Estar sin estar. Una reivindicación de la presencia

 

¿Alguna vez te has planteado cuántas veces al cabo del día estás deseando estar en otro lugar o hacer algo diferente a lo que está sucediendo en ese momento? ¿O tu cuerpo se encuentra inquieto, o te estás comiendo las uñas, o te cuesta mantener la mirada, o se te entrecorta o paraliza la respiración como si esta temiera explayarse y acoplarse a ese instante? ¿O cuántas veces te gustaría no sentir las emociones o sensaciones que tu cuerpo siente, o sentir aquello que anhelas pero que no sucede en ese momento? Vamos, que es como un “estar sin estar”, como estar de cuerpo presente pero de mente ausente, como huyendo de lo que la vida está ofreciendo en ese preciso instante. Es como huir de estar presente en el único momento que realmente existe: este.

 

¿Por qué huimos?

Acompañar a otros es un camino de conciencia. A veces es difícil ver en uno mismo muchas cosas que, a través del espejo que nos hacen los demás, de repente toman una nueva dimensión en uno. Los años que llevo acompañando a otros me han hecho replantear mi propia experiencia de vida en cada instante, me han permitido tomar perspectiva y plantearme acerca del origen de cómo vivo lo que me sucede, de cómo aprendemos a vivir aquello que nos va aconteciendo. Y al hacerme esta pregunta, siempre recurro a los más pequeños, a los bebés, mis maestros.

Un bebé sencillamente siente, y lo expresa, tal cual. Puede ser alegría, miedo, tristeza, cansancio, desasosiego, hambre, sueño … Seguramente, la labor más difícil que puede hacer un adulto es aprender a acoger todo lo que se mueve en su interior ante lo que el bebé manifiesta, para así poder sostener a este sin negarlo, sin reprimirlo. Por desgracia, creo que esto es una utopía en la mayor parte de casos, pues pocos madres y padres se plantean esta cuestión, al seguir prevaleciendo en casi todas las sociedades la idea de la educación como una serie de pautas y normas que permitan modelar al niño sin mirar más allá de lo que este necesita verdaderamente. Y así ese niño se irá perdiendo a sí mismo, ante la presión de adaptarse a un entorno, y sobre todo, ante la gran necesidad de sentirse querido, aunque sea a costa de sí mismo. Y ya está cerrado el círculo vicioso. Este niño se convertirá en un adulto desconectado de lo que siente, juzgará o anulará al niño que fue, quizá opte por anestesiarse a través del trabajo, del reconocimiento social, de relaciones afectivas poco auténticas, o incluso a través de adicciones, ya sea a sustancias, sexo, redes sociales o aquello que cada época ponga a tiro como catalizador de esa insatisfacción existencial.

 

 

Y cuando este adulto sea m/padre, repetirá lo mismo con sus hijos, incluso enorgulleciéndose a veces de que es lo mejor, que la vida es así, en una cadena que se perpetúa. A no ser que crisis vitales, entre la que podemos incluir la propia m/paternidad, abran una rendija de luz que permita a ese adulto cambiar la mirada y replantear su forma de interpretar y relacionarse con el mundo y, sobre todo, consigo mismo.

Seguramente hemos aprendido a huir, a no estar presentes, porque quizá nunca sentimos de niños la presencia auténtica de ese adulto que nos cuidaba validando lo que sentíamos, sosteniéndonos sin juzgarnos; quizá sentimos un profundo desamparo, que ahora nos hace querer evitar cualquier acercamiento a esas sensaciones muy físicas, quizá de miedo o desconfianza, que disparan pensamientos de desear otro escenario, otro momento, pasado o futuro, quizá una situación ideal que nos impulsa a huir hacia adelante, todo ello para evitar pararnos y sencillamente estar, sin más, en cuerpo y alma.

 

¿Y qué significa sentir?

Mi mente racional (con todos sus pensamientos, creencias, ideas) es muy cuca. Se cree que soy yo. Y por supuesto, caigo en la trampa. Mi mente racional se formó a partir de mis experiencias infantiles y, por tanto, si me he sentido poco visto o escuchado respecto a mis emociones, a lo que sentía, seguramente como adulto me siento bastante incómodo y perdido cuando se me activan emociones habitualmente desagradables (enfado, tristeza, asco o rechazo, vergüenza, etc) y mis pensamientos afloran en tropel generando un malestar y sufrimiento, generalmente con ansiedad, que me incitan a desear no sentir lo que estoy sintiendo. Es un bucle de malestar que busca la huida.

Pero, ¿qué debería hacer en ese momento? Quizá todo consista en algo sumamente difícil cuando no hemos sido sostenidos emocionalmente de niños, que es pararse, sentir físicamente toda esa ola inmensa de energía que se mueve en nuestro cuerpo y que arrastra una cola de pensamientos a cual más agobiante que el otro, y sencillamente observar esas ideas sin identificarse con ellas, como si fueran nubes que pasan ante nosotros mientras seguimos sintiendo el seísmo físico y emocional hasta su descarga final, sin juzgarlo, sin interpretarlo en ese momento. Dejando que llegue la calma tras la tempestad. Y ahí, en esa calma, si nos lo permitimos, seguramente llegue el momento de interpretar con perspectiva lo sucedido, de aprender de lo que se ha movido interiormente, de integrar la experiencia. Todo ello requiere una cierta distancia de la historia que nos contamos y creemos de nosotros mismos, de nuestra propia identidad, como si fuéramos “algo” que siente y observa, más allá de mi propio yo.

 

 

Cuando te vas acostumbrando a vivir así cada momento, surge la magia. Sin buscarlo, comienza a surgir un sentimiento de rendición ante el mundo, de poder prescindir de mi propia visión de la realidad, de no tener que defender ni sostener creencias u opiniones, de abrirse a la ignorancia de la mente racional para conectar con la sabiduría de la intuición. En resumen, puede surgir un profundo sentimiento de confianza en la vida, sin necesidad de controlarla, porque realmente, el control implica la necesidad de predecir el futuro porque no confiamos en el presente.

 

Lo que nos aleja de la presencia

La forma más auténtica de estar presente quizá sea la interacción con otro ser humano. Parece que aprendemos a estar con nosotros mismos porque otro ser humano más experimentado nos ha sostenido en ese proceso de reconocernos y acoger lo que sentimos. Sin embargo, en la sociedad actual en que vivimos, buscamos como locos nuevas interacciones, personas que cumplan roles concretos, pero huimos de una presencia sincera, honesta, auténtica, que implicaría desnudarnos interiormente. El miedo a los juicios, la falta de confianza en el otro por mi carencia de confianza en mi propio ser nos hace quedarnos dentro de un personaje que, tarde o temprano, termina haciéndose rígido cuando una presencia real implica una continua adaptación a lo que sucede desde la honestidad con nuestro sentir más profundo.

Si nos cuesta vernos a nosotros mismos, ¿somos capaces de ver al otro como ser? ¿o solo lo vemos por su rol, es decir, en cierto modo, lo hemos cosificado? Cuando estamos ante un bebé o un niño, ¿lo consideramos como un ser de plena conciencia, somos capaces de sentirlo como un igual, de tú a tú, aunque su forma de comunicarse o de mostrarse sea diferente a la más habitual entre nosotros, adultos? Cuando estamos ante una persona en estado vegetativo, o ante una persona con demencia, ¿somos capaces de verla y sentirla en todo su ser, más allá de esa identidad que tuvo en algún momento de su existencia? No sé si te resuena esa forma de comunicarnos entre adultos cuando estamos ante un bebé o una persona con demencia, en tercera persona sobre ellos, como si “no se enteraran de nada”, cuando realmente no sabemos qué nivel de conciencia tiene ese ser que nos acompaña estando plenamente presente.

 

 

¿Y si esas personas “aparentemente ausentes” se pudieran expresar?

Hace unos días, una persona que asiste desde hace un tiempo a mis sesiones de musicoterapia me compartía el proceso de deterioro cognitivo que estaba viviendo su abuela desde hace años. Y un día, escuchando esta canción, se conmovió profundamente, y tomó conciencia de lo que podría estar sintiendo esta mujer en el último tramo de su vida ante la presencia quizá “ausente” de sus familiares y cuidadores. Me conmovió profundamente, y me empuja a dejar la propia canción como reflexión y oportunidad para tomar una pausa, y sentir nuestra presencia consciente.

 

 

El mapa de tus creencias no es el territorio

Las creencias

«Yo no valgo, soy el mejor, soy un fracasado, no voy a conseguirlo, soy feliz, puedo con ello…» son algunos ejemplos de creencias. Las reglas bajo las cuales vivimos. Al igual que los valores, son pilares en nuestra vida. Las construimos basándonos en nuestra experiencia y actuamos como si fueran ciertas. Las creencias, los valores y nuestros objetivos constituyen las principales características de nuestros mapas mentales. Con ellos creamos nuestra realidad. Actuamos como si esos mapas fueran ciertos, cuando son solo una forma de interpretar la realidad. Generalmente los hemos creado en la infancia, influenciados por nuestros padres y el entorno familiar en el que hemos vivido e interactuado.

 

El mapa no es el territorio

 

 

Pero «el mapa no es el territorio«, una cosa es el mundo y lo que en él pasa, y otra muy distinta es el mapa con el que lo interpretamos. Lo que nos suele pasar es que actuamos como si estos mapas fueran  verdades absolutas y, ciertamente, puede que esos mapas sean buenos para nosotros, nos empoderen y nos proporcionen libertad para actuar; es lo que llamamos  creencias poderosas. O puede que, por el contrario, sean mapas arrugados, con información insuficiente y llenos de peligros que nos limiten nuestras posibilidades; es lo que llamamos creencias limitantesNuestra forma de actuar dependerá en gran medida de si tenemos una creencia poderosa o limitante.

 

Eligiendo nuestras creencias

 

Lo mejor de todo esto es que podemos elegir nuestras creencias y educarnos para ponerlas a nuestro favor. Eso si, suele suceder que detrás de cada creencia hay mucho que personalmente hemos invertido. Nuestro mundo tiene sentido con ellas, nos proporcionan seguridad y certidumbre. O a veces nos recreamos en el desastre por ejemplo en frases como «ya te lo dije». Es una manera de confirmar nuestra creencia.

 

¿Tienes dificultades para conseguir tus deseos u objetivos?

Si tu respuesta a lo anterior es afirmativa, revisa tus creencias. Generalmente en consulta, detrás de la consecución de un objetivo hay alguna creencia limitante que es necesario traer a la luz para avanzar. Suelen estar ocultas y no ser conscientes. En ocasiones, basta con ser capaz de expresarla, ponerle palabras. De esta sencilla manera ya le estamos quitando carga a la creencia, además de ser el primer paso para explorarla.

