El sentir como guía

Deseo y rechazo

Las personas tendemos a sentir deseo y apego hacia lo placentero y disgusto y rechazo hacia lo doloroso. En los Yogasūtra de Patañjali (2.7-8) se menciona como la pasión sigue al placer y la aversión al dolor. Esto resulta evidente porque así lo experimentamos en nuestra vida.

Sin embargo, ¿se trata de algo puramente instintivo o depende en buena medida de nuestras vivencias y de lo que nos contamos acerca de la realidad? Por ejemplo, acudir a un lugar determinado y estar en contacto con ciertas personas puede causarnos rechazo en unas ocasiones y agrado en otras. O realizar una determinada actividad puede haber sido placentero en un momento de nuestra vida y resultarnos desagradable en otro. Por tanto, lo que consideramos doloroso o placentero puede diferir incluso teniendo el mismo objeto o circunstancia como referente.

El sentir como guía

El sentir nos informa

La vivencia subjetiva de una situación, lo que pensamos y nos decimos acerca de algo, influye enormemente en nuestra forma de sentir y, a su vez, este sentir, en su forma original, nos da un mundo de información sobre el camino a seguir.

Lo habitual es que nos dejemos arrastrar por lo que sentimos y que lo alimentemos o intentemos reprimir, a través de nuestro diálogo mental: “es que esta persona es tal”, “no debería sentirme así”, “seguro que cuando me vean van a pensar x”, etc.

El “dejarse arrastrar”, por el diálogo mental y por las emociones que este despierta, se produce porque en lugar de ahondar en lo que sentimos huimos con el ruido, la dramatización, la culpabilización del exterior, la racionalización y otros tantos mecanismos por los cuales quedamos a merced de unos sentimientos que parecen sobrepasarnos.

El miedo a sentir sentimientos «malos»

¿Qué ocurre si cuando sentimos disgusto, enfado, celos, envidia, tristeza, incertidumbre, miedo… nos permitimos reconocer lo que estamos sintiendo y escucharlo internamente? No para que desaparezca, sino con la curiosidad de comprender lo que ese sentir quiere decirnos, el “para qué” apareció.

Cito como ejemplo los sentires que nos disgustan porque son los que tendemos a rechazar y negar sin antes escuchar su mensaje de fondo.

En el s.XVII el filósofo holandés, Baruch Spinoza, puso de manifiesto que las pasiones como el odio, la ira, la envidia, etc. aparecen por alguna razón “y tienen ciertas propiedades, tan dignas de que las conozcamos como las propiedades de cualquier otra cosa en cuya contemplación nos deleitamos”.

Pues bien, cuando reconocemos lo que sentimos, le otorgamos su lugar y escuchamos su mensaje, podemos descubrir lo que ese sentir quiere de bueno para nosotros, entendiendo por bueno lo que contribuye a la expresión más plena de nuestro ser.

Resulta que la ira puede querer que me exprese y sepa poner límites, o los celos pueden estar informándome del miedo a la pérdida y de la inseguridad sobre mi propia valía, pretendiendo imponer un control de lo externo, o la envidia puede estar expresando el anhelo de creatividad y realización que tal vez yo misma estoy castrando en algún punto.

Dar con la información del sentir

Para dar con la información que contiene el sentir, necesitamos mirar profunda y honestamente hacia dentro, mirar lo que sentimos sin juzgarlo, ubicar en qué parte del cuerpo lo sentimos, observar imparcialmente los sentimientos y si hay algún diálogo que lo esté alimentando, hasta llegar a su forma más pura, la forma original en la que apareció, antes de todo diálogo mental, con la intención de guiarnos hacia la felicidad.

Si no podemos evitar enjuiciar lo que sentimos, habrá que observar también cómo aparecen los juicios y qué discurso interno los alienta. El secreto está en observar a fondo todo lo que aparece, sin otra pretensión más que la de ver lo que es tal como es en este momento y en la medida de lo posible comprender lo que pueda ser comprendido.

Llegados a este punto, es necesario aclarar que el hecho de permitirnos sentir nada tiene que ver con la expresión explosiva de las emociones, ni las experiencias catárticas fruto de dicha expresión, y menos todavía nos referimos a la posibilidad de herir física o verbalmente a otros seres justificándolo con nuestro “derecho a expresar lo que sentimos”.

En absoluto acoger lo que sentimos implica dar carta blanca al sentir mediante actos irreflexivos, mas al contrario, significa sostener ese sentir y acompañarlo como quien acompaña a un amigo en un momento difícil, hasta que, recogido su mensaje, pueda ser expresado con ecuanimidad y total legitimidad.

Resulta, pues, que lo que sentimos, sea agradable o desagradable, es siempre un indicador de si vamos por “buen camino”, de si aquello que estamos haciendo nos conduce hacia el despliegue de todo nuestro ser o nos aleja de lo más auténtico de nosotros mismos.

El yo profundo que nos guía

Las sabidurías de la antigüedad, tanto en occidente como en oriente, tenían en cuenta aquella parte de nosotros que nos orienta y guía en el camino de la vida. Sócrates lo llamaba el daimon, una especie de divinidad interior, los estoicos hablaban del regente interno del mismo modo que lo hace el hinduismo utilizando la palabra sánscrita antaryamin.

El antaryamin es, pues, regente interno,  el yo profundo, la sabiduría que mora en nuestros corazones, lo divino que nos guía en contacto con la totalidad del universo.

Esta sabiduría del yo profundo reconoce la unidad subyacente de todo cuanto existe. Todo está interconectado porque todo se sostiene en la misma Conciencia, todo está hecho, en última instancia, de la misma pasta, de la misma energía… Un bonito ejemplo que nos ayuda a comprender mejor en qué consiste este regente interno (antaryamin) es la imagen de una bandada de pájaros, en la que cada pájaro individualmente sigue a los demás pero todos lo hacen regidos por la unidad de la bandada, impelidos por una inteligencia superior que mora en cada uno de ellos y a su vez en la totalidad.

El regente interno, nuestro verdadero ser

En la Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad, después de haber descrito el regente interno como aquel que mora en el interior de cada uno de los elementos que constituyen el universo y los rige sin ser conocido por ellos, se resume así la naturaleza del regente interno:

Ese es tu verdadero ser, el rector interno, el inmortal, el vidente invisible, el oyente inaudible, el pensante impensable, el conocedor desconocido. No hay ningún otro vidente, sino él. No hay ningún otro oyente, sino él. No hay ningún otro ser pensante sino él. No hay ningún otro cognoscente sino él. El es tu ser, el rector interno, el inmortal. Todo fuera de él es pura miseria”.

Ese regente interno, siempre nos está guiando, pero no siempre lo escuchamos, no siempre lo creemos ni confiamos en su saber.

Volviendo al ejemplo de los pájaros, sería como el pájaro que dijese “pues yo en lugar de volar con todos voy a ir andando”, rechazando así su naturaleza voladora y negando la totalidad de la que forma parte.

Cuando hablamos del sentir como guía, nos referimos a la escucha de esta sabiduría interna, que en ocasiones toma la forma de agradecimiento, alegría y amor, pero también puede tomar la forma de enfado, tristeza, incertidumbre, etc. para devolvernos hacia la alegría última, la del gozo de ser y su pleno despliegue.

Respuestas que no están en Google

Pregúntale a Google

Muchas personas nos hemos acostumbrado a buscar en Google cualquier duda que tenemos respecto al uso de un término, a cómo sucedió exactamente algo, dónde podemos encontrar un determinado producto, qué conocimientos nos puede ampliar acerca de un tema…

Si quieres saber algo, pregúntale a Google: cursos, restaurantes, obras de teatro, libros, enciclopedias, artículos divulgativos, artículos de regalo, artículos para el hogar…Buscamos respuestas en Google.

Qué fácil es hoy en día encontrar información, por lo menos en cantidad, la calidad ya es otro tema.

¿Qué pasa cuando Google no tiene respuesta?

Sin embargo, hay preguntas para las que Google no tiene respuesta. Cuando me pregunto qué hacer en este momento de la vida, qué sentido tiene la forma en la que estoy viviendo, cómo manejar una situación, si estaré actuando de forma acertada…Me siento tentada a preguntarle a Google. Quisiera teclear lo que siento, darle al enter y que apareciese una respuesta transformadora.

respuestas

Pero no hay respuestas y mucho menos respuestas transformadoras. Google no puede responder a estas preguntas, a lo sumo podemos echar una tirada de cartas del tarot online, pero tampoco esas respuestas serán la respuesta, a menos que ésta la sintamos nacer del corazón.

Y ese es el quid de la cuestión. Cuando Google no tiene respuesta, no nos queda otra que mirar hacia dentro.

Mirar hacia dentro no es cerrar los ojos

Mirar hacia dentro no significa perder de vista el mundo alrededor, ni dejar de apreciar y tener en cuenta cómo el otro nos puede hacer de espejo y darnos pistas importantes sobre nosotros mismos.

Mirar hacia dentro es la capacidad de ver al otro y verme a mí misma, con el otro, en el otro y en mí.

Ahora bien, ocurre a menudo, o al menos esa es mi experiencia, que me pierdo en el otro, me voy con el otro y con lo otro sin mantener un pie en mí misma.

Huir de una misma

Internet, entre otros grandes inventos del s.XXI, tira hacia lo externo, lo superficial. La gran cantidad de información y datos en los que podemos sumergirnos, nos sacan de nuestro centro dispersando fácilmente nuestra atención de una lugar para otro.

huir de una misma

Si parece que nunca fue fácil mirar hacia dentro, las nuevas tecnologías todavía lo dificultan más.

Por supuesto, hay que reconocer la aportación que suponen y el buen uso que se pueden hacer de ellas, pero eso no quita que su acción en nosotros tienda a llevarnos hacia fuera. Y es tan fácil huir de una misma. Incluso diría que a veces es tentador, ya que no siempre se siente una preparada para sostener aquello con lo que se puede encontrar.

Nos encanta la seguridad

Son muchos los mecanismos para huir de una mirada profunda y honesta hacia uno mismo. A lo largo de la historia las religiones, doctrinas e ideologías de distinta índole han servido a este respecto.

Tampoco entonces había respuestas y de ahí que encontrar un dogma o una ideología a la que aferrarse parece que ha sido siempre una vía fácil y aparentemente tranquilizadora. Nos encanta la sensación de seguridad, aunque esté construida sobre un precipicio y la Vida, en constante cambio y transformación, no sabe nada de seguridad.

En aras de la sensación de estabilidad, somos capaces de agarrarnos a un clavo ardiendo, buscando respuestas a las que aferrarnos y que nos den esa seguridad que tanto anhelamos.

Queremos fórmulas. Que nos aseguren que si hacemos esto y aquello obtendremos lo que deseamos y no siempre estamos dispuestos a cuestionar el sentido de lo que deseamos, ni la precariedad de las respuestas a las grandes preguntas de la vida.

De hecho, me atrevería a decir que esa es una de las causas inmediatas de la proliferación de terapias, cursos y charlas para atraer la abundancia, para ser positivos, para tomar las riendas de nuestra vida, etc. ¿No ando buscando que alguien desde fuera me de la llave? ¿Y si no hay llave? ¿Y si la llave está dentro? ¿Y si resulta que esa llave abre otras puertas que no son las que yo pensaba?

En el ojo del huracán

Pero no hay respuestas que desde fuera nos puedan proporcionar ninguna tranquilidad. Toda tranquilidad que proceda de algo que hemos asimilado desde la superficie va a ser sólo aparente.

La verdadera tranquilidad es aquella que procede de la capacidad de situarnos en el ojo del huracán. Aunque todo alrededor se transforme constantemente, hay en lo más profundo de nosotros una forma de estar que es testigo de todo lo que va y viene, el ojo del huracán inmóvil en el centro de toda la vorágine.

ojo del huracán

Lo más curioso es que desde ese lugar ya no se buscan respuestas sino que se viven esas respuestas, se es la respuesta y las preguntas siguen latiendo como horizonte de comprensión del Misterio de la Vida.

Soy

Situados en el ojo del huracán, en el centro del corazón nítido, se abraza el Misterio como tal, sin intentar responderlo, y sin embargo, y esta es la paradoja del Misterio, al abrazarlo, el Misterio se disuelve en un grito de dicha : “¡Soy!”.

Google puede satisfacer nuestra curiosidad o darnos información sobre el mundo, pero nunca nos desvelará el corazón de este mundo, su secreto, porque este secreto sólo puede des-cubrirse en el corazón.

La conciencia testigo

¿Todo cambia?

En este mundo todo cambia. Si observamos el proceso de apertura y decaimiento de una flor lo podemos ver claramente. Sin embargo, aunque sabemos que, por ejemplo, las montañas también están en un constante proceso de erosión y transformación, ya no resulta tan evidente a simple vista. El caso es que sabemos a ciencia cierta que nada de lo que vemos, tocamos o percibimos a través de los sentidos es eterno y afortunadamente tampoco los pensamientos son eternos, aunque a veces de tan repetitivos lo parezcan. Pero existe algo capaz de observar todos esos cambios y a ese algo lo llamamos Conciencia testigo.

La Conciencia testigo no cambia

En la sabiduría no-dual del vedānta se dice:

“La forma es lo percibido y la mirada es la que la percibe. Esta mirada es ahora lo percibido y la mente es la que la percibe. La mente con sus modificaciones es percibida y la Conciencia-Testigo la que percibe, sin ser percibida a su vez.” (Dṛg- dṛśya- viveka, 1).

Este es un ejercicio que podemos realizar de modo práctico. Vamos allá: observa un objeto y date cuenta de su color y forma. Ahora observa la mirada, la capacidad del ojo para percibir el objeto. ¿Quién se da cuenta de esta percepción? Es la mente la que se da cuenta de como el ojo ve, el oído oye, etc… Observa como incluso con los ojos cerrados aparecen y desaparecen constantemente varios pensamientos. ¿Quién observa la mente que piensa?

Aquí es donde el advaita vedānta nos habla de un observador último al que denomina Conciencia testigo. Es la Conciencia que hace posible toda la secuencia de percepciones y que hace posible la observación, sin embargo ya no hay otra Conciencia que es consciente de Ella sino que Ella misma es autoconsciente. Es a esta Conciencia última a la que se le llama Conciencia Testigo.

La conciencia se da cuenta

Todo en este mundo está en constante cambio pero hay una conciencia que se da cuenta de todos estos cambios sin ser a su vez alterada. Un ojo no ve de por sí, el oído no oye de por sí, la mente no piensa por sí misma, etc. sino que hay Algo, una Energía por la que el ojo ve, el oído oye, la mente piensa… Sin embargo, en el caso de la mente, tendemos a identificarla con el cuerpo y con las habilidades cognitivas, las emociones y en definitiva con la personalidad limitada que denominamos “yo” y a causa de esta identificación, creemos que la mente tienen luz propia. Cuando decimos “yo veo este objeto”, “yo escucho esta música”, “yo pienso esto”… ¿Quién es ese “yo”?

La luz de la Conciencia

A menudo identificamos el “yo” con el cuerpo, la personalidad y las características limitadas que hemos atribuido a una Conciencia que es en realidad infinita y sin la cual no habría posibilidad de percibir, hacer, pensar… Sería algo así como el reflejo del sol en un espejo cuyos rayos rebotaran en una habitación oscura que a causa del reflejo de la luz del espejo se viese iluminada. En esta imagen que nos brinda la propia tradición, la habitación sería el cuerpo, el espejo la mente más sutil y el sol la Conciencia Testigo.

El cuerpo actúa gracias a la mente que ejecuta sus órdenes, pero a la vez esta recibe la luz de la Conciencia última que le da la capacidad de ser consciente. ¿Podría ser que todo lo que suelo considerar como “yo” fuera en realidad una expresión de una misma Conciencia en todos los seres, una Conciencia que parece presentarse bajo múltiples formas y nombres, aunque en realidad es una sola? Como el sol que ilumina múltiples objetos siendo él uno solo. Quita el nombre y la forma de todo cuanto percibes y lo que queda, Aquello es lo Eterno, tu Esencia última, lo que permanece dándose cuenta de todos los cambios.

