ZA-ZEN: El final del ego

 

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El final del ego: La historia de Nami

Entre las muchas historias y narraciones sobre el Zen, existe una que cuenta cómo en la era de Meiji, existió un famoso luchador apodado O Nami, cuya traducción es “la sucesión de las olas”. Cuentan que era un hombre corpulento, y muy diestro en el arte de luchar; pero sucedía que así como en los entrenamientos privados era invencible, a la hora de actuar ante el público le derrotaban hasta sus mismos discípulos. Y ese fue el motivo por el que O Nami, pidió ayuda a un anciano maestro Zen, Hakuju, cuyo templo estaba muy cercano.

 

Una vez escuchada la historia, el viejo Hakuju, le dijo lo siguiente:

 

“Tu nombre es “La sucesión de las olas”, así que esta noche la pasarás en este templo, pensando únicamente que tú eres las olas en movimiento. Así que dejarás de ser un luchador acomplejado para lograr ser como “La sucesión de las olas”, que lo arrasan todo. Haz lo que te digo y te convertirás en el mejor de los luchadores del país”.

Dichas estas palabras, el maestro se retiró, y O Nami comenzó a practicar la meditación sentada, tratando, tal y como se lo dijo Hakuju, de imaginarse que él era eso: “La sucesión de las olas”. Al comienzo le resultó bastante costoso concentrar su mente en ese pensamiento, sin embargo lo cierto es que a medida en que pasaban las horas iba progresando en identificarse con el oleaje. Así que las olas iban creciendo y creciendo mientras meditaba. Y de ese modo permaneció toda la noche, con lo que una vez llegada la mañana, el maestro Hakuju halló a O Nami en plena meditación, cuyo rostro mostraba un rictus sonriente, y el maestro, colocando la mano sobre su hombro, le dijo:

 

“Ahora nadie ni nada podrá vencerte, porque tú eres “La sucesión de las olas, y llevarás por delante a todo aquel que se interponga”.

Ese día O Nami combatió en un torneo público, y resultó ganador. A partir de entonces no hubo en todo el Japón luchador alguno que lo superara.

 

La meditación

En una lectura superficial, la historia podría entenderse como que el fin de la meditación persigue armar y fortalecer el ego para la competición. Si bien es verdad que la meditación puede en muchos casos ser causa de ese fortalecimiento, lo cierto es que ese beneficio es un beneficio secundario. Porque la meditación produce precisamente la des-identificación con el pequeño yo, es decir, con el papel o rol social que la sociedad le ha asignado. O Nami era presa del yo, que era tanto como decir que era presa del miedo a hacer el ridículo, y solamente cuando, mediante la acción transformadora de la meditación disuelve su personaje “en medio de las olas” es cuando sucede la maravilla del satori.

 

Yo no estoy de ningún modo seguro de que en la mayoría de las ocasiones en que esta historia se repitiera, el meditador alcanzaría el máximo pedestal como luchador, pero de lo que no dudo es de que sí que reuniría las condiciones previas para conseguirlo. Y ello, precisamente, porque ya no estaría preso de la tensión de dar la talla, pues se habría vaciado de su personaje. Veamos lo que en tal sentido narra una historia Zen:

 

Una historia ZEN

La dedicación y el celo de un discípulo del Maestro Kochi llamaba la atención a sus amigos y a los restantes acólitos.

Sin embargo, no impresionaba a su roshi. El joven se sentaba con seriedad en Za-Zen durante todo el día y en ocasiones toda la noche, y se concentraba con considerable gravedad. Realizaba con el mayor de los empeños cualquier tarea que se le encomendaba.

Los restantes discípulos comentaban que si alguno de ellos merecía alcanzar rápidamente el satori ése no podía ser otro que el discípulo aplicado. Pero el roshi no compartía esa opinión y llamó al joven.

-¿Por qué te aplicas tanto en el trabajo?

-Para conseguir el satori. Para eso estoy aquí.

-Ya veo.

El roshi reemprendió sus tareas y el discípulo las suyas.

El roshi atendía sus obligaciones y vivía su vida. El joven aplicado se sentaba erguido, cruzaba sus manos, cerraba sus ojos con firmeza, respiraba con regularidad y no se permitía una sola cabezada. Sus curiosos compañeros esperaban verle llegar al satori en cualquier momento. Sin embargo, pese a su empeño y concentración, este momento no llegaba. Finalmente fue a ver al roshi.

-Aunque medite durante muchas horas con gran diligencia y profundidad, nada ocurre.

-Ya veo-

-¿Qué debo hacer?

-Debes volver a tu casa. Aquí estás perdiendo el tiempo. El discípulo quedo consternado. Intentó discutir con el roshi, quien, sin embargo, permaneció sentado en silencio y sin responder, hasta que el preocupado joven se levantó para abandonar la habitación. Entonces el roshi le llamó.

-Siéntate y te contaré algo. No has entendido mis palabras y debo explicártelas. He dicho que perdías el tiempo aquí y hablaba en serio. Verás por qué. El satori no es una meta hacia la que trabajar. El Zen es satisfactorio sin satori, porque es un medio que no precisa un fin. Lo mismo se puede decir de la vida. Nuestra meta no tiene una meta. Uno la vive.

Deberíamos meditar de esta misma forma. La meditación es un objetivo en sí misma. No es un proceso que conduce a algo más. Es vida. Pierdes tu tiempo al no darte cuenta de ello. Piensas sólo en el futuro y descuidas el presente. Peor aún, utilizas el presente para perseguir algo sobre lo que únicamente has leído y oído hablar. Piensas en el satori como un premio a obtener, y crees realmente que serás diferente si éste llega.

Por tanto, estás perdiendo el tiempo. Vuelve a tu casa y vive.

Esto es lo que quería decirte y así lo he hecho.

Si no estuvieras tan ciego, te habrías dado cuenta ú mismo. E incluso ahora, mientras hablo, estás esperando a que surja algún tipo de comprensión de estas palabras sin valor.

No has entendido nada.

El abrumado discípulo se retiró. Sin embargo, no volvió a su casa.

Se sentó en silencio con los demás.

Algunas noches meditaba en el jardín. Continuó.

No sabemos si alcanzó el satori.

En cualquier caso, no tiene importancia para esta historia.

 

 

Buda

La gran iluminación de Shakiamuni Buda fue simplemente darse cuenta de que el “universo –mi ego incluido- es uno y vacío”. Y cuando nos hacemos uno con la meditación, también nos hacemos uno con la verdad experimentada por todos los budas (los iluminados) pasados, presentes y futuros de la Humanidad. En esa experiencia se transciende la dualidad, fenómeno que experimentamos al despertar. Y el despertar llamado “iluminación” es eso: palpar de modo vibrante esa unidad vacía en una experiencia viva, que, por ser viva, tiene la propiedad de con-movernos.

 

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Cuando superamos la dualidad de los opuestos y, como ocurre en la historia de nuestro luchador, llegamos a ser uno con quien percibíamos como contrario o enemigo, se transciende la ceguera, se toca esa unidad. Y al tocarla, uno se libera de la esclavitud del odio al enemigo. Al tocar la unidad llega la liberación, todo se dispone y presenta a nuestros ojos con la real sencillez del Ser. Y los problemas se resuelven por sí mismos, sin el apremio de ser el primero y sin el temor de ser el último.

 

Por eso el personaje que nos hemos montado es una ficción que nos distrae de nuestro verdadero origen. Y por eso “quitar de en medio” al personaje, al pequeño yo, es parte de la meditación. El final del yo es la única meditación.

 

Esta experiencia no surge del saber discursivo científico, sino del despertar, precisamente cuando se ha hecho silencio sobre el ruido del ego. Esta experiencia no puede ser otorgada por maestro alguno, sino que, como le ocurrió, a O Nami, somos nosotros quienes hemos de descubrirla. Un maestro, como Hakuju, puede indudablemente ayudarte a despertar, pero al final, la luz de la iluminación solamente puede ser encendida en tu propio interior, desde ti mismo. De ahí la importancia del ejercicio. Y en el ejercicio del Za-Zen, puro vaciamiento de imágenes, de pensamientos, de sentimientos y de deseos, se dan las condiciones para que te dejes habitar por lo real, Y tú halles en ti mismo tu maestro. Considero que la siguiente historia facilitará la compresión de lo que venimos considerando:

 

 

Cuando un pez nada –decía el Maestro Dôgén- nada y continua nadando y no hay fin para el agua.
Cuando un pájaro vuela, vuela y continua volando y no hay fin para el cielo.
Nunca ha habido un pez que nadara fuera del agua o un pájaro
que volara fuera del cielo.

Cuando necesitan un poco de agua o de cielo, sólo usan un poco;
cuando necesitan mucho, usan mucho.
De ese modo, lo usan todo en todo momento.
Y en todo lugar gozan de libertad perfecta.

 

DÔGEN

El luchador de nuestra historia, revela el fondo de la humanidad en su lucha por ser “algo”. “Algo” que quiere manifestarse, que pugna, que interpela en expresarse, una Algo al que se opone todo lo establecido, todo lo fijado, todo lo objetivante: todas las ideas, que configuran eso que llamamos ego, el personaje, la subsistencia… Pero el ser humano solamente puede identificarse con ese Algo que le interpela si su conciencia objetivante se transforma totalmente, radicalmente, en una conciencia más amplia e interiorizada; un espacio de conciencia donde precisamente el ser humano, como el ser de las olas, se desprenda, esté libre, de todo lo que suponga un “algo”. Así lo vi yo en este poema.

 

Impertinencia

Igual que un centinela espera el alba,
sobre la hierba, frágil, temblorosa,
la gota de rocío, aguarda, quieta,
la caricia silente de la aurora. 

Y empieza a evaporarla el Gran Silencio
cayendo de hoja en hoja; y se disipa,
como lo hace un sueño pasajero
que busca enajenarse de sí mismo. 

Fragilidad acuosa entre las flores,
sutilidad del Ser temblando al viento
que entre mis versos se disuelve. 

Bajo el rayo de sol que la derrite,
la gota, exenta de agua, hoy se ha hecho luz;
danza del alba, luz, fuego y vacío…

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Gary Bendig

La revolución del mindfulness – 2ª parte: la sombra de la meditación

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“Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo la oscuridad consciente.” (Carl G. Jung, 1945. “El árbol filosófico”, p. 335)

Quizás uno de los factores que haya contribuido más en la llamada «revolución del mindfulness» (véase La revolución del mindfulness – 1ª parte: más allá de la meditación) sea su promesa de felicidad. Esta promesa la comparte con tantas otras formas de meditación, yoga, coaching o terapias alternativas también populares en nuestro tiempo.

En el caso del mindfulness, el respaldo de la comunidad científica en los campos de la biología, la neurociencia o la psicología, así como el creciente número de estudios clínicos que avalan sus efectos positivos para el bienestar, parece marcar la diferencia. Por lo que el mindfulness se presenta como el último método de autoayuda y, además, «comprobado científicamente».

Sin embargo, existe un aspecto poco conocido del mindfulness, un tabú. Y es que las prácticas de mindfulness no funcionan siempre, ni parecen funcionar para todo el mundo. De hecho, incluso en algunos casos la persona se siente peor.

Es un fenómeno para el que se prepara nula o escasamente a los practicantes de meditación, así como a los instructores. En contextos tradicionales budistas, por el contrario los maestros sí que advierten de la peligrosidad de la meditación y, por lo tanto, también de enseñar a meditar.

En estos contextos espirituales la precaución suele residir en el carácter esotérico o iniciático de la enseñanza, así como en el seguimiento personalizado de la relación maestro-discípulo. No es aquí mi propósito tratar si estas precauciones son suficientes y las posibles derivas de la práctica meditativa en contextos budistas.

Por el contrario, me propongo indagar en los efectos adversos que parece tener la meditación para algunas personas en un contexto laico. En efecto parece ser que la popularización del mindfulness ha dejado en la sombra los riesgos de la meditación, por otro lado conocidos desde antaño.

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La sombra de la meditación oculta riesgos reales. Conocidos por la tradición budista, hoy la popularidad del mindfulness parece ignorar estos riesgos.

 

La popularización de la meditación

Cada día la meditación es más popular en nuestra sociedad y cada vez forma parte en mayor medida de la corriente principal, el mainstream. Y no podría ser así si no la asociáramos con la salud y el bienestar. Puede parecernos obvio, lo que nos muestra hasta qué punto hemos internalizado esta creencia , ¿cómo va a no ser bueno meditar?

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– «¡Camarero, un trago de meditación por favor!»

Sin embargo, debemos tener en cuenta que en Asia, en las sociedades budistas la gente no medita. Ni siquiera los monjes budistas meditan. Recitan las escrituras, realizan oraciones, invocan a las divinidades protectoras y ahuyentan a los espíritus maléficos, etc., pero casi nadie practica la meditación tal como nosotros la entendemos.

