Todo para el niño, pero sin el niño

 

En los últimos meses, diversos temas relacionados con la m/paternidad y la infancia afloran en los medios de comunicación y en la opinión pública, y salpican de forma directa a la agenda política. Al profundizar en los distintos enfoques que se van manifestando, en raras ocasiones se tiene en cuenta al bebé o al niño como parte fundamental del debate. Con este artículo, pretendo poner sobre la mesa diferentes aspectos que nos ayuden a conectar con la importancia de considerar al niño como un ser con plena conciencia al que es preciso ver y escuchar.

Quiero emplear la primera persona del plural para hablar del niño, pues todos hemos pasado por esa etapa en nuestra vida, y abogo por integrarla en nuestra trayectoria vital para así poder comprenderla desde el corazón, no desde la postura más fría y distante de la “tercera persona”, que nos separa de la vivencia y de los seres que en este momento transitan dicha etapa.

 

La sabiduría del bebé

A medida que vamos conociendo más acerca del desarrollo fetal y de los primeros años de vida, vamos tomando conciencia de la profunda sabiduría que tenemos ya en nuestra vida intrauterina. Ya reconocemos la voz de nuestra madre y de nuestro padre, los sonidos típicos de nuestro idioma y nuestra cultura, ya existe una memoria no verbal que se va ampliando en los primeros meses de vida. Y ya contamos al nacer con un equipamiento de reflejos que nos ayudan a sobrevivir, siempre que estemos en el hábitat adecuado. Y resulta que este siempre es, independientemente del lugar del planeta donde hayamos nacido, el cuerpo de nuestra madre.

El contacto piel con piel permite las condiciones necesarias para regular nuestra temperatura corporal, reducir nuestro estrés (y así optimizar nuestro rendimiento metabólico), y lo que es más importante, acceder al alimento que necesitamos del ser que ya reconocemos como seguro, ya que tiene la voz que nos resulta familiar, y al probar su calostro (la secreción previa a la leche humana madura) nos sabe parecido al líquido amniótico que hemos estado saboreando durante la gestación. Además, el olor nos guía hacia el pecho de nuestra madre para así reptar hasta llegar al pezón y comenzar a succionar en los minutos siguientes a haber nacido. Y cuando ese momento se acompaña de las miradas mutuas que la madre y el pequeño recién nacido se envían y se produce una inmensa sensación de placer en ambos, un auténtico “flechazo”, ya se han puesto los cimientos para un apego seguro, que en cada interacción posterior se va asentando gracias al cableado cerebral que se va organizando y estabilizando a partir de estas intensas vivencias.

 

 

Pero no siempre, y aún hoy en día, se ha respetado este proceso, y no se ha considerado al bebé como un ser con conciencia. Ni a la propia madre como protagonista de su propio parto. Aunque no profundicemos en ello, la violencia obstétrica tiene una gran repercusión en la vida de la mujer, y en nuestra llegada a este mundo.

 

 

Cuando llegamos a este mundo, tenemos plena conciencia de lo que nos rodea, y de los que sentimos interiormente. Vemos, olemos, oímos, saboreamos y sentimos de forma intensa, multidimensional, y memorizamos, aunque de forma distinta a cuando somos más mayores, pues se va conformando una memoria no verbal, basada más en sensaciones corporales. Ya desde que nacemos, somos capaces de imitar a nuestros padres. Reconocemos instintivamente las expresiones faciales, y ese juego de imitación que retroalimenta el afecto que recibimos de nuestros adultos, nos ayuda a conectar con las sensaciones internas que produce cada emoción reflejada en nuestro rostro, y comenzamos a desarrollar nuestra conciencia emocional. Es decir, nuestras neuronas espejo están bien activas haciéndonos de puente para crear nuestro mundo de vivencias interiores a partir de lo que nos refleja el exterior.

 

 

En un artículo de hace algunos meses sobre el apego, ya hablaba del experimento de “cara neutra”, que se realizaba con bebés a partir de los 9 meses en adelante, y se veía el efecto de la cara de la madre sobre las reacciones del pequeño. La cuestión es que las investigaciones exhaustivas en esta línea han puesto de manifiesto que tenemos un repertorio de respuestas ante la interacción con el adulto que ya están conformadas a los 3-4 meses, y que a esta edad, grabando poco más de dos minutos de una interacción libre entre madre y bebé, es posible predecir el tipo de apego que tendrá este al año de vida, y con mucha probabilidad, cómo evolucionará en la etapa adulta. Es decir, cada vez existen más pruebas del mecanismo por el que lo que vivimos en los primeros meses y años de vida nos marca de por vida en nuestro desarrollo socioemocional y, por extensión, en nuestra salud mental.

Ante lo expuesto, queda claro que la biología nos ha llevado a que nuestro desarrollo más temprano dependa del contacto estrecho y afectivo con un adulto, que debería ser la madre biológica en el mejor de los casos. Y ese entramado emocional que nos permite ir comprendiendo el mundo no llega a estar lo suficientemente formado para lograr una profunda sensación de seguridad para ir tolerando la separación cada vez mayor de la madre hasta cerca de los tres años de edad. Una cuestión es que el bebé haya llegado en un entorno de riesgo donde no es posible que acceda a su hábitat ideal, o que las necesidades personales o presión laboral/ social ejercida sobre los padres condicionen una separación más temprana, y otra cosa es justificar que esta separación puede tener beneficios, cuando realmente se está rompiendo la secuencia natural de desarrollo que la naturaleza ha previsto para nosotros como mamíferos.

 

 

¿Vemos a nuestros niños?

Ante lo expuesto, surgen situaciones en nuestra sociedad en las que todos tendemos a opinar, ya sea tirando de nuestra ideología, o reflejando las diferentes partes “adultas” en cuestión, pero parece que nadie (o al menos, muy poca gente, incluidos solo algunos profesionales) empatiza con los bebés y con los niños, con sus necesidades reales, con ese sistema de apego que nos condiciona de por vida.

Comenzando con un ejemplo banal de nuestra falta de conciencia, me viene a la memoria la imagen de un marco para fotos infantiles, que tenía a modo decorativo las figuras de un biberón, un chupete y un cochecito. Quizá puedas imaginarlo y te surja una sonrisa, una sensación simpática: “Fíjate, qué mono este marco”. Pero el mensaje subliminal creo que es potente: un reflejo de todo lo que nos desconecta de nuestra madre. Un biberón que nos hace prescindir de la lactancia natural, base de nuestra nutrición. Un chupete para abordar esa succión no nutritiva que forma parte de la expresión de nuestra inquietud emocional, y que de forma natural, podría ser abordada también con el contacto piel con piel y la succión del pecho con fines desestresantes, de contención y regulación emocional. Y ese carrito que nos aleja de portear y llevar al bebé junto a nuestro cuerpo, y es reflejo físico de esa separación que ya se produce en las microdistancias. Con todo ello no estoy hablando de proscribir estos recursos de la “evolución tecnológica” humana, sino de tomar conciencia de que su uso frecuente y continuado nos aleja del desarrollo que la biología permitió tras millones de años de evolución real.

 

La gestación subrogada

Un tema polémico que solo abordaré de forma breve es el de la gestación subrogada. En los últimos años se habla cada vez más de ello, pues distintos países tienen regulada legalmente esta posibilidad. Más allá de lo que puede suponer respecto a los derechos de la mujer, y de la visión mercantilista de la m/paternidad, ¿alguien ha incluido las necesidades del bebé, del niño, en el debate social que se está generando? Una cosa es la adopción o la acogida como modalidad sustitutiva cuando un niño ha nacido en un entorno de exclusión o ante circunstancias excepcionales que impiden que su crianza pueda ser llevada a cabo por su madre biológica, pero otra muy distinta es traer a este mundo a un ser con plena conciencia, y se le separe intencionadamente de su madre porque forma parte de una transacción comercial, rompiendo toda la secuencia biológica de vinculación que ya comienza dentro del útero. Actuamos alegremente sin tener en cuenta los posibles daños en el desarrollo cerebral que puedan producirse en ese bebé, el estrés que puede suponer este proceso y que presuntamente, al ser “tan pequeño”, “no se va a enterar”.

Para complicar más aún el debate, una proporción significativa de las parejas que acceden a esta modalidad son homosexuales. Voy siendo testigo de que criticar lo que supone la gestación subrogada partiendo de los posibles perjuicios para el bebé se toma como manifestación de homofobia en muchas ocasiones. Y de nuevo me planteo si somos capaces de mirar más allá de nuestras necesidades como adultos, y de no victimizarnos para intentar ver las repercusiones sobre la parte más débil de toda esta historia.

 

Nuestra disponibilidad emocional

Un tercer ejemplo, dentro de los infinitos que podrían ponerse, hace referencia a nuestra falta de disponibilidad emocional como adultos. Hemos visto cómo necesitamos un entorno de interacción para poder desarrollarnos de una forma sana. Sin embargo, los adultos tenemos cada vez más necesidad de hacer cosas, de tener nuevas experiencias, nuevos retos profesionales, de seguir “creciendo”, de contar con nuestro espacio de diversión, o lo que sea, con tal de seguir huyendo, en gran parte de las ocasiones, de estar presentes con todo nuestro ser en cada momento, es decir, de pararnos a sentir en el aquí y ahora. Y eso es lo que nos pide un bebé. Que le miremos con amor, que le acompañemos en su camino, y nos lo pone fácil, pues ya nos mira con amor a nosotros, nos pide lo que necesita, cuenta con nosotros y nos invita a jugar, a divertirnos “de otra forma”, nos facilita reencontrarnos con aquel niño que fuimos. Pero tendemos a huir.

 

 

Y desde que podemos recurrir a una pantalla de un “cacharro” que nos conecta con todo lo que no está presente en este momento ante nosotros, aún es más fácil no estar disponibles emocionalmente, ni para nosotros mismos (nos desconectamos de lo que sentimos) y mucho menos para nuestros bebés y niños. Es útil observar esta situación desde fuera: escenas que podemos ver por la calle, en el metro o en algún lugar público con m/padres pendientes de la pantalla de su móvil, y su niño esperando una mirada que le haga visible. Te invito a que sencillamente observes la expresión facial de m/padre, y la del pequeño, y te la dejes sentir físicamente, más allá del juicio que te aflore. En mi caso, surge un gran desasosiego.

 

La tolerancia social al llanto infantil

Como cuarto ejemplo de nuestra ceguera ante los bebés y niños está nuestra amplia tolerancia social al sufrimiento infantil, recogido a través del llanto. Esto es especialmente importante en los bebés. El llanto es un medio importante de comunicación cuando aún no hay lenguaje verbal y es preciso comunicar necesidades. Los adultos tendemos a asociarlo a caprichos en muchas ocasiones, o hacemos atribuciones de presuntas manipulaciones que hacen los pequeños para así facilitar que los malcriemos. Oímos llorar, y muchas veces respondemos con indiferencia. Nuestro hartazgo nos lleva a invisibilizar e ignorar a la parte más débil. O a respuestas agresivas en el peor de los casos. Luego, exigimos que los pequeños aprendan a comportarse “bien”, cuando no hemos sido el mejor ejemplo de regulación emocional. Y recordemos, nuestras neuronas espejo condicionan nuestro aprendizaje por imitación en el medio social. No son las órdenes y consejos verbales los que nos ayudan a aprender. Es lo que vemos. Pero esas órdenes y juicios sí irán conformando nuestro marco de creencias que nos regirá a nosotros mismos ya de adultos, y habitualmente, no suelen ser muy amables con lo que sentimos. Y ahí llega la historia de la “autoestima”, a la que tanto apelamos y no sabemos por qué está tan baja.

 

La educación institucionalizada de los 0-3 años

Un tema de actualidad es el debate que se está proponiendo acerca de los permisos de maternidad y paternidad, y la universalización de la educación infantil de los 0-3 años. Se está generando opinión acerca de los beneficios de esta para el desarrollo del niño, y sobre el impulso a la igualdad entre géneros, al abordar la cuestión de los permisos. Pero, realmente, ¿qué necesita un niño en esta etapa?, ¿otros niños para ser modelos de regulación emocional?, ¿adultos desbordados por intentar contener a más de 15 o 20 niños durante la mayor parte del día (y destaco la inmensa labor de las educadoras infantiles, apenas reconocida y valorada)?, ¿vivir la institucionalización y la comparación continua de sus capacidades con respecto a las de los demás niños?, ¿realmente es esta la solución para un futuro mejor para nuestros pequeños?

Todo ello sin tener en cuenta nuestra necesidad biológica fundamental: nuestra vinculación inicial (no solo de 16 semanas) con la madre, el protagonismo creciente del padre a medida que avanza la crianza, y la progresiva socialización entre iguales, que será más importante en etapas posteriores de la vida, no en este periodo. Si no creamos medidas que realmente potencien la visión social de la maternidad, el papel fundamental de la mujer en la crianza (como imperativo biológico), si no se protege el apego como regulador de nuestro desarrollo socioemocional, creo que estaremos haciendo un flaco favor a las generaciones que nos sucedan. Otro tema es que haya madres, padres, familias, que opten por otras alternativas, y que la legislación las facilite, pero enviar un mensaje que potencie la separación creo que es muestra de ignorancia e irresponsabilidad, partiendo de lo que ya sabemos hoy día.

 

Más allá de la “adultocracia ilustrada”

Cada vez nos bombardean más con publicaciones sobre cómo debe ser la crianza, con presuntos expertos que nos dan consejos que van variando según las corrientes psicopedagógicas de moda en cada momento. Este mismo artículo que estoy redactando podría ser un ejemplo más de ello. Ya hay evidencias científicas que respaldan la importancia del apego en nuestro desarrollo como seres humanos, y también de las consecuencias de la separación a edad temprana. En cierto modo, todo este debate me recuerda a esa época histórica que se denominó “Despotismo ilustrado”, en el siglo XVIII, cuyo lema era “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. De ahí el título por el que opté para este artículo. Los adultos vemos el mundo con nuestros ojos, y nos sentimos poseedores de la verdad. Por ello, no pretendo tanto dar pautas, sino sencillamente generar un debate interno acerca de qué nos mueve cuando nos situamos ante un niño.

Pocas veces le miramos y empatizamos realmente con lo que puede sentir. En mi propio camino, me fui dando cuenta de que era mi propio sufrimiento de niño el que me alejaba de empatizar con los niños que me encontraba como adulto, pues suponía abrir nuevas heridas. Pocas veces somos compasivos con nuestro propio niño, aquel que fuimos, solemos juzgarlo de forma dura, y repetir el patrón que recibimos de nuestros padres. Y para reforzarnos, solemos a veces alardear de lo bien que lo hicieron, porque nos hemos hecho adultos de provecho, o al menos “no estamos tan mal”.

Es muy difícil tomar conciencia cuando no nos abrimos a sentir. Y al hablar de sentir, me refiero a la mayor plenitud, pero también el mayor dolor. Mirar y conectar de tú a tú con un niño implica eso: una experiencia de escucha del otro, que nos conecta con nuestra esencia más primitiva y profunda. Puede ser doloroso, pero también sanador. Puede haber dolor por recordar aspectos no tan idílicos de nuestra infancia, o por darnos cuenta de la gran desconexión a la que hemos llegado de adultos, a esa vida sin magia e ilusión que aprendimos a vivir cuando “maduramos”, y que seguimos transmitiendo cual nodos de un sistema social que se perpetúa, desnaturalizando a los niños. Me encanta este corto que ilustra muy bien ese proceso.

 

 

En mi caso, cada día resueno más con la sabiduría de los niños, y especialmente, de los bebés. Los vivo como maestros, como fuente de inocencia y de amor, de conexión y de honestidad. Mi camino espiritual implica esas experiencias de interacción con bebés, que me ayudan a ver que la esencia humana es amor, es ver al otro para vernos a nosotros, es alegría, vitalidad, y que más allá de todo lo que hayamos vivido y de nuestras creencias sobre lo que significa vivir, siempre es posible volver al origen y conectar con ese bebé que aún habita en nuestro corazón.

 

Referencias bibliográficas

  • Beebe, B; Cohen, P; Lachmann, F. The mother-infant interaction picture book. W.W. Northon Company, 2016.
  • Bowlby, J. Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Morata, 2014.
  • Cortés, C. Mírame, siénteme. Desclée de Brouwer, 2017.
  • Schore, A.N. (2017). All our sons: the developmental neurobiology and neuroendocrinology of boys at risk. Infant Mental Health Journal, 38, 1, 15-52.
  • Stern, D. Diario de un bebé. Paidós, 1999.

Vallas y vías. El apego en el adolescente

“Cuando eres adolescente, te enfrentas a muchas cosas que ni sabes cómo resolver. Pero hay que demostrar que sabes. Pero no sabes nada. Y en vez de reconocerlo, me enfado y grito a mi madre y a mi hermano, a lo loco. Y cuando quieres darte cuenta, ya ni sabes cómo empezó todo. Pero me da vergüenza pedir disculpas” (Vanessa, 14 años)

 

“Para mí es cansado. A veces tienes que hacer como que no te importan las cosas, porque si lloras o te quejas, se ríen de ti. Y cuando llego a casa, no le cuento nada a mis padres porque siento que lo que les cuento, les parece absurdo” (John, 16 años)

 

“Si ellos nunca se han molestado en decirme que me quieren… si siento que he sido un estorbo, ¿cómo quieren que les muestre cariño? ¿Por qué me echan en cara la misma mierda que ellos me han hecho a mí?” (Luis, 17 años)

Mi adolescencia, tu adolescencia, no han sido muy diferentes a los testimonios de estos tres chavales con los que realizamos una intervención socioeducativa desde mi Proyecto el año pasado. Nosotros también fuimos chicos y chicas que buscaban su sitio, demasiado orgullosos para reconocer que no sabían, demasiado temerosos como para mostrar nuestros miedos. La cabeza bien alta, la voz segura. Las ideas, muy claras. Aunque no sea verdad, la vida se trataba de demostrar que creías que sabías de qué iba. Nunca entendí qué fue lo que me atrajo de ellas/os como para dedicar mi vida profesional a intentar encontrar la clave de su comportamiento, de sus formas de ver la vida. Nunca tuve respuesta a eso. Hasta que empecé la formación como terapeuta Gestalt (y sobre todo, mi proceso individual) no di con la respuesta. Trabajo con adolescentes porque cuando les miro, me veo. Cuando les veo enfadados, rabiosos, angustiados, me veo en sus ojos. Siento que mi trabajo con ellos/as está permitiendo sanar mi propia adolescencia. Verla con otros ojos, abrazarla y acogerla.

Mi adolescencia (y seguro que la tuya también) no fue demasiado dura contra el mundo. Yo centré toda mi rabia en mi familia, en la sensación terrible de no encajar con ellos. A veces, me sorprendía mirándoles y pensando “¿Por qué ellos son mi familia? Si no tengo nada que ver con ellos… ¿Por qué me tocaron estos padres en vez de otros?”. Era una sensación de vértigo en el estómago. De no reconocerlos realmente. De sentirme de otra galaxia, otra dimensión. Entonces me separé de ellos. Empecé a darme yo misma todo lo que ellos no me daban (o al menos así lo sentía yo). Era una adolescente modelo, porque el mínimo que me exigían, lo cumplía (buenas notas en clase, respetar normas y horarios). Pero no compartía nada con ellos. NADA. De muchas cosas que viví en esta época loca, se han enterado hace relativamente pocos años. Es curioso como ahora que me acerco a los 40 años, es cuando me siento más parte de mi familia. Al fin encajo. Me reconozco en ellos. Les reconozco en mí.

 

 

Todo adolescente tiene que romper las normas, como parte de su crecimiento, de su separación del mundo de sus padres. El mundo y la sociedad han cambiado y el niño/a crece con la sensación de que es un adulto más, al que se pide opinión y se escucha. Y no solo eso, sino que además se tiene en cuenta lo que dice.

Esto, por una parte, está muy bien para el niño/a, pero por otra parte, irá creciendo con la sensación de que es mejor que sus padres, que se lo merecen todo y que, además, tiene derecho a no agradecerlo.

Este niño/a va creciendo y va llegando a la adolescencia, etapa en la que tiene que empezar a discutir con sus padres acerca de los patrones familiares, las normas, los permisos… Pero el chico/a se encuentra con que no hay mucho que discutir. El clima en casa ha sido el de, generalmente, dejarle hacer lo que desea (para prevenir así las discusiones y peleas), demasiada permisividad. O todo lo contrario: límites estrictos, demasiada sobreprotección, elevadas exigencias por parte de sus padres.

Actualmente, algo que les ocurre a los/as adolescentes, es que no encuentran áreas en las que plantear la pelea. ¿Qué les queda? Utilizar los estudios, el rendimiento académico, su comportamiento en el centro educativo como elementos para establecer el conflicto con sus padres. Si unimos a esto, el hecho de que estos niños/as se han creído superiores a sus padres desde la niñez (porque sus padres los admiran por su inteligencia, por sus ocurrencias), llegan a la adolescencia sintiéndose poderoso ante sus padres (peleas de poder).

Todo esto llevado a la adolescencia, se convierte en una bomba de relojería, donde realmente el adolescente se cree lo que es, pero no sabe lo que es ni hacia dónde quiere ir. Es la etapa en la que tiene que empezar a demostrar lo que dice que es y muchas veces la realidad le demuestra que no es así, que no vale tanto como cree o que tiene que hacer un esfuerzo mayor para demostrarlo. Aquí es donde llega la “crisis” (el entorno le presiona para que decida qué quiere hacer con su vida. Para unas cosas es mayor, pero para otras es pequeño). Algunos la viven como depresión, otros desde el abatimiento, el pasotismo, la indiferencia, la evasión (a través del consumo de drogas, por ejemplo).

 

El inicio de todo. Los apegos

Si recorriéramos nuestra vida en sentido inverso y prestáramos atención, podríamos ser capaces de ver el momento preciso, el instante en el que todo cambió. Esta pregunta la he lanzado muchas veces en los grupos de adolescentes con los que comparto camino. ¿En qué momento cambió todo? Somos capaces de recordar ese cambio de colegio que nos alejó de nuestras amigas… aquella mudanza que nos cambió de barrio, perdiendo los momentos vividos en el que creíamos que era nuestro lugar “seguro”… o que mamá y papá decidieron que ya no querían seguir viviendo juntos (aunque se querían mucho… o eso te dijeron). Amigos/as con los que peleamos, dejándonos de hablar durante días, semanas… años. Gente que entró y que salió de nuestras vidas, sin dejar ni rastro, o dejando marcas profundas, de las que te acompañan hasta el final. Si lo pensamos un momento, ¿con qué estrategias contábamos en aquellos años para hacer frente a este mundo rápido y cambiante? ¿Cómo éramos capaces de sostener, de atravesar el dolor que causaban las peleas, las pérdidas?

Para llegar a este punto, tendríamos que seguir caminando y llegar a nuestra más tierna infancia. Un ejercicio complejo, lleno de miedo, pero no imposible. Los apegos. El inicio de todo este camino, en el que ahora te encuentras con 15 años y sin tener ni idea de qué o quién eres. Uno de los autores que más he leído, y con el que comparto muchas de sus teorías, Bowlby, define el apego como “el vínculo emocional que desarrolla un/a bebé con sus tutores, ya sean padres biológicos, adoptivos o cuidadores/as”.

Este vínculo emocional del apego crea en el/la niño/a una sensación emocional que se considera indispensable para el desarrollo de la personalidad del niño/a, y que marcará su manera de desenvolverse y relacionarse con el mundo que le rodea en el futuro. En este punto es donde llegamos al centro de la cuestión. Detrás de toda conducta disruptiva, desadaptativa, conflictiva, no adecuada, agresiva, violenta, reaccionaria, etc, así como detrás de toda conducta normalizada, adaptativa, pacífica y sana, se encuentra la memoria corporal de nuestro propio niño, de nuestro propio bebé. Según Bowlby, un bebé nace con una serie de conductas aprendidas cuya finalidad es lograr respuestas de sus padres. Por ejemplo las sonrisas reflejas, la succión, el llanto, el balbuceo o la necesidad de ser acunado responden a esas conductas que necesitan de una respuesta paterna. Todo este repertorio está encaminado a mantener la proximidad de la figura materna/paterna, es decir: de sus figuras de apego. Es por esto que los/as bebés se resisten a la separación, llegando a mostrarse ansiosos e inseguros cuando mamá o papá no están cerca.

 

La conducta del apego, reconoce cuatro tipos:

– Apego seguro: si lloro, si balbuceo, si grito, recibo respuesta de mamá y papá, que vienen a calmarme. Se muestran disponibles para mí. Se dan condiciones óptimas de apego.

– Apego ansioso-evitativo: papá y mamá se muestran insensibles ante mis peticiones, ante mis necesidades. A veces, incluso, rechazan mi llamada y no me hacen caso.

– Apego ansioso-ambivalente: mamá y papá a veces me hacen caso… pero a veces no. Ante una leve separación, me siento mal, me entra ansiedad, me siento vulnerable y desprotegida. Pero cuando me cogen en brazos, sigo sintiéndome igual de ansiosa. Quiero tu contacto, pero lo rechazo.

– Apego desorganizado o caótico: en este caso, se puede dar de manera activa, cuando mamá y papá son intrusivos, tienen un alto nivel de agresividad hacia mí. Responden más en función de su propia necesidad que de la mía (“Esta niña es insoportable. Es una llorona. Seguro que llora tanto para fastidiarnos”). En algunas ocasiones, el apego es pasivo, y aparecen madres y padres que depositan la responsabilidad y la labor de la crianza en el propio niño/a.

 

Un gran abanico de posibilidades. El 80% de adolescentes con los que intervengo, presentan conductas de apego de los tres últimos puestos de la clasificación. Son adolescentes que ahora muestran indiferencia, evitación, excesiva autonomía. Un afecto inhibido. Son incapaces de expresar emociones y muestran dificultades para empatizar (ansioso-evitativo); adolescentes que muestran de una forma desinhibida su ansiedad y su rabia, con una gran dificultad para lograr una autorregulación de su estado emocional (ansioso-ambivalente); adolescentes agresivos, manipuladores, que presentan conductas antisociales y castigan a sus iguales (desorganizado activo) y adolescentes complacientes, que tienden a la soledad, a los/as que les cuesta establecer relaciones interpersonales y tienen dificultades para sentir y pensar (desorganizado pasivo).

 

“¿Sabes? Creo que mi forma de ser a veces es una valla, que no me deja seguir andando. Que me fastidia el camino porque pierdo tiempo. Pero ahora, veo que también a veces es una vía. Por la que voy tranquilo y puedo llegar a más sitios”

 

 

Para poder acompañar a un/a adolescente, es imprescindible recorrer ese camino en sentido inverso hacia el origen de su vida. Haciéndolo con él/ella, lo haremos con nosotras/os mismas/as, y podremos comenzar a atisbar quiénes somos realmente. En este momento, tendremos que abordar dos niveles de intervención claros. Por un lado, la reparación del apego como base segura, acompañándole en el aprendizaje de gestión de emociones. Por otro lado, el desarrollo de su identidad. Que descubra quién es realmente. Que se pueda integrar en una red social variada y positiva.

Si sólo nos quedamos con lo que se ve, con la explosión de ira, con la mala contestación, con el silencio impenetrable, caeremos en el “no saber”, en cuestionar su actitud ante la vida, ante el mundo. Impregnaremos su historia de la nuestra, proyectando nuestros miedos en ellas/os.

El apego recibido en nuestra infancia es justo eso. Es el prisma por el que observamos el mundo y nos relacionamos con el. Puede ser que tus padres te enseñaran con su actitud y su falta de afecto que la vida es un campo de batalla, donde siempre hay que ir mirando detrás de ti, donde no exista opción de escaparse y te veas obligado/a a sobrevivir. Lleno de vallas y barro. O, en cambio, puede ser que lo hicieran de otra forma, que hace que ahora consigas verte, observar qué partes no funcionan, cuáles están alienadas. Integrarlas en ti. Descubrir que esa opción, convierte tu vida en un montón de vías disponibles, que te llevan a donde quieras soñar. Que te dejan relacionarte con el mundo de una forma más sana y serena. La suerte que tienes es que, como adolescente, el pasado no te importa demasiado. Vives en el ahora más absoluto. Y piensas en lo que está por llegar.

 


El apego como base para la libertad del ser humano

 

Recuerdo cuando nacieron mis sobrinos, siendo yo adolescente, que comencé a ser consciente de los mensajes que le llegaban como bombardeo a mi hermana para que “los educara bien”: “no lo cojas mucho en brazos, que luego se acostumbra mal”, “un buen azote a tiempo …”, “déjale llorar, que ya se le pasará”, y así un sinfín de consejos que reconozco que asumí en aquel entonces, y que creo que aún están muy infiltrados dentro del mundo de creencias de nuestra cultura. Pero, ¿realmente aprendemos a ser autónomos, independientes y conscientes de nuestras emociones, además de sobrevivir mejor en el mundo, si venimos de una disciplina donde se han frenado los instintos más amorosos para acompañar a los más pequeños? ¿Acaso somos más felices cuanto menos nos reconocemos nuestras propias emociones, sentimientos y sensaciones, y menos las compartimos con los demás?

 

Comenzando con la teoría del apego

Fue en la década de los 50 y 60 del siglo pasado cuando John Bowlby y Mary Ainsworth pusieron las bases de lo que ha sido una de las teorías más revolucionarias en el ámbito psicológico: el apego. De forma muy resumida, concluían que los niños, desde el nacimiento, necesitaban de un adulto que, además de alimento y calor, les proporcionara afecto (que se transmite sobre todo al principio a partir del contacto corporal) y constituyera así una base segura a partir de la que construir su propia identidad. En esa relación cuenta sobre todo la capacidad del adulto en reconocer las señales del niño y de satisfacer sus necesidades, en sintonizar emocionalmente y facilitar el disfrute conjunto, y la capacidad de reparación de la relación cuando ha habido discrepancias o rupturas. En función de todo ello, se han descrito tres modelos organizados de apego: seguro (el más equilibrado), inseguro ambivalente o ansioso (aquel que busca desesperadamente a su cuidador pero tampoco se consuela cuando está), e inseguro evitativo (el que oculta lo que siente y parece más independiente de lo que realmente es).

 

 

Al conocer esta teoría y todas las investigaciones posteriores que han ido confirmando sus hallazgos y profundizando en ellos, me surge una gran pregunta: ¿Cómo es posible que algo tan intuitivo e instintivo, como es ofrecer un amor incondicional a nuestros pequeños, necesite de una demostración de su efecto y necesidad, e incluso que esas investigaciones hayan ido contracorriente durante muchos años e incluso aún no se acojan con los brazos abiertos en todos los ámbitos profesionales y sociales? ¿Tan desconectados estamos los seres humanos con nuestras propias emociones, y con lo que experimentamos siendo niños, como para repetir los mismos patrones y originar el mismo sufrimiento a los que vienen detrás?

 

La importancia de lo que mostramos a nuestros pequeños

Si bien se trata de dos experimentos ya antiguos, su relevancia aún sigue vigente, y para mí supusieron dar con la explicación de aquello que intuitivamente pensaba acerca de la capacidad de los niños en absorber los estados emocionales de sus cuidadores (empleo este término de modo más amplio al de padres, aunque realmente suele ser la madre la figura de referencia principal en el cuidado).

El experimento de “still face” o cara neutra realizado con bebés de hasta un año de edad, pone de manifiesto la importancia de nuestras expresiones faciales y de la calidad de nuestra comunicación con los bebés para crear una sintonía sincera y honesta con ellos, y así contribuir a regular sus propios estados emocionales. Ante una cara inexpresiva, los bebés activan las alarmas y se sienten desamparados.

 

 

Y ahora me pregunto, ¿somos conscientes de la cantidad de veces que eludimos la interacción directa con nuestros bebés y niños, y obviamos sus señales? Les oímos balbucear y, ¿qué hacemos? ¿Acogemos con amor su llanto, o más bien nos molesta, más allá del significado que pueda tener? ¿Nos damos cuenta de las veces que estamos inmersos en la pantalla de nuestro móvil mientras nuestro niño nos está mirando esperando ser visto? Pero claro … es que “los niños siempre quieren llamar la atención” … ¿acaso no es lo mismo que estamos haciendo como adultos cuando estamos tan pendientes de “ser vistos” por nuestros contactos?

El otro experimento es el del precipicio visual. En él queda claro cómo transmitimos el miedo a través de nuestras expresiones y conductas como adultos.

 

 

Nos forjamos como humanos a través de las relaciones

Oyendo hablar a muchos adultos, o a mensajes que están muy anclados en nuestras creencias colectivas, parece que los bebés y los niños ni sienten ni padecen, es como una etapa en blanco, y ya en la adolescencia parece que “somos algo” y ya de adultos tenemos una identidad que aparece de la nada. Y claro, “soy así porque sí”. Si nos construimos pensando que somos entes independientes o compartimentos estancos, que cada uno se forja a sí mismo, y cada nueva etapa vital se basa en negar o despreciar fases anteriores, creo que no vamos por muy buen camino.

La investigación sobre el apego ha progresado mucho en las últimas décadas, y algo que parece cada día más claro es que esa necesidad de interacción y de establecer vínculos seguros se mantiene durante toda la vida. Y es que es en las relaciones donde tomamos conciencia de nosotros mismos y de los otros, y podemos avanzar en nuestro autoconocimiento para sentir mayor bienestar, serenidad, y seguramente, felicidad. Leyendo un libro divulgativo sobre apego adulto titulado Maneras de amar, de Levine y Heller, se nombra la denominada “paradoja de la dependencia”. Solemos vivir de forma muy generalizada bajo la creencia de que, para ser más fuertes, debemos necesitar menos de los demás, y no depender de los vínculos que tenemos. Y parece que todo indica que es al revés. Cuanta más seguridad podemos sentir por los vínculos sanos y robustos que establecemos con los demás, más libres e independientes nos sentimos para emprender y explorar nuestras posibilidades en el entorno.

 

Apego y exploración … las dos caras de la moneda

Recientemente realicé la formación en un programa de acompañamiento a padres con niños de 1 a 6 años de edad, que están en riesgo de exclusión. Este programa se denomina Primera Alianza (http://www.primeraalianza.com/index.php), y se basa en gran parte en otro denominado Círculo de Seguridad (https://www.circleofsecurityinternational.com/). La idea es crear un espacio de reflexión con grupos de padres, teniendo en cuenta los principios de la teoría del apego, y empleando como principal recurso el análisis de vídeos grabados con interacciones con sus propios hijos.

 

 

Quizá la mayor huella que me dejó esta formación es aprender a pensar en que los niños y, por extensión, los adultos, nos movemos continuamente entre dos polos que forman un circuito. Uno de los polos viene representado por nuestras necesidades de apego, es decir, de sentirnos recogidos y reconocidos por los demás, de compartir afecto, de ser vistos y valorados. El otro polo lo constituye nuestra necesidad de explorar el mundo, de expandirnos. Solo podemos explorar si tenemos una base segura de apego. Y en cada etapa de la vida, nos manifestamos de forma distinta respecto a esas necesidades.

 

 

No podemos obligar a que un niño sea independiente, si no le ofrecemos una base de amor incondicional que genere en él la seguridad para lanzarse por sí mismo. Pero es que de adultos, nos movemos igual. Si los adultos, e incluyo ahí a los padres, somos capaces de ver, escuchar y considerar a los niños como seres con necesidades y capacidades propias, estamos poniendo los cimientos de una identidad sana. Para todo ello, los adultos también debemos ser conscientes de nuestras propias emociones, sensaciones, pensamientos … es decir, de reflexionar acerca de nuestra forma de estar en el mundo y de cómo lo interpretamos, porque desde ahí podemos tomar la distancia para observar todo el escenario en el que se desarrolla nuestra vida, y en ella, nuestras interacciones con los demás.

 

 

A modo de conclusión

 

Llegados a este punto, te planteo un reto. Consiste en desarrollar nuestra capacidad de observación. A lo largo de un día, puedes pararte varios momentos (puedes poner alarmas de recordatorio en el móvil) a dejarte sentir y reflexionar, en el aquí y ahora, si te encuentras en el modo “apego” o en el modo “exploración”, y qué necesitarías en ese momento. ¿Cómo te lo reconoces en ti mismo? ¿Qué señales das a los demás para que se den cuenta? Al finalizar ese día, ¿ha prevalecido el apego o la exploración? ¿te has permitido por igual sentir ambas necesidades, o te cuesta más alguna de ellas? Y ahora algo muy importante, ¿soy capaz de ver en los demás qué necesidad es la que están manifestando en un momento concreto de interacción? ¿Y soy capaz de acoger dicha necesidad de forma abierta, o algo dentro de mí se activa y me hace sentir incómodo? Ufff, esto se pone muy interesante … Bienvenido a este mundo de relaciones y emociones que nos hace realmente humanos.

 

Referencias bibliográficas

  • Bowlby, J. Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida. Morata, 2014.
  • Cortés, C. Mírame, siénteme. Desclée de Brouwer, 2017.
  • Levine, A.; Heller R. Maneras de amar. Books4pocker, 2016.
  • Powel, B.; Cooper, G.; Hoffman, K.; Marvin, B. The Circle of Security Intervention: Enhancing attachment in early parent-child relationships. Guilford Press, 2016.
  • Wallin, D. El apego en psicoterapia. Desclée de Brouwer, 2012.

 

Volver a empezar

Pedro J. Ramírez y Ágatha Ruíz de la Prada hace un tiempo rompieron su relación de pareja. La crónica rosa española se sorprendió. ¿Cómo es posible este divorcio tres meses después de tomar la extraña decisión de casarse?

Después  de haber atravesado más dificultades de las que una pareja normal suele enfrentar y cuando ya parecía que lo que se aproximaba era la tranquila vejez y los nietos correteando, la crédula y sorprendida Ágatha se encuentra soltera (y enfadada) otra vez.

En los divorcios el elemento económico parece fundamental. No es barato divorciarse ni mantener más de un núcleo familiar. Así vemos, una vez más, la determinante relación entre la estabilidad matrimonial y la bonanza económica. La pobreza une muchas veces por necesidad. No hay más que ver el precio del alquiler en Madrid. Cada vez menos personas pueden ser solteras empedernidas.

volver a empezar

En el caso de Ágatha y Pedro J. la cuestión económica, evidentemente, no es un problema. Simplemente se ve que él se ha enamorado (de una mujer más joven, eso sí). Estas cosas suceden y a todas las edades. El amor no es un privilegio exclusivo de la adolescencia, aunque fructifique con mucha pasión en esa época. Esta es una lección importante. Muchas personas consideran que con la edad el corazón (y los genitales) se secan, pero nada más lejos de la realidad. El amor puede existir más allá de los 65, en ocasiones generando graves tensiones en parejas preexistentes de larga duración. Es una buena reivindicación plantear estas cosas pues en ocasiones la soberbia de la juventud reinante ignora la vida emocional de sus mayores.

Con bastante frecuencia en este tipo de rupturas maduras participa una tercera persona, en ocasiones (muchas) bastante más joven. ¿Es el espejismo de la juventud que atrapa al marido o la esposa? ¿La posibilidad de vivir una segunda oportunidad?

El que se va -enamorado- lo tiene más sencillo. Tendrá que construir una vida nueva y reestructurar su agenda de amistades, tal vez en ocasiones lidiar con la culpa y los reproches del abandonado y otros miembros de la familia que pudieran aliarse con él.

El gran peso, sin embargo, queda para el que es abandonado. Cuando el amor troca en odio la ira anima al corazón durante un tiempo y existe el riesgo ¿o la suerte? De acabar como en “El club de las primeras esposas”. Pero tarde o temprano el odio acaba y queda la soledad.

Ese es el momento de volver a empezar. Después de un divorcio maduro las amistades y los miembros de la familia pueden sostener durante un tiempo el ánimo y es muy importante apoyarse en el círculo social cercano para reconstruir la vida.

Las horas muertas y la abundancia de tiempo para uno mismo puede ser un problema pero también una oportunidad. Es la ocasión de encontrar nuevas aficiones y oportunidades de crecimiento personal, el cultivo de aquello para lo que nunca se tuvo tiempo.

¿Y una nueva pareja? A veces, por venganza o por desquite, se busca con celeridad un nuevo acompañante. No suele ser una idea muy acertada. Es necesario tomarse un tiempo para el duelo y cerrar la herida en la autoestima y en el apego. El otro riesgo los constituye el miedo. Algunas personas se incapacitan para volver a amar ante la traición sufrida. Temen que les suceda lo mismo y la paranoia no permite que ninguna potencial pareja pase de un par de citas.

Por todo esto es muy importante elaborar el duelo. Y si después del duelo el amor termina por aparecer, hay que decir «bienvenido sea» y asumiendo el riesgo volver a empezar.

Rupturas con elegancia: si te vas a ir cierra la puerta, por favor

Las rupturas son un acto de responsabilidad que pretenden ser el remedio o la salida a un estado de tensión, desequilibrio o estancamiento de lo que fluía y ya no fluye. Por desgracia, muchas veces olvidamos la parte que se refiere a «responsabilidad» y sólo nos quedamos en el acto, en el «quitárnoslo de encima».

Llegamos, tocamos y nos vamos. Como si del crimen perfecto se tratase: «no dejamos ni huella».

La ruptura de cualquier tipo de relación ( amistad, laboral, pareja, etc.) se expresa finalmente mediante una acción física, pero es un proceso tanto intrapsíquico como interrelacional que va desde:  un malestar e inquietud individual y/o de la relación, pasando por la necesidad de cambio, el desacople de la relación, la crisis manifiesta y no resuelta, la quiebra, el post síndrome de abstinencia y la transformación vínculo.

Sin embargo, será la madurez emocional de los miembros implicados, la capacidad de autocrítica, el apego desarrollado y lo integrado de anteriores duelos, lo que se reflejará en cómo nos posicionemos y vivamos la ruptura.

A otra cosa mariposa

Decidir de forma responsable y madura alejarte de una relación en la que antes estabas de manera más o menos presente, no es baladí, es una decisión cuanto menos incómoda y cuanto más dolorosa, que demuestra un compromiso y un respeto con uno mismo y con la persona con la que estábamos relacionándonos. Por ello dedicarle un tiempo a darle el valor que merece minimizará los efectos en ambos.

«No le dije nada. Simplemente desaparecí poco a poco. Yo creo que tuvo que darse cuenta, porque antes nos escribíamos prácticamente a diario y de repente dejé de contestar… pero sólo hemos estado 5 meses juntos  y no teníamos nada, yo lo dejé bien claro desde el inicio».

Una cosa es no tener una etiqueta que «certifique» que se es pareja y no forzar las cosas y otra esconder nuestra incapacidad de afrontar maduramente una decisión legítima como la de cortar lo que había, con una racionalización defensiva del tipo «no éramos nada»

El trabajo con las gestalts inconclusas son uno de los motivos por los que más se acercan a mi consulta en los últimos años. Es en el propio espacio de la terapia donde acompañamos al paciente a concluir e integrar esos vínculos que bien no cerraron o bien lo hicieron de una manera traumática por el hecho de no haber sido conscientes de la importancia que tenía a nivel intrapsíquico e interpersonal. Muchas veces estas rupturas conectan con los episodios de despedidas no resueltas en la propia infancia, reforzando aún más los bloqueos y aumentando los mecanismos de defensa.

Quizá para una de las partes pueda ser más doloroso que para la otra, pero ambos han estado danzando en esa unión durante ese tiempo. Recordemos que si uno no es capaz de asumir sus propias motivaciones y sentimientos reales con honestidad, y en su lugar tiene miedo de expresarse por salir herido o dejar herido al otro, no encontrará un espacio donde poder sanar las heridas relacionadas con el apego y el rechazo. Las dos heridas, según la filosofía zen, más relacionadas con el sufrimiento.

 

Algo similar pasa en esas díadas de amistad simbióticas y que de la noche a la manaña, una de las dos partes hace un «abracadabra» y desaparece como el humo, sin poder asumir la otra parte que esa etapa -por el motivo que sea- ya no continua igual, está caduca y que es mejor tomar distancia y evolucionar por separado.

Actualmente, tal y como acertadamente exponía el sociólogo Zygmunt Bauman  en «El amor en tiempos líquidos» las relaciones entre las personas se hacen y deshacen con una facilidad que a veces resulta abrumadora. Los lazos afectivos parecen haber adquirido un cierto carácter industrial. Las relaciones se valoran por su utilidad (¿me encajas? ¿me sirves? ¿me convienes? ¿me complementas?) y se desechan cuando no son rentables.

Recuerdo mientras escribo el bello paisaje de El Principito que enmarca un poco la reflexión que trato de trasladar a este escrito:

Principito: – ¿Qué significa «domesticar» ?

Zorro – Es algo demasiado olvidado – dijo el zorro. – Significa «crear lazos…»

Principito: – ¿Crear lazos?

Zorro: – Claro. Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo…

Principito: – Comienzo a entender . Hay una flor… creo que me ha domesticado…

/…/

Zorro: – Es el tiempo que has perdido en tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante. Los hombres han olvidado esta verdad. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…

Principito: – Soy responsable de mi rosa… – repitió el principito a fin de recordarlo.

 

ruptura

 

¿Significa esto entonces que tengo que estar «atado» al otro por el simple hecho de que compartimos un lazo en su momento? Aunque técnicamente así sería por la Ley del entrelazamiento cuántico, a nivel práctico y saludable: absolutamente no.

Sólo se trata de ser responsable con lo que ambos construyeron y ritualizar en la medida de lo posible el cierre del mismo. Ya haya sido una relación de pareja, de amantes, de amistad (o incluso laboral).

 

ruptura

 

Si el tipo de relación lo merece y ha habido respeto y madurez aún siendo poco el tiempo el transcurrido juntos, el darle al uno la oportunidad de escuchar las motivaciones, las reflexiones y los sentimientos que están debajo de la decisión y a su vez oír del otro lo que siente respecto a esa determinación, -con la que puede estar de acuerdo o no- es darle un sentido a lo (mucho o poco) que significó ese tiempo y espacio interno compartido.

Emancipación emocional y diferenciación del self en las rupturas:

En este marco también parece importante tener en cuenta el concepto acuñado por Bowen en su estudio sobre los sistemas familaires, cuando hace referencia a la diferenciación del self. Ya vimos en este otro artículo»  Pareja equilibrada: juntos pero no revueltos cómo estar sanamente diferenciado supone encontrar el equilibrio entre las dos fuerzas vitales básicas: la individualidad y la conexión con otros. Esto implica poder estar emocionalmente próximo a los demás sin que ello suponga fusiones o pérdidas de identidad.

Bowen señala en este sentido, que a nivel intrapsíquico diferenciarse consiste en :

«tener la capacidad de tomar conciencia y distinguir los pensamientos de las emociones, viviendo éstas con la intensidad que conlleven y pensando a su vez con claridad antes de actuar.»

Así, una persona con alta diferenciación del self asume la responsabilidad de sí misma y de sus acciones, al mismo tiempo que es capaz de escuchar y apreciar los puntos de vista del otro sin que ello conlleve reactividad o sumisión. Es capaz de sostener sus propias emociones y pensamientos sin echarlos fuera, reprimirlos o negarlos.

Por el contrario, un nivel bajo diferenciación del self implicaría perder la capacidad de pensar con claridad, actuando o bien de forma reactiva movido por la intensidad emocional y la ansiedad culpando al otro o así mismo; y o bien adoptando una actitud excesivamente racionalizadora, distante y fría. Evitando el contacto y la comprensión tanto de las emociones propias como ajenas.

Veamos un ejemplo de los efectos de una ruptura de los miembros con un nivel bajo de diferenciación del self en la letra de esta canción de Gotye (el vídeo contiene la letra completa en español).

«pero no tenías que cortar todos los lazos conmigo, hacer como que nunca ha pasado y que no fuimos nada. Y ni siquiera necesito tu amor, pero me tratas como a un extraño, y eso resulta tan duro. Supongo que ya no lo necesito, sólo eres alguien a quien yo solía conocer»

En este caso la ruptura se produce a través de una emancipación física pero sin diferenciación real, puesto que él en este caso, se queda enganchado y fusionado en la historia, desbordado por el recuerdo emocional de la relación romántica. Y ella por el contrario, desconecta de todo contacto personal significativo, optando por el cut-off emocional, que en palabras de Bowen se manifiesta en:

«una negación abrupta del apego, un pseudo-control de las emociones y un fingimiento de elevada autonomía. «

Por doloroso que pueda ser, tener una conversación para terminar una relación de manera madura puede enseñarnos mucho acerca de uno mismo y sentar las bases para las siguientes relaciones.

rupturas

Cerrando el círculo: aprendizaje de la impermanencia en las rupturas.

Si la ruptura es un acto de responsabilidad para con el otro, también lo es para con uno mismo.  La necesidad de cuestionar el vínculo y aceptar la reorganización de la imagen de uno mismo de un modo autocrítico y positivo es importante para evolucionar y cerrar sin fisuras.

Cuando la reconciliación no es posible y la decisión es inamovible, una ruptura asumida con responsabilidad puede ayudarnos a:

  • Aceptar los sentimientos de culpa, vergüenza, decepción, tristeza, abstinencia, liberación o miedo como parte de la honestidad que necesitamos para transitar  la siguiente etapa de nuestra vida.
  • Abrazar con humilidad y gratitud aquello que hemos aprendido a través del espejo del otro ya que las relaciones nos muestran más de nosotros mismos que del otro. Sobre todo, las repeticiones nos están señalando algún punto ciego, una asignatura de vida que no hemos aprobado (como en el colegio) y por ello la volvemos a repetir.En palabras de Carl Gustav Jung: “Lo que no es reconocido se convierte en destino”.
  • Soltar sin temor lo que no nos pertenece más para estar abiertos a recibir  lo que tenga que llegar que de seguro, volverá a enseñarnos a amar-nos más y mejor.

 

Referencias bibliográficas:

Bowen, M. De la familia al individuo. La diferenciación del sí mismo en el sistema familiar. Barcelona. Paidós

Zygmunt, B. Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. S.L. Fondos de cultura económica de España.

Fuentes:

Antoine de Saint-Exuperi El Principito, Salamandara Publicaciones y ediciones Salamandra.

Moreno, A. Manual de terapia sistémica. Principios y herramientas de intervención. Bilbao. Desclee de Brouwer

 

 

 

Sobreprotección y maltrato… ¿son lo mismo?

Para crecer y desarrollarse sanamente, un niño necesita que los adultos responsables encargados de su crianza estén comprometidos en cubrir sus necesidades tanto físicas, como mentales y emocionales, los cuidados deben estar ajustados a la etapa normativa en la que se encuentra el niño, de manera que los cuidados que se desarrollan en un bebé será distinto a los cuidados que necesita un niño de por ejemplo 5 años. ¿Que necesita ese niño?, y alli encontramos la primera diferencia entre lo que es la protección y la sobre protección.

 

La protección se caracteriza porque el padre, madre o responsable de la crianza del niño esta alli para brindarles los cuidados y proveerlo de los elementos necesarios para ayudarlo a desarrollarse, como por ejemplo, brindarle alimento, enseñarle a explorar el mundo, brindarle amor y cariño, es decir ofrecer el espacio necesario donde se sientan SEGUROS y contenidos.

 

Sin embargo la sobreprotección se caracteriza principalmente por sobresaturar al niño de ciudados y elementos que no son ¨necesarios¨ para su desarrollo o sobrevivencia.  Y se dice ¨necesarios¨ porque el padre, madre o cuidador cree realmente que (por dar algunos ejemplos)¨evitar que se caiga cuando aprende a caminar¨, ¨evitar que llore porque un niño lo rechace en la escuela o ir a pelear por él cuando tiene problemas con un compañero de curso¨, ¨darle todo lo que el niño pide, todo lo que yo no tuve cuando fui niño¨ ¨llenarle la habitación de juguetes¨, entre otras acciones sobreprotectoras van a fortalecer el vínculo entre ellos y va a proveer de una sensación de seguridad en el niño. Sin querer estamos enviando mensajes contradictorios, el niño lo que puede percibir es ¨el mundo es peligroso¨ ¨sin mí no estas seguro¨ ¨no eres suficientemente capáz¨.

 

 

 

¿Que és el maltrato infantil?

 

Generalmente cuando pensamos lo que es maltrato infantil nos viene a la cabeza imágenes mas bien de violencia física,  tambien pensamos en los insultos, en el desprecio, el abandono y otro tipo de acciones violentas contra un niño.

 

la OMS define el maltrato como:

 

Abusos y desatención de lo que son objeto niños, niñas y jóvenes menores de 18 años, caracterizado por maltratos físicos o psicológicos, negligencias o desatención, abandonos o abusos, que puedan causar daño a la salud, al desarrollo o dignidad del niño, o poner en peligro su supervivencia, en el contexto de una relación de responsabilidad, confianza o poder.

 

 

Sin embargo no en muchas ocaciones pensamos que sobre proteger a un niño puede convertirse en un tipo de maltrato, ¿Cómo? ¿le doy todo lo que quiere y necesita, evito que sufra, le demuestro todo mi amor incondicional, como puede ser esto un tipo de maltrato? Esta afirmación destapa toda una postura de controversias. Se afirma que la sobre protección es un tipo de maltrato por el tipo de secuelas emocionales y mentales que ocasionan en la vida de los niños. Se puede clasificar como un tipo de maltrato psicológico, ya que el niño termina desarrollando:

 

  • Baja Autoestima.
  • Poca confianza en sí mismo.
  • Autoconcepto negativo de sí mismo y de sus capacidades (no puedo, soy incapaz)
  • Puede llegar a desarrollar cuadros de angustia y otras dificultades emocionales.
  • Puede llegar a desarrollar relaciones de dependencias y apego inseguro.
  • Puede llegar a desarrollar somatizaciones corporales.
  • Dificultad en el desarrollo de habilidades sociales.

 

http://https://www.youtube.com/watch?v=JcJqOZcffEk&t=1s

 

Cuando respetamos el desarrollo natural de un niño, vamos asumiendo con ello que el niño debe ir adquiriendo habilidades y competencias que lo vana ayudar a afrontar las dificultades propias de la vida, tales como:

  • Tomar sus propias decisiones
  • Desarrollar habilidades para la resolución de problemas.
  • Autonomía e independencia.
  • Desarrollo de personalidad

 

Generalmente la sobreprotección esta estrechamente opuesta a estas premisas. El padre sobreprotector sin querer (o queriendo)  toma desiciones por su hijo, le resuelve sus problemas, siente que el niño aun depende de él o ella para cosas que ya normativamente podría hacer por sí, y esto altera el desarrollo de su personalidad. En algunas ocasiones los padres o ciudadores indican que hacen este tipo de acciones para evitar que el niño ¨sufra¨ o se ¨fruste¨ o corra ¨algún tipo de riesgo¨, olvidando que estas experiencias le van a permitir al niño afrontar las dificultades que la vida le pueda ir presentando y por consecuencia le pueden ayudar a desarrollar el carácter necesario para integrarse efectivamente a la sociedad de manera autónoma.

 

La clave está en entender las necesidades del niño según la etapa en la que se encuentre, vincularnos con ellos según la edad que tengan y no hacer un desface de la relación, es decir, no tratar a un niño de 3 como si fuera de 10 y viceversa.

 

Consecuencias de la sobreprotección y que hacer para remediarlo

 

 

 

Es importante acotar que aunque hasta el momento podemos estar realizando practicas sobreprotectoras hacia nuestros hijos, son situaciones que pueden ser revertidas.

 

Pero primero debemos asumir que el miedo y la inseguridad que podemos sentir por nuestros hijos, para que no les pase nada malo, es eso, una proyección, es decir son nuestros propios miedos e inseguridades los que estamos traspasando a nuestros hijos, que seguramente ellos  en algún momento nos han intentado decir: ¨mírame, estoy grande, puedo por mi mísmo¨

 

te invito a evaluar los siguientes escenarios

 

  •  HACER TODO POR TUS HIJOS: Cuando hacemos todo por nuestros hijos le estamos enviando el siguiente mensaje: ¨tu no puede solo, eres incapaz, si yo no estoy no lo lograrás¨. Es decir hacer todo por ellos, todo aquello que podrían hacer por sí mismo, y que correspondería por etapa de desarrollo, es hacerlo sentir incapaz, y por consecuencia es anular su autonomía.  Permítele ir desarrollando su autonomía según la edad en la que se encuentren: comer solos aunque se ensucien, vestirse solos aunque no combine la ropa, recoger sus juguetes, ordenar su habitación, ir solo a la sala de clases, son situaciones que van a favorecer el desarrollo de su autonomía, y aunque cuenten con tu supervisión, el niño va a ir fortaleciendo una visión segura de sí mismo.

Permítele escenarios donde puedan sentirse autonómos según su edad y bajo tu supervisión, cuando realicen acciones por si solas, refuérzales y dales aliento para que en una próxima oportunidad tomen ellos la iniciativa.

 

  • TOMAR DESICIONES POR ELLOS: ¨tu dices que quieres el verde, pero yo se que el que te gusta es el violeta¨ ¨ve a clases de piano no de karate, es lo que mejor se te da¨ ¨porque no estudias veterinaria, no ingenería, cuando eras niño siempre te gustó cuidar de los animales¨ ¨no vas a salir con esa amiga, vas a salir más bien con juliana que es mas decente y conozco a sus padres¨. Aunque creemos que ellos están decidiendo, y nosotros solo estamos alentando sus desiciones, bajo de esas lineas le estamos diciendo ¨tu no sabes tomar desiciones, yo decido por tí¨.  Este tipo de situaciones insegurizan a nuestros hijos, y una vez que entran en etapas más complicadas, donde realmente necesitan autonomía y seguridad para tomar desiciones claras, se vuelven indecisos, les cuesta concretar desiciones, y siempre se cuestionan si la decisión que tomaron será la mejor, por lo que terminan siempre recuerriendo a terceras personas para confirmar sus acciones.

 

Desde temprana edad permíteles tomar desiciones, no se trata de delegar responsabilidades en ellos, es ayudarle a asumir las responsabilidades que le corresponden según su edad. No enjuicies sus desiciones, ni les hagas sentir que lo hicieron mal, solo invítales a ver opciones más efectivas.

 

  • RESOLVERLE TODOS SUS PROBLEMAS:  este es uno de los puntos más frágiles para los padres, quienes por evitar el sufrimiento, la angustia y los riesgos, evitan que sus hijos se enfrenten a situaciones donde deben exponerse. En muchas ocasiones vemos a padres ir a hablar con los profesores de sus hijos, por tareas incumplidas, o padres que hablan con otros niños que lo hicieron llorar a su hijo,  cuando le compran lo que niño pide para evitar que llore, o cuando llegan hasta a hablar con las parejas, novios (as), jefes, compañeros de sus hijos ante una dificultad. Alli claramente el mensaje es anular las competencias de afrontamiento de sus hijos.

 

No es dejarlos solos ante una dificultad, es acompañarlos y orientarlos de manera que puedan ver con mayor claridad las soluciones, pero no hacer y solucionar por ellos, ya que esto directamente anula la seguridad en sí mismos. Ofréceles espacios donde le puedas plantear algunas dificultades cotidianas y ayúdales a resolverlas, de manera que aprendan a manejar el estrés y la angustia frente a las dificultades.

 

  • EVITAR QUE SUFRAN:  ufff, como padres, que difícil es ver llorar a sus hijos. Evitarles la pena, el dolor y el sufrimiento es una de las metas más grandes que los padres se trazan, pero cuan necesario es el dolor para poder desarrollar carácter y afrontamiento ante la vida. Comprarle todo lo que piden para que no lloren, hablar con los amiguitos para que jueguen con el (ella), no decir no por miedo a una pataleta, este tipo de situaciones generan una visión falsa de lo que es la vida, y hacen que desarrollen una burbuja, que una vez que empiecen a interactuar con el mundo exterior podrán darse cuenta que hay momentos en la vida en las que se sufre y que son dolorosas y no van a saber como enfrentarlas.

 

El objetivo no es evitar, es enseñarles a afrontar, ayudarles a ver que el dolor pasa, que no es eterno, sobre todo a diferenciar que situaciones potencialmente dañinas para su bienestar, y situaciones que por el contrario podría favorecer el desarrollo el carácter.

 

 

CONCLUSIONES

 

  • Desarrollar un estilo de crianza sobreprotector es anular la capacidad para explorar el mundo, haciéndole entender que el mundo es muy peligroso e inseguro, donde el niño finalmente se sentirá inseguro.
  • La sobreprotección anulara la capacidad de tu hijo de tomar sus propias desiciones, por lo que desarrollará dependencias en las relaciones y dificultará su autonomía.
  • La sobreprotección hará que el padre asuma responsabilidades que deben ser delegadas a sus hijos según su etapa normativa, y esto hará que los niños cuando vayan creciendo serán incapaces de asumir responsabilidades, por lo que pueden llegar a  presentar dificultades en la vida laboral, educacional o hasta en la formación de su propia familia.

 

Por lo que se recomienda:

  • Fomenta la exploración del mundo a tu hijo, haciéndole sentirse seguro de cada paso que da, contando con tu apoyo y tu compañía, pero sabiendo que aunque no estés, el mundo puede ser un lugar seguro para él.
  • Permítele espacios donde pueda ir tomando desiciones, como por ejemplo la ropa que quiere usar, o jugar con un niño o no, ayudándole ver las consecuencias de cada decisión pero alentándole a sentirse autónomo y capaz.
  • Decir NO, es tambien sano, la disciplina es necesaria para el desarrollo emocional de los niños, una disciplina basada en el respeto, pero tambien que empodere al padre a poner limites y normas claras, que le permitan ajustar al niño para un buen desarrollo de juicio moral y social.
  • Asígnale responsabilidades basadas en su edad y capacidades personales,  tanto en tareas cotidianas del hogar como relacionadas al ciudado del niño. Pedir que ordene sus juguetes, pedir que te ayude a montar la mesa para comer, que te ayude a hacer su cama, le va a air ayudando a asumir progresivamente responsabilidades que le van a fortalecer la autonomía y el desarrollo de su autoestima.
  • Contenlo cuando te necesite, presta atención a sus emociones y ayúdales a comprender porque las sienten y como hacer para gestionarlas.
  • CONFIA EN TUS HIJOS, ELLOS PUEDEN. SI TU LO CREES ELLOS TAMBIEN LO HARAN.

 

El cuerpo como recipiente del dolor y valiosa fuente de curación

El post de hoy trata sobre el cuerpo. El cuerpo es ese gran olvidado, del que sólo nos acordamos cuando llega el buen tiempo y queremos lucir lo más atractivos posible o cuando algo no funciona como debiera (gripe, alergia, esguince o enfermedades más graves). Normalmente damos por hecho su buen funcionamiento y no valoramos que gracias a él vivimos, nos relacionamos, experimentamos y sentimos. De hecho, tendemos a prestarle atención cuando queremos criticarlo o menospreciarlo por no ser “lo perfecto que debiera” según los cánones establecidos que nos inundan a diario a través de los medios de comunicación, las redes sociales, etc. La realidad es que nos suele costar amar y respetar nuestro cuerpo.

 

LA SABIDURÍA DEL CUERPO

 

Y, sin embargo, el cuerpo guarda una gran sabiduría. Podemos observar en él, a través del movimiento o la postura, indicios que nos hablan de la historia de la persona. Al igual que con el paso de los años se nos marcan más las arrugas de los músculos de la cara que más utilizamos, en el cuerpo también se reflejan los aprendizajes que hemos ido adquiriendo y que nos han ayudado a garantizar la supervivencia y a mejorar el bienestar.

Ya desde pequeños, podemos ver cómo el cuerpo reacciona al entorno. Un ejemplo de ello se observa en el experimento de la cara inexpresiva realizado por Tronick.

 

En dicho experimento se exponen a bebés jugando con sus madres y en un determinado momento se les pide a las madres que dejen de reaccionar, poniendo una cara que no exprese ningún tipo de sentimiento ni de reacción. Al principio, el bebé intenta hacer reaccionar a la figura de apego, para lo cual intenta provocar su sonrisa, llamar su atención, se enfada y/o llora. En definitiva, hace todo lo que está en su mano para generar algún tipo de reacción en ella. Cuando pasan unos minutos sin que la madre responda el bebé realiza comportamientos autoorganizativos que le ayudan a regularse, tales como chuparse el dedo o apartar la mirada, entre otras acciones. Si estás acciones se repiten en la vida del niño o niña sin las conductas reparadoras apropiadas por parte de la figura de apego, el cuerpo del bebé reaccionará de forma que sus posturas se convertirán en tendencias procedimentales que continuarán a lo largo de su vida adulta. Estas experiencias se irán registrando como una serie de expectativas inconscientes sobre el entorno y sobre nosotros mismos altamente potentes que irán influyendo en el desarrollo de nuestro cerebro y nuestro cuerpo. Si, por ejemplo, en la infancia un bebé ha vivido repetidas experiencias de miedo, con el paso del tiempo es probable que encontremos a un adulto que camina con los hombros encorvados hacia delante. Esta postura corporal es el reflejo de experiencias pasadas grabadas en la memoria corporal que se mantienen en la actualidad aunque ya no sean adaptativas puesto que las situaciones generadoras de miedo ya no existen.

 

DESCONEXIÓN DEL CUERPO COMO PROTECCIÓN

 

Aprendemos a desconectar del cuerpo en el ambiente familiar desde la infancia, ya sea por represión o por querer cumplir las expectativas de nuestras figuras de apego. Las figuras de apego son aquellas personas con las que tenemos un vínculo especial y que por lo general se han encargado de nuestra crianza (normalmente son los padres, abuelos o tíos). Si nos dicen “no llores, eso no sirve de nada” aprendemos a reprimir esas emociones por no ser aceptadas por las personas importantes para nosotros. Con el tiempo y a fuerza de reprimir dichas emociones desconectamos del cuerpo y, en consecuencia, de la valiosa información que éste nos proporciona. La represión y la desconexión de las sensaciones sentidas en el cuerpo tienen un sentido adaptativo. En un ambiente en el que no se tolera la tristeza o la debilidad demostrarlas podría resultar peligroso, tanto a nivel físico como emocional. Por tanto, tapar y negar dichas emociones ayuda a la protección y a la supervivencia. El problema radica en que dichos patrones se generalizan y se mantienen en el tiempo cuando ya no son necesarios y la persona los sigue utilizando para evitar un posible sufrimiento futuro.

 

desconexión del cuerpo

 

RECONEXIÓN DEL CUERPO COMO CURACIÓN

 

Reconectar con el cuerpo puede dar vértigo e incluso miedo. Es lógico pensar que conectar con aquello que se reprimió pueda asustar. Sin embargo, si centramos nuestra atención en conocer y aceptar esas partes de nosotros mismos que van más allá de lo verbal encontraremos un camino más libre y lleno de posibilidades para mejorar nuestro bienestar.

Pongamos de ejemplo una persona a la que desde la infancia han infravalorado o ignorado sus logros. Es probable que esta persona desarrolle un pecho hundido, brazos flácidos y respiración superficial asociados a una creencia de “yo no puedo, no sé, no soy lo suficientemente inteligente o capaz”. Además de trabajar con esas creencias limitantes, el trabajo con el cuerpo resulta fundamental. Intervenir para modificar esa postura corporal que actúa como un recordatorio somático de la inseguridad y del sentimiento de incapacidad es clave. Si la persona modifica la postura corporal, alineando la columna vertebral y sacando así al pecho de su hundimiento en una postura relajada, fortaleciendo a la vez los músculos del abdomen y realiza una respiración más profunda es más que probable que conecte con sus recursos y su sentimiento de capacidad. Mantener la linealidad del cuerpo nos conecta con un locus de control interno que nos hace sentirnos seguros y capaces sin necesidad de estar a la defensiva.

 

postura sana

 

Tal como dice una gran terapeuta el cuerpo siempre es tu aliado. No lo castigues por no ser perfecto. Si aprendes a amarlo y a aceptarlo por cómo es estarás más en contacto con él, podrás conocerte mejor y te aportará información muy valiosa para mejorar tu bienestar físico, mental y emocional.

 

Referencias bibliográficas

  • Ogden, Pat y Fisher, JaninaPsicoterapia sensoriomotriz: intervenciones para el trauma y el apego, Desclée De Brouwer. Edición 2015.

 

Lesionados por carencias afectivas

Observo por la ventanilla el movimiento en la estación ferroviaria: pasajeros con su equipaje que van y vienen, subiendo y bajando del vagón. Miro mi rostro reflejado en el cristal. Mi equipaje está repleto de relatos que vienen y se van de mi vida, pasajeros. Nostálgica maleta de bellas y tristes memorias. Cuando suena el aviso de partir, estoy solo, nadie en mi compartimento. No hay pasajero que se haya sentado y se quede… me he acostumbrado a tener asientos libres cerca y me gusta esta tranquilidad; tampoco necesito compañía. Mejor en soledad que un mal compañero de viaje. Aunque en el fondo,  sé que no es del todo cierto…

Porque a veces se deslizan por esa cara acartonada e inerte de la ventana lágrimas amargas;

y me sacude como un relámpago en la noche, la lacerante soledad en el vacío.

Mis anhelos son líquido para el que no existe recipiente.

Carencia emocional

El ser humano es un ser emocional. Nos distingue como especie nuestra poderosa capacidad de vincularnos, y nos influye desde que nacemos hasta el final de nuestras vidas. Establecemos fuertes lazos y deseamos relacionarnos. Uno de los motivos básicos e instintivos de la experiencia humana es la búsqueda y conservación de un fuerte vínculo emocional con otra persona.  Esta motivación básica es lo que llamamos apego.

Existe una tendencia natural a buscar la cercanía física, de compartir estados emocionales, de conectarnos con otro ser humano. Sin embargo, existen personas que –aparentemente– parecen no estar fabricados con este ingrediente.

Hojalata sin corazón

¿Recuerdas al hombre de hojalata en el cuento del Mago de Oz? El fuerte compañero acompaña a Dorothy para recibir un corazón que le otorgue sensibilidad. La metáfora nos sirve para representar a cierto tipo de individuos que no exteriorizan necesidades emocionales, de consuelo, cercanía, comprensión, cariño… ninguna necesidad de amor. Expresan sus creencias acerca de los vínculos con un discurso teñido de pesimismo respecto a relacionarse. Muestran desencanto, una desconfianza de que pudieran existir relaciones auténticamente duraderas. No esperan ni piden de los demás ningún tipo de soporte afectivo, y naturalmente, tampoco lo obtienen.

Evitan la intimidad y cuando se enfadan son capaces de desaparecer de la vida de otras personas. Generalmente son personas independientes, incluso podría decirse que necesitan compulsivamente sentir y mostrarse independientes. No sienten angustia por no estar en relación, convencidos de que no van a conseguir lo que necesitan: ¿para qué implicarse? Y si existe malestar por esto, devalúan la importancia de las relaciones. No creen que eso que llaman “amor” exista: sus propias experiencias de decepción le confirman a modo de profecía, que así es.

Por otro lado, les cuesta expresar y conectar con su mundo emocional: si las emociones son la brújula que nos orientan en las relaciones, no saben interpretar muy bien las indicaciones de la aguja. No tienen una consciencia adecuada de sus necesidades y no son capaces de expresar su experiencia emocional interna. Inhiben su expresión, todo ese mundo les hace sentir descontrol. Si se permiten abrirse y comunicar sus emociones, les invade el miedo a la falta de respuesta, a ser heridos y al rechazo.

La imagen que quiero crear, no es la de un egocéntrico, frío y calculador. Imagina más bien a un niño que en su soledad siente que no hay, ni habrá, nadie a su lado. Un niño que siendo ahora grande, intuye que algo que debió estar no estuvo, ni está, y es vivido con un sentimiento de ausencia, de vacío. Creencias ancladas de forma profunda de que nunca se podrán satisfacer necesidades afectivas de amor. En su propia autoimagen, se ve como un ser que pase lo que pase acabará estando solo, o que ciertos aspectos que en el fondo necesita, nunca se obtendrán; aspectos que no serán escuchados o comprendidos, y por lo tanto no habrá nadie que los proporcione. Las necesidades de apego imprimen deseos que son centrales para el psiquismo, y como cualquier otro deseo al no poder ser realizado, nos deja en un estado de impotencia y desesperanza. Por ello hay que levantar muros, auténticas fortalezas para que el impacto de un posible asedio emocional no arrase con dolor. Dolor psíquico ya conocido pero que ha sido retirado de la realidad mental presente.

En cierta forma, coexisten dos modos de víncularse, pero uno de  ellos está reprimido1: se perciben como autónomos y sin necesidades, pero en su núcleo reside el deseo de contacto emocional y, especialmente de que no le “fallen” emocionalmente. Viven en una paradoja: por un lado la compulsión a la autonomía, que les da seguridad, control y calma, y por otro, una necesidad inconsciente de un vínculo cálido, auténtico, confiable, cuidador, seguro.

Anatomía de las carencias afectivas: su origen

Generalmente, estas personas provienen de contextos familiares cuyas figuras de apego se caracterizan por la ausencia. Esta ausencia pudo ser total debido, por ejemplo, a una situación familiar que implicó una separación larga o permanente con una o ambas figuras de apego, o por un fallecimiento en edades tempranas. Empero, es fundamental comprender que esa ausencia puede ser parcial, es decir, a pesar de la presencia y cuidado por parte de las figuras parentales, es posible que en otro nivel hubiera alguna falta, como por ejemplo en el plano emocional. Una madre puede estar siempre presente y atenta a las necesidades pero ser un desierto afectivo. Pueden darse contextos que le provoquen sentimientos de ser rechazado, no valorado ni merecedor de amor del ser querido debido a que recibe una interacción caracterizada por la frialdad, inaccesibilidad, severidad, etc. A modo de esquema, podríamos diferenciar la carencia emocional en tres tipos de fallas:

– Primero, pudo faltar un cuidado sensible, desde el afecto físico y la demostración de ternura –como las caricias y abrazos, o un habla cariñosa y cercana–, o bien la falta de atención a sus necesidades y deseos. Figuras de apego que fueron frías, poco demostrativas en los gestos de cariño, o que no dieron la atención y tiempo que el niño necesitó, hasta que se adaptó a esa forma de vínculo. Hay madres y padres que por sus propias condiciones psicológicas y situación vital no pueden o no disfrutan plenamente de una conexión emocional y cuidado del hijo, desconexión que es captada por el niño.

– Segundo, la carencia puede estar relacionada con la falta de empatía, de sintonía y conexión con el niño. Esto desemboca en una impresión intima de que no existe nadie que realmente sepa como se sienten por dentro ni que traten de comprenderlo. Hay padres que no consiguen empatizar adecuadamente con sus hijos, esto es, conectar con sus estados emocionales, las necesidades y dificultades, y por lo tanto, no consiguen regular adecuadamente dichos estados, e incluso imponen sus propias necesidades en sus hijos. Estos niños tendrán dificultades en regular sus propios estados emocionales y poder interpretar correctamente el mundo interno propio y de los demás.

– Por último la carencia afectiva puede estar relacionada con no sentirse protegidos, no poder desarrollar una seguridad básica.

La relación emocional cuidador-hijo se convierte en algo afectivamente estéril. El niño se adapta al adulto evitando la cercanía y la conexión emocional, ya que el vínculo inaccesible y frío por parte de la persona que necesita y ama, le resulta dañino.

La privación de las necesidades emocionales puede empezar muy pronto, durante el primer año de vida. Incluso antes de poder hablar y por ello es un aspecto psicológico que puede quedar fuera de la conciencia –sin lenguaje, no es representado mentalmente –.

infancia carencia emocional

¿Por qué se produce esta forma de protección emocional?

Los teóricos del apego2 señalaron que el apego organiza el desarrollo evolutivo de los niños, ya que dentro de la relación cuidador-hijo, le permite organizar su experiencia emocional y controlar sus emociones. Esto depende de la capacidad y sensibilidad del cuidador para sintonizar adecuadamente con las necesidades y demandas del niño. Desde el nacimiento existe un impulso natural a buscar la proximidad del Otro significativo en busca de un refugio y una base segura.

La función esencial de las figuras de apego es la de regular las necesidades fisiológicas y psicológicas básicas, por lo que la meta de la activación del sistema de apego es acceder y asegurar estas respuestas de cuidado y regulación. Según la calidad, la sensibilidad , accesibilidad y la continuidad de las respuestas aportadas por las figuras de apego, les permite desarrollar un sentimiento de seguridad en el apego, o bien pueden necesitar desplegar estrategias para adaptarse y autorregularse.

Las estrategias de apego se van consolidando en forma de organizaciones o estilos, diferenciándose en el tipo de estrategias utilizadas para regular el estrés y los estados internos de inseguridad y vulnerabilidad. Cuando la estrategia primaria de regulación afectiva del sistema de apego –es decir, la búsqueda de proximidad– no logra restaurar el equilibrio emocional por las experiencias negativas con las figuras de apego previas –inaccesibilidad, ambivalencia, intrusividad, rechazo, persecución, etc.– los apegos inseguros ponen en marcha estrategias secundarias. Las estrategias de los apegos inseguros, las cuales son psicológicamente adaptativas en la infancia, son esquemas mentales y sistemas defensivos establecidos en la primera infancia para combatir la desorganización ante la angustia y el dolor psíquico. Por un lado el estilo evitativo, utiliza estrategias para minimizar el impacto emocional de la activación de las necesidades de apego, mientras que los apegos con elevada ansiedad hiperactivan el sistema de apego y la expresión de conductas y afecto negativo para asegurar la presencia de la figura de apego.

Desde la Teoría del apego, el perfil de persona que estamos revisando en el artículo es predominantemente un estilo de apego inseguro Evitativo.

Señales de alarma en la elección y relación de pareja

En mi anterior artículo sobre la elección de pareja, hablaba de los patrones que se repiten debido a las experiencias vividas en las relaciones pasadas. Las relaciones de pareja pueden verse afectadas por la persistencia de esos esquemas internos, dado que las estrategias de los apegos inseguros son psicológicamente adaptativas en la infancia, pero tienden a ser un impedimento para un desarrollo afectivo, social y cognitivo adecuado, apareciendo dificultades en la edad adulta. La relación de pareja, e la relación de apego central en la etapa adulta y está influenciada de modo significativo por la historia relacional de cada uno de los miembros.

¿Qué tipo de experiencias y patrones pueden ocurrir en el contexto de una relación?

El “gatillo” que predominantemente dispara la transferencia del pasado será un vínculo con alguien que hace recapitular la carencia emocional, sea por el motivo que sea –porque existe alguna negligencia emocional como abandono, ausencia, rechazo, etc.–. Desde un esquema predominantemente evitativo/devaluador del apego, se puede decantar por una elección hacia relaciones distantes, con personas “desapegadas”, poco emotivas e implicadas… incluso con individuos que no pueden o no quieren entregarse a otro.

En este punto, puede que hayas reconocido en ti algo que ya conocías. Tal vez lo reconozcas en alguna persona querida. O puede que estés tomando conciencia de algo que jamás habías pensado. En el caso de que sientas identificación con la imagen que expongo en el artículo, si la persona que te provocó una atracción irresistible y magnética en el pasado o actualmente, percibes por su parte cierta frialdad, distancia, falta de compromiso, incomprensión, inaccesibilidad, evitación emocional; si está disponible esporádicamente y en situaciones que necesitas su presencia o apoyo no está; si provoca sentimientos de vulnerabilidad, obsesividad, enfado, celos y no te reconoces con esas emociones; si te fuerza a estar «mudo» cuando intentas expresarte emocionalmente, en el sentido de que no es capaz de escuchar ni comprender tu esencia emocional… ante esta situación sólo se me ocurre una palabra: huye.

Sin embargo, paradójicamente, normalmente puede ser que el protagonista de ese papel distante y frío seas tú.

Es común que muchos sientan una atracción intensa al principio, optimismo y muchas esperanzas, pero que termina desembocando en decepciones. La repetición del esquema puede ocurrir eligiendo personas que saben o sienten que no habrá un futuro en relación, o provocando que las relaciones no funcionen, volviéndose boicoteadores e impulsando a que les abandonen.

Curiosamente las personas con las que podrían formar una relación estable, que muestran cariño y entrega, parece que provocaran que el interés se volatilizara. El historial de relaciones puede ser en este caso amplio y muy inestable. Saben que en esos vínculos la pareja “estará ahí”, pero acaban perdiendo el interés o sintiéndose inundados por las necesidades del amante, que puede resultarles intrusivos, especialmente si llegan a demostrarles su dependencia y por la aparición de ciertas respuestas emocionales –como la rabia, la recriminación, o los celos, debido a que ese modo de vincularse crea inseguridad y despierta sus propios «fantasmas» –.

Aparte de no querer ser inundados emocionalmente porque les perturba, también podrían hallar el vacío que supone un vínculo centrado en atender las demandas del Otro, de no ser reconocidos en sus necesidades y estar excluidos emocionalmente –de nuevo…– .

También puede darse un historial de pocas relaciones, ya que es común una terrible capacidad para decidirse, en el sentido de comprometerse en una relación. Lo perciben como algo intrusivo, como una amenaza que pudiera atrapar su “privacidad y espacio”.  En el fondo, en su inconsciente, la amenaza y el terror real es volver a verse atrapados en una situación en la que vuelvan a estar carentes afectivamente; que les vuelvan a fallar. Existen por lo tanto casos de mayor soledad y evitación de relaciones íntimas, permaneciendo en relaciones muy distantes o evitándolas completamente.

Como puedes ver, son formas distintas de colocarse en una relación pero que desembocan en una situación común de carencia, reproduciendo la maldición. Para detenerla hay que entender las carencias vividas, conectar con ellas en el presente y sentir las necesidades de afecto y empatía de aquél  niño, y revisar su impacto en las relaciones pasadas y presentes. Esta reflexión profunda acompañada de la experiencia emocional, permite aclarar los patrones y anticipar los posibles peligros, pasos fundamentales para avanzar hacia el cambio y el bienestar en nuestras relaciones.

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1 He utilizado esta expresión para el público no familiarizado con conceptos psicoanalíticos. La expresión correcta sería disociado o escindido, en referencia a la exclusión defensiva de cualidades contradictorias e incompatibles en el psiquismo, dejando los aspectos inaceptables o traumáticos fuera de la conciencia.
2 Concretamente me refiero a los estudios de Sroufe y Waters (1977; citado en Marrone, 2009)
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Referencias bibliográficas

  • Marrone, M. (2009) La Teoría del Apego: un enfoque actual. (2º Edición revisada y ampliada). Madrid: Editorial Psimática.
  • Young, J. & Klosko, J. (2001). Reinventa tu vida : cómo superar las actitudes negativas y sentirse bien de nuevo. Barcelona: Paidós.

Asexualidad ¿Es la falta de sexo la última revolución sexual?

La asexualidad aparece con fuerza en los titulares de medio mundo en una época en la que el propio concepto de identidad está en crisis, un momento en el que para mucha gente los discursos nacionales, políticos o religiosos han dejado de tener sentido. De pronto, nos encontramos con el terreno bien abonado para el descubrimiento de nuevas identidades, nuevas categorías que  nos ayuden a saber quienes somos, que nos den una explicación y al mismo tiempo un marco de referencia para entender nuestra subjetividad.

Este es uno de los motivos que explican el masivo nacimiento de nuevas identidades a lo largo del siglo XX que continúa con fuerza acentuándose a partir del comienzo de la era digital. El declive del modelo normativo universal impulsado por occidente (hombre, blanco, heterosexual, cisgénero y cristiano) ha dado lugar a la reivindicación de todas aquellas identidades que permanecían en un segundo plano. Empezando naturalmente por la mujer y su lucha, todavía vigente, por ocupar el lugar que legítimamente corresponde a nada menos que el 50% de la humanidad, históricamente marginada.

La lucha por la libertad y el lugar de la asexualidad

asexualidad

Junto a la revolución feminista vino la racial, la de las minorías sexuales y muchas otras. La mayoría de estas reivindicaciones, como podemos ver todos los días en las noticias, están a la orden del día. Lo cual, por cierto, no quiere decir que no podamos estar orgullosos como civilización de todas las cosas que hemos conseguido.

En este entramado identitario una de las grandes luchas ha sido la de las minorías sexuales. Desde el principio este asunto fue de gran complejidad, se trataba de nombrar por primera vez en siglos, de forma no peyorativa aquello de lo que estaba prohibido hablar (o al menos hablar bien). Esa es una de las razones por las que el colectivo ahora conocido por las siglas LGBTI (Lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales) ha sufrido tantos cambios internos hasta la formulación que actualmente es más frecuente, no sin polémicas, como veremos, de hecho la «I» es una incorporación bastante reciente, no aceptada por todo el mundo.

Cada una de estas siglas lo que representa al fin y al cabo es una identidad que históricamente no ha podido ser expresada por su lejanía del modelo normativo del que antes hablaba. Pues bien, en este momento hay varios colectivos que desean añadir letras a LGBTI, uno de ellos, tal vez el que está haciendo más ruido en internet es el asexual, pero ¿Es razonable, con lo que sabemos, la inclusión de la «A» junto con las otras siglas?.

¿Qué es la asexualidad?

Los defensores de la asexualidad como una orientación sexual más (además de la heterosexual, homosexual y bisexual), pretenden establecer paralelismos entre esta y aquellas que habiendo estado perseguidas durante siglos ya han alcanzado ciertos grados de aceptación en la sociedad, este es uno de los motivos por los cuales desean su inclusión dentro del colectivo LGBTI, que ha servido históricamente para dar voz a aquellos que tenían una sexualidad, sexo o género no normativo.

Pero vayamos al tema que nos ocupa, ¿Cómo se definen los propios asexuales? En la versión española de la web de la asociación internacional más importante de asexuales, AVEN, definen al asexual como :

La persona que no experimenta atracción sexual hacia otras personas. No es lo mismo que ser célibe, ni lo mismo que ser asexuado o antisexual. No implica necesariamente no tener libido o no practicar sexo o no poder sentir excitación o no poder enamorarse o no tener pasiones o no sentir deseo. En la comunidad asexual la consideramos una orientación sexual, hacia ningún género o sexo, o la falta de orientación sexual, siendo ésta referida sólo a la atracción sexual ya que la orientación romántica de cada persona no tiene por qué coincidir con la sexual.

Encontramos mucha información en esta definición, veamos parte por parte.

De entrada queda claro que la asexualidad no tiene que ver con el celibato, es decir con la opción de no mantener relaciones sexuales aunque exista atracción o deseo. Esta distinción parece muy importante, es decir, la asexualidad tiene que ver con la atracción sexual, no con el hecho en si de no practicar sexo, ser virgen o hacer votos de celibato.

Tampoco es lo mismo que ser asexuado, cosa que equivaldría a no tener órganos genitales, ni que ser antisexual que supondría odiar el sexo.

asexualidad

Lo que sigue es más complicado, esta definición plantea que los asexuales pueden mantener relaciones sexuales o tener conductas autoeróticas, lo harían en estos casos por contentar al otro, para liberar tensiones o por una descarga fisiológica. En este sentido efectivamente también podrían enamorarse y sentir pasión romántica sin necesidad de sentir atracción sexual, quedaría así desligado una vez más el sexo del amor, lo que para algunos teóricos sería un amor incompleto o platónico y sin embargo ha sido extremadamente popular desde la época de los juglares y el amor cortés.

Asexualidad, libido y deseo

La parte más compleja de esta definición sería, sin embargo, aquella que afirma que «ser asexual no implica necesariamente no tener libido (…) o no sentir deseo.» Esta frase es equívoca a mi parecer, ya que los conceptos de libido y deseo son amplios y cuentan con numerosas definiciones posibles.

Libido, por ejemplo, según la RAE sería:

Deseo sexual, considerado por algunos autores como impulso y raíz de las más varias manifestaciones de la actividad psíquica.

asexualidad

Bien, si la libido es el deseo sexual y el asexual es aquel que no experimenta atracción sexual hacia otras personas vemos que el elemento diferencial es lo relacional. Es decir, que según AVEN el asexual puede experimentar deseo sexual pero este es un deseo sin objeto deseado.

Es ciertamente posible para todos nosotros experimentar este tipo de deseo sin objeto, es esa comezón, esa sensación interna, es angustia difícil de nombrar que intentamos eludir, silenciar o encarrilar mediante estímulos externos. Esa sensación de deseo sin objeto deseado es normalmente desagradable para el sujeto, necesita ponerle nombre y colocarla en algún sitio (comida, pareja sexual, relaciones sociales, agresividad, deporte, etc…). Por eso, se plantearía en este caso que existen personas que experimentan no simplemente un deseo, sino un deseo de índole sexual pero no dirigido nunca hacia ningún objeto. ¿Quedaría entonces este deseo sexual perpetuamente insatisfecho por no contar con un objeto sobre el que proyectarse o sería simplemente satisfecho mediante la estimulación física y el orgasmo?

En este sentido creo que AVEN entiende por asexuales tanto a aquellas personas que no experimentan ningún tipo de deseo sexual como a aquellas que experimentan deseo sexual pero no dirigido hacia ningún objeto. En caso de considerar la asexualidad como una orientación sexual entiendo que solamente sería adecuado en el segundo de estos dos casos, puesto que en el primero no existe orientación ni falta de orientación sexual puesto que no existe un deseo sexual que orientar o no orientar.

Por otra parte, cuando la RAE se refiere a «algunos autores» habla claramente de los autores psicoanalíticos. Sigmund Freud consideraba efectivamente a la libido como la energía de la pulsión, aquella que llevaba al ser humano hacia la vida y que inicialmente tenía una expresión principalmente sexual, aunque podía sublimarse por diversos medios y manifestarse en multitud de formas.

Según comprensiones más modernas desde el psicoanálisis la libido se reconceptualiza como la capacidad deseante del sujeto. Existiendo por tanto deseo existiría libido. De este modo una «baja libido» sería entendida como un déficit en la capacidad deseante. En este caso es importante diferenciar entre una baja libido originaria o sobrevenida. Si es sobrevenida habrá que considerar qué es lo que la provocó, podemos encontrarnos en este caso, por ejemplo, con un Trastorno de deseo sexual hipoactivo o con otras eventualidades que pueden afectar al deseo sexual de tipo biológico como cambios hormonales, por ejemplo.

Conclusiones

Mi conclusión, según los testimonios que he ido leyendo y los casos que he podido ver en la consulta es que la asexualidad no es, como suele suceder en psicología, una cuestión de blancos o negros, sino de diferentes tonalidades de gris.

Dentro de este degradado de grises podremos encontrar desde la persona que no siente ningún tipo de deseo sexual hasta aquel que tiene un deseo sexual reducido con respecto a la media. Esta falta de deseo/atracción/orientación sexual probablemente sea múltifactorial, como suele suceder con todo lo que tiene que ver con la construcción del deseo, más aún cuando parece que bajo la categoría de asexualidad pueden estar englobadas cuestiones de diversa naturaleza y etiología.

En este sentido, creo que, en la clínica, para poder hablar de una auténtica asexualidad, se impone primero descartar cuestiones farmacológicas o biológicas que podrían estar afectando negativamente al deseo sexual, en esta linea sería necesario descartar también, las dificultades que pueden  experimentar personas que han tenido una educación muy represiva en materia sexual y por último las posibles experiencias traumáticas relacionadas con el sexo (Por ejemplo, agresiones sexuales, abusos, etc…).

Una vez descartadas estas variables creo que es ciertamente posible que dentro de la infinita variedad de la familia humana existan personas que sean genuinamente asexuales, tal vez nacidas así, tal vez como resultado de sutiles cambios hormonales o influencias ambientales recibidas en la más temprana infancia, en realidad, eso es materia para los investigadores, mientras tanto lo que nos toca a los clínicos y a la gente en general es contar con la experiencia subjetiva de las personas. Y si no existe un malestar interno al respecto ni un anhelo por estar perdiendo la experiencia de disfrutar de la sexualidad, creo que es posible que estas personas desarrollen una vida plena.

Quedan sin embargo muchas preguntas por resolver: ¿Cuales son las causas de la asexualidad (o las asexualidades)? ¿Cuales son los condicionantes biológicos y psicológicos que están en juego en estos casos? ¿Qué sucede con estas personas que experimentan un deseo sin objeto? ¿En verdad podemos considerarlas como asexuales de la misma forma que aquellas que no experimentan ningún deseo? ¿Qué realidades diferentes estamos contemplando cuando hablamos de asexualidad? y por último ¿Podemos considerar a la asexualidad (o a una parte de lo que se considera asexualidad) como una orientación sexual más, o hay que conceptualizarla de otra manera?

Mientras nuevos estudios responden a nuestras preguntas nos queda la cuestión inicial, es decir, si esta nueva identidad, bajo la cual un número creciente de personas se ampara tiene hueco dentro del colectivo LGBTI o debería constituirse en otro colectivo diferenciado, al final este es un tema de índole político-filosófico que está abierto al debate. Tal vez la solución sea, como proponen algunos activistas abandonar las siglas tradicionales y cambiarlas por unas más inclusivas: GSRDI (Géneros, Sexualidades y Romanticismos Diversos e Intersexo). 

Mientras tanto, respetando la diversidad y la complejidad humana, pensemos, investiguemos, debatamos y mantengamos una mente abierta.

 

 

Enrique Schiaffino

Psicólogo colegiado en Madrid

Fundador de Psiquentelequia

 

 

 

La huella del amor negativo en la infancia

 Amor negativo… 3,2,1:¡acción!

«¿Has sentido alguna vez como una masa uniforme y vacía llamada abismo te va absorbiendo poco a poco hasta no saber si tu propio Yo te pertenece a ti o aquella fuerza succionadora? ¿Has llegado a creer que no eres tú quien dirige tu vida y que todo lo que has dicho o hecho no es más que una reiteración monótona, pesada -muy pesada- sin significado propio? Si es así, bienvenido y bienvenida al Punto de No Retorno.

No olvides compartir con nosotros tu soledad, tu angustia y tu caos el resto de los días que Nos pertenecen. Gracias por ser un cadáver más de entre los cien millones de almas desgarradas que habitan este lugar sin tiempo ni espacio. Que tengas una feliz noche en tu corazón muerto. Buenas noches…shussssss»

Algo está mal cuando un niño o una niña escribe estas palabras con apenas 12 años. Algo está mal cuando alberga dentro de sí estos sentimientos. Estas palabras las escribí yo sin tener idea por aquel entonces que lo que estaba sintiendo era claramente las huellas del Amor Negativo.

El término Amor Negativo fue presentado por  Bob Hoffman en 1976 como el más destructivo de los impulsos emocionales.

«Es la adopción y repetición de una programación básica negativa que incluye los comportamientos, actitudes, rasgos, creencias y emociones negativas de nuestros padres, incluyendo todos los modelos familiares existentes.»

Es cuando, según Hoffman, los niños y las niñas* (de ahora en adelante usaré niño/niños por consistencia gramatical), adoptamos desde muy temprana edad los patrones de nuestros padres por Amor Negativo.

¿Por qué haríamos algo así?

– Bien por imitación, ya que el bebé aprende por modelado de las figuras de apego copiando aquello que ve en su entorno cercano.

– Bien para comprar su amor y ser aceptados («ahora que soy igual que tú ¿me vas a querer mamá/papá?»)

– O bien a un nivel muy subconsciente para castigarlos con la culpa siendo el espejo de las consecuencias destructivas de sus propios patrones negativos transmitidos.

Toda nuestra programación básica negativa ocurre sin que seamos plenamente conscientes, antes de la pubertad (la edad de madurez biológica).  El adulto y adulta en el que nos transformamos después de la pubertad, actúa de manera automática según el  modelo de infancia que hayamos aprendido. Es por ello que  reaccionamos ante las dificultades en función de las necesidades que fueron cubiertas o descubiertas durante ese periodo. Da igual lo que hayas madurado después, da igual que sientas que eres completamente diferente a como eras de pequeño o pequeña. Ante situaciones similares en las que el niño se haya sentido herido y no se haya restablecido a nivel profundo el contacto sano con ese niño, el adulto actuará igual que si tuviera la edad en la que saltó por primera vez ese mecanismo negativo.

Para mí comprender y sobre todo experimentar esto en la base del proceso Hoffman durante mi estancia en el programa «Crisol», supuso un antes y un después.

Si bien mi incesante interés por la psicología vino en parte motivado por comprender a qué se debían estos mecanismos automáticos que a veces parecían no pertenecerme (rabietas, miedos, sonrisa compulsiva, perfeccionismo, invalidación, autosabotaje, etc.)  antes de este «darme cuenta» minimizaba gran parte de las repercusiones de mi infancia, pues había sido muy feliz, con unos padres que me querían, honrados y buenos. Sin traumas relevantes,  me sentía obligada a idealizar y proteger a mis padres a modo de lealtad y gratitud.

Ahora sé que esto era sólo una falsa cortina de humo para no enfrentar el dolor, para no desenterrar la memoria infantil y para seguir teniendo la justificación de que «es que yo soy así» cada vez que un automatismo negativo saltaba por los aires haciéndome daño a mí y a los de mi alrededor.

 

La internalización  del Amor Negativo

Esta internalización puede llevarse a cabo por medio de tres vías:

-Adopción total: cuando adoptamos totalmente un rasgo de nuestros padres. Si es un rasgo de ambos, será doblemente duro y es casi imposible rebelarnos contra él. (ejemplo: negativismo, miedo, falsedad, autoritarismo, dependencia)

-Rebelión + Amor Negativo: crea un conflicto de «Tira y Afloja». No nos gusta el rasgo negativo de nuestros padres ni sus consecuencias, así que lo suprimimos, tratamos de actuar de manera opuesta. Nos rebelamos. Así que, cuando actuamos con el opuesto positivo, la voz negativa no se calla dentro de nosotros y nos vemos empujados en 2 direcciones opuestas con el consiguiente sentimiento de desgarro. Es un conflicto de «Tira y Afloja»: en ocasiones actuamos positivamente, en otras negativamente.  Este balanceo ambivalente crea todavía más conflictos y ansiedad.  Hay que tomar conciencia de que al adoptar los rasgos de ambos padres, con el fin de ser leal a cada uno de ellos, ¡debemos jugar ambos papeles! Por ejemplo si la madre es tranquila y conciliadora y nunca expresa rabia.  Por otro lado, el padre es siempre hostil y agresivo.

Externamente, podemos comportarnos como la madre, pero la supresión de la hostilidad del padre es como un volcán latente, rugiendo dentro de nosotros, esperando un momento (apropiado o no) para entrar en erupción. Lo mismo ocurre por ejemplo con la dependencia e independencia,  la soberbia y la humilidad, la generosidad y la tacañería.

-Trascendencia: somos capaces de trascender los rasgos negativos de nuestros padres sin sentir un conflicto interior. Adoptamos aquellos rasgos positivos que nos son propios y que no generan conflictos de sentimientos como la deslealtad, la culpa o la soberbia.

Si lo piensas bien, ¿cuántas veces te dices: «me parezco a mi padre» o «en esto soy igual que mi madre».  Y en otras aún más te preguntas «pero ¿por qué estoy haciendo esto?  ¡Mi madre (o padre) hacían justamente esto! y yo odiaba que lo hiciera y ahora aquí estoy haciendo lo mismo…»

Es como el dice el propio Hoffman:

«Es fácil comprender por qué nosotros, cuando éramos niños, imitábamos los comportamientos y los rasgos positivos de nuestros padres.  Lo que es más difícil de comprender es por qué imitábamos también los comportamientos negativos. De una forma y otra, hemos internalizado a nuestros padres en nuestra infancia.»

Si en esencia, si no fuéramos en gran parte la herencia de esos patrones transmitidos, entonces, ¿por qué nos comportaríamos como ellos? o por la contra ¿por qué nos aferraríamos a rebelarnos por no ser como él/ella?

Si bien es cierto que ya en la pre adolescencia, los jóvenes buscamos  nuestra propia forma de ser en vez de adoptar los rasgos parentales  negativos, como no nos sentimos  queridos de manera incondicional cuando nos rebelamos, lo que nos hace únicos no llega a aflorar. Y terminamos rebelándonos también contra nosotros mismos a través de la autoinvalidación y el sentimiento de culpa.

La socióloga y psicóloga Sperber  muestra muy bien esto que señalo:

» Desgraciadamente, nosotros pasamos la vida rechazándonos y creando situaciones en las que nos rechazan los demás. Vivimos poniendo condiciones… parece que uno tuviera que hacer esfuerzos para ser querido, comprar ese amor a prueba de expectativas y pruebas.  Eso es el amor negativo.»

 ¿Cómo se hirió nuestro niño interior?

Todas las formas en las que un niño puede herirse y ser programado con el Amor Negativo responden en esencia a la invalidación  y a sentirse indigno de ser amado.

El patrón de invalidación y auto invalidación es quizá la forma más devastadora en la que se puede dañar la autoestima y la identidad de un niño.

El psicólogo y autor del libro «Volver a casa», John Bradshaw, lo asocia con el sentimiento de la vergüenza tóxica que es mucho peor que el sentimiento de culpa.

«Con la culpa has hecho algo mal pero puedes remediarlo, con la vergüenza, es que hay algo mal en ti y no hay nada que puedas hacer, nunca nada será suficiente hagas lo que hagas: eres inadecuado/a e imperfecto/a.» 

 A su vez el patrón de sentirse indigno de ser amado/a es en mi opinión la base de todo Amor Negativo. Los niños saben intuitivamente que la gente tiene tiempo para lo que ama y cuando eres bebé no sabes diferenciar a ciencia cierta si cuando tu papá o tu mamá se ausentan se trata de una elección o de una obligación. A ojos de un niño, esa ausencia ya sea física, emocional-o ambas-, aun entendida racionalmente y justificada en la adultez, generará inevitablemente en su interior la pregunta ¿qué he hecho mal para que tú no estés conmigo?

Los niños están predispuestos por naturaleza al amor y a la alegría (si crees que no, sólo hay que mirarles a lo ojos cuando son aún bebés). No obstante, deben primero ser  bien amados para poder aprender a amar bien.

naturaleza infantil

naturaleza infantil

El crecimiento sano de un niño depende de que otro le ame y le acepte incondicionalmente por lo que es, y no por lo que hace. Cuando esto se satisface, la energía del niño se libera de modo que es capaz de amar a otros del mismo modo.

Cuando un niño en cambio no es amado tal y como es, se rompe su sentido del Yo. Al ser depender de los adultos, su Egocentrismo se encajona y su verdadero yo nunca llega a salir realmente por miedo a ser herido o rechazado. Se fabrica así la coraza que le permitirá sobrevivir a base de personajes y máscaras con las que evitar el dolor. También reprimirá su voz a la hora de mostrar sus emociones  y le costará amar a los demás con plena aceptación.

Cualquier mecanismo automático infantil reaccionario es pues una sobre adaptación egocéntrica del niño herido y es nuestro deber como adultos que ese niño interior vuelva a confiar en nosotros para que crezca de manera madura y sana.

Ellos no tienen culpa

¿Qué ocurre si al leer estas palabras siento un gran resentimiento contra uno o los dos progenitores? ¿Qué ocurre si cuando estoy leyendo este artículo siento enfado contra su autora invalidando y cuestionando que mis padres hayan influido en cómo reacciono antes las cosas? Ambos sentimientos son completamente normales. De hecho a veces se tiene ambos.

Sin embargo, para que puedas llegar a una comprensión más profunda de la huella del Amor Negativo, es importante aclarar, sin ninguna sombra de duda, lo que dice Hoffman al respecto:

«Nuestros padres, que inconscientemente nos programaron, aunque sean la causa, no tienen culpa. Ellos también fueron programados por sus padres; y antes también lo fueron éstos por los suyos.» Somos todos culpables de nuestros comportamientos, y sin embargo ninguno de nosotros tiene la culpa.»

Y esto, de lo que nadie tiene la culpa, pero nos hace sentir culpables a todos, se hereda ciegamente de generación en generación y se llama Amor Negativo.

Una vez que entiendes esto y lo experimentas (no basta hacerlo mentalmente) todo comienza a colocarse.Comienza el proceso. Comienza el derrumbe de las lealtades.

 

programación negativa heredada

programación negativa heredada

Cómo no va a ser responsable (prefiero éste al  término culpa ) un padre que es alcohólico y maltrata a su hijo/a? ¿Cómo no va a importarle a un niño de 6 años que su padre o madre estén ausentes, sólo se dirijan a él/ella en términos de mandatos y nunca tengan tiempo de jugar con él? ¿Cómo no va a doler que seas el o la favorita de papá (mamá) y tus hermanos/as te tengan envidia por las comparaciones?

A continuación te invito que te tomes unos minutos para leer estas líneas y que seas sincero/a ¿Puedes reconocer de tu infancia alguno de estos patrones y frases (admoniciones) similares?:

– Poca/ninguna demostración de sentimientos

– Falta de compromiso con los demás. Promesas sin cumplir.

– Insensibilidad, indiferencia con los otros.

– Invasión

– Rechazo

– Dependencia

– Chantaje emocional

– Favoritismo entre los hijos

– No expresa aprobación

– Provoca rivalidad entre los hijos

– Disciplina de mano de hierro o lo contrario

– Avergonzar y culpar a los demás

– Egoísmo

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– Otra vez lo has hecho mal, esfuérzate

– Así no te van a querer

– Primero, la obligación.

– Así no aprenderás

– Porque aquí mando yo

– Eres un desastre

-No estés triste.¡Otra vez llorando!

– Tienes que ser fuerte.

– Eso son tonterías.

– Con lo que hago por ti.

– No tienes derecho a quejarte

– Pensar en ti  es ser egoísta

– No tienes derecho a opinar.

– No pareces hijo/a nuestra/o.

Antes de que podamos borrar nuestros comportamientos, sentimientos y actitudes negativamente programadas y llegar a un estado en que nos sintamos dignos de ser amados, debemos romper la dependencia y la necesidad psicológica hacia los padres de nuestra infancia y ello pasa por entender el cómo ellos, sin quererlo, nos transmitieron esa programación.

La verdad básica de esta transmisión es:«nosotros no podemos darte  amor de manera incondicional si no lo tuvimos».

Así lo que normalmente parece ser amor es solamente la pretensión de actuar amorosamente para recibir o conseguir el amor de los demás. El verdadero amor sólo puede manifestarse cuando nos aceptamos y nos amamos. ¿Cuántos de ustedes pueden decir que sus padres se aman y se aceptan incondicionalmente? ¿Cómo poder hacerlo entonces con sus hijos?

 Hay algunas personas que tenderán a sentir de manera exagerada que los padres son los culpables de que ahora sus vidas estén así aún no habiendo vivido grandes negligencias ni traumas específicos de abuso o abandono. Otras personas que por el contrario, aún habiendo vivido estas circunstancias habrán aprendido mecanismos de defensa tales como la amnesia o la idealización para tapar dicho dolor.

Sea cual sea tu caso, el niño y la niña interior va a necesitar perdonarlos,así como también necesitará de tu defensa y aceptación incondicional para que madure de una manera positiva y afectuosa hacia la libertad de sentirse amado y amada tal cual es. La forma en la que se conduce el proceso la veremos en el siguiente artículo. ¿Me acompañáis?

puerta de la liberación

 

«Perdonen la cara angustiada, perdonen la falta de abrazo, perdonen la falta de espacio, los días eran así…»

(-A nuestros hijos-, Martins-Lins)

 

 Referencias bibliográficas:

-Bradshaw, John, Volver a casa Recuperación y reveindicación del niño interior. Ed. Gaia, 2015

-Hoffman, Bob El proceso Hoffman de la Cuadrinidad, Ed. Urano, 1992.