A la práctica

Preguntarnos con honestidad

Todos estas cuestiones corren el riesgo de convertirse en una abstracción del pensamiento que se divierte creando este tipo de argumentos, a menos que estemos dispuestos a preguntarnos con honestidad, con sinceridad, dispuestos a no recibir respuesta, a soltarnos al Misterio. Revisar en mis acciones ¿qué me permite ver?, ¿qué me permite pensar?, ¿impelido por qué clase de energía respiro?, etc. Cuando me respondo “yo”, ¿a qué me refiero?, ¿a mi nombre, mi cuerpo?, mi personalidad?… y si no aceptamos ninguna de estas respuestas ¿qué es lo que queda? Tal como han planteado algunos sabios, ¿quien era “yo” antes de nacer?, ¿dónde estaba?, ¿quién soy mientras duermo profundamente sin ni siquiera soñar nada?

El pensar sinceramente en todo este tipo de cuestiones nos permite desapegarnos del automatismo de pensar que “yo hago, digo, pienso, percibo y siento” y darnos cuenta de ese algo mayor que el pequeño “yo”, que hace posible que “yo haga, diga, piense, perciba y sienta”.

La autoindagación constituye por sí misma una práctica muy valiosa que nos conduce al reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza.

“Con la desaparición de la identificación con el cuerpo y el conocerse como Conciencia suprema, donde sea que se dirija la mente habrá experiencia de samādhi (vivirse como Pura Conciencia)”. (Dṛg- dṛśya- viveka,verso 30)

El yoga como herramienta

La práctica del yoga nos puede proporcionar un espacio y unas técnicas para ir quitando las capas de cebolla con las que nos identificamos y llegar al núcleo, a la Conciencia testigo que observa todos los procesos mentales, que al ser observados se disuelven.

Observar el cuerpo al hacer una postura y observar aún la mente que se da cuenta de esa postura, la mente con todos sus pensamientos que tal vez huye de la postura a través de otros pensamientos o a través de sus juicios, da lugar a una práctica del yoga dirigida a purificar la mente y nos acerca a la posibilidad de descubrirnos como Conciencia testigo. Los objetos, el cuerpo, la mente,etc. cambian, pero el Testigo no cambia. Lo mismo podemos aplicar a los ejercicios de prāṇāyāma (control de la respiración) o si hacemos alguna práctica meditativa. Y, sobre todo, en nuestra vida diaria, en cualquiera de nuestras acciones cotidianas. La observación es fundamental porque es la observación la que nos devuelve a nuestra verdadera naturaleza, al hecho de Ser, Testigos de todo lo que aparece y desaparece.

¿Qué es eso llamado Conciencia?

¿Conciencia?

Hace tiempo, en clase de yoga, una niña me preguntó qué es la Conciencia. A propósito de una estrofa que estábamos aprendiendo a cantar, les contaba a los niños el significado de las cualidades sat-cit- ananda, inherentes a la Conciencia universal que  en sánscrito se llama brahman. Sat – les decía – significa “aquello que es y que nunca puede dejar de ser, aquello que siempre existe”. Ananda es la felicidad infinita, una felicidad que nunca cesa. Cit es la Conciencia Absoluta. Y entonces fue cuando surgió la duda ante esa extraña palabra ¿Conciencia?

En occidente la palabra conciencia tiene un significado estrechamente vinculado a la dicotomía entre lo bueno y lo malo. Si te portas bien tu conciencia estará tranquila, mientras que si te portas mal sentirá el peso de la culpa. La conciencia es en muchos contextos, una especie de voz- sabiduría interna que nos indica el camino a seguir, lo que nos hará sentir bien y lo que nos hará sentir mal.

También se habla actualmente de un “cambio de Conciencia” colectivo.  Se dice que estamos viviendo un momento de apertura y/o cambio, para indicar, a mi entender, una nueva comprensión del mundo y del universo que parece que ha de llevar al hombre a dar un nuevo paso evolutivo. En este caso la Conciencia es algo más amplio que el sentir individual y sin embargo, parece algo que alcanzar, un estado al que llegar o que es susceptible de desarrollarse.

La Conciencia como luz

En el contexto de la tradición no-dualista del vedanta la Conciencia no puede sufrir alteración alguna, no puede crecer ni decrecer, no puede expandirse ni abrirse, no es algo que va y viene, ni que podamos poseer…

La Conciencia es justamente aquello que está más allá de todo juicio, más allá del bien y del mal por su carácter transcendente y que a la vez tiene también la cualidad de la inmanencia, ya que es aquello que no vemos pero por lo cual todo es visto y conocido. Brahman es la palabra que se utiliza para referirse a esta Conciencia que sostiene todo el universo, mientras que la palabra atman se se refiere a la Conciencia en el individuo.

El mensaje fundamental del advaita vedanta (vedanta no-dualista) es, precisamente, mostrarnos la identidad entre brahman y atman, la perfecta identidad entre la Conciencia universal y la individual. La Conciencia es, pues, algo que todo lo penetra, que a todo subyace y por eso es común en todo.

Aún así, es posible que sigamos sin ver claramente en qué consiste esto de la Conciencia. Vamos juntos a ello, a ver si sacamos algo en claro. Antes de ver cada respuesta mira de responderla por ti:

 

  • ¿Cuál es la luz que te permite conocer todo lo cognoscible?

  • La luz del sol, en el día y la de la lámpara por la noche

  • ¿Y a través de qué luz ves el sol y la lámpara?

  • A través de los ojos

  • ¿Y cuando cierras lo ojos, qué luz de conocimiento hay entonces?

  • El intelecto

  • ¿Y cuál es la luz para percibir el intelecto?

  • Yo, soy ahí la luz

A esto el maestro respondió: “entonces, tú eres la luz suprema”. Esta breve historia es una estrofa atribuida a unos de los pensadores más importantes de la tradición India y al mayor exponente del vedanta no dualista, Shankaracharya.

¿Qué es eso llamado Conciencia?

La distinción entre el Yo-profundo y el yo-limitado

La historia anterior nos muestra dos puntos bien interesantes:

Por un lado, aquello que llamamos Conciencia, resulta ser la Conciencia por la cual vemos, tocamos, olemos, oímos, sentimos. Es la Conciencia Pura porque sin verse alterada por nada, hace posible tomar conciencia de cualquier cosa.

Por otro lado, y esta es la gran noticia que nos ofrece el advaita vedanta, se afirma que cada uno de nosotros es esa Pura Conciencia, que aquel referente último del cual decimos “Yo” es la Conciencia que me permite conocer y actuar.

Es importante no confundir el “Yo-profundo” con la persona limitada por la personalidad, pensamientos, características físicas, etc.

El “Yo” es precisamente la Conciencia única que es la misma en todos los seres y que hace posible el “yo” perecedero y limitado con el que nos solemos identificar. Es precisamente la confusión entre estos dos “Yoes” la que nos acarrea sufrimiento, porque en cuanto la Conciencia (el “Yo” ilimitado e infinito) se expresa a través de nosotros, nos confundimos y creemos que es el “yo” limitado (yo finito, yo -cuerpo, yo – mente, etc.) el que hace, dice, conoce…

La Conciencia como sostén

La Conciencia no es algo que percibamos con los sentidos, pero sí que es aquella energía que permite que percibamos y conozcamos a través de ellos. No soy “yo” la que ve sino que es la Conciencia la que ve a través de “mis” ojos, si acaso puedo decir que los ojos me pertenecen.

Más allá de la vida y la muerte, es aquello que permite que el mundo aparezca ante nuestra mirada y en este sentido es el sostén de todo cuanto existe.

Por supuesto, a aquella niña no le respondí algo tan complejo, pero sí que los invité a todos a hacerse la siguiente reflexión y ahora también tú estás invitada: “¿qué es lo que distingue a un ser vivo de un cadáver?”

Miras una mariposa, está revoloteando torpemente, parece que está a punto de morir en el suelo y ella sigue batiendo las alas  mientras da vueltas sobre sí misma. Cae sobre sus alas, mueve algo las patas y ¡zas! Deja de moverse por completo, se queda tiesa, ya no hay aleteo, el cuerpo ha quedado inerte… ¿qué es lo que pasó? ¿qué es lo que cambió? ¿está eso que llamamos Conciencia presente también en ese cadáver o está sólo presente en los seres vivos? ¿Qué es eso que llamamos Conciencia?

Vivir intensamente

Vivir intensamente depende de nosotras.

Una amiga me contaba como una vez se encontraba entre unos conocidos que llevaban rato dando vueltas a temas irrelevantes y superficiales y al ver que no había manera de mantener una conversación sincera se levantó y dijo “lo siento pero me estoy muriendo” y se marchó. Fue su manera de expresar que no estaba interesada en malgastar el tiempo en conversaciones y relaciones que no sumasen a un Vivir pleno y consciente, a vivir intensamente.

Recuerdo que cuando me lo contó me pareció un poco exagerado, pero había una gran verdad en sus palabras y su acción: desde que nacemos estamos muriendo y es importante valorar de qué modo queremos vivir.

Vivir intensamente

¿Qué significa Vivir?

La muerte como horizonte nos plantea la cuestión sobre lo que significa vivir. Hay un vivir que tiene que ver con la actividad interna que poseen los seres vivos. Pero hay un Vivir que tiene que ver con el sentido de ser y con la dicha que proporciona el pleno desarrollo de ese ser.

Cuando nos preguntamos por la vida y su sentido cabe preguntarse también ¿qué significa vivir intensamente? Hagamos la prueba. Antes de seguir leyendo piensa a qué te suena si te hablo de vivir intensamente.

Vivir intensamente

En el cine , en los anuncios de televisión, en las redes sociales, en las revistas, en algunos libros y en los medios de comunicación en general, se transmite a menudo la idea de que vivir intensamente es hacer muchas cosas y por supuesto todas ellas de nuestro agrado.

Vivir intensamente

 

Parece que vivir intensamente es sinónimo de hacer actividades que nos suban la adrenalina (parapente, puenting, salto base y deportes de aventura varios), viajar, salir de marcha, comer copiosamente, hacer “locuras”, apuntarse aun bombardeo… Esta es una imagen muy falseada de lo que significa vivir intensamente y por ende la felicidad. Vivir intensamente no tiene nada que ver con hacer, ni con consumir la felicidad que nos venden con productos externos.

Vivir intensamente tiene que ver con vivir de forma auténtica, lo cual implica ser honesto y coherente con uno mismo.

La intensidad de la vida no se mide en cantidad, no tiene que ver con que una vida sea larga o corta, sino que se mide en calidad y la calidad, de nuevo, no se mide en cantidad, si haces más o menos cosas, o si tienes más o menos cosas, sino en profundidad, en veracidad y en la paz que una encuentra en la coherencia con lo que es.

 

¿Estamos viviendo una vida auténtica?

Resulta entonces, que un tema tan tabú como la muerte nos invita mirar si estamos viviendo una vida auténtica. O si, por el contrario, nos limitamos a seguir gustos ajenos, complacer las expectativas de otras personas y dar satisfacción  a pequeños placeres que a largo plazo nos conducen en dirección opuesta a una vida en paz con nosotras mismas. 

 

Distinguir entre lo placentero y un bien mayor

En la Kaṭha Upaniṣad hay un momento en el que el dios de la Muerte elogia al joven protagonista de la historia por su capacidad de saber distinguir entre lo que verdaderamente conduce hacia un bien mayor, a saber, el conocimiento de sí mismo, y lo que no.

Naciketas distingue claramente lo que es más placentero,  pero a fin de cuentas efímero,  de aquello que aunque a corto plazo no siempre resulta lo más placentero le aporta el mayor de los bienes, la inmortalidad eterna. Ese bien mayor consiste en descubrir su esencia, más allá del cuerpo físico, de las posesiones, la familia, los amigos y los roles sociales y esa esencia es la Vida que nunca muere.

Ambos, lo mejor y lo placentero

se presentan al hombre.

Los sabios lo valoran, ven la diferencia

y eligen lo mejor por encima de lo placentero.

Pero el tonto elige lo placentero,

en lugar de lo que es beneficioso” (Ka. Up. 2.2)

Hay que comprender que el mensaje no dice que tengamos que renunciar a los placeres por el hecho de ser placeres, ni que lo mejor no pueda, en un momento dado, ser placentero. A lo que se refiere es a que no siempre lo que es lo mejor es lo que más nos apetece.

Tomemos el ejemplo del medicamento amargo que nos puede curar. No es lo más apetecible tomarlo, pero es lo que nos devolverá la salud.

Vivir intensamente

Saber elegir lo mejor

Para elegir lo mejor es necesario tener una visión amplia, en la que podamos valorar lo que realmente suma a nuestra vida en su totalidad y tener el valor para soltar aquello que, aunque a primera vista puede resultar muy suculento, no nos conduce a lo más auténtico de nosotros mismos.

Si puedes elegir entre una felicidad pasajera y otra que conduce a la plenitud total, ¿con qué te quedas? Yo elijo la segunda opción y enseguida me surge la cuestión ¿qué significa una vida plena? Y ¿qué nivel de compromiso estoy dispuesta a tomar con la vida para ir en esa dirección?

Entiendo que una vida plena es aquella en la que reconociendo nuestros límites y sabiendo distinguir cuáles son, los aceptamos y abrazamos amorosamente. Dejamos de luchar por demostrar algo o llegar a ser algo porque comprendemos que somos y nuestras acciones emergen de la dicha de ser.

Vivir intensamente

Dice el filósofo Francesc Torralba hablando de la muerte como límite del ser humano:

“El que reconociendo el límite no vive consternado por él, ese hombre es feliz.”

 

Elegir cada día el camino hacia el Bien

Cada día tomamos un montón de decisiones y en cada una de nuestras decisiones damos pasos en una u otra dirección. A veces por comodidad, a veces por miedo, otras veces por sentir un pequeño o gran placer, actuamos en sentido contrario a la felicidad. Para poder dirigirnos a lo más auténtico de nosotros que nos ha de permitir vivir una vida intensa tenemos que estar dispuesto a morir cada día un poco, morir a lo que pensarán de nosotros, morir a las idealizaciones acerca de nosotros mismos y del mundo, morir al reduccionismo de las identificaciones, morir a las posesiones, a los juicios y creencias, morir a las comodidades y la pereza, morir como sinónimo de soltar , porque aprender morir es abrirnos a la plenitud de ser.

Y tú, ¿qué es para ti vivir intensamente?, ¿en qué medida tus acciones priorizan el placer a corto plazo por encima de lo que te hace sentir más plena?, ¿cuáles son las limitaciones que no te permiten ser auténtica?, ¿cuáles de ellas estás dispuesta a soltar? Estas son unas poquitas preguntas para invitarte a caminar hacia lo más profundo de ti y Vivir así intensamente. 

El ideal del renunciante

Los cuatro estadios de la vida

En el hinduismo existe una interesante propuesta para ordenar las etapas de vida, en la última de ellas encontramos el ideal del renunciante. Ese orden es una escala que conduce hacia la liberación como objetivo último de vida. La tradición presenta cuatro estadios y, aunque no necesariamente uno pasa por todos, sirve como guía para ubicarse en la vida.El primer estadio de la vida es el de estudiante-célibe, en el que uno concentra toda su energía en el aprendizaje.

 

El segundo, el de la vida familiar, en la que uno constituye su familia y contribuye con su trabajo al desarrollo de la sociedad.

El tercero consiste en retirarse al bosque. Cuando uno ha cumplido con sus labores sociales, inicia una etapa de introspección en la que distintos rituales de la tradición son comprendidos de forma simbólica y en su analogía con el propio cuerpo.

