Musicoterapia y dolor crónico: un camino de conciencia

 

El dolor físico es un compañero de vida que habitualmente rechazamos, consideramos inútil y molesto, y sin embargo, tiene mucho que decirnos. La musicoterapia puede ayudar a que lo comprendamos, a darnos luz sobre aquello que nos quiere decir.

 

Nuestro cuerpo habla

 

Te propongo que dediques un momento para observar, interiormente, tu cuerpo. Lo ideal es que estés sentado de forma cómoda, cierres los ojos, y sientas cómo se relajan tus hombros, tus brazos, y va llegándote la sensación de soltar, de dejar el control. Puedes enfocarte en tu respiración, sobre todo, en la espiración, permitiendo prolongarla todo lo que puedas sin forzar, y sin prisa para inspirar de nuevo.

 

Relajación

Relajarnos para observar interiormente nuestro cuerpo

 

En este estado de calma, de serenidad, seguramente te comiencen a venir a la mente pensamientos, imágenes, recuerdos, … y si pones atención a tu cuerpo, es muy probable que adviertas cómo aparecen sensaciones corporales en zonas concretas asociadas con esa actividad mental que te llega y que apenas puedes controlar. Intenta prestar atención a vivir esas sensaciones, ponerles forma, color, textura … y suelta si puedes el pensamiento o recuerdo que la había provocado. Permítete sentir lo que tu cuerpo te expresa, sin ponerle palabras, ni juicios, sin rechazar eso que, quizá, puede parecer que nos va a desbordar.

 

Sensaciones corporales

Sensaciones corporales

 

Si has podido vivir esta experiencia con esta conciencia, habrás advertido que existe una necesidad permanente de expresar por parte de nuestro organismo, de indicarnos sensaciones que, aunque no sepamos qué, realmente nos quieren decir algo, seguramente de asociaciones aprendidas en el pasado. Una de esas sensaciones nos resulta tan desagradable e intensa, que le hemos dado un nombre propio: dolor.

 

¿Qué es el dolor?

 

La IASP (International Association for the Study of Pain) define el dolor como “una experiencia sensorial o emocional desagradable, asociada a daño tisular real o potencial”. Es decir, el dolor actuaría como señal de alarma ante una situación que nuestro organismo considera peligrosa para el mismo. Esto suele ser cierto en un caso de dolor agudo. La situación más complicada es cuando el dolor persiste, se vuelve crónico, y aparentemente no existen condicionantes biológicos o físicos que estén justificando dicha persistencia.

 

¿Una medicina con ojos para la superficie?

 

La medicina se ha caracterizado en el último siglo por una categorización cada vez más exhaustiva de aquellos síntomas y signos que acontecen al ser humano para agruparlos bajo etiquetas que denominamos enfermedades o síndromes. Si bien el origen de la mayor parte de cuadros clínicos es multifactorial, es decir, la combinación de diferentes factores condiciona su aparición, desde el paradigma biomédico se resta peso al componente psicoafectivo para enfocar casi toda su atención en la parte biológica, entendiendo al organismo como una máquina en la que alguno de sus sistemas ha comenzado a funcionar mal.

Cada vez tengo mayor sensación de que los humanos vivimos en un mundo de “efectos”, solo vemos los extremos de las ramas de los árboles de nuestra vida, sus flores, sus frutos, o la ausencia de los mismos, y no indagamos más allá de ello, en las raíces. Nos quedamos en la superficie de la vida, en lo externo, sin profundizar, sin buscar la esencia.

 

Árbol con raíces

Más allá de lo que vemos (síntomas, signos), podemos indagar en las causas profundas (forma de integración de las experiencias vividas)

 

¿Diferentes manifestaciones de dolor crónico, un mismo origen?

