Nuestro niño interior: una fuente inagotable de recursos y felicidad

En modo hacer ¿dónde está nuestro niño interior?

Las personas adultas tendemos a ignorar a nuestro niño interior. Nos movemos a diario en un ambiente, por lo general, rutinario que está plagado de normas sociales y de deberes personales, sociales y profesionales. Las necesidades (algunas reales y otras inventadas por otros o por nosotros mismos) nos conducen a un camino enfocado en el hacer y en el que podemos llegar a sentirnos encorsetados y con poca capacidad de acción.

 

niño interior

 

A lo largo de nuestras vidas se nos ha ido indicando el camino a seguir y guiando para recorrerlo sin pérdida. Siempre enfocados en el futuro, pasamos un tercio de la vida preparándonos para lo que vendrá. Primero la educación (colegio, instituto, universidad), después la consecución de un trabajo y más tarde la tan ansiada estabilidad económica que nos permita tener una casa y crear una familia. El plan es bueno y tiene sentido, no me malinterpretéis, es necesario hacer el esfuerzo, aprender y tener proyectos y metas a conseguir. Sin embargo, suele ocurrir que en el transcurso de este camino “perfecto” vamos perdiendo algo importante, nuestro niño interior se va escondiendo y la ilusión se va diluyendo.

 

Al dirigir toda nuestra energía en el hacer y en el conseguir nos vamos alejando cada vez más del disfrutar y del experimentar. Nuestra mente está constantemente enfocada en el futuro pasando por alto el momento actual. Nos pueden resultar los conceptos de disfrute y experimentación superficiales, algo inmaduros o incluso una pérdida de tiempo que molesta y ralentiza la consecución de los objetivos marcados. En este camino de la vida vamos dejando atrás, hasta casi desaparecer, a nuestro/a niño/niña interior.

 

Capacidades del niño interior

niño interior capacidad

 

¡GRAN ERROR! El niño no es ningún inútil, el niño tiene muchas capacidades. Al principio de su desarrollo no cabe en él el concepto “no puedo”, aún no ha desarrollado creencias férreas sobre lo que puede o no puede hacer, sobre lo que se le da bien, sobre lo que le gusta o no, sobre lo que le da vergüenza y un largo etcétera. Él o ella simplemente experimentan, se dejan guiar por la curiosidad y el instinto, lloran si algo les molesta y ríen a carcajadas cuando algo les hace gracia. Viven el momento porque para ellos y ellas es lo único que existe, hacen de la sencillez y la naturalidad su bandera, demostrando así una gran sabiduría.

 

Aún no han hecho mella en ellos la crítica externa ni interna ni “lo que se supone deben ser o cómo se supone que deben comportarse”. Esta libertad que se dan a si mismos es lo que les lleva a escalar esa pared, a saltar más alto y más lejos cada vez, a tirar y tirar con toda su fuerza, a comer con los ojos, con las manos y con la boca, a poner todo de si mismos en cada cosa que hacen. A levantarse cada vez que se caen cuando están aprendiendo a andar, a correr más rápido para ver si así llegan a volar. A no dejarse nada y a vivir la vida de verdad y no de puntillas. Y en esto no hay estupidez ni ignorancia, hay poder y crecimiento.

 

¿Qué pasaría si lo practicásemos un poco más?

Imagínate que vas por la calle y en lugar de seguir por la acera decides continuar caminando por un murete que hay justo al lado simplemente por el placer de hacerlo. ¿Te has planteado qué dirán los demás sobre ti?¿Te ha dado vergüenza sólo pensarlo? Incluso, ¿te has frenado y ni siquiera te lo has imaginado?. O ¿qué pasaría si te lanzarás y te apuntarás a aprender esgrima, baloncesto o chino? Si dejamos a un lado las creencias limitantes (“no puedo”, “eso no es para mi”, “ya no tengo edad”, “ya es tarde”) podremos llegar más lejos de lo imaginado en nuestra felicidad y crecimiento personal.

 

La mayoría de las veces que les he pedido a adolescentes o adultos en terapia que dibujen, lo primero que me han respondido es “no sé dibujar”. Una vez que superan esta creencia limitante y dejan salir al niño descubren cosas maravillosas. El tacto de las pinturas, el olor y el darse el permiso para no hacerlo perfecto les libera y lo disfrutan y, sobre todo, les permite entrar en contacto consigo mismos.

 

El día a día está protagonizado por nuestro yo adulto. El yo adulto nos ayuda a mantener la calma en momentos de tensión, a resolver conflictos, a razonar y a hacernos cargo de nuestras obligaciones. Es un aliado maravilloso, al igual que lo es nuestro yo niño. Darle su espacio a nuestro yo niño para que pueda respirar y sentir el mundo como sólo él sabe hacerlo es importantísimo. Si se le empuja hacia abajo y se le mantiene encerrado la ilusión y la felicidad terminará por desaparecer y el cinismo, la ira o la tristeza ocuparán su lugar.

 

Déjale crecer y experimentar ya sea dibujando, bailando, construyendo o cocinando. Permítele saltar si estás exultante de alegría y llorar si lo necesitas. Permítele que te guie y te ayude o es que ¿acaso no recuerdas la rabia que te daba cuando los adultos creían que lo sabían todo?.

 

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