En el budismo, tanto seglares como monjes no aspiran a la «iluminación». El nirvana o la extinción del sufrimiento es un objetivo muy lejano, después de vidas y vidas acumulando méritos para algún día tener un renacimiento en el que, entonces sí, uno pueda llevar la vida de ascesis y renuncia que el propio Buddha emprendió en su momento.

Es decir que tradicionalmente, en el budismo la meditación, entendida como un medio de liberación del sufrimiento, está reservada a una minoría de practicantes muy avanzados que llevan una vida de reclusión. La población y la clase monástica se ocupan de fines más mundanos. 

Pero en Occidente pocos serían los interesados en pagar por una conferencia sobre exorcismos o por un retiro de plegarias. ¡No, aquí queremos meditar! ¡Queremos todo el pastel! Eso sí, sin renunciar a nuestro estilo de vida.

Este es el primer desajuste, un conjunto de prácticas de cultivo de la mente de una gran complejidad se ofrecen por primera vez al público en general. Es algo así como la popularización de la ascensión al Monte Everest. Y ya conocemos el resultado.

 

Posibles efectos adversos de la meditación

Hay que reconocer que resulta difícil detectar los efectos contraproducentes de la práctica meditativa, puesto que las personas que sienten que meditar no les funciona tienden a no expresarlo. Puede que en muchos casos piense que es ella o él quien no lo hacen bien, que es “culpa” suya o que se debe a un problema personal.

En una ocasión, al salir a la calle después de una sesión de uno de mis cursos, una participante sufrió un ataque de ansiedad y fue hospitalizada de urgencia. Por suerte volvió a la siguiente sesión y me lo contó ella misma, de lo contrario nunca lo habría sabido. Al final del curso mostraba una sonrisa de satisfacción por su evolución positiva.

En un curso en el contexto profesional, en el transcurso de un ejercicio de relajación profunda otra participante abandonó la sala y pidió ser atendida por personal sanitario que se encontraba en las instalaciones. Le detectaron un episodio de hipertensión y le aconsejaron ir a casa a descansar.

En otra ocasión, en el transcurso de un retiro en el que participaba como alumno, en una sala repleta con más de cien personas meditando en la penumbra antes del amanecer, de repente un extraño sonido rompió el silencio. Una mujer había sufrido un desmayo y al caerle la cabeza hacia atrás se estaba ahogando. Finalmente cayó al suelo y rápidamente varios médicos presentes en el grupo acudieron a atenderla. Ella misma me contó que solía tener problemas de hipotensión.

Todos estos casos son muy poco frecuentes, al menos los que se visibilizan, pero son suficientemente importantes como para recibir la atención debida.

En un segundo grupo, podríamos encontrar síntomas más leves pero que impactan a los participantes con una cierta mayor frecuencia. Estos pueden ser la aparición inesperada de un dolor abdominal, el aumento de un dolor cervical o insomnio 

Finalmente, en un tercer grupo, podríamos encontrar los efectos más leves pero de una incidencia más común: cambios de humor, irritabilidad o apatía.

 

El efecto “backdraft”

Así pues, la pregunta es: ¿por qué a veces la meditación produce el efecto opuesto al esperado? Yo lo llamo efecto «rebote», aunque se suele traducir como «contracorriente», pero su nombre original es «backdraft». Este concepto fue acuñado por los profesores de psicología Christopher Germer (Universidad de Harvard) y Kristin Neff (Universidad de Texas), dos de los mayores especialistas en mindfulness y los creadores del programa Mindful Self-Compassion.

En efecto, el backdraft o “explosión de humo” describe la imagen bien conocida, por fortuna para la mayoría de nosotros solo en el cine, en la que en un incendio al abrir una puerta o una ventana la entrada repentina de oxígeno produce una violenta explosión.

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Los bomberos conocen muy bien los riesgos del efecto backdraft o «explosión de humo».

En la meditación, nuestras experiencias de dolor y sufrimiento son el fuego. De hecho, ya el Buddha utilizaba la imagen del fuego para representar el concepto de dukkha, toda forma de insatisfacción o infelicidad.

«¡Monjes, todo está en llamas! ¿Qué es lo que está en llamas? La visión está en llamas, los objetos visibles están en llamas y la conciencia visual está en llamas.»

(Buddha, Enseñanza del fuego, Adittapariyaya Sutta, SN 35:28)

No olvidemos que el concepto de nirvana significa precisamente «extinción», extinción de este mismo fuego. Pero volvamos al backdraft. Nuestro dolor físico o emocional es el fuego que nos consume y que intentamos por todos los medios no sentir o, al menos, tener bajo control. Por lo que ese fuego se encuentra en una habitación cerrada a cal y canto, sin apenas oxígeno. Es en este escenario en el que aparece el bombero que busca extinguir el fuego, es decir la meditación.

Toda forma de dolor es percibida como una amenaza. De hecho esa es la función adaptativa del dolor, ser una señal nocioceptiva, el aviso de un posible daño. Como tal, desencadena en la persona la primera fase del estrés, la «fase de alarma». Es decir que activa una reacción de evitación del peligro o la amenaza mediante la huída o la parálisis, que se manifiesta con tensión muscular, sentimiento de miedo y pensamientos de preocupación.

Pero qué sucede cuando es la propia reacción natural de estrés la que se percibe como un peligro o una amenaza. Qué sucede cuando ya no es la infección gastrointestinal la que mi organismo percibe como una amenaza, sino que ahora es el propio dolor estomacal que me avisa de ello el que empieza a preocuparme y veo como peligroso. ¿Tendré una úlcera? ¿Será grave? Pues que reactivamos nuestra respuesta de estrés y el dolor primario se ve incrementado con un nuevo dolor creado por nosotros o dolor secundario. Se trata precisamente de la distinción entre dolor (inevitable parte de la vida) y sufrimiento (evitable puesto que lo causa nuestra resistencia al dolor primario). Este fenómeno se conoce como ciclo reactivo del estrés, donde es el propio estrés el que nos estresa.

Esta es la ecuación formulada por Germer y Neff:

DOLOR X RESISTENCIA = SUFRIMIENTO

Que matizan de este modo:

EMOCIONES DIFÍCILES X RESITENCIA = EMOCIONES DESTRUCTIVAS

Los psicólogos han investigado mucho sobre la capacidad de suprimir de manera consciente los pensamientos y las emociones no deseados. Sus conclusiones son claras: no tenemos esa capacidad. Paradójicamente, cualquier intento de suprimir conscientemente los pensamientos y las emociones no deseados hace que estos se intensifiquen.

(Kristin Neff, 2012. Sé amable contigo mismo. El arte de la compasión hacia uno mismo. Barcelona: Oniro, pp. 130)

Y es que, a pesar de la complejidad de las técnicas de meditación, a nivel del Sistema Nervioso Autónomo básicamente lo que hacemos es activar su rama parasimpática, es decir que nos inducimos una «respuesta de relajación», como ya llamaba a la misma meditación el cardiólogo Herbert Benson (véase La revolución del mindfulness – 1ª parte: más allá de la meditación).

Esta relajación desactiva la respuesta de estrés y, por lo tanto, nuestras reacciones evitativas ante la percepción de peligro o amenaza. Cierto, pero ello supone que a nivel psicológico se debiliten nuestras resistencias o mecanismos de defensa ante el dolor, lo que puede hacer que, en el menor de los casos, nos sobrevengan pensamientos sobre una dificultad por la que estemos atravesando en nuestra vida actual (y que intentamos olvidar con todo tipo de distracciones), o que incluso puedan aflorar recuerdos de una experiencia traumática (disociada de nuestra memoria largo tiempo atrás).

Pero la meditación mindfulness no es una mera relajación, sino que partiendo de este estado de atención receptiva y sin esfuezo, intencionadamente prestaremos atención a las experiencias que se presenten momento a momento. Es aquí donde, debido al propio ejercicio de relajación y atención consciente, de repente la persona se puede hallar atrapada en un espiral en el que cuanto más huye del dolor más se adentra en el mismo. Esto es el efecto backdraft o explosión de humo.

Kristin Neff lo define así:

«Las personas acostumbradas a la autocrítica constante, a menudo sufren un estallido de ira y emociones negativas intensas cuando intentan adoptar por primera vez un enfoque más amable y cariñoso consigo mismas. Es como si su concepción del yo estuviera tan cargada de un sentimiento de inadecuación, que este «yo menospreciable» luchara por sobrevivir cuando se siente amenazado. Por supuesto, el modo de tratar con el backdraft consiste en aceptar conscientemente la experiencia y sentir compasión por lo difícil que resulta experimentar una negatividad tan intensa.»

(Kristin Neff, 2012: 144-145)

En esta conferencia TED, Kristin Neff explica la diferencia entre autoestima y autocompasión. Cómo el foco exclusivamente en los aspectos positivos de la autoestima puede convertirse en un fuerte estresor de nuestro tiempo. 

 

La autocompasión

Llegamos pues al corazón de la meditación mindfulness: la práctica de la compasión. En nuestra cultura el concepto de compasión a veces puede entenderse de forma negativa. En efecto la etimología del término significa «sufrir junto con», si tu sufres yo sufriré contigo. Per en el mindfulness compasión tiene un sentido muy distinto.

En el budismo la compasión es la intención de querer aliviar el sufrimiento de otra persona. Por lo tanto, cuando esta motivación se dirige a uno mismo hablamos de autocompasión: desear aliviar nuestro sufrimiento.

Para ello, una vez hemos traído de vuelta la atención errática al momento presente, acogemos con amabilidad cualquier experiencia difícil que pueda surgir. Con una sonrisa interior de ternura (el «yoga de la boca» como lo llama Thich Nhat Hanh), con una mirada afectuosa, estamos atentos pero no de forma neutra, sino con una atención amable y bondadosa. Podemos, por ejemplo, impregnar todo nuestro cuerpo de una claridad cálida, la claridad de nuestra atención a las sensaciones del cuerpo. Como si este se llenase de agua clara desde una fuente interna. Podemos abrazar a nuestro dolor como si de un bebé se tratara, con delicadeza y ternura.

La ira es como un niño pequeño que llora por su madre. Cuando el niño llora, la madre lo abraza amablemente entre sus brazos y lo escucha con atención para ver lo que está mal (…) No tenemos que rechazar nuestra ira. Es una parte de nosotros que, como el bebé, necesita nuestro amor y nuestra escucha profunda.

(Thich Nhat Hanh, 2013. Felicidad. Prácticas esenciales de mindfulness. Editorial Kairós: Barcelona, p. 130)

Así, desactivamos también la respuesta de estrés de «lucha, huída o parálisis», pero también activamos el sistema de confortamiento, satisfacción y seguridadPaul Gilbert, profesor de psicología en la Universidad de Derby y creador de la Terapia centrada en la compasión, describe este sistema como la principal red neuronal de regulación emocional (véase Paul Gilbert, 2015. Terapia centrada en la compasión. Características distintivas. Bilbao: Desclée de Brower.).

Además, con la práctica de la compasión también fortalecemos nuestros vínculos de apego seguro, tal y como estudia Javier García Campayo, profesor de psicología en la Universidad de Zaragoza y creador de la Terapia de compasión basada en los estilos de apego (véase Javier García Campayo y Marcelo Demarzo, 2015. Mindfulness y compasión. La nueva revolución. Barcelona: Singlantana). En efecto, desde la perspectiva de los estilos de apego la práctica de la compasión desarrolla también la capacidad innata en los mamíferos de vincularnos y establecer un vínculo de apego seguro con nuestras crías, incluso cuando estas experimentan dolor. De allí la posibilidad de establecer ese mismo apego a nivel interno.

En resumen, al meditar no fijes la atención solo en la respiración, las sensaciones corporales, los sonidos, los pensamientos o la propia atención, observa también si aflora alguna incomodidad o malestar y, entonces, date cuenta de qué te dices o cómo te sientes. Me estoy hablando desde la exigencia, la culpa, la crítica. Me estoy enfadando, asustando, frustrando. Y entonces, abre el foco de tu atención y abraza de un modo afectuoso estas voces y sentimientos tal como son, sin juzgarlos ni intentar evitarlos. Como si fuera tu propio bebé, asustado, con dolor de barriga, con un berrinche. Abrázalo con el corazón, con todo tu amor. Y mécelo con el vaivén de tu respiración.

Finalmente, como afirman Neff y Germer: «No nos damos autocompasión para disminuir el sufrimiento, sino porque estamos sufriendo.» El mindfulness promete la felicidad, sí, pero una felicidad que incluye el sufrimiento, que lo abraza. El mindfulness es el cultivo de una atención que atiende el sufrimiento natural de estar vivos. Aportando sentimientos positivos de calidez y ternura a los sentimientos difíciles y dolorosos. Desarrollando el equilibrio emocional, una relación más equilibrada con las emociones difíciles.

Quizás no se trate tanto de extinguir «literalmente» el sufrimiento, sino de no prender más el fuego. Quizás podamos aprender a amar el sufrimiento, a amar en el sufrimiento.

 

El ser esencial: Más allá de la razón y la creencias

 

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Observar el desarrollo de la física, desde Newton hasta hoy, equivale a observar los límites de la ciencia. El célebre físico Stephen Hawking ha expresado varias veces que no cree en nada parecido a un dios personal. Lo cierto es que su noción de un universo sin fronteras, es decir, sin comienzo y sin final, previsto por la todavía incipiente “teoría matemática del todo”, no contempla la posibilidad de un creador. No obstante el profesor de Cambridge, piensa que cuando la teoría del todo se desarrolle, se descubrirá si el universo tiene un significado, se aclarará el por qué de la creación, y cuál es la misión del ser humano en el mundo.

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El encomiable esfuerzo de la Física Teórica en los últimos cien años ha llevado a los científicos a plantearse preguntas cuyas respuestas, ya por definición, escapan al marco estricto de la ciencia matemática. Así lo ve Peter Coles, profesor de Astrofísica de la Universidad de Nottingham, y estudioso del origen de las galaxias, quién, con ocasión de las afirmaciones de Hawking, se plantea si la naturaleza es realmente matemática ¿No serán –señala- las normas que diseñamos solamente una especie de taquigrafía que nos permite describir el universo con el menor número de páginas posible? ¿Es la física simplemente un mapa, o es el territorio en sí? También está otra cuestión importante relacionada con las leyes de la física, y vinculada con el inicio mismo del espacio y del tiempo. En algunas versiones de la cosmología cuántica, por ejemplo, se debe postular, como una especie de neoplatonismo, la existencia de leyes físicas que existen, por decirlo así, antes del universo físico que se supone que deben describir.

Además- añade el citado profesor-, los avances en lógica matemática han levantado dudas sobre la posibilidad de que una teoría basada en cálculos matemáticos sea totalmente coherente. En tal sentido, el lógico Kurt Gödel ha demostrado un teorema, conocido como “teorema de la incompletitud”, que demuestra que cualquier teoría matemática siempre contendrá aspectos que no pueden demostrarse en esa misma teoría. (cita recogida de “Hawking y la mente de Dios” de Peter Colles, Gedisa. Barcelona, 2004).

La ciencia, en su vertiente metodológica clásica, persigue extrapolar leyes y teorías desde el manejo y la contrastación empírica de los hechos objetivos. En el ejercicio del za-Zen la experimentación se torna en experiencia, no menos contrastable, pero tratándose de una experiencia vivenciada, interior, no “interna”, sino íntima, y, sobre todo, inmediata, o in-mediata. Desde ahí es desde donde podemos aproximarnos al término “Ser Esencial”.

 

Ser esencial

Los científicos, predominantemente psicólogos y psiquiatras, al considerar que ese término parte de un misticismo oscuro, ellos mismos se excluyen de la posibilidad de acceder a esa experiencia inmediata, ya que han caído en esa mistificación de la razón que sólo reconoce como verdadero el fenómeno o evento que entiende directamente y que domina desde el control de las variables externas; una actitud racionalista que llevó a Ortega y Gasset a decir que “cualquier teología me parece transmitirnos mucha más cantidad de Dios, más atisbos y nociones de la divinidad que todos los éxtasis juntos de todos los místicos juntos”. Versión bien distinta a la que de lo místico tiene Wittgenstein, quien señala que “aquello de lo que no se puede hablar hay que silenciarlo”.

Es precisamente desde la renovada valoración de los milenarios ejercicio del silencio, como estamos hoy en camino de superar esas barreras, para tomar muy en serio “qué ocurre” en esos determinados momentos, que nos des-velan la fuerza liberadora y transformadora de nuestra verdadera naturaleza esencial. No considerar el peso de la individualidad, y lo que, fuera del discurso intersubjetivo, se puede experimentar, es lo que hace enfermar a las colectividades, convirtiendo en neurótica al 76% de nuestra civilización que vive de espaldas a las demandas más humanas de la naturaleza del ser humano.

En el ejercicio de la sentada en silencio del Za-Zen, ya lo hemos dicho, nos encontramos con la oportunidad de ponernos en contacto con nuestra verdadera naturaleza, con nuestro Ser Esencial; es decir, con nuestro núcleo oculto, transpersonal, e incondicionado. La pregunta que aquí surge es ¿de dónde proviene ese conocimiento esencial que se sitúa más allá de la experiencia ordinaria de los objetos? Porque ¿no resulta, acaso, una arrogancia hablar del Absoluto o de lo sobrenatural vivido en el interior de nuestra interioridad? ¿No se trata de un conocimiento referente a la fe religiosa, a la teología, o a la especulación filosófico-racional? ¿O, no será también un autoengaño, un opio social, cuando no un mecanismo de evasión autoinoculado para evadirnos de la angustia? Nada de eso: Ser esencial, como experiencia, es un derecho de nacimiento, ajeno a cualquier religión o corriente metafísica, al que puede acceder todo ser humano. Hablamos de Ser Esencial en virtud de experiencias acumuladas, y contrastables, a lo largo de la historia de la humanidad. Aunque los occidentales, obnubilados por el predominio del discurso racional, lo hayamos olvidado:

“El concepto de Ser Esencial -Dice Dürckheim- descansa sobre la base de un conjunto coincidente de experiencias de fenómenos y situaciones extraordinarias desde el punto de vista cualitativo. De las extraordinarias fuerzas que liberan, así como de las transformaciones que pueden suscitar, se desprenden que estas experiencias no son producto de meras fantasías, sino que tienen lugar en el marco de una realidad extraordinaria.»

Dürckheim, se refiere a ese fenómeno que Maslow llamó “experiencias cumbre”, a esos momentos estelares propios de otra dimensión ajena al pensamiento ordinario, y que suelen frecuentemente acontecer cuando hemos llegado al límite tanto nuestras fuerzas físicas naturales como de nuestra capacidad de entender y comprender. Una extraña fuerza que no sólo nos anima, sino que nos eleva más allá del desamparo existencial, de los sinsabores o contrasentidos y de la absurdidad, que ilumina nuestra mente, para ver con claridad más allá de las anteojeras sociales, y haciéndonos presentes a un orden del que participamos aun sin comprenderlo totalmente. Se trata de una inteligencia lúcida, ajena a cualquier fe o creencia externa. Se trata de una experiencia contundente, real, que no engaña, y que, de modo imprevisto, puede acceder en los momentos de mayor hundimiento. Entonces nos sentimos acogidos, rescatados del aislamiento y avisados de nuestra pertenencia a un Todo.

Puedo afirmar que lo que en esos momentos aparece se trata de una energía, que nos eleva sobre nuestras fuerzas ordinarias; una fuerza que nos faculta para poder soportar lo insoportable, o de afrontar peligros inquietantes, como el de mirar a la muerte cara a cara. Miles de personas, muchas de ellas en estados límite, han accedido y siguen accediendo a esas experiencias. Lo que ocurre es que nos han programado la conciencia para no tomar en serio nuestra propia liberación.

En el Za-Zen, procuramos afinar el instrumento de nuestra mente y nuestro cuerpo para que tales experiencias no sólo sean un hecho extraordinario sino el acceso transformante de todo nuestro ser hacia una nueva visión, a una nueva conciencia más allá del pensamiento unidimensional. A nuestra naturaleza verdadera. Eso es el Ser Esencial que se ofrece aquí y ahora. En el eterno presente.

  

EL ETERNO PRESENTE

 

Como un sol breve
que no se aferra al aire,
el eterno presente tiene alas
de una blanca mariposa inmóvil.

La frágil fortaleza del instante,
expande su insistencia estremecida
como una claridad que nos ocupa,
como una conciencia desbordada
que no tiene cabida en los sentidos.

 

 

Por eso, en el Za-Zen insistimos siempre en el hecho de si en alguna parte puede hallarse la vida, esa parte es el momento presente, el instante. El nos conduce a nuestro centro, a ese punto central de la conciencia donde yo soy lo que más soy.

 

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Sweet Ice Cream Photography

Autoestima

Por amor a uno mismo

No se ama al marido por amor al marido, sino que es por amor a uno mismo (ātman) que se ama al marido. No se ama a la esposa por amor a la esposa, sino que es por amor a uno mismo (ātman) que se ama a la esposa. No se ama a los hijos por amor a los hijos, sino que es por amor a uno mismo (ātman) que se ama a los hijos. No se ama la riqueza por amor a la riqueza, sino que es por amor a uno mismo (ātman) que se ama la riqueza (…). No se ama a los seres por amor a los seres, sino que es por amor a uno mismo (ātman) que se ama a los seres (…). Hay que escuchar, reflexionar y meditar sobre uno mismo (el ātman) En verdad, cuando se ha visto, escuchado, pensado y conocido uno mismo (el ātman), todo este mundo es conocido.

Este texto pertenece a la Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad (5.5-6) uno de los textos filosóficos más antiguos de la tradición védica.

La palabra ātman es un pronombre sánscrito que significa uno mismo y que en la filosofía pasó a referirse a la energía que habita en nosotros como una y la misma energía que da lugar al universo entero. Algo muy parecido esa energía a la que se refirió Einstein cuando decía que la energía nunca desaparece, sólo se transforma.

 

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Este texto puede sonar muy egoísta, pero lejos de ser una propuesta egoísta lo que propone es darnos cuenta de lo que tenemos en común y no lo que nos distingue. Nos enamoramos de otra persona y en realidad nos enamoramos de la imagen que nos hacemos de esa persona, de nuestros pensamientos acerca de esa otra persona, sin prestar atención a la energía vital que subyace en cada uno de nosotros que es una y la misma y es lo que realmente nos mueve.

Lo que nosotros somos en realidad, más allá de las aventuras que atraviesa nuestro personaje, es un estado de paz.

La energía de Vida que vivifica nuestro personaje, no se ve alterada por lo que le ocurre a dicho personaje, igual que una pantalla de cine no se ve en realidad afectada por las imágenes que se proyectan sobre ella.

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Mi mini «yo»

A menudo nos identificamos sólo con el pequeño “yo”, con el personaje, su forma, las cosas que le “ocurren”, su opinión, lo que le han dicho, lo que dirá, lo que tiene, lo que ha conseguido, etc.

Esto nos hace perder de vista por completo nuestro verdadero Ser, Aquello en nosotros que es testigo de todo lo que va y viene, Aquello que ya está siempre en paz, de modo que comenzamos a buscar esa paz y felicidad en las formas, en los objetos externos, en los otros seres, a los que les pedimos que nos proporcionen esa felicidad, esa paz que hemos olvidado.

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Así pues, creo que me enamoro del otro por sus cualidades, por su forma de ser, sus circunstancias, su pequeño “yo”… cuando en realidad lo que me lleva a amar es el Amor mismo, es la Conciencia que ya soy y lo que amo y busco en el otro es ese Amor que ya está en mí, pero como no lo veo en mí misma lo busco fuera y confundida lo vuelvo a proyectar en formas limitadas y cambiantes, que no me permiten ver lo que el otro es en verdad, lo mismo que yo, el Ser, la Energía de Vida que siempre está en Paz.

¿Qué es la autoestima?

Aquí llega el punto crucial, a veces confundimos la autoestima con generar un pequeño “yo”, un personaje, seguro de sí mismo, de sus pensamientos y habilidades, de sus opiniones, de sus formas, y olvidamos de nuevo el amor a uno mismo, no en tanto que personaje sino por el re-conocimiento de lo que uno es más allá del personaje, o mejor dicho, en el fondo del personaje.

Si nos vamos al Wikipedia y buscamos la definición de autoestima nos encontramos con esto:

La autoestima es un conjunto de percepciones, pensamientos, evaluaciones, sentimientos y tendencias de comportamiento dirigidas hacia nosotros mismos, hacia nuestra manera de ser y de comportarnos, y hacia los rasgos de nuestro cuerpo y nuestro carácter. En resumen, es la percepción evaluativa de nosotros mismos.1

La cuestión estriba en definir qué entendemos por “nosotros mismos”.

Definición 1

Si por uno mismo entendemos el personaje que a veces se siente de una forma a veces de otra, que actúa de distintas maneras, que tiene opiniones cambiantes, cuyo cuerpo se transforma con el paso del tiempo, entonces la autoestima se convierte en un esfuerzo por hacer una valoración y proyección positiva de ese personaje.

Definición 2

En cambio si definimos uno mismo como la Conciencia última que siempre es testigo de las transformaciones que ocurren en el personaje el asunto cambia por completo.

