Conectando con el presente

El presente está de moda. Hablamos del presente, escribimos libros acerca del presente, hacemos películas acerca de vivir el presente… y seguimos sin vivir el presente. Este artículo-reflexión es una «pillada» infraganti a mi mismo fuera del presente y la posterior reconexión.

Hace unas semanas, Yaiza Leal me invitó a colaborar en su proyecto «Mentes curiosas». La propuesta consistía en y grabar una entrevista y, en medio de ella, me pillé tratando de convertir el presente en algo correcto y apropiado, me vi tratando de responder a las preguntas queriendo impactar y gustar. Al darme cuenta, automáticamente dejé de buscar respuestas acertadas. Creemos que si hacemos esto todo será un auténtico desastre, pero es mentira: el presente tiene sus propias respuestas y… ¡son increíbles!

El presente es aquello que pasa desapercibido entre que llevamos los niños al colegio y pensamos que vamos a hacer de cenar, es aquello que pasa desapercibido entre que escuchamos una pregunta y buscamos la mejor forma de contestar.

Puede sonar muy espiritual, pero es ciencia en estado puro. Las personas funcionamos con imágenes mentales constantemente. Imagina que estás en tu primer día de trabajo. Llegas a la oficina y te llueve de golpe un aluvión de información: nombres, lugares, claves, personas, programas… Lo más probable es que lleguemos a casa con la cabeza como un bombo, como si nos hubiera pasado un camión por encima; necesitamos unas semanas de adaptación para acostumbramos al nuevo trabajo. ¿Y en qué cosiste esa adaptación? Adaptarse consiste en crear asociaciones, en conectar imágenes mentales y, para crear imágenes mentales, tenemos que prestar atención a las cosas. “Fulanita se encarga del marketing” o “este software sirve para hacer pedidos”. “Software” es una imagen mental que representa a un programa de ordenador concebido para llevar a cabo una tarea concreta, y a él le asociamos una idea “hacer pedidos”. Aunque también sirva para llevar la contabilidad o para enviar a un cohete a la luna, para nosotros únicamente servirá para hacer pedidos.

 

 

Una vez que nos hemos adaptado, dejamos de ver las cosas como son y de hacer caso a los detalles. Al utilizar imágenes mentales para sustituir la realidad reducimos el consumo energético, y esto es lo que hace que después de dos o tres semanas no lleguemos tan cansados del trabajo a casa. ¡Es increíble! ¡Nos hemos adaptado!… y al mismo tiempo hemos convertido el trabajo en una imagen mental. En este punto es cuando la novedad desaparece.

Lo que ocurre a nivel neuronal es muy interesante. Una vez la adaptación ha tenido lugar, nuestra percepción individual de la realidad deja de construirse con la información que nos llega del exterior y pasa a ser controlada por las imágenes mentales. A partir de ese momento, vivimos desconectados del mundo, y la vida pasa a ser una sucesión de imágenes mentales donde el presente pasa desapercibido. Cada vez que usamos una imagen mental el cerebro discrimina el 99,8% de la realidad. Estamos en el mundo de nuestras ideas. Cuando tomas consciencia de esto, te abres a que el presente hable por ti. ¿Y esto que significa? ¿Empezar a decir frases del Dalay Lama? No. Significa ver las cosas de una forma que nunca antes la habías visto, sin protección, sin imágenes mentales, significa dejar de buscar la mejor respuesta. En resumidas cuentas, vivir el presente significa ser tu mismo.

El presente tiene sus propias respuestas… ¡Y son increíbles! Siempre nos sorprenden porque, como no tratan de impresionar a nadie, son originales, ellas mismas y tienen la capacidad de transformar el mundo que vemos.

Por si a alguien le pica la curiosidad, aquí dejo la entrevista que causó todo el revuelo.

Neurosintaxis

El lenguaje lleva con el ser humano posiblemente 125.000 años (o eso dice Lieberman). Con él hemos enamorado, iniciado guerras, amargado la vida a más de un árbitro o compuesto La Barbacoa. Si quisiéramos cantar esta pegajosa obra de George Dan en todos los idiomas que existen en la faz de la tierra, contabilizaríamos alrededor de 6.000 versiones, 450 de las cuales se localizarían en Nigeria. Vamos que no siempre hablando se entiende la gente.

Lingüística para impacientes (en 100 palabras)


Noam Chomnski ha sido el balón de oro de la lingüística durante treinta años con su teoría “gramática universal”, donde el cerebro viene equipado con una serie de herramientas para organizar el lenguaje (un tema de genes), lo que otorgaba a los niños un “don” para formar frases gramaticalmente correctas.

Actualmente pocos resuenan con Chomnski. Los científicos ven al lenguaje como algo que se adquiere con la práctica, donde el cerebro (una navaja multiusos) va absorbiendo las reglas gramaticales del entorno, asociando ideas y generando categorías. Desde esta perspectiva, un bebé al que nadie habla no desarrollará lenguaje alguno.

¿Hacemos un experimento? La sociología de las palabras

Más que citar un artículo (el cual os tendréis que creer a pies juntillas) propongo un experimento. Programa la cuenta atrás del teléfono móvil a 10 segundos o pídele a alguien cercano que te avise transcurrido el tiempo. El objetivo es enumerar el mayor número posible de ciudades, da igual que hayas tenido tiempo de visitarlas o no, y no te olvides de contabilizarlas (puedes pulsar una tecla por cada una, pedirle a alguien que te las cuente o hacer un palito en la esquina en un papel por cada ciudad). Calcula el número total de ciudades que hayas sido capaz de recitar y guarda el resultado.

A continuación, repite el proceso con la particularidad de que ahora eres completamente libre de decir cualquier palabra que quieras siempre y cuando no sean cosas que estés viendo. Di cosas al azar que te vengan a la mente. ¿Preparados? Cuenta atrás a 10 segundos, palito va palito viene. ¡Tiempo! Haz el recuento.

Si no es mucho pedir, me encantaría que pusieras tus resultados del experimento como comentario al post. Me comprometo a recogerlos y a hacer el primer estudio científico basado en un artículo divulgativo y a publicarlo en mis redes sociales de forma anónima. ¡Gracias!

 

 

Analicemos juntos los resultados. En todos los casos con los que me he encontrado, el número de ciudades supera con creces a la modalidad libre del experimento. ¿Y esto por que? Entendamos lo que ha ocurrido durante el desarrollo del experimento en tu cerebro.

Mientras llevabas a cabo la primera parte, con la intención de buscar una palabra has enviado un WhatsApp al área de Wernicke diciéndole “Hola! q tal estás, I need you”. Entonces el área de Carlos (Karl Wernicke) echa un vistazo por la memoria en busca de ciudades. Aquí entran en juego otras regiones como la corteza visual o el giro angular, pero lo realmente importante es que cuando se ha salido con la suya (tenemos Moscú), el área de Broca se convierte en protagonista y tira de los hilos pertinentes (corteza motora) para que movamos la boca y generar el sonido.

En la segunda parte del estudio el área de Carlos le monta un poyo monumental a la memoria que pa qué (por torpe y lenta). Lo que ocurre es que la memoria está organizada por categorías (ciudades, nombres o discos de Sabina) y como no sabe en cual de ellas buscar se hace un lío tremendo.

Estas últimas líneas son para las mentes perversas y tiquismiquis. Si os preguntáis qué sucedería si una persona sordomuda realizara el mismo experimento usando el lenguaje de signos, ya os anticipo que hay más mentes perversas en el mundo que ya se han probado: su cerebro activa las mismas regiones cerebrales.

 

Neurosintaxis nivel I

 

Durante nuestro paso por el colegio o el instituto, los profesores no sólo intentaron meternos en la cabeza el orden y la relación de las palabras en una oración, sino también la función que cada palabra cumple: sujeto, verbo, complementos… ¿Os suena? Esto era la sintaxis. Lo que en breve descubrimos, es que la sintaxis para nuestro cerebro, llamémosla neurosintaxis, es diferente a la usábamos en las clases de lengua del instituto (que nadie se enfade con su profe después de esto).

La neurosintaxis es un término que me acabo de inventar el cual proporciona una pantalla en alta definición donde podemos ver cómo nuestro cerebro genera la realidad.

Asociando ideas a personas, lugares o cosas

En lugar de intentar explicarlo, te propongo leer detenidamente la siguiente secuencia tres veces I – B – R – N – S – J – D – U – I – L – U – E – Q – E – U. ¿Listo? Ahora cierra los ojos y trata de recordarla. La mayoría de los mortales sucumbimos después de los cinco-seis primeros símbolos. ¡Vaya caco mental!

Ahora repitamos el mismo ejercicio alterando simplemente el orden de las letras: J – E – S – U – L – I – N – D – E – U -B – R – I – Q – U – E. Seguramente no será necesario repetir si quiera la secuencia para poder recordarlo. Lo que ha ocurrido es que a estas letras colocadas de una forma determinada hemos asociado una idea (dantesca por cierto la imagen que viene a mi cabeza del torero Jesulín de Ubique con un sostén).

Nuestra memoria se agudiza cuando asociamos un conjunto de letras una persona, lugar o cosa. Además el comentario que me ha venido a la mente cuando he pensado en el torero pone de manifiesto otra característica crucial de nuestro cerebro: asociamos ideas a personas, lugares o cosas.


La regla de la persona, lugar o cosa (PLC)

Estamos en disposición de entrar a analizar uno de los trucos sintácticos del cerebro más grandes de la humanidad (releyendo esto igual he exagerado un poco. A veces me puede la emoción). Pongamos nuestra atención en la siguiente oración:

 

Aquello que sentimos (ya sea injusticia o rabia) cuando pensamos “Trump es malo” no viene dado por Trump sino por la idea asociada a Trump. Esto es vital para la neurosintaxis porque explica cómo aquello que sentimos viene producido por la idea que tenemos acerca de algo y no por la persona, lugar o cosa acerca de la cual tenemos esa idea. ¿Qué sería de tus enfados si esto fuera cierto? Revolucionario.

Aunque al principio pueda parecernos raro o irritante, esta visión terminará imponiéndose sin remedio por el simple hecho de que es como funciona tu cerebro. Además, por si aún sientes resistencia, si lo que sientes viene dado por Trump (como muchos hemos creído) todas las personas deberíamos sentir lo mismo al pensar en el presidente electo de los Estados Unidos. Sin embargo, hay tantas emociones como personas porque el origen de lo que sientes es siempre una idea y no una persona, lugar o cosa (y cuando se dice siempre quiere decir siempre).

 

Poltergeist

En esta oración, Donald es una especie de semidiós con la capacidad de ponernos rabiosos a miles de kilómetros de distancia. Un Poltergeist vaya. La idea de que el presidente de los Estados Unidos no tiene otra cosa que hacer que dedicarse a hacernos sentir rabia me resulta hasta divertida. ¿En serio? Y si se puede saber, ¿De qué manera exactamente nos pone rabioso Mr. Trump?

Llevemos a cabo una fugar investigación al más puro estilo Iker Jimenez. Por un lado, muy probablemente, el presidente de los Estados Unidos de América ni siquiera sabrá que existimos. Aún así lo responsabilizamos de nuestra rabia (no sólo no nos conoce sino que nunca nos ha dirigido la palabra). ¿Qué es entonces lo que hace que sintamos rabia? La idea omitida “Trump es malo”es la que genera nuestra sensación de rabia (concretamente «es malo»), y lo que solemos hacer es culpar a la PLC (Persona Lugar o Cosa). Al ver esto, aplicamos la regla PLC y tanto el fenómeno paranormal como las cacofonías desaparecen.

 

Complemento circunstancial de deshonestidad

Imaginen la hipotética situación, casi de ciencia ficción, en la que se llevan algo del trabajo (con un paquetito de folios me basta). Pongamos el pause para analizar la oración que nos lleva a cometer el hurto:

Las personas tenemos un detector de honestidad (corteza cingulada anterior) que toca la campana ante una situación de emergencia. Cuando te llevas el paquete de folios a casa estás diciéndole a tu organismo “soy un ser necesitado”. Esa carencia es lo que nuestro cerebro interpreta como real y la idea “soy un ser necesitado” pasa a ser el motor (lo que realmente sientes) activando la señal de alarma con las pertinentes consecuencias sobre la salud (aumento de la tensión arterial, frecuencia respiratoria y cardiaca, envejecimiento celular acelerado o depresión del sistema inmunológico entre otros). Esto es lo que llamo un complemento circunstancial de deshonestidad y, lo más importante, es que lo hacemos sin darnos cuenta.

Si has llegado hasta el final del artículo estás capacitado para responder una simple pregunta: ¿Cuál es tu idea acerca de la neurosintaxis? 

Neuroamor

Estaba pasando unos días en casa de mis padres y la televisión estaba, como de costumbre, encendida. Dentro de la caja tonta un grupo de personas se gritaban (algo insólito e inexplicable en televisión) así que miré a mi alrededor y, como no había nadie, tomé el mando a distancia decidido a poner fin a aquel disparate. Entonces ocurrió algo que hizo que mis pelos no sólo se pusieran de punta sino que salieran disparados de mis capilares, fueran a dar una vuelta por el cuerpo para iniciar un escalofrío, y luego regresaran tan panchos a formar filas. Un experimento espeluznante que trataba de congelar el momento exacto en el que dos personas se enamoran estaba siendo emitido en directo por televisión bajo un nombre en clave: Mujeres y hombres y viceversa. Aquello olía a gesta.

Así fue como decidí que este artículo hablaría de ciencia y amor romántico, al mismo tiempo que trataría de responder las cuatro preguntas que haría mi sobrino. A veces no hay más remedio que entrar en terreno pantanoso, cruzar el campo de batalla, estar al límite del fuera de juego o tener sexo en casa de los suegros, y para ello necesitas toneladas valor (no del chocolate mentes navideñas).

 

La química de “Mujeres y hombres y viceversa”

 

 

Aunque juraría que mi profesora de literatura del instituto escribiría “Mujeres, hombres y viceversa” (tema que dejaremos de la lado), este programa telecinquino ofrecía un tinglado del mismo calibre que el que encontraos en los experimentos científicos. Los participantes en el “estudio” (2 hombres y 2 mujeres de entre 19 y 30 años de edad) reciben pretendientes que acuden en busca del amor. El plató se convierte así en un laboratorio donde los encuentros se producen de lunes a viernes durante 75 minutos y el resto del tiempo continúan con sus vidas sin poder tener contacto alguno fuera del laboratorio. Cualquiera que no siga a rajatabla estas condiciones sería expulsado del experimento (y del programa). Continuando con la analogía, aquellas personas que ven pasar de largo las flechas de Cupido y no encuentran el amor romántico se convertirían en los sujetos de control.

Buscando precedentes en a literatura científica me encontré con dos investigadores de la universidad de Pisa en Roma que llevaron a cabo su “Mujeres, hombres y viceversa” particular, estudiando durante 6 meses a 48 parejas que han encontrado el amor. Un organismo enamorado cambia su bioquímica con la ayuda de cuatro hormonas (palomas mensajeras) que inducen cambios a nivel fisiológico: serotonina, dopamina, cortisol y testosterona.

 

 

La serotonina, hormona de la felicidad, esta relacionada con la calma y el bienestar lo que hace que el amor se equipare a veces con una “droga”. Al mismo tiempo la dopamina controla el centro del placer y regula nuestro comportamiento, la motivación y, por tanto, el deseo de repetir una conducta (es prima hermana de la serotonina). Por otro lado el cortisol se encarga de regular el estrés, mientras que la testosterona administra la energía física y mental, la generosidad, o promueve la protección de los futuros hijos y la sexualidad. Sumando los efectos de cada hormona se construiría la sensación de enamoramiento.

   

El cerebro enamorado

 

 

Puede que os hayáis dado cuenta de las estupideces que hacemos los seres humanos o de lo complicado que resulta hacer “entrar en razón” a alguien cuando está enamorado. Pues bien, este comportamiento tiene una base neurología. El titular sería: “Un cerebro enamorado desconecta la corteza prefrontal”. Éste área (que cubrirías con la palma de la mano si la pusieras sobre la frente) se asocia normalmente al razonamiento y permite que nos anticipemos a las cosas. Una corteza prefrontal enamorada se vuelve un ni-ni, un adolescente perdido que no teme a las consecuencias y presenta un Trastorno Obsesivo Compulsivo hacia su amado. Así que madres, padres, amigos o amigas de todo el mundo, no traten de hacer entrar en razón a ninguna corteza prefrontal enamorada porque están perdiendo el tiempo; su cerebro ha desconectado el razonamiento. Es mucho más fácil morderse el codo que razonar con un cerebro enamorado.

 

4 preguntas difíciles acerca del amor romántico

Después de que probablemente hayan intentado morderse el codo, me gustaría subrayar que hasta ahora nos hemos encargado de las cuestiones “fáciles” (aquellas que la ciencia formula y podemos medir en un experimento con un reactivo o haciendo uso de un dispositivo de neuroimagen). Ahora es el turno de las preguntas difíciles: las que haría mi sobrino de once años acerca del amor romántico. 

Para estar realmente preparados para responder a las preguntas difíciles, tan sólo nos falta saber que el amor romántico presenta 3 etapas diferenciadas donde en cada una de ellas tanto las hormonas implicadas como la actividad cerebral son diferentes. La fórmula del amor romántico sería algo así: 

AMOR  = ENAMORAMIENTO + AMOR PASIONAL + CONSOLIDACIÓN/DISOLUCIÓN

 

 

4. ¿Cuánto dura el enamoramiento?

La función principal del enamoramiento es procrear y aprender. Esta primera etapa del amor romántico sería la que experimentaríamos en nuestro paso por Mujeres, hombres y viceversa (ni imaginármelo quiero) donde una serie de cambios bioquímicos capitaneados por la serotonina, dopamina, el cortisol y la testosterona, y neurológicos (desconexión de la corteza prefrontal) nos llevan a la pasión, al desenfreno, a la búsqueda de intimidad y al compromiso. Estudios longitudinales (que durante años dan seguimiento de los participantes) avisan que los cambios bioquímicos del enamoramiento desaparecen sin dejar rastro transcurridos entre uno y dos años.

 

3. ¿Qué ocurre cuando se acaba el enamoramiento?

Una vez superada la etapa de enamoramiento la configuración neuroquímica de organismo cambia significativamente. Las estrellas de la película pasan a ser la oxitocina y la vasopresina quienes reducen el estrés y aportan la confianza necesaria para consolidar la relación. Nos encontramos en la etapa de amor pasional donde el objetivo es la estabilidad, el equilibrio y la seguridad. Desde un punto de vista neurológico vamos recuperando paulatinamente la conexión con nuestra querida corteza prefrontal y, con ella, el razonamiento.

Que quede claro que “desenamorarse“ no implica pérdida alguna de pasión sexual o romántica. La relación se asienta y el aprendizaje se dispara; se cruzan los límites de la intimidad y se afianza el compromiso (esto se ve genial en el modelo de Sternberg, que pena que las imágenes tengan copyright). Aquí es cuando decimos “tengo una relación”. El periodo medio de amor pasional puede extenderse hasta los cuatro años.

 

2. ¿Tiene el amor pasional fecha de caducidad?

Recapitulemos. Nos enamoramos (durante uno o dos años), consolidamos una relación basada en la pasión y el compromiso (hasta cuatro años), y luego la mayor parte de las personas tenemos la sensación de que la relación se “enfría”. ¿Y esto por qué? Principalmente porque tras cuatro años de relación desaparece cualquier rastro químico o neuronal de amor romántico.

Estudiando las tasas de divorcios varios investigadores han reparado que el 50% de las parejas se rompen poco después de celebrar su cuarto aniversario. Con estos números bajo el brazo el amor romántico parece tener fecha de caducidad.  Los científicos encontrado una excusa biológica, y es que son cuatro años los que necesitamos para que nuestros bebés sean autosuficientes.

La ausencia de algún tipo de química del amor se traduce en una disminución de la pasión e intimidad y la relación pende del hilo del compromiso. La pareja entra en un periodo crítico. En esta tercera etapa la relación puede convertirse en amistad (lo que conoce como «amor vacío») o que ambos sigan “enamorados” como el primer día (algo que bioquímica y neuronalmente no es posible. Entendámoslo como una forma de hablar). Según el investigador norteamericano Art Aron el 70% de las relaciones de se convierten en amistad mientras que el 12,5% de las parejas siguen enamoradas como el primer día.

 

1. ¿Cómo seguir enamorado como el primer día de tu pareja tras haber celebrado las bodas de plata?

 

 

Responder a esta pregunta supondría tener en nuestras manos el Santo Grial de las relaciones o el amor verdadero de las películas de Disney. Cuando los científicos hemos estudiado a las parejas que tras celebrar sus bodas de plata, oro o platino estan tan enamorados como el primer día, nos hemos encontrado a personas que destacan por su generosidad, hombres y mujeres muy sociables que tienden a ver la cara buena de las cosas y disfrutan compartiendo con los demás.

 

Neuroamor

Los seres humanos somos uno de los pocos seres vivos que ponemos patas arriba la casa buscando unas gafas que llevamos puestas, pagamos 6 meses de gimnasio de golpe o nos felicitamos el año hasta el mes de febrero. En este camino del neuroamor me he hecho muchas preguntas y encontrado respuestas. ¿Es posible tener una relación a distancia? ¿Afecta de igual manera una relación a 10.000 km al cerebro y a las hormonas? ¿Es el amor algo realmente universal? ¿Por qué los hombres se enamoran con más facilidad que las mujeres? o ¿Cómo es es que ver películas de amor con tu pareja reduce la tasa de divorcio?

