¿Prescindimos del alma en el s. XXI?

Cabe la posibilidad de que el día de mañana podamos prescindir del concepto de alma. La idea de una entidad espiritual ha acompañado toda la vida al ser humano, pero muchos son los que se plantean desde hace un tiempo que podemos comenzar a despedirnos de ella.

Es bien sabido que el concepto de «alma´´ ha contenido numerosos significados, siendo uno de ellos la esencia de aquello que mantiene nuestro cuerpo con vida. Entre otras cosas, el hecho de creer en la existencia del alma, ayuda a millones de personas a perder el miedo a la muerte, ya que a través de ella pueden abordar temas que trascienden más allá de la existencia terrenal.

  <<El alma es inmortal y migra pasando de una forma de vida a otra>> 

                                                         (Pitágoras de Samos, filósofo y místico, 570-510 a.C.)

Repasando la idea de alma

A pesar de la transformación que ha ido sufriendo este concepto a lo largo de la historia, está claro que nunca ha desaparecido ni de nuestro lenguaje cotidiano ni de nuestras mentes.  Normalmente solemos tener expresiones como: «no había ni un alma en la fiesta´´ o «salió corriendo como alma que lleva el diablo´´y aún hoy por hoy hay personas que conciben el alma teñida de connotaciones fastasmagóricas y esotéricas, haciendo de esta entidad un «algo´´ que pertenece al más allá.

Sin embargo, en los avances científicos dentro del campo de la psicología, vemos que todas aquellas hipótesis ambiguas que pudieran contener sentidos espirituales, han ido desapareciendo progresivamente. El objetivo ha sido siempre la constatación empírica que ha ido sustituyendo la «ciencia del alma´´ (como en ocasiones se ha denominado a la psicología) por la «ciencia sin alma´´ o ciencia empírica.

La reminiscencia de las tradiciones antiguas que consideraban el alma como parte esencial de la existencia humana, se sigue manteniendo en nuestro imaginario colectivo. El ser humano está necesitado de una instancia duradera que le confiera cierta identidad, y muchas veces esto se nos escapa de la realidad material en la que vivimos sumergidos. Tanto es así que hasta conferimos a animales, plantas u objetos un núcleo espiritual que los mantiene con vida y que les es esencial para su propia existencia.

 

 

Este hecho descansa sobre la creencia de que nuestros «estados mentales´´ pueden continuar después de la muerte, conformando así el concepto de alma. De este modo le conferimos dicha capacidad espiritual a casi todos los seres vivos u objetos que nos generan apego.

 

¿Como vemos el alma?

Dentro de las diferentes representaciones del alma que han existido en épocas y culturas pasadas, la que mas ha predominado ha sido considerarla como una esencia inmortal que define el concepto del sí mismo. Cuando afirmamos que «alguien no tiene alma´´, normalmente hacemos referencia a aspectos de su personalidad o forma de ser/actuar. 

Por otro lado también solemos darle ciertas características espaciales a este concepto, siendo capaz incluso de cambiar su forma o apariencia,  de separarse del cuerpo o localizarse en el espacio. Esto es bastante paradójico teniendo en cuenta su naturaleza no corpórea.

 

Experiencia extracorpórea

 

Claramente se trata de un intento de cosificar algo que ni si quiera es un objeto y lo hacemos con la intención de hablar de estados mentales que no podemos comprender o afrontar si no es con metáforas o sentido figurado. 

A pesar de tratarse de un error categorial que aparenta carecer de toda lógica posible, las personas no solemos tener problemas para aceptarlo. Es entonces cuando surgen numerosas cuestiones sobre cómo puede influir el alma en nuestro cuerpo. Ya Descartes hablaba de la ubicación del alma en la epífisis, lugar físico que permitía conectarse con el cuerpo. 

Pero como contraposición, sobre todo para aquellos más escépticos, encontramos el dualismo intuitivo con el que nos hemos criado a lo largo de toda nuestra vida. Desde pequeños aprendemos a diferenciar los estados mentales de lo material, ya que muchas de las cosas que pasan por nuestra mente no se encuentran reflejadas en la realidad. Esto dificulta la concepción del alma como parte influyente en el cuerpo, pues se trata de materias distintas y la mente racional no puede percibir el alma en ninguna parte.

 

Concepto metafórico

 

Sin embargo, si seguimos cuestionándonos, ¿qué es lo que hace que mi cerebro actúe por si mismo? parece difícil encontrar una clara respuesta. Podemos rescatar  la idea del Primer motor inmóvil de Aristóteles, ¿pero dónde se encuentra? Parece ser que nadie lo ha visto… y hasta ahora nuestro cerebro no aparenta poseer ninguna instancia autónoma que determine sus decisiones conscientes y comportamientos. ¿Entonces cabría aquí la posibilidad de incluir el alma dentro de la fórmula? Algunos piensan que si, otros no tanto (si a la ciencia nos remitimos).

Si creemos o no, es subjetivo

En muchas ocasiones hemos podido escuchar la expresión «ha vendido su alma al diablo´´ y lo que podemos deducir de ella es el significado subjetivo de que alguien ha faltado a sus principios por un beneficio mayor. 

Son algunos los estudios que revelan que la creencia o concepción del alma atañe al modo en cómo pensamos sobre nosotros mismos y los demás. Es decir, parece que el alma puede servir como un refugio para nuestro autoconcepto y percepción del mundo. 

Por otro lado, el alma nos permite perder el miedo a la muerte, porque si nos paramos a pensar en qué será de nosotros cuando «pasemos al otro mundo´´ seguramente nos podamos imaginar o vagando por la penumbra de la noche, en el limbo o siguiendo una brillante luz. De algún modo nos imaginamos desde fuera y esto refleja nuestra necesidad de compensar de algún modo la idea de la propia inexistencia. 

 

Ascensión del alma después de la muerte

 

Nuestro cerebro automáticamente se disocia de la idea de muerte, ya que si estuviésemos pensando en nuestro ultimo día durante todos los días, no seríamos capaces de vivir tranquilos. Y cuando se nos ocurre pensar en la muerte, nos contamos la «historia´´ heredada culturalmente, de nuestra permanencia en algún otro lugar inmaterial. Imaginarnos cómo es estar muerto, excede nuestra capacidad representacional. Es evidente que nuestra mente retrocede ante la posibilidad de no existir.

A todo esto cabe añadirle que somos capaces de aceptar que hace cien años no existíamos. Pero no aceptamos con mucho gusto la idea de no existir dentro de cien años. Este podría ser uno de entre los varios motivos que nos facilitan la creencia de poseer un alma que además de persistir en el mas allá, nos mantiene vivos en el presente. 

«SI EL ALMA ES INMORTAL, NUNCA DESAPARECERÉ…´´

Objeción científica 

Desde la ciencia podemos encontrar cada vez más explicaciones de sucesos próximos a la muerte o experiencias como el dejà-vu, que descartan por completo el concepto de alma o del mas allá. Como consecuencia, dentro de este terreno va avanzando  la comprensión de la mente desde fenómenos basados en leyes naturales.

Incluso en el campo de la filosofía encontramos especialistas que afirman que en este siglo no tiene por qué haber problemas para despedirnos de la idea clásica de un alma inmortal. Parece que la neurociencia cognitiva ayuda en esta idea, puesto que dilucida con precisión el modo en el que el cerebro lleva a cabo sus funciones mentales. 

 

 <<He diseccionado muchos cadáveres y nunca he hallado un alma>>

                                                                (Rudolf Virchow, médico, 1821-1902)

 

Evidentemente este avance repercute en el modo en el que percibimos nuestros procesos mentales y la idea de que pueda existir un mas allá va siendo difícil de argumentar con «tanta facilidad».

En sus inicios, se consideraba al alma como una entidad superior a la consciencia, comprendiendo un principio vital para la vida. Sin embargo con el paso de los siglos, hemos ido obteniendo mas información sobre el funcionamiento fisiológico del cuerpo y de la mente, por lo que se ha ido desechando este constructo como medio de explicación de las funciones vitales. Hoy en día empleamos el concepto de alma como sinónimo de psique, lo cual la destierra de toda connotación extrasensorial. Esto demuestra que el concepto seguirá transformándose con el paso del tiempo. 

Entonces nos surge la cuestión de si estos avances implican que el alma vaya quedando cada vez más encapsulada en el ámbito de la fe… Algunos profesionales afirman que el alma inmortal hoy ya solo es un concepto teológico, pero a pesar de ello sigue habiendo personas que se aferran a ella porque les hace sentir mejor o porque les aporta unidad personal y cierto auroconcepto de sí mismas. 

Cierto o no, la creencia en el alma no podemos fundamentarla con argumentos concluyentes, lo que hace que algunos se refuercen en ideas como que ya estamos inmersos en un proceso en el cual nos estamos deshaciendo de la creencia en el alma y en el mas allá. La ciencia aboga por sustituir viejos enfoques por otros nuevos que se presentan mas explicativos y empíricos. De este modo, el avance se determina eliminando los supuestos errores de hipótesis aparentemente obsoletas. 

Como conclusión 

Podremos decir que los concepto de alma, cerebro y consciencia han ido cambiando sus sentidos y significados a lo largo de la historia. Pasando por funciones religiosas, metafísicas, culturales y científicas, se han ido adaptando a los tiempos de guerras, tratados y descubrimientos científicos. 

Todo esto refleja que este proceso todavía no ha llegado a su fin. Nuestra comprensión se ve comprometida y seguirá evolucionando en función de los avances científicos, clínicos y filosóficos.

Unamuno: oposición entre razón y vida

Una oposición radical

Una de las tesis principales de Unamuno que recorre Del sentimiento trágico de la vida (1913), y a la que el filósofo bilbaíno dedica especialmente la sección intermedia de dicha obra, es que la razón y el consuelo existencial (la inmortalidad del alma) son incompatibles. Unamuno ataca tanto a los defensores de la inmortalidad del alma, que pretenden hacer pasar su doctrina como racional (pasan injustificadamente del consuelo a la razón), como a los defensores del consuelo racional, que pretenden convencernos de que la razón consuela (pasan injustificadamente de la razón al consuelo).

El consuelo vital no es racional

Los abogados del alma inmortal basan su doctrina en dos pilares conceptuales: dualismo ontológico y concepto de substancia. Sin éstos la inmortalidad del alma es insostenible. Unamuno muestra cómo, haciendo uso de la razón moderna madura, la razón de Hume, esos pilares se destruyen, y con ellos la doctrina de la inmortalidad del alma. Desde la pura razón es imposible defender la inmortalidad del alma.

La razón es monista materialista. El racionalismo es materialista (o idealista; lo mismo da decir que todo es materia o todo idea) y forzosamente monista: para explicar el universo no es necesaria la hipótesis del alma. Sólo los dualismos salvan el problema al diferenciar esencialmente la conciencia individual del resto de fenómenos. Pero que la conciencia individual depende siempre del cuerpo y que cambia con él, y por tanto, se desintegrará con él, es evidente. El alma no es más que la conciencia individual en su integridad y persistencia, que cesa con la muerte del cuerpo.

La razón es fenomenista. A partir de la conciencia de que nuestra identidad persiste (dentro de ciertos limites) a través de los cambios de nuestro cuerpo llegamos a la conclusión de que el alma es sustancia. Pero de esa sustancia, de ese yo puro, no tenemos experiencia, sólo de estados de conciencia concretos. El alma es en realidad una sucesión de estados de conciencia que unificamos. La unidad de la conciencia no es sustancial, sino fenoménica.

La razón es relacional. Lo racional es siempre relacional, formal; necesita una materia irracional. La doctrina escolástica de la sustancialidad del alma es una muestra de ello: en ésta la razón, la lógica, está puesta al servicio de algo irracional, el anhelo de inmortalidad. La escolástica es abogacía y sofistería.

La razón es universalizante; es antivital. La razón es enemiga de la vida. La inteligencia tiende a la muerte. La vida es inestabilidad, individualidad. Y la razón es fijeza, universalidad. En definitiva, según Unamuno, los rasgos de la razón moderna son incompatibles la vida. ¿Y qué es vivir, si no querer vivir, querer seguir viviendo? Para Unamuno -tomando el concepto de Spinoza de conato- ser es querer seguir siendo, vivir es querer seguir viviendo, y por tanto, vivir es anhelo de inmortalidad.

La razón no consuela vitalmente

Por otro lado están los calificados por Unamuno como “racionalistas hipócritas”. Los llamados a sí mismos racionalistas humanistas, que pretenden que desde la pura razón hay motivos para vivir y consuelo para haber nacido, son hipócritas según Unamuno. La cultura humana es inútil si no hay una conciencia que la contemple, y racionalmente es evidente que dejará de haberla tarde o temprano. Unamuno señala diversas actitudes en este grupo.

Para empezar Unamuno destaca a los del odio antiteológico, los del rabioso cientificismo: los materialistas del XIX (Haeckel y compañía), que en el fondo esconden una gran desesperación. Luego están los epicúreos -el placer por el placer- y estoicos -el deber por el deber-; ambos tienen una base común: no pensar en el más allá.

También está los panteístas como Spinoza, que creen en la inmortalidad no individual. Sostener que venimos de Dios y en Dios nos disolvemos es como decir que mi conciencia individual viene de la nada y a la nada volverá. La inmortalidad no individual no consuela. Además el enfoque espinosista es un enfoque intelectualista: ¿de qué sirve definir la felicidad si no eres feliz?. En cuanto a Nietzsche, su doctrina del eterno retorno además de ridícula no consuela porque el individuo no recuerda, y sin memoria no hay continuidad de la individualidad, de la personalidad. Tanto Spinoza como Nietzsche tenían un hambre loca de inmortalidad a juicio de Unamuno.

Por otro lado están los que dicen no necesitar dicha fe: algo impensable para Unamuno; el que ha probado la fe en la inmortalidad no la pierde del todo nunca. Y todos la hemos tenido, pues cuando nacemos no tenemos noción de que nuestra vida tenga un fin; la conciencia de la muerte individual es aprendida. Y por último están los que prefieren no hablar del tema: con ello no se aquieta el pensamiento.

En definitiva, según Unamuno, la razón es desconsoladora. La ciencia (razón) como sustituta de la religión (fe) siempre ha fracasado y fracasará: satisface las necesidades intelectuales, pero contradice las afectivas/volitivas. Además, la razón es escéptica y relativista (disolvente). El triunfo de la razón es disolverse a sí misma. Verdad y necesidad son relativas. La verdad es coherencia. La necesidad absoluta no existe, siempre es condicionada. En conclusión, ni el sentimiento logra hacer del consuelo verdad, ni la razón logra hacer de la verdad consuelo.

Razón y fe: opuestas pero inseparables

Así pues, razón y fe (vida) son dos enemigos irreconciliables, según Unamuno (la vida pide inmortalidad y la razón niega los dos pilares básicos sobre los que se asiente). La inteligencia te hace desaparecer, disolverte en el mundo; la voluntad te lleva a apropiarte del mundo, a hacerlo tuyo. Sin embargo están condenadas a entenderse, pues no puede sostenerse la una sin la otra; mantienen una relación dialéctica. La fe pide ser racionalizada, hacerse comprensible (para ser transmisible para mí y para los otros, tengo que traducir lingüísticamente, racionalmente, mis anhelos), y la razón sólo puede actuar sobre lo irracional, necesita una base sobre lo que partir, sobre la que construir, pues es relacional. La razón es formal; necesita materia, contenido, que es irracional.

De ahí la imposibilidad de optar sólo por una de ellas, y la tensión permanente en toda la historia de la filosofía, que puede verse como una lucha entre ambas. Y en ese equilibrio precario se mantiene y se define el cristianismo: es imposible tanto uno tradición puramente racionalista como puramente fideísta. La postura de Unamuno es aceptar el conflicto como tal, vivir en éste. Esa desesperación puede ser la base de una ética decidida, vigorosa, y de una filosofía. Unamuno no apela ni al lector racionalista ni al sentimentalista puro, quiere que lo lea el hombre con razón y vida. Si no, no podrá seguirle.

Referencias: