la zona afectada, pero cuando se transforma en crónico, el dolor pierde su función de alarma pero la atención se mantiene. La estimulación auditiva mediante la música capta y distrae la atención del foco del dolor.
  • Emoción: La cronificación del dolor suele acompañarse de trastornos emocionales (ansiedad, depresión) y de una reducción de la capacidad para regular las emociones. También es común la rigidez emocional o la inhibición de la expresividad. La música evoca y modula todo tipo de emociones con sus diferentes intensidades, y facilita su flexibilización y expresión.
  • Cognición: Cuando el dolor se vuelve crónico, aparecen distorsiones cognitivas (formas de pensar) y estrategias de afrontamiento de mala adaptación, así como estilos de atribución externa, es decir, una tendencia a creerse indefenso ante las circunstancias externas y no asumir la responsabilidad sobre la forma propia de percibir el mundo. La música puede aportar significados que trascienden el lenguaje, y por tanto el pensamiento, además de asociarse con la memoria autobiográfica, y así puede facilitar un cambio de conciencia.
  • Conducta: El dolor conlleva cambios en las conductas del sujeto (gesticulación, cojera, evitación). Cuanto más tiempo persiste el dolor crónico, más se limitan las conductas. El sistema motor es estimulado involuntariamente por la música (golpeteo, balanceo, baile). Hacer música implica un repertorio complejo de conductas que implican a amplias partes del cuerpo y el cerebro, y por tanto, contribuye a desbloquear la rigidez de movimientos asociadas con el dolor crónico.
  • Relaciones interpersonales: La cronificación del dolor puede facilitar el aislamiento de la persona, que tiende a evitar las relaciones sociales y reduce su comunicación con los demás. Hacer música de forma compartida, ya sea con el terapeuta o en grupo, va a constituir una forma de comunicación no verbal que abre un nuevo camino de expresión e interacción, y refuerza la sensación de pertenencia y la empatía.

 

 

¿Cómo puede organizarse ese trabajo con el dolor desde la musicoterapia?

 

Cada aspecto citado no se trabaja de forma separada, sino que se abordan de forma conjunta, a través de tres etapas:

 

  • Refuerzo de la percepción de bienestar: mediante música grabada o en directo que conecta con memorias de bienestar en la persona, y que contribuyen a fortalecer aspectos positivos de sus vivencias.
  • Alivio sintomático: la persona afectada puede participar en actividades de improvisación musical, lo que ya contribuye a flexibilizar sus emociones, facilitar la interacción social y la comunicación, y la conciencia corporal. Se pueden crear piezas musicales que expresen el dolor sentido, para así facilitar la liberación de tensiones internas.
  • Refuerzo en el manejo diario: se pueden plantear estrategias sonoras y musicales que la persona pueda emplear en su día a día para reducir los síntomas y mejorar el afrontamiento de situaciones en las que el bloqueo emocional era una respuesta frecuente.

 

 

En España, diversos centros hospitalarios públicos y privados están incorporando actividades basadas en la musicoterapia en su cartera de servicios, como es el caso de la Unidad del Dolor del Hospital Universitario La Paz, en Madrid. También cada vez más profesionales colaboran con colectivos de afectados, como es el caso del proyecto que lleva acogiendo la Asociación de Fibromialgia y Fatiga Crónica de Salamanca (AFIBROSAL), cuya experiencia ha sido recogida recientemente en una publicación.

Mi propia experiencia acompañando personas en momentos con dificultades emocionales ha estado caracterizada por el hecho de que, al conectar con sus propios bloqueos y permitir que fluyeran durante la experiencia musical, comenzaban a mejorar, e incluso desaparecer, dolencias físicas que presentaban. Incluso, han podido ir descubriendo qué recuerdos y vivencias, generalmente relacionadas con la infancia, se asociaban con esas sensaciones físicas y les ha permitido “soltar” y aceptar lo vivido en mayor o menor grado, con una correlación clara con la mejora de los síntomas.

Para concluir, me gustaría dejar una pequeña reflexión. Vivimos en un mundo de pensamientos en el que hemos aprendido a manejarnos porque nos da una presunta seguridad, pero a la vez, nos aleja del cuerpo, de las sensaciones, de las emociones. Mientras no seamos capaces de reconciliarnos con nuestro cuerpo, de aceptar todo lo que nos dice, viviremos en una confrontación interior en la que la enfermedad será su manifestación más visible.

 

Referencias bibliográficas

 

  • Edwards, R.R., Dworkin, R.H., Sullivan, M.D., Turk, D.C., and Wasan, A.D. (2016). The role of psychosocial processes in the development and maintenance of chronic pain. Journal of Pain, 17, 9 Supplement, T70-92.
  • Koenig, J., Warth, M., Oelkers-Ax, R., Wormit, A.,  Bardenheuer, H.J., Resch, F., Thayer, J.F., and Hillecke, T.K. (2013). I need to hear some sounds that recognize the pain in me: an integrative review of a decade of research in the development of active music therapy outpatient treatment in patients with recurrent or chronic pain. Music and Medicine, 5, 3, 150-161.
  • Wormit, A.F., Warth, M., Koenig, J., Hillecke, T.H., and Bardenheuer, H.J. (2012). Evaluating a treatment manual for music therapy in adult outpatient oncology care. Music and Medicine, 4, 2, 65-73.

 

Esas voces que oigo dentro de mí, ¿locura o supervivencia?

 

¿Alguna vez te has planteado qué significado tiene para ti la locura? ¿Has tenido contacto con alguna persona que tenga algún tipo de psicosis? ¿Qué sensaciones te ha producido la interacción con ella? ¿Quizá eres quien padece o ha padecido alguna manifestación de psicosis?

 

En mi caso, mi primer contacto fue hace más de 20 años, cuando comencé a trabajar en un centro docente que estaba dentro del recinto de uno de los mayores complejos psiquiátricos de Europa, en Ciempozuelos (Madrid), y donde se formaba a profesionales que desarrollarían sus prácticas en dicho centro hospitalario, y una buena parte de ellos pasarían a engrosar posteriormente la plantilla del mismo. Yo no impartía ninguna materia relacionada con salud mental, sino otras de carácter complementario, y durante los más de 15 años que trabajé ayer, desempeñando diversas funciones dentro del ámbito docente, siempre sentí una especie de incapacidad para conectar con las personas que padecían trastornos mentales severos de forma crónica y que residían allí. Creo que me faltaba comprender algún eslabón de todo lo que acontecía, y algo intuitivo me impedía aceptar que el enfoque convencional era el único aceptable.

 

Mente dividida en la locura

Mente dividida en la locura

 

¿Qué supone la traumatización crónica para nuestro cerebro?

 

Desde hace unos cuantos años he sentido una profunda atracción por todo lo relativo a cómo las personas afrontan situaciones de traumatización crónica, especialmente en la infancia, ya sean maltratos, abusos, abandono, etc, y cómo se ha avanzado en los últimos años en un abordaje más integrador desde el ámbito de la psicoterapia, con enfoques novedosos como el EMDR (desensibilización mediante movimiento rápido de los ojos), brainspotting, mindfulness y un acompañamiento más humanista.

 

Comencé a conocer y profundizar en el concepto de integración, entendido como la organización de los diferentes aspectos de la personalidad en un todo unificado que funciona de un modo cohesionado, de forma que podemos concebir una historia o biografía completa o coherente, así como un sentido estable del yo. En cierto modo, se concibe a la personalidad como un conjunto de formas típicas y duraderas de pensar, sentir, actuar y percibir de cada uno, donde lo habitual es la transición suave entre patrones de respuesta.

 

 

Nuestro cerebro está preparado para llevar a cabo esta integración, y para ello es importante, durante la infancia, el papel de los padres para acompañar el proceso de regulación emocional que el niño va adquiriendo de forma progresiva. Cuando un niño se expone a circunstancias especialmente duras, y no es acompañado, aceptado, validado por un adulto que pueda contenerlo sin negarlo, lo más habitual es que no funcione totalmente ese mecanismo de integración, y hablemos de que se ha producido una disociación. Una persona disociada tiende a sentirse fragmentada, puede vivir como ajenos ciertos pensamientos, recuerdos, emociones, etc, de modo que se tambalea su percepción de un yo estable y unificado. Seguramente, una gran parte de nosotros tengamos patrones de respuesta emocional exagerada en determinados momentos, sin capacidad para controlarlos o darles una explicación, que tienden a generar una incomodidad o incluso sufrimiento, y que quizá son el reflejo de algo más profundo que no ha terminado de ser integrado en el inconsciente.

 

Persona que manifiesta malestar psíquico

Persona que manifiesta malestar psíquico

 

Paradojas de la vida, indagando hace algunos meses en este tema de la disociación, me topé con una charla que comparto a continuación, que me permitió conocer a los grupos de “escuchadores de voces”, que es como se vienen denominando habitualmente. Precisamente este tema de la disociación y la integración, que me fascina, me condujo a aquel otro ámbito, el de las psicosis, del que iba rehuyendo de una u otra forma.

 

 

Conocí el caso de Rufus May, un psicólogo británico que de joven padeció varios brotes psicóticos y estuvo hospitalizado por ello, y que ha sido uno de los impulsores en Reino Unido de este movimiento de escuchadores de voces que surgió a finales de los años 80 en Holanda. Con el paso de los años, otros profesionales que respaldan este enfoque alternativo de los trastornos severos de salud mental (otro ejemplo es Eleanor Longden), también han mostrado sus testimonios como pacientes, han relatado sus sufrimientos, su forma de superación de la enfermedad, y han logrado ser vistos y reconocidos por un ámbito profesional especialmente cerrado a ampliar sus enfoques.

 

Pero, ¿qué es el movimiento de escuchadores de voces? Cuando una persona sufre una psicosis, especialmente la esquizofrenia, es muy frecuente que presente alucinaciones auditivas. Lo que ellos llaman “voces”. Tienden a ser voces con un discurso propio, bastante agresivo en ocasiones, que pueden originar un desdoblamiento y gran sufrimiento en la persona. En el enfoque psiquiátrico tradicional, el tratamiento con antipsicóticos reduciría la frecuencia de estas voces, y facilitaría una mejoría del estado de la persona. Sin embargo, la realidad parece ser muy diferente, ya que las personas afectadas suelen seguir oyendo las voces a pesar del tratamiento, y tienden a ocultar sus experiencias para evitar el rechazo o tratamientos más agresivos por parte de los profesionales.

 

En este escenario, comienzan a surgir grupos de escuchadores de voces, constituidos como grupos de autoayuda gestionados por los propios sujetos afectados, sin un facilitador profesional, que buscan que cada persona que escucha voces pueda compartir sus experiencias, sus necesidades, los mecanismos que emplea para convivir con esas voces y cómo las integra en su vida diaria. Se manejan términos diferentes a los más estigmatizantes del mundo de la psiquiatría: en vez de alucinaciones, se habla de realidad no compartida, por ejemplo. El aumento de la autoeficacia en estas personas, su autoestima, su papel más reivindicativo, tienen un efecto positivo en su evolución y plantea alternativas diferentes a la medicación. En noviembre de 2015, organizaron, bajo la denominación de Entrevoces el 7º Congreso Mundial de Escuchadores de Voces, en Alcalá de Henares (Madrid). Aquí comparto esta entrevista realizada a uno de los impulsores en España de este movimiento.

