Vallas y vías. El apego en el adolescente

“Cuando eres adolescente, te enfrentas a muchas cosas que ni sabes cómo resolver. Pero hay que demostrar que sabes. Pero no sabes nada. Y en vez de reconocerlo, me enfado y grito a mi madre y a mi hermano, a lo loco. Y cuando quieres darte cuenta, ya ni sabes cómo empezó todo. Pero me da vergüenza pedir disculpas” (Vanessa, 14 años)

 

“Para mí es cansado. A veces tienes que hacer como que no te importan las cosas, porque si lloras o te quejas, se ríen de ti. Y cuando llego a casa, no le cuento nada a mis padres porque siento que lo que les cuento, les parece absurdo” (John, 16 años)

 

“Si ellos nunca se han molestado en decirme que me quieren… si siento que he sido un estorbo, ¿cómo quieren que les muestre cariño? ¿Por qué me echan en cara la misma mierda que ellos me han hecho a mí?” (Luis, 17 años)

Mi adolescencia, tu adolescencia, no han sido muy diferentes a los testimonios de estos tres chavales con los que realizamos una intervención socioeducativa desde mi Proyecto el año pasado. Nosotros también fuimos chicos y chicas que buscaban su sitio, demasiado orgullosos para reconocer que no sabían, demasiado temerosos como para mostrar nuestros miedos. La cabeza bien alta, la voz segura. Las ideas, muy claras. Aunque no sea verdad, la vida se trataba de demostrar que creías que sabías de qué iba. Nunca entendí qué fue lo que me atrajo de ellas/os como para dedicar mi vida profesional a intentar encontrar la clave de su comportamiento, de sus formas de ver la vida. Nunca tuve respuesta a eso. Hasta que empecé la formación como terapeuta Gestalt (y sobre todo, mi proceso individual) no di con la respuesta. Trabajo con adolescentes porque cuando les miro, me veo. Cuando les veo enfadados, rabiosos, angustiados, me veo en sus ojos. Siento que mi trabajo con ellos/as está permitiendo sanar mi propia adolescencia. Verla con otros ojos, abrazarla y acogerla.

Mi adolescencia (y seguro que la tuya también) no fue demasiado dura contra el mundo. Yo centré toda mi rabia en mi familia, en la sensación terrible de no encajar con ellos. A veces, me sorprendía mirándoles y pensando “¿Por qué ellos son mi familia? Si no tengo nada que ver con ellos… ¿Por qué me tocaron estos padres en vez de otros?”. Era una sensación de vértigo en el estómago. De no reconocerlos realmente. De sentirme de otra galaxia, otra dimensión. Entonces me separé de ellos. Empecé a darme yo misma todo lo que ellos no me daban (o al menos así lo sentía yo). Era una adolescente modelo, porque el mínimo que me exigían, lo cumplía (buenas notas en clase, respetar normas y horarios). Pero no compartía nada con ellos. NADA. De muchas cosas que viví en esta época loca, se han enterado hace relativamente pocos años. Es curioso como ahora que me acerco a los 40 años, es cuando me siento más parte de mi familia. Al fin encajo. Me reconozco en ellos. Les reconozco en mí.

 

 

Todo adolescente tiene que romper las normas, como parte de su crecimiento, de su separación del mundo de sus padres. El mundo y la sociedad han cambiado y el niño/a crece con la sensación de que es un adulto más, al que se pide opinión y se escucha. Y no solo eso, sino que además se tiene en cuenta lo que dice.

Esto, por una parte, está muy bien para el niño/a, pero por otra parte, irá creciendo con la sensación de que es mejor que sus padres, que se lo merecen todo y que, además, tiene derecho a no agradecerlo.

Este niño/a va creciendo y va llegando a la adolescencia, etapa en la que tiene que empezar a discutir con sus padres acerca de los patrones familiares, las normas, los permisos… Pero el chico/a se encuentra con que no hay mucho que discutir. El clima en casa ha sido el de, generalmente, dejarle hacer lo que desea (para prevenir así las discusiones y peleas), demasiada permisividad. O todo lo contrario: límites estrictos, demasiada sobreprotección, elevadas exigencias por parte de sus padres.

Actualmente, algo que les ocurre a los/as adolescentes, es que no encuentran áreas en las que plantear la pelea. ¿Qué les queda? Utilizar los estudios, el rendimiento académico, su comportamiento en el centro educativo como elementos para establecer el conflicto con sus padres. Si unimos a esto, el hecho de que estos niños/as se han creído superiores a sus padres desde la niñez (porque sus padres los admiran por su inteligencia, por sus ocurrencias), llegan a la adolescencia sintiéndose poderoso ante sus padres (peleas de poder).

Todo esto llevado a la adolescencia, se convierte en una bomba de relojería, donde realmente el adolescente se cree lo que es, pero no sabe lo que es ni hacia dónde quiere ir. Es la etapa en la que tiene que empezar a demostrar lo que dice que es y muchas veces la realidad le demuestra que no es así, que no vale tanto como cree o que tiene que hacer un esfuerzo mayor para demostrarlo. Aquí es donde llega la “crisis” (el entorno le presiona para que decida qué quiere hacer con su vida. Para unas cosas es mayor, pero para otras es pequeño). Algunos la viven como depresión, otros desde el abatimiento, el pasotismo, la indiferencia, la evasión (a través del consumo de drogas, por ejemplo).

 

El inicio de todo. Los apegos

Si recorriéramos nuestra vida en sentido inverso y prestáramos atención, podríamos ser capaces de ver el momento preciso, el instante en el que todo cambió. Esta pregunta la he lanzado muchas veces en los grupos de adolescentes con los que comparto camino. ¿En qué momento cambió todo? Somos capaces de recordar ese cambio de colegio que nos alejó de nuestras amigas… aquella mudanza que nos cambió de barrio, perdiendo los momentos vividos en el que creíamos que era nuestro lugar “seguro”… o que mamá y papá decidieron que ya no querían seguir viviendo juntos (aunque se querían mucho… o eso te dijeron). Amigos/as con los que peleamos, dejándonos de hablar durante días, semanas… años. Gente que entró y que salió de nuestras vidas, sin dejar ni rastro, o dejando marcas profundas, de las que te acompañan hasta el final. Si lo pensamos un momento, ¿con qué estrategias contábamos en aquellos años para hacer frente a este mundo rápido y cambiante? ¿Cómo éramos capaces de sostener, de atravesar el dolor que causaban las peleas, las pérdidas?

Para llegar a este punto, tendríamos que seguir caminando y llegar a nuestra más tierna infancia. Un ejercicio complejo, lleno de miedo, pero no imposible. Los apegos. El inicio de todo este camino, en el que ahora te encuentras con 15 años y sin tener ni idea de qué o quién eres. Uno de los autores que más he leído, y con el que comparto muchas de sus teorías, Bowlby, define el apego como “el vínculo emocional que desarrolla un/a bebé con sus tutores, ya sean padres biológicos, adoptivos o cuidadores/as”.

Este vínculo emocional del apego crea en el/la niño/a una sensación emocional que se considera indispensable para el desarrollo de la personalidad del niño/a, y que marcará su manera de desenvolverse y relacionarse con el mundo que le rodea en el futuro. En este punto es donde llegamos al centro de la cuestión. Detrás de toda conducta disruptiva, desadaptativa, conflictiva, no adecuada, agresiva, violenta, reaccionaria, etc, así como detrás de toda conducta normalizada, adaptativa, pacífica y sana, se encuentra la memoria corporal de nuestro propio niño, de nuestro propio bebé. Según Bowlby, un bebé nace con una serie de conductas aprendidas cuya finalidad es lograr respuestas de sus padres. Por ejemplo las sonrisas reflejas, la succión, el llanto, el balbuceo o la necesidad de ser acunado responden a esas conductas que necesitan de una respuesta paterna. Todo este repertorio está encaminado a mantener la proximidad de la figura materna/paterna, es decir: de sus figuras de apego. Es por esto que los/as bebés se resisten a la separación, llegando a mostrarse ansiosos e inseguros cuando mamá o papá no están cerca.

 

La conducta del apego, reconoce cuatro tipos:

– Apego seguro: si lloro, si balbuceo, si grito, recibo respuesta de mamá y papá, que vienen a calmarme. Se muestran disponibles para mí. Se dan condiciones óptimas de apego.

– Apego ansioso-evitativo: papá y mamá se muestran insensibles ante mis peticiones, ante mis necesidades. A veces, incluso, rechazan mi llamada y no me hacen caso.

– Apego ansioso-ambivalente: mamá y papá a veces me hacen caso… pero a veces no. Ante una leve separación, me siento mal, me entra ansiedad, me siento vulnerable y desprotegida. Pero cuando me cogen en brazos, sigo sintiéndome igual de ansiosa. Quiero tu contacto, pero lo rechazo.

– Apego desorganizado o caótico: en este caso, se puede dar de manera activa, cuando mamá y papá son intrusivos, tienen un alto nivel de agresividad hacia mí. Responden más en función de su propia necesidad que de la mía (“Esta niña es insoportable. Es una llorona. Seguro que llora tanto para fastidiarnos”). En algunas ocasiones, el apego es pasivo, y aparecen madres y padres que depositan la responsabilidad y la labor de la crianza en el propio niño/a.

 

Un gran abanico de posibilidades. El 80% de adolescentes con los que intervengo, presentan conductas de apego de los tres últimos puestos de la clasificación. Son adolescentes que ahora muestran indiferencia, evitación, excesiva autonomía. Un afecto inhibido. Son incapaces de expresar emociones y muestran dificultades para empatizar (ansioso-evitativo); adolescentes que muestran de una forma desinhibida su ansiedad y su rabia, con una gran dificultad para lograr una autorregulación de su estado emocional (ansioso-ambivalente); adolescentes agresivos, manipuladores, que presentan conductas antisociales y castigan a sus iguales (desorganizado activo) y adolescentes complacientes, que tienden a la soledad, a los/as que les cuesta establecer relaciones interpersonales y tienen dificultades para sentir y pensar (desorganizado pasivo).

 

“¿Sabes? Creo que mi forma de ser a veces es una valla, que no me deja seguir andando. Que me fastidia el camino porque pierdo tiempo. Pero ahora, veo que también a veces es una vía. Por la que voy tranquilo y puedo llegar a más sitios”

 

 

Para poder acompañar a un/a adolescente, es imprescindible recorrer ese camino en sentido inverso hacia el origen de su vida. Haciéndolo con él/ella, lo haremos con nosotras/os mismas/as, y podremos comenzar a atisbar quiénes somos realmente. En este momento, tendremos que abordar dos niveles de intervención claros. Por un lado, la reparación del apego como base segura, acompañándole en el aprendizaje de gestión de emociones. Por otro lado, el desarrollo de su identidad. Que descubra quién es realmente. Que se pueda integrar en una red social variada y positiva.

Si sólo nos quedamos con lo que se ve, con la explosión de ira, con la mala contestación, con el silencio impenetrable, caeremos en el “no saber”, en cuestionar su actitud ante la vida, ante el mundo. Impregnaremos su historia de la nuestra, proyectando nuestros miedos en ellas/os.

El apego recibido en nuestra infancia es justo eso. Es el prisma por el que observamos el mundo y nos relacionamos con el. Puede ser que tus padres te enseñaran con su actitud y su falta de afecto que la vida es un campo de batalla, donde siempre hay que ir mirando detrás de ti, donde no exista opción de escaparse y te veas obligado/a a sobrevivir. Lleno de vallas y barro. O, en cambio, puede ser que lo hicieran de otra forma, que hace que ahora consigas verte, observar qué partes no funcionan, cuáles están alienadas. Integrarlas en ti. Descubrir que esa opción, convierte tu vida en un montón de vías disponibles, que te llevan a donde quieras soñar. Que te dejan relacionarte con el mundo de una forma más sana y serena. La suerte que tienes es que, como adolescente, el pasado no te importa demasiado. Vives en el ahora más absoluto. Y piensas en lo que está por llegar.

 


Adolescentes: El vínculo educativo y el vínculo terapéutico

El vínculo. Tendiendo puentes

En los más de quince años que llevo dedicándome a la intervención con adolescentes, tanto en situaciones de exclusión y riesgo como en situaciones y contextos más “normalizados”, he tenido la oportunidad de trabajar con equipos directivos y docentes de varios centros educativos de educación primaria y secundaria. Los/as profesores/as en estos últimos años, muestran motivación por conocer y poner en práctica las metodologías más innovadoras, más integrativas y multidisciplinares para avanzar y conseguir mejores resultados en su labor diaria. En este sentido, me invitaron a coordinar varias acciones formativas para estos equipos, de cara a poder mejorar su trabajo, y, por ende, los resultados de sus alumnos/as.

En estas sesiones, se planteaban diversas líneas de acción, para poder llegar a elaborar la figura del profesor/a ideal entre todos/as, partiendo siempre de sus propias experiencias como alumnos/as y de las características que se consideran necesarias para ejercer como profesor/a. A través del debate y partiendo de su “sí mismo/a”, se pusieron en juego multitud de dudas, de carencias y de potencialidades, que sentían que nunca habían llevado a cabo por miedo a que el resto del equipo no entendiera o juzgara. Al fin y al cabo, en el ámbito educativo y formal, suele ser más sencillo seguir la corriente del equipo, la idiosincrasia del centro, que discutir sobre estrategias o aportar cambios metodológicos a lo ya establecido.

En la primera sesión, siempre se elabora una lluvia de ideas donde el equipo debe plantear qué facilitadores encuentran en su intervención en el aula, de cara a compartir y a entender que no todos/as parten con las mismas ideas sobre qué herramientas se pueden o deben utilizar con los/as menores con el objetivo de facilitar los procesos de los/as mismos/as. Durante una hora, el equipo habla de “metodologías participativas”, de “normas y límites”, de “sanciones y castigos”, de la preocupación del aumento de situaciones de acoso o bullying en el centro. Pero expresan también no tener las herramientas adecuadas para abordar estos aspectos que escapan de su tarea diaria: impartir contenidos académicos.

Como profesional, me entristece ver cómo en ocasiones, todo se reduce a no disponer de los conocimientos adecuados para poder llegar a las situaciones más complicadas. Por ejemplo, una profesora de secundaria expresaba en una de estas sesiones que ella detectaba multitud de casos de comportamientos disruptivos, pero que no se sentía con la seguridad ni las competencias para poder intervenir en estas situaciones de manera segura. Es decir: si no siento que dispongo de los conocimientos teóricos necesarios, no intervengo en lo que se escape de lo meramente académico. Esto me dio que pensar. ¿En la intervención con menores, con personas, todo se reduce a lo académico? ¿A lo teórico? Somos capaces de poner en marcha las metodologías de trabajo más alternativas y modernas, pero no somos capaces de conversar con un chaval/a que te está pidiendo ayuda sin palabras? ¿Somos capaces de ver más allá de lo que a simple vista se nos muestra?

 

Ir más allá

En un momento de la sesión, quise compartir mi herramienta maestra. La que llevo utilizando desde el primer día que me vi sentada en una sala con un chaval de 12 años que acababa de pelearse con un compañero durante una actividad. Ese día, lo teórico no servía, o al menos, así lo sentí yo. No valía jugar a recordarle que las peleas no estaban permitidas en el centro, ni que lo que acababa de pasar era algo muy negativo, que tendría consecuencias. Supongo, que mirándole entendí que eso ya lo sabía. Que quizás era cuestión de ir más allá de lo que había pasado hacía un rato en la pista deportiva. El chico, estaba sentado frente a mí, con los brazos cruzados, con la mirada fija en la mesa. La mandíbula apretada, respiraba agitado. Recuerdo que empaticé con él, con lo que estaba sintiendo al menos exteriormente, porque no sabía que pasaba por su cabeza (Punto primero: somos humanos, somos profesionales, pero no leemos la mente del chaval. Todo lo que piense, estará basado en nuestros filtros, nuestros prejuicios y nuestra experiencia vital. Contando con que somos la figura adulta, la autoridad y la referencia, ¿a qué tenderemos? Simple: a dar lecciones de moral).

Así que, se me ocurrió preguntarle ¿cómo te sientes ahora?. Este momento es un quiebre. El chaval está esperando, como adultos que somos, que la primera pregunta sea para saber qué ha ocurrido (porque los/as adultos/as solemos centrarnos en el hecho en sí) o para echarle una reprimenda, ya que si está ahí él solo sentado, es porque hemos decidido que  ha sido el culpable de la pelea. Cuando le preguntamos a un adolescente que cómo se siente, le hacemos conectar con su parte menos racional, más instintiva. La adolescencia se caracteriza por la necesidad de demostrar lo que nos creemos que somos, aunque seamos exactamente lo contrario. Por eso, si echamos la vista atrás, somos capaces de recordar nuestros “mensajes tipo”; esos que repetíamos hasta llegar a creérnoslos. Si le preguntamos cómo se siente, abrimos la puerta para que, durante al menos esos minutos, deje al personaje de lado y hable su self real.

 

vínculo

 

Miedo a ser, miedo a estar, miedo a sostener

Cuando cuento esta experiencia en las sesiones formativas con los equipos docentes, la gran mayoría de asistentes me miran con expresión de no entender nada. ¿Acaso no resolviste el conflicto? ¿Qué hiciste para que el chaval pidiera perdón al otro?. Siguen en la teoría, en sentir que lo más importante es el resultado, como si los humanos tuviésemos una serie de teclas cuya combinación diera uno u otro resultado (esto es algo que los/as profesores/as comparten con los/as padres y madres. La necesidad de que exista un manual básico de actuación con el que conseguir manejar mágicamente a sus alumnos/as o hijos/as, sin tener que sufrir por ello como madre/padre/maestro. Entra en juego un factor muy importante en la relación adulto-menor, tanto en el contexto escolar como en el familiar y social: el miedo. Miedo a marcar normas y que nos dejen de querer (esto lo habré escuchado más de veinte veces en sesiones con madres y padres); miedo a darme cuenta de que somos los/as responsables del conflicto que acaba de explotar; miedo a darme cuenta de que no sé hacerlo, y de que tampoco pido ayuda para aprender a hacerlo de otra forma. Miedo al fracaso, en definidas cuentas. Que, casualmente, es el que sentimos absolutamente todos los seres humanos. Hasta el chico que está sentado en la silla frente a mí, tiene miedo a fracasar, a que no le quieran, a no saber hacerlo bien.

El vínculo. Esa es la “herramienta mágica”. Los/as docentes vuelven a abrir los ojos, como si hubiéramos descubierto la piedra filosofal. ¿El vínculo? ¿Cómo es eso?. Pensemos en nuestra adolescencia – les digo- Pensemos en alguna figura adulta que se convirtiera en nuestro referente. ¿Por qué consiguió ese lugar? ¿Qué hacía de especial para que fuera un/a referente para nosotros/as? “Tenía un profesor de biología, que, todas las mañanas, antes de comenzar la clase, nos preguntaba cómo estábamos. Si queríamos, nos invitaba a contar algo emocionante o positivo que nos hubiera ocurrido en los días en los que no nos habíamos visto”. Este tipo de recuerdo, se repitió en la mayoría de los/as profesores/as que participaban en la sesión. “Sentía que el profesor se preocupaba por mí”, “Nos hacía ver que le importábamos”, “Llamaba a mi madre para felicitarle por mi comportamiento”. En resumen: sentían que “eran” y que “estaban”. Para un/a adolescente, esa es una de las necesidades más acuciantes. De esta manera, se ponen los cimientos para poder forjar el vínculo necesario que nos permita abordar otros aspectos necesarios en su ámbito personal, social, escolar y familiar.

Encontramos una primera definición en el diccionario María Moliner. En su primera acepción, define el vínculo como “algo que une una persona o cosa a otra. En lenguaje corriente actual sólo se aplica a cosas inmateriales: vínculos espirituales, de sangre, de parentesco, históricos, raciales”. En su segunda acepción nos muestra que sería “lazo, ligadura”. Esta definición nos introduce en la naturaleza inmaterial e invisible de este concepto.

El modo en que nos relacionamos con otros está influido por factores como nuestra experiencia vital, los acontecimientos positivos y negativos, las formas de apego primarias, las creencias,  la mirada que depositamos en el otro, los intereses que nos mueven al relacionarnos, la calidad comunicacional, los mensajes que emitimos, el modo de recibir la información del exterior, el manejo del poder, las cargas socioafectivas que nos acompañan en nuestra trayectoria de vida y las cuales depositamos en los otros, el grado de diferenciación que logramos experimentar o no con los otros. Y todo ello envuelto en un mapa cultural, histórico y social que genera sus propias estructuras de pensamiento y acción en el contexto donde nos movemos los humanos.

El vínculo, por tanto, se podría definir como la “síntesis de la interacción entre dos personas quienes, a través de sus mecanismos de relación ponen en juego su propia historia de vida y sus experiencias”. Esa es la principal barrera con la que me encuentro en el trabajo con docentes. Un/a profesor/a, no está formado para mostrarse tal y como es ante su alumnado. Está formado para transmitir una serie de contenidos académicos, facilitar que el clima en el aula sea el adecuado para que el alumnado pueda aprender estos contenidos, centrando todos sus esfuerzos en la meta, y no en los procesos. El vínculo, se caracteriza precisamente por ser un proceso, vivo, flexible, lleno de altibajos, idas, venidas, y vueltas a la casilla de inicio. Pero, la experiencia me dice, que es la base de cualquier proceso con un/a adolescente, ya sea educativo o terapéutico. Es necesario invertir tiempo y consciencia en el proceso del vínculo, que al fin y al cabo, consiste en tender puentes para que ambos/as componentes de la relación, consigan verse, reconocerse y acompañarse desde el SER. Yo defino el vínculo como el proceso de ser y estar al servicio del otro/a, como algo bidireccional. Si centramos nuestra atención en el proceso, en la construcción del vínculo, la relación se vuelve más auténtica. Se instala en el “aquí y ahora” de una forma natural, comprendida y necesaria.

El vínculo no es solo la herramienta más facilitadora a nivel educativo, sino también en mi experiencia a nivel terapéutico. Desde el enfoque Gestalt, el vínculo  es el elemento principal en la creación de la relación terapéutica. Esto es algo que traspaso al equipo de docentes en las sesiones de formación. “Lo que cura es el vínculo” (Irvin Yalom), sería la esencia que explique el por qué es tan importante enfocarse en el vínculo como la llave que abre la posibilidad de iniciar cualquier proceso, educativo, personal y/o terapéutico. Por eso, es imposible hablar de técnicas y herramientas concretas para la intervención con menores en particular. Porque no sabemos qué es lo que puede funcionar o no hasta que no nos encontremos frente a frente con el/la otro/a, y podamos saber cómo viene, cómo se siente.

Por eso, lo único en lo que podemos centrar nuestra atención es en la construcción del vínculo, permitiéndonos a nosotros/as mismos/as y al otro/a simplemente ser. Si el/la adolescente decide pasarse la mitad de la sesión en silencio, ya está diciéndonos algo. ¿Por qué no dejarle ser en el silencio? ¿Por qué necesitamos sentir que controlamos algo tan incontrolable como la esencia humana?. En contra de lo que se piensa, los/as adolescentes necesitan sentir este vínculo con su profesor/a, educador/a o terapeuta. Esta opción es la que nos lleva a poder marcar normas y límites que sean entendibles y sin que se generen reacciones negativas. Podremos ser capaces de utilizar otra mirada que vaya más allá del conflicto o del pasado.  Es la que nos permitirá sostener al otro, sin irnos al discurso o a las normas morales que se espera de la autoridad. Si se les deja ser, se muestran tal y como son. Si se muestran tal y como son, nos obligan a mostrarnos así a nosotros/as. Y quizás, eso es lo que más miedo nos da.

El vínculo deberá estar formado por diversas variables, que van desde la entrega del profesional al proceso, su capacidad de estar en el presente en contacto con el otro/a, realmente interesado en él/ella, poniendo en marcha todos los recursos de los que dispone, ofreciendo apoyo, seguridad, curiosidad, deseo y motivación para avanzar. Y nuestro papel, será hacer que el/la joven se sienta con la confianza de poder ser y hacer, mientras nosotros/as iremos viendo qué es aquello que le puede estar haciendo daño o le impide poder relacionarse de manera positiva ya sea con sus amigos, en el centro educativo o con su familia. Cuanto más confianza y seguridad sienta el/la menor en los momentos de intervención, más confianza y seguridad sentirá en los otros ámbitos que rodean su vida. Aprenderá a percibir a la figura adulta de una forma más sana y equilibrada, como alguien que ya ha pasado por donde él/ella está ahora. Sólo a través de esta primera puerta, podremos acompañarles a seguir avanzando a la siguiente etapa de manera confiada, y siendo ellos/as los/as protagonistas.


Fotografía: Matheus Ferrero