Neurobiología de la honestidad I

 

Estamos en la cola para entrar al parque de atracciones cuando vemos un cartel que pone “niños hasta 12 años entrada reducida”. De repente nuestro hijo adolescente, el cual acaba de cumplir catorce años y luce más bigote que Super Mario Bros, resulta que tiene doce. Andamos un par de metros y nos encontramos de frente con otro cartel que indica sin ambigüedades que no podemos introducir en el recinto comida o bebida alguna. Sin embargo, nuestras mochilas contienen bocadillos, chips y refrescos suficientes como para montar un puesto de ultramarinos improvisado. Nos hacemos los locos.

Una vez dentro del recinto nos encontramos con un ex-compañero de trabajo. Ante el “¡Hombre! ¿Cómo estás? ¿Qué tal todo?” habitual, contestamos “¡Muy bien! La verdad es que no me puedo quejar”. ¿En serio? La noche anterior apenas pegamos ojo por la tensión y el dolor de espalda que nos genera la decisión de querer dejar el trabajo y, para colmo, el perro está enfermo. Pero estamos “¡Muy bien!”. Media hora más tarde, mientras nuestro “Super Mario” hace cola para subir al Tornado, nos suena el teléfono móvil. Rápidamente la pantalla nos informa que ha llegado a la bandeja de entrada un nuevo correo de trabajo dispuestos a amargarnos nuestro día libre con asunto “URGENTE”. Decidimos ignorarlo: “¡Si hombre!… ¡estoy de vacaciones!”. Cuando al día siguiente nuestro jefe nos llama por teléfono contestamos sorprendidos: “¿Correo? ¿Qué correo? Yo no he recibido ningún correo”.

¿Te imaginas cómo sería la vida de una persona, una sociedad o un planeta que miente cada 3 minutos? Este artículo recoge unas pocas pinceladas de la investigación que he llevado a cabo en los últimos meses. ¿Influye vivir la vida de forma deshonesta a nuestro organismo? ¿Qué efectos tiene a nivel neurológico y biológico un acto deshonesto? ¿Es posible cambiar nuestra forma de actuar desde un punto de vista neurobiológico? Comencemos.

 

Los seres humanos mentimos

Removiendo en el baúl de los estudios científicos encontramos un buen puñado de ellos que tratan de establecer el papel de la mentira en la vida diaria de las personas. Para hacernos una idea de por donde van los tiros seleccionaremos dos de ellos. La investigadora de la Virginia University Bella DePaulo llevó a cabo un experimento que concluyó con datos interesantes: en una semana cualquiera mentimos a un 35% de las personas con las que entablamos una conversación. En el caso del trabajo de Robert S. Feldman de la University of Massachusetts los datos revelaron que solemos mentir una vez cada 3 minutos de media.

 

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Dejando a un lado los números, la honestidad es un bien escaso. Los investigadores coinciden en que leemos menos de lo que presumimos, flirteamos más de lo que admitimos, exageramos los comentarios que nos hieren, compramos las cosas más caras de lo que reconocemos, fumamos más de lo que admitimos o hacemos menos ejercicio del que proclamamos. La mentira forma parte de nuestras vidas hasta tal punto que vemos el engaño como un mecanismo crucial para el adecuado funcionamiento de nuestra sociedad, llegando a desarrollar algoritmos capaces de detectar mentiras analizando la sintaxis de las oraciones (como en el caso del Dr. Ludwig y su equipo). En poco tiempo, éstos algoritmos busca mentiras podrán utilizarse con la misma naturalidad que el corrector ortográfico en el Word o en nuestro gestor de correo.

 

El cerebro honesto: de la mentira a la honestidad

Las neuroimágenes nos permiten observar qué ocurre dentro del cerebro de una persona cuando realiza una actividad concreta (por ejemplo cuando engaña o miente) sin necesidad de rebanarle el cráneo. La resonancia magnética funcional es una forma de entrar, echar un vistazo a la actividad cerebral (concretamente a los niveles de oxígeno en sangre que consumen las neuronas) y salir de puntillas. ¡Aquí no ha pasado nada! Aunque sabemos que no todas las personas emplean las mismas áreas cerebrales para llevar a cabo la misma acción, es común generalizar.

Pongámonos la bata blanca y adentrémonos en el Virginia Tech Carilion Research Institute americano para descubrir qué área del cerebro es crucial en la honestidad. En sus instalaciones, un grupo de científicos ha estudiado el cerebro de 7 pacientes con lesiones en la corteza prefrontal con ayuda de un dispositivo de resonancia magnética funcional, y han concluido que esta región juega un papel fundamental en la honestidad. Para situarnos, la corteza prefrontal corresponde a la zona que cubrirías con la mano si la pones sobre la frente. Bien, primer paso superado: parece que tenemos “localizada” a la honestidad.

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Ahora alquilemos un coche y conduzcamos hasta el estado de Pensilvania para visitar su universidad. Tras preguntar en conserjería por el doctor Langleben, llegamos al departamento de radiología y psiquiatría de la Universidad de Pensilvania. Entre los experimentos llevados a cabo por el grupo de investigación, nos centraremos en un estudio realizado en el 2002 el cual reveló algo increíble: antes de que la mentira se comunique a las demás personas se activa una alarma en una zona de la corteza prefrontal conocida como corteza cingulada anterior.

Aquí encontramos una paradoja. Todos pensamos que una mentira se forja cuando se expresa a los demás y que nunca existirá si no la llegamos a comunicar a otras personas. Por contra a esta idea, los trabajos realizados en los laboratorios apuntan a que para nuestro organismo las reglas son diferentes: no importa si se comunica o no. El cerebro humano dispone de un “detector de honestidad” situado en la corteza cingulada anterior que responde no a si mentimos o decimos la verdad a las personas que nos rodean, sino al simple hecho de ser honesto o no.

 

Biología y fisiología de la honestidad

Hemos descubierto que pensar en algo deshonesto hace saltar nuestro detector de honestidad. El siguiente paso sería determinar qué procesos biológicos y fisiológicos promueve nuestro detector cuando saltan las alarmas. La honestidad se comporta como un catalizador que hace al organismo adoptar una composición química característica a toda velocidad. Acerca de cómo se lleva a cabo este proceso, de cómo un pensamiento deshonesto puede convertirse en un cambio químico y deambular por nuestra sangre, ya hablamos con anterioridad en el artículo “Sentimos lo que pensamos”.

Para conocer a las estrellas del espectáculo no tenemos más que analizar una muestra de saliva o sangre de una persona que está siendo deshonesta; los focos se prenden ante el cortisol y la testosterona {Lee, 2015 #160}. Éstas hormonas se comportan como palomas mensajeras que promueven diferentes procesos fisiológicos que podemos medir. El cortisol es conocido como “la hormona del estrés”, y encontrar niveles elevados en sangre se asocia con un aumento de la presión en las arterias, la aceleración del corazón, agitación de la respiración o dilatación de las pupilas. La otra co-protagonista, la testosterona, es la “hormona masculina” por excelencia (aunque las mujeres también la producen en menor cantidad), y su función es disminuir, entre otras cosas, nuestra empatía con el mundo.

Ahora bien, que nadie se ponga apocalíptico. Nuestro organismo viene de serie con las herramientas necesarias para deshacer un acto deshonesto y restablecer el funcionamiento habitual del cuerpo. Una vez pasado el episodio deshonesto todo vuelve a la normalidad a no ser que encadenemos un acto deshonesto tras otro, ya que el cortisol y la testosterona se mantendrían permanentemente en el terreno de juego. Niveles elevados de éstas hormonas de forma “crónica” nos hacen firmes candidatos a padecer desajustes en la tiroides (una glándula con forma de mariposa que tenemos en el cuello e influye en las reacciones químicas que se dan en nuestro cuerpo), trastornos inflamatorios, diabetes o hipertensión arterial  

 

¿Es contagioso el engaño?

 

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Una mentira que queda en nuestra mente, sea o no proyectada al exterior, nos afecta tal y como descubrió doctor Langleben y sus colegas. Ahora bien, cuando la compartimos y la hacemos real se intensifica en nuestro organismo y contagia a las personas que están a nuestro alrededor. Del mismo modo que una persona que se encuentra a nuestro lado mientras nos encendemos un cigarrillo es un fumador pasivo, un observador que presencia cómo robamos o engañamos es una “víctima” pasiva de nuestra deshonestidad. Ten Brinde y su equipo de colaboradores demostraron que el organismo del observador se comporta como si él mismo estuviese cometiendo el acto deshonesto, viéndose afectados parámetros como la actividad eléctrica de la piel y el funcionamiento del sistema cardiovascular entre otros. Este mecanismo puede ser explicado mediante el funcionamiento de las neuronas espejos (motor de la empatía en los mamíferos) del que hablaremos a su debido tiempo.

Dando la vuelta a la tortilla descubrimos algo más que interesante: no sólo transmitimos a los demás el acto deshonesto, sino también los actos de honestidad. Cuando presenciamos acciones honestas nuestros niveles de cortisol y testosterona en sangre disminuyen, a la par que se establece un vínculo con el autor.

 


En el próximo artículo… 

Hasta aquí nuestra primera aproximación a la honestidad. En la segunda parte del artículo “La neurobiología de la honestidad” continuaremos con nuestras incursiones por laboratorios de todo el mundo con el fin de descubrir que ser honestos ralentiza el envejecimiento celular, mejora la salud y nos hace más longevos, que somos pésimos detectores de mentiras y que, en definitiva, la honestidad es un acto de empatía con uno mismo. Seguiremos desarmando de manera sencilla y asequible los entresijos del cerebro honesto, y avanzaremos hasta descubrir cómo podemos comenzar a ser honestos en el mundo que vivimos.


 

Referencias

  • DePaulo, B.M., et al., Lying in Everyday Life. J of Personality and Socual Psychilogy, 1996. 70(5): p. 979-995.
  • Ludwig, S., et al., Untangling a Web of Lies: Exploring Automated Detection of Deception in Computer-Mediated Communication (Journal of Management Information Systems, Forthcoming., 2016.
  • Zhu, L., et al., Damage to dorsolateral prefrontal cortex affects tradeoffs between honesty and self-interest. Nature Neuroscience 2014. 17: p. 1319–1321.
  • Langleben, D.D., et al., Brain activity during simulated deception: an event-related functional magnetic resonance study. Neuroimage, 2002. 15: p. 727–732.
  • Lee, J.J., et al., Hormones and ethics: understanding the biological basis of unethical conduct. J Exp Psychol Gen, 2015. 144(5): p. 891-897.
  • Bradley, M.T. and M.P. Janisse, Accuracy demonstrations, threat, and the detection of deception: cardiovascular, electrodermal, and pupillary measures. Psychophysiology, 1981. 18: p. 307–315.
  • Hermans, E.J., P.-. Putman, and J. van Honk, Testosterone administration reduces empathetic behavior: a facial mimicry study. Psychoneuroendocrinology, 2006. 31: p. 859–866.
  • Grundy, S.M., et al., Definition of metabolic syndrome: report of the National Heart, Lung, and Blood Institute/American Heart Association conference on scientific issues related to definition. Arterioscler Thromb Vasc Biol, 2004. 24: p. e13–e18.
  • ten Brinke, L., J.J. Lee, and D.R. Carney, The physiology of (dis)honesty: does it impact health? Current Opinion in Psychology, 2015. 6: p. 177-182.

