El duelo: Cómo aprendemos a crear muros de silencio y a huir del dolor

 

Hablemos del duelo…

¿Dónde aprendimos que el dolor debe rodearse de un muro de silencio? ¿De dónde surge ese impulso de huir de él? ¿Quién nos ha enseñado que hay que reaccionar así?

Así comienza Alba Payàs Puigarnau su libro «El mensaje de las lágrimas«, que recomiendo a cualquier persona que esté viviendo o haya vivido un proceso de duelo. Que básicamente será todo el mundo… Ya que todos hemos perdido a alguien o algo en algún momento de nuestra vida.

Este post es una recopilación de algunos textos del primer capítulo del libro. Seguramente que muchos no podréis dejar de leerlo… Es un tesoro que tengo entre las manos. Lleno de sabiduría, comprensión y compasión.

 

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Los duelos en la infancia

Veamos situaciones de pérdidas importantes contadas por personas que vivieron duelos en su infancia.

a) Mi madre se estaba muriendo y me llevaron a casa de unos primos, en el campo. Me pasé un mes jugando y disfrutando. Cuando regresé a casa, ya habían enterrado a mamá. Me hubiese gustado asistir al funeral. Nadie me llevó ni me explicó nada. Sólo veía caras tristes. Cuando crecí, me sentí muy culpable por habérmelo pasado tan bien mientras mi madre estaba enferma, en sus últimos días.

b) Me ocultaron que mi abuela se había muerto. Me dijeron que se había ido de viaje «al pueblo, a buscar novio». Me pasé varios años enfadada con ella, pensando que me había abandonado. Cuando supe la verdad, siendo más mayor, me sentí muy culpable.

c) Durante la enfermedad de mi padre, nadie me explicó lo que pasaba. Después, mamá y él se marcharon; nos dijeron que estaban de viaje y nos quedamos con una tía. Unos días después, mi madre llamó por teléfono y me dijo: «Papá ha muerto». Siempre recordaré aquel momento. Me sentí muy solo y no entendía por qué.

d) Mi abuelo se suicidó en casa. Yo me di cuenta de que había pasado algo grave, pero nadie me explicaba nada. Sólo veía caras largas. Una tía que vino a pasar unos días me explicó con palabras sencillas lo que había ocurrido. Recuerdo que pude preguntarle muchas cosas. Después fuimos juntos al cementerio. Estuvimos allí varias veces hasta que ya no quise ir más. Siempre le estaré agradecida.

 

Las primeras experiencias de pérdida, ya sean leves (un traslado o la pérdida de un animal de compañía) o graves (una enfermedad, una separación o la muerte de un ser querido), son la base de aprendizaje en la que los adultos que nos cuidan nos transmiten el modelo que tienen para gestionar las emociones.

Seguramente, de pequeños, todos hemos vivido situaciones como las que hemos visto en los ejemplos, en versiones iguales o con matices. Como padres, también habremos actuado de alguna de esas maneras ante el dolor experimentado por nuestros hijos.

El problema en la expresión de la pena ante nuestra necesidad de consuelo radica en el uso de alguna de estas respuestas: negar, minimizar, reemplazar, ridiculizar o racionalizar (como en los ejemplos, excepto el d).

 

Un niño puede vivir cualquier cosa siempre y cuando se le diga la verdad y se le permita compartir con sus seres queridos los sentimientos naturales que todos tenemos cuando sufrimos.

LAWRENCE L. LESHAN

¿Qué ocurre si no viviste un duelo «sano»?

Si te identificas más con el resto de apartados (a, b y c), puede que ahora tengas una pista de por qué afrontas algunas situaciones del siguiente modo:

● Cuando sientes dolor, no entiendes lo qué te pasa. No sabes reconocer tus emociones y esperas que alguien venga a tu rescate sin pedir ayuda.

Te enfadas cuando vives una pérdida y descargas tu ira contra los demás: tu pareja, tus amigos o tus hijos.

● Te sientes víctima de la vida, consideras que es dura e injusta contigo. Te deprimes.

● Crees que demostrar el dolor no sirve de nada, que es un signo de debilidad. Te da vergüenza mostrar tu vulnerabilidad. Crees que cuando vives una pérdida debes tragarte el dolor, y que pedir ayuda es algo inútil.

● Tienes sensaciones extrañas; te repites que tienes que ser racional y que el tiempo lo cura todo. Y si eso no es suficiente para calmar tu angustia, te esfuerzas constantemente en distraer tu dolor o burlarlo comiendo, ocupando todas las horas con un montón de tareas, bebiendo o aislándote.

Si vives alguna de estas situaciones, o varias de ellas a la vez, ya lo sabes: son formas de crear muros defensivos ante el sufrimiento natural por tus pérdidas, maneras que aprendiste de los adultos que te rodeaban cuando eras pequeño. Tu modelo de gestión del dolor es el que viste en tu familia, tu entorno social y tu colegio. Ahora lo tienes tan interiorizado que ya lo has hecho tuyo y forma parte de lo que denominamos sistema de afrontamiento de protección en el proceso del duelo.

 

Los muros del silencio en el duelo

Este conjunto de respuestas ante el dolor se basa en una serie de creencias. Son, por decirlo de alguna manera, los cimientos de los muros de silencio, convicciones que hemos interiorizado pensando que eran verdades absolutas porque siempre las hemos vivido así, las hemos visto en las personas que nos rodean.

Los mitos o falsas creencias más comunes en el proceso del duelo son:

1. El tiempo lo cura todo.
2. Expresar tu dolor te hace daño.
3. Expresar tu dolor hace daño a los demás.
4. Expresar dolor es una señal inadecuada.
5. El dolor debe ser expresado en la intimidad.

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Mito 1 del duelo: El tiempo lo cura todo

Vamos a ver dos historias reales de dos personas muy conocidas que perdieron a un ser querido en su infancia y su adolescencia. La religiosa y escritora franco-belga sor Emmanuelle (1908-2008) vio morir a su padre cuando tenía seis años. Évariste Galois (1811- 1832), el gran matemático, tenía dieciocho años cuando su padre se suicidó. ¡Fíjate qué vivencias tan diferentes!

 

Cuando era pequeña, vi cómo se ahogaba mi padre. No pude hacer nada. Creo que aquella experiencia ha marcado mi vida; de hecho, mi vocación religiosa data de aquel día… Ahora tengo sesenta y dos años, y por fin mi comunidad me ha permitido viajar a Egipto, mi sueño: poder vivir entre los más pobres de los pobres. Vivo en una barraca diminuta de no más de tres metros cuadrados. Está sobre un depósito de basuras y tengo un saco a modo de colchón, una mesita y una silla. Por fin soy feliz. ¡Qué bonito volver a sentirse joven, levantarse a las cinco de la mañana y poder sonreír!

MADELEINE CINQUIN, SOR EMMANUELLE, Memorias

¿Sabes qué te digo, amigo mío? ¿Sabes qué es lo que más echo en falta ahora mismo? Y sólo puedo confiártelo a ti, alguien a quien pueda querer, y querer sólo en espíritu. He perdido a mi padre y nada nunca lo podrá sustituir ni reemplazar, nada, ¿me oyes?

EVARISTE GALOIS, nota de su intento de suicidio

¿Las heridas se curan solas? Algunas sí, es verdad. Hay heridas que el propio cuerpo supera con el tiempo y con los procesos naturales de desinfección y cicatrización. Si fuese igual con el duelo, que es una herida emocional, sólo habría que suprimir la sintomatología, anestesiarla, sentarse y tener paciencia.

Pero hay heridas que se infectan y empeoran, invadiendo el cuerpo de la persona afectada. Otras cicatrizan, pero se quedan llenas de pus por dentro, de manera que en cualquier momento podría reactivarse la infección. Otras veces, alguna estructura interna (por ejemplo, un hueso) no se cura bien, y si no se regenera, la herida se cerrará y quedará mal curada para siempre. Existen numerosas experiencias del proceso del duelo en las que la infección no se ha curado bien, o hay huesos que no se han soldado como deberían porque no se recolocaron correctamente en su momento.

 

Veamos algunos ejemplos de heridas de duelo mal cicatrizadas:

Mi hermano perdió a su hija de diez años hace cinco. Aparentemente está bien, pero lo veo muy irritable. En el trabajo me dicen que está tenso y que salta a la mínima. Pero el duelo lo lleva bien; al menos no lo vemos triste ni habla del tema. Se distrae. Lo único es ese mal humor que tiene siempre. Antes no era así.

Tras la muerte de mi hijo, me dijeron que lo llevaba muy bien. Que el tiempo me ayudaría. Me hice la fuerte y decidimos no hablar del tema en casa. Han pasado ocho años. Un año después de lo ocurrido, mi marido y yo nos separamos. Mi hijo mayor no levanta cabeza, lo veo mal, y a mí me acaban de diagnosticar un cáncer.

Después de la muerte de mi madre, parecía que mi padre estaba bien. Se le veía triste, pero engañaba a su tristeza manteniéndose muy ocupado. Un año después le dio un ataque al corazón.

Perdí a mi primera pareja cuando tenía veinticuatro años. Estábamos a punto de casarnos. Después me fui a vivir al extranjero. He viajado mucho. Ahora tengo cuarenta y cinco años, y sigo sola. No he vuelto a tener pareja; me han interesado otros hombres, pero no sé por qué, cuando parece que la cosa empieza a avanzar, yo lo dejo estar. A veces me pregunto si no tendrá algo que ver con la muerte de mi primer novio.

Éstos son cuatro ejemplos de casos en que el tiempo no ha sido suficiente para resolver el duelo, que se cronifica y acaba teniendo consecuencias graves (en algunos casos, devastadoras) para la vida relacional e íntima, y para la salud mental y física.

Tu duelo no se cura solo con el tiempo; sino que depende de lo que tú hagas con ese tiempo.

 

Mito 2 del duelo: Expresar el dolor te hace daño

 

El médico acababa de darme la terrible noticia, así, de golpe. Me puse fatal, lloraba y creo que gemía a un volumen un poco alto. El médico estaba visiblemente apurado; entonces me dijo que la enfermera me daría algo. Cuando ella me acercó el vaso con una pastilla, le pregunté: «¿Qué es eso?». «Un válium, se sentirá mejor.» No lo entendí, estaba muy enfadada y le dije: «Déselo al médico, me parece que lo necesita; si él se lo toma mientras yo lloro la muerte de mi hija, lo ayudará a soportar mis lágrimas».

Suspirar, llorar o gemir no son actos autolíticos, son la manera natural de expresar la aflicción. Es posible que después te sientas cansado y frágil, pero también habrás aligerado el peso de tu dolor. No existe ninguna prueba de que llorar haga daño. La doctora E. Kirkley Best, experta en acompañar a padres que han perdido a sus hijos durante el parto (pérdidas perinatales), afirma que «las lágrimas de los padres sólo representan un peligro para las emociones de los médicos».

Hace veinte años que escucho a personas en proceso de duelo, he visto llorar a miles de personas, y todas, absolutamente todas, dejan de hacerlo pasado un rato. La sensación del que escucha puede resultar incómoda porque se siente impotente por no poder hacer nada. Pero cuando aceptamos que simplemente con nuestra presencia ya estamos ayudando, y descubrimos cómo nuestra presencia silenciosa y afectuosa es curativa en sí misma, entonces resulta más fácil acompañar y aprendemos a confiar en las bondades del proceso natural humano que es compartir la pena.

En ocasiones, la persona que llora piensa que se volverá loca. Nadie se vuelve loco por mostrar aflicción. Lo que puede hacer que alguien se vuelva loco es no tener la posibilidad de mostrar aflicción.

 

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La función de las lágrimas y el llanto

Cuando afrontamos una pérdida o una situación de estrés muy intensa, llorar es una reacción universal, una capacidad estrictamente humana que ha sobrevivido y se ha vuelto más sofisticada en la evolución de nuestra especie por alguna razón importante. Los estudios realizados por el Dr. Frey sobre la composición química de las lágrimas (las que van asociadas a una emoción, no las que se nos caen al cortar cebolla o se nos mete algo en el ojo) revelan que éstas contienen hormonas del estrés (entre otras, la prolactina). Estas hormonas prepararan al organismo ante una situación de amenaza para poder organizar los recursos personales de manera más eficaz. Nos ayudan a reaccionar adecuadamente, a vigilar, a huir o afrontar la situación con más capacidades, o bien a tomar una decisión rápida que nos salve la vida.

La respuesta de descarga interna de una sobredosis de hormonas del estrés facilita ese proceso, pero al finalizar la situación de amenaza, el cuerpo que ha producido un exceso de esas hormonas, necesita un mecanismo para liberarlas, y ese mecanismo es el llanto. Hoy se sabe que estas hormonas mantenidas en el cuerpo a la larga son tóxicas. Las personas sometidas a un estrés sostenido pueden acabar padeciendo problemas fisiológicos y mentales graves. En general, las mujeres producen niveles más altos de prolactina, por ejemplo estas aumentan especialmente durante el embarazo. Según los expertos, eso estaría en la base de por qué en general les es más fácil llorar, y todavía más durante el embarazo.

Llorar no tiene efectos secundarios adversos, todo lo contrario: libera el exceso de tensión, baja la presión sanguínea, produce distensión muscular, y tiene un efecto sedante y antidepresivo. Después de llorar, de forma natural, la mayoría de las personas afirma que se siente mejor. Además, las lágrimas suavizan la piel y mitigan las arrugas del rostro. Es cierto que los ojos se enrojecen y te afean el rostro, ¡sobre todo con el maquillaje! Sin embargo, si descansas después, al día siguiente notarás que te has sometido a un tratamiento de belleza natural. No llorar aumenta la tensión muscular y el nivel de estrés, y puede acabar generando problemas vasculares por el aumento de la presión sanguínea.

Llorar también tiene una función social: es una manera de pedir ayuda. Cuando mostramos nuestra tristeza, las personas de nuestro alrededor nos ofrecen su apoyo, nos preguntan si necesitamos algo. Ver que alguien llora invita a la compasión y alerta a la comunidad de que uno de sus miembros necesita ayuda. ¿Qué ocurriría si un bebé se perdiese en una ciudad y no llorase? El llanto es la manera que tiene el niño de restablecer la vinculación con los adultos y de expresar un malestar para el que todavía no dispone de palabras.

Para los niños, llorar es una manera de pedir ayuda física y emocional; no saben llorar solos. Paradójicamente, cuando adquirimos la habilidad de inhibir el llanto, los adultos acabamos llorando en la intimidad. De este modo, perdemos la función social y sólo nos queda la de descarga.

Llorar es la manera que tenemos las personas de mostrar nuestra humanidad; de decir, de mostrar que hemos amado y seguimos amando.

Otra función del llanto es que si bien es cierto que llorar nubla nuestra visión de lo externo, a la vez la expresión del llanto tiene la cualidad de disipar el velo de nuestro mundo interior. Las lágrimas son portadoras de mensajes esenciales para nuestro duelo.

 

Mito 3 del duelo: Expresar tu dolor hace daño a los demás

Cuando mi hijo me ve llorar, siempre me dice: «Mamá, no llores, ¿no ves que te haces daño? Hazlo por nosotros». Tengo que encerrarme en la habitación para que no me vea.

Cuando estás en proceso de duelo y muestras tu tristeza, pena o añoranza, despiertas emociones en las personas que te rodean. «¡Nos haces llorar!», dicen. Sería bueno poder responder: «Sí, claro, no pasa nada, podemos llorar juntos si quieres». Seguramente, desde el respeto y el miedo a hacer daño, lo que haces es callar, hacer de tripas corazón y reprimir el dolor. La tristeza queda sepultada en tu corazón.

Empatizar con el dolor de una persona es natural y forma parte de la experiencia de relacionarnos y compartir emociones sobre lo que nos ocurre. No ocultar nuestra pena al escuchar a alguien que nos habla de su duelo es bueno. Transmitimos que nos afecta, que lo sentimos, que amamos, que es importante para nosotros y que nos impacta lo que comparte con nosotros.

Esa emoción tiene que ver frecuentemente con las pérdidas de quien escucha; se despiertan en nosotros las experiencias propias que todavía nos conmueven. Es curioso observar cómo en los velatorios o después de un funeral, los asistentes acaban hablando de sus duelos en lugar de consolar a la familia. «Cuando se murió mi…» Cada persona cuenta sus experiencias. Las lágrimas de los demás conectan con las nuestras, con las que no hemos derramado todavía, y podemos interpretar esa experiencia como una amenaza o como una oportunidad.

 

Las lágrimas de los demás conectan con las nuestras, con las que no hemos derramado.

Cuando somos capaces de compartir nuestra pena por unos momentos, en silencio o abrazados, expresamos que somos personas en proceso de duelo y que a pesar del dolor podemos apoyarnos mutuamente.

 

Tengo dieciocho años y hace seis meses que perdí a mi madre. Soy hija única, así que mi padre y yo nos hemos quedado solos en casa. Cuando llego cenamos juntos, estamos cansados y hablamos de trivialidades; fingimos que no ha pasado nada, nunca hablamos de ella. Después de cenar nos encerramos en nuestras respectivas habitaciones. Me duermo llorando, abrazada a la almohada, y muchas veces lo oigo llorar a él también.

Debemos hacer que nuestro hogar sea un espacio donde podamos expresar alegría y buen humor, pero también tristeza y duelo. Nuestro desafío como padres consiste en enseñar a nuestros hijos que es bueno mostrar los sentimientos y que no debemos avergonzarnos de esas respuestas naturales que experimentamos ante las situaciones de pérdida. De ese modo, al hacerse mayores tendrán la capacidad de estar en intimidad en sus relaciones, de relacionarse con otras personas desde el corazón, desde la realidad de la condición humana. La vida tendrá para ellos más intensidad y profundidad, y las relaciones resultarán mucho más satisfactorias.

Sin la capacidad de emocionarnos no podemos estar en intimidad. Sin intimidad no podemos disfrutar de relaciones profundas.

 

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Los niños y la expresión de dolor de sus adultos de referencia

La afirmación de que compartir nuestro dolor no hace daño a los demás tiene una excepción: hacerlo intensamente delante de un niño o de una persona con discapacidad o alteraciones psíquicas puede afectarlos negativamente. Los padres en proceso de duelo deben encontrar el punto justo, cosa que no siempre es fácil, entre expresar lo que sienten porque es natural y humano (ofreciendo a sus hijos un modelo de cómo gestionan los adultos el dolor) y a la vez no mostrar un nivel de dolor excesivo que haga que desborde al niño, que le haga sentirse en peligro o desprotegido, o que le haga pensar que es el responsable de ese sufrimiento.

La pena que sienten los padres, deben mostrarla en momentos concretos, sin alterar gravemente el día a día, y tienen que hacerlo de manera que enseñe al niño que pueden sentir tristeza pero que es o no les impide seguir siendo los responsables de la estructura y de las tareas diarias de cuidados y de mostrar afecto y seguridad hacia los otros miembros de la familia.

Podemos detectar que un niño vive manifestaciones de dolor excesivas en su entorno cuando muestra conductas como estas:

● Quiere «rescatar» a los adultos, es decir, quiere ocuparse de aspectos materiales y/o afectivos que no le corresponden por su edad. El niño intenta «hacer de adulto», asume responsabilidades por encima de su edad, vigila a los padres constantemente para que no se desborden e intenta consolarlos.

● Hace el papel de «niño bueno» para no preocupar más a sus padres: la niña adaptada que empieza a portarse bien para que los padres se sientan mejor, por ejemplo. Muchos niños se sienten culpables por lo que ha pasado, y esa respuesta de «practicar la bondad » puede ser una señal…

● Dice la palabra mágica. El niño aprende rápidamente que si nombra al hermano, al padre o al abuelo fallecidos, el adulto de referencia dejará de hacer lo que esté haciendo e irá a consolarlo. El nombre en cuestión se convierte en una palabra mágica que no tiene nada que ver con su duelo sino con la necesidad de pedir la atención que necesita.

Es importante que los padres estén atentos a esas conductas y a otras que denotan dificultades en los niños. Lo mejor que pueden hacer unos padres en proceso de duelo por sus hijos es pedir ayuda para ellos mismos. Mediante la experiencia de recibir ayuda podrán obtener del terapeuta experto numerosas instrucciones, consejos y aclaraciones sobre cómo reaccionar ante esas señales a fin de atender las necesidades afectivas de sus hijos, sin descuidar las propias.

 

Mito 4 del duelo: Expresar tu dolor es una señal de inadecuación

Empecemos con dos historias:

● Hoy, Luis ha vuelto al trabajo. Es su primer día allí después de la muerte de su mujer. ¡Se ve que lo lleva muy bien! ¡Es admirable! Se le veía contenido, haciendo esfuerzos para no decaer. No ha dicho ni una palabra. ¡Qué fortaleza! Ha trabajado mucho y no ha derramado ni una lágrima. No sabíamos qué decirle y hemos optado por no acercarnos.

● Ramón ha vuelto hoy al trabajo. Es su primer día después de la muerte de su mujer. Estaba triste y se ha emocionado mucho al vernos. Ha querido estar con nosotros y compartir sus sentimientos con todos, especialmente con los más allegados. Ha hablado de cómo fueron los últimos días. Después nos ha dado las gracias por haberle escuchado y nos hemos abrazado. No hemos trabajado mucho, la verdad, y hemos acabado todos emocionados con él. Ha sido triste, pero bonito a la vez.

Es posible que tengamos que modificar nuestra idea de qué significa ser valiente. Tendríamos que plantearnos la posibilidad de que la persona valiente no es aquella que oculta el sufrimiento, sino la que tiene el valor de compartirlo. Disponer de recursos durante un proceso de duelo significa que eres capaz de mostrar tus emociones cuando es necesario y de contenerlas cuando la situación lo requiere. Mostrarse frágil y vulnerable no significa que no estés bien, igual que mostrarse fuerte e inexpresivo no quiere decir que estés bien.

 

La persona valiente no es la que oculta el sufrimiento, sino la que tiene el valor de compartirlo.

 

¿La persona racional es la fuerte ? ¿Acaso expresar emociones es un signo de debilidad, de inmadurez? ¿Lo lleva muy bien porque no expresa nada? ¿Qué significa estar bien cuando ha muerto un ser querido? ¿Actuar como si nada hubiese pasado ? ¿Es eso lo que se espera en un duelo?

Los expertos decimos que la persona que a nuestro entender hace el mejor duelo es la que su familia considera que no lleva bien el duelo porque le ven fatal.

 

Con frecuencia, en una familia en proceso de duelo, la persona que lo lleva de manera más saludable es la que la familia identifica como la que está peor.

JOAN BORYSENKO

Las personas que acuden a los grupos de apoyo a pedir ayuda, en algunos casos, reciben críticas de sus familiares. «No sé qué vas a hacer allí, a escuchar penas. ¿No tienes suficiente con las tuyas? No te hace ningún bien.» Por suerte, no siempre es así. Muchas familias animan a pedir ayuda a sus miembros más afectados, y he conocido a muchos padres, hombres, que hacían el duelo a través de sus esposas: las esperaban en casa y ellas les hacían un resumen de lo que habían aprendido en el grupo de apoyo.

 

Mito 5 del duelo: El dolor debe ser expresado en la intimidad

La pérdida de mi hijo asustaba a algunos conocidos. Pasadas las primeras semanas, veía cómo se alejaban. Supongo que no sabían cómo reaccionar, cómo encontrar las palabras adecuadas. Pero yo puedo decir que fui muy afortunada. Durante el primer año, los amigos de Jordi venían a casa a menudo y me regalaban días memorables. Solían venir en grupos de tres o cuatro, sus amigos de toda la vida. Me encantaba cuando compartían sus recuerdos más preciados, aquellos que eran especiales para ellos, cuando me explicaban alguna historia de Jordi totalmente desconocida para mí, me hacían descubrir una parte de él que yo no conocía. Me hacían llorar y sentirme cerca de él, como si el amor de los que lo querían me llegase a mí. No eran visitas llenas de tópicos ni hechas desde las formas porque «es lo que hay que hacer». Reconozco que antes yo misma habría pensado que era horrible recordar cosas dolorosas, como poner sal en una herida. Pero hoy sé que no es así. Todavía hoy, pasados tantos años, cuando me visitan por su cumpleaños es como un regalo muy preciado que agradezco. Y el dolor que siento al ver que se van haciendo mayores y que todavía lo recuerdan siempre se mezcla con sentimientos de amor y gratitud.

En Una pena en observación, un breve y maravilloso libro autobiográfico de C. S. Lewis, el autor describe la experiencia de la pérdida de su esposa y afirma que tal vez deberíamos juntar en un mismo recinto a las personas en proceso de duelo para que no molesten. Son un estorbo para los demás porque la gente no sabe cómo tiene que reaccionar ante su dolor. De ahí viene esa idea de que hay que llevar el duelo en la intimidad. Es cierto que muchas veces la persona en proceso de duelo pide estar a solas con su dolor y lo necesita: y que la introspección y el aislamiento son elementos necesarios en el proceso de recuperación. Pero también es muy cierto que los seres humanos necesitamos a los demás para aliviar el sufrimiento y darle sentido. El duelo es algo que se vive en relación.

 

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Según los estudios sobre el duelo, quienes realizan bien el proceso, quienes se recuperan mejor, son aquellas personas que tienen a otras con las que compartir, los que cuentan con el apoyo de los amigos y la familia a pesar del tiempo que haya pasado, a los que nadie «da el alta» antes de tiempo. Cuentan con el apoyo de personas a las que no les da miedo escuchar, que no tienen prisa, que no te interrumpen, que no tienen miedo de tus emociones… Si tienes una persona así a tu lado o cerca, no dudes en pedirle ayuda. Disponer de un tiempo para compartir tus sentimientos, sean los que sean, de un espacio de escucha sensible, es totalmente indispensable cuando estás en proceso de duelo. Las personas que no tienen a nadie con quien compartir su experiencia, sus preocupaciones, fantasías, miedos o ansiedades, son las que tienen más probabilidades de acabar haciendo un duelo complicado que puede acabar en una depresión.

Sabemos también que los padres y las madres en proceso de duelo por la pérdida de un hijo mejoran cuando comparten lo ocurrido y no intentan hacerse los valientes entre ellos. Paradójicamente, los intentos de proteger a la pareja disimulando el dolor y evitando todo lo que se refiere a la pérdida no hacen más que alargar e intensificar los síntomas del duelo de los dos.

 

Creí que mi quehacer desde el momento en que nuestra hija falleció era atender a mi mujer. Ahora, después de cuatro años, me ha pillado por sorpresa una especie de grito interior que dice «no he podido llorar la muerte de mi hija», cosa que ha hecho que me derrumbara. No puedo responsabilizarla a ella, sino al hecho que no he sabido gestionar lo que ha pasado para que no nos hiciera daño ni a ella ni a mí. El duelo que no he vivido ahora me pesa y sé que debo hacer algo. Y si hay un responsable, he sido yo por mi forma de ser y por no comunicarme ni lo suficiente ni como debiera haberlo hecho.

Las personas somos los seres vivos que forjamos los vínculos sociales más complejos, los que tenemos más capacidad para sentir emociones y los que podemos expresar el dolor de manera más sofisticada cuando esos vínculos se ven amenazados o se rompen. Estas habilidades han perdurado a lo largo de la evolución de nuestra especie y, sin lugar a dudas, tienen una función adaptativa de supervivencia. La dimensión relacional del duelo, expresada en la necesidad de compartirlo, es tan importante (o más) como la dimensión subjetiva. Somos seres sociales: necesitamos amor, afecto, consuelo, reconocimiento y aceptación de los otros para poder crecer, madurar y vivir con plenitud.

No reconocer y no saber expresar la aflicción natural ante las pérdidas y los traumas de la vida se convierte en una especie de acto contra natura, una negación de lo que es más intrínsecamente humano, y provoca que, por una lado, perdamos la oportunidad de tener las necesidades afectivas cubiertas y, por otro lado, hiramos los sentimientos de los demás. Es evidente que no podemos forzar a nadie a expresar aquello que no puede, y que las personas necesitan un tiempo para poder compartir. Cuanto más traumáticas son las experiencias, más tiempo necesitamos para digerirlas. Con el tiempo, sin embargo, integrar la vivencia del duelo pasa necesariamente por verbalizarla y compartirla con los demás.

 

El duelo es una herida provocada por la falta de relación, que sólo se puede curar dentro de otras relaciones.

 

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El Evangelio según Zorba

El cine es para muchos una de las expresiones artísticas más refinadas por aunar en un mismo formato la imagen, la palabra y la música. Pero además  es capaz de trasmitir poderosas lecciones de vida de manera sencilla y es capaz de llegar a todos los públicos. Una de esas historias es la de Zorba el Griego de Michael Cacoyannis.

Cuando el escritor americano en crisis Basil (Alan Bates) vuelve a la tierra paterna, Grecia, para explotar una vieja mina abandonada encuentra a Zorba (Anthony Quinn) en el barco hacia las islas y le contrata como capataz para su explotación. Zorba es la antítesis de Basil, jovial, alegre, compasivo, bregado en mil batallas y trabajos y curado de todos los espantos del mundo. Basil es  tristón, parado, taciturno, poco hablador y poco sensible. Al legar al pueblo todo sale mal. Nuestros héroes se enfrentan a la catástrofe total.

 Madame Hortense, una dama francesa maltratada por el amor con el corazón roto en innumerables ocasiones les recibe en su humilde hotel. Lleva años esperando la venida del amor verdadero que la lleve lejos de esas islas, espera y espera la llegada de su príncipe a modo de evadirse de una cruel realidad. Zorba se muestra cariñoso y empático con ella. Basil hace creer a Madame que Zorba se casara con ella. Acepta  simbólicamente pero Hortense enseguida muere de neumonía, mientras los aldeanos saquean sus posesiones en ausencia de herederos

El escritor, a su vez, encuentra el amor en la viuda del pueblo, una mujer con la palabra tragedia escrita en la frente, magníficamente interpretada por Irene Papas, que le da un carácter solemne, sobrio y duro pero bello que es el reflejo de la sociedad y el paisaje locales. Había además un chico del pueblo enamorado de ella, pero no correspondido y al ver que su amor solo era para Basil se suicida.  El destino es cruel con la viuda y la dirige al ostracismo social y a la más cruel de las muertes. Apunto de ser dilapidada es salvada por Zorba, pero a continuación y  sin que nada pudiese hacer es degollada por el padre del chico

Por último la empresa de la mina también fracasa estrepitosamente

Irene Papas y Alan Bates

Irene Papas y Alan Bates

En esta película los héroes se enfrentan a la adversidad en todo lo que hacen: es la catástrofe total. Paradójicamente en vez de venirse abajo, deprimirse o perder toda esperanza, la escena final es un baile: los dos protagonistas bailan sirtaki, una danza tradicional griega y se echan a reír. Nos están enseñando una forma de aproximación al fracaso, al sufrimiento y a la aparente falta de toda esperanza y sentido a la vida. La vida no es finalista, no hay finalidades sino que nosotros las ponemos y entonces surgen dualidades como el fracaso y el éxito. Pero la realidad es la que es y ésta no conoce de categorías sino solo da causas, nunca de finalidades. Recordemos un fragmento de dialogo de la película: pregunta Basil: ¿Zorba, has estado casado alguna vez? Responde Zorba: ¿no soy un hombre? Pues claro que he estado casado. Mujer, casa, hijo. Todo, la catástrofe total.

Con esto Zorba no se está lamentando sino que está admitiendo la vida tal y como es, con todos sus vicisitudes y problemas y también sus riquezas y alegrías. Lo que hace Zorba y se evidencia a través del baile es danzar sobre la catástrofe sin que nunca le destruya, sin que nunca sucumba. Se ríe de todo, de todos, y de sí mismo. Celebra la vida tal y como es y no queda enganchado en un círculo vicioso de culpas y reproches que son los que realmente hunden a las personas. Es decir la filosofía de Zorba es la aceptación y  también en cierta manera la vuelta a los orígenes, a la niñez.

Aceptar se contrapone a enjuiciar. La mayoría de las veces nuestro pensamiento al relacionarse con los sucesos  está enjuiciándolos: esto es bueno o malo, guapo o feo, de manera que atribuimos un valor a una realidad que esta desprovista de ellos. Así cuando el león se come a la cebra no piensa si es justo o no, no lo valora. Esto solo lo hacen las personas, mentalmente, y no existe en la realidad, ésta solo es. Esta apreciación no es fácil de hacer pero es sumamente útil para evitar ser engullidos por nuestra desesperanza en situaciones de crisis. En éstas nos será muy útil mantener la calma y en vez de sufrir tratar de aprender y aproximarse a lo que somos, a lo más humano de nosotros.

Para discernir entre juicios  o pensamientos, sensaciones y emociones existen herramientas como la meditación. Así basta para ello con prestar la atención a la respiración y contemplar y dejar pasar pensamientos, sensaciones y emociones para darse cuenta de que una cosa son nuestros pensamientos y otra la realidad y como nuestra mente no para de enjuiciar. Pero no se trata de relativizar las desgracias y el dolor y hacer como si nada pasara sino de aceptar, darle la importancia adecuada y desde esa aceptación poder dar una respuesta constructiva que nos permita crecer espiritualmente

Zorba y Basil, amigos

Zorba y Basil, amigos

No obstante, ese baile no solo significa aceptación sino también una vuelta a los orígenes, a la inocencia de la niñez, a un equilibrio y armonía propios de esta etapa de la vida. Bailar es un ritual, una manera de conectar o fusionarse con el entorno, como lo hace el niño a través de su mente de principiante: todo rebosa interés y su curiosidad es total por todo lo que existe. Se interesa por la naturaleza, por los otros, por el mismo, solo quiere  jugar y bailar también es un juego. Zorba al bailar quiere volver a ser niño. Hablaba Nietzsche de esto en sus 3 trasformaciones: primero se es el camello obediente, luego se es el león libre que destroza la moral y los prejuicios, luego se es niño. Los camellos abundan y los leones son raros pero la dificultad esta en dar un paso más (¿adelante o tras?) hacia la niñez. El león lo destruye todo y también a sí mismo, ¿cómo puede éste transformarse en niño? Quizás una respuesta sea bailando. Piénsese que muchos bailes tienen connotaciones religiosas, son un medio para conectar con Dios (piénsese en los derviches turcos)

Pero todo esto va más allá: el baile conecta con Nietzsche en la forma del bailarín cósmico, el equilibrista que vuela de perspectiva en perspectiva, que se mueve de verdad en verdad para alcanzar una mejor perspectiva de todo lo que es, es el que está experimentando con la vida misma.

El baile final de Sirtaki

El baile final de Sirtaki

 

Referencias bibliográficas:

  • F. Nieztsche: Así habló Zaratustra
  • Jon Kabat-Zinn: Vivir con plenitud las crisis
  • J. Campbell: The Hero  with a thousand Faces

Nuestro niño interior: una fuente inagotable de recursos y felicidad

En modo hacer ¿dónde está nuestro niño interior?

Las personas adultas tendemos a ignorar a nuestro niño interior. Nos movemos a diario en un ambiente, por lo general, rutinario que está plagado de normas sociales y de deberes personales, sociales y profesionales. Las necesidades (algunas reales y otras inventadas por otros o por nosotros mismos) nos conducen a un camino enfocado en el hacer y en el que podemos llegar a sentirnos encorsetados y con poca capacidad de acción.

 

niño interior

 

A lo largo de nuestras vidas se nos ha ido indicando el camino a seguir y guiando para recorrerlo sin pérdida. Siempre enfocados en el futuro, pasamos un tercio de la vida preparándonos para lo que vendrá. Primero la educación (colegio, instituto, universidad), después la consecución de un trabajo y más tarde la tan ansiada estabilidad económica que nos permita tener una casa y crear una familia. El plan es bueno y tiene sentido, no me malinterpretéis, es necesario hacer el esfuerzo, aprender y tener proyectos y metas a conseguir. Sin embargo, suele ocurrir que en el transcurso de este camino “perfecto” vamos perdiendo algo importante, nuestro niño interior se va escondiendo y la ilusión se va diluyendo.

 

Al dirigir toda nuestra energía en el hacer y en el conseguir nos vamos alejando cada vez más del disfrutar y del experimentar. Nuestra mente está constantemente enfocada en el futuro pasando por alto el momento actual. Nos pueden resultar los conceptos de disfrute y experimentación superficiales, algo inmaduros o incluso una pérdida de tiempo que molesta y ralentiza la consecución de los objetivos marcados. En este camino de la vida vamos dejando atrás, hasta casi desaparecer, a nuestro/a niño/niña interior.

 

Capacidades del niño interior

niño interior capacidad

 

¡GRAN ERROR! El niño no es ningún inútil, el niño tiene muchas capacidades. Al principio de su desarrollo no cabe en él el concepto “no puedo”, aún no ha desarrollado creencias férreas sobre lo que puede o no puede hacer, sobre lo que se le da bien, sobre lo que le gusta o no, sobre lo que le da vergüenza y un largo etcétera. Él o ella simplemente experimentan, se dejan guiar por la curiosidad y el instinto, lloran si algo les molesta y ríen a carcajadas cuando algo les hace gracia. Viven el momento porque para ellos y ellas es lo único que existe, hacen de la sencillez y la naturalidad su bandera, demostrando así una gran sabiduría.

 

Aún no han hecho mella en ellos la crítica externa ni interna ni “lo que se supone deben ser o cómo se supone que deben comportarse”. Esta libertad que se dan a si mismos es lo que les lleva a escalar esa pared, a saltar más alto y más lejos cada vez, a tirar y tirar con toda su fuerza, a comer con los ojos, con las manos y con la boca, a poner todo de si mismos en cada cosa que hacen. A levantarse cada vez que se caen cuando están aprendiendo a andar, a correr más rápido para ver si así llegan a volar. A no dejarse nada y a vivir la vida de verdad y no de puntillas. Y en esto no hay estupidez ni ignorancia, hay poder y crecimiento.

 

¿Qué pasaría si lo practicásemos un poco más?

Imagínate que vas por la calle y en lugar de seguir por la acera decides continuar caminando por un murete que hay justo al lado simplemente por el placer de hacerlo. ¿Te has planteado qué dirán los demás sobre ti?¿Te ha dado vergüenza sólo pensarlo? Incluso, ¿te has frenado y ni siquiera te lo has imaginado?. O ¿qué pasaría si te lanzarás y te apuntarás a aprender esgrima, baloncesto o chino? Si dejamos a un lado las creencias limitantes (“no puedo”, “eso no es para mi”, “ya no tengo edad”, “ya es tarde”) podremos llegar más lejos de lo imaginado en nuestra felicidad y crecimiento personal.

 

La mayoría de las veces que les he pedido a adolescentes o adultos en terapia que dibujen, lo primero que me han respondido es “no sé dibujar”. Una vez que superan esta creencia limitante y dejan salir al niño descubren cosas maravillosas. El tacto de las pinturas, el olor y el darse el permiso para no hacerlo perfecto les libera y lo disfrutan y, sobre todo, les permite entrar en contacto consigo mismos.

 

El día a día está protagonizado por nuestro yo adulto. El yo adulto nos ayuda a mantener la calma en momentos de tensión, a resolver conflictos, a razonar y a hacernos cargo de nuestras obligaciones. Es un aliado maravilloso, al igual que lo es nuestro yo niño. Darle su espacio a nuestro yo niño para que pueda respirar y sentir el mundo como sólo él sabe hacerlo es importantísimo. Si se le empuja hacia abajo y se le mantiene encerrado la ilusión y la felicidad terminará por desaparecer y el cinismo, la ira o la tristeza ocuparán su lugar.

 

Déjale crecer y experimentar ya sea dibujando, bailando, construyendo o cocinando. Permítele saltar si estás exultante de alegría y llorar si lo necesitas. Permítele que te guie y te ayude o es que ¿acaso no recuerdas la rabia que te daba cuando los adultos creían que lo sabían todo?.

 

niño interior

Fábrica de sueños

Entre las muchas posibilidades que tenemos de definir a los seres humanos, está la opción de reconocernos como una fábrica andante de sueños. Ese espejo maravilloso y deformante de la realidad y de nosotros mismos, que en ocasiones resulta más revelador que la poderosa conciencia. Y es que en los sueños, siendo nosotros mismos podemos a la vez ser otros, integrar nuestra sombra. Dormidos, con la guardia baja, el otro yo se apodera sigilosamente de los controles y desactiva las alarmas. Convertidos en marioneta, los sueños nos llevan a su vida secreta. A ese reino que es de todos y en el que se nos permite volar, mutar en criaturas fantásticas, desatar por completo los instintos, trascender el tiempo y el espacio.

Lo soñado

El sueño no nos niega nada. En los brazos de Morfeo, volví a besar a Micaela durante el sexto grado de primaria, recorrí Anatolia montado en un canguro (no era Anatolia ni tampoco exactamente un canguro), escapé por poco de un linchamiento, participé en una orgía, me convertí en rinoceronte, fui director de una orquesta sin instrumentos, visité un universo distante, me convertí en número, se me cayó la cabeza al suelo y cuando me agaché a recogerla no había suelo sino una lengua gigante de vaca. Una anciana, peinada de amapola, gritó mi nombre: ¡Diógenes, la cena está servida!. Hablé con objetos inanimados. Deslicé el dedo por las arrugas de una cara invisible. Vi cigarrillos y un vaso con agua turbia. Un reptil dentro de una caja de zapatos. En el cadalso, con las últimas luces de la tarde, y habiendo perdido toda esperanza, llegó la dispensa especial de aquel rey extranjero. Y todas estas peripecias sin salir de la cama.

Marco privilegiado de la imaginación, en los sueños redimimos lo perdido, le pillamos el truco a la vida, respondemos preguntas imposibles, abolimos la lógica. Luego nos despertamos con un fragmento clarificador entre las manos o bien con el desasosiego de no haber podido retener nada. Los caprichos de la memoria cuando juega al escondite.

Los sueños se tejen con el hilo del eterno retorno. Volvemos a esa escena recurrente: se nos caen los dientes, estamos desnudos ante un auditorio, contemplamos un desierto infinito, se nos muere un ser querido.

Los sueños nos colocan ante los arquetipos. Revelan estados interiores de nuestra psique. Nos reparan por dentro y nos preparan para ese otro sueño, el eterno.

En la selva malaya está el pueblo de los Senoi cuya primera actividad por la mañana es reunirse para relatar los sueños, que a continuación son interpretados y comentados por los ancianos. Éstos son los encargados de evaluar si se ha actuado de manera correcta en el sueño y, en su caso, aconsejan lo que se debería hacer. Así es como los Senoi obtienen de los sueños un conjunto de guías que se va transmitiendo de generación en generación.

El lugar que ocupan los sueños en la cultura occidental contemporánea es considerablemente más reducido y estrecho. A diferencia de varios pueblos antiguos, como los griegos o los romanos, que les asignaban cualidades adivinatorias -bastaría con mencionar aquí las profecías que contenían los sueños de Julio César- o incluso pedagógicas, en nuestra época no hay pruebas tangibles de que les hayamos otorgado esos roles. No obstante, sería injusto ignorar la relevancia que tiene el empleo de la palabra sueño para designar aquello que anhelamos, despreciar el valor de los descubrimientos que el psicoanálisis alcanzó o ningunear la infinidad de veces que el séptimo arte se encargó de ellos.

Sueño + psicoanálisis + cine

Uno de los ejes sobre los que gira el psicoanálisis es su método de investigación para evidenciar el significado inconsciente de los sueños. De hecho, Freud sostenía que éstos eran la vía regia hacia el inconsciente.

El contenido manifiesto del sueño se presenta como un mensaje en código o un puzzle cuyas piezas están desordenadas, por lo que es usual que su sentido se asocie con lo absurdo en la medida en que desafía el sentido común y parece escapar de una mera comprensión intelectual.

A través del simbolismo que se extrae de los sueños, observamos como el deseo dispara imágenes que deberán ser descifradas pero que vienen esencialmente cargadas de material sexual. El psicoanalista busca ayudar al paciente a que tome conciencia y reviva de un modo no traumático cierto tipo de experiencias pasadas: lo reprimido. Fomentando la libre narración -sin resistencias- de los sueños van saliendo a flote cuestiones sumergidas dentro del paciente. De esta manera, no es la lógica de la razón la que explica la actividad del sujeto sino aspectos irracionales de su psiquis. Capítulo aparte merecerían las aportaciones de Carl Jung al tema de  los sueños. Éstos no sólo compensan y equilibran la actividad de la vigilia, sino que dialogan y sirven de puente con los procesos arquetípicos del inconsciente.

Otro canal privilegiado por el que circuló la savia de los sueños fue el cine, al que dedicaremos la última parte de estas líneas.

Un cohete lanzado desde la tierra, aterriza en el ojo derecho de la luna y allí descienden seis astronautas muy particulares. El parisino Georges Méliès convirtió, a finales del siglo XIX, una caja de madera en un proyector de sueños y nos ofreció las primeras imágenes en movimiento de un Viaje a la luna. Para este pionero del cine y del género fantástico las películas tenían el poder de capturar los sueños. A partir de él, muchos creadores han parido obras en las que el sueño juega un papel primordial.

En 1920, Salvador Dalí y Luis Buñuel, subvencionados por los príncipes de Polignac se lanzaron a unir al cine con el  surrealismo. La premisa fijada para las películas Un perro andaluz y La edad de oro, fue la de trabajar exclusivamente con material proveniente de los sueños. Ya en Hollywood, diez años más tarde, Dalí volvió al terreno onírico con Alfred Hitchcock en Recuerda: columnas que se licuaban, árboles que se tensan, espirales hipnóticos, relojes desinflados. El artista de los bigotes de gato siempre creyó en la imaginación que encendían sus sueños. Los tenía por fuente de los misterios, algunos de los que todavía esconden sus pinturas.

Varios de los directores clásicos del siglo XX incluyeron a los sueños en en algunas de sus mejores películas.

En un minúsculo cine-club de Buenos Aires, recuerdo haber visto en la adolescencia Cuando huye el día (traducida como Fresas Salvajes en España) de Ingmar Bergman. En una escena que me ha quedado clavada en la retina, el protagonista –un tal doctor Isak Borg- sueña con su muerte que aparece representada por un reloj sin agujas.

Todo el cine del ruso Andrei Tarkovski no es otra cosa que la búsqueda de lo que se aleja de la lógica objetiva y que nos habla del significado de la vida a través del sueño.

Sueños de Akira Kurosawa se divide en ocho segmentos, a cual más poético, que se corresponden con ocho sueños reales del propio director japonés.

La última película de Stanley Kubrick, de marcado corte psicológico, bucea en lo onírico ya desde el propio título, Ojos bien cerrados, y bajo ningún concepto facilita al espectador los criterios que le permitirían discernir entre la realidad y lo que sólo tiene lugar en la mente de la pareja protagonista.

Woody Allen, por su parte, no ha cesado de representar los estados mentales que se suscitan en la visualización de los sueños. Toda la filmografía del neoyorquino está preñada de escenas en que las que algún personaje le relata a su psicoanalista un sueño recurrente.

Ciñéndome a los últimos años y a la temática de los sueños que nos ocupa termino con los siguientes cuatro títulos: Mulholland Drive (2001) de David Lynch; La ciencia del sueño (2006) de Michel Gondry; La cueva de los sueños olvidados (2010) de Werner Herzog. Un documental en el que el director alemán penetra en la Cueva de Chauvet, situada en el sur de Francia y donde se hallan pinturas rupestres de hace más de 32.000 años, para intentar aproximarse a los sueños que inspiraron al primer artista de la historia. Por último y como si se tratase de algo sólo posible en sueños, el protagonista de Holy Motors (de Leos Carax, 2012) es un hombre con múltiples personalidades: la de asesino, mendigo, ejecutivo, monstruo y padre de familia.

¿Otra vez el enfado? ¡Y ahora con la novia!

Esta vez toca hablar del enfado con la novia… Ya dije que el enfado es una de las emociones que más pereza me da en mi último artículo.  Y aquí estoy otra vez con el enfado… Y es que, si te paras a pensar, es un tema con mucho jugo… Y si la vida me lo devuelve, será por eso, para que lo exprima más, para que aprenda más de ello…

Vaya por delante que la historia que cuento del enfado con la novia podría habernos pasado, mutatis mutandis, a cualquiera de nosotros en algún momento de nuestra existencia, así que podemos mirarla con cariño y sentido del humor.

Un cliente vino a la consulta en plena ebullición de su enfado con la novia. Decía que ella no le quería, no le valoraba. Yo le miraba y me preguntaba, ¿qué hay detrás de todo ésto?, ¿cuál es la historia que él se está contando? Y llegado un momento, le dije: bueno, y si ella no te quiere, ni te valora, ¿qué hace contigo entonces…? Esto paró un poco su acelerado e indignado discurso …

Y ya con un poco de serenidad en el ambiente, le pregunté por sus “pruebas” de que ella no le quería ni le valoraba. Resultó que si su novia quería quedar un día con sus amigas en vez de con él, él interpretaba: ella prefiere estar con sus amigas, ella no quiere estar conmigo, ella no me valora, ella no me quiere. Si su novia estaba cansada un día a la salida del trabajo y prefería marchar sola a su casa, igual: ella prefiere estar sola a estar conmigo, ella no valora mi compañía, ella no me quiere.

Esa era la historia que él se estaba contando. Mi novia queda con sus amigas significa que mi novia no me quiere ni valora. Mi novia está cansada y quiere irse a su casa, igual.  Y, claro, me enfado. ¿Cómo no habría de enfadarme si creo que mi novia ni me quiere  ni me valora?

enfado con la novia

¿Nuestros pensamientos  son verdad?

Solemos creer en nuestros pensamientos como en verdades absolutas. Lo que yo pienso es cierto, es verdad. Pero, en realidad, ¿qué pensáis vosotros? Realmente, ¿es cierto qué si su novia queda un día con sus amigas significa que no le quiere? ¿Es verdad que si su novia sale un día cansada del trabajo y quiere marchar sola a casa  eso también significa que no le quiere? Obviamente, eso no es verdad. Son pensamientos “mentirosillos”…

¿Y cómo se siente él cuando piensa que eso es verdad? ¿Cómo reacciona? Con enfado. Habla conmigo y critica a la novia. Habla con la novia y discuten acaloradamente, con lo cual la relación se deteriora… Él se siente mal, hace sentirse mal a la novia y la relación se resiente… ¿Algún motivo para mantener esos pensamientos?  ¿Alguna razón para soltarlos? ¿Quién sería él sin esos pensamientos? … Puedes contestarte tu mismo.

enfado con la novia

 

El espejo

Hay quien dice que cómo nos relacionamos con el otro es un espejo de cómo nos relacionamos con nosotros mismos… Así que, llegado el momento oportuno,  le invité a que invirtiera la frase de su pensamiento inicial. A que dijera en voz alta “yo no me quiero ni me valoro”,  en vez de “mi novia no me quiere ni me valora”. ¿Te resuena? — Le pregunté —. Sí — me contestó él y su semblante cambió radicalmente, quedándose pensativo y  en silencio—.

A partir de ahí, pudimos trabajar sobre la aceptación de sí mismo para que se quisiera y se valorara más.

Somos humanos y tendemos a proyectar en los demás. En este sentido, el otro es mi maestro. Sin embargo, mientras seguimos atrapados en el enfado con la novia o con quien sea, echando los balones fuera, somos incapaces de verlo. La ira ciega, dice el saber popular.

Cuando somos capaces de quitarnos la venda del enfado, podemos abrir los ojos. Y quien abre los ojos ve.

Una mujer me dijo esta mañana «he decidido no entrar en conflicto con nadie porque me he dado cuenta de que cuando entro en conflicto con alguien, en realidad, lo que hago es entrar en conflicto conmigo misma”.

Un abrazo de corazón,

Ana F Luna

Referencias bibliográficas. Si quieres cultivar la desidentificación del pensamiento te recomiendo que leas “Amar lo que es” de Byron Katie. Y si quieres más información del enfado desde otro punto de vista, mi anterior artículo “El enfado… que pereza me da”

El sentido de la libertad

Libertad de hacer

La palabra libertad tienen un papel importante en nuestra escala de valores personal. Es el ideal que enarbolan como bandera diferentes sistemas sociales, políticos y económicos. Para el padre del liberalismo, John Locke, la libertad consistía en “estar exento de coerción y violencia por parte de terceros” lo cual sólo era posible pactando unas leyes, y el alma de la Revolución Francesa ha quedado inmortalizada en el lema de “libertad, igualdad y fraternidad”.

Para un amplio sector de la sociedad occidental la libertad se define como la posibilidad de elegir, de poder expresarse sin represión, de poder hacer lo que uno quiere dentro de un marco de seguridad, incluso se asocia a tener muchos derechos y a ser posible pocas obligaciones… La libertad está estrechamente vinculada al individuo y se define en el marco de su relación de independencia con respecto al otro.

 

Libertad de exisitir

Sin embargo, ¿qué es lo que sientes si te pregunto qué es para ti ser libre?

En este caso es muy posible que conectes con sensaciones de amplitud, imágenes de ligereza, de amor, de plenitud, de felicidad…

En el fondo estamos hablando de un mismo término pero con dos vertientes distintas y aún así muy vinculadas. Por un lado la libertad social, por otro lado la libertad como SER humano. Uno de los planteamientos que nos permite ver más claramente esta distinción es el siguiente: ¿puede ser libre alguien que se encuentra encarcelado?

Hay quienes estando encarcelados en un campo de concentración contestaron afirmativamente a esta pregunta. Victor Frankl estaba convencido de que la libertad dependía más de la actitud que de las circunstancias. Se trataría de la libertad de existir (la forma en la que nos mostramos hacia fuera, la forma en al que vivimos). Está claro que una persona encarcelada pierde sus libertades sociales. Ahora bien, a nivel humano sigue ahí la posibilidad de sentirse en paz, sentir que la Vida que corre por sus venas le hace libre, sentirse pleno, conectado al Amor. De modo que la persona podría no ser libre en el aspecto social y sí a nivel existencial. En cambio lo contrario no ocurre. De hecho es la situación en la que nos encontramos muchas personas, que aún y viviendo en sociedades libres nos sentimos esclavizados.

¿Te atreves a ser libre?

Queremos ser libres, pero no nos atrevemos a serlo.  Por eso no podemos reconocer que ya lo somos y seguimos empeñados en luchar por conseguir algo que ya somos.

Existe una historia que refleja esta paradoja:

Un hombre había adquirido en un mercado un exótico loro y lo tenía en su jaula. El loro repetía un montón de palabras y sonido, pero tenía la costumbre de gritar «libertad» cada vez que iba a casa alguna persona de fuera. Un día el hombre invitó a un amigo a tomar un té, pero conmovido por los desgarradores gritos del loro que pedía libertad el invitado no pudo tan siquiera terminarse el brebaje. Se despidió profundamente consternado y comenzó a urdir un plan para poder liberar a aquel pequeño animal. Decidió esperar a que su amigo no estuviese en casa para entrar a escondidas y abrir la jaula para que el pájaro pudiese volar libre. En cuanto el loro vio que alguien entraba en casa comenzó de nuevo con sus desgarradores gritos «¡libertad, libertad!». El hombre se apresuró a abrir la jaula y cual sería su sorpresa cuando el loro corrió en dirección contraria a la salida y agarrándose fuerte con sus garras a las varillas de la jaula siguió gritando «¡libertad, libertad!».

Esto es lo que nos ocurre muchas veces, Nos llenamos la boca de la palabra e incluso el ideal de libertad, pero  fácilmente ponemos el concepto fuera de nosotros y responsabilizamos de ella a nuestro entorno:  ¿nos atrevemos a ser libres?, ¿qué significa realmente ser libre?, ¿podemos construir sociedades libres si sus individuos no se saben libres?, ¿podemos ser libres aunque podaos elegir?, ¿en realidad elegimos algo?

 

Libertad de ser

El hinduismo entiende que la finalidad última del ser humano es la liberación y la liberación se entiende como la libertad absoluta, la dicha infinita, soltar por completo las cargas de esta y otras vidas de modo que ya no nos queda nada pendiente, ningún efecto que tenga que seguir a una causa. Reconocerse como Pura Conciencia y deshacer definitivamente todos los nudos del corazón. Esta idea de libertad no depende en absoluto de ninguna circunstancia externa sino del simple hecho de SER y de nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos.

Recuerdo perfectamente un aforismo callejero que me encontró siendo adolescente y decía “no es libre quien hace lo que quiere sino quien quiere lo que hace”, una idea muy estoica . Esta frase transformó mi concepto de libertad hasta el momento. Vislumbré que la libertad pasaba por el Amor y dependía de un estado interior. La libertad no es sólo una palabra o un concepto, sino SER.

 

El hinduismo es una tradición que poco nos habla del Amor, pero sí que nos habla mucho de la paz y de la ecuanimidad. Ver nuestro cuerpo físico y lo que hacemos, decimos y pensamos, como si fuésemos espectadores que asistimos nada más y nada menos que a la película de nuestra vida nos libera. Nos permite darnos cuenta de que ya siempre somos libres y que sólo nuestra mente con sus identificaciones y apegos nos hace sentir atrapados.

 

La prisión del ego

A menudo vivimos con el peso de una carga muy pesada. Esa pesada carga se llama “yo” y cuando este “yo” se cree que es lo único que existe y se olvida de su Ser como totalidad, entonces se le llama ego.

Andamos por la vida diciendo, “yo soy especialista en, doctora en, profesora, abogada, funcionaria, trabajadora social, camarera, empresaria, ejecutiva, emprendedora, ama de casa, terapeuta, yo soy: inteligente, agradable, generosa, egoísta, tonta, guapa, fea, ingeniosa, importante, desastre, buena, mala, reservada, extrovertida, obsesiva, adicta, depresiva, etc.,” y el problema no es el uso del lenguaje que hacemos sino el hecho de confundirnos y creer que nuestro ser se reduce a unas características concretas o el desempeño de una actividad en el plano social.

En distintas etapas y contextos de nuestra vida los roles que desempeñamos pueden ser muy variopintos.

Pongamos un ejemplo: cuando voy a una reunión de trabajo no me visto ni me comporto igual que si voy a la boda de un amigo, ni en un entierro me comporto del mismo modo que en un bautizo. Tampoco me visto igual que cuando tenía seis años y en el mejor de los casos hasta es posible que mi forma de ver el mundo haya cambiado en los últimos diez años. ¿Cuál de todas esas formas de vestir, de comportarme, de pensar soy “yo”?

Cuando reducimos nuestro ser a todas esas limitaciones y olvidamos el factor común a todos ellos, el hecho de Ser y existir como expresión de la Vida, convertimos el “yo” en un peso pesado, en una atadura que parece que nos protege y mantiene estables, ya que no saber qué soy o quién soy parece angustioso. Nos acogemos a etiquetas y más etiquetas, a veces etiquetas de «luchador, revolucionario, libre…». Sin embargo, pagamos por estas etiquetas el precio de la libertad, la libertad de simplemente Ser, sin conceptos que nos limitan y que limitan nuestra visión del mundo.

 

El “yo” que se identifica con todas las etiquetas habidas y por haber, pensando cada vez que todo lo que es es sólo esa pequeña y limitada “cosilla”, se alimenta con el deseo, un monstruo insaciable que siempre tiene más hambre porque cree que le falta algo más para conseguir ser totalmente libre y feliz.

Ese monstruo insaciable puede resultar entrañable. No es necesario condenarlo o reprimirlo, al contrario, este monstruo muestra su vulnerabilidad cuando lo miramos a los ojos y lo acompañamos como algo que está en nosotros pero que para nada agota todo nuestro ser y que satisfacerlo o no añade ni quita nada a nuestra verdadera esencia.

Cuando uno alcanza a comprender desde el corazón que los deseos proceden de la sensación de estar incompleto poco a poco esos deseos se desvanecen. Al principio puede que incluso se acentúen , ya que el ego, que se alimenta de estos deseos teme morir si los soltamos, pero sólo con mantenernos atentos y no volver a creer que lo que somos se reduce a conseguir saciar esos pequeños podremos soltar la carga del “yo”.

Simplemente Ser

Ser libre consiste en entregarse por completo a la Vida, a simplemente Ser lo que soy en cada momento sin que la Vida se agote en ello.

Podemos ejemplificarlo con unos edificios. Piensa en un solar vacío donde se construye una pequeña choza. El espacio de dentro y de fuera de la choza sigue siendo uno y el mismo, pero ese espacio se ha visto limitado ahora por unos muros. Imagina que echamos abajo esos muros y construimos ahora un enorme chalé. El espacio de dentro y de fuera el chalé continua siendo uno y el mismo, lo que ahora hemos limitado ese espacio con unos muros que encierran dentro una mayor cantidad de espacio que la chabola. Pues bien, el Ser que cada uno de nosotros somos es el espacio y ese espacio no varía lo más mínimo le pongamos unos muros más pequeños o más grandes.

 

El “yo” al que nos referimos a diario a menudo se identifica con los muros que ponen límites a ese espacio y se olvida por completo de que el espacio siempre es uno y el mismo y ese espacio es la totalidad de nuestro ser. El “yo” se cree ser más o menos en función de si sus muros abarcan mayor o menor espacio, pero en realidad eso no importa lo más mínimo. La libertad es darse cuenta de que Soy el espacio en su totalidad, y que todo lo que me rodea es ese mismo espacio con distintos límites.

Todo esto no significa que no pongamos unos límites. En realidad nos sirven para la vida cotidiana tal como la entendemos en este momento. Los límites, es decir las etiquetas que nos ponemos son como la ropa que nos cambiamos cada día, nos sirven para vivir en un mundo donde nos relacionamos con el otro y donde cada uno desempeña unas labores y roles sociales concretos.

Nuestro sufrimiento y sensación de insatisfacción nacen del olvido del espacio único, del olvido de lo que hay debajo de las etiquetas, bajo la ropa. La libertad reside en darse cuenta de que el “yo” no agota todo lo que en verdad Soy, dicho de otro modo, que el “yo” son las limitaciones que pongo a l espacio, pero que Soy en verdad la Totalidad del Ser, la Conciencia Plena que sostiene esos límites. ¿A caso podría subir muros de no haber espacio? ¿Y a caso puede haber un “yo” con una conciencia limitada de no haber una Conciencia Ilimitada que lo permite?

 

Neurosintaxis

El lenguaje lleva con el ser humano posiblemente 125.000 años (o eso dice Lieberman). Con él hemos enamorado, iniciado guerras, amargado la vida a más de un árbitro o compuesto La Barbacoa. Si quisiéramos cantar esta pegajosa obra de George Dan en todos los idiomas que existen en la faz de la tierra, contabilizaríamos alrededor de 6.000 versiones, 450 de las cuales se localizarían en Nigeria. Vamos que no siempre hablando se entiende la gente.

Lingüística para impacientes (en 100 palabras)


Noam Chomnski ha sido el balón de oro de la lingüística durante treinta años con su teoría “gramática universal”, donde el cerebro viene equipado con una serie de herramientas para organizar el lenguaje (un tema de genes), lo que otorgaba a los niños un “don” para formar frases gramaticalmente correctas.

Actualmente pocos resuenan con Chomnski. Los científicos ven al lenguaje como algo que se adquiere con la práctica, donde el cerebro (una navaja multiusos) va absorbiendo las reglas gramaticales del entorno, asociando ideas y generando categorías. Desde esta perspectiva, un bebé al que nadie habla no desarrollará lenguaje alguno.

¿Hacemos un experimento? La sociología de las palabras

Más que citar un artículo (el cual os tendréis que creer a pies juntillas) propongo un experimento. Programa la cuenta atrás del teléfono móvil a 10 segundos o pídele a alguien cercano que te avise transcurrido el tiempo. El objetivo es enumerar el mayor número posible de ciudades, da igual que hayas tenido tiempo de visitarlas o no, y no te olvides de contabilizarlas (puedes pulsar una tecla por cada una, pedirle a alguien que te las cuente o hacer un palito en la esquina en un papel por cada ciudad). Calcula el número total de ciudades que hayas sido capaz de recitar y guarda el resultado.

A continuación, repite el proceso con la particularidad de que ahora eres completamente libre de decir cualquier palabra que quieras siempre y cuando no sean cosas que estés viendo. Di cosas al azar que te vengan a la mente. ¿Preparados? Cuenta atrás a 10 segundos, palito va palito viene. ¡Tiempo! Haz el recuento.

Si no es mucho pedir, me encantaría que pusieras tus resultados del experimento como comentario al post. Me comprometo a recogerlos y a hacer el primer estudio científico basado en un artículo divulgativo y a publicarlo en mis redes sociales de forma anónima. ¡Gracias!

 

 

Analicemos juntos los resultados. En todos los casos con los que me he encontrado, el número de ciudades supera con creces a la modalidad libre del experimento. ¿Y esto por que? Entendamos lo que ha ocurrido durante el desarrollo del experimento en tu cerebro.

Mientras llevabas a cabo la primera parte, con la intención de buscar una palabra has enviado un WhatsApp al área de Wernicke diciéndole “Hola! q tal estás, I need you”. Entonces el área de Carlos (Karl Wernicke) echa un vistazo por la memoria en busca de ciudades. Aquí entran en juego otras regiones como la corteza visual o el giro angular, pero lo realmente importante es que cuando se ha salido con la suya (tenemos Moscú), el área de Broca se convierte en protagonista y tira de los hilos pertinentes (corteza motora) para que movamos la boca y generar el sonido.

En la segunda parte del estudio el área de Carlos le monta un poyo monumental a la memoria que pa qué (por torpe y lenta). Lo que ocurre es que la memoria está organizada por categorías (ciudades, nombres o discos de Sabina) y como no sabe en cual de ellas buscar se hace un lío tremendo.

Estas últimas líneas son para las mentes perversas y tiquismiquis. Si os preguntáis qué sucedería si una persona sordomuda realizara el mismo experimento usando el lenguaje de signos, ya os anticipo que hay más mentes perversas en el mundo que ya se han probado: su cerebro activa las mismas regiones cerebrales.

 

Neurosintaxis nivel I

 

Durante nuestro paso por el colegio o el instituto, los profesores no sólo intentaron meternos en la cabeza el orden y la relación de las palabras en una oración, sino también la función que cada palabra cumple: sujeto, verbo, complementos… ¿Os suena? Esto era la sintaxis. Lo que en breve descubrimos, es que la sintaxis para nuestro cerebro, llamémosla neurosintaxis, es diferente a la usábamos en las clases de lengua del instituto (que nadie se enfade con su profe después de esto).

La neurosintaxis es un término que me acabo de inventar el cual proporciona una pantalla en alta definición donde podemos ver cómo nuestro cerebro genera la realidad.

Asociando ideas a personas, lugares o cosas

En lugar de intentar explicarlo, te propongo leer detenidamente la siguiente secuencia tres veces I – B – R – N – S – J – D – U – I – L – U – E – Q – E – U. ¿Listo? Ahora cierra los ojos y trata de recordarla. La mayoría de los mortales sucumbimos después de los cinco-seis primeros símbolos. ¡Vaya caco mental!

Ahora repitamos el mismo ejercicio alterando simplemente el orden de las letras: J – E – S – U – L – I – N – D – E – U -B – R – I – Q – U – E. Seguramente no será necesario repetir si quiera la secuencia para poder recordarlo. Lo que ha ocurrido es que a estas letras colocadas de una forma determinada hemos asociado una idea (dantesca por cierto la imagen que viene a mi cabeza del torero Jesulín de Ubique con un sostén).

Nuestra memoria se agudiza cuando asociamos un conjunto de letras una persona, lugar o cosa. Además el comentario que me ha venido a la mente cuando he pensado en el torero pone de manifiesto otra característica crucial de nuestro cerebro: asociamos ideas a personas, lugares o cosas.


La regla de la persona, lugar o cosa (PLC)

Estamos en disposición de entrar a analizar uno de los trucos sintácticos del cerebro más grandes de la humanidad (releyendo esto igual he exagerado un poco. A veces me puede la emoción). Pongamos nuestra atención en la siguiente oración:

 

Aquello que sentimos (ya sea injusticia o rabia) cuando pensamos “Trump es malo” no viene dado por Trump sino por la idea asociada a Trump. Esto es vital para la neurosintaxis porque explica cómo aquello que sentimos viene producido por la idea que tenemos acerca de algo y no por la persona, lugar o cosa acerca de la cual tenemos esa idea. ¿Qué sería de tus enfados si esto fuera cierto? Revolucionario.

Aunque al principio pueda parecernos raro o irritante, esta visión terminará imponiéndose sin remedio por el simple hecho de que es como funciona tu cerebro. Además, por si aún sientes resistencia, si lo que sientes viene dado por Trump (como muchos hemos creído) todas las personas deberíamos sentir lo mismo al pensar en el presidente electo de los Estados Unidos. Sin embargo, hay tantas emociones como personas porque el origen de lo que sientes es siempre una idea y no una persona, lugar o cosa (y cuando se dice siempre quiere decir siempre).

 

Poltergeist

En esta oración, Donald es una especie de semidiós con la capacidad de ponernos rabiosos a miles de kilómetros de distancia. Un Poltergeist vaya. La idea de que el presidente de los Estados Unidos no tiene otra cosa que hacer que dedicarse a hacernos sentir rabia me resulta hasta divertida. ¿En serio? Y si se puede saber, ¿De qué manera exactamente nos pone rabioso Mr. Trump?

Llevemos a cabo una fugar investigación al más puro estilo Iker Jimenez. Por un lado, muy probablemente, el presidente de los Estados Unidos de América ni siquiera sabrá que existimos. Aún así lo responsabilizamos de nuestra rabia (no sólo no nos conoce sino que nunca nos ha dirigido la palabra). ¿Qué es entonces lo que hace que sintamos rabia? La idea omitida “Trump es malo”es la que genera nuestra sensación de rabia (concretamente «es malo»), y lo que solemos hacer es culpar a la PLC (Persona Lugar o Cosa). Al ver esto, aplicamos la regla PLC y tanto el fenómeno paranormal como las cacofonías desaparecen.

 

Complemento circunstancial de deshonestidad

Imaginen la hipotética situación, casi de ciencia ficción, en la que se llevan algo del trabajo (con un paquetito de folios me basta). Pongamos el pause para analizar la oración que nos lleva a cometer el hurto:

Las personas tenemos un detector de honestidad (corteza cingulada anterior) que toca la campana ante una situación de emergencia. Cuando te llevas el paquete de folios a casa estás diciéndole a tu organismo “soy un ser necesitado”. Esa carencia es lo que nuestro cerebro interpreta como real y la idea “soy un ser necesitado” pasa a ser el motor (lo que realmente sientes) activando la señal de alarma con las pertinentes consecuencias sobre la salud (aumento de la tensión arterial, frecuencia respiratoria y cardiaca, envejecimiento celular acelerado o depresión del sistema inmunológico entre otros). Esto es lo que llamo un complemento circunstancial de deshonestidad y, lo más importante, es que lo hacemos sin darnos cuenta.

Si has llegado hasta el final del artículo estás capacitado para responder una simple pregunta: ¿Cuál es tu idea acerca de la neurosintaxis? 

La histeria en la mujer versus la feminidad

Hace unos días, navegando en el Instagram, me encuentro con un post que me hizo reflexionar sobre la histeria en la mujer versus la feminidad. En el mismo se citaba a la excéntrica cantante Madonna. La joven bloggera exaltaba en su publicación la capacidad de hacer la diferencia: “LA REVOLUCION EMPIEZA AHORA”, afirma en mayúscula cerrada. Curiosamente, la imagen que acompaña este pensamiento motivador es ella misma mostrando su trasero: ¡la revolución de las nalgas será! “Qué tiempos más felices para los adolescentes varones”, pensé.

Cada vez es más fácil tener acceso a la pornografía, y no precisamente protagonizada por actrices porno. Son mujeres de carne y hueso quienes cada vez más se desnudan en sus cuentas de redes sociales. Lo más curioso de todo, es que dichas imágenes seductoras y explícitas se acompañan de: pasajes bíblicos, pensamientos motivadores, frases filosóficas, etc. El panorama para la mujer en el plano de la experiencia y expresión de la sexualidad ha dado un giro drástico en el último siglo. Existe una diferencia abismal entre la “revolución de las nalgas” que vemos hoy en día, y la doble moral que caracterizaba la época victoriana.

mujer histeria

 

Histeria versus feminidad

A finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX, Sigmund Freud estudiaba y ofrecía tratamiento a las pacientes con histeria. Sujetos, en su mayoría mujeres que sufrían de síntomas físicos, como diversos tipos de parálisis, que no podían explicarse por medio de la biología. Esto abrió el camino para el surgimiento del Psicoanálisis como disciplina y el estudio de diversos fenómenos psíquicos/sociales. Pero con respecto a la mujer, Freud decía:

La gran cuestión… que no he sido capaz de responder, a pesar de mis 30 años de estudio del alma femenina es: ¿Qué quieren las mujeres?”

El deseo de la mujer se presenta como enigmático, múltiple y disperso. En la cultura popular, incluso se hacen bromas con respecto a esto: nadie sabe lo que quieren las mujeres, ni ellas mismas.

Unos años después en la década de los 70s, el psicoanalista francés Jacques Lacan se dedica al estudio psicoanalítico de las mujeres. En dichas formulaciones, Lacan distingue entre la histeria y la feminidad, hasta llega a oponerlas. Como decía uno de mis profesores de la maestría:

Toda mujer es histérica (en su estructura psíquica), pero no toda histérica es mujer.

En esta línea, Lacan plantea que en la histeria hay una pregunta perenne por qué es ser mujer. Lo cual es esencialmente diferente a volverse una mujer, o serlo.

 

La histeria como estructura psíquica

Tomaremos como referencia el trabajo del psicoanalista Joël Dor, en su obra “Estructuras Clínicas y Psicoanálisis” para definir una estructura y los rasgos primordiales:

La especificidad de la estructura (psíquica) de un sujeto se caracteriza por un perfil determinado de la economía de su deseo, regida por una trayectoria estereotipada, o rasgos estructurales… y que se distinguen de los síntomas.

Las estructuras se constituyen como una salida al Complejo de Edipo, y la relación del sujeto con la función paterna, como instauradora de la Ley y como aquello que colma el deseo de la madre. La estructura surge en el pasaje del ser el falo (lo que completa el deseo materno), a no serlo sino tener un atributo fálico que satisface parcialmente dicho deseo. Es decir, se interrumpe ese momento en el cual el hijo o la hija son todo lo que colma a la madre, para dar paso a otra realidad. No hay nada que colme por completo a nadie. Sin embargo, hay alguien que cumple la función paterna y que cuenta que un atributo fálico que satisface de cierta forma a la madre.

 

Rasgos estructurales en la histeria

Histeria Mujer

Toda la dinámica del deseo en la histeria, ya sea en el hombre como en la mujer, se juega en torno al hecho de haber sido despojado (a) injustamente del atributo fálico. Por esto, en la histeria un rasgo estructural es la alienación subjetiva del histérico en su relación con el deseo del Otro. Lo que busca contantemente es ser el objeto causa de deseo del Otro. De allí, surgen una serie de identificaciones con el objeto ideal del Otro. La constante en la histeria es convertirse en aquel objeto que despierte el deseo del Otro.

Sumado a esto, el sujeto histérico se vive constantemente como no habiendo sido suficientemente amado por el Otro. Se inviste a sí mismo como un objeto incompleto con respecto al objeto fálico. Con respecto a su propio deseo, procura de forma inconsciente que el mismo permanezca insatisfecho. Además, intenta incansablemente reivindicarse al emular este objeto ideal que no ha sido jamás.

El narcisismo en la histeria es particular, pues se relaciona con la dimensión del dado para ver. El sujeto de la histeria se ofrece a la mirada del Otro como encarnación del objeto ideas de su deseo. En ocasiones, se vale de otras personas para lograr ese “brillo”. Por medio de un desplazamiento, se muestra a través de otros que ha colocado en una posición privilegiada como modelos.

 

Mujeres histéricas y su relación con el sexo

mujer histeria perfecta

He tomado el mismo subtítulo utilizado por Dor, pues me parece justo para explicar fenómenos actuales como el expuesto en los primeros párrafos de este escrito. Una serie de aspectos sintomáticos se hacen más evidentes con el auge de las redes sociales. Se abre más la brecha entre la mujer histérica y su relación con la femineidad.

La mujer histérica mantiene un afán de perfección, que se experimenta como una exigencia constante que la atormenta. Para ella lo bello y lo femenino van de la mano. Sin embargo, la preocupación persecutoria por lo bello en ocasiones viene a suplantar a lo femenino hasta borrarlo. Este fenómeno se evidencia cada vez más, potenciado por los desarrollos tecnológicos en las ramas de la estética y la cirugía plástica.

En el fondo lo que hay es una convicción permanente de imperfección. La mujer histérica se vuelve su propio juez tiránico, pues nada será jamás lo suficientemente bello para neutralizar la huella de sus imperfecciones. En cuando a su cuerpo, lo expresa en sus frases favoritas: “mi cuerpo debería ser así”, “sólo debo arreglarme esto o lo otro”, “no soy lo bastante bonita”, etc. Todo lo que encuentre en su camino es bueno para servir de máscara, y atraer la mirada del otro.

Pero así como cuestiona insaciablemente su belleza física, lo hace con su inteligencia y espíritu. Pero se encuentran con una barrera, es difícil aparentar el intelecto. Por lo que toman un discurso prestado, y vuelve a hacer “como si” supiera más de lo que realmente sabe. En los casos más grotescos, vemos las redes sociales inundadas de mujeres histéricas que se muestran “como si” fueran perfectas. Cuerpos esculturales productos de las cirugías plásticas y retocador por el Photoshop, siempre acompañadas de una frase intelectual sacada de Google. Esto es sólo un pantallazo del modo como se conducen en la vida.

 

Identificación de la histérica con la mujer

mujer histeria identificación

Sobre las mujeres Lacan plantea que La Mujer no existe, ya que sólo existen las mujeres de una en una. Ante esta paradoja, el psicoanalista francés Eric Laurent es cuestionado en una entrevista. Le preguntan: ¿Y el hombre sí que existe? A lo que él responde:

El hombre tiene un falo, que es exterior; es patente y obvio y con él puede convertir con facilidad su placer en categoría. Por eso, lo que quiere el hombre se puede producir en masa y por eso hay una industria del sexo, pero sólo está pensada en masculino. Sólo para ellos.

Sin embargo, para la mujer histérica pareciera que sí existe una mujer. Y es aquella con la que busca identificarse pues responde a la pregunta: ¿qué es una mujer? Lacan plantea que en la histeria se responde a esta pregunta por medio de una identificación viril. Como ya vimos, identificándose como aquella que posee el atributo fálico. En esa transacción, cede la posición femenina a otra mujer que para ella encarna el enigma de la feminidad. Mientras que ella se vuelve una maestra de la seducción infinita.

Freud ya lo había señalado en el caso Dora, que estaba avasallada por los encantos de la Sra. K. En la histeria siempre veremos una suerte de homosexualidad. La misma se vincula más al proceso de identificación con una mujer que toma como modelo, que a la elección del objeto amoroso. La histérica procura ser como ella, pensar como ella, vivir como ella, incluso tener los mismos hombres que ella… ¿Han escuchado el término “frenemies”, o “amigas y rivales”?

 

La elección del objeto masculino en la histeria

mujer histeria hombre

Otros rasgo estructural en la histeria que marca la elección de objeto, y todas las elecciones en general, es la indecisión permanente. Puede relacionarse con cosas comunes o un compañero amoroso, la histérica nunca quedará satisfecha con su elección. El objeto elegido continúa sujeto a las dudas, porque siempre es mejor el objeto que no se eligió.

Ya Freud llamo la atención sobre este punto al exponer que el histérico deseaba sobre todo que su deseo permaneciera insatisfecho. La lógica psíquica funciona de esta manera: para mantener su deseo, la histérica se esfuerza por no darle jamás un objeto que la satisfaga. En el caso de la elección de una pareja amorosa, se afanará por no encontrar nunca un hombre a la altura de su máscara de perfección.

Las histéricas generalmente se deciden por un compañero inaccesible. Puede ser potenciado por un aspecto de realidad, como una pareja que viaja por largos periodos de tiempo. Otra salida que encuentra es escoger un compañero amoroso ya comprometido. Al final del día suele sentirse tan desolada pues de todos los posibles compañeros masculino, el único que le interesa es el imposible.

En la histeria se coloca a este otro en el lugar de Amo, pero un amo que jamás ocupará el lugar que ella le asigna en sus fantasías. Siendo un hombre inaccesible o extraño, rápidamente se vuelve decepcionante, o en un objeto más de su insatisfacción. Como bien decía Lacan:

El histérico necesita un amo sobre el cual pueda reinar.

 

Menos histérica más mujer

HISTERIA MUJER

La temática de las mujeres para el Psicoanálisis es bastante extensa y no será tocada en este escrito. Volviendo a la llamada “Revolución de las Nalgas” que se observa cada vez más en las redes sociales. Debemos hacer una distinción, puesto que no se trata de mujeres en el sentido de expresar un deseo de libertad. Más bien se observan manifestaciones de una estructura histérica marcada por un búsqueda exagerada de despertar el deseo en el Otro. Hoy el Internet y los seguidores se han convertido en un Otro bastante exigente y cruel. Mientras más le dan las histéricas más le piden, más les da, más enseña pero siempre tratando de enmarcarlo con algún pensamiento positivo.

El universo de las estructuras psíquicas y de la histeria es extenso, y no se agota en un simple post. Aunque no trataremos la orientación terapéutica de la histeria, en la clínica estos fenómenos son más dramáticos, y menos graciosos. Las pacientes llegan a consulta con un sufrimiento real que buscan suprimir. Como mencionábamos anteriormente, toda mujer es histérica en su estructura, pero no toda histérica es mujer en el sentido de reconocer su falta. Deben caer las identificaciones que buscan satisfacer el deseo en el Otro, y surgir otras que promuevan el propio deseo. Entonces la histérica será cada vez menos insatisfecha y podrá ser más mujer.

 

Referencias Bibliográficas:

  • Dor, Joël. Estructuras Clínicas y Psicoanálisis. Amorrortu Editores. Edición 2006.
  • Philippe, Julien. Psicosis, Perversión y Neurosis. Amorrortu Editores. Edición 2002.

Fuentes:

Aprendiendo a ser Padres: Hermanos

Esta es una serie de artículos para orientar a padres, hermanos, educadores y cualquiera interesado en el conocimiento acerca de los distintos ámbitos que ocupan la vida de los jóvenes y adolescentes. Pero si tuviera que definir un “Target” (Un objetivo) diría que se trata de una serie de artículos para orientar a los padres en el complejo mundo que es su hijo.

La relación entre hermanos:

El vínculo entre hermanos es diferente a la relación con los padres y los amigos. Un hermano influye en el desarrollo social del niño ya que le da la oportunidad de desenvolverse ante posibles situaciones sociales futuras. Éste tipo de relación se puede definir como ambivalentes: Por un lado el niño tiene más oportunidades de pelearse con sus hermanos que de hacerlo con otros niños y por el otro, tiene más oportunidades de disfrutar de relaciones positivas con sus hermanos que con el resto.

Tener hermanos supone tener:

  • Compañeros de juego.
  • Modelos a imitar.
  • Relaciones conflictivas con ellos y aprender a solucionarlas,
  • Una fuente de apoyo y compañía.
  • Aprender a compartir.

Celos entre los hermanos.

Cualquiera puede tener celos. Suele presentarse en los primeros años y esto puede dar lugar a choques entre los hermanos, y pueden ocurrir de forma abierta o enmascarada durante toda la vida.

Los celos en el niño nacen al imaginar, sentir, pensar o darse cuenta de que sus padres quieren más a otro hermano que a él.

El origen de los celos cuando un hermano nuevo llega a casa.

Dependiendo de la edad que tenga, se tratará de una situación diferente. A partir de los dos años suele reflejar su malestar de forma más o menos encubierta, mostrándose más tierno y pidiendo más atención de su madre.

Desde los cuatro y cinco años puede reaccionar volviéndose más travieso y opositor. Cuando tiene más de cinco no se le nota tan afectado porque sus relaciones sociales ya son más amplias.

El niño puede sentir celos ante los cambios por distintos motivos:

  1. Le prestáis menos atención porque todo gira en torno al nuevo bebé.
  2. Se le cambia de habitación por la llegada de su nuevo hermano.
  3. Se le piden y exigen cosas diferentes por ser el hermano mayor.
  4. Se le riñe e impide hacer cosas habituales, utilizando siempre como argumento al nuevo hermano.

El niño siempre querrá teneros solo para él, en especial en sus primeros años, y con un hermano nuevo le será más complicado lidiar con eso. Puede sentir que la llegada del hermano es una fuente de inseguridad para él, viendo en riesgo su propio mundo.

¿Cómo saber si vuestro hijo tiene celos?

Puede que se comporte de forma agresiva en con la familia y en el colegio, e incluso puede autoagredisrse para intentar llamar la atención. Puede hacer comparaciones continuas con sus hermanos. Puede sufrir afecciones físicas como hacerse pis, tener nauseas, vómitos, diarrea, problemas de alimentación, alteración del sueño, ect.

Puede manifestar quejas y fingir afecciones como dolor de tripa, de cabeza o mareo. Puede estar susceptible en especial ante vuestros comentarios. Puede comportarse de forma más inmadura a su edad real.

Puede imaginar, o incluso tratar de hacer daño a sus hermanos, al tratarlo como su enemigo. Esto puede generarle culpabilidad que intentara subsanar con muestras de cariño desproporcionadas.

¿Qué hacer en caso de que sienta celos?

Antes de nada, no os asustéis y sed pacientes. Por desgracia, vuestro hijo va a pasar por los celos y van a darse cambios en la dinámica familiar, pero hay formas para reducir los efectos negativos de esta situación.

Es relevante involucrar al niño desde el primer día del embarazo, haciéndole partícipe de los preparativos que vais llevando a acbo para recibir al nuevo hermano.

Ayuda presentar al bebé al niño como una persona con sentimientos y deseos. Así al niño le podría generar curiosidad hacia el bebé y evitar que le vea como un incordio que le quita atención.

Pedidle que os ayude a cuidar del bebé. Esto le hará sentirse útil y valioso, y se empezará a sentir como un hermano mayor que tiene ciertas ventajas que su hermano menor no tiene. Es muy importante que el niño se sienta único e irremplazable, para que él también se sienta irrepetible y por tanto no tienda a compararse con su hermano.

Tratad de transmitir que vuestro cariño no se puede medir porque es ilimitado e inagotable, y por eso se puede compartir con el resto de hermanos. Haced saber al resto de la familia, amigos y vecinos que no presten toda su atención al recién nacido. Así se facilita la adaptación del niño al nuevo sistema familiar.

Una idea es generar situaciones donde solo él tenga atención, como juegos, tareas domésticas, etc. Igual que antes de la llegada del hermano.


El constante choque entre hermanos

Mientras que crecen, suele darse un reparto de roles entre ellos. Uno puede definirse por una cualidad (estudioso, inteligente,…) y suele desarrollarla y actuar como si fuera su papel asignado de antemano, distinguiéndole del resto. Esto genera envida en el resto de hermanos e incluso el rechazo total de esa característica, por lo que intentan buscar un papel propio dentro de la familia, como podría ser el rebelde, social, simpático, ect.

Resaltar los avances, aunque sean pequeños, de cada uno de ellos en sus diferentes áreas (Estudio, deportes, amigos), siempre comparándole con él mismo y nunca con los demás. Así aprenderá a valorarse y se evitará la envidia hacia el que sobresale en otras actividades concretas. Enseñadle que le queréis tal y como es, por lo que no tiene que ser ninguna otra persona, ni compararse para sentirse aceptado o querido.

Atended de forma paciente y prestando atención las quejas de vuestro hijo cuando se sienta que preferís a su hermano, para recordarle situaciones donde le hayáis demostrado vuestro cariño y apoyo.

Cuando los hermanos se pelean

En las relaciones entre hermanos es normal que pasen de estar jugando a pelearse donde se agredan físicamente. Por eso hay que evitar responsabilizar siempre al mayor cuando se dan peleas entre ellos, porque hará que se sienta tratado de forma injusta y fomentará los celos por el hermano menor. Cuando se estén pegando es importante que actuéis, de forma firme y contundente, para terminar la reyerta y evitar que se acostumbren a resolver sus problemas con peleas.

A la hora de criticar alguna conducta, lo mejor es que sean conductas concretas (“No está bien eso que has hecho”) que generalizar la crítica hacia el niño (“Eres muy malo”). Es importante que aclaréis las consecuencias de su comportamiento (“Si insultas a tu hermano se sentirá triste”). Es importante que le enseñéis alternativas posibles para resolver una pelea: “Cuando te estropee un dibujo, en lugar de pegar a tu hermano, dale una hoja para que él también pueda dibujar”.

Desde pequeño es necesario que le enseñéis a ponerse en el lugar del otro: “Cómo te sentirías si tu hermano te insultara?”. Podéis planificar actividades que generen cooperación entre hermanos para que aprendan a compartir sus cosas, tener que ayudarse mutuamente y respetar a los demás.

La educación que proporcionéis para favorecer la buena relación de los hermanos y evitar la envidia entre vuestros hijos, debe cumplir tres condiciones elementales:

  1. Proporcionar el cuidado y la atención específica a cada hijo teniendo en cuenta sus necesidades.
  2. Establecer una relación afectiva que le dé seguridad, evitando sobreprotegerle.
  3. Facilitar una vía de comunicación para que vuestro hijo pueda consultaros sobre cualquier cosa que le preocupe.

Conclusión

No es una tarea sencilla y es fácil no seguir éste ideal de paternidad, pero es que todos somos humanos y no es tan sencillo ser padre. Intentad todo lo posible, tened paciencia y recordad que nunca es tarde para mejorar las dinámicas en casa y si la tarea resulta demasiado difícil siempre podéis acudir a un profesional que pueda ayudaros.

¿Qué nos pasa a los hombres? Una historia de desconexión emocional

Te propongo algo. Puedes visitar la web de cualquier periódico on-line, y buscar noticias de sucesos. Seguramente, podrás encontrar la mano de uno o más hombres como responsables de los mismos. Por otro lado, si buscas estadísticas sobre suicidios, las relativas a 2014 en España señalan que se trata de la primera causa externa de muerte en varones, y que de todos los suicidios, más del 75% corresponde al género masculino. Recientemente, una de mis compañeras de blog hacía una reflexión sobre la masculinidad. Más allá de planteamientos culturales y morales sobre estos hechos, ¿qué nos impulsa a los hombres a actuar de esta forma? ¿Podría tener relación con nuestra clara dificultad para comprender, expresar y regular emociones?

 

 

Nuestro desarrollo emocional es diferente

En este mes de enero, ha salido publicado en la revista científica Infant Mental Health Journal un artículo del prestigioso psicólogo especializado en el estudio del apego Allan N. Schore acerca de la neurobiología del desarrollo en los niños varones. Schore hace una amplia exposición de la evidencia científica que pone de manifiesto que el desarrollo emocional, en cuanto a percepción, expresión y regulación de las emociones, es más lento en los varones, ya desde la etapa prenatal, dentro del útero. Esto se manifiesta en diferentes parámetros, como una mayor tendencia a que se produzcan partos prematuros en el caso de fetos masculinos, mayor probabilidad de sufrimiento fetal durante el parto, menor puntuación de Apgar en el momento del nacimiento, y a lo largo del primer año de vida, mayor labilidad emocional, con más irritabilidad, más episodios de pataletas y llanto, menor posibilidad de sonreír, en fin, mayor vulnerabilidad ante situaciones de estrés.

 

 

Parece que todo este desfase en el desarrollo emocional tiene unas bases biológicas muy claras, con diferentes velocidades de maduración entre sexos, y que se mantiene hasta la adolescencia. ¿Qué consecuencias tiene esta maduración más lenta?

 

“Niños en riesgo”

Schore emplea este término de forma frecuente en su artículo. Recoge datos que ya son reconocidos en el ámbito científico y profesional, y a los que se va dando explicación gracias a los avances en neurociencia. Las estadísticas llevan indicando desde hace años que los niños varones tienen mayor riesgo de padecer trastornos del desarrollo, como puede ser el caso del autismo. También presentan más frecuencia de trastorno de déficit de atención e hiperactividad, y al llegar a la adolescencia y etapa adulta temprana, afloran patologías psiquiátricas con rasgos más externalizantes, como la esquizofrenia, o los trastornos adictivos. También las conductas más agresivas a las que estamos acostumbrados en prácticamente todas las culturas y sociedades.

 

 

Para Schore, ese riesgo que padecen los niños varones desde antes de nacer puede comprenderse desde una perspectiva neuroendocrina, a partir de la influencia que tiene la testosterona sobre el desarrollo cerebral.

 

Testosterona, epigenética y desarrollo cerebral

Ha quedado claramente demostrado el enorme papel que tiene la testosterona en la potenciación de una red de circuitos cerebrales diferenciada entre hombres y mujeres. Se ha constatado la existencia de varios picos o niveles elevados de esta hormona en momentos concretos del desarrollo, tanto a nivel prenatal como en los primeros meses, y que dichos picos se produzcan de forma adecuada depende en gran medida de que exista un entorno relacional que lo permita. Es decir, existe una clara interacción entre lo ambiental y el desarrollo.

A nivel ambiental, se ha destacado como uno de los principales factores la calidad del cuidado recibido por el bebé. Un bebé varón necesita realmente de mucha sensibilidad para su cuidado, ya que tiene mayor tendencia a regular peor las situaciones de estrés al tener un cerebro menos maduro que el de una niña. Ese estrés puede determinar respuestas conductuales a largo plazo, como una menor capacidad de autorregulación emocional y menor tolerancia a la frustración, conductas más agresivas, etc. Se ha demostrado el enorme peso que tiene el trauma por separación, por ejemplo en los periodos de adaptación a entornos como guarderías y similares, o cómo condicionan a largo plazo los sucesos adversos que se producen en la primera infancia (malos tratos, abusos, hospitalizaciones prolongadas, etc).

 

 

Otro condicionante ambiental es la existencia de los denominados disruptores endocrinos. Se trata de sustancias que forman parte de productos que manejamos habitualmente, como ciertos tipos de plásticos, que simulan a nivel biológico el papel de ciertas hormonas y alteran los mecanismos habituales de acción de estas. Se ha descrito la feminización de ciertas especies animales derivadas de la contaminación ambiental por disruptores (uno de los más estudiados es el bisfenol A), y el bebé varón puede ser especialmente susceptible a estas sustancias en los periodos críticos de desarrollo cerebral coincidente con picos de testosterona.

Parece que el mecanismo que subyace la acción de todos estos condicionantes ambientales es de tipo epigenético, es decir, factores externos condicionan la activación o represión de ciertos genes que influirán posteriormente en el desarrollo, y dicho patrón de activación/represión puede transmitirse entre generaciones. No hay mutaciones genéticas tal cual se han considerado tradicionalmente, sino modificaciones reversibles en nuestro material genético, que de no variar las condiciones ambientales, se siguen transmitiendo como una forma de adaptación.

 

¿Cómo puede encajar la sociedad estos hallazgos?

La semana pasada compartí en redes sociales algunas reflexiones que se habían realizado en un blog sobre crianza acerca de este trabajo de Schore, especialmente las relacionadas con el cuidado materno en los primeros meses de vida. Una gran parte de la respuesta que recibí fue por parte de mujeres que entendían que esos resultados las culpabilizaban de ser “malas madres” y se negaban a aceptar que ellas fueran responsables de que sus hijos pudieran salir delincuentes. Lo unieron en algunos casos a una visión patriarcal, en cuanto a que la mujer debe seguir siendo quien se encargue principalmente de los cuidados del niño.

Comprendo que exista esa susceptibilidad, aunque mi reflexión era otra. Creo que la biología nos está dando evidencias de algo que intuitivamente podemos comprobar si nos abrimos a observar sin juicio la interacción entre un bebé y sus padres. El vínculo madre-bebé es diferente al del padre-bebé. Es cierto que al final prima la figura de un cuidador principal, pero creo que biológicamente, quien ha mantenido un vínculo incluso dentro de su propio cuerpo y en los primeros momentos de vida, es la madre. Más allá de cargar con más responsabilidades a la mujer, mi propuesta se refiere a que podamos facilitar cambios en nuestra forma de plantear la m/paternidad en la sociedad, dirigidos a protegerla de forma real, a incentivar los procesos de cuidado, y a que una madre pueda decidir de forma libre, no condicionada por aspectos laborales, hasta cuándo decide mantener una atención continuada y prolongada de su bebé antes de utilizar recursos como guarderías o escuelas infantiles.

Por desgracia, vivimos en una sociedad del tener, del hacer, más allá del ser y del sentir. Es cierto que está caracterizada por valores tradicionalmente asociados a lo masculino. Pero también es cierto que, si no cuidamos como especie a nuestros bebés, incluso desde antes de nacer, seguiremos perpetuando de una u otra forma esa huida del sentir, de reconocer nuestras emociones, de renunciar a la sensibilidad para seguir cayendo en la continua insatisfacción de vacíos emocionales que se sintieron ya desde nuestros comienzos.

 

Los círculos de hombres

Entre las mujeres, existe tradición de crear grupos de apoyo mutuo, círculos de mujeres en los que pueden compartir sus inquietudes, emociones, miedos, ilusiones, logros. El momento de la crianza es una oportunidad para conocer otras madres y potenciar un proceso de sociabilización que, ya desde un punto de vista biológico, viene facilitado por una mayor maduración cerebral en etapas tempranas de la vida. Pero, ¿cómo podemos abrirnos los hombres a un cambio en nuestra forma de estar en el mundo?

En los últimos años, y en gran parte impulsados por todo aquello que mueve la paternidad, han ido surgiendo en nuestro entorno diferentes grupos de hombres que sencillamente buscan compartir sus sentires, vulnerabilidades y modos de adaptarse a una sociedad en cambio en la que muchas veces se hace confuso el papel que deben representar. Merecen la pena los libros sobre masculinidades de uno de los psicólogos que ha sido pionero en nuestro país en impulsar este tipo de iniciativas, Alfonso Colodrón.

 

 

A modo de conclusión, planteo la siguiente reflexión. Creo que todos los movimientos sociales que han permitido la visibilización del papel de la mujer en la sociedad y la equiparación de derechos han sido fundamentales para lograr un mundo más igualitario y justo. La cuestión es que los hombres, en cierto modo, también hemos sido y seguimos siendo víctimas de una visión patriarcal o machista de la sociedad, en la que hemos renunciado a “ser” y “sentir”, incluso de forma poco consciente pues ya se da desde los primeros momentos de vida, a favor del “tener” y “hacer”. Creo que, más que nunca, necesitamos de un diálogo entre géneros, de una apertura mutua a reconocer nuestras distintas formas de sentir y a compatibilizar una labor de reivindicación con una actitud de comprensión y apertura desde el amor a la diferencia del otro para lograr un mundo verdaderamente integrado y justo.

 

Referencias bibliográficas

  • Schore, A.N. (2017). All our sons: the developmental neurobiology and neuroendocrinology of boys at risk. Infant Mental Health Journal, 38, 1, 15-52.
  • Colodrón, A. (2015). Guía para hombres en marcha. Editorial Desclée de Brower. Bilbao.