¿Qué es una obra de arte?: Significado, lenguaje y religión

Concluimos con esta entrada el ciclo de Arthur Dante y la definición del arte. En entradas anteriores habíamos visto cómo el arte contemporáneo, ejemplificado en el Pop Art de Warhol, problematizaba como nunca antes la definición de arte. El gran error de los filósofos, decía Arthur Danto, había sido formular teorías del arte basándose en el estado contingente del arte de su tiempo. La revolución del arte contemporáneo nos pone ante el problema en toda su crudeza, forzándonos a contemplar el fenómeno artístico ampliamente. También vimos cómo Danto criticaba a los que se quedan en el escepticismo relativista, convencionalista, acusándoles de no querer afrontar la dificultad. Por último habíamos abordado las insuficiencias, según Danto, de las distintas teorías del arte para dar cuenta del arte de Warhol, aunque en todas ellas reconocía parte de verdad. En esta última entrada expondremos la parte positiva de su doctrina, esto es, cuál es, según Danto, el elemento esencial que hace de un objeto una obra de arte.

La obra de arte incorpora un significado

Lo esencial para Danto de una obra de arte es que ésta incorpora un significado. Trata sobre algo, tiene un contenido, un tema, un asunto. Esto explica la diferencia entre las cajas de detergente Brillo de Warhol y las del supermercado, pues Warhol las usa para decir algo, para hacer que un objeto mundano tenga algo que decir; concretamente, para cuestionar nuestras nociones establecidas de dónde encontrar arte. La obra de arte expresa, encarna, un significado, un contenido intensional, a través de la intencionalidad del artista. El artista expresa su visión del mundo en un objeto, haciendo que éste signifique algo, tenga un tema, un asunto. El objeto se transfigura.

Un objeto artístico es, pues, según Danto, un objeto que tiene un significado, que expresa o que representa algo. Por tanto, no basta con inspeccionar u observar un objeto para concluir que es una obra de arte, pues “ser expresión” presupone cierta relación con algo. No cabe la menor duda de que en los tiempos de estabilidad artística las obras de arte tienen ciertas propiedades intrínsecas, y si no las tuviesen se cuestionaría su cualidad de obras de arte. Pero tales tiempos quedan ya lejos. Cualquier cosa puede ser expresión de otra siempre que conozcamos las convenciones que lo hacen posible y las causas que explican su cualidad de expresión. En este sentido cualquier cosa puede ser una obra de arte, pues no hay condiciones necesarias simples. Ahora bien, del hecho que cualquier cosa pueda ser una obra de arte no se deduce que todas lo sean. La máquina de escribir que está utilizando Danto no lo es. Lo que hace del arte un concepto interesante es que lo que puede convertir su máquina en obra de arte, no puede convertirla en un sandwich de jamón: aunque desde luego un sandwich de jamón puede llegar a ser un obra de arte.

¿Cuál es entonces la diferencia con otras cosas que incorporan un significado, que son vehículos de representación, pero no son obras de arte? La diferencia es que éstas últimas son interpretadas como obras de arte. Así como con la teoría heliocéntrica no cambió nada de lo que percibimos con nuestros sentidos, sino nuestra interpretación, nuestra visión del universo. La interpretación, sostiene Danto, es ese poder que transfigura las cosas en arte. Por eso es necesario el público; hay una parte del significado de la obra que queda elíptico, y que debe ser completado por el publico.

Arte, lenguaje y cosas

Interpretar una obra artísticamente es similar a interpretar un objeto lingüísticamente. De hecho, afirma Danto, la interpretación artística se representa lingüísticamente mediante cierto uso del “es” (el uso de identificación artistica): frente a una mancha de pintura azul uno dice “es el cielo”. Cuando hacemos esto no estamos literalmente identificado el cielo, porque no es el cielo real. Esto muestra la brecha entre el arte y la realidad así como entre el lenguaje y la realidad. El arte difiere de la realidad de la misma forma que el lenguaje en su uso descriptivo. Ahora bien, no es que el arte sea un lenguaje, dice Danto, sino que su ontología es igual a la del leguaje, y que el contraste que existe entre el arte y la realidad existe entre el lenguaje y la realidad. Las obras de arte como clase se oponen a las cosas reales, igual que las palabras, aun cuando sean reales en todos los demás sentidos, afirma Danto. Las obras de arte son lógicamente categorizables con palabras, aunque sus homólogos sean meros objetos reales, dado que las primeras se refieren a algo (o pueden muy bien suscitar la cuestión de a qué se refieren). Permanecen a la misma distancia filosófica de la realidad que las palabras, igual que sitúan a quienes se relacionan con ellas como obras de arte a una distancia equiparable. Esta distancia abarca el espacio que los filósofos siempre han trabajado, por lo que cabe esperar del arte cierta pertinencia filosófica. Tanto el arte como el lenguaje representan cosas reales sin ser las cosas reales mismo, y así es necesario que las representaciones artísticas y lingüísticas tengan una interpretación para que podamos entenderlas e identificadas como arte y lenguaje.

Después de todo, Arthur Danto no parece alejarse tanto de la teoría institucionalista, a pesar de sus intentos por no ser tachado de institucionalista. Y es que toda interpretación siempre va aparejada a un contexto histórico artístico. En cualquier caso, lo que queda claro para Danto es que las propiedades artísticas no son propiedades intrínsecas de las cosas; ser una obra de arte no consiste en poseer tales propiedades. De ahí que en el arte haya que estar siempre abierto a la posibilidad de revolución. No se puede identificar cuál de objetos indiscernibles es una obra del arte sin tener en cuenta el diferente tipo de relación que establece con su creador. El contexto de producción queda incluido en la identidad de una obra de arte. La lógica del arte es relacional. Danto trata de mostrar que es necesario considerar el contexto del objeto, y no solamente las propiedades comunicadas por sus materiales, para determinar no sólo su significado sino si es arte o no.

La transfiguración religiosa

A pesar de que parezca que Danto vuelve a caer en el convencionalismo, no es ésa su intención; rechaza el institucionalismo porque lo que él defiende es que en la obra artística se ha dado una transformación real, no una transformación convencional, artificial. Y lo que él busca es una definición en términos de esencia. La obra de arte pasa a un estado ontológico distinto al de la mera cosa, aunque sensiblemente sean idénticas. Quizás haya que buscar la verdadera diferencia entre obra de arte y mera cosa para Danto como algo análogo a lo que ocurre con lo religioso. Y es que algo similar ocurre con los objetos religiosos, que se consideran esencialmente distintos de las cosas cotidianas pero se recubren con una apariencia de cotidianidad. De hecho, en el prefacio de La transfiguración del lugar común, Danto hace referencia a la transfiguración de Jesucristo ante sus apóstoles narrada en los evangelios como metáfora del milagro del arte de transformar meros objetos cotidianos en obras de arte (las cajas Brillo). Además, el concepto de incorporar -encarnar- un significado, rasgo definitorio de la obra de arte para Danto, hace referencia a la doctrina cristiana de la encarnación del Verbo divino en el hombre Jesús. Incluso en la obra sobre Andy Warhol (Andy Warhol, 2009) relaciona la obra de éste con su catolicismo, además de volver a aludir a la analogía religiosa para explicar el carácter transfigurador del arte. Pero es que ya en 1964 Danto había apelado a la teología católica para definir el concepto de mundo del arte como una comunidad ontológica de obras de arte con fuertes interrelaciones y afiliaciones, argumentando que el mundo del arte se sitúa respecto al mundo real como la Ciudad de Dios frente a la Ciudad terrenal.

Parece entonces como si para Danto las obras de arte se transfigurasen en cosas pertenecientes a un reino ontológico superior, totalmente distinto del reino mundano de las cosas ordinarias. Aunque compartan apariencia, aunque sean indiscernibles perceptualmente, las cosas ordinarias pertenecen al reino de la naturaleza y las obras de arte al reino de la gracia, secularizado como el mundo del arte. “Si Platón” -dice Vlad Morariu- “despreciaba las obras de arte en tanto representaciones, viéndolas como meras copias y las más degradadas formas de existencia, Danto las eleva desde las tierras bajas de las meras cosas a nuevas alturas ontológicas”.

 

Referencias:

¿Psicólogo, psiquiatra, psicoanalista o psicoterapeuta?

Psique es una palabra de origen griego que se puede traducir por alma, además de un concepto muy complejo Pique es un personaje importante en la mitología clásica. Esta palabra que antecede como prefijo a un buen número de profesiones hoy en día se utiliza más bien para referirse a otra entidad inmaterial pero (¿tal vez?) menos metafísica: la mente.

En todos los años que llevo dedicándome a la psicología he encontrado que existe una gran confusión en torno a las diferentes profesiones que se ocupan de la psique. Todas ellas tienen en común presentar un «psi» antecediendo al nombre. Sin embargo difieren en muchas otras cuestiones que voy a intentar clarificar de forma muy sintética.

Haciendo un recorrido histórico podemos considerar que los primeros que se ocuparon de las cuestiones del «alma» fueron los magos, chamanes, sacerdotes y también los filósofos. La psicología es, de hecho, una de las muchas hijas que ha generado la filosofía. Posteriormente, en un momento que suele situarse entre el siglo XVIII y el XIX según declinaba la importancia del mundo mágico y ascendía la estrella de la razón, los médicos comenzaron a ocuparse del alma y ha crear clasificaciones y remedios para sus afecciones. Tomaron así el testigo.

En este estado de cosas nacen los cuatro «psi»: el psiquiatra, el psicólogo, el psicoanalista y el psicoterapeuta.

El psiquiatra es un médico especializado en la salud mental. Esto quiere decir que son aquellas personas que, además de un conocimiento médico general estudian la especialidad de psiquiatría que les avala para trabajar con los trastornos mentales. En España para ser psiquiatra es necesario estudiar la carrera de medicina y realizar posteriormente una residencia en un hospital en la especialidad de psiquiatría. Los psiquiatras son los únicos «psi» autorizados a prescribir psicofármacos.

El psicólogo es un profesional formado en el conocimiento de la mente. Estudia los diferentes procesos mentales, la forma en la que pensamos, sentimos, percibimos, recordamos, etc… La psicología tiene una rama dedicada al conocimiento de las enfermedades mentales -la clínica- que se aproxima a la psiquiatría, pero también comprende otras áreas como la educativa, la social o la industrial. Para ser psicólogo en España es necesario estudiar la carrera de psicología en la universidad. Más adelante lo habitual es la realización de algún tipo de estudio más específico que ayude a delimitar el campo de trabajo según el contexto en el que el psicólogo desee desempeñar su actividad profesional.

El psicoanalista es un psiquiatra o psicólogo que ha seguido una formación específica en psicoanálisis. El psicoanálisis es una corriente de pensamiento y una técnica de intervención que nació en la Viena de principios del siglo XX de mano de Sigmund Freud. Como paradigma para entender al ser humano ha tenido mucha resonancia en el arte, la literatura y la antropología occidental. En lo que respecta a la psicología es una de las teorías más importantes que se han utilizado para intentar explicar la mente, dispone además de un método y tratamiento propio. Además ha tenido una historia compleja pudiendo encontrarse hoy en día muy variadas corrientes dentro del psicoanálisis que, tomando unos presupuestos básicos, miran la psique desde diferentes perspectivas. Dicho esto y a pesar de su relevancia, el psicoanálisis no ha estado nunca exento de controversia y hay que tener presente que pueden encontrarse psicólogos y psiquiatras que sigan otras concepciones de la mente como por ejemplo la humanista o la cognitivo-conductual.

Por último, un psicoterapeuta es un profesional que aplica las herramientas de alguna de estas corrientes (psicoterapia psicoanalítica, cognitivo-conductual, humanista, gestáltica, etc) para el tratamiento de enfermedades mentales, el crecimiento personal o la solución de problemas en sus pacientes/clientes. La psicoterapia en España legalmente no está regulada y por tanto un psicoterapeuta no tiene necesariamente que ser psicólogo o psiquiatra, aunque lo más frecuente es que lo sea.

Aparte de los profesionales del prefijo «psi» nos encontramos en muchas ocasiones con otros que se encuentran en zonas fronterizas y generan muchas dudas.

El neurólogo se ha convertido con el tiempo en una figura de referencia para algunos trastornos en los que se ha demostrado que existe una base neurológica como algunos trastornos relacionados con el envejecimiento y otros de carácter más polémico. Lo que es un hecho es que cada vez ocupan un espacio mayor en la ecuación tomando terreno que antes pertenecía en exclusiva a los psiquiatras.

El terapeuta es una figura que genera mucha confusión. En realidad suele ir acompañado de un apellido (gestáltico, integrativo, tántrico y un larguísimo etc). En este caso podemos encontrar todo tipo de profesiones con objetivos, ética y formación radicalmente diferente en cada caso. En realidad la clave para saber con qué tipo de profesional nos encontramos suele estar en el «apellido».

Un caso particular que utiliza un nombre con apellido similar es el terapeuta ocupacional. Se diferencia de los demás en que cuenta con formación universitaria específica. Suelen ser profesionales orientados principalmente a las personas con discapacidad.

El coach ha sido la última incorporación a la plantilla. Inicialmente con una orientación claramente empresarial el concepto se ha extendido hasta límites insospechados. Como en el caso de los terapeutas agrupa bajo su paraguas a una miriada de profesionales de diferente experiencia, formación y capacidad.

Por supuesto si tienes dudas al respecto de un profesional siempre puedes preguntarle a él o pedir información sobre su formación, colegiación, etc. Y recuerda, aunque esté todo en regla, no siempre damos con la persona adecuada a la primera. A veces hay que seguir buscando, de eso se trata el camino.

Toda infelicidad y sufrimiento nace en nuestro interior (Lección de filosofía 1)

Para  muchos, la filosofía puede ser un tema arduo que no tiene cabida en la vida moderna. Para mí, en cambio, la filosofía es un aspecto fundamental de la vida, en la que encuentro muchas respuestas, en este caso, sobre el sufrimiento. Siempre he tratado de leer y de aplicar las ideas «filosóficas» que considero que encajan en mi «mundo» y en mi forma de ver las cosas.

Algunas de esas ideas, que aunque nacieron nacieron hace miles de años siguen siendo aplicables a nuestra vida cotidiana, pertenecen a la filosofía estoica. El estoicismo es una escuela fundada por Zenón de Citio en Atenas en el siglo IV a.C. Tuvo su apogeo en el mundo griego y romano con representantes como Epicteto, Marco Aurelio y Séneca. Podemos decir que el estoicismo es la doctrina filosófica que más vigor ha tenido en la historia de occidente, ya que se sustenta en la «sabiduría universal». Es una sabiduría perenne y viva, que ha trascendido el espacio y el tiempo.

Según Monica Cavallé, en su libro «El arte de ser«, estas son las ideas que podemos aplicar a nuestra vida:

  • 1- No son las cosas «externas» las que nos perturban (Lección de filosofía 1)
  • 2- La guía interna divina (o Principio Rector) (Lección de filosofía 2)
  • 3- Distinción entre lo que depende y lo que no depende de nosotros (Lección de filosofía 3)
  • 4- Aceptación del «orden del mundo» (Lección de filosofía 4)

En este post trataré el primer punto, desarrollando los demás en próximos artículos 😉

 

Lección 1: No son las cosas externas las que nos perturban

 

«Los seres humanos se ven perturbados, no por las cosas, sino por sus opiniones, es decir, por las falsas representaciones que se hacen de las cosas»

Epicteto

Nuestras percepciones de las cosas pueden ser adecuadas o no serlo. Podemos afirmar que el que habla mal de mí es ofensivo y está dañando mi dignidad. pero esas palabras no describen los hechos, son interpretaciones de la realidad.

«No consideres las cosas como las juzga la persona ignorante o como quiere que las juzgues; antes bien, examínalas como son en realidad»

Marco Aurelio

El estoicismo nos invita a realizar este discernimiento decisivo, el que nos previene de confundir nuestras primeras «representaciones» (hechos y cosas), con nuestras segundas «representaciones» (interpretaciones no examinadas que hacemos de los mismos). Nos invita a no hacer suposiciones que vayan más allá de lo que nos dicen las primeras representaciones; a ver las cosas como son, y no como imaginamos que son; a ser conscientes de que cuando creemos estar reaccionando ante los hechos, estamos reaccionando ante nuestras propias opiniones subjetivas.

Nos propone ceñirnos a mirar y afrontar lo que realmente hay, en vez de proyectar interpretaciones dudosas (generalmente vinculadas al relato de nuestro autoconcepto superficial). Nos invita a constatar que la fuente última de nuestros sufrimiento mental no son nunca las situaciones que vivimos, sino lo que pensamos de ellas.

«¿Alguien bebe mucho vino? No digas «bebe mal», sino «mucho». Pues antes de conocer su intención, ¿cómo sabes si está mal? Así no sucederá que al recibir la percepción de las cosas, asientas otras»

Epicteto

 

Los juicios o representaciones asentidas

Cuando asentimos a una «representación», cuando le damos el rango de verdad, cuando estamos convencidos de que la realidad es tal como nos la representamos, tenemos el juicio. Así, el juicio son las interpretaciones subjetivas a las que les otorgamos el rango de verdad.

«Si estás triste por algún factor exterior, no es él el que te perturba, sino el juicio que tienes acerca de él. Elimina el juicio ya depende de ti»

Marco Aurelio

 

Las pasiones como errores de juicio

Además de este error de juicio, muchos de nuestros juicios despiertan en nosotros un «impulso», un movimiento anímico dirigido hacia lo que se juzga adecuado, bueno o valioso, o bien la evitación de lo que se considera inadecuado, malo o rechazable.

El impulso es indisociable del juicio práctico y de valor. El impulso «bien entendido» nos dirige al cuidado de uno mismo, a movernos a lo que nos conserva y potencia nuestro ser, y a evitar lo que nos amenaza.

«Pues todo ser vivo es de ese natural: rehuir y apartarse de lo que le parece perjudicial y sus causas, e ir en busca de lo beneficioso y sus causas, y admirarlo»

Epicteto

Según las enseñanzas estoicas, cuando el impulso básico que dirige nuestro proceso actualizador se encauza a través de juicios errados, estos impulsos se tornan irracionales e inarmónicos, dando lugar a las pasiones. Las pasiones son las perturbaciones anímicas, que proceden de estos juicios errados y que incitan a realizar acciones no ajustadas a los fines de nuestra naturaleza.

«Dos son las razones por las que cometemos faltas: o hay en el espíritu una maldad contraída a partir de erradas opiniones o, aun cuando éste no esté ocupado por la falsedad, es proclive a lo falso y pronto se corrompe cuando un punto de vista lo arrastra a donde no conviene. Debemos así curar la mente enferma y liberarla de sus malas inclinaciones, o, de antemano, ocupar la que está todavía exenta de ellos pero inclinada a lo peor. Las enseñanzas filosóficas hacen lo uno y lo otro»

Séneca

En la vida del sabio, prevalecen la apatheia, o carencia de pasiones y perturbaciones anímicas, y la ataraxia, o la serenidad y tranquilidad de ánimo. La ausencia de sufrimiento innecesario es el signo de máxima fuerza interior.

 

Pensamiento, emoción y conducta

Detrás de nuestras alteraciones emocionales y de nuestras conductas problemáticas siempre hay errores de juicio. Sufrimos inútilmente porque nos apegamos a ciertos relatos errados sobre nosotros mismos y la realidad.

«Seamos o no conscientes todos tenemos una filosofía propia que no vale gran cosa. Sin embargo, su impacto sobre nuestras acciones y vidas puede llegar a ser devastador, lo cual hace necesario tratar de mejorarla mediante la crítica. Es la única justificación que puedo dar de la persistente existencia de la filosofía»

Karl Popper

Para Aristóteles, la virtud es un hábito, una conducta o actitud que se ha hecho costumbre. Epicteto acude al término héxis para aludir a los hábitos establecidos en nosotros para bien o para mal. Las actitudes y acciones reiteradas refuerzan nuestros hábitos. A su vez, en la raíz de nuestros hábitos pasionales, de nuestros patrones limitados de emoción y de conducta, cabe encontrar hábitos de pensamiento, es decir, representaciones que se han vuelto habituales.

«Todo hábito y facultad se  mantiene y acrecienta por medios de las acciones correspondientes (…). Así que si no quieres ser iracundo, no alimentes esa costumbre, no pongas en ella nada que la haga crecer. (…) Con ese fin no te dejes arrebatar por la intensidad de la representación, sino di: «Espérame un poco, representación; deja que vea quién eres, de qué tratas; deja que te ponga a prueba». Y después, no la dejes avanzar pintándote lo que sigue. Si no, te retendrá e irás donde ella quiera».

Epicteto

La fuerza de voluntad no basta para modificar nuestros patrones problemáticos, pues no es posible eliminar los síntomas sin abordar y comprender sus causas. Cuando pretendemos controlar nuestras emociones y conductas limitadas en directo, sin cuestionar los errores cognitivos latentes en ellas, incurrimos en la división psicológica, en la represión y en la hipocresía. O bien en el desaliento, pues a pesar de nuestro empeño, no conseguimos mejorar. En cambio, cuando advertimos que detrás de esos patrones hay ignorancia y error, y en consecuencia, nos centramos en tomar conciencia de nuestras ideas limitadas (en disolverlas con la luz del discernimiento, con la conciencia plena de su falsedad), nuestras respuestas, acciones y emociones se tornan, de forma natural, armónica.

 

Mujer felicidad

 

 

La falacia del conflicto entre pasión y razón

Muchas veces en nuestra vida no hacemos lo que sabemos que es bueno para nosotros. A menudo nuestras emociones e impulsos nos conducen en direcciones contrarias a las que nuestra razón considera convenientes. «Quiero pero no puedo», «Sé que esa persona me perjudica pero sigo con ella»…

Ante situaciones así, que evidencian una «división interior», concurrimos que, al tener claridad sobre lo que es bueno y conveniente, nos encontramos ante un conflicto estrictamente emocional. O bien apelamos a nuestra fuerza de voluntad.

Ahora bien, también en estas situaciones sigue siendo válido el principio según el cual, nuestras emociones e impulsos y nuestros pensamientos son indisociables. No hay en nosotros una instancia racional en conflicto con otra instancia pasional. Lo que hay son ideas en conflicto, si bien no solemos ser conscientes de ellas. Tampoco es que unas tendencias quieran lo mejor para nosotros y otras lo peor. Todas ellas se orientan hacia lo que percibimos como un bien, sólo que tenemos ideas erradas y contradictorias sobre dónde radica nuestro verdadero bien.

Cuando creemos que el pensamiento y la emoción son diferentes, tiene fundamento, pero sólo de forma superficial. Si nos parece un hecho incuestionable, es sólo porque no hemos advertido que el ámbito de nuestras representaciones es mucho más amplio y complejo que el de nuestros juicios y pensamientos más conscientes, con los que más inmediatamente nos identificamos.

Todos tenemos opiniones latentes que desconocemos. Son creencias que no han sido fruto del discernimiento propio, a las que no hemos asentido de forma reflexiva, sino que hemos asumido inadvertidamente, muchas veces provenientes de nuestro condicionamiento sociocultural y psicobiográfico. Muchas de ellas son generalizaciones y conclusiones erróneas realizadas al hilo de nuestras experiencias tempranas. Por ejemplo, «soy amado si soy perfecto». Estas creencias no examinadas pueden ser muy distintas de las ideas que hemos ido asumiendo en nuestra vida adulta; pero siguen latentes en nosotros, entran en conflicto con nuestras ideas más conscientes y, a nuestro pesar, configuran nuestra experiencia.

Además, no solemos caer en la cuenta de que conviven en nosotros «yoes» distintos, cada cual con creencias e impulsos diferentes, porque transferimos nuestro sentimiento ontológico de unidad al plano psicológico. En virtud de esta errada transferencia, creemos que cuando decimos «yo pienso esto» o «yo quiero esto» lo dice nuestro ser total. Y esto no quiere decir que hay en nosotros una multiplicidad de entidades llevando el control. Sencillamente, nos identificamos de forma alternativa, y más o menos consciente, con distintas voces interiores, cada una con sus propios juicios y valores, las cuales activan, a su vez, conductas y emociones dispares.

 

El diálogo interno

El pensamiento estoico nos viene a decir que nuestras pasiones son particularmente reveladoras de los puntos ciegos de nuestra filosofía operativa (la que realmente opera en nuestra vidas), de los juicios latentes en nuestro diálogo interno que precisan ser expuestos a la luz de la conciencia y examinados. Las emociones y conductas recurrentes que originan estancamiento, conflicto o sufrimiento evitable, los miedos tenaces, los defectos que no conseguimos superar… revelan dónde nuestra mirada no es acorde a la realidad de las cosas. Es decir, el lugar preciso en el que hay que indagar de cara a descubrir las fallas estructurales de nuestra filosofía personal.

Si no hemos llevado a cabo un exhaustivo autoexamen, nos resultan desconocidos muchos de los juicios que componen nuestra filosofía personal. No solemos reparar en la gran carga interpretativa presente en nuestro diálogo interno y en nuestro lenguaje cotidiano.

 

Hombre infidelidad

 

A veces, nuestro lenguaje interno es fácilmente reconocible. Otras, no nos resulta sencillo advertir cuáles son los juicios latentes. La razón es que estos juicios no siempre se hallan explícitamente articulados o enunciados en nuestro diálogo interno. A veces es muy sutil: no se manifiesta como un proceso conceptual, sino como un sesgo preconceptual. Un sesgo tan arraigado que cuesta advertir que, en cierta perspectiva de nuestra mirada interna, hay implícita toda una interpretación, unos supuestos muy concretos sobre quiénes somos y sobre la naturaleza de la realidad.

¿Cómo podemos sacar a la luz esas ideas implícitas? Preguntándonos qué diría esa emoción que nos atenaza de forma recurrente si tuviera voz. Es decir, poniéndole voz a ea pasión que parece no estar alimentada por diálogo interno alguno.

 

Somos responsables de nuestra experiencia

El estoicismo nos invita a alcanzar la madurez personal. O en otras palabras, a reconocernos responsables de nuestros pensamientos, emociones y conductas. Es decir, a reconocer que somos responsables de la naturaleza última de nuestra experiencia.

Asumimos nuestra responsabilidad cuando advertimos que todos tenemos una filosofía personal que filtra nuestra relación con lo que percibimos y acontece, que alimenta exigencias infundadas y que es fuente de conflicto con «lo que es». Cuando abandonamos la extendida creencia de que los principales causantes de nuestro malestar anímico son los acontecimientos, circunstancias y personas que nos rodean. Cuando comprendemos que lo que de forma radical nos hace felices o desdichados es nuestra propia mirada, las representaciones que acogemos en nuestro interior. O cuando comprendemos que los límites que nos impiden llevar una vida serena y creativa no radican en el mundo, sino en nuestra representación del mundo.

 

Pintura

 

Podemos asumir que no nos perturban las cosas, sino nuestras opiniones sobre las cosas, y a su vez, modificar activamente todo lo que consideremos necesario cambiar, y que pueda ser cambiado. Aún así, el punto de partida será diferente. No nos moverá la pasión, sino la lucidez. No nos moverá la ira, sino nuestro sentido de justicia. No nos moverá la creencia de que sólo cuando cambie nuestro entorno podremos ser felices, sino la felicidad que somos en lo profundo.

A su vez, reconocernos responsables de nuestros pensamientos, emociones y conductas, en ningún caso equivale a reconocernos culpables. Ser responsables es asumir que nuestras acciones son nuestras, y asumir igualmente las consecuencias de las mismas. Sentirnos culpables equivale a dividirnos internamente, a enajenarnos de nuestras propias acciones, ya que estas se atribuyen a «otro», a una parte de nosotros que consideramos mala y merecedora de castigo.

La culpabilidad nos vuelve hostiles con nosotros mismos. Nos paraliza y nos torna impotentes. Nos ciega a nuestra divinidad intrínseca. La responsabilidad nos potencia y dignifica al recordar nuestro poder creador. No excluye el arrepentimiento ni el dolor por el daño causado; pero el dolor sanamente asumido no es tristeza ni impotencia, sino parte de la toma de conciencia del error.

 

Sentimientos puros vs emociones

Sólo el asentimiento a las representaciones alimenta el impulso.

«Las pasiones no son puestas en movimiento por las representaciones qeu se reciben de las cosas, sino porque uno cede ante ellas y sigue este movimiento azaroso.»

«En efecto, si uno piensa que la palidez, las lágrimas derramándose, la excitación sexual, un profundo suspiro, un repentino destello en los ojos o alguna cosa similar son un indicio de una pasión, está equivocado y no comprende que estas son agitaciones del cuerpo. Así es como incluso el hombre más valiente en la mayor parte de los casos palidece en cuanto se pone una armadura, que las rodillas del soldado más feroz tiemblan un poco cuando se da la señal de la batalla, que un gran general tiene el corazón en su boca antes de que las líneas hayan cargado unas contra otras, que el más elocuente orador está aturdido en cuanto se pone a hablar»

Séneca

Séneca distingue entre las pasiones y otro tipo de sensaciones y sentimientos naturales más originarios, es decir, que no derivan del sentimiento a ciertos pensamientos limitados. La serenidad filosófica en ningún caso excluye las reacciones naturales de miedo, enfado, dolor, etc. «No son pasiones los sacudimientos fortuitos del alma, el hecho de conmocionarse ante las impresionas causadas por los hechos». Las pasiones solo aparecen cuando «somos arrebatados por la representación», cuando acogemos activamente en nuestro diálogo interno ideas erróneas que prolongan y distorsionan de forma artificiosa esos «sacudimientos fortuitos».

Podemos sentir miedo cuando algo amenaza nuestra integridad física (una reacción natural y funcional) y, a la vez,  no acoger en nuestro diálogo interno la creencia de que «la muerte es un mal», si hemos comprendido que la vida humana es más amplia y profunda que la vida biológica.

«Por eso, cuando hay algún estruendo terrible procedente del cielo o del hundimiento de un edificio, o un anuncio repentino de no sé qué peligro, o sucede alguna otra cosa del mismo tipo, es de necesidad que se conmueva, contraiga y palidezca también un poco el alma del sabio, no por estar atrapada por la sospecha de algún mal, sino por algunos movimientos rápidos y automáticos que se adentran al oficio de la mente y la razón. Sin embargo, un momento después, ese mismo sabio no aprueba esas representaciones terroríficas de su ánimo, sino que las aparta y las rechaza y no le parece que haya en ellas nada temible (…); tras conmoverse en el color y en el rostro breve y rápidamente, mantiene el estado y el vigor de su juicio, el que tuvo siempre sobre las representaciones de este tipo; el de que son cosas que no hay que temer en absoluto, aunque asusten con su aspecto falso y su terror ilusorio».

Epicteto

Es preciso distinguir las sensaciones y los sentimientos puros de las emociones o los estados emocionales. Las sensaciones y los sentimientos puros son respuestas de nuestro organismo y de las dimensiones más profundas de nuestro ser que no están condicionadas por nuestra mera subjetividad y que nos aportan información objetiva sobre la realidad interna y externa. El sentimiento de belleza ante la armonía de la naturaleza o el de pérdida ante la muerte de un ser querido…

 

Dolor infelicidad

 

La depuración de nuestros juicios y de nuestras pasiones posibilita su expresión más vibrante y plena: los sentimientos puros y los afectos auténticos pueden manifestarse sin interferencias, de forma libre, colmada y fluida.

En  este sentido, es preciso distinguir entre el dolor y el sufrimiento. El dolor físico y anímico son, respectivamente, una sensación y un sentimiento puro. El dolor así entendido forma parte de estar vivo, pues nuestra existencia es estructuralmente dual (placer y dolor son indisociables). El sufrimiento psicológico, en cambio, es evitable e innecesario, pues se origina siempre en nuestros juicios errados, en nuestra mala relación con lo que es, con lo que acontece, y con el propio dolor.

 

Nuestra infancia tampoco es responsable del sufrimiento

A diferencia de los sentimientos puros, las emociones requieren de nuestro asentimiento activo. Aunque pueda parecer lo contrario, mantenemos activamente nuestros estados emocionales, en concreto, mediante las evaluaciones e interpretaciones de los hechos, que realizamos continuamente.

«Hemos de saber que no es fácil que una opinión acompañe al ser humano a menos que uno la diga y la oiga cada día y, al tiempo, se sirva de ella en su vida»

Epicteto

La psicología del siglo XX ha tenido el mérito de reconocer la influencia decisiva que tienen en nuestro desenvolvimiento psíquico nuestra experiencia infantil. Aunque una mala interpretación de esta influencia ha propiciado que muchas personas vivan sumidas en la queja, el victimismo y la autocompasión, sin asumir la plena responsabilidad por sus estados presentes, responsabilizando de los mismos a otras personas y a su pasado.

Una lectura simplificada del psicoanálisis ha influido en la representación que nos hacemos de nuestros mundo interno: asumimos de forma generalizada que ciertas experiencias y vivencias pasadas (lo que no recibimos, lo que nos dijeron o no nos dijeron, etc.) están condicionando nuestra experiencia actual. Ahora bien, no realidad, no es que nuestro pasado actúe mágicamente sobre neutro presente, sino que en nuestras representaciones actuales cabe hallar juicios, generalizaciones y premisas básicas sobre la realidad que asumimos en el pasado, unas ideas erradas a las que hemos seguido asintiendo, inadvertidamente, desde entonces hasta hoy. Es ese asentimiento presente el que explica que muchas ideas asumidas  de forma acrítica en edades tempranas sigan condicionando nuestra experiencia como adultos.

 

Niña infelicidad

 

Es nuestro asentimiento actual a nuestro mundo representacional, y no nuestro pasado, el que opera sobre nuestro presente. El tiempo para tomar conciencia de esas representaciones, cuestionarlas y transformarlas es igualmente el ahora.

Dicho esto, no se excluye que ciertos hechos traumáticos pasados puedan haber dejado una impronta irreversible. Aunque esta huella biológica establecería meramente una tendencia, y no un destino. Puesto que nuestro pasado es, en gran medida, lo que nos contamos a nosotros mismos sobre él, puesto que nuestras representaciones atribuyen un sentido específico a los acontecimientos que estructuran nuestra historia personal, tenemos la capacidad de otorgar un significado provechoso a las adversidades pasadas: podemos reelaborar el sentido que les dimos, cuestionar los relatos con que las envolvimos y transmutar el dolor en crecimiento.

Aquí radica nuestra capacidad de resiliencia: el buen uso de nuestras representaciones puede conferir a nuestras heridas, huellas y tendencias una dirección creativa y con sentido. De hecho, muchas personas han convertido sus límites y heridas en trampolines y puertas de entrada a lo mejor y más profundo de sí mismas.

«Nada de estas cosas que al espíritu suceden fortuitamente debe denominárselas pasiones: estas, por decirlo así, las padece el espíritu más que la ejecuta. Pues, como dice Zenón, también en el alma del sabio, aun cuando la herida haya sido curada, queda la cicatriz. Y así sentirá ciertas señales y sombras de las pasiones, aunque estará exento de las mismas».

Séneca

Y para terminar, nuestro mundo…

Con todo lo dicho, y como afirma la filosofía y el sentido común, podemos afirmar que nuestro mundo, el mundo humano, no es un mundo de hechos brutos y neutros, sino un mundo representado, interpretado, significado, valorado…

«En efecto, cada cual se relaciona de forma directa solo con sus propias representaciones, sentimientos y voliciones; las cosas externas solo tienen influencia sobre él cuando dan pie a estos últimos. El mundo en el que habita cada individuo depende en primera instancia de la concepción que este tenga acerca de él, y se ajusta en consecuencia a las peculiaridades de cada cabeza; según sea ésta, ese mundo podrá ser pobre, superficial y monótono, o rico, interesante y preñado de sentido (…). Ello se debe a que toda realidad, todo presente consumado, consta de dos mitades, sujeto y objeto, pero en una unión tan necesaria y estrecha como la del oxígeno y el hidrógeno en el agua. Aunque la mitad objetiva sea la misma, si la subjetividad difiere, la realidad presente será totalmente distinta.»

Arthur Schopenhauer

Como termina Mónica Cavallé este capítulo, podemos imaginar a Atlas cargando el mundo sobre sus hombros. Creemos habitar la realidad, pero habitamos nuestro mundo particular. Habitamos un mundo configurado por nuestras representaciones particulares y nuestras interpretaciones, las cuales otorgan una tonalidad enteramente subjetiva a nuestra experiencia. Cada cual habita un mundo diferente. Y cuantos más juicios errados y opiniones alberguemos, cuantas más perturbaciones emocionales suframos, nuestro mundo será más privado, más incompatible, es decir, vamos a estar más dormidos a la realidad.

Como las metáforas del sueño y el despertar en las tradiciones sapienciales, una característica del sueño es la de ser totalmente privado. Varias personas pueden compartir un mismo espacio físico, pero si están «dormidas» cada cual habitará un mundo exclusivo, un espacio al que ningún otro tendrá acceso. Cuántos problemas en las relaciones interpersonales se derivan de que presuponemos que habitamos el mismo mundo, cuando, de hecho, habitamos mundos distintos.

 

Mundos infelicidad

 

En la  medida en que nuestra mirada sobre la realidad se vaya tornando más objetiva, menos condicionada por nuestras opiniones, seremos, cada vez más, habitantes de la realidad única, del mundo de los despiertos, del único mundo común.

«Los despiertos tienen un mundo único en común. Cada uno de los que duermen, en cambio, se vuelve hacia su mundo particular»

Heráclito

 

 

Llegar para partir: integrando la muerte perinatal en la historia personal y familiar

 

Mi aportación al blog en esta ocasión es muy personal, de reconocimiento a mi hermana fallecida antes de finalizar su gestación, en el vientre de mi madre. Y a través de ella, a todos esos niños cuya vida se truncó antes de que pudieran experimentar su existencia en este mundo exterior que nos envuelve y nos da sentido.

 

¿Qué es la muerte perinatal?

Es curioso observar cómo cada país suele tener unos criterios diferentes a la hora de definir qué es la muerte perinatal. En España, engloba los fallecimientos que se producen desde la semana 28 de gestación hasta los primeros siete días de vida. No obstante, otras definiciones más amplias tienen mayor alcance:

  • muerte gestacional temprana: se produce hasta la semana 22 de gestación. Aquí podrían incluirse las pérdidas tempranas, incluidas las derivadas tras procesos de reproducción asistida (algo tan común en la actualidad, y que no se acompañan con la sensibilidad necesaria);
  • muerte fetal, que abarca desde la semana 22 o 500 gramos de peso, hasta el momento del nacimiento;
  • muerte neonatal precoz, en la primera semana de vida extrauterina;
  • muerte neonatal tardía, desde los 7 a los 28 días de vida.

Existe poca formación por parte de los profesionales en este ámbito, escasa sensibilidad al respecto, y poco respeto hacia el duelo que inician los padres, que también suele ser acallado y poco reconocido por la sociedad.

En los últimos años, han ido surgiendo redes de apoyo creado por las propias madres y padres, como puede ser el caso de la red El hueco de mi vientre, o iniciativas de apoyo, sensibilización, investigación e integración con los profesionales, como puede ser el ejemplo de Umamanita. También desde el mundo sanitario ha habido iniciativas de protocolización para la atención a los padres, e incluso a nivel de científico y de políticas sanitarias, ha habido trabajos recientes a nivel internacional que miden las consecuencias de la muerte perinatal sobre la sociedad.

 

 

La muerte perinatal en mi familia

Soy el pequeño de cuatro hermanos nacidos vivos, dos varones que son los mayores, mi hermana y, finalmente, yo. Si bien siempre he sentido un vínculo muy fuerte y especial con mi hermana, con la que me llevo ocho años, también es cierto que durante la mayor parte de mi vida he tenido la sensación de que ellos tres iban por un lado, eran como de otra dimensión, y que yo nací «descolgado», como de otra rama del árbol. Desde que fui pequeño, escuché la historia de que mi madre había tenido un aborto unos años antes de que yo naciera, cuando mi hermana era pequeña. Fue un relato que normalicé, pero que hasta años recientes no he llegado a integrar para comprender la importancia que tuvo ese quinto hermano no nacido en mi propia existencia.

 

 

A medida que fui creciendo, comencé a prestar mayor atención a esa historia que mi madre nunca ocultó. Serían finales de los años 60 del siglo pasado. Ella se encontraba en el 4º-5º mes de gestación. Relataba que sufrió fuertes contracciones, fue hospitalizada, y el desenlace fue la muerte del feto que estaba gestando. Ella siempre contaba que en el hospital fueron muy poco humanos. Le trajeron el feto en una caja de zapatos, decía que era como “un conejito” pequeño (siempre me sorprendió su forma de describirlo, su distancia emocional, que más tarde he ido comprendiendo), y le dejaron esa caja bajo su cama toda la primera noche. Se trataba de una niña. Su nacimiento hubiera supuesto que mis padres tuvieran dos hijos y dos hijas. Quizá yo no hubiera existido, quién sabe. Pero esta idea ya desde pequeño comenzó a rondarme por la cabeza.

 

Aprendiendo a integrar

Fue algo después de la muerte de mi padre, cuando comencé un camino de indagación personal mucho más profundo y consciente. Asistí a un taller de constelaciones familiares, donde se hablaba de la importancia de los abortos y las muertes ocultas dentro de los sistemas familiares. Me correspondió participar en las constelaciones de otros asistentes, y en varias ocasiones me elegían como hermano fallecido o aborto dentro de sus representaciones. Y algo profundo dentro de mí se movió. En una visita a mi madre en aquel entonces, seguí investigando. Ella reconocía que le hacía ilusión tener una niña, las dos “parejitas”. Pero también decía que superó aquello porque no le quedaba más remedio, tenía que seguir viviendo. Con los años llegué yo (en cierto modo, era mi padre quien tenía más ilusión por tener hijos, mi madre sencillamente aceptaba la situación), y en cierto modo, imagino que se movieron muchas cosas en esta nueva maternidad.

Fue en aquel entonces cuando comencé a integrar la existencia de mi hermana no nacida dentro de mi sistema familiar. Comencé a decir que habíamos sido cinco, aunque realmente solo nacimos cuatro vivos. En cierto modo, sentía que esa hermana era el eslabón que me unía al resto de mis hermanos, y mi percepción de “rama descolgada” comenzó a cambiar, me sentía más integrado familiarmente.

Unos años antes de fallecer, mi madre comenzó a tener un deterioro de memoria importante, que finalmente resultó deberse a un trastorno epiléptico de origen vascular que le producía episodios de ausencias. Fue algo muy transitorio, de pocos meses, que se corrigió con fármacos antiepilépticos. Pero durante ese tiempo, hubo una ocasión en la que se desorientó y sucedió algo que me impresionó profundamente. Estaba un día pendiente de su cuidado, cuando me fui a hacer la compra y la dejé sola. Coincidió que en ese lapso de tiempo, la visitó mi cuñado para dejarle unas cosas. Cuando regresé, me la encontré totalmente perdida y asustada. Decía que la había visitado un hombre. Indagando, ya me dijo quién era, y le pregunté con quién estaba casado, y me dijo que con mi hermana. Y al preguntarle por el nombre de mi hermana (que se llama Alicia), me dijo “¿Susana?”. Me quedé sorprendido, pues nadie en mi familia se llamaba así, y no es un nombre que me haya resultado común en nuestro entorno. Finalmente ya dijo “Alicia” y comenzó a sosegarse y a sentirse más orientada. Un mes después, hablando con mi hermana, le pregunté si ella sabía de alguna Susana. Y mi hermana se quedó impresionada, y me comentó que era el nombre que ella, siendo niña y estando mi madre embarazada, quería ponerle a esa hermana que no llegó a nacer. Mi asombro no tenía límites, pues en ese momento donde la memoria parece desintegrarse y aflora el inconsciente, ahí estaba una huella palpable de la importancia que para mi madre había tenido esa hija que no pudo llegar a compartir la vida como los demás.

 

Tomando conciencia de la importancia de la muerte perinatal

Tras fallecer mi madre, y continuando mi camino de aproximación al mundo de la maternidad, decidí realizar una formación en salud mental perinatal. Coincidió todo un año de aprendizaje y de reflexión profunda con el duelo por la muerte de mi madre. En el tercer mes de formación, se abordó lo relativo a las pérdidas gestacionales y el duelo perinatal. Fue un encuentro presencial muy emotivo, donde algunas compañeras compartieron sus propias experiencias en este sentido, y donde sentí muy presente a mi madre, hasta el punto de romperme y llorar abiertamente, pues comprendí por fin lo que pudo suponer para ella pasar por aquello en esa época ya lejana, pude empatizar con su dolor, y también lo que supuso una nueva gestación, cuyo resultado fui yo. Aquello supuso conectar desde el corazón con mi hermana Susana, poder hablar de ella cada vez más abiertamente, reconocer y agradecer su existencia, aunque efímera, pero con una huella tan grande en mi vida.

 

¿Por qué mi relato?

Reconozco que me cuesta abrirme y compartir algo tan íntimo a través de este medio. Y sobre todo, salir de mi forma más “aséptica” emocionalmente de compartir conocimientos y experiencias. Pero el valor de lo que he escrito, para mí, está precisamente en abrirme a normalizar una situación que es habitual en la mayor parte de familias, al menos en alguna generación, y que también es habitual que se oculte, o no se hable de ello, o que ni siquiera se dé la importancia que merece al ser que se fue, y a los sentimientos de pérdida de la madre y el padre, a los que en muchas ocasiones les corresponde bloquear un duelo que la sociedad no les permite vivir. Por supuesto que un relato en primera persona hubiera sido más impactante, pero precisamente mi visión como hermano y como hombre creo que también puede contribuir, con una visión diferente y complementaria, a este proceso de integración por parte de la sociedad de una experiencia tan dura como frecuente y profunda.

 

 

Agradecimientos

Me gustaría agradecer la gran labor que está realizando el Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, tanto en la sensibilización como en la formación en el ámbito perinatal. Mi paso a través de dicha formación ha dejado una gran huella en mí, tanto a nivel profesional como personal.

Y quiero agradecer a todos mis hermanos su existencia y su presencia en mi vida, especialmente a mis hermanas, Susana, que se quedó en el camino, y a Alicia, que precisamente hoy cumple años y vivo como una gran luz de amor. Y cómo no, agradezco a mis padres, y especialmente a mi madre, que me permitieran llegar a este mundo y acompañarme de la mejor forma que supieron, a pesar de todo lo vivido.

 

Referencias bibliográficas

 

 

 

Adictos al cortoplacismo

Hoy el comprador que tengo dentro ha salido a pasear y se ha dado algún que otro caprichito. El balance ha sido moderado: unos vaqueros, un libro acerca del cerebro (ya van siete este año) y un regalo de cumpleaños. Todos igual de innecesarios. Ahora bien, por menos de 50 euros he comprado una sensación de bienestar con una duración aproximada de diez minutos (cronometrado). ¿Y qué tiene esto de malo?

 

 

Mi sociedad es capitalista. Las modas cambian tan rápido que estar a la ultima sale por un ojo de la cara y el consumo se vuelve ilimitado. Mientras tanto, el marketing juega al Parchís con mis emociones en periódicos, carteles o en Youtube (que decir de la publicidad inteligente de Google). A veces pienso si el entretenimiento existe realmente o tan solo es una estrategia más para secuestrar mi atención y venderme algo. ¿Y que tiene esto de malo?

 

Me encanta no tener que esperar un mes hasta ver el siguiente capítulo de la serie de turno o no tener que amoldarme a los horarios de un programa de radio o televisión. Y que decir de no hacer cola en el centro de salud para pedir cita en el médico o el contactless de las tarjetas de crédito (sobre todo si la compra no supera los 20€). Así es la vida hoy en día. Soy adicto al corto plazo. ¿Y que tiene esto de malo?

¿Que qué tiene de malo? Poder tenerlo todo ya hace que no tengamos tiempo a ver y cambiar el problema: la ignorancia. La ignorancia de un adicto que no se da cuenta de su adicción, la ignorancia de no ver que estamos enganchados al corto plazo, la ignorancia de no admitir que muchas veces rechazamos las cosas por tener que esperar. Lo queremos todo y lo queremos  ya. Por eso no vemos que el tiempo que ahorramos con el cortoplacismo, honestamente, nos sobra. No sabemos qué hacer con él. Terminamos aburridos, invirtiendo ese tiempo en ver un video de Youtube donde saldrán esos anuncios inteligentes que nos invitan a irnos de compras, a buscar diez minutos de bienestar. Y vuelta a empezar. Solo nos queda, para colmo y para terminar, echar la culpa de todo a nuestra sociedad capitalista.

Me gustaría hablar de saborear los momentos o de cómo revertir el corto plazo, pero he de terminar aquí. ¿Por qué? Porque si alargo mucho esta reflexión, probablemente, la adicción al cortoplacismo del lector le lleve a no leer este post y me parece importante que lo haga. Aunque sigamos en la ignorancia, como mínimo, espero que seamos un poco más conscientes.

Parar para continuar

Cuando  pensamos como utilizamos nuestro tiempo en la semana, probablemente nuestros trabajos o el tiempo dedicado a él,  se lleva gran la parte del mismo, seguro le siguen las actividades en casa, además, hemos intentado apuntarnos en alguna actividad que “nos distraiga o desconecte del día a día”. Qué decir de nuestra continua profesionalización, la necesidad de estar  cursando un  master o postgrado,  y por supuesto no puede faltar el tiempo que compartimos en familia o con amigos. Vamos, que tiempo sin hacer nada, imposible, “yo no tengo tiempo que perder”.

Que pasa cuando nuestro cuerpo dice; “!hasta aquí!”, o “!para un momento por favor!”,  y decidimos tomarnos un día de descanso sin hacer nada, la sensación, o más bien la idea contagiada o insertada que nos asalta, es de  que se está  “PERDIENDO EL TIEMPO”,  y es aquí cuando nos pueden abordar pensamientos del tipo: “¿Estuve todo el día en casa y no termine esto o lo otro?”, o “he perdido todo el día”. Que mala sensación se nos puede quedar, ¿verdad?

 

¿Te suena algo de este comercial?

 

Si, así es, nos han vendido muy bien la idea de vivir el día a día al máximo, no hay tiempo que perder, la vida es una, y además “corta”. Qué agobio, ¿no?, si nuestros congéneres de hace un par de siglos, o sin ir más lejos, nuestros abuelos pudieran ver el ritmo de vida actual en el que estamos inmersos, creo que se pondrían las manos en la cabeza y nos preguntarían ¿Cuándo paran?.

 

La sociedad del cansancio

 

La Sociedad del cansancio, es el título de un ensayo parte de una serie de libros escritos por el Filósofo Surcoreano  Byung-Chul Han, quien, entre otros escritores y estudiosos contemporáneos ha dedicado su trabajo en tratar de comprender y describir la sociedad actual (centrémonos en la occidental) híper-consumista, capitalista, y neoliberal.

 

El autor surcoreano nos plantea una nueva estructura social, con una nueva cara de esclavitud, donde la explotación ya no está en un patrón autoritario,  sino que se transforma en la auto-explotación  titulada como “realización personal”( es decir la eterna búsqueda de autorealizarse), y por consiguiente  “superar o ser mejor que el otro”. Esto es la filosofía del paradigma de la competencia, “entre mejor preparado esté, entre más idiomas se hable, entre más conozco sobre un tema tendré mejores y más  posibilidades de conseguir el empleo, estatus, y la vida soñada”.

 

Este nuevo paradigma de esclavitud fundamentado en la necesidad de auto-realización neurótica y sin descanso enfocada en la competencia, y donde básicamente la necesidad de destacarse y de “ser auténtico”, de ser más productivo, más avanzado, más integral, más comunicado, más tecnológico, más autónomo, más espiritual, etc, genera un alto grado de presión, de auto exigencia que termina derivando en diversos puntos en los cuales el libro dirige su análisis, sin embargo, en esta ocasión voy a enfocarme en los siguientes:

 

  • Vivimos en la sociedad de las enfermedades emocionales y relacionales

 

 

El siglo pasado se caracterizó por enfermedades bacterianas, virales y contagiosas, cargadas de epidemias y pandemias. El siglo XXI se caracteriza principalmente por las enfermedades de tipo mental y relacional: el crecimiento de diagnósticos de ansiedad, depresión, trastornos de personalidad, déficit de atención con hiperactividad, adicciones, el famoso Burnout (o síndrome del quemado), etc. Quizás esa necesidad de mantenernos rindiendo y haciendo “más” que se nos exige socialmente termine agotando, en algunos casos más pronto que en otros, nuestra organización psicológica y nos termina exponiendo a lesiones emocionales que al cronificarse y mezclarse con las condiciones precisas favorecen la aparición de una enfermedad de tipo mental.

 

  • Vivimos dentro de la “Gran Red”:

 

 

El video puede mostrar en cierta medida el lado B del uso de las redes sociales.   El internet y la exposición a la comunicación globalizada e instantánea ha generado una nueva manera de relacionarnos y vincularnos unos con otros. La aparición de las redes sociales ha fomentado una necesidad (camuflada en una falsa y frágil percepción de libertad) de exponernos y de conocer la “realidad mostrada” por el otro. Se crea así una nueva droga: los LIKES (me gusta). Centrados de manera narcisista ante las reacciones de los otros, entre mas “me gusta” consiga en Facebook, Instagram, etc, «más reforzado y más seguro me siento de mí mismo, más reconocido estoy».  Es decir, vamos construyendo una frágil identidad digital, sin filtros que protejan nuestra privacidad. Todo se basa en el exceso de lo positivo, “lo feliz que soy, los lugares a donde viajo, lo que como”, ya todo pasa a ser de control público, y nuestra autoestima también.

 

 

  • La necesidad patológica por NO ABURRIRNOS:

 

 

Una de las características principales que se ha perdido o debilitado en esta sociedad es la capacidad para “aburrirse”, es decir, no hacer nada. Actualmente vivimos en una situación de sobre estimulación, lo que el autor llama multitasking, entendiéndose por la posibilidad de embotamiento de información que nos arropa en todo momento donde sea que vayamos. La publicidad en la calle, la cantidad de ventanas abiertas en nuestro computador, las distintas aplicaciones que usamos en nuestros teléfonos móviles al mismo tiempo, o la televisión encendida las 24 horas, no permiten que nos distraigamos, o más bien que nos enfoquemos en una sola cosa con atención.

 

Es decir HEMOS PERDIDO LA CAPACIDAD DE CONTEMPLACIÓN, aquella que generó tantos filósofos, astrónomos y científicos en la Antigua Grecia, aquella que ayudo a desarrollar a maravillosos navegantes que se guiaban por las estrellas, aquellos guiados por su propia contemplación y conexión con lo natural. Y qué decir del silencio, precioso regalo usado para conectarnos con nosotros mismos y con nuestros propios pensamientos, el silencio es un privilegio en este mundo convulsionado, lleno de ruido visual, sensorial,  acústico, etc. El silencio ya no es algo con la que estemos familiarizados, por eso cuando por fin se logra obtenerlo en la mayoría de los casos provoca, paradójicamente, ansiedad, tensión y sensación de incomodidad, generando la rápida reacción de encender la tele, la radio o de prender el computador.

 

No todo está perdido

 

Aunque parezca un enfoque negativista sobre la sociedad actual o sobre el futuro que nos depara,  es particularmente una invitación a detenernos un poco y realmente reflexionar que tan impregnados estamos de la sociedad del cansancio, que tanto has comprado el concepto y lo has traspasado a tu vida, cuanto ha penetrado en tu individualidad y ha trastocado tu salud mental.  Es una invitación para conectarnos nuevamente con lo esencial, con lo espontáneo, con lo genuino para renunciar a los accesorios adquiridos en nuestras vidas que terminan generando insatisfacciones eternas.

 

Por último les hago una invitación a la lectura de los libros de Byung Chul Han, ya que de esta manera podrán tener un criterio propio sobre sus escritos, en donde seguramente deferirán, y en otros casos conseguirán sentido.  Este artículo es solo una pincelada, el resto del cuadro queda a realizarse por cada uno de ustedes.

¿Qué distingue una obra de arte de una mera cosa idéntica?

Habíamos visto anteriormente cómo el arte contemporáneo, ejemplificado por el Pop Art de Warhol, problematizaba como nunca la definición del arte. El gran error de los filósofos, decía Arthur Danto, había sido formular teorías del arte basándose en el estado contingente del arte de su tiempo. La revolución del arte contemporáneo nos pone ante el problema en toda su crudeza, forzándonos a contemplar el fenómeno artístico ampliamente. También vimos cómo Danto criticaba a los que se quedan en el escepticismo relativista, convencionalista, acusándoles de no querer afrontar la dificultad. En esta entrada abordaremos las insuficiencias, según Danto, de las distintas teorías del arte para dar cuenta del arte de Warhol.

Los indiscernibles: obras de arte y meras cosas

Para ilustrar la problemática filosófica introducida por el Pop Art, Danto nos presenta en La transfiguración del lugar común una serie ejemplos o experimentos mentales muy sugerentes. En uno de ellos, nos presenta una serie de cuadros que son idénticos materialmente (consisten en un rectángulo rojo): “El ánimo de Kierkegaard”, “La Plaza Roja”, “Cuadrado rojo”, “Nirvana”, “Mantel rojo”. Cada una de las ilustraciones es igual a las demás desde el punto de vista de la percepción sensible, aun perteneciendo a géneros tan distintos como el retrato psicológico, la pintura histórica, el paisaje, la abstracción geométrica, el arte religioso y la naturaleza muerta. Además tenemos un fondo rojo sobre el que Giorgione iba a haber pintado “Conversazione sacra” y una mera superficie roja pintada por J. Otro ejemplo consiste en consiste en una obra de arte que es una cama, construida por J, que no se diferencia en nada de una mera cama. Danto se pregunta: ¿qué distingue a todos cuadros entre sí, y lo más importante, y qué los distingue del cuadro rojo que es una mera cosa? ¿que distingue la cama de J, obra de arte, de una mera cama?

La insuficiencia de las teorías del arte

Con estos ejemplos presentes, Danto va entonces a intentar justificar la distinción entre las obras de arte y las meras cosas desde distintas teorías con sus respectivos criterios de demarcación, comprobando la insuficiencia de cada uno de ellos.

La primera de ellas se basa en cierta teoría de la acción (repudiada por los wittgenstianos, enemigos del mentalismo). Así como para distinguir entre un mero movimiento corporal (levantar la mano) y una acción (parar un taxi), hay que añadirle al movimiento corporal una causa mental, una intención; también para distinguir entre una mera cosa y una obra de arte, hay que añadirle a la cosa una causa mental, una emoción, un sentimiento de su autor, que la obra expresa de hecho. Pero Danto señala que los gestos faciales o llorar también expresan sentimientos y no son obras de arte, con lo cual este criterio no es suficiente.

La teoría tradicional del arte como mímesis, como imitación de la realidad, que hunde sus raíces en Platón, y que ha recorrido la historia del arte, se muestra también insuficiente ante el ejemplo de Danto. No se trata de que la obra de arte sea una imitación o una representación de una cosa real; la cama de J no es una imitación de una cama, es una cama, pero además es una obra de arte. Según esta teoría no tendría sentido un arte que se parezca tanto a la vida que no pueda señalarse ninguna diferencia entre ellos en cuanto al contenido interno; ¿qué necesidad tendríamos de una duplicación de lo que ya existe?, teniendo en cuenta que el placer de una imitación deriva de la conciencia de que no es algo real.

Nietzsche considera que aquella visión del arte es una deformación racionalizadora de Eurípides (siguiendo el impulso socrático) de los inicios religiosos del arte. Por eso aboga por una teoría opuesta: si el arte debe ser algo, si ha de tener alguna función, ésta debe ejercerse mediante lo que no tiene en común con la vida, y esta función difícilmente puede ser llevada a cabo por un proyecto como el de Eurípides. El ejemplo paradigmático es la obra de Wagner. La teoría anti-mimética sostiene que sólo en la medida en que es discontinuo con la vida, el arte es lo que es; de ahí que el arte mimético fracase cuando tiene éxito, cuando logra ser como la vida (paradoja de Eurípides), volviéndose parasitario y ocioso, como un eco o sombra. De ahí el impulso de esta otra teoría, de hacer lo contrario: de modo que no haya nada en la realidad que pueda confundirse con la obra de arte (ej: falsedad operística), dejando claro que el artista no es un imitador fallido. Objetos que sean arte sin complejos y con la ventaja de que, al carecer de homólogos en la realidad, nadie incurrirá en el error más frecuente desde que la imitación domina el proyecto artístico. La esencia del arte, en la teoría anti-mimética, reside precisamente en que no puede comprenderse por la mera extensión de los mismos principios que rigen la vida cotidiana. Entonces e inevitablemente el arte se vuelve misterioso: y es que para Nietzsche fue la expurgación del misterio en nombre de la razón, por parte de Eurípides, lo que provocó la muerte de la tragedia.

Ahora bien, Danto señala que esta teoría, aunque interesante, cuando la examinamos más filosóficamente se evidencia el hecho de que es en gran medida parasitaria y conceptualmente está muy entrelazada con la teoría que rechaza, es decir, con la teoría mimética del arte. Pero es que además no sirve para el propósito delimitatiorio de Danto: ¿qué pasaría con los objetos de J, como su vieja cama, semejante a todas las camas en que duermen sus contemporáneos? No hay nada que permita distinguirlas, ninguna discontinuidad entre ellas (como camas, al menos) pues aunque al cama de J sea una nueva obra de arte, su novedad no consiste en su discontinuidad con la realidad, dado que ninguna podría señalarse; y por eso mismo la novedad no puede situarse donde esta teoría quería hacerlo. Pero además surge un problema adicional: ¿Cómo se distingue un objeto que resulta ser discontinuo con la realidad y como tal reconocido por un público, de un nuevo elemento de la realidad? ¿cada nuevo elemento de la realidad -una nueva especie o un nuevo invento (Danto pone el ejemplo del abrelatas)- deberá considerarse como una contribución al arte?

La paradoja de Eurípides implicaba que, una vez consumado el programa mimético, se había producido algo idéntico a lo que ya estaba en la realidad; surgía así la cuestión de qué es lo que lo convertía en arte. El esfuerzo por escapar a esta paradoja, exagerando los elementos no miméticos -purgados en nombre de tal proyecto-, desemboca en algo tan distinto de la realidad que el problema ahora es su falta de sentido. Entonces otro problema, con la misma fuerza virtual, persiste: ¿qué es lo que permite distinguir como arte algo tan opuesto y discontinuo con la realidad? Y además ¿cómo sabemos que no es sólo un nuevo elemento de la misma? Al fin y al cabo, se supone que no toda novedad es ipso facto una obra de arte y también que la realidad pueda enriquecerse sin que tenga que ser, por fuerza, mediante el arte.

Así pues, tanto el proyecto de mimesis como el proyecto anti-mimético propuesto por Nietzsche son ambos irrelevantes para la esencial del arte. Esto parece dejarnos solamente con el marco institucional: igual que alguien se convierte en marido al satisfacer ciertas condiciones institucionalmente definidas, a pesar de que por fuera no parezca distinto de cualquier otro hombre, algo es una obra de arte si satisface ciertas condiciones definidas institucionalmente, aunque por fuera no parezca distinto de un objeto que no es una obra de arte, como en el caso de la cama de J. Pero esto nos devuelve una vez mas al punto de partida, y a la oscuridad de los límites.

Cualidades invisibles

Ninguna de estas teorías, afirma Danto, nos será de gran ayuda para trazar la línea de demarcación, y mucho menos el hecho histórico de la mera novedad, puesto que cada objeto es discontinuo con todo lo anterior. Acaso la paradoja sea inevitable mientras nos empeñemos en definir el arte en términos de objetos que se comparan con los objetos del mundo real pero ¿qué tenemos sino procesos de comparación o contraste para construir una teoría del arte? Con todo, lo único que tenemos son las convenciones: la diferencia entre arte y realidad dependería sólo de estas convenciones, y todo aquello que estas convenciones autoricen como obra de arte, sería tal. A Danto no le convence esta salida pero reconoce que hay un elemento de verdad: “ser una obra de arte” es un predicado honorífico, y como tal, es una convención. Pero es necesaria alguna condición que se haga presente antes de que la relevancia del honor se imponga. Danto está convencido de que estas cualidades existen, aunque no sean visibles.

Y es que la cama obra de arte de J que presenta Danto supera la separación material abriendo una separación entre arte y realidad que no es la de la mimesis, sino de otro orden, poniendo el énfasis en la separación misma. Se fija uno así en la separación misma, porque no hay diferencia material. Danto nos quiere hacer ver con sus ejemplos de objetos indiscernibles, basándose en Wharhol, que la categoría de arte es algo que va más allá de lo sensible, de lo puramente material.

Hasta aquí hemos visto las insuficiencias de las propuestas ajenas. En la próxima entrada presentaremos la propuesta de Danto para caracterizar el arte.

Referencias:

Yo machista

Si me estás leyendo, luego de haber visto semejante título, sospecho que éste ha atraído tu atención. Quizás te preguntes qué clase de energúmeno puede afirmar: yo machista. Así tan pancho, de manera tan abierta, sin pudores. Y encima soltarlo hoy, apenas pasadas unas horas del Día Internacional de la Mujer. Con los ecos aún latentes de la manifestación y huelga histórica de ayer, 8 de marzo de 2018.

Para colmo, con la que viene cayendo desde que existe el patriarcado: asesinatos de mujeres, desigualdades, violaciones, indiferencia, negación de derechos, falta de reconocimiento social e histórico y sigue una larga lista. ¿Quién diantres puede autodefinirse como machista? Ya sólo mencionar la palabra resulta de lo más chocante e inoportuno, como decir “soy racista”. Curiosamente, entrar en estos jardines de la incorrección política despierta el morbo, al menos el mío y quizás el de alguien más. Como si se abriese la mirilla para espiar al malo de la película. Al monstruo que habita en nuestros peores sueños, al desalmado. Al representante de un mal moral, al portador de una anomalía. Un machista es por definición un tipejo despreciable, desubicado, retrógrado, casposo. Una pobre antigualla. Alguien que puede ser violento, empleador de la fuerza bruta. Un potencial abusador de personas más débiles. Seguramente haya grados de machismo o escalafones. Coincidirás conmigo en que no es lo mismo un soldado raso que un teniente general, aunque ambos sean machistas. El primero suelta un piropo en la calle sin venir a cuento de nada, pero el segundo puede llegar a creer que su novia es una extensión de su propio cuerpo y hacer con ella lo que le venga en gana. Al primero habría que educarlo, amonestarlo, al segundo aplicarle el código penal.

Uso el “yo” y me preguntan: “Dios mío, ¿es esto autobiográfico?” No, bueno, no exactamente. En mi caso, se trata de una sensación como la de tener a Mr. Hyde en las entrañas y a doctor Jekyll haciendo lo que puede por ocultarlo. La famosa novela de Stevenson hacía referencia al trastorno disociativo de la identidad. Al final va a ser una cuestión de identidad, esa entelequia que tiene que ver con cada uno de nosotros aunque resulte muy complicada de definir: ¿Yo machista?

Me gustan las palabras, las quiero, paso tiempo con ellas, buscándolas, intentando ordenarlas, tratando de escribir algo, de comunicarlo y suelo pasarlo mal hablando directamente de las cosas. Se me ponen los pelos de punta con los nuevos principios de la comunicación: 140 caracteres, eslóganes, hashtags, lenguaje publicitario, síntesis, brevedad, efectismo, tuf, tuf, zasca, in your face. Estoy dando muchas vueltas, girando cual peonza. No he justificado aún el polémico título de estas líneas. ¿Quise generar impacto, un gancho publicitario para atraer lectores? ¿Soy realmente un machista o un simple provocador?

Urdimbre de identidad machista

Nací varón en Buenos Aires. Como otros muchos compas de generación y amigos de la infancia, vine al mundo en un hogar machista, mamé machismo. Nada grave para los ojos de la época. Un papá que no sabía hacerse un huevo frito ni encender la lavadora, que no levantaba la mesa ni fregaba los platos. Todo aquello eran cosas de mujeres. Los hombres de la casa, él y yo, estábamos para otras cosas, no sé, quedarnos sentados, gozar de nuestros privilegios, no desperdiciar el tiempo o la energía con tareas menores. Mi mamá o mi abuela tampoco es que fueran feministas. Básicamente, no había protestas ante este orden de cosas. Vivíamos con naturalidad, inconscientemente, inmersos en el  machismo.

Digamos que mi cerebro fue madurando en el caldo de una urdimbre machista, fui incorporando sutilmente estructuras organizadas en torno al poder masculino.

Siendo adolescente llegó el sexo. Mejor dicho, andaba por allí con la genitalidad y sus variables puramente mecánicas: se levanta, se sostiene y eyacula. También era importante el tamaño y así los penes grandes eran celebrados, fantaseados, envidiados, mientras que los penes pequeños eran motivo de escarnio en los vestuarios después del fútbol. Desde la lógica de este relato, el hacerme hombre no me dejó indemne.

 

¿Quieres saber las secuelas? Ahí van. Analfabetismo emocional, bloqueos, miedos, consolidación de la estupidez. Lustros de confundir de forma persistente el tocino con la velocidad, lo anatómico con el deseo.

 

Muchos de nosotros además somos hijos o nietos de un porno falocéntrico. Una pésima escuela para esculpirnos como seres sexuados. Somos, claro está, responsables de toda esa parafernalia de sandeces en torno a la adoración de la polla y el coito. Hemos construido un imaginario sexual paupérrimo en el que el prevalece la figura del follador eficiente.

 

Una grieta en el muro del patriarcado

Visto en perspectiva, hubiese preferido otra melodía y no el ruido de esta fábrica. Así he salido yo, qué se le va a hacer. Es mi historia vital. Donde no hubo, no hay. ¿O sí? ¿Puede alguien criado en el machismo librarse de él? ¿En qué medida? ¿Llegaré algún día a ser feminista? ¿Hay razones de peso (biológicas, culturales, sociales, ideológicas) que me lo impidan?

Por suerte la vida siguió, los cambios y transformaciones nos acompañan hasta el final, hasta la última mutación, esa que va de lo vivo a lo muerto. Mientras tanto, siempre hay esperanza.

Casarme, por ejemplo, fue genial. He aprendido un montón de cosas de ella. Me viene empujando hacia lugares a los que no hubiese llegado solo. ¿Y mi hija? Otro tanto. Acompañarla en su día a día. Desde el primer biberón que le di y que me llevó a sentir que la estaba amamantando, al ejercicio cotidiano de la ternura y el cuidado. Caminar juntos de la mano, volviendo del cole.

Rodeado por dos mujeres, fue creciendo mi amplitud de miras, hasta convertirse el ámbito de lo doméstico-familiar, incluso el espacio de la cocina, en mi hábitat. No es para que nadie me cuelgue una medalla, pero he aprendido a cocinar, a doblar la ropa sin que queden arrugas, a enfrentar fantasmas de la mitología patriarcal. El truco consiste en haber reconocido en mi propia historia los puntos ciegos, las partes menos desarrolladas, los prejuicios machistas. ¿Qué no es suficiente para tirar abajo el patriarcado? Claro que no, pero ahí vamos. Sigo interpelándome, no estoy satisfecho.

 

Mi padre murió en 2016 y me llevaba cuarenta años. En ocasiones cuando pienso en él y en su modelo de masculinidad es como si retrocediera un siglo. Pasó muy poco tiempo y sin embargo ya no puedo identificarme con él en estos aspectos. Sigo en proceso de transformación, aprendiendo a expresar emociones, manteniendo a raya a Mr. Hyde, aumentando el músculo de la empatía.

¿Qué si soy machista? Soy un animal no acabado de hacer. Principiante en la nueva cultura que busca reemplazar a lo viejo.

Mi hijo tiene rabietas

Hoy en la consulta estuve reunida con una madre quien acudía por las constantes e intensas rabietas de su hija de 5 años. “¿Cómo una niña de esa corta edad puede tener ese carácter?”, se cuestionaba con desesperación y desconcierto. Ana Lucía, como llamaremos de modo ficticio a mi paciente, ha tenido dificultades en el pre-escolar debido a intensas y frecuentes rabietas. La impotencia y frustración que podía sentir Ana Lucía era compartida por su madre. Ésta sentía carecer del saber-hacer necesario para calmarla.

¿Cuántos padres se pueden identificar con la madre de Ana Lucía? No es fácil verlos berrear y patalear en un restaurante porque quieren un dulce. También ocurren en el hogar, pues se niegan a dormir cuando sus padres le indican, o seguir rutinas. Para empezar, los rabietas son un fenómeno habitual en la infancia.

rabieta

 

¿Por qué surgen las rabietas?

Las rabietas son de las primeras expresiones de autonomía de los niños. Ellos necesitan probar su voluntad y reafirmar su individualidad. Es un proceso muy similar al que ocurre posteriormente en la adolescencia. Usualmente aparecen cuando los niños empiezan a caminar. En ese momento, la expresión de los afectos aún no pasa del todo a través del lenguaje. Las mismas son frecuentes hasta aproximadamente los tres años de edad. Aunque esto puede variar de un niño a otro.

Según Aletha Solter la mayoría de las situaciones que pueden desencadenar una rabieta se clasifican en tres tipos:

  • El infante tiene una necesidad básica (hambre, sed, sueño) que no se puede satisfacer en el momento.
  • El niño cuenta con información insuficiente o errónea sobre la situación en la que se encuentra.
  • El infante necesita descargar tensiones, miedos o frustraciones, que pueden estar relacionadas directamente o no con el evento actual.

En edades tempranas, los niños no presentan una rabieta con el objetivo de molestar o manipular a los padres. Es una de las varias formas que puede tomar la expresión de ciertas emociones en ese momento de su desarrollo. 

rabieta

 

Rabietas en niños mayores

Pero qué ocurre en el caso de niños como Ana Lucía, quienes se acercan a los cinco años y continúan con sus potentes berrinches. Generalmente, se debe tomar en cuenta se debe a otras causas y se debe considerar el caso por caso. Se debe estar atentos a las siguientes circunstancias:

  • Cambios significativos en la vida del niño, como mudanzas, nacimiento de hermanos, pérdidas, problemas familiar o económicos. En estas situaciones, el niño puede presentar una regresión a un estado anterior ya superado.
  • Poca experiencia de los padres para controlar los episodios y establecer límites claros.
  • Por medio de las rabietas los niños pueden obtener una gratificación inmediata, que no tendrían de otro modo. Pues se les dificulta tolerar las frustraciones diarias.
  • Dificultad para manejar el ímpetu de sus afectos, y/o para expresar en palabras lo que les ocurre.

Es importante observar la frecuencia con la que ocurren los incidentes, y el nivel de intensidad de los mismos. Es posible que un niño tenga pataletas esporádicas pero muy intensas. En algunos casos, los niños pueden hacerse daño. También puede presentar reacciones física que afecten el otras funciones como: la dificultad para respirar y/o el poco control de los esfínteres.

rabieta

 

¿Cómo podemos manejar una rabieta?

Es importante este subtítulo, pues en ocasiones no existe un método para manejar las rabietas en todos los niños. Hay que tratar una rabieta a la vez, aunque se pueden hacer algunas recomendaciones generales.

Lo primero es conservar la calma durante el episodio. Puede ser complicado en cada situación pues como adultos también contamos con situaciones estrenaste fuera del hogar. Sin embargo, esto es primordial en el manejo de las rabietas. Si el adulto también se exalta ante su propia frustración, podría decir o hacer cosas que afecten el vínculo con el niño. Además, es muy probable que el berrinche no se extinga.

La mejor estrategia, aunque no lo parezca, es prestarle la menor atención posible. Al reflejarle al niño más frustración e ira de la que ya siente, la situación irá escalando en intensidad. Se debe tener precaución y comprobar que no corra peligro, se le puede brindar el espacio de que pueda calmarse por sí mismo.

Pregúntese si el motivo de la rabieta puede ser comprensible. Considere el nivel de desarrollo del niño y el problema que enfrenta. Aclárele que aunque usted comprende que es difícil por lo que está pasando, hay otras maneras de expresar lo que siente. En algunos casos, funciona abrazarlas y decirles alguna palabra sencilla que los ayude a calmarse, o devolverles en palabras lo que cree que le puede estar pasando.

 

La importancia del lenguage

Es recomendable no ceder, salvo en casos particulares que lo ameritan. La gratificación que obtendrá al explotar de esa manera enviará el mensaje equivocado. Más adelante será quizás el único, o uno de los pocos, mecanismos que tenga el sujeto para hacer su voluntad. Algo muy común en la actualidad, es la utilización de aparatos tecnológicos como consoladores en casos de berrinches.

Sin embargo esto, al igual que ceder, constituye una gratificación inmediata que puede prolongar la aparición de estas conductas. No interviene la palabra y la expresión de los afectos a través del lenguaje, en ninguna de los dos casos. Y ese será el único, o uno de los pocos mecanismos con los que contará el individuo para lidiar con las frustraciones de la vida.

Luego de que el niño ha podido calmarse un poco, es posible tener esa conversación. Se le puede decir que le avise cuando se le pase. Entonces será posible una exploración de lo sucedido. Se debe evitar nombrar al niño con etiquetas con las que luego pueda identificarse. Reforzarle el amor de los padres a pesar de estar enojados con el niño es crucial.

rabieta

 

Auto-evaluación de los Padres

En el libro ¿Quién dijo que era fácil ser padres?, de Eva Milicic y Soledad López de Lérida se incluyen algunas preguntas para reflexionar sobre el tema:

  • ¿Le presto suficiente atención a mi hijo(a) cuando está simpático(a) o de buen humor?
  • ¿Conservo el control cuando el/la niño(a) presenta una rabieta?
  • ¿Soy un modelo suficientemente bueno de reacción frente a la frustración?
  • ¿Lo(a) expongo(a) a situaciones muy frustrante con frecuencia?
  • ¿Me pregunto cuál es el origen de la pataleta antes de actuar?
  • ¿Le digo cosas muy negativas sobre su carácter cuando tiene una pataleta?
  • ¿Se sentirá el/la niño(a) suficientemente satisfecho en sus necesidades de atención y afecto?

Pensar sobre estas preguntas en el día de día de los niños puede conducir a un mayor nivel de comprensión y a desenlaces muy distintos para el niño y los padres.

 

Referencias Bibliográficas:

  • Knobel Freud, Joseph. El Reto de Ser Padres. Ediciones B. Edición 2013.
  • Milicic, Neva y Soledad López de Lérida. ¿Quién dijo que Era Fácil Ser Padres?. Editorial Paidós. Edición 2013.

 

Amo tu vulnerabilidad

La vulnerabilidad está infravalorada.

La vulnerabilidad duele, sí.

Pero la percepción -sesgada- y el significado -unívoco- que le hemos otorgado, hace que duela más.

Desde el plano etimológico, la vulnerabilidad viene del término latino vulnus, que puede traducirse como “herida”; la partícula –abilis, que es equivalente a “que puede”; y finalmente el sufijo –dad, que es indicativo de “cualidad”. De ahí que vulnerabilidad queda definida como “la cualidad que tiene alguien para poder ser herido”

Vulnerabilidad y cerebro humano

Cuando nacemos la vulnerabiliad con la que un bebé vive su primera infancia marca sin lugar a dudas la forma en la que construye su coraza para protegerse, del mundo interno primero (pues hasta el año aproximadamente no existe una clara diferenciación del yo), y del mundo externo después.

Cuanto más se inhiban la emociones más profundo será el daño. Cada vez son más las pruebas de que hay una secuencia en la maduración individual del cerebro que sigue una secuencia evolutiva.

Según la teoría de los tres cerebros, de Mc Lean; es el cerebro visceral el que predomina en las últimas fases del embarazo y en la primera etapa postnatal, el sistema límbico el que empieza a operar en los primeros vínculos de apego. El neurocórtex sin embargo, es el que más tiempo precisa para desarrollarse, no siendo hasta alrededor de los 6-7 años, que se desarrolla el pensamiento cognoscitivo lógico.

Esto nos hace pensar que como el cerebro visceral sostiene los recuerdos de vulnerabilidad como una impronta de supervivencia, lo que el niño experimenta como amenaza y angustia, a una edad temprana, queda grabado con una intensidad mucho mayor y con mayor resistencia a su desactivación.

los tres cerebros

los tres cerebros

 

Vulnerabilidad y miedo

A la vulnerabilidad le sostiene el miedo. El miedo a exponernos frente a un otro, el miedo a dejarnos ver, el miedo a no ser perfectos y por consiguiente, a no ser aceptados ni dignos de amor.

Por ello aprendemos desde muy pequeños a ponernos armaduras pensando que nos protegen de ser heridos y desarrollamos estrategias de control dignas de la CIA para esconder lo que en realidad nos aterra.  Pero al miedo no lo mata el control, sino el amor.

Cuando la conexión con el ser que somos queda interrumpida por lo que que debemos ser y lo que debemos hacer, el sentimiento básico de confianza queda bloqueado y perdemos autenticidad.

Nos ponemos armaduras pensando que nos protegen, pero sólo evitan que seamos vistos. Y si no somos vistos tal y como somos, no podremos ser aceptados ni amados, tal y como deseamos.

Tienes que elegir: si no te la quitas, es posible que consigas que no te hieran, pero tampoco sabrás lo que es ser acogido en la tristeza o abrazado en la indefensión. Si no te la quitas, puede que no conozcas los infiernos de tu inconsciente, pero tampoco conocerás el paraíso de tu conciencia.

O te conectas contigo o te desconectas del mundo.

armadura vulnerabilidad

armadura vulnerabilidad

 

La vulnerabilidad esconde la semilla del sentir. Si no asumes el dolor de tu herida, tampoco sentirás la alegría de sanarla.

Si tomas la rosa, tomas la espina. Ese es el trato.

«si a causa de tu miedo
sólo buscarías la paz del amor y su placer,
entonces es mejor que te cubras tu desnudez
y vayas del suelo de trillar del amor,
en el mundo sin estaciones donde reirás,
pero no con toda tu risa, y llorarás,
pero no con todas tus lágrimas.»

(Khalil Gibrán)

La vulnerabilidad exige exponerse a lo desconocido, aceptar la incertidumbre y confiar en el transcurso de la vida. Supone atravesar el miedo al miedo y verse frente al espejo con total transparencia.

Vulnerabilidad y vergüenza

Existe un miedo presente en cualquier ser humano capaz de desconectarse y deconectarnos con el otro. Ese miedo tiene un nombre bien conocido por todos: es la vergüenza.

Venimos a este mundo con el impulso unitario del amor, con la certeza de que formamos parte de algo más grande que uno mismo individualmente, y en esa búsqueda de ese amor incondicional -merecedero por el simple hecho de existir-, nos topamos con el miedo al rechazo y con el sentimiento de la vergüenza al no sentirnos dignos de ello.

De entre todos los sentimientos del niño herido, la vergüenza tóxica según el psicólogo y autor del libro Volver a casa, -John Bradshaw-, es el que mayor relación guarda con la vulnerabilidad.

Este autor la define como:

«el sentimiento de ser imperfecto, incapaz y no dar la talla. Es mucho peor que la culpa. Pues con la culpa, has hecho algo mal pero puedes remediarlo. Con la vergüenza tóxica es que hay algo mal en ti y no hay nada que puedas hacer para remediarlo. Eres inadecuado e imperfecto.»

No soy lo suficientemente atractivo/a, no soy lo suficientemente valiente, no soy lo suficientemente adinerado/a, etc. Cualquiera puede sentirse avergonzado por no sentirse suficiente frente a algo.

La vergüenza es pues un mecanismo universal de desconexión con el que nos protegemos de la vulnerabilidad. Es el sentimiento intensamente doloroso de creer que somos imperfectos y, por lo tanto, indignos de amor y de aceptación.

 

Vulnerabilidad y valentía:

Para poder ser aceptados por nosotros mismos y consecuentemente por los otros, tenemos inevitablemente que dejarnos ver y asumirnos en las imperfecciones.

Frente a la vergüenza de ese sentirse imperfecto, se manifiesta el derecho propio de lo que nunca puede ser despojado: la dignidad. Una dignididad entendida como la certeza de ser merecedor de amor y pertenencia.

Brené Brown es profesora investigadora en la Universidad de Houston. Ha dedicado los últimos diez años al estudio de la vulnerabilidad, el coraje, la autenticidad y la vergüenza.

En esta charla que dio en TED y que os muestro a continuación, habla -a partir del minuto 9′- de cómo aceptar nuestras vulnerabilidades e imperfecciones desde un lugar de autenticidad y dignidad.

Sólo quien tiene el coraje de asumir la imperfección y la autenticidad de mostrarse como realmente es y no como debería o se supone que debería ser, tiene el valor de vivir en paz con su vulnerabiliad.

Recuerda:

«Si te escondes tras la armadura

por miedo a sentir debilidad,

yo te miro a los ojos y te digo

amo tu valiente vulnerabilidad»

Y tú ¿cuándo vas a empezar a amarte?


Bibliografía:

-Brené Brown. Frágil. El poder de la vulnerabilidad. Ed. Urano. 2013

-Juan José Albert. Ternura y agresividad. Carácter, gestalt, bioenergétiva y eneagrama. Ed. La llave. 2015.

Referencias:

-Bradshaw, John. Volver a casa. Recuperación y reindicación del niño interior. Ed. Gaia. 2015