 

Cuando hablamos de fibromialgia, enfermedad inflamatoria intestinal (colitis ulcerosa, enfermedad de Crohn), artritis reumatoide, lupus eritematoso, cefaleas, etc, nos estamos refiriendo a diferentes “etiquetas”, distintas formas de enfermedad en las que un elemento en común suele ser el dolor crónico, localizado en diferentes zonas según cada enfermedad y persona, y en las que el componente psicológico y emocional tiene un gran peso, aunque desde la medicina no se sepa realmente cómo abordarlo.

 

Persona con dolor

Persona experimentando dolor

 

Durante los últimos años, se ha profundizado en el conocimiento acerca de cómo la forma de asimilar e integrar acontecimientos adversos en la infancia, la presencia de traumatización crónica, condiciona en gran medida una serie de memorias corporales que pueden facilitar la expresión en la etapa adulta de ciertas enfermedades, muchas de ellas de origen autoinmune, y en las que el dolor suele ser un compañero inseparable. En otro post anterior hablaba de algo similar en el caso de la enfermedad mental, y que recientemente se estaba indagando en acompañar a las personas afectadas en su proceso de asimilación de lo vivido.

Desde mi experiencia, aún queda mucho por hacer en aquellas enfermedades donde predomina el componente físico, como es el dolor, y en las que se pasa de puntillas sobre qué aspectos emocionales hay detrás. No creo que sea cuestión de poner más etiquetas (depresión, ansiedad, etc), sino más bien de crear espacios donde las personas afectadas puedan tomar conciencia de su propia vida con perspectiva, y afloren de forma natural emociones, sentimientos, recuerdos, que van a ayudar a dar sentido a lo que su cuerpo les está queriendo decir.

 

¿Qué puede aportar la musicoterapia en el abordaje del dolor?

 

Existen muchas investigaciones que demuestran cómo escuchar música ayuda a reducir el dolor en personas con distintas dolencias, incluso cuando se someten a pruebas diagnósticas y antes o después de una cirugía. Sin embargo, existen pocos trabajos publicados acerca del empleo de musicoterapia de forma activa, no solo planteando la escucha de música. El grupo de investigación de la Universidad de Heidelberg, en Alemania, ha planteado un protocolo de trabajo que ha demostrado su utilidad en adultos con dolor crónico, tanto de origen oncológico como no oncológico.

Para el abordaje del dolor, este grupo se basa en el paradigma biopsicosocial, donde se consideran los aspectos biológicos, psicológicos y sociales del dolor. Consideran que, a través de la música, pueden modularse diferentes aspectos que influyen en la experiencia del dolor:

  • Atención: cuando hay un dolor agudo, la atención se centra de forma natural en la zona afectada, pero cuando se transforma en crónico, el dolor pierde su función de alarma pero la atención se mantiene. La estimulación auditiva mediante la música capta y distrae la atención del foco del dolor.
  • Emoción: La cronificación del dolor suele acompañarse de trastornos emocionales (ansiedad, depresión) y de una reducción de la capacidad para regular las emociones. También es común la rigidez emocional o la inhibición de la expresividad. La música evoca y modula todo tipo de emociones con sus diferentes intensidades, y facilita su flexibilización y expresión.
  • Cognición: Cuando el dolor se vuelve crónico, aparecen distorsiones cognitivas (formas de pensar) y estrategias de afrontamiento de mala adaptación, así como estilos de atribución externa, es decir, una tendencia a creerse indefenso ante las circunstancias externas y no asumir la responsabilidad sobre la forma propia de percibir el mundo. La música puede aportar significados que trascienden el lenguaje, y por tanto el pensamiento, además de asociarse con la memoria autobiográfica, y así puede facilitar un cambio de conciencia.
  • Conducta: El dolor conlleva cambios en las conductas del sujeto (gesticulación, cojera, evitación). Cuanto más tiempo persiste el dolor crónico, más se limitan las conductas. El sistema motor es estimulado involuntariamente por la música (golpeteo, balanceo, baile). Hacer música implica un repertorio complejo de conductas que implican a amplias partes del cuerpo y el cerebro, y por tanto, contribuye a desbloquear la rigidez de movimientos asociadas con el dolor crónico.
  • Relaciones interpersonales: La cronificación del dolor puede facilitar el aislamiento de la persona, que tiende a evitar las relaciones sociales y reduce su comunicación con los demás. Hacer música de forma compartida, ya sea con el terapeuta o en grupo, va a constituir una forma de comunicación no verbal que abre un nuevo camino de expresión e interacción, y refuerza la sensación de pertenencia y la empatía.