¿Podrías identificar en este momento alguna creencia que te esté limitando? Algunas de ellas podrían ser:

  • No lo voy a conseguir
  • Tengo que trabajar duro para ganar mucho dinero y poder vivir
  • No puedo vivir sin móvil
  • No soy una persona flexible
  • No puedo confiar en nadie
  • La gente tiene más suerte que yo
  • No merezco lo que tengo
  • Nadie me va a querer
  • No soy feliz

 

Cambia tus creencias y continúa avanzando

 

En coaching trabajamos a partir de creencias potenciadoras. Principios que nos ayudan a conseguir nuestros objetivos.

  • Confío en mi y en los demás
  • Quiero ser feliz
  • Me lo merezco
  • Yo lo valgo
  • Creo en mis capacidades
  • Puedo aprender

Algunas notas para cambiar nuestras creencias

 

  • Una cuestión de lenguaje: convierte la creencia limitante en temporal y en permanente la positiva. Por ejemplo, no es lo mismo decir «no puedo confiar en nadie» que «para esta situación concreta, no puedo confiar en ciertas personas». O convierte la creencia positiva «estoy feliz» en «soy feliz».

 

  • Supón que la creencia limitante que tienes es falsa. ¿Qué diferencia observas?, ¿vale la pena la diferencia?

 

  • Reformula tu mismo/a tus creencias:

Escribe la creencia que te limita (por ejemplo: yo no valgo).

– Piensa en qué tiene de positiva esa creencia para ti, a pesar de que te está limitando. (Si pienso que no valgo no tengo que esforzarme). 

– ¿Qué te gustaría creer en lugar de esa creencia? (Yo valgo).

Reformula tu creencia, para ello escribe la nueva creencia que te gustaría. (Yo valgo y puedo hacerlo). Ten en cuenta lo siguiente:

 

Plantea la frase en positivo. No coloques en la frase: «no, nunca, ninguno/a. 

Utiliza verbos en presente, como si la acción estuviera ocurriendo en este preciso momento. No la formules en tiempo pasado.

 

Medita si esta reformulación perjudica en algo o en alguna de tus relaciones. ¿Te sientes cómodo/a con ella?

-Piensa en alguna situación que hayas vivido o estés viviendo. ¿En qué hubiera cambiado o cambia la situación teniendo esta nueva creencia? ¿Hay diferencia?

– Lleva la creencia limitante a tu baúl de viejas creencias. (Siempre estará disponible ahí si la necesitas).

-Incorpora esta nueva reformulación a tu vida, !actuando! ¿En qué próxima situación te comprometes a utilizar esta nueva creencia?

 

Recuerda que la acción te dará retroalimentación y aprendizaje para continuar avanzando hacia tus objetivos y metas.

Olvídate del fracaso, tan solo aprende. No puedes decir que has fracasado a menos que abandones.

Tienes todos los recursos a tu alcance, !despierta a ellos y ponte en marcha!

Y por encima de todo… lo estás haciendo lo mejor que puedes ahora y aún puedes hacerlo mejor.

 

Bibliografía:

Coaching con PNL. Joseph O’ Coonor. Andrea Lages. editorial Urano. 2005.

 

 

 

Educación emocional (Dejando espacio al sentir)

De un tiempo a esta parte, en muchos momentos de encuentro que tengo con equipos profesionales (docentes, educador@s, familias) uno de los temas que más relevancia tiene en la conversación es el de la gestión emocional. Hace relativamente poco tiempo, se pusieron de moda materiales didácticos como el Emocionario, o “El monstruo de los colores”, con los que muchas maestras y maestros comenzaron a intervenir en este aspecto en el aula, en los ciclos de infantil, primaria y hasta secundaria, con la programación de sesiones que abordaran de manera directa el mundo emocional de los/as menores. De pronto, todos los profesionales éramos conscientes de la importancia de trabajar con el alumnado o con los/as chavales (en el ámbito de la educación no formal) la identificación y la gestión de emociones, como la piedra angular del resto de la intervención educativa.

En un momento de la conversación, cuando dos colegas intercambiaban experiencias de trabajo en este ámbito en sus respectivas clases, se me ocurrió hacerles una pregunta: “¿Y los/as chavales se sienten libres de, por ejemplo, llorar durante la sesión?”. Ambos me miraron con expresión de no entender. Y, finalmente, uno de ellos me dio la respuesta “Cómo van a llorar en el aula. Sería un poco raro verlos llorar delante del resto de compañeros/as”.

Este profesor, sin darse cuenta, había dado con la clave. ¿Se legitima que los/as menores expresen sus emociones? ¿se juzgan las emociones propias y ajenas? ¿Nos sentimos libres de expresar las cosas que sentimos para poder “sacarlas fuera”, mirarlas con atención y volver a integrarlas en nosotros/as?

En uno de los talleres de formación como terapeuta Gestalt, vivenciamos nuestro propio mapa emocional, conectando a través del cuerpo con cada una de las emociones planteadas (ira, tristeza, alegría, amor) con el objetivo de conocer cuáles eran nuestras emociones más negadas. Recuerdo que, lo primero que escuché de la formadora fue que las emociones existen para  ser sentidas. Si, de acuerdo. Puede parecer una obviedad. Pero si prestamos más atención a esta frase, y empezamos a recordar momentos o escenas de nuestras vidas, nos daremos cuenta de que en realidad, eso no ocurre. Las emociones se juzgan, se esconden, se inhiben o se coartan. Todos podemos visualizar una escena en la que nuestro “YO niña/o” se ponía a llorar (no importa no recordar el motivo) y nuestra madre o padre nos instaba a dejar de hacerlo con un “Deja de llorar” que, en aquel momento, podía funcionar.

Empiezo a tirar del hilo, y pienso como en mi familia, durante mi infancia, se “castigaba” mi excesiva sensibilidad. Como a mi primo, mi tío le decía que parecía una niña porque lloraba demasiado. Como la ira estaba totalmente inhibida, incluso entre los adultos, ocasionando más de una úlcera de estómago (porque si, amigos/as: el inhibir las emociones y negarnos a sentirlas, hace que éstas busquen otras vías de expresión alternativas que se reflejan en nuestra salud física y mental). Si sigo tirando del hilo, salto de mi familia a la sociedad. Las niñas son más sensibles; los niños no lloran; cuando te enfadas te pones muy fea; dejad de reíros que molestáis a papá, que está viendo la televisión; No llores por una tontería; Que no te lo diga, no significa que no te quiera.

Bien. ¿Creemos entonces que vivimos en un sistema donde somos libres de expresar nuestras emociones sin miedo? ¿Qué todas las emociones están legitimadas? ¿Qué las mujeres podemos expresar nuestra ira y enfado porque nos han enseñado a cómo hacerlo y los hombres pueden mostrarse sensibles y llorar en público?.

Pienso en los/as adolescentes con los que trabajo y convivo diariamente. Por ejemplo, en la adolescencia temprana (12 a 14 años), su desarrollo emocional se caracteriza por presentar una gran inestabilidad en sus conductas, se muestran más sensibles y necesitan mayor privacidad; comienza la búsqueda de relaciones afectivas fuera de la familia. En resumen, están en plena búsqueda de su sentido de identidad (su “self”). Esta búsqueda les produce en ocasiones gran sufrimiento, confrontar con las normas y los límites, no entender qué están sintiendo en muchos momentos. En este sentido, me planteo si la escuela, la familia, la sociedad en general, nos permite sentir. Nos permite emocionarnos libremente, conocer qué sentimos, dónde lo sentimos y qué postura tomamos frente a las cosas que sentimos.

Las emociones son una fuente de información maravillosa para saber qué es lo que nos pasa en relación con el mundo exterior, ya sean situaciones vitales o personas que están en nuestra vida. Nos permiten y nos facilitan conectarnos con nosotras mismas. Por ejemplo, si siento miedo, es porque algo que me rodea lo percibo como una amenaza. Y el miedo me conectará con mi propia vida, con lo que considero importante o no. Tienen una función orientativa, ya que nos dan información sobre cómo vivimos nuestra relación con algo o con alguien y sobre la calidad de la misma. Las emociones tienen una función adaptativa. Nos permiten aprender a desenvolvernos en la vida adaptándonos al medio que nos rodea. Son un termómetro de lo que queremos y lo que no queremos en nuestra vida; así, podemos aceptar las relaciones que alimentan nuestra salud y evitar las que nos enferman.

Está claro que no podemos elegir la emoción que sentimos en un momento determinado, pero si podemos decidir qué hacer con ella, qué actitud tener ante lo que nos pasa. Tengamos en cuenta que son nuestra forma de percibir el mundo. Es decir: si me manejo en la vida siempre desde el miedo, pensaré que todas las personas son una amenaza que viene a dañarme. Es por esto que, como profesionales y como madres/padres, es imprescindible que acompañemos a los/as niños/as a vivir sus emociones y a expresarlas, para poder gestionarlas de manera natural y adecuada.

Tenemos que tener en cuenta que las emociones siempre se dan en relación con algo o con alguien, con lo que detectar este estímulo que genera una emoción determinada en mi es el primer paso para saber qué me pasa y cómo soy (herramienta de autoconcepto). Este estímulo tiene que resultar significativo para que yo pueda sentir la emoción. Y estos estímulos variarán según la persona, el momento o la situación (hay personas que se enfadan más rápidamente que otras y por motivos muy diversos, que dependerán de su propia historia de vida).

Por ejemplo: Si las personas invasivas me dan miedo, este miedo me permite discriminar un estímulo que me perturba y me informa de que soy una persona introvertida; y a su vez esto me indica que, para ajustarme a lo que voy viviendo, quizá deba aumentar mi tolerancia a este tipo de personas y/o aprender a poner límites a la hora de relacionarme con ellas. Me daré cuenta de que mi cuerpo también siente esa emoción, apareciendo sudoración en mis manos, o sequedad en mi boca cuando me encuentro frente a una persona invasiva.

 

educación emocional

Pasos:

Primer paso: reconocer la emoción en mi cuerpo

Lo emocional se vincula con los cinco sentidos. Un paisaje, por ejemplo, puede conectarme con la paz y la tranquilidad. Un olor, con la nostalgia de la niñez. Una canción, puede conectarme con la alegría más pura. Cada emoción, nos conecta con diferentes acciones. Así, la alegría nos lleva a querer compartir, mientras que el enfado nos invita a apartar lo que nos molesta. La tristeza requiere de soledad para reflexionar, el miedo me paraliza o me empuja a huir…

Todas las emociones, todo lo que siento, tiene un registro corporal que lo acompaña. En mi trabajo diario, cuando estoy en intervención con algún/a adolescente (que ya sabemos que a veces no encuentran palabras para describir lo que sienten), les llevo al cuerpo. ¿Dónde sientes la emoción? ¿Cómo es?. Así es más sencillo que vayamos tomando consciencia de que emoción es la que me embarga. Por ejemplo, la tristeza se siente en los ojos o en la boca del estómago; la alegría se siente en la parte alta del pecho, la ira, suele sentirse en los puños y la mandíbula… situando corporalmente la emoción, es más sencillo poder acompañar en que él/ella pueda sostenerla.

Segundo paso: sostener la emoción

Aquí entramos en la parte más compleja. En lo que está impregnado por el juicio, el contexto cultural en el que me muevo, mi historia familiar, lo que me está permitido o no…

Una vez que reconozco lo que siento, sólo he de dejarlo sentir. Acepto este momento sin pretender cambiarlo o modificarlo. Dejo que la tristeza me invada, que las lágrimas surjan. No la niego ni la alimento. Solo dejo que sea, le doy su espacio, su tiempo… y no la juzgo. No caigo en alimentarla o aumentar su intensidad, ni tampoco la penalizo o la contengo.

De ahí que las frases que hemos ido escuchando a lo largo de nuestra vida (como “deja de llorar si quieres que te haga caso”, “No llores por tonterías”) son las que nos dificultan la capacidad de legitimar y sostener las emociones que siento. Si tu hija/o de 4 años tiene una pataleta y llora, déjale que llore hasta que se calme. Prueba con un “No entiendo lo que me quieres decir porque lloras y hablas a la vez. Cuando dejes de llorar, hablamos”. De esta forma, el mensaje que le estamos dando a este/a niño/a es que es legítimo que sienta rabia, enfado y/o tristeza, que es libre de expresarla, y que cuando considere que ya es suficiente, puede buscarnos y hablar sobre lo que ha sentido. Y lo mismo cuando estamos frente a un/a adolescente: dejemos que sientan lo que sienten. Legitimemos que todos/as nos sentimos en ocasiones enfadados/agresivos, alegres, tristes, con ganas de encerrarnos en casa sin que nadie nos vea. Es lícito. Es real. A todos/as nos pasa. Y, cuando esta emoción disminuya, démosles el espacio para poder expresar qué ha ocurrido. Para que entiendan que las emociones no son “malas” o “buenas”, permitidas o prohibidas. Simplemente están y son. Si no dejamos el espacio suficiente a la emoción, esta se ahoga, no puede hablar. No nos puede hacer llegar el mensaje, su utilidad.

Tercer paso: gestionar la emoción

Una vez que reconozco y acepto la emoción, puedo saber que necesito, puedo decidir conscientemente que hago con ella y como la expreso o la vivo conmigo misma o con el otro.

“Estoy enfadada con mi mejor amiga. Siento mi enfado, como una bola caliente en mi estómago (reconozco mi enfado); lo sostengo (acepto que estoy enfadada, sin hacerlo más grande y sin minimizarlo. No le quito importancia, le doy espacio y que dure el tiempo que necesite.) Y, finalmente, gestiono mi enfado: ¿qué necesito hacer para que este enfado disminuya y desaparezca? En este caso, puede ser hablar con mi amiga, expresar lo que siento.

Por lo tanto, la gestión de la emoción me permite completar el proceso, nutrirme de lo experimentado, completar mi ciclo de necesidad y reequilibrarme a nivel interno y con el entorno que me rodea.

 

Después de escribir y releer este artículo, me ronda una pregunta. ¿Estamos preparados/as para acompañar a los/as niños/as, adolescentes, jóvenes, adultos/as para que redescubran su propio mundo emocional, para que puedan expresar de manera libre sus emociones? Dejemos de prohibir a los/as niños/as llorar, sólo porque nosotros/as no podemos ayudarles a sostener el llanto. Dejemos espacios para que ellos/as se sientan en confianza para expresar todo lo que les ronda por dentro. Acompañémosles en el “poner palabras” a lo que sienten. O al menos, saber cuándo lo sienten, en qué parte de su cuerpo se manifiesta y cómo se posicionan ante esa emoción. Todas ellas son lícitas. Están legitimadas. Son necesarias para que ellos/as aprendan a posicionarse en el mundo, a encontrar momentos y espacios propios en los que, simplemente, sentir.

La conciencia testigo

¿Todo cambia?

En este mundo todo cambia. Si observamos el proceso de apertura y decaimiento de una flor lo podemos ver claramente. Sin embargo, aunque sabemos que, por ejemplo, las montañas también están en un constante proceso de erosión y transformación, ya no resulta tan evidente a simple vista. El caso es que sabemos a ciencia cierta que nada de lo que vemos, tocamos o percibimos a través de los sentidos es eterno y afortunadamente tampoco los pensamientos son eternos, aunque a veces de tan repetitivos lo parezcan. Pero existe algo capaz de observar todos esos cambios y a ese algo lo llamamos Conciencia testigo.

La Conciencia testigo no cambia

En la sabiduría no-dual del vedānta se dice:

“La forma es lo percibido y la mirada es la que la percibe. Esta mirada es ahora lo percibido y la mente es la que la percibe. La mente con sus modificaciones es percibida y la Conciencia-Testigo la que percibe, sin ser percibida a su vez.” (Dṛg- dṛśya- viveka, 1).

Este es un ejercicio que podemos realizar de modo práctico. Vamos allá: observa un objeto y date cuenta de su color y forma. Ahora observa la mirada, la capacidad del ojo para percibir el objeto. ¿Quién se da cuenta de esta percepción? Es la mente la que se da cuenta de como el ojo ve, el oído oye, etc… Observa como incluso con los ojos cerrados aparecen y desaparecen constantemente varios pensamientos. ¿Quién observa la mente que piensa?

Aquí es donde el advaita vedānta nos habla de un observador último al que denomina Conciencia testigo. Es la Conciencia que hace posible toda la secuencia de percepciones y que hace posible la observación, sin embargo ya no hay otra Conciencia que es consciente de Ella sino que Ella misma es autoconsciente. Es a esta Conciencia última a la que se le llama Conciencia Testigo.

La conciencia se da cuenta

Todo en este mundo está en constante cambio pero hay una conciencia que se da cuenta de todos estos cambios sin ser a su vez alterada. Un ojo no ve de por sí, el oído no oye de por sí, la mente no piensa por sí misma, etc. sino que hay Algo, una Energía por la que el ojo ve, el oído oye, la mente piensa… Sin embargo, en el caso de la mente, tendemos a identificarla con el cuerpo y con las habilidades cognitivas, las emociones y en definitiva con la personalidad limitada que denominamos “yo” y a causa de esta identificación, creemos que la mente tienen luz propia. Cuando decimos “yo veo este objeto”, “yo escucho esta música”, “yo pienso esto”… ¿Quién es ese “yo”?

La luz de la Conciencia

A menudo identificamos el “yo” con el cuerpo, la personalidad y las características limitadas que hemos atribuido a una Conciencia que es en realidad infinita y sin la cual no habría posibilidad de percibir, hacer, pensar… Sería algo así como el reflejo del sol en un espejo cuyos rayos rebotaran en una habitación oscura que a causa del reflejo de la luz del espejo se viese iluminada. En esta imagen que nos brinda la propia tradición, la habitación sería el cuerpo, el espejo la mente más sutil y el sol la Conciencia Testigo.

El cuerpo actúa gracias a la mente que ejecuta sus órdenes, pero a la vez esta recibe la luz de la Conciencia última que le da la capacidad de ser consciente. ¿Podría ser que todo lo que suelo considerar como “yo” fuera en realidad una expresión de una misma Conciencia en todos los seres, una Conciencia que parece presentarse bajo múltiples formas y nombres, aunque en realidad es una sola? Como el sol que ilumina múltiples objetos siendo él uno solo. Quita el nombre y la forma de todo cuanto percibes y lo que queda, Aquello es lo Eterno, tu Esencia última, lo que permanece dándose cuenta de todos los cambios.

A la práctica

Preguntarnos con honestidad

Todos estas cuestiones corren el riesgo de convertirse en una abstracción del pensamiento que se divierte creando este tipo de argumentos, a menos que estemos dispuestos a preguntarnos con honestidad, con sinceridad, dispuestos a no recibir respuesta, a soltarnos al Misterio. Revisar en mis acciones ¿qué me permite ver?, ¿qué me permite pensar?, ¿impelido por qué clase de energía respiro?, etc. Cuando me respondo “yo”, ¿a qué me refiero?, ¿a mi nombre, mi cuerpo?, mi personalidad?… y si no aceptamos ninguna de estas respuestas ¿qué es lo que queda? Tal como han planteado algunos sabios, ¿quien era “yo” antes de nacer?, ¿dónde estaba?, ¿quién soy mientras duermo profundamente sin ni siquiera soñar nada?

El pensar sinceramente en todo este tipo de cuestiones nos permite desapegarnos del automatismo de pensar que “yo hago, digo, pienso, percibo y siento” y darnos cuenta de ese algo mayor que el pequeño “yo”, que hace posible que “yo haga, diga, piense, perciba y sienta”.

La autoindagación constituye por sí misma una práctica muy valiosa que nos conduce al reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza.

“Con la desaparición de la identificación con el cuerpo y el conocerse como Conciencia suprema, donde sea que se dirija la mente habrá experiencia de samādhi (vivirse como Pura Conciencia)”. (Dṛg- dṛśya- viveka,verso 30)

El yoga como herramienta

La práctica del yoga nos puede proporcionar un espacio y unas técnicas para ir quitando las capas de cebolla con las que nos identificamos y llegar al núcleo, a la Conciencia testigo que observa todos los procesos mentales, que al ser observados se disuelven.

Observar el cuerpo al hacer una postura y observar aún la mente que se da cuenta de esa postura, la mente con todos sus pensamientos que tal vez huye de la postura a través de otros pensamientos o a través de sus juicios, da lugar a una práctica del yoga dirigida a purificar la mente y nos acerca a la posibilidad de descubrirnos como Conciencia testigo. Los objetos, el cuerpo, la mente,etc. cambian, pero el Testigo no cambia. Lo mismo podemos aplicar a los ejercicios de prāṇāyāma (control de la respiración) o si hacemos alguna práctica meditativa. Y, sobre todo, en nuestra vida diaria, en cualquiera de nuestras acciones cotidianas. La observación es fundamental porque es la observación la que nos devuelve a nuestra verdadera naturaleza, al hecho de Ser, Testigos de todo lo que aparece y desaparece.

Lo escrito

Paso revista a los artículos que escribí para Psiquentelequia. En lo escrito casi no ha variado el tema. Exceptuando “Nietzsche, Dioniso y la vida como obra de arte”, todos los artículos se refieren a mí. A mis rollos, mis miedos, mis deseos, mi amor, mis mierdas. Tantos “mi” que resulta empalagoso.

La primera vez que publiqué en este blog estaba nervioso por hacerlo bien. Me escondí detrás de Nietzsche para quedar guay: leo filosofía, conozco el mundo griego, valoro la cultura clásica, aquí están mis credenciales, bla, bla, bla. Usé esa máscara, monté ese teatro para presentarme. No duró mucho. Lo que yo quería era hablar de mí y no pasarme todo el rato citando a Séneca o a Suetonio. Así fue que comencé a mostrarme, a ponerme en la diana.

El acto de escribir sobre uno mismo parte de un gesto narcisista. Alimenta a una parte del ego que desea ser mirada, admirada. Considerar que la vida personal pueda ser narrada y divulgada tiene también un punto de exhibicionismo. “¡Hey, miren, soy Yo, la pera limonera y mi vida relatada!”.

Paradójicamente, escribir sobre uno mismo es un acto de humildad en la medida en que significa reconocer que uno no tiene más capacidad que esa: escribir sobre lo que a uno resulta más próximo, medianamente conocido. En lo escrito está mi experiencia, lisa y llanamente, porque carezco de una imaginación frondosa. Tampoco es que tenga mucha idea de quién soy cuando escribo o mejor dicho, no sé exactamente qué papel intento hacer: ¿Soy fiel a los hechos tal como aparecen narrados?, ¿Dónde estoy situado cuando escribo sobre mí?, ¿Qué verdades oculto por temor a dañar mi imagen?

En dos artículos de Psiquentelequia hablo de la muerte, el duelo por mi padre y la despedida de un amigo que tuvo cáncer. Otro artículo es una carta dirigida a mi madre, hay unos relatos sobre cómo viví los mundiales de fútbol, textos sobre los amigos, los sueños, la felicidad en las redes sociales, los abrazos, la Gestalt. Un artículo sobre la generación X. Tres artículos sobre qué significa ser hombre -si es que significa algo en concreto-, las nuevas masculinidades y las relaciones con el feminismo.

Es un fenómeno conocido, uno no puede ser neutral ni objetivo. Es algo inevitable proyectar la imagen propia en todo lo que uno escribe. En vez de utilizar todo tipo de trucos para intentar borrarse uno, más vale aceptarlo y exponerlo.

La fórmula Duchamp

Hace ya unos años, atravesando alguna de mis crisis existenciales, comencé a mostrar mis escritos en un blog que se llamó La fórmula Duchamp. El título remitía al artista francés Marcel Duchamp (1887-1968) y a su idea de la creación artística como resultado de la voluntad más allá del talento o la formación con la que se cuente. En la página de inicio me presentaba así:

“Me llamo Gregorio Saravia y padezco la dulce enfermedad literaria.

Como parte de la terapia me han recomendado escribir con la esperanza de que sirva como remedio.

Mientras tanto, digamos que intento aplicar la fórmula Duchamp, aquella que consiste en no cargar la vida con un peso excesivo. Un andar ligero de equipaje.

Lo de las reflexiones, comentarios y críticas, no es para tomárselo demasiado en serio. En todo caso, el oficio de reunir palabras está fuera de las reglas de validación científica y se reproduce de forma anárquica, epidémica.

Por momentos, se vuelve semejante a algunas enfermedades contagiosas.”

En aquella época, me esforzaba por copiar a Sebald en su rol de paseante que relata lo que ve. El problema era que lo que yo veía estaba todo teñido de una melancolía larga y apática. No tenía trabajo, fumaba demasiado y fantaseaba con regresar a la Argentina. Me sentía como un niño al que su padre le ha soltado la mano. Solo en casa, pasaba las mañanas clavado a la silla, masturbándome para anestesiar el dolor. Me había convertido en uno de esos adultos que repasan con nostalgia cada noche las aventuras del bachillerato. Aferrado a la escritura como a un clavo ardiendo, los textos de La fórmula Duchamp hablan de ausencias, de viajes, de lo que pudo haber sido y sobre todo de literatura.

Entre enero y diciembre de 2013, publiqué relatos sobre la escritora Victoria Ocampo, Roberto Arlt, Baudelaire, Bolaño, Perec, el cantante Manu Chao. Hay un texto sobre la temporada que viví en Londres y otro sobre el mes que pasé en París durante el 2007. Hay crónicas de viaje por Manhattan, Buenos Aires, Nueva York y algunos pueblos de Castilla La Mancha. Paseos por el Raval de Barcelona, el antiguo barrio de las Injurias de Madrid y la infancia en la casa grande de mi abuela.

De enero a mayo de 2014, ensayos sobre mi adolescencia, el fanatismo por Bob Marley y una operación de rodilla. También escribí algunas críticas de cine: El Gran Gatsby, Anna Karenina, Amour, Searching for Sugar Man, Blow Upy El Desencanto, una  joyita española de Jaime Chávarri sobre los excéntricos miembros de la familia Panero. Incluso me atreví con una obra de teatro: El Régimen del Pienso de La Zaranda, una compañía teatral andaluza.

Se puede decir que todos estos escritos, incluso los comentarios cinematográficos, son excrecencias de mi yo. Concesiones a ese individuo particular que lleva mi nombre y que aunque está seguro de que la vida es algo transitorio se aferra a la escritura con el afán de detener al tiempo.

 

Los cuadernos Gloria

Preparando cosas para una mudanza, encontré la caja donde los había guardado. Ahí estaban los cuadernos Gloria con espiral y tapas naranjas. Tenía 21 años cuando comencé a escribir esta suerte de diario. No es un diario al uso, más bien se trata de un batiburrillo de lecturas, comentarios, críticas, citas tomadas de los libros leídos, subrayados. Solía fragmentos largos de obras filosóficas y los analizaba. A veces me daba por la poesía o por escribir cosas personales. Llegué a completar 14 cuadernos Gloria, de 150 caras la mitad de ellos y el resto de 88. Son miles de líneas en las que veo mi sombra proyectada, la ventanita al infierno, los destellos de gozo. Siempre me dije que los releería algún día y que quizás fuera posible sacarles algún provecho. Ya no estoy tan seguro, pero ofrecen una descripción bastante fiel del joven que fui y  del tipo en el que me fui convirtiendo.

El primer cuaderno, de 1997, arranca con una cita de Baudelaire: sea cual fuere, embriágate de tu pasión.

Voy recorriendo las páginas, me impresiona mi letra, parecida a la de un niño de primaria, con las “a” y las “o” muy redondas, igual que las pancitas de la “d”. Usaba bolígrafo Bic negro o azul. Aparecen los nombres de Oscar Wilde, Rochefocauld, Cioran, Borges, Spinoza, Saer, Eco, Pessoa. Mis fluctuaciones anímicas, mis períodos de bajón. Lo escrito, incluso sin deseo. La angustia, la alegría, de estar vivo.

En el último cuaderno, de 2009, hay recortes con fotografías de una rana púrpura, una salamandra china, un ornitorrinco, un solenodon paradoxus (el único mamífero capaz de inyectar veneno en sus presas). La entrada a un concierto de Many Fingers y Matt Elliot, 8 euros anticipada. Fotos de la casa de campo de Tarkovski en Myasnoye, Rusia. Una hoja de periódico en la que leo: “un extraño tiburón de aspecto prehistórico y 1,6 metros de largo salió ayer de las profundidades abisales en las que habita para morir poco después de haber sido capturado y grabado en las aguas de la reserva marina de Shizuoka, al sur de Japón”. Lo raro, lo anormal, lo que no encaja. Pensamientos parasitarios, centrífugos, una escritura que se va volviendo cada vez más fragmentaria, menos accesible. Obediente sólo a los movimientos espontáneos del alma.

Hacia el final del último cuaderno encuentro esta cita de Pizarnik: “que este año me sea dado vivir en mí y no fantasear ni ser otras, que me sea dado ponerme buena y no buscar lo imposible sino la magia y extrañeza de este mundo que habito. Que me sean dados los deseos de vivir y conocer el mundo. Que me sea dado interesarme por este mundo.”

Que sea así Alejandra, nueve años después de escribirlo sigo anhelando lo mismo.

 

Mi primer cartel psicoanalítico

Hace muchos años cuando asistí a uno de los congresos de la Asociación Mundial Psicoanálisis, un grupo de jóvenes me ofrecieron participar en un cartel psicoanalítico. Honestamente, no conocía la metodología ni me interesé mucho en averiguarlo. Había pasado los tres años anteriores en España estudiando Psicoanálisis… ¡en la universidad!

Cuando llegué a Madrid, poco sabía de Lacan y de psicoanálisis en general. En la licenciatura lo habíamos tratado de forma general. Pero algo del inconsciente me llamaba y por recomendación de unos profesores me matriculé en el Máster de Psicoterapia Psicoanalítica. En el máster, leíamos a Freud y también a psicoanalistas que “traducían” a Lacan. Los profesores tenían un método poco tradicional sin duda, pero me explicaron algunos conceptos lacanianos y quedé fascinada.

Luego que regresé a Panamá, me encontré un poco sola en mi interés de seguir estudiando Psicoanálisis, así que lo abandoné. Me dediqué a conocer otra área que era nueva para mí, en mi rol de psicóloga en un colegio. Simultáneamente, empecé a escribir en Psiquentelequia, sobre temas diversos relacionado con psicología, Psicoanálisis, infancia y educación. Fue por este medio que una psicoanalista cartelizante me contactó…

 

Mi primer cartel: el Seminario 1 de Lacan

El cartel se define como un dispositivo de trabajo original, propuesto por Lacan tanto a aquellos que practican el psicoanálisis como a cualquiera que desee estudiarlo. Esta invención de Lacan es una forma de hacer lazo social entre los cartelizantes, fuera de los dogmas de las instituciones.

«Para la ejecución del trabajo [de la Escuela] adoptaremos el principio de una elaboración sostenida en un pequeño grupo. Cada uno de ellos –tenemos un nombre para designar a esos grupos– se compondrá de tres personas al menos, de cinco como mucho, cuatro es la medida justa. Más una, encargada de la selección, de la discusión y del destino que hay que reservar al trabajo de cada cual. Después de un cierto tiempo de funcionamiento, a los elementos de un grupo se les propone que permuten en otro.» – Jacques Lacan

En la creación del cartel cada uno elije un tema o «rasgo» del trabajo. Ya sea la lectura de un seminario, elaboración de un concepto, relación del psicoanálisis con otro campo de estudio, entre otros. Al «rasgo» de cada uno se agrega un tema común que se nombra al cartel. En mi primer cartel el enfoque estaría puesto en el Seminario 1 de Lacan: Los Escritos Técnicos de Freud.

El trabajo efectuado no da lugar a un producto colectivo, sino a uno individual. Se trata para cada uno, en función del momento de su relación al psicoanálisis, de constatar lo que pudo haber sido modificado de su relación con el saber analítico… se construye un saber del sujeto.

 

Mi primer producto

La primera clase del seminario inicia con un comentario que me viene como anillo al dedo:

“El seminario exige colaboración y participación a través de la comunicación efectiva. Se espera que no se use como excusa otras ocupaciones importantes.»

Esto lo leí como un mensaje directo a mí misma, ya que estuve en constante resistencia, por no poder tolerar el “no saber” o no comprender. Pues me hacía falta la presencia de otro colocado en ese lugar, que me ayudara a digerir tantos conceptos.

Lacan expone una pregunta que me he hecho muchas veces: ¿Qué hacemos cuando hacemos Psicoanálisis? Qué mejor lugar para empezar este recorrido que en los escritos técnicos de Freud, que de acuerdo con Lacan, constituyen una etapa del pensamiento de Freud anterior a la elaboración de su teoría estructural en 1920. Aún cuando Freud trabajó en la técnica a lo largo de toda su obra.

 

El momento de la resistencia

Algunos elementos importantes que he podido rescatar son los siguientes:

  1. Para Freud el análisis se trata de la aprehensión de un caso particular. Se trata de la subjetividad del sujeto (valga la redundancia), sus deseos, su relación con su medio, con los otros y con la vida misma. En su planteamiento, se reconoce la relación problemática del sujeto consigo mismo, pues hay un conflicto en relación con el síntoma. Aunque hay una invitación al sujeto a preguntarse por la postura que ha podido asumir el sujeto frente a su síntoma.
  2. La situación analítica es una estructura, y sólo gracias a ella son aislables y separables ciertos fenómenos. Entre ellos el de la transferencia y la resistencia.
  3. En la estructura del análisis hay tres elementos, y no dos como se sugiere en la Psicología del Yo. Toda la experiencia analítica debe organizarse en base a ellos: el analista, el analizante y la palabra.
  4. Lo que cuenta en el análisis es la reconstrucción de los acontecimientos formadores para el sujeto, y no lo que recuerda de ellos, o la llamada reviviscencia afectiva. Tal como lo plantea Lacan: “La reintegración por parte del sujeto de su historia. Esta historia no es el pasado, sino el pasado historizado en el presente”.

 

La resistencia y la transferencia

Una pregunta recurrente en las sesiones del cartel y que aún no me queda clara es: ¿cuál es la relación de la resistencia con la transferencia? De acuerdo con mi lectura del seminario, la resistencia es todo lo que se opone a la continuación del análisis, o que busca interrumpirlo. La misma surge cuando algo del discurso del sujeto se acerca al nódulo reprimido.

La fuerza de la resistencia es inversamente proporcional a la distancia que nos separa de este nódulo. Es decir, que la resistencia es mayor cuando el sujeto se aproxima en su discurso a algo reprimido, que sería lo último, pero que rechaza de plano. Entonces, el sujeto se da cuenta de la presencia del analista. Como comenta Lacan: “Cuando el sujeto se interrumpe es cuando está más cerca de su verdad”.

Según plantea Lacan, es aquí donde surge la transferencia:

“Cuando algo en los elementos del complejo (en su contenido) es susceptible de vincularse con la persona del analista, la transferencia se produce, proporciona la idea siguiente y se manifiesta en forma de resistencia, de una detención de la asociación libre por ejemplo.”

 

Referencias bibliográficas:

  • Lacan, Jaques. El Seminario de Jacques Lacan, Libros 1, Los Escritos Técnicos de Freud. Editorial Paidós, Barcelona, 1981.

 

Fuentes:

 

 

Por qué no encuentras las llaves del coche

El sonido de las olas del mar se mezcla con las notas de un ukelele. Estás en una playa paradisiaca a punto de pedir una piña colada y, de repente, caes en la cuenta de que es septiembre (ya no estás de vacaciones) y no has oído el despertador. Das un salto de la cama, te vistes con lo primero que pillas, vas al baño a lavarte rápidamente la cara (los dientes tendrán que esperar) y comienzas a buscar por todos lados las llaves del coche. ¿Os suena? A las llaves del coche parece no interesarles lo más mínimo que lleguemos tarde. Después de abrir la puerta del congelador y registrar las siete mochilas que utilicé la semana pasada, las llaves aparecen en el bolsillo del un pantalón.

«La memoria utiliza constantemente el olvido para recordar. De este artículo, mañana habrás olvidado el 80% y dentro de dos días más del 95%».

De entre todas las hazañas que hace un cerebro para recordar, existe una que me apasiona. Se trata de un mecanismo que le permite seleccionar de una ristra de recuerdos, aquel que contiene la información más reciente. Sin este mecanismo nuestra vida sería un desastre. Imagina que, cuando le pedimos a nuestros sesos que nos diga dónde pusimos las llaves del coche, nos ofrece una batería de recuerdos con todos los lugares donde hemos dejado las llaves del coche a lo largo de toda nuestra vida. ¡Sería imposible encontrarlas!

Para empezar, la memoria utiliza el olvido constantemente para recordar. De este artículo, mañana habrás olvidado el 80% y dentro de dos días más del 95%. Ahora bien, de los recuerdos que conservamos en la memoria… ¿Cómo sabe el cerebro qué recuerdo contiene la posición actual de las llaves? La explicación que más tilín nos hace a los neurocientíficos está relacionada con la neurogénesis; el nacimiento de nuevas neuronas.

«En el hipocampo de una persona adulta nacen setecientas neuronas cada día».

En el hipocampo de una persona adulta nacen setecientas neuronas cada día [1]. ¿Y qué es eso de hipocampo? ¿Un insulto? No. Es una estructura neuronal con forma de caballito de mar que está relacionada con la memoria, y son estas setecientas neuronas alevines que nacen dentro del hipocampo las que nos permiten separar y diferenciar los recuerdos similares entre si [2]. A ellas debemos hacerles la fiesta cada vez que encontramos la llaves a la primera.

 

Tres trucos para recordar dónde has puesto las llaves

Seguramente algún lector o lectora ya conoce mi obsesión por acercar la ciencia a la vida cotidiana de las personas de una forma práctica, así que voy a compartir tres trucos para aumentar la probabilidad de recordarlas malditas llaves del coche.

Lo primero que podemos hacer es prestar atención. ¡Bravo! ¡Un aplauso para David! Vale. Hasta un concursante de Gran Hermano VIP sabe que la atención es el pegamento que nos permite fijar los recuerdos, si, pero… ¿A que no todo el mundo sabe cómo mejorar la atención? Es simple. Si quieres recordar dónde has puesto las llaves, sácalas del pantalón nada más llegas a casa y ponlas en un lugar. Donde más rabia te de. No importa si quieres esconderlas dentro de la cisterna del váter para intentar sabotear este truco. Lo recordarás igualmente. Solo debes imaginar que un meteorito impacta en ese el lugar. Imagina vívidamente y con detalle como hace saltar el mueble y las llaves del coche por los aires. Sobre todo deja volar tu imaginación (intenta evitar no hacer ruidos extraños o tu pareja pedirá una orden de alejamiento). Este ejercicio absurdo es uno de los trucos que utilizan los campeones mundiales de memoria.

 

 

Otra opción, para el que consiga vencer la pereza, es hacer ejercicio. Resulta que el ejercicio promueve el nacimiento de nuevas neuronas en el hipocampo y, de rebote, nos ayuda a diferenciar recuerdos similares entre sí (en neurociencia nos gusta llamar a este proceso patrón de separación) [3].

Para aquellos tecnoadictos a los que no les termine de llenar ninguna de las propuestas anteriores, siempre pueden instalar la app de turno para encontrar las llaves del coche sin mover una sola neurona. Una conocida marca de coches hace años que ha puesto a disposición de sus clientes una aplicación capaz de sincronizar el teléfono móvil con el llavero del automóvil y localizarlo en un abrir y cerrar de ojos.

 

Si instalo un app para encontrar las llaves… ¿Me hará más tonto?

 

Cada vez existen más personas reticentes a usar la tecnología porque piensan que nos idiotiza, y que el mundo terminará repleto por seres humanos con la capacidad intelectual de Victoria Beckam y la elocuencia de Mariano Rajoy. Instalar una aplicación en el teléfono móvil para encontrar las llaves del coche, cambia la manera de adaptarnos a la situación lo cual modifica nuestra estructura neuronal, es cierto, pero no tiene porqué convertirnos en ignorantes. De hecho, hasta puede resultar beneficioso, porque nos permite dedicar el tiempo que invertimos en buscar las llaves a aprender algo nuevo. La clave no es gestionar mejor el tiempo sino habitarlo mejor.

Referencias

[1] Spalding, K. L. et al. (2013) Dynamics of Hippocampal Neurogenesis in Adult Humans. Cell, Volume 153, Issue 6, Pg. 1219-1227.

[2] Aimone, J. B. et al. (2011). Resolving new memories: a critical look at the dentate gyrus, adult neurogenesis, and pattern separation. Neuron, 70(4), 589–596. http://doi.org/10.1016/j.neuron.2011.05.010

[3] So, J. H. en al. (2017). Intense Exercise Promotes Adult Hippocampal Neurogenesis But Not Spatial Discrimination. Frontiers in Cellular Neuroscience, 11, 13. http://doi.org/10.3389/fncel.2017.00013

La existencia a través de las redes.

Parece un video de comedia, pero muestra con un gesto satírico lo que en temas de relaciones humanas hoy está establecido. Las redes sociales llegaron para quedarse eso ya ha quedado claro, pero, ¿nos hemos detenido a pensar como ha transformado nuestros vínculos, y porque no, nuestra visión de nosotros mismos?

No es difícil actualmente seguirle la pista a una persona, ya que gracias a todos los mecanismos digitales una persona va mostrando al mundo “su vida” (o por lo menos lo que intenta que sea), es usual ver todo lo que come, con quien se junta, a donde viaja, en que trabaja, el desarrollo de sus hijos, cuando tiene bajones emocionales, y todo sin necesidad de ser cercano a esa persona, solo es necesario compartir una red social.

El mundo globalizado amplió nuestros mecanismos de comunicación, y también influyó en qué y cómo en el mensaje, en cierta manera se instaló en la psicología general,  hasta en sociedades menos occidentalizadas, una “manera de vivir adaptada a las redes” y que traspasa más allá de un aparato electrónico, se ha instalado en la vida emocional y psicológica del colectivo, y por su puesto vivimos para mostrarlo.

 

La sociedad de la transparencia

 

 

Hace unos meses atrás les conversaba sobre Byung-Chul Han,  profesor, filósofo y ensayista surcoreano – alemán. Experto en estudios culturales y profesor de la Universidad de las Artes de Berlín. Ha centrado sus escritos en la sociedad actual y la inmersión del control neoliberal, tanto a nivel económico como social.

En esta oportunidad les hablaré sobre su libro “La Sociedad de la Transparencia”, obra de escasas 100 paginas, pero densas y con una crítica (para algunos negativista para otros realista) sobre la sobre exposición que realizamos en redes sociales, y como esto ha afectado la psicología colectiva, y por ende la sociedad actual.  Divide su ensayo en 9 capítulos, describiendo una fotografía de lo que él considera es la sociedad actual: la sociedad positiva, la sociedad de la exposición, la sociedad de la evidencia, la sociedad porno, la sociedad de la aceleración, la sociedad íntima, la sociedad de la información, la sociedad de la revelación, y finalmente la sociedad del control.

 

En este artículo tomaré como referencia 3 de ellos donde intentare hacer una pincelada:

 

  1. La Sociedad Positiva

 

 

“La sociedad positiva está en vías de organizar el alma humana totalmente de nuevo. En el curso de su positivación también el amor se aplana para convertirse en un arreglo de sentimientos agradables y de excitaciones sin complejidad ni consecuencias”.

 

En este sentido el autor hace una crítica sobre el manejo excesivo que se produce sobre las emociones positivas, indicando que se muestra el placer inmediato, el éxito, la felicidad, lo alcanzable, es como si las redes sociales actuaran como plataforma adictiva, siendo las drogas de consumo los “me gusta”, “me encanta” “me divierte”, utilizándose como un medio de reforzamiento de la  autoimagen y de la autoestima del dueño de la publicación.   De manera que no hay espacio para lo que se consideran “emociones negativas”, no hay espacio para el lado escuro, para el sufrimiento y para a desdicha, esta versión humana es anulada, no tiene espacio para el reforzamiento social, todo lo que es considerado negativo es centro de críticas y de segregación.

 

“El amor se doméstica y positiviza como fórmula de consumo y confort. Hay que evitar cualquier lesión. El sufrimiento y la pasión son figuras de la negatividad. Ceden, por una parte, al disfrute sin negatividad. Y, por otra parte, entran en su lugar las perturbaciones psíquicas, como el agotamiento, el cansancio y la depresión, que han de atribuirse al exceso de positividad”.

 

El autor refiere el peligro de anular los sentimientos considerados negativos de la vida social, primeramente porque la contención a través de las redes sociales es efímera y poco tangible, y por otro lado este espacio de poca contención al sufrimiento humano puede llegar a producir cuadros complejo que afectan a la psiquis debido a la fragilidad de la autoestima del individuo basado en el reforzamiento logrado a través de las redes sociales.

Considerando que finalmente   la superficialidad misma de la situación es sostenida por este hiper positivismo frágil, esto puede llegar a producir un quiebre emocional en la persona que está impregnada por la sociedad de la transparencia (entregando toda su vida privada a las redes), y cuando esta no responde de la manera esperada pueden producirse cuadros emocionales graves como  depresiones, ansiedades y fobias, y en algunos casos más extremos psicosis.

 

  1. La sociedad de la exposición

El autor en este punto habla sobre la sobre exposición que hacemos de nuestra intimidad en las redes sociales, indica que ya no hay espacios privados, existe la necesidad actual de publicar todo lo que se hace y se siente, como una manera de “pertenecer” a la sociedad y ser aceptada por ésta, lo oculto es sospechoso, la transparencia actúa como mecanismo de búsqueda de confianza, y en este sentido, el video mostrado en la parte inicial de este artículo lo expone magistralmente, indicando la premisa “si no estás expuesto no existes”.

 

“En la sociedad expuesta, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición. La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica. Todo está vuelto hacia fuera, descubierto, despojado, desvestido y expuesto. El exceso de exposición hace de todo una mercancía, que «está entregado, desnudo, sin secreto, a la devoración inmediata”

 

Y esto lo podemos observar fácilmente en los actuales aclamados (y adinerados) “influencers”. Personas que han logrado lucrar de manera sustancial con sus vidas privadas, traspasando los límites esperados, y logrando convertirse en modelos sociales a seguir a través de lo que promueven como “vida ideal publicable” en las redes sociales. Ofreciendo una gama amplia de opciones y de estilos que alcanza para todos los gustos. Podemos tener desde académicos y científicos, artistas y deportistas, y personas comunes que logran diferenciarse por una razón especial. Mercantilizando así la existencia misma.

 

¿Alguna vez has leído los términos y condiciones cuando abres una cuenta en una red social? Te has dado cuenta que hay condiciones que explican que todo lo que subes voluntariamente a las redes pasan a pertenecer a la plataforma, aunque se borre posteriormente a la publicación, el archivo ya se encontraría en una nube de manera permanente, ya no te pertenece, sino que le pertenece a la red.

 

“El mundo se ha convertido en un mercado en el que se exponen, venden y consumen intimidades”

 

  1. La sociedad del control.

El autor introduce un término que a mi criterio personal es uno de los más delicados, el control digital. Toma el concepto de panóptico, que fue un tipo de arquitectura carcelaria creado por Jeremy Bentham, constaba de una estructura de celdas ubicadas alrededor de una torre de vigilancia permanente en el centro del edificio,  lo revolucionario de su diseño se basaba en permitir al guardia de seguridad quien se encontraba 24 horas en la torre central de vigilancia, observar a todos los prisioneros, sin que estos puedan saber si son observados o no. Lo cual era la base del control psicológico, el prisionero nunca controlaba cuando estaba siendo observado.

De la misma manera funcionaría el panóptico digital descrito por Han, los usuarios de las redes entregan voluntariamente información personal e íntima que permite a la red tener el control de la información para luego ser utilizada como elemento de consumo y vigilancia digital.

 

“La peculiaridad del panóptico digital está sobre todo en que sus moradores mismos colaboran de manera activa en su construcción y en su conservación, en cuanto se exhiben ellos mismos y se desnudan”.

 

Lo importante del hecho que refuerza el autor, es que la información que maneja la red de nosotros mismos, es información que nosotros voluntariamente hemos entregado, a través de la idea de libertad que ofrece navegar por la red, el precio que hay que pagar es la información personal que proporcionamos.

 

“La sociedad del control se consuma allí donde su sujeto se desnuda no por coacción externa, sino por la necesidad engendrada en sí mismo, es decir, allí donde el miedo de tener que renunciar a su esfera privada e íntima cede a la necesidad de exhibirse sin vergüenza.

 

Finalmente el autor termina con esta reflexión:

 

“Hoy, el globo entero se desarrolla en pos de formar un gran panóptico. No hay ningún afuera del panóptico. Este se hace total. Ningún muro separa el adentro y el afuera. Google y las redes sociales, que se presentan como espacios de la libertad, adoptan formas panópticas. Hoy, contra lo que se supone normalmente, la vigilancia no se realiza como ataque a la libertad. Más bien, cada uno se entrega voluntariamente a la mirada panóptica. A sabiendas, contribuimos al panóptico digital, en la medida en que nos desnudamos y exponemos. El morador del panóptico digital es víctima y actor a la vez. Ahí está la dialéctica de la libertad, que se hace patente como control”.

 

Conclusiones

 

Hay varias maneras de ver lo que este autor nos ofrece. Personalmente lo veo como una invitación a ser cuidadosos y a proteger nuestra intimidad. A intentar no mercantilizar nuestra vida privada como un producto. Escuchar bien lo que dice este autor, somos nosotros los que VOLUNTARIAMENTE entregamos información y ofrecemos parte de nuestra intimidad a internet, de manera que nos ofrece igualmente un halo de control, si, aunque no lo parezca, seguimos teniendo el control de lo que decidimos publicar y exhibir.

 

Nuevamente hago una invitación a leer sus libros, de manera que cada uno pueda sacar sus propias conclusiones, tomando lo que le sea útil y pudiendo desarrollo pensamiento crítico de la actualidad que nos rodea.

 

 

“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo.”(Nelson Mandela).

 

 

Bibliografía:

La sociedad de la transparencia. Byung-Chul Han (Autor), Raúl Gabás (Traducido por). 2013

 

 

Todo para el niño, pero sin el niño

 

En los últimos meses, diversos temas relacionados con la m/paternidad y la infancia afloran en los medios de comunicación y en la opinión pública, y salpican de forma directa a la agenda política. Al profundizar en los distintos enfoques que se van manifestando, en raras ocasiones se tiene en cuenta al bebé o al niño como parte fundamental del debate. Con este artículo, pretendo poner sobre la mesa diferentes aspectos que nos ayuden a conectar con la importancia de considerar al niño como un ser con plena conciencia al que es preciso ver y escuchar.

Quiero emplear la primera persona del plural para hablar del niño, pues todos hemos pasado por esa etapa en nuestra vida, y abogo por integrarla en nuestra trayectoria vital para así poder comprenderla desde el corazón, no desde la postura más fría y distante de la “tercera persona”, que nos separa de la vivencia y de los seres que en este momento transitan dicha etapa.

 

La sabiduría del bebé

A medida que vamos conociendo más acerca del desarrollo fetal y de los primeros años de vida, vamos tomando conciencia de la profunda sabiduría que tenemos ya en nuestra vida intrauterina. Ya reconocemos la voz de nuestra madre y de nuestro padre, los sonidos típicos de nuestro idioma y nuestra cultura, ya existe una memoria no verbal que se va ampliando en los primeros meses de vida. Y ya contamos al nacer con un equipamiento de reflejos que nos ayudan a sobrevivir, siempre que estemos en el hábitat adecuado. Y resulta que este siempre es, independientemente del lugar del planeta donde hayamos nacido, el cuerpo de nuestra madre.

El contacto piel con piel permite las condiciones necesarias para regular nuestra temperatura corporal, reducir nuestro estrés (y así optimizar nuestro rendimiento metabólico), y lo que es más importante, acceder al alimento que necesitamos del ser que ya reconocemos como seguro, ya que tiene la voz que nos resulta familiar, y al probar su calostro (la secreción previa a la leche humana madura) nos sabe parecido al líquido amniótico que hemos estado saboreando durante la gestación. Además, el olor nos guía hacia el pecho de nuestra madre para así reptar hasta llegar al pezón y comenzar a succionar en los minutos siguientes a haber nacido. Y cuando ese momento se acompaña de las miradas mutuas que la madre y el pequeño recién nacido se envían y se produce una inmensa sensación de placer en ambos, un auténtico “flechazo”, ya se han puesto los cimientos para un apego seguro, que en cada interacción posterior se va asentando gracias al cableado cerebral que se va organizando y estabilizando a partir de estas intensas vivencias.

 

 

Pero no siempre, y aún hoy en día, se ha respetado este proceso, y no se ha considerado al bebé como un ser con conciencia. Ni a la propia madre como protagonista de su propio parto. Aunque no profundicemos en ello, la violencia obstétrica tiene una gran repercusión en la vida de la mujer, y en nuestra llegada a este mundo.

 

 

Cuando llegamos a este mundo, tenemos plena conciencia de lo que nos rodea, y de los que sentimos interiormente. Vemos, olemos, oímos, saboreamos y sentimos de forma intensa, multidimensional, y memorizamos, aunque de forma distinta a cuando somos más mayores, pues se va conformando una memoria no verbal, basada más en sensaciones corporales. Ya desde que nacemos, somos capaces de imitar a nuestros padres. Reconocemos instintivamente las expresiones faciales, y ese juego de imitación que retroalimenta el afecto que recibimos de nuestros adultos, nos ayuda a conectar con las sensaciones internas que produce cada emoción reflejada en nuestro rostro, y comenzamos a desarrollar nuestra conciencia emocional. Es decir, nuestras neuronas espejo están bien activas haciéndonos de puente para crear nuestro mundo de vivencias interiores a partir de lo que nos refleja el exterior.

 

 

En un artículo de hace algunos meses sobre el apego, ya hablaba del experimento de “cara neutra”, que se realizaba con bebés a partir de los 9 meses en adelante, y se veía el efecto de la cara de la madre sobre las reacciones del pequeño. La cuestión es que las investigaciones exhaustivas en esta línea han puesto de manifiesto que tenemos un repertorio de respuestas ante la interacción con el adulto que ya están conformadas a los 3-4 meses, y que a esta edad, grabando poco más de dos minutos de una interacción libre entre madre y bebé, es posible predecir el tipo de apego que tendrá este al año de vida, y con mucha probabilidad, cómo evolucionará en la etapa adulta. Es decir, cada vez existen más pruebas del mecanismo por el que lo que vivimos en los primeros meses y años de vida nos marca de por vida en nuestro desarrollo socioemocional y, por extensión, en nuestra salud mental.

Ante lo expuesto, queda claro que la biología nos ha llevado a que nuestro desarrollo más temprano dependa del contacto estrecho y afectivo con un adulto, que debería ser la madre biológica en el mejor de los casos. Y ese entramado emocional que nos permite ir comprendiendo el mundo no llega a estar lo suficientemente formado para lograr una profunda sensación de seguridad para ir tolerando la separación cada vez mayor de la madre hasta cerca de los tres años de edad. Una cuestión es que el bebé haya llegado en un entorno de riesgo donde no es posible que acceda a su hábitat ideal, o que las necesidades personales o presión laboral/ social ejercida sobre los padres condicionen una separación más temprana, y otra cosa es justificar que esta separación puede tener beneficios, cuando realmente se está rompiendo la secuencia natural de desarrollo que la naturaleza ha previsto para nosotros como mamíferos.

 

 

¿Vemos a nuestros niños?

Ante lo expuesto, surgen situaciones en nuestra sociedad en las que todos tendemos a opinar, ya sea tirando de nuestra ideología, o reflejando las diferentes partes “adultas” en cuestión, pero parece que nadie (o al menos, muy poca gente, incluidos solo algunos profesionales) empatiza con los bebés y con los niños, con sus necesidades reales, con ese sistema de apego que nos condiciona de por vida.

Comenzando con un ejemplo banal de nuestra falta de conciencia, me viene a la memoria la imagen de un marco para fotos infantiles, que tenía a modo decorativo las figuras de un biberón, un chupete y un cochecito. Quizá puedas imaginarlo y te surja una sonrisa, una sensación simpática: “Fíjate, qué mono este marco”. Pero el mensaje subliminal creo que es potente: un reflejo de todo lo que nos desconecta de nuestra madre. Un biberón que nos hace prescindir de la lactancia natural, base de nuestra nutrición. Un chupete para abordar esa succión no nutritiva que forma parte de la expresión de nuestra inquietud emocional, y que de forma natural, podría ser abordada también con el contacto piel con piel y la succión del pecho con fines desestresantes, de contención y regulación emocional. Y ese carrito que nos aleja de portear y llevar al bebé junto a nuestro cuerpo, y es reflejo físico de esa separación que ya se produce en las microdistancias. Con todo ello no estoy hablando de proscribir estos recursos de la “evolución tecnológica” humana, sino de tomar conciencia de que su uso frecuente y continuado nos aleja del desarrollo que la biología permitió tras millones de años de evolución real.

 

La gestación subrogada

Un tema polémico que solo abordaré de forma breve es el de la gestación subrogada. En los últimos años se habla cada vez más de ello, pues distintos países tienen regulada legalmente esta posibilidad. Más allá de lo que puede suponer respecto a los derechos de la mujer, y de la visión mercantilista de la m/paternidad, ¿alguien ha incluido las necesidades del bebé, del niño, en el debate social que se está generando? Una cosa es la adopción o la acogida como modalidad sustitutiva cuando un niño ha nacido en un entorno de exclusión o ante circunstancias excepcionales que impiden que su crianza pueda ser llevada a cabo por su madre biológica, pero otra muy distinta es traer a este mundo a un ser con plena conciencia, y se le separe intencionadamente de su madre porque forma parte de una transacción comercial, rompiendo toda la secuencia biológica de vinculación que ya comienza dentro del útero. Actuamos alegremente sin tener en cuenta los posibles daños en el desarrollo cerebral que puedan producirse en ese bebé, el estrés que puede suponer este proceso y que presuntamente, al ser “tan pequeño”, “no se va a enterar”.

Para complicar más aún el debate, una proporción significativa de las parejas que acceden a esta modalidad son homosexuales. Voy siendo testigo de que criticar lo que supone la gestación subrogada partiendo de los posibles perjuicios para el bebé se toma como manifestación de homofobia en muchas ocasiones. Y de nuevo me planteo si somos capaces de mirar más allá de nuestras necesidades como adultos, y de no victimizarnos para intentar ver las repercusiones sobre la parte más débil de toda esta historia.

 

Nuestra disponibilidad emocional

Un tercer ejemplo, dentro de los infinitos que podrían ponerse, hace referencia a nuestra falta de disponibilidad emocional como adultos. Hemos visto cómo necesitamos un entorno de interacción para poder desarrollarnos de una forma sana. Sin embargo, los adultos tenemos cada vez más necesidad de hacer cosas, de tener nuevas experiencias, nuevos retos profesionales, de seguir “creciendo”, de contar con nuestro espacio de diversión, o lo que sea, con tal de seguir huyendo, en gran parte de las ocasiones, de estar presentes con todo nuestro ser en cada momento, es decir, de pararnos a sentir en el aquí y ahora. Y eso es lo que nos pide un bebé. Que le miremos con amor, que le acompañemos en su camino, y nos lo pone fácil, pues ya nos mira con amor a nosotros, nos pide lo que necesita, cuenta con nosotros y nos invita a jugar, a divertirnos “de otra forma”, nos facilita reencontrarnos con aquel niño que fuimos. Pero tendemos a huir.

 

 

Y desde que podemos recurrir a una pantalla de un “cacharro” que nos conecta con todo lo que no está presente en este momento ante nosotros, aún es más fácil no estar disponibles emocionalmente, ni para nosotros mismos (nos desconectamos de lo que sentimos) y mucho menos para nuestros bebés y niños. Es útil observar esta situación desde fuera: escenas que podemos ver por la calle, en el metro o en algún lugar público con m/padres pendientes de la pantalla de su móvil, y su niño esperando una mirada que le haga visible. Te invito a que sencillamente observes la expresión facial de m/padre, y la del pequeño, y te la dejes sentir físicamente, más allá del juicio que te aflore. En mi caso, surge un gran desasosiego.

 

La tolerancia social al llanto infantil

Como cuarto ejemplo de nuestra ceguera ante los bebés y niños está nuestra amplia tolerancia social al sufrimiento infantil, recogido a través del llanto. Esto es especialmente importante en los bebés. El llanto es un medio importante de comunicación cuando aún no hay lenguaje verbal y es preciso comunicar necesidades. Los adultos tendemos a asociarlo a caprichos en muchas ocasiones, o hacemos atribuciones de presuntas manipulaciones que hacen los pequeños para así facilitar que los malcriemos. Oímos llorar, y muchas veces respondemos con indiferencia. Nuestro hartazgo nos lleva a invisibilizar e ignorar a la parte más débil. O a respuestas agresivas en el peor de los casos. Luego, exigimos que los pequeños aprendan a comportarse “bien”, cuando no hemos sido el mejor ejemplo de regulación emocional. Y recordemos, nuestras neuronas espejo condicionan nuestro aprendizaje por imitación en el medio social. No son las órdenes y consejos verbales los que nos ayudan a aprender. Es lo que vemos. Pero esas órdenes y juicios sí irán conformando nuestro marco de creencias que nos regirá a nosotros mismos ya de adultos, y habitualmente, no suelen ser muy amables con lo que sentimos. Y ahí llega la historia de la “autoestima”, a la que tanto apelamos y no sabemos por qué está tan baja.

 

La educación institucionalizada de los 0-3 años

Un tema de actualidad es el debate que se está proponiendo acerca de los permisos de maternidad y paternidad, y la universalización de la educación infantil de los 0-3 años. Se está generando opinión acerca de los beneficios de esta para el desarrollo del niño, y sobre el impulso a la igualdad entre géneros, al abordar la cuestión de los permisos. Pero, realmente, ¿qué necesita un niño en esta etapa?, ¿otros niños para ser modelos de regulación emocional?, ¿adultos desbordados por intentar contener a más de 15 o 20 niños durante la mayor parte del día (y destaco la inmensa labor de las educadoras infantiles, apenas reconocida y valorada)?, ¿vivir la institucionalización y la comparación continua de sus capacidades con respecto a las de los demás niños?, ¿realmente es esta la solución para un futuro mejor para nuestros pequeños?

Todo ello sin tener en cuenta nuestra necesidad biológica fundamental: nuestra vinculación inicial (no solo de 16 semanas) con la madre, el protagonismo creciente del padre a medida que avanza la crianza, y la progresiva socialización entre iguales, que será más importante en etapas posteriores de la vida, no en este periodo. Si no creamos medidas que realmente potencien la visión social de la maternidad, el papel fundamental de la mujer en la crianza (como imperativo biológico), si no se protege el apego como regulador de nuestro desarrollo socioemocional, creo que estaremos haciendo un flaco favor a las generaciones que nos sucedan. Otro tema es que haya madres, padres, familias, que opten por otras alternativas, y que la legislación las facilite, pero enviar un mensaje que potencie la separación creo que es muestra de ignorancia e irresponsabilidad, partiendo de lo que ya sabemos hoy día.

 

Más allá de la “adultocracia ilustrada”

Cada vez nos bombardean más con publicaciones sobre cómo debe ser la crianza, con presuntos expertos que nos dan consejos que van variando según las corrientes psicopedagógicas de moda en cada momento. Este mismo artículo que estoy redactando podría ser un ejemplo más de ello. Ya hay evidencias científicas que respaldan la importancia del apego en nuestro desarrollo como seres humanos, y también de las consecuencias de la separación a edad temprana. En cierto modo, todo este debate me recuerda a esa época histórica que se denominó “Despotismo ilustrado”, en el siglo XVIII, cuyo lema era “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. De ahí el título por el que opté para este artículo. Los adultos vemos el mundo con nuestros ojos, y nos sentimos poseedores de la verdad. Por ello, no pretendo tanto dar pautas, sino sencillamente generar un debate interno acerca de qué nos mueve cuando nos situamos ante un niño.

Pocas veces le miramos y empatizamos realmente con lo que puede sentir. En mi propio camino, me fui dando cuenta de que era mi propio sufrimiento de niño el que me alejaba de empatizar con los niños que me encontraba como adulto, pues suponía abrir nuevas heridas. Pocas veces somos compasivos con nuestro propio niño, aquel que fuimos, solemos juzgarlo de forma dura, y repetir el patrón que recibimos de nuestros padres. Y para reforzarnos, solemos a veces alardear de lo bien que lo hicieron, porque nos hemos hecho adultos de provecho, o al menos “no estamos tan mal”.

Es muy difícil tomar conciencia cuando no nos abrimos a sentir. Y al hablar de sentir, me refiero a la mayor plenitud, pero también el mayor dolor. Mirar y conectar de tú a tú con un niño implica eso: una experiencia de escucha del otro, que nos conecta con nuestra esencia más primitiva y profunda. Puede ser doloroso, pero también sanador. Puede haber dolor por recordar aspectos no tan idílicos de nuestra infancia, o por darnos cuenta de la gran desconexión a la que hemos llegado de adultos, a esa vida sin magia e ilusión que aprendimos a vivir cuando “maduramos”, y que seguimos transmitiendo cual nodos de un sistema social que se perpetúa, desnaturalizando a los niños. Me encanta este corto que ilustra muy bien ese proceso.

 

 

En mi caso, cada día resueno más con la sabiduría de los niños, y especialmente, de los bebés. Los vivo como maestros, como fuente de inocencia y de amor, de conexión y de honestidad. Mi camino espiritual implica esas experiencias de interacción con bebés, que me ayudan a ver que la esencia humana es amor, es ver al otro para vernos a nosotros, es alegría, vitalidad, y que más allá de todo lo que hayamos vivido y de nuestras creencias sobre lo que significa vivir, siempre es posible volver al origen y conectar con ese bebé que aún habita en nuestro corazón.

 

Referencias bibliográficas

  • Beebe, B; Cohen, P; Lachmann, F. The mother-infant interaction picture book. W.W. Northon Company, 2016.
  • Bowlby, J. Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Morata, 2014.
  • Cortés, C. Mírame, siénteme. Desclée de Brouwer, 2017.
  • Schore, A.N. (2017). All our sons: the developmental neurobiology and neuroendocrinology of boys at risk. Infant Mental Health Journal, 38, 1, 15-52.
  • Stern, D. Diario de un bebé. Paidós, 1999.

Encuentros con el miedo – Capítulo segundo – Hermana duda

 

Hermana duda

 

He querido comenzar este post, con «Hermana Duda», una canción de Jorge Drexler, que a mi modo de ver, viene a cantarnos sobre la duda, la indecisión y «el reguero de cabos sueltos» , que en ocasiones nos solemos hacer cuando nuestro amigo el miedo se acomoda en nuestra casa y nos apaga la luz.

Y es que, este amigo, nos mantiene siempre en alerta. Si, ahí está nuestro miedo. Recordándonos que debemos ser cautelosos, mantener nuestras relaciones y el entorno exterior controlado, estar vigilantes ante cualquier posible peligro, a no perder lo que tenemos, lo que somos o lo que creemos ser.

¿Y qué hacemos nosotros? Utilizamos hábilmente nuestra mente imaginando acciones futuras. Pensamos qué puede pasar, dónde, con quién. Tenemos conversaciones con personas, nos enfrentamos a gigantes, monstruos, conjuramos, recreamos toda una estrategia alrededor de escenarios ficticios… todo para prever lo que pueda pasar, el «y si…».  Todo para mantener nuestro estado de control y de prevención ante lo que pueda pasar. A veces, después de un rato dándole vueltas a un tema que traemos al pensamiento, a mí me pasa que termino con la cabeza cargada, como metralla, siento dolor, cansancio, incluso  he experimentado cómo mi visión es menos nítida, nublada.

 

La Angustia

 

Parece que en lugar de tener una mente ayudadora, la volviéramos en nuestra contra. Hay otro efecto que suele sumarse a este nubarrón de la cabeza: el dolor de estómago. Crees que algo te ha sentado mal en el estómago, pero no. Realmente lo que tu tripa te está diciendo es que la tienes llena de angustia. Una angustia que alimentamos con nuestros pensamientos y que siempre está buscando, un enemigo, un culpable y en muchos casos te culpa a ti mismo.

Este estado, que muchos de nosotros estamos acostumbrados a soportar, nos proporciona un caldo de cultivo ideal para paralizarnos porque cada acción que emprendamos, puede ser un error irreparable, por tanto, mejor no actuar, no decidir, de esta manera no tendremos que sentir la culpa o el propio castigo.

Así  podemos estar horas y horas, pasando de la cabeza al estómago, del control mental y las racionalizaciones a la angustia, argumentando y contra argumentando, buscando nuevas causas y desenlaces a nuestras fantasías futuras, para estar preparado ante un futuro que imaginamos hostil, incierto, arduo, fantasmagórico, lleno de sombras y voces.

 

 

Los «y si…» de la indecisión

 

En el decálogo del miedo hay muchos «y si…»: y si no me van a creer, y si me rechazan, y si la relación se termina, y si mi jefe me despide… son los «y si…» de la indecisión. Los que nos paralizan y nos dejan temblando delante del autobús de nuestra vida que está pasando, en este preciso instante y que no somos capaces de tomar, por si hay otro que nos deja más cerca de casa, o por si vendrá otro detrás más moderno y con mejores asientos. (también hay muchos «por si acaso…» en el decálogo del miedo). Es toda una trama laberíntica que nos inventamos y en ocasiones, nos cuesta discernir entre los hechos reales y los imaginarios.

 

¿Para qué necesito la indecisión?

 

Pero ¿para qué necesito ser indeciso?. La vida está llena de decisiones. Estar en la indecisión, también es una decisión y tiene su beneficios. Si estás indeciso con algún tema y llevas rumiandolo tiempo, quizás pueda ayudarte a aclararte un poco más preguntarte:

  • ¿Qué beneficios obtengo al no tomar una decisión?
  • ¿Qué estoy dispuesto a perder y qué no estoy dispuesto a perder con esta decisión?
  • ¿Qué es lo peor que te puede ocurrir si…?

Probablemente, encontremos que nos sentimos más cómodos en la incomodidad de no decidir que en tomar las riendas y la responsabilidad de nuestra vida. Mostrar nuestra verdad, lo que realmente somos y queremos ser. Ser honestos con nosotros mismos y cambiar el flujo energético que nos provoca la angustia y nos bloquea para tomar decisiones.

 

Ir contra lo que nos da miedo

 

En ocasiones, vamos contra nuestro propio miedo. Al contrario que en un estado fóbico donde lo que intentamos es apartarnos de la imagen, persona, idea o pensamiento que tenemos delante, la contrafobia nos lleva justo hacia aquello que nos da fobia, hacia aquello que nos da miedo. Podemos estar sintiendo mucho miedo, pero por fuera tener un aspecto feroz e intimidar al otro. Son los momentos de nuestra vida, donde, aún con las piernas temblando, nos colocamos la armadura y nos enfrentamos al mundo.

Reconozco que en mi vida, este tipo de miedo está muy presente y a veces me ha ayudado a avanzar. Yo lo vivo como si estuviera delante de un precipicio, a gran altura y me lanzo con los ojos bien cerrados y gritando. Una vez hecho, toda la angustia y la energía acumulada, la libero y siento relajación.

A veces, y más aún en personas donde la contrafobia está muy integrada en su carácter, el efecto puede ser doloroso, tanto para si mismo como para los demás. La acción va acompañada de agresividad y no siempre se consigue canalizar.

 

Coraje, espontaneidad, confianza para actuar

 

 

Hay que tener coraje, fuerza interior y sobre todo, confianza, para sentir el miedo y aún así, actuar como sea. Cuando digo, como sea, me refiero a actuar con lo que venga, validando la espontaneidad, la decisión, equivocarse, volver a equivocarse, no acusarse a uno mismo por la decisión tomada o la acción realizada y a aceptar las consecuencias. Más aún, tener la confianza de que el error se puede recomponer y se pueden pedir disculpas. La casa se puede restaurar y aprender de ello. Esto es vivir y estar despierto.

Esto es lo que mi maestra, Estrella Martín, sabe mostrarme cada día que voy a verla y yo intento refugiarme en mis racionalizaciones para no conectar con mi propio deseo. Porque finalmente, la indecisión, nos prohíbe el deseo.

 

«Tanto se medita, que termina escapando. Para agarrar el deseo, soltar el escudo y la lanza, cuando lo que toca es el contacto con lo que sientes, puede ser un camino a explorar».

 

Referencias bibliográficas:

  • 27 personajes en busca del ser. Claudio Naranjo. Ediciones La Llave.
  • Eneagrama para terapeutas. Carmela Ruiz de la Rosa. Desclée de Brouwer.

 

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