Mudanzas (III)

Debe haber por ahí, seguro que hay, un estudio de Harvard o un artículo de la revista Saber vivir afirmando que las mudanzas son perjudiciales para la salud. Como los cigarrillos o el dióxido de carbono. Las mudanzas generan un nivel disparado de estrés porque somos animales de costumbres y posesión territorial. Una vez que hemos logrado armar la guarida sólo una mudanza nos sacará de ella.

2018

La última mudanza estuvo precedida por una batería de dificultades. Luego de ocho años en Sebastián Elcano, había llegado el momento de marcharse. No era parte del plan, no era lo deseado. That´s life.

El dueño del piso, embriagado con burbujas inmobiliarias, nos había anunciado un súbito aumento del precio. A partir de enero del 2019, pasaríamos a pagar unos 1.300 o 1.400 euros mensuales. Oigo la voz de mi casero: “con vosotros estoy perdiendo dinero…dejo de ingresar una suma importante cada mes…si publicase la oferta del piso por internet no duraría más que unos minutos”. Por teléfono intenté explicarle mi situación: el paro, la niña en la escuela primaria, mi mujer que es autónoma. Fue en vano, él también tenía sus problemas y los míos, antes o después, se resolverían. «Para algo eres joven -dijo- tienes tiempo para levantarte e incluso para triunfar. Alguien como tú, con esa preparación, es capaz de superar cualquier bache».

En ese momento, lo último que quería escuchar eran monsergas pequeño burguesas de un avaro aprendiz del coaching.

Una preocupación giraba sobre mi cabeza, a dónde carajo nos iríamos a vivir.

El centro de Madrid, atiborrado de alquileres turísticos y con los precios por las nubes, echaba a vecinos como nosotros a mansalva. Los programas periodísticos hablaban de desahucios, de fondos de inversión que compran bloques de edificios en Lavapiés como si fueran caramelos, de procesos gentrificación y doctrinas del shock. Distintas plataformas de afectados se reunían todos los jueves ante el Congreso de los Diputados para reclamar.

Sin posibilidades de acceder a un crédito hipotecario, estábamos abocados a una mudanza hacia el extrarradio. A quince o veinte kilómetros al sur de Madrid, los alquileres pueden bajar hasta un cuarenta por ciento pero uno, eso sentía yo, está lejos de todo. Se trataba de quemar las naves y empezar de nuevo.

Estaba la opción de convertirnos en neo rurales, pero yo sabía que entre las cabras y el monte no duraría ni dos telediarios. Adiós a las librerías, al ruido constante, a sentir bajo la suela del zapato como late la bestia.

Donde yo crecí, donde siempre he vivido, hubo y hay tiendas de libros abiertas todo el día, teatros, cines, peatonales sucias, monumentos cagados por las palomas, tipos raros que deambulan por la calle, locos que hablan solos. Estas escenas han adornado desde joven mis fantasías: los beatniks, el cabaret político, las crónicas de vidas marginales, los grafitis, la cultura rock. Un caldo así sólo puede revolverse en la olla urbana y la sola perspectiva de irme a vivir a una de esas pseudo ciudades dormitorio, rodeadas de autopistas y centros comerciales, me ponía los pelos de punta.

Como dice mi amigo Juan Ignacio, a propósito de lo que oyó una vez de una colega de trabajo congoleña, problemas de blancos.

Cruzar el río

Al cabo de dos años desde la muerte de mi viejo, pude hacerme con unos dineros que no quería apresurarme en gastar. Estaría bien destinarlos a una vivienda. Eso pensaba. La experiencia de estar desempleado, de trabajar por chirolas y de no ver luz en un túnel personal se estaba alargando, había hecho estragos en mi estado de ánimo. La lectura de la trilogía Vernon Subutex, parida por la letal Virginie Despentes, aumentaba mi pesimismo. Al igual que el protagonista de la novela, yo también veía el riesgo de hundirme en la precariedad.

Mi mujer tenía unos ahorros, mis suegros nos podían echar una mano económica, ¿podíamos permitirnos soñar con un lugar propio? ¿Dejar atrás la sangría de los alquileres? ¿Mudarnos, quizá, de manera definitiva?

La búsqueda de un piso decente en la zona cercana al cole de mi hija fue tarea de Laura. Ella me imploraba que me sentase a su lado para mirar las fotos publicadas en internet y yo me escaqueaba todo lo que podía. Su deseo, imperturbable, aún en la desesperanza, contrastaba con mi pereza y mi apelación al pensamiento mágico: Si tiene que aparecer, aparecerá; pero si no es el momento, no es.

Recuerdo que en las caminatas por Arganzuela iba siempre con la mirada hacia arriba esperando encontrar una señal que confirmara mi intuición. La fantasía era dar con un cartel de puño y letra del propietario, con apuros por vender, y sin tener que lidiar con inmobiliarias.

Poco a poco nuestras aspiraciones de vivir en la margen derecha del Manzanares fueron dando paso a la lúcida y necesaria decisión de cruzar el río.

Una serie de eventos inesperados nos condujeron al encuentro de una ex participante del Gran Hermano, devenida en agente inmobiliaria, una pareja de personas mayores sin ganas de rizar el rizo y nuestra amiga, gran arquitecta, diseñadora, napolitana, Simona. Éstos fueron los engranajes de la historia y habría muchas formas de contar cómo fue que terminamos comprando el piso en el que ahora vivimos y qué significó atravesar los mil y un avatares propios de una reforma integral.

Voy a ahorrarles las partes más truculentas del asunto, para centrarme en tres momentos y principios que resumen la odisea.

Momentos, actos, principios

Primer acto

Despertarme en mitad de la noche, meses antes de la mudanza, para atender las ansiedades del momento. Revisar la lata en la que íbamos guardando el dinero para comprar el apartamento. Contar los billetes cada día y anotar las sumas en un pequeño cuaderno forrado de color violeta. Anotaciones en bolígrafo (azul o negro) separadas en tres columnas. Sueños recurrentes con asaltos, incendios, terremotos. Una día llegaron a ser tantos los billetes sobre la cama que aquello parecía la peli Casino de Scorsese.

Primer Principio

El dinero es energía y como tal se acumula, se dispersa, se desperdicia, fluye, se estanca, se disuelve, se desintegraSe gasta, se agota.

Segundo acto

Simona supervisando la obra. Simona como directora de orquesta. Simona intentando explicarle al jefe de obra -machista recalcitrante- la diferencia que hay entre una pared recta y una torcida. Simona con una cinta métrica en la mano y un nivel en la otra. Simona sonriendo ante la adversidad. Simona metida en una trinchera con el barro hasta la cintura. Simona entregándonos la llave cuando la pesadilla terminó. Simona y su estandarte: Per aspera ad astra A través del esfuerzo, el triunfo»).

Segundo Principio

Al igual que las mudanzas, las obras de reforma son perjudiciales para la salud. Se sabe cuándo empiezan, jamás cuándo acaban. Como casi todas las galaxias, más allá de nuestra Vía Láctea, el presupuesto de una obra está siempre en expansión.Nos percatemos o no de ello.

Tercer Acto

Mis amigos gestaltistas Antonio y Fede cargando cajas de cartón en las que van mis libros. Unas, dos, treinta cajas pesadas. Tuvieron en sus manos mi único tesoro. Germán, otro amigo generoso, bajando una nevera seis pisos por escalera. Es el amigo habilidoso, montando lámparas, armando muebles, cantando un tango. Abel, amigo alado,con un destornillador en la mano no hay trasto del Ikea que se le resista. Su sola presencia fue un bálsamo, como cuando pasa un ángel y se hace el silencio. Cada día durante la mudanza, que se prolongó horas semanas noches, he pensado en las cosas, las poseídas, las compradas, las tiradas, las regaladas, las mudadas, las elegidas, las desechadas. También he pensado, sentido, a los amigos.Incluso a los que no estuvieron.

Tercer Principio

Las mudanzas ponen a prueba el carácter, la resistencia de las parejas, la solidez de las amistades. El acontecimiento de semejante cambio es siempre un jaleo, pero también es enseñanza: mejor andar por la vida ligero de equipaje.

Barrio de Comillas

Comillas, Carabanchel Bajo, a diez minutos del Puente de Toledo, es un barrio popular y tranquilo.

A un lado de mi nueva calle, las persianas bajas de Sastrería Pajares; la floristería Iris; tejidos y estores Pina; Lotería y Apuestas del Estado; Bar Los Pedroches; un cartel luminoso amarillo-verde con letras rojas del supermercado Ahorra Más. La basura rebalsa los contenedores de vidrio, cartón y plástico. En la esquina, una construcción de los ’80 de tres pisos con un cartel que pone Edificio Pili, al lado una fachada más antigua con balcones en los que se cuelga ropa puesta a secar; la ferretería Flosan; la escuela de pintura Stefan; la panadería Lola; el salón de belleza del Senor Wang, así sin “ñ”. Enfrente, la cafetería Bar Loly, en la que se escucha bachata a todas horas; la cafetería Belmy en la que no hay música; la peluquería dominicana Dando la Nota, anunciada en caracteres fluorescentes que bailan sobre unas corcheas y una clave de sol. En un cartel escrito con faltas de ortografía, adherido a la vidriera, se anuncia la venta de pelo humano y productos latinos.

En otras de las esquinas, el bar Jumess con el chino Andrés detrás de la barra y los parroquianos de siempre: una pareja madura que bebe gin tonics; tres marroquíes que se turnan en la máquina traga monedas, un par de ¿peruanos, ecuatorianos? con ropa deportiva. A veces están los hijos pequeños de Andrés haciendo la tarea o prendidos a una Tablet.  Aquí es donde veo los partidos del Barça, donde festejo con el puño cerrado, pero sin gritar, los goles de Messi.

Un mulato, con camiseta sin mangas y gorra de béisbol roja, está parado en la esquina. Melena afro, buena musculatura, dos collares de oro, reloj, anillos y pendientes haciendo juego. Pasa un coche deportivo lentamente, retumban los bajos de un regetón. El conductor y el de la esquina se ponen a charlar sin prisa alguna, ajenos a los coches que empiezan a formar fila detrás. Después de un par de minutos, intercambian un saludo y un gesto rápido con las manos. El de la esquina, guarda el dinero en el bolsillo delantero de su pantalón. El otro hace sonar el claxon a modo de despedida.

No tengo con quien intercambiar opiniones sobre el barrio, pero me gustaría conversar con el gigante negro que pide monedas en la puerta del supermercado. Se parece a Thelonious Monk, o mejor dicho al pianista después de haberse zampado a Miles Davis con su trompeta y todo. En su enorme mano el móvil parece un pastillero. Una vez le escuché hablar en su lengua natal, una catarata de sonidos dulces repleta de vocales. Se me ha metido en la cabeza que es originario de Gabón o de Zambia.

Durante los fines de semana, las calles circundantes al parque de Comillas se vacían como si entrasen en letargo. El parque, un terreno del tamaño de unos cuantos campos de fútbol, está rodeado de talleres mecánicos. Hacia el norte, más allá de un restaurante de comida china clausurado, los gitanos tienen el control del área. Al sur, después de una casa que fue convertida en una iglesia evangélica y un solar vacío pegado al bar Las Toledanas, los dominicanos son los que mandan.

A decir verdad, en todo el barrio los mismos rasgos: las viejas casas mezcladas con las más recientes, el olor a pollo frito y ajo, los trabajadores que a partir de las siete salen hacia sus coches mal aparcados sobre la acera, las chicas jóvenes que esperan los autobuses en las esquinas para llegar hasta el colegio.

Agradecimiento a mis cuarenta

 

Velas

 

Hoy cumplo 40 años, entro en lo que en Psicología del Desarrollo llaman la adultez. Atrás queda la infancia, la adolescencia y la juventud, tres etapas pasadas y una nueva por descubrir.

Ayer recapacitaba sobre ello y lo primero que me ha venido es una necesidad de agradecimiento. Y como si fuera un vendaval, en mi mente han comenzado a aparecer una serie de personas, espacios, lugares, palabras, momentos, a modo de fotograma, en distintos colores, ráfagas muy fugaces, destellos de amarillo, marrón, verde….  como si al tomar conciencia de que se acerca mi cumpleaños, de quién soy, el automático de la memoria me ha empezado a lanzar mensajes y recuerdos. 

Agradecimiento, esa es la palabra, y mientras la escribo, se me saltan las lágrimas, me sale el llanto y se me hace un nudo en la garganta. En este momento, aquí y ahora, agradecer es lo que necesito en mi vida.

Sentada en mi escritorio, el rincón de la casa que considero mi espacio, rodeada de libros, taza de té, fotos, desorden, pies descalzos, primavera que llega, la noche que todo lo calma, me siento más yo, me siento en mi lugar de escucha.

Agradecimiento a este espacio que me acoge, que me da sentido y calor, a todos los libros que leí completos, a los que dejé a medias porque no entendí, porque no me engancharon y a los que tanto me gustaron, prometí volver a leer y nunca lo hice. Gracias por crearme mundos a los que he escapado, por hacerme sonreír cuando estaba depre y por darme páginas y páginas de entendimiento en mi búsqueda.

Y porque el mundo está lleno de polaridades, agradezco también a esos escritos que quemé en una hoguera, encima de la tierra que los vio nacer y que me dieron libertad para volver a empezar, para escribir nuevos renglones y dibujar nuevos escenarios de mi vida.

 

 

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Gracias a mi familia. Mujeres y hombres del campo, trabajadores de la tierra, luchadores en un mundo de escasez, de guerra y de hambruna. Sé que os debo una mirada lenta, conoceros, saber de vuestras vidas, fechas, reconocerme como parte de vosotros; saber quién hay bajo los filtros de las pocas fotos amarillentas que conservo en los álbumes familiares.

Gracias Papa, por enseñarme a querer la tierra, las plantas por mostrarme que las cosas sencillas, son sencillas, y no necesitan de más adornos, están bien así y a que los árboles hay que hablarles desde el corazón y tocarle las hojas y acariciarlos para que den fruto.

A Mamá porque me gustaba y me gusta verte cantarina, por tu alegría, por decir lo que piensas sin que la lengua te pese, por la espontaneidad y la creatividad para montar de un pantalón viejo un delantal. A los dos, por quererme, por darme la vida, la vida que tengo, la vida que soy.

A los bizcochos de manzana de tía Bibi, por tu ternura, porque te llevo en mi corazón, porque estás conmigo en muchos momentos de mi vida. A mis amigos con los que crecí y sigo creciendo. A los que ya no son mis amigos por entender que en la vida, los caminos se cruzan y a veces se separan. A mis amores, desamores, novios, parejas, ex parejas, princesas y príncipes que pasaron por mi vida y yo por la de ellos, porque aprendí a distinguir entre amor, pasión, deseo, ternura, cariño, celos, infidelidad, amistad con roce, sin roce y todo a la vez mezclado. Un sinfín de emociones que hoy me hacen vivir el amor con mayor libertad y conciencia.

A los viajes que he podido hacer, que he disfrutado, a los países que se me han quedado grabados en la piel y a la gente con la que he compartido. Gracias México, Chile con vosotros renací unas cuantas vidas, me quitasteis las arrugas. Nani, Miguel, Vanesa, Cintia, Fausto, Santiago, Cintia, Gisela, Ingeniosos… a la Cordillera, con mayúscula por tu fuerza, tu grandeza, porque eres el gran santuario de altura, a Nestor por tu manera de vivir en libertad, a Juan, Trekking Club por enseñarme que no hace falta buscar fuera, que todo está dentro y que la montaña es un lugar sagrado donde los dioses nos saludan al caminar, y la senda, un laberinto donde hay que seguir con confianza, intuición y amor

A mi familia de gestálticos, satianos y exploradores, por quererme como soy, por hacerme crecer, porque sois muy bonitos. Juan Shambhala, Marien, Sonia, Rocio, Rafa, Sonia 8 bicicletas, sois todo corazón y melón.

Al cielo que miro, a los balcones con flores, a Alberto por crecer juntos, por tu escucha, por cuidarme, a Vanesa porque ser mamá es la sangre en tus venas… y qué se yo de eso, Ernesto por tu confianza infinita, a Tango, a los Joses, María, Regina, Diego…

A Estrella, mi estrella, con la que hablo, la que me escucha, la que me ve, con la que me dejo ser. A Claudio, Maribel, Olga, María, Gerardo …

 

A mis maestros, a cada uno de vosotros, que me habéis ayudado a ser quien soy, a cumplir mis 40…tanto, tanto… gracias a la vida. 

 

 

 

 

 

El sentir como guía

Deseo y rechazo

Las personas tendemos a sentir deseo y apego hacia lo placentero y disgusto y rechazo hacia lo doloroso. En los Yogasūtra de Patañjali (2.7-8) se menciona como la pasión sigue al placer y la aversión al dolor. Esto resulta evidente porque así lo experimentamos en nuestra vida.

Sin embargo, ¿se trata de algo puramente instintivo o depende en buena medida de nuestras vivencias y de lo que nos contamos acerca de la realidad? Por ejemplo, acudir a un lugar determinado y estar en contacto con ciertas personas puede causarnos rechazo en unas ocasiones y agrado en otras. O realizar una determinada actividad puede haber sido placentero en un momento de nuestra vida y resultarnos desagradable en otro. Por tanto, lo que consideramos doloroso o placentero puede diferir incluso teniendo el mismo objeto o circunstancia como referente.

El sentir como guía

El sentir nos informa

La vivencia subjetiva de una situación, lo que pensamos y nos decimos acerca de algo, influye enormemente en nuestra forma de sentir y, a su vez, este sentir, en su forma original, nos da un mundo de información sobre el camino a seguir.

Lo habitual es que nos dejemos arrastrar por lo que sentimos y que lo alimentemos o intentemos reprimir, a través de nuestro diálogo mental: “es que esta persona es tal”, “no debería sentirme así”, “seguro que cuando me vean van a pensar x”, etc.

El “dejarse arrastrar”, por el diálogo mental y por las emociones que este despierta, se produce porque en lugar de ahondar en lo que sentimos huimos con el ruido, la dramatización, la culpabilización del exterior, la racionalización y otros tantos mecanismos por los cuales quedamos a merced de unos sentimientos que parecen sobrepasarnos.

El miedo a sentir sentimientos «malos»

¿Qué ocurre si cuando sentimos disgusto, enfado, celos, envidia, tristeza, incertidumbre, miedo… nos permitimos reconocer lo que estamos sintiendo y escucharlo internamente? No para que desaparezca, sino con la curiosidad de comprender lo que ese sentir quiere decirnos, el “para qué” apareció.

Cito como ejemplo los sentires que nos disgustan porque son los que tendemos a rechazar y negar sin antes escuchar su mensaje de fondo.

En el s.XVII el filósofo holandés, Baruch Spinoza, puso de manifiesto que las pasiones como el odio, la ira, la envidia, etc. aparecen por alguna razón “y tienen ciertas propiedades, tan dignas de que las conozcamos como las propiedades de cualquier otra cosa en cuya contemplación nos deleitamos”.

Pues bien, cuando reconocemos lo que sentimos, le otorgamos su lugar y escuchamos su mensaje, podemos descubrir lo que ese sentir quiere de bueno para nosotros, entendiendo por bueno lo que contribuye a la expresión más plena de nuestro ser.

Resulta que la ira puede querer que me exprese y sepa poner límites, o los celos pueden estar informándome del miedo a la pérdida y de la inseguridad sobre mi propia valía, pretendiendo imponer un control de lo externo, o la envidia puede estar expresando el anhelo de creatividad y realización que tal vez yo misma estoy castrando en algún punto.

Dar con la información del sentir

Para dar con la información que contiene el sentir, necesitamos mirar profunda y honestamente hacia dentro, mirar lo que sentimos sin juzgarlo, ubicar en qué parte del cuerpo lo sentimos, observar imparcialmente los sentimientos y si hay algún diálogo que lo esté alimentando, hasta llegar a su forma más pura, la forma original en la que apareció, antes de todo diálogo mental, con la intención de guiarnos hacia la felicidad.

Si no podemos evitar enjuiciar lo que sentimos, habrá que observar también cómo aparecen los juicios y qué discurso interno los alienta. El secreto está en observar a fondo todo lo que aparece, sin otra pretensión más que la de ver lo que es tal como es en este momento y en la medida de lo posible comprender lo que pueda ser comprendido.

Llegados a este punto, es necesario aclarar que el hecho de permitirnos sentir nada tiene que ver con la expresión explosiva de las emociones, ni las experiencias catárticas fruto de dicha expresión, y menos todavía nos referimos a la posibilidad de herir física o verbalmente a otros seres justificándolo con nuestro “derecho a expresar lo que sentimos”.

En absoluto acoger lo que sentimos implica dar carta blanca al sentir mediante actos irreflexivos, mas al contrario, significa sostener ese sentir y acompañarlo como quien acompaña a un amigo en un momento difícil, hasta que, recogido su mensaje, pueda ser expresado con ecuanimidad y total legitimidad.

Resulta, pues, que lo que sentimos, sea agradable o desagradable, es siempre un indicador de si vamos por “buen camino”, de si aquello que estamos haciendo nos conduce hacia el despliegue de todo nuestro ser o nos aleja de lo más auténtico de nosotros mismos.

El yo profundo que nos guía

Las sabidurías de la antigüedad, tanto en occidente como en oriente, tenían en cuenta aquella parte de nosotros que nos orienta y guía en el camino de la vida. Sócrates lo llamaba el daimon, una especie de divinidad interior, los estoicos hablaban del regente interno del mismo modo que lo hace el hinduismo utilizando la palabra sánscrita antaryamin.

El antaryamin es, pues, regente interno,  el yo profundo, la sabiduría que mora en nuestros corazones, lo divino que nos guía en contacto con la totalidad del universo.

Esta sabiduría del yo profundo reconoce la unidad subyacente de todo cuanto existe. Todo está interconectado porque todo se sostiene en la misma Conciencia, todo está hecho, en última instancia, de la misma pasta, de la misma energía… Un bonito ejemplo que nos ayuda a comprender mejor en qué consiste este regente interno (antaryamin) es la imagen de una bandada de pájaros, en la que cada pájaro individualmente sigue a los demás pero todos lo hacen regidos por la unidad de la bandada, impelidos por una inteligencia superior que mora en cada uno de ellos y a su vez en la totalidad.

El regente interno, nuestro verdadero ser

En la Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad, después de haber descrito el regente interno como aquel que mora en el interior de cada uno de los elementos que constituyen el universo y los rige sin ser conocido por ellos, se resume así la naturaleza del regente interno:

Ese es tu verdadero ser, el rector interno, el inmortal, el vidente invisible, el oyente inaudible, el pensante impensable, el conocedor desconocido. No hay ningún otro vidente, sino él. No hay ningún otro oyente, sino él. No hay ningún otro ser pensante sino él. No hay ningún otro cognoscente sino él. El es tu ser, el rector interno, el inmortal. Todo fuera de él es pura miseria”.

Ese regente interno, siempre nos está guiando, pero no siempre lo escuchamos, no siempre lo creemos ni confiamos en su saber.

Volviendo al ejemplo de los pájaros, sería como el pájaro que dijese “pues yo en lugar de volar con todos voy a ir andando”, rechazando así su naturaleza voladora y negando la totalidad de la que forma parte.

Cuando hablamos del sentir como guía, nos referimos a la escucha de esta sabiduría interna, que en ocasiones toma la forma de agradecimiento, alegría y amor, pero también puede tomar la forma de enfado, tristeza, incertidumbre, etc. para devolvernos hacia la alegría última, la del gozo de ser y su pleno despliegue.

Mudanzas (II)

Debe haber por ahí, seguro que hay, un estudio de Harvard o un artículo de la revista Saber vivir afirmando que las mudanzas son perjudiciales para la salud. Como los cigarrillos o el dióxido de carbono. Las mudanzas generan un nivel disparado de estrés porque somos animales de costumbres y posesión territorial. Una vez que hemos logrado armar la guarida sólo una mudanza nos sacará de ella.

Plaza de Tirso de Molina, 18, 3º B. El apartamento era minúsculo, dos ambientes en menos de 50 metros cuadrados, muy luminoso gracias a dos grandes ventanales que miraban hacia Lavapiés. Con Laura le teníamos cariño porque allí había vivido una pareja muy querida de amigos argentinos, excelentes anfitriones, que se habían vuelto a Mar del Plata. Algún tiempo atrás, en el pequeño salón de Tirso habíamos bailado, disfrutado de las paellas de Fran, de las mesas primorosas que armaba Agustina. Entre esas cuatro paredes nos habíamos emborrachado, reído hasta doblarnos con las ocurrencias de Arturo en dúo inigualable con Nora. Nuestros días de vino y rosas, de noviazgo con la que luego sería mi esposa, ya no iban a resucitar. Ni falta que hacía. Empezaba otra etapa, el tiempo de rodaje con la flamante familia que habíamos formado. La vuelta a Tirso fue con nuestra nena y sus revoltosos diez meses de vida. Recomendados ante el dueño del piso por Agus y Fran, los trámites del nuevo contrato de alquiler se resolvieron en un santiamén.

El edificio, sobre la misma plaza de Tirso de Molina, hacía esquina con la calle del Doctor Cortezo y estaba a escasos metros de la casa de Joaquín Sabina en calle Relatores. Se trataba de uno de los rincones más pintorescos del Madrid viejo y como había dicho nuestro ilustre vecino de la canción se concentraban allí más bares que en toda Noruega.

A un lado de la plaza, la entrada al metro de la línea Uno donde se reunían los renegados, punkies, algunos nómades alcohólicos y camellos magrebíes que ofrecían hachís a turistas desprevenidos dispuestos a pagar la “china” o “bellota” a veinte euros. Un timo en toda regla, aunque insignificante para los bolsillos de los guiris en busca de un subidón.

Por aquel entonces, trabajaba en mi tesis doctoral como un poseso y me dopaba con litros y litros de mate. Fumaba como un carretero. Sólo me faltaban las anfetaminas. Mientras tecleaba desesperadamente, mi hija gateaba y había descubierto lo divertido que era sacar mis libros de la estantería y revolearlos por el suelo. Una vez puestos en su lugar, volvía a empezar. La constancia de ella, contrastaba con mi falta de disciplina para avanzar con el culo en la silla.

Ronda de Atocha

Permanencia y desfiguración de los lugares marcan el ritmo de la vida en las ciudades. El dédalo de estrechas callejuelas, paralelas o perpendiculares a la plaza, con nombres hermosos como calle de la Cabeza, del Mesón de Paredes, de la Magdalena, de Juanelo, de la Colegiata, era muy concurrido los fines de semana. Los que subían del Rastro se confundían con el tropel de los aún excedidos por la noche. Ese ambiente algo sombrío, canallesco y bohemio ya no existe, ha cedido en el presente al pandémico efecto del parque temático.

Los corazones de las ciudades españolas, con Barcelona y Madrid al frente, son ahora góndolas de un gran centro comercial al aire libre: todo limpio, renovado y accesible al consumidor. Sin misterio por descubrir, Tirso de Molina se ha convertido en un no-lugar, o lo que es lo mismo en un lugar idéntico a cualquier otro, con bistrós que sirven brunchs, pizzas o burritos. Con pizarras de moda que ofrecen zumos détox y macchiatos for take away.

Del año y pico transcurrido antes de la nueva mudanza, piruetas de la memoria, he retenido dos momentos del invierno. Una gozosa noche-madrugada de fin de año mirando con mi chica, completamente vestidos dentro de la cama, los Soprano en plan maratónico y una tarde en que vi como la nieve, esa broma climatológica, se iba depositando a cámara lenta en las superficies del exterior. A intervalos casi regulares, todo se tiñó por una fina lámina de mármol de Carrara. Nunca más volví a ver caer la nieve de esa manera en los Madriles. Saqué varias fotos desde mi ventana.

Tirso bajo la nieve

Yendo cada vez más hacia el sur

Ronda de Atocha, 8, último piso. Donde termina la arbolada calle Argumosa, uno se encuentra con una tostadora gigante de color bermellón que es la ampliación del Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía. Esta construcción moderna, diseñada por el arquitecto francés Jean Nouvel, dominaba las vistas que teníamos desde nuestra nueva terraza. Allí, después de las siete de la tarde, veíamos el sol esconderse por detrás de los tejados antiguos y las cúpulas de dos iglesias barrocas que parecían flotar sobre la ropa puesta a secar de una corrala.

Un repaso de los dos años que vivimos en aquel ático se funden en una única imagen, la del deslumbramiento que nos producía, a Laura y a mí, ver crecer a nuestra hija. Lo más vivo que ha quedado es la materia de la cotidianeidad, la alegría de los cumpleaños y las fiestas pero también las horas sin sobresaltos, las que discurrieron siendo contemporáneos del que era nuestro presente.

Mudanzas II

De Lavapiés una nueva mudanza nos llevó más hacia el sur, a la zona de Embajadores, muy cerca de lo que en tiempos remotos se conocía como el barrio de las Injurias. Nombre perfectamente literario para una zona delimitada entre el actual Paseo de las Acacias y el de Yeserías, no lejos de Pirámides ni del Vicente Calderón, estadio del Atlético de Madrid.

Hacia el sur y el este de la Puerta de Toledo, el paisaje se ha modificado brutalmente si lo comparamos con las fotografías de comienzos del siglo XX que abundan en los bares de tapas.

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En los edificios y urbanizaciones del presente -muchas de ellas con sus jardines y perímetros de seguridad privada- no quedan ni rastros de lo que a finales del siglo XIX fue un barrio pobre de mala fama y luego una zona industrial. Hay que ver lo que ha cambiado esta ciudad con el vaciado industrial, seguido por los efectos de la política de tierra arrasada aplicada en el Centro, y alrededores, para borrar toda huella de lo que fue. Cierto es que mientras vivimos no reconocemos los escenarios que tiempo después echaremos en falta y que las ciudades nunca dejan de transformarse.

Hoy añoro la Glorieta de Embajadores, a pesar de que cuando llegamos al número tres de Sebastián Elcano, 6º B, aquella calle era el epicentro de los politoxicómanos. Pululaban a todas horas del día y de la noche en búsqueda de su cunda. Por una tarifa fija de cinco euros por pasajero, coches destartalados ofrecían un recorrido hasta el mayor mercado de la droga en Europa: el poblado de Cañada Real. A unos 15 km de distancia por la carretera de Valencia. El rostro del heroinómano era fácilmente reconocible: ausencia de dientes, aspecto cadavérico, piel ruinosa plagada de pequeñas contusiones, ojos hinchados, acuosos, a punto de salir de sus órbitas. Pasaba junto a ellos todos los días, cuando llevaba o traía a mi hija del colegio. Jamás me dirigieron la palabra, ni siquiera me pidieron dinero. Siempre tuve la sensación de que no me veían, de que no tenían registro de nadie. Andaban absolutamente descuajeringados, como los muertos vivientes de la peli de George Romero.

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El lapso de tiempo que transcurría entre la llegada del yonqui a la Glorieta de Embajadores y el momento en que la cundaestaba preparada para partir con sus tripulantes era de tensa espera. Desde mi balcón veía en constante loop la escena: tipos fumando colillas recogidas del suelo, bebiendo cerveza o comiendo bollos robados del supermercado de la esquina.

Tirso II

En el barrio no era todo desesperación y un tropel de zombies. También podían verse las venas llenas de savia inmigrante. Niños, niñas de diferentes colores y etnias correteando por parques como el del Casino de la Reina o el del Campillo del Mundo Nuevo. Paquistaníes, magrebíes, indios, bengalíes, malayos, colombianos, ecuatorianos, filipinos, europeos del este y subsaharianos de multitud de países conviviendo en relativa armonía. Con los chinos, un pulmón incansable de trabajo. Tiendas que abren entre las diez de la mañana y la medianoche de forma ininterrumpida, en las que trabajan todos los miembros de la familia. Comen, estudian, miran la tablet, todo detrás del mostrador. Amables y eficaces en el trato con los clientes. A los que tenían su local a pocos metros de mi portal, jamás les vi de mal humor o con un mal gesto. Yo fantaseaba mucho con la idea de preguntarles qué esperan de la vida, cuáles son sus sueños, sus miedos. Conocí a Han, a su padre Yan Jin y a su madre Zhang Hui Fei. Escribieron un día sus nombres en un papel, me vendieron cigarrillos sueltos durante los 8 años que vivimos en Embajadores. Jamás respondieron a ninguna de mis interrogaciones. Sólo sonreían, al mismo tiempo que asentían de forma mecánica.

CONTINUARÁ…

Mudanzas (I)

Debe haber por ahí, seguro que hay, un estudio de Harvard o un artículo de la revista Saber vivir afirmando que las mudanzas son perjudiciales para la salud. Como los cigarrillos o el dióxido de carbono. Las mudanzas generan un nivel disparado de estrés porque somos animales de costumbres y posesión territorial. Una vez que hemos logrado armar la guarida sólo una mudanza nos sacará de ella.

Es curiosa la relación que establecemos con los espacios íntimos en los que comemos, dormimos, hacemos nuestras necesidades fisiológicas, discutimos con la pareja. Algunos de los objetos que habitan con nosotros están cargados de significados misteriosos. Un abrigo deshilachado, una lapicera sin tinta, un libro descuajeringado. Nos aferramos a nuestros bártulos, vamos entretejiendo nuestra existencia con ellos de testigos.

Al emprender una mudanza tendremos que abandonar una vida, encontrarnos con lo acumulado, desplazarnos. Un viaje hacia terra incognita.

El Dr. Freud en La interpretación de los sueños daba fe cabal de la relación entre experiencia y desplazamiento. La distorsión de nuestras coordenadas usuales, la desorientación por el movimiento, la mutación por el cambio de piel, la pérdida del Norte.

Cierto es que hay mudanzas y mudanzas. En algunas el motor es el deseo, en otras lo es la necesidad. Cuando la experiencia es benéfica, construiremos la esperanza de que se repita; si es dañina nos preguntaremos cuánto tardarán en cerrarse las heridas.

Entre mis mudanzas hubo un poco de todo

Cuando Berta, mi segunda madre, se enojaba conmigo me gritaba: “¡chango, mandate a mudar de mi pieza!”. Me echaba de su cuarto, en la que estaba la mejor TV de la casa, hacia el valle sombrío del exilio. Yo deambulaba, con mis ocho o nueve años, por el resto de las habitaciones como alma en pena, sin encontrar mi sitio y deseando volver a esa cama, la de Berta, para tumbarme y mirar, con el control remoto en la mano, Los Tres Chiflados, Créase o no de Ripley, Dick Turpin. Como un pequeño emperador oriental yo hacía todo en esa cama: almorzaba, dormía la siesta, me instalaba con los amigos.

De esa enorme casa de tres pisos en la que me crie, nos mudamos luego de la muerte de mi abuela. Mis padres contrataron a una empresa de mudanzas. Recuerdo que eran nueve o diez operarios, vestidos con mameluco azul, cargando unos canastos de mimbre llenos de enseres. Un camión gigante, aparcado sobre la calle Arenales, con el rótulo “Verga Hermanos”. Hicieron un trabajo rápido, eficiente, profesional. Hasta los platos de porcelana de Limoges salieron indemnes. Verga Hermanos

A esa primera gran mudanza le siguieron otras de menor envergadura y ya no en Buenos Aires sino en Madrid.

En 2003 alquilé, junto a un compañero de estudios chiapaneco y una compañera de Belo Horizonte, un apartamento en el número 71 de la calle Segovia. En la acera de enfrente estaba el parque de Atenas y colindante a éste los frondosos Jardines del Moro. Hacia el oeste, un puente barroco sobre el rio Manzanares. Subiendo la calle hacia el centro y pasando por debajo del viaducto de Bailén, comenzaban mis noches de juerga por los garitos de La Latina: el Lamiak, Café Berlín, el Almendro, las fiestas electrónicas del Katmandú, los tragos del Marula.Mudanzas (I)

El 2005 lo empecé viviendo en el cuarto piso de un edificio señorial de la calle Preciados, a escasos cincuenta metros de la Puerta del Sol. Tres habitaciones daban a un largo balcón desde el que se podía ver la torre con reloj de la Real Casa de Correos y cronometrar el flujo incesante de gente entrando al Corte Inglés desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche.

Real Casa de CorreosCon mi novia suiza de aquella época compartíamos piso con otras dos chicas, una rumana y la otra chilena. Mis noches solitarias en la pequeña cocina. Apenas volvía de mi trabajo en el restaurante Planet Hollywood, más allá de la medianoche, me encerraba allí a ver películas en el ordenador y con auriculares para no despertar a nadie. Era la convivencia perfecta, no coincidían nuestros horarios. El juego del escondite y la huida duró menos de un año. Era aún invierno cuando junté mis cosas para la mudanza.

Mi deseo de seguir viviendo en el centro de la ciudad, soltero otra vez y luego de una accidentada separación amorosa, me llevó hacia la Costanilla de los Ángeles. Un sinuoso callejón cercano a la Ópera y a medio camino de la plazoleta de Santo Domingo. Los mismos bares de copas sobre Caños del Peral perduran hoy en día pero con sus fachadas más limpias y menos meados en sus rincones.

Nada me parecía más romántico que pasear por las disquerías y librerías, especializadas en cómics, de la zona los sábados o domingos antes del mediodía. El ambiente letárgico que envolvía aquellos locales me cautivaba, afiches de Jimmy Hendrix, de Frank Zappa o los personajes de Robert Crumb adornaban las paredes. Aislados del bullicio que rodeaba a nuestro departamento, mis compañeros de piso y yo habíamos montado nuestro particular campamento latinoamericano. Jorge, caraqueño y melómano, tenía su búnker en la habitación al fondo del pasillo. Desde allí, con sus potentes altavoces y su mezcladora, nos sorprendía pinchando drum n´bass, dub, reggae, los timbales de Tito Puente o la salsa de Héctor Lavoe.Costanilla

Álvaro, barranquillero de origen pero cosmopolita de espíritu, era como mi hermano menor. Su permanente alegría costeña contrastaba, complementaba, mi nostalgia tanguera. Cuando la nevera se quedaba vacía a mediados de mes, aparecían como por arte de magia sándwiches envasados, a punto de caducar, del Starbucks en el que trabajaba. También los zumos de naranja Granini y unas porciones de tarta de queso con caramelo. Mercadería que hubiese ido a parar directamente a la basura en cumplimiento de los estrictos protocolos de la cafetería estadounidense, era consumida felizmente por unos sudacas de estómago resistente.

Durante el 2007 fue cambiando el curso de mi vida. Con treinta años, el encuentro inesperado de un amor y muy pronto el nacimiento de nuestra hija.

Mudanzas en familia

El primer hogar de mi recién creada familia fue el piso de Costanilla de los Ángeles. La habitación que había sido de Jorge, se convirtió en la matrimonial. La de Álvaro, en la de huéspedes y en mi escritorio de trabajo con la tesis doctoral. El salón, que había sido mi cuarto, volvió a cumplir su función original.

Fueron tiempos raros, una mamá y un papá primerizos aprendiendo las labores de la crianza. En la casa reinaba la alegría y la incertidumbre. Las tribulaciones laborales de un becario universitario y una psicóloga autónoma. Sin abuelos a los que recurrir.  Pasaba las tardes con la beba, mientras mi mujer iba a su consulta en el barrio de Prosperidad. En el Rodilla de la calle Jacometrezo pedía siempre lo mismo: un café con leche y un vaso con agua. Intentaba sonreír, mientras negaba con la cabeza, cuando la empleada me preguntaba si quería alguna de las promociones de merienda. Junto a la mesa, flanqueada por la máquina expendedora de tabaco y el alféizar de una ventana, colocaba el cochecito. Leía debates constitucionales aburridísimos de la Inglaterra del siglo XVII, obras de Milton, Hobbes, Locke. Escribía y reescribía mis notas sobre la soberanía. Permanecía sentado hasta que oscurecía. Volvía a casa siguiendo el mismo recorrido.

Nos tuvimos que largar de Costanilla cuando la dueña del piso quiso que su hijo consentido adquiriera independencia.

La mudanza tuvimos que hacerla con prisas y en la furgoneta de nuestro amigo Germán. Recuerdo que se rompió una de las patas de la cuna, una lámpara que me había acompañado desde mi llegada a Madrid y se perdió un collar que había usado en la adolescencia y que era idéntico a uno que llevaba Jim Morrison en la cubierta del disco The Best of The Doors. ¿Por qué se pierden o se rompen las cosas que amamos?the-doors-the-best-of-usa-2-cds-elektra-1985--D_NQ_NP_867484-MLM26638111665_012018-F

Continuará…

¡Quiero mi zanahoria!

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¿Cuál es tu zanahoria?

 

Es un nuevo coche, un ascenso en el trabajo, tener una vida perfecta, conseguir pareja, o tal vez es, encontrar la felicidad, viajar a la Antártida o terminar una prueba ironman. ¿Qué sueños, proyectos y deseos tienes?

Muchos de nosotros, entre los cuales me incluyo, tenemos idealizaciones, motores en nuestra vida que nos impulsan para avanzar, saltar situaciones y superarnos. Incluso dentro de las técnica del Coaching trabajamos con un lenguaje orientado a objetivos, acompañamos para conseguir lo que quieras y alcanzar tus sueños, transformándolos en en visión mediante la acción.

Posiblemente si te paras a pensar, encuentres a tu alrededor, un campo lleno de zanahorias que te gustaría conseguir. Hoy quiero pararme a reflexionar sobre si esa zanahoria que tanto ansiamos, es ecológica o por el contrario lleva demasiados pesticidas dañinos para nuestro cuerpo y mente.

Me estoy refiriendo en concreto a que en muchas ocasiones, ese ideal que imaginamos, es un introyecto adquirido de nuestros padres, aquello que ellos no pudieron alcanzar y nosotros como hijos debemos esforzarnos para conseguir, está movilizado por la culpa, por los ideales de la sociedad, por la empresa en la que trabajo o por tantos otros factores.

Es un ideal bastante tirano, que nos mueve hacia la acción, hacia el hacer y nos separa del contacto con nuestro ser. Como apunta Reyes en su libro El origen de la infelicidad:

 

«La zanahoria es la trampa que desea el conejo, pero que en realidad es su perdición» . (Reyes, 2015).

 

Su perdición porque una vez conseguida, nuestra mente vuelve a concentrarse en otro ideal casi inmediatamente (Reyes, 2015). Por tanto, nos requiere un esfuerzo continuo.

En ciertos caracteres, (psicopáticos, eneatipos 6 y 3 del Eneagrama), esta tendencia al esfuerzo se acentúa aún más. Son muy esforzados, no encuentran su sitio en el trabajo, en la familia, en la vida y todo se convierte en un esfuerzo para conseguirlo. Les cuesta rendirse y reconocer sus propios límites. Hay una mirada hacia el futuro desde el miedo al fracaso y desde el qué van a pensar de mi. Si me rindo, habré fracasado, no puedo doblegarme ahora, no puedo doblar mis rodillas, van a ver mi debilidad.

En lo que he podido ir explorando en mi propio carácter y en el de personas a las que he acompañado en sesiones de coaching y terapia, detrás de este esfuerzo tan intenso hay un tirano, un policía al que le cuesta doblegarse, y sobre todo, una gran desconexión con su ser real. Dificultad para abrir el corazón y mucho apoyo en el exterior, en cuestiones que nada tienen que ver con él o ella. Una obligación por hacer todo bien de cara a la galería.

 

¿Qué puede ayudarnos para conectar con nuestro equilibrio?

 

Fundamentalmente, contactar con nosotros mismos desde la ternura, desde el amor y la aceptación de nuestros límites. Mirarnos al espejo y tener la valentía de ver nuestra vulnerabilidad. Trabajar la espontaneidad como una manera de decir lo que pensamos, sin medias tintas, y sin ocultarnos bajo nuestro caparazón de frialdad.

Recoger las proyecciones que lanzamos, culpabilizando a otros y bajar el tono de la culpa que sentimos dentro de nosotros mismos. Responsabilizarnos de lo que queremos y de lo que somos.

 

Una zanahoria ecológica

 

Por ello creo que es importante que  recordemos que cualquier objetivo que queramos marcarnos en nuestra vida sea real, alcanzable, medible y en mi opinión, por encima de todo, que sea ecológico. Es decir, que lo que queremos alcanzar está en sintonía y equilibrio con nuestro SER y con nuestro entorno. Que hagamos el planteamiento desde el cuidado y amor.

 

Y qué hay de nuestra felicidad

 

Reyes, plantea en su libro algunas ideas:

 

«Podemos aprender a vivir sin zanahoria, con la libertad de aquel que no la necesita o perseguir la zanahoria sin que nuestra felicidad dependa de ello». (Reyes, 2015).

 

Que nuestra felicidad no dependa de factores como tener una casa más grande, una profesión de mayor prestigio, una pareja más perfecta, ser más alto o más delgada, etc. Dejar de proyectar a un futuro incierto y volver a confiar, con una mirada en lo único que tenemos, el presente.

 

Bibliografía:

Adorna Castro, R. (2015). El origen de la infelicidad. Bilbao. Desclée De Brouwer.

Albert Gutiérrez J.J. (2014). Ternura y Agresividad. Barcelona. La Llave.

 

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Respuestas que no están en Google

Pregúntale a Google

Muchas personas nos hemos acostumbrado a buscar en Google cualquier duda que tenemos respecto al uso de un término, a cómo sucedió exactamente algo, dónde podemos encontrar un determinado producto, qué conocimientos nos puede ampliar acerca de un tema…

Si quieres saber algo, pregúntale a Google: cursos, restaurantes, obras de teatro, libros, enciclopedias, artículos divulgativos, artículos de regalo, artículos para el hogar…Buscamos respuestas en Google.

Qué fácil es hoy en día encontrar información, por lo menos en cantidad, la calidad ya es otro tema.

¿Qué pasa cuando Google no tiene respuesta?

Sin embargo, hay preguntas para las que Google no tiene respuesta. Cuando me pregunto qué hacer en este momento de la vida, qué sentido tiene la forma en la que estoy viviendo, cómo manejar una situación, si estaré actuando de forma acertada…Me siento tentada a preguntarle a Google. Quisiera teclear lo que siento, darle al enter y que apareciese una respuesta transformadora.

respuestas

Pero no hay respuestas y mucho menos respuestas transformadoras. Google no puede responder a estas preguntas, a lo sumo podemos echar una tirada de cartas del tarot online, pero tampoco esas respuestas serán la respuesta, a menos que ésta la sintamos nacer del corazón.

Y ese es el quid de la cuestión. Cuando Google no tiene respuesta, no nos queda otra que mirar hacia dentro.

Mirar hacia dentro no es cerrar los ojos

Mirar hacia dentro no significa perder de vista el mundo alrededor, ni dejar de apreciar y tener en cuenta cómo el otro nos puede hacer de espejo y darnos pistas importantes sobre nosotros mismos.

Mirar hacia dentro es la capacidad de ver al otro y verme a mí misma, con el otro, en el otro y en mí.

Ahora bien, ocurre a menudo, o al menos esa es mi experiencia, que me pierdo en el otro, me voy con el otro y con lo otro sin mantener un pie en mí misma.

Huir de una misma

Internet, entre otros grandes inventos del s.XXI, tira hacia lo externo, lo superficial. La gran cantidad de información y datos en los que podemos sumergirnos, nos sacan de nuestro centro dispersando fácilmente nuestra atención de una lugar para otro.

huir de una misma

Si parece que nunca fue fácil mirar hacia dentro, las nuevas tecnologías todavía lo dificultan más.

Por supuesto, hay que reconocer la aportación que suponen y el buen uso que se pueden hacer de ellas, pero eso no quita que su acción en nosotros tienda a llevarnos hacia fuera. Y es tan fácil huir de una misma. Incluso diría que a veces es tentador, ya que no siempre se siente una preparada para sostener aquello con lo que se puede encontrar.

Nos encanta la seguridad

Son muchos los mecanismos para huir de una mirada profunda y honesta hacia uno mismo. A lo largo de la historia las religiones, doctrinas e ideologías de distinta índole han servido a este respecto.

Tampoco entonces había respuestas y de ahí que encontrar un dogma o una ideología a la que aferrarse parece que ha sido siempre una vía fácil y aparentemente tranquilizadora. Nos encanta la sensación de seguridad, aunque esté construida sobre un precipicio y la Vida, en constante cambio y transformación, no sabe nada de seguridad.

En aras de la sensación de estabilidad, somos capaces de agarrarnos a un clavo ardiendo, buscando respuestas a las que aferrarnos y que nos den esa seguridad que tanto anhelamos.

Queremos fórmulas. Que nos aseguren que si hacemos esto y aquello obtendremos lo que deseamos y no siempre estamos dispuestos a cuestionar el sentido de lo que deseamos, ni la precariedad de las respuestas a las grandes preguntas de la vida.

De hecho, me atrevería a decir que esa es una de las causas inmediatas de la proliferación de terapias, cursos y charlas para atraer la abundancia, para ser positivos, para tomar las riendas de nuestra vida, etc. ¿No ando buscando que alguien desde fuera me de la llave? ¿Y si no hay llave? ¿Y si la llave está dentro? ¿Y si resulta que esa llave abre otras puertas que no son las que yo pensaba?

En el ojo del huracán

Pero no hay respuestas que desde fuera nos puedan proporcionar ninguna tranquilidad. Toda tranquilidad que proceda de algo que hemos asimilado desde la superficie va a ser sólo aparente.

La verdadera tranquilidad es aquella que procede de la capacidad de situarnos en el ojo del huracán. Aunque todo alrededor se transforme constantemente, hay en lo más profundo de nosotros una forma de estar que es testigo de todo lo que va y viene, el ojo del huracán inmóvil en el centro de toda la vorágine.

ojo del huracán

Lo más curioso es que desde ese lugar ya no se buscan respuestas sino que se viven esas respuestas, se es la respuesta y las preguntas siguen latiendo como horizonte de comprensión del Misterio de la Vida.

Soy

Situados en el ojo del huracán, en el centro del corazón nítido, se abraza el Misterio como tal, sin intentar responderlo, y sin embargo, y esta es la paradoja del Misterio, al abrazarlo, el Misterio se disuelve en un grito de dicha : “¡Soy!”.

Google puede satisfacer nuestra curiosidad o darnos información sobre el mundo, pero nunca nos desvelará el corazón de este mundo, su secreto, porque este secreto sólo puede des-cubrirse en el corazón.

El buenismo psicológico, la cara oculta de las buenas intenciones

El buenismo está de moda.

Todo el mundo quiere ser una buena personaHay quien lo resalta a modo de slogan en las entrevistas de recursos humanos o quien afirma que desea que se lo escriban como frase memorable en la lápida.

Sin embargo, ¿es el buenismo completamente auténtico y desinteresado o se mueve a la vez por mecanismos inconscientes que reprimen otros rasgos socialmente peor vistos como pueden ser la envidia, la vanidad o el conformismo?

Origen del término buenismo

Si nos vamos a la RAE nos encontramos que el término buenismo hace referencia a la actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia.

El uso de la palabra buenismo está inspirada en la expresión inglesa  do-gooder, literalmente «hacedor de bien, el que hace el bien», empleada igualmente de forma satírica para aquellas personas que procuran hacer buenas obras a fin de ganarse el reconocimiento de los demás.

Desde el punto de vista histórico, el término buenismo fue acuñado despectivamente en los últimos años por grupos mediáticos para criticar ciertas políticas de auxilio social y redistribución de la riqueza.

Actualmente es muy frecuente encontrarnos en consulta a personas que se quejan de ser excesivamente buenas hasta el punto de obtener resultados negativos para sí y para su entorno.

Lo que el buenismo esconde

En el ámbito psicológico hay que diferenciar entre persona buena, demasiado buena y buenista. Siendo esta última la que más hostilidad esconde detrás de su aparente incondicionalidad.

¿Y qué es lo que hay en el fondo del comportamiento buenista?

Lo que veremos desde fuera será una máscara de abnegación y generosidad, sumisión en pro del otro, amplia sonrisa y gran amabilidad.

Sin embargo, debajo del disfraz se esconde es una necesidad desmesurada de gustar, de caer bien, de que les quieran y se les reconozcan… a cualquier precio.

Esto lleva consigo sentimientos de miedo al rechazo y al abandono que de manera inconsciente activará mecanismos de manipulación maquillados de altruismo y benevolencia.

Los 3 buenismos: ayudador, mártir y huérfano

No todos los buenistas son iguales ni se sirven de las mismas artimañas para conseguir sus objetivos y proteger su imagen social.

Basándome en la literatura de los arquetipos me he animado a  personalizar los diferentes tipos de buenismos agrupándolos en tres: el ayudador o servicial, el mártir y el huérfano. Veamos sus características más importantes.

El buenismo ayudador o servicial

Guarda relación con la conducta de una persona que pone sobre sus hombros responsabilidades que no le corresponden.

En un principio, la relación oferta una gran ayuda y alivio de carga en el otro, pero a la larga logran generar fuertes lazos de dependencia y de sentido de invalidez en la persona a la que ayudan.

Las personas buenistas serviles suelen presentar amplias dosis de necesidad de control y cierto toque de vanidad

» tranquilo déjame, que yo lo hago por ti» (*-mensaje oculto: que tú no sabes hacerlo correctamente-*. )

De ese modo, se las ingenian para que las cosas se hagan a su modo y evitar enfrentarse a su dificultad de delegar en los demás.

Evidentemente tarde o temprano en los momentos en los que esa responsabilidad sea excesiva, no tardará en salir a la luz el reproche y el reclamo hacia aquellos a los que ha ayudado de no obtener la recompensa que estaba esperando.

«Con lo que he hecho por ti y mira ahora no me echas una mano cuando lo necesito…ni un triste gracias. No vale la pena cargarme con todo»

En otros casos, el buenista ayudador se disfraza de moralista ofreciendo consejos y opiniones que no se le han pedido

«Yo que tú…lo digo por tu bien…ya verás como me das la razón y te alegras de haberme hecho caso»

El Buenismo mártir

Hace referencia a una conducta de autosacrificio que renuncia y se pria de muchos de los bienes y privilegios en pro de los demás.

Este buenismo dignifica el sacrificio y la resignación, muy presentes en nuestra cultura cristiana.

Los buenistas mártires ceden en sus intereses ante otros ocultando su incapacidad de decir no y de correr tras sus verdaderos deseos.

Creen que hay más virtud en el renunciar que en el recibir y tras esa generosidad aparentemente inmaculada se esconde un sentir de superioridad y orgullo.

En muchas ocasiones, su excesiva complaciencia en la renuncia genera en el otro sentimientos de culpa y egoísmo, como pago por haber tenido que ceder sin deserarlo verdaderamente.

El buenismo huérfano

Es el que más ternura y compasión desprende por ser una persona de apariencia bondadosa, tranquila y dócil.

En su mirada hay incluso una expresión de fragilidad que proyecta la actitud de esperar ser rescatada y e incluso ser perdonada por su negligencia, disfrazada de inocencia o torpeza.

«Perdona, no lo hice a propósito…no volverá a pasar»

Las personas buenistas huérfanas esperan que ocurra algo externo que les ayude a cambiar o a mejorar sin tener que esforzarse demasiado, ya que dentro de sí guardan grandes sentimientos de carencia y de incapacidad.

Se suelen mostrar ante el mundo como el niño/a bueno/a que no ha roto nunca un plato, pero aprovechando esa aparente fragilidad para volverse dependientes y caprichosos.

En ocasiones, como complemento a ese sentimiento de horfandad pueden llegar a idealizar y ver como héroes a personas que luego abusan de ellas por exceso de poder, lo que puede convertir su conducta en negligente.

Reflexión final

Haciendo honor a la teoría de los Opuestos de Jung, si yo soy bueno buenísimo, tiene que haber un malo malísimo: el otro.

Detrás de las emociones benevolentes del buenismo se esconden también emociones hostiles, propias de cualquier ser humano. Ambos polos coexisten dentro de nosotros, el egoísta y el bienhechor.

Quizá el secreto esté en dar lo mejor de nosotros mismos sin llegar a consentir ni desgastarnos. En coherencia con mis límites y prioridades. Preguntándome siempre antes de decir SÍ al otro: ¿Quiero? ¿Puedo? ¿Debo? Si es así, adelante.

 

 

 

Amar en tiempos de…

Lo queramos o no
Sólo tenemos tres alternativas:
El ayer, el presente y el mañana.

Y ni siquiera tres
Porque como dice el filósofo
El ayer es ayer
Nos pertenece sólo en el recuerdo:
A la rosa que ya se deshojó
No se le puede sacar otro pétalo.

Las cartas por jugar
Son solamente dos:
El presente y el día de mañana.

Y ni siquiera dos
Porque es un hecho bien establecido
Que el presente no existe
Sino en la medida en que se hace pasado
Y ya pasó…,
como la juventud.

En resumidas cuentas
Sólo nos va quedando el mañana:
Yo levanto mi copa
Por ese día que no llega nunca
Pero que es lo único
De lo que realmente disponemos.

Nicanor Parra.

 

Tiempos líquidos, un término acuñado por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, donde intenta reflejar el paradigma de la vida y de los vínculos en el mundo moderno acompañado de la globalización  y sobre todo del capitalismo, mercantilizando todo, hasta las relaciones humanas, esto basado en el concepto del producto – consumo, donde la sociedad occidental ha logrado encender el motor de la vida y de los vínculos.

 

En este sentido, las relaciones humanas se ven profundamente influidas. El individualismo toma y cobra mayor protagonismo, y la cultura del usar y desechar, como lo llama el autor marca una pauta en la manera como se presentan las vinculaciones emocionales en la posmodernidad. Este autor indica que la introducción de los medios de comunicación masivos e instantáneos han presentado una manera de relacionarnos que no implica la profundidad en los vínculos sino el placer inmediato, medios como el Tinder, el Whatsapp, el Facebook, entre muchas otras aplicaciones, ofrecen una amplia gama de relaciones donde no es necesario el contacto físico y la inversión emocional es mínima, de esta manera si no funciona, como dice el autor, la opción “delete” (borrar) siempre va a estar disponible y no va a involucrar más que un “click”, por lo que el coste emocional es menor.

 

En este contexto los vínculos afectivos estables pertenecientes a paradigmas anteriores se convierten en una hipoteca muy alta, en donde muchos prefieren no invertir. La idea de la pareja “para toda la vida”, pasa a ser una construcción ya caducada y entra en vigencia “el vivamos juntos y veamos qué pasa”, de esta manera la inversión es menor, y cuando ya alguno de la pareja no vea  “ganancias”, más que intentar re-invertir en la relación, por el riesgo que representa el inversor tiene la oportunidad de retirarse y de estar manera poder “invertir en nuevas relaciones” , por lo que el  eterno presente   está marcada por la sociedad de consumo. En palabras del autor:

 

Uno pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, hay una hipoteca menor para pagar, y el plazo del pago es menos desalentador”.

 

En este orden de ideas el hedonismo va en aumento en la posmodernidad.

 

 

El autor hace referencia a la fragilidad de los vínculos sentimentales, indica que en la actualidad la invitación es a no establecer raíces emocionales profundas con las personas con quienes decidimos compartir relaciones de intimidad , para que de esta manera se permita la exploración con nuevas “redes” y nuevas relaciones que mantengan  un entorno en constante cambios y dinamismo. Es como si el compromiso se representara como una amenaza para el desarrollo individual y la exploración de nuevos espacios. Ya que la constante en el mundo posmoderno es el cambio, y este se busca constantemente, la solidez paradójicamente producirá ansiedad y angustia, ya que desafía «el producto que se promociona en temas de relaciones», el amor que no tiene espacio en la dificultad ni el sufrimiento.  Por lo que el compromiso tiene fecha de caducidad. 

 

Sin embrago, el autor hace referencia que a comparación de la época de nuestros abuelos y padres, donde la solidez era la característica principal (se tenía un solo trabajo para toda la vida, el matrimonio duraba toda la vida pasara lo que pasara, se vivía en la misma ciudad o en el mismo país sin preguntarse qué había más allá) a lo que él llama «tiempos sólidos», la felicidad tampoco era una garantía. Ya que el dogmatismo de la época limitaba las libertades individuales principalmente el de las mujeres, lo que estaba indicado socialmente se hacía sin cuestionamientos. El mundo occidental ha adaptado también este término, y a través de culturas patriarcales se pueden observar dinámicas donde generalmente los hombres establecen amores líquidos y a las mujeres se les invita a establecer amores sólidos. Por lo que se observan desigualdades en términos vinculares. Aquí la industria cinematográfica y audiovisual ha tenido mucha responsabilidad.

 

Bauman se enfoca en lo que pasa detrás de tanta fluidez e incertidumbre. No juzga una vida con varias historias de amor, sino que dichas historias solo toman forma de “eternos ensayos” y de lo que él bautizó “vidas desperdiciadas” ya que en ningún caso las parejas de la posmodernidad están dispuestas a asumir un compromiso duradero. Aquí se centra el sentido del término  “amor líquido” de la posmodernidad, es más sencillo terminar las relaciones y salir airoso de ellas que intentar esforzarse para que funcione y continúe. Aunque las parejas siguen buscando seguridad, lo desean establecer a través de relaciones que no requieran demasiado esfuerzo.

 

 

Este autor indica que un paradigma no es mejor que el otro. Sino que son diferentes. Sin embargo  ¿cómo lograr la solidez en tiempos líquidos? Bauman invita a pensar en la seguridad y la libertad como valores para lograr el equilibrio, los cuales pueden coexistir y convivir de manera saludable y real, una lleva de la mano a la otra, y no son enemigas como los tiempos líquidos quieren hacer ver,  y como indica el autor, es una de las claves para que una pareja sea exitosa en tiempos líquidos.

 

El autor indica que el amor romántico deja de ser el único paradigma, pero también indica lo afortunado que son las parejas que lograr solidificar su amor en tiempos líquidos, ya que han logrado superar el bombardeo mediático de la fluidez y de la inmediatez, y han logrado el compromiso real para una construcción en común, y de esta manera puedan  brindarse seguridad con libertad y establecer vínculos duraderos aun cuando se bombardee para lo contrario.

 

 

Como siempre, la invitación es a leer el libro y de esta manera poder establecer una reflexión más profunda y personal en como este paradigma de relaciones se ha establecido en la manera en como cada uno va organizando su existencia.

 

Dejo el link  para aquellos curiosos que deseen explorar en el mundo maravilloso de las relaciones.

 

Amor líquido.

Zygmunt Bauman

Estar sin estar. Una reivindicación de la presencia

 

¿Alguna vez te has planteado cuántas veces al cabo del día estás deseando estar en otro lugar o hacer algo diferente a lo que está sucediendo en ese momento? ¿O tu cuerpo se encuentra inquieto, o te estás comiendo las uñas, o te cuesta mantener la mirada, o se te entrecorta o paraliza la respiración como si esta temiera explayarse y acoplarse a ese instante? ¿O cuántas veces te gustaría no sentir las emociones o sensaciones que tu cuerpo siente, o sentir aquello que anhelas pero que no sucede en ese momento? Vamos, que es como un “estar sin estar”, como estar de cuerpo presente pero de mente ausente, como huyendo de lo que la vida está ofreciendo en ese preciso instante. Es como huir de estar presente en el único momento que realmente existe: este.

 

¿Por qué huimos?

Acompañar a otros es un camino de conciencia. A veces es difícil ver en uno mismo muchas cosas que, a través del espejo que nos hacen los demás, de repente toman una nueva dimensión en uno. Los años que llevo acompañando a otros me han hecho replantear mi propia experiencia de vida en cada instante, me han permitido tomar perspectiva y plantearme acerca del origen de cómo vivo lo que me sucede, de cómo aprendemos a vivir aquello que nos va aconteciendo. Y al hacerme esta pregunta, siempre recurro a los más pequeños, a los bebés, mis maestros.

Un bebé sencillamente siente, y lo expresa, tal cual. Puede ser alegría, miedo, tristeza, cansancio, desasosiego, hambre, sueño … Seguramente, la labor más difícil que puede hacer un adulto es aprender a acoger todo lo que se mueve en su interior ante lo que el bebé manifiesta, para así poder sostener a este sin negarlo, sin reprimirlo. Por desgracia, creo que esto es una utopía en la mayor parte de casos, pues pocos madres y padres se plantean esta cuestión, al seguir prevaleciendo en casi todas las sociedades la idea de la educación como una serie de pautas y normas que permitan modelar al niño sin mirar más allá de lo que este necesita verdaderamente. Y así ese niño se irá perdiendo a sí mismo, ante la presión de adaptarse a un entorno, y sobre todo, ante la gran necesidad de sentirse querido, aunque sea a costa de sí mismo. Y ya está cerrado el círculo vicioso. Este niño se convertirá en un adulto desconectado de lo que siente, juzgará o anulará al niño que fue, quizá opte por anestesiarse a través del trabajo, del reconocimiento social, de relaciones afectivas poco auténticas, o incluso a través de adicciones, ya sea a sustancias, sexo, redes sociales o aquello que cada época ponga a tiro como catalizador de esa insatisfacción existencial.

 

 

Y cuando este adulto sea m/padre, repetirá lo mismo con sus hijos, incluso enorgulleciéndose a veces de que es lo mejor, que la vida es así, en una cadena que se perpetúa. A no ser que crisis vitales, entre la que podemos incluir la propia m/paternidad, abran una rendija de luz que permita a ese adulto cambiar la mirada y replantear su forma de interpretar y relacionarse con el mundo y, sobre todo, consigo mismo.

Seguramente hemos aprendido a huir, a no estar presentes, porque quizá nunca sentimos de niños la presencia auténtica de ese adulto que nos cuidaba validando lo que sentíamos, sosteniéndonos sin juzgarnos; quizá sentimos un profundo desamparo, que ahora nos hace querer evitar cualquier acercamiento a esas sensaciones muy físicas, quizá de miedo o desconfianza, que disparan pensamientos de desear otro escenario, otro momento, pasado o futuro, quizá una situación ideal que nos impulsa a huir hacia adelante, todo ello para evitar pararnos y sencillamente estar, sin más, en cuerpo y alma.

 

¿Y qué significa sentir?

Mi mente racional (con todos sus pensamientos, creencias, ideas) es muy cuca. Se cree que soy yo. Y por supuesto, caigo en la trampa. Mi mente racional se formó a partir de mis experiencias infantiles y, por tanto, si me he sentido poco visto o escuchado respecto a mis emociones, a lo que sentía, seguramente como adulto me siento bastante incómodo y perdido cuando se me activan emociones habitualmente desagradables (enfado, tristeza, asco o rechazo, vergüenza, etc) y mis pensamientos afloran en tropel generando un malestar y sufrimiento, generalmente con ansiedad, que me incitan a desear no sentir lo que estoy sintiendo. Es un bucle de malestar que busca la huida.

Pero, ¿qué debería hacer en ese momento? Quizá todo consista en algo sumamente difícil cuando no hemos sido sostenidos emocionalmente de niños, que es pararse, sentir físicamente toda esa ola inmensa de energía que se mueve en nuestro cuerpo y que arrastra una cola de pensamientos a cual más agobiante que el otro, y sencillamente observar esas ideas sin identificarse con ellas, como si fueran nubes que pasan ante nosotros mientras seguimos sintiendo el seísmo físico y emocional hasta su descarga final, sin juzgarlo, sin interpretarlo en ese momento. Dejando que llegue la calma tras la tempestad. Y ahí, en esa calma, si nos lo permitimos, seguramente llegue el momento de interpretar con perspectiva lo sucedido, de aprender de lo que se ha movido interiormente, de integrar la experiencia. Todo ello requiere una cierta distancia de la historia que nos contamos y creemos de nosotros mismos, de nuestra propia identidad, como si fuéramos “algo” que siente y observa, más allá de mi propio yo.

 

 

Cuando te vas acostumbrando a vivir así cada momento, surge la magia. Sin buscarlo, comienza a surgir un sentimiento de rendición ante el mundo, de poder prescindir de mi propia visión de la realidad, de no tener que defender ni sostener creencias u opiniones, de abrirse a la ignorancia de la mente racional para conectar con la sabiduría de la intuición. En resumen, puede surgir un profundo sentimiento de confianza en la vida, sin necesidad de controlarla, porque realmente, el control implica la necesidad de predecir el futuro porque no confiamos en el presente.

 

Lo que nos aleja de la presencia

La forma más auténtica de estar presente quizá sea la interacción con otro ser humano. Parece que aprendemos a estar con nosotros mismos porque otro ser humano más experimentado nos ha sostenido en ese proceso de reconocernos y acoger lo que sentimos. Sin embargo, en la sociedad actual en que vivimos, buscamos como locos nuevas interacciones, personas que cumplan roles concretos, pero huimos de una presencia sincera, honesta, auténtica, que implicaría desnudarnos interiormente. El miedo a los juicios, la falta de confianza en el otro por mi carencia de confianza en mi propio ser nos hace quedarnos dentro de un personaje que, tarde o temprano, termina haciéndose rígido cuando una presencia real implica una continua adaptación a lo que sucede desde la honestidad con nuestro sentir más profundo.

Si nos cuesta vernos a nosotros mismos, ¿somos capaces de ver al otro como ser? ¿o solo lo vemos por su rol, es decir, en cierto modo, lo hemos cosificado? Cuando estamos ante un bebé o un niño, ¿lo consideramos como un ser de plena conciencia, somos capaces de sentirlo como un igual, de tú a tú, aunque su forma de comunicarse o de mostrarse sea diferente a la más habitual entre nosotros, adultos? Cuando estamos ante una persona en estado vegetativo, o ante una persona con demencia, ¿somos capaces de verla y sentirla en todo su ser, más allá de esa identidad que tuvo en algún momento de su existencia? No sé si te resuena esa forma de comunicarnos entre adultos cuando estamos ante un bebé o una persona con demencia, en tercera persona sobre ellos, como si “no se enteraran de nada”, cuando realmente no sabemos qué nivel de conciencia tiene ese ser que nos acompaña estando plenamente presente.

 

 

¿Y si esas personas “aparentemente ausentes” se pudieran expresar?

Hace unos días, una persona que asiste desde hace un tiempo a mis sesiones de musicoterapia me compartía el proceso de deterioro cognitivo que estaba viviendo su abuela desde hace años. Y un día, escuchando esta canción, se conmovió profundamente, y tomó conciencia de lo que podría estar sintiendo esta mujer en el último tramo de su vida ante la presencia quizá “ausente” de sus familiares y cuidadores. Me conmovió profundamente, y me empuja a dejar la propia canción como reflexión y oportunidad para tomar una pausa, y sentir nuestra presencia consciente.