Reconciliarse con la autocompasión

Una vida con mindfulness implica una disposición a experienciar y sentir intensamente aquello que sucede en el interior de uno y en su entorno con una mente abierta libre de prejuicios. Ésto parece sencillo y saludable pero, sin embargo, estar libre de prejuicios, no realizar reproches o culpabilizar suele ser una de las razones principales por la cual mucha gente no logra alcanzar un estado de calma. Los “no debería estar sin hacer nada”, “tendría que estar trabajando”, “si hubiera hecho los recados ayer”, etc. son un obstáculo en la práctica del minfdulness del que podemos liberarnos a través de practicar la autocompasión.

Las emociones que surgen en una situación en la que mantenemos nuestra mente abierta, nos ofrecen información incluso a las personas más racionales. Si buscamos de forma activa atenderlas y no sólo soportarlas, podemos ser conscientes de su expresión a través, por ejemplo, de sensaciones corporales, comportamientos o pensamientos que surgen durante el ejercicio de atención. Por increíble que parezca, atender y escuchar las emociones da mejores resultados que evitar pensar sobre ello o rumiar, ya que en vez de lograr aliviar el dolor, se mantiene un estado de preocupación en donde no se suele encontrar la salida.

Buscando la introspección: dificultades con las que nos encontramos

  1. Crear un espacio en el que te permitas experimentar el momento presente

Comienza ofreciéndote un momento para expandir la consciencia, sintiendo y percibiendo, mientras sabes que estás sintiendo y percibiendo. Puedes pautar un hueco libre de tu agenda o un momento más pausado del día, para facilitar su práctica y, una vez se convierta en un hábito, instaurarlo en otros momentos de tu rutina.

  1. Distanciar de uno mismo un pensamiento, sentimiento o problema

Darte cuenta de la experiencia implica ser consciente de las sensaciones que surgen y, gracias a los aprendizajes pasados, aparecen pensamientos con los que uno se identifica, por lo que en ocasiones, aceptar la experiencia tal y como es resulta demasiado complicado.

La aceptación no es decirse que todo va bien, es aceptar que algo existe, que ya está aquí. No tiene que gustar o agradar para ser aceptado.

Un ejemplo sencillo: ¿alguna vez una paloma te ha manchado la cazadora con sus excrementos? Si es así, sabrás que puedes limpiarlo inmediatamente con un pañuelo, pero lo que provocará es que la mancha se extienda. Sin embargo, si decides esperar a que seque un par de minutos, la mancha desaparecerá más rápida y fácilmente, con menos esfuerzo por tu parte. Así, dejar de luchar contra algo suele ser más eficaz que dejar que nos maneje la impaciencia y el sentimiento de urgencia.

Con respecto a este sentimiento de urgencia, el mindfulness ayuda a diferenciar lo importante de lo urgente. Dado que lo urgente (mandar un correo, responder al teléfono), suele ocupar mucho espacio en detrimento de lo importante, el mindfulness propone prestar atención a dichos impulsos sin acompañarlos de una respuesta a los mismos. Prestando atención a estos impulsos nos damos cuenta de que a veces no son importantes, ni interesantes ni necesarios. Simplemente se basa en la rutina de actuar o escapar ante la incomodidad, aliviando los impulsos con acciones. Percibir la aparición de estos impulsos más claramente, nos ayudará a entender respuestas más complejas como preocupaciones o rumiaciones.

Te propongo que dejes que suene el teléfono durante unos minutos y que percibas todas las respuestas que se producen en tu cuerpo. Desde el surgimiento de esa necesidad por responder, hasta los diversos pensamientos (“quién estará llamando”, “voy a ver quien es, simplemente por curiosidad”, “espero que no sea ninguna emergencia”, etc.) o acciones que surgen en tu cuerpo (mueves los pies y manos mostrando impaciencia o nerviosismo, resoplas, hablas en alto, etc.).

Una vez los sentimientos son percibidos por el cuerpo, surgen de inmediato los pensamientos que los acompañan. En muchas ocasiones no aprobamos nuestros sentimientos, por lo que también nos desaprobamos a nosotros mismos. Esto tiene que ver con la identificación que hacemos con nuestros pensamientos y sentimientos de forma que aquello que uno lleva consigo parece definir su esencia. Así, en vez de percibir “pienso que soy egoísta por lo que hice”, percibo “soy egoísta”.

Estos sentimientos no son difíciles de por sí, sin embargo, convivir con ellos implica cierto sufrimiento por los pensamientos y conductas que los acompañan, especialmente cuando estos sentimientos son fuertes e intensos. Como comentaba al principio, las emociones nos proporcionan información, nos indican cómo vivimos una cierta situación pero eso no implica que nos informen de la realidad.

En esta diferenciación de lo urgente y lo importante, el mindfulness permite el compromiso con acciones que realmente importan a uno y a desligarse del esclavismo que produce el dejar de responder inmediatamente a lo urgente.

Qué es la compasión y cómo puede ayudarme a amplificar mi experiencia

La compasión es el sentimiento que surge ante la necesidad de aliviar el dolor de una persona que se encuentra sufriendo, por lo que la autocompasión es la necesidad que surge de aliviar el dolor que uno sufre. Este sentimiento implica afecto, amabilidad, comprensión y una actitud amorosa hacia uno mismo, por lo que los mensajes de autocrítica no deberían tener lugar.

Sin embargo, cuando ponemos en práctica el mindfulness lo que aparece es una voz autocrítica que te señala: “estás perdiendo el tiempo, ¿por qué no haces algo de provecho?”, “deberías estar trabajando”, “no se puede ser tan blando”, etc. Por ello, cuando tenemos algún problema y las cosas nos salen mal, es importante comprobar qué nos decimos a nosotros mismos.

Ante las dificultades, la mayoría de las personas nos autocriticamos, nos insultamos, y en casos extremos, nos culpabilizamos y podemos ser muy autodestructivos con nuestros mensajes.

La voz que aparece en estas circunstancias es la que denominamos voz autocrítica y cuanto más frecuente e intensa sea, más complejo resulta trabajar con el mindfulness. Por ello, si mostramos este tipo de dificultades, una primera ayuda para poder llegar a permitirnos crear un espacio en el que aumentar la consciencia sería el desarrollo de frases autocompasivas hacia uno mismo.

Estas frases no suelen salir el primer día, ya que no estamos acostumbrados a formularlas, sino que van a ir surgiendo en diferentes períodos de la meditación. Asimismo, es posible que nos cueste un tiempo decidir la estructura general de las frases, pero en general, si las sentimos profundamente tenderemos a mantenerlas durante años. Algunos ejemplos de frases compasivas podrían ser: “ojalá todo te vaya bien”, “ojalá puedas tener salud”, “espero que te sientas seguro”, etc.

Es importante no confundir la autocompasión con un sentimiento de pena, indulgencia, egoísmo o debilidad ya que en la autocompasión, entendemos que el sufrimiento forma parte de la vida, y que por lo tanto, ante ciertas situaciones es normal sufrir. Asimismo, no se busca sentirse víctima de las circunstancias o ser una persona pasiva ante los problemas, sino que entendemos que sólo escuchando a lo que sucede en nuestro cuerpo podemos encontrar la manera de solucionar o dar fin al sufrimiento.

En nuestra cultura hemos interiorizado que si queremos cambiar tenemos que ser muy críticos con nosotros mismos, de manera que esto nos sirva de estímulo, de motivación. Sin embargo, el cambio depende de que se tengan claros los beneficios de la nueva conducta y los costes de no cambiar.

Sí, la compasión puede facilitar que nos permitamos no hacer

La no acción no es impuesta, sino que es permitida por la propia persona. Ante el ruido que provocan los pensamientos de reproche ante el no dedicarse a lo “urgente”, una vez se logra ofrecer ese espacio para uno mismo, llega la calma. De alguna forma, la no acción es el silencio después del ruido. Es observar los pensamientos e impulsos que surgen en un momento dado. El darte este tiempo de entender produce liberación y cambio en la relación con el mundo. Examinar la experiencia del momento con paciencia y cariño y desde una actitud comprensiva hacia uno mismo, compasiva, permitirá que llegue la calma, aunque como todo, requiere de entrenamiento.

Mindfulness: un primer acercamiento

Mindfulness: un primer acercamiento

Escucha, presencia, contemplación, habitar el cuerpo y la mente son algunos de los conceptos que se asocian con el mindfulness. El mindfulness es una técnica que trata de intensificar la experiencia, nuestra propia presencia en el ahora, mantenernos en el aquí y crear un pequeño espacio para contemplarnos haciendo algo. Todo ello para alcanzar una relación con el mundo en el que se presta atención pausada al momento presente.

Lo interesante es que su significado va más allá de su definición convencional, por eso muchas veces cuando nos sentamos con música, frente a una vela, uno no aguanta ni 10 minutos. Deja que lo adivine, ¿intentabas dejar tu mente en blanco?

En el mindfulness no necesitas bellezas ni extravagancias, no necesitas una sala insonorizada ni música de fondo. El mindfulness no es evasión sino un encuentro sereno con la realidad. Nada de esto es necesario para que un momento frene los pensamientos, acciones o planes si tienes en cuenta que nunca volverás a ver exactamente lo que ves ahora, y por ende nunca experimentarás exactamente lo que ahora experimentas.

El mindfulness trata de intensificar la presencia, por eso uno de los principios en los que se basa es que todo lo que nos rodea tiene naturaleza inestable, cambiante, subjetiva y compleja. De alguna forma está asociado a la impermanencia, es decir, nada dura eternamente, es cuestión de composición y descomposición, todo es transitorio y efímero. El mindfulness es un entrenamiento en tolerancia hacia el misterio o duda, hacia la aceptación de la inestabilidad e impermanencia para así poder abandonar la ilusión de control.

Nuestro ritmo de vida nos lleva a actuar de forma automática o a prestar atención a demasiados estímulos externos a la vez. Cuando uno piensa en meditar, cree que debe “poner la mente en blanco” y ¿qué sucede? Sin duda aparece una vorágine de sensaciones y pensamientos de los que quizá uno no era antes consciente. Esto suele generar sentimientos de confusión e incluso dolor por el sentimiento de incapacidad o desesperanza. En un estado de caos en el que uno es consciente de todas estas sensaciones y pensamientos, calmar la agitación se convierte en una necesidad. Para ello, tendemos a esforzarnos y luchar por la ansiada paz interior y cuando no lo logramos, la distracción suele ser un recurso del que abusamos. El mindfulness nos invita a detenernos y observar precisamente la agitación, cambiando el foco de atención de fuera a adentro, para así poder llegar a percibir como ésta se calma poco a poco.

Aclaraciones de algunos conceptos para una buena práctica del mindfulness

 El mindfulness implica un estado de alerta

Alerta no es agitación, es atención sin esperar que suceda nada en concreto. Es un acto deliberado de habitar el momento presente por lo que los prejuicios no tienen cabida como tampoco lo tienen pensamientos del pasado ni del futuro.

Sentir no implica analizar el presente, no es necesario codificar las sensaciones en palabras. Así que se trata de un estado mental parecido al que conectamos cuando estamos frente a una obra de arte abstracta en donde no hay palabras que inunden de significado lo que vemos. Simplemente somos observadores de un paisaje que nos evoca diferentes sensaciones.

Interdependencia, vacío e impermanencia

Nada tiene una existencia aislada. El orgullo y el dolor son consecuencia muchas veces de no aceptar que uno depende de otros y que lo que sucede no siempre se encuentra bajo su control.

Precisamente nuestro cuerpo nos enseña de dependencia y fragilidad, ofreciéndonos información de las propias limitaciones. El cuerpo nos guía por el mundo, por eso el mindfulness es un trabajo de cuerpo y mente, de manera que las dos realidades se encuentran conectadas.

Probemos en este caso a concentrarnos en la respiración, a sentir cómo el aire entra por las fosas nasales, acariciándolas levemente, atendamos a la sensaciones que se producen en el trayecto hasta llegar al abdomen y una vez ahí, hasta que el aire logra expulsarse por la boca. Concentrarse en estas sensaciones y no en intentar controlar la cantidad de aire o el tiempo que tardamos entre inspiración y expiración es precisamente entrenar mindfulness.

Escuchar, es una actitud de recibir, pasiva, en la que no se interviene

Durante el ejercicio de mindfulness, como no tenemos que pensar en una respuesta o palabra, podemos permitirnos aumentar nuestra atención recibiendo cada estímulo de forma calmosa y paciente.

Cuando a veces no es suficiente sentir y necesitamos entender, escuchar nos ofrece información cuando antes simplemente oíamos. Es una posición diferente a filtrar cierta información o evitarla.

El cerebro es una máquina de pensamientos que es difícil de frenar. Luchar contra los pensamientos para que desaparezcan muchas veces nos lleva a las rumiaciones, de forma que entramos en un bucle en el que no se encuentra solución a aquello que anhelamos. Observar y escuchar realmente a nuestros pensamientos ofrece en muchas ocasiones las respuestas necesarias para tomar una decisión.

Escuchar sin intervenir nos permite adquirir la lucidez de diferenciar entre: pensar en algo y ser conscientes de que estamos pensando en ese algo. Cuando nos damos cuenta de que no somos ni la cascada, ni el agua, sino quien lo observa, nos convierte en un observador libre capaz de decidir. Es decir, cuando sabemos que no somos el problema, ni los pensamientos, sino quien los observa o escucha, desde esa lejanía, podemos entender el problema y nos facilitará la toma de decisiones.

Acomodación vs. Asimilación

La asimilación es el ejercicio de modificar la realidad para que esté en consonancia con mis creencias. Es decir, si creo que un amigo es egoísta y un día me sorprende ofreciéndome su ayuda, atenderé con mirada sibilina su actitud y pensaré que algo quiere. Asimilar es sencillo, no supone un esfuerzo ni reto hacia nuestras creencias. Sin embargo, el mindfulness busca invitar a las personas a tener una relación con el mundo basada en la acomodación.

La acomodación implica la modificación de las creencias para integrar la realidad. Siguiendo con el ejemplo anterior, en este caso, percibiríamos la oferta de nuestro amigo como un acto de generosidad sin entrar en juicios de mucho o poco, suficiente o insuficiente.

La vida espiritual no implica una práctica religiosa. El cerebro se debe entrenar como el resto de músculos. El mindfulness ofrece beneficios a nivel intelectual ya que ayuda a la concentración y bloquea la tendencia al estrés e irritabilidad por lo que de forma indirecta facilita el proceso de toma de decisiones. El mindfulness no nos ayudará a ser mejores personas pero sí a conectar con uno mismo, sentir y percibir mientras sabemos que estamos sintiendo y percibiendo.

 

 

 

 

Los efectos de la música sobre nuestro cerebro

La música calma las bestias del alma. Es la llamada hacia la movilización. Es el arte del contagio. La música nos penetra, conquista nuestro mundo emocional y logra que nos expresemos. Podemos llegar a sentir su influencia en cada poro de nuestra piel y la neurociencia ha logrado estudiar la influencia que tiene sobre nosotros a nivel cerebral.

La música logra liberar adrenalina, impregnando a nuestro cuerpo de excitación, generando tensión muscular, dilatando las pupilas, aumentando la frecuencia cardiaca, el ritmo respiratorio y la presión arterial. Sin embargo, la música, en general no produce estos efectos siempre. La música activa diferencialmente el cerebro dependiendo de si produce placer o displacer, si la escuchamos o la tocamos, si es una pieza aprendida o si en cambio, estamos improvisando.

El lenguaje de la música

La música no es un lenguaje pero es una poderosa arma de comunicación, traspasa culturas y épocas, nos evoca recuerdos. Una pieza nos puede hacer conectar con un amplio abanico de emociones e incluso puede llegar a contrariarnos, asociamos ideas y nos moviliza a tantos niveles que parece complicado encontrar otra mejor herramienta para provocar revoluciones o crear un sentimiento de unión.

Es cierto, todos (incluidos los políticos más rancios) la hemos empleado, para sentirnos mejor, para generar un cierto clima, para animar una fiesta o incluso para hacer saber a la gente de que es hora de que se marchen a su casa. La música es efectivamente poderosa y junto con las emociones que provoca, satisface la necesidad de actuar y de movilizarnos.

El lenguaje verbal surge de la necesidad de comunicarse de forma precisa. Sin embargo, la música, con o sin letra, con un uso mayor o menor del lenguaje simbólico, nos atraviesa como una bala, comunicando y provocando emociones que el lenguaje verbal no alcanza. La música organiza y combina sonidos pero resulta mucho más potente que el lenguaje verbal porque solamente a través de la melodía la música logra transmitir lamentos, dolor, alegría, plenitud, o todo ello en una misma pieza musical.

Es un idioma común que en sus orígenes fue expresión emocional espontánea y que ha evolucionado, presentando reglas y simbología propias gracias a un ejercicio de abstracción cognitiva (capacidad cognitiva de los humanos por excelencia) que busca la armonía y la facilitación de la comunicación de ideas y sensaciones con el potencial oyente.

En este ejercicio de análisis y construcción de conceptos también ha tenido lugar la medida del ritmo, la creación de la métrica. Esto es un ejemplo de lo contrariados que puede hacernos sentir la música, porque si bien hasta ahora hemos hablado de que la música es emocional, catárquica, pasional e irracional, parece ser que también puede ser racional o cerebral. De hecho, aquellas piezas que se matematizan y pierden su componente emocional desechando la melodía se conocen como “atonales” o “cerebrales”.

El fenómeno de la improvisación

La improvisación implica inspiración creativa y ejecución en paralelo. Implica dejar surgir ideas novedosas mientras se actúan. Esto irremediablemente nos recuerda a Freud, el cual abandonó la hipnosis para desarrollar su técnica de asociación libre como método de estudio del inconsciente. Con la asociación libre, Freud logró trabajar con los pacientes en estado de vigilia, permitiendo que fluyesen las ideas de forma improvisada, sin discursos ya formados y se generasen por asociación, otras ideas novedosas con el fin de que produjeran un cambio en el paciente.

La improvisación supone la ausencia de aprendizaje previo y efectivamente, la neurociencia vuelve a darnos información de lo que sucede a nivel cerebral cuando una persona se encuentra improvisando. Así, a través de resonancia funcional se percibe una inhibición de las áreas que tienen que ver con el aprendizaje, áreas que se encargan de la planificación, de manera que esta inhibición permite que las ideas broten sin control ni bloqueos. De hecho, lo único que se mantiene activo de igual forma que cuando se toca una pieza ya conocida y aprendida, es la corteza motora y sensitiva que se encargan de las praxias, es decir, de la ejecución de la misma.

Asimismo, la neurociencia ha mostrado que las personas creativas presentan un desequilibrio en la neurotransmisión cerebral. Así, muestran mayores fluctuaciones en el sistema dopaminérgico- adrenérgico (sistema de recompensa y excitación) de manera que el proceso creativo (1. ensoñación/incubación de la idea; 2.revelación súbita o ajá, darse cuenta y 3. ejecución/ verificación, materializar la idea) se ve afectado por la facilidad con la que la persona supera cada fase de dicho proceso. La mayor inestabilidad que presentan las personas creativas se materializa en un estado de alerta más acentuado, desconexión más acentuada durante la ensoñación y una activación más intensa durante la ejecución.

Estas fluctuaciones en el sistema dopaminérgico- adrenérgico también se observa en ciertos trastornos neuropsiquiátricos, tales como el Trastorno Bipolar, Trastorno Obsesivo- Compulsivo, Tourette o en lesiones cerebrales, por lo que no es coincidencia que los grandes genios de la historia fuesen personas tildadas de raras o excéntricas.

Por ejemplo, el Trastorno Bipolar se caracteriza por una gran inestabilidad emocional que provoca estados alternos de depresión y euforia. Esta inestabilidad emocional se debe a una inestabilidad dopaminérgica que provoca también oscilaciones en la creatividad. Artistas con este trastorno como es el caso de Korsakov y Schumann hablan de su proceso creativo describiendo que en estado depresivo se produce un bloqueo donde aparece la improductividad, mientras que en el estado de euforia, estado en el que aparece el entusiasmo, la energía, intensa actividad mental y aceleración, se produce una gran productividad. Esto se debe a que la capacidad creativa depende del sistema dopaminérgico- adrenérgico. En el caso del Trastorno Bipolar, en el que se da una inestabilidad en este sistema, el desequilibrio puede deberse a una baja producción de dopamina o una exagerada sensibilidad de sus receptores sinápticos.

Esta inestabilidad dopaminérgica también se observa en el Síndrome de Gilles de la Tourette que sufrió Mozart e igualmente en el Trastorno Obsesivo Compulsivo donde se da un desequilibrio en los sistemas serotoninérgico y dopaminérgico.

En el daño cerebral, las lesiones izquierdas acentúan la capacidad musical. El hemisferio izquierdo se encarga del pensamiento racional, analítico. Si este hemisferio se encuentra dañado, lo que sucede es que se potencian y afloran las capacidades del hemisferio no dañado. En este caso, del hemisferio derecho, encargado de que las ideas interactúen de forma espontánea, produciéndose asociaciones y la creación de ideas novedosas.

