La creatividad como medio para la transformación

Si en el artículo anterior hablaba sobre el miedo, hoy me apetece compartir el momento en el que me encuentro, explorando el lado opuesto, la creatividad.

 

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¿Cuál es mi relación con la creatividad?

 

Y es que, aunque parezca mentira y me cueste creerlo, yo he nacido creativa. El simple hecho de mi nacimiento, ya fue un acto creativo. ¿Te habías parado a meditarlo? Tú también eres un ser creativo por naturaleza. Lo que me ocurre cuando actúo sin miedo, cuando entro en contacto con la confianza y dejo el control, es que me encuentro con que soy una persona muy creativa. Uy!, esto también llega a asustarme un poco porque eso significa que soy un ser libre y responsable 100% para diseñar, crear y actuar con todas sus consecuencias.

El mismo hecho de estar escribiendo este artículo ya está siendo un acto creativo en sí mismo y para realmente expresar qué me pasa a mí con la creatividad, he tenido que dejar de lado una serie de libros que para lo único que me ayudaban era para darme seguridad y estructura a lo que voy diciendo. ¿No es esto mismo una contradicción si estoy hablando de creatividad?

A ver si me explico, tenemos la capacidad de ser creativos, nacemos creativos, pero conforme vamos creciendo vamos enterrando esta capacidad. Es como si conforme vamos cumpliendo años, a la vez, va muriendo nuestro lado creativo, el más puro, la propia creación de lo que somos.

Pero tampoco es tanto así. En mi vida, he tenido muchos momentos creativos, por ejemplo, si busco en mi memoria, tener pareja ha sido un acto de creatividad, tener un hijo/a lo es (aunque aún no lo he experimentado), viajar a lugares desconocidos, coger caminos distintos para llegar a casa, etc. Hay muchos momentos creativos en mi vida, tengo la capacidad para ello. Seguro que en tu vida, también los hay, ¿verdad?.

Pero parece que soy un poco estrecha de miras por mi propio autoconcepto. “No puedo, no valgo, esto es un error, no puedo fallar”. En definitiva hay algún miedo detrás.

Y si reflexiono un poco más, ¿en qué momentos me siento creativa? Pues me siento creativa cuando dejo de pensar y actuar como lo hago habitualmente. Cuando me desarmo como un Lego, cuando pongo la casa patas arriba, cuando desordeno, descoloco, cuando me des-estructuro, cuando digo cosas sin sentido… En todos esos momentos me siento creativa.

 

Experimentar la locura, ir más allá de mi propio auto concepto

 

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Esto parece un poco loco. Hay algo (o mucho) de dionisíaco en la creatividad. Algo que nos invita a experimentar la locura y a dejar atrás el juicio. Y es que la creatividad tiene que ver más con nuestra parte instintiva que con nuestra parte social. Va más allá de nuestro propio ego, de nuestro propio auto concepto.

Si confío en mí, ensancho… abro miras, soy capaz de sorprenderme a mí misma.

Cuando juego y me divierto también me siento creativa, tanto en el trabajo como en mi vida personal. Lo que me pasa es que en ocasiones siento angustia (otra vieja amiga) y un cierto vértigo. Porque si doy rienda suelta a mi creatividad, tendré que buscarme la vida, no estoy en mi zona de confort, surge lo desconocido, la incertidumbre en lo que va a pasar. Esto son códigos que siguen frenando nuestra capacidad y nos generan angustia existencial. ¿No te parece?, ¿Te pasa a ti lo mismo?. Desde nuestra zona de confort vamos a dar lo mismo de nosotros mismos, es mi zona segura.

 

Creatividad: energía de creación y destrucción

 

Hay un tema muy energético en la creatividad. Para sentirla, primero, digamos  que hay que invocar esta energía que curiosamente es la misma que la energía de destrucción solo que al contrario. No se puede construir sin antes destruir, siempre hay algo que se destruye y se crea. Es ley de vida, en todos los momentos estamos conviviendo con la creación y la destrucción, la vida y la muerte. En el vacío encontramos  una mente abierta y sin juicios, un caldo de cultivo estupendo para experimentar la creatividad. Cuando nos vaciamos de pre conceptos, ideas o prejuicios, nos abrimos al ser creativo que llevamos dentro. La creatividad es también un lenguaje de contradicciones, paradógico, muy simbólico, conectado en ocasiones con el alma; es un lenguaje que invita a la exploración, a perderse, a buscar nuevas alternativas.

 

El efecto einstellung y otros enemigos de la creatividad

 

¿Qué me impide ser creativo? Nos pasa que vamos adquiriendo ciertos hábitos que nos hacen sentir cómodos y justamente esta comodidad es la que entorpece la creatividad. ¿Has oído hablar del efecto einstellung? Es una palabra alemana que significa “instalación”, “ajuste”. En psicología, el efecto einstellung significa la tendencia de la mente a adoptar la solución más habitual. La más conocida y la que nos genera mayor seguridad. Te habrás escuchado en muchas ocasiones diciendo “esto debe ser así”, “más vale malo conocido que bueno por conocer”, “siempre me ha funcionado de esta manera”…. Este tipo de actitud es anti-creativa en la vida.

Abraham Luchins, uno de los psicólogos fundadores de la Terapia Gestalt, quien demostró esta tendencia en la mente a utilizar el mismo esquema mental para resolver problemas. Pero además del evento einstellung, hay otros enemigos para mantener una mente creativa, alguno de ellos ya los he mencionado anteriormente:

  • El perfeccionismo: está bien querer mejorar, siempre y cuando tengamos en cuenta que la perfección no existe.
  • El miedo: este es el más conocido y más antiguo. ¿A qué tenemos miedo cuando desarrollamos nuestra creatividad? ¿A equivocarnos?, ¿a hacer el ridículo?, ¿a ser juzgado?.

Un ejemplo práctico es el de Albert Adrià, cocinero y hermano de Ferran Adrià. Cuenta en este breve vídeo de abajo, cómo se abordaba el proceso creativo en el taller de elBulli para el proyecto «Ferran Adrià. Cómo influye el miedo en la creatividad.

 

La creatividad en el ámbito profesional

 

La creatividad está siendo un tema de relevancia en las empresas de hoy en día. La transformación digital, la robotización y la posibilidad de que muchos trabajos sean sustituidos por máquinas, está provocando que los perfiles creativos sean cada vez más demandados para potenciar la innovación, el pensamiento crítico y la resolución de problemas complejos.

El Foro Económico Mundial, que en 2015 la situó en el décimo lugar en su lista de competencias clave, ahora nos indica que en 2020 (en dos años más), será la tercera competencia más demandada por las empresasHoy en día son muchas las técnicas que se usan para fomentar la creatividad por ejemplo juegos con Lego, Desing Thinking, etc.

La creatividad ha sido muy estudiada a lo largo de la historia por expertos. Por ejemplo:

«La creatividad es la inteligencia que se divierte». Albert Einstein

«La creatividad es la capacidad mental para visualizar, anticipar y generar ideas».  Alex Osborn 

Para mí, la creatividad es un proceso de creación y de destrucción que me ayuda en mí día a día a adaptarme al medio con mayor flexibilidad. En base a tu relación con la creatividad, ¿cómo la definirías? ¿Qué es para ti la creatividad?

 

Pensamiento convergente y divergente

 

Si hablamos de creatividad, es esencial hablar del pensamiento convergente y divergente. Términos que vienen del psicólogo Joy Paul Guilford, conocido por sus trabajos sobre inteligencia humana. Estaba convencido de que la creatividad y otras actitudes se pueden desarrollar mediante la educación.

El pensamiento convergente tiene que ver con el mundo racional, causa – efecto, prueba – error. Es un pensamiento secuencial. Nos planteamos si una idea funcionará o no, pero no cómo nos gustaría que funcionara. Es un pensamiento que desarrollan filósofos, los científicos o matemáticos. Es necesario, por ejemplo, si queremos llevar una idea a la realidad.

Por otro lado, el pensamiento divergente, es un proceso mental que permite producir numerosas ideas a partir de un estímulo único. Buscamos alternativas ante una misma realidad. Aquí requerimos de fluidez, flexibilidad y originalidad. La fluidez de ideas, verbal y de expresión.

La originalidad es la capacidad para producir ideas remotas, muy locas y la flexibilidad, la capacidad de practicar la fluidez. Flexibilidad para replantear una situación, reinterpretar, cambiar. Necesitamos flexibilidad para pensar fuera de la caja de confort (Out of the box).

 

¿Quieres poner a prueba tu creatividad?

 

Sommer + Sommer

Test Sommer + Sommer

 

Comparto con vosotros algunos ejercicios que he ido encontrando y probando para poner a prueba la creatividad. Encontrareis muchos más en la red. Los podéis hacer solos, en pareja, con amigos o con vuestros hijos. La idea es experimentar. Coge papel y lápiz y dedícale unos minutos.

  1. Test sobre creatividad: ¿Quieres saber cuál es tu lado del cerebro más dominante? Realiza el auto test de creatividad SOMMER+SOMMER.
  2. Escribe todos los usos que se te ocurran de un cinturón, hasta el más raro que se te pueda ocurrir. (Imaginación al poder).
  3. ¿Que frases se te ocurren que comiencen con las siguientes letras? A … H …. O….. L
  4. Este ejercicio es para ayudarte a conocer mejor tu relación con la creatividad.
  • Piensa en el último problema que hayas resuelto. ¿Cómo lo hiciste? Ahora piensa en una manera creativa de solucionarlo.
  • Pon un temporizador en 10 minutos y haz una lista de cosas que harías si no tuvieras que hacerlas a la perfección.
  • Escucha música relajada, coge papel y lápiz y tómate tu tiempo para responder a la siguiente pregunta en primera persona:
    • ¿Hay algo que me de miedo cuando pienso en mí mismo como un ser creativo? Si es que sí, anota esos miedos.
    • Cuando termines, imagina que esos miedos son de un amigo y que te los está contando a ti. ¿Qué le podrías decir a tu amigo respecto a estos miedos que te está contando?

 

Bibliografía:

  • J.P. La naturaleza de la inteligencia humana. Buenos Aires; Paidós. 1977.
  • Maslow, A. La personalidad creadora. Barcelona. Kairós. 1982.
  • MOOC Creatividad y Pensamiento Lateral. UOC – Miriadax. 2018.
  • No es lo mismo. Silvia Guarnieri y Miriam Ortiz de Zárate. LID editorial. Edición 5.

La visión de las psicopatologías desde la Terapia Familiar Sistémica.

Existen muchas escuelas en Psicología que ofrecen diversas estrategias para tratar las  psicopatologías, el enfoque sistémico no escapa de ello. La terapia familiar sistémica es un enfoque relativamente nuevo (hablamos de un surgimiento sólido en la mitad del siglo XX),  se basa en la teoría general de los sistemas, que rompe con el esquema clásico de causa – efecto, y principalmente muestra una visión contextual e integradora del individuo y de la influencia que recibe del “afuera”  pero a su vez, de cómo éste tiene capacidad de influencia en los sistemas a los que pertenece (familia, escuela, trabajo, amigos, sociedad, etc.) en síntesis, la reciprocidad.

 

Para la sistémica la familia funciona como un sistema integrado, es decir, todos son importantes y entre todos se construye una realidad, y a su vez este sistema familiar va a estar influido por el contexto en el que se desarrollan, mostrando así una dinámica de circularidad, donde “uno afecta a todos y todos afectan a uno”. Entonces, los puntos de mira de la terapia sistémica familiar son principalmente LAS RELACIONES.

 

 

 

LAS PSICOPATOLOGÍAS:

 

La  APA (Asociación de Psiquiatras Americanos) es la principal institución a nivel mundial que ha desarrollado el trabajo de organizar y clasificar las diferentes psicopatologías, las enfermedades mentales o psiquiátricas. Desarrollaron un Manual Diagnostico  conocido como DSM (Manual diagnóstico y estadístico por sus siglas en inglés) que ayuda a los profesionales de la salud a realizar una evaluación clínica, que permita luego “encasillar” a la persona evaluada en alguna etiqueta médica psiquiátrica, según los criterios que logre acumular. Este manual magistralmente organizó las enfermedades mentales según su prevalencia en la población, y ayudo a diferenciar unas de otras. Un trabajo arduo y realmente admirable.

 

Sin embargo, también ayudo a desarrollar etiquetas que las personas llevan de por vida en algunos casos y que determina su manera de relacionarse con ella. Algunas escuelas de tratamiento psicológico y psiquiátricos se casan solo con la etiqueta y trabajan desde ella para ubicar al individuo al mundo con su “nueva realidad”, “soy esquizofrénicx”, “soy alcohólicx”, “soy bipolar”, ofreciendo una construcción de la identidad a través de la mirada de la enfermedad mental, una visión lineal de la enfermedad, o dicho de otra manera una relación de causa efecto.

 

El enfoque sistémico da un giro con relación a esta “identidad”. Establece QUE la enfermedad mental dentro de una familia cumple “una función. Se introduce el enfoque desde la circularidad, y se establece las dificultades y las psicopatologías desde el punto de vista relacional, es decir hay alteraciones relacionales en una familia que favorecen la aparición de enfermedades mentales, en algunos casos la psicopatología “regula” al sistema familiar. P. Watzlawick  . (1991)

 

 

En este sentido se libera a la persona de ser “el enfermo”, para trasladarlo al sistema familiar como  un “sistema portador de un síntoma o de una enfermedad”, es decir se cambia la narrativa por lo cual no se habla de DIAGNÓSTICO CLÍNICO  sino de  DIAGNÓSTICO RELACIONAL.

 

El papel de las relaciones nutricionales de una familia.  

 

Entonces, partiendo desde la circularidad y desde el enfoque sistémico entendemos que  cada familia tiene dinámicas únicas, que han sido influidas por un contexto pero que también influyen en él.  Estas dinámicas van a permitir el desarrollo de roles, jerarquías y funciones para cada uno de sus miembros, es decir son una demostración de cómo ésta familia se organizó y ha construido su realidad.

 

J. Linares, autor y exponente de la Terapia Familiar Sistémica en España, a través de su libro Terapia Familiar Ultramoderna, explica como hay dinámicas que pueden favorecer en gran medida la aparición de síntomas o de algunas psicopatologías. No hay reglas estáticas ni rígidas que se presenten como receta ante un fenómeno, pero si indica que hay situaciones en dinámicas familiares que mantenidas y experimentadas durante mucho tiempo puede predeterminar la aparición de un síntoma o una psicopatología, la aparición de síntomas graves existe cuando hay interferencias en las relaciones por situaciones de poder y de maltrato.

 

Según este autor, el amor se manifiesta en las relaciones a través de la nutrición entre los miembros de un sistema familiar. La nutrición relacional es el motor que rige la construcción de la personalidad, y por lo tanto, posibles bloqueos pueden llevar a desarrollar trastornos psicopatológicos. Indica que la nutrición relacional pasa por las relaciones de confirmación, el cual consiste en la aceptación de la existencia del otro, y de esta manera desarrollando la capacidad para apreciar las cualidades del otro aunque sean distintas de las propias, valorándolas. Pero si aparece la falta de reconocimiento, es decir la desconfirmación como una percepción de la no existencia propia en términos  relacionales o la descalificación como la falta de valoración, como por ejemplo el racismo, muy probablemente aparecerán síntomas, como una manera de regular y procesar el maltrato relacional.

 

 

El diagnostico relacional lo establece a través de un filtro de diversas características familiares, (como en una especie de puzle, que al unir todas las piezas nos muestra un panorama o foto general de un sistema familiar). Linares, indica que es útil evaluar primero la organización familiar para a su vez comprender la identidad de la persona y la familia. Las cualidades de la organización son la cohesión (distancia emocional entre los miembros del sistema, ubicables entre dos polos, aglutinación y desligamiento), la adaptabilidad (capacidad de los sistemas de cambiar bajo la influencia de las circunstancias, en familias problematizadas pueden ir desde la rigidez o caotización) y la jerarquía (función relacional que soporta la toma de decisiones). Y finalmente esto como se traslada a la mitología familiar, las construcciones de narrativas de los miembros del sistema. Está constituida por los valores y creencias, el clima emocional y los rituales.

 

A partir de allí se hace un ejercicio para comprender las experiencias existenciales entre los miembros de un sistema familiar, y como este guía su realidad e identidad.

 

Familia como sistema abierto y dinámico.

 

La familia forma parte a su vez de otros sistemas que interactúan y se relacionan entre sí, nutriéndose constantemente. Por lo cual se dice que las familias no son entidades estáticas ni rígidas, si no por el contrario en constante movimientos, construyendo simultáneamente nuevos códigos y realidades.

 

Razón por la cual, cuando aparece una psicopatología no todo está perdido, sino por el contrario, habla de una familia que está en movimiento y en búsqueda de regulación, en búsqueda de un encuentro entre sus miembros con elementos nuevos que la dinamizan, sin embargo en estos casos con mucho sufrimiento asociado.

 

 

 

La invitación que se plantea desde la perspectiva sistémica es a “des-etiquetar” a la persona que sufre el síntoma o la psicopatología. No obvia ni ignora la psicopatología, pero evita la biogolización rígida de los trastornos, y lo lleva al plano relacional, tratando de entender las condiciones que favorecieron y finalmente como se configuró el síntoma o la psicopatología en un sistema familiar en particular, ¿cómo? Y ¿para qué?. Por lo cual se dice que hay dinámicas que construyen psicopatologías y psicopatologías que construyen dinámicas.

 

Finalmente esto representa una esperanza para el terapeuta sistémico, que también participa como un miembro activo dentro del sistema, utilizando todos sus recursos para entender la organización y miologías de las familias, buscando estrategias de construir nuevas narrativas que ofrezcan menos sufrimientos y con más mirada nutricional entre los miembros de un sistema relacional.  Y también para las familias, de saber que su sistema no es estático y que los movimientos favorecerán reencuentros más nutricionales entre sí, desconfigurando, deconstruyendo para volver a construir.   Potenciar un sistema basado en el amor y en la aceptación del otro, reconociendo su valor y su existencia y dejando que esto sea una fuente nutricional,  a su vez resaltar los mecanismos regulatorios de una familia  potenciando sus recursos positivos.

 

 

El apego como base para la libertad del ser humano

 

Recuerdo cuando nacieron mis sobrinos, siendo yo adolescente, que comencé a ser consciente de los mensajes que le llegaban como bombardeo a mi hermana para que “los educara bien”: “no lo cojas mucho en brazos, que luego se acostumbra mal”, “un buen azote a tiempo …”, “déjale llorar, que ya se le pasará”, y así un sinfín de consejos que reconozco que asumí en aquel entonces, y que creo que aún están muy infiltrados dentro del mundo de creencias de nuestra cultura. Pero, ¿realmente aprendemos a ser autónomos, independientes y conscientes de nuestras emociones, además de sobrevivir mejor en el mundo, si venimos de una disciplina donde se han frenado los instintos más amorosos para acompañar a los más pequeños? ¿Acaso somos más felices cuanto menos nos reconocemos nuestras propias emociones, sentimientos y sensaciones, y menos las compartimos con los demás?

 

Comenzando con la teoría del apego

Fue en la década de los 50 y 60 del siglo pasado cuando John Bowlby y Mary Ainsworth pusieron las bases de lo que ha sido una de las teorías más revolucionarias en el ámbito psicológico: el apego. De forma muy resumida, concluían que los niños, desde el nacimiento, necesitaban de un adulto que, además de alimento y calor, les proporcionara afecto (que se transmite sobre todo al principio a partir del contacto corporal) y constituyera así una base segura a partir de la que construir su propia identidad. En esa relación cuenta sobre todo la capacidad del adulto en reconocer las señales del niño y de satisfacer sus necesidades, en sintonizar emocionalmente y facilitar el disfrute conjunto, y la capacidad de reparación de la relación cuando ha habido discrepancias o rupturas. En función de todo ello, se han descrito tres modelos organizados de apego: seguro (el más equilibrado), inseguro ambivalente o ansioso (aquel que busca desesperadamente a su cuidador pero tampoco se consuela cuando está), e inseguro evitativo (el que oculta lo que siente y parece más independiente de lo que realmente es).

 

 

Al conocer esta teoría y todas las investigaciones posteriores que han ido confirmando sus hallazgos y profundizando en ellos, me surge una gran pregunta: ¿Cómo es posible que algo tan intuitivo e instintivo, como es ofrecer un amor incondicional a nuestros pequeños, necesite de una demostración de su efecto y necesidad, e incluso que esas investigaciones hayan ido contracorriente durante muchos años e incluso aún no se acojan con los brazos abiertos en todos los ámbitos profesionales y sociales? ¿Tan desconectados estamos los seres humanos con nuestras propias emociones, y con lo que experimentamos siendo niños, como para repetir los mismos patrones y originar el mismo sufrimiento a los que vienen detrás?

 

La importancia de lo que mostramos a nuestros pequeños

Si bien se trata de dos experimentos ya antiguos, su relevancia aún sigue vigente, y para mí supusieron dar con la explicación de aquello que intuitivamente pensaba acerca de la capacidad de los niños en absorber los estados emocionales de sus cuidadores (empleo este término de modo más amplio al de padres, aunque realmente suele ser la madre la figura de referencia principal en el cuidado).

El experimento de “still face” o cara neutra realizado con bebés de hasta un año de edad, pone de manifiesto la importancia de nuestras expresiones faciales y de la calidad de nuestra comunicación con los bebés para crear una sintonía sincera y honesta con ellos, y así contribuir a regular sus propios estados emocionales. Ante una cara inexpresiva, los bebés activan las alarmas y se sienten desamparados.

 

 

Y ahora me pregunto, ¿somos conscientes de la cantidad de veces que eludimos la interacción directa con nuestros bebés y niños, y obviamos sus señales? Les oímos balbucear y, ¿qué hacemos? ¿Acogemos con amor su llanto, o más bien nos molesta, más allá del significado que pueda tener? ¿Nos damos cuenta de las veces que estamos inmersos en la pantalla de nuestro móvil mientras nuestro niño nos está mirando esperando ser visto? Pero claro … es que “los niños siempre quieren llamar la atención” … ¿acaso no es lo mismo que estamos haciendo como adultos cuando estamos tan pendientes de “ser vistos” por nuestros contactos?

El otro experimento es el del precipicio visual. En él queda claro cómo transmitimos el miedo a través de nuestras expresiones y conductas como adultos.

 

 

Nos forjamos como humanos a través de las relaciones

Oyendo hablar a muchos adultos, o a mensajes que están muy anclados en nuestras creencias colectivas, parece que los bebés y los niños ni sienten ni padecen, es como una etapa en blanco, y ya en la adolescencia parece que “somos algo” y ya de adultos tenemos una identidad que aparece de la nada. Y claro, “soy así porque sí”. Si nos construimos pensando que somos entes independientes o compartimentos estancos, que cada uno se forja a sí mismo, y cada nueva etapa vital se basa en negar o despreciar fases anteriores, creo que no vamos por muy buen camino.

La investigación sobre el apego ha progresado mucho en las últimas décadas, y algo que parece cada día más claro es que esa necesidad de interacción y de establecer vínculos seguros se mantiene durante toda la vida. Y es que es en las relaciones donde tomamos conciencia de nosotros mismos y de los otros, y podemos avanzar en nuestro autoconocimiento para sentir mayor bienestar, serenidad, y seguramente, felicidad. Leyendo un libro divulgativo sobre apego adulto titulado Maneras de amar, de Levine y Heller, se nombra la denominada “paradoja de la dependencia”. Solemos vivir de forma muy generalizada bajo la creencia de que, para ser más fuertes, debemos necesitar menos de los demás, y no depender de los vínculos que tenemos. Y parece que todo indica que es al revés. Cuanta más seguridad podemos sentir por los vínculos sanos y robustos que establecemos con los demás, más libres e independientes nos sentimos para emprender y explorar nuestras posibilidades en el entorno.

 

Apego y exploración … las dos caras de la moneda

Recientemente realicé la formación en un programa de acompañamiento a padres con niños de 1 a 6 años de edad, que están en riesgo de exclusión. Este programa se denomina Primera Alianza (http://www.primeraalianza.com/index.php), y se basa en gran parte en otro denominado Círculo de Seguridad (https://www.circleofsecurityinternational.com/). La idea es crear un espacio de reflexión con grupos de padres, teniendo en cuenta los principios de la teoría del apego, y empleando como principal recurso el análisis de vídeos grabados con interacciones con sus propios hijos.

 

 

Quizá la mayor huella que me dejó esta formación es aprender a pensar en que los niños y, por extensión, los adultos, nos movemos continuamente entre dos polos que forman un circuito. Uno de los polos viene representado por nuestras necesidades de apego, es decir, de sentirnos recogidos y reconocidos por los demás, de compartir afecto, de ser vistos y valorados. El otro polo lo constituye nuestra necesidad de explorar el mundo, de expandirnos. Solo podemos explorar si tenemos una base segura de apego. Y en cada etapa de la vida, nos manifestamos de forma distinta respecto a esas necesidades.

 

 

No podemos obligar a que un niño sea independiente, si no le ofrecemos una base de amor incondicional que genere en él la seguridad para lanzarse por sí mismo. Pero es que de adultos, nos movemos igual. Si los adultos, e incluyo ahí a los padres, somos capaces de ver, escuchar y considerar a los niños como seres con necesidades y capacidades propias, estamos poniendo los cimientos de una identidad sana. Para todo ello, los adultos también debemos ser conscientes de nuestras propias emociones, sensaciones, pensamientos … es decir, de reflexionar acerca de nuestra forma de estar en el mundo y de cómo lo interpretamos, porque desde ahí podemos tomar la distancia para observar todo el escenario en el que se desarrolla nuestra vida, y en ella, nuestras interacciones con los demás.

 

 

A modo de conclusión

 

Llegados a este punto, te planteo un reto. Consiste en desarrollar nuestra capacidad de observación. A lo largo de un día, puedes pararte varios momentos (puedes poner alarmas de recordatorio en el móvil) a dejarte sentir y reflexionar, en el aquí y ahora, si te encuentras en el modo “apego” o en el modo “exploración”, y qué necesitarías en ese momento. ¿Cómo te lo reconoces en ti mismo? ¿Qué señales das a los demás para que se den cuenta? Al finalizar ese día, ¿ha prevalecido el apego o la exploración? ¿te has permitido por igual sentir ambas necesidades, o te cuesta más alguna de ellas? Y ahora algo muy importante, ¿soy capaz de ver en los demás qué necesidad es la que están manifestando en un momento concreto de interacción? ¿Y soy capaz de acoger dicha necesidad de forma abierta, o algo dentro de mí se activa y me hace sentir incómodo? Ufff, esto se pone muy interesante … Bienvenido a este mundo de relaciones y emociones que nos hace realmente humanos.

 

Referencias bibliográficas

  • Bowlby, J. Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Morata, 2014.
  • Cortés, C. Mírame, siénteme. Desclée de Brouwer, 2017.
  • Levine, A.; Heller R. Maneras de amar. Books4pocker, 2016.
  • Powel, B.; Cooper, G.; Hoffman, K.; Marvin, B. The Circle of Security Intervention: Enhancing attachment in early parent-child relationships. Guilford Press, 2016.
  • Wallin, D. El apego en psicoterapia. Desclée de Brouwer, 2012.

 

Boecio y La consolación de la Filosofía

Con esta entrada comenzamos un ciclo de artículos sobre la gran obra de Boecio, La consolación de la Filosofía. Nacido en Roma en torno al año 480, Anicio Manlio Severino Boecio llegó a ser Magister officiorum de la corte del rey Teodorico. Fue el mismo Teodorico, el que le encumbró políticamente, quien acabó condenándolo a muerte. Considerado mártir, a Boecio se le rindió culto en Pavía. Boecio es conocido como el último de los romanos, el último hombre antiguo, y el primero de los escolástico, el primer hombre medieval. Su propósito fue dar a conocer a los latinos la cultura y sabiduría griega, intentando traducir a Platón y Aristóteles y mostrar su complementariedad. Su intento marcó el comienzo de la cultura latina medieval.

La consolación de la Filosofía es una de las obras más conocidas, leídas y citadas de todos los tiempos. Boecio la escribió en la cárcel esperando la muerte tras perder todos sus bienes, prevendas y títulos. En ella se recrea esta misma situación, en la que se le aparece la Dama Filosofía como consuelo en su cautiverio. Los preceptos de esta obra fueron fuente de meditación e inspiración para escolásticos, monjes, príncipes, poetas y literatos. Se tradujo a numerosas lenguas a lo largo de la Edad Media. Multitud de sus definiciones de conceptos como persona, felicidad, eternidad, providencia, destino, fueron aceptadas como claves durante el medievo.

La Filosofía consolando a Boecio y la rueda de la fortuna

La fortuna y la filosofía. Maestro de Coëtivy (pintor e ilustrador francés del siglo XV)

En esta entrada expondremos el primer libro de La consolación de la filosofía. En éste, Boecio describe brevemente su trayectoria política y las razones por las que ha caído en desgracia. Pero a pesar de su estado tan lamentable encuentra en la filosofía razones para considerarse feliz, y que pondrá en boca de una personificación de ésta.

El libro comienza con el personaje de Boecio entonando un poema en el que se lamenta de su estado actual. Recordemos que el autor escribió esta obra estando en la cárcel, tras haber sido despojado de todos sus cargos y bienes, y condenado a muerte por el rey Teodorico (el mismo que le encumbró políticamente) y esperando su ejecución.

Mientras Boecio está llorando, una mujer imponente aparece para espantar a las musas que le están dictando y acrecentando sus pasiones negativas. Es la Filosofía, que llora al verle, y se lamenta de que este hombre, que había mamado de ella, se encuentre en este estado tan lamentable y desgraciado. Si no hubiera abandonado los recursos de los que ella le había dotado, Boecio no estaría así. La Filosofía se propone ayudarle, y le recuerda el peligro que tiene ser filósofo mencionando los casos de ilustres filósofos que han caído en desgracia a lo largo de la historia.

Boecio le cuenta que, inspirado por ella, decidió dedicarse a la política para evitar que el gobierno cayera en manos de los perversos, y que en toda actuación política siempre ha actuado con justicia y en pos del bien común de los ciudadanos pero que a pesar de ello ha acabado siendo castigado por hacer el bien sin bienes, sin cargos y sin reputación. Finalmente se lamenta de que Dios, creador de las leyes del universo, haya dejado libres de éstas a los hombres, dejando a los inocentes sufrir las injusticias cometidas por los malvados, y le implora que imponga el orden que rige en el cielo también en la tierra.

La Filosofía reconoce y agradece a Boecio los grandes servicios prestados al bien y a Ella, y observando que el estado de él está demasiado afectado por las pasiones decide curarle primero con remedios suaves y ablandarlo con sus caricias con bellos poemas. También decide interrogarle para diagnosticar con más exactitud su estado de ánimo y poder remediarlo más eficazmente. Tras ello, la Filosofía concluye que el problema de Boecio se basa en que no ha llegado a saber lo que es. Dejó de conocer la finalidad de las cosas y por ello se queja de la pérdida de sus bienes. Dejó de conocer los medios que intervienen en el gobierno del mundo y por ello cree que los vaivenes de la fortuna fluctúan sin rumbo. Pero gracias a Dios, Boecio sigue sabiendo que el mundo está sometido al orden divino y no al ciego azar. Esta idea exacta que tiene del mundo es, en palabras de Filosofía, la fuente más importante para su curación.

El problema del personaje de Boecio, siguiendo la filosofía antigua estoica, aparece como un problema de discernimiento, las pasiones como algo negativo que nublan el juicio, y la apelación a la razón como salvadora y guía para conseguir la felicidad. La Filosofía aparece caracterizada como saber de salvación en la línea del Helenismo tardío. Helenísticos son también los principales temas que se tratan en la obra, y que pasaron a la Edad Media: la felicidad, la libertad frente al destino, y el problema del mal en el mundo.

El lamento principal del personaje de Boecio es, pues, que a pesar de haber sido virtuoso no ha sido afortunado. No puede entender que la bondad no sea recompensada por la felicidad en un mundo regido por un Dios todopoderoso y todobondadoso. Parecen atributos de Dios incompatibles dado el mundo en el que vivimos. Se trata de un dilema que ya habían planteado los antiguos y que las diversas escuelas habían tratado de resolver cada una a su manera. Este lamento y la consolación que la Filosofía ofrece darán lugar a lo largo de la obra al tratamiento de los grandes temas de la ética: la relación entre la virtud y la felicidad, la naturaleza de la fortuna, la distinción entre bienes aparentes y bien supremo, la felicidad verdadera frente a la falsa, la existencia del mal en el mundo regido por el bien, y el libre albedrío frente a la Providencia divina.

Referencias:

  • Anicio Manlio Severino Boecio, La consolación de la Filosofía, Alianza, 2015.

Encuentros con el miedo – capítulo primero

Vivimos en un momento de la historia donde prácticamente parece una exigencia no sentir miedo. Los medios de comunicación nos transmiten incesantemente comunicaciones contradictorias. Por un lado, mensajes atemorizantes, violentos, que activan nuestro mecanismo de defensa y nos mantiene en alerta. Por otro nos muestran superhombres y supermujeres valientes, héroes y heroínas que no temen a nada. La publicidad se encarga de hacernos consumidores de fórmulas atractivas para no detenernos en el miedo o sencillamente para obviarlo y no sentirlo.

En otras ocasiones, tenemos miedo a no ser capaces de arreglárnoslas en el mundo, de no poder salir adelante por una falta de capacidad y habilidades. Otras, entramos en pánico ante una situación nueva en la vida, sobresaltándonos y tambaleándonos ante los cambios ya sean laborales o personales. 

 

La sociedad del hacer insaciable

 

Y desde este punto de vista, aquel que siente miedo, es un «cobarde”, para el que el aburrimiento está prohibido. Hay que evitarlo porque cuando comenzamos a sentirnos aburridos, nos angustiamos (señal de que nos estamos acercando a nuestro miedo). Pero preferimos continuar en el hacer insaciable para no conectar con lo que realmente nos ocurre.

Son innumerables las estrategias que usamos para apartar el miedo de nuestros pensamientos. Hay quien hace yoga, sale a correr, baja a tomarse una cerveza, toma tranquilizantes, sale de compras, comer hasta la saciedad, ver series infinitas, etc.

Si bien es cierto que algunas de estas fórmulas pueden funcionan, al menos de manera momentánea, ¿qué grado de conciencia tenemos realmente de estas acciones? y sobre todo, ¿están siendo una solución real y consciente a lo que siento y necesito o están actuando de manera superficial, a modo de tapadera?

 

Amar y respetar nuestro miedo como a nosotros mismos

 

Ocultar el miedo es congelar una de las emociones más básicas, perdiéndonos la oportunidad de aprender y crecer con ella como si de una relación de pareja se tratase. Yendo más allá, es necesario amar y respetar nuestro miedo si queremos amarnos y respetarnos a nosotros mismos. Es importante conocerlo, escucharlo, dar un primer paseo por el parque, entrar en amistad, tener una buena conversación con él y sobre todo, darnos el permiso de sentirlo y aceptarlo sin juicio. 

Todas las emociones tienen una intención positiva en nosotros, incluso las llamadas negativas como son el miedo, el asco, la tristeza y la rabia. Además, éstas son indicadoras de nuestros procesos de cambio y transformación. Entonces, ¿para qué necesito ocultarlo?. ¿Qué hay específicamente detrás de él?. 

Darnos el espacio y el tiempo para reconocer nuestro miedo, nuestras dudas e incertidumbres, es el comienzo para empezar a atravesarlo. Además, tenemos la capacidad y el poder de decisión para tener una relación más íntima con esta emoción de una manera más consciente, integrándola y poniéndola a nuestro favor, dándole el lugar que nosotros queremos que ocupe en nuestra vida. 

En este sentido, quizás podéis preguntaros, ¿cuál es el plan de acción que tengo que emprender para superarlo?, ¿Cuál es la receta?. Si os soy sinceros, yo aún no la he encontrado y dudo mucho que exista una marmita con la pócima mágica. 

 

Mi experiencia personal con el miedo

 

Como yo lo veo y como lo voy experimentando, es un trabajo de fondo que comienza por no hacer nada. Aparcar los planes de acción y comenzar a observarme y escucharme. El miedo anida en nuestra mente y en nuestro cuerpo, por tanto, para comenzar a explorarlo, podríamos hacernos algunas cuestiones como:

  • ¿En qué parte de mi cuerpo siento el miedo?
  • ¿Qué espacio ocupa en mi cuerpo?
  • ¿Qué pensamiento me viene a la mente cuando tengo miedo?

 

Relación del miedo con la exigencia y la excelencia

 

 

El miedo es una emoción íntimamente ligada a la exigencia. Cuando nos dejamos arrastrar por él, nos volvemos desconfiados, dubitativos, controladores, reaccionamos ante la mínima sospecha, intentamos controlar la situación o incluso nos paralizamos. Vemos los errores como una fuente de fracaso, nos negamos a recibir feedback y en nuestro entorno se genera una energía hostil. 

Qué distinto es ver la vida desde la excelencia. Cuando nos transparentamos con nosotros mismos, con lo que hay, con lo que sentimos, emprendemos el camino de la confianza. Encontramos aprendizaje en cada error, buscamos la mejora continua, escuchamos al otro, somos proactivos, innovadores, agradecemos y y nos alegramos de estar vivos cada día, generando un clima positivo y en paz.

 

La senda del guerrero

 

Hace unos años, mi amigo Juan me regaló Shambhala, un libro bellísimo que me encantó. El autor, Chógyam Trungpa, nos habla sobre la senda del guerrero o el camino de la valentía, como un sendero abierto a todo ser humano que procure una existencia auténtica que transcienda el miedo. Un guerrero no solo de mente, sino también de corazón.

Esta última parte, la del corazón, por lo general la solemos tener menos explorada. Es la parte “blandita” y que nos hace conectar con nosotros mismos. Suele pasar que cuando conectamos con él, a través de una meditación o simplemente estando presentes, descubrimos que este corazón está vacío y mirando hacia fuera. Es un corazón adormecido.

Si comenzamos a explorarlo y metemos la mano dentro de nuestro pecho, encontraremos algo blando, tierno, sensible y muy probablemente, encontraremos tristeza dentro. No tiene por qué ser a algo particular, puede ser una tristeza generalizada, muy en el fondo, a lo lejos, está ahí y también nuestro miedo a sentirla y a encontrar nada, simplemente vacío interior 

 

El  verdadero guerrero atraviesa la tristeza

 

Pero si no somos capaces de sentir esa tristeza, la valentía que podamos experimentar, será frágil como una cáscara de nuez. Hay que ser un verdadero guerrero para atravesar esa tristeza. Uno de los primeros pasos de ese guerrero, es conectar con su propia vulnerabilidad, provocada al verse con el corazón al descubierto. Dejándose tocar por otros, mostrando su miedo y también su tristeza. Siendo y sintiendo quién es. Dejando de hacer para comenzar a ser. Es ahí cuando podemos ver nuestra excelencia más genuina. Distinguiendo entre lo que hacemos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser. 

 

Reconocer el miedo no es causa de depresión ni de desánimo. Porque poseemos el miedo tenemos también, potencialmente, derecho a la vivencia de la intrepidez. La verdadera intrepidez no consiste en reducir el miedo, sino en transcenderlo. Shambhala, la senda sagrada del guerrero. Chógyam Trungpa.

 

La valentía comienza por reconocer el miedo y transcenderlo

 

Por tanto, la valentía comienza por reconocer ese miedo y transcenderlo. No solamente desde un plano mental que nos ayude a entenderlo, sino también desde el corazón, desde la ternura y la aceptación de nuestra realidad.

Trabajar la intrepidez es trabajar con la vulnerabilidad humana, con nuestros corazones. Todo guerrero tiene detrás un corazón tierno y vulnerable a su servicio y al de la humanidad. La verdadera valentía, el arrojo para traspasar ese miedo, viene de la mano esa ternura, de estar dispuestos a abrirnos, sin resistencia ni timidez a afrontar el mundo y a compartir nuestro corazón. Igual que cuando declaramos nuestro amor en pareja.

 

El miedo como compañero de viaje

 

 

Recuerdo con mucho cariño las palabras de uno de mis maestros, Gerardo Ortiz, Psicólogo y Terapeuta Gestalt, mexicano, discípulo de Claudio Naranjo, con muchísima experiencia llevando grupos. Nos contaba en uno de sus talleres a los que asistí durante una estancia en Chile, que a pesar de llevar muchos años viajando e impartiendo talleres por el mundo, seguía sintiendo miedo. Meras especulaciones de lo que iba a encontrarse y lo que pensarían sobre él.

Su receta era bien sencilla. Dentro de su maleta, siempre dejaba un hueco libre para meter una cajita con su miedo y con él, viajaba siempre. Escuchar este comentario, me sirvió enormemente para darme cuenta de que había estado negando mucho tiempo mi propio miedo y que esa negación me había convertido en una persona que realmente no era ni estaba disponible ni para mí ni para los demás. 

 

La aceptación como camino de transformación

 

 

Aceptar el miedo a ser y a vivir está siendo mi camino de transformación. Respetando que es parte de mi ser y de que juntos, desde el encuentro, podemos llegar mucho más lejos que desde la pelea y la evitación. Desde este reconocimiento, puedo construir mi realidad acorde con lo que soy y con lo que quiero llegar a ser.

Os dejo con unas palabras del libro Shambhala que espero os inspiren tanto como a mi. 

La clave del camino del guerrero es no tener miedo a ser quienes somos. Esto es en última instancia la definición de valentía. No tenerse miedo a sí mismo

Esa mentalidad de temor

ha de ser puesta en la cuna de la benevolencia

y amamantada con la leche profunda y brillante de la inmutabilidad eterna.

En la sombra fresca de la intrepidez,

abanicadla con el abanico de felicidad y gozo.

A medida que vaya creciendo, 

con diversos despliegues de fenómenos,

conducidla al patio de recreo auto existente.

Cuando sea mayor,

para impulsar la confianza primordial,

llevadla al campo de tiro al arco de los guerreros.

Cuando sea aún mayor, 

para despertar la naturaleza de sí primordial, 

dejadle ver la sociedad de los hombres

que posee belleza y dignidad.

Entonces esa mente temerosa

podrá convertirse en la mente del guerrero,

y esa confianza eternamente juvenil

extenderse por el espacio sin principio ni fin.

En ese momento, verá el Sol del Gran Este.

 

Referencias bibliográficas:

  • Shambhala, La senda sagrada del guerrero. Chögyam Trungpa. Kairós. Edición 11.
  • No es lo mismo. Silvia Guarnieri y Miriam Ortiz de Zárate. LID editorial. Edición 5.
  • 27 personajes en busca del ser. Claudio Naranjo. Ediciones La Llave. Edición 6.
  • Terapia Gestalt. La vía del vacío fértil. Francisco Peñarrubia. Alianza Editorial. Edición 2.

 

Un cuento pequeño: El mar

 

“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre

¡Ayúdame a mirar!”

 

el Mar

 

Acompañar en la mirada

Este cuento de Eduardo Galeano, siempre fue mi guía en el ámbito de mi profesión. Cuando empecé a trabajar con adolescentes, hace casi 20 años, no tenía idea de la inmensidad que oculta el ser humano. No era consciente de nuestro propio poder. No era capaz de ver ni mi propia esencia. Ni de conectar conmigo. Ni de escuchar mis necesidades y arriesgarme a ser feliz. Me rodeaba de gente muy experimentada, cuya función era decirle al usuario (ya con esa forma de ver a los/as chicos/as tuve varios choques) cómo debía hacer las cosas para tener una vida más plena. Mis compañeros/as de trabajo se convertían así en “semi dioses”, divinidades sagradas capaces de saber qué era lo mejor para tal o cual persona con sólo observar ciertas conductas puntuales, convirtiéndose así en maestros/as de vida. Pero ese sistema, tenía un gran fallo: nunca tenía en cuenta a la persona. En ninguna de las entrevistas iniciales que presencié, se preguntaban cosas tan esenciales como “¿qué quieres lograr en la vida?” o “¿sabes todo lo que puedes dar a este mundo?”. Así que, me formé profesionalmente en lugares impersonales, donde lo último que importaba era el protagonista principal de la historia.

En un momento dado (hacia el año 2004), llegué a un lugar que fue como encontrar una isla en medio de un mar de prejuicios y salvadores/as. Un sitio único.  En este lugar, los/as adolescentes eran los/as protagonistas. Y yo, como profesional, iba acompañando en el camino. No resolvía SUS dificultades… no juzgaba SUS deseos y sueños… no interfería en SUS decisiones. Se trabajaba en equipo para poder desarrollar todas las potencialidades existentes, poder sacar de dentro lo mejor que teníamos cada uno/a.  En ese lugar, me di cuenta de que mi trabajo, mi misión en esta vida, en este plano, era acompañar para que ellos/as fueran capaces de MIRAR. De mirarSE.

Cuando conocí a E., él estaba tumbado en un sofá en el despacho del director del Instituto donde trabajaba con un ataque de ansiedad. E. era un chico de 17 años, alto, desgarbado, con una energía muy particular. E inteligente. Muy inteligente. E. tenía una historia familiar desgarradora. Una familia desestructurada que se dice en el argot educativo. Todos los profesionales se habían centrado en abordar esa situación familiar. Pero a E., nunca nadie le preguntaba nada. Él no existía en esta historia. A él nadie le miraba. Y lo peor, es que él tampoco se veía.

Entré en el despacho a recoger unos documentos y allí me lo encontré. Nos miramos durante unos segundos, y en sus ojos pude ver una luz templada, sostenida. Potente.  Así que me senté a su lado y le pregunté qué hacía allí. E. me contó su historia, sin entrar en la esencia, sólo rasgando la superficie. Supe que tenía que acompañarlo, y él me eligió a mí para emprender el viaje. Teníamos que conseguir subir juntos esas cumbres de arena, para que al fin, ambos pudiéramos ver el mar ante nuestros ojos. Entendí entonces, en lo más profundo de mi corazón, que acompañar a E. en este viaje iba a suponer tocar mi propia herida, y acompañarme a mí misma hasta la cima, para ver mi propio mar estallando ante mis ojos.

Trabajé con E. durante siete meses. En nuestros momentos de encuentro, conversábamos sobre la vida, sobre los sueños, sobre las heridas, el odio, el dolor… el amor y la muerte. Aprendimos cómo los humanos se niegan a verse, a mirarse. Se niegan el derecho a SER y a ESTAR en el mundo. Se esconden en juegos oscuros, en estrategias retorcidas, movidos por el miedo. Porque este mundo, a veces no nos deja ser. Porque no importamos. Porque creer en el poder, en el mar interior de los humanos, ya no es esencial. Sentir da miedo y se juzga. Poner luz en las zonas oscuras da miedo. Y el mundo (y nosotros/as) nos facilita mirar hacia otro lado.

Caminar sobre la superficie quebradiza de nuestra alma, sintiendo un falso control. El miedo es poderoso.

Transitamos por nuestras sombras, y una mañana conseguimos divisar el mar. Fue un camino lleno de peligros, trampas, muros. Y mucho miedo. Ser consciente de como su historia familiar, sus emociones negadas, su excesiva autoexigencia, había ido haciendo mella en su YO más puro, fue muy complicado de sostener para E. Pero ambos, ante cualquier dificultad, nos mirábamos, nos dábamos la mano, y reemprendíamos el camino.

Cuando E. terminó el curso, ya había más luz en él como para acercarse a ver quién era (si es que alguna vez lo sabemos al 100%). Pero él estaba dispuesto a arriesgarse por conseguir mantenerse en su camino, en su “leyenda personal” como él lo llamaba. El último día que lo vi, nos dimos un abrazo intenso, precioso. Nos agradecimos mutuamente el habernos encontrado. Nos prometimos seguir compartiendo momentos, donde poder reírnos de nosotros mismos de la manía neurótica que tenemos de boicotearnos. “Al final – me decía- somos nuestros verdaderos enemigos. Los únicos. ¿Por qué no nos dejamos ser quiénes somos y nos empeñamos en mentirnos? ¿Así son los adultos?” “Por eso yo nunca quise crecer – le dije- Pero tú también me has ayudado a mirar mi mar”

El último día que nos vimos, me hizo un regalo. E, me regaló un texto escrito en una hoja de cuadros de su cuaderno de matemáticas con su letra apretujada y nerviosa.

Tú me ayudaste a mirar. Yo te quiero ayudar a seguir brillando – me dijo

Cuando nos despedimos, leí. Y lloré. Porque ese texto, escondía otra prueba necesaria para seguir en nuestros caminos. El SER como clave. El SER como necesidad vital. Desde una nueva perspectiva. Responsabilizándonos de nosotros/as.

¿Se pregunta el Sol “soy bueno, valgo la pena, doy lo suficiente de mí?” No. Arde y brilla.

¿Se pregunta el Sol “¿qué piensa de mí la Luna, cómo se siente Marte por mí hoy?”. No. Arde y brilla.

¿Se pregunta el Sol, “soy tan grande como otros soles en otras galaxias?”. No. Arde y brilla.

 

Ardamos y brillemos

Con nuestra luz interior, esa que paso a paso vamos desempolvando. Porque al final, es más sencillo no querer ver, menos doloroso. Pero, haciendo referencia a un gran maestro, Mariano Castillo, el dolor puede ser utilizado como portal hacia algo increíble. Cuando transitamos en el dolor, somos capaces de reconocernos sin filtros. Si nos reconocemos, somos capaces de vernos y mirarnos a los ojos. Y ya no es fácil mentirnos. Ya no hay sitio donde esconderse. Así que, solo nos queda lanzarnos a escalar las cumbres. Y arder y brillar.

 


La guía interna «divina», el libre albedrío y la libertad (Lección de filosofía 2)

Seguimos con las lecciones de filosofía de la mano de Monica Cavallé y la filosofía perenne, aquella que sigue tan «viva» y es tan universal que podemos seguir aplicando a nuestras vidas para alcanzar el mayor bienestar y armonía. En este caso veremos cómo nuestra guía interna es la única fuente de verdad y felicidad, y lo único que realmente nos pertenece. Lo único que es intrínsecamente nuestro, y que nadie puede dañar… Gracias a Monica Cavallé, y a su libro «El arte de ser«, podemos profundizar mucho más en estas ideas…

Si quieres leer antes las otras lecciones, aquí las tienes:

En este post veremos el segundo punto, desarrollando los demás en próximos artículos 😉

 

Lección 2: El «principio rector»

«Date cuenta de una vez de que en ti mismo tienes algo superior y más divino que lo que causa las pasiones y que lo que, en una palabra, te zarandea como una marioneta.»

Marco Aurelio

 

guia interna divina

 

Los filósofos estoicos afirmaban que hay en nosotros algo superior y más originario que nuestros juicios, impulsos y pasiones; una instancia ontológica que nos permite tomar distancia respecto a ellos, discernir su naturaleza y despertar del sueño en el que vivimos cuando confundimos nuestro sistema de creencias particular y las conductas estructuradas en torno a él con nuestra identidad. Se trata de una dimensión que permite que no seamos zarandeados como marionetas por nuestros dondicionamientos.

«Lo que a fin de cuentas soy es carne, un breve hálito vital y un Principio Rector.»

Marco Aurelio

Para los estoicos el alma humana es una chispa del alma cósmica, de la divinidad o inteligencia que rige y sostiene el universo. Se manifiesta en el ser humano en la forma más elevada e intensa de actividad pneumática: como alma inteligente o racional (logos).

El alma inteligente o racional (logos)

El logos humano es un punto focal del logos cósmico, es la presencia de lo divino en él. La inteligencia no es una dote de la que disponemos cada uno de nosotros como individuos; no es un principio individual, sino universal, no tiene un alcance meramente psicológico, sino ontológico, coextensivo con él ser.

En el Ser Humano, los estoicos afirmaban que todas las partes y funciones del alma están arraigadas en lo que denominan Principio Rector, o parte rectora del alma. Es la dimensión más elevada del compuesto humano, el centro de la conciencia, la fuente de la vida psicofísica y la sede de nuestras factuldades superiores.

El Principio Rector tiene cuatro poderes o capacidades:

  1. Capacidad de representarnos la realidad
  2. Asentir o no a las representaciones (dar crédito o no a nuestras interpretaciones subjetivas)
  3. Impulso
  4. Razón que permite «vigilar» nuestras ideas (discernir y evaluar el contenido de nuestras representaciones)

«¿Qué es lo tuyo? El uso que haces de tus representaciones.»

Epicteto

Epicteto denomina también al Principio Regente, libertad o albedrío. Marco Aurelio lo define como el genio interior que actúa en nosotros como guardían, progector y guía. Sócrates lo define como la voz interior que proveniene de un poder superior, la que le advertía cada vez que obraba o podía obrar erradamente. Todos poseemos esa voz y podemos escucharla.

 

El Principio Rector es nuestra verdadera identidad

Cuando la filosofía antigua hablaba del conocimiento de sí mismo, no alude al mero autoconocimiento psicológico, sino al conocimiento de quienes somos, de nosotros mismos como sujetos. Entendían que el conocimiento de sí mismo equivale a conocer ese principio que constituye nuestra identidad central, y que, una vez conocido, permite conocer la entraña del universo porque se es uno con la fuente de la realidad en su conjunto. «Hombre, conócete a ti mismo y conocerás le universo y a los dioses».

Conocer nuestra identidad profunda es conocer el Intelecto o Inteligencia. Equivale a conocer el logos, la inteligencia cósmica que sostiene y estructura la totalidad, si bien se manifiesta de forma privilegiada en el ser humano, pues tenemos autoconciencia y podemos saber de ese logos en nosotros.  Como dice el precepto de Delfos, «conócete a ti mismo».

 

 

«¿Pero podemos encontrar alguna parte del alma que sea más divina que aquella en que se encuentran el entendimiento y la razón? (…) En esta parte del alma, verdaderamente divina, es donde es preciso mirarse, y quien la mira y descubre en ella todo ese carácter sobrehumano, un dios y una inteligencia, bien puede decirse que tanto mejor se conoce a sí mismo.»

Platón

Conocerse a sí mismo, afirma Sócrates, es conocer la Inteligencia que nos constituye y que reconocemos, como en un espejo, el el intelecto de cualquier ser humano, en aquello que «ve» en él.

Conocerse a sí mismo es ser y reconocer el reflejo en nosotros mismos del Principio Rector. Prueba de que esta dimensión nos especifica como seres humanos y constituye nuestra identidad central, es que, si bien pueden dañar nuestro cuerpo, nuestras circunstancias, nuestras posesiones… nadie ni nada tiene poder para mover a afectar a nuestro Regente. En consecuencia, es lo único que nos es realmente propio.

«Tres son las cosas que integran tu composición: cuerpo, hálito vital, inteligencia. De esas, dos te pertenecen, en la medida en que debes ocuparte de ellas. Y solo la tercera es propia mente tuya.»

Marco Aurelio

 

El discernimiento

«Nada hay que esté enteramente en nuestro poder sino nuestros propios pensamientos.»

Descartes

El Principio Rector, nuestra identidad central, es la fuente del discernimiento. Es lo que posibilita que no confundamos la realidad con nuestras opiniones subjetivas. Es lo que discierne las representaciones y asiente, o no, a ellas. Es lo que distingue lo verdadero de lo falso e incierto.

Esta capacidad del Principio Rector nos remite a la intuición india de la conciencia testigo. El testigo es aquello que ilumina y atestigua todo, también los contenidos psíquicos (pensamientos, emociones e impulsos), sin identificarse con lo atestiguado; constituye, además, nuestro más íntimo sí mismo. El Principio Rector también es la luz que ilumina el pensamiento, la que nos posibilita atestiguar y examinar nuestros juicios; la instancia ontológica que nos permite no identificarnos con nuestro diálogo interno, con nuestras representaciones, impulsos y pasiones; la que nos otorga una vivencia de nuestra identidad más originaria que la estructura en torno a los contenidos y patrones de nuestra vida psíquica.

Los estoicos ubicaron el centro del ser humano, no en la cabeza, sino en el corazón, en el saber del corazón. Esto coincide con muchas tradiciones sapienciales, para las que el corazón simboliza el sí mismo, el núcleo mismo de nuestro ser, así como la sede de la inteligencia y de la intuición superior.

 

La libertad

Epicteto también se refirió a la faceta de libertad y albedrío del Principio Rector. Es aquello que en nosotros, además de discernir, quiere y decide. Es la dimensión incondicionada, la que nos otorga libertad frente a lo dado y condicionado, la que nos permite adoptar ante ello una actitud u otra, la que posibilita que no seamos arrastrados por nuestras representaciones y los impulsos que las siguen, la que nos proporciona la única libertad perfecta, la libertad interior.

«En el terreno del asentimiento: ¿puede alguien impedirte asentir a la verdad? Nadie. ¿Puede alguien obligarte a admitir la mentira? Nadie. ¿Ves cómo en este terreno tienes una proaíresis (con voluntad, decisión o deliberación.) libre de impedimentos, incoercible y libre de trabas?»

Epicteto

 

 

«Este pequeño cuerpo (…) es zarandeado de un lado a otro; en él aparecen las torturas, los hurtos, las enfermedades. En lo que respecta al ánimo en sí, es inviolable y eterno, y no existe mano que pueda golpearlo.»

Séneca

Aunque nada ni nadie pueda arrebatarnos esta libertad originaria ni ponerle impedimentos, pues nada ni nadie es dueño de nuestros pensamientos y actitudes, esta libertad puede obstaculizarse y ponerse impedimentos a sí misma.

«La primera diferencia entre el particular y el filósofo: el uno dice: «¡Ay, mi pobre muchachito, mi pobre hermano!» «¡Ay, mi pobre padre!». Mientras que el otro, si en algún caso se ve obligado a decir «¡ay!», tras esperar un poco añade: «¡Pobre de mí!». y es que nada ajeno al albedrío puede poner impedimentos o perjudicar al albedrío, si no es él mismo a sí mismo.»

Epicteto

¿Cómo es posible que algo intrínsecamente libre y lúcido puede perjudicarse o ponerse impedimentos a sí mismo? Epicteto afirma que el albedrío es libre, y a su vez, que solo es libre la del sabio, no la del ignorante.

Para el pensamiento estoico, el Principio Rector tiene una doble vertiente: una dimensión transpersonal y otra personal. Es conciencia o inteligencia pura, pero también abarca los contenidos de conciencia, juicios mentales, impulsos y elecciones particulares que constituyen el estado cognitivo de una persona en un momento dado.

En su vertiente transpersonal es perfectamente libre…

«La naturaleza del ser humano es parte de una naturaleza imposible de obstaculizar, inteligente y justa.»

Marco Aurelio

… pero puede no ser libre la disposición de esa chispa de la divinidad en nosotros una vez teñida por nuestro estado cognitivo particular. Es esencialmente libre, si bien esa libertad puede ser meramente potencial con respecto a nuestro estado actual de conciencia. En el ignorante no es libre, pues está velada y distorsionada por juicios errados.

«Es la obra lenta, gradual y progresiva del gran semidiós dentro del pecho (…) Cada día mejora alguna faceta; cada día se corrige algún defecto.»

Adam Smith

Para el pensamiento estoico, según cuáles sean nuestros juicios, la parte rectora del alma tendrá una mejor o peor disposición. Es decir, estará dispuesta de forma virtuosa o pasional. Epicteto insiste en que hay que mantener el Principio Rector en la disposición justa:

«Si las opiniones sobre las materias son correctas, hacen bueno el albedrío, pero si son torcidas y desviadas, malo.»

Epicteto

 

«Hay que preservar el genio que tenemos en nuestro interior, a velar por la pureza de nuestros dios, a conservarlo libre de pasión, de irreflexión y de disgusto. A venerar la facultad intelectiva (…) para que no se halle jamás en nuestro guía interior una opinión inconsecuente con la naturaleza y con la disposición del ser racional.»

Marco Aurelio

 

El «mal» no es más que la ignorancia

Tanto la sabiduría estoica como las orientales son doctrinas de liberación. Todas ellas consideran que la libertad es el mayor bien y que, aunque nuestro ser es intrínseca y esencialmente libre, existencialmente la libertad no es algo dado: constituye una conquista permanente ligada al incremento de nuestro nivel de comprensión, es decir, que requiere cuidado de sí, cuidado del alma.

«Progresa en todo momento hacia la libertad con benevolencia, sencillez y modestia.»

Marco Aurelio

Para Albert Ellis, el libre albedrío «presupone que cada persona tiene la libertad de actuar correcta o erradamente, teniendo como referente la verdad absoluta y la justicia ordenada por Dios y por la ley natural. Si alguien hace un mal uso del libre albedrío es un malvado pecador, pues actúa así a pesar de poseer el conocimiento del bien y del mal.». Este pensamiento justifica la culpabilización, el castigo, la hostilidad, la agresividad y la ira…

Frente a esta doctrina, el pensamiento estoico retoma la tesis socrática presente también en las principales sabidurías de Oriente. Nadie yerra voluntariamente. Nadie obra el mal cono plena conciencia de lo que hace, pues todo el mundo busca su bien. Es decir, todo el mundo aspira a la felicidad. Se obra mal porque se tiene juicios errados sobre dónde radica nuestro verdadero bien.

Cada cual se inclina en cada momento hacia la que considera la mejor opción entre aquellas de las que dispone en función de su nivel de conciencia, de su marco representacional consciente o inconsciente. Es su filosofía operativa la que limita su marco cognitivo.

«¿Qué piensas? ¿Que voluntariamente caigo en el mal y pierdo el bien? ¡Nada de eso! ¿Cuál es, pues, la causa de mi error? La ignorancia.»

Epicteto

Por ello, siempre podemos compadecer al que obra incorrectamente, ya que actúa así por ignorancia del bien y del mal.

«¿No nos apiadamos de quien es físicamente ciego? Luego más digno de piedad es quien sufre de ceguera moral y espiritual, porque no es menor esta mutilación que la que nos impide distinguir lo blanco de lo negro.»

Marco Aurelio

 

guia interna divina

 

«Propio del ser humano es amar incluso a quienes lo ofenden. Esto se logra si caes en la cuenta de que sois del mismo linaje, y de que ellos yerran por ignorancia y contra su voluntad (…), y, sobre todo, de que no te ha hecho daño alguno, pues no hizo peor tu Principio Rector de lo que lo era antes.»

Marco Aurelio

Nadie desea errar, pues nuestro impulso básico, el que nos constituye, se orienta necesariamente hacia la autoconversación y el autodesarrollo, a perseguir lo que nos beneficia y rechazar lo que nos daña.

«¿Por qué renuncias a tu propio bien? eso es una insensatez, una imbecilidad. Pero ni aunque me digas que renuncias te creeré. Porque igual que es imposible asentir a lo que parece falso y rehusar lo verdadero, así también es imposible mantenerse apartado de lo que  parece bueno.»

Epicteto

 

«Cada ser tiende hacia aquello para lo cual ha sido constituido; a donde tiende, ahí está su fin; donde está el fin, allí también lo conveniente y lo bueno de cada cual.»

Marco Aurelio

El mal no tiene una realidad sustantiva, sino privativa: es siempre carencia de bien. En concreto, es un bien expresado de forma limitada o a través de representaciones erradas. Pues la vida nunca sabotea sus propios objetivos.

«Así como no se coloca un blanco para desacertarlo, de igual manera no se genera en el mundo una naturaleza del mal.»

Epicteto

El mal equivale a la ignorancia. Y por ello, como ya había sostenido Sócrates, solo hay una virtud, la sabiduría, y sólo hay un vicio, la ignorancia.

«Todos los pecados son siempre, y en último término, el mismo: manifestaciones de la ignorancia.»

Zenón

 

 

El abrazo gestáltico

El abrazo gestáltico se diferencia de cualquier otro abrazo por su duración e intensidad. De hecho, cuando dos gestálticos se abrazan suelen mantenerse entrelazados un buen rato como si el mundo se detuviera en ese gesto, como si el resonar común de sus corazones se fundiera en la unidad primigenia. ¡Qué bonito! El abrazo gestáltico no tiene prisas, no busca cumplir con las buenas costumbres o la cortesía, no conoce protocolos. Ya desde el saludo, los gestálticos proclaman los principios fundamentales de su escuela: la escucha atenta del otro, la apertura emocional, la autenticidad en los sentimientos, el darse cuenta.

Ser gestáltico

En el momento en que un incauto interlocutor escucha aquello de: “soy terapeuta Gestalt”, en boca de un viejo compañero de la secundaria o en algún diálogo circunstancial con un desconocido, resultan muy curiosos de observar los primeros segundos de su reacción: un silencio incómodo, leve levantamiento  de cejas, sutil movimiento ascendente-descendente de la cabeza como asintiendo. (“Sí, claro, la Gestalt, hombre, es muy conocida”). El interlocutor aguarda perplejo alguna explicación suplementaria. El gestáltico accede finalmente a darla. Dice algo así: la Gestalt es una corriente dentro de la psicología humanista, nacida allá por los 50 en Estados Unidos como una revisión crítica del psicoanálisis freudiano.

Supongamos que la mención de “psicoanálisis”, “humanista” o “Estados Unidos” dentro de una misma frase tranquiliza, en parte, al interlocutor. Algo ha oído hablar, algo ha leído en internet, hay un amigo (¿o era el amigo de un amigo?) que una vez le dijo que había hecho terapia Gestalt.

No es suficiente para haber disipado todas las dudas. El interlocutor no está muy seguro de qué es la Gestalt pero se permite sospechar que, quizás, no sea una secta. No tiene gurú al que adorar ni tampoco practican sacrificios con gallinas. No hay rituales de iniciación, ni pirámides en miniatura. Sí es cierto que si alguien desprevenido observara por la mirilla de la puerta una sesión grupal de Gestalt podría asustarse.

Lo primero que llamaría su atención es que los gestálticos se reúnen en ronda y sin zapatos. No utilizan sillas sino que apoyan sus culos sobre cojines. Algunos practican la posición del loto, mientras que otros se desparraman por el suelo. En los trabajos grupales más intensos los gestálticos pueden llegar a levantar la voz, liberar al cuerpo del control de la mente, hacer ruido al inspirar-expirar aire o llorar (reír) de manera estruendosa. Los gestálticos bostezan y se desperezan sin pudor alguno. No visten uniforme ni túnicas pero entre ellos y ellas sí que abunda el chandal del Decathlon. En líneas generales, se podría decir que a los gestálticos no les interesa mucho la moda ni el aspecto exterior. Están en una búsqueda interior, en un camino de ampliación de la conciencia pero sin el LSD ni los psicotrópicos del hipismo años 60.

La mayor parte de la gente en España todavía se pregunta qué es la Gestalt y sucede  que en este país el desconocimiento de la terapia dispara un catálogo interminable de prejuicios ante ella.

– ¿En serio vas a terapia?

a) Ah, es que yo no le encuentro sentido a eso de ir y contarle todo a un desconocido.

b) Bueno, si yo tuviese algún problema serio preferiría hablarlo con mis colegas de toda la vida.

c) Es que la terapia no sirve para nada, ¿o acaso el terapeuta va a pagarte la hipoteca o conseguirte un trabajo?

d) Ah, yo una vez conocí al primo de un amigo del pueblo que iba a terapia. No veas lo perdido que está el pobre.

e) Pues a mí no engañan. No hay mejor terapia que la barra de un bar.

Práctica gestáltica

La práctica de la terapia gestáltica básicamente consiste en atender a otro ser humano de tal manera que le permita ser lo que realmente es.

La Gestalt se ocupa de los trastornos generados por nuestro rechazo a aceptar la responsabilidad de lo que somos y de lo que hacemos.

Fritz Perls, figura central entre sus iniciadores, creó un proceso de terapia que evita en lo posible los conceptos e interpretaciones. A diferencia del psicoanálisis, se busca llevar la atención a la conducta observable que constituye el fenómeno, en lugar de desarrollar conjeturas sobre los significados del discurso. En este sentido, la Gestalt  se ocupa más de la experiencia que del pensamiento y en ella cobran especial importancia las necesidades corporales y su satisfacción o bien los bloqueos que la impiden. Todo organismo busca satisfacer sus necesidades, para ello da y toma del medio ambiente.

Entre los propósitos de la terapia estará integrar las partes negadas de la personalidad, recuperar nuestra capacidad para la experiencia y nuestro funcionamiento rechazado.

Perls veía a la neurosis como el proceso de pérdida de la percepción y de la separación progresiva del potencial propio. De ahí que considerase que tendemos a apegarnos al pasado infeliz con el objetivo de evadirnos de la responsabilidad de lo que hacemos.

Fiarse de lo que pasa, dejar que ocurra, no empujar el río que fluye por sí mismo, son guías de inspiración provenientes de la filosofía oriental para la terapia gestáltica.  La confianza en el auto regulación del organismo es sinónimo de confianza en la espontaneidad, incluso una alusión al Tao como un curso de acción dictado por una profunda intuición antes que por la razón.

Durante la sesión, el terapeuta debe estar disponible para el paciente, empleando sus oídos y ojos para percibir lo que es obvio. A través de la percepción del cuerpo, el paciente puede descubrirse a sí mismo y la relación que mantiene con lo que le rodea.

Claudio Naranjo, otro de los referentes centrales de esta psicoterapia, ha sostenido que la Gestalt es un asunto de actitud, de estar en el mundo de cierta manera. Su rol no consiste en aplicar ciertas técnicas sino hacer que el paciente trabaje con ellas, a pesar de él mismo.

La vida es proceso y vivirla es todo lo que se necesita para mantener su flujo.

Basta con estar consciente. Para que se produzca un cambio no se necesita nada más que presencia, estar consciente y responsabilidad.

Bibliografía:

Peñarrubia, Círculo y Centro. El grupo gestáltico, Ediciones La Llave, Barcelona, 2014.

Perls, P. Baumgardner, Terapia Gestalt, Traducción de Victorino Pérez, Editorial Pax México, México D.F., 2ª edición, 2006.

Naranjo, La vieja y novísima Gestalt: Actitud y práctica de un experiencialismo ateórico, Traducción de Francisco Huneeus, Cuatro Vientos Editorial, Santiago de Chile, 11ª edición, 2011.

Una mirada desde la lealtad familiar.

 

Haciendo un recorrido a los acompañamientos terapéuticos que he podido realizar, veo como aparece un término, con mucha fuerza y poder, y que en algunos casos puede determinar el transcurso de una vida (de acuerdo a lo comprometido que se está con ello): La lealtad.

 

Hace poco tiempo, en mi formación como terapeuta familiar desde el enfoque sistémico,  me toco hacer una revisión en profundidad de mi familia de origen. Analizar y adentrarme en la historia de mis abuelos y cómo fue su infancia, de ellos como padres, y de mis padres en su experiencia de ser hijos. De la formación de mis padres como pareja, y de ellos “construyendo”  su propia familia. Con sus creencias, lealtades y deudas, las cuales también afectaron e influyeron en su manera de hacer familia.  Fue necesario abrir baúles cerrados, escuchar  silencios (los cuales tenían mucho que decir), reconocer herencias, y sobre todo  agradecer.

 

Pude darme cuenta del PODER que puede generar un legado familiar. Recordando el primer artículo que escribí,

Conectando con nuestras herencias familiares (transgeneracionalidad)

Hablo de esas herencias transmitidas y sobre todo aceptadas  de generación en generación, sin embargo en este quiero dar más profundidad a la lealtad como virtud familiar.

 

LEALTADES INVISIBLES:

 

 

Iván Boszormenyi-Nagy, desarrolló el término de lealtad de acuerdo a los sistemas familiares. Dentro de su teoría explica cómo podemos establecer “lealtades invisibles”, que pueden ser conscientes o no conscientes. Es decir, se puede desarrollar una fidelidad visible, o no, hacia legados familiares (valores, creencias, mito, relaciones), legados culturales, hacia algún familiar en especial, etc. Lo cual influye dentro de la dinámica de un sistema, y da sentido a algunos ritos y mitos,  generando una repetición particular.

 

La lealtad es una palabra que engloba muchas cosas. Revisando distintas definiciones, aparecen algunas que subrayan la importancia emocional que esta trae a nuestras vidas.  “Es una virtud consistente en el cumplimiento de lo que exigen las normas de  honor y gratitud”. La palabra gratitud se relaciona mucho con la lealtad, pareciera que una refuerza a la otra y viceversa (entre más agradecido me siente hacia alguien o algo más leal). La lealtad se puede representar como el compromiso, la fidelidad, la admiración, o el sentimiento de no defraudar a alguien o a algo. De alguna manera, se hace tributo a lo que se está agradecido manera voluntaria o no.

 

 

DEUDAS

 

Nagy indica que solemos hacer una especie de “libro de cuentas”, donde tal como un administrador, hacemos un balance (no consciente) de las experiencias de sacrificios y de las herencias familiares, y en virtud al sentido que generan para nuestras vidas, se establece una especie de “deuda”.

 

Ejemplo:

– Un hermano mayor sacrifica la realización de una carrera universitaria para comenzar a trabajar, y de esta manera poder aportar económicamente a la familia. Esto permite que sus hermanos menores logren estudiar y formar una carrera profesional. Este hermano siempre  recuerda  que “gracias a su sacrificio”, ellos sí pudieron realizarse personalmente.  Este recordatorio no siempre se hace de manera verbal, pero la dinámica familiar mantiene presente el sacrificio de “una” por el bienestar de los otros, otorgándole un poder especial dentro de la familia, ubicándolo como “un segundo padre”. Finalmente ese “sacrificio” termina otorgando un poder especial haciendo que el resto de la familia se sienta “en deuda”, y genera una especie de lealtad invisible  hacia el su sacrificio.

 

-Una hijo sufre un accidente necesitando  numerosas intervenciones médicas y de seguimiento especializado. Esto hace que sus padres se centren a su cuidado.   A medida que va creciendo, el hijo observa que sus padres se vuelven cada vez más padres, pero menos pareja. Éste niño empieza a ver que sus padres se relacionan potencialmente al cuidarlo a él. En su edad adulta, presenta dificultades para emancipar. La deuda que ha desarrollado con estos padres abnegados quizás no le permite desarrollar adecuadamente su independencia, haciendo que su libro de deudas sea difícil de subsanar.

 

Estos ejemplos nos ayuda a ver el poder que se establece junto a estas dinámicas.

 

En algunos casos, el reconocimiento de las lealtades familiares explican los legados recibidos, éstos se traducen en creencias, sistema de valores y formas de ver la vida. Pero la lealtad va más allá, explica como nos posicionamos ante una situación o relación a fin de “perpetuar” una historia latente sin concluir.

 

Por ejemplo:

-“Estudiante de  agronomía con abuelos que fueron campesinos y creció sabiendo lo doloroso que fue para ellos desarraigarse de sus tierras y mudarse a la ciudad, lo cual  hicieron para que sus tíos y su madre pudieran estudiar”.

 

Las lealtades dan paso al siguiente concepto:

 

JUSTICIA.

La necesidad de hacer justicia consciente o inconscientemente a una historia familiar permite el establecimiento de ciertas lealtades, que a veces son funcionales y sanadoras, pero que otras veces más bien limitan a aquellos que la asumen con dinámicas poco sanas, en la necesidad de perpetuar al pertenencia al grupo, familia o cultura.

 

Se puede generar una lealtad ante la sensación de injusticia vivida por un miembro dentro de un sistema familiar, como una especie de reconocimiento a su dolor  o sacrificio. Con el objetivo de generar un espacio reparador e integrativo que alivie la carga.

 

Cuando a veces no se cumplen  estas lealtades,  al miembro que rompe  con las expectativas que se establecen hacia sí, se le cataloga de “traidor”. Esto hace que sea difícil  el  desarrollo, la autonomía y la individuación, y se genera la creencia de que no responde a la “deuda familiar”.  Por lo que algunos miembros prefieren adherirse a lealtades familiares y asumir deudas con tal de evitar ser expulsados de la misma. Los síntomas que pueden producirse dentro de un individuo o de un sistema familiar  también pueden reflejar  su relación con esa lealtad.

 

HITOS:

 

Muchos sistemas de “deudas familiares” o de lealtades, aparecen luego de hitos o momentos que marcan un antes y un después de un sistema familiar.La manera en que una familia se reorganiza luego de un acontecimiento importante  determina cómo se vinculan sus miembros a partir de esto.

Las experiencias pueden ser múltiples, algunas generando algún tipo de trauma, o en ocasiones historias de superación y de resiliencia, pero todas suelen generar algún tipo sentido a la familia.Cuando uno indaga en la historia de vida de una persona, puede observar la traducción que ésta hace sobre sus hitos, y cómo esto da lugar a un nuevo posicionamiento futuro, y la aparición de los mitos familiares.

 

MITOS:

 

Son creencias que dan sentido y simbolismo a una manera de organizar una realidad. Establecen un paradigma y una mirada especial.  Esta creencia es compartida por todos o la mayoría de los miembros de una familia y favorece la identidad, generalmente no se cuestiona por sus miembros, sino que se asume espontáneamente. Una familia suele organizarse para mantener el mito protegido si este da sentido a su realidad, marcando así la narrativa del grupo.

 

 

“Tras la experiencia de violencia sufrida por un integrante de la familia se desarrolla un mito: “el mundo exterior es peligroso”, por lo cual la familia se repliega en sí misma, cerrando las fronteras y relacionándose de manera celosa con el mundo exterior”.

 

Estos mitos también ayudan a desarrollar roles dentro de una familia, roles que pueden irse perpetuando de generación en generación, asumiéndose de manera implícita.

Ejemplo: “Las mujeres son la proveedoras del cuidado y del amor” “los hombres no lloran”, perpetuando así las dinámicas de machismos.

 

RITOS:

 

 

Son aquellas actividades o costumbres que ayudan a perpetuar un mito, dándole sentido, favoreciendo así la pertenencia familiar. La participación activa de los miembros de una familia en los ritos, permite la prosecución de sus creencias y la transmisión transgeneracional de los mismos.

 

Cada familia desarrolla ritos o rituales que dan sentido a un mito familiar.

 

“Cada vez que llega la primavera nos reunimos en la granja de mis abuelos a recoger manzanas para hacer conservas”

“todos los domingos almorzamos juntos y nos contamos la semana”

“las navidades son sagradas, estemos donde estemos, nos reunimos”.

“en cada cumpleaños hacemos una carta que todos firman para dedicársela al cumpleañero”

 

Estos ritos realzan el sentimiento de pertenencia, pero también perpetúan los mitos establecidos alrededor de una familia.

 

¿QUE HACER CON TODA ESTA INFORMACIÓN?

Todos pertenecemos a un sistema familiar, en donde existen legados y herencias  que nos acompañan hasta el día de hoy, la invitación es a:

  1. Reconocerlas: ¿qué tipos de legados acompañan a mi familia y cuáles de ellos he asumido yo?
  2. ¿Se ha generado una deuda especial hacia un miembro de mi familia? ¿Esta deuda me ha desarrollado una lealtad especial?
  3. ¿Soy capaz de confrontar una lealtad si no me es útil ni constructiva aunque genere alguna “traición?
  4. ¿Qué legados necesito confrontar para poder avanzar?

 

Nuestras familias nos entregan un maletín lleno de experiencias, creencias, valores, legados, la invitación es a generar un espacio de reconocimiento para formar una nueva narrativa tanto personal como familiar. De escribir una nueva historia, de-construyendo para luego volver a construir, de manera que favorezca tu crecimiento personal.Revisar ese maletín para reconocer lo que nos es útil y constructivo, para agradecer, pero sobre todo para comenzar a soltar y dejar ir aquello que nos mantiene atados o detenidos, aquello que obstaculiza nuestro crecimiento personal.

 

https://www.youtube.com/watch?v=xaibXFC-KhI

 

 

Bibliografía recomendada:

Lealtades Invisibles. Reciprocidad En Terapia Familiar Intergeneracional.  Ivan Boszormenyi-Nagy (Autor), Geraldine M. Spark (Autor)

Dimensión espiritual y cuidados de salud: hacia una atención integral del ser

 

Fue hace ya unos cuantos años cuando, tutorizando a enfermeros que estaban formándose en cuidados paliativos, estos me planteaban su interés acerca de cómo investigar sobre el abordaje de las necesidades espirituales de las personas que se encuentran al final de la vida. En aquel momento, desconocía toda la reflexión e investigación realizada por profesionales de la salud, especialmente de enfermería, para poder acompañar a la persona cercana a la muerte de una forma holística, teniendo en cuenta también los aspectos espirituales y religiosos. Me reconocía a mí mismo con cierto rechazo a entrar en el tema, por mi prejuicio sobre la relación con aspectos religiosos, pero lejos de ello, mi interés en profundizar me abrió una gran puerta para seguir descubriendo el sentido de mi propia existencia.

 

¿Qué es la inteligencia espiritual?

Desde hace algunas décadas, la espiritualidad ha sido objeto de estudio desde nuevas perspectivas filosóficas y también científicas, alejadas de las tradiciones religiosas, e incluso se ha llegado a acuñar el término de inteligencia espiritual, como una más de las inteligencias que forman parte del ser humano, siguiendo la teoría de inteligencias múltiples de Howard Gardner. ¿Y qué es esa inteligencia espiritual?

En el abordaje del tema que hace Francesc Torralba en su libro Inteligencia espiritual, hace alusión a diferentes definiciones. Cita a Gardner, que define esta inteligencia como la capacidad para situarse a sí mismo con respecto al cosmos, como la capacidad de situarse a sí mismo con respecto a los rasgos existenciales de la condición humana como el significado de la vida, el significado de la muerte y el destino final del mundo físico y psicológico en profundas experiencias como el amor a otra persona o la inmersión en un trabajo de arte. También citados por Torralba, Zohar y Marshall consideran que este tipo de inteligencia otorga la capacidad de afrontar y trascender el sufrimiento y el dolor, y de crear valores y encontrar el significado y el sentido de nuestros actos. Es decir, la inteligencia espiritual nos permite alcanzar una visión integral e integradora de nuestra experiencia como humanos, dentro del mundo y en relación con todo.

 

 

Descubrir estas reflexiones me permitió darme cuenta de que en mí existía esa búsqueda de significado, esa habilidad para intentar integrar lo vivido y buscar una trascendencia en ello. Podría decirse que la espiritualidad que cada ser humano puede desarrollar a partir de esta inteligencia se plasma en experiencias profundas, íntimas, intensas, a veces duras, que le acercan a esa visión integradora de su existencia. El camino recorrido por cada ser es único e intransferible. Si tuviera que emplear un verbo desde mi propia vivencia espiritual, diría que “siento”, un “siento” que es muy físico, muy corporal, que me conecta con lo emocional y a la vez con lo que va más allá de mí, con lo trascendente. Y se abre una gran ventana de comprensión que no es racional, no surge del pensamiento o la creencia, es una vivencia de todo el ser.

 

Espiritualidad y religión, ¿son lo mismo?

Dicho esto, ¿dónde se queda la religión? Históricamente se ha intentado generalizar ciertas visiones de ese camino espiritual para adaptarlas cultural y socialmente, e incluso institucionalizarlas. Y ese proceso ha dado lugar a las religiones. Si tuviera que emplear un verbo para definir cómo se sitúa un individuo ante la religión, es “creo”. Y creer es un acto muy racional. No surge de la experiencia interior, sino de la imposición o asunción de lo exterior. Toda religión ha surgido de experiencias espirituales, pero no todos los creyentes se han permitido recorrer ese camino interior para descubrir su espiritualidad única e incomparable. Con todo ello, no hago crítica de las religiones en sí, sino de cómo los humanos las hemos utilizado con otros fines. Y si una tradición religiosa concreta nos sirve como modelo o guía para adentrarnos en nuestras profundidades, bienvenida sea.

 

¿Y qué tiene que ver la espiritualidad con los cuidados de salud?

Cuando nos vamos adentrando en lo que significa la espiritualidad para el ser humano, vamos tomando conciencia de que esta capacidad se desarrolla especialmente cuando nos toca vivir situaciones de dolor y sufrimiento. Afrontar la enfermedad no es reto fácil, y se ha demostrado que cuando contamos con una visión más integradora, más alejada de la rigidez mental que confieren nuestras creencias individuales, abrimos la puerta a una comprensión que va a facilitar enormemente su afrontamiento y, en muchos casos, su mejor evolución clínica.

Abrirnos a la experiencia espiritual nos pone delante de liberarnos de la rigidez de nuestro ego, de una visión particular y sesgada, nos abre a conectar desde el corazón con los demás y con todo, incluso con nuestro yo más profundo e íntimo. Y ahí surgen vivencias de comprensión, de perdón, de reconciliación, de gratitud, a pesar de la dureza de lo que se está viviendo.

Y este camino parece ser bidireccional. Algunas investigaciones van relacionando ciertas actitudes, como el resentimiento o la ira que impide abrirse al perdón, como factores que influyen en la aparición o mantenimiento de ciertas condiciones patológicas, como el dolor crónico. Al final no son los hechos, sino la interpretación que hacemos de ellos, cómo nos contamos lo vivido, lo que nos puede liberar o, al contrario, encerrar en una ratonera de la que nos vemos, en muchas ocasiones, incapaces de escapar.

 

 

Dicho esto, ¿deberían los profesionales de la salud saber acompañar estas necesidades espirituales? La respuesta es claramente . Pues acoger sin juicio todo lo que necesita compartir y expresar una persona con enfermedad va a contribuir a un mejor afrontamiento y, posiblemente, a una mejor evolución. Esa acogida abarcaría desde el respeto a creencias religiosas o culturales que tiene gran peso en la vida de la persona y que muchas veces no son totalmente compatibles con ciertas prácticas sanitarias, a la tan crucial escucha atenta y empática del profesional. Es esta última la que puede remover las propias convicciones de este profesional, tocar su corazón, y la que lleva a considerar que acompañar a otros implica un profundo autoconocimiento para no interferir y sí facilitar nuestra presencia plena. Es aquí donde se enmarcan los cada vez más numerosos programas de formación de profesionales para aprender a acompañar en situaciones de enfermedad, sufrimiento y cercanía a la muerte.

 

Acompañando al final de la vida

Y es precisamente en el ámbito de los cuidados paliativos donde esta formación está definiendo el patrón a emplear en otras especialidades y ámbitos. En 2014, la Sociedad Española de Cuidados Paliativos editó una guía sobre Espiritualidad en Clínica, que es un trabajo exhaustivo, profundo y cercano sobre cómo aproximarnos como sanitarios al mundo de la espiritualidad para hacer posible el acompañamiento de las personas en estas necesidades.

Uno de sus autores, Enric Benito, es un referente en este sentido en España, y escucharlo permite comprender con mayor conciencia y profundidad de lo que estamos hablando.

 

 

El parto como experiencia trascendente

Como venía expresando anteriormente, la enfermedad, el sufrimiento y la cercanía a la muerte suponen momentos clave para ahondar en nuestro camino espiritual, y en el que los profesionales sanitarios pueden ser aliados durante el acompañamiento. Pero cuánta fue mi sorpresa durante mi formación en salud mental perinatal el año pasado, que el momento del parto es descrito por muchas mujeres como una experiencia muy profunda, trascendente. Si nos paramos a reflexionar sobre ello, tiene todo el sentido, la Naturaleza ha querido conferir a este gran momento un significado muy importante, más allá de lo racional, a la mujer que se abre a la maternidad.

Sin embargo, la medicalización que ha experimentado durante el último siglo la atención al embarazo y al nacimiento ha implicado que se haya asentado la visión tradicional del parto como algo doloroso, en el que la mujer no tiene control sobre su cuerpo ni capacidad de decidir, y todo ello ha llevado a que una gran parte de los partos dejen un estrés postraumático en las madres, que afecta a todas las esferas de su vida, y por supuesto, a la relación con su bebé. Vivimos en una sociedad en la que los profesionales sanitarios han potenciado y siguen permitiendo que nos movamos desde el miedo en nuestras decisiones, en que renunciemos a la conexión con nuestro propio cuerpo y a nuestro potencial fisiológico y sanador para afrontar momentos tan trascendentales como puede ser la llegada de un nuevo ser. Y es ahí donde creo que nuestra función debe ser de acompañamiento y contención más que nunca, de reforzar la confianza de la propia mujer en su propio cuerpo y capacidad para afrontar esta situación y así facilitar que, en vez de que un nuevo nacimiento sea una experiencia traumática, se convierta en una experiencia espiritual.

 

 

Referencias bibliográficas

  • Benito, E.; Barbero, J.; Dones, M. (editores) Espiritualidad en Clínica. Una propuesta de evaluación y acompañamiento espiritual en Cuidados Paliativos. Sociedad Española de Cuidados Paliativos, 2014. Descargable en: http://www.secpal.com/%5CDocumentos%5CBlog%5CMonografia%20secpal.pdf.
  • Olza, I. Parir. El poder del parto. Ediciones B, 2017.
  • Prieto, M. Perdón y salud. Universidad Pontificia Comillas, 2017.
  • Torralba, F. Inteligencia espiritual. Plataforma Editorial, 2010.