ZEN: Insistiendo en la respiración

TEISHÔ 3 – TEISHÔ 2 – TEISHÔ 1

La respiración es el fundamento de la vida, anuncia el infinito devenir: la emergencia, la desaparición, y reaparición de nuestra forma a través de la hondura del Ser. Por eso, el ejercicio de la respiración puede, si se comprende y realiza bien bien, sustituir a la oración más profunda, siendo el órgano mediante el que podemos experimentar la trascendencia, el cuerpo que se es, en palabras de Dürckheim.

El ejercicio de la respiración, nos proporciona la posibilidad de ponernos en contacto con la tierra, simbolizada por el bajo vientre, el hara -el auténtico centro-, desde cuya plataforma podemos elevarnos transformados mediante ese continuo fluir de las formas que evolucionan hasta que ese cuerpo se halla en condiciones de manifestar el Ser. Para ello, el primer paso es la apertura, abriéndose más y más hasta sentirse Uno con la Vida. Esa apertura al centro vital del Hara, en la expiración, es la condición previa para que el ser humano se haga transparente, pues sólo quien ha conocido la importancia del hara es capaz de practicarlo responsablemente.

respiración meditación

Mediante el continuo ir y venir de su incansable fuelle, la respiración anuncia por sí misma algo que le es sustancial a la meditación: la acción transformadora que nos hace transparentes al Absoluto. Si somos conscientes de su fluir y del incesante movimiento de vaivén producido en las fases de espiración y inspiración, podremos percatarnos de esa disponibilidad o abandono confiado que la naturaleza persigue, y exige, para que pueda emerger el regalo de la permeabilidad al Ser que nos envuelve. Abandonarse a la trascendencia de “abajo”, para remontar a la de “arriba”.

Esto significa que en el proceso respiratorio se dé, en principio, un abandono sin resistencia; un dejarse llevar, hasta el fondo, a las mismas fuentes de la vida, para que, en un segundo momento, podamos permitir que la inspiración nos traiga el don de una nueva forma. El vaivén de la respiración es un proceso de apertura receptiva a la trasformación. La secuencia respiratoria, interiorizada en la meditación, des-vela la constante demanda del Ser, que, instante a instante, segundo a segundo, interpela nuestra conciencia para que ésta se abra hasta hacerse una con él.

Comenzamos respirando para, llegado un momento, poder constatar con toda nitidez que no respiramos, sino que más bien somos respirados en un soplo indescriptible, e impresionante, que no sólo nos roza, sino que barre por completo nuestras dudas sobre la certeza de esa presencia omniabarcante. Así, la respiración, vivida desde la meditación, culmina en sentirnos respirados por el aliento de una presencia que viene de otro lugar. Por eso la respiración consta de una primera etapa: el “descenso” o abandono en la confianza básica del Ser, que supone un morir a lo viejo; y un segundo momento, que es el devenir de una nueva forma abierta a la Unidad con el Ser.

Y, llegado ese momento ya no existe diferencia entre quien respira y la respiración, sino que más bien uno mismo se transforma en respiración. Entonces no existe centro ni periferia, no hay arriba ni abajo; porque la trascendencia, hecha respiración, ha reventado todos los límites posibles.

La razón de ser de nuestro cuerpo no es otra que la de ser testimonio del Ser, que aspira a realizar su forma en el ser humano. Por eso, en la sentada za-zen es preciso ver dos aspectos:

La posibilidad que se presenta de ABRIRME al Ser, que me interpela resonando en mi interior según la forma que me ha sido dada.

Consolidar ese estado de presencia fuera del ámbito del zendo, en la propia vida cotidiana, transparentándolo en la existencia.

 

En consecuencia, el ejercicio de la sentada persigue el surgimiento y afinamiento constante de la forma que le es propia a nuestro cuerpo hecho respiración, para que por medio de él se perciba con certeza la voz del Ser que nos envuelve. No se trata, pues, de un voluntarismo obsesivo, o de una tenacidad egocéntrica impulsada por el afán de logro, sino, llana y sencillamente, se trata de prestar una cuidadosa atención a esa experiencia radical que nos transciende, y que, interpelándonos a cada instante, aspira a expresarse, a tomar cuerpo, echando sus raíces en la vida cotidiana.

La experiencia nos señala que conforme tratamos de elevarnos, igualmente debemos anclarnos en la tierra, porque el camino de la transformación espiritual no es tal sino en la misma medida en que abarca la transformación del propio cuerpo.

 

En resumen:  

Al vaivén acompasado de la respiración, el cuerpo y la mente van soltando, de modo imperceptible, el lastre de sus límites, mientras las iniciales fronteras se ensanchan más y más al ritmo de los latidos del corazón de fuego del Ser que las expande. Hasta quedar derretidas en su luz.

El ejercicio del Za-Zen se inicia en la respiración y, llegado un instante, el Gran Silencio acaba “respirando” al propio meditador, para luego ambos fundirse en el aliento de la Vida. Surge entonces una inusitada Fuerza que puede con la muerte. Y así desaparece el miedo. Y así se tornan ilusorias las fronteras. Y así todo se convierte en Uno, y uno en Todo. Entonces, todo se vuelve transparente en la amorosa danza de la Unidad que nos habita. Y esa vivencia transforma la mente y cuerpo . Y todo lo que es, se presenta muy claro, enormemente claro…..

En el Za-zen no existe objeto, no se persigue nada; ni siquiera la iluminación, porque el propio Zazen es la iluminación.

 

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)

ZEN: No morarás en ninguna parte

TEISHÔ 2 (TEISHÔ 1)

Un niño chino Daikan Enô, oyó un día recitar un sutra que cambió su vida: “No morando en ninguna parte, la mente se manifiesta”. Esa sutra -la Sutra del Diamante-, le llevó a la iluminación profunda. Enô fue el sexto patriarca sucesor del gran maestro Bodidharma.

Uno de los sentimientos más dolorosos que los psicólogos captan del actual hombre occidental es el sentimiento de sentirse aislado, repatriado del ser que le es propio. El hombre, cada día con más fuerza, sufre esa separación, un sufrimiento que no es otro que la llamada lacerante del Ser no vivido en su conciencia, para que éste advierta su presencia. Y así, interpelado en su inconsciente por esa presencia, ha sentido desde lo más remoto de los tiempos que lo sagrado necesitaba un lugar, un hábitat.

Antaño las divinidades vivían en las grutas, en los bosques, en los manantiales; más tarde en las iglesias y las catedrales, según la cultura y el grado de conciencia de la humanidad. Hoy, el ser humano empieza a tomar en serio que el habitáculo de lo divino comienza a ser el propio ser humano; un habitáculo donde el ser y el estar se unifican, donde “los seres se hacen estares”, como tan bellamente lo describió el poeta Antonio Machado. El cuerpo es la estancia más íntima; el cuerpo, receptáculo y caja de resonancia donde vibra la sensación de ser, haciéndola más intima que la propia intimidad. El cuerpo, como expresión del Ser que lo habita y lo interpela a tomar conciencia de su verdadera naturaleza. El cuerpo, territorio extremo de la interioridad del Ser, intimor intimo meo; el locus o lugar fuera de todo lugar; espacio de la materia, mater, interior que nos liga a la vida; el cuerpo, donde el sonido del origen vibra y se hace carne. El niño, en su rudimentaria conciencia, ya lo pre-siente desde sus momentos más tempranos.

Pero también el ser humano adulto, desde su más profunda vena, sabe que, llegado su momento, debe abandonar el estado de eterna infancia en el que ha estado confinado bajo el imperio del arquetipo de la diosa madre hecha materia y hecha cuerpo. Y desde la larga noche de la evolución, el hombre se va elevando del cuerpo hasta otra nueva conciencia, el pensamiento, con el que, separado de la gran Madre, puede alzar su identidad aislada y proclamar así su ego: El arquetipo del padre refleja la verticalidad, la elevación sobre la horizontalidad de la madre tierra, el cielo, la cima, la claridad del espíritu-pensamiento sobre la eterna noche de la placenta materna. Así, esa necesidad de altura que al hombre mismo le eleva y le hace cumbre, revela su deseo de Absoluto en forma de pensamiento, en forma de lógica y en forma de la luz del entendimiento. Un noble deseo cuyo peligro reside en que el ser humano, cegado por el fulgor de esa luz, llegue a caer en el error de sustituir la vida por la idea de la vida. El Yo por el yo.

El pequeño ego racional es sumamente necesario, esencial, por su utilidad y pragmatismo; aunque ocurre que cuando el ser humano se identifica con él, puede llegar a asfixiar la llamada del Ser, alejándose así de la profundidad de su verdadera naturaleza una vez cimentada su identidad en la sola razón. La razón es el gran logro de Occidente; pero también su drama. El hombre, por tanto, deberá ponerse de acuerdo consigo mismo unificando, fusionando, los polos de su doble origen, el terrestre y el celeste. Ese es el fin del Zazen. El objetivo del Za-zen es que la dualidad del pequeño ego desaparezca en el Sí Mismo para poderlo así transparentar . Eso es lo que sucede cuando aceptamos no morar en ninguna parte: el Ser nos traspasa sin obstáculos y, libre del polvo narcisista, nuestro cuerpo y nuestra mente, transparentan libremente la Gran Mente del Ser.

zen

 

Dice el Maestro Dôgen:

 

Estudiar budismo es estudiarse a sí mismo.
Estudiarse a sí mismo es olvidarse de sí mismo.
Olvidarse de sí mismo es estar iluminado por todas las cosas.
Estar iluminado por todas las cosas es desprenderse
del propio cuerpo y de la propia mente,
y desprenderse de los cuerpos y las mentes de los otros.
Ningún rastro de iluminación permanece, y este ningún-rastro
Continúa interminablemente.

 

DÔGEN

Tenemos miedo a desaparecer, y cuando en el zen oímos eso de desmontar el ego nos entra pánico, el horror vacui , horror al vacío. Pero bien entendida, la vacuidad hace referencia al hecho de vaciarnos de nuestras ideas, sin que por ello sea opuesta a la existencia. La vacuidad no equivale a la extinción, sino al hecho de prescindir de las ideas de existencia e inexistencia, ya que la realidad está mucho más allá de ese binomio. La vacuidad es una herramienta liberadora de la hojarasca de imágenes mentales que nos turban impidiéndonos ver la realidad que está más allá y más acá de los opuestos existencia-inexistencia. Es imprescindible no dejarse atrapar por las ideas, incluida la idea misma de vacuidad.

La esencia de la sabiduría reside ahí, en superar el binomio existencia-inexistencia. Consiste en percibir el no-nacimiento y la no-muerte.

Aclarado eso del desmantelamiento del ego, y volviendo a la Psicología, quisiera recordar que en nuestro caminar hacia la totalidad es importante la palabra “individuación” acuñada por Carl Gustav Jung, que significa alcanzar a ser enteramente uno mismo. La tragedia de ser humano actual es que se le ha negado el permiso de ser él mismo. Pero el hombre no se ha rebelado ante semejante tragedia, y la neurosis más intolerable en occidente no es otra que el haberse alejado de ese centro que la Psicología llama el Sí Mismo y Dürckheim Ser Esencial, la forma con que el ser individual participa del Ser el auténtico morador en esa estancia llamada cuerpo.

Gracias a la fidelidad al ejercicio que le permite acceder a esa conciencia no dual, el ser humano podrá algún día caer en la cuenta de que el Ser del que habla el Zen se experimentará en su propio ser; y se experimentará como un ser vivo, – ¡El Ser es un ser! – ilimitado, misterioso e inefable, que se con-forma (se hace forma) con todo y en todo lo que existe. El Todo en todo.

A través del ejercicio del Za-Zen estamos en condiciones de poder caer en la cuenta de quiénes verdaderamente somos al reconocer la naturaleza y el sentido de nuestro verdadero yo; de despertar al origen común de la humanidad más allá, y más acá; arriba y abajo; antes y después del cielo y de la tierra. Y ello, tanto en la intimidad de los latidos nuestro cuerpo, como en el milagroso vaivén de la respiración, o como en los resplandores del fuego de la mente. “ESO -la manifestación de la Gran Mente- es lo que experimentó Enô al escuchar el Sutra del Diamante; ESO es lo que sucede cuando, saltando los límites del pequeño ego de la razón instrumental, deshacemos nuestra falsa identidad no aceptando MORAR EN NINGUNA PARTE, para que de ese modo, como lo hacen en un cristal inmaculado, penetren en nuestro cuerpo los rayos de luz que nacen del Vacío y pueda transparentarse nuestro verdadero rostro. Cuidar por siempre y con mimo esa experiencia es el deber más grande de todo practicante de Zen.

Jinshû, un discípulo destacado del quinto patriarca, lo entendió así en su famoso poema:

 

El cuerpo es el árbol de la iluminación y soporte
de la mente, que es un espejo claro.
Límpialo una y otra vez,
no dejes nunca posarse polvo en él.

 

Se trata de un poema sin duda útil y estimulante para el que se inicia en el Zen, aunque si se observa con atención veremos que no alcanza a ser un exponente de lo que en sí misma es la iluminación. Así lo vio el mismo Enô, quien, nada más leerlo, y a modo de réplica, compuso seguidamente el siguiente poema alternativo:

 

El árbol de la iluminación en principio
no tiene tronco ni es soporte de un espejo claro.
En principio no existe ni una sola cosa.
¿Qué puede haber entonces
en que se pueda posar el polvo?

 

La diferencia es reveladora tanto en cuanto al contenido de ambos poemas, como al estado de iluminación de sus autores; así, mientras el primero posee un carácter ascendente, el segundo manifiesta la culminación de la naturaleza búdica; mientras el primero es la potencia, el segundo es el acto.

Pero puede llegar un momento, fuera de todo momento, en que la iluminación se hará estacionaria, permanente, trascenderá el espacio y el tiempo, incluido el cuerpo, al que la misma Plenitud le hará desaparecer del mundo de las formas. Se borrará el iluminado para dejar paso a la iluminación; se borrará del mundo el observador para dejar paso a la observación, y el Ser se habrá actualizado en la plenitud de la Nada.

Para Alcanzar esa experiencia, no es preciso ser monje, ni es preciso remontarse a los primeros patriarcas, porque poetas actuales, ajenos a cualquier confesión como el arriba citado, José Ángel Valente, o Roberto Juarroz, sin ser ninguno de ellos monjes, explican magistralmente esa misma experiencia de la plenitud del Vacío. Algunos textos de Valente:

¿Es inhumano sentir en un momento dado que acabamos en el vacío? ¿O que el vacío es la presencia más constante? ¿O que el vacío no tiene presencia? Para mí, no. Para mí es lo más humano, pero entendámonos: lo humano con las máscaras caídas, lo humano en la desnudez, no en el disfraz y en el convencionalismo…

Y añade:

 

…Vivimos entre límites y, sin embargo, en lo más entrañable, uno siente que no hay límites. Pues lo ilimitado no sostiene a nadie, sólo los límites sostienen….

  

Finalmente:

 

Borrarse.
 Sólo en la ausencia de todo signo se posa el dios.

 

Roberto Juarroz, practicante de Zen, se asemeja a José Ángel Valente en su afán de quitarse de en medio, de des-aparecer, de ser sólo huella; si bien, a diferencia de éste, Juarroz concitó en su vida personal más adhesiones que el poeta español. Su falta de protagonismo no fue sólo radical, sino sencillamente natural, vivida, sin escenarios, transparentemente sincera:

 

Qué mayor sinceridad
que hacer a un lado todo aquello que se sabe
y dejar que hable en uno,
Aunque sea sin uno, aquello que no se sabe.

Fuente:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)

El universo en ti

Las leyes del universo

En el post, Quién soy yo?, citamos el mensaje de varios sabios que desde antiguo vieron la importancia de conocerse a uno mismo para conocer el universo entero:

“ Uno debe de ver y escuchar, así como reflexionar y concentrarse en su propio ser, ya que cuando uno ha visto y oído su propio ser, cuando uno ha reflexionado y se ha concentrado en su propio ser, conoce entonces el mundo entero.” (Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad)

Cuando leemos o nos dicen esto por primera vez podemos pensar que se trata de una frase hecha, una forma de hablar, pero si lo ponemos en práctica y nos mostramos atentos a nuestras formas a lo que ocurre en nuestro cuerpo, a la forma en que actuamos con los demás y la forma en que el mundo actúa con nosotros, descubriremos una serie de patrones o “leyes” naturales que nos permiten comprender la Vida, porque en realidad todo está hecho de la misma pasta.

Desde la antigüedad se han vinculado los cinco elementos, incluido el espacio, al funcionamiento de todo organismo. De modo que el fuego está presente en nuestro cuerpo bajo la forma de calor corporal en procesos digestivos, o en fiebres que combaten algún elemento infeccioso, etc. igual que en el universo está presente como sol, como fuego que emerge de la fricción, etc. Ni que decir del agua, que es el constituyente más abundante de nuestro cuerpo y del planeta que habitamos.

Pero no sólo a nivel fisiológico observamos paralelismos, también estar atentos a nuestra forma de interactuar con el resto del mundo nos da pistas para la comprensión del entorno. Por ejemplo, cuando discuto con una persona cercana, tengo la posibilidad de indagar en los mecanismos, patrones y creencias de cada uno que nos han llevado a la discusión y eso me puede permitir comprender los patrones de fondo que llevan a una discusión mayor e incluso a una guerra. La mayoría de personas rechazamos las guerras, en cambio vivimos a menudo alimentando nuestros propios conflictos. ¿Cómo pretendemos que esos conflictos individuales y de pequeña comunidad no se reproduzcan a mayor escala? La cuestión sobre las guerras nos conduce a su vez a la reflexión sobre la vida y la muerte y si observamos la naturaleza puede que descubramos que la vida y la muerte forman parte de Algo mucho mayor, de la Vida, que nunca muere. La flor y el fruto mueren para el árbol y sólo así perpetúan el nacimiento de nuevos árboles.

leyes del universo

Lo que es arriba es abajo

 

La esencia más sutil, tú eres Eso

Cuenta una historia de la Chāndogya Upaniṣad que al regresar Śvetaketu a su casa, tras doce años estudiando con su maestro, se sentía orgulloso y algo engreído por todo lo que sabía. Su padre observando esto, dijo:

«Śvetaketu, mi pequeño, parece que tienes una elevada opinión de ti mismo, te crees instruido, y te sientes orgulloso por ello. ¿Has preguntado por el conocimiento mediante el cual se oye lo que no se oye, se piensa lo que no se piensa y se sabe lo que no se sabe?».

«¿Cuál es ese conocimiento, padre», preguntó Śvetaketu.

«Al igual que conociendo un amasijo de barro, hijo mío, se llega a conocer todo cuanto es de barro, ya que las diferencias son sólo palabras y la realidad es barro; y así como conociendo un pedazo de oro se puede conocer todo lo que es de oro, ya que las diferencias son sólo palabras y la realidad es sólo oro; y así como conociendo un trozo de hierro se conoce todo lo que es de hierro, ya que la diferencia son sólo palabras y la realidad es sólo hierro».

Śvetaketu replicó: «Ciertamente mis honorables Maestros no conocían esto. Si lo hubieran sabido, ¿por qué no me lo habrían contado? Explícamelo, padre».

«Sea pues, hijo mío.»

ser-diferente

 

Normalmente nuestro ego se empeña en destacar, en ser diferente, en ser especial, cuando en realidad se trata justo de lo contrario. De comprender, no lo que nos hace especiales, sino lo que nos iguala, la esencia que compartimos con el resto de seres, con el universo entero.

Cuando descubrimos esa esencia en nosotros mismos podemos comenzar a reconocerla en todo lo que nos rodea. A su vez, lo que nos rodea nos sirve como espejo y nos recuerda una y otra vez nuestra naturaleza común, una sola con todo lo demás.

La historia citada en realidad continua con toda una serie de enseñanzas en las que el padre muestra una y otra vez a su hijo que su verdadera naturaleza es aquella esencia sutil que no alcanzamos a percibir. Igual que otros sabios como Sócrates, insiste en la importancia de conocerse uno mismo. En uno de los ejemplos el padre pide al hijo que le lleve el fruto de un enorme árbol y que parta el fruto en dos. Se trata de una higuera y al partir el fruto lo que se encuentra el hijo son miles de diminutas semillas. Luego le pide que divida una semilla en dos y le pregunta qué es lo que ve. El hijo le responde que nada y entonces el padre prosigue con su magistral enseñanza de esa nada que no alcanzas a percibir surgió esta enorme higuera. Esa esencia sutil que hace surgir el árbol, eso es la realidad. Eso es uno mismo. Eso eres tú.

 

Conócete y conocerás el universo entero

En nuestro afán por destacar, por ser buenos, por generarnos una identidad, incluso en nuestro afán por obtener más conocimiento, nos perdemos a menudo en en el conocimiento de nombres y formas olvidando la esencia que lo constituye. En cualquier objeto de oro, el oro es la esencia y da igual si toma la forma de pulsera, de collar, de reloj, de pendiente, de una vasija, una marco, etc. Aquel que sabe reconocer el oro lo reconocerá bajo cualquiera de las formas y nombres que tome. Así también, este universo está constituido por una misma energía que toma distintas formas y nombres. Cada uno de estos nombres y formas que toma esta energía, a la que llamo Vida, es una oportunidad para reconocer nuestra propia naturaleza. Y a la vez cada mirada hacia nosotros mismos examinada con una actitud de honesta escucha es una oportunidad para comprender el mundo a nuestro alrededor.

No se trata de conocer el nombre de cada planta o de cada estrella, ni de ser un experto en clasificar objetos, personas, animales u otros seres, como no se trata de conocer la diferencia entre un collar, una pulsera, un reloj… Al distraernos aprendiendo acerca de esas diferencias, ocurre a menudo que dejamos de ver la esencia común que las constituye. Tenemos tal obsesión por distinguir un collar del otro, compararlo y competir para hacer que nuestro collar sea reconocido como el más bello, que no nos damos cuenta de que todas esas comparaciones y juicios no son más que fruto de nuestra creencia y además perdemos por completo de vista la esencia que lo constituye.

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Cuando fijamos nuestra atención en la esencia común, podemos ver el mundo en una gota de agua. Cuando iniciamos el camino hacia dentro, todo el universo se convierte en un reflejo de nosotros mismos, y cuando conocemos nuestro propio ser, el universo en ti………………………………………. Silencio.

 

 

Los Pilares del Yoga: Conciencia y Atención

La mayoría de las filosofías occidentales consideran que la Conciencia es una función de la mente, y que sin mente no habría Conciencia. Esto puede verse reflejado en la afirmación clásica “Pienso luego existo” de Descartes.

En el Yoga este pensamiento es, cuanto menos, desacertado. No hay una forma racional de demostrar que es una idea errónea, sin embargo los yoguis nos ofrecen un método para experimentarlo por nosotros mismos.

En un sentido general conciencia significa comprender, conocer o sentir lo que está sucediendo a nuestro alrededor y mas profundamente en nuestro interior. Los yoguis entienden que toda forma de vida es un vehículo para la Conciencia. Ya sea una célula, planta, animal o ser humano. La naturaleza fundamental de todos los seres vivos es la Conciencia.

Sin embargo, cada una de estas formas se expresa en diferentes niveles. Tradicionalmente se dice que “la Conciencia duerme en las piedras, sueña en las plantas, comienza a despertar en los animales y puede desarrollarse por completo en los humanos”. De entre todos los organismos vivientes el ser humano es el único que tiene la capacidad para conocer, manifestar y hacer florecer todo su potencial.

captando señales

La atmósfera está cargada de ondas electromagnéticas que portan todo tipo de información (programas, películas, series, etc.) destinada a llegar a los diferentes canales de televisión. Nosotros como humanos no somos capaces de captar directamente estas señales, nuestros cuerpos carecen del equipamiento necesario. Las ondas están ahí pero no podemos sintonizar con ellas. El potencial está ahí pero no podemos utilizarlo.

Un aparato de TDT por si mismo no puede ver ni escuchar, actúa como un mediador que capta ondas y las convierte en contenido audiovisual apto para ser visualizado. De igual modo, los órganos de los sentidos y el cerebro no son más que receptores, transformadores y emisores. Captan sensaciones que se transforman en señales para que el cerebro las procese y envíe a la conciencia, que es quien realmente observa.

Si entendemos el conjunto cerebro-mente como un ordenador, podríamos decir que el cerebro es la parte física (hardware) mientras que la mente sería el sistema operativo y los programas (software). Un ordenador es una máquina que existe con el fin de hacer la vida mas sencilla a las personas, por si solo no es más que una maquina.


Atención

En el Yoga se enfatiza la importancia de la atención como fin para aislar la conciencia del entorno que nos rodea para dirigirla hacia las esferas más íntimas de nuestra mente.

Si te observas, comprobarás cómo tu mente tiene una tendencia natural a moverse de un lugar a otro, a crear una percepción dispersa. Esta distracción causada por una corriente de pensamientos no interrelacionados se conoce como Vikshepa, y es una limitación de la mente.

Proyección vital

Nuestros procesos mentales son como una buena película: intrigante, excitante, emocional…muchas veces el contenido es tan atractivo que nos perdemos en el drama hasta que la película termina.

La mayoría de nosotros vivimos absorbidos en nuestros pensamientos y cuerpos físicos, tanto que nos identificamos con ellos. Es esta identificación la que nos atrapa en una realidad limitada. Llegamos a creer que formamos parte de la película.

Durante los periodos prolongados de atención comenzamos a entender los aspectos más profundos de nuestro ser, a salir de esta película mental.

En el Yoga tradicional se trabaja de forma indirecta con la atención a través de la presencia. Presencia entendida como “atención consciente”, tanto interna (pensamientos) como externa (cuerpo, respiración…).

Existe una relación entre la actividad perceptiva y el perceptor. Si una persona no sabe que está percibiendo algo no está presente. La idea principal es convertirnos en “espectadores” de nuestro cuerpo y nuestra mente.

Si tomamos conciencia y comenzamos a observar, a convertirnos en testigos de nuestras acciones y pensamientos podemos trascender a una nueva dimensión existencial y ser verdaderamente libres.

Aspectos básicos del Za Zen: La postura correcta

TEISHÔ 1

En las diversas tradiciones Zen, se da una capital importancia al hecho de sentarse en una forma prescrita. Es importante saber que la postura indicada para la “sentada” posee una raigambre milenaria, siendo por tanto un uso cuya saludable repercusión física, mental y espiritual ha sido sobradamente contrastada a lo largo de los siglos, teniendo sus raíces en las enseñanzas transmitidas a lo largo de muchas generaciones. Esta observación, sin embargo, no es determinante para que, de modo mimético, debamos seguir esas prescripciones sin previamente afirmar lo que sigue: el viento del Ser sopla donde quiere, es ”salvaje”; el Ser Esencial, se expresa libremente en cada persona, sin verse por tanto obligado a manifestarse siguiendo pautas, rituales o posturas determinadas, por muy legítimas que ellas sean. Así, lo que queremos decir es que las prescripciones posturales que a continuación siguen, quieren ser solamente lo que son: una pauta, que cada persona, dentro de su libertad, juzgará como lo que es: una sabia referencia que en virtud de las características personales, se tendrá que adaptar a cada caso.

 

meditacion za zen

 

Aspectos básicos

Comenzaremos diciendo que es fundamental que la columna vertebral permanezca erguida y alineada en su propia verticalidad. La cabeza deberá recogerse hacia atrás, como quien repliega la barbilla, igual que si un hilo tirara desde la nuca hacia arriba, haciéndolo de tal forma que la punta de la nariz y el ombligo formen una línea perpendicular, mientras las orejas se sitúan en línea también perpendicular con respecto a los hombro. También suele emplearse la imagen de una persona que está dentro un ascensor repleto de gente, y cuya cabeza, para evitar colisionar con la de una mujer de ampuloso peinado, debe replegarse sobre sí misma, encogiendo la barbilla hacia su propio pecho.

Al sentarse, será importante que las nalgas se sitúen en la mitad delantera del cojín, cuyo efecto es el del adelantamiento de la pelvis, para que de ese modo el Hara quede liberado y las piernas, inclinarse en ángulo obtuso con la columna, faciliten esa liberación.

Adoptada ya la postura correcta, el Hara, centro vital del ser humano, será el punto donde converja el conjunto de las fuerzas corporales, allí a tres o cuatro centímetros bajo el ombligo, en la profundidad del vientre.

Si bien en un primer momento esta postura puede percibirse como incómoda, tal percepción está relacionada con nuestros hábitos y condicionantes occidentales, pues lo cierto es que el modo de sentarse del Za-Zen, posando las nalgas sobre los talones, siempre ha sido considerado como una postura natural por todos los practicantes, independientemente de su procedencia.

La postura de Za-Zen llamada postura loto, consiste en cruzar las piernas, colocando el pie izquierdo sobre el muslo derecho y el pie derecho sobre el muslo izquierdo. Las rodillas, inclinadas hacia abajo por el efecto de sentarse sobre el cojín, se apoyarán firmemente sobre el suelo. Nalgas y rodillas configurarán triángulo de apoyo en el que el centro principal de gravedad donde se asienta todo el cuerpo es el Hara.

En caso de que la postura loto resultara especialmente incómoda, es aconsejable no forzar el allí a tres o cuatro centímetros bajo el ombligo cuerpo y adoptar la postura llamada de medio loto, que consiste en que el pie izquierdo repose sobre el muslo derecho, mientras que este se sitúa bajo la pierna izquierda. También se contempla la tercera alternativa, la llamada postura birmana adecuados, los principios masculino y femenino, el samsara y el nirvana, el talante de la no dualidad, en la que el pie izquierdo repose junto a la pierna derecha, pudiéndose dar la colocación inversa, es decir: el pie derecho junto a la pierna izquierda. Sogyal Rimpoché, aclara que las piernas cruzadas expresan la unidad de la vida y la muerte, el bien y el mal, la sabiduría y los medios

Finalmente, la postura meditativa incluye otras dos posibilidades más. La utilización del banquito de meditación y la de una silla. En cuanto a la segunda, cabe señalar que es fundamental mantener la espalda recta y alejada del respaldo de tal forma que las piernas, relajadas, se orienten mediante una inclinación hacia abajo, de tal modo que las nalgas queden más elevadas que las rodillas. Lo cierto es que en Oriente se suele representar al futuro Buda, Maitreia, plácidamente sentado en una silla. Sea lo que fuere, conviene recordar que el Ser es salvaje, no conoce de culturas, es independiente de toda religión, y, se manifiesta en cualquier postura, sea en la postura del cojín, en la del banco, en la de la silla, en los movimientos eróticos, Y, si hiciera falta, hasta en el mismísimo W.C., que todo lugar es potencialmente sagrado, y en todo lugar puede asentarse el templo de Buda. Pero el Za-Zen es nuestra referencia.

En cuanto a las manos, la mano izquierda se colocará sobre la mano derecha, y, ambas de ese modo superpuestas, se posicionarán junto al vientre, hacia arriba. Los dedos pulgares, uno frente a otro deberán tocarse mutuamente, de tal modo que ambos formen una articulación horizontal, es decir, configurarán una posición que ni forme un valle (hacia abajo), ni una montaña (hacia lo alto). Un indicador de los extremos de tensión o laxitud corporal y anímica en que se halla el meditante es de qué manera, si apretados o laxos, se halla precisamente la posición de los pulgares entre sí.

Para que todo ello fluya del modo indicado, la mirada, con los párpados entreabiertos, se situará fijándola sobre un punto exterior situado al frente, alrededor de 90 centímetros desde las nalgas. Ello evita distracciones y fomenta la concentración, aunque es preciso añadir que la atención surgirá sin perder de vista la vivencia interior, la sensación de ser.

Es sumamente importante insisir que estos criterios tienen un carácter indicativo, y es preciso recibirlos como referencias orientadoras, sin más, y muy lejos de cualquier tipo de rigideces normativas, como las provenientes casi siempre de ámbitos religiosos sean occidentales u orientales. El Zen no es una religión. El Zen es un Camino. El Zen esencialmente es liberación, y por tanto nada, absolutamente nada, tiene que ver la tensión, y menos la obsesión. La meditación, tiene menos que ver con la ascética y con la moral que con la libertad, patrimonio de los seres despiertos.

 

meditación za zen

 

El flujo de la respiracón

El ser humano adopta una postura erguida, por tanto su tronco camina en vertical. Ello influye en su expresión, en su conducta.

El punto más importante, donde reside la mayor fuerza, y, al mismo tiempo, la zona más sensible de cara a mantener la postura justa es el Hara, llamado también tandem, o koshi, un punto situado justamente en la parte inferior del tronco, a unos pocos centímetros bajo el ombligo, en la profundidad del vientre. Debe ser objeto de nuestra atención que esa zona se convierta en lo que es, en la base firme sobre la que debe descansar la parte superior del cuerpo, y ello de tal modo, que si resultara que la parte superior fuera más pesada y la inferior ligera, se podría simbólicamente entender que la vida se hallaría oprimida por algo objetivo, y las instancias superiores arrastradas por las inferiores. Mientras que si la parte inferior se muestra sólida, y la superior ligera, ello representaría un estado en el que la vida del cuerpo trasluce el carácter de sujeto que abarca aquello que es objetivo. Pero, insistimos, esta observación no deja de ser una apreciación simbólica.

La postura correcta del cuerpo humano se alcanza insuflando en el abdomen (Hara) la fuerza (genki) de todo el cuerpo, lo que implica el tensar de algún modo los músculos abdominales. Si esta operación se lleva a cabo correctamente, en la profundidad del vientre aparecerá un punto de concentración como núcleo de tensión (kikai tandem). La habilidad de ejercitarse en el hara liberando todas las fuerzas dispersas a lo largo y a lo ancho del cuerpo, para seguidamente concentrarlas todas en el bajo vientre, es un arte que has estado y está presente en la inmensa mayoría de las artes orientales. El hecho de que el Hara sea fuente de vigorosa energía, se halla unido a la forma natural de espirar el aire. Cuando aspiramos, surge la fuerza del vientre, manteniendo intacta su postura. Es entonces cuando el aire aspirado penetra sin obstáculos llenando la parte superior del vientre, siendo al final de la respiración cuando el Hara se plenificará espontáneamente de energía para, seguidamente, poder espirar el aire de modo fluido y natural, sin que en momento alguno debamos contener el proceso respiratorio.

Una vez equilibrado y armonizado el cuerpo en el vaivén del proceso respiratorio, la zona del estómago aparecerá cóncava en el momento de la espiración, mientras que el abdomen, sin forzarlo, sobresaldrá levemente. El abdomen, aparentemente inalterado desde afuera, se percibirá desde adentro como algo endurecido; una sensación que, aunque levemente, subraya el tránsito entre la vacuidad y la plenitud.

En ese proceso de vaivén respiratorio, la aspiración se lleva a cabo en menos tiempo que la espiración, lo que ayuda al progresivo fortalecimiento del Hara. Esa espiración, sin embargo, no supone una economía de aire con respecto a la aspiración, sino que adquiere una solidez más voluminosa en la medida en que se acerca a su final. En este sentido Sato Tsuji emplea la imagen de la forma de porra, (Dürckheim, más suave, habla de forma de pera) queriendo enfatizar ese final en el que con la barbilla algo sacada, se abre ampliamente la base del Hara (Hara- no- soku)y espira el aire con fuerza y completamente. Esa espiración tiene que ser más gruesa cuanto más se acerque a su final, como si tuviese la forma de una porra. Si no se tiene fuerza en la base del Hara, la espiración será como un leve suspiro, pero si espiramos el aire desde la base del abdomen, lo haremos con fuerza y como un torrente. 

La llamada postura correcta es la que permite al cuerpo colocarse en la verticalidad idónea mediante la que se facilita la transparencia del Ser, ajena al lastre del ego y sus ilusiones dualistas, que es el causante de que la fuerza se contraiga en diferentes puntos. Es así como puede emerger la vacuidad del yo.

En la postura correcta, queremos insistir en ello, el centro de gravedad se sitúa en el Hara, que se torna duro y firme, siendo allí donde, de modo fluido y natural, se congrega la fuerza abdominal. Semejante fuerza, deja asimismo fluir la tensión justa donde se trasluce la plenitud de toda la energía corporal, que resalta sobre todo en el momento de la espiración. Cabe añadir que la postura en la que es el pecho el que se tensa, provoca el alzamiento muscular con la consiguiente debilitación del abdomen, desplazándose el centro de gravedad a la zona superior, lo que provoca un des-equilibrio.

La importancia de los hombros es esencial a la hora de que surja la postura correcta. Dürckheim señala que es preciso soltarse en los hombros para alcanzar esa postura y alcanzar la verdadera forma. Soltarse en los hombros para así apoyarse en el centro vital, transparentando de ese modo el auténtico vacío del cielo (parte superior), y la plenitud de la tierra (parte central inferior).

En el Za-Zen, tenemos la ocasión de evidenciar la postura “justa” del ser humano, la verdadera forma que nos es propia, nuestra imagen primordial, nuestro arquetipo esencial, que nos pone en contacto con la Unidad. El trabajo sobre nuestra forma postural no es otro que el ser transparente a nuestro Ser esencial; transmitirlo y proyectarlo es la única tarea, que puede dar sentido a nuestra estancia en la tierra. Allá, en el fondo de nuestro núcleo más íntimo; desprovista tu alma, como si de una cebolla se tratara, de las conchas que la cubren; allá en el fondo, donde la desnudez del yo, convertida en el más sólido de los vacíos, evidencia una esencia que clama por despertar, por expresarse, y hasta por chillar. Allá en el fondo. Allá, desprovisto y desnudo, allá está ESO, en forma de clamor. Sólo quien habla desde el fondo puede calar en el Tú; sólo quien, libre de ficciones literarias, habla o escribe desde su núcleo, puede alcanzar el núcleo del otro. Porque sólo la transparencia suscita transparencia. Sólo la mirada limpia engendra otra mirada limpia.

La verdadera forma es una arte. La forma que se es en el cuerpo que se es. En el Za-Zen, devenimos artistas de la vida. Porque el mismo Za-Zen es un arte. A él me refería yo en un cuarteto:

Quizá el arte consista en la destreza
del que forja su vida en el Vacío
y encara con la Nada el desafío
de esculpir en el Ser su fortaleza…

Fuentes:

Fragmento del libro: LA RADICALIDAD DEL ZEN (En 24 teishôs)

Las raíces de la espiritualidad

Son muchos los motivos por los que uno puede adentrarse en el mundo de la espiritualidad. Y con espiritualidad me refiero a la experiencia espiritual. Algunos le dan el nombre de llamada, otros despertar. Sea cual sea la denominación, este “nuevo comienzo” suele originarse por un momento de vacío interior en el que percibimos algo más, algo que siempre había estado ahí pero que no nos habíamos parado a prestar atención.

Una vez hemos degustado ese “algo más”, sentimos la necesidad de repetir la experiencia, es una droga muy fuerte que nos cambia por completo, nos hace plantearnos qué estamos haciendo con nuestra vida y si será lo correcto.

Es un momento crítico en el que debemos de asentar una base sólida para comenzar nuestro camino, si no es muy probable que no solo no encontremos lo que estemos buscando, peor aún habremos perdido nuestra vida en ello.

En primer lugar debemos dejar a un lado el pasado, no es recomendable aferrarnos a ese momento. Con una mente abierta, deberíamos primero mente abierta einsteinconsiderar si ha sido una construcción mental o si ha venido de “otro lugar”. El análisis es clave para mantener la mente sana y no caer en las redes del subconsciente. Si tu mente está cerrada desde el principio será difícil trabajar con ella. Es altamente probable que al principio no lleguemos a ninguna conclusión, pero por lo menos habremos creado la condición para que, cuando estemos preparados venga a nosotros la respuesta.

El segundo paso es plantearnos ¿Y que hago ahora?, ¿Por donde empiezo?, ¿a dónde voy? Porque está claro que aquí no puedo seguir…

¿Me voy a la India? Allí parece que hay espiritualidad auténtica, seguro que encuentro un gurú que me guíe. O ¿Me meto a un monasterio?, ¿dejo todo y me voy al bosque a vivir libre como los pájaros? ¿Me hago budista?, los monjes parecen tener paz…

En la inmensa mayoría de los casos que he conocido, incluyendo el mío propio, todas estas preguntas vienen formuladas desde un estado de saturación mental que solo genera confusión. Si estábamos perdidos, ahora nos vendamos los ojos para hacerlo todo aún más complicado.

No queremos aceptarnos como somos, por eso tratamos de huir, de alejarnos de todo lo que hemos sido para empezar una nueva vida. No hay nada malo en tomar distancia, a veces necesitamos alejarnos para ver las cosas con perspectiva. Lo importante es ser conscientes de que no podemos huir de nosotros mismos.

En función de la claridad mental que tengamos en el momento en el que tomamos esta o cualquier otra decisión, nos será más fácil seguir hacia delante y no caer precipitadamente en el engaño. Solo el discernimiento nos conduce por el camino adecuado para cada uno. A este discernir en yoga lo llaman viveka y se dice que proviene de Buddhi, la mente despierta, la mente iluminada.

El lado oscuro y la renuncia

A veces la idea de iluminación causa problemas. Cuando empezamos nuestro camino, inmediatamente queremos estar iluminados, queremos ser como todos aquellos que ha llegado a ese estado. Creamos una imagen mental, un ideal y lo perseguimos ciegamente sin darnos cuenta de que, en muchas ocasiones, es nuestro ego el que quiere ser ensalzado, el que quiere convertirse en superior, el que busca la perfección.

Para avanzar en el camino, tenemos primero que enfrentarnos a todo lo que queremos dejar atrás. Debemos buscar la raíz de nuestros miedos, de nuestras adicciones, de nuestra infelicidad. Debemos saber de dónde venimos.

raicesLas raíces suelen encontrarse bajo la tierra, y es en ella donde empieza el cambio real, donde descubrimos nuestro lado más oscuro. No podemos negarlo, aceptar que existe es el primer paso para empezar a ver. La mejor forma de trabajar con la oscuridad es mediante la renuncia.

La renuncia es una práctica muy común en espiritualidad. Es una forma de desnudar el alma, de ponernos a prueba, una forma de educar la mente. Nos enseña a distanciarnos de todo lo que nos ancla a este mundo y al mismo tiempo nos hace comprender la existencia que se manifiesta cada día delante de nosotros.

Cuanto más renunciamos, mas fuerte se hace la oscuridad. Cuanto más avanzamos en el camino, más sentimos que estamos ciegos. Pasamos por la noche oscura del alma y solo con perseverancia y desapego, guiados por la diminuta luz que habita en nosotros podremos llegar a la madrugada.

Para que la renuncia no se vuelva en nuestra contra y nos llene de rencor, de envidia, de ira y dolor debemos practicarla desde la humildad del corazón, siempre con alegría y entusiasmo. De este modo sabremos que vamos por el buen camino. Y si no llegásemos al final, por lo menos habremos disfrutado intentándolo.

Quizás la renuncia final sea la más difícil y también la más importante de todas. Para vivir eternamente es necesario primero morir en vida, vaciarnos por completo, negarnos a nosotros mismos, renunciar a la ilusión de esa identidad limitada que es la causa del sufrimiento. Entonces descubriremos la verdadera naturaleza de las cosas, y el sol saldrá para no volver a ponerse.

Mi recomendación personal es permanecer en todo momento en la tierra, disfrutar de nuestra lucha y sonreír mucho.

sabiduria chaplin

 

Cuando todo se derrumba: 10 pensamientos sobre el sufrimiento y la evasión del dolor

Como diría Jung, no existen las casualidades. Y eso es lo que me parece haber pasado esta semana. Conocía a  Pema Chödrön gracias a Virginia Gawel, psicóloga argentina de la que me enamoré, gracia a que Enrique, blogger de esta web, compartió un video sobre ella en nuestra página de Facebook.

Estas coincidencias son maravillosas, ya que si estás atento, te llevan a lugares a los que no esperabas llegar. Pero que evidentemente, debías alcanzar.

Las enseñanzas de Pema están llenas de sabiduría, que podemos aplicar a nuestra vida diaria y a la terapia, tanto si la impartimos como si la recibimos. Como bien sabe cualquier buen terapeuta, “sólo podemos reconocer lo que estamos sintiendo si nos hallamos en un espacio abierto y libre de juicios”.

Y como pacientes, antes o después debemos entender que “el sufrimiento empieza a disolverse cuando cuestionamos la creencia o la esperanza de que hay algún lugar donde ocultarse.”

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Pema Chödrön

Pema Chödrön es una monja budista occidental, nacida en Nueva York en 1936. Antes de hacerse budista, tuvo una vida que bien podría parecerse a cualquiera de nuestra vidas. Casada dos veces, divorciada dos veces, madre y abuela, «enferma» de fatiga crónica, etc. Esto ha hecho que viviera en más de una ocasión cómo «todo se derrumbaba», y que sea capaz de expresar sus enseñanzas con un humor y una sabiduría que nos puede llegar a todos.

Uno de sus últimos libros es «Cuando todo se derrumba«, y aquí os dejo 10 pensamientos que puedes encontrar en el libro, y que sin duda pueden llegarte al corazón.

Pema Chodron

 Diez pensamientos de Pema Chödrön:

“El miedo es la reacción natural al acercarse a la verdad.”
 “Cultivar una mente ecuánime, que no se aferra a tener razón ni a estar equivocada, te llevará a un estado de ser presidido por la frescura. La cesación última del sufrimiento procede de ese estado.”
“Tener aunque sólo sea unos segundos de duda respecto a la solidez y la verdad absoluta de nuestras opiniones, incluso el simple hecho de tomar conciencia de que tenemos opiniones, nos introduce a la posibilidad de la ausencia de ego. No tenemos que hacer desaparecer nuestras opiniones y no tenemos que criticarnos por tenerlas. Simplemente hemos de ser conscientes de lo que nos decimos a nosotros mismos y ver cuánto de ello no es más que nuestra percepción personal de la realidad, que puede ser compartida o no por los demás.”
Pema Chödrön
 “Sólo en la medida en que nos acontece la aniquilación una y otra vez podemos hallar en nosotros aquello que es indestructible.”
“Cuando nos aferramos agresivamente a nuestras propias opiniones, por muy válida que sea nuestra causa, simplemente estamos añadiendo más agresión y violencia a nuestro planeta, y por tanto aumentando su dolor. Cultivar la no agresión es cultivar la paz.”
“Si realmente supiéramos la infelicidad que causa en este planeta nuestra evitación del dolor y nuestra búsqueda del placer, si entendiéramos que este hecho nos hace desgraciados y corta nuestra conexión con nuestro corazón y nuestra inteligencia básicos, practicaríamos la meditación como si se nos estuviera quemando el pelo.”
 “El sufrimiento empieza a disolverse cuando cuestionamos la creencia o la esperanza de que hay algún lugar donde ocultarse.”
 “Sólo podemos reconocer lo que estamos sintiendo si nos hallamos en un espacio abierto y libre de juicios.”
“Cuando vivimos una gran decepción, no sabemos si ahí se acaba la historia; también podría ser el principio de una gran aventura.”
“Relajarnos en el momento presente, relajarnos en la ausencia de esperanza, relajarnos en la muerte, no resistirnos al hecho de que las cosas se acaban, de que las cosas pasan, de que no tienen sustancia duradera, de que todo está cambiando constantemente: éste es el mensaje básico.”

Y para los que estéis tratando de entender la felicidad, esta charla es maravillosa 😉

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Si te ha gustado, aquí podrás encontrar una entrevista a Virginia Gawel en la que habla de Pema y de este libro. ¡Que lo disfrutes!

Pema Chödrön

Fuente: Virginia Gawel

Hatha Yoga, el origen de las asanas

padmasanaCuando hablamos de yoga en occidente, la primera imagen que nos viene a la cabeza suele ser la de una persona en una posición extraña (asanas), ya sea haciendo el pino sobre su cabeza  o sentada con las piernas cruzadas de un modo que puede parecer imposible, o cuanto menos lesivo para la mayoría de seres humanos.

Cada vez más se está tratando de cambiar esta percepción. Podemos encontrar en internet multitud de artículos en los que se habla del yoga, entendido como práctica espiritual, como técnica para controlar la mente o como método para restablecer la salud física.

Desde el punto de vista de los grandes yoguis, tales como Swami Sivananda, Sri Aurobindo, Paramahansa Yogananda… el yoga es una ciencia.

Una ciencia, a diferencia de una filosofía, implica una metodología práctica, una tecnología. Y toda tecnología precisa de herramientas que, en el caso del Hatha yoga, dan origen a las asanas, pranayamas, meditación, y otros métodos de introspección.

Estas herramientas sirven a un fin, no son el objetivo per se. Por hacer una analogía con un tema que me resulta cercano:

En fotografía precisamos de una herramienta que es la cámara (el cuerpo). Podemos conocer nuestra cámara en profundidad, todas sus funciones y posibilidades, pero si no conocemos el comportamiento de la luz (mente) este conocimiento no sirve de nada.

Aun teniendo el conocimiento teórico, puede que las fotos carezcan de vida, pues quien crea una foto es la persona que está detrás de la cámara, detrás de la mente. Observando y reconociéndose a sí misma en aquello que tiene delante. Esto es lo que hace de una fotografía algo más, algo mágico, algo vivo y eterno, aunque nunca llegue a materializarse… Este es el objetivo del yoga, la presencia, la ciencia de la inmortalidad.

La verdadera espiritualidad consiste en ver más allá de nuestras limitaciones, y es por eso que a los sabios en India se los conoce como rishis (videntes).

Fueron estos rishis los que descubrieron que absolutamente todo en el universo es energía vibrando a diferentes niveles. La ilusión del mundo material está causada por una percepción limitada de nuestra mente.

A pesar del esfuerzo que se está haciendo hoy en día por devolver al yoga su significado original, sigue habiendo una visión materialista en lo que a la parte más básica del Hatha Yoga se refiere, las posturas corporales o asanas.

En la actualidad la inmensa mayoría de la literatura relacionada con las asanas, está orientada a hacer una descripción biomecánica de las mismas. Si buscas un libro sobre el tema, es altamente probable que las encuentres clasificadas en función de su efecto a nivel físico, ya sean aperturas de caderas, torsiones, flexión hacia delante y hacia atrás…

2100 asanas

Es como consecuencia de esta visión que cada vez proliferan más estilos de yoga alejados de la tradición. Implican cientos de asanas que permiten estirar, fortalecer y en definitiva crear un cuerpo más sano, pero al mismo tiempo se alejan del propósito original.

Muchas de estas “nuevas asanas” nos ayudan a poder realizar las asanas tradicionales. Gracias a la incorporación de elementos como cinturones, bloques, bolsters, etc. podemos acercar el mundo del yoga a personas de todas las edades y condiciones físicas. De modo que salirse de la tradición está justificado, ocasionalmente, siempre que se recuerde el motivo por el que se está haciendo.

¿Qué es exactamente lo que dice la tradición sobre las asanas?

Si nos vamos a la raíz de este sistema, podemos comprobar que el termino Hatha significa “sol (ha) y luna (tha)”. Hatha yoga es la unión entre el sol y la luna. Una representación simbólica que hace referencia a la polaridad de la energía, al aspecto positivo y negativo de la misma.

Anatomía energética

Los rishis descubrieron que la energía se comporta de una forma determinada, y que esta polaridad tiene un efecto concreto sobre cómo fluye en nuestros cuerpos. Establecieron así nuestra anatomía energética. Determinaron que el prana (la forma con la que denominaron a la energía) se mueve a través de canales llamados nadis. Y que en diferentes puntos donde estos nadis convergen, el prana se concentra de forma notable. A estos “vórtices energéticos” los llamaron chakras.

Se dieron cuenta también, de que posicionando el cuerpo de una forma concreta, podían controlar el prana dirigiéndolo conscientemente a los diferentes chakras, y que cuando la energía se concentraba en estos puntos, podían acceder a estados mentales que aportan armonía, equilibrio y paz interior. Este es el origen de las asanas.

Para acceder a estos estados es necesario permanecer en las asanas durante un tiempo determinado, de forma estática, inmóviles. El yoga nunca fue planteado para realizarse en movimiento.

Imagina que quieres ver un programa en la televisión. Además del aparato físico, necesitas una antena orientada en una posición concreta para poder captar la señal. ¿Qué es lo que sucede si cambias la posición de la antena constantemente? Seguramente te pierdas el programa.

Del mismo modo nuestro cuerpo funciona como una antena, y el programa son esos estados mentales que buscamos en yoga. Si no paras de moverte, tendrás buena salud y una sensación de calma interna creada por el ejercicio físico, pero te estarás perdiendo la esencia de esta maravillosa práctica.

Las asanas fundamentales pueden encontrarse en textos clásicos como Hatha Yoga Pradipika o Gheranda Samhita. Algunos libros de Swami Sivananda como «Asanas» o «Kundalini Yoga» explican el funcionamiento de la energía en las diferentes posiciones. En «Asana, Pranayama, Mudra y Bhanda» de Swami Satyananda vienen, un poco superficialmente, las correspondencias de cada asana con sus respectivos chakras.

 

Reintegrando lo bueno que hay en nosotros mismos (y estamos proyecto hacia fuera)

Hace unos meses empecé a leer “Un curso de milagros”. Cada día leo unas páginas, y cada día encuentro algo que me hace entender un poco mejor lo que ya se está integrando dentro de  mí.

Cuando te explican qué son las proyecciones, y cómo nuestra realidad es una “constante proyección”, generalmente lo entendemos a nivel cognitivo. Pero raras veces cala en nosotros de verdad. Como con la mayoría de “comprensiones” importantes en nuestra vida, tiene que ser vivido. Tiene que ser comprendido a nivel mental, emocional y corporal.

Y cuando pasa esto,  llega un momento en el que empiezas a “ver” en proyecciones. Todo es una proyección, tu mismo eres una proyección de otros, y los otros son tus propias proyecciones. Y esto es mágico, ya que tenemos el maestro siempre ante nuestros ojos. Si quieres saber quién eres, cómo eres, y qué tienes que integrar… sólo has de observar lo que sucede ante ti. Hasta las cosas inanimadas son buenos maestros. Párate, baja las revoluciones de tu pensamiento, y diviértete viendo la película de tu vida.

proyección

 

La proyección en “Un curso de milagros”

Básicamente nos dice que cuando no encontramos con alguien… “tal como lo consideres a él, así te consideras a ti mismo. Tal como pienses en él, así pensarás de ti mismo. Nunca te olvides de esto, pues en tus semejantes, o bien te encuentras a ti mismo, o bien te pierdes a ti mismo”. Cada encuentro es una oportunidad para salvarnos, para integrar algo dentro de nosotros.

El único objetivo que realmente hay en nuestra vida es conocernos a nosotros mismos. No hay nada más que buscar. Todo el mundo está buscándose a sí mismo y buscando el poder que cree haber perdido. El problema con que nos encontramos es que no es posible “encontrarnos” a nosotros mismos, si no es a través de otros. Nuestro ego nos miente tan bien, nos mentimos tan bien a nosotros mismos, que nuestro referente solo no es posible para conocer nuestra realidad.

“Siempre que estás con alguien, tienes una oportunidad más para encontrar tu poder. Tu poder están en él porque son tuyos. El ego trata de encontrarlos únicamente en ti porque no sabe dónde buscar”.

En Gestalt también se hacen muchos ejercicios de proyección para conocerse a uno mismo. Y contrario a lo que pudiera parecer, nos cuesta más ver los elementos positivos que proyectamos en otros y creemos que nosotros no tenemos, que los elementos negativos.

 

Reapropiarse de todo lo bueno que hay en nosotros, pero que no vemos

Si alguien te cae mal, provoca tu enfado o te “chirría”, está claro que ahí hay algo que está resonando en ti. Hay un elemento “negativo” que no queremos ver en nosotros mismos y estamos proyectando en el otro. En los últimos meses he tenido muchas “comprensiones” de este estilo, y generalmente no me cuesta nada asumir estos descubrimientos, como mi deslealtad a mi misma, el miedo, la vergüenza, la culpa, la ira… Y tantos otros.

Pero es algo muy distinto asumir que nos hemos “separado” de nuestros atributos “positivos”. Que hemos renegado de nuestra ternura, la confianza, la coherencia, la dulzura, la seguridad… Estos “descubrimientos” suelen venir acompañados de amargura y tristeza. Porque nos hace conscientes de las cosas a las que tuvimos que renunciar, probablemente en nuestra infancia, para poder sobrevivir.

Y son mucho más difíciles de identificar. Es fácil ver cuando una persona nos “chirría”, y preguntarnos: “¿Qué hay de mi misma en esta persona?”. Tratar de ver las partes positivas alienadas es complejo, porque no hay nada que nos chirría, y generalmente tenemos que atravesar tabúes que no todo el mundo está dispuesto a ver.

Generalmente estas alienaciones las vamos a identificar cuando nos enamoramos. Y no hablo de una relación estable, de nuestro novio/a o marido/mujer. Me refiero a los enamoramientos que se presentan en nuestra vida diaria, que pueden durar minutos, y que no tienen nada que ver con nuestra pareja o nuestra vida “romántica”. Por eso, si queremos ver estas proyecciones, tenemos que aceptar primero que nos enamoramos cada día, de muchas personas, al margen de nuestra pareja.

Todos hemos vivido el encontrarnos con alguien y sentir un flechazo. Y sentir verdadero amor o atracción hacia esa persona. Que puede ser un compañero de trabajo o el camarero de un bar. Sentimos un flechazo, una verdadera atracción. Lo que generalmente solemos hacer es desviar corriendo la mirada, apartar la vista y hacer como que no ha pasado nada. No nos gusta que algo nos desestabilice, y reaccionamos tratando de devolver la calma a nuestro organismo.

El truco aquí es no hacerlo. Aguantar un poco más de lo que estaríamos dispuestos, para ver a dónde nos lleva esa conexión, y luego preguntarle a nuestro corazón, como ya comenté en otro post. La pregunta aquí sería: “¿Qué he escondido, a qué he renunciado o qué me han quitado, que me está mostrando esta persona?“. Aunque no os lo creáis, en seguida van apareciendo las palabras en tu mente. Es inmediato.

No hace falta que lo hagáis en el momento, lo podéis hacer más tarde. Os tumbáis en un lugar cómodo, y os relajáis. Pensáis en esa persona, os concentráis en ella, y os hacéis la pregunta. Lo podéis hacer también con personas del pasado.

Seguro que la respuesta os sorprenderá. Y ya os advierto que enfrentarte a todas esas cosas “buenas” que estamos proyectando en otros, porque pensamos que no están en nosotros, es doloroso. Pero es el único camino para poder volver a apropiarse de ellas.

Por eso me gusta tanto la biodanza, porque se dan cientos de oportunidades para verte a ti mismo en el otro. En cada clase unos te despiertan la rabia, otros la dulzura, otros la pasión… Y no significa que te tengas que pelear con ellos, o tengas que tener sexo con un compañero. La “magia” de desvanece al terminar la clase. Pero durante el encuentro con el compañero, vives intensamente todas esas emociones y sensaciones en tu cuerpo. Si tuviera que describir qué es para mi la biodanza, diría que es el integrador más potente que hay. Todo lo que no eres capaz vivenciar en el día a día, lo integras en la biodanza.

“Biodanza más que una terapia es La Ceremonia del encuentro humano.” Ronaldo Toro

Ilustración: https://www.youtube.com/watch?v=hdXNlXm51AI