La conciencia testigo

¿Todo cambia?

En este mundo todo cambia. Si observamos el proceso de apertura y decaimiento de una flor lo podemos ver claramente. Sin embargo, aunque sabemos que, por ejemplo, las montañas también están en un constante proceso de erosión y transformación, ya no resulta tan evidente a simple vista. El caso es que sabemos a ciencia cierta que nada de lo que vemos, tocamos o percibimos a través de los sentidos es eterno y afortunadamente tampoco los pensamientos son eternos, aunque a veces de tan repetitivos lo parezcan. Pero existe algo capaz de observar todos esos cambios y a ese algo lo llamamos Conciencia testigo.

La Conciencia testigo no cambia

En la sabiduría no-dual del vedānta se dice:

“La forma es lo percibido y la mirada es la que la percibe. Esta mirada es ahora lo percibido y la mente es la que la percibe. La mente con sus modificaciones es percibida y la Conciencia-Testigo la que percibe, sin ser percibida a su vez.” (Dṛg- dṛśya- viveka, 1).

Este es un ejercicio que podemos realizar de modo práctico. Vamos allá: observa un objeto y date cuenta de su color y forma. Ahora observa la mirada, la capacidad del ojo para percibir el objeto. ¿Quién se da cuenta de esta percepción? Es la mente la que se da cuenta de como el ojo ve, el oído oye, etc… Observa como incluso con los ojos cerrados aparecen y desaparecen constantemente varios pensamientos. ¿Quién observa la mente que piensa?

Aquí es donde el advaita vedānta nos habla de un observador último al que denomina Conciencia testigo. Es la Conciencia que hace posible toda la secuencia de percepciones y que hace posible la observación, sin embargo ya no hay otra Conciencia que es consciente de Ella sino que Ella misma es autoconsciente. Es a esta Conciencia última a la que se le llama Conciencia Testigo.

La conciencia se da cuenta

Todo en este mundo está en constante cambio pero hay una conciencia que se da cuenta de todos estos cambios sin ser a su vez alterada. Un ojo no ve de por sí, el oído no oye de por sí, la mente no piensa por sí misma, etc. sino que hay Algo, una Energía por la que el ojo ve, el oído oye, la mente piensa… Sin embargo, en el caso de la mente, tendemos a identificarla con el cuerpo y con las habilidades cognitivas, las emociones y en definitiva con la personalidad limitada que denominamos “yo” y a causa de esta identificación, creemos que la mente tienen luz propia. Cuando decimos “yo veo este objeto”, “yo escucho esta música”, “yo pienso esto”… ¿Quién es ese “yo”?

La luz de la Conciencia

A menudo identificamos el “yo” con el cuerpo, la personalidad y las características limitadas que hemos atribuido a una Conciencia que es en realidad infinita y sin la cual no habría posibilidad de percibir, hacer, pensar… Sería algo así como el reflejo del sol en un espejo cuyos rayos rebotaran en una habitación oscura que a causa del reflejo de la luz del espejo se viese iluminada. En esta imagen que nos brinda la propia tradición, la habitación sería el cuerpo, el espejo la mente más sutil y el sol la Conciencia Testigo.

El cuerpo actúa gracias a la mente que ejecuta sus órdenes, pero a la vez esta recibe la luz de la Conciencia última que le da la capacidad de ser consciente. ¿Podría ser que todo lo que suelo considerar como “yo” fuera en realidad una expresión de una misma Conciencia en todos los seres, una Conciencia que parece presentarse bajo múltiples formas y nombres, aunque en realidad es una sola? Como el sol que ilumina múltiples objetos siendo él uno solo. Quita el nombre y la forma de todo cuanto percibes y lo que queda, Aquello es lo Eterno, tu Esencia última, lo que permanece dándose cuenta de todos los cambios.

A la práctica

Preguntarnos con honestidad

Todos estas cuestiones corren el riesgo de convertirse en una abstracción del pensamiento que se divierte creando este tipo de argumentos, a menos que estemos dispuestos a preguntarnos con honestidad, con sinceridad, dispuestos a no recibir respuesta, a soltarnos al Misterio. Revisar en mis acciones ¿qué me permite ver?, ¿qué me permite pensar?, ¿impelido por qué clase de energía respiro?, etc. Cuando me respondo “yo”, ¿a qué me refiero?, ¿a mi nombre, mi cuerpo?, mi personalidad?… y si no aceptamos ninguna de estas respuestas ¿qué es lo que queda? Tal como han planteado algunos sabios, ¿quien era “yo” antes de nacer?, ¿dónde estaba?, ¿quién soy mientras duermo profundamente sin ni siquiera soñar nada?

El pensar sinceramente en todo este tipo de cuestiones nos permite desapegarnos del automatismo de pensar que “yo hago, digo, pienso, percibo y siento” y darnos cuenta de ese algo mayor que el pequeño “yo”, que hace posible que “yo haga, diga, piense, perciba y sienta”.

La autoindagación constituye por sí misma una práctica muy valiosa que nos conduce al reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza.

“Con la desaparición de la identificación con el cuerpo y el conocerse como Conciencia suprema, donde sea que se dirija la mente habrá experiencia de samādhi (vivirse como Pura Conciencia)”. (Dṛg- dṛśya- viveka,verso 30)

El yoga como herramienta

La práctica del yoga nos puede proporcionar un espacio y unas técnicas para ir quitando las capas de cebolla con las que nos identificamos y llegar al núcleo, a la Conciencia testigo que observa todos los procesos mentales, que al ser observados se disuelven.

Observar el cuerpo al hacer una postura y observar aún la mente que se da cuenta de esa postura, la mente con todos sus pensamientos que tal vez huye de la postura a través de otros pensamientos o a través de sus juicios, da lugar a una práctica del yoga dirigida a purificar la mente y nos acerca a la posibilidad de descubrirnos como Conciencia testigo. Los objetos, el cuerpo, la mente,etc. cambian, pero el Testigo no cambia. Lo mismo podemos aplicar a los ejercicios de prāṇāyāma (control de la respiración) o si hacemos alguna práctica meditativa. Y, sobre todo, en nuestra vida diaria, en cualquiera de nuestras acciones cotidianas. La observación es fundamental porque es la observación la que nos devuelve a nuestra verdadera naturaleza, al hecho de Ser, Testigos de todo lo que aparece y desaparece.

¿Qué es eso llamado Conciencia?

¿Conciencia?

Hace tiempo, en clase de yoga, una niña me preguntó qué es la Conciencia. A propósito de una estrofa que estábamos aprendiendo a cantar, les contaba a los niños el significado de las cualidades sat-cit- ananda, inherentes a la Conciencia universal que  en sánscrito se llama brahman. Sat – les decía – significa “aquello que es y que nunca puede dejar de ser, aquello que siempre existe”. Ananda es la felicidad infinita, una felicidad que nunca cesa. Cit es la Conciencia Absoluta. Y entonces fue cuando surgió la duda ante esa extraña palabra ¿Conciencia?

