¿Respetamos nuestros límites?

 

Te propongo un pequeño ejercicio de honestidad con uno mismo. Si lo deseas, cierra los ojos tras cada una de estas preguntas, respira profundo, y deja que surja alguna respuesta, sin forzar. ¿Alguna vez te has sentido invadido/a ante la acción de otra persona? ¿Crees que alguna vez has podido invadir el espacio vital de otro? ¿Sueles sentir que no sabes poner límites ante los demás? ¿Alguna vez has sentido que personas significativas en tu vida no hacen aquello que consideras que sería lo mejor?

 

La intersubjetividad como marco para comprender nuestra interacción con los demás

 

Es algo fascinante observar cómo se va formando en el ser humano el sentido del yo, la identidad propia, desde los primeros años de vida. Y si nos paramos a reflexionar, solo puede existir un “yo” porque también hay un “otro”. Desde los años setenta del siglo pasado, muchas investigaciones acerca del desarrollo infantil han confirmado que estamos programados desde el nacimiento para interactuar con los otros, partiendo del reconocimiento y la imitación, con el fin de facilitar un proceso de comunicación que nos sitúa ante el mundo. Así, un recién nacido puede imitar, aún de forma rudimentaria, las expresiones faciales que ve en un adulto. Son las primeras muestras de intersubjetividad.

El término intersubjetividad tiene gran significado en el ámbito del desarrollo psicológico infantil y en psicoterapia, especialmente de tipo psicoanalítico. Se refiere a la interacción entre dos subjetividades, es decir, la intersección entre dos mentes, dos formas de observar e interpretar el mundo. En esa interacción, ambas mentes también se transforman. Diversos autores, entre los que destacan Trevarthen o Stern, han investigado profundamente sobre ello y han aportado visiones realmente ricas, derivadas de la observación de las interacciones entre bebés y sus madres. Y coinciden en que es a través de los vínculos que se crean intersubjetivamente como se modela la experiencia subjetiva que vivimos en nuestro interior.

 

 

¿Respetamos los límites de nuestros niños?

 

Hace algo más de un año, tuve una experiencia reveladora. Me encontraba realizando la formación de Educador de Masaje Infantil, y una de mis compañeras acudió con su bebé de tres meses al curso, de modo que pudiera seguir manteniendo su presencia y continuar su lactancia materna cuando lo demandara. Casualidad o no, se sentaron a mi lado, y el bebé comenzó a observarme. Siempre he sentido una gran afinidad por los niños, y en cuanto me di cuenta, me giré hacia él, le miré, sonreí, le hablé y extendí mis manos. Su reacción fue de rechazo. Me sorprendí, pues habitualmente suelo conectar con los bebés de forma rápida, pero el episodio se produjo varias veces a lo largo del día, y me di cuenta del gran maestro que tenía delante.

Comencé a tomar conciencia de mi mirada, de mi postura corporal, de mi intención profunda. Me di cuenta que quería llevarlo a mi terreno, seguramente alimentar mi ego confirmando mi creencia de la buena conexión con los niños, pero a costa de mostrarme invasivo. Y recibí una gran cura de humildad. Probablemente, él sólo estaba explorando, y respetando distancias, miradas, gestos, hubiera preferido que fuera interactuando de modo muy progresivo. Ni siquiera le había pedido permiso. Di por hecho que quería interactuar. Y ahí tomé conciencia de que estamos programados desde que nacemos para sentir nuestro propio espacio y hacer ver a los demás que necesitamos que lo respeten. No somos objetos.

Durante dicha formación, una parte importante es mostrar a los padres que deben compartir con los bebés que les gustaría hacerles un masaje y pedir permiso a los mismos antes de iniciarlo. Es algo que chocaba a los padres, pues los adultos pensamos que los bebés no nos van a entender. Pero lo que solemos pasar por alto es que comunicamos más de forma no verbal que a través de nuestras palabras. Una  mirada que dice “te veo y te respeto”, una pregunta con esa entonación interrogativa que pueden comprender perfectamente, un acercamiento desde el respeto al cuerpo del otro y no desde la manipulación como si fuera un objeto, son parámetros que todo bebé capta perfectamente y siente si está siendo respetado o bien si la invasión es algo habitual en el trato que recibe. Teniendo todo esto en cuenta y extendiéndolo a los niños que han formado o forman parte de nuestra vida, ¿crees que has podido mostrarte invasivo en algún momento?

 

 

¿Cómo aprendemos a reconocer al otro como sujeto, y no como objeto?

 

Leyendo el libro “El apego en psicoterapia”, de David Wallin, el cual recomiendo, el autor menciona el trabajo de la psicoterapeuta Jessica Benjamin como clave para comprender cómo se desarrolla el reconocimiento mutuo de los sujetos. Para ella, dicho reconocimiento implica que el encuentro entre dos mentes permite darse cuenta de lo que uno siente, de lo que siente el otro aunque no coincida con lo propio, y de que es posible compartir esos sentimientos sin el temor a perderse uno mismo o sin la necesidad de imponerse al otro. Podemos vivir al otro como sujeto cuando reconocemos que existe fuera de nuestra mente. Pero cuando entendemos al otro únicamente dentro de nuestro mundo de representaciones y significados, realmente lo estamos viendo como objeto, lo estamos “cosificando”.

Llegados aquí, podemos hacernos la gran pregunta. Aquellas personas que siento como más importantes o significativas en mi vida, ¿lo son porque reconozco su individualidad y soy capaz de interactuar de forma abierta compartiendo desde lo más profundo de mi ser, o bien son importantes por el papel o rol que les he atribuido en el mundo de representaciones de los seres que me rodean?

Tomar conciencia de ello supuso darme cuenta en mi proceso personal de que tendía en gran medida a “cosificar” a los demás y, por ello, también me resultaba más fácil reconocer este hecho en la forma de actuar de los demás, es decir, fui consciente de que es muy habitual que nos movamos, consciente o inconscientemente, utilizando a los demás para cumplir un rol dentro de nuestro esquema de vida.

Todo lo expuesto conecta, directa o indirectamente, con conceptos como agresividad, dominación, sumisión o asertividad. Y es algo que el niño aprende de forma muy temprana gracias a la interacción. Benjamin, citada por Wallin, explica que el niño pasa por un proceso que transforma su visión del otro como objeto a reconocerlo como sujeto. Pasado el primer año de vida, cada vez son más frecuentes los episodios de expresión del enfado o de conductas invasivas en el niño que ponen a prueba al adulto que ejerce de cuidador principal. Si el adulto “sobrevive a la destrucción” permaneciendo junto al niño, sin retirarse ni reprimiendo lo que sucede, sino acompañándolo, se producirá en el mundo interior del niño esa transformación que permite ver al otro como sujeto. De este modo, comprende que las diferencias de criterio no son una barrera para compartir experiencias, y que el vínculo permite varias visiones de la realidad sin que sea necesaria la dominación o la sumisión.

 

Y en nuestro día a día, ¿reconocemos al otro?

 

He expuesto varios ejemplos relativos a cómo los niños interactúan y van desarrollando su propia identidad. Pero, como adultos, ¿tendemos a reconocer a los otros como sujetos?

Hace algunas semanas, descubrí por internet un artículo con un vídeo que hablaba sobre las violaciones en el entorno de la pareja. Lo primero que pensé, más allá de las cuestiones de género que siempre afloran en estas situaciones, es si esto no es una de las expresiones más extremas de invasión del otro, de su “cosificación”, que suele ser más frecuente en los hombres, dada la desconexión emocional con nosotros mismos y nuestra menor capacidad empática, seguramente derivada de la presión social, cultural y educativa.

 

https://www.youtube.com/watch?v=4IXk2u8bzCM

 

Si hacemos un barrido por nuestras formas de relacionarnos, ¿solemos pedir permiso a nuestros seres más queridos para iniciar una conversación, para compartir un abrazo, para hacer una caricia, incluso para compartir nuestra opinión sobre algo que le afecta? Si no sentimos de niños que se contara con nosotros y aprendimos que la invasión es lo normal, ¿cómo no vamos a repetir patrones si no hacemos una profunda toma de conciencia? Nuestros patrones de agresividad y sumisión están bien nutridos. ¿Sería posible permitirnos sentir lo que nos dice nuestro interior (esas sensaciones corporales, esos juicios, etc) ante las diferencias o diversidades que nos plantea el otro, sin creer que debemos renunciar o imponer?

 

Referencias bibliográficas

  • Stern, D. (1999). Diario de un bebé. Barcelona: Paidós.
  • Wallin, D. (2012). El apego en psicoterapia. Bilbao: Desclée de Brouwer.

 

Aprendiendo a ser padres: La agresividad

Este es el primero de una serie de artículos para orientar a padres, hermanos, educadores y cualquiera interesado en el conocimiento acerca de los distintos ámbitos que ocupan la vida de los jóvenes y adolescentes. Pero si tuviera que definir un “Target” (Un objetivo) diría que se trata de una serie de artículos para orientar a los padres en el complejo mundo que es su hijo.

familia feliz

¿Qué es importante saber sobre agresividad?

La agresividad puede ser física o verbal. No todos los niños que manifiestan agresividad verbal pasan a la física, pero, ambos tipos están fuertemente relacionados.

Si no se controla pronto, la agresividad del infante afectará negativamente en su desarrollo. Pudiendo desembocar en un comportamiento violento cuando crezca.

El niño agresivo no se encuentra a gusto consigo mismo ni con los demás presentando dificultades en las relaciones sociales. Controlar el comportamiento agresivo no quiere decir volver pasivo e indefenso al niño. Como la mayoría de comportamientos agresivos son aprendidos, pueden aprender a actuar de forma no agresiva.

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¿Qué puede provocar conductas agresivas en el niño?

No hay un solo factor el detonante de la agresividad, sino la unión de varios. A saber:

  • Tipo de sociedad: La sociedad actual promueve la agresividad y la competitividad individualista. Este tipo de mensajes cala en los niños y adolescentes
  • Entorno social: El niño aprende del entorno y es fácil que cuanto más agresivo sea, más cosas consiga reforzando esas conductas agresivas.
  • Medios de comunicación: La televisión tiene mucho contenido violento y si está desregulado y fuera del control de los padres, puede ser una mala influencia.
  • Factores biológicos: Hay, evidentemente, factores fisiológicos que pueden desencadenar una mayor tendencia a las conductas violentas.
  • Relaciones familiares: Las relaciones entre miembros de la familia son muy importantes en la producción de la agresividad. Si los padres son agresivos con el niño facilitan que su hijo se relacione de forma agresiva con los demás.
  • Estilo de educación: Tanto unos padres negligentes como una educación excesivamente estricta puede desencadenar conductas agresivas en los niños y adolescentes.
  • La edad: Las conductas agresivas de los niños son frecuentes y hay que controlar un poco como se manifiestan para que no se acentúen con el crecimiento. En la adolescencia puede llegar a desembocar en comportamientos violentos.

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¿Cómo prevenir la agresividad?

Hay que resaltar la importancia del ambiente familiar y la forma de relacionarse en casa para la prevención de conductas agresivas.

Se recomienda el uso de un lenguaje correcto, para mostrar el desacuerdo de forma pacífica y respetuosa. Es importante enseñar a poner en palabras las emociones y sentimientos porque le permitirá reducir la ansiedad. Premisas como: Sabemos que estás enfadado. ¿Qué es lo que te enfada? ¿Qué crees que te haría sentir mejor?

Es importante que entienda que el enfado es natural, a veces ocurre. Pero, que se debe controlar y expresar de forma adecuada. También evitar que vea programación de contenido violento no apto para su edad y sin vuestra supervisión. Puede que tienda a imitar formas violentas como actos normales por culpa de los cánones violentos de la televisión.

Si se da una situación violenta ajena, podeis aprovechar para mostrarle que esa no es la forma de solucionar las cosas (Televisión, agresiones en la calle, cualquier ejemplo espontaneo vale) y aprovechar para enseñarle alternativas saludables. La práctica de deportes por ejemplo, es una buena forma de encauzar su energía. Los más recomendables son los que además de canalizar su energía le enseñen a respetar las reglas del juego y al adversario, no incidir en la cara más competitiva del deporte.

Es recomendable que el niño practique actividades en grupo con otros niños para que aprenda a trabajar en equipo. Además de transmitir a vuestro hijo que la agresión no es la forma de comunicarse, le debéis de enseñar a defenderse y a no aceptar la agresión de los otros. Si aprende a defenderse no asumirá el papel de víctima. Confiará en sí mismo y podrá afrontar la agresión de los demás poniendo limites.

Es importante que enseñéis a vuestro hijo a quererse y aceptarse tal y como es para que tenga un buen concepto de sí mismo. Aunque no es recomendable que presencie conflictos entre vosotros, a veces es inevitable. Intentad explicar que a veces discutís y resolvéis vuestros conflictos dialogando.

Si notáis que se crea una situación conflictiva con vuestro hijo, intentad mantener la calma. Y si no pudierais, recurrir a salir de la habitación para más tarde volver y plantear buscar una solución.

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¿Cómo actuar ante la agresividad?

Es importante que desde pequeño corrijáis las conductas agresivas del niño. Desde insultar, a hacer daño a otras personas o animales. Es fundamental que ambos tengáis la misma opinión respecto a las conductas agresivas.

Evitad prestar atención cuando de pequeño diga alguna palabra subida de tono. Porque a veces os hará gracia y otras le reprochareis que la use y eso le desconcertará. Si le escucháis insultar, decidle que eso no se hace, pero sin gritarle.

Si le escucháis algo parecido a “Es idiota, me ha cogido…” le podéis decir que muestre ese mismo enfado, pero usando unas palabras más adecuadas. Ayudad a controlar el enfado de vuestro hijo poniendo límites, dejadle claro que no consentiréis que golpeé o insulte: “Sabemos que estás enfadado, pero no vamos a consentir que pegues… Hoy no verás la tele”.

Aunque debéis recriminar las conductas agresivas, también es imprescindible reforzar las conductas no agresivas. Si utilizáis excesivamente el castigo podéis provocar el efecto contrario. Cuando esté “no agresivo” decidle lo bien que os sentís cuando se comporta así.

Cuando regañéis a vuestro hijo porque ha agredido, centraros en esa conducta específica que está mal, no lo descalifiquéis a él como persona con premisas como “Qué malo eres”, sino más bien “Eso está mal”. Evitando así que se identifique con el rol de “Niño malo”.

Debéis prestar especial atención a los avances que hace. Si notáis que está esforzándose en cambiar o comportarse mejor, evitad hacer referencias al comportamiento anterior. Aunque vuelva a realizar alguna conducta violenta.

Controlar el comportamiento agresivo del niño con castigos físicos, lejos de ayudar a prevenirla, acentúa las conductas agresivas en él.

Es importante que no sólo le prestéis atención cuando hace conductas agresivas. Porque aprenderá que es la única forma que tiene de conseguir atención.

Si las conductas agresivas de vuestro hijo van en aumento u os sentís incapaces de controlarlas, buscad ayuda profesional.

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