Abrirnos a la experiencia de no saber

La ignorancia es la raíz del sufrimiento

Parte el budismo de la premisa de que el mundo que percibimos es sufrimiento y esta premisa, fruto de la observación, es compartida por un buen número de tradiciones filosóficas de la India. Otro de los puntos en los que suele haber acuerdo es que la ignorancia es la raíz de todo este sufrimiento. ¿Pero a qué se refieren al hablar de ignorancia? Está claro que no se trata de ignorancia cultural, de analfabetismo o desconocimiento de las distintas ciencias, sino desconocimiento de la realidad tal como es, siempre cambiante (en el caso del budismo) o desconocimiento de la esencia última y eterna que constituye la verdadera realidad de todo lo que podemos concebir (en el caso del vedanta). La ignorancia no es entendida en este contexto como una falta de información si no como un conocimiento erróneo, una percepción muy limitada del mundo y de nosotros mismos y es esta errónea percepción, el identificarnos con lo que no somos en verdad, lo que nos acarrea sufrimiento.

Veamos un ejemplo, me he identificado tanto con mi forma de pensar que cada vez que alguien me lleva la contraria necesito defender mi punto de vista a ultranza. ¿Por qué? Porque mi identidad se ve amenazada, porque estoy definiendo lo que yo soy en función de lo que pienso. Esto es sólo un ejemplo, serviría también la identificación con el cuerpo físico, con las emociones, con la profesión o roles sociales, con las posesiones materiales, las cualidades que uno se atribuye, etc.

saber¿Y por qué razón esto nos genera sufrimiento? Pues bien, nos genera sufrimiento porque pretendemos que lo que es pasajero y cambiante pase por eterno, rechazamos el cambio y lo hacemos a menudo tomándolo por algo fijo que atribuimos a nuestra identidad. De hecho cuando hablamos de identidad ¿no os suena a algo fijo? “estas son mis marcas de identidad”, “yo soy así y así seguiré nunca cambiaré” – decía la letra de una canción de los ochenta–.

 

El deseo insaciable

Hay otro rasgo común entre muchas escuelas del pensamiento indio y es que esta ignorancia-confusión en la percepción del mundo, lleva consigo el deseo y el deseo resulta ser un pozo sin fondo, una sed que nunca se sacia, a menos que comprendamos nuestra verdadera naturaleza y nos demos cuenta de que nosotros, desde nuestra ignorancia, inventamos esa sed, creímos que nos faltaba algo para ser completos y comenzamos a buscarlo fuera, en los objetos, en las emociones, en el otro…, pasando por alto que nada pasajero nos puede proporcionar una felicidad o una paz que sea infinita.

Uno de los deseos más arraigados en el ser humano parece ser el deseo de conocer y de entre todas las incógnitas algunas de las que han predominado han sido el deseo de saber cómo se originó la vida, si tiene ésta algún sentido o finalidad concretas y qué ocurre tras la muerte. Todas ellas preguntas acerca de lo incognoscible, del misterio de la vida, “Misterio de los misterios” (reza un verso del taoísmo). Muchas son las respuestas que se han dado a estas preguntas dando con ello lugar a distintas religiones, ciencias y corrientes filosóficas. Sin embargo, ¿puede el Misterio dejar de ser Misterio en algún momento? Intentar explicar lo incognoscible a través de un pensamiento limitado, que parte de preguntas limitadas, parece un juego sin fin, como el burro que persigue la zanahoria atada a un hilo que cuelga de una estructura propia que hace que la zanahoria nunca sea alcanzable por el burro, generándole cada vez la ilusión de que con el próximo paso conseguirá alcanzarla.
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Y así ocurre a menudo con nuestra idea de felicidad, algo que siempre se alcanzará en un futuro, un futuro que nunca llega.