 

 

Las últimas investigaciones para explicar el origen de las psicosis van enfocándose en el papel importante de los sucesos traumáticos durante la infancia, sobre todo si tienen carácter crónico, que influyen tanto en los trastornos de la personalidad como en las psicosis. Y aquí se cierra el bucle que comencé hablando de la disociación. ¿Acaso el cerebro, al sentirse desbordado, no intenta “tabicar” esas partes internas que se quedaron bloqueadas, estancadas durante la infancia, para poder sobrevivir y continuar una vida lo más “normalizada” posible? ¿Quizá la psicosis no sea la manifestación más extrema de división interna, hasta el punto de que las voces que se oyen, a pesar de proceder de dentro, se perciben como algo externo y amenazador?

 

Vivimos aún en un mundo que tiende a ocultar, a tapar aquello que no gusta o que no sabe interpretar y aceptar. Y muchos profesionales reflejan, en muchas ocasiones, esta misma conducta. Sin embargo, los últimos avances en neurociencia y en psicoterapia coinciden en que es la integración la pieza clave para lograr la superación de todo el malestar psíquico y emocional, y en esa integración, la aceptación de la realidad tal cual es y fue es el paso fundamental, y los profesionales tienen el gran papel de acompañar en ese proceso.

 

Para rizar aún más el rizo, recientemente el Prof. Jim van Os, de la Universidad de Maastricht, impartió esta conferencia que desmonta la visión extendida y aceptada de lo que es la esquizofrenia, y plantea muchos interrogantes. Incluso recalca que los genes que, presuntamente, aumentan el riesgo de padecer psicosis son los mismos que confieren una mayor creatividad. Siempre se ha visto que la frontera entre la creatividad y la locura era muy fina. Pero, ¿acaso la locura no ha sido la forma más creativa que ha tenido el cerebro para permitir la supervivencia de las personas que han vivido experiencias de sufrimiento en edades muy tempranas?

 

 

A modo de final, me nace esta reflexión, poniéndome por primera vez en la piel de una persona que sufre psicosis y a la cual tiendo mi mano y abro mi corazón: “No puedo luchar contra mis voces, pues son parte de mí. Solo puedo escucharlas desde el corazón, abrirme a conversar con ellas desde mi yo más coherente, comprender qué emoción hay detrás de cada una de esas voces que me cuesta reconocer como mías, qué vivencias llevaron a que hoy tengan esa necesidad de expresarse, y solo puedo tenderles mi mano para acogerlas, para aceptarlas y convivir con ellas, sabiendo que reconocerlas es una forma de reconocer mi propia historia, mi propio sufrimiento, como primer paso para trascenderlo y dejar la puerta abierta a que el amor y la confianza realmente se asienten en mi vida.

 

Referencias

  • Boon, S., Steele, K., & Van der Hart, O. (2015). Vivir con disociación traumática. Bilbao: Desclée de Brouwer.
  • Van der Hart, O., Nijenhuis, E., & Steele, K. (2008). El yo atormentado. La disociación estructural y el tratamiento de la traumatización crónica. Bilbao: Desclée de Brouwer.
  • Wallin, D. (2012). El apego en psicoterapia. Bilbao: Desclée de Brouwer.

 

Trátame con mucho tacto: el profundo significado de una caricia

 

Te propongo un momento de serenidad para comenzar. Solo tienes que cerrar los ojos, inspirar profundamente, y colocar tu mano derecha bien abierta sobre tu corazón, siente su tacto, a la vez que liberas el aire de forma lenta a través de tus labios. Puedes colocar también tu otra mano sobre tu vientre. Respira lentamente varias veces manteniendo esta posición. Puedes prestar atención al calor que desprenden tus manos en tu pecho y en tu abdomen, al roce del aire en tus labios al espirar. ¿Qué sensación interior estás teniendo? ¿Qué se mueve o se detiene dentro de ti? Puede que hayas vivido una experiencia de reencuentro contigo mismo. Y, seguramente, el elemento que ha tenido más peso en ello ha sido tomar conciencia de tu propio tacto.

