Límites y necesidades relacionales fundamentales para el bienestar emocional

¿Qué es un límite?

 

Según la RAE el límite es definido como línea real o imaginaria que separa dos terrenos, dos países, dos territorios.”

¡Qué fácil resulta observar los límites físicos que nos rodean!. Desde los límites naturales como ríos, cadenas montañosas u océanos, hasta los construidos por el hombre. El aprendizaje del concepto del límite es un proceso complejo que se inicia desde la infancia. Aprendemos rápidamente que existen límites cuando, por ejemplo, queremos salir de la cuna y no podemos hacerlo solos, cuando descubrimos que hay ciertas zonas de la casa en las que no se nos permite entrar por ser “zona de mayores” o cuando al llegar a un cruce nos paramos en seco y observamos a ambos lados antes de atravesar el umbral entre la segura acera y la peligrosa carretera. Y así, poco a poco, vamos elaborando un conocimiento del mundo que nos rodea. Primero desde lo físico, que es más fácilmente observable, para pasar poco a poco a lo relacional. Y aquí es donde la cosa empieza a complicarse…

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Mientras que es sencillo saber cuando se puede cruzar la acera o entrar en una tienda, en el primer caso una señal luminosa nos lo indica y en el segundo un cartel en el que se lee claramente “abierto”, no resulta nada fácil discernir dónde está el límite entre lo que yo quiero/necesito y lo que el otro quiere/necesita. Estos límites intangibles resultan más complicados de detectar y manejar a no ser que se cuente con las gafas adecuadas.

 

Tipos de límites familiares

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Cada persona aprende a relacionarse con los demás en función de lo que haya observado en su ambiente cercano y cotidiano, normalmente el ambiente familiar. Cada familia se relaciona de forma diferente en función de los patrones que hayan “mamado” a su vez de sus respectivas familias de origen. Dichos patrones se heredan de forma inconsciente, y se van transmitiendo de una generación a la siguiente.

 

Existen 3 tipos de límites dentro de las relaciones interpersonales. En este artículo vamos a centrar la atención en los tipos de límites existentes dentro de las relaciones familiares.

  • El límite claro es el limite saludable. En las familias con este tipo de límites existe un equilibrio entre las necesidades de sus miembros a nivel individual y colectivo. Esto supone que se respetan las jerarquías entre los subsistemas familiares, estableciéndose el nivel parental sobre el filial sin descuidar por ello la comunicación y el contacto entre los distintos miembros de la familia. En estas familias hay espacio tanto para lo personal como para lo grupal, manteniéndose los roles bien diferenciados. limite sano

 

  • El límite difuso o permeable es aquel en el que no existen diferencias entre las necesidades de los miembros de la familia y en el que las jerarquías entre los subsistemas no se respetan. Este tipo de límites genera familias aglutinadas en las que no hay autonomía, por tanto las necesidades individuales se reprimen o descuentan por el supuesto bien del grupo. Esto genera estrés emocional por perder la propia individualidad, pudiendo llevar a la separación interna del individuo de su familia como estrategia para encontrar el tan ansiado espacio propio.

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  • El límite rígido o no permeable es aquel que no permite el contacto íntimo entre los miembros del sistema familiar, generando así familias desligadas. En este tipo de familias existe mucha autonomía pero falta intimidad entre sus miembros y preocupación los unos por los otros. Experimentar este tipo de relación puede provocar sentimientos de abandono o de indefensión. Personas que procedan de este tipo de familias pueden caer en relaciones fusionadas en las que se sientan importantes como forma de compensar el déficit vivido en la infancia o huir de la intimidad en las relaciones.

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Por tanto, podemos decir que tanto en los límites difusos como en los rígidos no existe una verdadera intimidad ni un verdadero y profundo conocimiento de la persona que tenemos enfrente. Al faltar este reconocimiento de la idiosincrasia personal falta también una de las necesidades relacionales básicas más importantes, la necesidad de validación.

 

Necesidades relacionales básicas

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Según el Doctor en Psicología y padre de la Psicoterapia Integrativa Richard Erskine, todas las personas tenemos al menos 8 necesidades relacionales que necesitamos se satisfagan en nuestras relaciones significativas. Este proceso no puede subscribirse únicamente al período infantil, ya que atraviesa todo el desarrollo evolutivo de la persona hasta llegar a la vejez. Desde esta perspectiva terapéutica, la relación es el eje sobre el que se sustenta todo lo demás. Nacemos en relación y vivimos y nos desarrollamos en relación y es, a través de la mirada que el otro nos devuelve sobre nosotros mismos (padres, abuelos, hermanos, amigos, parejas…) cómo vamos construyendo el propio autoconcepto.

 

Las 8 necesidades relacionales son las siguientes:

  • La necesidad de seguridad supone sentir que las vulnerabilidades física y emocionales están protegidas, saber que no seremos humillados por ser cómo somos.
  • La necesidad de validación implica sentir que nuestras emociones y necesidades son importantes y legitimas. Esta necesidad se cubre cuando sentimos que somos reconocidos e importantes para el otro en la relación.
  • La necesidad de depender de una persona estable, fiable y protectora que nos ofrezca orientación.
  • La necesidad de hacer impacto en el otro. Esta necesidad consiste en sentir que lo que hacemos, decimos y/o sentimos tiene impacto e importa a otra persona. Sentir que atraemos la atención del otro y que podemos influir en él.
  • La necesidad de autodefinición supone conocer y comunicar nuestra propia singularidad recibiendo por ello el reconocimiento del otro.
  • La necesidad de confirmar la experiencia personal. Para ello es necesario recibir por pate del otro la confirmación de que ha experimentado una vivencia similar ya que así reafirmamos y valoramos la propia experiencia.
  • La necesidad de que el otro tome la iniciativa. De esta forma sentimos que somos importantes para la otra persona y que estamos inmersos en una relación significativa para ambas partes.
  • La necesidad de expresar amor como parte de las relaciones significativas y saludables.

 

Siendo todas estas necesidades importantes para adquirir un desarrollo psicológico y emocional óptimo, me gustaría retomar la necesidad de validación por su importancia para el bienestar emocional.

Sentir en la infancia que somos vistos por el otro, más allá de las expectativas que éste tenga sobre nosotros o de lo que se supone que debemos ser o cómo debemos actuar, es una experiencia altamente protectora. Sabernos reconocidos por ser quienes somos y validados en nuestra forma de pensar y sentir en el seno familiar nos da el permiso para aceptarnos a nosotros mismos. Al aceptarnos disminuye la crítica interna negativa y mejoran los niveles de autoestima y de seguridad personal.

Esta vivencia positiva de uno mismo en relación se queda fijada más allá de los huesos y acompaña a la persona a lo largo de todo su recorrido vital, influyendo positivamente en las futuras relaciones que establezca. Al sentirse validada la persona se siente querida, apreciada y respetada. Esta vivencia le ayuda a desarrollar unos límites saludables con los demás. Unos limites que sean lo suficientemente porosos como para poder sentir intimidad con otra persona y desarrollar un sentido de pertenencia satisfactorio, al tiempo que tengan la consistencia necesaria para mantener su individualidad y sus necesidades intactas.

 

 

 

Fuentes:

Referencias bibliográficas:

  • Erskine, Richard G., Presencia Terapéutica y Patrones Relacionales: Conceptos y Práctica de la Psicoterapia Integrativa, Ediciones Karnac. 2016.

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