La conciencia testigo

¿Todo cambia?

En este mundo todo cambia. Si observamos el proceso de apertura y decaimiento de una flor lo podemos ver claramente. Sin embargo, aunque sabemos que, por ejemplo, las montañas también están en un constante proceso de erosión y transformación, ya no resulta tan evidente a simple vista. El caso es que sabemos a ciencia cierta que nada de lo que vemos, tocamos o percibimos a través de los sentidos es eterno y afortunadamente tampoco los pensamientos son eternos, aunque a veces de tan repetitivos lo parezcan. Pero existe algo capaz de observar todos esos cambios y a ese algo lo llamamos Conciencia testigo.

La Conciencia testigo no cambia

En la sabiduría no-dual del vedānta se dice:

“La forma es lo percibido y la mirada es la que la percibe. Esta mirada es ahora lo percibido y la mente es la que la percibe. La mente con sus modificaciones es percibida y la Conciencia-Testigo la que percibe, sin ser percibida a su vez.” (Dṛg- dṛśya- viveka, 1).

Este es un ejercicio que podemos realizar de modo práctico. Vamos allá: observa un objeto y date cuenta de su color y forma. Ahora observa la mirada, la capacidad del ojo para percibir el objeto. ¿Quién se da cuenta de esta percepción? Es la mente la que se da cuenta de como el ojo ve, el oído oye, etc… Observa como incluso con los ojos cerrados aparecen y desaparecen constantemente varios pensamientos. ¿Quién observa la mente que piensa?

Aquí es donde el advaita vedānta nos habla de un observador último al que denomina Conciencia testigo. Es la Conciencia que hace posible toda la secuencia de percepciones y que hace posible la observación, sin embargo ya no hay otra Conciencia que es consciente de Ella sino que Ella misma es autoconsciente. Es a esta Conciencia última a la que se le llama Conciencia Testigo.

La conciencia se da cuenta

Todo en este mundo está en constante cambio pero hay una conciencia que se da cuenta de todos estos cambios sin ser a su vez alterada. Un ojo no ve de por sí, el oído no oye de por sí, la mente no piensa por sí misma, etc. sino que hay Algo, una Energía por la que el ojo ve, el oído oye, la mente piensa… Sin embargo, en el caso de la mente, tendemos a identificarla con el cuerpo y con las habilidades cognitivas, las emociones y en definitiva con la personalidad limitada que denominamos “yo” y a causa de esta identificación, creemos que la mente tienen luz propia. Cuando decimos “yo veo este objeto”, “yo escucho esta música”, “yo pienso esto”… ¿Quién es ese “yo”?

La luz de la Conciencia

A menudo identificamos el “yo” con el cuerpo, la personalidad y las características limitadas que hemos atribuido a una Conciencia que es en realidad infinita y sin la cual no habría posibilidad de percibir, hacer, pensar… Sería algo así como el reflejo del sol en un espejo cuyos rayos rebotaran en una habitación oscura que a causa del reflejo de la luz del espejo se viese iluminada. En esta imagen que nos brinda la propia tradición, la habitación sería el cuerpo, el espejo la mente más sutil y el sol la Conciencia Testigo.

El cuerpo actúa gracias a la mente que ejecuta sus órdenes, pero a la vez esta recibe la luz de la Conciencia última que le da la capacidad de ser consciente. ¿Podría ser que todo lo que suelo considerar como “yo” fuera en realidad una expresión de una misma Conciencia en todos los seres, una Conciencia que parece presentarse bajo múltiples formas y nombres, aunque en realidad es una sola? Como el sol que ilumina múltiples objetos siendo él uno solo. Quita el nombre y la forma de todo cuanto percibes y lo que queda, Aquello es lo Eterno, tu Esencia última, lo que permanece dándose cuenta de todos los cambios.

A la práctica

Preguntarnos con honestidad

Todos estas cuestiones corren el riesgo de convertirse en una abstracción del pensamiento que se divierte creando este tipo de argumentos, a menos que estemos dispuestos a preguntarnos con honestidad, con sinceridad, dispuestos a no recibir respuesta, a soltarnos al Misterio. Revisar en mis acciones ¿qué me permite ver?, ¿qué me permite pensar?, ¿impelido por qué clase de energía respiro?, etc. Cuando me respondo “yo”, ¿a qué me refiero?, ¿a mi nombre, mi cuerpo?, mi personalidad?… y si no aceptamos ninguna de estas respuestas ¿qué es lo que queda? Tal como han planteado algunos sabios, ¿quien era “yo” antes de nacer?, ¿dónde estaba?, ¿quién soy mientras duermo profundamente sin ni siquiera soñar nada?

El pensar sinceramente en todo este tipo de cuestiones nos permite desapegarnos del automatismo de pensar que “yo hago, digo, pienso, percibo y siento” y darnos cuenta de ese algo mayor que el pequeño “yo”, que hace posible que “yo haga, diga, piense, perciba y sienta”.

La autoindagación constituye por sí misma una práctica muy valiosa que nos conduce al reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza.

“Con la desaparición de la identificación con el cuerpo y el conocerse como Conciencia suprema, donde sea que se dirija la mente habrá experiencia de samādhi (vivirse como Pura Conciencia)”. (Dṛg- dṛśya- viveka,verso 30)

El yoga como herramienta

La práctica del yoga nos puede proporcionar un espacio y unas técnicas para ir quitando las capas de cebolla con las que nos identificamos y llegar al núcleo, a la Conciencia testigo que observa todos los procesos mentales, que al ser observados se disuelven.

Observar el cuerpo al hacer una postura y observar aún la mente que se da cuenta de esa postura, la mente con todos sus pensamientos que tal vez huye de la postura a través de otros pensamientos o a través de sus juicios, da lugar a una práctica del yoga dirigida a purificar la mente y nos acerca a la posibilidad de descubrirnos como Conciencia testigo. Los objetos, el cuerpo, la mente,etc. cambian, pero el Testigo no cambia. Lo mismo podemos aplicar a los ejercicios de prāṇāyāma (control de la respiración) o si hacemos alguna práctica meditativa. Y, sobre todo, en nuestra vida diaria, en cualquiera de nuestras acciones cotidianas. La observación es fundamental porque es la observación la que nos devuelve a nuestra verdadera naturaleza, al hecho de Ser, Testigos de todo lo que aparece y desaparece.

¿Qué es eso llamado Conciencia?

¿Conciencia?

Hace tiempo, en clase de yoga, una niña me preguntó qué es la Conciencia. A propósito de una estrofa que estábamos aprendiendo a cantar, les contaba a los niños el significado de las cualidades sat-cit- ananda, inherentes a la Conciencia universal que  en sánscrito se llama brahman. Sat – les decía – significa “aquello que es y que nunca puede dejar de ser, aquello que siempre existe”. Ananda es la felicidad infinita, una felicidad que nunca cesa. Cit es la Conciencia Absoluta. Y entonces fue cuando surgió la duda ante esa extraña palabra ¿Conciencia?

En occidente la palabra conciencia tiene un significado estrechamente vinculado a la dicotomía entre lo bueno y lo malo. Si te portas bien tu conciencia estará tranquila, mientras que si te portas mal sentirá el peso de la culpa. La conciencia es en muchos contextos, una especie de voz- sabiduría interna que nos indica el camino a seguir, lo que nos hará sentir bien y lo que nos hará sentir mal.

También se habla actualmente de un “cambio de Conciencia” colectivo.  Se dice que estamos viviendo un momento de apertura y/o cambio, para indicar, a mi entender, una nueva comprensión del mundo y del universo que parece que ha de llevar al hombre a dar un nuevo paso evolutivo. En este caso la Conciencia es algo más amplio que el sentir individual y sin embargo, parece algo que alcanzar, un estado al que llegar o que es susceptible de desarrollarse.

La Conciencia como luz

En el contexto de la tradición no-dualista del vedanta la Conciencia no puede sufrir alteración alguna, no puede crecer ni decrecer, no puede expandirse ni abrirse, no es algo que va y viene, ni que podamos poseer…

La Conciencia es justamente aquello que está más allá de todo juicio, más allá del bien y del mal por su carácter transcendente y que a la vez tiene también la cualidad de la inmanencia, ya que es aquello que no vemos pero por lo cual todo es visto y conocido. Brahman es la palabra que se utiliza para referirse a esta Conciencia que sostiene todo el universo, mientras que la palabra atman se se refiere a la Conciencia en el individuo.

El mensaje fundamental del advaita vedanta (vedanta no-dualista) es, precisamente, mostrarnos la identidad entre brahman y atman, la perfecta identidad entre la Conciencia universal y la individual. La Conciencia es, pues, algo que todo lo penetra, que a todo subyace y por eso es común en todo.

Aún así, es posible que sigamos sin ver claramente en qué consiste esto de la Conciencia. Vamos juntos a ello, a ver si sacamos algo en claro. Antes de ver cada respuesta mira de responderla por ti:

 

  • ¿Cuál es la luz que te permite conocer todo lo cognoscible?

  • La luz del sol, en el día y la de la lámpara por la noche

  • ¿Y a través de qué luz ves el sol y la lámpara?

  • A través de los ojos

  • ¿Y cuando cierras lo ojos, qué luz de conocimiento hay entonces?

  • El intelecto

  • ¿Y cuál es la luz para percibir el intelecto?

  • Yo, soy ahí la luz

A esto el maestro respondió: “entonces, tú eres la luz suprema”. Esta breve historia es una estrofa atribuida a unos de los pensadores más importantes de la tradición India y al mayor exponente del vedanta no dualista, Shankaracharya.

¿Qué es eso llamado Conciencia?

La distinción entre el Yo-profundo y el yo-limitado

La historia anterior nos muestra dos puntos bien interesantes:

Por un lado, aquello que llamamos Conciencia, resulta ser la Conciencia por la cual vemos, tocamos, olemos, oímos, sentimos. Es la Conciencia Pura porque sin verse alterada por nada, hace posible tomar conciencia de cualquier cosa.

Por otro lado, y esta es la gran noticia que nos ofrece el advaita vedanta, se afirma que cada uno de nosotros es esa Pura Conciencia, que aquel referente último del cual decimos “Yo” es la Conciencia que me permite conocer y actuar.

Es importante no confundir el “Yo-profundo” con la persona limitada por la personalidad, pensamientos, características físicas, etc.

El “Yo” es precisamente la Conciencia única que es la misma en todos los seres y que hace posible el “yo” perecedero y limitado con el que nos solemos identificar. Es precisamente la confusión entre estos dos “Yoes” la que nos acarrea sufrimiento, porque en cuanto la Conciencia (el “Yo” ilimitado e infinito) se expresa a través de nosotros, nos confundimos y creemos que es el “yo” limitado (yo finito, yo -cuerpo, yo – mente, etc.) el que hace, dice, conoce…

La Conciencia como sostén

La Conciencia no es algo que percibamos con los sentidos, pero sí que es aquella energía que permite que percibamos y conozcamos a través de ellos. No soy “yo” la que ve sino que es la Conciencia la que ve a través de “mis” ojos, si acaso puedo decir que los ojos me pertenecen.

Más allá de la vida y la muerte, es aquello que permite que el mundo aparezca ante nuestra mirada y en este sentido es el sostén de todo cuanto existe.

Por supuesto, a aquella niña no le respondí algo tan complejo, pero sí que los invité a todos a hacerse la siguiente reflexión y ahora también tú estás invitada: “¿qué es lo que distingue a un ser vivo de un cadáver?”

Miras una mariposa, está revoloteando torpemente, parece que está a punto de morir en el suelo y ella sigue batiendo las alas  mientras da vueltas sobre sí misma. Cae sobre sus alas, mueve algo las patas y ¡zas! Deja de moverse por completo, se queda tiesa, ya no hay aleteo, el cuerpo ha quedado inerte… ¿qué es lo que pasó? ¿qué es lo que cambió? ¿está eso que llamamos Conciencia presente también en ese cadáver o está sólo presente en los seres vivos? ¿Qué es eso que llamamos Conciencia?

¿Quién soy yo?

Yo adolescente, yo hoy

Recuerdo que tendría alrededor de quince años cuando la directora de secundaria del colegio en el que estudiaba nos quiso animar para ir a una salida de fin de semana para descubrir «¿Quién soy yo?«, que organizaban las religiosas, pues iba a un colegio de religiosas. La verdad que no pareció conseguir mucho más de nosotros que unas cuantas risas que nos echamos a propósito de ella y de la graciosa forma en que hablaba una mezcla de castellano y catalán. Sin embargo, todavía hoy puedo recordar que fue la primera persona de la que escuché esa pregunta y aunque no entendí que quería decir con lo de “¿Quién soy yo?” y qué sentido tenía hacerse esa pregunta, por alguna razón la vibración de sus palabras quedó grabada en mí, pues como puede percatarse el lector o lectora, hasta día de hoy no he olvidado la cuestión.

Mientras escribo esto me pregunto qué ha cambiado entre esa adolescente y la persona adulta de hoy, que no sólo le encuentra sentido a la pregunta sino que piensa que indagando en ella con honestidad igual puede descubrir el secreto de una vida plena. ¿Soy la misma persona que esa chica adolescente? ¿Por qué a ella le parecía casi una broma preguntarse algo así? En fin, para no liarlo más, dejaré a un lado las reflexiones acerca de cómo se entendía a sí misma la chica adolescente e iré al grano sobre lo que me apetece compartir hoy, a saber, el sentido de conocer “¿quién soy yo?”.

quién soy yo

Conócete a ti mismo

Son muchas las tradiciones filosóficas que nos instan a “conocernos a nosotros mismos”. Tenemos en la filosofía occidental el célebre oráculo de Delfos que reza justo de este modo:

“Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el Universo y a los dioses”.

O el Maestro Eckhart que afirmaba:

“Quien se conoce a Sí, conoce todas las criaturas”.

Y en la filosofía oriental leemos, por ejemplo, en un pasaje del Tao Te Ching:

“Quien conoce a los demás es inteligente.

Quien se conoce a sí mismo, es sabio.”

La sabiduría de la India lo expresa también desde las Upaniṣad, donde nos hablan de la esencia última del ser humano como idéntica a la esencia de todo el universo:

“ Uno debe de ver y escuchar, así como reflexionar y concentrarse en su propio ser, ya que cuando uno ha visto y oído su propio ser, cuando uno ha reflexionado y se ha concentrado en su propio ser, conoce entonces el mundo entero”.

Algunos maestros trasladaban esta pregunta a sus discípulos y oyentes, invitándolos a descubrir qué es aquello a lo que llamamos “yo”. Esta pregunta sólo cobra sentido cuando uno se la formula honestamente, no reproduciéndola como una especie de mantra y respondiendo automáticamente lo que hemos escuchado que otros han respondido, sino respondiendo aquello que realmente se nos ocurre e indagando en todo lo que aparece. Por ejemplo ¿puedo decir que soy Tal, o eso es sólo un nombre? ¿puedo decir que hago esto o aquello o sólo estaría describiendo mi profesión? ¿y cómo me voy a describir sólo físicamente si mi físico cambia con los años? ¿puedo decir que soy lo que pienso, siendo que mis pensamientos cambian a cada instante?… Bien, se me ocurre que podría responder: “soy todas esas cosas juntas: tengo este nombre, me dedico a esto, soy físicamente así, suelo tener un carácter asá…”. Podría utilizar el tipo de fórmulas a las que recurrimos para describirnos, por ejemplo cuando tenemos que hacer una carta de presentación, esa que ni yo misma me creo o que me chirría cuando me presento a viva voz.

 

iam-who-i-am

Cuando decimos “yo” parece que estemos haciendo referencia a algo fijo, a una entidad que tienen fuerza propia, algo que siempre es igual, aunque en verdad todo lo que estamos diciendo acerca de ese “yo” es cambiante, pasajero y contingente. ¿Entonces lo que llamo “yo” es algo fijo o algo cambiante?

La propuesta del advaita vedanta: neti neti

Esta es una de las grandes cuestiones dentro de las tradiciones sapienciales de la India. Para el advaita vedanta, el vedanta no-dualista, la identificación con todos ese tipo de características cambiantes es precisamente lo que nos mantiene en la ignorancia. No la ignorancia de haber leído poco sino la ignorancia de lo que uno mismo es en esencia. El “yo” identificado con todas las características pasajeras o contingentes se piensa a sí mismo limitado, incompleto y mortal. Las características que nos podemos atribuir como seres humanos son limitadas y atribuimos a los objetos, a las personas a nuestro alrededor y a las situaciones que vivimos la capacidad de completarnos, de hacernos de algún modo felices y en el fondo aspiramos a una felicidad total que dure para siempre. Pero ¿cómo otras personas, objetos y situaciones que también son pasajeras nos van a proporcionar una felicidad duradera? Esa “felicidad” sólo durará lo que dure la experiencia o situación de placer.

Finalmente, a causa de que generamos nuestra identidad a costa de un cuerpo, unas emociones y unos pensamientos pasajeros, creemos que somos mortales, porque efectivamente el cuerpo, las emociones, los sentimientos,etc. mueren. Pues bien, el advaita vedanta lo que nos propone es ir quitando capas de cebolla. Tal vez no puedo responder o saber a voz de pronto “¿Quién o qué soy?”, pero sí que podemos descartar todo aquello que no somos, es decir, todo aquello que es pasajero. Esta forma de proceder se conocía ya desde la antigüedad como “neti, neti” (“no esto, no esto”). La persona toma su cuerpo como objeto de indagación, analiza en qué medida se identifica con este cuerpo y qué hay en el cuerpo que sea eterno y qué hay que sea pasajero, luego se puede analizar la sensación de sed y de hambre, los pensamientos, etc.

Este tipo de reflexión nos conduce hacia un espacio de silencio porque no puedo decir que nada de lo que analizo sea eterno, y Aquello que queda cuando todo lo que no es eterno ha sido descartado, Eso es lo que Soy. Desde esta tradición se nos anima a poner la atención en Eso, en el Ser, la Esencia última, la Conciencia Absoluta y eterna que observa todo lo cambiante. Decir de un lado, no soy todo aquello que cambia y de otro lado, lo que soy en verdad es el Ser, la Pura Conciencia y la Dicha infinita.

buda

La propuesta del budismo: no hay «yo»

El budismo se da cuenta también de que todo aquello que llamamos “yo” es cambiante y por tanto también nos insta a dejar de identificarnos con esos aspectos pasajeros: no soy la forma ni el nombre de mi cuerpo, tampoco soy mis sensaciones, ni mis percepciones, ni siquiera mis pensamientos o memoria, ni la conciencia que observa y conoce a través de los sentidos. Sin embargo, no establece una esencia, un “Eso” como hilo que sostiene todo lo pasajero sino que pone el foco en observar la realidad de lo cambiante.

Cuando todo lo que me constituye es cambiante lo que llamo “yo” pasa a ser sólo un nombre, vacío de un contenido fijo, no existe una esencia que sea fija y eterna, lo único que sería eterno es el cambio constante. Darnos cuenta de esto nos evita el sufrimiento de seguir pidiendo a lo que por su naturaleza es cambiante que no cambie, nos evita el sufrimiento que nos genera el deseo de que las cosas sean de forma distinta a como son. Darnos cuenta del sufrimiento que produce el deseo de que lo que es cambiante sea eterno o de que las cosas sean de forma distinta a como son, conduce a la disolución del “yo” como individuo y nos lleva a un estado de liberación.

Recorrer mi propio camino

Expuesta a muy grandes rasgos la visión de dos  tradiciones de gran impacto surgidas de India, he de decir que creo que sus explicaciones no nos sirven. Me explico, no nos sirven como respuesta. Tal vez puedan servirnos como guía, o tal vez nos despisten más porque comenzamos a ver el mundo bajo una serie de creencias que acaban resultando tan cómodas que uno no quiere soltarlas  y así nos pasamos siglos pensando que la tierra era plana y siglos pensando que es redonda. Puede que las explicaciones de otro me inspiren a indagar, pero el trabajo está en indagar con toda sinceridad, atreverme aser sorprendida, abrirme a la posibilidad de que la respuesta sea completamente distinta a mis esquemas de creencias y para eso tengo que atreverme a soltarlas.

Recorrer el camino de conocerme a mi mismo, sólo puedo hacerlo yo ¿y quien es ese “yo” que quiere conocerse a sí mismo?

 

Respecto a cómo conociéndose a uno mismo el universo entero puede ser conocido, lo dejo para la próxima entrada.

 

Fuentes:

  • CAVALLÉ, Mónica. La sabiduría recobrada, Kairós, 2002.
  • OLIVELLE, Patrick. Upanisads, Oxford World’s Classic, 2008.