 

El tacto como puerta de la afectividad

El tacto es uno de los sentidos que se desarrolla a etapa más temprana en el embrión humano. La piel comienza a llenarse de terminaciones nerviosas que conectan con el sistema nervioso en desarrollo, y esto permite al embrión y posteriormente al feto recoger sensaciones táctiles cuando aún se encuentra nadando en el líquido amniótico. Su propio movimiento y el de su madre suponen un estímulo continuo antes de nacer, con contracciones, vibraciones, roces dentro del vientre materno, que contribuyen a la maduración de este sentido.

Tal es la importancia del tacto, que nada más nacer, lo más importante es proporcionar al recién nacido el contacto piel con piel con su madre. Las prácticas habituales hasta no hace muchos años se basaban en separar inmediatamente al bebé de su madre, lavarlo, monitorizar el estado de salud y ya al cabo de un rato, devolvérselo a ella. Pero se demostró que, tan importante como respirar, es ese contacto inicial entre los dos implicados para generar un vínculo basado en el tacto, el olor, el sabor, los sonidos, que permitirá al bebé normalizar sus constantes vitales, regular su desbordamiento emocional ante la llegada a este mundo desconocido, y reducir el estrés tras la traumática vivencia del parto. En las unidades de neonatología se practica ya desde hace años el método canguro, especialmente importante en niños prematuros que requieren del contacto directo con la piel de su madre para reducir su frecuencia cardiaca, regular su respiración y el aporte de oxígeno, y controlar su temperatura corporal.

 

Tacto piel con piel

Tacto piel con piel entre recién nacido y su madre

 

¿Qué sentido tiene que sea tan necesario ese contacto continuo con la madre?

Se ha especulado mucho sobre ello, y desde un punto de vista evolutivo, una hipótesis considera que, para que fuera posible que el ser humano evolucionara hacia la bipedestación, es decir, mantenernos sobre dos piernas, se hacía necesaria una anchura de cadera limitada. Una de las consecuencias de ello es que el periodo de gestación de las crías humanas no podía alargarse hasta que hubiera un desarrollo avanzado, sino que una parte importante de la maduración debía realizarse ya fuera del útero. Es por ello que los bebés humanos son las crías de mamífero menos maduras y más indefensas, y por tanto, la naturaleza ha propiciado que sea necesario un contacto continuo con su progenitor para lograr la sensación de seguridad que permita proseguir el desarrollo, además de proporcionarle alimentación y cuidados. Cuando este contacto no se da o es menor que el necesario, surge el llanto desgarrador, que es la señal de alarma más importante que tiene un bebé para llamar la atención.

Aunque en los últimos años ha habido un cambio importante a favor del contacto físico con los bebés, aún pesan las creencias de que “demasiados brazos malcrían al niño”, o que “es mejor que se acostumbre a estar solo”. Realmente, estamos barriendo, desde un punto de vista “adultocéntrico”, las necesidades evolutivas, y nos permitimos juzgar sin comprender lo que hay detrás de una manifestación de alerta de un bebé.

Además de conferir seguridad y facilitar el apego, el contacto físico con el bebé le permite desarrollar su conciencia corporal, la estimulación de su piel permite generar conexiones a nivel cerebral que le permiten ir desarrollando un esquema de su propio cuerpo, de sus movimientos y contribuir a generar su “yo somático”.

 

 

La oxitocina como llave para vincularnos y relacionarnos en positivo

¿Qué base biológica hay detrás de la necesidad del contacto físico para generar vínculos? En las últimas décadas se ha hecho un esfuerzo importante para comprender qué nos mueve afectivamente hacia las otras personas, y parece que existe una hormona, la oxitocina, que está detrás de todo ello. Esta hormona interviene en el momento del parto y también durante la lactancia, pero lo que parece ser aún más relevante es que cualquier estimulación táctil y, en general, sensorial, que nos resulte agradable, eleva sus niveles y nos hace más proclives a “conectar” con los otros. Parece que hay una tendencia a menor niveles de esta hormona en personas que muestran un apego inseguro, y cuando existen ciertos problemas de salud, como depresión, esquizofrenia, fibromialgia o ciertos síndromes asociados a dolor crónico.

En general, se ha demostrado que unos niveles adecuados de oxitocina se asocian con un mejor estado de salud, que se plasma con un menor riesgo cardiovascular, menor tensión arterial, menor ritmo de envejecimiento, menor riesgo de infecciones ciertos tipos de cáncer, etc. La oxitocina se genera ante situaciones que nos “mueven” emocionalmente, como una mirada intensa y profunda, una caricia u otra manifestación de tacto afectivo, también ante un masaje, una relación sexual o con la ingesta de alimentos. Incluso, esta hormona está detrás de la conexión existente entre humanos y perros, ya que en ambas especies, un contacto visual afectivo eleva los niveles de oxitocina y contribuye al vínculo.

 

El poder de un buen abrazo

Aunque escasos, son interesantes los estudios científicos relativos a los abrazos sobre la salud. Se ha demostrado que las mujeres en etapa postmenopáusica que compartían más abrazos con sus parejas tenían niveles más elevados de oxitocina, así como una tensión arterial y una frecuencia cardiaca más bajas. Otro estudio experimental con adultos sanos a los que se inoculaba un virus que producía cuadros respiratorios leves ha puesto de manifiesto que cuando la persona percibe un mayor apoyo social y recibe más abrazos, tiene menor tendencia a enfermar, y si lo hace, mostrará signos menos graves de enfermedad.

 

 

Una forma de cambiar el mundo: el masaje infantil

Ante las evidencias de la importancia del tacto en nuestra vida, y nuestra dificultad para sentirlo de forma natural, ha habido diferentes aproximaciones para ir generando una visión desprovista de juicios pero sí provista de apertura en cuanto al tacto. Una de ellas ha venido siendo impulsada desde la década de 1970 por Vimala McClure, que se propuso difundir el masaje infantil como una herramienta que, heredada de algunas tradiciones culturales, pudiera ser transmitida a todos los padres y de este modo generar y reforzar el vínculo con sus hijos. La International Association for Infant Massage (IAIM) es la asociación internacional que potencia esta herramienta y en España, a través de la Asociación Española de Masaje Infantil (AEMI), se ofrecen cursos para educadores que sigan difundiendo esta práctica. Generar espacios donde madres y padres puedan conectar con sus bebés de forma natural, piel con piel, sintiéndose desde el corazón, puede ser una de las formas de lograr un mundo más humanizado.

 

 

Y para terminar …

Para finalizar este viaje a través del tacto, te propongo una nueva experiencia. Puedes escuchar el sonido de lluvia que te facilito en el próximo enlace, cerrar los ojos, y e imaginar que las yemas de tus dedos son esas gotas que van a ir empapando tu cuerpo. Puedes realizar pequeños golpecitos por todo el cuerpo, comenzando por tu frente, tu cara, tu cuello, detente en el pecho, sigue por brazos, luego abdomen, cadera, piernas … Siente el golpeteo rítmico ajustado a esa lluvia y permítete acoger las intensas sensaciones que seguramente se generen. Imagina que es tu forma de reconocerte y darte amor.

 

 

Referencias

  • Cohen, S., Janicki-Deverts, D., Turner, R. B., y Doyle, W. J. (2015). Does hugging provide stress-buffering social support? A study of susceptibility to upper respiratory infection and illness. Psychological Science 26, 135–147.
  • Light, K. C., Grewen, K. M., y Amico, J. A. (2005). More frequent partner hugs and higher oxytocin levels are linked to lower blood pressure and heart rate in premenopausal women. Biological Psychology 69, 5–21.
  • McClure, V. (2014). Masaje infantil. Guía práctica para el padre y la madre. Barcelona, Ediciones Medici.
  • Uvnäs-Moberg, K., Handlin, L., y Peterson, M. (2015). Self-soothing behaviors with particular reference to oxytocin release induced by non-noxious sensory stimulation. Frontiers in Psychology, 5, 1529.