 

 

Compartiré en breve estas y otras tonterías que se me pasan por la cabeza. Aprovechando las fechas me gustaría desearles a todos aquellos que aumentan sus dioptrias leyendo mis artículos (sólo a ellos): ¡Feliz año nuevo!

 

Bibliografía

Zak, P.J., et al., Testosterone Administration Decreases Generosity in the Ultimatum Game. PLOS ONE, 2009. 4(12): p. e8330.

de Boer, A., E.M. van Buel, and G.J. ter Horst, Love is more tha hust a kiss: a neurobiological perspective on love and affection. Neuroscience, 2012. 201: p. 114–124.

Yela, C., Temporal course of the basic components of love throughout relarionships. Psychology in Spain, 1998. 2(1 ): p. 76-86.

Kalmijn, M., Explaining cross-national differences in marriage, cohabitation, and divorce in Europe, 1990–2000. Population Studies, 2007. 61(3): p. 243-263.

Fisher, H., Lust, attraction, and attachment in mammalian reproduction. Hum Nat 1998. 9: p. 23–52.

Rial, A., Repensar el cerebro. Sin fronteras. Cátedra de divulgación científica. 2016, Velencia: Universidad de Valencia.

Mi cerebro se va de botellón

Fui de la generación del botellón para que negarlo. Si al mirar atrás ves un ir y venir de amigos, bancos, parkings, escaleras, parques, playas, de botellas de marca la pava, bolsas de hielo y vasos de plástico; e ahí la prueba.

Al pasar los 30 eso del botellón no está bien visto (ahora lo más apropiado es tomar Gin Tonic), aunque si te criaste en la época del botellón es normal que te den ganas de volver a beber en la calle cuando pides un Gin Tonic (al que quién sabe por qué le ponen kiwi flameado y especias) y te clavan 12 €. Esta situación, basada en hechos reales, me hizo reflexionar y me propuse escribir un artículo al respecto. Este es el resultado.

Con este artículo he quiero responder a algunas de las preguntas acerca del alcohol y el organismo que se han ido acumulando a lo largo de los años como por ejemplo: ¿Cómo afecta el alcohol a mi cerebro? ¿Por qué tenemos resaca? ¿Qué hace que con la edad las resacas sean monstruosas? ¿Cuál es el mejor kit de supervivencia para la resaca? ¿Por qué después de una borrachera épica a base de Martinis no puedo ni olerlo?

 

Resaca: una historia de amor

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Rebuscando entre artículos científicos acerca de los efectos del alcohol en el organismo, lo que menos te esperas es encontrar una apasionante historia de amor. Pero así fue. El alcohol (Romeo) y los receptores de glutamato (Julieta) sienten al encontrarse una atracción tan fuerte que cuando se ven por primera se produce un flechazo, y ambos se funden para siempre en un eterno abrazo. Como consecuencia de ello mis receptores de glutamato quedan inutilizados.

Aquí comienza el culebrón. Cuando el glutamato, quien está comprometido con el receptor de glutamato, se entera de la infidelidad se deprime y mucho. Resulta que el glutamato es importante porque se encarga de excitar las conexiones entre neuronas (las archiconocidas sinapsis), y como el glutamato no hace más que llorar y gastar Clinex, el funcionamiento de mi cerebro se resiente. Como cualquier pareja joven y apasionada, los receptores de glutamato y el alcohol tienen sus lugares favoritos. Les gusta proclamar su amor por el hipocampo (memoria), la amígdala (emociones) y el cuerpo estriado (movimiento y otros menesteres). ¡Esto me pasa por beber! ¿No? En parte sí, pero resulta que ocurre lo mismo cuando me como un buen chuletón (debido a la grasa animal) o media docena Cup Cakes (gracias a la bomba de azúcar).

Mientras tanto, el alcohol se va apoderando de mi cuerpo y lo altera. Uno de los más perjudicados es mi hígado dado que cambia su forma de funcionar (su metabolismo vaya), lo que se traduce en una escasez de azúcar en sangre.  Otro aspecto interesante (para sentirme como si me hubiera pasado un camión por encima) es que el alcohol es diurético y hace que me pase la noche yendo al baño como si no hubiera un mañana. El resultado: deshidratación.

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Al final la historia de amor acaba con un final trágico. En mi cerebro el alcohol entra repartiendo manporros a las neuronas al más puro estilo Bud Spencer. El alcohol es nuerotóxico y hace que un buen puñado de mis neuronas mueran. En una persona sana, las neuronas sólo mueren por un golpe fuerte en la cabeza o debido a tóxicos. Y aquí ni el kiwi, ni las especias, ni San Pancracio pueden hacer nada. De todos modos (mamá no te preocupes) en mi hipocampo nacen unas 700 neuronas cada día (y también en otras partes del cerebro).

¿Qué hace mi organismo con el alcohol? Su estrategia es convertir algo tóxico en algo inofensivo. ¿Cómo? En el hígado hay dos enzimas encargadas de convertir el alcohol (tóxico como el sólo) en un inofensivo acetato. Lo que ocurre es que cuando la concentración de alcohol es muy elevada (como ocurre con el whisky o la ginebra), nuestro hígado tiene más trabajo que el polígrafo de «Salvame» y no da a basto. En este contexto, nace el hijo del alcohol y los receptores de glutamato: la resaca.

 

Dormir la mona

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La mejor forma de eliminar toxinas es durmiendo porque es cuando viene la mujer de la limpieza. Mientras en mi organismo el sistema linfático se encarga de recoger la basura celular, en mi cerebro el tamaño de las células se reduce un 60% y se lanza un chorro de líquido cefalorraquideo para limpiar toxinas (sistema glinfático) que arrastra la porquería hasta el hígado donde finalmente pasan a mejor vida.

Esto es muy lógico. Imagina que los barrenderos salen a limpiar las calles con la manguera a las 9 de la mañana. La ciudad despierta, el tráfico es denso, tardan una hora mas en llegar al lugar. Luego empiezan a mojar a jóvenes que van a la escuela o ejecutivos, reciben quejas, y tardan dos horas más en hacer si trabajo. Esto no es eficiente. Y al organismo le obsesiona la eficiencia. En resumidas cuentas, la noche que decido irme de botellón es para mi cuerpo como para un pueblo sus fiestas patronales, y el hígado es el pringado que le toca hacer turno triple.

 

La resaca y la edad

A los 18 años comienza a confabular nuestra piel para tejer las primeras arrugas (la regeneración no da a basto). A partir de los 30 la tendencia de es a perder músculo y ganar grasa. Celebramos nuestro 40 cumpleaños produciendo menos saliva (nuestra pasta de dientes antibacterias natural) y los dientes se quedan en cueros, o a los 65 la voz cambia el tono debido a que se “aflojan” las tuercas de los tejidos blandos de la laringe. Vamos que con el tiempo en nuestro organismos van cambiando cosas.

 

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Aunque nos preparemos brebajes más caros o sofisticados, los estudios científicos muestran que con la edad tenemos más grasa (y menos líquido) por lo que estamos peor hidratados y nuestro hígado se hace más vago (en concreto la culpa es de las enzimas que se encargan de metabolizar el etanol). Vamos que el alcohol resulta más tóxico porque lo eliminamos peor y nuestros órganos se vuelven más sensibles a la toxicidad, lo que hace que al pasar los 30 el tiempo necesario para recuperarse de una resaca se alarga sin compasión (dos días no te los quita nadie).

 

Kit de supervivencia para la resaca

Dos cosas que te resultarán muy útiles para tus futuras salidas nocturnas. La primera es tener presente las bebidas alcohólicas que más resaca dan. De mayor a menor: coñac, vino tinto o calimocho, ron, whisky, vino blanco, gin tonic, vodka y cerveza. (Sí, estoy de acuerdo que antes de los nombres que le hemos puesto a los volcanes, deberían habernos enseñado esto en el colegio).

Con esto en mente, y una vez elegido el tóxico de la noche, propongo sin más dilación un kit de supervivencia para la resaca:

KIT DE SUPERVIVENCIA PARA LA RESACA


  • Antes y después dela juerga, un buen chute de carbohidratos.
  • Bebe toda el agua que puedas (si es entre copas mejor).
  • Duerme lo máximo posible.
  • Prohibido el café (es diurético y, aunque despierta, terminaría por deshidratar igual que el alcohol… malo).
  • Come fruta (peras, manzana un poco oxidada o naranja).
  • Si como yo has pasado los 30, plantéate tomar un sabroso Ibuprofeno antes o al levantarte.
  • Para la sensación de sentirse minúsculo o de que el mundo es una m**r*a… lo mejor son mimos.

 

También puedes no beber alcohol si no te apetece (en serio, te lo pasarás bien igualmente). 

 

¿Por qué no puedo oler el Martini?

Hace más de quince años me pillé una buena borrachera a base de Martini. Desde entonces, es oler el Martini y…. ¡Buuaahhhhhhgkas! ¿Cómo es posible que el olfato evoque ese recuerdo tan intensamente?

 

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Al servirme un Martini millones de moléculas se desprenden y algunas de ellas llegan a mi epitelio olfativo (en cristiano tejido olfativo). Allí le esperan alrededor de 15-20 millones de neuronas bañadas en moco que están conectadas al bulbo olfativo (como el escaparate de una perfumería). Lo interesante es que milésimas de segundo después, en su camino por el cerebro, la información del olfato relativa al Martini atraviesa las zonas que se encargan de mis emocionessentimientos (corteza insular y amígdala), lo que hace que aquello que huelo se vuelva emotivo y sentimental.

Los olores no son algo físico del alimento sino una experiencia mental. Lo mismo ocurre con todos los sentidos y también con la memoria. Este punto es clave para entender cómo un olor puede generar un estigma en mi memoria, y nada más encontrarse mi epitelio olfativo con moléculas de Martini, mi cerebro hace que sienta un asco que pa qué.

Gracias a Dios estamos genéticamente programados para tener comportamientos como este, así la estupidez que me llevó a tomar 6 vasos de Martini hace más de quince años, y pasar aquella resaca épica, no se volverá a repetir (al menos con Martini). ¡Salud!

 

Referencias

  • Bueno, D., Cerebroflexia: El arte de construir el cerebro. 2016, Barcelona, España: Plataforma editorial.
  • Meier, P. and H.K. Seitz, Age, alcohol metabolism and liver disease. Curr Opin Clin Nutr Metab Care, 2008. 11(1): p. 21-26.
  • Estupinyà, P., El ladrón de cerebros: Compartiendo el conocimiento científico de las mentes más brillantes. 2010, Barcelona, España: Debate.

Neurobiología de la honestidad I

 

Estamos en la cola para entrar al parque de atracciones cuando vemos un cartel que pone “niños hasta 12 años entrada reducida”. De repente nuestro hijo adolescente, el cual acaba de cumplir catorce años y luce más bigote que Super Mario Bros, resulta que tiene doce. Andamos un par de metros y nos encontramos de frente con otro cartel que indica sin ambigüedades que no podemos introducir en el recinto comida o bebida alguna. Sin embargo, nuestras mochilas contienen bocadillos, chips y refrescos suficientes como para montar un puesto de ultramarinos improvisado. Nos hacemos los locos.

Una vez dentro del recinto nos encontramos con un ex-compañero de trabajo. Ante el “¡Hombre! ¿Cómo estás? ¿Qué tal todo?” habitual, contestamos “¡Muy bien! La verdad es que no me puedo quejar”. ¿En serio? La noche anterior apenas pegamos ojo por la tensión y el dolor de espalda que nos genera la decisión de querer dejar el trabajo y, para colmo, el perro está enfermo. Pero estamos “¡Muy bien!”. Media hora más tarde, mientras nuestro “Super Mario” hace cola para subir al Tornado, nos suena el teléfono móvil. Rápidamente la pantalla nos informa que ha llegado a la bandeja de entrada un nuevo correo de trabajo dispuestos a amargarnos nuestro día libre con asunto “URGENTE”. Decidimos ignorarlo: “¡Si hombre!… ¡estoy de vacaciones!”. Cuando al día siguiente nuestro jefe nos llama por teléfono contestamos sorprendidos: “¿Correo? ¿Qué correo? Yo no he recibido ningún correo”.

¿Te imaginas cómo sería la vida de una persona, una sociedad o un planeta que miente cada 3 minutos? Este artículo recoge unas pocas pinceladas de la investigación que he llevado a cabo en los últimos meses. ¿Influye vivir la vida de forma deshonesta a nuestro organismo? ¿Qué efectos tiene a nivel neurológico y biológico un acto deshonesto? ¿Es posible cambiar nuestra forma de actuar desde un punto de vista neurobiológico? Comencemos.

 

Los seres humanos mentimos

Removiendo en el baúl de los estudios científicos encontramos un buen puñado de ellos que tratan de establecer el papel de la mentira en la vida diaria de las personas. Para hacernos una idea de por donde van los tiros seleccionaremos dos de ellos. La investigadora de la Virginia University Bella DePaulo llevó a cabo un experimento que concluyó con datos interesantes: en una semana cualquiera mentimos a un 35% de las personas con las que entablamos una conversación. En el caso del trabajo de Robert S. Feldman de la University of Massachusetts los datos revelaron que solemos mentir una vez cada 3 minutos de media.

 

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Dejando a un lado los números, la honestidad es un bien escaso. Los investigadores coinciden en que leemos menos de lo que presumimos, flirteamos más de lo que admitimos, exageramos los comentarios que nos hieren, compramos las cosas más caras de lo que reconocemos, fumamos más de lo que admitimos o hacemos menos ejercicio del que proclamamos. La mentira forma parte de nuestras vidas hasta tal punto que vemos el engaño como un mecanismo crucial para el adecuado funcionamiento de nuestra sociedad, llegando a desarrollar algoritmos capaces de detectar mentiras analizando la sintaxis de las oraciones (como en el caso del Dr. Ludwig y su equipo). En poco tiempo, éstos algoritmos busca mentiras podrán utilizarse con la misma naturalidad que el corrector ortográfico en el Word o en nuestro gestor de correo.

 

El cerebro honesto: de la mentira a la honestidad

Las neuroimágenes nos permiten observar qué ocurre dentro del cerebro de una persona cuando realiza una actividad concreta (por ejemplo cuando engaña o miente) sin necesidad de rebanarle el cráneo. La resonancia magnética funcional es una forma de entrar, echar un vistazo a la actividad cerebral (concretamente a los niveles de oxígeno en sangre que consumen las neuronas) y salir de puntillas. ¡Aquí no ha pasado nada! Aunque sabemos que no todas las personas emplean las mismas áreas cerebrales para llevar a cabo la misma acción, es común generalizar.

Pongámonos la bata blanca y adentrémonos en el Virginia Tech Carilion Research Institute americano para descubrir qué área del cerebro es crucial en la honestidad. En sus instalaciones, un grupo de científicos ha estudiado el cerebro de 7 pacientes con lesiones en la corteza prefrontal con ayuda de un dispositivo de resonancia magnética funcional, y han concluido que esta región juega un papel fundamental en la honestidad. Para situarnos, la corteza prefrontal corresponde a la zona que cubrirías con la mano si la pones sobre la frente. Bien, primer paso superado: parece que tenemos “localizada” a la honestidad.

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Ahora alquilemos un coche y conduzcamos hasta el estado de Pensilvania para visitar su universidad. Tras preguntar en conserjería por el doctor Langleben, llegamos al departamento de radiología y psiquiatría de la Universidad de Pensilvania. Entre los experimentos llevados a cabo por el grupo de investigación, nos centraremos en un estudio realizado en el 2002 el cual reveló algo increíble: antes de que la mentira se comunique a las demás personas se activa una alarma en una zona de la corteza prefrontal conocida como corteza cingulada anterior.

Aquí encontramos una paradoja. Todos pensamos que una mentira se forja cuando se expresa a los demás y que nunca existirá si no la llegamos a comunicar a otras personas. Por contra a esta idea, los trabajos realizados en los laboratorios apuntan a que para nuestro organismo las reglas son diferentes: no importa si se comunica o no. El cerebro humano dispone de un “detector de honestidad” situado en la corteza cingulada anterior que responde no a si mentimos o decimos la verdad a las personas que nos rodean, sino al simple hecho de ser honesto o no.

 

Biología y fisiología de la honestidad

Hemos descubierto que pensar en algo deshonesto hace saltar nuestro detector de honestidad. El siguiente paso sería determinar qué procesos biológicos y fisiológicos promueve nuestro detector cuando saltan las alarmas. La honestidad se comporta como un catalizador que hace al organismo adoptar una composición química característica a toda velocidad. Acerca de cómo se lleva a cabo este proceso, de cómo un pensamiento deshonesto puede convertirse en un cambio químico y deambular por nuestra sangre, ya hablamos con anterioridad en el artículo “Sentimos lo que pensamos”.

Para conocer a las estrellas del espectáculo no tenemos más que analizar una muestra de saliva o sangre de una persona que está siendo deshonesta; los focos se prenden ante el cortisol y la testosterona {Lee, 2015 #160}. Éstas hormonas se comportan como palomas mensajeras que promueven diferentes procesos fisiológicos que podemos medir. El cortisol es conocido como “la hormona del estrés”, y encontrar niveles elevados en sangre se asocia con un aumento de la presión en las arterias, la aceleración del corazón, agitación de la respiración o dilatación de las pupilas. La otra co-protagonista, la testosterona, es la “hormona masculina” por excelencia (aunque las mujeres también la producen en menor cantidad), y su función es disminuir, entre otras cosas, nuestra empatía con el mundo.

Ahora bien, que nadie se ponga apocalíptico. Nuestro organismo viene de serie con las herramientas necesarias para deshacer un acto deshonesto y restablecer el funcionamiento habitual del cuerpo. Una vez pasado el episodio deshonesto todo vuelve a la normalidad a no ser que encadenemos un acto deshonesto tras otro, ya que el cortisol y la testosterona se mantendrían permanentemente en el terreno de juego. Niveles elevados de éstas hormonas de forma “crónica” nos hacen firmes candidatos a padecer desajustes en la tiroides (una glándula con forma de mariposa que tenemos en el cuello e influye en las reacciones químicas que se dan en nuestro cuerpo), trastornos inflamatorios, diabetes o hipertensión arterial  

 

¿Es contagioso el engaño?

 

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Una mentira que queda en nuestra mente, sea o no proyectada al exterior, nos afecta tal y como descubrió doctor Langleben y sus colegas. Ahora bien, cuando la compartimos y la hacemos real se intensifica en nuestro organismo y contagia a las personas que están a nuestro alrededor. Del mismo modo que una persona que se encuentra a nuestro lado mientras nos encendemos un cigarrillo es un fumador pasivo, un observador que presencia cómo robamos o engañamos es una “víctima” pasiva de nuestra deshonestidad. Ten Brinde y su equipo de colaboradores demostraron que el organismo del observador se comporta como si él mismo estuviese cometiendo el acto deshonesto, viéndose afectados parámetros como la actividad eléctrica de la piel y el funcionamiento del sistema cardiovascular entre otros. Este mecanismo puede ser explicado mediante el funcionamiento de las neuronas espejos (motor de la empatía en los mamíferos) del que hablaremos a su debido tiempo.

Dando la vuelta a la tortilla descubrimos algo más que interesante: no sólo transmitimos a los demás el acto deshonesto, sino también los actos de honestidad. Cuando presenciamos acciones honestas nuestros niveles de cortisol y testosterona en sangre disminuyen, a la par que se establece un vínculo con el autor.

 


En el próximo artículo… 

Hasta aquí nuestra primera aproximación a la honestidad. En la segunda parte del artículo “La neurobiología de la honestidad” continuaremos con nuestras incursiones por laboratorios de todo el mundo con el fin de descubrir que ser honestos ralentiza el envejecimiento celular, mejora la salud y nos hace más longevos, que somos pésimos detectores de mentiras y que, en definitiva, la honestidad es un acto de empatía con uno mismo. Seguiremos desarmando de manera sencilla y asequible los entresijos del cerebro honesto, y avanzaremos hasta descubrir cómo podemos comenzar a ser honestos en el mundo que vivimos.


 

Referencias

  • DePaulo, B.M., et al., Lying in Everyday Life. J of Personality and Socual Psychilogy, 1996. 70(5): p. 979-995.
  • Ludwig, S., et al., Untangling a Web of Lies: Exploring Automated Detection of Deception in Computer-Mediated Communication (Journal of Management Information Systems, Forthcoming., 2016.
  • Zhu, L., et al., Damage to dorsolateral prefrontal cortex affects tradeoffs between honesty and self-interest. Nature Neuroscience 2014. 17: p. 1319–1321.
  • Langleben, D.D., et al., Brain activity during simulated deception: an event-related functional magnetic resonance study. Neuroimage, 2002. 15: p. 727–732.
  • Lee, J.J., et al., Hormones and ethics: understanding the biological basis of unethical conduct. J Exp Psychol Gen, 2015. 144(5): p. 891-897.
  • Bradley, M.T. and M.P. Janisse, Accuracy demonstrations, threat, and the detection of deception: cardiovascular, electrodermal, and pupillary measures. Psychophysiology, 1981. 18: p. 307–315.
  • Hermans, E.J., P.-. Putman, and J. van Honk, Testosterone administration reduces empathetic behavior: a facial mimicry study. Psychoneuroendocrinology, 2006. 31: p. 859–866.
  • Grundy, S.M., et al., Definition of metabolic syndrome: report of the National Heart, Lung, and Blood Institute/American Heart Association conference on scientific issues related to definition. Arterioscler Thromb Vasc Biol, 2004. 24: p. e13–e18.
  • ten Brinke, L., J.J. Lee, and D.R. Carney, The physiology of (dis)honesty: does it impact health? Current Opinion in Psychology, 2015. 6: p. 177-182.

Cuando los celos y la ira toman el control de la mente

En un post anterior ya hablamos de la mente como un sistema modular, pero vamos a intentar entender mejor qué es este sistema modular y como nos afecta, por ejemplo, cuando sentimos celos o ira. Como vimos, estos módulos tratan de tomar el control de la mente por un tiempo, hasta que otro módulo toma el control. Y esta forma de funcionar es lo que explicaría que nuestra mente pueda funcionar eficazmente sin que haya un “yo” que se encargue del control, del mando de los módulos.

Douglas Kenrick, psicólogo de la Universidad del Estado de Arizona y co-autor del libro “El animal racional”, plantea en él una visión modular de la mente, un modelo modular. Y el libro sostiene que cuando se trata de nuestro comportamiento social, estamos casi siempre bajo la influencia de estos módulos. Aunque no sólo Douglas sostiene este planteamiento. En la Facultad de Psicología de la UNED también se lo toman en serio. O por lo menos ciertas asignaturas ya plantean el funcionamiento de la mente bajo este sistema modular.

 

Los siete jinetes del Apocalipsis

Kendrick afirma que hay siete sub-modulos, y el sufijo “sub” no se refiere a que estén “por debajo” en la jerarquía de mando. Recientemente explicó que estos siete sub-módulos movilizan una gran cantidad de otros módulos más pequeños.

Los siete sub-módulos están al cargo, y no bajo el control de una especie de “presidente” que decida quién toma el mando en cada momento. De hecho, en inglés los llamó “subselves”.

Utilizando la metáfora de un gobierno, podría estar el secretario de estado, el secretario de guerra, de educación, etc. Y cada uno de estos sería un sub-módulo. Los siete sub-módulos son como los secretarios del gabinete.

Y esta formación nos hace plantearnos preguntas interesantes: ¿Cuáles son las siete posiciones en el gabinete? O lo que es lo mismo, ¿A cargo de qué están?. En segundo lugar, si no hay un presidente ¿qué determina qué modulo se encargar en un momento dado? Y en tercer lugar, ¿cuáles son exactamente los cambios en la disposición mental y del comportamiento que producen los diferentes módulos cuando están al mando?

 

1- ¿Cuáles son las siete posiciones del gabinete?

Kenrick es un psicólogo evolutivo, por lo que se acerca a esta pregunta desde ese punto de vista. Y dice que en el ámbito de la conducta social, hay siete principales tipos de desafíos que nuestros antepasados tenían que cumplir con el fin de trasladar sus genes a la siguiente generación.

Módulo de Autoprotección: Muy valioso desde el punto de vista de la selección natural. En otras palabras, es la capacidad de defenderse del daño que otros miembros de nuestra especie nos puedan causar.

Módulo de Atracción de una pareja: Si el objetivo del juego es trasladar los genes a la siguiente generación, sería de gran ayuda poder atraer una pareja.

Módulo de Retención de la pareja: Protección, compañía y más prole.

Módulo de Afiliación: De gran ayuda para poder asociarse con compañeros. Su función es hacer amistades y alianzas.

Módulo de cuidados familiares: Su función es ocuparse de otras personas con las que compartimos muchos genes.

Módulo de status: Sirve principalmente para demostrar al grupo que eres alguien de confianza.

Módulo de evitación de la enfermedad: Nos sirve para mantenernos alejados de personas que parecen ser portadores de gérmenes.

Esta idea es sólo un punto de vista posible de nuestra mente. Entre todos los defensores del sistema modular no hay un consenso claro de los sub-módulos que nos “gobiernan”, pero puede ser un buen punto de partida para entender cómo funcionamos

 

2- ¿Qué determina qué módulo estará a cargo en un momento dado?

La respuesta de Kenrick es más o menos la misma respuesta que se obtendría preguntando a la mayoría de investigadores de la visión modular de la mente. La idea básica es que un módulo es altamente activado por la información en el medio ambiente, y tenderá a ser dominante durante algún período de tiempo.

Si alguien se nos acerca con un machete en la mano gritándonos “te voy a matar”, es evidente que el módulo de autoprotección entrará en juego. Nos hará salir corriendo y pedir ayuda. Este es un ejemplo muy simple y evidente de cómo un módulo se activa y cómo controla nuestro comportamiento por un tiempo.

 

3- ¿Cómo cambia un módulo la disposición mental y el comportamiento?

Aquí empezamos a llegar a lo interesante. Y lo más interesante está en los cambios tan sutiles que apenas nos damos cuenta. Todo lo contrario al loco vecino del machete.

Kenrick hizo un experimento con algunos colaboradores cuyo objetivo (aparentemente) era cómo respondía la gente a la publicidad. Hicieron dos versiones de un anuncio para visitar un museo. Con dos slogans diferentes: “Recibe la visita de más de un millón de personas cada año”. Y la otra “Destaca frente la multitud”. Dos mensajes opuestos que podríamos pensar que atraen a personas diferentes. Pero el interés aquí es que no atraen a dos personas diferentes, sino a dos módulos diferentes.

Así que lo que investigaron es si las personas se sentían atraídas por un anuncio en función del módulo activo en ese momento. Y si al cambiar de módulo activo, cambiaría también su atracción al cartel opuesto. Lo que parece que ocurrió.

Lo que hicieron es activar a un grupo el módulo de Autoprotección, haciendo a ese grupo ver la película “El Resplandor”. Y a otro grupo les activaron el módulo de Atracción a una pareja, haciéndoles ver “Antes del amanecer”.

El resplandor

A continuación, vieron el anuncio. Y luego se les hicieron preguntas como, ¿le gustaría visitar este museo? Y resultó que las personas que habían visto la película de miedo estaban más inclinados a visitar el museo cuando vieron el anuncio de “Recibe la visita de más de un millón de personas cada año”. Está claro que si Jach Nicholson te persigue con un hacha, prefieres estar rodeado de mucha gente.

Sin embargo, la gente que había visto la película romántica quiso ir al museo después de ver el slogan “Destacan entre la multitud”, lo que podría deberse a que cuando estamos en el modo de cortejo, tratamos de distinguirnos de otras personas. También podría deberse a que cuando estamos en el modo de cortejo, en el modo de atraer a una pareja, estamos buscando un ambiente íntimo para estar a solas con la persona.

Pero en cualquier caso, lo que es interesante aquí es que se podría pensar que hay una personalidad fija en la persona. Y que actuaría más o menos de forma constante. Y que un publicista haría dos tipos de anuncios para atraer a dos tipos de personas diferentes. Pero resulta que en realidad esto no es así.

Cada anuncio puede apelar a la misma persona, en un momento diferente. Dominada por un módulo diferente.

 

Otro experimento

Hay otro experimento interesante sobre algo que también cabría esperar que permanece bastante constante en las personas. Y que en realidad no es así. Se trata de lo que los economistas llaman futura tasa de descuento.

Se refiere a nuestra disposición a renunciar a una recompensa en el corto plazo, para obtener una mayor recompensa en el futuro. Así que si te digo, mira, puedes tener 10€ ahora, o puedes tener 15€ en un mes, ¿qué prefieres?

¿Cómo respondes a esta pregunta, y otras cuestiones por el estilo, determina cuál es tu tasa de descuento temporal. Y los economistas siempre han dicho que es algo atemporal. Que cada persona tiene una diferente tasa de descuento temporal. Que es algo constante, y que respondemos lo mismo ahora que dentro de una semana.

Pues bien, resulta que no es el caso, y lo sabemos por un experimento llevado a cabo por Margo Wilson, quien fue una figura muy importante en la psicología evolutiva y falleció hace unos años. Hizo el experimento junto con su colaborador Martin Daly. Y lo que hicieron es trabajar con hombres y mostrarles imágenes de mujeres que habían sido juzgadas como atractivas en una web donde los hombres clasifican a las mujeres como calientes o no calientes.

También les mostraron imágenes de otras cosas, ya sean mujeres que no habían sido juzgadas como atractivas o fotos de hombres o de coches. Y resultó que cuando los hombres habían visto las fotos de las mujeres atractivas, aunque antes hubieran decido esperar un mes para conseguir más dinero, ahora querían su dinero ya.

La explicación evolutiva de sentido común es que cuando se activa el módulo de Atracción de una pareja, cuando se está en modo de cortejo, queremos tener todos los recursos posibles ante la mujer en cuestión.

Lo interesante es que esta no es una estrategia orquestada a nivel consciente. Ya que eran mujeres “no reales”, a las que nunca iban a conocer en realidad.

Eso no tiene ningún sentido, ¿verdad?

 

Tercer experimento

Este es otro experimento en el que una características que se podría pensar constante en la mente de una persona resultó cambiar en respuesta a la activación del módulo Atraer a una pareja.

Atraer pareja

Los psicólogos tomaron varios varones estudiantes de secundaria. Tenían que hacer una encuesta sobre sus aspiraciones profesionales. Se les separaba en distintas habitaciones. En unas sólo había chicos, y en otras había chicos y chicas de la misma edad. Resultó que en las salas donde había también chicas, los chicos eran bastante más propensos a tener aspiraciones de carrear más ambiciosas. Y en concreto, a tener más ingresos. Por lo que la cantidad de dinero era una meta importante asociada a las aspiraciones cuando había mujeres presentes. O lo que es lo mismo, cuando el módulo Atraer a una pareja estaba activo.

Lo curioso de este experimento es que los chicos actuaban como si estuvieran haciendo auto-publicidad ante las chicas, pero ellas no podían ver sus respuestas, ya que se hacían mediante encuestas escritas. Y al repetir las encuestas semanas después, sin ellas presentes, sus respuestas no fueron tan ambiciosas. Quizá porque en ese momento había otro módulo dirigiendo la maquinaria.

Además, dado que estos chicos no iban a hablar con ellas después del experimento, no parece que hubiera una orquestación consciente de las respuestas. Una estrategia consciente para atraerlas.

De lo que se concluye que no hay una decisión consciente para marcar el comiendo de un módulo en particular, y sin embargo sucede.

En los tres experimentos, hemos visto cómo características que se podrían pensar estables en una persona, como la tasa de descuento o las aspiraciones profesionales, resultan cambiar según el módulo activo en cada momento. Y además, sabemos que no hay una decisión consciente en dichos cambios.

Aún así, mucha gente podría decir que estos cambios se podrían dar por el estado de ánimo, por estar en un momento romántico, por el ambiente… Aún así, la mayoría de los investigadores afirman que no es posible que el ambiente, o nuestro estado de ánimo, sean los únicos desencadenantes de nuestra acciones en un momento dado.

Además, se han hecho diferentes “sub-experimentos” para comprobar los distintos módulos. Por ejemplo, en el primero, el de la película de miedo, también lo repitieron mostrando fotografías de caras de personas de una etnia diferente. Primero se mostraban las caras, que fueron juzgadas como neutras en la mayoría de los casos. Y después de ver una película de miedo, en este caso El silencio de los corderos, fueron juzgadas como amenazantes y más enojadas. Las mismas personas juzgaron la misma cara de formas distintas en cuestión de horas. Lo que se puede asociar a un cambio de módulo. Y también se puede deducir que los distintos módulos cambian nuestra forma de percibir.

Hay que decir, sobre todo, que estamos hablando de experimentos estadísticas, con lo que es una forma de simplificar mucho la realidad. Se sigue investigando este modelo modular de la mente, y seguro que pronto conoceremos más de él.

 

¿Cómo funcionan los módulos?

Es interesante, además, conocer cómo funcionan. Hay algunos módulos que funcionan independientemente de otros. Como el de Autoprotección. Otros, en cambio, pueden funcionar en combinación de un segundo módulo. Como es el caso del módulo de Status. Doug Kenrick afirma que este módulo se activa en el contexto de otros módulos, por ejemplo, el de Atracción de una pareja, o el de Afiliación. En estos contextos se activaría para impresionar a otras personas que queremos que se conviertan en amigos o en pareja.

Si pensamos en los efectos de los módulos, nos encontramos con una paradoja. Podríamos pensar que el módulo de Afiliación se trataría de la amistad. De darnos palmaditas en la espalda, decirnos cosas agradables, etc. Pero un psicólogo evolucionista podría argumentar que en realidad una de las herramientas empleadas en el proceso de regulación de la amistad es la emoción de la ira. Con lo que la ira estaría asociada al módulo de Afiliación.

Según la investigadora Leda Cosmides, pionera en la psicología evolutiva, la visión modular de la mente realmente tiene sentido desde un punto de vista evolutivo. Ella está investigando con Aaron Sell sobre esto y han visto que un periodo de ira se activa cuando alguien te hace darte cuenta de que están poniendo poco peso en tu bienestar, o en algo a lo que tu crees tener derecho.

En función del tipo de relación que tengamos con la persona, cuando esa ira se activa, ciertas cosas van a suceder. Porque si la ira está diseñada para la negociación interpersonal, para tratar de conseguir que la otra persona ponga más peso en nuestro bienestar, entonces tenemos motivaciones suficientes para comunicar esto que es importante para nosotros. Dentro de nuestra cabeza se despertarán pensamientos como “¿Cómo pudiste hacerme esto?”, “Yo no me merezco esto”, “Yo siempre me he portado bien contigo”…

Pero el módulo de Ira no sólo se activa en estos contextos. Las personas nos enojamos con nuestros compañeros, con nuestras parejas (Afiliación)… y esto tiene sentido. Los términos de una relación pueden ser renegociados de vez en cuando. Este módulo no se activa sólo cuando le compramos un ramo de rosas a nuestra pareja o le damos un masaje en los pies.

 

Los celos

Otro ejemplo complejo serían los celos. Desde un punto de vista psicológico evolutivo los celos son funcionales. Leda Cosmedis afirma que han evolucionado programas de ordenador que explican como se cierran determinados mecanismos y se activan otros de forma coordinada para ayudarnos a resolver un problema de adaptación particular. Y un ejemplo serían los celos. De repente, empezamos a prestar atención a cosas en las que antes no pensábamos. Si sospechamos que nuestra mujer está liada con el vecino, empezaremos a sospechar cada vez que perdamos de vista a nuestra mujer y a nuestro vecino.

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Se activará la alarma cada vez que se de una ausencia simultánea. Cada vez que no estén ambos aquí al mismo tiempo. Y es curioso, porque de repente estaremos pendientes de la ausencia simultánea, cuando es algo a lo que nunca antes prestábamos atención. La mayoría de las personas están ausentes en este momento, y eso no nos importa.

Además, nuestra atención se va a centrar en cosas diferentes. Nuestra memoria episódica va a recuperar episodios del pesado. “¿Por qué ese día se puso ese vestido? Cuando nunca lo hace. Pero ese día él estaba allí…”. Se empieza a dar una reevaluación de los episodios del pasado. De este modo cambian las inferencias acerca de lo que significa el comportamiento de las personas. Y se activa el módulo de Vigilancia, para hacer un seguimiento de dónde está mi mujer, qué está haciendo y con quién está hablando.

El problema con el que nos encontramos es que es difícil hacer determinadas tareas cuando unos módulos o sub-módulos están activos. Es muy difícil estudiar para un examen de estadística cuando el sistema de celos sexuales está activo.

¿Y esto por qué ocurre? Cuando se activa un módulo particular, también se activa el modo de procesamiento de la información de ese módulo en particular. Empezamos a tratar de la información de una forma particular. Y en este caso, el modo de vigilancia puede no ser el adecuado para estudiar estadística.

Desde un punto de vista adaptativo esto tiene sentido. Ya que este estado emocional se centra en solucionar un problema adaptativo (retener a nuestra pareja). Y parte de la solución pasa por desactivar otros problemas de adaptación para centrarnos en el que nos parece más relevante. O más bien en el problema que nuestro instinto evolutivo considera más relevante.

 

Complejidad mental a la carta

Por lo tanto, si sumamos todos los elementos nos encontramos con algo muy complejo. Ya que continuamente estamos activando y desactivando mecanismos diseñados para resolver distintos problemas adaptativos. La mente humana es muy compleja. Y cualquier modelo que trate de explicar su funcionamiento, como el modelo modular de la mente, también será muy complejo.

Podemos pensar que el sistema modular es correcto. O podemos preferir pensar en términos de sistemas o modos. O en términos de estados de ánimo y emociones. Todo es correcto, porque todavía queda mucho por investigar.

Pero lo más interesante es que estamos viendo que se dan cambios muy significativos en nuestros estados de ánimo y en nuestra disposición de comportamiento, sin nuestra elección consciente. Como en el caso de la ira, o los celos, donde pocas veces toman el control con nuestra elección consciente.

La buena noticia es que probablemente cada vez seamos más conscientes de estos cambios. Las personas que tenían que elegir un slogan publicitario después de ver una película romántica, no eran conscientes del cambio sutil que se produjo en su mente. No eran conscientes de que se produjo un cambio de módulo. Y probablemente no eran conscientes del cambio en la disposición de la realidad que había sucedido. Lo mismo que tampoco somos muy conscientes de cuando se produce un cambio en nuestro estado de ánimo.

Pero pensando en la evolución de nuestro cerebro, la selección natural ha evolucionado para conseguir que nuestros genes pasen a las siguiente generación. Pero hay otras razones más específicas.

Acumulamos “conocimiento” sobre cómo ser mejores parejas, como cuidar mejor a nuestros hijos… y cómo hacerlo mejor que la media, para pasar a la siguiente generación. Y esas “áreas funcionales”, que se activan de forma inconsciente para nosotros, son lo que los investigadores llaman “módulos”.

 

El “yo” en la visión modular de la mente y en el budismo

Cuando los investigadores son escépticos en cuanto a la idea de un “yo”, se acercan mucho a la idea que Buda tenía del “self”. En uso de sus discursos, afirmaba que no hay un “self” coherente que persiste en el tiempo. En la mente humana afirmaba que reina la impermanencia.

Lo mismo que afirma la visión modular de la mente. Que afirma que hay un conjunto de módulos que dirigen el espectáculo, sin la existencia de un único yo coherente.

Otro tema interesante del que hablaba Buda era el control de nuestra mente. Él afirmaba que no tenemos un control consciente de lo que pasa por nuestra cabeza. Y si crees que lo tienes, estás equivocado.

La visión modular de la mente también podría explicar este fenómeno. Ya que afirma que el estado de nuestra mente en un momento dado no es el resultado de una decisión consciente. Más bien es el resultado de cómo entra en nuestra mente la información proveniente de nuestro ambiente. Y a un nivel no consciente, desencadena la activación de uno u otro módulo.

Y tu… ¿crees que controlas tu mente?

Y aquí os dejo una charla interesante de TED sobre la identidad de uno mismo:

 

Fuentes:

Sentimos lo que pensamos: bofetadas electroquímicas, limones ácidos y emoticonos

El cerebro y la neurociencia han vendido millones de libros e incluso se han entrometido con descaro en conversaciones de cafetería. Ya no sólo nos interesa a los científicos; los presentadores de los telediarios y la gente normal se animan a hablar de redes neuronales que se activan y desactivan, de brazos robóticos controlados por la mente, de hormonas, neuropéptidos, emociones, pensamientos, de amor o de Alzheimer. El cerebro está de moda y nuestra sociedad se está convirtiendo en neurocentrista. Nos sobran los motivos para tirar del hilo que asoma (en realidad en este caso vamos a tirar de la neurona que asoma), y vamos a hacerlo sin miedo para ver hasta donde nos lleva. Are you ready?

 

Neuronas en un universo con forma de coliflor

Nuestro cerebro está repleto de células que denominamos neuronas, las cuales están conectadas unas con otras formando largas redes por todo el cuerpo, capaces de conducir mensajes en forma electroquímica. Es como una enorme red de carreteras microscópicas, con sus tramos de autopistas, autovías, carreteras nacionales y vías urbanas. Si conducimos nuestro automóvil por este universo con forma de coliflor… ¿Nos resultará más fácil desplazarnos en una ciudad repleta de posibilidades y conexiones o en un desierto que apenas cuenta con carreteras? Evidentemente nos será más cómodo desplazarnos si disponemos de gran cantidad de conexiones. Esta idea es extrapolable al cerebro humano.

 

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Diferentes redes neuronales se activan cuando tomamos un café, vemos por la tele al presentador del telediario o escuchamos música. Al conducir mensajes electroquímicos, aumenta el consumo de oxígeno y nutrientes por parte de las neuronas que transmiten la información, de la misma forma que un coche que circula por una carretera consume gasolina. Si esto ocurre, algo que podemos ver mediante pruebas de neuroimagen, entonces decimos que están activas. Ahora bien, las neuronas no se encuentran encerradas en el cráneo, sino que el cerebro se desparrama por todo el organismo hasta llegar a las puntas de los pies. A todo el conjunto de neuronas desperdigadas por nuestro cuerpo lo llamamos sistema nervioso.

 

Acerca de cómo se activan las neuronas: bofetadas o limones

Observando el cerebro con dispositivos de imagen médica en diferentes situaciones, hemos aprendido que nuestras neuronas se pueden activar de dos formas: recibiendo información del exterior por medio de los sensores corporales o mediante un pensamiento. También podríamos hacer el famoso experimento de Galvani, tan desgastado por los laboratorio en las High School de las películas americanas, donde los alumnos hacen bailar las ancas de rana inyectando electricidad con un generador en el sistema nervioso del animal. Lo que ocurre es que los grupos musculares del anfibio (o lo que queda de él) confunden las señales eléctricas del generador con las que habitualmente envía el cerebro para decir: “¡adelante!”.

Centrémonos en primer lugar en cómo se activan las neuronas al recibir información del exterior. Por si sólo, nuestro cerebro lo tiene realmente crudo: es ciego, sordo y mudo (aunque no “torpe, traste o testarudo”). Él únicamente puede manejar señales eléctricas por lo que no se entera de nada de lo que ocurre a nuestro alrededor. Puede estar lloviendo a cántaros o tocando una banda de mariachis a escasos metros, que él ni siente ni padece. Necesita de “algo” que le cuente qué está pasando ahí fuera, es decir, que traduzca esas señales físicas ambientales a un lenguaje bioeléctrico que él pueda entender. Ese “algo”, esos traductores, son los sentidos.

Veamos que ocurre cuando nos dan una bofetada. La mano de alguien, al que seguramente no le caemos muy bien, nos golpea la mejilla y hace tambalear nuestras células (nocirreceptores). El dolor que sentimos es proporcional a la presión ejercida por la mano sobre nuestra mejilla, y describir lo que ha ocurrido, de la forma más fielmente posible, es en definitiva la tarea del tacto (a no ser que tengamos un trastorno genético como la analgesia congénita que nos impida sentir dolor). Así que el tacto está atento a la contracción mecánica de los tejidos de la mejilla para generar una señal eléctrica que viaje al cerebro con la información tanto de la presión (se ha pasado tres pueblos) como de la localización (en la mejilla derecha). Lo que acabamos de explicar a poca gente le impresiona, algún que otro cachete nos hemos llevado, aunque algunas personas se incomodan al descubrir que el dolor no se siente realmente en la mejilla sino en el cerebro.

La segunda forma de generar actividad neuronal, aunque la usamos miles de veces al día, todavía sorprende a más de uno: el pensamiento. Pensamos en un limonero, en sus verdes hojas y sus frutos amarillos. Nos acercamos a él y elegimos un limón. Buscamos el más rugoso, el más ácido, y comenzamos a girarlo sobre sí mismo hasta desprenderlo del árbol mientras nos invade un olor a campo. Cortamos con un cuchillo el limón por la mitad y nos llevamos lentamente a la boca, para apretarlo y sentir como derrama su ácido jugo sobre nuestro paladar. Tiene el balance perfecto entre acidez y dulzura. Automáticamente nos ponemos a salivar. ¡Y ni siquiera hemos visto el limón! La neurociencia lleva décadas gritando a los cuatro vientos que pensar es algo así como una “bofetada electroquímica”. Lo que acabamos de experimentar es que un pensamiento u acción (para el cerebro son muy similares) lleva asociado una firma fisiológica única que es el resultado de una actividad neuronal, endocrina y bioquímica.

 

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Sentir lo que pensamos

El cerebro es un bigotudo pintor realista. Entre sus herramientas de trabajo encontramos unos tubos de pintura, los pigmentos o colores, el caballete y el lienzo. Los inagotables tubos representan a las glándulas (un conjunto de células que fabrican sustancias químicas) y su contenido, los pigmentos o colores, a las diferentes hormonas (la sustancia química que fabrican las glándulas). El caballete sería el sistema circulatorio, mientras que el lienzo simboliza al torrente sanguíneo. Con todo este material de primera, un buen pintor puede ponerse manos a la obra para trabajar la mezcla de colores hasta obtener el tono perfecto que retrate lo más fielmente posible la realidad. De forma análoga, el cerebro secreta mediante diferentes glándulas la cantidad exacta de hormonas o neurotransmisores con el fin de generar una composición química que represente lo más fiel posible a la señal eléctrica enviada por el sistema nervioso. ¿Y para qué sirve todo esto?

 

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El torrente sanguíneo es el medio perfecto para repartir estos mensajeros químicos (las hormonas) por todo el organismo, y llegar así a cada una de las células. Es interesante darse cuenta de que si los mensajes hubiesen mantenido su forma eléctrica, la gran mayoría de las células ni se hubieran enterado. Al igual que el cerebro sólo entiende los impulsos eléctricos, a las células les encantan los químicos. El objetivo es que estos mensajes alcancen a toda las células del organismo, por lo que adoptar una apariencia química es lo más conveniente. En realidad, si reflexionamos fugazmente, todo este tinglado está bastante bien montado. Las señales eléctricas viajan por las neuronas a una velocidad superior a 400 kilómetros por hora (más que un Ferrari de fórmula uno), mientras que un señal química está limitada a la velocidad del flujo sanguíneo (unos 0,036 kilómetros por hora). Una vez la hormona mensajera se encuentra repartida por todo el organismo lo más rápidamente posible, debemos saber que cada tipo de célula tiene unos receptores específicos, lo que significa que sólo reaccionarán ante un tipo de hormonas concretas y no ante cualquiera. Así comienza un baile de hormonas y células, una cascada de cambios químicos en el organismo los cuales solemos llamar emociones.

A fin de cuentas, o una bofetada hace tambalear nuestros nocirreceptores de la mejilla para generar una señal eléctrica y activar nuestras redes neuronales, o bien estas redes se activan a través de un pensamiento. Ambos caminos terminan invitando a bailar a nuestras células con la ayuda de hormonas mensajeras dando como resultado reacciones químicas a las que llamamos emociones. En el día a día de una persona que vive en una sociedad occidental, la cual permanece de 8 a 10 horas sentada en una silla frente a un ordenador (y el resto casi con el móvil), nos pasamos la mayor parte del día dándole al “coco”. Cada vez que le damos al “coco” se activan unas redes neuronales concretas debido a aquello que pensamos, y se inicia un proceso que imprime en el organismo la emoción correspondiente.

 

Emoticonos: generando el modelo de realidad

La ciencia habla de las cosas que ocurren en nuestra vida utilizando representaciones de la realidad o modelos. Cada modelo se aproxima más o menos a lo que ocurre, y es ahí donde hablamos de “precisión”. Por ejemplo, Newton utilizó un modelo para hablar de la gravedad, que consistía en relacionar la fuerza, la masa y la aceleración. Luego vino Einstein, con su relatividad, e ideó un modelo más preciso que el de Newton (a la par que más complejo). ¿Eso quiere decir que el modelo que el científico empleó para explicar la caída de la manzana era erróneo? No, simplemente su modelo no era tan preciso. De hecho, si todo va bien, no es de extrañar que consigamos un modelo para la gravedad más preciso que el de Einstein en años venideros.

Volvamos a mirar dentro de nuestro cerebro con esta idea de “modelo” bajo la manga. Hemos descubierto a un bigotudo pintor realista que habita dentro del cráneo obsesionado por retratar en la sangre aquello que pensamos mediante cambios bioquímicos (nuestras queridas emociones). ¿Y para qué todo esto? ¿Qué mosca le ha picado al cerebro con convertir nuestros pensamientos en emociones? La respuesta es simple: el cerebro es un generador automático de modelos.

 

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Imaginemos una cinta automática de supermercado que transporta aquello que captan nuestros sentidos. En ella encontramos un mejunje de receptores externos (informándonos de aquello que vemos, oímos, saboreamos, olemos o sentimos), pero también internos. Estos sensores internos menos conocidos dan parte al cerebro de los cambios químicos o térmicos del medio donde chapotean nuestras células (el medio interno) y, por lo tanto, nos informan de nuestras emociones. Totum revolutum, la cajera de supermercado (ahora el cerebro es una empleada de supermercado y la cinta transportadora el sistema nervioso) va codificando con el lector infrarrojo cada información proveniente de estos receptores. Con todo esto, el cerebro genera un modelo de la realidad que es lo que cada uno percibimos en nuestro día a día.

Al revisar el ticket de compra nos daremos cuenta en seguida de que hemos pasado por alto alguno de los artículos que conforman nuestra realidad: entre ellos encontramos la memoria. Aunque hablaremos de ello en su momento, es tan importante para nosotros que debemos tener presente que el cerebro genera el modelo de realidad utilizando la memoria (nuestra experiencia) como un sentido más. Ahora si. Esta reconstrucción cerebral de la realidad, este modelo, es a lo que nosotros llamamos David, María o Francisco: un espacio donde podemos sentir las emociones (los cambios bioquímicos) que generan nuestros pensamientos, las bofetadas, y que nos convierten en emoticonos andantes.

 

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Cómo aplicar la ciencia a nuestro día a día 

Nos den una bofetada o pensemos en un limón ácido, esa actividad neuronal irá a parar al torrente sanguíneo para generar un cambio químico al que llamaremos emoción. Luego nuestro cerebro reconstruirá un modelo de realidad (con ayuda de la memoria) para que, en definitiva, sintamos. Esto quiere decir, sin tapujos, que el hecho de que nos suden las manos, se apelotonen los latidos de nuestro corazón, se agite la respiración o que la tensión arterial esté por las nubes, la mayor parte del tiempo no ocurre debido a la situación que estamos viviendo, sino por lo que pensamos acerca de ella.

Nos pasamos la vida exprimiendo limones imaginarios. Al estudiar el organismo, la ciencia nos está queriendo decir que aquello que sentimos, en la mayor parte de ocasiones, proviene de lo que estamos pensando. Ahora bien, siempre que sea posible, no tiene sentido adoptar una postura de «lo que diga la ciencia va a misa» cuando disponemos de un organismo para poder experimentarlo de primera manto. Esta es una invitación formal a hacerlo. Enseguida os daréis cuenta de que existen multitud de ejemplos. Una madre teme que a su hijo le haya pasado algo y comienza a agitarse, sudar o temblar debido a que siente los efectos de pensar “mi hijo ha sufrido un accidente”. Un hombre que cree que su mujer le ha sido infiel porque no se encuentra en casa (cuando en realidad ha ido a comprarle un regalo por un aniversario de pareja que él ni recordaba), siente tensión fruto del pensamiento “ya sabía yo que tenía a otro”. Un viajero que teme volar en avión se siente angustiado o nervioso porque piensa “voy a sufrir un accidente de avión”.

En cualquier caso, nadie ha sufrido un accidente, nadie se ha acostado con nadie o ningún avión ha realizado un aterrizaje de emergencia. Somos emoticonos que, a lo sumo, hemos ido a un limonero imaginario, el más ácido del lugar, hemos seleccionado un limón tocando la porosidad de su piel mientras respirábamos el aroma a campo. Lo hemos partido mientras su jugo recorre nuestras manos, hemos levantado el limón nuevamente y exprimido el jugo del cítrico en nuestra boca.  Ummm… ácido, muy ácido… ¡Buen provecho!

 

Viento en popa a toda vela

Como primera aproximación al mundo que os he presentado hoy, donde la ciencia es nuestra maestra, no está nada mal: nos vamos con un sorprendente “sentimos lo que pensamos”. Ahora bien, son muchas las preguntas que han saltado a la palestra a lo largo de mis investigaciones y, aunque hoy las dejemos volar libremente por los aires, os hablaré de ellas en breve. ¿Por qué a veces sentimos emociones y no encontramos ni rastro del pensamiento generador? ¿Cómo componemos la realidad? ¿Qué pasa con los genes? ¿Existe alguna relación entre la autorregulación corporal y las emociones? ¿Qué papel juegan en el organismo, en las emociones o en aquello que sentimos los microbios? ¿Es el amor una sensación? ¿Necesitamos realmente proyectar un futuro? ¿Donde queda el pasado y la memoria? ¿Qué es el miedo? ¿Qué es la honestidad y para qué sirve? ¿Puede un ser humano vivir con un 5% de su masa cerebral? ¿Por qué enfermamos?

El corazón: un cerebro con conciencia cuántica

¿Por qué el corazón es el primer órgano que se forma en un feto? ¿Cómo es posible que cuando tenemos recuerdos repentinos de algo doloroso sentimos un pinchazo en el corazón? ¿Por qué el corazón puede vivir sin cerebro pero el cerebro no puede vivir sin corazón? ¿Qué es eso de tener una corazanada?

Desde hace siglos, y más a raíz de la influencia en Occidente del dualismo cartesiano , se ha sobrevalorado la idea del cerebro como el «gobernante» que dirige y coordina el resto de órganos del cuerpo. Mientras al corazón se le ha dado un papel secundario, incluso en muchos casos peyorativo, por se el «causante» del mal de amores y pulsiones «irracionales».

A pesar de ello, en muchas culturas milenarias así como en el inconsciente colectivo (y también en el refranero) la metáfora del corazón como una fuente de sabiduría ha estado y está hoy vigente.

Pues bien, gracias a los cada vez más veloces avances en el campo de la Neurocardiología, se ha demostrado que el corazón no sólo no es una simple «bomba» mecánica, sino que además tiene un sistema nervioso intrínsico (SNI) altamente complejo compuesto por más de 40.000 neruronas e interneuronas cuyo circuito permite cualificarlo y calificarlo como un cerebro.

Lo más interesante de esto es que esas interneuronas altamente sensitivas que se comunican entre sí , son capaces de sentir, percibir, aprender, memorizar y tomar decisiones con independencia del cerebro.  De ahí cobra sentido la intuitiva frase de Blaise Pascal:

«El corazón tiene razones que la razón no entiende.»

 

corazón roto

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Comunicación Cerebro cabeza- Cerebro Corazón

¿Y cómo se produce la comunicación entre ambos? Según expone la autora del libro «Maestro del corazón» Annie Marquier, matemática y experta en el tema , afirma que esta comunicación se llevaría a cabo en cuatro niveles:

  • Comunicación neurológica mediante la transmisión de impulsos nerviosos. El corazón envía más información al cerebro de la que recibe, es el único órgano del cuerpo con esa propiedad, y puede inhibir o activar determinadas partes del cerebro según las circunstancias. Esto puede influir definitivamente en nuestra percepción de la realidad y por tanto en nuestras reacciones y respuestas.
  • Información bioquímica mediante hormonas y neurotransmisores. Es el corazón el que produce la hormona ANF,»la hormona del equilibrio u homeostasis». Es decir, es la que inhibe la producción de la hormona del estrés y la encargada de producir y liberar la oxitocina (la hormona del amor).
  • Comunicación biofísica mediante ondas de presión. Parece ser que a través del ritmo cardiaco y sus variaciones, el corazón envía mensajes al cerebro y al resto de las células del cuerpo. Esta variabilidad de la frencuencia es lo que se conoce como coherencia cardiaca y está directamente relacionado con las emociones positivas (aumento de la armonía rítmica y del equilibrio del SNA) y también con las emociones negativas (desorden,  incoherencia en el rimo cardiaco y desequilibrio del SNA).
  • La comunicación energética: el campo electromagnético del corazón es el más potente de todos los órganos del cuerpo, 5.000 veces más intenso que el del cerebro. Y se ha observado que cambia en función del estado emocional. Cuando tenemos miedo, frustración o estrés se vuelve caótico. Cuando te sientes en paz o sientes amor la frecuencia cardiaca se armoniaza y la vibración aumenta también. Además esa info-energía contenida en nuestro corazón no sólo es enviada al cerebro y al resto de las células del cuerpo, sino que se expande por nuestra ratio alrededor del cuerpo -hasta 4 metros-, siendo esa información recibida, interpretada y sincronizada con los campos electromagnéticos de los organismos cercanos.
conexión corazón

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En esta línea el Instituto HeartMath  afirma que el corazón late en un campo electromagnético más grande producido en el cuerpo , los latidos pueden llegar hasta otros corazones y entablar una especie de comunicación. Investigadores de este Instituto afirman:

«La mayoría de la gente piensa en la comunicación social únicamente en términos de señales manifiestas expresadas a través del lenguaje, la voz, gestos, expresiones faciales y movimientos corporales. Sin embargo, ahora existe evidencia de que existe un sutil pero influyente sistema electromagnético o sistema de comunicación “energético” y la hipótesis de que probablemente este campo contribuya a la atracción o repulsión “magnética” entre individuos».

En torno a esto hay además nuevos datos que sugieren que el campo electromagnético del corazón está directamente relacionado con la percepción intuitiva, a través de un acoplamiento con un campo energético de información en sintonía con el campo cuántico, que muestra que el corazón recibe información antes que el cerebro, incluso antes de que el evento suceda.

De ahí la razón de usar frases como tengo una corazonada o escucha a tu corazón.

Comunicación no local y memoria celular

Una cosa a saber sobre el campo electromagnético es que se ha demostrado científicamente que cada órgano y célula de su cuerpo generan un campo de energía.

Puesto que el corazón genera el campo electromagnético más fuerte, la información almacenada en su campo electromagnético afecta a cada órgano y célula de su cuerpo.

El ya fallecido neurópsicólogo Paul Pearsall, investigador  pionero en el estudio sobre los receptores de trasplantes cardíacos que reciben los recuerdos de su donante, afirmaba al respecto:

«las células tienen memoria y el corazón carga una información electromagnética (info energía) que nos conecta con los demás seres humanos y con el mundo que nos rodea. «

De cierta manera, su teoría explica por qué muchos transplantados empiezan a manifestar trazos de la personalidad del donante como cambios en los gustos, recuerdos con personas que no conoce o atracción inusual hacia actividades que nunca antes les habían interesado o incluso habían detestado.

Según Pearsall,

«no a todas las personas que son trasplantadas les ocurre este fenómeno, ya que como una radio sintoniza una emisora determinada, la sensibilidad del cuerpo del receptor ha de ser igualmente alta y coherente con  la del donante».

Las células del corazón son las únicas células rítmicas. Ellas pulsan incluso cuando están fuera del cuerpo, y cuando son colocadas cerca de otras células del corazón, se comunican entre sí y entran juntas en un latido rítmico

Cada célula de nuestro cuerpo vibra, nuestras células se comunican entre ellas mediante impulsos débiles de 75-80 mV. Esa info energía lleva lo que se conoce como memoria celular y en la que cada célula tendría la información y memoria de todo nuestro organismo.

La memoria  celular implicaría pues la impronta que produce cada vivencia en cada uno de los niveles del ser: material, -como en los músculos o las moléculas-; energético, -como el patrón de vibración neuronal-; informacional -como el significado ya prensizaje del recuerdo de aquella experiencia-; y de conciencia -al extraer el sentido profundo y conectarlo con la globalidad-. Si esto fuese cierto, la afirmación de Candace Pert sobre que la mente no reside en el cerebro, sino que existe en todo el cuerpo, tendría sentido.

Bruce Lipton, biólogo celular y autor del libro «La Biología de la creencias», afirma que las células no sólo se comunican a través de intercambio bioquímico, sino que poseen receptores capaces de captar información del contenida en el vacío cuántico en forma de radiación electromagnética. Algo parecido a lo que hacemos cuando nos conectarnos a Internet, bajamos y compartimos información.

Aunque aún queda mucho que investigar sobre este campo, algunas personas ya nos cuestionamos el hecho de que si  somos capaces de conectarnos vía Wireless a través de nuestros aparatos electrónicos ¿por qué no íbamos a poder hacerlo con nuestro propio organismos y entre otros?

Corazón como vía directa a la expansión de la consciencia

Cuando nos referimos a como el campo energético del corazón  puede conectar con la información más sutil sobre objetos y eventos remotos en el espacio tiempo nos referimos a lo que Kart Pribam  llamó dominio espectral: una forma de energía potencial que envuelve al espacio y al tiempo y que formaría la base para nuestra conciencia y comprensión de “el todo.”

Así pues la comunicación energética a través del campo del corazón facilitaría  el desarrollo de una expansión de nuestra conciencia en relación con nuestro mundo social.

Tomás Álvaro, neurocardiólogo y experto en sistema inmunológico nos recomienda prestar atención de manaera intencionada al corazón :

«céntrate en tu corazón a la hora de dar un abrazo, de mirar a los ojos o de superar una difícil situación. La práctica de la meditación o la conciencia intencional de un estado emocional positivo, como puede ser el agradecimiento  y la compasión, aumentará y armonizará tu coherencia cardiaca hacia tus centros cognitivos y emocionales cerebrales ayudando así  a tu sistema inmunológico.«

La danza entre el cerebro cabeza y el cerebro del corazón refleja la la sinfonía y sincronización de los campos energéticos y el vínculo entre los individuos.

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Quizá es de ahí que en las tradiciones filosóficas y religiones antiguas se haya afirmado que el Amor es la llave para la unificación y respuesta de la humanidad, ya que ésta emoción se recibe y se emite principalmente desde el corazón.

Puede entonces que la reflexión a todo esto sea llegar a experimentar el Amor del corazón no como una emoción aislada y efímera a nivel individual, sino como un verdadero Estado de Consciencia Inteligente, colectivo y eterno.

 

Referencias bibliográficas :

  • Lipton, Bruce H. La biología de la creencia: la liberación del poder de la conciencia, la materia y los milagros. La Esfera de los Libros, 2007
  • Marquier, Annie Maestro del corazón, Luciérnaga, 2010

Fuentes:

  • http://www.quo.es/salud/el-corazon-tiene-memoria
  • http://pranamanasyoga.es/ la-conciencia-del-corazon
  • www.heartmath.org