 

 

¿Cómo puede organizarse ese trabajo con el dolor desde la musicoterapia?

 

Cada aspecto citado no se trabaja de forma separada, sino que se abordan de forma conjunta, a través de tres etapas:

 

  • Refuerzo de la percepción de bienestar: mediante música grabada o en directo que conecta con memorias de bienestar en la persona, y que contribuyen a fortalecer aspectos positivos de sus vivencias.
  • Alivio sintomático: la persona afectada puede participar en actividades de improvisación musical, lo que ya contribuye a flexibilizar sus emociones, facilitar la interacción social y la comunicación, y la conciencia corporal. Se pueden crear piezas musicales que expresen el dolor sentido, para así facilitar la liberación de tensiones internas.
  • Refuerzo en el manejo diario: se pueden plantear estrategias sonoras y musicales que la persona pueda emplear en su día a día para reducir los síntomas y mejorar el afrontamiento de situaciones en las que el bloqueo emocional era una respuesta frecuente.

 

 

En España, diversos centros hospitalarios públicos y privados están incorporando actividades basadas en la musicoterapia en su cartera de servicios, como es el caso de la Unidad del Dolor del Hospital Universitario La Paz, en Madrid. También cada vez más profesionales colaboran con colectivos de afectados, como es el caso del proyecto que lleva acogiendo la Asociación de Fibromialgia y Fatiga Crónica de Salamanca (AFIBROSAL), cuya experiencia ha sido recogida recientemente en una publicación.

Mi propia experiencia acompañando personas en momentos con dificultades emocionales ha estado caracterizada por el hecho de que, al conectar con sus propios bloqueos y permitir que fluyeran durante la experiencia musical, comenzaban a mejorar, e incluso desaparecer, dolencias físicas que presentaban. Incluso, han podido ir descubriendo qué recuerdos y vivencias, generalmente relacionadas con la infancia, se asociaban con esas sensaciones físicas y les ha permitido “soltar” y aceptar lo vivido en mayor o menor grado, con una correlación clara con la mejora de los síntomas.

Para concluir, me gustaría dejar una pequeña reflexión. Vivimos en un mundo de pensamientos en el que hemos aprendido a manejarnos porque nos da una presunta seguridad, pero a la vez, nos aleja del cuerpo, de las sensaciones, de las emociones. Mientras no seamos capaces de reconciliarnos con nuestro cuerpo, de aceptar todo lo que nos dice, viviremos en una confrontación interior en la que la enfermedad será su manifestación más visible.

 

Referencias bibliográficas

 

  • Edwards, R.R., Dworkin, R.H., Sullivan, M.D., Turk, D.C., and Wasan, A.D. (2016). The role of psychosocial processes in the development and maintenance of chronic pain. Journal of Pain, 17, 9 Supplement, T70-92.
  • Koenig, J., Warth, M., Oelkers-Ax, R., Wormit, A.,  Bardenheuer, H.J., Resch, F., Thayer, J.F., and Hillecke, T.K. (2013). I need to hear some sounds that recognize the pain in me: an integrative review of a decade of research in the development of active music therapy outpatient treatment in patients with recurrent or chronic pain. Music and Medicine, 5, 3, 150-161.
  • Wormit, A.F., Warth, M., Koenig, J., Hillecke, T.H., and Bardenheuer, H.J. (2012). Evaluating a treatment manual for music therapy in adult outpatient oncology care. Music and Medicine, 4, 2, 65-73.