Boecio y La consolación de la Filosofía

Con esta entrada comenzamos un ciclo de artículos sobre la gran obra de Boecio, La consolación de la Filosofía. Nacido en Roma en torno al año 480, Anicio Manlio Severino Boecio llegó a ser Magister officiorum de la corte del rey Teodorico. Fue el mismo Teodorico, el que le encumbró políticamente, quien acabó condenándolo a muerte. Considerado mártir, a Boecio se le rindió culto en Pavía. Boecio es conocido como el último de los romanos, el último hombre antiguo, y el primero de los escolástico, el primer hombre medieval. Su propósito fue dar a conocer a los latinos la cultura y sabiduría griega, intentando traducir a Platón y Aristóteles y mostrar su complementariedad. Su intento marcó el comienzo de la cultura latina medieval.

La consolación de la Filosofía es una de las obras más conocidas, leídas y citadas de todos los tiempos. Boecio la escribió en la cárcel esperando la muerte tras perder todos sus bienes, prevendas y títulos. En ella se recrea esta misma situación, en la que se le aparece la Dama Filosofía como consuelo en su cautiverio. Los preceptos de esta obra fueron fuente de meditación e inspiración para escolásticos, monjes, príncipes, poetas y literatos. Se tradujo a numerosas lenguas a lo largo de la Edad Media. Multitud de sus definiciones de conceptos como persona, felicidad, eternidad, providencia, destino, fueron aceptadas como claves durante el medievo.

La Filosofía consolando a Boecio y la rueda de la fortuna

La fortuna y la filosofía. Maestro de Coëtivy (pintor e ilustrador francés del siglo XV)

En esta entrada expondremos el primer libro de La consolación de la filosofía. En éste, Boecio describe brevemente su trayectoria política y las razones por las que ha caído en desgracia. Pero a pesar de su estado tan lamentable encuentra en la filosofía razones para considerarse feliz, y que pondrá en boca de una personificación de ésta.

El libro comienza con el personaje de Boecio entonando un poema en el que se lamenta de su estado actual. Recordemos que el autor escribió esta obra estando en la cárcel, tras haber sido despojado de todos sus cargos y bienes, y condenado a muerte por el rey Teodorico (el mismo que le encumbró políticamente) y esperando su ejecución.

Mientras Boecio está llorando, una mujer imponente aparece para espantar a las musas que le están dictando y acrecentando sus pasiones negativas. Es la Filosofía, que llora al verle, y se lamenta de que este hombre, que había mamado de ella, se encuentre en este estado tan lamentable y desgraciado. Si no hubiera abandonado los recursos de los que ella le había dotado, Boecio no estaría así. La Filosofía se propone ayudarle, y le recuerda el peligro que tiene ser filósofo mencionando los casos de ilustres filósofos que han caído en desgracia a lo largo de la historia.

Boecio le cuenta que, inspirado por ella, decidió dedicarse a la política para evitar que el gobierno cayera en manos de los perversos, y que en toda actuación política siempre ha actuado con justicia y en pos del bien común de los ciudadanos pero que a pesar de ello ha acabado siendo castigado por hacer el bien sin bienes, sin cargos y sin reputación. Finalmente se lamenta de que Dios, creador de las leyes del universo, haya dejado libres de éstas a los hombres, dejando a los inocentes sufrir las injusticias cometidas por los malvados, y le implora que imponga el orden que rige en el cielo también en la tierra.

La Filosofía reconoce y agradece a Boecio los grandes servicios prestados al bien y a Ella, y observando que el estado de él está demasiado afectado por las pasiones decide curarle primero con remedios suaves y ablandarlo con sus caricias con bellos poemas. También decide interrogarle para diagnosticar con más exactitud su estado de ánimo y poder remediarlo más eficazmente. Tras ello, la Filosofía concluye que el problema de Boecio se basa en que no ha llegado a saber lo que es. Dejó de conocer la finalidad de las cosas y por ello se queja de la pérdida de sus bienes. Dejó de conocer los medios que intervienen en el gobierno del mundo y por ello cree que los vaivenes de la fortuna fluctúan sin rumbo. Pero gracias a Dios, Boecio sigue sabiendo que el mundo está sometido al orden divino y no al ciego azar. Esta idea exacta que tiene del mundo es, en palabras de Filosofía, la fuente más importante para su curación.

