La experiencia de la adopción no sólo significa el abandono, sino ser confiado a extraños. El hecho de que exista una adopción implica el abandono previo de los padres biológicos. En la actualidad, las familias biológicas suelen separarse del bebé justo tras su nacimiento, ya que esta separación resulta menos dolorosa que una vez se consolida el vínculo.

La separación que se da justo tras el nacimiento provoca la denominada herida primaria, ya que la falta de un cuidador permanente supone una discontinuidad en la relación y por tanto, en el aporte emocional y estimulación del recién nacido.

La díada cuidador- infante durante los primeros años de desarrollo es tan relevante que teóricos como Cicchetti, Ainsworth y Schore, hacen hincapié en el papel que cumple el cuidador en los procesos neurorreguladores durante los periodos de la primera infancia. En esta línea, Hofer describe el comienzo del apego desde el estado simbiótico en el que los sistemas de homeostasis del bebé y del adulto se encuentran unidos de manera que este apego permite una regulación mutua de los sistemas endocrino, autónomo y nervioso central. De este modo, en el futuro será este adulto quien influirá en los sustratos neurales de la emoción en el niño, regulando directamente la neuroquímica del cerebro en su desarrollo. Así, el niño se apega al cuidador modulador que crea oportunidades de afecto positivo y minimiza los afectos negativos. Por lo tanto, no contar con un cuidador permanente durante los primeros años de desarrollo implica la pérdida de estos reguladores, restringiendo al niño de algunos requisitos del desarrollo psicológico normal.

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Tipos de abandono e implicaciones en los jóvenes

Podemos diferenciar distintos tipos de abandonos. Si bien todos ellos producen gran dolor en el niño, las implicaciones a nivel de salud mental pueden ser muy diversas:

El abandono por incapacidad de los padres es aquel en el cual los progenitores presentan ciertas condiciones que les incapacita para realizar sus funciones como figura cuidadora, de manera que deben ceder a su hijo al Estado. Algunas de estas características pueden ser el consumo de sustancias, maltrato, problemas económicos o ciertas enfermedades crónicas. En este caso, no se da una libre elección por parte de los padres de deshacerse del hijo, de manera que la vivencia del abandono de éste será diferente a aquel que vive el abandono como una cesión voluntaria a extraños. En estos casos, la gran mayoría de los jóvenes son capaces de transformar su sufrimiento en un florecimiento personal, de manera que la creencia “hay algo malo en mí” se transforma y con ello, la sensación sentida.

El abandono precoz es aquel que se produce cuando uno cede voluntariamente a un recién nacido en adopción con la característica propia de que se desconoce el paradero de los padres biológicos. En este caso, el recién nacido no desarrolla ningún vínculo postnatal con su familia biológica, de manera que durante el tiempo que no sea cedido a una familia, deberá enfrentarse a los cuidados de diferentes profesionales, produciéndose discontinuidades en la relación.

El abandono diferido se da cuando los padres ingresan en una institución a su hijo con el fin de «apoyarse» en su educación pero sin que esté presente un objetivo de retorno del joven a la familia. Este tipo de abandono es uno de los más dolorosos ya que además de vivir experiencias previas significativas con los padres biológicos, éste vive de forma directa el rechazo de manera que cuando intenta regresar a casa, se encuentra con la imposibilidad de hacerlo. Debido a este tipo de abandono, los jóvenes suelen desarrollar la creencia de que son personas malas, no merecedoras del amor de otros o sentimientos de recelo y desconfianza, mostrando una alarma continua ante el posible abandono.

Con consecuencias similares a este tipo de abandono, se encuentran los segundos abandonos, en el que adolescentes adoptados han sido cedidos nuevamente a instituciones porque los padres adoptivos renunciaron a hacerse cargo de ellos. En estos casos, el daño es mayor ya que el trauma se reactiva, por lo que observaremos mayores resistencias por parte de los jóvenes en modificar patrones de comportamiento que se presentan sobre todo en las relaciones interpersonales desafiando continuamente la relación (ante el miedo a ser rechazado y abandonado nuevamente, el joven intenta aliviar dicho miedo buscando la ruptura inmediata de la relación con el otro). De este modo tienen control sobre la ruptura de las relaciones.

El abandono prenatal se basa en estudios que han demostrado cómo los fetos estando en el útero son receptores de emociones y son capaces de experimentar ciertas sensaciones en las que comienzan a ponerse en juego los sentidos. Por ello, los fetos pueden comenzar a sentir en madres ambivalentes ante el embarazo, sentimientos de rechazo que se verán traducidos tras el nacimiento en una incapacidad por parte de la madre en establecer contacto afectivo con el recién nacido, lo que puede dar lugar a problemas de personalidad en el futuro. Este tipo de abandono no supone adopción en todos los casos, ya que el abandono emocional no implica el abandono físico, de manera que la familia biológica puede cubrir los cuidados del bebé sin por ello dejar de sentir rechazo hacia el mismo. Sin embargo, cuando se lleva a cabo la adopción, el joven no sólo ha vivido la experiencia de ser cedido a extraños, sino un rechazo previo, más inconsciente, basado en sensaciones producto de esa ambivalencia.

En cualquiera de los tipos de abandono, al separarse de la figura de apego, se dan sentimientos de ansiedad, pena y soledad y cuando éstos surgen se da a menudo la necesidad de buscar una figura que le ofrezca protección, afecto y seguridad, para poder así regresar al estado de bienestar grabado en la memoria emocional del recién nacido. Sin embargo, en esta búsqueda de una nueva figura, se gesta la idea de que una madre que abandona a su hijo es porque no le quiere y el joven se reafirma ante mensajes aparentemente incongruentes que recibe de su entorno como “tu familia te quería mucho y por eso decidió darte en adopción”, razonando que desde el amor uno no abandona a un hijo.

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Debido al miedo a ser rechazado y la necesidad de protegerse de futuros rechazos, se da el temor de conectar con la familia adoptiva; este temor se puede materializar en dos posibles fenómenos: por una parte, retraimiento y/o aislamiento y por otra, una reacción consistente en poner a prueba las relaciones a través de conductas inadecuadas (desobediencia, menudeos, etc.), o a través de rechazar a los otros antes de que los otros le rechacen (mostrando indiferencia, agresividad, etc.).

Comprender la razón del abandono no implica (en la mayoría de los casos) que el sentimiento se modifique ya que este sentimiento de abandono persiste durante toda la vida. Sin embargo, conocer los problemas de separación, pérdida y confianza asociados al abandono y los sentimientos que se dan (rechazo, culpa, vergüenza y confusión en las áreas de identidad, intimidad, lealtad y dominio o poder y control) ayuda a explicar a los padres adoptivos los comportamientos y reacciones “desmesuradas” de los jóvenes en ciertas etapas del desarrollo y a los propios jóvenes que en ocasiones viven con asombro o terror su propia experiencia interior.

Así, cuando uno da coherencia al mundo que percibe y es capaz de organizar su experiencia no sólo comprende sus respuestas de huida, sometimiento, lucha o seducción, sino que puede buscar vías de actuación alternativas.  Esto le permitirá crear relaciones sanas afrontando los desafíos que supone la relación con un otro sin ser prisionero de su pasado, sino que teniéndolo presente en su memoria, pueda  analizar tanto la situación como su experiencia interior.

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Adolescencia y búsqueda de identidad

El periodo de la adolescencia se caracteriza por una búsqueda de identidad propia, de manera que el joven desecha modelos previos (padres, profesores, etc.) y adquiere modelos que provienen del exterior (amigos, famosos, etc.) con el fin de diferenciarse tanto de su familia de origen como de su grupo de iguales. Esta tarea en la mayoría de los casos resulta compleja pero se resuelve cuando el joven logra incorporar e interiorizar aspectos de modelos previos y del exterior, desechando aquello que resulte incongruente con su identidad. En el caso del adoptado, se añade la dificultad para identificar su propia historia personal con la de su familia adoptiva por lo que vive un gran conflicto al tratar de indagar sobre sus raíces e historia personal.

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La creación de la identidad en jóvenes adoptados se ve influenciada por una dificultad al integrar el pasado, presente y futuro por las discontinuidades en las experiencias familiares, vacíos en la biografía y la necesidad de sentirse diferentes y es por estas dificultades que muchas memorias pueden ser distorsionadas, suprimidas o imprecisas. Debido a la escasez de información, el adolescente vive esta búsqueda de identidad con mayor estrés que un adolescente no adoptado, necesitando relacionar la búsqueda de sí mismo con la búsqueda de la familia biológica. Por lo que muchos jóvenes adoptados (pese a sentir este temor de conexión con otro que le puede rechazar) inician una búsqueda activa de la familia biológica con el anhelo de llegar a vivir un sentimiento profundo de conexión con la familia perdida. Este hecho resulta muy evidente cuando el joven adoptado se encuentra en un contexto cultural que difiere de sus raíces y en este nuevo entorno busca relaciones con personas que provengan de su país y le nutran y le facilite conectarse con sus raíces.