En occidente la palabra conciencia tiene un significado estrechamente vinculado a la dicotomía entre lo bueno y lo malo. Si te portas bien tu conciencia estará tranquila, mientras que si te portas mal sentirá el peso de la culpa. La conciencia es en muchos contextos, una especie de voz- sabiduría interna que nos indica el camino a seguir, lo que nos hará sentir bien y lo que nos hará sentir mal.

También se habla actualmente de un “cambio de Conciencia” colectivo.  Se dice que estamos viviendo un momento de apertura y/o cambio, para indicar, a mi entender, una nueva comprensión del mundo y del universo que parece que ha de llevar al hombre a dar un nuevo paso evolutivo. En este caso la Conciencia es algo más amplio que el sentir individual y sin embargo, parece algo que alcanzar, un estado al que llegar o que es susceptible de desarrollarse.

La Conciencia como luz

En el contexto de la tradición no-dualista del vedanta la Conciencia no puede sufrir alteración alguna, no puede crecer ni decrecer, no puede expandirse ni abrirse, no es algo que va y viene, ni que podamos poseer…

La Conciencia es justamente aquello que está más allá de todo juicio, más allá del bien y del mal por su carácter transcendente y que a la vez tiene también la cualidad de la inmanencia, ya que es aquello que no vemos pero por lo cual todo es visto y conocido. Brahman es la palabra que se utiliza para referirse a esta Conciencia que sostiene todo el universo, mientras que la palabra atman se se refiere a la Conciencia en el individuo.

El mensaje fundamental del advaita vedanta (vedanta no-dualista) es, precisamente, mostrarnos la identidad entre brahman y atman, la perfecta identidad entre la Conciencia universal y la individual. La Conciencia es, pues, algo que todo lo penetra, que a todo subyace y por eso es común en todo.

Aún así, es posible que sigamos sin ver claramente en qué consiste esto de la Conciencia. Vamos juntos a ello, a ver si sacamos algo en claro. Antes de ver cada respuesta mira de responderla por ti:

 

  • ¿Cuál es la luz que te permite conocer todo lo cognoscible?

  • La luz del sol, en el día y la de la lámpara por la noche

  • ¿Y a través de qué luz ves el sol y la lámpara?

  • A través de los ojos

  • ¿Y cuando cierras lo ojos, qué luz de conocimiento hay entonces?

  • El intelecto

  • ¿Y cuál es la luz para percibir el intelecto?

  • Yo, soy ahí la luz

A esto el maestro respondió: “entonces, tú eres la luz suprema”. Esta breve historia es una estrofa atribuida a unos de los pensadores más importantes de la tradición India y al mayor exponente del vedanta no dualista, Shankaracharya.

¿Qué es eso llamado Conciencia?

La distinción entre el Yo-profundo y el yo-limitado

La historia anterior nos muestra dos puntos bien interesantes:

Por un lado, aquello que llamamos Conciencia, resulta ser la Conciencia por la cual vemos, tocamos, olemos, oímos, sentimos. Es la Conciencia Pura porque sin verse alterada por nada, hace posible tomar conciencia de cualquier cosa.

Por otro lado, y esta es la gran noticia que nos ofrece el advaita vedanta, se afirma que cada uno de nosotros es esa Pura Conciencia, que aquel referente último del cual decimos “Yo” es la Conciencia que me permite conocer y actuar.

Es importante no confundir el “Yo-profundo” con la persona limitada por la personalidad, pensamientos, características físicas, etc.

El “Yo” es precisamente la Conciencia única que es la misma en todos los seres y que hace posible el “yo” perecedero y limitado con el que nos solemos identificar. Es precisamente la confusión entre estos dos “Yoes” la que nos acarrea sufrimiento, porque en cuanto la Conciencia (el “Yo” ilimitado e infinito) se expresa a través de nosotros, nos confundimos y creemos que es el “yo” limitado (yo finito, yo -cuerpo, yo – mente, etc.) el que hace, dice, conoce…

La Conciencia como sostén

La Conciencia no es algo que percibamos con los sentidos, pero sí que es aquella energía que permite que percibamos y conozcamos a través de ellos. No soy “yo” la que ve sino que es la Conciencia la que ve a través de “mis” ojos, si acaso puedo decir que los ojos me pertenecen.

Más allá de la vida y la muerte, es aquello que permite que el mundo aparezca ante nuestra mirada y en este sentido es el sostén de todo cuanto existe.

Por supuesto, a aquella niña no le respondí algo tan complejo, pero sí que los invité a todos a hacerse la siguiente reflexión y ahora también tú estás invitada: “¿qué es lo que distingue a un ser vivo de un cadáver?”

Miras una mariposa, está revoloteando torpemente, parece que está a punto de morir en el suelo y ella sigue batiendo las alas  mientras da vueltas sobre sí misma. Cae sobre sus alas, mueve algo las patas y ¡zas! Deja de moverse por completo, se queda tiesa, ya no hay aleteo, el cuerpo ha quedado inerte… ¿qué es lo que pasó? ¿qué es lo que cambió? ¿está eso que llamamos Conciencia presente también en ese cadáver o está sólo presente en los seres vivos? ¿Qué es eso que llamamos Conciencia?

Vivir intensamente

Vivir intensamente depende de nosotras.

Una amiga me contaba como una vez se encontraba entre unos conocidos que llevaban rato dando vueltas a temas irrelevantes y superficiales y al ver que no había manera de mantener una conversación sincera se levantó y dijo “lo siento pero me estoy muriendo” y se marchó. Fue su manera de expresar que no estaba interesada en malgastar el tiempo en conversaciones y relaciones que no sumasen a un Vivir pleno y consciente, a vivir intensamente.

Recuerdo que cuando me lo contó me pareció un poco exagerado, pero había una gran verdad en sus palabras y su acción: desde que nacemos estamos muriendo y es importante valorar de qué modo queremos vivir.

Vivir intensamente

¿Qué significa Vivir?

La muerte como horizonte nos plantea la cuestión sobre lo que significa vivir. Hay un vivir que tiene que ver con la actividad interna que poseen los seres vivos. Pero hay un Vivir que tiene que ver con el sentido de ser y con la dicha que proporciona el pleno desarrollo de ese ser.

Cuando nos preguntamos por la vida y su sentido cabe preguntarse también ¿qué significa vivir intensamente? Hagamos la prueba. Antes de seguir leyendo piensa a qué te suena si te hablo de vivir intensamente.

Vivir intensamente

En el cine , en los anuncios de televisión, en las redes sociales, en las revistas, en algunos libros y en los medios de comunicación en general, se transmite a menudo la idea de que vivir intensamente es hacer muchas cosas y por supuesto todas ellas de nuestro agrado.

Vivir intensamente

 

Parece que vivir intensamente es sinónimo de hacer actividades que nos suban la adrenalina (parapente, puenting, salto base y deportes de aventura varios), viajar, salir de marcha, comer copiosamente, hacer “locuras”, apuntarse aun bombardeo… Esta es una imagen muy falseada de lo que significa vivir intensamente y por ende la felicidad. Vivir intensamente no tiene nada que ver con hacer, ni con consumir la felicidad que nos venden con productos externos.

Vivir intensamente tiene que ver con vivir de forma auténtica, lo cual implica ser honesto y coherente con uno mismo.

La intensidad de la vida no se mide en cantidad, no tiene que ver con que una vida sea larga o corta, sino que se mide en calidad y la calidad, de nuevo, no se mide en cantidad, si haces más o menos cosas, o si tienes más o menos cosas, sino en profundidad, en veracidad y en la paz que una encuentra en la coherencia con lo que es.

 

¿Estamos viviendo una vida auténtica?

Resulta entonces, que un tema tan tabú como la muerte nos invita mirar si estamos viviendo una vida auténtica. O si, por el contrario, nos limitamos a seguir gustos ajenos, complacer las expectativas de otras personas y dar satisfacción  a pequeños placeres que a largo plazo nos conducen en dirección opuesta a una vida en paz con nosotras mismas. 

 

Distinguir entre lo placentero y un bien mayor

En la Kaṭha Upaniṣad hay un momento en el que el dios de la Muerte elogia al joven protagonista de la historia por su capacidad de saber distinguir entre lo que verdaderamente conduce hacia un bien mayor, a saber, el conocimiento de sí mismo, y lo que no.

Naciketas distingue claramente lo que es más placentero,  pero a fin de cuentas efímero,  de aquello que aunque a corto plazo no siempre resulta lo más placentero le aporta el mayor de los bienes, la inmortalidad eterna. Ese bien mayor consiste en descubrir su esencia, más allá del cuerpo físico, de las posesiones, la familia, los amigos y los roles sociales y esa esencia es la Vida que nunca muere.

Ambos, lo mejor y lo placentero

se presentan al hombre.

Los sabios lo valoran, ven la diferencia

y eligen lo mejor por encima de lo placentero.

Pero el tonto elige lo placentero,

en lugar de lo que es beneficioso” (Ka. Up. 2.2)

Hay que comprender que el mensaje no dice que tengamos que renunciar a los placeres por el hecho de ser placeres, ni que lo mejor no pueda, en un momento dado, ser placentero. A lo que se refiere es a que no siempre lo que es lo mejor es lo que más nos apetece.

Tomemos el ejemplo del medicamento amargo que nos puede curar. No es lo más apetecible tomarlo, pero es lo que nos devolverá la salud.

Vivir intensamente

Saber elegir lo mejor

Para elegir lo mejor es necesario tener una visión amplia, en la que podamos valorar lo que realmente suma a nuestra vida en su totalidad y tener el valor para soltar aquello que, aunque a primera vista puede resultar muy suculento, no nos conduce a lo más auténtico de nosotros mismos.

Si puedes elegir entre una felicidad pasajera y otra que conduce a la plenitud total, ¿con qué te quedas? Yo elijo la segunda opción y enseguida me surge la cuestión ¿qué significa una vida plena? Y ¿qué nivel de compromiso estoy dispuesta a tomar con la vida para ir en esa dirección?

Entiendo que una vida plena es aquella en la que reconociendo nuestros límites y sabiendo distinguir cuáles son, los aceptamos y abrazamos amorosamente. Dejamos de luchar por demostrar algo o llegar a ser algo porque comprendemos que somos y nuestras acciones emergen de la dicha de ser.

Vivir intensamente

Dice el filósofo Francesc Torralba hablando de la muerte como límite del ser humano:

“El que reconociendo el límite no vive consternado por él, ese hombre es feliz.”

 

Elegir cada día el camino hacia el Bien

Cada día tomamos un montón de decisiones y en cada una de nuestras decisiones damos pasos en una u otra dirección. A veces por comodidad, a veces por miedo, otras veces por sentir un pequeño o gran placer, actuamos en sentido contrario a la felicidad. Para poder dirigirnos a lo más auténtico de nosotros que nos ha de permitir vivir una vida intensa tenemos que estar dispuesto a morir cada día un poco, morir a lo que pensarán de nosotros, morir a las idealizaciones acerca de nosotros mismos y del mundo, morir al reduccionismo de las identificaciones, morir a las posesiones, a los juicios y creencias, morir a las comodidades y la pereza, morir como sinónimo de soltar , porque aprender morir es abrirnos a la plenitud de ser.

Y tú, ¿qué es para ti vivir intensamente?, ¿en qué medida tus acciones priorizan el placer a corto plazo por encima de lo que te hace sentir más plena?, ¿cuáles son las limitaciones que no te permiten ser auténtica?, ¿cuáles de ellas estás dispuesta a soltar? Estas son unas poquitas preguntas para invitarte a caminar hacia lo más profundo de ti y Vivir así intensamente. 

El ideal del renunciante

Los cuatro estadios de la vida

En el hinduismo existe una interesante propuesta para ordenar las etapas de vida, en la última de ellas encontramos el ideal del renunciante. Ese orden es una escala que conduce hacia la liberación como objetivo último de vida. La tradición presenta cuatro estadios y, aunque no necesariamente uno pasa por todos, sirve como guía para ubicarse en la vida.El primer estadio de la vida es el de estudiante-célibe, en el que uno concentra toda su energía en el aprendizaje.

 

El segundo, el de la vida familiar, en la que uno constituye su familia y contribuye con su trabajo al desarrollo de la sociedad.

El tercero consiste en retirarse al bosque. Cuando uno ha cumplido con sus labores sociales, inicia una etapa de introspección en la que distintos rituales de la tradición son comprendidos de forma simbólica y en su analogía con el propio cuerpo.

El último estadio de vida que se propone es el de la renuncia, en el que la persona se entrega por completo a un único objetivo, a saber, la liberación, el trascender cualquier forma de ego e identidad limitada para reconocerse en la unidad de la conciencia, la unidad del espíritu.

 

 

El verdadero renunciante

Sin embargo, ocurre que en muchos casos el ideal de la renuncia no se lleva a cabo desde la comprensión profunda que hemos planteado, sino como un acto externo en el que se abandona todo lo material para vivir de la limosna, como si el mero hecho de no poseer nada material fuera suficiente para la liberación. La evidencia, en cambio, es que hay muchas personas que han renunciado a sus posesiones y no se viven de una forma plena y libre. El verdadero ideal de la renuncia (saṃnyāsa) trasciende los estadios de vida, así como el grupo social y cualquier otra marca de identidad constreñida. De modo que el verdadero renunciante no se aferra a la figura del renunciante como nueva identidad.

El verdadero renunciante toma esa opción porque ha comprendido en su fuero interno la futilidad de todo aquello que no sirve a la libertad última. Y no me refiero a la libertad de elección sino a la libertad del corazón, la libertad ontológica, inherente al ser.

 

¿Existe una paz inamovible?

Vivimos día a día atribuyendo a otras persona, a determinados objetos y circunstancias la capacidad de hacernos felices o infelices. Pero esas formas de felicidad o infelicidad son pasajeras por definición, porque la persona, objeto o circunstancia en las que se fundamentan son pasajeras.