Amarse a uno mismo es ver al personaje y amarlo tal cual es y tal cual se modifica. Amarse a uno mismo es concentrar la atención, no en aquello que nos hace diferentes sino en Aquello que es igual en todos los seres, en todo el universo. Amarse a uno mismo es concentrar la atención no en lo que cambia constantemente sino en el espacio del Corazón que es testigo de todos los cambios, el lugar del cual emerge la energía de Vida a través de la cual se viven todos esos cambios. Sería como ir al punto donde brota por primera vez el agua que luego da lugar a un enorme río, que en unos tramos baja con furia y en otros parece estanco.

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El personaje vive condicionado por aspectos de la naturaleza que hacen que unas veces esté ofuscado y deprimido, otras veces exaltado y emocionado y en otras ocasiones sereno y armonioso.

Es cierto que si nuestro personaje se encuentra en un estado de oscuridad y apatía fomentar ciertas habilidades que nos permitan descubrir un personaje más enérgico, vital y seguro de sí mismo puede resultar positivo de cara a que la persona pueda abrirse a nuevas formas de pensarse, percibirse y percibir el mundo. Ahora bien, si nos quedamos sólo ahí seguiremos siempre en la lucha por mantener un personaje “sano”.

La verdadera autoestima no puede consistir solamente en un personaje que se viste de seguridad y habilidades que sean socialmente reconocidas, la verdadera autoestima sólo puede proceder de la tranquilidad de Ser, simplemente Ser, sin que sea tan importante si ese Ser se expresa a través de unas formas y habilidades u otras.

Cuando puedo reconocerme a mí misma desde ese lugar, puedo reconocer el mundo entero. Amarse a uno mismo es Amar, no com una acción sino como reconocimiento de ser ese Amor. La Vida es Amor expresado a través de múltiples formas. Lo que amo en el otro es el Amor, es lo que yo Soy, lo que él Es, el hecho de Ser.

 

Amar-se es AMAR

Con este post no pretendo decir que los trabajos de autoestima que buscan hacer que la persona sea más asertiva, tenga una imagen mucho más segura sobre su personaje, valore sus habilidades , sea más independiente,etc. no resulten útiles en muchos casos e incluso puede que sea necesario comenzar por ahí y dando soporte desde trabajos de conciencia corporal y estímulo de las capacidades manuales.

Lo que quiero decir es que es importante no quedarse sólo con eso. Sería algo parecido a quitar los síntomas de un resfriado repetitivo sin ir a la causa ¿cuánto tardaremos en resfriarnos de nuevo? Creo que la verdadera autoestima tiene su origen en última instancia en el claro reconocimiento y experiencia de Ser, de ese lugar de Paz en nuestro corazón. La verdadera autoestima ve en uno mismo a todos los seres y se reconoce a sí mismo en todos los seres, de modo que en realidad es sólo Estima, Amor.

1José-Vicente Bonet. Sé amigo de ti mismo: manual de autoestima. 1997. Ed. Sal Terrae. Maliaño (Cantabria, España). ISBN 978-84-293-1133-4.

Fuentes consultadas:

Wikipedia, autoestima. https://es.wikipedia.org/wiki/Autoestima

P. Olivelle, Upaniṣads, Oxford Universiy Press, 1996

Encuentro con David Testal 1: El amor en la pareja

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 «No me digas que me amas. No nos vamos a entender.
Dime qué quieres hacer conmigo» 

 

Presentar a David Testal no es tarea fácil. Quizá visitando su web os podáis hacer una idea de quién es. O quizá no. Creo que esto último es lo más probable. Si habéis leído su libro «Si fueses pájaro lo entenderías» probablemente ya sabréis que David es un alma vieja, un alma antigua… De esas que te tocan, si te dejas tocar. No creo que haya mucho más que podamos saber de él.

Si le preguntáis a él quién es, no creo que corráis mejor suerte. Sabe bucear en las palabras.

 

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Encuentro 1: El amor en la pareja

 

 ¿Hablamos de amor?

 

Mejor no. Hemos pactado hablar de la pareja. Prefiero hablar de la pareja, que es una manera de hablar de cómo nos relacionamos. La pareja simboliza para mí el baile alquímico, la colaboración creativa.

Del amor me es imposible hablar, no sé lo que es el amor. Deberían prohibir esa palabra. Querría evitar hablar de amor. Nadie sabe de lo que habla otro cuando habla de amor.

Si alguien te dice que te ama, por ejemplo, no tienes ni puñetera idea de lo que te está diciendo. Si das por sentado que lo entiendes, creerás que esa persona está sintiendo por ti lo mismo que tú sentirías si fueses tú quien lo dijera. Pero en realidad no lo entiendes.

Soy partidario de hablar de cosas concretas. No me digas que me amas, porque no nos vamos a entender. Dime qué quieres hacer conmigo.

 

david testal: amor

 

¿Entonces el amor implica que quieran hacer algo contigo?

 

No… implica… Sí, por supuesto. Claro.

(Risas)

(Risas)

Bueno, no sé, porque en tu pregunta está otra vez la palabra amor, y no sé lo que es para ti. Pero sea lo que sea, es un sentimiento que despierta cosas concretas en ti, el deseo de hacer cosas con alguien, u otros sentimientos, sentimientos concretos.

Esos sentimientos concretos son los que me interesan. Puedo no querer hacer algo con alguien, pero ponerme contento sólo por saber que esa persona existe. A eso lo podríamos llamar amor si quieres. ¿Quieres vivir con esa persona? ¿Te gustaría tener una relación íntima con esa persona? No, simplemente te alegras de haberla conocido y de saber que existe. Eso sí es algo concreto. Ahora, si me dices sólo que la amas, ya no sé a qué coño te estás refiriendo.

 

Así que existe el mismo número de definiciones del amor que de personas.

 

Si se le preguntara a todo el mundo, habría gente que aparentemente coincidiría en la manera de definirlo. Pero ni siquiera sabríamos cuál es la relación que cada cual hace entre la forma de expresar un sentimiento y lo que realmente siente.

Tú puedes expresarlo de una forma exacta a mí, con las mismas palabras, y que tu sentimiento interno sea totalmente distinto al mío. Con lo cual, no podemos saber si habrá gente que coincida. Y si aceptamos que cada cual traduce el mundo a través de sí mismo, y cada uno es único e irrepetible, entonces cada “amor” es totalmente distinto. Pero esto es lo que sucede cuando se habla de amor, ¿ves?, que no estamos hablando de nada.

 

david testal amor

 

¿Cómo tendría que comunicarse una pareja entonces para poder entenderse mejor? ¿Es posible entenderse?

 

Tendrían que no hablar. (Risas) Es cierto, es al hablar cuando dejamos de entendernos… Pero ya que vamos a hablar, hablemos de cosas concretas. Y si hablamos de una abstracción, definamos la abstracción. Si habláramos de cosas concretas, nos ahorraríamos un montón de dolor innecesario. Porque cuando hablamos en abstracto, puede llegar el momento en que te enteres de que eso (lo que sea) no significaba lo mismo para la otra persona.

 

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Un caso que me encuentro a veces, por ejemplo… Dos personas que se encuentran, se gustan, se enamoran, y deciden que son pareja. Una de ellas sigue practicando sexo a veces con otras personas, sin contarlo, porque entiende que es parte de su privacidad, y supone que la otra persona tendrá su privacidad también, la cual no le incumbe.

Y la otra no lo hace, porque entiende que esto es un engaño, y da por supuesto que la otra parte lo entiende de la misma manera. Entonces un día se entera de que su pareja se está viendo con otros. Y dice “me has traicionado”.

Y sin embargo esa persona daba por sentado que podía hacerlo, que ambos incluso podían hacerlo, puesto que nadie había hablado de que eso estuviese prohibido, nadie había hablado de lo que tenían derecho a guardar en privado o no.

La pareja funcionaba, estaban enamorados, pero cada cual entendía la sexualidad de una manera, y nunca se habló. Y ahora hay dolor. Sin embargo ambos se decían que se amaban todo el tiempo, y ninguno de los dos mentía.

Desde el principio podríamos preguntarnos ¿qué pareja queremos ser tú y yo? ¿Qué pareja decidimos crear? Porque podemos ser juntos lo que nos dé la gana ser. Una pareja es una obra de arte única e irrepetible. Y para crearla con libertad, tenemos que ser concretos, atrevernos a serlo.

 

Entonces estamos hablando de construir algo como de la nada, de crear algo totalmente distinto, fuera de todos los convencionalismos, de todo lo que cada uno pensaba sobre lo que es o no es una pareja…

 

Las convenciones no las tienes que rechazar porque sí. ¿Tú hubieses inventado esa convención? Entonces acéptala, porque tendrá que ver contigo. Si es lo que más te gusta… ¿qué culpa tienes de que sea una convención?

Y si no la hubieras inventado, si no encaja con la forma en la que tú lo sientes, entonces crea otra vida para ti. Dirán que “no es convencional”.  ¿Y qué? Esto no es motivo de orgullo, ni se trata de rebeldía o de distinguirse del resto, se trata simplemente de vivir a favor de uno mismo, no en contra de nada ni de nadie.

 

Entonces cuando tú estás con alguien, y le dices que le amas, ¿le tienes que explicar primero lo que significa para ti el amor? (risas)…

 

A veces dices te amo, aún sabiendo que no van a saber qué quieres decir. A veces te mueres por decir algo, incluso antes de saber lo que estás diciendo. De hecho “amarse” siempre consiste en descubrir juntos qué quiere decir para nosotros “amarse”. Así que, lo digas o no lo digas, lo importante es no dar por sentado que eso significa lo mismo para la otra persona, que te está entendiendo.

Y entonces me ciño a lo concreto, a lo que puedo hacer, y me encargo de que mi relación con ella sea la que exprese claramente lo que le digo cuando le digo que “la amo”. Es decir… tengo claro que es mi relación contigo la que expresa lo que siento por ti, y no lo que te diga que siento.

 

david testal amor

 

 

¿Y si en vez de hablar de amor, hablamos de enamoramiento? ¿El enamoramiento es algo que ocurre en el cuerpo, un proceso “biológico”, o es algo que podemos controlar?

 

¿Qué decido que es el enamoramiento para mí? Es algo que se produce en el cuerpo, sí, debido a una mezcla de fuentes que se nos escapan, pero se manifiesta en el cuerpo de forma concreta. Hay estudios sobre el cerebro que lo muestran. Se entra en un estado de locura transitorio.

¿Lo puedes controlar? Creo que siempre hay un instante en el que decides dejarte llevar, o te detienes. Aunque sea imperceptible para ti. No decides que te enamoras, decides que te lanzas al vacío, a esa entrega completa, porque intuyes de alguna manera que necesitas vivirlo.

Y una vez que has decidido dejarte llevar, pierdes el control, y para justificarlo crees que nunca lo decidiste.

 

Eso me ha pasado. Y he sido consciente de que me pasaba. De que podía hacer las dos cosas…

 

Y en esa decisión interviene un montón de información que estás valorando a nivel inconsciente. Utilizando la metáfora del desdoblamiento, del físico francés Garnier Malet, podríamos decir que una parte de ti, que sabe más que tú porque viaja por el tiempo, recoge datos y señales inalcanzables para la consciencia, y las valora visitando futuros posibles. Todo esto sucede en lo que para ti es un instante. Así también podemos saber, sin darnos cuenta, lo que la otra persona busca, aunque ella ni siquiera crea saberlo. Y sin que sepas cómo tienes la conclusión inmediata a modo de sensación: “me conviene” o “no me conviene”.

Con “no me conviene” no sólo me refiero a un aviso de que si me implico en ello me voy a hacer daño, sino a que de alguna forma estoy captando que la otra persona no busca lo mismo que yo. Entonces mi intuición me dice… “Nos paramos aquí. Nos ahorramos el drama”.

Y con “me conviene” no me refiero necesariamente a que vaya a ser agradable, sino a que te conviene para afianzar la idea que necesitas tener de ti mismo, por ejemplo, o para desarrollar lo que intuyes que necesitas desarrollar en este momento de tu vida, o para aprender de una puñetera vez lo que aún no has aprendido.

 

david testal amor

 

Todo eso son conveniencias que buscamos sin saberlo en el otro, obras de teatro que llevamos ya escritas y queremos escenificar. Y nuestro viajero en el tiempo valora enseguida si el otro estará dispuesto a interpretar el papel necesario para que nosotros podamos interpretar el nuestro.

 

¿Y si crees que esa intuición te está diciendo que sí, pero no das el paso?

 

Entonces es que te dijo que no. Tu intuición es la que te hace no dar el paso. Tu intuición tiene más datos de los que jamás podrás tener tú.

El intelecto, que para casi todo es muy tonto, es el que se pregunta antes si lo que está sintiendo tiene sentido o no, y es el que duda después si ha elegido bien o no.

Pero lo importante es que has tomado una decisión sin saber por qué, y eso es señal de que era lo que en verdad deseabas sin saberlo. “¿Por qué coño no di el paso?”, te preguntas. No lo sabes. Eso es la intuición.

 

david testal amor

 

¿Qué pasa cuando te enamoras de otra persona y ésta no te corresponde? Ninguno da el paso, pero sigues obsesionada, aún sabiendo que no quiere nada contigo…

 

Bueno, no lo sabes. No sabes si de verdad no es correspondido, o si la otra persona está sintiendo lo mismo que tú. Porque tampoco tú das el paso. Y si ninguno da el paso, nada será desvelado. Existirán motivos ocultos para que así sea, conveniencias ocultas. Lo que está claro en este caso es que ninguno de los dos quiere darlo. Al menos de momento. Quizás por eso se mantiene a veces esa tensión incómoda que llaman “obsesión”, porque algo no se ha decidido aún entre los dos…

 

¿Qué relación habría entonces entre la intuición que me dice que “no” y esa tensión que me dice que “si”?

 

Pueden ser varias cosas. Depende. Como por ejemplo la simultaneidad de dos intuiciones que sentimos contrarias: la intuición de que no es el momento idóneo para que nos encontremos, y a la vez la intuición de que esa persona es la idónea en un futuro posible.

Pero normalmente esa lucha interna siempre representa la lucha entre la intuición y el intelecto, entre lo que conscientemente crees que te gustaría y lo que inconscientemente sabes que no te corresponde. El intelecto es un guerrero tonto, que se empeña una y otra vez en atravesar el muro justo por la puerta cerrada, y sólo porque le mola la idea de sí mismo atravesando esa puerta, ya ves, algo casi estético. Esa puerta con la que nos obsesionamos corresponde a un ideal infantil previo, por eso nos enamoramos a primera vista, por ejemplo. Pero el ideal, cuando la intuición lo contradice, nos entrampa, porque renunciar al ideal suele resultar doloroso.

 

Anda que no hay veces que te enamoras de alguien que no te conviene…

 

Eso es distinto, y hay que entenderlo bien… Lo que te convenga o no te convenga no tiene por qué ajustarse a lo que tú creas que te conviene o no. Puedes dirigirte a una experiencia dolorosa o decepcionante, pero quizás es lo que te conviene.

En magia no se considera que pueda haber error. Si sucede, decidimos que convenía, y entonces inventamos un sentido para ello. Incluso aunque consideres que no hiciste caso a tu intuición, también a esto puedes darle un sentido, y convertirlo en un aprendizaje. Siempre estás a tiempo de transformar un error en un acierto. El drama de la culpa es siempre tonto e innecesario.

Y esto no es engañarse. O sí, porque todo lo es. Cualquier historia que nos contemos es engañarnos.

 

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También cuando te quejas de haberte equivocado, de haber perdido tiempo con alguien, te engañas, y lo haces porque, para considerar que no lo has perdido, tendrías que aprender algo que te da mucho miedo aprender. De lo que hablo entonces es de engañarse de forma más inteligente, más consciente, más valiente, menos dolorosa.

 

La inercia que llevamos la mayoría es a repetir lo ya conocido cuando nos enamoramos. Pero me interesa mucho eso que has dicho antes de poder construir creativamente la pareja que ambos deseen…

 

Tal y como yo lo entiendo, el enamoramiento no tendría que ir asociado necesariamente a crear una relación de pareja. Porque el enamoramiento es un truco de nuestra biología para que procreemos. Nos sumerge en un periodo de fusión con el otro, de concentración.

Lo que ha sucedido es que has detectado a alguien que tu biología desea como padre o como madre de una futura cría. En el fondo el romanticismo y la pasión nos utilizan, somos instrumentos de una inteligencia que nos sobrepasa. Y esto es bello comprenderlo.

El problema es asociar ese impulso a una construcción cultural determinada, como la pareja. No. Alguien puede ser el progenitor perfecto para nuestros hijos, pero una pareja nefasta para nosotros.

 

Si el enamoramiento es “sólo” la detección de un futuro “padre” o “madre” para nuestras crías, ¿qué hay de las personas homosexuales que se enamoran? ¿Qué otros factores están involucrados en el acto de enamorarse?


Creo que el enamoramiento, entendido como te he explicado, siempre busca la procreación. Aun en el caso de que conscientemente entendamos que no es posible tener descendencia biológica directa entre ambos, al menos con nuestros conocimientos científicos actuales. Si soy hombre y me enamoro de otro hombre, mi biología está eligiendo igualmente a alguien que considera un buen progenitor para una hipotética progenie. Algo en nosotros, a nuestras espaldas, entiende que las características del otro, unidas a las nuestras, crearían un ser humano que nos gustaría aún más que nosotros mismos, y aún más que el otro. Y esto sucede tanto entre homosexuales como entre heterosexuales que se sepan estériles, por ejemplo. También sucede en el caso de que conscientemente tengamos claro que no queremos tener hijos biológicos nunca.

Y sucede así porque la procreación biológica sólo es metáfora de otra procreación más profunda. Toda unión de dos es concebida para crear un tercer elemento que trascienda esa unión. Este es un principio alquímico. Y para que la creación acontezca, deben unirse dos impulsos complementarios, que podemos llamar “femenino” o “maternal” y “masculino” o “paternal”, o como le de la gana a cada cual llamarlos. Y estos impulsos son independientes de la genitalidad y de eso que llaman “orientación sexual”.

Nos juntamos para procrear algo. Lo que sea. Vida biológica, una familia, un proyecto, una obra común, una empresa, una filosofía, una concepción del mundo, un habitat, un jardín, un camino, un baile, una historia… Y el enamoramiento es un mecanismo inconsciente de selección de socios idóneos. Incluso, como te decía antes, la pareja misma es una creación artística conjunta.

Todas estas cosas son “hijos” metafóricos, haya o no hijos biológicos. El verbo “crear” viene del latín “creare”, que significa engendrar, y pro-crear sería algo así como engendrar hacia delante, es decir: propagar. Los “hijos” propagan un legado. Nos juntamos con alguien para aportar algo nuevo al mundo que sólo es posible aportar a través de esa unión. Cuando no existe esa creación, sea en la forma que sea, la unión deja de tener sentido. Asociarse con alguien para nada es una estupidez.

 

Y entonces, si estáis enamorados, ¿cómo hacer para que eso funcione como pareja?

 

No tiene por qué funcionar. Ya veremos. A veces lo mejor es que algo no funcione. A veces la desgracia es empeñarse en que algo funcione. Además todo funciona hasta que deja de funcionar. O a veces te mueres antes de que deje de funcionar (risas).

Simplemente creo que es importante que seamos conscientes de qué es cada cosa en sí misma, para no ser prisioneros de un convencionalismo que no hemos elegido, para poder deshacernos de todos los apriorismos con los que nos han cargado, de todas las cosas que hemos dado por supuestas.

 

Saltar al vacío…

 

En realidad estás saltando al vacío siempre. Seas consciente o no, estás saltando al vacío. Si no eres consciente, te vas a dar cuenta más adelante, no te preocupes. Estás entrando en algo desconocido por muchas veces que hayas entrado, porque siempre es distinto.

Sin embargo, si estás preso de una convención, te crees que eso es algo determinado, algo ya convenido previamente, claro, definido. Y entonces crees que no estás saltando al vacío, porque estás intentando olvidar que ya lo has hecho.

Estás utilizando la convención para no asumir la incertidumbre, el vértigo. Y por eso vienen las desilusiones después. Creías que ibas agarrado, seguro, que sabías qué tenías entre manos. Pues no, lo siento mucho, no tenías ni puta idea. Nunca lo sabemos. Al menos conscientemente, nunca lo sabemos.

 

david testal amor

 

Entonces podrías formar una pareja saltándote la fase del enamoramiento. Si el enamoramiento es una fase de locura transitoria biológica, y la parte de más consciencia es lo que ocurre después…

 

De hecho hay parejas que no se enamoraron nunca, y que se mantienen unidas a través de todo tipo de tormentas. Son parejas basadas en un acuerdo concreto y explícito, en una alianza táctica, pragmática, para facilitar y mejorar sus vidas, sin pretender que determinados sentimientos tuvieran nada que ver en todo esto, sin pretender ser otra cosa, aunque pudieran convertirse luego en otra cosa, o no.

En estos casos primero es la pareja, y a veces luego algunas parejas se enamoran, además. Pero no es necesario, puesto que no tiene absolutamente nada que ver con el pacto. Incluso, a veces, el enamoramiento rompe la pareja. El enamoramiento de una de las partes.

 

¿Y qué es lo que uniría a esas dos personas “no enamoradas”?

 

Creo que la sensación de ser un equipo, de amistad y complicidad, de que ambos se ayudan a ser lo mejor que pueden ser, la sensación de que, de alguna manera, eso amplía y expande sus vidas, de que aumenta su sensación de felicidad y bienestar, de poder y serenidad. Esto podría ser una idea del amor, tan válida como otra cualquiera.

 

¿Tú me proporcionas algo que yo no tengo, y yo te proporciono algo que tú no tienes?

 

Nadie te puede proporcionar algo que tú no tengas. Sólo te pueden proporcionar lo que ya tienes.

 

david testal amor

 

Sin embargo hay gente, efectivamente, que entiende el amor de esta forma, como una forma de necesidad, como un negocio. Para mí esta idea del amor nunca podrá hacernos sentir bien, puesto que surge de una carencia que sientes tener, y tu relación se basará entonces en pedir y en esperar, en dar mirando de reojo a ver si recibes de vuelta lo acordado.

Cuando amas de esta manera, estás utilizando a la otra persona. No quieres lo mejor para ella, sino que te aporte lo que crees que te falta, que no se vaya nunca para que tú no te quedes sin ello. Y entonces aparece la posesividad. Y la continua insatisfacción y decepción. Porque tu carencia es un pozo sin fondo. Mientras se lo pidas a otro, no lo tendrás. Ya no eres un bebé. Y el otro jamás podrá dártelo.

Pero yo no hablaba de este tipo de relación. Para formar un equipo no tiene por qué existir necesidad. De hecho, cuanta menos necesidad, mejor funciona el equipo. Un equipo de mendigos es un desastre asegurado. Para mí un equipo tiene que basarse en la admiración mutua.

Sería así: A través de ti me doy a mí mismo algo que creía no tener, no porque no lo tenga, sino porque gracias a ti, lo veo al fin en mí. Y viceversa. Entonces el otro no es un instrumento para un fin, sino un compañero en un viaje infinito, un continuo encuentro conmigo mismo, con esa parte de mí que me enseña cómo ser mejor.

 

¿Crees que es más saludable vivir en pareja? Las encuestas dicen que las personas casadas viven más. Sufren menos infartos, etc…

 

Habría que ver bien en qué se basan esos datos. Pero creo que lo importante aquí es la sensación de soledad emocional, estés en pareja o no. Si te sientes solo emocionalmente, tu organismo sufre desamparo, y tu salud se resiente.

Esa sensación de soledad emocional puede sentirse también estando en pareja. De hecho es más probable, incluso más profunda, puesto que en pareja uno no puede justificarse esa soledad de ninguna manera. Incluso en relaciones sentimentales de tres o más personas, las cuales quiero hacer constar que hemos obviado, cuando cada vez se dan más a menudo. Pero en todo grupo, las relaciones siempre son individuales, tú con cada uno de los miembros del grupo. Se trata de varias parejas que experimentas a la vez. Es decir: siempre hablamos de parejas en el fondo.

Pero en cuanto a la soledad que se puede sentir, da igual el número de miembros en un núcleo sentimental. Porque es algo que tiene que ver contigo, y no con quien estés. Cuando la pareja nace del miedo a estar solos, estar en pareja os acaba haciendo sentir aún más solos. O dicho de otra forma: Cuando tienes miedo a estar solo, deseas estar solo sin saberlo, y entonces buscas parejas con quienes sentirte así.

 

david testal amor

 

Por eso cuando quieres a toda costa encontrar a alguien, es cuando más necesitas ser honesto y estar solo.

Y cuando quieres estar solo por lo bien que te sientes así, es cuando más preparado estás para encontrarte con alguien…

 

david testal amor

 

 

Si fueses pájaro lo entenderías

Como él mismo dice…

«Esta imagen es de hace 5 meses, cuando soñé que se posaban en mi sofá los primeros 500 ejemplares de este libro que escribí en el futuro. No sabía lo que sucedería después. Ahora me emociona saber que todos estos pajaritos ya están repartidos por el mundo, reflejando a tantos amigos que los sueñan. La primera edición se agotó en poco más de 3 meses. Desde entonces, con el verano de por medio, ha estado agotado. Muchos me habéis estado reservando ejemplares de la segunda edición, y solo quería anunciaros que ya vuelven a estar conmigo, que mañana comenzarán los envíos, poco a poco, que os agradezco mucho y me abruma la cantidad de solicitudes, la confianza y la paciencia que hebéis tenido. Os abrazo. Buen vuelo, y buenos sueños.»

Puedes reservar #SiFuesesPájaro aquí: www.davidtestal.com/sifuesespajaro

 

david testal: amor

 

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ZEN: El ritmo del Ser

 

TEISHÔ 6 – TEISHÔ 5TEISHÔ 4TEISHÔ 3TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

 

Donde no hay ninguna cosa allí está el todo.

 

ZEN

 

El ser propio, que llamamos YO, está vacío; como también está penetrado de vacío el mundo exterior, que llamamos mundo objetivo. La liberación del Zen alcanza su cenit cuando el ser humano llega a caer en la cuenta de la vacuidad que traspasa el universo, exterior e interior. Eso es la iluminación. Esa realización es la que nos libera del sufrimiento, de la angustia, problema básico de la existencia. La raíz de la paz verdadera se fundamenta en esa experiencia, en esa conciencia de que todo es Vacío. Es la única manera de trascender la vida y la muerte hacia una expansión ilimitada. En su CANTO DE ILUMINACIÓN, el patriarca chino Yoka Daishi, lo expresa en el siguiente poema:

 

Cuando despertamos completamente al cuerpo Dharma,
Allí no hay nada,
En nuestro sueño vemos claramente los seis niveles de la ilusión;
Una vez despiertos, no hay ni una sola cosa.
Cuando caemos en la cuenta de la verdadera realidad,

 

Allí no hay sujeto ni objeto,
Y el sendero que nos hace caer en el infierno del mayor sufrimiento,
Desaparece instantáneamente.
Cuando vemos verdaderamente, allí no hay nada.
No hay ninguna persona; no hay ningún Buda.

 

Es preciso saber escuchar la profundidad sonora del Vacío, para, pasado un tiempo, llegar a constatar de que en ese abismo no existe la nada sino la totalidad, la totalidad sin centro, sin norte o sur; la totalidad ilimitada y sin puntos cardinales; la totalidad que nada tiene que ver con lo conocido ni con lo poseído . La plenitud del Vacío.

En el Za-Zen, se nos brinda la oportunidad de vivenciar la nada, que es el Absoluto. Y lo único necesario es afinar la escucha, afinar los sentidos, afinar todo nuestro ser a fin de percatarnos de la plenitud liberadora que surge al despuntar del Ser. Así lo veo yo en esta estrofa:

 

 

El despuntar del Ser

 

Rescatar la inocencia del asombro
en el desnudo eco del silencio.
Y escuchar la elocuencia de un poema
ajeno a labios, rimas y fonemas.

 

Intacta sinfonía de la Nada,
fondo mudo del lecho del Vacío
pugnando por abrirse a cada forma
acontecida por todo el Universo.

 

Y entre dos tiempos y dos pensamientos
se abre paso la vacua geometría
del asombro, en el cosmos sin costuras.

 

Relámpago de luces invisibles
que horada los espejos desfondados
por donde asoma el rostro del Origen

 

La alegría que sigue a la liberación, no tiene igual; yo creo que la misma palabra alegría resulta corta. Mejor cambiarla por la palabra paz. ¡Qué difícil es expresar por la palabra, por muy poética que sea, esa inefable experiencia! Por eso acudimos de nuevo a la herramienta del poema:

 

Atento, estar atento…

 

Atento, a la alegría, a la tristeza,
y entrar allí despierto, muy alerta,
sintiendo en la honda entraña esa gran puerta
que se abre hacia algo nuevo, a la proeza 

que transforma el dolor en fortaleza.
Y abrazado al abismo de la incierta
noche, en su honda soledad desierta,
descubrir la gran luz de esta certeza:

 

La llama que consume la costumbre
de ver en cada sombra sólo sombra;
la antorcha que hoy alumbra con su lumbre

 

la noche con su incierta incertidumbre.
Relámpago del dios que nos asombra
cuando alumbra ese abismo y lo hace cumbre.

La inmensa, la honda, paz que se desprende de la vivencia de que el Vacío traspasa cada objeto está más allá de cualquier descripción racional, y cuando uno es consciente de ese hecho cualquier problema pierde relevancia. Esa es la liberación del Zen. Esa es la comprensión de la Unidad: “Las diez mil cosas se vuelven una…”

En el Za-Zen, podemos observar cómo todas las cosas emergen del Vacío. También la respiración.

Efectivamente, al sosegado ritmo de la respiración, el Vacío se apodera de nosotros, y acaba, lentamente, respirándonos; allá, donde nuestra propia intimidad ha dejado de ser propia.

Za-Zen es des-aparecer, paso a paso, en la quietud eterna del corazón del Ser; paso a paso, sin apenas dejar huella. Za-Zen es latir en los propios latidos de esa secreta dádiva que, suave y quedamente, nos envuelve. Y caminar haciéndose uno con el paso. Paso a paso, paso a paso, paso a paso… hasta des-aparecer sin darnos cuenta.

Todo lo que las palabras no alcanzan a decir, lo dice, vibrando, el viento; lo dice el murmullo del arroyo, lo dice la quietud de las piedras del camino. Todo lo que las palabras no alcanzan a decir, lo expresa, sin quererlo, el suave temblor de la amapola, lo expresa el aire peinando las avenas y lo expresa el eterno volar de los vencejos. Todo lo que las palabras no alcanzan a decir, lo afirma el corazón en sus latidos, lo afirma el vaivén de tu respiración. Todo lo que las palabras no alcanzan a decir, lo dice, sonando, del gong, cuando se expande, imparable, por el zendo.

Y el cuerpo, atravesado de silencio, diluido en las alas de su aliento, él mismo se ha hecho ausencia. Y se ha hecho soplo. Y se ha hecho viento; como un tilo en otoño al que sus propias hojas ya le pesan, y al que su propia desnudez ya le es ajena. Tan sólo permanece el frágil rumor del palpitar. El resto, el meditador incluido, ha perdido su volumen. Sólo queda eso: la meditación, sólo queda eso: la respiración.

 

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Sweet Ice Cream Photography

¿Cambio o transformación?

Ausentes

El otro día investigando por internet algunos de los trabajos de David del Rosario, me encontré con un cortometraje dirigido por él que me llamó mucho la atención. Este es el corto, titulado Ausentes – El árbol del compromiso:

Lo que más me llamó la atención acerca del corto es la capacidad de desdibujar la línea mental con la que nos hemos separado del “otro”. Un texto de los Veda, que tiene por los menos unos 2.500 años (¡se dice rápido!) comienza explicando la siguiente historia:

“Al comienzo este mundo era como un solo cuerpo con forma de persona. Miró alrededor y sólo se vio a sí mismo. Lo primero que dijo fue: “¡Este soy yo!” Y de ahí el nombre de “yo” (…)

Este primer ser sintió miedo, ya que cuando uno está solo siente miedo. Entonces pensó: “¿De qué puedo tener miedo si no hay nadie más que yo?” Y así el miedo desapareció, porque ¿de qué iba a tener miedo? A fin de cuentas, uno tiene miedo de otro.” (Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad, 1.4.1-2)

La creencia de que el otro es distinto a nosotros, o que nosotros somos distintos del otro, alimenta el miedo y el miedo nos hace creer que necesitamos protegernos. La forma de protegernos es endurecer nuestros corazones y para conseguirlo nos cubrimos de capas y máscaras que escondan nuestra “vulnerabilidad”, la última capa bajo la cual se esconde lo que en realidad SOMOS.

Existe un mecanismo recurrente, que sirve al propósito de enmascarar nuestra verdadera esencia y que consiste en proyectar en el otro lo que no podemos soportar en nosotros mismos. Por ejemplo, gracias a que juzgo al otro como delincuente yo puedo definirme como persona virtuosa y honrada. Cualquier atisbo de mezquindad o debilidad es así volcada sobre el otro. Sólo el otro es un estafador, un ladrón, un violador, un maltratador, un asesino, un terrorista. Yo nunca soy nada de todo eso.

Fortalecer nuestro ego a través del otro

Fortalecer nuestro ego a través del otro

¿Qué ocurre si miro hacia dentro?

Cuando miro hacia dentro me doy cuenta de que todas esas etiquetas: “estafador, ladrón, violador, etc.” las inventé yo. Necesité crear esas etiquetas para poder situar al otro en las antípodas de mí. Pero es que ni lo que yo creo que soy, ni lo que creo que el otro es, ninguna de las dos cosas constituye la realidad.

Cuando miro hacia dentro me doy cuenta que la realidad que veo fuera la proyecto yo a través de las etiquetas que le pongo. Un ejemplo clásico del advaita vedānta cuenta que:

Una persona va por un camino y de repente ve una serpiente. En milésimas de segundo su cerebro ha procesado el peligro que implica una serpiente y ha paralizado todo su cuerpo. Está quieta y el corazón se le ha disparado, le va a mil por hora. Observa atentamente aquella serpiente y no está siquiera segura de si se mueve o no, así que armándose de valor se acerca un poquito y se da cuenta de que la serpiente no se mueve. Esto le anima a avanzar un poco más más para acabar dándose cuenta de que se trataba de una cuerda y no de una serpiente. Todo fue una confusión.

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Algo parecido ocurre con el mundo que percibimos a nuestro alrededor, fruto de nuestros confusos juicios.

Hoy conozco a una persona y la necesidad de protegerme me lleva a ponerle un montón de etiquetas. Al cabo de un par de días cuando la vuelvo a encontrar ya no la veo de una forma nueva, sino que me relaciono con ella en función de las etiquetas que le he puesto y que si es necesario variaré ligeramente hasta que se acomoden a lo que quiero ver. El caso es que no nos relacionamos directamente con la realidad sino con lo que pensamos acerca de ella.

Cuando etiquetamos a alguien como criminal ¿dónde está el límite que nos separa de esa etiqueta? Tal como muestra el corto, todos podemos vivir circunstancias que nos conviertan en criminales.

Todos somos criminales en potencia, mientras sigamos creyendo que la etiqueta “criminal” tiene realidad alguna. Es decir, mientras nos sigamos negando a mirar la esencia última de esa persona, que es exactamente la misma que habita en mí.

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La misma Vida expresada a través de distintos cuerpo, distintas personalidades, distintas circunstancias. Somos nosotros los que a esa expresión concreta de la Vida la llamamos “delincuente” o “criminal” y de esta forma seguimos protegiendo nuestro ego, bondadoso y virtuoso.

La Vida no sabe de delincuentes y virtuosos, no sabe nada de buenos y malos. La Vida sólo busca continuar expresándose bajo la forma que le demos. Es el dilema del héroe y el villano. Quien para muchos es un héroe, como por ejemplo Robin Hood, para otros es un ladrón. Algunos ven en el rey una garantía para la libertad mientras que otros ven en él un símbolo de represión.

Creo que el corto refleja de una forma muy bonita como la línea entre los que están fuera y dentro de la cárcel es muy fina. Y a mí me gusta pensar que la línea entre “yo” y “otro” también es una línea muy fina que se disipa cuando dejo de identificarme con el cuerpo, los pensamiento y las emociones (en constante cambio) y puedo ver la Vida que todo lo habita.

¿Por qué el título del post Cambio o Transformación?

Pues bien, además del aspecto mencionado anteriormente, lo que me ha llevado realmente a escribir este post es la distinción que se hace entre el cambio y la transformación.

El mensaje viene a decirnos que el cambio es algo que ocurre sólo a nivel mental y a través de una fuerza de voluntad determinante, que me recuerda, personalmente la idea de sacrificio. Mientras que la transformación es algo que ocurre instantáneamente, “un chispazo que te alcanza y que tiene que ver con el corazón”, dice el chico.
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Y para mí está ahí el meollo de toda la cuestión. Nos pasamos la vida intentando cambiar el mundo y todo lo que nos rodea, cuando nos damos cuenta, si es que nos damos cuenta, de que no podemos cambiar al otro entonces intentamos cambiar nosotros. Bueno, tal vez desde pequeños ya nos esforzamos por cambiar en nosotros todo aquello que vemos que es rechazado o que no encaja “ahí fuera”. En cualquier caso, obviamos que el mundo, y “nosotros” con él, está constantemente cambiando, a pesar de nosotros y de la cantidad ingente de energía que invertimos en hacer algo para cambiar lo que sea.

El protagonista del corto dice “yo no cambié sino que me transformé”, indicando que algo algo tocó su corazón, que antes había estado recubierto de piedra y le dio una nueva forma a todo. Trans-formar es ir más allá (trans-) de la forma, es abandonar algo obsoleto para abrirse a la novedad.

¿Y cuál es esa novedad?

Esa novedad, y para mí esto es lo maravilloso, es descubrir que nunca fue nada de todo lo que se había dicho a sí mismo, le habían dicho y había creído que era.Ni tampoco los demás eran lo que él había querido creer que eran.

La transformación es distinta al cambio porque en realidad no es un cambio sino un des-cubrimiento (dejar de cubrir lo que eres). La transformación tienen que ver con re-concerse (volverse a conocer) y si tiene que ver con el corazón es porque se trata de un acto de Amor y el Amor no pretende nada, simplemente se Entrega.

Es un acto de Amor lo que toca el corazón del protagonista y es darse cuenta del Amor que habita en él lo que lo transforma.

¿Y cómo conseguir transformarme?

Simplemente, siendo lo que ya soy.

ZEN: el nómada en el país de los ciegos

 

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No recuerdo donde leí la historia de aquel joven nómada, que, después de mucho caminar, decidió pararse y montar su tienda de campaña en un bello poblado, cuyos habitantes eran ciegos de nacimiento.

La narración señala que las gentes de aquel pueblo se quedaron pasmadas de asombro ante la presencia de aquel extraño forastero, por lo que, inquietas, le obligaron a que fuera examinado por los doctores de la tribu. Estos, al palpar la cara del extranjero, detectaron unos raros repliegues, como huecos, cubiertos de pestañas adosadas a prominencias carnosas en continuo movimiento, que, en un interrogatorio posterior, el joven nómada aseguró que se llamaban párpados. El más sabio de los hechiceros, sentenció que el aquel hombre no era como los demás, que era un enfermo. Padecía un síntoma atípico: tenía ojos. Y los ojos, además, mantenían al cerebro sin reposo, por lo que se hacía urgente salvar al desafortunado caminante.

Y decía la historia que aquella comunidad de científicos invidentes, llevada por la compasión, consideró que lo único que podían hacer por la salvación del muchacho se reducía a una simple operación quirúrgica, que consistía en algo tan sencillo como extirpar aquellos ojos tan perturbadores. La ciencia, -le dijeron- para calmarle- era capaz de que aquellas alteraciones físicas desaparecieran para siempre, por lo que le auguraron un futuro feliz: llegaría a ser como todos los demás; no tendría problemas de convivencia con el resto de los habitantes. Se convertiría en un individuo normal.

No recuerdo cómo acabó la historia de nuestro héroe en manos de los doctores ciegos; supongo que, como explorador que era, tendría en gran estima su sentido de la vista. En tal sentido, otra leyenda paralela narraba que, ante su resistencia a dejarse curar, le dieron veinticuatro horas para que abandonara el poblado.

Todo fue una pesadilla. Algo aturdido, se levantó poco antes de que despuntara el amanecer. Se ajustó la mochila a la cintura. Respiró profundamente. «Al menos -dijo para sí- sigo conservando la vista».mY como para mejor cerciorarse de que estaba despierto, se restregó una y otra vez sus ojos. Al comprobar que seguía conservándolos sanos, mirando a su alrededor, contempló por última vez la belleza del paisaje que los ciegos eran incapaces de ver. Y aunque las lágrimas nublaran por unos momentos sus ojos, nunca -decía la historia- vio algo tan claro y luminoso. Acto seguido, ajustándose aún más la mochila decidió seguir su camino.

 

ZEN: ceguera

 

Llama la atención el hermetismo aburrido, y demoledor para la mente, de una sociedad cuya conciencia colectiva sufre el adocenamiento de vivir atrincherada en los límites de lo establecido. Una sociedad cuya vida se limita a la anti-vida de la vida política invadida de tertulias, editoriales, telediarios; una sociedad trivializada por la superficialidad, donde ser original es sinónimo de raro. El filósofo Arnauld Desjardins, ante un panorama similar, se pregunta: «¿Cómo yo, que soy soberanamente libre, no dependiente, indestructible, sin límites, puedo elegir yo mismo limitarme, encarcelarme, al identificarme con la conciencia tan estrecha…?» Estamos ciegos, mas la narración del Mito de la Caverna de Platón no llega a esa mayoría amedrentada, que sólo lee el «Marca», «Hola» y vota mansamente, desde el miedo, a quienes secularmente le someten. «Ceguera» en este contexto, no significa no ver nada, sino ver mal.

Cuentan que Swâmiji, refiriéndose a tal ceguera, empleaba un ejercicio bien sencillo. Decía: «Cierre un ojo». Yo cerraba un ojo y sólo veía con el otro. «Y ahora, delante de ese ojo que ha abierto, muy cerca, ahí, ponga un dedo; ya solamente ve su dedo». Si apoyaba el dedo completamente, no veía nada pero si, habiendo cerrado un ojo, colocaba mi dedo justo delante del otro, veía el dedo y nada más que él. Un dedo tan pequeño era capaz de ocultarme la inmensidad del paisaje, todo lo que se extendía ante mí y a mi alrededor…..» Vemos mal. Ni siquiera vemos lo que existe más allá de la máscara del propio personaje, la función, el rol, y toda es parafernalia diseñada por el pensamiento único para que cada individuo «quiera hacer» lo que «tiene que hacer».

 

Aprender a usar los ojos

En pocas cosas -lo confieso- veo encarnarse tanto la profundidad y el esplendor del ser humano como en su mirada. Del mismo modo que ante el mar o el fuego, puedo, pasmado y absorto, pasarme y pasarme horas enteras contemplando el lujoso espectáculo de determinados ojos. Yo no sé -bueno, sí lo sé- qué es lo que le pasa a determinada gente en su mirada. Como cualquier otro, un psicólogo se expone a la deformación profesional. También lo sé: en ninguna de las universidades por donde he pasado aprendí a recibir, como ahora recibo, el mensaje radical que comporta la mirada. Por eso, yo pienso que para aprender a mirar con ojos nuevos, se hace necesario «desaprender» las toneladas de trivialidades que en su día aprendimos.

«Miré y miré, y esto llegué a ver: lo que creía que eras tú, era en verdad yo y yo…». Quizá -sin duda- una de nuestras tragedias consista en que tendemos a engañar en idéntica medida en que nos engañamos, cuando nuestra mirada no alcanza a ver más que el límite del filtro de nuestro pequeño yo; una parcela de la realidad que -tan osada y ligeramente- llamamos «la» realidad. Demasiados antifaces, demasiadas sordinas, velos y tamices para poder llegar a conocer y conocernos. Pero, súbitamente, un buen día, aparece ante nosotros la mirada libre de filtros; una mirada por donde, curiosamente, soy mirado y, a la vez miro; un mismo canal de entendimiento y comprensión, un rostro y un gesto acabados; el guiño de otra realidad escondida, desprovista de la mueca fingida y estudiada. Súbitamente, un buen día, aprendemos a mirar.

A pesar de que la creación, con sus luces y sus sombras pone cotidianamente delante de nuestros ojos el milagro de la posibilidad de despertar, seguimos dormidos. Y a esta dormidera la llamamos vigilia. Por eso, yo creo que saber mirar es, todavía, una asignatura pendiente. Una enseñanza torpe y doctrinaria, nos infundió la ilusión de que la Psicología es el único camino penetrante del conocimiento radical del alma humana, siendo así que esa ciencia se queda a medio camino, en la antesala del conocimiento. La Psicología -y ello no es poco- desvela, desmitifica, despoja ficciones, ilumina la trastienda de nuestras apariencias; más, con todo ello, se muestra corta e incapaz a la hora de arribar al núcleo de nuestro ser. Solo la compasión puede allanar ese camino.

La compasión que inunda la mirada inocente, la del que sabe nacer de nuevo; la mirada libre de referencias, que produce en quien la transparenta, la única facultad capaz de llegar a ver la realidad sin las deformantes anteojeras con que nos han programado. Habrá que «trabajar» esa nueva forma de mirar, libre de programaciones, para que todo eso llegue a suceder. Pues para todo eso, súbitamente, un buen día, nos fueron dados los ojos. Un descubrimiento que, jubiloso hasta las lágrimas, impactó para siempre al nómada del país de los ciegos que más arriba describimos.

 

El poder de la mirada

Siempre me ha llamado la atención la especial manera de mirar que tienen algunas personas. Sí, aunque parezca extraño, hay personas a las que merece la pena pararse a mirar cómo miran ellas a todo lo que les rodea. Observar al observador.

Yo creo que incluso a pesar del ruido y de las imágenes, tan pródigos y estimulantes en esta sociedad, que vive inmersa en el culto al ruido y a la imagen, son escasas las cosas que, fuera del orden programado, logran captar nuestra atención, y muy   pocos los acontecimientos que hacen que nos paremos a observar con atención. No tenemos tiempo; estamos poco hechos a mirar.

Hay miradas cuyo impacto en mí no lo borrará el paso del tiempo: Las miradas, por ejemplo, de Ernesto Che Guevara, del Doctor Schweitzer, de Emiliano Zapata, de Teresa de Calcuta, tan limpias y horizontales. O, también, la forma serena de mirar de los indúes, así como la penetrante agudeza visual reflejada en las fotografías de los sabios jefes indios norteamericanos, aquí llamados salvajes. Extraordinarias, así mismo, las narraciones que describen a Jesús mirando con serena pena al joven rico, o la descripción de la incontenible ternura de su mirada ante la mujer adúltera.

Es sintomático que sean las culturas orientales, tan afanosas en el arte de mostrarnos la senda del despertar, las que más cultiven la espontaneidad reveladora del sentido de la mirada. Mientras tanto, en occidente todo eso no se tiene en cuenta: es una actividad poco rentable. Pero es fundamental aprender a mirar y practicar la atención, aunque, curiosamente, el hecho de mirar pueda resultar aterrador y ser el acto más costoso, incluso el más doloroso que el ser humano puede llegar a realizar.

Y si no, que se lo digan al enamorado, cuando logra, al fin, ver que estaba enamorado de una imagen más que de una persona de carne y hueso. Incluso los verdugos ponen una capucha a los reos porque son incapaces de soportar la mirada del atormentado. Pensemos en la ansiedad que frecuentemente invade a un torturador cuando alcanza a ver la penosa situación en que ha dejado a sus interrogados; o la inquietud que nos suscitan los actuales mendigos vendedores de revistas cuando apartamos la mirada de su oferta suplicante; o la angustia de un intolerante cuando llega a «ver», que sus fanáticas convicciones están fuera de la realidad, y de la vida; o las reacciones airadas de los violentos cuando la T.V. mete en sus ojos la imagen del cuerpo destrozado de una niña inocente, y cuya realidad hubieran preferido negar, disimular y racionalizar.

Por todo eso, creo que el arte de mirar es una acto revolucionario. Faculta a quien lo hace a tomar conciencia de su propia ceguera, embotada por las ideas y los hábitos que ha ido adquiriendo de segunda mano, y de los que debe vaciarse si de verdad desea crecer como persona. El acto de mirar me ayuda a ver a los demás, y a mí mismo, sin referencias, como en realidad son, sin etiquetas, sin el filtro de los prejuicios y de las ideologías. Mirar es el mayor acto de valentía que un humano puede llevar a cabo, ya que mirar resulta insoportable: quien se permite mirar muere a sus esquemas mentales preconcebidos y a los esclavizantes aferramientos afectivos que le mantienen enganchado y sometido.

Y, por todo ello, el mirar puede ser, también, la experiencia más liberadora del universo, porque en el acto de mirar puedo empezar a comprender y a comprenderme; a ver claro, a despertar.

Es preciso revitalizar los sentidos, ver claro, despertar. Y ver claro es captar en profundidad las cualidades que percibimos mediante el sentido de la vista. Y cuando aquí digo “la vista”, me refiero a una palabra simbólica que expresa el acto de ver mediante el ojo interior que abarca todos los sentidos.

Se trata de hacer estallar los conceptos, y afinar la percepción de tal modo que se desarrolle la visión del hondo sentido revelado en cada cosa. Para ello es imprescindible el ejercicio de la atención que nos ofrece el don y la capacidad de permanecer. De permanecer abiertos a la profundidad secreta que se abre a nosotros cuando estamos atentos al filo del instante.

En el camino hacia la interiorización existe, según el maestro zen Willigis Jäger, “un desmontaje progresivo de la perspectiva del mundo como nos lo presenta la consciencia del yo. Las percepciones corporales, la actividad intelectual, la percepción causal y la experiencia espacio-temporal se van relegando…” 

Cuando llegamos a “ver claro” surge una nueva estructura de la conciencia, que no discurre por los caminos trillados, ni por las leyes de la Psicofisiología convencional. Y es precisamente la transformación de tales estructuras lo que conduce a ese despertar llamado iluminación.

En el Za-Zen se practica el ejercicio de la atención, bien respirando, bien ejercitando el andar contemplativo, para alcanzar mediante el ejercicio un estado de vigilancia estable que nos ayude simplemente a experimentar el fenómeno de ver.

Quiero adelantar que el camino de transformación es duro, pero las personas que están dispuestas a recorrerlo alcanzan la liberación de eso que con tanto acierto las ciencias sociales han llamado falsa conciencia, y que nosotros, dando un paso más, llamamos el ojo del espíritu. Ese ojo, que, agudizado y afinado mediante el ejercicio del Za-Zen, es capaz de ver cómo la totalidad de lo manifiesto emana de ese abismo causal que no tiene forma. Ese ojo que se abre al Ser sin imágenes, porque sólo cuando la vista ha quedado ciega a toda representación, es cuando se torna capaz de aprehender la luz del Ser Esencial.

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Jairo Alzate

 

La vida ¿es sueño?

Entre la realidad y el sueño

Cada día de nuestras vidas, cada noche cuando dormimos, experimentamos un estado de conciencia en el que proyectamos a través de nuestra mente un universo nuevo. Se trata del universo onírico, el mundo de los sueños. A veces soñamos parajes y situaciones que nos hacen sentir muy a gusto y si el despertador nos encuentra en ese agradable momento es fácil que pensemos “¡ay! Un poquito más. No quiero perderme lo que seguía, ¡estaba tan a gusto!”.

Otras veces ocurre justo lo contrario, nos despertamos de una pesadilla y al abrir los ojos con sobresalto nos decimos “¡uff, menos mal que sólo era un sueño!”, y aún necesitamos beber un poco de agua o hacer unas respiraciones antes de volvernos a dormir. En ocasiones los sueños nos parecen tan reales que al despertar no estamos seguros de si fue sólo un sueño o si ha ocurrido en realidad. Y aquí llega la gran cuestión ¿cuál de las dos realidades es la real?, ¿qué es lo que distingue la vida “real” del sueño?

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Procesando nuestras vivencias

En tanto que los sueños nos ayudan a procesar asuntos inconclusos que han quedado registrados en nuestro subconsciente, forman parte de la vida “real”, es decir, desde un punto de vista global el mundo de los sueños forma parte de la vida “real”. Ahora bien, es el sueño en sí aquello que decimos que no es real. Por ejemplo, sueño que veo a un amigo que hace mucho tiempo que no he visto, hablamos y nos comunicamos unos mensajes. Al despedirnos nos damos un sentido abrazo.

Diríamos que lo real es el hecho de haber soñado y los motivos que tal vez me hayan llevado a soñar esto: justo hace un par de días vi a alguien que me recordó a este amigo y estuve pensando en él. Lo que no es real es el encuentro con este amigo, ya que sólo ha ocurrido en una proyección interna de mi mente. En cualquier caso el elemento más importante que nos marcar la línea que divide la realidad de los sueños es el despertar. Solamente al despertar puedo estar segura de que lo anterior fue un sueño.

La vida es sueño

En la España del s. XVII Calderón de la Barca reflejaba en su obra, La vida es sueño, la idea de la vida como un sueño del cual sólo despertamos en el momento de la muerte. El monólogo más famoso de esta obra dice:

“(…) Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,

disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe

prestado, en el viento escribe

y en cenizas le convierte

la muerte ¡desdicha fuerte!:

¿que hay quien intenta reinar

viendo que ha de despertar

en el sueño de la muerte?

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza (…)

¿Qué es la vida?, un frenesí.

¿Qué es la vida? una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.”

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En la tradición hindú el advaita vedanta también plantea la misma cuestión pero con una pequeña y gran variación: ¿y si la vida fuese como un sueño?. Ese “como” marca una gran diferencia. El advaita vedanta no pretende afirmar que la vida que vivimos es en sí misma un sueño completamente irreal, sino que nuestra percepción de la vida es como un sueño del cual podemos despertar. Es decir, podemos despertar a otra forma de percepción de la realidad y con ello descubrir un nuevo mundo.

A diferencia de la idea de que la vida es un sueño del cual despertamos en el momento de la muerte, como exponía Calderón de la Barca, aquí no es necesario morir en el sentido literal de la palabra para poder despertar.  Lo que sí es necesario es morir al ego y a sus formas de percepción e identificación. No se trata de algo mágico, en el sentido de que uno vaya a percibir un mundo de luces y colores, sino de abrirnos a conocer el mundo de otra manera tan distinta que nuestra antigua percepción nos parezca un sueño.

¿Qué ves y cómo lo ves?

¿Has hecho alguna vez algún juego de percepción en el que tienes que descubrir una figura “escondida” en la globalidad de la imagen?

Al principio la imagen general aparece como como si fueran manchas o bien sólo puedes detectar una forma concreta y no ves la alternativa. Tú te esmeras en buscar qué otra percepción se puede tener de la imagen. ¿Te ha ocurrido que no había manera de dar con la solución hasta que alguien te la ha indicado? ¿Y no ocurre entonces que cuando por fin ves la solución ya no puedes dejar de verla? Por mucho que quieras volver a la percepción anterior no puedes dejar de ver la imagen concreta que por fin detectaste e incluso ni te explicas cómo es que te costó tanto verlo.

Pues bien, con la percepción del mundo y de la “realidad” ocurre lo mismo. Una vez descubrimos otra forma de realidad y la integramos, ver el mundo de la forma limitada que lo veíamos antes nos parece un sinsentido, nuestra percepción anterior fue como un sueño.

En otros casos ni si quiera la percepción a través de los sentido cambia, pero sabemos que en realidad las cosas son de otra manera. Seguimos viendo el sol salir por el este y ponerse por el oeste y en cambio, sabemos que el sol ni sale ni se pone y que es la tierra la que al girar a su alrededor dando la sensación de que sale por un lado y se esconde por otro. Veamos el ejemplo con unas figuras:

¿Cuál de los dos te parece más largo?

 

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Pues son iguales. ¡Mira!

 

El conocimiento que todo lo cambia

Nosotros vivimos la vida como en un sueño: a veces gozando de los placeres y momentos agradables, otras veces sintiendo dolor y miedo. Tanto una cosa como la otra dependen de nuestra proyección mental, de nuestra forma de conocernos, conocer el mundo y relacionarnos con él. El CONOCIMIENTO en este sentido LO CAMBIA TODO. Igual que al despertar de un sueño nos damos cuenta de que sólo fue un sueño, al despertar a una nueva forma de comprensión nos damos cuenta de que la vida que estábamos viviendo era lo mismo que un sueño.

 

¿En qué consiste el conocimiento del que hablamos?

Consiste en darnos cuenta de lo pasajero de todo lo que nos rodea así como de nuestro cuerpo, nuestros pensamientos, emociones… Darnos cuenta de que términos como “yo” y “mío” están vacíos, son sólo nombres. Todo aquello con lo que me identifico y a lo que llamo “yo” habitualmente es efímero y cambiante.

Este es mi sueño: nací en el mes de octubre y pesé muy poco. En el lugar donde debiera estar mi paladar había un agujero, así que en el hospital me apartaron varios días de mi madre para poder hacerme un seguimiento médico. Fui una niña inquieta y a la vez dulce y amable. Era servicial, siempre dispuesta a contentar a los demás. Delgadita, pequeña, morena y fuerte….

Podría seguir con el sueño que podría ser completamente distinto y haber soñado que nací en un mes de julio, con gran tamaño y peso y que enseguida mi madre me pudo tener entre sus brazos mientras yo me cogía a su pecho. Podría haber soñado que fui una niña tranquila y parada.

A veces sueño que me ocurre algo maravilloso y me siento contenta y satisfecha, otras veces sueño que estoy triste porque algo me ha dolido, o que me siento enfadada.

Conocer es ante todo CONCIENCIA, DARSE CUENTA, OBSERVAR. ¿Has tenido alguna vez un sueño consciente? Se llama sueños conscientes a aquellos en los que dentro del propio sueño uno se da cuenta de que está soñando y elige cómo vivir su sueño.

El DESPERTAR

¿Y si ocurriese lo mismo con nuestra vida? En el momento en que puedo darme cuenta de que estoy soñando algo dejo de ser esclava de mis sueños.

Del mismo modo, en el momento en que me doy cuenta de que yo no soy todos los juicios, pensamientos y emociones pasajeros que me atribuyo, puedo entonces observar lo que queda, la plenitud del Ser, Eso es lo que soy. No soy lo cambiante y pasajero con lo que siempre me identificaba, esa vida mía era como un sueño.

Darse cuenta de que la vida es como un sueño nos permite vivirla sin apego, observando todo lo que va y viene, todo lo que aparece y desaparece mientras Algo mucho mayor en nosotros es consciente de estar soñando. Entonces podemos movernos con plena libertad en el sueño de nuestra vida, igual que una araña se mueve libremente por la tela que ella misma ha tejido.

ZEN: Ser y cuerpo

 

TEISHÔ 4 – TEISHÔ 3TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

 

El Buda, la cabeza de Dios, reside tan cómodamente

En los circuitos de un ordenador digital o en los engranajes

de transmisión cíclica como en la cumbre

de una montaña o los pétalos de una flor.

Pensar de otro modo es degradar al Buda; o, lo que es lo mismo,

Degradarse a sí mismo.

 

Eso que llamamos vida, se muestra ante nuestros sentidos como un flujo irresistible de formas cambiantes. Nuestras propias formas corporales, reflejan la fluida dialéctica entre la permanencia y la impermanencia. Y ello hasta tal punto, que los biólogos constatan de qué manera nuestro cuerpo, con la totalidad de sus células, es capaz de tornarse en «otro» cuerpo en un reducido tiempo. Cuando hacemos la pregunta ¿dónde localiza usted su Yo?, nos miran con extrañeza. Tan sólo la insistencia de la pregunta forzará, quizá, una vacilante respuesta: «en la cabeza»…. «en el corazón»…. «en el estómago…» Es regla común que tendamos a dar supremacía a una zona que conocemos, mientras huimos inconscientemente del lugar en que nos sentimos marionetas de las fuerzas que no controlamos. Nos inclinamos a sobrevalorar el espíritu racional sobre lo natural no racional, y tememos perder la «forma» del pensamiento convencional, encarnada en nuestro personaje social. Toda manifestación de la vida discurre a través de dos movimientos opuestos: el impulso hacia el desarrollo de nuestro personaje-personalidad individual, y, de otro lado, el empuje hacia la pérdida de su «forma» para fundirse en la unidad del gran Todo. Dos movimientos reveladores de los dos tipos del sufrimiento humano y que es nuestra tarea lograr armonizar, ya que lo que se opone a este doble movimiento engendra sufrimiento en el corazón del hombre.

 

zen

 

Si es cierto que «ser normal» consiste en seguir las leyes naturales, lo natural sería entonces no resistirnos al curso de ese movimiento de nacer, crecer y entrar en el gran Todo: morir-re-nacer-cumplirnos plenamente en una nueva forma. Pero suele ocurrir que optemos por estancarnos. Tememos a las nuevas formas posibles y nos aferramos al personaje conocido, reprimiendo así la fluidez del cuerpo como pastor del Ser, capaz de revestirse en diversas formas temporales. El cuerpo en tanto que recipiente- receptáculo del ser; el cuerpo que se es, el cuerpo, des-vestido y re-vestido de provisionales formas mientras alcanza la. Forma inmutable.

El sufrimiento humano procede del estancamiento que le aparta de su doble origen, siendo tan antinatural reducir al silencio las formas «demoniacas» de la tierra que intentan emerger a la conciencia, como rehuir la formas emergentes del espíritu. Una y otra represión alejan al ser humano de su verdadera patria.

La fuerza natural que proviene de las formas del yo, preocupado por saber, tener y poder, es una fuerza paradójica: siendo necesaria para la vida; se vuelve molesta, sin embargo, cuando nos identificamos con ella reprimiendo la fuerza emergente que nace de nuestra naturaleza real, la que alcanza su sentido en la Unidad universal de la Vida; de ahí que la fuerza identificatoria con el ego sea una fuerza deformante en la medida en que nos separa y distrae de nuestras verdaderas raíces. Así, en esa identificación con el yo mental, se gesta el sufrimiento. Veamos lo que a este especto recoge una vieja historia Zen:

 

Dos monjes, al ver flamear una bandera

en el viento, comenzaron a discutir.

Uno dijo: “La bandera se mueve”.

El otro sostuvo: “No, es el viento el que se mueve”.

Y así siguieron sin ponerse de acuerdo.

Hui-Neng, el Sexto Patriarca, se acercó a ellos y dijo:

“No es la bandera la que se mueve.

No es el viento el que se mueve.

Es la mente de ambos la que se mueve.

 

En el Za-Zen tenemos la oportunidad de contemplar las fuerzas que bullen dentro de nosotros mismos. Es curioso constatar cómo casi siempre comenzamos la sentada mediante una acto voluntarioso de sujetar la postura, controlar la respiración, dominar el dolor o el sueño, y vigilar la distracción. Sin embargo, cuando la meditación avanza, a la concentración suele sucederle la experiencia envolvente que nos libera del voluntarismo. Y fluye entonces espontáneamente la vivencia del ser que emerge de la profundidad. Ya no respiramos, sino que “alguien” nos respira, conectándonos con la esencia que está más allá del control de la voluntad individual, conectándonos con lo más íntimo de nuestra intimidad. En la práctica de la meditación suele aparecer esa doble fase.

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)
Fotografía: Jairo Alzate