Cuando los celos y la ira toman el control de la mente

En un post anterior ya hablamos de la mente como un sistema modular, pero vamos a intentar entender mejor qué es este sistema modular y como nos afecta, por ejemplo, cuando sentimos celos o ira. Como vimos, estos módulos tratan de tomar el control de la mente por un tiempo, hasta que otro módulo toma el control. Y esta forma de funcionar es lo que explicaría que nuestra mente pueda funcionar eficazmente sin que haya un “yo” que se encargue del control, del mando de los módulos.

Douglas Kenrick, psicólogo de la Universidad del Estado de Arizona y co-autor del libro “El animal racional”, plantea en él una visión modular de la mente, un modelo modular. Y el libro sostiene que cuando se trata de nuestro comportamiento social, estamos casi siempre bajo la influencia de estos módulos. Aunque no sólo Douglas sostiene este planteamiento. En la Facultad de Psicología de la UNED también se lo toman en serio. O por lo menos ciertas asignaturas ya plantean el funcionamiento de la mente bajo este sistema modular.

 

Los siete jinetes del Apocalipsis

Kendrick afirma que hay siete sub-modulos, y el sufijo “sub” no se refiere a que estén “por debajo” en la jerarquía de mando. Recientemente explicó que estos siete sub-módulos movilizan una gran cantidad de otros módulos más pequeños.

Los siete sub-módulos están al cargo, y no bajo el control de una especie de “presidente” que decida quién toma el mando en cada momento. De hecho, en inglés los llamó “subselves”.

Utilizando la metáfora de un gobierno, podría estar el secretario de estado, el secretario de guerra, de educación, etc. Y cada uno de estos sería un sub-módulo. Los siete sub-módulos son como los secretarios del gabinete.

Y esta formación nos hace plantearnos preguntas interesantes: ¿Cuáles son las siete posiciones en el gabinete? O lo que es lo mismo, ¿A cargo de qué están?. En segundo lugar, si no hay un presidente ¿qué determina qué modulo se encargar en un momento dado? Y en tercer lugar, ¿cuáles son exactamente los cambios en la disposición mental y del comportamiento que producen los diferentes módulos cuando están al mando?

 

1- ¿Cuáles son las siete posiciones del gabinete?

Kenrick es un psicólogo evolutivo, por lo que se acerca a esta pregunta desde ese punto de vista. Y dice que en el ámbito de la conducta social, hay siete principales tipos de desafíos que nuestros antepasados tenían que cumplir con el fin de trasladar sus genes a la siguiente generación.

Módulo de Autoprotección: Muy valioso desde el punto de vista de la selección natural. En otras palabras, es la capacidad de defenderse del daño que otros miembros de nuestra especie nos puedan causar.

Módulo de Atracción de una pareja: Si el objetivo del juego es trasladar los genes a la siguiente generación, sería de gran ayuda poder atraer una pareja.

Módulo de Retención de la pareja: Protección, compañía y más prole.

Módulo de Afiliación: De gran ayuda para poder asociarse con compañeros. Su función es hacer amistades y alianzas.

Módulo de cuidados familiares: Su función es ocuparse de otras personas con las que compartimos muchos genes.

Módulo de status: Sirve principalmente para demostrar al grupo que eres alguien de confianza.

Módulo de evitación de la enfermedad: Nos sirve para mantenernos alejados de personas que parecen ser portadores de gérmenes.

Esta idea es sólo un punto de vista posible de nuestra mente. Entre todos los defensores del sistema modular no hay un consenso claro de los sub-módulos que nos “gobiernan”, pero puede ser un buen punto de partida para entender cómo funcionamos

 

2- ¿Qué determina qué módulo estará a cargo en un momento dado?

La respuesta de Kenrick es más o menos la misma respuesta que se obtendría preguntando a la mayoría de investigadores de la visión modular de la mente. La idea básica es que un módulo es altamente activado por la información en el medio ambiente, y tenderá a ser dominante durante algún período de tiempo.

Si alguien se nos acerca con un machete en la mano gritándonos “te voy a matar”, es evidente que el módulo de autoprotección entrará en juego. Nos hará salir corriendo y pedir ayuda. Este es un ejemplo muy simple y evidente de cómo un módulo se activa y cómo controla nuestro comportamiento por un tiempo.

 

3- ¿Cómo cambia un módulo la disposición mental y el comportamiento?

Aquí empezamos a llegar a lo interesante. Y lo más interesante está en los cambios tan sutiles que apenas nos damos cuenta. Todo lo contrario al loco vecino del machete.

Kenrick hizo un experimento con algunos colaboradores cuyo objetivo (aparentemente) era cómo respondía la gente a la publicidad. Hicieron dos versiones de un anuncio para visitar un museo. Con dos slogans diferentes: “Recibe la visita de más de un millón de personas cada año”. Y la otra “Destaca frente la multitud”. Dos mensajes opuestos que podríamos pensar que atraen a personas diferentes. Pero el interés aquí es que no atraen a dos personas diferentes, sino a dos módulos diferentes.

Así que lo que investigaron es si las personas se sentían atraídas por un anuncio en función del módulo activo en ese momento. Y si al cambiar de módulo activo, cambiaría también su atracción al cartel opuesto. Lo que parece que ocurrió.

Lo que hicieron es activar a un grupo el módulo de Autoprotección, haciendo a ese grupo ver la película “El Resplandor”. Y a otro grupo les activaron el módulo de Atracción a una pareja, haciéndoles ver “Antes del amanecer”.

El resplandor

A continuación, vieron el anuncio. Y luego se les hicieron preguntas como, ¿le gustaría visitar este museo? Y resultó que las personas que habían visto la película de miedo estaban más inclinados a visitar el museo cuando vieron el anuncio de “Recibe la visita de más de un millón de personas cada año”. Está claro que si Jach Nicholson te persigue con un hacha, prefieres estar rodeado de mucha gente.

Sin embargo, la gente que había visto la película romántica quiso ir al museo después de ver el slogan “Destacan entre la multitud”, lo que podría deberse a que cuando estamos en el modo de cortejo, tratamos de distinguirnos de otras personas. También podría deberse a que cuando estamos en el modo de cortejo, en el modo de atraer a una pareja, estamos buscando un ambiente íntimo para estar a solas con la persona.

Pero en cualquier caso, lo que es interesante aquí es que se podría pensar que hay una personalidad fija en la persona. Y que actuaría más o menos de forma constante. Y que un publicista haría dos tipos de anuncios para atraer a dos tipos de personas diferentes. Pero resulta que en realidad esto no es así.

Cada anuncio puede apelar a la misma persona, en un momento diferente. Dominada por un módulo diferente.

 

Otro experimento

Hay otro experimento interesante sobre algo que también cabría esperar que permanece bastante constante en las personas. Y que en realidad no es así. Se trata de lo que los economistas llaman futura tasa de descuento.

Se refiere a nuestra disposición a renunciar a una recompensa en el corto plazo, para obtener una mayor recompensa en el futuro. Así que si te digo, mira, puedes tener 10€ ahora, o puedes tener 15€ en un mes, ¿qué prefieres?

¿Cómo respondes a esta pregunta, y otras cuestiones por el estilo, determina cuál es tu tasa de descuento temporal. Y los economistas siempre han dicho que es algo atemporal. Que cada persona tiene una diferente tasa de descuento temporal. Que es algo constante, y que respondemos lo mismo ahora que dentro de una semana.

Pues bien, resulta que no es el caso, y lo sabemos por un experimento llevado a cabo por Margo Wilson, quien fue una figura muy importante en la psicología evolutiva y falleció hace unos años. Hizo el experimento junto con su colaborador Martin Daly. Y lo que hicieron es trabajar con hombres y mostrarles imágenes de mujeres que habían sido juzgadas como atractivas en una web donde los hombres clasifican a las mujeres como calientes o no calientes.

También les mostraron imágenes de otras cosas, ya sean mujeres que no habían sido juzgadas como atractivas o fotos de hombres o de coches. Y resultó que cuando los hombres habían visto las fotos de las mujeres atractivas, aunque antes hubieran decido esperar un mes para conseguir más dinero, ahora querían su dinero ya.

La explicación evolutiva de sentido común es que cuando se activa el módulo de Atracción de una pareja, cuando se está en modo de cortejo, queremos tener todos los recursos posibles ante la mujer en cuestión.

Lo interesante es que esta no es una estrategia orquestada a nivel consciente. Ya que eran mujeres “no reales”, a las que nunca iban a conocer en realidad.

Eso no tiene ningún sentido, ¿verdad?

 

Tercer experimento

Este es otro experimento en el que una características que se podría pensar constante en la mente de una persona resultó cambiar en respuesta a la activación del módulo Atraer a una pareja.

Atraer pareja

Los psicólogos tomaron varios varones estudiantes de secundaria. Tenían que hacer una encuesta sobre sus aspiraciones profesionales. Se les separaba en distintas habitaciones. En unas sólo había chicos, y en otras había chicos y chicas de la misma edad. Resultó que en las salas donde había también chicas, los chicos eran bastante más propensos a tener aspiraciones de carrear más ambiciosas. Y en concreto, a tener más ingresos. Por lo que la cantidad de dinero era una meta importante asociada a las aspiraciones cuando había mujeres presentes. O lo que es lo mismo, cuando el módulo Atraer a una pareja estaba activo.

Lo curioso de este experimento es que los chicos actuaban como si estuvieran haciendo auto-publicidad ante las chicas, pero ellas no podían ver sus respuestas, ya que se hacían mediante encuestas escritas. Y al repetir las encuestas semanas después, sin ellas presentes, sus respuestas no fueron tan ambiciosas. Quizá porque en ese momento había otro módulo dirigiendo la maquinaria.

Además, dado que estos chicos no iban a hablar con ellas después del experimento, no parece que hubiera una orquestación consciente de las respuestas. Una estrategia consciente para atraerlas.

De lo que se concluye que no hay una decisión consciente para marcar el comiendo de un módulo en particular, y sin embargo sucede.

En los tres experimentos, hemos visto cómo características que se podrían pensar estables en una persona, como la tasa de descuento o las aspiraciones profesionales, resultan cambiar según el módulo activo en cada momento. Y además, sabemos que no hay una decisión consciente en dichos cambios.

Aún así, mucha gente podría decir que estos cambios se podrían dar por el estado de ánimo, por estar en un momento romántico, por el ambiente… Aún así, la mayoría de los investigadores afirman que no es posible que el ambiente, o nuestro estado de ánimo, sean los únicos desencadenantes de nuestra acciones en un momento dado.

Además, se han hecho diferentes “sub-experimentos” para comprobar los distintos módulos. Por ejemplo, en el primero, el de la película de miedo, también lo repitieron mostrando fotografías de caras de personas de una etnia diferente. Primero se mostraban las caras, que fueron juzgadas como neutras en la mayoría de los casos. Y después de ver una película de miedo, en este caso El silencio de los corderos, fueron juzgadas como amenazantes y más enojadas. Las mismas personas juzgaron la misma cara de formas distintas en cuestión de horas. Lo que se puede asociar a un cambio de módulo. Y también se puede deducir que los distintos módulos cambian nuestra forma de percibir.

Hay que decir, sobre todo, que estamos hablando de experimentos estadísticas, con lo que es una forma de simplificar mucho la realidad. Se sigue investigando este modelo modular de la mente, y seguro que pronto conoceremos más de él.

 

¿Cómo funcionan los módulos?

Es interesante, además, conocer cómo funcionan. Hay algunos módulos que funcionan independientemente de otros. Como el de Autoprotección. Otros, en cambio, pueden funcionar en combinación de un segundo módulo. Como es el caso del módulo de Status. Doug Kenrick afirma que este módulo se activa en el contexto de otros módulos, por ejemplo, el de Atracción de una pareja, o el de Afiliación. En estos contextos se activaría para impresionar a otras personas que queremos que se conviertan en amigos o en pareja.

Si pensamos en los efectos de los módulos, nos encontramos con una paradoja. Podríamos pensar que el módulo de Afiliación se trataría de la amistad. De darnos palmaditas en la espalda, decirnos cosas agradables, etc. Pero un psicólogo evolucionista podría argumentar que en realidad una de las herramientas empleadas en el proceso de regulación de la amistad es la emoción de la ira. Con lo que la ira estaría asociada al módulo de Afiliación.

Según la investigadora Leda Cosmides, pionera en la psicología evolutiva, la visión modular de la mente realmente tiene sentido desde un punto de vista evolutivo. Ella está investigando con Aaron Sell sobre esto y han visto que un periodo de ira se activa cuando alguien te hace darte cuenta de que están poniendo poco peso en tu bienestar, o en algo a lo que tu crees tener derecho.

En función del tipo de relación que tengamos con la persona, cuando esa ira se activa, ciertas cosas van a suceder. Porque si la ira está diseñada para la negociación interpersonal, para tratar de conseguir que la otra persona ponga más peso en nuestro bienestar, entonces tenemos motivaciones suficientes para comunicar esto que es importante para nosotros. Dentro de nuestra cabeza se despertarán pensamientos como “¿Cómo pudiste hacerme esto?”, “Yo no me merezco esto”, “Yo siempre me he portado bien contigo”…

Pero el módulo de Ira no sólo se activa en estos contextos. Las personas nos enojamos con nuestros compañeros, con nuestras parejas (Afiliación)… y esto tiene sentido. Los términos de una relación pueden ser renegociados de vez en cuando. Este módulo no se activa sólo cuando le compramos un ramo de rosas a nuestra pareja o le damos un masaje en los pies.

 

Los celos

Otro ejemplo complejo serían los celos. Desde un punto de vista psicológico evolutivo los celos son funcionales. Leda Cosmedis afirma que han evolucionado programas de ordenador que explican como se cierran determinados mecanismos y se activan otros de forma coordinada para ayudarnos a resolver un problema de adaptación particular. Y un ejemplo serían los celos. De repente, empezamos a prestar atención a cosas en las que antes no pensábamos. Si sospechamos que nuestra mujer está liada con el vecino, empezaremos a sospechar cada vez que perdamos de vista a nuestra mujer y a nuestro vecino.

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Se activará la alarma cada vez que se de una ausencia simultánea. Cada vez que no estén ambos aquí al mismo tiempo. Y es curioso, porque de repente estaremos pendientes de la ausencia simultánea, cuando es algo a lo que nunca antes prestábamos atención. La mayoría de las personas están ausentes en este momento, y eso no nos importa.

Además, nuestra atención se va a centrar en cosas diferentes. Nuestra memoria episódica va a recuperar episodios del pesado. “¿Por qué ese día se puso ese vestido? Cuando nunca lo hace. Pero ese día él estaba allí…”. Se empieza a dar una reevaluación de los episodios del pasado. De este modo cambian las inferencias acerca de lo que significa el comportamiento de las personas. Y se activa el módulo de Vigilancia, para hacer un seguimiento de dónde está mi mujer, qué está haciendo y con quién está hablando.

El problema con el que nos encontramos es que es difícil hacer determinadas tareas cuando unos módulos o sub-módulos están activos. Es muy difícil estudiar para un examen de estadística cuando el sistema de celos sexuales está activo.

¿Y esto por qué ocurre? Cuando se activa un módulo particular, también se activa el modo de procesamiento de la información de ese módulo en particular. Empezamos a tratar de la información de una forma particular. Y en este caso, el modo de vigilancia puede no ser el adecuado para estudiar estadística.

Desde un punto de vista adaptativo esto tiene sentido. Ya que este estado emocional se centra en solucionar un problema adaptativo (retener a nuestra pareja). Y parte de la solución pasa por desactivar otros problemas de adaptación para centrarnos en el que nos parece más relevante. O más bien en el problema que nuestro instinto evolutivo considera más relevante.

 

Complejidad mental a la carta

Por lo tanto, si sumamos todos los elementos nos encontramos con algo muy complejo. Ya que continuamente estamos activando y desactivando mecanismos diseñados para resolver distintos problemas adaptativos. La mente humana es muy compleja. Y cualquier modelo que trate de explicar su funcionamiento, como el modelo modular de la mente, también será muy complejo.

Podemos pensar que el sistema modular es correcto. O podemos preferir pensar en términos de sistemas o modos. O en términos de estados de ánimo y emociones. Todo es correcto, porque todavía queda mucho por investigar.

Pero lo más interesante es que estamos viendo que se dan cambios muy significativos en nuestros estados de ánimo y en nuestra disposición de comportamiento, sin nuestra elección consciente. Como en el caso de la ira, o los celos, donde pocas veces toman el control con nuestra elección consciente.

La buena noticia es que probablemente cada vez seamos más conscientes de estos cambios. Las personas que tenían que elegir un slogan publicitario después de ver una película romántica, no eran conscientes del cambio sutil que se produjo en su mente. No eran conscientes de que se produjo un cambio de módulo. Y probablemente no eran conscientes del cambio en la disposición de la realidad que había sucedido. Lo mismo que tampoco somos muy conscientes de cuando se produce un cambio en nuestro estado de ánimo.

Pero pensando en la evolución de nuestro cerebro, la selección natural ha evolucionado para conseguir que nuestros genes pasen a las siguiente generación. Pero hay otras razones más específicas.

Acumulamos “conocimiento” sobre cómo ser mejores parejas, como cuidar mejor a nuestros hijos… y cómo hacerlo mejor que la media, para pasar a la siguiente generación. Y esas “áreas funcionales”, que se activan de forma inconsciente para nosotros, son lo que los investigadores llaman “módulos”.

 

El “yo” en la visión modular de la mente y en el budismo

Cuando los investigadores son escépticos en cuanto a la idea de un “yo”, se acercan mucho a la idea que Buda tenía del “self”. En uso de sus discursos, afirmaba que no hay un “self” coherente que persiste en el tiempo. En la mente humana afirmaba que reina la impermanencia.

Lo mismo que afirma la visión modular de la mente. Que afirma que hay un conjunto de módulos que dirigen el espectáculo, sin la existencia de un único yo coherente.

Otro tema interesante del que hablaba Buda era el control de nuestra mente. Él afirmaba que no tenemos un control consciente de lo que pasa por nuestra cabeza. Y si crees que lo tienes, estás equivocado.

La visión modular de la mente también podría explicar este fenómeno. Ya que afirma que el estado de nuestra mente en un momento dado no es el resultado de una decisión consciente. Más bien es el resultado de cómo entra en nuestra mente la información proveniente de nuestro ambiente. Y a un nivel no consciente, desencadena la activación de uno u otro módulo.

Y tu… ¿crees que controlas tu mente?

Y aquí os dejo una charla interesante de TED sobre la identidad de uno mismo:

 

Fuentes:

Sentimos lo que pensamos: bofetadas electroquímicas, limones ácidos y emoticonos

El cerebro y la neurociencia han vendido millones de libros e incluso se han entrometido con descaro en conversaciones de cafetería. Ya no sólo nos interesa a los científicos; los presentadores de los telediarios y la gente normal se animan a hablar de redes neuronales que se activan y desactivan, de brazos robóticos controlados por la mente, de hormonas, neuropéptidos, emociones, pensamientos, de amor o de Alzheimer. El cerebro está de moda y nuestra sociedad se está convirtiendo en neurocentrista. Nos sobran los motivos para tirar del hilo que asoma (en realidad en este caso vamos a tirar de la neurona que asoma), y vamos a hacerlo sin miedo para ver hasta donde nos lleva. Are you ready?

 

Neuronas en un universo con forma de coliflor

Nuestro cerebro está repleto de células que denominamos neuronas, las cuales están conectadas unas con otras formando largas redes por todo el cuerpo, capaces de conducir mensajes en forma electroquímica. Es como una enorme red de carreteras microscópicas, con sus tramos de autopistas, autovías, carreteras nacionales y vías urbanas. Si conducimos nuestro automóvil por este universo con forma de coliflor… ¿Nos resultará más fácil desplazarnos en una ciudad repleta de posibilidades y conexiones o en un desierto que apenas cuenta con carreteras? Evidentemente nos será más cómodo desplazarnos si disponemos de gran cantidad de conexiones. Esta idea es extrapolable al cerebro humano.

 

Calles ciudad

 

Diferentes redes neuronales se activan cuando tomamos un café, vemos por la tele al presentador del telediario o escuchamos música. Al conducir mensajes electroquímicos, aumenta el consumo de oxígeno y nutrientes por parte de las neuronas que transmiten la información, de la misma forma que un coche que circula por una carretera consume gasolina. Si esto ocurre, algo que podemos ver mediante pruebas de neuroimagen, entonces decimos que están activas. Ahora bien, las neuronas no se encuentran encerradas en el cráneo, sino que el cerebro se desparrama por todo el organismo hasta llegar a las puntas de los pies. A todo el conjunto de neuronas desperdigadas por nuestro cuerpo lo llamamos sistema nervioso.