Dado que el hemisferio derecho es dominante en el campo de la música, se acentúan las capacidades musicales. Dentro del daño cerebral, un caso muy conocido es Ravel que con sus 52 años comenzó a sufrir un deterioro en el hemisferio izquierdo que le afectó en la escritura y en la pérdida de habilidades musicales, en concreto, en la notación y ejecución aunque mantenía un reconocimiento de tonos y melodías. Bólero, fue compuesta en esta época. Esta pieza es un claro reflejo de lo que le sucedía: la reiteración en la rítmica y métrica muestra el daño en el hemisferio izquierdo, pero la tonalidad y la melodía se potenciaron y reforzaron hasta convertir a Bólero en una de sus obras más conocidas.

 

El lado sanador de la creatividad tras un trauma

La resiliencia implica necesariamente, el haber sufrido un trauma previamente. En esta entrada voy a tratar la sanación del trauma a través de la creatividad, que será el vehículo hacia la resiliencia.

El trauma supone un evento que sorprende, genera impotencia y tiene significado para la persona. Precisamente por el significado que contiene, su recuerdo no desaparece por mucho que la persona luche por controlar sus pensamientos o reminiscencias. Así pues, uno llega a entender e incluso a aceptar que es inútil seguir luchando en contra de la aparición de éstos, pero ¿cómo puede seguir viviendo con este recuerdo?

Lograr convivir con el trauma implica la búsqueda de soluciones creativas. Este tipo de respuesta es el vehículo de salvación tanto para los adultos como para los niños que han sufrido o incluso sufren en un periodo continuado un trauma. Por regla general, los niños que han sufrido un trauma, repiten sus acciones y por ello actúan en el juego de forma monótona y repetitiva hasta que logran a través de pequeñas modificaciones, sentirse menos indefensos. Sin embargo, los adultos, empleamos otras vías como son la narrativa o discurso, los sueños o visualizaciones.

Dado que erróneamente los adultos intentamos explicar, justificar o razonar los traumas con los más pequeños, me gustaría hacer unos breves apuntes de cómo los niños trabajan los traumas por sus propios medios.

Normalmente, el juego en los niños suele ser rico tanto en temática, como en personajes y escenario. Sin embargo, tras haber sufrido un trauma el juego del niño suele cambiar radicalmente, empobreciéndose, de manera que pese a cambiar de personajes o de juego, la temática se mantiene en todos ellos, siendo el tema repetitivo la propia experiencia traumática. Gaynor Lacey estudió en los años 70 a niños que habían sufrido el mismo evento traumático en la escuela. Describió las consecuencias de este trauma refiriendo la monotonía de los juegos, además de presentar ciertas dificultades y cambios en el desarrollo de la personalidad.

Con la monotonía en el juego o la repetición se busca aliviar la tensión del trauma. Así, el juego postraumático se caracteriza por ser un juego monótono que busca cumplir un deseo interno, que bien puede ser buscar una vía para soportar el miedo o bien, el deseo de cambiar el final por uno feliz. En la repetición del juego, el juego no libera ansiedad, al contrario, puede llegar a crear más tensión o sentimiento de indefensión, porque independientemente de los caminos que tome el niño en el juego, el final siempre es el mismo. Debido a que el trauma exige cambio y creación de alternativas, el juego no sólo perdura sino que aumenta la creatividad. Ésta surge en el momento en el que tras el juego repetitivo el niño logra deshacer la experiencia, modificando las respuestas que dan los personajes del juego e incluso creando nuevas soluciones y así se logra el alivio.

A través de la narrativa, uno construye formas de representar el mundo que lo hacen más comprensible. El poder entender, percibir el mundo como coherente proporciona seguridad. Y esto mismo puede suceder cuando narramos las heridas. Reconstruir un recuerdo provoca cambios en nuestro discurso, en cómo lo narramos y por tanto en la emoción, de manera que en la expresión del mundo íntimo encontramos una vía para mejorar el control emocional. En el caso de los niños que emplean la narrativa como medio sanador, éstos no obtienen el resultado reparador que esperan porque el grado de comprensión, abstracción y creación de significado a través de la narrativa es mucho menor que el de los jóvenes o adultos.

Un claro ejemplo de las dificultades que presenta la narrativa en los niños se refleja en los denominados “niños adultistas”. Ante el daño que le puede provocar un adulto con el que mantiene una relación afectiva, como un profesor o los propios padres, el niño se ampara en un discurso de tipo: “pobre, no sabe controlarse”, “me da pena”, “no sabe hacerlo mejor”.

Este comportamiento adulto puede verse como un intento por evitar enfrentarse a una realidad mucho más dura, pero exige una capacidad de control excesivo. Además, la narrativa del niño busca encontrar una forma de ser amable con el adulto no para lograr su amor, sino para liberarse y no depender del amor de los otros. Por lo tanto, con esta vía el pequeño no logra reparar el vínculo sino afianzar un patrón de relación más bien evitativo o distante ante otras posibles relaciones afectivas.

Cuando se habla de trauma durante la infancia, la primera cuestión que suele venirnos a la cabeza es el papel de los padres, ¡¿pero cómo no se dan cuenta?!

Por regla general, los padres suponen para el niños un refugio seguro en aquellos momentos en los que sufre algún malestar. Los padres ofrecen protección, consuelan y organizan los sentimientos del pequeño y el niño se apoya en los padres para explorar porque tiene la certeza de que éstos lo cuidan en la distancia. Pero lo cierto es que sólo un tercio de la población tiene la suerte de contar con este nivel de seguridad hacia los padres.

Lo más común es encontrarnos con jóvenes que sufren de grandes carencias afectivas bien porque se encuentran en una situación en la que la familia se encuentra en riesgo de exclusión social o en una familia que en búsqueda de éxito, no ofrece seguridad a los hijos al no ocupar el lugar que le corresponde en la vida del niño. En ambas situaciones lo que se produce es una baja disponibilidad física y/o emocional de los padres, de manera que el niño no puede contar con este refugio seguro en el que ampararse. Un caso extremo sería el aislamiento sensorial, en la que se da una privación afectiva tal que el niño se muestra hipersensible a cualquier estimulación y con más intensidad si es de tipo afectivo. En estos casos el niño no sufre por dolor ni pérdida sino que vive la indiferencia, un abandono de tipo emocional que produce un embotamiento de sus percepciones bien por no existir una figura afectiva destacada o bien porque las vivencias de uno no tienen significado; en ambos casos el resultado es la creación de un mundo bastante borroso y desestructurado.

Retomando el ejemplo de los niños adultistas, si nos encontramos en una familia en la que los padres no muestran empatía por el niño, puede que éste llegue incluso a responsabilizarse de la situación actual de los padres. Así, cuando uno juega a ser adulto, o cuando se siente mayor crea una imagen de sí mismo como “bueno” al hacer felices a otros, ser fuerte, no dar problemas, pero también generoso al cuidar de algún miembro de la familia u ofrecer su apoyo a los adultos de la casa.

 

La superación del trauma a través de la creatividad: un gran paso hacia la resiliencia

Los temas del trauma son difíciles de expresar, por eso en el arte, en el crear, encontramos a grandes genios que a lo largo de sus vidas han sufrido uno o diversos traumas.

La imaginación libera a uno del contexto, soñando volamos y nos protegemos, nos distanciamos de nuestra situación. La imaginación también nos ayuda a fantasear con el ideal de nosotros mismos y por tanto puede darnos pistas de hacia donde dirigirnos para parecernos cada vez un poco más a esa idea.

El crear implica expresión y ésta se puede compartir con otros  mejorando las relaciones de tipo afectivo. En el contexto social y cultural en el que vivimos, a los niños se les facilita el que se vinculen con otros niños aunque sea en instituciones como el colegio, precisamente porque en el juego, en el intercambio creativo, los niños aprenden a vincularse a otros niños que serán figuras reparadoras en muchas ocasiones, y por tanto podrán aprender entre otras cosas, formas de amor alternativas o diferentes a las que viven con sus familias.

La creatividad según Sternberg es un fenómeno multifacético, es crear y construir desde el pensamiento divergente. La búsqueda de uno mismo a través del arte tiene como esencia considerar a la expresión artística como el instrumento sobre el cual uno se conoce a sí mismo. Esta concepción se ha dado desde el Renacimiento, donde el artista intelectual, reflexivo y misántropo, se aislaba del mundo para poder escucharse. Pero el arte no sólo es síntoma, sino también catarsis, y esta concepción se afianzó en el Romanticismo en el que los artistas buscaban el experimentar las emociones desde diferentes experiencias como a través de la soledad, el riesgo, las drogas, etc.

La creatividad calma como el soñar y construye, crea un imaginario que se puede compartir y este es el comienzo de la resiliencia, porque en la construcción, en el compartir con otros, se crean nuevos significados y experiencias que ayudarán a dar coherencia al entorno. Así, la persona resiliente no se olvida del evento traumático, no lo edulcora ni lo niega, sino todo lo contrario, la persona más allá de escapar de él, convive con esta memoria como con tantas otras, la tiene presente porque explica muchas de sus actitudes o comportamientos e incluso la explota a través del arte, siendo capaz de comunicar estados emocionales con gran maestría.

Según autores como Terr, Cyrulnik, Baradon o Herman, los factores de la resiliencia son el logro de la seguridad afectiva y de la responsabilización en crear un proyecto de vida. Alcanzar la resiliencia implica en las personas que lo han logrado un previo proceso de trabajo y movilización hacia una “mejor versión de uno mismo”, crear relaciones afectivas y lograr formas nuevas de expresar su mundo interior, construyendo desde la coherencia.

En todo este proceso de aprendizaje, la creatividad juega un papel muy importante por lo que se podría afirmar que el origen de la resiliencia se encuentra en el imaginario.

Masculinidad hegemónica. La regla de oro: no ser mujer

 

En esta entrada me gustaría seguir tratando algunas de las cuestiones relativas al género, en este caso sobre las nuevas masculinidades emergentes.

Como es bien sabido, el género es una construcción social y cultural y por lo tanto está permitido la creación y transformación de identidades así como de roles de género. Dado que lo femenino y lo masculino se adquiere a través de un proceso de aprendizaje, en donde los significados sociales de género se transmiten a través de la relación, éstos pueden ser modificados.

En la actualidad, podemos afirmar que la transformación de los roles de género ha sido más tangible en el caso de las mujeres con la incorporación al mundo laboral y su consiguiente masculinización para llegar a obtener la valoración de la sociedad. Cuando tratamos este tema rápidamente se nos enciende la alarma de “los problemas de la incorporación de la mujer al mundo laboral” asociado en muchas ocasiones con la bajada de la natalidad, el aumento del paro, problemas de la infancia, la educación de los hijos e incluso el “abandono” del hogar. Sin embargo, también puede venir a nuestra mente la imagen de la mujer que llega cansada del trabajo remunerado y comienza su jornada de trabajo (no valorado) de cuidado del hogar y de la familia.

Por suerte, justicia social o aumento de consciencia, a día de hoy pese a seguir tratándose el debate incansable de “los problemas de la incorporación de la mujer al mundo laboral”, pueden aparecer en nuestras mentes viñetas de parejas que conviven en la corresponsabilidad de las tareas del hogar y de la familia. Por desgracia, junto con esta imagen aparecen en muchas ocasiones comentarios que cuestionan la masculinidad de los hombres que actúan comprometidos con nuevos modelos de convivencia.

 

La masculinidad hegemónica.

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La diferenciación rígida de roles de género implica un costo no sólo para las mujeres, sino también para los hombres. La masculinidad hegemónica ha traído consigo una menor esperanza de vida en los hombres que está directamente relacionada con su baja calidad de autocuidado y a una mayor predisposición para llevar a cabo conductas de riesgo. Asimismo, las construcciones rígidas o extrapoladas sobre el género implican limitaciones en las posibilidades de desarrollo de capacidades. En el mundo masculino, por ejemplo, la educación emocional se basa en el ocultamiento, negación y relativización de los sentimientos ya que la vulnerabilidad se confunde con debilidad (propio del mundo femenino). El mundo de los afectos es demasiado pobre como para obtener un buen desarrollo de las habilidades emocionales, trayendo consigo problemas de gestión emocional como una baja tolerancia a la frustración.

El desarrollo de unas u otras habilidades está mediado por la socialización del individuo ya que la mayor parte de nuestros aprendizajes se producen en la relación con los otros. Con respecto a la socialización de los hombres, autores como De Keijzer hablan de la inexistencia de conceptos como el autocuidado o el sentido de la salud. Así, el cuidado y el autocuidado parece pertenecer por tradición, al mundo femenino a no ser que uno se encuentre en una posición de poder como pueden ser profesiones del ámbito sanitario como la medicina. Congruente con esta teoría, De Keijzer habla de un modelo de masculinidad basado en una mayor independencia, agresividad, competencia e incorporación de conductas violentas y temerarias, que llegaría a explicar la menor esperanza de vida entre los hombres.

Desde la antropología, David Gilmore explica que al hombre se le exigen cualidades agresivas dado su rol masculino de protector. Además, afirma que dado su rol puntual en la reproducción, su vida carece de gran valor para la supervivencia de la especie por lo que pese a su papel de preñador, éste también debe ser proveedor y por ello, en ocasiones se somete a situaciones de riesgo (como por ejemplo en el ámbito laboral ejerciendo trabajos que suponen una amenaza en su salud tanto física como mental) con el fin de evitar el cuestionamiento de su valía como hombre. Así declara que la tendencia a resaltar la virilidad y los comportamientos arriesgados se explica en términos de evolución adaptativa.

Gilmore también afirma que en sociedades con fuerte diferenciación entre sexos, el repudio de lo femenino y su dominación tienden a colocarse como valores fundamentales de la identidad sexual masculina. En la fuerte diferenciación, lo masculino y femenino se perciben como opuestos por lo que las personas mantienen sus fronteras actuando de forma radical, siendo el repudio de lo femenino su seguridad de mantenimiento de su identidad masculina. En estas sociedades, se concibe que la persona pierde su masculinidad o se da la feminización cuando ocurre alguno de los siguientes sucesos:

  1. prolongación del vínculo madre- hijo
  2. varón incapaz de imponer autoridad con pareja
  3. permite el engaño de un rival
  4. ocupar posición pasiva en sexualidad
  5. la falta de control de la sexualidad de las mujeres de la familia

Así, al hombre se le exige desde este modelo de masculinidad el dominio del espacio de lo público, ingresos para mantener su rol de proveedor, la creación de su propia familia y un rol activo en sexualidad. Todo ello se resume al mensaje simplista de no actuar como una mujer.

Asimismo, desde la antropología también se han estudiado sociedades en donde predomina una cultura andrógina como los tahitianos de Polinesia. En estas culturas se observa poca diferencia en el estatus, comportamientos y funciones sociales entre géneros así como una baja agresividad y competitividad en sus miembros, siendo la economía cooperativa.

Desde el psicoanálisis y retomando la teoría de Freud que ya expuse en la anterior entrada, el repudio de lo femenino estaría en la base de la constitución psíquica de hombres y mujeres, al menos en nuestra cultura. En el caso del hombre, el rechazo de lo femenino se debe a los temores a la castración, que conlleva a la necesidad de adoptar una posición activa tanto en el dominio personal como en el público. En la mujer, el repudio de lo femenino se manifiesta en la negación de la carencia fálica (ante la negación de la castración, la niña se comporta como un hombre). Así, el hombre teme la castración ya que en última instancia simboliza la feminización.

Lacan, ahondando más sobre el repudio de lo femenino, explica que en el extremo masculino, el ser hombre depende de: 1. El órgano; 2. La identificación con el ideal del yo paterno y 3. Insignias fálicas como el poder. En el extremo femenino, la mujer busca sustitutos fálicos (hombre, hijos…) y erotiza su cuerpo para despertar el deseo en el otro. Sin embargo, Lacan ya comienza a hablar de que existe un espectro en donde posiciones intermedias o invertidas dan como resultado variedades en identidades y orientaciones sexuales.

 

Nuevas masculinidades

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El patriarcado se beneficia de las actividades de cuidado realizado tradicionalmente por las mujeres a las que todavía hoy no se les otorga ninguna clase de valor. Pero lo cierto es que sin estas actividades, las sociedades no podrían avanzar. De hecho, una gran parte de la población con poder no podrían ejercer su profesión si no hubiera una figura que cumpliese con estas tareas de cuidado.

Desde el patriarcado, el hombre se dedica al dominio público y la mujer al ámbito del hogar y la familia. Con ello, las libertades de unos como de otros se ven restringidas. Así, se produce una insatisfacción por ambas partes, lo que ha llevado a un cuestionamiento del modelo por excelencia en nuestra cultura. En contraposición con la percepción que nos ofrecen las sociedades en donde existe una gran diferenciación entre géneros, en donde el hombre debe ser a-b-c, lo cierto es que la identidad, no pertenece al dominio de lo biológico sino que en un cuerpo dotado de ciertas características biológicas se construyen una serie de operaciones simbólicas. Así, en la identidad de cada uno, pese a su aparente unidad, se encuentran una multiplicidad de pulsiones, deseos y conflictos que hacen a cada individuo fragmentado.

Ahora la mujer ocupa más ámbitos de poder pero adoptando una postura masculinizada en donde se debe seguir un guión marcado de simbolismo, desde la vestimenta apropiada a un protocolo de comportamientos propios y un abandono de los espacios tradicionalmente femeninos. Así, caemos nuevamente en el mismo error propio del patriarcado, persistiendo guiones en donde las tareas tradicionalmente femeninas siguen sin ser valoradas, con la diferencia de que en este caso es ahora la mujer la que delega en un cuidador (la mayoría de las ocasiones otra mujer) para el cuidado de sus hijos.

Sin embargo, comienzan a aparecer nuevos formatos de convivencia en donde, la mayor participación de los hombres en estos espacios ha supuesto la creación de nuevos modelos de convivencia en donde existe una corresponsabilidad y no una “ayuda”, de manera que se adoptan posiciones de cuidado con compromiso. Como consecuencia de esta apertura social, las mujeres ya no son las únicas que luchan por una valoración de estos espacios, sino que ahora también se suman muchos de los hombres que ahora se empapan de éstos, bien sea por justicia, por visibilización de las demandas de la mujer a través de su inclusión en la toma de decisiones dentro del poder, por el derecho a la paternidad de las parejas homosexuales, o por deseo propio al obtener una serie de beneficios inherentes a la realización de estas tareas de cuidado como puede ser compartir más tiempo con los hijos.

El mundo social presiona a las personas, condicionando su percepción, valoración y acciones sobre la realidad, pero también genera cambios en las políticas sociales, por lo que lograr que tanto hombres como mujeres se sientan libres para ejercer sus derechos de autocuidado como de cuidado a los otros, mejorar la calidad de sus relaciones y su autorrealización implica cuestionar el patriarcado así como los modelos tradicionales de feminidad y masculinidad. Si logramos romper nuestras ataduras con la diferenciación de género, si salimos de ese condicionamiento en nuestras actuaciones, podemos quizás evolucionar como sociedad.

 

El feminismo ante Freud

El feminismo ante Freud

No es ningún misterio que el psicoanálisis y el feminismo han sufrido grandes desencuentros a lo largo de su historia. Entre algunos de esos calurosos debates se han tratado el entendimiento de la sexualidad, la identidad y feminidad. En esta entrada vamos a tocar algunos de los puntos principales en los que el feminismo más ha aportado luz al psicoanálisis freudiano y cómo éste ha nutrido al movimiento con las aportaciones sobre el inconsciente.

La sexualidad de la mujer, oscura e impenetrable

En los primeros escritos de Freud, las mujeres eran reducidas a casos de histeria y se entendía la naturaleza de la misma como oscura. Así, en “Tres ensayos de teoría sexual” Freud plantea las razones por las que la sexualidad de la mujer es oscura e impenetrable: por una parte, la atrofia cultural y por otra, la naturaleza insincera de la mujer. Seguramente, esta segunda razón nos haya al menos sorprendido y es que esta afirmación se fundamenta en dos ideas principales:

– La primera basada en los primeros estudios anatómicos de hombres y mujeres (Siglo XVIII) que se convirtieron en un gran fundamento de discriminación social. Debido a las características anatómicas, los hombres eran definidos como legibles y transparentes, mientras que las mujeres se consideraban extranjeras, incomprensibles. Este lenguaje facilitó juicios hacia las mujeres como la insinceridad, su carácter más natural (animal) con respecto al hombre por ser procreadora y por tanto, la necesidad de responsabilizarse del hogar mientras el hombre se dedica al ámbito público, político y cultural. Así, en “El malestar en la cultura” Freud define a las mujeres como las representantes y encargadas de los intereses familiares, mientras que el mundo de la cultura se convierte en un ámbito masculino.

– Freud, entusiasmado por estos estudios, plantea su teoría tomando como referente al hombre y a partir de ahí, creando paralelismos entre hombres y mujeres. En su teoría refuerza la idea de la mujer insincera desde el concepto de castración. Según Freud la niña entiende la castración como algo consumado, mientras que el niño teme que se dé y este es el motivo por el que se genera un superyó, gracias al cual abandona el complejo de Edipo. Para la niña no hay motivo para superar el complejo de Edipo, por lo que puede permanecer en esta etapa indefinidamente siendo el superyó débil.

La visión de Freud sobre feminidad

Freud establece la diferencia entre hombres y mujeres por la existencia o falta de falo.

La mujer es definida por la carencia del falo, siendo el sustituto del falo un hijo, convirtiéndose ella en madre. Lacan clarifica que la mujer busca al hijo no por el anhelo de ser madre sino en su búsqueda del falo, no entendido como pene sino como deseo. Por tanto, se trata de una búsqueda de lo perdido. Este será uno de los principios de la teoría de Freud que ha sido más rechazado y cuestionado por el feminismo debido al reforzamiento y mantenimiento de una concepción falocéntrica de la cultura.

En “La investigación sexual infantil” Freud explica que cuando los niños y niñas son conscientes de la posesión de diferentes genitales, en el niño se produce el menosprecio y rechazo hacia el otro sexo ya que percibe los genitales de la niña como mutilados, apareciendo así la amenaza de castración. En cambio, en la niña aparece la envidia de pene y surge el deseo de ser un hombre ya que considera el pene como superior a su propio órgano que se encuentra escondido. De este hecho se produce en la niña:

Complejo de masculinidad que es la esperanza de poseer el pene, logrando obtener la misma fuerza de poder que el hombre.

Desmentida que ante la negación de la castración, la niña se comporta como un hombre.

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Parece evidente en todos los casos que según Freud, la feminidad conlleva al reconocimiento de la inferioridad del órgano y de la mujer con respecto al hombre.

Pero la envidia de pene, según Freud tiene otro tipo de consecuencias como un empeoramiento en la relación con la madre (la niña responsabiliza a la madre de no tener pene y la madre reprime la masturbación clitoridea, generando una herida narcisista donde se crea un sentimiento de inferioridad y provocando un sentimiento de menosprecio y celos).

Así, a través de la represión que ejerce la figura materna, la feminidad surge en la mujer cuando su placer clitorideo se desplaza al vaginal.

Freud además plantea ciertas peculiaridades de la feminidad como la necesidad por ser amada, el ensalzamiento de los atributos atractivos como compensación de su inferioridad sexual y la aparición de la vergüenza y pudor como una intención de esconder la defectuosidad de sus genitales.

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La obra de Freud y su teoría sobre la sexualidad femenina se vio inspirada y reforzada por el antropólogo Felix Bryk y su obra. Felix Brik fue conocido por sus estudios de tribus africanas en las que se practicaban la ablación del clítoris. En su obra explicó que las mutilaciones impuestas a las mujeres africanas tenía como fin el facilitar el desplazamiento orgásmico de la zona clitoridea a la vaginal. Además explicó que la intención de estas tribus no era suprimir el placer femenino, sino encauzarlo para obtener fines reproductivos.

Estos escritos sobre los que se apoyaba la teoría de Freud, entusiasmaron a Marie Bonaparte (princesa de Grecia y Dinamarca, escritora y psicoanalista) que consideró estas mutilaciones físicas lo análogo a la represión que produce la madre a la niña en la cultura europea. Como dato curioso, Marie Bonaparte se operó hasta en tres ocasiones para acercar el clítoris a la vagina pero no encontró mejora en su satisfacción sexual, por lo que la teoría freudiana sufrió una gran bofetada ya que se constató que el desplazamiento de la sensibilidad del clítoris a la vagina se fundamenta por la cultura y no por la anatomía, aunque resultó ser un buen intento.

El debate sobre la identidad en el feminismo

El feminismo es un movimiento de resistencia de las mujeres a aceptar los roles, situaciones sociopolíticas e ideológicas que se fundamentan en la jerarquía de sexos basada en un enfoque naturalista. Una de las tareas que han llevado a cabo prácticamente desde la Revolución Francesa hasta hoy, ha sido cuestionar los roles y estereotipos de cada sexo, interrogando la identidad de hombres y mujeres y exponiéndolos a transformaciones.

Si bien es cierto que los años 60 fueron caracterizados por el crecimiento del movimiento feminista, los años 80 han sido cruciales por las discusiones sobre identidad que se compaginaron con el auge del concepto género. Este concepto permite la construcción y transformación de identidades que hasta ese momento estaban determinados por atributos biológicos, de manera que la diferencia justificaba la subordinación. Este concepto ahora tan común, supuso el impulso de políticas públicas con perspectiva de género, entrando las mujeres a formar parte explícitamente de las políticas estatales y de los planes de desarrollo local, nacional y macroeconómico.

El feminismo permanece actualmente en el debate de la identidad ya que dentro del movimiento existen diferentes vertientes que difieren en su percepción de la identidad, aunque comparten su cuestionamiento de la cultura falocéntrica.

El feminismo de la diferencia plantea que hay una esencia común a todas las mujeres y que esta esencia conforma la identidad de las mismas. Esta esencia a su vez se conforma por una serie de valores femeninos intrínsecos y milenarios. Con esta vertiente se revalora a la mujer a través de los atributos asignados desde lo social, pero modifica el lenguaje, reescribiendo su historia sin los prejuicios masculinos. Algunos ejemplos son la transformación de atributos como la pasividad que se redefine como el amor por la paz o la emotividad que se determina como una mayor capacidad de expresión de sentimientos.

El feminismo de la igualdad rechaza este tipo de identidad porque pese a ser depurado del lenguaje de dominancia masculina, sigue cayendo en la identificación como proyección del otro, complementando la identificación masculina. Así, esta vertiente reivindica en la mujer la existencia de atributos históricamente pertenecientes al mundo de lo masculino. Sin embargo a esta vertiente se le ha criticado que aumenta los ideales del mundo femenino, aumentando exigencias y creando ambivalencias en las mujeres que deciden negar otras partes de su self.

La dicotomía existente en el feminismo diferencia- igualdad ha creado muchas discrepancias entre sus miembros, perdiendo el rumbo del debate. Son muchas las personas que consideran que las vertientes no son excluyentes, porque ambas ofrecen una visión rica de la población femenina heterogénea. Así, plantean que la identidad no es estática, sino que se modifica con la historia y el propio desarrollo de la persona, por lo que la identidad es una construcción en el aquí y en el ahora. Así concluyen que al movimiento le falta empatizar con las dificultades que afectan a las mujeres cuando deciden diferenciarse del modelo materno, para así facilitar la liberación de las mujeres. En relación con esta idea, Marcela Lagarde plantea que una de las problemáticas existentes en el feminismo es que las feministas no se reconocen en las otras ya que en sus relaciones interpersonales se proyecta la relación madre- hija, por lo que propone la sororidad en donde la otra ya no es madre sino hermana.

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Sin embargo, ambas vertientes muestran una postura muy clara hacia la teoría de Freud y algunas de sus críticas más consolidadas y que han movilizado a analistas a revisar la teoría son las siguientes:

– El feminismo rechaza el concepto freudiano de envidia de pene y en la concepción de la feminidad como el cambio de la zona libidinal del clítoris a la vagina, ya que concibe a las mujeres bajo su función de reproducción.

– El feminismo cuestiona la envidia de pene y sugiere el fenómeno de la envidia por dar vida de los hombres. Posteriormente, dejando atrás estos conceptos, se plantean el terror que pueden sentir los hombres ante el hecho de poder dar la vida y el poder de los genitales femeninos. En concreto, en este punto ha sido muy importante la visión de Betty Friedan que añade que las mujeres no tienen envidia de pene sino que reclaman mejoras sociales y lo que sí envidian es el estatus del hombre en la sociedad. Otra aportación es la de Liliana García que apoya la idea de que la lucha feminista es la negación de la falta y del complejo de masculinidad, siendo una queja por la falta y en la no aceptación de la castración. Así afirma que se trata de una batalla fálica.

Camino hacia nuevas identidades: feministas y analistas debaten

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El psicoanálisis más ortodoxo no se ha silenciado al respecto y ha dado su interpretación sobre el movimiento feminista; el psicoanálisis no sólo entiende el feminismo como una expresión de la negación de la falta, sino también como un movimiento histérico que demasiado cegado por la explicación culturalista, no entiende el mundo de la psique y el funcionamiento del inconsciente. Así, teniendo únicamente en cuenta la discriminación histórica y social, se busca la causa de discriminación y su propia identidad.

Por otro lado, en el psicoanálisis se han dado posturas más conciliadoras, en donde se ha dado un reconocimiento de muchas de las críticas que las feministas han ofrecido a la teoría de Freud. Un claro ejemplo es Karen Horney, psicoanalista feminista que siendo una de las pioneras del movimiento culturalista, estima que tanto el desarrollo normal como patológico y la identidad femenina tiene su origen en la cultura. Horney rechaza la teoría freudiana y frente a la envidia de pene y el complejo de castración, defiende la identificación de la hija con la madre y la envidia del hombre por la maternidad. Asimismo, Horney ha sido una gran defensora del desarrollo de la feminidad como fruto de factores innatos y la relación entre madre- hija, entendiendo los sentimientos de inferioridad de las mujeres como resultado de la cultura y no por biología; así, son los factores socio-culturales los que evitan que la mujer se expanda y se desarrolle con libertad tanto en el ámbito personal como sexual.

Más allá del feminismo y el psicoanálisis, parece que los significados sociales de género se transmiten constantemente a través de la relación, por lo que las identificaciones no sólo corresponden con el complejo de Edipo y sus consecuencias. Son los propios padres y madres quienes favorecen la huella de estas representaciones tanto conscientes como inconscientes. La forma de transmitir estas representaciones, es a través de:

– Expectativas y deseos

– La relación que crean con la hija

– La relación de la propia pareja que resulta un aprendizaje en donde la niña no sólo incorpora la identificación de la figura materna, sino la de una relación, en donde se interioriza la relación que la madre tiene con el padre.

En todo caso, el debate sigue abierto ya que actualmente se ha abandonado una posición de proteccionismo ante la figura del genio Freud, para buscar una respuesta ante la identidad femenina más actualizada y acorde con las necesidades reales de las mujeres de nuestro tiempo, en una doctrina en la que ya no sólo se cuenta con la participación de los hombres.

En la soledad de los cuidadores de enfermos crónicos

En la soledad de los cuidadores de enfermos crónicos

La necesidad de asistencia de un enfermo crónico supone cambios drásticos en el núcleo familiar, siendo necesaria una reasignación de roles, tareas y funciones para cubrir aquellas necesidades que antes eran satisfechas por la persona ahora enferma así como las nuevas necesidades que generan una situación de dependencia.

Normalmente, las necesidades generadas por la enfermedad crónica implican la figura del cuidador que suele tratarse de un familiar allegado en el que la persona enferma confía su estado de salud. Igualmente, el resto de familiares delegan en esta persona una serie de responsabilidades como pueden ser las visitas médicas, el aseo, la toma de decisiones durante el tratamiento, la gestión económica de los gastos del mismo, etc.

El cuidador escogido o aquél que ha mostrado voluntad para adquirir esas responsabilidades, atiende diariamente y de forma continuada en el tiempo tanto a necesidades físicas (desplazamientos, transferencias, aseo, alimentación, etc.) como emocionales (preocupaciones, miedos, cambios de humor, etc.).

En una encuesta realizada por el Instituto Nacional de Estadística en el año 2008, se han obtenido los siguientes datos acerca de las características propias de los cuidadores así como las dificultades a las que se enfrentan:

Tres de cada cuatro cuidadores principales son mujeres con edades comprendidas entre los 45 y 64 años. El 78´9% de ellas, reside en la misma casa que la persona cuidada. El 63´7% de los cuidadores que residen en el mismo hogar que el enfermo, han disminuido su tiempo de ocio y para el 54´4% el cuidado ha repercutido en su situación laboral y económica.

– En la asistencia personal el mayor problema se encuentra en la falta de fuerza física para realizar ciertas tareas.

– Como consecuencias en su salud, los cuidadores perciben cansancio y un deterioro de ella, seguido de depresión o la necesidad de tratamiento para poder llevar la situación.

La atención dada a los enfermos suele ser de una media de 8 horas al día.

– Las tareas principales del cuidador se dividen en dos categorías: autocuidado (vestido- desvestido, aseo, comidas, etc.) y las tareas domésticas (compras, limpieza, etc.).

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Ante una situación tan demandante como esta, el entorno percibe en el cuidador síntomas de cansancio, insomnio, estado depresivo, sensación de fracaso, aislamiento social, deshumanización de la asistencia, pérdida del sentido de la prioridad, irritabilidad, pérdida de autoestima, desgaste emocional, aumento de la automedicación y el síndrome de burnout (síndrome de desgaste). Todos estos síntomas se deben al desequilibrio existente entre el cuidador, quien recibe la asistencia y el entorno. Éste último, pese a ser consciente de estas dificultades no las percibe como un problema si el cuidador es capaz de cuidar eficientemente al enfermo.

La figura del cuidador ha sido olvidada por los profesionales de la salud, la sociedad y entorno cercano de la persona como pueden ser amigos y familiares. Con lo que respecta a los profesionales de la salud, éstos se centran en el enfermo, entendiendo que el entorno de éste es útil en cuanto a que puede mejorar la adaptación tanto física como psicológica, pero sufren miopía en cuanto a entender las necesidades propias del cuidador, su disponibilidad o capacidad para enfrentarse a las demandas exigidas por el profesional. En relación con los amigos y el entorno cercano del paciente, suele suceder que en las primeras etapas de la enfermedad (momentos de mayor incertidumbre y necesidad por parte del enfermo y familia) el entorno ofrece apoyo tanto físico como emocional. Sin embargo, con el paso del tiempo, éstos perciben una mejora en cuanto a la calidad de vida del enfermo y una menor necesidad de ayuda. Además, en algunos casos la tendencia al aislamiento por parte del cuidador y/o del enfermo facilita que este entorno se aleje, dejando de proveer el apoyo más necesario en esos momentos, el emocional. Así, el cuidador percibe un abandono por todas las figuras que le rodean a él y al enfermo, en donde físicamente permanecen ahí (al menos los profesionales a los que visitan religiosamente) pero emocionalmente se encuentran muy alejados de nutrirlos en sus necesidades más humanas. Y ésta es la eterna soledad del cuidador, rodeado de personas pero invisible para ellas.

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El síndrome Burnout en cuidadores de pacientes crónicos

El síndrome Burnout en el caso de cuidadores, normalmente se debe a una transferencia afectiva del enfermo, situaciones conflictivas repetidas y la imposibilidad de ofrecerse continuadamente. Estos tres aspectos son fáciles de entender si tenemos la ocasión de vivir de cerca la vida de un cuidador.

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La vida de un cuidador está limitada al trabajo (en el caso de haberlo mantenido) y al cuidado del enfermo, siendo éstos sus dos grandes pilares, a los que ofrece su mayor parte del tiempo y en los que se puede encontrar realizado o útil. En el caso de haber perdido el trabajo o estar de baja, únicamente le queda el cuidado del enfermo. Situaciones como éstas, en donde la gran parte del tiempo es dedicado a una sola persona, se puede dar el caso de que el estado de ánimo de uno dependa o se vea influenciado por la persona a la que cuida, creándose un contagio en donde uno está mal si el otro se encuentra mal por razones como por ejemplo, no haber logrado sus objetivos en rehabilitación, presenta dolores o sencillamente se encuentra cansado o triste. Esto es precisamente lo que anteriormente denominamos como transferencia afectiva.

En el caso de las situaciones conflictivas repetidas, éstas hacen referencia a los grandes obstáculos con los que se encuentran los cuidadores en su día a día; no solamente obstáculos físicos, en donde pasear por la ciudad puede convertirse en una sesión de crossfit, sino a los obstáculos en cuanto al manejo del tiempo libre, por ejemplo. En muchas ocasiones, los centros destinados a ofrecer actividades de ocio como son las asociaciones, se suele trabajar con rangos de edades concretos, siendo los más comunes a partir de los sesenta años. En otras asociaciones suelen trabajar de forma especializada según el diagnóstico. Esto deja a un rango de la población desprotegida, personas entre los 30- 60 años y sobre todo a aquellos pacientes que, sensatos, deciden compartir su ocio en la diversidad, siendo su razón de unión intereses e inquietudes comunes y no la enfermedad.

Finalmente, la imposibilidad de ofrecerse de forma continuada en el cuidado hace referencia a la imposibilidad material de mantener una vida saludable si durante un periodo mantenido en el tiempo se sufren por ejemplo:

– despertares nocturnos (fruto de las quejas por dolor o insomnio y/o peticiones de asistencia como por ejemplo para ir al baño) que afectan al propio sueño y descanso.

– la sensación de ser la prolongación del enfermo si éste es dependiente para desplazarse por su casa.

– la necesidad de simplemente estar ahí si se está en una alerta continua por posibles desequilibrios o riesgo de caídas para prevenir posibles lesiones.

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Si ahora comparamos esta vida con la nuestra, podemos echar en falta otros pilares que nos sustentan y en los que en ocasiones nos apoyamos cuando nuestra vida se tambalea, como por ejemplo el ocio, la familia, la pareja, los amigos, actividades de autocuidado e incluso de realización personal. Así, cuando sentimos que lo necesitamos, salimos con amigos, hacemos un pequeño viaje o simplemente nos anotamos a alguna actividad que nos ayude por un momento a olvidarnos de nuestra rutina.

Seguramente que alguno de vosotros habéis pensado que si los cuidadores ya viven estresados, cuanto más si deben dedicar a la rutina de su día tiempo para sí mismos o con amigos. Sin embargo, se debe diferenciar el estrés por sobrepasar los límites de la capacidad de adaptación propia y el estrés por defecto de una baja estimulación. El primero, hace referencia a situaciones en donde la demanda es demasiado alta, de manera que la persona se encuentra sobrecargada; al comienzo, siente frustración porque independientemente de su esfuerzo, la situación demanda todavía más. Si esta sensación se mantiene en el tiempo, puede dar lugar a indefensión aprendida creando respuestas de bloqueo (dejar de hacer) o desorganizadas, de manera que llega un momento en que son tantos los frentes abiertos, que la persona pierde su sentido de la prioridad, comenzando a actuar de forma impulsiva. De este modo se busca la inmediatez de la solución en vez de tomar la mejor decisión en esa situación en concreto.

Sin embargo, el estrés por defecto de una baja estimulación se debe a la ausencia de rutinas o actividades estimulantes que permitan a la persona desconectar de sus quehaceres. El quedarse en casa viendo la televisión o jugando a juegos de mesa, no supone un problema un par de días a la semana, pero éstas no ofrecen el mismo enriquecimiento que cualquier otra tarea que implique salir de casa y/o socializarse con otras personas.

Ambos están presentes en los cuidadores, pero la conclusión que debemos sacar no es que es sensato que eliminen actividades placenteras porque éstas son menos importantes, sino que debemos aumentar los apoyos a estas figuras para que nutriendo el presente, cuiden de su propio futuro. Y esto nos lleva finalmente a luchar por la mejora de la calidad de vida del cuidador a través de enriquecer la red de apoyo social e indirectamente se verá mejorada la del enfermo.

Ante el cuidado de uno mismo en detrimento (aunque sólo sea por un corto periodo de tiempo) del cuidado del enfermo, genera en la gran mayoría de los casos un alto sentimiento de culpabilidad, siendo percibido dicho acto como egoísta tanto por el cuidador como en ocasiones por el que es cuidado. Esta tendencia a que el cuidador se olvide de sí mismo es además potenciado y premiado por la sociedad, la cual apoya e incluso percibe como normal que el altruismo o amor de una persona conlleve a apartarse de sus propias necesidades. Incluso los profesionales de la salud potenciamos esta deshumanización del cuidador, al dirigirnos al mismo para expresar lo que necesita el paciente y exigirle la adquisición de nuevas habilidades y atenciones al mismo. De hecho, son muchos los artículos que se dedican a cuidadores pero no con el fin de ayudarlos a afrontar la situación o a protegerlos del riesgo al aislamiento, crisis de ansiedad, insomnio o depresión; los que más se acercan a lograr dicho fin parecen ser aquellos que enseñan a esta figura a cuidarse para ser más eficiente en el cuidado de su familiar, lo que lleva de nuevo a exigir a esta persona por parte de los profesionales una cierta actitud o habilidades, siendo el foco de atención el paciente, aunque de forma secundaria se logre una leve mejoría en la calidad de vida del cuidador. Por tanto, teniendo en cuenta el entorno de esta figura, del que todos formamos parte, se deslegitima la búsqueda de información y ayuda por parte de esta persona para cubrir sus propias necesidades, permaneciendo el sanador crónicamente herido.

Combatir la soledad y el aislamiento ya no es una tarea ajena, nos involucra a todos e incluir la figura del cuidador en nuestras preocupaciones se convierte en una necesidad. Comenzando por reconocer y valorar tratándolo con respeto por familiares, profesionales y la sociedad en general, sin mirar con recelo, permitiendo equivocaciones en el proceso; legitimando y normalizando sus necesidades, ofreciendo disponibilidad no sólo física sino también emocional y facilitando la expresión de aquello que siente sin infravalorarlo o relativizarlo. Humanizar al cuidador no es tarea de éste, sino nuestra; entender y permitir la expresión de sentimientos negativos hacia el enfermo, aceptar que éste desee tiempo propio, que salvaguarde sus propias necesidades contestando en ocasiones NO a ciertas demandas del enfermo, son realidades que la sociedad no sólo debe escuchar sino también aceptar y comprender.

 

Fuentes:

http://www.ine.es/revistas/cifraine/1009.pdf

 

 

Las heridas en la adopción

La experiencia de la adopción no sólo significa el abandono, sino ser confiado a extraños. El hecho de que exista una adopción implica el abandono previo de los padres biológicos. En la actualidad, las familias biológicas suelen separarse del bebé justo tras su nacimiento, ya que esta separación resulta menos dolorosa que una vez se consolida el vínculo.

La separación que se da justo tras el nacimiento provoca la denominada herida primaria, ya que la falta de un cuidador permanente supone una discontinuidad en la relación y por tanto, en el aporte emocional y estimulación del recién nacido.

La díada cuidador- infante durante los primeros años de desarrollo es tan relevante que teóricos como Cicchetti, Ainsworth y Schore, hacen hincapié en el papel que cumple el cuidador en los procesos neurorreguladores durante los periodos de la primera infancia. En esta línea, Hofer describe el comienzo del apego desde el estado simbiótico en el que los sistemas de homeostasis del bebé y del adulto se encuentran unidos de manera que este apego permite una regulación mutua de los sistemas endocrino, autónomo y nervioso central. De este modo, en el futuro será este adulto quien influirá en los sustratos neurales de la emoción en el niño, regulando directamente la neuroquímica del cerebro en su desarrollo. Así, el niño se apega al cuidador modulador que crea oportunidades de afecto positivo y minimiza los afectos negativos. Por lo tanto, no contar con un cuidador permanente durante los primeros años de desarrollo implica la pérdida de estos reguladores, restringiendo al niño de algunos requisitos del desarrollo psicológico normal.

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Tipos de abandono e implicaciones en los jóvenes

Podemos diferenciar distintos tipos de abandonos. Si bien todos ellos producen gran dolor en el niño, las implicaciones a nivel de salud mental pueden ser muy diversas:

El abandono por incapacidad de los padres es aquel en el cual los progenitores presentan ciertas condiciones que les incapacita para realizar sus funciones como figura cuidadora, de manera que deben ceder a su hijo al Estado. Algunas de estas características pueden ser el consumo de sustancias, maltrato, problemas económicos o ciertas enfermedades crónicas. En este caso, no se da una libre elección por parte de los padres de deshacerse del hijo, de manera que la vivencia del abandono de éste será diferente a aquel que vive el abandono como una cesión voluntaria a extraños. En estos casos, la gran mayoría de los jóvenes son capaces de transformar su sufrimiento en un florecimiento personal, de manera que la creencia “hay algo malo en mí” se transforma y con ello, la sensación sentida.

El abandono precoz es aquel que se produce cuando uno cede voluntariamente a un recién nacido en adopción con la característica propia de que se desconoce el paradero de los padres biológicos. En este caso, el recién nacido no desarrolla ningún vínculo postnatal con su familia biológica, de manera que durante el tiempo que no sea cedido a una familia, deberá enfrentarse a los cuidados de diferentes profesionales, produciéndose discontinuidades en la relación.

El abandono diferido se da cuando los padres ingresan en una institución a su hijo con el fin de «apoyarse» en su educación pero sin que esté presente un objetivo de retorno del joven a la familia. Este tipo de abandono es uno de los más dolorosos ya que además de vivir experiencias previas significativas con los padres biológicos, éste vive de forma directa el rechazo de manera que cuando intenta regresar a casa, se encuentra con la imposibilidad de hacerlo. Debido a este tipo de abandono, los jóvenes suelen desarrollar la creencia de que son personas malas, no merecedoras del amor de otros o sentimientos de recelo y desconfianza, mostrando una alarma continua ante el posible abandono.

Con consecuencias similares a este tipo de abandono, se encuentran los segundos abandonos, en el que adolescentes adoptados han sido cedidos nuevamente a instituciones porque los padres adoptivos renunciaron a hacerse cargo de ellos. En estos casos, el daño es mayor ya que el trauma se reactiva, por lo que observaremos mayores resistencias por parte de los jóvenes en modificar patrones de comportamiento que se presentan sobre todo en las relaciones interpersonales desafiando continuamente la relación (ante el miedo a ser rechazado y abandonado nuevamente, el joven intenta aliviar dicho miedo buscando la ruptura inmediata de la relación con el otro). De este modo tienen control sobre la ruptura de las relaciones.

El abandono prenatal se basa en estudios que han demostrado cómo los fetos estando en el útero son receptores de emociones y son capaces de experimentar ciertas sensaciones en las que comienzan a ponerse en juego los sentidos. Por ello, los fetos pueden comenzar a sentir en madres ambivalentes ante el embarazo, sentimientos de rechazo que se verán traducidos tras el nacimiento en una incapacidad por parte de la madre en establecer contacto afectivo con el recién nacido, lo que puede dar lugar a problemas de personalidad en el futuro. Este tipo de abandono no supone adopción en todos los casos, ya que el abandono emocional no implica el abandono físico, de manera que la familia biológica puede cubrir los cuidados del bebé sin por ello dejar de sentir rechazo hacia el mismo. Sin embargo, cuando se lleva a cabo la adopción, el joven no sólo ha vivido la experiencia de ser cedido a extraños, sino un rechazo previo, más inconsciente, basado en sensaciones producto de esa ambivalencia.

En cualquiera de los tipos de abandono, al separarse de la figura de apego, se dan sentimientos de ansiedad, pena y soledad y cuando éstos surgen se da a menudo la necesidad de buscar una figura que le ofrezca protección, afecto y seguridad, para poder así regresar al estado de bienestar grabado en la memoria emocional del recién nacido. Sin embargo, en esta búsqueda de una nueva figura, se gesta la idea de que una madre que abandona a su hijo es porque no le quiere y el joven se reafirma ante mensajes aparentemente incongruentes que recibe de su entorno como “tu familia te quería mucho y por eso decidió darte en adopción”, razonando que desde el amor uno no abandona a un hijo.

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Debido al miedo a ser rechazado y la necesidad de protegerse de futuros rechazos, se da el temor de conectar con la familia adoptiva; este temor se puede materializar en dos posibles fenómenos: por una parte, retraimiento y/o aislamiento y por otra, una reacción consistente en poner a prueba las relaciones a través de conductas inadecuadas (desobediencia, menudeos, etc.), o a través de rechazar a los otros antes de que los otros le rechacen (mostrando indiferencia, agresividad, etc.).

Comprender la razón del abandono no implica (en la mayoría de los casos) que el sentimiento se modifique ya que este sentimiento de abandono persiste durante toda la vida. Sin embargo, conocer los problemas de separación, pérdida y confianza asociados al abandono y los sentimientos que se dan (rechazo, culpa, vergüenza y confusión en las áreas de identidad, intimidad, lealtad y dominio o poder y control) ayuda a explicar a los padres adoptivos los comportamientos y reacciones “desmesuradas” de los jóvenes en ciertas etapas del desarrollo y a los propios jóvenes que en ocasiones viven con asombro o terror su propia experiencia interior.

Así, cuando uno da coherencia al mundo que percibe y es capaz de organizar su experiencia no sólo comprende sus respuestas de huida, sometimiento, lucha o seducción, sino que puede buscar vías de actuación alternativas.  Esto le permitirá crear relaciones sanas afrontando los desafíos que supone la relación con un otro sin ser prisionero de su pasado, sino que teniéndolo presente en su memoria, pueda  analizar tanto la situación como su experiencia interior.

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Adolescencia y búsqueda de identidad

El periodo de la adolescencia se caracteriza por una búsqueda de identidad propia, de manera que el joven desecha modelos previos (padres, profesores, etc.) y adquiere modelos que provienen del exterior (amigos, famosos, etc.) con el fin de diferenciarse tanto de su familia de origen como de su grupo de iguales. Esta tarea en la mayoría de los casos resulta compleja pero se resuelve cuando el joven logra incorporar e interiorizar aspectos de modelos previos y del exterior, desechando aquello que resulte incongruente con su identidad. En el caso del adoptado, se añade la dificultad para identificar su propia historia personal con la de su familia adoptiva por lo que vive un gran conflicto al tratar de indagar sobre sus raíces e historia personal.

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La creación de la identidad en jóvenes adoptados se ve influenciada por una dificultad al integrar el pasado, presente y futuro por las discontinuidades en las experiencias familiares, vacíos en la biografía y la necesidad de sentirse diferentes y es por estas dificultades que muchas memorias pueden ser distorsionadas, suprimidas o imprecisas. Debido a la escasez de información, el adolescente vive esta búsqueda de identidad con mayor estrés que un adolescente no adoptado, necesitando relacionar la búsqueda de sí mismo con la búsqueda de la familia biológica. Por lo que muchos jóvenes adoptados (pese a sentir este temor de conexión con otro que le puede rechazar) inician una búsqueda activa de la familia biológica con el anhelo de llegar a vivir un sentimiento profundo de conexión con la familia perdida. Este hecho resulta muy evidente cuando el joven adoptado se encuentra en un contexto cultural que difiere de sus raíces y en este nuevo entorno busca relaciones con personas que provengan de su país y le nutran y le facilite conectarse con sus raíces.

 

El aburrimiento que mato consumiendo

El aburrimiento es un estado emocional comúnmente definido como un fastidio e incluso como un malestar del que hay que salir cuanto antes. Para ello, se dedica mucho tiempo en encontrar diferentes quehaceres y así, ”matar el aburrimiento”. Lo cierto es, que el aburrimiento supone una faceta consustancial en las vidas del ser humano contemporáneo, por lo que escapar de esta experiencia supone un tedioso esfuerzo.

Ante la sensación de aburrimiento, la tendencia de respuesta es crear soluciones que alejen de éste a la persona, bien creando un muro que separe y proteja a la persona del mismo (aunque el aburrimiento espere tras sus puertas) o bien buscando la insensibilización silenciando esta aparentemente “insoportable” experiencia.

