Mudanzas (III)

Debe haber por ahí, seguro que hay, un estudio de Harvard o un artículo de la revista Saber vivir afirmando que las mudanzas son perjudiciales para la salud. Como los cigarrillos o el dióxido de carbono. Las mudanzas generan un nivel disparado de estrés porque somos animales de costumbres y posesión territorial. Una vez que hemos logrado armar la guarida sólo una mudanza nos sacará de ella.

2018

La última mudanza estuvo precedida por una batería de dificultades. Luego de ocho años en Sebastián Elcano, había llegado el momento de marcharse. No era parte del plan, no era lo deseado. That´s life.

El dueño del piso, embriagado con burbujas inmobiliarias, nos había anunciado un súbito aumento del precio. A partir de enero del 2019, pasaríamos a pagar unos 1.300 o 1.400 euros mensuales. Oigo la voz de mi casero: “con vosotros estoy perdiendo dinero…dejo de ingresar una suma importante cada mes…si publicase la oferta del piso por internet no duraría más que unos minutos”. Por teléfono intenté explicarle mi situación: el paro, la niña en la escuela primaria, mi mujer que es autónoma. Fue en vano, él también tenía sus problemas y los míos, antes o después, se resolverían. «Para algo eres joven -dijo- tienes tiempo para levantarte e incluso para triunfar. Alguien como tú, con esa preparación, es capaz de superar cualquier bache».

En ese momento, lo último que quería escuchar eran monsergas pequeño burguesas de un avaro aprendiz del coaching.

Una preocupación giraba sobre mi cabeza, a dónde carajo nos iríamos a vivir.

El centro de Madrid, atiborrado de alquileres turísticos y con los precios por las nubes, echaba a vecinos como nosotros a mansalva. Los programas periodísticos hablaban de desahucios, de fondos de inversión que compran bloques de edificios en Lavapiés como si fueran caramelos, de procesos gentrificación y doctrinas del shock. Distintas plataformas de afectados se reunían todos los jueves ante el Congreso de los Diputados para reclamar.

Sin posibilidades de acceder a un crédito hipotecario, estábamos abocados a una mudanza hacia el extrarradio. A quince o veinte kilómetros al sur de Madrid, los alquileres pueden bajar hasta un cuarenta por ciento pero uno, eso sentía yo, está lejos de todo. Se trataba de quemar las naves y empezar de nuevo.

Estaba la opción de convertirnos en neo rurales, pero yo sabía que entre las cabras y el monte no duraría ni dos telediarios. Adiós a las librerías, al ruido constante, a sentir bajo la suela del zapato como late la bestia.

Donde yo crecí, donde siempre he vivido, hubo y hay tiendas de libros abiertas todo el día, teatros, cines, peatonales sucias, monumentos cagados por las palomas, tipos raros que deambulan por la calle, locos que hablan solos. Estas escenas han adornado desde joven mis fantasías: los beatniks, el cabaret político, las crónicas de vidas marginales, los grafitis, la cultura rock. Un caldo así sólo puede revolverse en la olla urbana y la sola perspectiva de irme a vivir a una de esas pseudo ciudades dormitorio, rodeadas de autopistas y centros comerciales, me ponía los pelos de punta.

Como dice mi amigo Juan Ignacio, a propósito de lo que oyó una vez de una colega de trabajo congoleña, problemas de blancos.

Cruzar el río

Al cabo de dos años desde la muerte de mi viejo, pude hacerme con unos dineros que no quería apresurarme en gastar. Estaría bien destinarlos a una vivienda. Eso pensaba. La experiencia de estar desempleado, de trabajar por chirolas y de no ver luz en un túnel personal se estaba alargando, había hecho estragos en mi estado de ánimo. La lectura de la trilogía Vernon Subutex, parida por la letal Virginie Despentes, aumentaba mi pesimismo. Al igual que el protagonista de la novela, yo también veía el riesgo de hundirme en la precariedad.

Mi mujer tenía unos ahorros, mis suegros nos podían echar una mano económica, ¿podíamos permitirnos soñar con un lugar propio? ¿Dejar atrás la sangría de los alquileres? ¿Mudarnos, quizá, de manera definitiva?

La búsqueda de un piso decente en la zona cercana al cole de mi hija fue tarea de Laura. Ella me imploraba que me sentase a su lado para mirar las fotos publicadas en internet y yo me escaqueaba todo lo que podía. Su deseo, imperturbable, aún en la desesperanza, contrastaba con mi pereza y mi apelación al pensamiento mágico: Si tiene que aparecer, aparecerá; pero si no es el momento, no es.

Recuerdo que en las caminatas por Arganzuela iba siempre con la mirada hacia arriba esperando encontrar una señal que confirmara mi intuición. La fantasía era dar con un cartel de puño y letra del propietario, con apuros por vender, y sin tener que lidiar con inmobiliarias.

Poco a poco nuestras aspiraciones de vivir en la margen derecha del Manzanares fueron dando paso a la lúcida y necesaria decisión de cruzar el río.

Una serie de eventos inesperados nos condujeron al encuentro de una ex participante del Gran Hermano, devenida en agente inmobiliaria, una pareja de personas mayores sin ganas de rizar el rizo y nuestra amiga, gran arquitecta, diseñadora, napolitana, Simona. Éstos fueron los engranajes de la historia y habría muchas formas de contar cómo fue que terminamos comprando el piso en el que ahora vivimos y qué significó atravesar los mil y un avatares propios de una reforma integral.

Voy a ahorrarles las partes más truculentas del asunto, para centrarme en tres momentos y principios que resumen la odisea.

Momentos, actos, principios

Primer acto

Despertarme en mitad de la noche, meses antes de la mudanza, para atender las ansiedades del momento. Revisar la lata en la que íbamos guardando el dinero para comprar el apartamento. Contar los billetes cada día y anotar las sumas en un pequeño cuaderno forrado de color violeta. Anotaciones en bolígrafo (azul o negro) separadas en tres columnas. Sueños recurrentes con asaltos, incendios, terremotos. Una día llegaron a ser tantos los billetes sobre la cama que aquello parecía la peli Casino de Scorsese.

Primer Principio

El dinero es energía y como tal se acumula, se dispersa, se desperdicia, fluye, se estanca, se disuelve, se desintegraSe gasta, se agota.

Segundo acto

Simona supervisando la obra. Simona como directora de orquesta. Simona intentando explicarle al jefe de obra -machista recalcitrante- la diferencia que hay entre una pared recta y una torcida. Simona con una cinta métrica en la mano y un nivel en la otra. Simona sonriendo ante la adversidad. Simona metida en una trinchera con el barro hasta la cintura. Simona entregándonos la llave cuando la pesadilla terminó. Simona y su estandarte: Per aspera ad astra A través del esfuerzo, el triunfo»).

Segundo Principio

Al igual que las mudanzas, las obras de reforma son perjudiciales para la salud. Se sabe cuándo empiezan, jamás cuándo acaban. Como casi todas las galaxias, más allá de nuestra Vía Láctea, el presupuesto de una obra está siempre en expansión.Nos percatemos o no de ello.

Tercer Acto

Mis amigos gestaltistas Antonio y Fede cargando cajas de cartón en las que van mis libros. Unas, dos, treinta cajas pesadas. Tuvieron en sus manos mi único tesoro. Germán, otro amigo generoso, bajando una nevera seis pisos por escalera. Es el amigo habilidoso, montando lámparas, armando muebles, cantando un tango. Abel, amigo alado,con un destornillador en la mano no hay trasto del Ikea que se le resista. Su sola presencia fue un bálsamo, como cuando pasa un ángel y se hace el silencio. Cada día durante la mudanza, que se prolongó horas semanas noches, he pensado en las cosas, las poseídas, las compradas, las tiradas, las regaladas, las mudadas, las elegidas, las desechadas. También he pensado, sentido, a los amigos.Incluso a los que no estuvieron.

Tercer Principio

Las mudanzas ponen a prueba el carácter, la resistencia de las parejas, la solidez de las amistades. El acontecimiento de semejante cambio es siempre un jaleo, pero también es enseñanza: mejor andar por la vida ligero de equipaje.

Barrio de Comillas

Comillas, Carabanchel Bajo, a diez minutos del Puente de Toledo, es un barrio popular y tranquilo.

A un lado de mi nueva calle, las persianas bajas de Sastrería Pajares; la floristería Iris; tejidos y estores Pina; Lotería y Apuestas del Estado; Bar Los Pedroches; un cartel luminoso amarillo-verde con letras rojas del supermercado Ahorra Más. La basura rebalsa los contenedores de vidrio, cartón y plástico. En la esquina, una construcción de los ’80 de tres pisos con un cartel que pone Edificio Pili, al lado una fachada más antigua con balcones en los que se cuelga ropa puesta a secar; la ferretería Flosan; la escuela de pintura Stefan; la panadería Lola; el salón de belleza del Senor Wang, así sin “ñ”. Enfrente, la cafetería Bar Loly, en la que se escucha bachata a todas horas; la cafetería Belmy en la que no hay música; la peluquería dominicana Dando la Nota, anunciada en caracteres fluorescentes que bailan sobre unas corcheas y una clave de sol. En un cartel escrito con faltas de ortografía, adherido a la vidriera, se anuncia la venta de pelo humano y productos latinos.

En otras de las esquinas, el bar Jumess con el chino Andrés detrás de la barra y los parroquianos de siempre: una pareja madura que bebe gin tonics; tres marroquíes que se turnan en la máquina traga monedas, un par de ¿peruanos, ecuatorianos? con ropa deportiva. A veces están los hijos pequeños de Andrés haciendo la tarea o prendidos a una Tablet.  Aquí es donde veo los partidos del Barça, donde festejo con el puño cerrado, pero sin gritar, los goles de Messi.

Un mulato, con camiseta sin mangas y gorra de béisbol roja, está parado en la esquina. Melena afro, buena musculatura, dos collares de oro, reloj, anillos y pendientes haciendo juego. Pasa un coche deportivo lentamente, retumban los bajos de un regetón. El conductor y el de la esquina se ponen a charlar sin prisa alguna, ajenos a los coches que empiezan a formar fila detrás. Después de un par de minutos, intercambian un saludo y un gesto rápido con las manos. El de la esquina, guarda el dinero en el bolsillo delantero de su pantalón. El otro hace sonar el claxon a modo de despedida.

No tengo con quien intercambiar opiniones sobre el barrio, pero me gustaría conversar con el gigante negro que pide monedas en la puerta del supermercado. Se parece a Thelonious Monk, o mejor dicho al pianista después de haberse zampado a Miles Davis con su trompeta y todo. En su enorme mano el móvil parece un pastillero. Una vez le escuché hablar en su lengua natal, una catarata de sonidos dulces repleta de vocales. Se me ha metido en la cabeza que es originario de Gabón o de Zambia.

Durante los fines de semana, las calles circundantes al parque de Comillas se vacían como si entrasen en letargo. El parque, un terreno del tamaño de unos cuantos campos de fútbol, está rodeado de talleres mecánicos. Hacia el norte, más allá de un restaurante de comida china clausurado, los gitanos tienen el control del área. Al sur, después de una casa que fue convertida en una iglesia evangélica y un solar vacío pegado al bar Las Toledanas, los dominicanos son los que mandan.

A decir verdad, en todo el barrio los mismos rasgos: las viejas casas mezcladas con las más recientes, el olor a pollo frito y ajo, los trabajadores que a partir de las siete salen hacia sus coches mal aparcados sobre la acera, las chicas jóvenes que esperan los autobuses en las esquinas para llegar hasta el colegio.

Agradecimiento a mis cuarenta

 

Velas

 

Hoy cumplo 40 años, entro en lo que en Psicología del Desarrollo llaman la adultez. Atrás queda la infancia, la adolescencia y la juventud, tres etapas pasadas y una nueva por descubrir.

Ayer recapacitaba sobre ello y lo primero que me ha venido es una necesidad de agradecimiento. Y como si fuera un vendaval, en mi mente han comenzado a aparecer una serie de personas, espacios, lugares, palabras, momentos, a modo de fotograma, en distintos colores, ráfagas muy fugaces, destellos de amarillo, marrón, verde….  como si al tomar conciencia de que se acerca mi cumpleaños, de quién soy, el automático de la memoria me ha empezado a lanzar mensajes y recuerdos. 

Agradecimiento, esa es la palabra, y mientras la escribo, se me saltan las lágrimas, me sale el llanto y se me hace un nudo en la garganta. En este momento, aquí y ahora, agradecer es lo que necesito en mi vida.

Sentada en mi escritorio, el rincón de la casa que considero mi espacio, rodeada de libros, taza de té, fotos, desorden, pies descalzos, primavera que llega, la noche que todo lo calma, me siento más yo, me siento en mi lugar de escucha.

Agradecimiento a este espacio que me acoge, que me da sentido y calor, a todos los libros que leí completos, a los que dejé a medias porque no entendí, porque no me engancharon y a los que tanto me gustaron, prometí volver a leer y nunca lo hice. Gracias por crearme mundos a los que he escapado, por hacerme sonreír cuando estaba depre y por darme páginas y páginas de entendimiento en mi búsqueda.

Y porque el mundo está lleno de polaridades, agradezco también a esos escritos que quemé en una hoguera, encima de la tierra que los vio nacer y que me dieron libertad para volver a empezar, para escribir nuevos renglones y dibujar nuevos escenarios de mi vida.

 

 

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Gracias a mi familia. Mujeres y hombres del campo, trabajadores de la tierra, luchadores en un mundo de escasez, de guerra y de hambruna. Sé que os debo una mirada lenta, conoceros, saber de vuestras vidas, fechas, reconocerme como parte de vosotros; saber quién hay bajo los filtros de las pocas fotos amarillentas que conservo en los álbumes familiares.

Gracias Papa, por enseñarme a querer la tierra, las plantas por mostrarme que las cosas sencillas, son sencillas, y no necesitan de más adornos, están bien así y a que los árboles hay que hablarles desde el corazón y tocarle las hojas y acariciarlos para que den fruto.

A Mamá porque me gustaba y me gusta verte cantarina, por tu alegría, por decir lo que piensas sin que la lengua te pese, por la espontaneidad y la creatividad para montar de un pantalón viejo un delantal. A los dos, por quererme, por darme la vida, la vida que tengo, la vida que soy.

A los bizcochos de manzana de tía Bibi, por tu ternura, porque te llevo en mi corazón, porque estás conmigo en muchos momentos de mi vida. A mis amigos con los que crecí y sigo creciendo. A los que ya no son mis amigos por entender que en la vida, los caminos se cruzan y a veces se separan. A mis amores, desamores, novios, parejas, ex parejas, princesas y príncipes que pasaron por mi vida y yo por la de ellos, porque aprendí a distinguir entre amor, pasión, deseo, ternura, cariño, celos, infidelidad, amistad con roce, sin roce y todo a la vez mezclado. Un sinfín de emociones que hoy me hacen vivir el amor con mayor libertad y conciencia.

A los viajes que he podido hacer, que he disfrutado, a los países que se me han quedado grabados en la piel y a la gente con la que he compartido. Gracias México, Chile con vosotros renací unas cuantas vidas, me quitasteis las arrugas. Nani, Miguel, Vanesa, Cintia, Fausto, Santiago, Cintia, Gisela, Ingeniosos… a la Cordillera, con mayúscula por tu fuerza, tu grandeza, porque eres el gran santuario de altura, a Nestor por tu manera de vivir en libertad, a Juan, Trekking Club por enseñarme que no hace falta buscar fuera, que todo está dentro y que la montaña es un lugar sagrado donde los dioses nos saludan al caminar, y la senda, un laberinto donde hay que seguir con confianza, intuición y amor

A mi familia de gestálticos, satianos y exploradores, por quererme como soy, por hacerme crecer, porque sois muy bonitos. Juan Shambhala, Marien, Sonia, Rocio, Rafa, Sonia 8 bicicletas, sois todo corazón y melón.

Al cielo que miro, a los balcones con flores, a Alberto por crecer juntos, por tu escucha, por cuidarme, a Vanesa porque ser mamá es la sangre en tus venas… y qué se yo de eso, Ernesto por tu confianza infinita, a Tango, a los Joses, María, Regina, Diego…

A Estrella, mi estrella, con la que hablo, la que me escucha, la que me ve, con la que me dejo ser. A Claudio, Maribel, Olga, María, Gerardo …

 

A mis maestros, a cada uno de vosotros, que me habéis ayudado a ser quien soy, a cumplir mis 40…tanto, tanto… gracias a la vida. 

 

 

 

 

 

La conciencia testigo

¿Todo cambia?

En este mundo todo cambia. Si observamos el proceso de apertura y decaimiento de una flor lo podemos ver claramente. Sin embargo, aunque sabemos que, por ejemplo, las montañas también están en un constante proceso de erosión y transformación, ya no resulta tan evidente a simple vista. El caso es que sabemos a ciencia cierta que nada de lo que vemos, tocamos o percibimos a través de los sentidos es eterno y afortunadamente tampoco los pensamientos son eternos, aunque a veces de tan repetitivos lo parezcan. Pero existe algo capaz de observar todos esos cambios y a ese algo lo llamamos Conciencia testigo.

La Conciencia testigo no cambia

En la sabiduría no-dual del vedānta se dice:

“La forma es lo percibido y la mirada es la que la percibe. Esta mirada es ahora lo percibido y la mente es la que la percibe. La mente con sus modificaciones es percibida y la Conciencia-Testigo la que percibe, sin ser percibida a su vez.” (Dṛg- dṛśya- viveka, 1).

Este es un ejercicio que podemos realizar de modo práctico. Vamos allá: observa un objeto y date cuenta de su color y forma. Ahora observa la mirada, la capacidad del ojo para percibir el objeto. ¿Quién se da cuenta de esta percepción? Es la mente la que se da cuenta de como el ojo ve, el oído oye, etc… Observa como incluso con los ojos cerrados aparecen y desaparecen constantemente varios pensamientos. ¿Quién observa la mente que piensa?

Aquí es donde el advaita vedānta nos habla de un observador último al que denomina Conciencia testigo. Es la Conciencia que hace posible toda la secuencia de percepciones y que hace posible la observación, sin embargo ya no hay otra Conciencia que es consciente de Ella sino que Ella misma es autoconsciente. Es a esta Conciencia última a la que se le llama Conciencia Testigo.

La conciencia se da cuenta

Todo en este mundo está en constante cambio pero hay una conciencia que se da cuenta de todos estos cambios sin ser a su vez alterada. Un ojo no ve de por sí, el oído no oye de por sí, la mente no piensa por sí misma, etc. sino que hay Algo, una Energía por la que el ojo ve, el oído oye, la mente piensa… Sin embargo, en el caso de la mente, tendemos a identificarla con el cuerpo y con las habilidades cognitivas, las emociones y en definitiva con la personalidad limitada que denominamos “yo” y a causa de esta identificación, creemos que la mente tienen luz propia. Cuando decimos “yo veo este objeto”, “yo escucho esta música”, “yo pienso esto”… ¿Quién es ese “yo”?

La luz de la Conciencia

A menudo identificamos el “yo” con el cuerpo, la personalidad y las características limitadas que hemos atribuido a una Conciencia que es en realidad infinita y sin la cual no habría posibilidad de percibir, hacer, pensar… Sería algo así como el reflejo del sol en un espejo cuyos rayos rebotaran en una habitación oscura que a causa del reflejo de la luz del espejo se viese iluminada. En esta imagen que nos brinda la propia tradición, la habitación sería el cuerpo, el espejo la mente más sutil y el sol la Conciencia Testigo.

El cuerpo actúa gracias a la mente que ejecuta sus órdenes, pero a la vez esta recibe la luz de la Conciencia última que le da la capacidad de ser consciente. ¿Podría ser que todo lo que suelo considerar como “yo” fuera en realidad una expresión de una misma Conciencia en todos los seres, una Conciencia que parece presentarse bajo múltiples formas y nombres, aunque en realidad es una sola? Como el sol que ilumina múltiples objetos siendo él uno solo. Quita el nombre y la forma de todo cuanto percibes y lo que queda, Aquello es lo Eterno, tu Esencia última, lo que permanece dándose cuenta de todos los cambios.

A la práctica

Preguntarnos con honestidad

Todos estas cuestiones corren el riesgo de convertirse en una abstracción del pensamiento que se divierte creando este tipo de argumentos, a menos que estemos dispuestos a preguntarnos con honestidad, con sinceridad, dispuestos a no recibir respuesta, a soltarnos al Misterio. Revisar en mis acciones ¿qué me permite ver?, ¿qué me permite pensar?, ¿impelido por qué clase de energía respiro?, etc. Cuando me respondo “yo”, ¿a qué me refiero?, ¿a mi nombre, mi cuerpo?, mi personalidad?… y si no aceptamos ninguna de estas respuestas ¿qué es lo que queda? Tal como han planteado algunos sabios, ¿quien era “yo” antes de nacer?, ¿dónde estaba?, ¿quién soy mientras duermo profundamente sin ni siquiera soñar nada?

El pensar sinceramente en todo este tipo de cuestiones nos permite desapegarnos del automatismo de pensar que “yo hago, digo, pienso, percibo y siento” y darnos cuenta de ese algo mayor que el pequeño “yo”, que hace posible que “yo haga, diga, piense, perciba y sienta”.

La autoindagación constituye por sí misma una práctica muy valiosa que nos conduce al reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza.

“Con la desaparición de la identificación con el cuerpo y el conocerse como Conciencia suprema, donde sea que se dirija la mente habrá experiencia de samādhi (vivirse como Pura Conciencia)”. (Dṛg- dṛśya- viveka,verso 30)

El yoga como herramienta

La práctica del yoga nos puede proporcionar un espacio y unas técnicas para ir quitando las capas de cebolla con las que nos identificamos y llegar al núcleo, a la Conciencia testigo que observa todos los procesos mentales, que al ser observados se disuelven.

Observar el cuerpo al hacer una postura y observar aún la mente que se da cuenta de esa postura, la mente con todos sus pensamientos que tal vez huye de la postura a través de otros pensamientos o a través de sus juicios, da lugar a una práctica del yoga dirigida a purificar la mente y nos acerca a la posibilidad de descubrirnos como Conciencia testigo. Los objetos, el cuerpo, la mente,etc. cambian, pero el Testigo no cambia. Lo mismo podemos aplicar a los ejercicios de prāṇāyāma (control de la respiración) o si hacemos alguna práctica meditativa. Y, sobre todo, en nuestra vida diaria, en cualquiera de nuestras acciones cotidianas. La observación es fundamental porque es la observación la que nos devuelve a nuestra verdadera naturaleza, al hecho de Ser, Testigos de todo lo que aparece y desaparece.

Lo escrito

Paso revista a los artículos que escribí para Psiquentelequia. En lo escrito casi no ha variado el tema. Exceptuando “Nietzsche, Dioniso y la vida como obra de arte”, todos los artículos se refieren a mí. A mis rollos, mis miedos, mis deseos, mi amor, mis mierdas. Tantos “mi” que resulta empalagoso.

La primera vez que publiqué en este blog estaba nervioso por hacerlo bien. Me escondí detrás de Nietzsche para quedar guay: leo filosofía, conozco el mundo griego, valoro la cultura clásica, aquí están mis credenciales, bla, bla, bla. Usé esa máscara, monté ese teatro para presentarme. No duró mucho. Lo que yo quería era hablar de mí y no pasarme todo el rato citando a Séneca o a Suetonio. Así fue que comencé a mostrarme, a ponerme en la diana.

El acto de escribir sobre uno mismo parte de un gesto narcisista. Alimenta a una parte del ego que desea ser mirada, admirada. Considerar que la vida personal pueda ser narrada y divulgada tiene también un punto de exhibicionismo. “¡Hey, miren, soy Yo, la pera limonera y mi vida relatada!”.

Paradójicamente, escribir sobre uno mismo es un acto de humildad en la medida en que significa reconocer que uno no tiene más capacidad que esa: escribir sobre lo que a uno resulta más próximo, medianamente conocido. En lo escrito está mi experiencia, lisa y llanamente, porque carezco de una imaginación frondosa. Tampoco es que tenga mucha idea de quién soy cuando escribo o mejor dicho, no sé exactamente qué papel intento hacer: ¿Soy fiel a los hechos tal como aparecen narrados?, ¿Dónde estoy situado cuando escribo sobre mí?, ¿Qué verdades oculto por temor a dañar mi imagen?

En dos artículos de Psiquentelequia hablo de la muerte, el duelo por mi padre y la despedida de un amigo que tuvo cáncer. Otro artículo es una carta dirigida a mi madre, hay unos relatos sobre cómo viví los mundiales de fútbol, textos sobre los amigos, los sueños, la felicidad en las redes sociales, los abrazos, la Gestalt. Un artículo sobre la generación X. Tres artículos sobre qué significa ser hombre -si es que significa algo en concreto-, las nuevas masculinidades y las relaciones con el feminismo.

Es un fenómeno conocido, uno no puede ser neutral ni objetivo. Es algo inevitable proyectar la imagen propia en todo lo que uno escribe. En vez de utilizar todo tipo de trucos para intentar borrarse uno, más vale aceptarlo y exponerlo.

La fórmula Duchamp

Hace ya unos años, atravesando alguna de mis crisis existenciales, comencé a mostrar mis escritos en un blog que se llamó La fórmula Duchamp. El título remitía al artista francés Marcel Duchamp (1887-1968) y a su idea de la creación artística como resultado de la voluntad más allá del talento o la formación con la que se cuente. En la página de inicio me presentaba así:

“Me llamo Gregorio Saravia y padezco la dulce enfermedad literaria.

Como parte de la terapia me han recomendado escribir con la esperanza de que sirva como remedio.

Mientras tanto, digamos que intento aplicar la fórmula Duchamp, aquella que consiste en no cargar la vida con un peso excesivo. Un andar ligero de equipaje.

Lo de las reflexiones, comentarios y críticas, no es para tomárselo demasiado en serio. En todo caso, el oficio de reunir palabras está fuera de las reglas de validación científica y se reproduce de forma anárquica, epidémica.

Por momentos, se vuelve semejante a algunas enfermedades contagiosas.”

En aquella época, me esforzaba por copiar a Sebald en su rol de paseante que relata lo que ve. El problema era que lo que yo veía estaba todo teñido de una melancolía larga y apática. No tenía trabajo, fumaba demasiado y fantaseaba con regresar a la Argentina. Me sentía como un niño al que su padre le ha soltado la mano. Solo en casa, pasaba las mañanas clavado a la silla, masturbándome para anestesiar el dolor. Me había convertido en uno de esos adultos que repasan con nostalgia cada noche las aventuras del bachillerato. Aferrado a la escritura como a un clavo ardiendo, los textos de La fórmula Duchamp hablan de ausencias, de viajes, de lo que pudo haber sido y sobre todo de literatura.

Entre enero y diciembre de 2013, publiqué relatos sobre la escritora Victoria Ocampo, Roberto Arlt, Baudelaire, Bolaño, Perec, el cantante Manu Chao. Hay un texto sobre la temporada que viví en Londres y otro sobre el mes que pasé en París durante el 2007. Hay crónicas de viaje por Manhattan, Buenos Aires, Nueva York y algunos pueblos de Castilla La Mancha. Paseos por el Raval de Barcelona, el antiguo barrio de las Injurias de Madrid y la infancia en la casa grande de mi abuela.

De enero a mayo de 2014, ensayos sobre mi adolescencia, el fanatismo por Bob Marley y una operación de rodilla. También escribí algunas críticas de cine: El Gran Gatsby, Anna Karenina, Amour, Searching for Sugar Man, Blow Upy El Desencanto, una  joyita española de Jaime Chávarri sobre los excéntricos miembros de la familia Panero. Incluso me atreví con una obra de teatro: El Régimen del Pienso de La Zaranda, una compañía teatral andaluza.

Se puede decir que todos estos escritos, incluso los comentarios cinematográficos, son excrecencias de mi yo. Concesiones a ese individuo particular que lleva mi nombre y que aunque está seguro de que la vida es algo transitorio se aferra a la escritura con el afán de detener al tiempo.

 

Los cuadernos Gloria

Preparando cosas para una mudanza, encontré la caja donde los había guardado. Ahí estaban los cuadernos Gloria con espiral y tapas naranjas. Tenía 21 años cuando comencé a escribir esta suerte de diario. No es un diario al uso, más bien se trata de un batiburrillo de lecturas, comentarios, críticas, citas tomadas de los libros leídos, subrayados. Solía fragmentos largos de obras filosóficas y los analizaba. A veces me daba por la poesía o por escribir cosas personales. Llegué a completar 14 cuadernos Gloria, de 150 caras la mitad de ellos y el resto de 88. Son miles de líneas en las que veo mi sombra proyectada, la ventanita al infierno, los destellos de gozo. Siempre me dije que los releería algún día y que quizás fuera posible sacarles algún provecho. Ya no estoy tan seguro, pero ofrecen una descripción bastante fiel del joven que fui y  del tipo en el que me fui convirtiendo.

El primer cuaderno, de 1997, arranca con una cita de Baudelaire: sea cual fuere, embriágate de tu pasión.

Voy recorriendo las páginas, me impresiona mi letra, parecida a la de un niño de primaria, con las “a” y las “o” muy redondas, igual que las pancitas de la “d”. Usaba bolígrafo Bic negro o azul. Aparecen los nombres de Oscar Wilde, Rochefocauld, Cioran, Borges, Spinoza, Saer, Eco, Pessoa. Mis fluctuaciones anímicas, mis períodos de bajón. Lo escrito, incluso sin deseo. La angustia, la alegría, de estar vivo.

En el último cuaderno, de 2009, hay recortes con fotografías de una rana púrpura, una salamandra china, un ornitorrinco, un solenodon paradoxus (el único mamífero capaz de inyectar veneno en sus presas). La entrada a un concierto de Many Fingers y Matt Elliot, 8 euros anticipada. Fotos de la casa de campo de Tarkovski en Myasnoye, Rusia. Una hoja de periódico en la que leo: “un extraño tiburón de aspecto prehistórico y 1,6 metros de largo salió ayer de las profundidades abisales en las que habita para morir poco después de haber sido capturado y grabado en las aguas de la reserva marina de Shizuoka, al sur de Japón”. Lo raro, lo anormal, lo que no encaja. Pensamientos parasitarios, centrífugos, una escritura que se va volviendo cada vez más fragmentaria, menos accesible. Obediente sólo a los movimientos espontáneos del alma.

Hacia el final del último cuaderno encuentro esta cita de Pizarnik: “que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado interesarme por este mundo.”

Que sea así Alejandra, nueve años después de escribirlo sigo anhelando lo mismo.

 

Memoria de los Mundiales (II)

 

Mi memoria de los Mundiales se entrelaza con hitos privados. En cada Mundial pasaron cosas significativas en mi vida o así lo veo ahora con esa plastilina que es la memoria tapándome los ojos. Separar en cuatrienios lo que es una misma alfombra de tiempo.

2002

Veintiséis años. Uf. Momento cumbre. Último año en Buenos Aires, preparativos para ir a estudiar a España. A las puertas de convertirme en extranjero. El extranjero, ser extranjero. Dejar Buenos Aires no fue fácil, vivía muy bien en pareja y estaba rodeado de amigos y familia. Tenía trabajo y amor. Era porteño, muy. Me sentía dentro de ese embutido salvaje, de esa ciudad de la furia. Andaba en sus calles, conocía los barrios. Paseaba de noche en un Ford Falcon con los cambios al volante. Fotografiaba casas antiguas, fachadas art decó y racionalistas. Los cines de la Avenida Corrientes. Pizza a las tres de la mañana. El enano que vendía números de la lotería. El tipo sin piernas que se arrastraba en un carrito y asustaba a los paseantes con sus gritos. Los travestis de Godoy Cruz. Las calles estrechas de Montserrat, los árboles de Palermo, los bares de Almagro, Balvanera y el Bajo. Después de una década de amistad, tenía muy claro que esa banda de amigos del colegio Salvador sería para siempre.

Antes del mundial, la AFA solicitó a la FIFA retirar la camiseta número 10, en honor a Maradona. Los argentinos empezamos a vivir en el recuerdo del pasado futbolero más que en el presente. A Corea llevamos un buen equipo, teníamos al mejor entrenador posible pero pasamos por la competición sin pena ni gloria. Los titulares de la prensa deportiva hablaron de Impotencia. En aquel momento no teníamos ni idea de cómo eso se volvería recurrente.

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2006

Vivir en el extranjero es reinventarse, quitarse la mochila de la identidad, borrón y cuenta nueva. Hay un período de gracia en el que esta fantasía es posible. Luego se cae en la cuenta de que no hay manera de escaparse de uno mismo. Cambian los paisajes, las calles, las costumbres. Uno sigue con sus fantasmas, almuerza con sus manías y cena con sus obsesiones. Los que no saben, piensan que la cultura española y la argentina se parecen mucho. No es cierto. Hablamos el mismo idioma pero con significados diferentes. Compartimos apellidos, historia colonial y algunas comidas. Nada más.

Madrid es ruidosa, canalla, hereje. “Tías en porretas; macarras mil; esto es la hostia; Sol de Madrid”, cantaba Miguel Abuelo. Empecé a vivir aquí cuando lo castizo resistía aún los embates del turismo masivo. El centro de la ciudad, una aldea. Lavapiés, Malasaña, Tribunal, las Vistillas, Noviciado, la calle del Pez. Noches interminables, resacas bestiales. Un tour de force por mil garitos durante el 2004. Porros a granel en el Parque del Retiro, al ritmo de las tumbadoras frente al lago. Entre el 2003 y el 2006 compartí pisos de alquiler con un mexicano, una brasileña, una chilena, una rumana, una suiza, un colombiano y un venezolano. Trabajaba en la universidad, hacía un doctorado y padecía a un director de tesis déspota y ciclotímico.

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Como en otros Mundiales, Argentina llevó a Alemania un equipo respetable. Nos tocó el grupo de la muerte con Holanda, Costa de Marfil y Serbia. Contra este último, ganamos seis a cero y nos convertimos en uno de los favoritos para ganar el torneo. Uno de los goles de esa tarde quedó para la historia por los 25 toques previos antes de que el balón besara la red, como dicen los poetas de la redonda. El partido decisivo fue contra los locales. El entrenador tomó una decisión polémica. Dejó en el banco de suplentes a Lionel Messi, futuro monarca del fulbo mundial, y apostó por Julio Cruz, un delantero espigado que había sido jardinero en sus pagos. Perdimos por penales. La final de la Copa fue el día antes de mi trigésimo cumpleaños. Había comprado ron, vodka y hielo suficiente como para poner ciego a un regimiento. Mi hermana y mi cuñado francés habían venido desde París para estar en el festejo. Fue una noche rara, muy calurosa. Teníamos todo preparado para brindar por el triunfo de Les Bleus hasta que Zinedine Zidane le dio un cabezazo a Materazzi y fue expulsado por aquel árbitro argentino cuyo nombre no recuerdo. Francia se vino abajo y ganaron los italianos. Años después, el defensor italiano confesó que había insultado a la hermana de Zizou. Picardía criolla.

Zidane

2010

Mi hija tenía tres años cuando veraneamos en unas playas nudistas de Almería. Final del Mundial, 11 de julio. Mi cumple, esta vez 34, fue en el Mediterráneo.  Entre dos Mundiales mi vida se había puesto patas para arriba, o mejor dicho, se estaba enderezando. Apareció una mujer, la MUJER. Noviazgo corto, febril, definitivo. Una pelirroja con aires a Isabelle Huppert, la boca de Fanny Ardant, porteña del barrio de Colegiales. En los madriles nos fuimos a encontrar. Como en el fútbol, también en la vida, el azar es la base de cosas importantes. Al principio sólo compartíamos la cama, pero yo para mis adentros, decía como Sal Paradise en On the road, “quiero casarme, quiero que mi alma repose junto a una buena mujer hasta que nos hagamos viejos. Esto no puede seguir así todo el tiempo. Este frenético deambular tiene que terminarse. Debemos llegar a algún sitio, encontrar algo”. Flipaba con eso. Me había cansado de que la única religión fuera el cuerpo de una mujer.

El embarazo nos pilló desprevenidos. Lo vivimos con temblor, organizando cosas prácticas, yendo al Ikea en autobús. Mudanza, cuna, bolso para el parto, nos íbamos conociendo un poquito más con la convivencia. En septiembre del 2007 nació la nena. Nada de lo que pueda decir condensa la experiencia. Creció el amor en mí, entre nosotros. Supongo que me volví más generoso, menos vanidoso. La manera en que me fui convirtiendo en padre continúa siendo un enigma. Tengo en claro algo, una cosa es ser progenitor y otra es ser padre. Yo no sé nada del oficio paterno pero se me saltan las lágrimas de emoción cuando la miro dormir, cuando recuerdo la primera vez que caminamos juntos de la mano o la luz de sus ojos mientras se toma un helado. Ser padre es asumir con todo el amor que puedas una responsabilidad grande. El que abandona no tiene premio. Los hijos vienen a hacer su vida y con ella nos regalan el privilegio de acompañarles. Hoy tengo la certeza de que la salud de mi hija es lo que más me importa en este mundo. Seguro que hay ideales mucho más trascendentales y causas morales más justificadas por su relevancia. No para mí.

El Mundial de Sudáfrica pasó a la historia por el Waka-Waka de Shakira, el Tiki-Taka de la Roja y el beso que el portero español le dio en vivo a una periodista deportiva. Luego resultó que era su novia y futura esposa. Por su parte, la cantante colombiana también iniciaría una relación amorosa con el central de la misma selección. Puro romanticismo en el aire. Como el del triunfo del juego de los locos bajitos. Tomala vos, dámela a mí y la pelota rodando sin cesar. El mago Iniesta, el ingeniero Xavi, un mediocampo legendario. Argentina había logrado reunir a las dos máximas estrellas de su fútbol: Diego Maradona como director de orquesta y Lionel Messi como primer violín. Con nuestra tendencia a la hipérbole, Dios Padre y Dios Hijo. Quedaba por ver en qué andaba el Espíritu Santo. La tarde en que perdimos 4-0 con Alemania, los argentinos nos volvimos ateos. El mito del eterno retorno maradoniano se derrumbó. Ya no podíamos recurrir a ÉL para que nos salve, para nos coloque nuevamente en lo más alto del fútbol competitivo. Nos habíamos quedado huérfanos del barrilete cósmico. El Diego de la Gente, el eterno 10, ya había cumplido con creces sus servicios a la patria futbolera. Había llegado el momento de descanso para el héroe. Del Espíritu Santo ninguna noticia. Al fútbol argentino “le había llegado la hora de enfrentar el mundo, los males, los empates, las pequeñas muertes peloteras sin la esperanza de la divinidad”. Eso dijo Martín Caparrós. No nos iba a resultar sencillo.

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2014

Aquel año fui entrando en una crisis existencial profunda. Suena a rollo kafkiano, freudiano y tal, pero era una sensación bastante concreta. Todo lo que había hecho o conocido, visto, leído o pensado aparecía ante mí en su más absoluta vacuidad. Me sentía como un grano de arena sobre la superficie irremediable del asfalto. Cada mañana me despertaba con ansiedad, la cabeza disparada imaginando los sinsentidos más inútiles. Fumaba en el balcón, miraba series de TV compulsivamente. Los Soprano, tres veces. Breaking Bad. Californication, Friends. Las tazas se acumulaban en el fregadero. No es que disfrutara del sabor a café o de la sensación del humo colándose en los pulmones, apenas lo notaba, se trataba de hacerlo, seguir la rutina. Peleas constantes con mi mujer, conmigo mismo. Estuve unos meses largos de otoño e invierno desempleado, fantaseando con irme de Madrid, huir a Buenos Aires. Ya eran diez años fuera del país. Los suficientes como para ya no ser de aquí ni de allá. Una nueva rotura de los ligamentos cruzados de la rodilla derecha. Las cosas fueron de mal en peor. A mi padre le diagnosticaron alzheimer y con mi hermana temíamos que mi madre terminase hundida cuidándole. ¿Qué coño es lo que había vuelto tan complicada a la vida?

Durante toda mi infancia y juventud me había esforzado por comprender, por cultivarme intelectualmente, ¿de qué servían Platón, Nietzsche o Schopenhauer?  Después de los 30 el tiempo había corrido más deprisa. Con 38, el tiempo ya no se encontraba con obstáculos, arrasaba con todo. Los días desaparecían a la velocidad de la pólvora. Antes de suspirar, llegarían los 40. Una puta mierda. ¿Qué quiero hacer?, ¿quién quiero ser?, ¿cómo quiero vivir?, ¿lo podré lograr?, ¿qué carajo hago?

Como cada cuatro años, el Mundial. Esta vez, para los argentinos, con el morbo añadido de que la sede fuera Brasil y entonces el sueño de ver a Messi levantando la copa en el Maracaná. El juego del equipo argentino frente a los bosnios, los iraníes y los nigerianos se destacó por la falta de rumbo. A la carencia de fútbol colectivo, la suplimos con el juego individual del 10 y las veces en que frotó la lámpara de Aladino. Desde que tenía 14 años, no había visto a la selección argentina clasificarse para las semifinales de un Mundial. Luego de un empate con Holanda, el arquero argentino atajó dos tiros en la tanda de penales y pasamos a la final. El rival otra vez Alemania, que venía de meterle siete goles al anfitrión Brasil, en una de las humillaciones más duras que sufrió un seleccionado sudamericano. Argentina tuvo oportunidades de vencer al combinado germano, pero al igual que 24 años antes caímos derrotados. La urgencia de gloria quedó pospuesta. Para la memoria futbolera quedaron tres hitos: la volea pifiada del Pipa Higuaín; la mala definición de Palacio por arriba del arquero alemán y la cara desencajada de Messi al ir a recoger la medalla por el segundo puesto.

Messi

 

Relaciones consentidas: sexo con sentido

Estoy tumbada en tu cama. Ha sido una quedada agradable entre amigos, aunque por momentos, un poco tensa. El vino ha ayudado a relajarme y a sentirme más cómoda y distendida. No es la primera cita ni la segunda, pero aún hay algo que me inquieta cuando nos quedamos los dos a solas.

No sé bien lo que es, pero a la mente me viene el cuento de Barba Azul: «no pases, no cruces la puerta. No te fíes». Algo en el estómago se cierra y se congela, pero no le hago caso y no capto las señales. Siempre es igual: no escuchamos la voz sabia del cuerpo. ¡Siempre quiere aguarnos la fiesta!¡Dejadme divertirme, -les susurro a mis tripas-no seais desconfiadas!

Comenzamos a besarnos, a morder la piel y a dejar caer la ropa. Poco a poco caen también los minutos y las palabras. Pasamos de caricias lentas a velocidad desmesurada. Poco recuerdo de los entremeses. Mucho del primer plato: frío. Muy frío.

Y de repente me estremezco. Recuerdo a mi ex, estoy en duelo. Le echo de menos y ya no quiero tenerte dentro. No fue a propósito, su imagen viene y me desconecto. Te pido que pares por favor, que me angustio, que no puedo… ni quiero… seguir en ese momento.

Pero mi NO se hizo mudo. No lo escuchas. Me dices: «tranquila, cálmate» y sigues moviéndote como si realmente no me escucharas. Lo intento de nuevo, te vuelvo la cara y manoteo  tu cuerpo para apartarlo. Más te empujo, más me aprietas.

Me desenergetizo, me vuelvo laxa, inmóvil y me echo a llorar. No sé si de impotencia, de vergüenza o de miedo. Pero ahí estoy: desnuda y frágil debajo de ti. Y tú como si nada. 

Paras sin terminar el orgasmo. Te me quitas de encima como quien se sacude una lapa. Me dices que te he desconcentrado y que soy una egoísta. Que parezco una cría y que no quieres saber de mí ya nada. Yo sigo llorando, tratando de explicarte, mientras mi cuerpo está temblando y no entiende lo que pasa. Me miras con desprecio y me dices que me vaya de tu casa.

Salgo. Son las 4 de la mañana.

Violaciones que no ocurren en la calle

Una mujer es violada cada ocho horas en España. Son datos oficiales del Ministerio del Interior que indica que en 2015 se computaron, al menos, 1.127 forzamientos.

¿Cuántos de todos ellos ocurrieron tras un primer consentimiento y una negativa posterior? ¿Cuántos de ellos son silenciados por un concepto de violencia sexual obsoleto y patriarcal?

Las conversaciones en los medios de comunicación giran en torno al sexo, aunque recordemos que la violación no es una relación sexual es una imposición de poder, que aumenta el estado de excitación sexual a través de forzar a un otro.

Por mucho que la vox populis opine que si al inicio de la interacción hubo consentimiento entonces no hay forzamiento, lo cierto es que el consentimiento es algo PROCESUAL, no algo fijo e inamovible. ¿O acaso si yo doy consentimiento para que mi hijo vaya a una excursión el viernes por la tarde y el viernes por la mañana decido que es mejor que no vaya por las condiciones del tiempo, está obligado a ir igualmente?

Lo que ambos consienten en primera instancia es una relación sexual placentera, divertida y cuidadosa. En el momento en que ese escenario cambia y la persona se siente forzada e incómoda, el consentimiento anterior queda absolutamente invalidado.

La sentencia del caso de La Manada ha abierto nuevamente la brecha del debate acerca de lo que en la Ley se entiende por violación, dejando ver cómo el inconsciente colectivo dominante sigue teniendo una imagen en la cabeza del «típico violador callejaro».

Así lo expresa claramente Samuel Mir, autor y director del film «Para» que muestra lo que ocurre cuando quien te viola es la persona con la que tienes una cita.

 

Parece que sólo podemos llamarlo así cuando desnudan a una mujer en la calle, la fuerzan sexualmente y la dejan tirada en una esquina. Pero hay muchas más formas y puede hacerlo tu pareja, tu amante, tu amigo o tu ligue de una noche”-señala.

Samuel Miró, quien ideó la trama a raíz de una experiencia personal similar, recuerda cómo él se sintió forzado en un determinado momento a continuar el coito cuando quería parar mientras estaba teniendo sexo casual con una chica.

«Yo, que peso cien kilos, pude zafarme y le pedí que se fuera. Pero pensé que, si la situación hubiera sido al revés, la mujer no hubiera podido pararme a mí. Un hombre hubiera seguido”.

Y es que algunos maltratos sexuales son más fáciles de identificar que otros. Cuando un desconocido trata de forzar a una mujer a mantener relaciones sexuales con él, generalmente la mujer identifica el maltrato. Sin embargo, cuando el maltrato proviene de una persona conocida, este es más difícil de identificar, includo para la víctima, que tiende a sentirse culpable y avergonzada.

El papel del porno como educador sexual

En la actulidad, con el acceso a Internet -tan fácil como quien compra chicles-, los y las adolescentes ya no tienen que descifrar el porno codificado del Plus ni ver a escondidas las revistas de Interview del vecino.

Nuestro entorno hipersexualizado, utiliza la sexualidad como medio de venta y como medio de humor. Todos creemos saber mucho de sexo, pues estamos expuestos a situaciones sexualizadas constantemente y, sin embargo, muy pocas veces se trata la sexualidad como vía para trabajar las habilidades sociales, el respeto, el cuidado, la confianza o la seguridad en uno mismo.

 

violencia sexual en la publicidad

El porno y la publicidad, -entre otros-, ha hecho mucho daño tanto a  hombres como a mujeres. Traslada un modelo de relación desigualitario en el que la mujer cumple una función de objeto sexual pasivo y receptivo disponible para el hombre siempre y se perpetúan los estereotipos de género llevados al extremo: el hombre es el que tiene el deseo sexual permanentemente y la mujer quien responde a ese deseo masculino.

Dicho contenido distorsiona lo que es la sexualidad y enquista estereotipos de género y prácticas sexuales no consentidas e insactifactorias para ambos.

En el disfrute mutuo está el placer

En esa búsqueda de lo positivo del sexo, basándose en el consentimiento placentero, y no en la parte negativa ni en el miedo. Erika Lust, pionera del cine porno feminista, lanzó junto a Pablo Dobner, su marido, el proyecto The Porn Conversation, una serie de recursos para ayudar a los padres a dar un paso más en la temida charla de sexo con sus hijos y hablar abiertamente de porno con ellos.

La web contiene herramientas en inglés, alemán, español e italiano divididas en función de la edad: menores de 11 años, de entre 11 y 15 y mayores de 15. A través de los recursos que ofrecen, los padres pueden tratar cuestiones tanto de desmitificación del porno como las relacionadas con el género y el cuidado mutuo.

  «El sexo siempre es mejor cuando lo haces con alguien en quien confías y que te trata con respeto” destaca Erika Lust.

Es contra el «mal sexo»: sexo insatisfactorio, mecánico, deshuamanizado y falocéntrico, –que limita nuestras zonas erógenas a los genitales, nos reduce a simples recipientes de fluidos y sirve únicamente de descarga tensional- donde hay que poner el foco en la educación sexual.

Todos merecemos reveindicar una buena sexualidad, disfrutable para ellos y para ellas. Y sobre todo deseada y satisfactoria, no sólo consentida.

Hay que dejar que el sexo fluya, que surja, que se transfome a cada minuto cuerpo a cuerpo. Que nazca, crezca y muera en cada acto, con total libertad. La sexualidad es comunicación y se trata de que por fin, tanto los hombres como las mujeres podamos comunicarnos en relaciones sexuales consentidas y con-sentido, por el mero hecho de quererlas y merecerlas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Memoria de los Mundiales (I)

Mi memoria de los Mundiales se entrelaza con hitos privados. En cada Mundial pasaron cosas significativas en mi vida o así lo veo ahora con esa plastilina que es la memoria. La arbitrariedad de los cuatrienios en una misma alfombra de tiempo.

Vaya por delante que a mí siempre me ha gustado mucho el fútbol, por épocas me ha apasionado. Durante la pubertad, asistí a una escuela de fútbol dirigida por un ex jugador de Independiente y a partir de allí siempre con ganas de jugar. En la primera infancia, es cierto, el fútbol no me interesaba. Tampoco venía en el pack de la cultura familiar. Mi padre no estuvo nunca en un estadio, ni gritó un gol, jamás jugamos a los pases en la plaza. Ni nos sentábamos a mirar las mejores jugadas de la fecha.

A mi viejo lo que le gustaba era leer. Llama a la puerta la vieja cantinela del fútbol y los intelectuales. Muchos de ellos lo desprecian y no entienden la excitación que despierta en las masas. Otros prefieren catalogarlo como un fenómeno propio de la sociedad del entretenimiento. Para éstos, el Mundial de Fútbol no es más que un espectáculo regido por las leyes de la mercadotecnia. Otros más románticos lo han definido como la máquina más aceitada de ficciones y entre ellas la de que todo un país se encuentra unido, más allá de sus clases sociales o conflictos internos, en torno a su seleccionado nacional.

También hay filósofos, pensadores, escritores, pro fútbol. Éstos suelen ser los peores, los más políticamente correctos y demagogos. Se salvan de la quema, los que antes de escribir sobre fútbol, lo practicaron.

En este junio de 2018 estoy viviendo mi undécimo Campeonato de la Fifa. Para los más despistados, Fifa es la organización internacional que gestiona el fútbol a nivel planetario. Lo que allí ordena y manda es el dinero, no la pelota. Han salido a la conquista del Este y todo indica que van con viento en popa. El negocio es boyante.

Mundiales

1978

Dos años. No tengo recuerdos directos. El Mundial se hizo en Argentina. Había una dictadura maldita. El seleccionado argentino se hizo con el triunfo final ante Holanda en medio de sospechas de partidos amañados. Los festejos, dicen hoy los organismos de derechos humanos, se entremezclaron con los gritos de dolor de los torturados y con el silencio de los desaparecidos. El ídolo fue Kempes, el Matador. Según me ha contado mi mamá, yo era un niño tranquilo criado entre personas mayores. Faltaba un año para que naciera mi hermana. Una tarde, según testimonio materno, descubrí la agresión. Tuve que enfrentarme a la superioridad física de un primo bastante más fuerte. Caí derrotado sin paliativos. A finales de los 70 no se hablaba de bullying. En un rapto de nostalgia, se podría agregar que el tiempo pasaba más lento. Mentira.

Kempes

1982

Seis años. Por cuestiones laborales de mi padre, nos trasladamos a vivir al norte del país. Salta, su ciudad natal. Anécdotas que reflejan mi extrañeza por ser el que llegó de la capital. Los porteños hablamos distinto, vestimos de otra forma, somos suaves de modales, «amariconados», según dijo uno, y soberbios. La guerra de las Malvinas. Las familias argentinas tejiendo medias de lana para los soldados. Colectas de tabletas de chocolate. El mundial se jugó en España. Todavía no me gustaba el fútbol pero en la pared de mi habitación puse una pegatina del Naranjito.

1986

Diez años. Mi abuelo salteño murió el día del padre, tercer domingo de junio. Me impresionó ver por primera vez llorando a mi papá. El mundial de México fue después de un terremoto en el DF. Maradona, Maradona y más Maradona. La mano de Dios. El gol imposible a los ingleses. ¿Revancha de la Guerra del Atlántico Sur? Las calles de la ciudad fueron una fiesta. El que no saltaba, era inglés. Esta vez, sin dictadura Argentina campeón. La película Héroes con Valeria Lynch cantando  “me das cada día más…alegría por el modo que tienes de amar…”. En un cuaderno Rivadavia de tapas duras, me dediqué a pegar recortes de revistas deportivas en las que aparecía Maradona. El fanatismo por el legendario 10, me condujo al acopio de imágenes. Diego posando junto a una Ferrari Testarossa pintada de negro, en una bañera llena de espuma, levantando la copa en el estadio Azteca, con un tapado de zorro en el aeropuerto Fiumicino. Saludando al Papa con sus rulos inflados.

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1990

Catorce años. Zapatillas blancas deportivas, colores flúor y estampados. Jogging de papel. Yo quería ser skater, pero sobre todo tener unas Reebok Classic, unas Nike Air Max o unas New Balance. La masturbación ocupaba una buena parte de mi tiempo. Frente al espejo del baño me explotaba los granos de la frente. Primer mundial reunido con los amigos del colegio. Maradona manteniendo la pelota en el aire a golpe de hombro antes de que Argentina, la vigente campeona, perdiese el partido inaugural contra Camerún. Maradona llorando en la final luego de la derrota ante la Alemania eficaz del máquina-total Lothar Matthäus. Aquel invierno, verano en Italia ’90, todos escuchábamos música techno. La variante house retumbaba en los parlantes de los boliches con onda. Lo más divertido era estar en la calle por la noche. Alejarse un poco del barrio para hacer excursiones urbanas.

1994

Dieciocho años. Con la aguja de tejer de mi abuela intentaba rascarme la pierna derecha escayolada. Mi primera gran lesión jugando: rotura de ligamento cruzado anterior. Me operó un tal Muguruza. Experto en poner caderas ortopédicas a las ancianas. La cicatriz en la rodilla derecha es aún hoy muy visible. Los amigos del cole vinieron a casa durante el mundial, como en el 90. Lo de las muletas era un incordio. Se me acalambraba la pierna de apoyo. La mayoría de nosotros teníamos el pelo largo, algunos, lo llevábamos grasiento. Durante la convalecencia, engordé 12 kilos. Era el último año de la secundaria y nos creíamos muy audaces. Los héroes del vino en tetrabrik. Yo parecía un Jim Morrison gordo. Aunque me han dicho cosas aún peores. No paraba de ir a recitales e intentaba curtir la contracultura rock. Una ingenuidad tierna, preciosa. El seleccionado albiceleste comenzó el mundial con todo. En el partido contra Grecia, Maradona, 34 años, hizo el tercer gol clavándola al ángulo. Luego llegaría el trágico control antidopaje y la detección de efedrina, un estimulante prohibido. Suspendido de la competición el Pelusa, terminamos el mundial llorando y viendo como en Estados Unidos fue Brasil la selección que levantó la copa.

1998

Veintidós años. Mi primer mundial con novia en serio. Argentina se enfrentó otra vez a los ingleses que buscaban revancha desde el Mundial del 86. Ganamos el partido por penales, lo cual es bastante similar a tener una amante por correspondencia o comer chocolate sin azúcar. Los puntos valen igual, pero no es lo mismo. Nos dejó afuera Holanda. Corría el minuto 89 de partido, cuando Bergkamp hizo un gran control y definió con displicencia. Como un cirujano bisturí en mano. Por aquellos meses, estaba en la mitad de mi carrera de abogacía. Muy diletante, disperso. Vago culposo. Lector compulsivo. Con ganas de viajar. Jugaba al fútbol los fines de semana. El campeonato del club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, el legendario G.E.B.A., rodeado de los bosques de Palermo, ganando y perdiendo partidos, pateando con los amigos. Tardes inolvidables, antes de que se acabará el siglo. La vida es buena.

Baires

2002

Veintiséis años. Uf. Momento cumbre en mi vida. Último año en Buenos Aires, preparativos para ir a estudiar a España…

CONTINUARÁ

Experiencia

Un famoso boxeador de mis pagos, el inefable Ringo Bonavena, decía que la experiencia es un peine que te dan cuando ya te quedaste calvo.  También había otra frase por el estilo que la sabiduría popular inmortalizó en una pared: “cuando supimos las respuestas, nos cambiaron las preguntas”. A lo largo de mi vida he tenido en muchas ocasiones la sensación de llegar tarde a las cosas porque todo discurre muy deprisa y yo soy lento.

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Decía mi madre ¡Ay Goyito, qué vueltero!, darle tantas vueltas a los temas lleva, en mi caso, a la neurosis. Ese punto de insatisfacción constante, la incomodidad que se produce por adelantar acontecimientos e imaginarlos antes que experimentarlos. La mecánica del deseo que se sostiene en la ficción de la promesa. Ahí está la trampa, se llama expectativa. Percibir el tiempo y el presente no como un don, sino como un obstáculo.

Los antiguos recomendaban no desear más que lo que uno ya tiene. El gran viaje de la vida comienza para el sabio precisamente en el lugar exacto en el que están sus pies plantados.

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Después de los cuarenta años, los meses comienzan como suelen comenzar todos los meses, de manera completamente discreta y silenciosa. El tiempo se acumula sin presentar ninguna fisura, ni marca de fuego.

Carezco de ese orden interior que permite tomar conciencia del curso de la vida pero a lo largo de ella me he enterado de algunas cosas:

Lo que sé

La experiencia de ser padre, contacto con un orden superior, con lo más sagrado del amor.

El acto de escribir es ingrato y decepcionante. Truman Capote comparaba la publicación de un libro con la experiencia de sacar a un niño a un parque y dispararle en la cabeza.

Desconfío de los políticos de toda época y lugar. Me resultan igualmente vomitivos el cinismo de la derecha y la inanidad de la izquierda. Como decía Nicanor Parra, “la izquierda y la derecha unidas, jamás serán vencidas”.

Artefactos, Parra, 1972

La tarea de las religiones siempre fue la misma, servir de consuelo a la humanidad que va directo al matadero.

La ironía se convierte en una frivolidad cuando uno abandona la juventud.

La solemnidad apesta como una cloaca.

La vida es fiebre de la materia. Un proceso incesante de descomposición y recomposición de moléculas.

Todo cambia y esto también pasará.

He visitado, cerca de Burdeos, la torre de piedra renacentista en la que Montaigne escribió sus Ensayos. Fue una tarde de júbilo. Al final de un largo camino de tierra, sentí la agitación de estar ante el paisaje perfecto.

Vi un atardecer desde lo alto de Primrose Hill en Londres. Empezó a llover a cántaros. No me importó en absoluto.

A los profesores universitarios de filosofía les vendría muy bien hacer terapia. Bajar un poquito el ego y deconstruir sus narcisismos.

Fui uno de los fundadores del Cineclub Bergman. Veíamos películas de Cassavetes en VHS y nos enamorábamos de Gena Rowlands. Las chicas incluidas.

 

Quiero cosas que nunca podré tener. La amistad de Mick Jagger, por ejemplo.

En la selva costarricense, cerca de Puerto Limón, vi a una hembra de perezoso caer desde la cima de un árbol inmenso.

Tenía casi veinte años cuando fotografié la tumba de Cortázar. He pasado en los cementerios algunos de los ratos más vibrantes de mi vida.

La poesía de Lou Reed, las melodías de David Bowie, la voz cascada de Tom Waits, los bailes del Indio Solari, la cadencia de Bob Marley.

Confieso que he gozado.

Lo que soy

Siempre me han fascinado las entrevistas. Hace muchos años la revista Vanity Fair creó el Cuestionario Proust. Es una buena estrategia para conocer a alguien, para definirse a uno mismo de forma concisa. Éstas son mis respuestas:

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¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?

Viajar. Comer. Leer.

¿Cuál es su mayor miedo?

Morirme antes de tiempo, antes de haberme dado cuenta de lo que se trataba.

¿Cuál es el rasgo que más deplora de sí mismo?

Ser miedoso, falto de confianza. Necesitado de elogio. Perezoso.

¿Cuál es el rasgo que menos le gusta de los demás?

La pedantería.

¿Quién es la persona viva que más admira?

Werner Herzog.

¿Cuál es su mayor extravagancia?

Haber tenido una colección de uñas, recortadas de los dedos de mis pies.

¿Cuál es su actual estado de ánimo?

Como dice una amiga, optimista contra todo pronóstico.

¿En qué ocasión miente?

En infinidad de ocasiones, sobre todo a mí mismo. Ahora mismo.  

¿Qué es lo que más le gusta de su apariencia?

Mi peinado bajo los efectos de la humedad de Buenos Aires.

¿Cuál es la cualidad que más le gusta en un hombre?

El sentido del humor.

¿Y en una mujer?

El poder de seducción.

¿Qué palabras o frases utiliza con demasiada frecuencia?

Fantástico. Genial.

 ¿Quién o qué ha sido el amor de su vida?

Mi hija.

¿Dónde y cuándo fue más feliz?

Descubriendo ciudades. Veraneando en Miramar. 

¿Qué talento le gustaría tener?

Ser políglota.

¿Qué cambiaría de sí mismo?

La poca tolerancia a la frustración. La tendencia a la procrastinación.

¿Cuál es su mayor logro?

Haber terminado la tesis doctoral.

Si muriese y pudiera reencarnarse, ¿qué sería?

Un gato. De ser posible, bajo la protección de una señora distinguida y dueña de un palacete en Praga o Florencia. Casi nada.  

¿Dónde le gustaría vivir?

En París, más cerca de mi hermana y su familia, pero con el clima de Madrid.

¿Cuál es su posesión más preciada?

Una caja de zapatos en la que guardo viejas cartas de amor, folletos de museos y entradas a recitales de rock a los que fui en los ’90.

¿Qué es para usted lo más profundo de la miseria?

De ahí ha salido buena parte de la mejor literatura.

¿Cuál es su ocupación preferida?

Charlar con Laura,  mi mujer.

¿Cuál es su característica más marcada?

La curiosidad.  

¿Qué es lo que más valora de sus amigos?

Que son buenas personas, talentosos y para colmo lindos.

¿Quiénes son sus escritores favoritos?

Es una lista larga: Lawrence Sterne, Joseph Roth, Borges, Saul Bellow, Javier Tomeo, Carrère, Coetze, Virginie Despentes, Franzen, Bolaño, Jorge Ibargüengoitia, Bryce Echenique.

¿Quién es su héroe más preciado de ficción?

El Quijote de la Mancha. Por lejos y muy por encima de cualquier otro.

¿Con qué figura histórica se identifica más?

George Orwell.

¿Quiénes son sus héroes en la vida real?

Es una heroína, se llama Viru. Luchadora incansable, muy valiente. Amiga de fierro.  

¿De qué es lo que más se arrepiente?

De haber procurado ser coherente.

¿Cómo le gustaría morir?

De viejo, mientras duermo.

¿Cuál es su lema?

Nitimur in vetitum (nos lanzamos hacia la prohibido). El mismo que tenía Nietzsche.

El ideal del renunciante

Los cuatro estadios de la vida

En el hinduismo existe una interesante propuesta para ordenar las etapas de vida, en la última de ellas encontramos el ideal del renunciante. Ese orden es una escala que conduce hacia la liberación como objetivo último de vida. La tradición presenta cuatro estadios y, aunque no necesariamente uno pasa por todos, sirve como guía para ubicarse en la vida.El primer estadio de la vida es el de estudiante-célibe, en el que uno concentra toda su energía en el aprendizaje.

 

El segundo, el de la vida familiar, en la que uno constituye su familia y contribuye con su trabajo al desarrollo de la sociedad.

El tercero consiste en retirarse al bosque. Cuando uno ha cumplido con sus labores sociales, inicia una etapa de introspección en la que distintos rituales de la tradición son comprendidos de forma simbólica y en su analogía con el propio cuerpo.

El último estadio de vida que se propone es el de la renuncia, en el que la persona se entrega por completo a un único objetivo, a saber, la liberación, el trascender cualquier forma de ego e identidad limitada para reconocerse en la unidad de la conciencia, la unidad del espíritu.

 

 

El verdadero renunciante

Sin embargo, ocurre que en muchos casos el ideal de la renuncia no se lleva a cabo desde la comprensión profunda que hemos planteado, sino como un acto externo en el que se abandona todo lo material para vivir de la limosna, como si el mero hecho de no poseer nada material fuera suficiente para la liberación. La evidencia, en cambio, es que hay muchas personas que han renunciado a sus posesiones y no se viven de una forma plena y libre. El verdadero ideal de la renuncia (saṃnyāsa) trasciende los estadios de vida, así como el grupo social y cualquier otra marca de identidad constreñida. De modo que el verdadero renunciante no se aferra a la figura del renunciante como nueva identidad.

El verdadero renunciante toma esa opción porque ha comprendido en su fuero interno la futilidad de todo aquello que no sirve a la libertad última. Y no me refiero a la libertad de elección sino a la libertad del corazón, la libertad ontológica, inherente al ser.

 

¿Existe una paz inamovible?

Vivimos día a día atribuyendo a otras persona, a determinados objetos y circunstancias la capacidad de hacernos felices o infelices. Pero esas formas de felicidad o infelicidad son pasajeras por definición, porque la persona, objeto o circunstancia en las que se fundamentan son pasajeras.

Cuando nos damos cuenta de que nada externo a nosotros nos va a proporcionar una felicidad y una paz infinitas, hay que plantearse si puede existir alguna forma de felicidad o de paz que no sean pasajeras. Si existe alguna forma de felicidad infinita tendrá que ser independiente de los objetos externos.

Esta forma de independencia remite a nuestra libertad ontológica, a nuestro ser profundo y más genuino. Al conectar con el sentir profundo de ser, con la la intuición autoevidente de que soy, más allá de lo que tenga o de lo que me ocurra, entonces los objetos externos, la relación con las otras personas y las circunstancias que se dan toman otro matiz y con ello otro valor. Lo que antes estaba en la cumbre de las prioridades, pasa a un lugar mucho más lejano y tomamos conciencia de que lo más importante es vivir conforme a lo que soy.

 

El ideal del renunciante es el de aquel que se conoce a sí mismo, y si renuncia a lo material lo hace a la luz de encontrar dicha en sí mimso. La persona que vive esa comprensión, que discierne honestamente entre lo pasajero y lo infinito, sabe que lo único que siempre es valioso en todos los seres es la Vida, el ser, que los sostiene y por eso renuncia a lo pasajero para entregarse completamente a lo infinito.

 

La renuncia no es inacción

Otro equívoco es el de asociar la renuncia a la quietud y la no-acción externos. Enseñanzas como la de la Bhagavadgītā, ponen de manifiesto que no todo el mundo ha nacido para vivir como un asceta y que ese camino está reservado más bien a unos pocos.

Cuando se sigue el camino de la renuncia sin una profunda comprensión de que : “El mundo reside en Mí (…) yo resido en el corazón de todos los seres”, entonces la renuncia puede caer en la hipocresía:

«La persona, de confuso entendimiento, que absteniéndose de actuar se sienta a meditar pero sigue pensando mentalmente en los objetos de los sentidos, es una hipócrita.” (Bhagavadgītā, 3.7)

La verdadera renuncia no tiene nada que ver con lo aparente sino con una actitud interna. Por supuesto, esta actitud interna tiene su repercusión y efecto en lo externo también, pero no necesariamente de la forma en la que lo imaginamos.

La renuncia no es una cuestión de dejarlo todo para vivir aislado en los bosques o las montañas, de tener mucho o poco, ni de estar inactivo o activo…

La renuncia como comprensión íntima

El renunciante es el que ha muerto a la identificación con un yo esclavo, supeditado a los deseos, a las pasiones, a los pensamientos, a las proyecciones, a las expectativas y a los ideales, para entregarse a la Vida plenamente, radicalmente, de modo que todas sus acciones son una ofrenda sin pretensiones. Sabe que nada le pertenece. Puede tomar los hábitos o vivir en la ciudad, eso no tiene la menor importancia porque haga lo que haga no está apegado a los resultados, ni a lo que dirán o pensarán, no actúa bajo la intención de lograr nada sino que se sabe a sí mismo Vida y cada una de sus acciones expresan esta Vida.

Swami Abhishiktananda, cuyas palabras han motivado este escrito, lo comunica con gran belleza y atino:

Para el hombre sabio ya no existe división entre bosque o ciudad, atuendos o desnudez, hacer o no hacer. Tiene la libertad del Espíritu y a través del Espíritu trabaja en este mundo, utilizando igual su silencio y su habla, su soledad y su presencia en sociedad (…) El sabio encuentra dicha y paz en Sí mismo (…) Este es el verdadero ideal del renunciante” (The furhter shore)

 

Para una reflexión práctica…

Te invito a revisar en tu vida los apegos y las creencias que te mantienen en la prisión del logro, del reconocimiento y de las falsas creencias de “yo” y “mío” con las que edificamos el sufrimiento. Algunas de estas preguntas pueden serte útiles:

  • ¿Acostumbro a actuar movido por la expectativa de los resultados más que por la acción misma?

  • ¿Hasta qué punto espero que determinados objetos o personas me hagan feliz?, ¿hacer depender mi felicidad de lo externo me hace más libre o menos?

  • ¿Quiero vivir postergando la felicidad a un futuro próximo en el que todo estará bien y la felicidad será permanente?, ¿cuánto tiempo llevo imaginando ese futuro?, ¿que pasa si me asumo plenamente ahora?

  • ¿Cuál es mi idea de felicidad?, ¿puede la felicidad incluir la tristeza o el dolor?

  • ¿De qué modo podría una estar en paz a un nivel profundo e íntimo y en ese sentido feliz, incluyendo momentos de tristeza o de dolor?

«La Llamada»: La película que contiene la solución a todos los problemas del mundo

El mundo del blanco y el negro

En el mundo de Trump la equidistancia no es posible. Lo hemos visto (lo estamos viendo) con mucha claridad en el conflicto que se desarrolla estos días en Cataluña. La sociedad ha sido dividida sin piedad entre aquellos que desean la independencia y los que optan por la permanencia en España.

Cada miembro del otro grupo es el enemigo. Este es, por supuesto, el primero de los efectos secundarios del nacionalismo. Pero no es un fenómeno exclusivo de este. De hecho, cada día lo vemos más y más relacionado con los conflictos y situaciones de lo más diverso. Las posiciones políticas, los marcos ideológicos, los sentimientos religiosos también se encuentran en un proceso inexorable hacia la rigidez, hacia la intolerancia de ese “otro” diferente que es mi enemigo.

¿Y tú de quién eres?

Es este mundo nuevo (y paradójicamente tan viejo) de blancos y negros, donde el gris está proscrito, es preciso escoger una alternativa y posicionarse. No hacerlo es visto como algo sospechoso. Los predicadores de la confrontación afirman que la tercera vía no existe y azuzan a los perros de la guerra. Pues es la guerra el resultado inevitable del camino que hemos tomado y hay muchos tipos de guerras.

Pero ¿Cómo hacíamos antes? ¿Cómo podía suceder lo que ahora parece imposible? Hace no mucho tiempo convivían en Medio Oriente miembros de las tres religiones del libro. Hace muy pocos años los ingleses se adherían entusiastas a la Unión Europea. Hace aún menos años Obama ganaba las elecciones en EEUU y Cataluña disfrutaba de un clima político y social normalizado.

¿Qué ha sucedido para acabar con el gris?

La radicalización

De entrada ha sucedido la crisis económica. El aumento terrible de la desigualdad, la pérdida imparable de servicios sociales, trabajo y bienestar de los ciudadanos les han llevado a la búsqueda de un enemigo al que culpar. Un chivo expiatorio con cuya muerte debe mágicamente terminar el padecer de las gentes de bien. Este chivo puede tomar, según el caso, muchos rostros: las minorías raciales, los inmigrantes, las mujeres, los homosexuales, la Unión Europea, España. Cuanto más genérico mejor.

Este enemigo servirá para concentrar la responsabilidad de todos los problemas y cargar con el peso de la culpa. Quién esté con el chivo es también automáticamente convertido en el enemigo y si el daño que se atribuye al chivo es grande los argumentos para acabar con él serán también grandes y se extenderán en forma de marginación y violencia a aquellos que sostengan una postura cercana al enemigo.

Pero este enemigo nos aleja de la solución pues es frecuentemente creado por aquellos que son los verdaderos culpables. La percepción del otro como un enemigo nos hace imposible el perdón, la reconciliación o el diálogo.

La Llamada

En medio de este panorama voy a ver una película española: La llamada. Llevo bastantes expectativas puesto que he visto ya la serie “Paquita Salas” de los mismos autores y me ha parecido genial. Sin embargo lo que me encuentro es mucho mejor que genial. Más aún por la falta evidente de pretensiones que presenta la película.

***Atención a partir de aquí puede haber Spoilers***

“La llamada” relata la historia de una chica a la que en un campamento de monjas se le aparece el mismísimo Dios.

De entrada el argumento parece que solo puede desarrollarse en dos direcciones:

Por un lado podemos encontramos ante un panfleto religioso en el que María – la protagonista- es una niña santa de bondadoso corazón que a través de sus interminables oraciones alcanza la gracia en medio de amables monjas y asombrados familiares. La otra opción es el panfleto antireligioso: Una película en la que María es una niña martirizada por monjas y familiares que termina por volverse loca y teniendo una alucinación. El blanco y el negro.

Lo maravilloso de la película es que no es ni una cosa ni la otra. Va más allá y se sumerge en el gris. Mucho más peligroso en los tiempos que corren. Mucho más difícil. No hay monjas santas ni terroríficas, por ejemplo. Hay monjas humanas. Las chicas son reales también. Escuchan reggaetón, tienen un grupo y les gusta ir de fiesta y Dios… Dios no condena, canta, se ríe y acepta.

Y así nace un nuevo mantra que es una especie de mezcla entre “sigue a tu corazón” y “Hakuna Matata”.

Lo hacemos y ya vemos.

La película es una oda a seguir el camino de nuestro deseo sin dañar al otro. Se nota que está realizada con cariño, con ilusión y con una cierta ingenuidad que en este caso es maravillosa.

Esta película contiene el misterio de la cura para los males de este mundo. Pasa un día sin Redes sociales y sin televisión y vete al cine a ver “la llamada”. Date cuenta de cómo es posible encontrar un punto de encuentro entre dos cuestiones que parecían irreconciliables –la liberación sexual y la vocación religiosa-, libérate de tus dogmas, sean cuales sean y persigue tu deseo sin dañar a nadie (a ti o al otro).

Huye del blanco y del negro, la verdad suele vivir en el gris y la felicidad también.