El último estadio de vida que se propone es el de la renuncia, en el que la persona se entrega por completo a un único objetivo, a saber, la liberación, el trascender cualquier forma de ego e identidad limitada para reconocerse en la unidad de la conciencia, la unidad del espíritu.

 

 

El verdadero renunciante

Sin embargo, ocurre que en muchos casos el ideal de la renuncia no se lleva a cabo desde la comprensión profunda que hemos planteado, sino como un acto externo en el que se abandona todo lo material para vivir de la limosna, como si el mero hecho de no poseer nada material fuera suficiente para la liberación. La evidencia, en cambio, es que hay muchas personas que han renunciado a sus posesiones y no se viven de una forma plena y libre. El verdadero ideal de la renuncia (saṃnyāsa) trasciende los estadios de vida, así como el grupo social y cualquier otra marca de identidad constreñida. De modo que el verdadero renunciante no se aferra a la figura del renunciante como nueva identidad.

El verdadero renunciante toma esa opción porque ha comprendido en su fuero interno la futilidad de todo aquello que no sirve a la libertad última. Y no me refiero a la libertad de elección sino a la libertad del corazón, la libertad ontológica, inherente al ser.

 

¿Existe una paz inamovible?

Vivimos día a día atribuyendo a otras persona, a determinados objetos y circunstancias la capacidad de hacernos felices o infelices. Pero esas formas de felicidad o infelicidad son pasajeras por definición, porque la persona, objeto o circunstancia en las que se fundamentan son pasajeras.

Cuando nos damos cuenta de que nada externo a nosotros nos va a proporcionar una felicidad y una paz infinitas, hay que plantearse si puede existir alguna forma de felicidad o de paz que no sean pasajeras. Si existe alguna forma de felicidad infinita tendrá que ser independiente de los objetos externos.

Esta forma de independencia remite a nuestra libertad ontológica, a nuestro ser profundo y más genuino. Al conectar con el sentir profundo de ser, con la la intuición autoevidente de que soy, más allá de lo que tenga o de lo que me ocurra, entonces los objetos externos, la relación con las otras personas y las circunstancias que se dan toman otro matiz y con ello otro valor. Lo que antes estaba en la cumbre de las prioridades, pasa a un lugar mucho más lejano y tomamos conciencia de que lo más importante es vivir conforme a lo que soy.

 

El ideal del renunciante es el de aquel que se conoce a sí mismo, y si renuncia a lo material lo hace a la luz de encontrar dicha en sí mimso. La persona que vive esa comprensión, que discierne honestamente entre lo pasajero y lo infinito, sabe que lo único que siempre es valioso en todos los seres es la Vida, el ser, que los sostiene y por eso renuncia a lo pasajero para entregarse completamente a lo infinito.

 

La renuncia no es inacción

Otro equívoco es el de asociar la renuncia a la quietud y la no-acción externos. Enseñanzas como la de la Bhagavadgītā, ponen de manifiesto que no todo el mundo ha nacido para vivir como un asceta y que ese camino está reservado más bien a unos pocos.

Cuando se sigue el camino de la renuncia sin una profunda comprensión de que : “El mundo reside en Mí (…) yo resido en el corazón de todos los seres”, entonces la renuncia puede caer en la hipocresía:

«La persona, de confuso entendimiento, que absteniéndose de actuar se sienta a meditar pero sigue pensando mentalmente en los objetos de los sentidos, es una hipócrita.” (Bhagavadgītā, 3.7)

La verdadera renuncia no tiene nada que ver con lo aparente sino con una actitud interna. Por supuesto, esta actitud interna tiene su repercusión y efecto en lo externo también, pero no necesariamente de la forma en la que lo imaginamos.

La renuncia no es una cuestión de dejarlo todo para vivir aislado en los bosques o las montañas, de tener mucho o poco, ni de estar inactivo o activo…

La renuncia como comprensión íntima

El renunciante es el que ha muerto a la identificación con un yo esclavo, supeditado a los deseos, a las pasiones, a los pensamientos, a las proyecciones, a las expectativas y a los ideales, para entregarse a la Vida plenamente, radicalmente, de modo que todas sus acciones son una ofrenda sin pretensiones. Sabe que nada le pertenece. Puede tomar los hábitos o vivir en la ciudad, eso no tiene la menor importancia porque haga lo que haga no está apegado a los resultados, ni a lo que dirán o pensarán, no actúa bajo la intención de lograr nada sino que se sabe a sí mismo Vida y cada una de sus acciones expresan esta Vida.

Swami Abhishiktananda, cuyas palabras han motivado este escrito, lo comunica con gran belleza y atino:

Para el hombre sabio ya no existe división entre bosque o ciudad, atuendos o desnudez, hacer o no hacer. Tiene la libertad del Espíritu y a través del Espíritu trabaja en este mundo, utilizando igual su silencio y su habla, su soledad y su presencia en sociedad (…) El sabio encuentra dicha y paz en Sí mismo (…) Este es el verdadero ideal del renunciante” (The furhter shore)

 

Para una reflexión práctica…

Te invito a revisar en tu vida los apegos y las creencias que te mantienen en la prisión del logro, del reconocimiento y de las falsas creencias de “yo” y “mío” con las que edificamos el sufrimiento. Algunas de estas preguntas pueden serte útiles:

  • ¿Acostumbro a actuar movido por la expectativa de los resultados más que por la acción misma?

  • ¿Hasta qué punto espero que determinados objetos o personas me hagan feliz?, ¿hacer depender mi felicidad de lo externo me hace más libre o menos?

  • ¿Quiero vivir postergando la felicidad a un futuro próximo en el que todo estará bien y la felicidad será permanente?, ¿cuánto tiempo llevo imaginando ese futuro?, ¿que pasa si me asumo plenamente ahora?

  • ¿Cuál es mi idea de felicidad?, ¿puede la felicidad incluir la tristeza o el dolor?

  • ¿De qué modo podría una estar en paz a un nivel profundo e íntimo y en ese sentido feliz, incluyendo momentos de tristeza o de dolor?

El maestro interior

¿Qué es un maestro?

Aunque no siempre lo creamos y mucho menos le prestemos atención, hay sabiduría en cada uno de nosotros. Ese es nuestro maestro interior.

¿A qué nos referimos cuando hablamos del maestro interior? ¿Es otra persona, un ángel o algún ser espiritual que nos guía? ¿Es una parte de nosotros mismos? ¿Es nuestro verdadero Yo?

Antes de entrar en la reflexión acerca de qué o quién es el maestro interior estaría bien analizar qué es el maestro en general.

Con la palabra maestro nos referimos a la capacidad de algo o alguien para guiarnos en el camino del autoconocimiento. Del latín magister, asociado a la raíz indoeuropea meg-, significa el que destaca sobre los demás.

En India la palabra que se utiliza para referirse a un maestro es guru, que significa “que tiene peso, importante”. En una interpretación simbólica, se dice del guru que guía a alguien en el camino del autoconocimiento que significa “el que remueve (ru) la oscuridad (gu)”.

Sin embargo, la figura del gurú en India y la del maestro en Occidente han tenido recorridos muy distintos; cada una con sus pros y contras.

 

El gurú

En India la figura del gurú tienen una especial relevancia, ya que el gurú es aquella persona que habiendo realizado el camino del autoconocimiento muestra el camino a sus discípulos. Es el sabio que comunica su sabiduría, a través de las enseñanzas, de la iniciación y, si es un verdadero gurú, a través de su presencia, de su forma de estar y de ser.

El gurú es considerado como una encarnación divina dado que por su experiencia y trayectoria vital ha comprendido y encarna su naturaleza más profunda y auténtica, que es la naturaleza divina de la que participan todos los seres.

Ahora bien, entre los contras de esta concepción del maestro están, a grandes rasgos, la dificultad de encontrar una persona que realmente haya llegado al estado de conciencia planteado, y sobre todo, la tendencia de muchas personas a poner la responsabilidad de su propio camino en el gurú y esperar que el autoconocimiento le sea dado desde fuera.

Esta última actitud es la que hace frecuente que se ensalce como gurú a personas que en realidad sólo buscan su propio beneficio y complacencia y que distan mucho de encarnar el ideal que hemos descrito.

Cuando pretendemos que venga de fuera lo que sólo podemos encontrar recorriendo el camino hacia dentro, es cuando surgen los dogmatismos y fanatismos, ya que no podemos permitir que nadie discrepe de aquello en lo que hemos puesto toda nuestra esperanza. Hacer alguna crítica de la figura del maestro o de un maestro concreto se vive en el fondo como un “¿cómo te atreves a decirme que esta persona no puede darme el autoconocimiento y la liberación? ”.

El maestro

En Occidente la figura del maestro tuvo más que ver con el que destacaba en el conocimiento y manejo de algún arte y con la figura del profesor. El maestro era una persona respetada.

Pero aquí nos referimos al guía espiritual, que durante mucho tiempo fue acaparado por la Iglesia: monjes, monjas, sacerdotes, pastores (en la iglesia protestante), religiosos y religiosas, etcétera. Esta figura comienza a perder peso a partir del s.XIX, cuando los principios de la Ilustración han calado en la sociedad y la ciencia comienza a imponerse como verdad única, quedando la cuestión espiritual relegada al ámbito de la fe.

La Ilustración hace un llamamiento a reconocer la autoridad de la razón en cada uno de nosotros:

“Ilustración es la salida del ser humano de una minoría de esdad cuyo responsable es él mismo. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin verse guiado por algún otro (…) ¡ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí el lema de la Ilustración” (I. Kant)1

Occidente ha tendido desde entonces a fomentar un pensamiento crítico que no acepte ninguna autoridad externa sin más. El maestro puede ser alguien que te de herramientas o facilite tu propia reflexión, pero nunca es una figura divinizada ni paternalista.

El camino debe encontrarlo cada uno según su razón , según su propia forma de pensar. No podemos seguir ciegamente la forma de pensar de otro sólo por la comodidad de no tener que pasar por momentos de incertidumbre, no tener que vivir una “noche oscura”, como la que refiere San Juan de la Cruz en su poema con el mismo nombre.

Las ventajas de esta forma de ver al maestro es que resulta un buen antídoto para la fe ciega y el poner la responsabilidad de nuestra vida en otros.

Los contras son que si no se afina bien la escucha de uno mismo podemos caer en una visión sesgada por nuestro ego y una cierta soberbia que no nos permita aprender del otro y verter luz en nuestras propias sombras. Otro de los efectos negativos que ha tenido es que esta visión ha fomentado la búsqueda del conocimiento sólo a través de la razón y aunque el conocimiento pueda ser razonable, no siempre procede de la razón. Es más, el verdadero conocimiento es experiencial, es algo que se sabe con certeza en el corazón y está más allá de la razón y el lenguaje.

¿Qué es el maestro interior?

El maestro interior no es un personaje ajeno que vive en nosotros. El maestro interior es ante todo el silencio. El silencio es quietud y serenidad y de esa quietud y serenidad emerge nuestra intuición profunda y honesta.

El maestro interior es el que nos dice internamente “por aquí sí”, “por allá no”. No necesita gustar a nadie, ni demostrar nada y por eso no entra en moralismos. El maestro interior emana certeza, pero no es una certeza basada en razones, no busca “tener la razón”, no compite, ni pretende. Es el maestro interior el que hace que determinados mensjes resuenen con fuerza en nuestro corazón.

Es por el maestro interior que podemos reconocer en un momento dado a un maestro externo y ver su luz reflejada en nuestro corazón, sentir y saber que somos iguales, que estamos hechos de lo mismo y que lo que ese maestro me comunica con su presencia o sus palabras es que la luz que veo en él es la que hay en mí.

El maestro interior no se enorgullece ni se avergüenza, no posee el saber sino que lo es y el verdadero maestro externo, el verdadero gurú le hace de espejo, le refleja todo su poder, su señorío. Ser amo y señor de uno mismo, lo cual significa no hacerse esclavo de las pasiones y de la mente. Los pensamientos van y vienen, pero el maestro interior sabe que no está a merced de ese vaivén, poco a poco la mente se aquieta, como el fuego que se apaga cuando no se le echa más leña.

El maestro primordial

Existe una hermosa figura del dios Śiva, conocida como Dakṣiṇāmūrti que representa el maestro primordial. La belleza de esta divinidad reside en su presencia, porque en lugar de enseñar a través de un discurso lo hace en silencio, simplemente es y cuando uno descansa en el silencio del ser la luz y la serenidad irradian espontáneamente. ¿Has estado alguna vez cerca de una persona que irradia paz? Las personas comunicamos mucho más por lo que somos y por nuestra forma de vivir que por lo que decimos.

En la sociedad actual ocurre a menudo que se habla de instaurar en las escuelas educación en valores o programas para evitar el machismo y la violencia de género

Pero ¿de qué ha de servir que los adultos digan una cosa si luego hacen todo lo contrario?, ¿de qué ha de servir que me enseñen a no pelearme si en la televisión, en casa y cuando crecemos socialmente vemos que se fomenta la violencia y la competitividad?, ¿de qué ha de servir que me eduquen para tratar a las mujeres como iguales, si en las revistas, las películas o los anuncios aparecen como un objeto, apreciado sólo por su belleza física y como si fuese un medio para satisfacer los deseso sexuales del hombre? No es lo que decimos sino lo que transmitimos en nuestra forma de ser.

El maestro interior se comunica desde el silencio y nos susurra sin palabras que somos…Y ante la evidencia de ser…Silencio.

1Cita extraída del libro de M. Cavallé, El arte de ser. Filosofía sapiencial para el autoconocimiento y la transformación, Kairós, 2017. P.19

La muerte, un proceso de transformación

¿Qué tiene de malo la muerte?

Cuando una acción termina y un deseo, un pensamiento se evaporan, hay una especie de muerte sin la sombra de un mal. Ahora piensa en los períodos de la vida, en la infancia, en la adolescencia, en la juventud, en la vejez. El paso de uno a otro período es una verdadera muerte. ¿Hay algo en esto de malo? (…) Lo mismo será la muerte: cesación, interrupción o cambio de toda la existencia.” (Marco Aurelio, Pensamientos)

La muerte es un tema tabú en nuestra sociedad. Se esconde, se habla poco de ella, se mira hacia otro lado y cuando se presenta se intenta que todo aquello que conlleva la muerte: velatorio, ceremonias de cremación, entierros, despedidas, duelo, cierre… sea lo más breve posible. ¿Qué tiene de malo la muerte? ¿Por qué tememos incluso mencionarla como si con ello la estuviésemos invocando?

¿Cómo pensamos la muerte?

En realidad la muerte está presente por doquier. Como señalaba Marco Aurelio el paso de un período a otro implica una muerte, muere el niño para dar paso al joven, sin embargo nadie en nuestra sociedad dice: “ha muerto el niño y morirá después el joven”. Vemos las flores caer para dar lugar a los frutos y sin embargo no nos apenamos por la muerte de la flor. Tan siquiera lo vemos como una muerte sino que en este caso percibimos la transformación.

Ahora bien, cuando se trata de personas o seres queridos o bien cuando proyectamos nuestra propia muerte, entonces tendemos a conectar con sentimientos de angustia y profundo dolor. Por supuesto, existe el dolor por la pérdida, la nostalgia que nos trae el recuerdo de lo que fue. Pero ¿hasta qué punto la forma en la que percibimos la muerte es la que condiciona en verdad el modo en qué nos relacionamos con ella?

La muerte, sólo un concepto

¿Y si la muerte no existe? Cuando hablamos de muerte proyectamos una especie de fin, de ruptura, de desaparición absoluta y vacuidad angustiosa, el aniquilamiento de la vida. Incluso si imaginas un color es fácil que pienses en el negro o el gris. Y la imagen de la Muerte personificada con una capa negra y llevando una guadaña ha llegado a convertirse en una imagen arquetípica.

Pero ¿qué ocurre si en lugar de definir la muerte como “cesación o término de la vida” (RAE) la definimos como “parte del proceso de transformación de la vida”? No conocemos la muerte, de modo que sólo es aquello que nos imaginamos de ella. 

Párate un momento a pensar en lo expuesto. Te propongo pensar primero en algunos procesos de la naturaleza:

  1. El agua del mar que se evapora y se convierte en nube y la nube en lluvia, que vuelve a la tierra y alimenta las plantas, los ríos, los mares… ¿quién o qué muere aquí?, ¿muere el mar?, ¿muere la nube?, ¿muere la lluvia?

  2. La semilla que se rompe para brotar, que da lugar a una pequeña planta y la planta a un enorme árbol y el árbol da lugar a las flores y de las flores nacen después los frutos que nos comemos, o que vuelven a caer a la tierra y se descomponen en ella… ¿muere la semilla?, ¿muere la planta?, ¿mueren el árbol, la flor, el fruto?

  3. El huevo que se convierte en larva y después en insecto que en algún momento es engullido por una rana y la rana comida por una serpiente… ¿muere el huevo?, ¿muere la larva?, ¿muere el insecto?, ¿muere la rana?…

¿Dónde está el límite en el que la transformación pasa a llamarse muerte y la muerte pasa a ser entendida como fin de la vida? ¿El fin de qué vida?

La Vida prevalece sobre la muerte

Si nos detenemos a observar los ejemplos que hemos puesto o si pensamos incluso en las personas, lo que muere es lo concreto, lo individual, pero la Vida no muere, la Vida sigue su curso:

Hijo mío, si alguien le hiciera un corte a este árbol en su raíz, su savia sangraría, pero seguiría viviendo. Y lo mismo sucedería si lo hiciese en el medio o en la copa. Pero como está penetrado por la vida, sigue en pie, bebe y se deleita con la vida.

Si la vida abandona una de sus ramas esta se seca. Si abandona una segunda, también se seca y si abandona una tercera rama también se seca. Si abandona todo el árbol entonces todo el árbol se seca. Del mismo modo, cuando la vida abandona el cuerpo, el cuerpo muere pero la vida no muere.” (Chāndogua Upaniṣad, 6.11. 1-3)

Cuando podemos pensar la muerte en términos de transformación, irremediablemente nos remite a una Vida mucho más grande y vasta que lo concreto e individual. Y a su vez, esto nos invita a reflexionar en la vida que vivimos. ¿Identificamos nuestra vida con lo concreto y lo particular?, ¿nos identificamos sólo con el cuerpo y la mente?, ¿nos vivimos como individuos concretos separados de los demás?, ¿quién soy yo y quién es el que muere cuando muere el cuerpo?

¿Cómo querría morir?

Todo este tipo de cuestiones son una invitación a la Vida. Resulta que aquello que llamamos muerte tal vez sea sólo un proceso de transformación , ahora bien, la mente tiene un papel fundamental a la hora de determinar nuestra forma de vivir-morir.

Igual que el tipo de flor, de fruto, o la distribución de la lluvia, dependerán de los condicionantes previos, del mismo modo nuestra forma de morir también estará condicionada por nuestra forma de vivir.

Dicen que cuando dispararon a Mahatma Gandhi cayó al suelo diciendo “Sri Ram, Sri Ram”. Es decir, vivió su vida con la mente enfocada a lo divino en todos los seres y murió repitiendo el nombre de la divinidad.

Si la mente crea la realidad ¿es posible que en el momento de la muerte nos convirtamos en aquello que pensamos? Y cuando llegue el momento de esa muerte, ¿cómo querría que me encontrase?

La muerte forma parte de la vida y al elegir cómo nos gustaría morir, elegimos también como queremos vivir. La Vida se expresa a través de la transformación entre muerte y vida. Cierro citando a Jñāneśvara, un santo indio del s.XII:

Los anhelos que una persona tiene mientras vive,

que moran fijos en su corazón,

vienen a la mente en el momento de morir.”

Sobre la muerte y la inmortalidad

¿Qué ocurre después de la muerte?

La pregunta acerca de qué ocurre después de la muerte, siempre me ha parecido en cierto modo informulable, ya que dentro de mí siento que nadie me puede dar una respuesta y aunque pudiese tenerla ¿qué más dará lo que ocurra tras la muerte si sólo puedo hacerme cargo de lo que ocurre ahora, en vida?

Por esta razón he tendido a sustituir esa pregunta por la de ¿cómo puedo vivir feliz? ¿cómo puedo prepararme para que la muerte no me pille creyéndome incompleta y mortal?

Sin embargo, me doy cuenta de que ambas preguntas son en realidad dos caras de la misma moneda y que ninguna de ellas podrá ser jamás respondida por nadie más que por mí misma. Puedo leer lo que otros han dicho, incluso me puede resultar inspirador, pero la Certeza sólo puedo encontrarla en mí y creo que en realidad es una pregunta falaz puesto que da por sentado que existen la vida y la muerte, ¿pero qué es lo que vive y lo que muere? ¿el cuerpo? ¿mi personalidad? ¿yo? ¿y quién es ese yo?

La historia de Naciketas

Justo la pregunta que encabeza este artículo fue formulada por el joven Naciketas (la c pronunciada ch) a la divinidad de la muerte, Yama. La Muerte confesó que su pregunta era difícil incluso para los dioses e intentó persuadirle de que mejor le pidiese otras cosas: reinados, riquezas, hijos que viviesen largo y tendido, todo tipo de placeres sensuales o lo que quisiera que no fuese saber acerca de la muerte. Pero el joven Naciketas se mantuvo firme en su pregunta y finalmente consiguió una respuesta de Yama.

Esta es una de las historias que se narran en las Upaniṣads, concretamente en la Katha Upaniṣad. La Muerte, complacida por la firmeza del chico, que rechaza todo lo que es perecedero y se mantiene en su pregunta por si la persona sigue viva después de la muerte o no, inicia un diálogo con él acerca de esta cuestión y establece que lo que ocurre después de la muerte tiene que ver con el conocimiento de uno mismo:

«Los medios para alcanzar el otro mundo no son revelados al ignorante que, confundido por la riqueza, se vuelve descuidado. Aquel que piensa “sólo existe este mundo y nada más” cae en mi dominio una y otra vez» (Ka. Up. 1. 2.6)

Conocimiento vs. ignorancia

El ignorante se refiere, en este contexto, a quien por una comprensión errónea de sí mismo y de la realidad se mantiene apegado a lo transitorio. No es una falta de conocimiento, porque el conocimiento siempre está ahí, sino un estado de confusión en el que buscamos que lo impermanente nos proporcione una felicidad permanente y que no nos permite darnos cuenta de que esa felicidad permanente siempre está ahí. Ahora, mientras lees esto, ya estás completo, ya eres perfecto, ya eres feliz.

Pero para abrirse a esta comprensión hay que dejar a un lado el pequeño individuo con el que nos identificamos y sobre todo los pensamientos limitados con los que juzgamos lo que es bueno y lo que es malo. Necesitamos abrirnos a una conciencia mucho más amplia, como la que muestra el joven Naciketas al renunciar espontáneamente a todas las riquezas pasajeras que le ofrece Yama. Él sabe que eso no le va a conducir nunca a lo imperecedero.

Por otro lado, el que vive apegado a lo transitorio, sea material o mental, tiende a hacerlo bajo la posibilidad de que sólo exista este mundo. El pensamiento es sumamente importante porque crea lo que percibimos como realidad. Es a través de nuestro pensamiento limitado que proyectamos un mundo limitado y creemos que es todo lo que hay y que también nosotros somos transitorios. Y lo somos si miramos sólo a nuestro personaje. Aquel que se mantiene en la ignorancia renace una y otra vez, esclavo del sufrimiento y de la alegría, ambos pasajeros, porque la única forma de liberarse de la muerte es comprender que nunca existió, que lo que somos en esencia es eterno.

Lo que Somos no nace ni muere, simplemente es

Lo que Somos no nace ni muere, simplemente ES y el Ser no puede conocerse a través de los límites de la razón, sólo puede conocerse a través de alguien que está establecido en Él y aunque la tradición hace hincapié en la importancia de un maestro tal, creo que cometemos un error cuando nos empeñamos en buscar dicho maestro.

El maestro sólo puede aparecer cuando el alumno está preparado y el alumno está preparado cuando uno está abierto a aprender. ¿Cómo no iba a aparecer entonces un maestro? Si hay una apertura real a aprender, todo alrededor se convierte en maestro porque, en realidad todo y todos están establecidos en el Ser, incluso cuando lo ignoramos.

El sabio (conocedor del Ser) no nace ni muere. No vino de ningún lugar ni nada vino de Él.

Es no-nacido, eterno, imperecedero y antiguo y no muere cuando muere el cuerpo.” (Ka. Up. 1.2.18)

El Ser, siendo más sutil que lo más sutil y más vasto que lo más vasto, se sitúa en el corazón de cada criatura. El que está libre de deseo ve la gloria del Ser a través de la calma de la mente y los sentidos y se libera del dolor.” (Ka. Up. 1.2.20)

La muerte, una ilusión

Yama insiste una y otra vez en el conocimiento del Ser. Ese Conocimiento es el que marca la diferencia de lo que ocurre tras la muerte, porque la muerte, igual que el mundo, es una ilusión cuando uno reconoce ese Ser que reside en el corazón de TODOS los SERES. Lo cual implica a ese político que tanto detesto, al energúmeno que me dio un golpe caminando por la calle, al terrorista, al violador, al ladrón, a cualquiera de los personajes que en nuestra mente se alza como archienemigo.

La muerte es una ilusión cuando uno reconoce el Ser que reside en el corazón de TODOS los SERES, lo cual implica también aquellos que nos parecen adorables: aquel ser al que tanto amo, aquel maestro en mi corazón, aquella persona tan admirable… Cuando podemos reconocer ese Ser que no nace ni muere, ¿qué lugar hay para el sufrimiento? ¿cómo no se iban a convertir todos seres en un espejo de mi propia esencia?

Te invito a hacer una pequeña práctica que consiste en forjar una mirada  que vaya más allá de las formas:

Cada vez que te encuentres delante de alguien que te produzca algún tipo de emoción, trata de ver su personaje. Date cuenta de qué es lo que ese personaje  te provoca y trata de sostener esa sensación, sin querer modificarla y date cuenta de los mensajes que tu mente lanza y de cómo estos mensajes, que son tuyos, te hacen sentir lo que sientes.

Desde esa toma de responsabilidad de lo que sientes puede resultar más fácil darte cuenta del Ser que brilla detrás de su mente-personaje y detrás de tu mente-personaje, una misma Vida, una misma Luz, un mismo SER.

La filosofía, un viaje hacia el corazón

Conócete a ti mismo

“Conócete a ti mismo y conocerás el universo entero”, así rezaba el oráculo inscrito en el templo de Apolo en Delfos y sus palabras constituyeron el pilar fundamental del pensamiento de Sócrates.

Desde entonces hasta nuestros días muchos son los giros que ha dado la filosofía hasta que pareciera convertirse en un mero ejercicio intelectual. Sin embargo la filosofía, que etimológicamente significa amor a la sabiduría, es en realidad una práctica. La sabiduría que persigue no es mera acumulación de información, ni tampoco un pasatiempos mental en el que se juega con los conceptos sin más. La filosofía es un ejercicio práctico y transformador, aquello que pensamos y creemos condiciona nuestra forma de percibir el mundo y a nosotros mismos en él. Nuestra percepción del mundo a su vez condiciona nuestra forma de actuar y dependiendo de la forma en que nos relacionamos con el mundo viviremos una vida más plena y consciente lo cual constituye un pasaje a la felicidad.

 

La filosofía como camino

La filosofía nos conduce a través de un proceso de autoindagación a descubrir por nosotros mismos qué formas de vida y actitudes nos hacen sentir realizados como personas. Aunque todos los seres aspiramos a ser felices y sentirnos realizados, el camino no suele resultar fácil. Es posible que la respuesta a como ser feliz sea algo tan sencillo que ni siquiera seamos capaces de verlo, o que incluso cuando racionalmente sabemos lo que “tendríamos que hacer” sintamos que no sabemos cómo hacerlo. Simplemente se trata de soltar nuestras resistencias a la vida y atrevernos a sentir lo que sentimos en cada momento, sin que eso implique necesariamente dejarnos arrastrar por esas sensaciones. Solamente abrirme a sentir lo que siento, incluso cuando es una sensación incómoda o desagradable.

A través de la filosofía se nos proporcionan herramientas “darnos cuenta”, para colocarnos en el lugar del observador y poder acoger así lo que sentimos y poder realizar así nuestras acciones sin reducir todo lo que somos a lo que hacemos en un momento dado, a algo que nos ocurre o nos ocurrió. La filosofía cuestiona, no por llevar la contraria o por tener razón, ni siquiera con la pretensión de proporcionar una verdad absoluta, sino para mantener un estado de plena atención que abre la puerta al conocimiento de uno mismo. ¿Y para qué conocerse a uno mismo? Porque el conocimiento de uno mismo conlleva la posibilidad de descubrir el universo en ti.http://psiquentelequia.com/tag/comun/

De fuera hacia dentro

Las filosofía orientales como el budismo, el hinduismo, el taoísmo o el zen, tan en boga desde finales de los setenta, nos proporcionan un montón de ingredientes muy útiles y transformadores para ese conocimiento de uno mismo y para vivir una vida feliz.

Ahora bien, las tradiciones espirituales y filosóficas no suelen dar recetas concretas e incluso cuando pretenden hacerlo no siempre es una receta adecuada a nuestro contexto vital o nuestra situación personal. Podemos decir que las tradiciones espirituales y religiones nos dan ingredientes y cada uno de nosotros tenemos que elaborar nuestra propia receta.

La filosofía como camino de cuestionamiento y honestidad nos servirá para que la receta que elaboremos salga bien buena. Me explico, si tomamos de cada tradición aquello que nos resulta más cómodo o nos cae más simpático sin una mirada honesta hacia lo que nos hace bien, entonces será como tomar el medicamento que más me apetece y no el que realmente me puede curar. Dicho de otro modo, en realidad las respuestas están sólo en nosotros mismos y buscarlas fuera mezclando de aquí y de allá en muchos casos sólo nos hará sentir más perdidos todavía.

Lo que una tradición nos dice puede servirnos como fuente de inspiración, puede hacernos de mapa en un momento dado, pero el camino debemos recorrerlo nosotros mismos. La filosofía en este sentido nos anima a caminar poniendo plena confianza en lo que somos.

La filosofía como forma de vida

A modo de ejemplo de como la filosofía es una forma de vida y como puede resultar terapéutica cuando así la vivimos, voy a citar brevemente una de las cuestiones que se plantea en un texto de la tradición hindú:

Se trata del caso del mejor arquero de un reino cuya labor social es mantener la justicia y el orden de lugar. El reino se encuentra dividido por disputas familiares y la apropiación indebida del reino por una parte de la familia. Aunque desde el bando del maravilloso arquero se ha intentado por todos los medios llegar a un acuerdo, no ha habido éxito en la empresa y la guerra entre ambas partes parece inevitable. A punto de comenzar la lucha, el arquero entra en un estado de profundo desconsuelo por tener que luchar contra familiares, amigos y maestros. En un momento dado está decidido a abandonar su vida de arquero y retirarse de la sociedad, mendigando por su comida.

La cuestión está servida ¿qué es más importante, los sentimientos hacia su familia o su deber de luchar para restablecer la justicia? Y más importante todavía que esto: ¿es más importante lo que decida hacer o la actitud con la que lo haga? ¿El qué o el cómo?

Cada día nos encontramos con situaciones en las que no sabemos qué hacer, qué decisión tomar. Priorizar el qué o el cómo lo puede cambiar todo, puede que incluso descubramos que sí sabíamos lo qué teníamos que hacer.