Aceptar el orden del mundo para alcanzar la felicidad (Lección de filosofía 4)

En esta serie de 4 posts sobre las lecciones de la filosofía estoica que siguen vigentes en la actualidad, hoy nos toca hablar de la única actitud capaz de llevarnos a una felicidad plena: aceptar totalmente y sin condiciones el orden del mundo. Gracias a Monica Cavallé, y a su libro «El arte de ser«, que recomiendo fervientemente, podrás profundizar mucho más en estas ideas.

Si quieres leer antes las otras lecciones, aquí las tienes:

Todo sufrimiento proviene de la no-aceptación

“Nuestro soberano interior, cuando es conforme a la naturaleza, tiene ante los acontecimientos una actitud tal que siempre se adapta fácilmente a lo dado.”

Marco Aurelio

Las tradiciones sapienciales son un canto y una invitación a la confianza en la providencia, es el Lógos que nos guía y nos sostiene. Confiar en esa presencia inteligente en nosotros equivale a…

1- … reconocer nuestro poder esencial, el que siempre depende de nosotros

El que nos permite convertir todo en un bien interior. Siempre podemos alcanzar nuestro fin porque nuestra virtud no depende de lo que nos pasa, sino de las respuesta que damos ante lo que nos pasa.

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2- … aceptar nuestros límites en el ámbito de lo que no depende de nosotros

El grado más elemental de esta aceptación es el que nos conduce a asumir “lo que es” porque sencillamente es, porque es inevitable, porque carece de sentido luchar contra la realidad.

“Solo al ser racional le ha sido dado seguir voluntariamente los acontecimientos, pues seguirlos sin más es obligatorio para todos.”

Marco Aurelio

Esta aceptación madura cuando comprendemos ya no solo la inutilidad de rebelarnos ante lo inevitable, sino el sinsentido de poner objeciones a la inteligencia única basándonos en nuestros conocimientos parciales y fragmentarios; el sinsentido de pretender juzgar, con nuestras luces ilimitadas, lo que excede nuestro presente entendimiento –la totalidad de la que formamos parte y el misterio que nos envuelve– cuando, de hecho, nuestra propia inteligencia particular no es obra nuestra, nos ha sido dada, y es una expresión del Lógos que nos sostiene.

“El pepino es amargo: tíralo. Hay zarzas en el camino: esquívalas. Basta con ello. No añadas: ¿por qué existen estas cosas en el mundo?.”

Marco Aurelio

3- … a confiar plenamente en que la realidad es inteligente y benéfica

Equivale a confiar en que el fondo del universo y nuestro propio fondo son benignos y dignos de confianza. Y en que, por lo tanto, podemos lanzarnos al vacío, atravesar la confusión y la incertidumbre, dejar aquello que nuestro corazón intuye que hemos de dejar atrás (sin necesitar un sustituto nuevo al que aferrarnos), porque sabemos que, si situamos nuestro bien y nuestro mal en lo que depende de nosotros, la inteligencia que nos sostiene se ocupará de nosotros. Descubrimos tras saltar en el abismo, que se trata de un abismo en el que no caemos, sino en el que flotamos. Solo esta confianza nos permite soltar, recobrar la inocencia, abandonar el hábito de intentar manipular la realidad, a los demás y a nosotros mismos.

“A la naturaleza, que da y que quita todo, el que está instruido y es discreto dice: “Dame todo lo que quieras; quíteme lo que quieras”. Esto lo dice sin animosidad hacia ella, sino solo obedeciéndola y teniéndole buena fe.”

Marco Aurelio

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“Todo se me acomoda lo que a ti se acomoda. ¡Oh, Cosmos! Nada me llega tarde, nada demasiado pronto, si llega a punto para ti.”

Marco Aurelio

El sufrimiento se origina en la falta de aceptación

La falta de aceptación de lo inevitable es fuente de sufrimiento y de desarmonía. Aceptar los límites de la vida y los reveses del destino (la inevitabilidad de lo que no depende de nosotros), sin instalarnos en la rebelión y en la amargura, no nos evita el dolor, pero lo torna más sereno, más aún, alquímico, pues antes o después, y por sendas interiores ocultas, el dolor aceptado terminará elevándonos y liberándonos.

“Pregunta: ¿Por qué hay tanto sufrimiento?
Nisargadatta: El dolor es físico; el sufrimiento es mental. Más allá de la mente no hay sufrimiento. El dolor es una mera señal de que el cuerpo está en peligro y requiere atención. De modo similar, el sufrimiento nos avisa de que la estructura de la memoria y de los hábitos que llamamos la persona está amenazada (…). El dolor es esencial para la supervivencia del cuerpo, pero nadie nos obliga a sufrir. El sufrimiento se debe enteramente al apego o a la resistencia; es un signo de nuestra renuncia a seguir adelante, a fluir con la vida. Del mismo modo que una vida sana está libre de dolor, una vida sabia está libre de sufrimiento.
P: Nadie ha sufrido tanto como los santos y los sabios.
N: ¿Se lo dijeron ellos o lo dice usted? La esencia de la sabiduría es la total aceptación del momento presente, la armonía con las cosas en el modo en que suceden. Un sabio no quiere que las cosas sean distintas a como son; él sabe que, considerando todos los factores, las cosas son inevitables. Es amigo de lo inevitable y, por tanto, no sufre. Puede que conozca el dolor, pero este no lo alterará. Si puede, hará lo necesario para restablecer el equilibrio perdido, o dejará que las cosas sigan su curso.”

Nisargadatta

La aceptación así entendida, prosigue Nisargadatta, en la medida en que quiebra las creencias, apegos y exigencias que conforman nuestro yo superficial, implica la disolución de este último y nos despierta a nuestro yo profundo. Paradójicamente, la aceptación del dolor libera la fuente perenne del gozo sereno.

N: Cualquiera que sea la situación, si resulta aceptable es placentera; si no es aceptable, es dolorosa. Lo que la hace aceptable no es importante; la causa puede ser física, psicológica o irrastreable; la aceptación es el factor decisivo. En el universo, el sufrimiento se debe a la no-aceptación.
P: El dolor no es aceptable.
N: ¿Por qué no? ¿Lo intentó alguna vez? Inténtelo y encontrará en el dolor un gozo que el placer no puede dar, por la simple razón de que la aceptación del dolor lo lleva más profundo y más lejos que el placer. El ego, por su propia naturaleza, está continuamente persiguiendo el placer y evitando el dolor. Acabar con esa pauta es acabar con el ego. Acabar con el ego, con sus deseos y temores, le permite a usted retornar a su naturaleza real, la fuente de toda felicidad y paz. (…) Cuando se acepta el dolor por lo que es, una lección y un aviso, y se mira con profundidad y se le escucha, la separación entre el dolor y el placer se rompe y ambos se convierten en experiencia: dolorosa cuando es resistida, gozosa cuando es aceptada.
P: ¿Aconseja usted evitar el placer y perseguir el dolor?
N: No, ni perseguir el placer y evitar el dolor. Acepte ambos como vengan, disfrute ambos mientras duren, déjelos ir cuando deban irse.
P: ¿cómo es posible gozar el dolor? El dolor físico pide acción.
N: Por supuesto. E igualmente el dolor mental. La bienaventuranza está en la total conciencia de ello, en no encogerse o rehuirlo en ningún modo. Toda felicidad proviene de la conciencia. Cuanto más conscientes somos, más profundo es el gozo. La aceptación del dolor, la no-resistencia, el valor y la paciencia, todo esto abre fuentes profundas y perennes de felicidad real, de verdadera bienaventuranza.
P: ¿Por qué el dolor debería ser más efectivo que el placer?
N: El placer se acepta inmediatamente, mientras que todos los poderes del yo rechazan el dolor. Puesto que la aceptación del dolor es la negación del ego, y el ego se interpone en el camino de la verdadera felicidad, la aceptación total del dolor libera el manantial de la felicidad.”

Nisargadatta

“En el universo, el sufrimiento se debe a la no aceptación”. Dicho de otro modo, el sufrimiento se sostiene en la creencia: “Lo que es aquí y ahora, no debería ser”.

Por supuesto, nuestro impulso hacia la excelencia y nuestro sentido de justicia nos incitan a cambiar o perfeccionar las situaciones que pueden ser corregidas u optimizadas; pero esta disposición es perfectamente compatible con asumir que, aquí y ahora, lo que es, es.

No hay que confundir los “debería” legítimos, los que encauzan nuestra aspiración hacia la excelencia, con los “debería” que entrañan la exigencia ontológica de que las cosas, aquí y ahora, sean de una determinada manera, la que se ajusta a nuestras ideas al respecto.

La vida, ciertamente, no está al servicio de nuestros deseos y preferencias personales. La realidad sigue su curso ajena a nuestras exigencias.

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No nos hace sufrir el dolor, sino el pensamiento “Esto no debería ser como es”. Detrás de todas las formas de sufrimiento mental cabe hallar la lucha con la realidad, con los hechos: hemos convertido nuestras preferencias legítimas en exigencias.

La aceptación de “lo que es” remueve la raíz misma del sufrimiento. No elimina el dolor, pues el dolor anímico o físico es un aspecto indisociable del hecho de estar vivo, pero sí el sufrimiento mental. El apego a nuestras ideas sobre cómo deberían ser las cosas, nos conduce a estar asiduamente en conflicto con nuestra experiencia presente.

“En esto consiste la educación (filosófica): en aprender a querer cada una de las cosas tal y como son.”

Epicteto


Encuentros con el miedo – capítulo primero

Vivimos en un momento de la historia donde prácticamente parece una exigencia no sentir miedo. Los medios de comunicación nos transmiten incesantemente comunicaciones contradictorias. Por un lado, mensajes atemorizantes, violentos, que activan nuestro mecanismo de defensa y nos mantiene en alerta. Por otro nos muestran superhombres y supermujeres valientes, héroes y heroínas que no temen a nada. La publicidad se encarga de hacernos consumidores de fórmulas atractivas para no detenernos en el miedo o sencillamente para obviarlo y no sentirlo.

En otras ocasiones, tenemos miedo a no ser capaces de arreglárnoslas en el mundo, de no poder salir adelante por una falta de capacidad y habilidades. Otras, entramos en pánico ante una situación nueva en la vida, sobresaltándonos y tambaleándonos ante los cambios ya sean laborales o personales. 

 

La sociedad del hacer insaciable

 

Y desde este punto de vista, aquel que siente miedo, es un «cobarde”, para el que el aburrimiento está prohibido. Hay que evitarlo porque cuando comenzamos a sentirnos aburridos, nos angustiamos (señal de que nos estamos acercando a nuestro miedo). Pero preferimos continuar en el hacer insaciable para no conectar con lo que realmente nos ocurre.

Son innumerables las estrategias que usamos para apartar el miedo de nuestros pensamientos. Hay quien hace yoga, sale a correr, baja a tomarse una cerveza, toma tranquilizantes, sale de compras, comer hasta la saciedad, ver series infinitas, etc.

Si bien es cierto que algunas de estas fórmulas pueden funcionan, al menos de manera momentánea, ¿qué grado de conciencia tenemos realmente de estas acciones? y sobre todo, ¿están siendo una solución real y consciente a lo que siento y necesito o están actuando de manera superficial, a modo de tapadera?

 

Amar y respetar nuestro miedo como a nosotros mismos

 

Ocultar el miedo es congelar una de las emociones más básicas, perdiéndonos la oportunidad de aprender y crecer con ella como si de una relación de pareja se tratase. Yendo más allá, es necesario amar y respetar nuestro miedo si queremos amarnos y respetarnos a nosotros mismos. Es importante conocerlo, escucharlo, dar un primer paseo por el parque, entrar en amistad, tener una buena conversación con él y sobre todo, darnos el permiso de sentirlo y aceptarlo sin juicio. 

Todas las emociones tienen una intención positiva en nosotros, incluso las llamadas negativas como son el miedo, el asco, la tristeza y la rabia. Además, éstas son indicadoras de nuestros procesos de cambio y transformación. Entonces, ¿para qué necesito ocultarlo?. ¿Qué hay específicamente detrás de él?. 

Darnos el espacio y el tiempo para reconocer nuestro miedo, nuestras dudas e incertidumbres, es el comienzo para empezar a atravesarlo. Además, tenemos la capacidad y el poder de decisión para tener una relación más íntima con esta emoción de una manera más consciente, integrándola y poniéndola a nuestro favor, dándole el lugar que nosotros queremos que ocupe en nuestra vida. 

En este sentido, quizás podéis preguntaros, ¿cuál es el plan de acción que tengo que emprender para superarlo?, ¿Cuál es la receta?. Si os soy sinceros, yo aún no la he encontrado y dudo mucho que exista una marmita con la pócima mágica. 

 

Mi experiencia personal con el miedo

 

Como yo lo veo y como lo voy experimentando, es un trabajo de fondo que comienza por no hacer nada. Aparcar los planes de acción y comenzar a observarme y escucharme. El miedo anida en nuestra mente y en nuestro cuerpo, por tanto, para comenzar a explorarlo, podríamos hacernos algunas cuestiones como:

  • ¿En qué parte de mi cuerpo siento el miedo?
  • ¿Qué espacio ocupa en mi cuerpo?
  • ¿Qué pensamiento me viene a la mente cuando tengo miedo?

 

Relación del miedo con la exigencia y la excelencia

 

 

El miedo es una emoción íntimamente ligada a la exigencia. Cuando nos dejamos arrastrar por él, nos volvemos desconfiados, dubitativos, controladores, reaccionamos ante la mínima sospecha, intentamos controlar la situación o incluso nos paralizamos. Vemos los errores como una fuente de fracaso, nos negamos a recibir feedback y en nuestro entorno se genera una energía hostil. 

Qué distinto es ver la vida desde la excelencia. Cuando nos transparentamos con nosotros mismos, con lo que hay, con lo que sentimos, emprendemos el camino de la confianza. Encontramos aprendizaje en cada error, buscamos la mejora continua, escuchamos al otro, somos proactivos, innovadores, agradecemos y y nos alegramos de estar vivos cada día, generando un clima positivo y en paz.

 

La senda del guerrero

 

Hace unos años, mi amigo Juan me regaló Shambhala, un libro bellísimo que me encantó. El autor, Chógyam Trungpa, nos habla sobre la senda del guerrero o el camino de la valentía, como un sendero abierto a todo ser humano que procure una existencia auténtica que transcienda el miedo. Un guerrero no solo de mente, sino también de corazón.

Esta última parte, la del corazón, por lo general la solemos tener menos explorada. Es la parte “blandita” y que nos hace conectar con nosotros mismos. Suele pasar que cuando conectamos con él, a través de una meditación o simplemente estando presentes, descubrimos que este corazón está vacío y mirando hacia fuera. Es un corazón adormecido.

Si comenzamos a explorarlo y metemos la mano dentro de nuestro pecho, encontraremos algo blando, tierno, sensible y muy probablemente, encontraremos tristeza dentro. No tiene por qué ser a algo particular, puede ser una tristeza generalizada, muy en el fondo, a lo lejos, está ahí y también nuestro miedo a sentirla y a encontrar nada, simplemente vacío interior 

 

El  verdadero guerrero atraviesa la tristeza

 

Pero si no somos capaces de sentir esa tristeza, la valentía que podamos experimentar, será frágil como una cáscara de nuez. Hay que ser un verdadero guerrero para atravesar esa tristeza. Uno de los primeros pasos de ese guerrero, es conectar con su propia vulnerabilidad, provocada al verse con el corazón al descubierto. Dejándose tocar por otros, mostrando su miedo y también su tristeza. Siendo y sintiendo quién es. Dejando de hacer para comenzar a ser. Es ahí cuando podemos ver nuestra excelencia más genuina. Distinguiendo entre lo que hacemos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser. 

 

Reconocer el miedo no es causa de depresión ni de desánimo. Porque poseemos el miedo tenemos también, potencialmente, derecho a la vivencia de la intrepidez. La verdadera intrepidez no consiste en reducir el miedo, sino en transcenderlo. Shambhala, la senda sagrada del guerrero. Chógyam Trungpa.

 

La valentía comienza por reconocer el miedo y transcenderlo

 

Por tanto, la valentía comienza por reconocer ese miedo y transcenderlo. No solamente desde un plano mental que nos ayude a entenderlo, sino también desde el corazón, desde la ternura y la aceptación de nuestra realidad.

Trabajar la intrepidez es trabajar con la vulnerabilidad humana, con nuestros corazones. Todo guerrero tiene detrás un corazón tierno y vulnerable a su servicio y al de la humanidad. La verdadera valentía, el arrojo para traspasar ese miedo, viene de la mano esa ternura, de estar dispuestos a abrirnos, sin resistencia ni timidez a afrontar el mundo y a compartir nuestro corazón. Igual que cuando declaramos nuestro amor en pareja.

 

El miedo como compañero de viaje

 

 

Recuerdo con mucho cariño las palabras de uno de mis maestros, Gerardo Ortiz, Psicólogo y Terapeuta Gestalt, mexicano, discípulo de Claudio Naranjo, con muchísima experiencia llevando grupos. Nos contaba en uno de sus talleres a los que asistí durante una estancia en Chile, que a pesar de llevar muchos años viajando e impartiendo talleres por el mundo, seguía sintiendo miedo. Meras especulaciones de lo que iba a encontrarse y lo que pensarían sobre él.

Su receta era bien sencilla. Dentro de su maleta, siempre dejaba un hueco libre para meter una cajita con su miedo y con él, viajaba siempre. Escuchar este comentario, me sirvió enormemente para darme cuenta de que había estado negando mucho tiempo mi propio miedo y que esa negación me había convertido en una persona que realmente no era ni estaba disponible ni para mí ni para los demás. 

 

La aceptación como camino de transformación

 

 

Aceptar el miedo a ser y a vivir está siendo mi camino de transformación. Respetando que es parte de mi ser y de que juntos, desde el encuentro, podemos llegar mucho más lejos que desde la pelea y la evitación. Desde este reconocimiento, puedo construir mi realidad acorde con lo que soy y con lo que quiero llegar a ser.

Os dejo con unas palabras del libro Shambhala que espero os inspiren tanto como a mi. 

La clave del camino del guerrero es no tener miedo a ser quienes somos. Esto es en última instancia la definición de valentía. No tenerse miedo a sí mismo

Esa mentalidad de temor

ha de ser puesta en la cuna de la benevolencia

y amamantada con la leche profunda y brillante de la inmutabilidad eterna.

En la sombra fresca de la intrepidez,

abanicadla con el abanico de felicidad y gozo.

A medida que vaya creciendo, 

con diversos despliegues de fenómenos,

conducidla al patio de recreo auto existente.

Cuando sea mayor,

para impulsar la confianza primordial,

llevadla al campo de tiro al arco de los guerreros.

Cuando sea aún mayor, 

para despertar la naturaleza de sí primordial, 

dejadle ver la sociedad de los hombres

que posee belleza y dignidad.

Entonces esa mente temerosa

podrá convertirse en la mente del guerrero,

y esa confianza eternamente juvenil

extenderse por el espacio sin principio ni fin.

En ese momento, verá el Sol del Gran Este.

 

Referencias bibliográficas:

  • Shambhala, La senda sagrada del guerrero. Chögyam Trungpa. Kairós. Edición 11.
  • No es lo mismo. Silvia Guarnieri y Miriam Ortiz de Zárate. LID editorial. Edición 5.
  • 27 personajes en busca del ser. Claudio Naranjo. Ediciones La Llave. Edición 6.
  • Terapia Gestalt. La vía del vacío fértil. Francisco Peñarrubia. Alianza Editorial. Edición 2.

 

La aceptación, base de la realización espiritual

Cada vez que vuelvo a escuchar a Mónica Cavallé aprendo. Da igual que ya haya escuchado esa misma conferencia varias veces. Aparecen nuevos matices o incluso se abren nuevas puertas a lo profundo.  Quizá esto tenga que ver con mi propia evolución o con los momentos que transito. No sé. Lo cierto es que siempre me enriquece. Siempre salgo de ese contacto con Mónica más rica de lo que llegué. Y, por eso, te invito a visitar esta disertación sobre la aceptación como camino espiritual. Si quieres escuchar la conferencia completa, tienes el vídeo al pie del artículo. Aquí me ha interesado traer sólo una pequeña parte de ella, la que habla de la aceptación como camino, no solo hacia la salud mental y emocional, sino también como camino hacia de realización espiritual.

Después de escucharla, meditarla, releerla, me pregunto si realmente cabe salud mental y emocional sin apurar la aceptación en toda su extensión… En otras palabras, si realmente es posible estar sano mental y emocionalmente, sin transcender. Y más allá, si se puede llegar a ser realmente feliz en la vida sin transcender… Yo ya tengo mi respuesta ¿y tú? Siéntete libre para dejar tus comentarios al post. Me gustará leerlos.

 

Aceptar es superar la dualidad entre lo que “es” y lo que “debería ser”.

A veces, detrás de esa expresión de “debería ser” camuflamos lo que en realidad no es más que lo me “gustaría” a mí que fuera. Sin embargo, en otras ocasiones, detrás de ese “debería ser” hay una legítima aspiración ética. A este respecto, hay que distinguir entre la aspiración ética a que las cosas se desarrollen de la mejor manera posible. Lo que es legítimo. Y la pretensión de que las cosas sean, aquí y ahora, de una determinada manera. Esto último es discutir con la realidad, sin aceptar que las cosas son lo que son. Son lo que pueden ser en cada momento, considerando los factores implicados.

No tiene nada que ver el “debería” como una aspiración con el “debería” como una exigencia de que las cosas sean de una determinada manera aquí y ahora. Detrás del sufrimiento está este error: hemos transformado nuestras preferencias legítimas en exigencias. Obviamente vamos a preferir unas situaciones a otras, pero sólo cuando creemos que unas deberían prevalecer es cuando sufrimos.

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Anhelo de perfección del “Yo ideal” vs. aspiración de excelencia del “Yo profundo”

Y otra matización en línea con lo anterior es que no hay que confundir el anhelo de perfección del “Yo ideal” con la aspiración de excelencia del “Yo profundo”. Y hay formas de ver qué es lo que está operando en cada caso. Al “Yo ideal” le incomoda profundamente la verdad que le cuestiona (la verdad que le dice que no es perfecto). Por el contrario, cuando estamos conectados con el impulso hacia la excelencia del “Yo profundo”, que es el impulso hacia el crecimiento que nos constituye, una señal de ello es que no nos perturban nuestras limitaciones. Al revés, cuando algo se descubre, cuando tomamos consciencia de una limitación que antes no veíamos, hay agradecimiento por esa toma de consciencia. Decimos gracias y acogemos a nuestro “Yo real”.

Mónica Cavallé cree que cuando se supera esta grieta, cuando se supera esta dualidad entre lo que “es” y lo que “debería ser”, ya sea con relación a la experiencia que ocurre en el exterior ya sea con relación a la experiencia que ocurre en nuestro interior, es cuando irrumpe lo profundo.

Esto puede tener lugar en la vida cotidiana y muchos habremos tenido esta experiencia en momentos sencillos, aparentemente anodinos, en los que, simplemente, estamos totalmente reconciliados con el ahora. En nuestra mente no existe esa dualidad. Son momentos que se convierten en grietas por las que puede irrumpir lo que realmente somos.

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La aceptación es la base de la salud psicológica y emocional

La aceptación así practicada es importantísima. Es la base de la salud psicológica y emocional. En primer lugar, la aceptación así entendida es lo que elimina la raíz del sufrimiento evitable porque abandonamos la obstinación. Ese apego a nuestras ideas sobre como deberían ser las cosas que nos hace estar constantemente en conflicto con la experiencia presente.

Pero también porque la falta de aceptación conduce a la desintegración, a la división psicológica. Estamos permanentemente escindidos y en lucha con nosotros mismos, desintegrados. Y la aceptación así practicada conduce a la integración y a la unificación.

Y también es importante para la salud psicológica y emocional porque las emociones tienen un ciclo natural de vida. Y cuando ese ciclo no se culmina y hay sentimientos que no han terminado de ser sentidos y experiencias que no se han apurado… Todo esto que no se ha terminado de vivir se convierte en energía anímica estanca, tóxica, que es una fuente de bloqueos, de sufrimientos, de reactividad porque estamos proyectando todo eso continuamente en el mundo exterior. Y esto es lo que hace que muchas personas a lo largo de la vida, en vez de que con los años cada vez se sientan más sueltos, más ligeros, se sientan más bloqueados.

Y en esto no hay atajos. El crecimiento y el desarrollo interior solamente vienen cuando no hay negación, cuando no hay evitación. Solo asumiendo nuestra debilidad, conocemos nuestra verdadera fortaleza. Solo aceptando nuestra tristeza, nos volvemos personas más felices.

Pero la aceptación no es sólo la base de la salud sino también la base de la realización espiritual. En primer lugar, porque la aceptación libera cualidades y fuerzas transpersonales que están siendo bloqueadas por el “Yo superficial”. Veámoslo.

La aceptación libera cualidades y fuerzas transpersonales

Todos queremos ser felices. Y pensamos que vamos a alcanzar esa plenitud de forma condicionada, poniendo condiciones. Seré feliz cuando logre esto, cuando supere esto otro… Cuando consiga esas cosas con las que neutralice la sensación que en el presente tengo de carencia, de limitación… Y también a través de la negación. Evitando todo aquello que me hace sufrir o luchando contra aquellas cosas que creo que se interponen en mi camino hacia la felicidad. Pero por esta vía de poner condiciones y a través de la negación, no podemos alcanzar los estados esenciales, esos estados del Ser, que son la resonancia del “YO profundo”. Porque esos estados se caracterizan, precisamente, por ser incondicionales y por no alcanzarse eliminando o eludiendo nuestras limitaciones, sino asumiéndolas, integrándolas, pasando por ellas.

Dicho de otro modo. Muchas personas que se empiezan a interesar por el trabajo interior de tipo espiritual, filosófico, psicológico, al principio lo que quieren es tener algo que no tienen o abandonar y superar algo que tienen y no les gusta. Y muchas personas se vuelven adictas a las modas de trabajo interior de cualquier tipo, precisamente porque con esta dinámica llegan a un punto de no avance. Y este punto de no avance es el punto en el que hace falta la rendición. Por eso van de una práctica a otra, de un camino a otro, hasta llegar siempre a ese callejón sin salida y no terminan nunca de alcanzar el punto de la transformación. Porque ese punto lo que exige, precisamente, es abandonar ese esquema de ambición y de lucha. La aceptación acalla la mente inquieta, la mente que compara, la mente que quiere algo que no tiene o que quiere librarse de alguna condición presente. La aceptación acalla el “Yo superficial” y, por eso, permite que aflore el Ser esencial.

La aceptación nos revela que no hay otra plenitud que aceptar plenamente el ahora, que no hay otro camino ni otra plenitud que sencillamente Ser. Y esto no resulta fácil de admitir. Cómo voy a descansar en mi aquí y en mi ahora si mi situación interna o externa es un desastre total… Como decía un amigo… “¿pero así, aquí, con estos pelos…?” Si, y la cuestión es experimentarlo. Esto es una invitación. Y si se piensa que no es así, adelante. Porque, como antes decía, el único camino que tiene sentido es la sinceridad.

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La aceptación me lleva a la conexión con mi Ser, con mi “Yo espiritual”

No puedo descansar en la paz y en la plenitud de mi propio Ser, si pretendo evitar lo que me resulta incómodo, disonante… El “Yo espiritual” está precisamente detrás de todo eso. Al otro lado de todo eso. Y se alcanza al asumir todas las dualidades de la existencia, de nuestra propia experiencia. Y por eso puedo llevar a cabo todo tipo de prácticas espirituales y puedo poner toda mi voluntad en ello, sin alcanzar mi centro. Y en cambio con la práctica de la aceptación, así entendida, como un fruto indirecto, no buscado, siempre se alcanza esta experiencia de lo profundo que, en ocasiones, requiere atreverse a pasar por esa noche oscura de los sentimientos no plenamente vividos.

Y lo interesante de este camino es que es un camino experiencial, un camino que no requiere asumir ningún tipo de dogmas, ni de creencias, ni apuntarse a ninguna enseñanza ni a ninguna filosofía. Lo que uno vea y comprenda, lo va a ver y lo va a comprender de primera mano. Y quizá comience a entender, a intuir, cosas que ha leído y que ha visto en ciertas enseñanzas tradicionales pero lo interesante es que no será una mera “opinión verdadera” sino una comprensión sentida, fruto de haber alcanzado esa comprensión de primera mano.

La aceptación nos sitúa en la posición del testigo.

Y también la aceptación es un camino hacia la salud, hacia la realización espiritual, porque nos sitúa en nuestro centro, en el testigo. Porque la aceptación sólo es posible en ese lugar de nosotros mismos dónde estamos con los contenidos de nuestra experiencia, pero no estamos identificados y confundidos con nuestros sentimientos, impulsos, juicios mentales… Advertimos que estos van y vienen, no nos dejamos confundir con ellos y descansamos en ese testigo interior que se limita a presenciar todo esto. Porque la naturaleza del testigo, la naturaleza de la conciencia testimonial es la aceptación. Es un abrazo dado a todo, desde un espacio de perfecta ecuanimidad, que todo sostiene, que todo acoge.

Y esto es interesante porque si esto es así, la aceptación no es, en realidad, un acto volitivo. No es el “pequeño Yo” decidiendo si acepta, si no acepta… Nuestra naturaleza profunda es ya aceptación. Y por eso, desde ahí, no queremos que nada sea distinto de lo que es. Pero no como si esta fuera una opción entre otras, sino porque ahí somos lo que «es». La afirmación de lo que “es”, es la muerte del “Yo superficial”. Por el contrario, afirmar lo que “es”, es desde este nivel, desde el “Yo profundo”, la más radical auto-afirmación.

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La aceptación culmina en la entrega.

Y, en último lugar, la aceptación es también un camino para la realización espiritual porque culmina en la entrega. Veámoslo.

Podemos decir que el grado más elemental de aceptación es acepto lo que “es” porque “es”, porque es inevitable, porque no tiene ningún sentido luchar contra la realidad.

Esta aceptación madura un poco más cuando entendemos ya no sólo que es inútil luchar contra lo inevitable, sino que no tiene sentido juzgar con nuestra mente limitada la totalidad de la que formamos parte, el misterio en el que estamos envueltos, cuando, incluso, nuestra propia inteligencia es algo que no nos hemos dado a nosotros mismos y que es una manifestación de esa inteligencia única que nos sostiene.

Y esta aceptación se profundiza y madura, aún más, cuando se traduce en la confianza plena de que podemos lanzarnos al vacío y atravesar la confusión, la incertidumbre, sabiendo que la inteligencia de la vida se ocupará de nosotros. Y hemos descubierto, tras saltar al abismo, que no es un abismo en el que caemos, sino un abismo en el que flotamos. Y sabemos (y ya no es una creencia consoladora sino una comprensión saboreada) que la realidad, en último término y en su fondo, es inteligente, es benéfica, que nuestro propio fondo es benéfico y digno de confianza. Y en esta certeza ya no tememos dejarnos ser lo que somos. Y cuando es así, cuando la aceptación impregna nuestro ser total, cuando se convierte en nuestra actitud básica ante la vida, pasa a ser entrega, pasa a ser rendición.

Hay dos formas básicas de estar en la vida

Digamos que hay dos formas básicas de estar en la vida. Una forma que podemos describir como auto-centramiento, auto-referencialidad. Tengo la pretensión de que la vida, la existencia, las situaciones y los demás se ajusten a mis ideas sobre cómo deberían ser las cosas.

Y otra forma de estar en la vida que es el auto-descentramiento. Entiendo que yo no estoy aquí para ajustar la vida a mis ideas. Que yo no soy el maestro o la maestra de la vida… (Es ridículo, ¿no? Millones y millones de personas en el mundo y todas ellas intentando adaptar la vida a sus conceptos, a sus deseos). Sino que la vida es la maestra y yo estoy aquí para ajustarme a la realidad.

Y en estas dos alternativas no hay término medio. Se tiene que dar una completa conversión. O lo uno o lo otro. Las tradiciones sapienciales insisten en que el objetivo de la filosofía, el objetivo de la espiritualidad es vivir en armonía con la realidad, con el orden de las cosas.

Una frase muy típica de Nisargadatta dice: “En mi mundo todo marcha bien”. Porque seguiré teniendo problemas y dificultades. Pero ninguna de esas cosas amenaza mis objetivos o choca con mis objetivos. Porque, aunque tengo planes, preferencias, por encima de todo, he decidido que mi único objetivo es aceptar lo que “es”.

Auto-centramiento vs. auto-descentramiento

En el primer caso, en el auto-centramiento, voy a incurrir en el intento de manipular la realidad y habrá miedo, frustración, resentimiento, impotencia, sin sentido. Aunque las cosas me vayan bien, habrá miedo, porque sé que ese ir bien es frágil, es temporal.

Y en el segundo caso, la fuerza de la vida irá a mi favor y yo voy a ir a favor del curso de la vida. La inteligencia y la fuerza de la vida serán las mías. Y este auto-descentramiento es lo que en el lenguaje religioso se llama la entrega a Dios, la entrega a una voluntad superior. Mi centro se desplaza. Mi centro ya no es mi voluntad personal aislada. Sino que esta voluntad se alinea con una voluntad más amplia, con una realidad más amplia que reconozco como mi verdadera identidad.

¿Estoy renunciando a algo?

Ha habido dos formas de entender esta entrega sin condiciones al poder superior. Una forma de entender la entrega, cuando el esquema religioso ha sido dualista es: “anulo mi voluntad a favor de un poder superior”.

Para las tradiciones sapienciales y las tradiciones místicas no dualistas no es así. No niego mi voluntad a favor de la voluntad divina, sino que sencillamente comprendo que esta dualidad es una ilusión. Que yo como individuo no soy el centro ni la fuente de mi propia vida, no soy un agente causal último, sino un canal de una inteligencia y de una fuerza transpersonal que supera y transciende mi yo personal. Con lo cual, en esta entrega, no se renuncia a nada. Se renuncia, sencillamente, a una ilusión.

Las claves de la aceptación

Puedes leer más sobre las claves de la aceptación en mi artículo “Transformarte: de la aceptación a la transformación”

Un abrazo de corazón,

Ana F Luna

PCC Coach y Máster en Psicoterapia

Consulta y Formación

Bibliografía:

Conferencia Mónica Cavallé sobre la Aceptación

El Evangelio según Zorba

El cine es para muchos una de las expresiones artísticas más refinadas por aunar en un mismo formato la imagen, la palabra y la música. Pero además  es capaz de trasmitir poderosas lecciones de vida de manera sencilla y es capaz de llegar a todos los públicos. Una de esas historias es la de Zorba el Griego de Michael Cacoyannis.

Cuando el escritor americano en crisis Basil (Alan Bates) vuelve a la tierra paterna, Grecia, para explotar una vieja mina abandonada encuentra a Zorba (Anthony Quinn) en el barco hacia las islas y le contrata como capataz para su explotación. Zorba es la antítesis de Basil, jovial, alegre, compasivo, bregado en mil batallas y trabajos y curado de todos los espantos del mundo. Basil es  tristón, parado, taciturno, poco hablador y poco sensible. Al legar al pueblo todo sale mal. Nuestros héroes se enfrentan a la catástrofe total.

 Madame Hortense, una dama francesa maltratada por el amor con el corazón roto en innumerables ocasiones les recibe en su humilde hotel. Lleva años esperando la venida del amor verdadero que la lleve lejos de esas islas, espera y espera la llegada de su príncipe a modo de evadirse de una cruel realidad. Zorba se muestra cariñoso y empático con ella. Basil hace creer a Madame que Zorba se casara con ella. Acepta  simbólicamente pero Hortense enseguida muere de neumonía, mientras los aldeanos saquean sus posesiones en ausencia de herederos

El escritor, a su vez, encuentra el amor en la viuda del pueblo, una mujer con la palabra tragedia escrita en la frente, magníficamente interpretada por Irene Papas, que le da un carácter solemne, sobrio y duro pero bello que es el reflejo de la sociedad y el paisaje locales. Había además un chico del pueblo enamorado de ella, pero no correspondido y al ver que su amor solo era para Basil se suicida.  El destino es cruel con la viuda y la dirige al ostracismo social y a la más cruel de las muertes. Apunto de ser dilapidada es salvada por Zorba, pero a continuación y  sin que nada pudiese hacer es degollada por el padre del chico

Por último la empresa de la mina también fracasa estrepitosamente

Irene Papas y Alan Bates

Irene Papas y Alan Bates

En esta película los héroes se enfrentan a la adversidad en todo lo que hacen: es la catástrofe total. Paradójicamente en vez de venirse abajo, deprimirse o perder toda esperanza, la escena final es un baile: los dos protagonistas bailan sirtaki, una danza tradicional griega y se echan a reír. Nos están enseñando una forma de aproximación al fracaso, al sufrimiento y a la aparente falta de toda esperanza y sentido a la vida. La vida no es finalista, no hay finalidades sino que nosotros las ponemos y entonces surgen dualidades como el fracaso y el éxito. Pero la realidad es la que es y ésta no conoce de categorías sino solo da causas, nunca de finalidades. Recordemos un fragmento de dialogo de la película: pregunta Basil: ¿Zorba, has estado casado alguna vez? Responde Zorba: ¿no soy un hombre? Pues claro que he estado casado. Mujer, casa, hijo. Todo, la catástrofe total.

Con esto Zorba no se está lamentando sino que está admitiendo la vida tal y como es, con todos sus vicisitudes y problemas y también sus riquezas y alegrías. Lo que hace Zorba y se evidencia a través del baile es danzar sobre la catástrofe sin que nunca le destruya, sin que nunca sucumba. Se ríe de todo, de todos, y de sí mismo. Celebra la vida tal y como es y no queda enganchado en un círculo vicioso de culpas y reproches que son los que realmente hunden a las personas. Es decir la filosofía de Zorba es la aceptación y  también en cierta manera la vuelta a los orígenes, a la niñez.

Aceptar se contrapone a enjuiciar. La mayoría de las veces nuestro pensamiento al relacionarse con los sucesos  está enjuiciándolos: esto es bueno o malo, guapo o feo, de manera que atribuimos un valor a una realidad que esta desprovista de ellos. Así cuando el león se come a la cebra no piensa si es justo o no, no lo valora. Esto solo lo hacen las personas, mentalmente, y no existe en la realidad, ésta solo es. Esta apreciación no es fácil de hacer pero es sumamente útil para evitar ser engullidos por nuestra desesperanza en situaciones de crisis. En éstas nos será muy útil mantener la calma y en vez de sufrir tratar de aprender y aproximarse a lo que somos, a lo más humano de nosotros.

Para discernir entre juicios  o pensamientos, sensaciones y emociones existen herramientas como la meditación. Así basta para ello con prestar la atención a la respiración y contemplar y dejar pasar pensamientos, sensaciones y emociones para darse cuenta de que una cosa son nuestros pensamientos y otra la realidad y como nuestra mente no para de enjuiciar. Pero no se trata de relativizar las desgracias y el dolor y hacer como si nada pasara sino de aceptar, darle la importancia adecuada y desde esa aceptación poder dar una respuesta constructiva que nos permita crecer espiritualmente

Zorba y Basil, amigos

Zorba y Basil, amigos

No obstante, ese baile no solo significa aceptación sino también una vuelta a los orígenes, a la inocencia de la niñez, a un equilibrio y armonía propios de esta etapa de la vida. Bailar es un ritual, una manera de conectar o fusionarse con el entorno, como lo hace el niño a través de su mente de principiante: todo rebosa interés y su curiosidad es total por todo lo que existe. Se interesa por la naturaleza, por los otros, por el mismo, solo quiere  jugar y bailar también es un juego. Zorba al bailar quiere volver a ser niño. Hablaba Nietzsche de esto en sus 3 trasformaciones: primero se es el camello obediente, luego se es el león libre que destroza la moral y los prejuicios, luego se es niño. Los camellos abundan y los leones son raros pero la dificultad esta en dar un paso más (¿adelante o tras?) hacia la niñez. El león lo destruye todo y también a sí mismo, ¿cómo puede éste transformarse en niño? Quizás una respuesta sea bailando. Piénsese que muchos bailes tienen connotaciones religiosas, son un medio para conectar con Dios (piénsese en los derviches turcos)

Pero todo esto va más allá: el baile conecta con Nietzsche en la forma del bailarín cósmico, el equilibrista que vuela de perspectiva en perspectiva, que se mueve de verdad en verdad para alcanzar una mejor perspectiva de todo lo que es, es el que está experimentando con la vida misma.

El baile final de Sirtaki

El baile final de Sirtaki

 

Referencias bibliográficas:

  • F. Nieztsche: Así habló Zaratustra
  • Jon Kabat-Zinn: Vivir con plenitud las crisis
  • J. Campbell: The Hero  with a thousand Faces