Si existe un fenómeno puramente humano, capaz de movilizar nuestras emociones y hacernos sentir de forma profunda, ya sea desde la más amarga tristeza a la alegría más exultante, esa es la música. Esos efectos tan potentes que ejerce la música sobre todos nosotros se deben principalmente a dos motivos. Por un lado, la gran relación que tiene con nuestra memoria autobiográfica, de modo que tenemos una tendencia natural a asociar determinados hechos o momentos de nuestra vida con canciones o piezas musicales concretas, hasta tal punto que su poder de evocación nos permite revivir imágenes y recuerdos, así como sentir en nuestro cuerpo las mismas sensaciones que antaño. Por otro lado, la música tiene unas características intrínsecas que tienen el potencial de movilizar nuestras emociones más allá de las memorias asociadas con la misma.

 

 

 

Música y memoria autobiográfica

 

El oído es uno de los sentidos que se desarrolla más temprano durante el desarrollo fetal. Nuestro sistema auditivo se vuelve funcional, es decir, capaz de captar y procesar sonidos, entre las semanas 25 y 29 de gestación (alrededor del 6º-7º mes), cuando se conecta el oído interno (el conocido “caracol”) con las estructuras cerebrales que interpretarán las señales recogidas. Todo ello indica que, desde ese momento, el feto va recogiendo de forma activa estímulos sonoros, tanto procedentes del cuerpo de la madre (latido cardiaco, respiración, ruidos intestinales, su voz) como del exterior. De este modo, el feto tiene capacidad para reconocer la voz de su madre, música sencilla, o sonidos comunes del entorno. Se ha demostrado que el aprendizaje intrauterino de sonidos, voces y música comienza alrededor de la semana 32 de gestación. Puede reconocer la voz de la madre o una melodía concreta, incluso el idioma materno frente a otros, y ser capaz de discriminarlos de otros tras el nacimiento.

 

Cuando nos exponemos ya de adultos a determinados sonidos, como una grabación del latido cardiaco, o sonidos de agua (recordemos que, como fetos, vivimos sumergidos en una gran bolsa de contenido líquido que es el saco amniótico), como puede ser el mar, tendemos a experimentar una gran reacción emocional, posiblemente ligada a esas experiencias tempranas en las que aún no tenemos lenguaje, y por tanto, no ha habido posibilidad de almacenarlas como la memoria episódica que utilizamos más adelante siendo niños y el resto de nuestra vida.

 

Lo que las investigaciones de los últimos años han ido demostrando es el gran poder que tiene la música para organizar hechos de nuestra vida, y contribuir a la construcción de la propia identidad. Se ha demostrado la activación de determinadas zonas cerebrales relacionadas con la identidad, con la formación del “ego”, como la corteza prefrontal medial, también con estímulos musicales elegidos por un sujeto como significativos en su vida, y llega a ser tal esta asociación, que incluso en personas con comienzo de enfermedad de Alzheimer, la escucha de música elegida por ellas como con significado en su trayectoria vital es capaz de evocar episodios autobiográficos de un modo importante.

 

 

Reflexionando sobre todo ello, si nos propusiéramos hacer un repaso de nuestra biografía en un proceso consciente de autoconocimiento y de aceptación de lo vivido, seguramente vendrían a nuestra mente sonidos o músicas con un alto significado emocional, que podrían actuar como llave para acceder a detalles más vívidos de las experiencias vividas, y de este modo, facilitar su procesamiento saludable en caso de que tuviéramos bloqueos emocionales.

 

¿Qué características intrínsecas de la música influyen sobre las emociones?

 

Stefan Koelsch, uno de los principales investigadores actuales en el campo de las emociones evocadas por la música, habla de dos principios importantes que explican los efectos emocionales de la música: la tensión y el contagio emocional.

 

 

Al hablar de tensión, nos referimos a factores de la estructura musical que son reconocidos de forma natural por nuestro cerebro y que tienden a favorecer respuestas emocionales. De este modo, la existencia de determinadas intensidades (volumen de sonido) o timbres (el sonido de un violín en comparación con el de un piano, por ejemplo), ciertas combinaciones de sonidos (consonantes o disonantes), el uso de ritmos irregulares o de elementos rítmicos inductores de movimiento como las síncopas, pueden generar tensiones en nosotros cuando no encajan en la estructura predicha y habitualmente aprendida durante la inmersión cultural que experimentamos desde etapas tempranas. Parece que cuanto menor es el grado de predicción en una pieza o estilo musical, mayor es el grado de tensión e incertidumbre que genera en nosotros, y el posible acierto en la predicción genera una sensación de placer y motivación que actúa como refuerzo positivo. Además, la ruptura de expectativa, es decir, la aparición de un acorde o algún motivo musical totalmente inesperado, implica una sensación de sorpresa que contribuye a aumentar la tensión. Los acordes inesperados evocan respuestas en las propiedades eléctricas de la piel y en determinadas regiones cerebrales.

 

El contagio emocional es un fenómeno sumamente interesante. Parece que las características acústicas del habla al expresar emociones (lo que se denomina prosodia afectiva), como por ejemplo la alegría (tempo rápido, alta intensidad de sonido y alta variación en el rango tonal, de graves a agudos), son similares a las encontradas en la música que consideramos, en este ejemplo, “alegre”. Es decir, la música y la prosodia afectiva comparten señales acústicas universales para la expresión emocional y pueden, de este modo, evocar procesos de contagio emocional. La expresión física (cambios en parámetros fisiológicos) de una emoción evocada por la música puede desencadenar procesos psicológicos que reflejan la emoción. Por ejemplo, la música que consideramos “alegre” dispara la actividad del músculo cigomático de la cara que facilita la sonrisa (así como un aumento en la conductancia de la piel y de la frecuencia respiratoria), mientras que la música que tendemos a sentir “triste” conduce a la activación del músculo corrugador que frunce el ceño. Se piensa que la retroalimentación fisiológica de dicha actividad muscular y autónoma evoca el sentimiento subjetivo correspondiente (alegría o tristeza).

 

¿Cómo nos influye la música a nivel social?

 

La música favorece de forma evidente la participación social, y esto se relaciona directamente con la satisfacción de necesidades básicas humanas. El refuerzo de las funciones sociales constituye un importante papel adaptativo de la música en la evolución de la humanidad:

 

Música compartida
Grupo participando en actividad musical compartida

 

  • Favorece el contacto entre las personas, y combate el aislamiento.

 

  • Las actividades musicales desarrolladas en grupo (ya sea la escucha o la participación activa) pueden favorecer que los estados emocionales se vuelvan más homogéneos entre los participantes. Gracias a la empatía generada en este entorno social, se produce una reducción en los conflictos y se favorece la cohesión grupal.

 

  • Existe un solapamiento importante entre los circuitos neuronales y los mecanismos cognitivos implicados en la percepción y producción de la música, y del lenguaje. En los lactantes y niños pequeños, la comunicación musical durante el canto entre el progenitor y niño parece ser importante para la regulación social y emocional, así como para el desarrollo social, emocional y cognitivo.

 

  • Hacer música en grupo requiere que los participantes se sincronicen con un ritmo y lo mantengan. La sincronización de movimientos al seguir un ritmo aumenta la confianza y la conducta cooperativa, tanto en adultos como en niños. Realizar movimientos idénticos también da lugar a una sensación de identidad de grupo. Todo ello favorece una sensación de placer en el sujeto.

 

  • En actividades musicales grupales, se comparte un objetivo común para dar lugar a un resultado fruto de la cooperación. Esta cooperación entre individuos aumenta la confianza entre los mismos y la probabilidad de volver a colaborar en el futuro, incluso en actividades no musicales.

 

  • Existe un aumento del sentido de pertenencia que refuerza la cohesión social. Esta fortalece la confianza en el cuidado recíproco y en que surjan oportunidades de cooperación, y favorece la experiencia de sensaciones de trascendencia y el desarrollo de la espiritualidad.

 

¿Es posible emplear músicas concretas para abordar determinadas emociones?

 

Tras exponer el gran potencial de la música para la regulación de nuestras emociones, nos podría surgir una pregunta. ¿Es posible emplear determinadas músicas para generar determinados estados de ánimo o favorecer el desbloqueo emocional cuando sentimos, por ejemplo, tristeza? La respuesta no es sencilla, debido en parte a lo expuesto respecto a la memoria autobiográfica. El hecho de que existan unos significados tan subjetivos e individuales para cada música en nuestra vida hace difícil estandarizar determinadas “recetas” musicales. No obstante, me gustaría presentar dos modelos diferentes de trabajo a este respecto.

 

En la década de 1970, comenzó a desarrollarse un modelo terapéutico en musicoterapia denominado Guided Imagery and Music (GIM), o visualización de imágenes guiadas por música. Consiste en una serie de programas de piezas musicales grabadas (en su mayoría, de música clásica occidental) que parece que han demostrado su eficacia para abordar determinados estados anímicos y que son empleados por un terapeuta dentro de un marco de acompañamiento humanista. Requiere de una formación específica y con los años ha ido ganando adeptos dentro de la comunidad de musicoterapeutas. En este sentido, me gustaría aportar mi opinión. Si bien puede haber una respuesta más o menos frecuente en la población ante determinadas músicas, lo cierto es que existe un gran sesgo cultural en su selección, y una gran variabilidad en las respuestas. De utilizar música grabada, considero mucho más importante y útil recoger una biografía sonora y musical de cada persona, y trabajar de forma controlada sobre la misma, pues tendrá un efecto mucho más potente y esclarecedor para procesar emociones no totalmente aceptadas por el sujeto.

 

Por otro lado, existe un principio importante en musicoterapia, que es el de sintonizar con la emoción y la energía de la persona cuando acompañamos con música. Esto significa que si una persona se encuentra triste, incluso deprimida, no tiene mucho sentido emplear una música alegre. Sería preciso partir de una música que refleje su estado actual, para conectar desde lo no verbal, permitir que aflore una emotividad evidente que facilite el desbloqueo, y de ahí ir variando la estructura y el carácter musical para facilitar que el sujeto se aproxime a un estado de más energía, claridad y serenidad. Si bien esto podría ser posible con música grabada, lo ideal es llevarlo a cabo con música en directo, improvisando, e incluso potenciando que cada persona se exprese musicalmente, ya sea a través del canto espontáneo, o manejando ella misma instrumentos que “movilizan”, como el tambor oceánico o la percusión, mientras el terapeuta acompaña con instrumentos capaces de generar acordes, como la guitarra, el piano o el arpa. De este modo, sería la sucesión de dichos acordes la que iría aportando un “color” que facilitaría el tránsito por el complejo mundo de las emociones.

 

Referencias

 

  • Koelsch, Stefan (2015). Music-evoked emotions: principles, brain correlates, and implications for therapy. Annals of The New York Academy of Sciences, 1337, 193-201.
  • Janata, Petr (2009). The Neural Architecture of Music-Evoked Autobiographical Memories. Cerebral Cortex, 19, 2579-2594.

 

CategoryPsicología