Abrirnos a la experiencia de no saber

La ignorancia es la raíz del sufrimiento

Parte el budismo de la premisa de que el mundo que percibimos es sufrimiento y esta premisa, fruto de la observación, es compartida por un buen número de tradiciones filosóficas de la India. Otro de los puntos en los que suele haber acuerdo es que la ignorancia es la raíz de todo este sufrimiento. ¿Pero a qué se refieren al hablar de ignorancia? Está claro que no se trata de ignorancia cultural, de analfabetismo o desconocimiento de las distintas ciencias, sino desconocimiento de la realidad tal como es, siempre cambiante (en el caso del budismo) o desconocimiento de la esencia última y eterna que constituye la verdadera realidad de todo lo que podemos concebir (en el caso del vedanta). La ignorancia no es entendida en este contexto como una falta de información si no como un conocimiento erróneo, una percepción muy limitada del mundo y de nosotros mismos y es esta errónea percepción, el identificarnos con lo que no somos en verdad, lo que nos acarrea sufrimiento.

Veamos un ejemplo, me he identificado tanto con mi forma de pensar que cada vez que alguien me lleva la contraria necesito defender mi punto de vista a ultranza. ¿Por qué? Porque mi identidad se ve amenazada, porque estoy definiendo lo que yo soy en función de lo que pienso. Esto es sólo un ejemplo, serviría también la identificación con el cuerpo físico, con las emociones, con la profesión o roles sociales, con las posesiones materiales, las cualidades que uno se atribuye, etc.

saber¿Y por qué razón esto nos genera sufrimiento? Pues bien, nos genera sufrimiento porque pretendemos que lo que es pasajero y cambiante pase por eterno, rechazamos el cambio y lo hacemos a menudo tomándolo por algo fijo que atribuimos a nuestra identidad. De hecho cuando hablamos de identidad ¿no os suena a algo fijo? “estas son mis marcas de identidad”, “yo soy así y así seguiré nunca cambiaré” – decía la letra de una canción de los ochenta–.

 

El deseo insaciable

Hay otro rasgo común entre muchas escuelas del pensamiento indio y es que esta ignorancia-confusión en la percepción del mundo, lleva consigo el deseo y el deseo resulta ser un pozo sin fondo, una sed que nunca se sacia, a menos que comprendamos nuestra verdadera naturaleza y nos demos cuenta de que nosotros, desde nuestra ignorancia, inventamos esa sed, creímos que nos faltaba algo para ser completos y comenzamos a buscarlo fuera, en los objetos, en las emociones, en el otro…, pasando por alto que nada pasajero nos puede proporcionar una felicidad o una paz que sea infinita.

Uno de los deseos más arraigados en el ser humano parece ser el deseo de conocer y de entre todas las incógnitas algunas de las que han predominado han sido el deseo de saber cómo se originó la vida, si tiene ésta algún sentido o finalidad concretas y qué ocurre tras la muerte. Todas ellas preguntas acerca de lo incognoscible, del misterio de la vida, “Misterio de los misterios” (reza un verso del taoísmo). Muchas son las respuestas que se han dado a estas preguntas dando con ello lugar a distintas religiones, ciencias y corrientes filosóficas. Sin embargo, ¿puede el Misterio dejar de ser Misterio en algún momento? Intentar explicar lo incognoscible a través de un pensamiento limitado, que parte de preguntas limitadas, parece un juego sin fin, como el burro que persigue la zanahoria atada a un hilo que cuelga de una estructura propia que hace que la zanahoria nunca sea alcanzable por el burro, generándole cada vez la ilusión de que con el próximo paso conseguirá alcanzarla.
saber

Y así ocurre a menudo con nuestra idea de felicidad, algo que siempre se alcanzará en un futuro, un futuro que nunca llega.

 

Saltar al VACíO de NO-SABER

Surge en nosotros el deseo de saber y con él la necesidad de generar opiniones e ideas acerca de lo que percibimos y muy a menudo apegándonos a esas opiniones como la verdad, o si más no aquella forma de pensar que me proporciona una identidad y creyendo que lo que yo soy se limita a esa identidad. Recurrimos a las palabras para explicar el Silencio, a la especulación para avanzar en conocimiento, creyendo cada vez que por fin hemos alcanzado la “Verdad” hasta que una nueva “verdad” desplaza la anterior. En ese ansia de saber, me pregunto “¿es este proceso es un desarrollo evolutivo que llegará a algún fin o en realidad todas las nuevas respuestas que pueda dar nunca me llevarán a liberarme del sufrimiento? o dicho de otro modo… alcanzar un estado de felicidad plena como afirman las tradiciones de la India que es posible lograr. Queremos alcanzar a comprender lo desconocido a través de los conceptos e ideas que ya conocemos, queremos saltar al vacío pero lo llenamos de nuestra experiencia pasada y nuestras formas de pensar, no fuésemos a morir en el salto.

¡Qué vértigo nos da soltar! Soltar lo conocido para abrirnos a decir “no sé”, “no tengo ni idea de qué va todo esto”, “no tengo ni idea de si la vida tiene algún sentido o no lo tiene”, “no tengo ni idea de quién soy ni de quién es la persona que tengo delante”… ¡Qué miedo abrirme al Misterio, sin saber cuál es el siguiente paso! Me da tanto miedo que rápido recurro a lo que ya conozco, a los juicios y formas de actuar que me son familiares, a tapar el Silencio, el Vacío, lo Desconocido con palabras y discursos que me dan una cierta seguridad, con nombres y formas que a lo sumo parecen proporcionarme de vez en cuando un nuevo punto de vista y ahí nos quedamos, en los puntos de vista que siguen intentando comprender lo desconocido desde lo conocido. De esta forma sigo y supongo que seguimos muchos, alimentando la ignorancia, entendida como esa visión errónea de la que hablábamos al inicio del texto, cuando en realidad se nos insta a soltar.

Me temo que indagar en mí, en conocerme y conocer el mundo, conocer la Realidad, si a caso existe una Realidad en mayúsculas, pasa por soltar, por abrirme a la experiencia de no-saber y con ello abrirme a las infinitas posibilidades que desconozco y a soltarlas de nuevo, abrirme eternamente, en cada instante, a no-saber. Tal como advertía el propio Buddha (el que ha despertado), según las enseñanzas que se le atribuyen, una vez hemos utilizado la barca de las enseñanzas para cruzar al otro lado de la orilla no tendría ningún sentido seguir cargando con ella sino que habría que soltar esa barca que nos ha llevado de la orilla del sufrimiento a la orilla de la paz. También advierte de la inutilidad de la especulación y lo hace contando la historia de un hombre que ha sido herido por una flecha envenenada. ¿Acaso cuando compañeros y amigos llamasen a un médico para salvarlo diría “no consentiré que me arranquen la flecha hasta que sepa quién me ha herido, de qué familia procede, si es alto o bajo, el color de su piel o hasta que sepa de qué material está hecha la cuerda del arco con que me disparó, etc.”? Si así lo hiciese, el hombre moriría antes de haber llegado a saber tantas cosas.

saber

Este tipo de historias apuntan a la imposibilidad de llegar a conocer a través de la mente y los conceptos aquello que nos puede liberar del sufrimiento, a saber, ver lo que es tal como es y no como querríamos que fuese o como pensamos que es. ¿Qué pasa si de verdad nos abrimos al Misterio, asumiendo que es Misterio precisamente porque no tenemos ni idea de lo que es? ¿Y qué pasaría si llevásemos esta actitud de observación, desde el no-saber, a cada instante de nuestra vida? ¿Podría esta actitud arrancar la flecha de nuestra errónea identificación con lo que no somos y el deseo insaciable que esto nos genera y que tanto nos duele?

Comparto finalmente los últimos versos de un poema védico dónde hace más de dos mil quinientos años, se pone de manifiesto las limitaciones del conocimiento humano y os invito a que cada uno mire dentro de sí qué espacio se abre al soltarnos a la posibilidad de ¡no-saber!

«(…)
Buscando en sus corazones, mediante su sabiduría
los sabios hallaron el vínculo
que une al Ser con el no-Ser.
Extendieron transversalmente su cordel.
¿Existía un abajo? ¿Existía un arriba?
¿Existían fecundadores, existían energías?
Abajo se hallaba la fuerza; arriba el impulso.
¿Quién sabe la verdad?
¿Quién puede decirnos dónde surgió esta creación?
Los dioses nacieron después, con la creación del universo.
¿Quién puede saber, pues, de dónde surgió?
Aquel que es su guardián en el cielo,
fuera él o no su hacedor,
sólo aquel sabe de dónde surgió esta creación.
O quizá ni siquiera él lo sabe».

 

Referencias bibliográficas

  • Panikkar, R., El silencio del Buddha. Una introducción al ateísmo religioso. Siruela, 2000.
  • Gallud Jardiel, E. El hinduismo en sus textos esenciales,  Verbum, 2016.

One thought on “Abrirnos a la experiencia de no saber

Comments are closed.