El duelo. una experiencia personal

Nuestra idea del duelo, nuestro conocimiento de éste muchas veces difiere de la experiencia que tenemos cuando la persona que muere es muy cercana en el afecto.

El último 19 de junio se festejó el día del padre en Argentina, pero este año me enteré al día siguiente al abrir el Facebook. En España, no sé por qué, se festeja otro día. Mi hermana había subido a su muro de la red social una foto de ella sentada en las rodillas de mi padre. Ambos aparecen sonriendo para la cámara. Me imagino que ella andaría por los 3 o 4 años. En el mensaje encima de la imagen, decía mi hermana que el domingo temprano pensó que habría alguien ansioso por ser saludado al otro lado del charco -ella hace años que vive en París- pero que después cayó en la cuenta de que ya no había un papá esperando ese llamado. Se me ocurre pensar que la muerte del padre es algo así, que no haya nadie del otro ladoUn domingo de soledad y tristeza, pero sin una semana nueva que prometa sacarnos de allí.

El impacto

El 11 de febrero de 2016 se murió mi padre. Una llamada de mi mamá y de un momento a otro, de repente, todo cambió, todo se tambaleó. ¿Llegué realmente a hablar con ella?, ¿O recibí un escueto whatsapp que ponía “ya está. Se terminó”?

Sólo puedo reconstruir parcialmente, de manera inexacta, las horas que siguieron a esa noticia. En algún momento de la tarde-noche de ese jueves, me senté a buscar a billetes de avión hacia Buenos Aires. Acto seguido, escribí un correo electrónico a mis compañeros de la universidad para contarles lo que había ocurrido y que estaría fuera de España por unos días. Me preocupé porque a mis alumnos les llegara la respectiva notificación de la suspensión de la clase correspondiente al lunes y al miércoles de la semana entrante.

Todavía estoy alucinando de cómo pude haber hecho todo eso bajo el impacto de semejante acontecimiento. Sospecho que el choque es tan grande que genera una suerte de despersonalización, de extrañamiento con uno mismo. Como si lo ocurrido no tuviese suficiente realidad, como si uno hubiese entrado en una película y fuera a la vez protagonista y espectado

En cualquier caso, el viaje a Buenos Aires fue real.duelo

Dos días después de haber recibido aquella llamada, estaba en un cementerio inmenso para asistir a  la cremación del cadáver de mi padre. No pude verle muerto. Sólo experimentar la sucesión de imágenes ante la madera muda del ataúd. Todo ocurrió demasiado rápido y en un plano mental. Saludé a mucha gente, en particular a familiares que no veía desde hacía tiempo, con el gesto cortés, automático y la emoción ausente. Las lágrimas no aparecían y más que dolor parecía preocupado en que el ritual de despedida se desarrollase bien.

Somos animales simbólicos. Desde antiguo realizamos ritos para las cuestiones trascendentales de la vida: ante los ciclos de la naturaleza, ante los dioses y sus exigencias, para despedirnos de alguien o para darle la bienvenida a los que llegan. En muchos casos no conocemos el origen de un determinado rito pero algo en nuestro interior nos lleva a cumplir con éste.

Entre los ritos más significativos de las diferentes culturas humanas, están, desde luego, los ritos funerarios. De hecho, éstos han sido calificados por la antropología como determinantes de nuestra especie en la medida en que a través de este tipo de ritos entramos en contacto con una cualidad determinante de nuestra condición como es la finitud.

Cuando el cuerpo de mi padre empezó a pertenecer a lo muerto yo no pude verlo, tampoco pude estar presente en el instante en que su corazón dejó de latir. Más allá de meras explicaciones racionales, no me resulta fácil saber por qué se dio así.

En aquellos días no podía darme cuenta de que la muerte de mi papá significaba tantas cosas a la vez y que necesitaría tiempo para que a la conciencia pudieran incorporarse de una en una. Las fichas irían cayendo a un ritmo lento e incesante. Al ejercicio colectivo-social de la muerte, le seguiría uno mucho más personal e íntimo.

La tristeza y el ejercicio de la memoria

En estos meses he estado oscilando entre la necesidad de atención, de cariño y las ganas de no conectar con nadie, de estar en retirada.

Nunca antes había vivido nada semejante a la pérdida de mi padre y el desconcierto es de tal magnitud que me pregunto hasta qué punto soy aquel que creía ser.

En estos meses estuve recordando, volviendo a pasar por el corazón. No sólo ha perdido a su papá el adulto que soy, sino también el bebé, el niño, el púber y el joven que fui.

Cuando desarmé su escritorio de trabajo, me encontré con que él había guardado los dibujos que yo mismo le hice con tres o cinco años. También recordé lo mucho en que insistía en que lo único que iba a dejarme era una formación, una educación y como me insistió para que fuera a estudiar a Europa.

Su amor se traducía, muchas veces, en el contacto físico (llorar recostado en su pecho, por ejemplo), otras veces, en el apoyo económico para que saliera adelante.

Recordé una conversación, él en Buenos Aires y yo en Madrid, en la que me preguntaba sí comía todos los días y en la que insistía en que yo siempre iba a tener un lugar al que volver si las cosas me iban mal en España.

También vinieron recuerdos más cotidianos como cuando me preguntaba como quería el nudo de la corbata.  O el de su imagen en el espejo del baño cuando se pasaba un algodón empapado en agua de colonia por el cuello, después de la ducha matinal. Su manía por la pulcritud.

La manera en que me entregaba la paga mensual para mis gastos de muchachito y el beso que yo le daba luego de recibir el dinero.

No todos los recuerdos fueron dulces o reconfortantes. Yo mismo, en un momento dado, tuve que poner distancia entre nosotros para evitar que su imagen me aplaste ya que tenía un temperamento fuerte y su influencia resultaba para mí intimidante.

Cuando estaba bien, era un encanto de tipo: cercano, gracioso, seductor. Cuando estaba preso de sus furias, era tremendo: como un juguete rabioso y sin consciencia de los efectos que producían sus actos.   Entre los recuerdos tristes, algunos momentos de mi última estadía en Buenos Aires antes de su muerte, o su negativa a hablar por teléfono conmigo.

muerte del padre

La vida continúa: elaboración del duelo

Con sus cosas buenas y no tan buenas, la vida continúa. El recuerdo del que se ha ido no nos abandona, pero paulatinamente se va desdibujando para permitirnos tomar aire. Nuestra mente busca hacer espacio a lo nuevo que acontece. Hay algo inevitablemente triste en este proceso pero a la vez es necesario.

No hay recetas ni fórmulas mágicas para asumir la pérdida de un ser querido. Cuando además de ser querido, es alguien que forma parte de nuestro núcleo afectivo más constitutivo la huella de su partida es aún más honda. No hay escalas ni mediciones del dolor que valgan.

Tampoco hay respuestas ante preguntas del estilo: ¿cómo se vive este duelo?, ¿qué debería hacer?, ¿debería hacer algo distinto a lo que hago?, ¿hay algún momento más adecuado que otro para llorar o para volver a reír?

Frente a lo irreparable de la muerte y el dolor que provoca, reaccionamos de maneras muy distintas dependiendo de nuestro temperamento, de la estructura de nuestra personalidad, de nuestro vínculo y experiencias, del momento de la vida que estemos atravesando.  

Es usual que se susciten en nosotros emociones negativas y no está de más tener en cuenta que debajo de cada emoción negativa, está el dolor.

El miedo a vivenciar el dolor, nos lleva, en muchos casos, a poner en marcha un arsenal de mecanismos de defensa mediante los cuales cerramos el paso a vivenciar el dolor. Cuando éste llega, quizá resulte conveniente no bloquearlo sino dejar que fluya.

Hace pocos meses en una reunión con amigos, empecé a preguntarme dónde habrían quedado las gafas de mi padre luego de su muerte y terminé conectando con una tristeza enorme.

muerte-del-padre

También recuerdo como una tarde de domingo estaba preparando la cena y sin que ninguna imagen dolorosa se dibujara en mi mente las lágrimas empezaron a caer en catarata dentro de un cuenco en el que había harina mezclada con agua. Al principio no fue más que un sollozo pero luego se abrió la garganta con fuerza y dio paso a un grito ahogado que me hizo estremecer. Todo mi cuerpo tembló y en el pecho sentí una puntada muy aguda.

Al cabo de unos minutos, había recuperado la respiración y el pulso normal.

Mi propio organismo que parecía haberse colapsado a causa del dolor, pudo restablecerse en equilibrio.

Aquella tarde de domingo fui atravesado por el dolor como por una daga. El cuerpo fue lo primero que tuvo registro y después sólo pude cerrar los ojos, intentar respirar, soltar la presión que sentía dentro y darle voz a la pena. Aquella voz sólo fue aire que entraba y que salía de mi cuerpo. Respirar, seguir respirando.

One thought on “El duelo. una experiencia personal

Comments are closed.