¿La razón por la que actuamos así? Seguramente la podemos encontrar en la más tierna infancia, en cómo hemos sido educados y condicionados por la sociedad. Si echamos la vista atrás, podremos recordar cómo el prestar atención a nuestro interior fue tachado por algunos como un acto egoísta, infantil e incluso narcisista al interpretar en nuestra contemplación un desinterés hacia el mundo y las personas que nos rodean.

En otras ocasiones, quizás nuestra contemplación fue síntoma de vagancia dada nuestra aparente pasividad y falta de actividad, de manera que rápidamente nos interrumpían para “hacer”. De este modo, hemos sufrido desde la temprana infancia un condicionamiento hacia el hacer, en el que la escucha de nuestro cuerpo ha sido castigada a través de la crítica o simplemente redirigida hacia el hacer.

Esta manera de actuar frente al aburrimiento, puede ser asociada a la de un autómata que rápido busca “arreglar” a la persona. Normalmente, la respuesta es el consumo: ir de compras, de bares, buscar refugio en el trabajo, jugar unas partidas por Internet con amigos (eso sí, cada uno en su casa) o inundar la mente en las redes para “matar el tiempo”.

Vivir como un autómata, desde la inconsciencia, supone desconectar del propio cuerpo que es un canal de información que envía señales sobre nuestras vivencias presentes (como tensión, sensación de nudos en el estómago, o simplemente desasosiego). Si esta tendencia se convierte en un hábito, se puede vivir en un estado de inconsciencia crónica, de manera que al desconectar de la propia experiencia, uno se impide ser. Y por ello, nunca nos saciamos, el consumo no alimenta realmente las necesidades propias, sino lo que percibimos como urgente, como un fastidio.

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Si queremos conseguir ser y cuidar nuestro cuerpo, antes debemos habitarlo y permanecer en él pese a las vivencias que nos causen rechazo; esto nos permite vivir en la consciencia. Así, cuando uno acepta la vivencia del aburrimiento e incluso le da cabida en su cuerpo, sin intentar rellenar el presente con meras distracciones, se encuentra realizando el ejercicio de dejar de hacer para ser.

 

Cuando el aburrimiento lleva a la sensación de vacío

 

En una cultura donde el aburrimiento y la sensación de vacío resultan enfermizos, puede que aquello que resulta adictivo, aquello que nos moviliza para consumirlo, o aquello que dentro del aislamiento da una ilusión de pertenencia, sea la herramienta para sobrevivir.

Tanto el continuo aburrimiento como la sensación de vacío, llevan inevitablemente a la cuestión del vacío existencial y el significado de la vida. La vida cobra un significado cuando en ella encontramos sentido y coherencia con nuestro ser. El cuestionamiento del sentido de aquello que uno hace o de aquello por lo que uno vive, induce a reflexionar sobre el sentido de todo lo que uno realiza. Y en ocasiones, la respuesta será que todo por lo que uno vive y para lo cual se esfuerza, no signifique nada, debido principalmente a que las metas o aspiraciones que se plantean realmente no se valoran.

En nuestra cultura parece existir un fracaso generalizado a la hora de encontrar un sentido vital. Relumbra una incapacidad para valorar a aquellas personas, objetivos o experiencias por las que se luchan cada día, dejando un vacío de aspiraciones que provoca un poso de malestar que continuamente se lucha por evitar, sin llegar realmente a aquello que produce ese vacío e insatisfacción.

Puede que el trabajo que uno realiza no lleve más que a la atrofia de la creatividad o limite la necesidad de autorrealización, llegando a convertir a la persona en una especie de autómata, en la que la falta de libertad para “crearse” lo lleve a la insatisfacción, al aburrimiento y por tanto, a la búsqueda de sensaciones que le ofrezcan una ilusión de libertad.

El consumir y abusar no sólo de pastillas, drogas y alcohol, sino también de juegos de azar, ropa, sexo e incluso personas, nace del sentir una insatisfacción o necesidad no resuelta y ofrece la expectativa de aliviar el aburrimiento, y la falta de sentido que son los malestares aparentes; cada pastilla, cada encuentro con un desconocido, cada camisa cara, provoca no sólo placer por la liberación de dopamina, sino que también ofrece la ilusión de libertad, de estar vivo al volver a sentir el propio cuerpo, anestesiado desde hace ya tanto tiempo. Y es esta experiencia la que crea una fantasía de una experiencia diferente e incluso la de crear(se), teniendo la ilusión de ser alguien diferente, aunque solo dure un día o unas semanas.

Sin embargo, el tomar este tipo de medidas distractorias como hábito, produce el distanciamiento real de la propia experiencia e incluso se llega a percibir las señales corporales como algo inoportuno o amenazante. La expectativa de que con estas medidas se extirpa el aburrimiento e incluso el vacío, resulta sumamente decepcionante, ya que aunque a corto plazo suponga un alivio, simplemente silencia las señales que emite el cuerpo. De esta manera, el aprendizaje sobre el consumo absurdo es el de dejar de escuchar al propio cuerpo, y de confiar en los recursos propios para enfrentar el malestar consustancial de estar vivos.

 

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En las adicciones de consumo, al igual que en la creatividad, uno experimenta el descubrimiento de una parte de sí mismo y la ilusión de libertad de ser y crear. Puede que por ello consumir resulte tan atractivo. Sin embargo, los actos creativos nacen de muy diversas vías, como es a través de la contemplación y el autodescubrimiento y, una vez se logra este conocimiento, el consumo se percibe como cadenas que atan y frenan.

Adicciones: ¿una enfermedad?

El consumo de sustancias forma parte de la historia del ser humano, sin embargo nuestra percepción sobre las mismas se ha modificado conforme al cambio en las costumbres y normas que han sufrido las diferentes culturas y sociedades. Un claro ejemplo es el consumo de cocaína; cuando en el siglo XIX se empleaba en contextos no sólo lúdicos sino laborales y éste era aceptado, deseado e incluso indicador de trabajador responsable. En la actualidad, se percibe este consumo como marginal, vergonzoso y signo de debilidad.

Debido a esta evolución en la forma de entender el consumo en la sociedad, es necesario ofrecer una visión desvinculada de los prejuicios propios de modelos más reduccionistas.

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Adicciones: modelos explicativos

En nuestra cultura, existe una amplia gama en cuanto a la forma de entender las diferentes adicciones: desde un modelo moralista en el que se etiqueta a la persona como “débil” o “incapaz de controlarse”, tendiendo a culpabilizar a aquel que lo sufre, hasta un modelo médico, en el que se entiende a la persona como enferma, pese a no existir evidencia de anormalidades físicas o condiciones bioquímicas. En ambos casos, parece que el foco se encuentra en la persona, identificando que hay algo malo en ella, de forma permanente, crónica y que sólo un milagro, ser divino o fármaco puede curar.

Otras formas de entender las adicciones han surgido a partir del estudio, a través de técnicas de neuroimagen, de los efectos de las drogas a nivel cerebral. Entre estos modelos destacan el modelo de dependencia física y el modelo del sistema de recompensa.

El modelo de dependencia física, explica la búsqueda de drogas como medio para evitar el malestar que produce abandonarlas. Sin embargo, este modelo obvia las razones por las que se mantiene el consumo en drogas que no producen sensaciones de abstinencia.

El modelo del sistema de recompensa, explica el consumo como consecuencia de un aprendizaje por condicionamiento operante (se asocia una determinada conducta con un premio o experiencia gratificante), sin necesidad de la existencia de enfermedad. La razón por la que el consumo resulta gratificante, se debe al sistema de recompensa cerebral, en donde la dopamina cumple un papel primordial. Aquellos hábitos que consideramos adictivos, se deben a que éstos producen la liberación de dopamina en regiones cerebrales que regulan la emoción, motivación y sentimientos de placer del mismo modo que la producen conductas como comer, ganar dinero o practicar sexo. En concreto, el poder adictivo de las drogas se debe a la sobrestimulación artificial, liberando hasta 10 veces más cantidad de dopamina, produciendo sensaciones como la euforia. Así, la persona asocia el comportamiento de consumo con el placer, siendo una gran motivación para repetir el consumo, dejando a otros placeres en un segundo plano, ya que éstos no logran alcanzar la sobrestimulación deseada. Sin embargo, esta sobrestimulación artificial a través de químicos no se da en adicciones como las compras compulsivas, apuestas, etc.

En este último modelo también se admite la adicción como una enfermedad debido a los cambios neuronales que se producen en el cerebro o por la falta de autocontrol percibida por el individuo. Sin embargo, gracias a la experiencia y la capacidad de plasticidad del cerebro, los cambios estructurales y neuronales se dan con independencia de la aparición de un trastorno,  por lo que este argumento no parece ser motivo suficiente como para justificar que es una enfermedad.

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Adicciones como asidero

Si logramos evadirnos del fundamentalismo de estos modelos, podremos entender la adicción como un síntoma fruto de un malestar. Así, el consumo sería un comportamiento que se mantiene porque alivia esa sensación. En el caso de las sustancias psicoactivas se ve claro, pero esto también puede observarse en las adicciones comportamentales, por ejemplo en el sexo, donde el placer físico alivia el malestar psicológico.

Por lo tanto, ante un malestar determinado, el sujeto emplea el consumo como una respuesta que alivia, no buscando otra alternativa de respuesta más adaptativa para lograrlo. Dado los efectos reforzantes que tienen las conductas adictivas en cuanto al alivio que logran en la persona, éstas se mantienen en el repertorio de conducta, creando hábitos y fortaleciendo una rigidez en la respuesta que se generalizará a otras situaciones conflictivas o en las que se puedan dar el malestar.

Sin embargo, el problema es mucho más amplio que el mero consumo de sustancias o conductas problemáticas. Normalmente, antes de que se den este tipo de conductas, el autoconcepto suele estar deteriorado entre otras causas debido al fracaso o problemáticas que surgen en el ámbito escolar/laboral, familiar y la subsecuente inestabilidad relacional. Además en muchas ocasiones las personas no tienen percepción del problema y se sienten satisfechos con lo que hacen, por lo que este bajo criticismo favorece que se mantenga:

  1. La conducta adictiva.
  2. Los problemas que generaron la adicción.
  3. Los problemas que surgen de la conducta adictiva.

En definitiva, la función de la conducta adictiva no es más que la de evitar a corto plazo el dolor. No obstante, lo que libera es poder enfrentarse a aquello que produce ese dolor, sin depender de factores externos que simplemente son un apoyo para poder lidiar con la realidad.