 

Saltar al VACíO de NO-SABER

Surge en nosotros el deseo de saber y con él la necesidad de generar opiniones e ideas acerca de lo que percibimos y muy a menudo apegándonos a esas opiniones como la verdad, o si más no aquella forma de pensar que me proporciona una identidad y creyendo que lo que yo soy se limita a esa identidad. Recurrimos a las palabras para explicar el Silencio, a la especulación para avanzar en conocimiento, creyendo cada vez que por fin hemos alcanzado la “Verdad” hasta que una nueva “verdad” desplaza la anterior. En ese ansia de saber, me pregunto “¿es este proceso es un desarrollo evolutivo que llegará a algún fin o en realidad todas las nuevas respuestas que pueda dar nunca me llevarán a liberarme del sufrimiento? o dicho de otro modo… alcanzar un estado de felicidad plena como afirman las tradiciones de la India que es posible lograr. Queremos alcanzar a comprender lo desconocido a través de los conceptos e ideas que ya conocemos, queremos saltar al vacío pero lo llenamos de nuestra experiencia pasada y nuestras formas de pensar, no fuésemos a morir en el salto.

¡Qué vértigo nos da soltar! Soltar lo conocido para abrirnos a decir “no sé”, “no tengo ni idea de qué va todo esto”, “no tengo ni idea de si la vida tiene algún sentido o no lo tiene”, “no tengo ni idea de quién soy ni de quién es la persona que tengo delante”… ¡Qué miedo abrirme al Misterio, sin saber cuál es el siguiente paso! Me da tanto miedo que rápido recurro a lo que ya conozco, a los juicios y formas de actuar que me son familiares, a tapar el Silencio, el Vacío, lo Desconocido con palabras y discursos que me dan una cierta seguridad, con nombres y formas que a lo sumo parecen proporcionarme de vez en cuando un nuevo punto de vista y ahí nos quedamos, en los puntos de vista que siguen intentando comprender lo desconocido desde lo conocido. De esta forma sigo y supongo que seguimos muchos, alimentando la ignorancia, entendida como esa visión errónea de la que hablábamos al inicio del texto, cuando en realidad se nos insta a soltar.

Me temo que indagar en mí, en conocerme y conocer el mundo, conocer la Realidad, si a caso existe una Realidad en mayúsculas, pasa por soltar, por abrirme a la experiencia de no-saber y con ello abrirme a las infinitas posibilidades que desconozco y a soltarlas de nuevo, abrirme eternamente, en cada instante, a no-saber. Tal como advertía el propio Buddha (el que ha despertado), según las enseñanzas que se le atribuyen, una vez hemos utilizado la barca de las enseñanzas para cruzar al otro lado de la orilla no tendría ningún sentido seguir cargando con ella sino que habría que soltar esa barca que nos ha llevado de la orilla del sufrimiento a la orilla de la paz. También advierte de la inutilidad de la especulación y lo hace contando la historia de un hombre que ha sido herido por una flecha envenenada. ¿Acaso cuando compañeros y amigos llamasen a un médico para salvarlo diría “no consentiré que me arranquen la flecha hasta que sepa quién me ha herido, de qué familia procede, si es alto o bajo, el color de su piel o hasta que sepa de qué material está hecha la cuerda del arco con que me disparó, etc.”? Si así lo hiciese, el hombre moriría antes de haber llegado a saber tantas cosas.

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Este tipo de historias apuntan a la imposibilidad de llegar a conocer a través de la mente y los conceptos aquello que nos puede liberar del sufrimiento, a saber, ver lo que es tal como es y no como querríamos que fuese o como pensamos que es. ¿Qué pasa si de verdad nos abrimos al Misterio, asumiendo que es Misterio precisamente porque no tenemos ni idea de lo que es? ¿Y qué pasaría si llevásemos esta actitud de observación, desde el no-saber, a cada instante de nuestra vida? ¿Podría esta actitud arrancar la flecha de nuestra errónea identificación con lo que no somos y el deseo insaciable que esto nos genera y que tanto nos duele?

Comparto finalmente los últimos versos de un poema védico dónde hace más de dos mil quinientos años, se pone de manifiesto las limitaciones del conocimiento humano y os invito a que cada uno mire dentro de sí qué espacio se abre al soltarnos a la posibilidad de ¡no-saber!

«(…)
Buscando en sus corazones, mediante su sabiduría
los sabios hallaron el vínculo
que une al Ser con el no-Ser.
Extendieron transversalmente su cordel.
¿Existía un abajo? ¿Existía un arriba?
¿Existían fecundadores, existían energías?
Abajo se hallaba la fuerza; arriba el impulso.
¿Quién sabe la verdad?
¿Quién puede decirnos dónde surgió esta creación?
Los dioses nacieron después, con la creación del universo.
¿Quién puede saber, pues, de dónde surgió?
Aquel que es su guardián en el cielo,
fuera él o no su hacedor,
sólo aquel sabe de dónde surgió esta creación.
O quizá ni siquiera él lo sabe».

 

Referencias bibliográficas

  • Panikkar, R., El silencio del Buddha. Una introducción al ateísmo religioso. Siruela, 2000.
  • Gallud Jardiel, E. El hinduismo en sus textos esenciales,  Verbum, 2016.

Darwin VS Buda: Las dos caras del sufrimiento y la insatisfacción

Podría sonar extraño querer rebelarse contra las leyes de la selección natural y de la evolución. Más que nada porque ha sido mediante éstas leyes que hemos llegado hasta aquí como especie, y yo, Elsa Bonafonte, puedo estar escribiendo este artículo aquí y ahora. Pero también es cierto que desde que no vivimos en las cavernas, y desde que no tenemos que cazar ni que escapar de los leones, las leyes de la selección natural no nos ayudan mucho. Es más, podría decirse que son la principal fuente de nuestro sufrimiento.

Este sufrimiento tiene muchas acepciones. La más común, occidental, y que podemos encontrar en el diccionario, lo define como el “hecho de sufrir o padecer dolor físico o moral”. Pero desde el punto de vista del budismo, el sufrimiento no es exactamente esto… Pero para poder entenderlo, antes tenemos que conocer las cuatro nobles verdades del Budismo.

sufrimiento budismo

 

 

Las cuatro nobles verdades del budismo 

Aunque no es una tarea fácil, voy a tratar de explicar cómo el budismo, y su camino para alejarse del sufrimiento, se ha convertido en una verdadera rebelión contra las leyes de la selección natural y de la evolución. Pero primero debemos saber las cuatro nobles verdades del budismo:

1- Primera (dukkha): La naturaleza de la vida es el sufrimiento. El nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento…

2- Segunda (el origen de dukkha): El origen del sufrimiento es el deseo o “sed de vivir” acompañado de todas las pasiones y apegos. Es el deseo que produce nuevos renacimientos, que acompañado con placer y pasión encuentre siempre nuevo deleite, ahora aquí, ahora allí. El deseo por los placeres sensuales, el deseo por la existencia y el deseo por la no existencia.

3- Tercera (la cesación de dukkha). Alcanzar el Nirvana, la verdad absoluta, la realidad última. Es la noble verdad de la cesación del sufrimiento. Es la total extinción de ese mismo deseo, su abandone, su descarte, liberarse del mismo, la no dependencia.

4- El sendero que conduce al cese del sufrimiento y la experiencia del Nirvana. El sendero que conduce al la cesación del sufrimiento. Es el recto entendimiento, el recto pensamiento, el recto lenguaje, la recta acción, la recta vida, el recto esfuerzo, la recta atención y la recta concentración.

Podréis preguntaros qué tienen que ver estas verdades budistas con las leyes de la selección natural. Yo también me lo preguntaba. Y aquí está la respuesta y las investigaciones que se han hecho al respecto.

 

La insatisfacción como base del sufrimiento

En el Budismo la idea del sufrimiento es algo más específica de la que tenemos los occidentales. No se refiere tanto al dolor físico o moral, sino a la sensación de “insatisfacción” que nos acompaña a la mayoría de los mortales casi el 100% del tiempo.

Como dice la segunda noble verdad del budismo, el sufrimiento es “el deseo o “sed de vivir” acompañado de todas las pasiones y apegos. Este deseo, como veremos ahora, es el causante de nuestra insatisfacción, que según los budistas es la base del sufrimiento. Y aquí, amigos, entra nuestra buena amiga la evolución.

Según el Budismo “la naturaleza de la vida es el sufrimiento”. Y seguramente que podréis pensar que no estamos sufriendo todo el tiempo. Que no vivimos “sufriendo” las 24 horas del día. Pero si añadimos el significado de “insatisfacción” a esta ecuación, entonces sí que tiene más sentido. Ya que la mayoría de nosotros vivimos (gracias a las leyes de la evolución) en una continua insatisfacción.

Y para que lo entendáis vamos a ver un ejemplo. Imaginemos que soy una loca de los donuts (que no es el caso, pero me venía de perlas para usar uno de mis gifs favoritos):

Homer

No todos los días nos dejamos llevar por nuestros antojos, pero algunas veces sí que lo hacemos. Te imaginas esa caja de 6 donuts, su olor, su sabor la llevártelo a la boca… Y seguramente, mientras estamos disfrutando de esos maravillosos donuts, no estamos sufriendo. ¿Estás loca, voy a sufrir mientras me todo mi donut favorito?

Pero si nos paramos a pensar sobre ello. Probablemente, en el mismo instante en el que empecemos a tragar el donut, ya estaremos pensando en el siguiente. De alguna forma, ya estaremos deseando, anhelando el próximo donut. Y si estamos pensando en el próximo donut, es que este donut no nos está produciendo satisfacción. No nos está satisfaciendo. Si estuviera satisfecho, no querría más, ¿no es cierto?

Es la cruda realidad. El placer no dura. Y así funcionan las cosas. El hecho de que “el placer no dure” es uno de los preceptos de Buda. La impermanencia de las cosas está presente en casi todos los textos de Buda. Nada es permanente, y el placer no es una excepción.

 

La “forma” de la insatisfacción: el deseo y la aversión

Aquí entramos en la segunda verdad noble del budismo. La causa del sufrimiento y la insatisfacción. Y generalmente se ha traducido como ansia, o deseo intenso. En el sentido de tratar de aferrarse a algo, de apegarse a algo. Como dijo Buda, en el deseo de agarrar cosas que no durarán, se prueba el engaño, la ilusión. El solo deseo nos demuestra que no somos conscientes de la impermanencia de las cosas, de la verdad sobre cómo es la realidad.

Volviendo a los donuts, podemos ver que este fenómeno no se refiere sólo a placeres sensoriales (comida, sexo, etc.). Se refiere a cualquier cosa que nos cause gratificación. Conseguir un 10 en un examen, conseguir la estima de los amigos, y un largo etcétera. Cualquier cosa que nos haga sentir bien, y de lo que querremos más.

En psicología está muy relacionado con la adaptación hedónica. Y se refiere a cuando nos pasa algo muy bueno, como que nos toque la lotería, y pasado un determinado periodo de tiempo, volvemos a nuestro nivel normal de “felicidad”. Continuamos deseando cosas que nos harán felices: ese trabajo, ganar la lotería, que mi vecina se vuelva loca por mi… Pero la realidad es que podo después de conseguir cualquiera de estas cosas, nuestro nivel de felicidad vuelve a la normalidad. No estamos más cerca de la felicidad que antes de desear cualquiera de estas cosas.

Y no solo hablamos de cosas “buenas”. Las dos primeras leyes del budismo también contemplan la ansiedad y al miedo. Ansiedad de ser criticado en público, tener que ir a un sitio al que no quieres ir, miedo al abandono, etc. En definitiva, el miedo de ser comido por un león. ¿Empiezas a comprender ahora?

En un principio estas cosas no entrarían en la categoría del deseo. No ansiamos ni deseamos que nos abandonen, o sentir ansiedad ante un examen. No queremos estar “más cerca” de eso. Quieres huir de eso.

Así que podemos afirmar que en la segunda ley del Budismo (aunque no aparezca de forma explícita), encontramos como fuente del sufrimiento y la insatisfacción el deseo y la sed por lo que nos atrae, y aversión por lo que nos produce miedo y ansiedad. No aparece explicito en la segunda ley, porque ambas cosas son las dos caras de una misma moneda. Si tienes miedo de hacer el ridículo en público, es porque estás apegado a tu reputación, a tu estatus social. Eso apego, deseo o sed es el problema.

 

El origen de la insatisfacción: nuestra amiga la evolución

Como hemos visto, según la segunda noble verdad nos dice que la fuente del sufrimiento y la insatisfacción es nuestro apego, nuestro deseo de aferrarnos a cosas que no duran, incluido el placer. Como con el ejemplo de los donut de chocolate.

Según Buda, nuestro fracaso para parar esta dinámica es un ejemplo más de nuestra incapacidad de ver el mundo de una forma clara. ¿Y por qué no somos capaces de frenar este proceso? Porque hay mecanismos biológicos que son mucho más fuertes que nosotros (tanto del proceso del deseo como de la evaporación de la satisfacción), y contra los que poco podemos hacer, a menos que nos convirtamos en monjes budistas y nos vayamos a meditar a una montaña.

sufrimiento evolucion

 

Por qué no vemos claramente (por cortesía de la evolución)

Buda solía utilizar el término ilusión para hablar de nuestra incapacidad para ver las cosas claramente. Aunque este término nos puede confundir un poco. No quiere decir que cuando estamos disfrutando de nuestro donut nos imaginemos que nos vigilan unos espías rusos detrás del mostrador, y que en unos instantes se abalanzarán sobre nosotros para arrebatarnos el cerebro…

Ni siquiera pasa por nuestra mente la idea de que el placer de esos donuts van a durar para siempre. Ni diez minutos. Pero a la vez, está demostrado que pensamos mucho más en el placer que nos causa, que en la evaporación posterior de ese placer. Sólo estamos focalizados en el placer del momento.

En otras ocasiones, podemos vivir algo más cercano a esa ilusión unida al deseo, a la obsesión. Cuando nos enamoramos de alguien, estaremos todos de acuerdo en que se dan ciertas distorsiones de la realidad en nuestra forma de percibir las cosas. Parece que todo será perfecto eternamente. Pero en realidad, las relaciones son más complicadas que eso. Porque volvemos a ser incapaces de ver la impermanencia de las cosas. Y por tanto, no vemos claramente la realidad.

Lo mismo nos ocurre cuando deseamos un trabajo intensamente. E imaginamos todas las cosas maravillosas que nos traerá ese empleo… Y estás seguro de que al conseguir ese puesto, te podrás relajar. Entonces llega ese soñado puesto de trabajo, pero tu nos has llegado realmente a ningún sitio. La gratificación no dura para siempre.

¿Y qué parte de nosotros es la que no nos permite ver claramente? Sin ninguna duda una de esas partes es el neurotransmisor dopamina. O la llamada droga del placer. La verdadera historia es que es mucho más complicado que eso. Los efectos de la dopamina dependen de muchos factores: la parte del cerebro implicada, las neuronas implicadas, los receptores implicados, etc.

 

La dopamina y el deseo

Vamos a ver un estudio en el que se monitorizó las neuronas implicadas en el cerebro de unos monos, en relación al deseo y a la satisfacción del mismo.

Lo que hicieron es darle zumo de fruta a los monos y esto es lo que pasó. En la primera parte del experimento, al darle la fruta al mono, hubo un subidón de dopamina. Con lo que el mono sintió una gran felicidad. ¿Y cuánto duró este subidón de felicidad? La cruda realidad es que aproximadamente duró un tercio de un segundo. No mucho, la verdad…

Como ya hemos apuntado, el placer tiende a evaporarse muy rápidamente. Y en nuestra propia experiencia del día a día, deberíamos ser muy conscientes de la impermanencia de las cosas.

sufrimiento dopamina

Una posible explicación de este fenómeno lo encontramos en la selección natural. ¿Y por qué la selección natural diseñaría un cerebro con una experiencia de placer tan fugaz? ¿Por qué no alargar el efecto de la dopamina 10 segundos, 20 segundos? Lo cierto es que esto no pasa. Y lo más incómodo e inexplicable… ¿Por qué no somos capaces de integrar en nuestra vida, en nuestro día da día, cómo de rápido se evapora el placer? Eso nos ahorraría mucho dolor.

Lo cierto es que la selección natural funciona de otra forma. No buscaba nuestra felicidad ni nuestro placer. Sólo quería (y quiere) trasladar nuestros genes a la siguiente generación, garantizando que comeremos y que tendremos sexo. Incluso el estatus social tiene un correlato positivo en primates, a la hora de conseguir una mayor descendencia.

Hay tres leyes fundamentales de la selección natural mediante las cuales se ha diseñado nuestro cerebro.

1- Cuando un animal consigue su objetivo (comida o sexo) experimentan algo de placer. El placer es el reforzador de la conducta. Hace que los animales hagan “más” de eso que han hecho para conseguir su objetivo.

2- El placer no puede durar para siempre. Si fuera así, los animales dejarían de estar motivados para hacer “más” de eso que han hecho para conseguir su objetivo. Si comes y no vuelves a tener hambre, no estarás motivado para volver a comer, y morirías. Así que la desagradable sensación de hambre es necesaria para la supervivencia. Lo mismo con el sexo.

3- Los animales se deben focalizar más en el placer que le producen estos objetivos, que en la consecuente evaporación de dicho placer. Si te focalizas en lo genial que será el placer que vas a obtener, estarás más motivado para hacer las acciones necesarias para conseguirlo. Si supiéramos que el placer va a durar un nonosegundo, no emplearíamos tanto esfuerzo.

 

Evolución VS Buda

Estos principios del diseño tienen mucho sentido en términos de la selección natural, y pueden ayudarnos a entender las enseñanzas de Buda. Buda repitió muchas veces que el placer tiende a evaporarse, y eso nos deja insatisfechos. Y parece ser el caso de que el placer está genéticamente diseñado para durar muy poco tiempo precisamente para dejarnos insatisfechos. Para así trabajar más y conseguir más puntos en la carrear de la selección natural.

Buda también dijo que parece que no llegamos a captar esta característica del placer. Y esto también tiene sentido en términos de la selección natural. Focalizarnos solo en el placer es un buen motivador.

Volvamos a los monos y veamos qué pasó en la segunda fase del experimento.

                                                                                                               

La anticipación del placer

En la primera parte del experimento el mono no podía anticipar el placer que iba a sentir al tomar el zumo. El mono no esperaba el zumo. Para poder hacer posible que el mono experimentara la anticipación, mediante un proceso de condicionamiento, le enseñan que cuando se encendiera una luz, obtendría el zumo.

Y esto es lo que pasó:

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En la zona de la anticipación es donde se da el subidón de dopamina. Loque parece ocurrir es que el mono está anticipando el placer que va a recibir. Está focalizado en el placer que va a llegar. La propia anticipación produce placer. Hay excitación, proyección del placer. Y eso es lo que parece que refleja ese subidón de dopamina.

Lo cierto es que un caso extremo. No se han encontrado los mismos resultados en todos los experimentos, sobre todo en la parte de la supresión del subidón de dopamina cuando estaban disfrutando del zumo. Lo que parece que ocurres es que se dan dos subidones de dopamina. Uno muy alto, en la anticipación, y otro bastante más bajo, cuando se consigue el premio. Además, es un proceso que se torna automático.

Y esto es algo que nos ocurre todos los días. Imaginemos que todos los días nos tomamos una onza de chocolate negro por la tarde. Llega un momento en que el proceso es tan automático que casi no disfrutamos de esa onza de chocolate. Nos ponemos en marcha, pensamos en el chocolate (primer subidón de dopamina) vamos hacia al nevera, cogemos el chocolate, nos lo metemos en la boca… Y probablemente durante todo ese tiempo nuestra mente se haya perdido varias veces en pensamientos, y hemos abandonado el aquí y ahora (segundo subidón de dopamina). Hemos abandonado la conciencia del momento presente que nos haría disfrutar plenamente de la onza de chocolate. Lo mismo que el mono una vez que ha aprendido que tras la luz viene el zumo de fruta.

El primer subidón de dopamina es la fuerza motivacional. Lo que nos hace hacer el trabajo necesario para conseguir la comida que necesitamos para la supervivencia. No porque necesitemos donuts o chocolate negro para vivir. Pero nuestros antepasados necesitaban el azúcar de las frutas. El mismo azúcar que el hombre moderno encuentra en paquetes de donuts envasados.

Si pensamos en nuestros antepasados, o en los monos, es evidente que era necesaria una gran motivación para buscar la fruta, recorrer largas distancias, escalar árboles, etc. Una motivación “anterior” al disfrute de la fruta. Y es la que tenían en el subidón de dopamina de la anticipación del premio.

 

¿Por qué se mantiene la tortura?

Una pregunta muy interesante a hacerse ahora es: Como en el caso del chocolate negro que tomamos por la tarde, si ya nos hemos habituado al placer que obtenemos, si se ha convertido en una tarea rutinaria, y ya sabemos que en el momento de tomar el chocolate el placer que obtenemos es mínimo o nulo… ¿Por qué seguimos haciéndolo?

¿Por qué no simplemente disfrutamos de la dopamina de la anticipación, y luego no tomamos el chocolate? Y aquí es donde vuelve a aparecer nuestra amiga la evolución.

Esa estrategia no funcionaría. Porque si disfrutamos de ese primer subidón de dopamina, y luego no obtenemos el refuerzo, lo que ocurre es que sufrimos un déficit de dopamina.

sufrimiento dopamina

Sería lo que se llama la decepción de anticipación no satisfecha. Y esto también es muy común. Y para ilustrarlo contaré algo que le pasó un día a mi hermana Carla. Quería tomar helado de limón, y nuestra madre le dijo que había helado de limón en la nevera. Y con el subidón de la anticipación de dopamina fue cegada por el deseo a la nevera. Cuando abrió el congelador y encontró halado de vainilla (que no le gusta nada) en vez de helado de limón, la sensación de insatisfacción fue máxima. No sólo sentimos la ausencia del placer. Sentimos decepción.

Y esto también cobra sentido como recurso motivacional si volvemos al escenario de nuestros ancestros. Si una vez hecho todo el trabajo para llegar a los árboles en los que esperaban encontrar la comida, no la encuentran, el cerebro está diseñado para que no volvieran nunca más a esos árboles que no tiene frutos. El cerebro está diseñado para que evitaran esos árboles, mediante esa sensación de decepción que sufrieron la primera vez que llegaron allí.

 

Las tres leyes de la evolución y los principios de Buda

Parece que hay cierta correspondencia entre las leyes de la evolución y los principios del Budismo.

Buda dijo que le placer no duraba, y que nos dejaba insatisfechos. Y la teoría de la evolución parece explicar por qué. Buda dijo que nos focalizamos en el placer y no en la fugacidad del mismo, y nuevamente la teoría de la evolución parece explicar por qué.

Y aquí otro ejemplo de cómo a la selección natural no el “importa” que no veamos el mundo de forma clara. En otro experimento se demostró que bajo condiciones de miedo los alumnos veían en esta imagen una serpiente, mientras en condiciones normales veían una cuerda.

serpiente cuerda

O cómo vemos caras enfadadas si estamos enfadados, en personas que realmente tienen una expresión neutra. A la selección natural no el importa que no veamos la realidad como es. Y tampoco el importa que seamos felices. Desde el punto de visa de la selección natural, la felicidad es sólo una herramienta. Si sentirnos felices en un momento dado nos hará estar motivados, entonces estará bien. Lo mismo que si sentirnos infelices, insatisfechos, sufriendo… funciona para los objetivos de la selección natural. También estará bien.

Por todo ello el Budismo parece una rebelión contra la selección natural. El Budismo trata de que seamos capaces de ver la realidad tal como es todo el tiempo, y aspira a terminar con el sufrimiento. Por lo que de cierta manera implica lo contrario a la lógica de la selección natural.

Y esto que hemos visto es solo una parte de esta rebelión. Para conocer la escala real de esta revolución hay que conocer las estrategias específicas del Budismo para lograr ver el mundo de forma clara y para acabar con el sufrimiento. 

Sufrimiento

 

Referencias: