Hace unas pocas semanas, uno de mis compañeros de blog compartió su experiencia personal de duelo tras la muerte de su padre hace algunos meses. Su narración me impactó. Cosas de la vida, leí su entrada en un momento en el que mi madre estaba sufriendo un deterioro importante de su salud que finalmente llevó a su fallecimiento hace unos días. En este momento, en que aún estoy sumido en un proceso de asimilación de todo lo sucedido, me nace compartir cómo he ido tomando conciencia del duelo como motor de transformación y trascendencia de mi experiencia de vida.

 

¿Qué es el duelo?

Si bien existen diferentes definiciones, de una forma sencilla podemos decir que el duelo es el proceso normal que se sigue tras la pérdida de un ser querido. Este proceso implica una asimilación a muy distintos niveles de la pérdida, el replanteamiento de nuestros vínculos, de nuestra forma de relacionarnos, del significado de la relación con la persona desaparecida, en cierto modo, de nuestra propia identidad. Es necesario tiempo, un proceso activo de toma de conciencia que cada persona lleva a cabo a su forma y ritmo para llegar a situarse ante el mundo de un nuevo modo, seguramente más auténtico y conectado con la verdadera esencia y sentido de su ser.

 

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Pero no siempre es así. Se calcula que alrededor del 10% de las personas en situación de duelo pueden llegar a experimentar lo que se denomina un duelo complicado. Se producen bloqueos en ese camino de cierre de la herida abierta a nivel interno, y la persona no puede continuar de forma normal con su vida, e incluso pueden aparecer problemas importantes a nivel físico, emocional y mental.

 

Cuando perdí a mi sobrina: una experiencia de duelo bloqueado

Hace 23 años viví la pérdida de una de mis sobrinas, en aquel momento, de 19 meses, acompañando a sus padres en el momento de la partida. Padecía una enfermedad neurológica de base genética, una atrofia muscular espinal. Fue diagnosticada con 8 meses tras comprobar que su desarrollo motor no era el más adecuado, y durante el año siguiente, acudió a fisioterapia de forma continuada, con el fin de fortalecer su musculatura, especialmente, la respiratoria, pues la causa más frecuente de muerte en aquel momento ante esta enfermedad eran las infecciones respiratorias, como la neumonía.

Precisamente en diciembre de aquel año, 1993, la niña comenzó con síntomas leves que aconsejaron su ingreso en hospital de forma preventiva. La sorpresa fue que, de un día para otro, los profesionales nos hablaron de que la situación era muy grave, e incluso comentaron que nos hiciéramos a la idea de que podía suceder lo peor. El shock fue importante para todos. La falta de tacto por parte de los profesionales médicos fue constante en ese proceso de pocos días en que se produjo tal deterioro de la pequeña que finalmente falleció.

Con la perspectiva del tiempo, creo que ha sido la experiencia vital más traumática que he vivido. Mi incapacidad de asimilar lo sucedido me llevó a acumular una rabia de forma mantenida durante más de 15 años. Sentía ira hacia la propia situación, hacia los profesionales, … En cierto modo, hacia mí mismo, pues yo pertenecía ya a ese ámbito profesional, ya que estaba finalizando mi formación en odontología. Reconozco que esa ira me ofreció la oportunidad de sentir una mayor fuerza para luchar por lo que consideraba que era más justo, y fue un motor importante en mi vida. Al año siguiente de la muerte de mi sobrina, comencé a formarme en genética clínica, como una forma de aportar algo, ya fuera desde la investigación, ya fuera desde la atención a familias que estuvieran en una situación similar con su hijo. Tiempo después, siendo ya dentista, reorienté mi labor hacia la atención de personas en riesgo de exclusión social, como eran aquellas que padecían la infección por VIH/SIDA o tenían alguna adicción. En cierto modo, buscaba “víctimas” a las que defender. Ahora puedo ver que seguía “luchando”, que me mantenía en esa ira de forma crónica, sin permitir que la herida pudiera cerrarse, pues eso implicaría, en cierto modo, olvidar a mi niña.

Fue alrededor de 2007 cuando supe de un libro, “Lágrimas de vida”, escrito por una periodista, Susana Herrera, en el que relata su experiencia de pérdida de su primer hijo, con pocos meses de vida, en un accidente de tráfico, y su afrontamiento de una forma realmente abierta al amor. Donó los órganos de su pequeño, escribió este libro como forma de compartir su dolor, y realmente reconozco que su lectura hizo un “clic” dentro de mí para replantearme el sentido de la muerte. Comparto aquí una entrevista a Susana que realmente considero muy profunda.

 

 

Un camino de apertura y reconciliación: la despedida de mi padre

En 1996, mi padre sufrió un ictus que le dejó paralizado su lado izquierdo. Ante esta situación, tuvo una motivación continua por salir adelante, recuperar movilidad, ser lo más autónomo posible, y lo consiguió. Pero en el verano de 2009, su cuerpo empezaba a estar agotado. Su lado derecho, ya sobrecargado por el sobreesfuerzo de todos esos años, comenzó a fallarle en ocasiones, y en cierto modo, él intuía que se acercaba el fin de una etapa. Recuerdo que tuvimos un choque ante su negativa a comenzar rehabilitación de nuevo, y que al día siguiente, nos reconciliamos, y él, llorando, me reconoció que no quería volver a pasar por lo mismo que hacía años, que solo le pedía a Dios que si le volvía a repetir otro ictus, se lo llevara. Nos fundimos en un abrazo. Y justo al día siguiente, después de comer, comenzó a sentirse indispuesto, y se dio aquello que, de una u otra forma, podíamos estar intuyendo: un segundo ictus, que le mantuvo en coma durante dos semanas hasta que falleció.

Ese tiempo nos permitió a cada uno en la familia hacer nuestra despedida según pudimos. Intuía que era yo con quien iba a irse, y así fue. Tras una noche tranquila, en la que me llevé el libro de Susana Herrera y le leí algunos párrafos, al amanecer, dejó de respirar de forma tranquila. Fue una sensación de inmensa tristeza, a la vez que de inmensa fortuna por haberle podido acompañar en ese momento. Lo que vino después, sin embargo, fue un largo camino en el que se fue viniendo abajo la imagen que había tenido de él y también de mi madre. Replantear los vínculos más primarios lleva a cuestionarse la propia identidad, el propio sentido.

 

 

Durante los años siguientes, un proceso de duelo largo pero sereno fue dando paso a una toma de conciencia sobre mi propia experiencia de vida, sobre todo, en mi infancia y adolescencia, a resituar a mi padre en esa experiencia, y a replantear el significado más profundo de mi madre. Me di cuenta de que mi imagen más idílica de ella se me derrumbaba, y que de nuevo afloraba en mí la ira, que ahora veo que era necesaria para poder expresar, soltar y llegar a un punto de comprensión que me permitiera sentir el amor por ella más allá de la historia compartida. Y perdonarla a ella suponía realmente perdonar al mundo, y sobre todo, a mí mismo.

En ese proceso, la música ha sido una compañera inseparable que me ha permitido canalizar emociones, alcanzar una compresión profunda, reconciliarme con mi propio ser. Necesité de guías en ese viaje que emplearon sus herramientas: musicoterapia, EFT (técnicas de liberación emocional), biografía humana de Laura Gutman, o la escuela del perdón de Jorge Lomar, además de formaciones y talleres vivenciales que me permitieron dar luz a mi camino, y sobre todo, reparar la relación con mi madre para asumir su partida.

 

El adiós a mi madre: un duelo anticipado

La verdad es que mi madre perdió sus ganas de vivir desde que mi padre se fue. Han sido siete años duros, en el sentido de acompañar su propio duelo mezclado con el de uno mismo, confrontando situaciones vividas que han creado muchos momentos de incomprensión mutua, para llegar, hace algo más de un año, a una etapa de apertura, de aceptación, de verdadero amor incondicional. Este último año ha sido especialmente intenso emocionalmente, de mucha conciencia, compartiendo desde el corazón diversos aspectos de su vida que me han ayudado a seguir abriendo mi corazón, y hablando sin tapujos, palabra muy usada en mi familia, de su muerte. A comienzos de noviembre de este año, de la noche a la mañana, ella comenzó a sentirse mal. Un mes de deterioros y mejorías que, realmente, nos sumían en la incertidumbre y la esperanza, aunque de fondo, sabíamos que podía ser su última aventura en estos mundos. Y así fue. De forma tranquila, también al amanecer, partió sin avisarnos. Esta vez no pude acompañarla. Creo que no me correspondía, aunque en principio, sentí culpa por ello.

Aún es reciente, muy reciente su partida. Y las fechas no acompañan. Me estoy permitiendo sentir, sin más. Expresar, como puede ser este artículo. Vivir. Voy descubriendo otras experiencias, otras formas de sentir el duelo. También tomo conciencia de cómo nos cuesta aceptar el dolor ajeno como sociedad, aunque sea necesario para llegar a un punto de serenidad. Seguramente nos cuesta mirar de frente a la muerte, cuando es la única certeza que tenemos al llegar a este mundo.

 

 

Referencias bibliográficas

  • Herrera, Susana (2006). Lágrimas de vida. Editorial Sígueme.
  • Kübler-Ross, Elizabeth (1997). La rueda de la vida. Ediciones B.
  • Payás, Alba (2010). Las tareas del duelo: Psicoterapia del duelo desde un modelo integrativo relacional. Paidós Ibérica.

 

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