 

Acerca de cómo se activan las neuronas: bofetadas o limones

Observando el cerebro con dispositivos de imagen médica en diferentes situaciones, hemos aprendido que nuestras neuronas se pueden activar de dos formas: recibiendo información del exterior por medio de los sensores corporales o mediante un pensamiento. También podríamos hacer el famoso experimento de Galvani, tan desgastado por los laboratorio en las High School de las películas americanas, donde los alumnos hacen bailar las ancas de rana inyectando electricidad con un generador en el sistema nervioso del animal. Lo que ocurre es que los grupos musculares del anfibio (o lo que queda de él) confunden las señales eléctricas del generador con las que habitualmente envía el cerebro para decir: “¡adelante!”.

Centrémonos en primer lugar en cómo se activan las neuronas al recibir información del exterior. Por si sólo, nuestro cerebro lo tiene realmente crudo: es ciego, sordo y mudo (aunque no “torpe, traste o testarudo”). Él únicamente puede manejar señales eléctricas por lo que no se entera de nada de lo que ocurre a nuestro alrededor. Puede estar lloviendo a cántaros o tocando una banda de mariachis a escasos metros, que él ni siente ni padece. Necesita de “algo” que le cuente qué está pasando ahí fuera, es decir, que traduzca esas señales físicas ambientales a un lenguaje bioeléctrico que él pueda entender. Ese “algo”, esos traductores, son los sentidos.

Veamos que ocurre cuando nos dan una bofetada. La mano de alguien, al que seguramente no le caemos muy bien, nos golpea la mejilla y hace tambalear nuestras células (nocirreceptores). El dolor que sentimos es proporcional a la presión ejercida por la mano sobre nuestra mejilla, y describir lo que ha ocurrido, de la forma más fielmente posible, es en definitiva la tarea del tacto (a no ser que tengamos un trastorno genético como la analgesia congénita que nos impida sentir dolor). Así que el tacto está atento a la contracción mecánica de los tejidos de la mejilla para generar una señal eléctrica que viaje al cerebro con la información tanto de la presión (se ha pasado tres pueblos) como de la localización (en la mejilla derecha). Lo que acabamos de explicar a poca gente le impresiona, algún que otro cachete nos hemos llevado, aunque algunas personas se incomodan al descubrir que el dolor no se siente realmente en la mejilla sino en el cerebro.

La segunda forma de generar actividad neuronal, aunque la usamos miles de veces al día, todavía sorprende a más de uno: el pensamiento. Pensamos en un limonero, en sus verdes hojas y sus frutos amarillos. Nos acercamos a él y elegimos un limón. Buscamos el más rugoso, el más ácido, y comenzamos a girarlo sobre sí mismo hasta desprenderlo del árbol mientras nos invade un olor a campo. Cortamos con un cuchillo el limón por la mitad y nos llevamos lentamente a la boca, para apretarlo y sentir como derrama su ácido jugo sobre nuestro paladar. Tiene el balance perfecto entre acidez y dulzura. Automáticamente nos ponemos a salivar. ¡Y ni siquiera hemos visto el limón! La neurociencia lleva décadas gritando a los cuatro vientos que pensar es algo así como una “bofetada electroquímica”. Lo que acabamos de experimentar es que un pensamiento u acción (para el cerebro son muy similares) lleva asociado una firma fisiológica única que es el resultado de una actividad neuronal, endocrina y bioquímica.

 

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Sentir lo que pensamos

El cerebro es un bigotudo pintor realista. Entre sus herramientas de trabajo encontramos unos tubos de pintura, los pigmentos o colores, el caballete y el lienzo. Los inagotables tubos representan a las glándulas (un conjunto de células que fabrican sustancias químicas) y su contenido, los pigmentos o colores, a las diferentes hormonas (la sustancia química que fabrican las glándulas). El caballete sería el sistema circulatorio, mientras que el lienzo simboliza al torrente sanguíneo. Con todo este material de primera, un buen pintor puede ponerse manos a la obra para trabajar la mezcla de colores hasta obtener el tono perfecto que retrate lo más fielmente posible la realidad. De forma análoga, el cerebro secreta mediante diferentes glándulas la cantidad exacta de hormonas o neurotransmisores con el fin de generar una composición química que represente lo más fiel posible a la señal eléctrica enviada por el sistema nervioso. ¿Y para qué sirve todo esto?

 

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El torrente sanguíneo es el medio perfecto para repartir estos mensajeros químicos (las hormonas) por todo el organismo, y llegar así a cada una de las células. Es interesante darse cuenta de que si los mensajes hubiesen mantenido su forma eléctrica, la gran mayoría de las células ni se hubieran enterado. Al igual que el cerebro sólo entiende los impulsos eléctricos, a las células les encantan los químicos. El objetivo es que estos mensajes alcancen a toda las células del organismo, por lo que adoptar una apariencia química es lo más conveniente. En realidad, si reflexionamos fugazmente, todo este tinglado está bastante bien montado. Las señales eléctricas viajan por las neuronas a una velocidad superior a 400 kilómetros por hora (más que un Ferrari de fórmula uno), mientras que un señal química está limitada a la velocidad del flujo sanguíneo (unos 0,036 kilómetros por hora). Una vez la hormona mensajera se encuentra repartida por todo el organismo lo más rápidamente posible, debemos saber que cada tipo de célula tiene unos receptores específicos, lo que significa que sólo reaccionarán ante un tipo de hormonas concretas y no ante cualquiera. Así comienza un baile de hormonas y células, una cascada de cambios químicos en el organismo los cuales solemos llamar emociones.

A fin de cuentas, o una bofetada hace tambalear nuestros nocirreceptores de la mejilla para generar una señal eléctrica y activar nuestras redes neuronales, o bien estas redes se activan a través de un pensamiento. Ambos caminos terminan invitando a bailar a nuestras células con la ayuda de hormonas mensajeras dando como resultado reacciones químicas a las que llamamos emociones. En el día a día de una persona que vive en una sociedad occidental, la cual permanece de 8 a 10 horas sentada en una silla frente a un ordenador (y el resto casi con el móvil), nos pasamos la mayor parte del día dándole al “coco”. Cada vez que le damos al “coco” se activan unas redes neuronales concretas debido a aquello que pensamos, y se inicia un proceso que imprime en el organismo la emoción correspondiente.

 

Emoticonos: generando el modelo de realidad

La ciencia habla de las cosas que ocurren en nuestra vida utilizando representaciones de la realidad o modelos. Cada modelo se aproxima más o menos a lo que ocurre, y es ahí donde hablamos de “precisión”. Por ejemplo, Newton utilizó un modelo para hablar de la gravedad, que consistía en relacionar la fuerza, la masa y la aceleración. Luego vino Einstein, con su relatividad, e ideó un modelo más preciso que el de Newton (a la par que más complejo). ¿Eso quiere decir que el modelo que el científico empleó para explicar la caída de la manzana era erróneo? No, simplemente su modelo no era tan preciso. De hecho, si todo va bien, no es de extrañar que consigamos un modelo para la gravedad más preciso que el de Einstein en años venideros.

Volvamos a mirar dentro de nuestro cerebro con esta idea de “modelo” bajo la manga. Hemos descubierto a un bigotudo pintor realista que habita dentro del cráneo obsesionado por retratar en la sangre aquello que pensamos mediante cambios bioquímicos (nuestras queridas emociones). ¿Y para qué todo esto? ¿Qué mosca le ha picado al cerebro con convertir nuestros pensamientos en emociones? La respuesta es simple: el cerebro es un generador automático de modelos.

 

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Imaginemos una cinta automática de supermercado que transporta aquello que captan nuestros sentidos. En ella encontramos un mejunje de receptores externos (informándonos de aquello que vemos, oímos, saboreamos, olemos o sentimos), pero también internos. Estos sensores internos menos conocidos dan parte al cerebro de los cambios químicos o térmicos del medio donde chapotean nuestras células (el medio interno) y, por lo tanto, nos informan de nuestras emociones. Totum revolutum, la cajera de supermercado (ahora el cerebro es una empleada de supermercado y la cinta transportadora el sistema nervioso) va codificando con el lector infrarrojo cada información proveniente de estos receptores. Con todo esto, el cerebro genera un modelo de la realidad que es lo que cada uno percibimos en nuestro día a día.

Al revisar el ticket de compra nos daremos cuenta en seguida de que hemos pasado por alto alguno de los artículos que conforman nuestra realidad: entre ellos encontramos la memoria. Aunque hablaremos de ello en su momento, es tan importante para nosotros que debemos tener presente que el cerebro genera el modelo de realidad utilizando la memoria (nuestra experiencia) como un sentido más. Ahora si. Esta reconstrucción cerebral de la realidad, este modelo, es a lo que nosotros llamamos David, María o Francisco: un espacio donde podemos sentir las emociones (los cambios bioquímicos) que generan nuestros pensamientos, las bofetadas, y que nos convierten en emoticonos andantes.

 

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Cómo aplicar la ciencia a nuestro día a día 

Nos den una bofetada o pensemos en un limón ácido, esa actividad neuronal irá a parar al torrente sanguíneo para generar un cambio químico al que llamaremos emoción. Luego nuestro cerebro reconstruirá un modelo de realidad (con ayuda de la memoria) para que, en definitiva, sintamos. Esto quiere decir, sin tapujos, que el hecho de que nos suden las manos, se apelotonen los latidos de nuestro corazón, se agite la respiración o que la tensión arterial esté por las nubes, la mayor parte del tiempo no ocurre debido a la situación que estamos viviendo, sino por lo que pensamos acerca de ella.

Nos pasamos la vida exprimiendo limones imaginarios. Al estudiar el organismo, la ciencia nos está queriendo decir que aquello que sentimos, en la mayor parte de ocasiones, proviene de lo que estamos pensando. Ahora bien, siempre que sea posible, no tiene sentido adoptar una postura de «lo que diga la ciencia va a misa» cuando disponemos de un organismo para poder experimentarlo de primera manto. Esta es una invitación formal a hacerlo. Enseguida os daréis cuenta de que existen multitud de ejemplos. Una madre teme que a su hijo le haya pasado algo y comienza a agitarse, sudar o temblar debido a que siente los efectos de pensar “mi hijo ha sufrido un accidente”. Un hombre que cree que su mujer le ha sido infiel porque no se encuentra en casa (cuando en realidad ha ido a comprarle un regalo por un aniversario de pareja que él ni recordaba), siente tensión fruto del pensamiento “ya sabía yo que tenía a otro”. Un viajero que teme volar en avión se siente angustiado o nervioso porque piensa “voy a sufrir un accidente de avión”.

En cualquier caso, nadie ha sufrido un accidente, nadie se ha acostado con nadie o ningún avión ha realizado un aterrizaje de emergencia. Somos emoticonos que, a lo sumo, hemos ido a un limonero imaginario, el más ácido del lugar, hemos seleccionado un limón tocando la porosidad de su piel mientras respirábamos el aroma a campo. Lo hemos partido mientras su jugo recorre nuestras manos, hemos levantado el limón nuevamente y exprimido el jugo del cítrico en nuestra boca.  Ummm… ácido, muy ácido… ¡Buen provecho!

 

Viento en popa a toda vela

Como primera aproximación al mundo que os he presentado hoy, donde la ciencia es nuestra maestra, no está nada mal: nos vamos con un sorprendente “sentimos lo que pensamos”. Ahora bien, son muchas las preguntas que han saltado a la palestra a lo largo de mis investigaciones y, aunque hoy las dejemos volar libremente por los aires, os hablaré de ellas en breve. ¿Por qué a veces sentimos emociones y no encontramos ni rastro del pensamiento generador? ¿Cómo componemos la realidad? ¿Qué pasa con los genes? ¿Existe alguna relación entre la autorregulación corporal y las emociones? ¿Qué papel juegan en el organismo, en las emociones o en aquello que sentimos los microbios? ¿Es el amor una sensación? ¿Necesitamos realmente proyectar un futuro? ¿Donde queda el pasado y la memoria? ¿Qué es el miedo? ¿Qué es la honestidad y para qué sirve? ¿Puede un ser humano vivir con un 5% de su masa cerebral? ¿Por qué enfermamos?

Buscando la conciencia (el “yo”) dentro de nuestra mente

Últimamente hay una idea que ronda en mi cabeza. Aunque bueno, más que una, son varias… Y todas van a dar al mismo lugar. Los que andamos en este camino del descubrimiento de uno mismo, antes o después llegamos a preguntarnos ¿quién soy yo? Pregunta a la que difícilmente hallaremos respuesta. Otra pregunta que llegará antes o después es: ¿Dónde está ese yo? ¿Está en la mente, en el cerebro, en el corazón?, ¿Quién gobierna este barco? O como diría William Ernest Henley… ¿quién es el capitán de mi alma?

 

Fuera de la noche que me cubre,
Negra como el abismo de polo a polo,
Agradezco a cualquier dios que pudiera existir
Por mi alma inconquistable.

En las feroces garras de la circunstancia
Ni he gemido ni he gritado.
Bajo los golpes del azar
Mi cabeza sangra, pero no se inclina.

Más allá de este lugar de ira y lágrimas
Es inminente el Horror de la sombra,
Y sin embargo la amenaza de los años
Me encuentra y me encontrará sin miedo.

No importa cuán estrecha sea la puerta,
Cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma.

 

 

Lo que nos dice la ciencia de nuestro yo

Los últimos avances científicos apuntan a que no hay ningún Jefe de Estado en el cerebro. No hay un yo como nosotros creemos. Sino que más bien hay una gran cantidad de módulos que se turnan para ejercer una influencia dominante en nuestro pensamiento y nuestro comportamiento. Curioso que esta idea encaja bastante con muchas doctrinas orientales que afirman que no hay un “yo” que domina nuestra conducta, que no hay un “yo”, estático, siempre el mismo, que capitanea nuestra alma.

Con esto ya empezamos mal. Porque a nadie le gusta tener que asumir que quien creía ser no existe. Que no existe esa identidad tan arraigada que toma las mejores decisiones para nosotros. Y más adelante veremos por qué es así. Así que a partir de ahora, cuando se acerque a la nevera a darle un tiento a la onza de chocolate, pregúntese qué módulo está al mando en este momento…

Pero vayamos por partes, primero hagámonos a la idea de que no hay un núcleo sólido que actua de manera coherente a través del tiempo y que mantiene las cosas bajo control.

El yo en la mente

 

¿Cómo funcionan los módulos?

Para Rita Casmedy, pionera en psicología evolutiva y una de las investigadores del modelo modular de la mente, es así: Los módulos actúan coordinando pensamientos y percepciones para un fin específico en un determinado momento.

Si en un momento dado nos sentimos celosos y actuamos como personas celosas, es porque el módulo que coordina estos pensamientos y percepciones ha tomado el control.

Y según ella, la meditación puede tener un papel determinante en este proceso. Ya que puede hacer que los módulos que toman el control por defecto, dejen de hacerlo. Podemos llegar a tener un cierto control sobre estos módulos.

 

¿Cómo nos ayuda la meditación?

Como en muchas otras tareas, a lo que nos ayuda la meditación (o el Mindfulness) es a tomar conciencia. Nos permite hacernos cargo del estado en el que estamos en cada momento. No hay un tipo específico de coordinación que dirija la orquesta de los módulos.

No hay un módulo que tenga más “poder” y que decida en qué momento entra uno y sale otro. Simplemente están en continua “lucha” por el poder. Y va tomando más peso el módulo que más haya sustentado el poder en una determinada situación. Volvamos al ejemplo anterior e imaginémonos ante el frigorífico con la tableta de chocolate en la mano ¿qué módulo ganará?.

Hay dos opciones. Puede ganar el módulo de la gratificación momentánea, o puede ganar el módulo de la salud a largo plazo. ¿Quién ganará? Es simple, el que haya ganado más veces en el pasado.

Y esto es terrible. O a mí me lo parece. Entiendo que la teoría de la evolución tiene sus razones para que esto sea así, pero no nos deja en un buen lugar…

 

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Red en modo automático

Otro concepto importante a tener en cuenta es el modo automático. Y es lo que ocurre en nuestra mente, por defecto, cuando no se está ocupando en nada en particular. Cuando la mente no ha sido absorbida por cualquier otra tarea. Una especie de mente errante.

Investigaciones recientes han demostrado que este modo “por defecto” está menos activado durante la meditación. Y los que han hecho meditación sabrán lo difícil que es muchas veces “calmar” nuestra mente cuando no está haciendo ninguna otra cosa.

Nos sentamos a meditar, intentamos concentrarnos en la respiración, en la postura, en las sensaciones en el cuerpo… Y antes o después comienzan a avasallarnos los pensamientos. “Espero no haber ofendido ayer a mi jefe cuando le dije esto”, “me pregunto si el chico tan atractivo del tercero querrá salir a comer conmigo”, “no sé qué voy a hacer esta noche para cenar”… Y mil historias más.

Como dice Rita Casmedy, en un estado así, la red en modo automático está funcionando… Y hay un montón de módulos intentando llamar la atención. Metafóricamente, claro, ya que no son conscientes. Pero de alguna forma están compitiendo por nuestra atención.

 

Los módulos en acción

Douglas Kenrick, otro investigador de este modelo modular de la mente, que ha escrito varios libros sobre el tema, afirma que existen unos seis módulos diferentes. Así que cuando estamos intentando meditar y nos aborda el pensamiento “espero no haber ofendido ayer a mi jefe cuando le dije esto”… El módulo Afiliación es el que ha tomado el control. Es el que ha conseguido captar nuestra atención en este preciso segundo. Este es el módulo encargado de mantener las amistades, en definitiva, el encargado de mantener nuestro estrato social.

Y cuando estoy pensando en cenar con el vecino atractivo del tercero, está funcionando el módulo de la Atracción. Ya sabes, el encargado de que podamos dejar nuestros genes en la próxima generación 😉

Y aunque pueda parecer que los módulo se activan según la información del ambiente, no es así. Podría parecer que ante la persona atractiva se activa automáticamente el módulo de la Atracción, pero las investigaciones sugieren que funcionan al revés.

No es la información en el entorno inmediato lo que activa un módulo. Y esto es lo más llamativo de este modelo. A menos a mi entender. Cuando leí esto por primera vez casi entro en un colapso total. Y no es para menos. Veamos…

Supuestamente, todos los módulos están continuamente rumiando información, sin parar un segundo. Podemos imaginar una parte de nuestro cerebro con seis módulos enviando pensamientos continuamente a nuestra conciencia. ¡Estresante cuanto menos!

Esta información está continuamente activa hasta que una en particular llega a nuestra conciencia. Y las restantes cinco ahí siguen, lo que pasa es que no llegamos a ser conscientes de ellas.

 

modulos yo

 

La meditación

¿Cómo aquietamos esta red? La ciencia sugiere que son dos los tipos de meditación que nos pueden ayudar. Una es la meditación consciente y la otra es la meditación mediante la concentración.

La concentración es especialmente eficaz para calmar la red en modo automático. Porque estar centrada en algo, es una forma de cortocircuitar ese modo automático. Por eso la meditación consciente a menudo comienza con la concentración.

Además de este cortocircuito, hay otra conexión entre la meditación y los módulos. Que tiene más relación con la meditación consciente. Este tipo de meditación nos enseña a ver las cosas tal cual son, dentro de nuestra mente y en el mundo exterior. Nos ayuda a ver las cosas de otra forma, más objetivamente, con menos apego. No solo en la meditación, sino en la vida cotidiana.

Una de las consecuencias de la práctica de la meditación es ver nuestros sentimientos con menos apego. Y conseguir que nuestros sentimientos no tengan tanto poder. Nos ayuda a que las emociones tengan menos poder para arrastrar a la mente en una dirección en particular.

 

Los gatillos de los módulos: las emociones

Los expertos en el modelo de los módulos han demostrado recientemente que las emociones y los sentimientos son los “gatillos” de los módulos. Realizaron un experimento en el que condicionaban a la gente unos determinados sentimientos para ver qué módulos se activaban después. Tras ver una película de terror se activaba el módulo de Auto-Protección, y tras ver una película romántica se activaban módulos muy diferentes que hacen que la gente se comporte de forma muy diferente.

Así que siempre hay sentimientos asociados a determinados módulos. Por ejemplo, empiezas a sentirte mal porque a lo mejor ofendiste a tu jefe. Es un sentimiento negativo que llama tu atención. Y la única forma de que ese sentimiento y ese pensamiento se vayan es “solucionando el problema”. Así que decides mandarle un correo electrónico para cerciorarte de que todo está bien. El módulo ya ha hecho su trabajo y ahora somos vulnerables a cualquier otro módulo. En el caso de la cena con el vecino atractivo igual, ese sentimiento agradable es lo que le da poder al módulo sobre ti.

¿Pero este modo de funcionar es bueno para nosotros? ¿Es un forma útil de llamar nuestra atención? Que los sentimientos y las emociones nos “gobiernen”¿a dónde nos lleva?

Un sentimiento dado será lo que marque qué módulo gana y qué módulo pierde. La atención plena nos puede hacer más conscientes de nuestros sentimientos y pensamientos, de forma que podemos llegar a ver qué sentimiento nos está controlando en un momento dado. Porque además, ni siquiera nos podemos fiar de la “veracidad” de los sentimientos. Como vimos en otro post, nuestra mente nos puede hacer creer que una cuerda es una serpiente, y desencadenar todos los efectos del miedo en nuestro cuerpo.

 

Emociones

 

¿Qué pasa cuando odiamos?

Un ejemplo para entenderlo bien es el odio. Un psicólogo evolutivo nos diría que el odio es necesario ya que define a nuestros enemigos. Si odiamos a alguien es nuestro enemigo. Y esto es importante para la selección natural, saber quiénes son nuestros amigos y quienes son nuestros enemigos.

Los científicos del comportamiento han descubierto una característica interesante que define cómo nos fijamos en nuestros amigos y en nuestros enemigos. Y es la Ley de la Atribución. Si nuestro amigo hace algo bueno se lo atribuimos a su esencia interior y si hace algo malo lo atribuimos a una causa externa. Ya sabes, “era la presión del grupo”, “no había dormido bien”, “en realidad no era él mismo”, etc… Lo mismo ocurre con nuestro propio comportamiento. Si apruebo un examen es porque soy una gran estudiante. Si lo suspendo, los profesores me tienen manía. La historia de siempre…

Con nuestros enemigos es lo contrario. Si hacen algo bueno, habrá alguna causa externa para explicarlo. Y si hacen algo malo, será su esencia natural. Básicamente, ellos son malos aunque hagan algo bueno.

Esta característica fue diseñada por la selección natural. Cuando hablamos de nuestros enemigos está en nuestro interés hacerlo de forma poco favorable. Queremos socavar su estatus, ya que son las personas que potencialmente pueden hacernos daño. Y cuanto más poderosos sean, más daño pueden hacernos. En definitiva, nuestro enemigos son las personas que hacen cosas malas por naturaleza y cosas buenas por otras razones.

Una de estas razones la podemos ver cuando una nación va a entrar en guerra con otra nación. ¿Qué se suele hacer con el líder del país que va a ser atacado? Se le presenta como el mismísimo diablo. Sea real o no. En la guerra de Irak de 2003, por ejemplo, se comparaba a Saddam Hussein con Hitler. Y si lo quieres es sembrar el odio en la mente de alguien, esta es una buena manera. Una vez que has conseguido “instalar” este marco en la mente de la gente, si esta persona hace algo bueno, se le atribuirá a causas externas. Y cuando hace algo malo, será una prueba más de lo mala que es esa persona.

El odio es una emoción muy fuerte, se siente de forma muy dramática. Cada vez que piensas en tu enemigo vuelves a sentir la rabia. El módulo te está atrapando otra vez. Además, es muy fácil que de forma externa, mediante los medios de comunicación, por ejemplo, se forje en ti un “gatillo” que de forma automática le dará el control a uno de los módulos, incluso cuando lo que te están contando no sea una realidad.

 

¿Podemos controlar los módulos?

En realidad no es una tarea fácil. Pero la única forma es tomando más control y más conciencia sobre nuestros pensamientos y emociones.

La meditación consciente y la atención plena, en el contexto de esta visión modular de la mente, nos pueden ayudar a entender qué módulo está actuando en nosotros. Y cómo ese módulo está cambiando la forma en que percibimos la realidad. Y lo puede hacer incluso con emociones muy sutiles.

Queremos saber cuándo la serpiente es una serpiente, y cuando es una simple cuerda, ¿no? Yo por lo menos si quiero saberlo.

El problema es que los sentimientos que activan los módulos pueden ser muy sutiles. No siempre estarán asociados a una serpiente que nos puede matar, o a un terrorista que puede invadir nuestro país. Y cuando entramos en este nivel de sutileza, sólo la auténtica presencia, la atención plena, puede ayudarnos.

 

La visión budista

El budismo nos habla de la doctrina del “no yo”, lo que podría encajar perfectamente con esta visión modular de la mente, donde no hay un “director de orquesta” que esté al mando.

Aunque hay muchas interpretaciones de esta doctrina del “no yo”, la que más podría encajar con esta visión es la que dice que no hay ninguna parte de nuestra mente que tenga que ser parte de nuestra alma. No hay ninguna sensación que tengamos que poseer, no hay ningún pensamiento que tengamos que poseer. Podemos elegir qué cosas dejar de lado.

Para traducirlo en términos modulares se podría decir que no hay ningún módulo que tengamos que poseer. O no hay ningún módulo que tengamos que ser. Porque como hemos visto, los módulos están luchando todo el tiempo por ser nuestro self.

 

Fuentes:

El corazón: un cerebro con conciencia cuántica

¿Por qué el corazón es el primer órgano que se forma en un feto? ¿Cómo es posible que cuando tenemos recuerdos repentinos de algo doloroso sentimos un pinchazo en el corazón? ¿Por qué el corazón puede vivir sin cerebro pero el cerebro no puede vivir sin corazón? ¿Qué es eso de tener una corazanada?

Desde hace siglos, y más a raíz de la influencia en Occidente del dualismo cartesiano , se ha sobrevalorado la idea del cerebro como el «gobernante» que dirige y coordina el resto de órganos del cuerpo. Mientras al corazón se le ha dado un papel secundario, incluso en muchos casos peyorativo, por se el «causante» del mal de amores y pulsiones «irracionales».

A pesar de ello, en muchas culturas milenarias así como en el inconsciente colectivo (y también en el refranero) la metáfora del corazón como una fuente de sabiduría ha estado y está hoy vigente.

Pues bien, gracias a los cada vez más veloces avances en el campo de la Neurocardiología, se ha demostrado que el corazón no sólo no es una simple «bomba» mecánica, sino que además tiene un sistema nervioso intrínsico (SNI) altamente complejo compuesto por más de 40.000 neruronas e interneuronas cuyo circuito permite cualificarlo y calificarlo como un cerebro.

Lo más interesante de esto es que esas interneuronas altamente sensitivas que se comunican entre sí , son capaces de sentir, percibir, aprender, memorizar y tomar decisiones con independencia del cerebro.  De ahí cobra sentido la intuitiva frase de Blaise Pascal:

«El corazón tiene razones que la razón no entiende.»

 

corazón roto

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Comunicación Cerebro cabeza- Cerebro Corazón

¿Y cómo se produce la comunicación entre ambos? Según expone la autora del libro «Maestro del corazón» Annie Marquier, matemática y experta en el tema , afirma que esta comunicación se llevaría a cabo en cuatro niveles:

  • Comunicación neurológica mediante la transmisión de impulsos nerviosos. El corazón envía más información al cerebro de la que recibe, es el único órgano del cuerpo con esa propiedad, y puede inhibir o activar determinadas partes del cerebro según las circunstancias. Esto puede influir definitivamente en nuestra percepción de la realidad y por tanto en nuestras reacciones y respuestas.
  • Información bioquímica mediante hormonas y neurotransmisores. Es el corazón el que produce la hormona ANF,»la hormona del equilibrio u homeostasis». Es decir, es la que inhibe la producción de la hormona del estrés y la encargada de producir y liberar la oxitocina (la hormona del amor).
  • Comunicación biofísica mediante ondas de presión. Parece ser que a través del ritmo cardiaco y sus variaciones, el corazón envía mensajes al cerebro y al resto de las células del cuerpo. Esta variabilidad de la frencuencia es lo que se conoce como coherencia cardiaca y está directamente relacionado con las emociones positivas (aumento de la armonía rítmica y del equilibrio del SNA) y también con las emociones negativas (desorden,  incoherencia en el rimo cardiaco y desequilibrio del SNA).
  • La comunicación energética: el campo electromagnético del corazón es el más potente de todos los órganos del cuerpo, 5.000 veces más intenso que el del cerebro. Y se ha observado que cambia en función del estado emocional. Cuando tenemos miedo, frustración o estrés se vuelve caótico. Cuando te sientes en paz o sientes amor la frecuencia cardiaca se armoniaza y la vibración aumenta también. Además esa info-energía contenida en nuestro corazón no sólo es enviada al cerebro y al resto de las células del cuerpo, sino que se expande por nuestra ratio alrededor del cuerpo -hasta 4 metros-, siendo esa información recibida, interpretada y sincronizada con los campos electromagnéticos de los organismos cercanos.
conexión corazón

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En esta línea el Instituto HeartMath  afirma que el corazón late en un campo electromagnético más grande producido en el cuerpo , los latidos pueden llegar hasta otros corazones y entablar una especie de comunicación. Investigadores de este Instituto afirman:

«La mayoría de la gente piensa en la comunicación social únicamente en términos de señales manifiestas expresadas a través del lenguaje, la voz, gestos, expresiones faciales y movimientos corporales. Sin embargo, ahora existe evidencia de que existe un sutil pero influyente sistema electromagnético o sistema de comunicación “energético” y la hipótesis de que probablemente este campo contribuya a la atracción o repulsión “magnética” entre individuos».

En torno a esto hay además nuevos datos que sugieren que el campo electromagnético del corazón está directamente relacionado con la percepción intuitiva, a través de un acoplamiento con un campo energético de información en sintonía con el campo cuántico, que muestra que el corazón recibe información antes que el cerebro, incluso antes de que el evento suceda.

De ahí la razón de usar frases como tengo una corazonada o escucha a tu corazón.

Comunicación no local y memoria celular

Una cosa a saber sobre el campo electromagnético es que se ha demostrado científicamente que cada órgano y célula de su cuerpo generan un campo de energía.

Puesto que el corazón genera el campo electromagnético más fuerte, la información almacenada en su campo electromagnético afecta a cada órgano y célula de su cuerpo.

El ya fallecido neurópsicólogo Paul Pearsall, investigador  pionero en el estudio sobre los receptores de trasplantes cardíacos que reciben los recuerdos de su donante, afirmaba al respecto:

«las células tienen memoria y el corazón carga una información electromagnética (info energía) que nos conecta con los demás seres humanos y con el mundo que nos rodea. «

De cierta manera, su teoría explica por qué muchos transplantados empiezan a manifestar trazos de la personalidad del donante como cambios en los gustos, recuerdos con personas que no conoce o atracción inusual hacia actividades que nunca antes les habían interesado o incluso habían detestado.

Según Pearsall,

«no a todas las personas que son trasplantadas les ocurre este fenómeno, ya que como una radio sintoniza una emisora determinada, la sensibilidad del cuerpo del receptor ha de ser igualmente alta y coherente con  la del donante».

Las células del corazón son las únicas células rítmicas. Ellas pulsan incluso cuando están fuera del cuerpo, y cuando son colocadas cerca de otras células del corazón, se comunican entre sí y entran juntas en un latido rítmico

Cada célula de nuestro cuerpo vibra, nuestras células se comunican entre ellas mediante impulsos débiles de 75-80 mV. Esa info energía lleva lo que se conoce como memoria celular y en la que cada célula tendría la información y memoria de todo nuestro organismo.

La memoria  celular implicaría pues la impronta que produce cada vivencia en cada uno de los niveles del ser: material, -como en los músculos o las moléculas-; energético, -como el patrón de vibración neuronal-; informacional -como el significado ya prensizaje del recuerdo de aquella experiencia-; y de conciencia -al extraer el sentido profundo y conectarlo con la globalidad-. Si esto fuese cierto, la afirmación de Candace Pert sobre que la mente no reside en el cerebro, sino que existe en todo el cuerpo, tendría sentido.

Bruce Lipton, biólogo celular y autor del libro «La Biología de la creencias», afirma que las células no sólo se comunican a través de intercambio bioquímico, sino que poseen receptores capaces de captar información del contenida en el vacío cuántico en forma de radiación electromagnética. Algo parecido a lo que hacemos cuando nos conectarnos a Internet, bajamos y compartimos información.

Aunque aún queda mucho que investigar sobre este campo, algunas personas ya nos cuestionamos el hecho de que si  somos capaces de conectarnos vía Wireless a través de nuestros aparatos electrónicos ¿por qué no íbamos a poder hacerlo con nuestro propio organismos y entre otros?

Corazón como vía directa a la expansión de la consciencia

Cuando nos referimos a como el campo energético del corazón  puede conectar con la información más sutil sobre objetos y eventos remotos en el espacio tiempo nos referimos a lo que Kart Pribam  llamó dominio espectral: una forma de energía potencial que envuelve al espacio y al tiempo y que formaría la base para nuestra conciencia y comprensión de “el todo.”

Así pues la comunicación energética a través del campo del corazón facilitaría  el desarrollo de una expansión de nuestra conciencia en relación con nuestro mundo social.

Tomás Álvaro, neurocardiólogo y experto en sistema inmunológico nos recomienda prestar atención de manaera intencionada al corazón :

«céntrate en tu corazón a la hora de dar un abrazo, de mirar a los ojos o de superar una difícil situación. La práctica de la meditación o la conciencia intencional de un estado emocional positivo, como puede ser el agradecimiento  y la compasión, aumentará y armonizará tu coherencia cardiaca hacia tus centros cognitivos y emocionales cerebrales ayudando así  a tu sistema inmunológico.«

La danza entre el cerebro cabeza y el cerebro del corazón refleja la la sinfonía y sincronización de los campos energéticos y el vínculo entre los individuos.

corazon canal conciencia

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Quizá es de ahí que en las tradiciones filosóficas y religiones antiguas se haya afirmado que el Amor es la llave para la unificación y respuesta de la humanidad, ya que ésta emoción se recibe y se emite principalmente desde el corazón.

Puede entonces que la reflexión a todo esto sea llegar a experimentar el Amor del corazón no como una emoción aislada y efímera a nivel individual, sino como un verdadero Estado de Consciencia Inteligente, colectivo y eterno.

 

Referencias bibliográficas :

  • Lipton, Bruce H. La biología de la creencia: la liberación del poder de la conciencia, la materia y los milagros. La Esfera de los Libros, 2007
  • Marquier, Annie Maestro del corazón, Luciérnaga, 2010

Fuentes:

  • http://www.quo.es/salud/el-corazon-tiene-memoria
  • http://pranamanasyoga.es/ la-conciencia-del-corazon
  • www.heartmath.org

Darwin VS Buda: Las dos caras del sufrimiento y la insatisfacción

Podría sonar extraño querer rebelarse contra las leyes de la selección natural y de la evolución. Más que nada porque ha sido mediante éstas leyes que hemos llegado hasta aquí como especie, y yo, Elsa Bonafonte, puedo estar escribiendo este artículo aquí y ahora. Pero también es cierto que desde que no vivimos en las cavernas, y desde que no tenemos que cazar ni que escapar de los leones, las leyes de la selección natural no nos ayudan mucho. Es más, podría decirse que son la principal fuente de nuestro sufrimiento.

Este sufrimiento tiene muchas acepciones. La más común, occidental, y que podemos encontrar en el diccionario, lo define como el “hecho de sufrir o padecer dolor físico o moral”. Pero desde el punto de vista del budismo, el sufrimiento no es exactamente esto… Pero para poder entenderlo, antes tenemos que conocer las cuatro nobles verdades del Budismo.

sufrimiento budismo

 

 

Las cuatro nobles verdades del budismo 

Aunque no es una tarea fácil, voy a tratar de explicar cómo el budismo, y su camino para alejarse del sufrimiento, se ha convertido en una verdadera rebelión contra las leyes de la selección natural y de la evolución. Pero primero debemos saber las cuatro nobles verdades del budismo:

1- Primera (dukkha): La naturaleza de la vida es el sufrimiento. El nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento…

2- Segunda (el origen de dukkha): El origen del sufrimiento es el deseo o “sed de vivir” acompañado de todas las pasiones y apegos. Es el deseo que produce nuevos renacimientos, que acompañado con placer y pasión encuentre siempre nuevo deleite, ahora aquí, ahora allí. El deseo por los placeres sensuales, el deseo por la existencia y el deseo por la no existencia.

3- Tercera (la cesación de dukkha). Alcanzar el Nirvana, la verdad absoluta, la realidad última. Es la noble verdad de la cesación del sufrimiento. Es la total extinción de ese mismo deseo, su abandone, su descarte, liberarse del mismo, la no dependencia.

4- El sendero que conduce al cese del sufrimiento y la experiencia del Nirvana. El sendero que conduce al la cesación del sufrimiento. Es el recto entendimiento, el recto pensamiento, el recto lenguaje, la recta acción, la recta vida, el recto esfuerzo, la recta atención y la recta concentración.

Podréis preguntaros qué tienen que ver estas verdades budistas con las leyes de la selección natural. Yo también me lo preguntaba. Y aquí está la respuesta y las investigaciones que se han hecho al respecto.

 

La insatisfacción como base del sufrimiento

En el Budismo la idea del sufrimiento es algo más específica de la que tenemos los occidentales. No se refiere tanto al dolor físico o moral, sino a la sensación de “insatisfacción” que nos acompaña a la mayoría de los mortales casi el 100% del tiempo.

Como dice la segunda noble verdad del budismo, el sufrimiento es “el deseo o “sed de vivir” acompañado de todas las pasiones y apegos. Este deseo, como veremos ahora, es el causante de nuestra insatisfacción, que según los budistas es la base del sufrimiento. Y aquí, amigos, entra nuestra buena amiga la evolución.

Según el Budismo “la naturaleza de la vida es el sufrimiento”. Y seguramente que podréis pensar que no estamos sufriendo todo el tiempo. Que no vivimos “sufriendo” las 24 horas del día. Pero si añadimos el significado de “insatisfacción” a esta ecuación, entonces sí que tiene más sentido. Ya que la mayoría de nosotros vivimos (gracias a las leyes de la evolución) en una continua insatisfacción.

Y para que lo entendáis vamos a ver un ejemplo. Imaginemos que soy una loca de los donuts (que no es el caso, pero me venía de perlas para usar uno de mis gifs favoritos):

Homer

No todos los días nos dejamos llevar por nuestros antojos, pero algunas veces sí que lo hacemos. Te imaginas esa caja de 6 donuts, su olor, su sabor la llevártelo a la boca… Y seguramente, mientras estamos disfrutando de esos maravillosos donuts, no estamos sufriendo. ¿Estás loca, voy a sufrir mientras me todo mi donut favorito?

Pero si nos paramos a pensar sobre ello. Probablemente, en el mismo instante en el que empecemos a tragar el donut, ya estaremos pensando en el siguiente. De alguna forma, ya estaremos deseando, anhelando el próximo donut. Y si estamos pensando en el próximo donut, es que este donut no nos está produciendo satisfacción. No nos está satisfaciendo. Si estuviera satisfecho, no querría más, ¿no es cierto?

Es la cruda realidad. El placer no dura. Y así funcionan las cosas. El hecho de que “el placer no dure” es uno de los preceptos de Buda. La impermanencia de las cosas está presente en casi todos los textos de Buda. Nada es permanente, y el placer no es una excepción.

 

La “forma” de la insatisfacción: el deseo y la aversión

Aquí entramos en la segunda verdad noble del budismo. La causa del sufrimiento y la insatisfacción. Y generalmente se ha traducido como ansia, o deseo intenso. En el sentido de tratar de aferrarse a algo, de apegarse a algo. Como dijo Buda, en el deseo de agarrar cosas que no durarán, se prueba el engaño, la ilusión. El solo deseo nos demuestra que no somos conscientes de la impermanencia de las cosas, de la verdad sobre cómo es la realidad.

Volviendo a los donuts, podemos ver que este fenómeno no se refiere sólo a placeres sensoriales (comida, sexo, etc.). Se refiere a cualquier cosa que nos cause gratificación. Conseguir un 10 en un examen, conseguir la estima de los amigos, y un largo etcétera. Cualquier cosa que nos haga sentir bien, y de lo que querremos más.

En psicología está muy relacionado con la adaptación hedónica. Y se refiere a cuando nos pasa algo muy bueno, como que nos toque la lotería, y pasado un determinado periodo de tiempo, volvemos a nuestro nivel normal de “felicidad”. Continuamos deseando cosas que nos harán felices: ese trabajo, ganar la lotería, que mi vecina se vuelva loca por mi… Pero la realidad es que podo después de conseguir cualquiera de estas cosas, nuestro nivel de felicidad vuelve a la normalidad. No estamos más cerca de la felicidad que antes de desear cualquiera de estas cosas.

Y no solo hablamos de cosas “buenas”. Las dos primeras leyes del budismo también contemplan la ansiedad y al miedo. Ansiedad de ser criticado en público, tener que ir a un sitio al que no quieres ir, miedo al abandono, etc. En definitiva, el miedo de ser comido por un león. ¿Empiezas a comprender ahora?

En un principio estas cosas no entrarían en la categoría del deseo. No ansiamos ni deseamos que nos abandonen, o sentir ansiedad ante un examen. No queremos estar “más cerca” de eso. Quieres huir de eso.

Así que podemos afirmar que en la segunda ley del Budismo (aunque no aparezca de forma explícita), encontramos como fuente del sufrimiento y la insatisfacción el deseo y la sed por lo que nos atrae, y aversión por lo que nos produce miedo y ansiedad. No aparece explicito en la segunda ley, porque ambas cosas son las dos caras de una misma moneda. Si tienes miedo de hacer el ridículo en público, es porque estás apegado a tu reputación, a tu estatus social. Eso apego, deseo o sed es el problema.

 

El origen de la insatisfacción: nuestra amiga la evolución

Como hemos visto, según la segunda noble verdad nos dice que la fuente del sufrimiento y la insatisfacción es nuestro apego, nuestro deseo de aferrarnos a cosas que no duran, incluido el placer. Como con el ejemplo de los donut de chocolate.

Según Buda, nuestro fracaso para parar esta dinámica es un ejemplo más de nuestra incapacidad de ver el mundo de una forma clara. ¿Y por qué no somos capaces de frenar este proceso? Porque hay mecanismos biológicos que son mucho más fuertes que nosotros (tanto del proceso del deseo como de la evaporación de la satisfacción), y contra los que poco podemos hacer, a menos que nos convirtamos en monjes budistas y nos vayamos a meditar a una montaña.

sufrimiento evolucion

 

Por qué no vemos claramente (por cortesía de la evolución)

Buda solía utilizar el término ilusión para hablar de nuestra incapacidad para ver las cosas claramente. Aunque este término nos puede confundir un poco. No quiere decir que cuando estamos disfrutando de nuestro donut nos imaginemos que nos vigilan unos espías rusos detrás del mostrador, y que en unos instantes se abalanzarán sobre nosotros para arrebatarnos el cerebro…

Ni siquiera pasa por nuestra mente la idea de que el placer de esos donuts van a durar para siempre. Ni diez minutos. Pero a la vez, está demostrado que pensamos mucho más en el placer que nos causa, que en la evaporación posterior de ese placer. Sólo estamos focalizados en el placer del momento.

En otras ocasiones, podemos vivir algo más cercano a esa ilusión unida al deseo, a la obsesión. Cuando nos enamoramos de alguien, estaremos todos de acuerdo en que se dan ciertas distorsiones de la realidad en nuestra forma de percibir las cosas. Parece que todo será perfecto eternamente. Pero en realidad, las relaciones son más complicadas que eso. Porque volvemos a ser incapaces de ver la impermanencia de las cosas. Y por tanto, no vemos claramente la realidad.

Lo mismo nos ocurre cuando deseamos un trabajo intensamente. E imaginamos todas las cosas maravillosas que nos traerá ese empleo… Y estás seguro de que al conseguir ese puesto, te podrás relajar. Entonces llega ese soñado puesto de trabajo, pero tu nos has llegado realmente a ningún sitio. La gratificación no dura para siempre.

¿Y qué parte de nosotros es la que no nos permite ver claramente? Sin ninguna duda una de esas partes es el neurotransmisor dopamina. O la llamada droga del placer. La verdadera historia es que es mucho más complicado que eso. Los efectos de la dopamina dependen de muchos factores: la parte del cerebro implicada, las neuronas implicadas, los receptores implicados, etc.

 

La dopamina y el deseo

Vamos a ver un estudio en el que se monitorizó las neuronas implicadas en el cerebro de unos monos, en relación al deseo y a la satisfacción del mismo.

Lo que hicieron es darle zumo de fruta a los monos y esto es lo que pasó. En la primera parte del experimento, al darle la fruta al mono, hubo un subidón de dopamina. Con lo que el mono sintió una gran felicidad. ¿Y cuánto duró este subidón de felicidad? La cruda realidad es que aproximadamente duró un tercio de un segundo. No mucho, la verdad…

Como ya hemos apuntado, el placer tiende a evaporarse muy rápidamente. Y en nuestra propia experiencia del día a día, deberíamos ser muy conscientes de la impermanencia de las cosas.

sufrimiento dopamina

Una posible explicación de este fenómeno lo encontramos en la selección natural. ¿Y por qué la selección natural diseñaría un cerebro con una experiencia de placer tan fugaz? ¿Por qué no alargar el efecto de la dopamina 10 segundos, 20 segundos? Lo cierto es que esto no pasa. Y lo más incómodo e inexplicable… ¿Por qué no somos capaces de integrar en nuestra vida, en nuestro día da día, cómo de rápido se evapora el placer? Eso nos ahorraría mucho dolor.

Lo cierto es que la selección natural funciona de otra forma. No buscaba nuestra felicidad ni nuestro placer. Sólo quería (y quiere) trasladar nuestros genes a la siguiente generación, garantizando que comeremos y que tendremos sexo. Incluso el estatus social tiene un correlato positivo en primates, a la hora de conseguir una mayor descendencia.

Hay tres leyes fundamentales de la selección natural mediante las cuales se ha diseñado nuestro cerebro.

1- Cuando un animal consigue su objetivo (comida o sexo) experimentan algo de placer. El placer es el reforzador de la conducta. Hace que los animales hagan “más” de eso que han hecho para conseguir su objetivo.

2- El placer no puede durar para siempre. Si fuera así, los animales dejarían de estar motivados para hacer “más” de eso que han hecho para conseguir su objetivo. Si comes y no vuelves a tener hambre, no estarás motivado para volver a comer, y morirías. Así que la desagradable sensación de hambre es necesaria para la supervivencia. Lo mismo con el sexo.

3- Los animales se deben focalizar más en el placer que le producen estos objetivos, que en la consecuente evaporación de dicho placer. Si te focalizas en lo genial que será el placer que vas a obtener, estarás más motivado para hacer las acciones necesarias para conseguirlo. Si supiéramos que el placer va a durar un nonosegundo, no emplearíamos tanto esfuerzo.

 

Evolución VS Buda

Estos principios del diseño tienen mucho sentido en términos de la selección natural, y pueden ayudarnos a entender las enseñanzas de Buda. Buda repitió muchas veces que el placer tiende a evaporarse, y eso nos deja insatisfechos. Y parece ser el caso de que el placer está genéticamente diseñado para durar muy poco tiempo precisamente para dejarnos insatisfechos. Para así trabajar más y conseguir más puntos en la carrear de la selección natural.

Buda también dijo que parece que no llegamos a captar esta característica del placer. Y esto también tiene sentido en términos de la selección natural. Focalizarnos solo en el placer es un buen motivador.

Volvamos a los monos y veamos qué pasó en la segunda fase del experimento.

                                                                                                               

La anticipación del placer

En la primera parte del experimento el mono no podía anticipar el placer que iba a sentir al tomar el zumo. El mono no esperaba el zumo. Para poder hacer posible que el mono experimentara la anticipación, mediante un proceso de condicionamiento, le enseñan que cuando se encendiera una luz, obtendría el zumo.

Y esto es lo que pasó:

sufrimiento dopamina

En la zona de la anticipación es donde se da el subidón de dopamina. Loque parece ocurrir es que el mono está anticipando el placer que va a recibir. Está focalizado en el placer que va a llegar. La propia anticipación produce placer. Hay excitación, proyección del placer. Y eso es lo que parece que refleja ese subidón de dopamina.

Lo cierto es que un caso extremo. No se han encontrado los mismos resultados en todos los experimentos, sobre todo en la parte de la supresión del subidón de dopamina cuando estaban disfrutando del zumo. Lo que parece que ocurres es que se dan dos subidones de dopamina. Uno muy alto, en la anticipación, y otro bastante más bajo, cuando se consigue el premio. Además, es un proceso que se torna automático.

Y esto es algo que nos ocurre todos los días. Imaginemos que todos los días nos tomamos una onza de chocolate negro por la tarde. Llega un momento en que el proceso es tan automático que casi no disfrutamos de esa onza de chocolate. Nos ponemos en marcha, pensamos en el chocolate (primer subidón de dopamina) vamos hacia al nevera, cogemos el chocolate, nos lo metemos en la boca… Y probablemente durante todo ese tiempo nuestra mente se haya perdido varias veces en pensamientos, y hemos abandonado el aquí y ahora (segundo subidón de dopamina). Hemos abandonado la conciencia del momento presente que nos haría disfrutar plenamente de la onza de chocolate. Lo mismo que el mono una vez que ha aprendido que tras la luz viene el zumo de fruta.

El primer subidón de dopamina es la fuerza motivacional. Lo que nos hace hacer el trabajo necesario para conseguir la comida que necesitamos para la supervivencia. No porque necesitemos donuts o chocolate negro para vivir. Pero nuestros antepasados necesitaban el azúcar de las frutas. El mismo azúcar que el hombre moderno encuentra en paquetes de donuts envasados.

Si pensamos en nuestros antepasados, o en los monos, es evidente que era necesaria una gran motivación para buscar la fruta, recorrer largas distancias, escalar árboles, etc. Una motivación “anterior” al disfrute de la fruta. Y es la que tenían en el subidón de dopamina de la anticipación del premio.

 

¿Por qué se mantiene la tortura?

Una pregunta muy interesante a hacerse ahora es: Como en el caso del chocolate negro que tomamos por la tarde, si ya nos hemos habituado al placer que obtenemos, si se ha convertido en una tarea rutinaria, y ya sabemos que en el momento de tomar el chocolate el placer que obtenemos es mínimo o nulo… ¿Por qué seguimos haciéndolo?

¿Por qué no simplemente disfrutamos de la dopamina de la anticipación, y luego no tomamos el chocolate? Y aquí es donde vuelve a aparecer nuestra amiga la evolución.

Esa estrategia no funcionaría. Porque si disfrutamos de ese primer subidón de dopamina, y luego no obtenemos el refuerzo, lo que ocurre es que sufrimos un déficit de dopamina.

sufrimiento dopamina

Sería lo que se llama la decepción de anticipación no satisfecha. Y esto también es muy común. Y para ilustrarlo contaré algo que le pasó un día a mi hermana Carla. Quería tomar helado de limón, y nuestra madre le dijo que había helado de limón en la nevera. Y con el subidón de la anticipación de dopamina fue cegada por el deseo a la nevera. Cuando abrió el congelador y encontró halado de vainilla (que no le gusta nada) en vez de helado de limón, la sensación de insatisfacción fue máxima. No sólo sentimos la ausencia del placer. Sentimos decepción.

Y esto también cobra sentido como recurso motivacional si volvemos al escenario de nuestros ancestros. Si una vez hecho todo el trabajo para llegar a los árboles en los que esperaban encontrar la comida, no la encuentran, el cerebro está diseñado para que no volvieran nunca más a esos árboles que no tiene frutos. El cerebro está diseñado para que evitaran esos árboles, mediante esa sensación de decepción que sufrieron la primera vez que llegaron allí.

 

Las tres leyes de la evolución y los principios de Buda

Parece que hay cierta correspondencia entre las leyes de la evolución y los principios del Budismo.

Buda dijo que le placer no duraba, y que nos dejaba insatisfechos. Y la teoría de la evolución parece explicar por qué. Buda dijo que nos focalizamos en el placer y no en la fugacidad del mismo, y nuevamente la teoría de la evolución parece explicar por qué.

Y aquí otro ejemplo de cómo a la selección natural no el “importa” que no veamos el mundo de forma clara. En otro experimento se demostró que bajo condiciones de miedo los alumnos veían en esta imagen una serpiente, mientras en condiciones normales veían una cuerda.

serpiente cuerda

O cómo vemos caras enfadadas si estamos enfadados, en personas que realmente tienen una expresión neutra. A la selección natural no el importa que no veamos la realidad como es. Y tampoco el importa que seamos felices. Desde el punto de visa de la selección natural, la felicidad es sólo una herramienta. Si sentirnos felices en un momento dado nos hará estar motivados, entonces estará bien. Lo mismo que si sentirnos infelices, insatisfechos, sufriendo… funciona para los objetivos de la selección natural. También estará bien.

Por todo ello el Budismo parece una rebelión contra la selección natural. El Budismo trata de que seamos capaces de ver la realidad tal como es todo el tiempo, y aspira a terminar con el sufrimiento. Por lo que de cierta manera implica lo contrario a la lógica de la selección natural.

Y esto que hemos visto es solo una parte de esta rebelión. Para conocer la escala real de esta revolución hay que conocer las estrategias específicas del Budismo para lograr ver el mundo de forma clara y para acabar con el sufrimiento. 

Sufrimiento

 

Referencias: