El aburrimiento que mato consumiendo

El aburrimiento es un estado emocional comúnmente definido como un fastidio e incluso como un malestar del que hay que salir cuanto antes. Para ello, se dedica mucho tiempo en encontrar diferentes quehaceres y así, ”matar el aburrimiento”. Lo cierto es, que el aburrimiento supone una faceta consustancial en las vidas del ser humano contemporáneo, por lo que escapar de esta experiencia supone un tedioso esfuerzo.

Ante la sensación de aburrimiento, la tendencia de respuesta es crear soluciones que alejen de éste a la persona, bien creando un muro que separe y proteja a la persona del mismo (aunque el aburrimiento espere tras sus puertas) o bien buscando la insensibilización silenciando esta aparentemente “insoportable” experiencia.

¿La razón por la que actuamos así? Seguramente la podemos encontrar en la más tierna infancia, en cómo hemos sido educados y condicionados por la sociedad. Si echamos la vista atrás, podremos recordar cómo el prestar atención a nuestro interior fue tachado por algunos como un acto egoísta, infantil e incluso narcisista al interpretar en nuestra contemplación un desinterés hacia el mundo y las personas que nos rodean.

En otras ocasiones, quizás nuestra contemplación fue síntoma de vagancia dada nuestra aparente pasividad y falta de actividad, de manera que rápidamente nos interrumpían para “hacer”. De este modo, hemos sufrido desde la temprana infancia un condicionamiento hacia el hacer, en el que la escucha de nuestro cuerpo ha sido castigada a través de la crítica o simplemente redirigida hacia el hacer.

Esta manera de actuar frente al aburrimiento, puede ser asociada a la de un autómata que rápido busca “arreglar” a la persona. Normalmente, la respuesta es el consumo: ir de compras, de bares, buscar refugio en el trabajo, jugar unas partidas por Internet con amigos (eso sí, cada uno en su casa) o inundar la mente en las redes para “matar el tiempo”.

Vivir como un autómata, desde la inconsciencia, supone desconectar del propio cuerpo que es un canal de información que envía señales sobre nuestras vivencias presentes (como tensión, sensación de nudos en el estómago, o simplemente desasosiego). Si esta tendencia se convierte en un hábito, se puede vivir en un estado de inconsciencia crónica, de manera que al desconectar de la propia experiencia, uno se impide ser. Y por ello, nunca nos saciamos, el consumo no alimenta realmente las necesidades propias, sino lo que percibimos como urgente, como un fastidio.

aburrimiento

Si queremos conseguir ser y cuidar nuestro cuerpo, antes debemos habitarlo y permanecer en él pese a las vivencias que nos causen rechazo; esto nos permite vivir en la consciencia. Así, cuando uno acepta la vivencia del aburrimiento e incluso le da cabida en su cuerpo, sin intentar rellenar el presente con meras distracciones, se encuentra realizando el ejercicio de dejar de hacer para ser.

 

Cuando el aburrimiento lleva a la sensación de vacío

 

En una cultura donde el aburrimiento y la sensación de vacío resultan enfermizos, puede que aquello que resulta adictivo, aquello que nos moviliza para consumirlo, o aquello que dentro del aislamiento da una ilusión de pertenencia, sea la herramienta para sobrevivir.

Tanto el continuo aburrimiento como la sensación de vacío, llevan inevitablemente a la cuestión del vacío existencial y el significado de la vida. La vida cobra un significado cuando en ella encontramos sentido y coherencia con nuestro ser. El cuestionamiento del sentido de aquello que uno hace o de aquello por lo que uno vive, induce a reflexionar sobre el sentido de todo lo que uno realiza. Y en ocasiones, la respuesta será que todo por lo que uno vive y para lo cual se esfuerza, no signifique nada, debido principalmente a que las metas o aspiraciones que se plantean realmente no se valoran.

En nuestra cultura parece existir un fracaso generalizado a la hora de encontrar un sentido vital. Relumbra una incapacidad para valorar a aquellas personas, objetivos o experiencias por las que se luchan cada día, dejando un vacío de aspiraciones que provoca un poso de malestar que continuamente se lucha por evitar, sin llegar realmente a aquello que produce ese vacío e insatisfacción.

Puede que el trabajo que uno realiza no lleve más que a la atrofia de la creatividad o limite la necesidad de autorrealización, llegando a convertir a la persona en una especie de autómata, en la que la falta de libertad para “crearse” lo lleve a la insatisfacción, al aburrimiento y por tanto, a la búsqueda de sensaciones que le ofrezcan una ilusión de libertad.

El consumir y abusar no sólo de pastillas, drogas y alcohol, sino también de juegos de azar, ropa, sexo e incluso personas, nace del sentir una insatisfacción o necesidad no resuelta y ofrece la expectativa de aliviar el aburrimiento, y la falta de sentido que son los malestares aparentes; cada pastilla, cada encuentro con un desconocido, cada camisa cara, provoca no sólo placer por la liberación de dopamina, sino que también ofrece la ilusión de libertad, de estar vivo al volver a sentir el propio cuerpo, anestesiado desde hace ya tanto tiempo. Y es esta experiencia la que crea una fantasía de una experiencia diferente e incluso la de crear(se), teniendo la ilusión de ser alguien diferente, aunque solo dure un día o unas semanas.

Sin embargo, el tomar este tipo de medidas distractorias como hábito, produce el distanciamiento real de la propia experiencia e incluso se llega a percibir las señales corporales como algo inoportuno o amenazante. La expectativa de que con estas medidas se extirpa el aburrimiento e incluso el vacío, resulta sumamente decepcionante, ya que aunque a corto plazo suponga un alivio, simplemente silencia las señales que emite el cuerpo. De esta manera, el aprendizaje sobre el consumo absurdo es el de dejar de escuchar al propio cuerpo, y de confiar en los recursos propios para enfrentar el malestar consustancial de estar vivos.

 

montaña rusa

 

En las adicciones de consumo, al igual que en la creatividad, uno experimenta el descubrimiento de una parte de sí mismo y la ilusión de libertad de ser y crear. Puede que por ello consumir resulte tan atractivo. Sin embargo, los actos creativos nacen de muy diversas vías, como es a través de la contemplación y el autodescubrimiento y, una vez se logra este conocimiento, el consumo se percibe como cadenas que atan y frenan.