Cuando nos damos cuenta de que nada externo a nosotros nos va a proporcionar una felicidad y una paz infinitas, hay que plantearse si puede existir alguna forma de felicidad o de paz que no sean pasajeras. Si existe alguna forma de felicidad infinita tendrá que ser independiente de los objetos externos.

Esta forma de independencia remite a nuestra libertad ontológica, a nuestro ser profundo y más genuino. Al conectar con el sentir profundo de ser, con la la intuición autoevidente de que soy, más allá de lo que tenga o de lo que me ocurra, entonces los objetos externos, la relación con las otras personas y las circunstancias que se dan toman otro matiz y con ello otro valor. Lo que antes estaba en la cumbre de las prioridades, pasa a un lugar mucho más lejano y tomamos conciencia de que lo más importante es vivir conforme a lo que soy.

 

El ideal del renunciante es el de aquel que se conoce a sí mismo, y si renuncia a lo material lo hace a la luz de encontrar dicha en sí mimso. La persona que vive esa comprensión, que discierne honestamente entre lo pasajero y lo infinito, sabe que lo único que siempre es valioso en todos los seres es la Vida, el ser, que los sostiene y por eso renuncia a lo pasajero para entregarse completamente a lo infinito.

 

La renuncia no es inacción

Otro equívoco es el de asociar la renuncia a la quietud y la no-acción externos. Enseñanzas como la de la Bhagavadgītā, ponen de manifiesto que no todo el mundo ha nacido para vivir como un asceta y que ese camino está reservado más bien a unos pocos.

Cuando se sigue el camino de la renuncia sin una profunda comprensión de que : “El mundo reside en Mí (…) yo resido en el corazón de todos los seres”, entonces la renuncia puede caer en la hipocresía:

«La persona, de confuso entendimiento, que absteniéndose de actuar se sienta a meditar pero sigue pensando mentalmente en los objetos de los sentidos, es una hipócrita.” (Bhagavadgītā, 3.7)

La verdadera renuncia no tiene nada que ver con lo aparente sino con una actitud interna. Por supuesto, esta actitud interna tiene su repercusión y efecto en lo externo también, pero no necesariamente de la forma en la que lo imaginamos.

La renuncia no es una cuestión de dejarlo todo para vivir aislado en los bosques o las montañas, de tener mucho o poco, ni de estar inactivo o activo…

La renuncia como comprensión íntima

El renunciante es el que ha muerto a la identificación con un yo esclavo, supeditado a los deseos, a las pasiones, a los pensamientos, a las proyecciones, a las expectativas y a los ideales, para entregarse a la Vida plenamente, radicalmente, de modo que todas sus acciones son una ofrenda sin pretensiones. Sabe que nada le pertenece. Puede tomar los hábitos o vivir en la ciudad, eso no tiene la menor importancia porque haga lo que haga no está apegado a los resultados, ni a lo que dirán o pensarán, no actúa bajo la intención de lograr nada sino que se sabe a sí mismo Vida y cada una de sus acciones expresan esta Vida.

Swami Abhishiktananda, cuyas palabras han motivado este escrito, lo comunica con gran belleza y atino:

Para el hombre sabio ya no existe división entre bosque o ciudad, atuendos o desnudez, hacer o no hacer. Tiene la libertad del Espíritu y a través del Espíritu trabaja en este mundo, utilizando igual su silencio y su habla, su soledad y su presencia en sociedad (…) El sabio encuentra dicha y paz en Sí mismo (…) Este es el verdadero ideal del renunciante” (The furhter shore)

 

Para una reflexión práctica…

Te invito a revisar en tu vida los apegos y las creencias que te mantienen en la prisión del logro, del reconocimiento y de las falsas creencias de “yo” y “mío” con las que edificamos el sufrimiento. Algunas de estas preguntas pueden serte útiles:

  • ¿Acostumbro a actuar movido por la expectativa de los resultados más que por la acción misma?

  • ¿Hasta qué punto espero que determinados objetos o personas me hagan feliz?, ¿hacer depender mi felicidad de lo externo me hace más libre o menos?

  • ¿Quiero vivir postergando la felicidad a un futuro próximo en el que todo estará bien y la felicidad será permanente?, ¿cuánto tiempo llevo imaginando ese futuro?, ¿que pasa si me asumo plenamente ahora?

  • ¿Cuál es mi idea de felicidad?, ¿puede la felicidad incluir la tristeza o el dolor?

  • ¿De qué modo podría una estar en paz a un nivel profundo e íntimo y en ese sentido feliz, incluyendo momentos de tristeza o de dolor?

Sobre la muerte y la inmortalidad

¿Qué ocurre después de la muerte?

La pregunta acerca de qué ocurre después de la muerte, siempre me ha parecido en cierto modo informulable, ya que dentro de mí siento que nadie me puede dar una respuesta y aunque pudiese tenerla ¿qué más dará lo que ocurra tras la muerte si sólo puedo hacerme cargo de lo que ocurre ahora, en vida?

Por esta razón he tendido a sustituir esa pregunta por la de ¿cómo puedo vivir feliz? ¿cómo puedo prepararme para que la muerte no me pille creyéndome incompleta y mortal?

Sin embargo, me doy cuenta de que ambas preguntas son en realidad dos caras de la misma moneda y que ninguna de ellas podrá ser jamás respondida por nadie más que por mí misma. Puedo leer lo que otros han dicho, incluso me puede resultar inspirador, pero la Certeza sólo puedo encontrarla en mí y creo que en realidad es una pregunta falaz puesto que da por sentado que existen la vida y la muerte, ¿pero qué es lo que vive y lo que muere? ¿el cuerpo? ¿mi personalidad? ¿yo? ¿y quién es ese yo?

La historia de Naciketas

Justo la pregunta que encabeza este artículo fue formulada por el joven Naciketas (la c pronunciada ch) a la divinidad de la muerte, Yama. La Muerte confesó que su pregunta era difícil incluso para los dioses e intentó persuadirle de que mejor le pidiese otras cosas: reinados, riquezas, hijos que viviesen largo y tendido, todo tipo de placeres sensuales o lo que quisiera que no fuese saber acerca de la muerte. Pero el joven Naciketas se mantuvo firme en su pregunta y finalmente consiguió una respuesta de Yama.

Esta es una de las historias que se narran en las Upaniṣads, concretamente en la Katha Upaniṣad. La Muerte, complacida por la firmeza del chico, que rechaza todo lo que es perecedero y se mantiene en su pregunta por si la persona sigue viva después de la muerte o no, inicia un diálogo con él acerca de esta cuestión y establece que lo que ocurre después de la muerte tiene que ver con el conocimiento de uno mismo:

«Los medios para alcanzar el otro mundo no son revelados al ignorante que, confundido por la riqueza, se vuelve descuidado. Aquel que piensa “sólo existe este mundo y nada más” cae en mi dominio una y otra vez» (Ka. Up. 1. 2.6)

Conocimiento vs. ignorancia

El ignorante se refiere, en este contexto, a quien por una comprensión errónea de sí mismo y de la realidad se mantiene apegado a lo transitorio. No es una falta de conocimiento, porque el conocimiento siempre está ahí, sino un estado de confusión en el que buscamos que lo impermanente nos proporcione una felicidad permanente y que no nos permite darnos cuenta de que esa felicidad permanente siempre está ahí. Ahora, mientras lees esto, ya estás completo, ya eres perfecto, ya eres feliz.

Pero para abrirse a esta comprensión hay que dejar a un lado el pequeño individuo con el que nos identificamos y sobre todo los pensamientos limitados con los que juzgamos lo que es bueno y lo que es malo. Necesitamos abrirnos a una conciencia mucho más amplia, como la que muestra el joven Naciketas al renunciar espontáneamente a todas las riquezas pasajeras que le ofrece Yama. Él sabe que eso no le va a conducir nunca a lo imperecedero.

Por otro lado, el que vive apegado a lo transitorio, sea material o mental, tiende a hacerlo bajo la posibilidad de que sólo exista este mundo. El pensamiento es sumamente importante porque crea lo que percibimos como realidad. Es a través de nuestro pensamiento limitado que proyectamos un mundo limitado y creemos que es todo lo que hay y que también nosotros somos transitorios. Y lo somos si miramos sólo a nuestro personaje. Aquel que se mantiene en la ignorancia renace una y otra vez, esclavo del sufrimiento y de la alegría, ambos pasajeros, porque la única forma de liberarse de la muerte es comprender que nunca existió, que lo que somos en esencia es eterno.

Lo que Somos no nace ni muere, simplemente es

Lo que Somos no nace ni muere, simplemente ES y el Ser no puede conocerse a través de los límites de la razón, sólo puede conocerse a través de alguien que está establecido en Él y aunque la tradición hace hincapié en la importancia de un maestro tal, creo que cometemos un error cuando nos empeñamos en buscar dicho maestro.

El maestro sólo puede aparecer cuando el alumno está preparado y el alumno está preparado cuando uno está abierto a aprender. ¿Cómo no iba a aparecer entonces un maestro? Si hay una apertura real a aprender, todo alrededor se convierte en maestro porque, en realidad todo y todos están establecidos en el Ser, incluso cuando lo ignoramos.

El sabio (conocedor del Ser) no nace ni muere. No vino de ningún lugar ni nada vino de Él.

Es no-nacido, eterno, imperecedero y antiguo y no muere cuando muere el cuerpo.” (Ka. Up. 1.2.18)

El Ser, siendo más sutil que lo más sutil y más vasto que lo más vasto, se sitúa en el corazón de cada criatura. El que está libre de deseo ve la gloria del Ser a través de la calma de la mente y los sentidos y se libera del dolor.” (Ka. Up. 1.2.20)

La muerte, una ilusión

Yama insiste una y otra vez en el conocimiento del Ser. Ese Conocimiento es el que marca la diferencia de lo que ocurre tras la muerte, porque la muerte, igual que el mundo, es una ilusión cuando uno reconoce ese Ser que reside en el corazón de TODOS los SERES. Lo cual implica a ese político que tanto detesto, al energúmeno que me dio un golpe caminando por la calle, al terrorista, al violador, al ladrón, a cualquiera de los personajes que en nuestra mente se alza como archienemigo.

La muerte es una ilusión cuando uno reconoce el Ser que reside en el corazón de TODOS los SERES, lo cual implica también aquellos que nos parecen adorables: aquel ser al que tanto amo, aquel maestro en mi corazón, aquella persona tan admirable… Cuando podemos reconocer ese Ser que no nace ni muere, ¿qué lugar hay para el sufrimiento? ¿cómo no se iban a convertir todos seres en un espejo de mi propia esencia?

Te invito a hacer una pequeña práctica que consiste en forjar una mirada  que vaya más allá de las formas:

Cada vez que te encuentres delante de alguien que te produzca algún tipo de emoción, trata de ver su personaje. Date cuenta de qué es lo que ese personaje  te provoca y trata de sostener esa sensación, sin querer modificarla y date cuenta de los mensajes que tu mente lanza y de cómo estos mensajes, que son tuyos, te hacen sentir lo que sientes.

Desde esa toma de responsabilidad de lo que sientes puede resultar más fácil darte cuenta del Ser que brilla detrás de su mente-personaje y detrás de tu mente-personaje, una misma Vida, una misma Luz, un mismo SER.

Surya Namaskar – Los saludos al sol

La palabra sanscrita Surya significa “sol”, la palabra Namaskara puede significar “saludo” o “veneración”. Por lo tanto esta practica es mas conocida como saludo al sol. Pese a que aparece mencionada en los Rig y Yayur Vedas, esta practica no forma parte del Yoga tradicional. En estas escrituras ancestrales, Surya Namaskara no tiene la misma forma que hoy en día. La practica que conocemos hoy es una evolución que se ha incorporado siglos mas tarde debido a sus efectos beneficiosos sobre el cuerpo y la mente.

A nivel físico revitaliza todo el cuerpo, suelta las articulaciones, estira la mayor parte de los músculos, hace que los órganos internos reciban un masaje (mejorando su funcionamiento) y activa los sistemas respiratorio y circulatorio. Elimina la sensación de fatiga y nos ayuda a tomar conciencia de nuestro cuerpo, por lo que es una practica magnifica para comenzar el día. Este es el mejor momento para realizar saludos al sol, al amanecer. Seguido de el atardecer.

El sol hace posible la vida en la tierra, calienta y da luz a todos los que habitamos en ella. Por ello muchas culturas ancestrales desarrollaron sus religiones basadas en la veneración a este astro. Los griegos con el dios Apolo, los egipcios con Osiris o los persas con Mithras. Pero el sol no solamente era venerado por su poder y su naturaleza material. El sol es un símbolo de inmortalidad, muere cada noche para volver a nacer la mañana siguiente. Al mismo tiempo simboliza la iluminación espiritual y el conocimiento, la luz en la oscuridad de la ignorancia. Representa la esencia que existe en todas las cosas del mundo material.

Los saludos al sol se basan en cinco aspectos esenciales: Las posturas físicas, la respiración, la presencia, mantras y la relajación. En cuanto a la parte física se compone de doce posiciones que representan los símbolos del zodiaco, cada una de ellas haciendo referencia a un aspecto diferente del sol: como amigo, fuerza, belleza…

Las respiración fluye de forma natural creando un hilo conductor para las diferentes posiciones. La presencia es la clave para que cualquier cosa que hagamos se convierta en Yoga, de modo que mantener la presencia durante cada una de las asanas y durante las transiciones entre ellas es fundamental para obtener todos los beneficios de esta practica.

Cuando realizamos Surya Namaskar como una practica aislada debemos de recordar siempre terminar en Shavasana y dedicar al menos 5 minutos para relajar por completo el cuerpo.

Chakras y evolución

En lugar de intentar comprender los chakras a través de descripciones de terceras personas, debemos experimentarlos por nosotros mismos, obteniendo así conocimiento personal.

