Encuentros con el miedo – Capítulo segundo – Hermana duda

 

Hermana duda

 

He querido comenzar este post, con «Hermana Duda», una canción de Jorge Drexler, que a mi modo de ver, viene a cantarnos sobre la duda, la indecisión y «el reguero de cabos sueltos» , que en ocasiones nos solemos hacer cuando nuestro amigo el miedo se acomoda en nuestra casa y nos apaga la luz.

Y es que, este amigo, nos mantiene siempre en alerta. Si, ahí está nuestro miedo. Recordándonos que debemos ser cautelosos, mantener nuestras relaciones y el entorno exterior controlado, estar vigilantes ante cualquier posible peligro, a no perder lo que tenemos, lo que somos o lo que creemos ser.

¿Y qué hacemos nosotros? Utilizamos hábilmente nuestra mente imaginando acciones futuras. Pensamos qué puede pasar, dónde, con quién. Tenemos conversaciones con personas, nos enfrentamos a gigantes, monstruos, conjuramos, recreamos toda una estrategia alrededor de escenarios ficticios… todo para prever lo que pueda pasar, el «y si…».  Todo para mantener nuestro estado de control y de prevención ante lo que pueda pasar. A veces, después de un rato dándole vueltas a un tema que traemos al pensamiento, a mí me pasa que termino con la cabeza cargada, como metralla, siento dolor, cansancio, incluso  he experimentado cómo mi visión es menos nítida, nublada.

 

La Angustia

 

Parece que en lugar de tener una mente ayudadora, la volviéramos en nuestra contra. Hay otro efecto que suele sumarse a este nubarrón de la cabeza: el dolor de estómago. Crees que algo te ha sentado mal en el estómago, pero no. Realmente lo que tu tripa te está diciendo es que la tienes llena de angustia. Una angustia que alimentamos con nuestros pensamientos y que siempre está buscando, un enemigo, un culpable y en muchos casos te culpa a ti mismo.

Este estado, que muchos de nosotros estamos acostumbrados a soportar, nos proporciona un caldo de cultivo ideal para paralizarnos porque cada acción que emprendamos, puede ser un error irreparable, por tanto, mejor no actuar, no decidir, de esta manera no tendremos que sentir la culpa o el propio castigo.

Así  podemos estar horas y horas, pasando de la cabeza al estómago, del control mental y las racionalizaciones a la angustia, argumentando y contra argumentando, buscando nuevas causas y desenlaces a nuestras fantasías futuras, para estar preparado ante un futuro que imaginamos hostil, incierto, arduo, fantasmagórico, lleno de sombras y voces.

 

 

Los «y si…» de la indecisión

 

En el decálogo del miedo hay muchos «y si…»: y si no me van a creer, y si me rechazan, y si la relación se termina, y si mi jefe me despide… son los «y si…» de la indecisión. Los que nos paralizan y nos dejan temblando delante del autobús de nuestra vida que está pasando, en este preciso instante y que no somos capaces de tomar, por si hay otro que nos deja más cerca de casa, o por si vendrá otro detrás más moderno y con mejores asientos. (también hay muchos «por si acaso…» en el decálogo del miedo). Es toda una trama laberíntica que nos inventamos y en ocasiones, nos cuesta discernir entre los hechos reales y los imaginarios.

 

¿Para qué necesito la indecisión?

 

Pero ¿para qué necesito ser indeciso?. La vida está llena de decisiones. Estar en la indecisión, también es una decisión y tiene su beneficios. Si estás indeciso con algún tema y llevas rumiandolo tiempo, quizás pueda ayudarte a aclararte un poco más preguntarte:

  • ¿Qué beneficios obtengo al no tomar una decisión?
  • ¿Qué estoy dispuesto a perder y qué no estoy dispuesto a perder con esta decisión?
  • ¿Qué es lo peor que te puede ocurrir si…?

Probablemente, encontremos que nos sentimos más cómodos en la incomodidad de no decidir que en tomar las riendas y la responsabilidad de nuestra vida. Mostrar nuestra verdad, lo que realmente somos y queremos ser. Ser honestos con nosotros mismos y cambiar el flujo energético que nos provoca la angustia y nos bloquea para tomar decisiones.

 

Ir contra lo que nos da miedo

 

En ocasiones, vamos contra nuestro propio miedo. Al contrario que en un estado fóbico donde lo que intentamos es apartarnos de la imagen, persona, idea o pensamiento que tenemos delante, la contrafobia nos lleva justo hacia aquello que nos da fobia, hacia aquello que nos da miedo. Podemos estar sintiendo mucho miedo, pero por fuera tener un aspecto feroz e intimidar al otro. Son los momentos de nuestra vida, donde, aún con las piernas temblando, nos colocamos la armadura y nos enfrentamos al mundo.

Reconozco que en mi vida, este tipo de miedo está muy presente y a veces me ha ayudado a avanzar. Yo lo vivo como si estuviera delante de un precipicio, a gran altura y me lanzo con los ojos bien cerrados y gritando. Una vez hecho, toda la angustia y la energía acumulada, la libero y siento relajación.

A veces, y más aún en personas donde la contrafobia está muy integrada en su carácter, el efecto puede ser doloroso, tanto para si mismo como para los demás. La acción va acompañada de agresividad y no siempre se consigue canalizar.

 

Coraje, espontaneidad, confianza para actuar

 

 

Hay que tener coraje, fuerza interior y sobre todo, confianza, para sentir el miedo y aún así, actuar como sea. Cuando digo, como sea, me refiero a actuar con lo que venga, validando la espontaneidad, la decisión, equivocarse, volver a equivocarse, no acusarse a uno mismo por la decisión tomada o la acción realizada y a aceptar las consecuencias. Más aún, tener la confianza de que el error se puede recomponer y se pueden pedir disculpas. La casa se puede restaurar y aprender de ello. Esto es vivir y estar despierto.

Esto es lo que mi maestra, Estrella Martín, sabe mostrarme cada día que voy a verla y yo intento refugiarme en mis racionalizaciones para no conectar con mi propio deseo. Porque finalmente, la indecisión, nos prohíbe el deseo.

 

«Tanto se medita, que termina escapando. Para agarrar el deseo, soltar el escudo y la lanza, cuando lo que toca es el contacto con lo que sientes, puede ser un camino a explorar».

 

Referencias bibliográficas:

  • 27 personajes en busca del ser. Claudio Naranjo. Ediciones La Llave.
  • Eneagrama para terapeutas. Carmela Ruiz de la Rosa. Desclée de Brouwer.

 

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Encuentros con el miedo – capítulo primero

Vivimos en un momento de la historia donde prácticamente parece una exigencia no sentir miedo. Los medios de comunicación nos transmiten incesantemente comunicaciones contradictorias. Por un lado, mensajes atemorizantes, violentos, que activan nuestro mecanismo de defensa y nos mantiene en alerta. Por otro nos muestran superhombres y supermujeres valientes, héroes y heroínas que no temen a nada. La publicidad se encarga de hacernos consumidores de fórmulas atractivas para no detenernos en el miedo o sencillamente para obviarlo y no sentirlo.

En otras ocasiones, tenemos miedo a no ser capaces de arreglárnoslas en el mundo, de no poder salir adelante por una falta de capacidad y habilidades. Otras, entramos en pánico ante una situación nueva en la vida, sobresaltándonos y tambaleándonos ante los cambios ya sean laborales o personales. 

 

La sociedad del hacer insaciable

 

Y desde este punto de vista, aquel que siente miedo, es un «cobarde”, para el que el aburrimiento está prohibido. Hay que evitarlo porque cuando comenzamos a sentirnos aburridos, nos angustiamos (señal de que nos estamos acercando a nuestro miedo). Pero preferimos continuar en el hacer insaciable para no conectar con lo que realmente nos ocurre.

Son innumerables las estrategias que usamos para apartar el miedo de nuestros pensamientos. Hay quien hace yoga, sale a correr, baja a tomarse una cerveza, toma tranquilizantes, sale de compras, comer hasta la saciedad, ver series infinitas, etc.

Si bien es cierto que algunas de estas fórmulas pueden funcionan, al menos de manera momentánea, ¿qué grado de conciencia tenemos realmente de estas acciones? y sobre todo, ¿están siendo una solución real y consciente a lo que siento y necesito o están actuando de manera superficial, a modo de tapadera?

 

Amar y respetar nuestro miedo como a nosotros mismos

 

Ocultar el miedo es congelar una de las emociones más básicas, perdiéndonos la oportunidad de aprender y crecer con ella como si de una relación de pareja se tratase. Yendo más allá, es necesario amar y respetar nuestro miedo si queremos amarnos y respetarnos a nosotros mismos. Es importante conocerlo, escucharlo, dar un primer paseo por el parque, entrar en amistad, tener una buena conversación con él y sobre todo, darnos el permiso de sentirlo y aceptarlo sin juicio. 

Todas las emociones tienen una intención positiva en nosotros, incluso las llamadas negativas como son el miedo, el asco, la tristeza y la rabia. Además, éstas son indicadoras de nuestros procesos de cambio y transformación. Entonces, ¿para qué necesito ocultarlo?. ¿Qué hay específicamente detrás de él?. 

Darnos el espacio y el tiempo para reconocer nuestro miedo, nuestras dudas e incertidumbres, es el comienzo para empezar a atravesarlo. Además, tenemos la capacidad y el poder de decisión para tener una relación más íntima con esta emoción de una manera más consciente, integrándola y poniéndola a nuestro favor, dándole el lugar que nosotros queremos que ocupe en nuestra vida. 

En este sentido, quizás podéis preguntaros, ¿cuál es el plan de acción que tengo que emprender para superarlo?, ¿Cuál es la receta?. Si os soy sinceros, yo aún no la he encontrado y dudo mucho que exista una marmita con la pócima mágica. 

 

Mi experiencia personal con el miedo

 

Como yo lo veo y como lo voy experimentando, es un trabajo de fondo que comienza por no hacer nada. Aparcar los planes de acción y comenzar a observarme y escucharme. El miedo anida en nuestra mente y en nuestro cuerpo, por tanto, para comenzar a explorarlo, podríamos hacernos algunas cuestiones como:

  • ¿En qué parte de mi cuerpo siento el miedo?
  • ¿Qué espacio ocupa en mi cuerpo?
  • ¿Qué pensamiento me viene a la mente cuando tengo miedo?

 

Relación del miedo con la exigencia y la excelencia

 

 

El miedo es una emoción íntimamente ligada a la exigencia. Cuando nos dejamos arrastrar por él, nos volvemos desconfiados, dubitativos, controladores, reaccionamos ante la mínima sospecha, intentamos controlar la situación o incluso nos paralizamos. Vemos los errores como una fuente de fracaso, nos negamos a recibir feedback y en nuestro entorno se genera una energía hostil. 

Qué distinto es ver la vida desde la excelencia. Cuando nos transparentamos con nosotros mismos, con lo que hay, con lo que sentimos, emprendemos el camino de la confianza. Encontramos aprendizaje en cada error, buscamos la mejora continua, escuchamos al otro, somos proactivos, innovadores, agradecemos y y nos alegramos de estar vivos cada día, generando un clima positivo y en paz.

 

La senda del guerrero

 

Hace unos años, mi amigo Juan me regaló Shambhala, un libro bellísimo que me encantó. El autor, Chógyam Trungpa, nos habla sobre la senda del guerrero o el camino de la valentía, como un sendero abierto a todo ser humano que procure una existencia auténtica que transcienda el miedo. Un guerrero no solo de mente, sino también de corazón.

Esta última parte, la del corazón, por lo general la solemos tener menos explorada. Es la parte “blandita” y que nos hace conectar con nosotros mismos. Suele pasar que cuando conectamos con él, a través de una meditación o simplemente estando presentes, descubrimos que este corazón está vacío y mirando hacia fuera. Es un corazón adormecido.

Si comenzamos a explorarlo y metemos la mano dentro de nuestro pecho, encontraremos algo blando, tierno, sensible y muy probablemente, encontraremos tristeza dentro. No tiene por qué ser a algo particular, puede ser una tristeza generalizada, muy en el fondo, a lo lejos, está ahí y también nuestro miedo a sentirla y a encontrar nada, simplemente vacío interior 

 

El  verdadero guerrero atraviesa la tristeza

 

Pero si no somos capaces de sentir esa tristeza, la valentía que podamos experimentar, será frágil como una cáscara de nuez. Hay que ser un verdadero guerrero para atravesar esa tristeza. Uno de los primeros pasos de ese guerrero, es conectar con su propia vulnerabilidad, provocada al verse con el corazón al descubierto. Dejándose tocar por otros, mostrando su miedo y también su tristeza. Siendo y sintiendo quién es. Dejando de hacer para comenzar a ser. Es ahí cuando podemos ver nuestra excelencia más genuina. Distinguiendo entre lo que hacemos, lo que somos y lo que podemos llegar a ser. 

 

Reconocer el miedo no es causa de depresión ni de desánimo. Porque poseemos el miedo tenemos también, potencialmente, derecho a la vivencia de la intrepidez. La verdadera intrepidez no consiste en reducir el miedo, sino en transcenderlo. Shambhala, la senda sagrada del guerrero. Chógyam Trungpa.

 

La valentía comienza por reconocer el miedo y transcenderlo

 

Por tanto, la valentía comienza por reconocer ese miedo y transcenderlo. No solamente desde un plano mental que nos ayude a entenderlo, sino también desde el corazón, desde la ternura y la aceptación de nuestra realidad.

Trabajar la intrepidez es trabajar con la vulnerabilidad humana, con nuestros corazones. Todo guerrero tiene detrás un corazón tierno y vulnerable a su servicio y al de la humanidad. La verdadera valentía, el arrojo para traspasar ese miedo, viene de la mano esa ternura, de estar dispuestos a abrirnos, sin resistencia ni timidez a afrontar el mundo y a compartir nuestro corazón. Igual que cuando declaramos nuestro amor en pareja.

 

El miedo como compañero de viaje

 

 

Recuerdo con mucho cariño las palabras de uno de mis maestros, Gerardo Ortiz, Psicólogo y Terapeuta Gestalt, mexicano, discípulo de Claudio Naranjo, con muchísima experiencia llevando grupos. Nos contaba en uno de sus talleres a los que asistí durante una estancia en Chile, que a pesar de llevar muchos años viajando e impartiendo talleres por el mundo, seguía sintiendo miedo. Meras especulaciones de lo que iba a encontrarse y lo que pensarían sobre él.

Su receta era bien sencilla. Dentro de su maleta, siempre dejaba un hueco libre para meter una cajita con su miedo y con él, viajaba siempre. Escuchar este comentario, me sirvió enormemente para darme cuenta de que había estado negando mucho tiempo mi propio miedo y que esa negación me había convertido en una persona que realmente no era ni estaba disponible ni para mí ni para los demás. 

 

La aceptación como camino de transformación

 

 

Aceptar el miedo a ser y a vivir está siendo mi camino de transformación. Respetando que es parte de mi ser y de que juntos, desde el encuentro, podemos llegar mucho más lejos que desde la pelea y la evitación. Desde este reconocimiento, puedo construir mi realidad acorde con lo que soy y con lo que quiero llegar a ser.

Os dejo con unas palabras del libro Shambhala que espero os inspiren tanto como a mi. 

La clave del camino del guerrero es no tener miedo a ser quienes somos. Esto es en última instancia la definición de valentía. No tenerse miedo a sí mismo

Esa mentalidad de temor

ha de ser puesta en la cuna de la benevolencia

y amamantada con la leche profunda y brillante de la inmutabilidad eterna.

En la sombra fresca de la intrepidez,

abanicadla con el abanico de felicidad y gozo.

A medida que vaya creciendo, 

con diversos despliegues de fenómenos,

conducidla al patio de recreo auto existente.

Cuando sea mayor,

para impulsar la confianza primordial,

llevadla al campo de tiro al arco de los guerreros.

Cuando sea aún mayor, 

para despertar la naturaleza de sí primordial, 

dejadle ver la sociedad de los hombres

que posee belleza y dignidad.

Entonces esa mente temerosa

podrá convertirse en la mente del guerrero,

y esa confianza eternamente juvenil

extenderse por el espacio sin principio ni fin.

En ese momento, verá el Sol del Gran Este.

 

Referencias bibliográficas:

  • Shambhala, La senda sagrada del guerrero. Chögyam Trungpa. Kairós. Edición 11.
  • No es lo mismo. Silvia Guarnieri y Miriam Ortiz de Zárate. LID editorial. Edición 5.
  • 27 personajes en busca del ser. Claudio Naranjo. Ediciones La Llave. Edición 6.
  • Terapia Gestalt. La vía del vacío fértil. Francisco Peñarrubia. Alianza Editorial. Edición 2.

 

Cuando no sabemos por qué hacemos lo que hacemos (o aprendizaje cultural)

 

Hace unos días me contaron un experimento con monos que me dio mucho en que pensar… Después de investigar sobre dicho experimento sobre el «aprendizaje cultural«, he descubierto que no es real. Pero eso no le quita el atractivo… Nunca se hizo, pero de alguna forma se hizo «viral» y se publicó en cientos de blogs y webs de psicología y de negocios. Es razonable que se produjera este efecto, ya que la historia tiene gancho. Y sin ser real, se dice que los humanos «funcionaríamos» así.

 

mono

 

El experimento en cuestión

El experimento viene a decir que tenemos «comportamientos» aprendidos bajo una amenaza que no es real. No porque la amenaza no sea real, que lo es. Sino porque las personas que nos están enseñando dichos comportamientos nunca experimentaron dicha amenaza en sus propias «carnes»…

En una cadena infinita le contagiamos a nuestros predecesores un miedo inexistente. El miedo a hacer (o no hacer) algo porque alguna cosa horrible nos sucederá. Sin saber qué es ese algo, ni de dónde viene… Ni siquiera sabemos si alguna vez llegó a suceder.

¿Interesante, no?

 

 

Para contar el experimento de forma sencilla…

· Metieron a seis monos en una jaula que tenía una escalera en el centro. Dicha escalera permitía coger unos plátanos que colgaban del techo.

· En cuanto un mono intentaba alcanzar los plátanos, les rociaban (a todos) con agua helada. No hace falta imaginar que a los monos no les gusta que les rocíen con agua helada. Este proceso se repitió todas las veces que los monos intentaban alcanzar los plátanos.

· Finalmente, cuando algún mono intentaba coger los plátanos eran los compañeros los que impedían que se acercara a la escalera.

Hasta aquí bien. Esta es la primera parte del «ficticio» experimento. Lo interesante viene a continuación.

· En este punto sacan a uno de los monos de la jaula y meten un mono nuevo (*). Que no había participado en el experimento.

· Al poco tiempo intenta subirse a la escalera para coger los plátanos, pero los compañeros le agreden a golpes ante la expectativa de la ducha helada.

· El nuevo mono (*) no entiende nada, ya que nunca ha experimentado la ducha helada, pero tras varios intentos deja de intentar subirse a la escalera.

Y ahora viene lo mejor…

· Se saca a otro de los monos «originales» y se repite el proceso.

· El mono nuevo (**) intenta coger los plátanos pero otra vez se abalanzan sobre él y se lo impiden de forma violenta. Hasta que desiste en su intento.

· El mono (*) al que metieron en mitad del experimento, y que nunca experimentó la ducha helada, también participa en la agresión, aunque sin saber por qué lo está haciendo. Para él simplemente no está permitido subirse a la escalera.

Y al final…

· Y aquí ya llega el colofón del experimento…

· Según avanza el experimento se van sustituyendo a los seis monos que comenzaron con el experimento. Cuando ya se ha sustituido al último de los monos originales, y éste último mono (******) intenta subirse a la escalera, es vapuleado por sus compañeros, aunque en este caso ya nadie sabe porqué, ya que ninguno de estos monos ha sido rociado con agua helada…

· ¿Qué han aprendido los monos? : “Está prohibido subir por la escalera y quien lo intente se expone a una represión por parte del resto del grupo”.

mono

 

Interesante aunque nunca fue cierto

Según la revista JotDown, «Lo cierto es que ese experimento jamás se llevó a cabo. Es una invención. Casi con toda seguridad de Gary Hamel y C.K. Prahalad, que en 1996 escribieron la que parece ser la primera versión de la historia en su libro de autoayuda Competing for the future. Quizá la fábula naciera de la tergiversación por parte de Hamel y Pralahad de un experimento, este sí real, llevado a cabo por el zoólogo estadounidense Gordon R. Stephenson en la universidad de Wisconsin en 1967. El experimento real se describe en el artículo Cultural acquisition of a specific learned response among rhesus monkeys, que puede leerse por ejemplo aquí. Como Hamel se ha negado siempre a hablar del tema cuando ha sido preguntado al respecto (Pralahad murió hace años), la verdadera inspiración de su historia sigue siendo objeto de especulación.»

 

El bolso en el suelo

Aunque este experimento nunca fue corroborado, no deja de «estar» en nuestro imaginario colectivo. Si pensamos bien, hay muchos comportamientos que podemos atribuir a este tipo de condicionamientos. Como las supersticiones. No es exactamente igual, pero su funcionamiento es muy parecido.

Durante muchos años no he podido dejar mi bolso en el suelo. Y sinceramente… nunca por una razón «objetiva». Cuando mi madre veía un bolso en el suelo siempre se ponía nerviosa, y lo ponía de manifiesto con un «no dejes nunca el bolso en el suelo que se va el dinero». Imagino que ella lo aprendió de su madre, y a saber de dónde lo aprendió mi abuela. El caso es que ninguna de nosotras hemos visto jamás con nuestros ojos que el dinero se «fuera» por dejar el bolso en el suelo.

 

bolso

 

Yo ahora me descojono de esto, y dejo el bolso en el suelo sin ningún problema. Pero el «automatismo» está ahí. Y siempre que dejo el bolso en el suelo aparece esa frase en mi mente… «que se va el dinero». Incluso cuando estoy haciendo el movimiento de dejar el bolso en el suelo me siento desafiando todas las leyes de la naturaleza. Como una absoluta loca tentando a todas las maldiciones habidas y por haber…

Sin lugar a dudas, ¡vivo al margen de la ley!

Tampoco me cuesta imaginarme a mí misma diciéndole a mi hija dentro de veinte años… «no dejes el bolso en el suelo que se te va el dinero». ¿Y por qué? A saber…

 

Vaiana

Los que tengáis hijos seguro que habréis visto Vaiana… Y aquí también tenemos un buen ejemplo.

La historia básicamente es esta. Un pueblo que durante siglos fue nómada, ahora vive en una isla. Por razones que  no voy a desvelar (spoiler), en la actualidad los habitantes de la isla no saben por qué, ni desde cuándo, pero tienen pánico al mar y les está prohibido cruzar el arrecife para ir a pescar. Ni hablamos de trasladarse a otras islas en busca de alimento.

 

Vaiana

 

Como ya os imaginaréis, la película es la historia de Vaiana, que es la primera persona que se plantea el origen de ese «miedo». Y lucha por superarlo. No entiende por qué no pueden acercarse al mar, ni entiende los «peligros» que la aldea se ha creído a pies juntillas, sin ninguna prueba de su existencia real.

Y esa es la invitación… ¿Hay un peligro real detrás de nuestros miedos aprendidos?

 

Invitación a romper el «aprendizaje»

 

La invitación es fácil. Bueno, no es fácil… Más bien es simple.

En algún momento tenemos que hacer un «inventario» de todos nuestros miedos. De todo aquello que sentimos como «prohibido», insuperable, inalcanzable… Realmente se trata de un trabajo de observación. De «pillarnos» a nosotros mismos, de ser consciente de esos «automatismos» que se disparan en nuestra mente, y que nunca nos hemos cuestionado. Simplemente nos los hemos creído y llevamos muchos años viviendo bajo su yugo. Ser capaces de ver ese pensamiento de «que se va el dinero» al dejar un bolso en el suelo…

Y es evidente que este pensamiento es bastante inocuo. Pero hay otros que pueden ser devastadores.

 

miedo

 

Tampoco es cuestión de auto-flajelarnos, o de ser demasiado duros con nosotros mismos. El primer paso para una «auto-observación» sana es ser capaces de hacerlo desde la ternura y la compasión. Ser consciente de estos miedos, analizarlos, observarlos, saber de dónde viene, cuestionárnoslos… y ver hasta dónde estamos viviendo de forma limitada.

Pero sin morir en el intento. Un paso importante es dejar el juez en casa en el camino del autoconocimiento. Siguiendo el ejemplo del bolso… podemos ver ese «automatismo», pero no poder dejar de hacerlo. Y no pasa nada. No hay que juzgarse, ni criticarse, ni auto-exigirse… Está bien, siempre que lo observemos y seamos conscientes de que existe. Porque en algún momento nos haremos «fuertes» y podremos superarlo.

Todos tenemos un sinfín de aprendizajes culturales en nuestras espaldas, ya sea de nuestra familia, amigos, educación, sociedad… Deshacernos de ellos nos hará libres 😉

 

Fuentes:

Fotos:

  • Unsplash

 

 

¿Podemos aprender a acompañar?

 

Te propongo hacer una parada en el camino, en este caso en la lectura que estás realizando. Pero antes, cierra los ojos, intenta recordar una situación en la que sientas que te has ofrecido a ayudar o acompañar, ya sea a nivel personal o profesional, y permítete sentir las reacciones que se producen en tu cuerpo, qué emociones afloran, sin hacer juicios, solo observando.

 

Mi camino “ayudando

 

Llevo más de 20 años “acompañando” de forma profesional, de una u otra forma, ya sea desde lo sanitario, desde lo educativo, desde lo terapéutico. Si realmente miro aún más hacia atrás, tomo conciencia de que llevo “acompañando” desde que tengo uso de razón, ha sido una respuesta que ha surgido de forma aparentemente natural en mí, que creo que he ido perfeccionando, pero que no me ha supuesto un esfuerzo. Ahora bien, en los últimos años, fruto de un profundo proceso de autoconocimiento y balance vital, han ido aflorando en mi interior muchas dudas acerca de qué es lo que realmente hago y, sobre todo, por qué lo hago, cuando ofrezco la posibilidad de acompañar a otras personas. En este proceso, me he replanteado qué significa la palabra “ayuda”, en un sentido profundo, y ciertamente personal.

Creo que los seres humanos tenemos una capacidad instintiva e intuitiva para captar una situación de desventaja en el otro, y mostramos una tendencia a responder, ofreciéndonos para mejorar la situación ajena. Quizá jueguen un papel aquí las neuronas espejo en este mecanismo de empatía, y faciliten la comprensión del dolor ajeno. Considero que, ante circunstancias imprevistas que surgen en la vida y que favorecen situaciones de desventaja, aflora esa respuesta instintiva que, en cierta forma, nos ha permitido subsistir como especie. Las dudas me invaden cuando me planteo qué nos mueve realmente a los seres humanos a dedicarnos “profesionalmente” a “ayudar, o que esa ayuda a los otros, también en un plano personal, sea una característica relevante de nuestro modo de situarnos en la vida.

 

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En mi propio camino de reflexión, he ido tomando conciencia de que mi predisposición a “estar ahí” y ofrecerme, más allá de un acto altruista, podía estar reflejando una visión de carencia, de ver la necesidad en los demás, ante la cual ofrezco mis conocimientos y mi “saber estar y acompañar”. Tendemos a proyectar fuera, en los otros, aquello que no vemos en nosotros. Forma parte de nuestra sombra. Y darme cuenta de que quizá proyectaba en los otros mi propia carencia o necesidad, y desde ahí me situaba en cierto modo en la soberbia del que “sabe acompañar”, supuso una enorme crisis que realmente me permitió seguir descubriendo el motor de mis acciones. Tomar conciencia de mi “inconsciencia”, de mi “ceguera”, me permitió ver que, más allá del altruismo, buscaba en mi vida escenarios donde pudiera seguir desempeñando ese papel cada vez más profesionalizado de “ayudador”, descubriendo finalmente que era la forma que había aprendido durante mi infancia para ser visto, reconocido. Sí, aquí nos encontramos con “el sanador herido”.

Y así me di cuenta de que un acompañamiento no puede ser sano, genuino, cuando el que lo hace se mueve desde su propia necesidad o carencia, sea consciente o no, y no desde el “sencillamente estar y ser”, y desde ahí, compartir, viendo al otro de igual a igual, y reconociendo su propio potencial. Y también reconociendo en uno mismo la propia vulnerabilidad, que es un rasgo genuinamente humano. Si acompaño, lo hago sabiendo que yo también me estoy transformando y que solo establezco intercambio con el otro, no doy sin recibir, y ambos crecemos en esa interacción que nos refleja mutuamente.

 

https://www.youtube.com/watch?v=AiZt7Gc0oMo

 

¿Cómo podemos aprender a acompañar?

 

Creo que esta pregunta ha estado latente en mí durante años, al reconocer mi habilidad para conectar con los demás y mi incapacidad para transmitir “cómo se hace”. En este momento, creo que he llegado a un punto de claridad, aunque sea mínima. Y es que solo podemos acompañar conscientemente cuando hemos hecho y continuamos haciendo de por vida un continuo proceso de autoconocimiento y conciencia que nos mantenga siempre replantéandonos por qué nos manifestamos del modo en que lo hacemos, y qué experiencias vitales han condicionado, de una u otra forma, nuestro modo de estar en el mundo para así acogerlas sin juicio, de forma abierta. En cierto modo, es el reto de desnudarnos a cada paso, de mostrarnos vulnerables y, a la vez, abiertos a compartir entre seres humanos, cada uno con sus cualidades y capacidades.

En los últimos tiempos he ido conociendo formas de enseñar este proceso de acompañar, cada una con sus rasgos distintivos. Destaco, por su importancia en nuestro país, y por haber sido pioneros en el ámbito de la salud, al Centro de Humanización de la Salud, de los Religiosos Camilos, con José Carlos Bermejo como director, que ha establecido un sistema de formación de profesionales en el que se conjugan aspectos técnicos con la humanización y la consideración de la espiritualidad, más allá del hecho religioso. Su modelo basado en el counselling ha proporcionado herramientas y recursos prácticos para que los profesionales de la salud puedan introducirlos en sus entornos de trabajo.

 

 

Acompañar al final de la vida como paradigma para acompañar en la vida

 

En el ámbito de la salud, el desarrollo de los cuidados paliativos y la creciente consideración de acompañar a las personas en su etapa final, más allá de que no se pueda ofrecer una curación, ha sido una auténtica revolución. Es por ello que los profesionales que trabajan en este ámbito han impulsado en gran medida formas de acercamiento a la persona que sufre, en la que integran aspectos biomédicos, psicosociales y espirituales, y de ahí han surgido modelos de formación en diferentes países que buscan facilitar el desarrollo de habilidades que permitan contar con profesionales más humanizados. En este sentido, me gustaría compartir una charla que dio recientemente uno de los mayores especialistas de nuestro país en este ámbito, Enric Benito. Y recomiendo la monografía “Espiritualidad en clínica”, editada en 2014 por la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, y que se puede descargar de forma gratuita (http://www.secpal.com//Documentos/Blog/Monografia%20secpal.pdf).

 

 

Daniel Siegel y su propuesta desde la neurociencia

 

Daniel Siegel es una de las figuras que más ha aportado científicamente a la psicoterapia en los últimos años, partiendo de enfoques que rompían con la visión tradicional, e introduciendo los descubrimientos neurocientíficos y los principios del mindfulness o atención plena, tanto en el ámbito de la psicoterapia como en el educativo. Recientemente publicó un libro en el que establece un modelo de desarrollo de habilidades para profesionales de la relación de ayuda, que implica un proceso estructurado de autoconocimiento necesario para poder acompañar desde la conciencia plena.

Siegel se basa en su teoría de la neurobiología interpersonal, y plantea el desarrollo de habilidades de la mente en el profesional que le permitirá adquirir una cualidad “mindful”. Es difícil encontrar una traducción en español de este término, pero me llama la atención una de las definiciones que aporta Siegel, en la que significa estar libre de prejuicios y evitar una pérdida prematura de posibilidades. Es decir, poder situarnos ante el otro con una mente lo suficientemente distante de nuestros propios juicios como para acoger y aceptar al otro en todo su ser. Para ello, es preciso cultivar, entre otras habilidades:

  • la presencia, como una forma de estar en el aquí y el ahora, más allá de nuestra propia historia, abiertos a conectar con lo que sucede, con lo que es.
  • la sintonía, la resonancia y la confianza con y en el otro.
  • la verdad, como forma de percepción de lo que acontece, más allá de nuestra propia narración. Para ello, es preciso ser muy consciente de que esa narración existe, y qué la ha condicionado, para poder acogerla y aceptarla sin juicio.
  • habilidades mentales para estabilizar la lente de nuestra mente con el fin de observar nuestro mundo interior.
  • la integración de lo vivido y del presente, como medio para lograr un equilibrio y alejarse del caos o la rigidez.

 

Siegel propone actividades concretas a lo largo de los quince capítulos donde aborda cada una de estas habilidades y otras que considera importantes para lograr acompañar de una forma abierta y sana.

 

Tras esta reflexión compartida, y desde la serenidad y la honestidad con uno mismo, ¿desde dónde surge tu impulso de ayudar?

 

Referencias bibliográficas

  • Bermejo, José Carlos (2014). Humanizar la asistencia sanitaria. Desclée de Brouwer.
  • Siegel, Daniel (2012). Mindfulness y psicoterapia. Paidós Ibérica.