El problema del personaje de Boecio, siguiendo la filosofía antigua estoica, aparece como un problema de discernimiento, las pasiones como algo negativo que nublan el juicio, y la apelación a la razón como salvadora y guía para conseguir la felicidad. La Filosofía aparece caracterizada como saber de salvación en la línea del Helenismo tardío. Helenísticos son también los principales temas que se tratan en la obra, y que pasaron a la Edad Media: la felicidad, la libertad frente al destino, y el problema del mal en el mundo.

El lamento principal del personaje de Boecio es, pues, que a pesar de haber sido virtuoso no ha sido afortunado. No puede entender que la bondad no sea recompensada por la felicidad en un mundo regido por un Dios todopoderoso y todobondadoso. Parecen atributos de Dios incompatibles dado el mundo en el que vivimos. Se trata de un dilema que ya habían planteado los antiguos y que las diversas escuelas habían tratado de resolver cada una a su manera. Este lamento y la consolación que la Filosofía ofrece darán lugar a lo largo de la obra al tratamiento de los grandes temas de la ética: la relación entre la virtud y la felicidad, la naturaleza de la fortuna, la distinción entre bienes aparentes y bien supremo, la felicidad verdadera frente a la falsa, la existencia del mal en el mundo regido por el bien, y el libre albedrío frente a la Providencia divina.

Referencias:

  • Anicio Manlio Severino Boecio, La consolación de la Filosofía, Alianza, 2015.

La guía interna «divina», el libre albedrío y la libertad (Lección de filosofía 2)

Seguimos con las lecciones de filosofía de la mano de Monica Cavallé y la filosofía perenne, aquella que sigue tan «viva» y es tan universal que podemos seguir aplicando a nuestras vidas para alcanzar el mayor bienestar y armonía. En este caso veremos cómo nuestra guía interna es la única fuente de verdad y felicidad, y lo único que realmente nos pertenece. Lo único que es intrínsecamente nuestro, y que nadie puede dañar… Gracias a Monica Cavallé, y a su libro «El arte de ser«, podemos profundizar mucho más en estas ideas…

Si quieres leer antes las otras lecciones, aquí las tienes:

En este post veremos el segundo punto, desarrollando los demás en próximos artículos 😉

 

Lección 2: El «principio rector»

«Date cuenta de una vez de que en ti mismo tienes algo superior y más divino que lo que causa las pasiones y que lo que, en una palabra, te zarandea como una marioneta.»

Marco Aurelio

 

guia interna divina

 

Los filósofos estoicos afirmaban que hay en nosotros algo superior y más originario que nuestros juicios, impulsos y pasiones; una instancia ontológica que nos permite tomar distancia respecto a ellos, discernir su naturaleza y despertar del sueño en el que vivimos cuando confundimos nuestro sistema de creencias particular y las conductas estructuradas en torno a él con nuestra identidad. Se trata de una dimensión que permite que no seamos zarandeados como marionetas por nuestros dondicionamientos.

«Lo que a fin de cuentas soy es carne, un breve hálito vital y un Principio Rector.»

Marco Aurelio

Para los estoicos el alma humana es una chispa del alma cósmica, de la divinidad o inteligencia que rige y sostiene el universo. Se manifiesta en el ser humano en la forma más elevada e intensa de actividad pneumática: como alma inteligente o racional (logos).

El alma inteligente o racional (logos)

El logos humano es un punto focal del logos cósmico, es la presencia de lo divino en él. La inteligencia no es una dote de la que disponemos cada uno de nosotros como individuos; no es un principio individual, sino universal, no tiene un alcance meramente psicológico, sino ontológico, coextensivo con él ser.

En el Ser Humano, los estoicos afirmaban que todas las partes y funciones del alma están arraigadas en lo que denominan Principio Rector, o parte rectora del alma. Es la dimensión más elevada del compuesto humano, el centro de la conciencia, la fuente de la vida psicofísica y la sede de nuestras factuldades superiores.

El Principio Rector tiene cuatro poderes o capacidades:

  1. Capacidad de representarnos la realidad
  2. Asentir o no a las representaciones (dar crédito o no a nuestras interpretaciones subjetivas)
  3. Impulso
  4. Razón que permite «vigilar» nuestras ideas (discernir y evaluar el contenido de nuestras representaciones)

«¿Qué es lo tuyo? El uso que haces de tus representaciones.»

Epicteto

Epicteto denomina también al Principio Regente, libertad o albedrío. Marco Aurelio lo define como el genio interior que actúa en nosotros como guardían, progector y guía. Sócrates lo define como la voz interior que proveniene de un poder superior, la que le advertía cada vez que obraba o podía obrar erradamente. Todos poseemos esa voz y podemos escucharla.

 

El Principio Rector es nuestra verdadera identidad

Cuando la filosofía antigua hablaba del conocimiento de sí mismo, no alude al mero autoconocimiento psicológico, sino al conocimiento de quienes somos, de nosotros mismos como sujetos. Entendían que el conocimiento de sí mismo equivale a conocer ese principio que constituye nuestra identidad central, y que, una vez conocido, permite conocer la entraña del universo porque se es uno con la fuente de la realidad en su conjunto. «Hombre, conócete a ti mismo y conocerás le universo y a los dioses».

Conocer nuestra identidad profunda es conocer el Intelecto o Inteligencia. Equivale a conocer el logos, la inteligencia cósmica que sostiene y estructura la totalidad, si bien se manifiesta de forma privilegiada en el ser humano, pues tenemos autoconciencia y podemos saber de ese logos en nosotros.  Como dice el precepto de Delfos, «conócete a ti mismo».

 

 

«¿Pero podemos encontrar alguna parte del alma que sea más divina que aquella en que se encuentran el entendimiento y la razón? (…) En esta parte del alma, verdaderamente divina, es donde es preciso mirarse, y quien la mira y descubre en ella todo ese carácter sobrehumano, un dios y una inteligencia, bien puede decirse que tanto mejor se conoce a sí mismo.»

Platón

Conocerse a sí mismo, afirma Sócrates, es conocer la Inteligencia que nos constituye y que reconocemos, como en un espejo, el el intelecto de cualquier ser humano, en aquello que «ve» en él.

Conocerse a sí mismo es ser y reconocer el reflejo en nosotros mismos del Principio Rector. Prueba de que esta dimensión nos especifica como seres humanos y constituye nuestra identidad central, es que, si bien pueden dañar nuestro cuerpo, nuestras circunstancias, nuestras posesiones… nadie ni nada tiene poder para mover a afectar a nuestro Regente. En consecuencia, es lo único que nos es realmente propio.

«Tres son las cosas que integran tu composición: cuerpo, hálito vital, inteligencia. De esas, dos te pertenecen, en la medida en que debes ocuparte de ellas. Y solo la tercera es propia mente tuya.»

Marco Aurelio

 

El discernimiento

«Nada hay que esté enteramente en nuestro poder sino nuestros propios pensamientos.»

Descartes

El Principio Rector, nuestra identidad central, es la fuente del discernimiento. Es lo que posibilita que no confundamos la realidad con nuestras opiniones subjetivas. Es lo que discierne las representaciones y asiente, o no, a ellas. Es lo que distingue lo verdadero de lo falso e incierto.

Esta capacidad del Principio Rector nos remite a la intuición india de la conciencia testigo. El testigo es aquello que ilumina y atestigua todo, también los contenidos psíquicos (pensamientos, emociones e impulsos), sin identificarse con lo atestiguado; constituye, además, nuestro más íntimo sí mismo. El Principio Rector también es la luz que ilumina el pensamiento, la que nos posibilita atestiguar y examinar nuestros juicios; la instancia ontológica que nos permite no identificarnos con nuestro diálogo interno, con nuestras representaciones, impulsos y pasiones; la que nos otorga una vivencia de nuestra identidad más originaria que la estructura en torno a los contenidos y patrones de nuestra vida psíquica.

Los estoicos ubicaron el centro del ser humano, no en la cabeza, sino en el corazón, en el saber del corazón. Esto coincide con muchas tradiciones sapienciales, para las que el corazón simboliza el sí mismo, el núcleo mismo de nuestro ser, así como la sede de la inteligencia y de la intuición superior.

 

La libertad

Epicteto también se refirió a la faceta de libertad y albedrío del Principio Rector. Es aquello que en nosotros, además de discernir, quiere y decide. Es la dimensión incondicionada, la que nos otorga libertad frente a lo dado y condicionado, la que nos permite adoptar ante ello una actitud u otra, la que posibilita que no seamos arrastrados por nuestras representaciones y los impulsos que las siguen, la que nos proporciona la única libertad perfecta, la libertad interior.

«En el terreno del asentimiento: ¿puede alguien impedirte asentir a la verdad? Nadie. ¿Puede alguien obligarte a admitir la mentira? Nadie. ¿Ves cómo en este terreno tienes una proaíresis (con voluntad, decisión o deliberación.) libre de impedimentos, incoercible y libre de trabas?»

Epicteto

 

 

«Este pequeño cuerpo (…) es zarandeado de un lado a otro; en él aparecen las torturas, los hurtos, las enfermedades. En lo que respecta al ánimo en sí, es inviolable y eterno, y no existe mano que pueda golpearlo.»

Séneca

Aunque nada ni nadie pueda arrebatarnos esta libertad originaria ni ponerle impedimentos, pues nada ni nadie es dueño de nuestros pensamientos y actitudes, esta libertad puede obstaculizarse y ponerse impedimentos a sí misma.

«La primera diferencia entre el particular y el filósofo: el uno dice: «¡Ay, mi pobre muchachito, mi pobre hermano!» «¡Ay, mi pobre padre!». Mientras que el otro, si en algún caso se ve obligado a decir «¡ay!», tras esperar un poco añade: «¡Pobre de mí!». y es que nada ajeno al albedrío puede poner impedimentos o perjudicar al albedrío, si no es él mismo a sí mismo.»

Epicteto

¿Cómo es posible que algo intrínsecamente libre y lúcido puede perjudicarse o ponerse impedimentos a sí mismo? Epicteto afirma que el albedrío es libre, y a su vez, que solo es libre la del sabio, no la del ignorante.

Para el pensamiento estoico, el Principio Rector tiene una doble vertiente: una dimensión transpersonal y otra personal. Es conciencia o inteligencia pura, pero también abarca los contenidos de conciencia, juicios mentales, impulsos y elecciones particulares que constituyen el estado cognitivo de una persona en un momento dado.

En su vertiente transpersonal es perfectamente libre…

«La naturaleza del ser humano es parte de una naturaleza imposible de obstaculizar, inteligente y justa.»

Marco Aurelio

… pero puede no ser libre la disposición de esa chispa de la divinidad en nosotros una vez teñida por nuestro estado cognitivo particular. Es esencialmente libre, si bien esa libertad puede ser meramente potencial con respecto a nuestro estado actual de conciencia. En el ignorante no es libre, pues está velada y distorsionada por juicios errados.

«Es la obra lenta, gradual y progresiva del gran semidiós dentro del pecho (…) Cada día mejora alguna faceta; cada día se corrige algún defecto.»

Adam Smith

Para el pensamiento estoico, según cuáles sean nuestros juicios, la parte rectora del alma tendrá una mejor o peor disposición. Es decir, estará dispuesta de forma virtuosa o pasional. Epicteto insiste en que hay que mantener el Principio Rector en la disposición justa:

«Si las opiniones sobre las materias son correctas, hacen bueno el albedrío, pero si son torcidas y desviadas, malo.»

Epicteto

 

«Hay que preservar el genio que tenemos en nuestro interior, a velar por la pureza de nuestros dios, a conservarlo libre de pasión, de irreflexión y de disgusto. A venerar la facultad intelectiva (…) para que no se halle jamás en nuestro guía interior una opinión inconsecuente con la naturaleza y con la disposición del ser racional.»

Marco Aurelio

 

El «mal» no es más que la ignorancia

Tanto la sabiduría estoica como las orientales son doctrinas de liberación. Todas ellas consideran que la libertad es el mayor bien y que, aunque nuestro ser es intrínseca y esencialmente libre, existencialmente la libertad no es algo dado: constituye una conquista permanente ligada al incremento de nuestro nivel de comprensión, es decir, que requiere cuidado de sí, cuidado del alma.

«Progresa en todo momento hacia la libertad con benevolencia, sencillez y modestia.»

Marco Aurelio

Para Albert Ellis, el libre albedrío «presupone que cada persona tiene la libertad de actuar correcta o erradamente, teniendo como referente la verdad absoluta y la justicia ordenada por Dios y por la ley natural. Si alguien hace un mal uso del libre albedrío es un malvado pecador, pues actúa así a pesar de poseer el conocimiento del bien y del mal.». Este pensamiento justifica la culpabilización, el castigo, la hostilidad, la agresividad y la ira…

Frente a esta doctrina, el pensamiento estoico retoma la tesis socrática presente también en las principales sabidurías de Oriente. Nadie yerra voluntariamente. Nadie obra el mal cono plena conciencia de lo que hace, pues todo el mundo busca su bien. Es decir, todo el mundo aspira a la felicidad. Se obra mal porque se tiene juicios errados sobre dónde radica nuestro verdadero bien.

Cada cual se inclina en cada momento hacia la que considera la mejor opción entre aquellas de las que dispone en función de su nivel de conciencia, de su marco representacional consciente o inconsciente. Es su filosofía operativa la que limita su marco cognitivo.

«¿Qué piensas? ¿Que voluntariamente caigo en el mal y pierdo el bien? ¡Nada de eso! ¿Cuál es, pues, la causa de mi error? La ignorancia.»

Epicteto

Por ello, siempre podemos compadecer al que obra incorrectamente, ya que actúa así por ignorancia del bien y del mal.

«¿No nos apiadamos de quien es físicamente ciego? Luego más digno de piedad es quien sufre de ceguera moral y espiritual, porque no es menor esta mutilación que la que nos impide distinguir lo blanco de lo negro.»

Marco Aurelio

 

guia interna divina

 

«Propio del ser humano es amar incluso a quienes lo ofenden. Esto se logra si caes en la cuenta de que sois del mismo linaje, y de que ellos yerran por ignorancia y contra su voluntad (…), y, sobre todo, de que no te ha hecho daño alguno, pues no hizo peor tu Principio Rector de lo que lo era antes.»

Marco Aurelio

Nadie desea errar, pues nuestro impulso básico, el que nos constituye, se orienta necesariamente hacia la autoconversación y el autodesarrollo, a perseguir lo que nos beneficia y rechazar lo que nos daña.

«¿Por qué renuncias a tu propio bien? eso es una insensatez, una imbecilidad. Pero ni aunque me digas que renuncias te creeré. Porque igual que es imposible asentir a lo que parece falso y rehusar lo verdadero, así también es imposible mantenerse apartado de lo que  parece bueno.»

Epicteto

 

«Cada ser tiende hacia aquello para lo cual ha sido constituido; a donde tiende, ahí está su fin; donde está el fin, allí también lo conveniente y lo bueno de cada cual.»

Marco Aurelio

El mal no tiene una realidad sustantiva, sino privativa: es siempre carencia de bien. En concreto, es un bien expresado de forma limitada o a través de representaciones erradas. Pues la vida nunca sabotea sus propios objetivos.

«Así como no se coloca un blanco para desacertarlo, de igual manera no se genera en el mundo una naturaleza del mal.»

Epicteto

El mal equivale a la ignorancia. Y por ello, como ya había sostenido Sócrates, solo hay una virtud, la sabiduría, y sólo hay un vicio, la ignorancia.

«Todos los pecados son siempre, y en último término, el mismo: manifestaciones de la ignorancia.»

Zenón

 

 

Vivir intensamente

Vivir intensamente depende de nosotras.

Una amiga me contaba como una vez se encontraba entre unos conocidos que llevaban rato dando vueltas a temas irrelevantes y superficiales y al ver que no había manera de mantener una conversación sincera se levantó y dijo “lo siento pero me estoy muriendo” y se marchó. Fue su manera de expresar que no estaba interesada en malgastar el tiempo en conversaciones y relaciones que no sumasen a un Vivir pleno y consciente, a vivir intensamente.

Recuerdo que cuando me lo contó me pareció un poco exagerado, pero había una gran verdad en sus palabras y su acción: desde que nacemos estamos muriendo y es importante valorar de qué modo queremos vivir.

Vivir intensamente

¿Qué significa Vivir?

La muerte como horizonte nos plantea la cuestión sobre lo que significa vivir. Hay un vivir que tiene que ver con la actividad interna que poseen los seres vivos. Pero hay un Vivir que tiene que ver con el sentido de ser y con la dicha que proporciona el pleno desarrollo de ese ser.

Cuando nos preguntamos por la vida y su sentido cabe preguntarse también ¿qué significa vivir intensamente? Hagamos la prueba. Antes de seguir leyendo piensa a qué te suena si te hablo de vivir intensamente.

Vivir intensamente

En el cine , en los anuncios de televisión, en las redes sociales, en las revistas, en algunos libros y en los medios de comunicación en general, se transmite a menudo la idea de que vivir intensamente es hacer muchas cosas y por supuesto todas ellas de nuestro agrado.

Vivir intensamente

 

Parece que vivir intensamente es sinónimo de hacer actividades que nos suban la adrenalina (parapente, puenting, salto base y deportes de aventura varios), viajar, salir de marcha, comer copiosamente, hacer “locuras”, apuntarse aun bombardeo… Esta es una imagen muy falseada de lo que significa vivir intensamente y por ende la felicidad. Vivir intensamente no tiene nada que ver con hacer, ni con consumir la felicidad que nos venden con productos externos.

Vivir intensamente tiene que ver con vivir de forma auténtica, lo cual implica ser honesto y coherente con uno mismo.

La intensidad de la vida no se mide en cantidad, no tiene que ver con que una vida sea larga o corta, sino que se mide en calidad y la calidad, de nuevo, no se mide en cantidad, si haces más o menos cosas, o si tienes más o menos cosas, sino en profundidad, en veracidad y en la paz que una encuentra en la coherencia con lo que es.

 

¿Estamos viviendo una vida auténtica?

Resulta entonces, que un tema tan tabú como la muerte nos invita mirar si estamos viviendo una vida auténtica. O si, por el contrario, nos limitamos a seguir gustos ajenos, complacer las expectativas de otras personas y dar satisfacción  a pequeños placeres que a largo plazo nos conducen en dirección opuesta a una vida en paz con nosotras mismas. 

 

Distinguir entre lo placentero y un bien mayor

En la Kaṭha Upaniṣad hay un momento en el que el dios de la Muerte elogia al joven protagonista de la historia por su capacidad de saber distinguir entre lo que verdaderamente conduce hacia un bien mayor, a saber, el conocimiento de sí mismo, y lo que no.

Naciketas distingue claramente lo que es más placentero,  pero a fin de cuentas efímero,  de aquello que aunque a corto plazo no siempre resulta lo más placentero le aporta el mayor de los bienes, la inmortalidad eterna. Ese bien mayor consiste en descubrir su esencia, más allá del cuerpo físico, de las posesiones, la familia, los amigos y los roles sociales y esa esencia es la Vida que nunca muere.

Ambos, lo mejor y lo placentero

se presentan al hombre.

Los sabios lo valoran, ven la diferencia

y eligen lo mejor por encima de lo placentero.

Pero el tonto elige lo placentero,

en lugar de lo que es beneficioso” (Ka. Up. 2.2)

Hay que comprender que el mensaje no dice que tengamos que renunciar a los placeres por el hecho de ser placeres, ni que lo mejor no pueda, en un momento dado, ser placentero. A lo que se refiere es a que no siempre lo que es lo mejor es lo que más nos apetece.

Tomemos el ejemplo del medicamento amargo que nos puede curar. No es lo más apetecible tomarlo, pero es lo que nos devolverá la salud.

Vivir intensamente

Saber elegir lo mejor

Para elegir lo mejor es necesario tener una visión amplia, en la que podamos valorar lo que realmente suma a nuestra vida en su totalidad y tener el valor para soltar aquello que, aunque a primera vista puede resultar muy suculento, no nos conduce a lo más auténtico de nosotros mismos.

Si puedes elegir entre una felicidad pasajera y otra que conduce a la plenitud total, ¿con qué te quedas? Yo elijo la segunda opción y enseguida me surge la cuestión ¿qué significa una vida plena? Y ¿qué nivel de compromiso estoy dispuesta a tomar con la vida para ir en esa dirección?

Entiendo que una vida plena es aquella en la que reconociendo nuestros límites y sabiendo distinguir cuáles son, los aceptamos y abrazamos amorosamente. Dejamos de luchar por demostrar algo o llegar a ser algo porque comprendemos que somos y nuestras acciones emergen de la dicha de ser.

Vivir intensamente

Dice el filósofo Francesc Torralba hablando de la muerte como límite del ser humano:

“El que reconociendo el límite no vive consternado por él, ese hombre es feliz.”

 

Elegir cada día el camino hacia el Bien

Cada día tomamos un montón de decisiones y en cada una de nuestras decisiones damos pasos en una u otra dirección. A veces por comodidad, a veces por miedo, otras veces por sentir un pequeño o gran placer, actuamos en sentido contrario a la felicidad. Para poder dirigirnos a lo más auténtico de nosotros que nos ha de permitir vivir una vida intensa tenemos que estar dispuesto a morir cada día un poco, morir a lo que pensarán de nosotros, morir a las idealizaciones acerca de nosotros mismos y del mundo, morir al reduccionismo de las identificaciones, morir a las posesiones, a los juicios y creencias, morir a las comodidades y la pereza, morir como sinónimo de soltar , porque aprender morir es abrirnos a la plenitud de ser.

Y tú, ¿qué es para ti vivir intensamente?, ¿en qué medida tus acciones priorizan el placer a corto plazo por encima de lo que te hace sentir más plena?, ¿cuáles son las limitaciones que no te permiten ser auténtica?, ¿cuáles de ellas estás dispuesta a soltar? Estas son unas poquitas preguntas para invitarte a caminar hacia lo más profundo de ti y Vivir así intensamente. 

La prisión de la culpa

Un castigo infantil

Cerca del lugar en el que vivo hay una prisión y cada vez que paso por delante no puedo evitar preguntarme: “¿para qué sirven las prisiones?, ¿son un bien para la sociedad o se trata de una institución obsoleta qué lejos de fomentar un bien social fomentan un mal?”

Cada vez que paso por delante algo dentro de mi dice: “fíjate, entre esos muros hay personas como tú a las que se ha castigado sin poder salir durante unos años”. Enseguida me vienen a la mente los castigos de infancia en los que se deja al niño sin televisión, de cara a la pared o se le manda a la habitación sin poder salir en un rato. Las prisiones vienen a hacer algo parecido con los adultos: “has hecho algo malo y como castigo vas a quedarte encerrado tantos años”. Y mi pregunta es ¿qué aporta eso a la persona?, ¿de veras este mecanismo disuade a alguien de actuar como lo hace? Y, sobre todo, ¿en cuántos casos la prisión transforma la vida de alguien para bien?

Venganza y rechazo

Entiendo que la prisión sirve solamente como lugar en el que retener, y por lo tanto posponer, un elemento disonante que amenaza la convivencia social. Ahora bien, cuando ese elemento disonante, al que podemos llamar problema, está asociado a los pensamientos y acciones de una persona, ¿no sería mucho más conveniente para dicha persona y para todos los demás, el buscar la causa que generó el problema para poder así dar con una solución?

Estoy segura de que muchas personas piensan que aunque la cárcel no sea la panacea de las soluciones es la mejor que tenemos para hacer frente a los delitos que ponen en riesgo la convivencia social y la vida de otras personas o seres. ¿Y si no es así? ¿Y si resulta que existen mejores soluciones que no se valoran porque salen muy caras?

Me da la impresión de que las prisiones se han convertido en un lugar que encarna la venganza y el resentimiento, el rechazo del conjunto de la sociedad hacia una persona que ha producido algún daño que se considera grave. No importa que esa persona comprenda el dolor que ha causado y que se ha causado a sí misma sino “que pague por lo que ha hecho”.

Muchas personas (aunque también quedan muchas que no), consideran la lapidación, la quema de humanos, la silla eléctrica, la cámara de gas y otros métodos de pena de muerte, como una aberración. Sin embargo, obligar a alguien a vivir recluido y separado del resto del mundo, aunque esto le haga más daño que bien, todavía no se concibe como una barbaridad.

¿Cómo te sentirías tú ante el rechazo de las personas a tu alrededor? ¿A caso el rechazo de los demás no nos hace poner a la defensiva? ¿No tiendes a defenderte atacando?

Apuntando a la transformación

Por suerte hay grupos de voluntarios, así como algunos psicólogos y trabajadores sociales que desarrollan sus funciones en el entorno penitenciario con un espíritu renovador que ve a las personas que cumplen condena como personas y no como un número, un recluso, un delincuente y por lo tanto un ser lleno de culpa que tiene que expiar sus pecados.

Con esto no quiero decir que mañana mismo habría que erradicar las prisiones. Ahora bien, a mi modo de comprender, sería bueno trabajar en esa dirección y prestar a las personas el acompañamiento necesario para poder desarrollar una mayor comprensión de sí mismas, una comprensión transformadora.

Patrones conocidos

Analicemos en unas pinceladas los casos de corrupción que han sido portada en los diarios de España en los últimos años. Toma uno cualquiera de ellos. ¿De veras crees que muchos o pocos años de prisión van a servir de algo a la persona condenada? ¿A caso no hay algo triste en el hecho de que una persona no tenga fin en su sed de dinero y fama, aunque sea a expensas de los demás?

Recuerdo las declaraciones de una de las personas condenada que decía: “no me daba cuenta, era un yonqui del dinero”. ¡Qué vacío tan grande ha de sentir uno y cuánta soledad si sólo ve a las otras personas como medios para sus fines y no los percibe como parte de la Vida! ¿Y no vivimos nosotros los mismos patrones en otros aspectos y en otra escala? A mí, personalmente, me resulta familiar la idea de que “me falta algo más” para ser completamente feliz, o la de que “no es suficiente”, o la de “si consigo esto me haré un hueco entre otras personas por las que me gustaría ser vista o querida”… He citado aquí el ejemplo de la corrupción, pero valga el de aquel que mata en la necesidad de sentirse superior, sentir que controla y que domina; o en una explosión de resentimiento y de ira contenida.

Si en lugar de rechazar todas estas emociones en mí, puedo descubrir de dónde emergen y cómo lo hacen, podré también comprender al “otro” (que no es distinto de mí). No para justificarlo, sino para no recluir y condenar esas emociones a las mazmorras de la negación. Sólo al reconocerlas se pueden transformar. De ahí que creo que llevar este trabajo a cabo en toda prisión es indispensable para una verdadera reinserción, en la que el “otro” no es un “criminal” sino una persona que se equivocó y con la que hay que descubrir en qué consistió o consiste el error.

En busca de la Felicidad

Tal como señalaban los filósofos de la antigua Grecia, las personas buscamos nuestro bien, y por ende el Bien en general, la Paz, la Felicidad. Lo que ocurre es que debido a errores en nuestra forma de juzgar, de pensar y de conocer la realidad, no siempre buscamos ese bien de forma acertada y en el camino hacemos daño a los demás y a nosotros mismos (justo lo contrario de lo que queríamos en última instancia).

Ahora bien, ¿a caso nos equivocamos expresamente?, ¿a caso alguien quiere el mal a conciencia? Incluso una persona que actúa sabiendo que hace mal y regocijándose del hecho de causar dolor, lo hace porque una parte de ella cree erróneamente que eso le proporcionará felicidad, Paz, Bien. Es como la persona que racionalmente sabe que fumar es dañino para sus salud y aún así no puede evitarlo porque hay otra parte de ella que cree que el tabaco le proporciona algún tipo de placer o “felicidad”. ¿Cuántas cosas hacemos en nuestra vida creyendo que obtendremos algún bien y en realidad nos infligimos más dolor?

Las prisiones son fruto de la necesidad de apartar de nuestra mirada aquello que juzgamos mezquino y despreciable, aquello que rechazamos vehementemente por ser “malo” y sobre todo por MIEDO. Miedo a ver una parte de nosotros mismos reflejada en el “otro”. Miedo a lo que nos saca de nuestro espacio de confort y miedo a renunciar a las etiquetas con las que hemos ordenado nuestro mudo : “buenos” y “malos”. ¿Qué pasa si indagamos en estas etiquetas? ¿De dónde emerge la idea de “bueno” y “malo”? ¿Es malo el león que se come al cervatillo? ¿Existen “bueno” y “malo” en sí mismos? ¿A caso no hay momentos en los que juzgamos como malo algo que en otro momento juzgamos como bueno?

La culpa, prisión del sufrimiento

Cuestionar esto no significa ni mucho menos que todo valga, ni que haya que felicitar a quien causa daño, ni animarlo a que siga en esa dirección. Lo que comparto es la necesidad de acercarnos al “otro” como a nosotros mismos. Ver al “otro” en su totalidad, como ser humano y no sólo bajo una etiqueta.

Cada vez que culpamos a alguien, cada vez que le colocamos una etiqueta, reforzamos las nuestra y las suyas, reforzamos la idea de que somos las etiquetas que nos ponen y nos ponemos, reforzamos la identificación con las máscaras, con lo externo, lo pasajero y circunstancial, con el nombre y la forma. Cada vez que culpamos (a nosotros o a otros, si a caso hay diferencia) estamos cerrando los ojos a la grandeza de la Vida que nos sostiene más allá de todas esas formas, nos estamos encerrando en la prisión del sufrimiento.

En el mismo barco

Acompañar es darse cuenta de que estamos en el mismo barco, que somos expresiones de una misma Vida y en esto consiste la no-dualidad. De hecho ¿quién acompaña a quién?