Los chakras trabajan como centros de intercambio entre las dimensiones física, astral y causal. A través de ellos la energía sutil de las dimensiones astral y causal puede ser transformada en energía para emplearla en la dimensión física.

Cuando los chakras son activados, uno puede no solo llegar a ser consciente de realidades superiores existenciales, si no que puede obtener el poder de entrar en estas dimensiones y desde ahí apoyar y dar vida a las dimensiones inferiores.

Toda forma, sonido y color tienen una determinada frecuencia. Del mismo, cada pensamiento tiene su propia frecuencia, que puede ser baja o elevada. Vibraciones inferiores son destructivas (miedo, odio, ira…), mientras que las elevadas son constructivas (amor, compasión, piedad…)

Nuestra actitud y forma de pensar son el resultado de la frecuencia a la que funciona nuestra mente.

Cuando los chakras son despertados, la mente cambia automáticamente. Los valores cambian y la calidad de nuestras relaciones y nuestra capacidad de amar mejoran inmensamente.

Los chakras existen en los diferentes cuerpos (koshas). En muchas de las practicas de kundalini debemos concentrar nuestra atención en los puntos gatillo localizados en la espina dorsal, mientras que en otras es mas fácil concentrarnos en los Kshetram, que pueden considerarse reflejos de los puntos gatillo originales, cuando concentramos la atención en ellos se crea una sensación que pasa a través de los nervios hasta el cerebro.

Mooladhara no tiene reflejo mientras que el resto tienen homologos directamente en frente de ellos en el mismo plano horizontal. Swadistana se encuentra en la zona del pubis, justo por encima de los órganos genitales. Manipura en el ombligo, anahata en el corazón, vishudhi en el hueco de la garganta y Ajna en el centro del entrecejo (conocido como bhrumadhya).

Chakras como camino evolutivo

Los chakras están simbolizados por flores de loto. El loto se desarrolla en tres niveles: lodo, agua y aire. Brota en el fango, crece en el agua en un esfuerzo de alcanzar la superficie y eventualmente alcanza el aire y la luz directa del sol. Del mismo modo, el hombre debe pasar a través de tres etapas en la vida espiritual, que representan su existencia en tres diferentes niveles: Ignorancia (fango), ambición y esfuerzo (agua) e iluminación (aire).

El loto simboliza el crecimiento humano desde los niveles inferiores de conciencia a los estados superiores de conocimiento. La culminación del crecimiento del loto es una bella flor. Del mismo modo, la culminación de la búsqueda espiritual de un hombre es el despertar y florecimiento de todo el potencial humano.

La evolución humana consiste en realizar el camino a través de los diferentes chakras. Comenzamos desde Mooladhara y vamos hasta Sahasrara.

Mooladhara es el primer “nivel de conciencia” en los seres humanos, y el mas elevado del resto de los animales. Por debajo de Mooladhara existen otros chakras conocidos como patalas que representan la evolución del reino animal. Estos centros no funcionan en los seres humanos.

Sahasrara es el punto mas elevado de la evolución humana y el primer paso hacia la evolución divina. Por encima de Sahasrara existen otros chakras llamados lokas, y representan estados superiores de conciencia.

La evolución completa se divide en tres fases: Tamasica (animal), Rajastica (humana) y Satvica (Divina).

El hombre es consciente del tiempo y el espacio y tiene ego. Puede pensar, puede saber que está pensando, y puede saber que sabe que está pensando. Esto se debe a la evolución del ego. Un animal no tiene esta capacidad, es su instinto el que le guía en su evolución.

Una vez que shakti (la energía) supera manipura ya no hay forma de volver atrás. El estancamiento en un chakra ocurre cuando hay una obstrucción en sushumna o en uno de  los chakras superiores. Kundalini puede permanecer en un Chakra durante años o incluso durante una vida entera.

Despertar los chakras es muy importante en la evolución humana y no debe ser confundido con el misticismo u ocultismo. Nuestro estado mental actual no nos permite controlar todos asuntos de la vida diaria, el propósito de despertar los chakras, sushumna y kundalini está relacionado precisamente con esto, tomar control sobre nuestras vidas.

 

Yoga, fuego y espiritualidad

El tener una granja no me convierte en granjero. Trabajar cada día las tierras, cuidar de los animales, hacer el sacrificio de estar ahí, presente, dedicado en cuerpo y alma es lo que me convierte en granjero. Lo mismo sucede con la espiritualidad. Soy una persona espiritual cuando hago un esfuerzo consciente por trabajar el espíritu.

En demasiadas ocasiones representamos en nuestras mentes  el espíritu de una forma fantasmagórica, le damos una imagen etérea y en la mayoría de los casos vacía. El espíritu es una fuerza, tan real como la de la gravedad. No se puede ver ni oír, pero se siente a través de la acción. Es la fuerza que nos mueve, que nos da vida y nos transforma.

Todo cambia, en todo momento. No hay nada que permanezca estático. Hasta la roca más sólida se va erosionando con el tiempo. No hace falta ser budista para comprender esto, cualquier persona que se siente a observar va a llegar a la misma conclusión.

El primer principio de la termodinámica nos dice que la energía ni se crea ni se destruye, se transforma. Crear consiste en transformar algo de una forma a otra. Pensamiento en acción, imaginación en proceso. Sueños que se hacen “realidad”.

Resulta paradójico que el mecanismo de la espiritualidad consista en materializar lo intangible pero así es. Sin embargo el “propósito” al que sirve es lo verdaderamente “espiritual”. Lo importante nunca  a ser el resultado de la transformación si no el proceso que lleva detrás, la fuerza que lo hace posible.

El yoga es una forma de espiritualidad, es un camino de transformación. El objetivo consiste en convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Somos diamantes en bruto que debemos pulir para brillar con fuerza. La acción de pulir es la manifestación del espíritu, el brillo la iluminación.

La fuerza de la gravedad siempre está ahí, podemos aprovecharla o dejar que haga su función naturalmente. Con el espíritu sucede lo mismo. Podemos controlar esa fuerza, podemos hacerla más fuerte, podemos utilizarla para nuestro beneficio o bien dejar que fluya sin más. La clave en el yoga consiste en tomar el control sobre esa fuerza.

Aquí es donde comienza todo. Una persona espiritual es una persona con una fuerza de voluntad excepcional, constancia, determinación, valor… Conceptos que se asocian tradicionalmente al elemento fuego.

Entregarnos al fuego del espíritu para ser transformados es sólo el principio y el camino hacia el final. Un camino lleno de obstáculos y peligros, un camino que cada uno de nosotros debemos de andar. Un camino que desgraciadamente lleva en muchas ocasiones al engaño pues es un camino de poder. En el momento en que te das cuenta de tu poder te haces invencible (o más bien te crees) y olvidas que de igual modo que sucede con la gravedad, todo lo que sube baja en algún momento.

Ese es el verdadero infierno, en el que las llamas te consumen y sufres tu ignorancia. Ignorancia por haber llegado a creer que ese espíritu que te hizo brillar es tuyo, que te pertenece, pues el sentimiento de pertenencia no es más que un espejismo. Tan real como el reflejo que ves cada mañana en el espejo.

Buda decía que el deseo es la causa del sufrimiento pero en realidad el sufrimiento está causado por el apego. Es bueno desear, es necesario tener aspiraciones, sueños…es la forma en la que el espíritu cobra forma. Pero al mismo tiempo es fundamental no aferrarnos al resultado de nuestras acciones. Esta es la forma tradicional de crear karma.

El yoga nos enseña que debemos amar, y el amor es aceptación. Debemos amarnos a nosotros mismos de forma incondicional. Aceptar los resultados, sean cuales sean, valorando por encima de todo nuestro esfuerzo, pasión y entrega. Darle valor al espíritu por encima de todo. Sonreírle a la adversidad, entregarte al máximo en cada momento y no esperar nada. Ese fuego puede iluminar galaxias enteras, no tiene límites, es eterno.

Prana y Pranayama – Conociendo y controlando la energía

Para hablar de Prana debemos de remontarnos a los orígenes de la creación, tal vez un poco antes.

En el principio no había nada, ni siquiera la creación. Lo que existía era una conciencia no manifestada que permanecía inmóvil, en perfecto equilibrio y armonía, conteniendo en sí misma todos elementos necesarios para la creación, el universo en su totalidad comprimido en forma de potencial. Una conciencia que en las escrituras se conoce como Para Brahman.

De esta quietud surge un movimiento, el primer impulso creativo, el deseo. Ekoham bahusyam: ”soy uno, déjame ser muchos”. De este deseo se crea la primera vibración spandan, y de ella surge la energía primordial mahaprana.

Desde el origen de la creación el universo se ha ido expandiendo, en un baile cósmico entre conciencia y energía, creando diferentes niveles de  existencia.

Todo el universo se compone de dos fuerzas: Conciencia y energía. Donde quiera que miremos, en la naturaleza, en el cuerpo, en la mente, esta polaridad puede verse como luz y oscuridad, positivo y negativo, masculino y femenino… Cuando esta polaridad se manifiesta en el microcosmos humano, toma la forma de chita shakti (conciencia) y prana shakti (energía)

Es este prana shakti el que forma el cuerpo pránico:

Los yoguis sostienen que envolviendo al cuerpo físico existe un cuerpo energético conocido como pranamaya kosha. Este es el cuerpo etérico a través del cual la energía se mueve por canales establecidos llamados nadis. Existen más de 72000 pasajes de energía diferentes de los cuales 3 son fundamentales. Estos son Ida, Pingala y Shushumna. Cuando Ida y Pingala están en equilibrio, Sushumna se activa y la energía comienza a fluir a través de él. Los dos mantras que forman la palabra HA THA corresponden con cada uno de estos nadis: Ha con Pingala (Sol) y Tha con Ida (Luna)

Pranayama

“La vida es el periodo entre una respiración y la siguiente, aquel que respira correctamente adquiere control sobre todo su ser” Hatha Yoga Pradipika

Pranayama es una técnica para controlar y dirigir la energía. A través de la respiración tomamos control sobre el prana.

La vida y la respiración están estrechamente conectadas, podemos pasar días sin agua o alimentos pero ¿Cuánto tiempo podemos aguantar sin llenar de aire nuestros pulmones? Sin respiración no hay vida.

Teniendo en cuenta la importancia de la respiración, deberíamos de pararnos a observar la calidad de la misma. ¿Estamos respirando correctamente?

Una respiración rápida y superficial está asociada con tensión, miedo, preocupación…condiciones que tienden a llevarnos hacia problemas de salud, infelicidad y por supuesto hacia una vida mas corta.

Una persona que está razonablemente relajada inhala y exhala aproximadamente medio litro de aire en cada respiración. Si expande el abdomen y el pecho todo lo que puede, este volumen puede ascender hasta los dos litros.

Cuando esta respiración profunda se hace de forma lenta, conseguimos que la mayor cantidad de oxigeno se transfiera a la sangre, llenando de vida cada una de las células del cuerpo. Una persona que respira profunda y lentamente se mantiene en un estado relajado, en calma y feliz.

“Cuando el prana fluctúa la mente fluctúa, cuando el prana se estabiliza la mente quede en calma”

Cuando el flujo de prana está en armonía, los pensamientos se reducen al mínimo y somos capaces de controlar la mente. Imagina que la mente es un cristal con vistas a la realidad. Si el cristal está sucio veremos la realidad “manchada” o incluso tan solo una parte de esta. Mediante las técnicas de pranayama conseguimos limpiar esta ventana y de este modo podemos ver las cosas como realmente son.

El proceso consta de inhalación (pooraka), exhalación (rechaka) y retención (kumbaka). Normalmente la exhalación es igual o el doble a la inhalación.

De acuerdo con los textos yoguicos, kumbaka es la esencia del pranayama. Cuando la respiración cesa, prana y apana se unen dirigiéndose la energía resultante hacia arriba a través de Sushumna nadi. Cuando esta energía alcanza Ajna chakra las fluctuaciones de la mente cesan por completo y alcanzamos Shamadi.

A medida que vamos redirigiendo la energía al canal central mediante la práctica de pranayamas vamos activando diferentes zonas del cerebro que permanecían inactivas, despertando de este modo a nuevas realidades existenciales.

“Aquel que conquista la esencia del pranayama es capaz de controlar su cuerpo, su mente y cualquier poder en el universo”

 

 

Miedo: Las trampas que nos autoimponemos para seguir dormidos

 

TEISHÔ 9 – TEISHÔ 8TEISHÔ 7 TEISHÔ 6TEISHÔ 5TEISHÔ 4TEISHÔ 3TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

Vivir dormidos

 

Todo deliberar del corazón yerra su blanco.
Todo proceso de pensamiento lleve a un fin contrario.
Si se comprende esto, uno no se halla separado
de aquello que se halla ante los ojos.

Sin embargo, vas cargando con tu bolso y escudilla de mendigo,
Deambulando en busca del Buda y el Drama.
¿Lo conoces, tú, que así caminas buscando?
Es vivaz como un pez en al agua y no tiene raíz ni tronco.

Aunque lo abraces, no puedes poseerlo;
Aunque lo apartes, no puedes liberarte de él.
Cuanto más lo buscas, más lejos está,
y si no lo buscas está delante de tus ojos.

 

Rinzai

 

Este texto de Rinzai revela las trampas que nos autoimponemos para seguir dormidos. La liberación produce miedo, miedo a lo nuevo; y el miedo mismo nos empuja a buscar la salida en sistemas de pensamiento, o en filosofías y creencias de segunda mano, en lo externo. Mas la mirada atenta consigue al fin descubrir que lo que habíamos perdido no era sino una ilusión, una trampa del ego, ya que aquello que buscábamos, nunca lo habíamos perdido.

 

dormidos

 

El sentido de toda meditación es la extinción del ego, la liquidación de la identificación con el “personaje”, para que, desocupados de la carga del narcisismo, pueda fluir la posibilidad de fundirnos con el Absoluto. En consecuencia, esto supone un esfuerzo que facilita la liberación de todos los obstáculos que nos separan del Ser Esencial, que es la forma que adquiere el Absoluto en nuestra existencia.

 

Las dependencias

La mayor parte de nuestros conflictos neuróticos se gestan precisamente en las dependencias que hemos construido con respecto a las organizaciones sociales, religiosas o económicas, habiendo ellas adquirido, con nuestro consentimiento, un poder predominante sobre nuestra intimidad creando una malestar anímico que a penas suele traspasar el umbral de la conciencia. Pero la meditación posee esa facultad de despertar, esa acción reveladora y liberadora ante las dependencias que nosotros mismos hemos construido, y que nos hacen sufrir.

Las dependencias pueden ser de diverso nivel existencial, siendo algunas, según su hondura y calado, más importantes que otras; pero las más significativas son el miedo al deterioro y a la muerte; el desasosiego por sentirnos inútiles y la inseguridad que provoca la soledad, siendo el miedo el denominador común de todas ellas. El miedo, efectivamente, es la herida que con mayor asiduidad nos bloquea. De ahí que el afrontamiento del miedo, sobre todo el más significativo, que es el miedo a la muerte, es una de las tareas, uno de los ejercicios, más importantes en cuanto a la liberación del ser humano.

 

El miedo

En el ejercicio del Zen, solemos encontrarnos con el miedo a la muerte, y es bueno que el encuentro con la aniquilación, en tanto que observación, sea incluido en la práctica meditativa. Hay que recordar que el sentimiento del miedo posee una calidad destructora y aniquilante, que puede bloquear nuestro desarrollo, pero, paradójicamente, sucede que cuando uno mira al miedo cara a cara, a la destrucción y a la muerte cara a cara, es cuando puede sobrevenir la experiencia del Absoluto como Fuerza presente en la misma fragilidad, siendo entonces cuando la vida, desde su más profunda arteria, puede encontrar su camino, su verdadero sentido.

El Absoluto, entendido no como un opio alienante que facilita el escapismo de la angustia, como tan bien señaló Marx; ni como una fijación infantil y proyectiva del padre o de la madre, que nos facilitaron seguridad, como apuntó Freud, sino el Absoluto comprendido, y vivenciado, como una presencia inequívoca cuya realidad nada tiene que ver con las teorías o creencias, sino con la experiencia vívida que fluye en el acto meditativo, y que en este caso nada tiene que ver con el escapismo alienador, o la regresión infantil, sino muy al contrario: con el afrontamiento directo con la muerte, y con todo lo que ocurre tras ese afrontamiento, cuando uno toca fondo después de haber tenido el valor de soportar lo insoportable. Y el valor de habernos quitado de en medio como pequeño yo. Así lo vivencié yo en un soneto.

 

TOCAR FONDO

 

Me quema la memoria. Mas recuerdo
el raudo palpitar, el sudor frío,
y el espantoso hielo del vacío,
azotando mis sienes… No me pierdo,

 

No, en las olas terribles del recuerdo:
el cielo mudo, y mudo el dios. Y el río
tan gélido en mis venas. “¡Oh, Dios mío….,
a ti alzo mis brazos…” ¡No hubo acuerdo….¡

 

En la penumbra azul de la alborada,
hirviendo aún la materia temblorosa
de mi entraña, exclamé: ¿Por qué he bebido,

 

la horrorosa ceniza de la Nada,
(la humana condición, tan espantosa),
en la niebla de un orbe sin sentido?

 

Del sufriente tejido,
y al tocar fondo, todo el Universo
se hizo luz. Y el llanto se hizo verso.

 

 

Un afrontamiento que consiste en dejar que el miedo se manifieste, recibirlo, no esquivarlo. Dejar que se acerque. Y aunque parezca extraño, el mismo miedo será el elemento desencadenante de nuestra propia transformación. Cuando eso sucede, se nos abren los ojos interiores, y hasta el escenario de los más maravillosos amaneceres, o las más espléndidas puestas de sol parecen insignificantes comparados con el fulgor de nuestra naturaleza real.

En el Za-Zen, no perseguimos experiencias o vivencias especiales situadas fuera de la vida, sino que es la misma Vida la que, abriéndonos los ojos, abre asimismo el esplendor de su escenario, revelando así la ilusoria falsedad con que la mente dormida ha llamado vida a lo que no es vida.

 

PARECE

 

Que la sed se extingue,
al ver que la Presencia
jamás estuvo ausente;
que todo fue un acto fallido,
un error de cálculo.
Y una mala pesadilla.

 

 

Una historia Zen

Cuenta una historia Zen que en un monasterio vivía un anciano monje ante el que los jóvenes novicios se sentían intimidados; no porque fuera severo con ellos, sino debido a que nada ni nadie jamás parecía perturbarlo o afectarlo, por lo que veían en él algo inquietante. Por eso le temían. Así que queriendo poner fin a esa situación, decidieron un día ponerlo a prueba.

Una oscura mañana de invierno cuando el anciano, según la tarea que se le había encomendado, tenía que llevar una taza de té a una de las salas del monasterio, el grupo de novicios se ocultó en uno de los sombríos recodos del sinuoso y largo corredor que conducía a la sala.

Al pasar el anciano, los novicios salieron de su escondite profiriendo alaridos terroríficos, como una horda demoníaca. Pero el anciano, como si con él no fuera la cosa, continuó parsimoniosamente portando con suma atención su taza de té. Y al doblar la siguiente vuelta al corredor, como bien sabido era por el anciano, había una mesita. Se dirigió a ella en plena oscuridad, deposító la taza, y después de protegerla bien para que no entrara el polvo en ella, se apoyó en la pared, y prorrumpió: “Oh, oh, oh, en una clara exclamación de susto.

Un maestro Zen al relatar esta historia, comentaba: Se ve, pues, que nada tienen de malo las emociones, solamente que no deben apartarnos de nuestra atención.

 

El  miedo en la mente

El miedo, la reina de las emociones, nos incapacita para vivir y amar. Nos embota la mente, nos hace insensibles. Y una sociedad tan superficial como la nuestra, por medio de sus organizaciones neoliberales, ha aprendido a administrar el miedo como herramienta de manipulación sacando así partido de él.

Pero, además, la voz del miedo no puede ser interpretada ni descubierta mediante el análisis del pasado sino mediante el ejercicio de la vivencia del instante, que insta, esta atento, como el monje de nuestra historia.

Yo añadiría que quien tiene abiertos los ojos al instante, estando atento al filo de cada instante, salvaguarda su espíritu del miedo, porque el miedo y la ansiedad están en la memoria del pasado y en la del futuro. Es decir sólo en la mente, y quien trasciende la mente se libera del miedo, de todos los miedos y emociones negativas.

El ejercicio del Za-Zen nos hace capaces de atrapar al vigoroso corcel de la mente.

Fuente: