Por qué no encuentras las llaves del coche

El sonido de las olas del mar se mezcla con las notas de un ukelele. Estás en una playa paradisiaca a punto de pedir una piña colada y, de repente, caes en la cuenta de que es septiembre (ya no estás de vacaciones) y no has oído el despertador. Das un salto de la cama, te vistes con lo primero que pillas, vas al baño a lavarte rápidamente la cara (los dientes tendrán que esperar) y comienzas a buscar por todos lados las llaves del coche. ¿Os suena? A las llaves del coche parece no interesarles lo más mínimo que lleguemos tarde. Después de abrir la puerta del congelador y registrar las siete mochilas que utilicé la semana pasada, las llaves aparecen en el bolsillo del un pantalón.

«La memoria utiliza constantemente el olvido para recordar. De este artículo, mañana habrás olvidado el 80% y dentro de dos días más del 95%».

De entre todas las hazañas que hace un cerebro para recordar, existe una que me apasiona. Se trata de un mecanismo que le permite seleccionar de una ristra de recuerdos, aquel que contiene la información más reciente. Sin este mecanismo nuestra vida sería un desastre. Imagina que, cuando le pedimos a nuestros sesos que nos diga dónde pusimos las llaves del coche, nos ofrece una batería de recuerdos con todos los lugares donde hemos dejado las llaves del coche a lo largo de toda nuestra vida. ¡Sería imposible encontrarlas!

Para empezar, la memoria utiliza el olvido constantemente para recordar. De este artículo, mañana habrás olvidado el 80% y dentro de dos días más del 95%. Ahora bien, de los recuerdos que conservamos en la memoria… ¿Cómo sabe el cerebro qué recuerdo contiene la posición actual de las llaves? La explicación que más tilín nos hace a los neurocientíficos está relacionada con la neurogénesis; el nacimiento de nuevas neuronas.

«En el hipocampo de una persona adulta nacen setecientas neuronas cada día».

En el hipocampo de una persona adulta nacen setecientas neuronas cada día [1]. ¿Y qué es eso de hipocampo? ¿Un insulto? No. Es una estructura neuronal con forma de caballito de mar que está relacionada con la memoria, y son estas setecientas neuronas alevines que nacen dentro del hipocampo las que nos permiten separar y diferenciar los recuerdos similares entre si [2]. A ellas debemos hacerles la fiesta cada vez que encontramos la llaves a la primera.

 

Tres trucos para recordar dónde has puesto las llaves

Seguramente algún lector o lectora ya conoce mi obsesión por acercar la ciencia a la vida cotidiana de las personas de una forma práctica, así que voy a compartir tres trucos para aumentar la probabilidad de recordarlas malditas llaves del coche.

Lo primero que podemos hacer es prestar atención. ¡Bravo! ¡Un aplauso para David! Vale. Hasta un concursante de Gran Hermano VIP sabe que la atención es el pegamento que nos permite fijar los recuerdos, si, pero… ¿A que no todo el mundo sabe cómo mejorar la atención? Es simple. Si quieres recordar dónde has puesto las llaves, sácalas del pantalón nada más llegas a casa y ponlas en un lugar. Donde más rabia te de. No importa si quieres esconderlas dentro de la cisterna del váter para intentar sabotear este truco. Lo recordarás igualmente. Solo debes imaginar que un meteorito impacta en ese el lugar. Imagina vívidamente y con detalle como hace saltar el mueble y las llaves del coche por los aires. Sobre todo deja volar tu imaginación (intenta evitar no hacer ruidos extraños o tu pareja pedirá una orden de alejamiento). Este ejercicio absurdo es uno de los trucos que utilizan los campeones mundiales de memoria.

 

 

Otra opción, para el que consiga vencer la pereza, es hacer ejercicio. Resulta que el ejercicio promueve el nacimiento de nuevas neuronas en el hipocampo y, de rebote, nos ayuda a diferenciar recuerdos similares entre sí (en neurociencia nos gusta llamar a este proceso patrón de separación) [3].

Para aquellos tecnoadictos a los que no les termine de llenar ninguna de las propuestas anteriores, siempre pueden instalar la app de turno para encontrar las llaves del coche sin mover una sola neurona. Una conocida marca de coches hace años que ha puesto a disposición de sus clientes una aplicación capaz de sincronizar el teléfono móvil con el llavero del automóvil y localizarlo en un abrir y cerrar de ojos.

 

Si instalo un app para encontrar las llaves… ¿Me hará más tonto?

 

Cada vez existen más personas reticentes a usar la tecnología porque piensan que nos idiotiza, y que el mundo terminará repleto por seres humanos con la capacidad intelectual de Victoria Beckam y la elocuencia de Mariano Rajoy. Instalar una aplicación en el teléfono móvil para encontrar las llaves del coche, cambia la manera de adaptarnos a la situación lo cual modifica nuestra estructura neuronal, es cierto, pero no tiene porqué convertirnos en ignorantes. De hecho, hasta puede resultar beneficioso, porque nos permite dedicar el tiempo que invertimos en buscar las llaves a aprender algo nuevo. La clave no es gestionar mejor el tiempo sino habitarlo mejor.

Referencias

[1] Spalding, K. L. et al. (2013) Dynamics of Hippocampal Neurogenesis in Adult Humans. Cell, Volume 153, Issue 6, Pg. 1219-1227.

[2] Aimone, J. B. et al. (2011). Resolving new memories: a critical look at the dentate gyrus, adult neurogenesis, and pattern separation. Neuron, 70(4), 589–596. http://doi.org/10.1016/j.neuron.2011.05.010

[3] So, J. H. en al. (2017). Intense Exercise Promotes Adult Hippocampal Neurogenesis But Not Spatial Discrimination. Frontiers in Cellular Neuroscience, 11, 13. http://doi.org/10.3389/fncel.2017.00013

Atentados, musulmanes y la regla del PLAC

Los atentados del pasado 17 de agosto en Barcelona hicieron que muchas personas sintiéramos rabia e impotencia. Las cafeterías, los bares y las comidas familiares comenzaron a llenarse de opiniones, comentarios racistas y todo tipo de «fogos» y «fobias» hacia los musulmanes, terroristas o cualquier extranjero que pasara por ahí en ese acalorado momento. Este artículo surge a raíz de esas discusiones privadas que construyen nuestra realidad y ponen sin querer de manifiesto que la mayoría de personas desconocemos el funcionamiento de nuestro organismo el cual, por cierto, nos acompaña a todas partes a todas horas.

¿Pueden las personas o las cosas que nos pasan generar una emoción? ¿Cuál es el origen de las emociones? Gracias a la colaboración de Aïda Massana, este mes el artículo ha tomado la forma de video. En él abordamos estas y otras preguntas. Un video es algo inacabado que se termina con los ojos de la persona que lo mira. ¡Gracias!

 

Recordad siempre la regla del PLAC: una persona, un animal, una video o un lugar no tiene la capacidad de hacernos sentir nada, solo las ideas que hemos asociado a él.

PD: En este artículo, si os apetece, podéis profundizar un poco más en la regla del PLAC.

El nacimiento de youHealth

Si escarbamos en los informes de la Organización Mundial de la Salud con el fin de dar con el origen de las enfermedades que más muertes causan en occidente, nos damos cuenta de que desconocemos la gran mayoría. No sabemos los motivos reales que hacen que el corazón deje de funcionar correctamente, por qué unas personas sufren ICTUS y otras no, lo mismo ocurre con enfermedades de las vías respiratorias como el EPOC, la diabetes, el cáncer o la hipertensión. Este fue el punto de partida de la investigación.

 

Virus

En primer lugar, se me ocurrió analizar el impacto de los virus en este top ten. Encontré casos de infecciones respiratorias y diarreas donde miles de personas habían estado expuestas a la misma cepa de un virus. Los informes señalaban que personas de edad avanzada, al contar con un sistema de defensas más precario, estaban más expuestos a los virus, pero nadie encontraba una explicación lógica y convincente de por qué personas de mediana edad sin antecedentes médicos relevantes expulsaban a estos peculiares visitantes y otras no. Nadie atendía a este grupo de personas a pesar de que las infecciones representan el 33% de las muertes en occidente.

Genes

Impulsado por la falta de respuestas, analicé otros aspectos tradicionalmente importantes como son los hábitos y descubrí que había personas que hacían ejercicio todas las semanas, presentaban un consumo moderado de alcohol, llevaban una dieta equilibrada, y aún así iban a la consulta del médico y morían de cardiopatías. Empecé a descubrir por mi mismo que los hábitos influyen en la salud, pero no la determinan.

El siguiente paso lógico era ponerse delante de los genes, lo que resultó apasionante y rompió todos mis esquemas. Según Science (una de las revistas científicas más influyentes) sólo podemos asegurar que el 5% de las enfermedades cardiovasculares y el 10-30% de los principales tipos de cáncer tienen causa genética. Con cada artículo que leía y en cada aspecto que profundizaba, me daba cuenta de que los genes no eran algo rígido como me habían enseñado en la universidad sino algo moldeable. Además, esto tenía mucho sentido. Al fin y al cabo, si los genes fueran algo rígido no existiría la evolución. Gracias a ellos nos adaptamos al mundo.

El principal mecanismo que hace plástica a la genética es la epigenética. Si los genes son las letras del libro del genoma humano, los signos de puntuación representan la epigenética y cambian la forma en la que se expresa un gen. Esto es muy importante porque un acento o una interrogación puede cambiar por completo el contexto. Todos sabemos que una mama no es lo mismo que una mamá.

Desde un punto de vista práctico, la epigenética representa al conjunto de decisiones que tomamos en las situaciones de vida, es decir, la forma en la vivimos las cosas que ocurren en ella y no tanto la situación en sí misma. Los últimos estudios científicos ponen de manifiesto que el 50% de la felicidad depende de la genética y el otro 50% de cómo nosotros vivamos las situaciones de vida. La agresividad es en un 66% epigenética y la capacidad de aprendizaje depende en un 90% de las decisiones que tomamos a lo largo de la vida.

Aunque hay situaciones en las que la genética gana completamente la partida al ambiente como es el caso de la fibrosis quística o el síndrome de Down, con cada nuevo estudio, el modo en el que vivimos las cosas que ocurren en nuestra vida gana terreno a la genética. Esto no estaba en el guion de ningún genetista, ni del propio Bill Clinton cuando anunció el proyecto Genoma Humano en el 2002 y señaló “una revolución en el diagnóstico, prevención y tratamiento de la mayoría, si no es que de todas, las enfermedades humanas”. Tenía mucha razón. Lo que nadie podía imaginar es que el elemento revolucionario sería la epigenética.

Emociones o mindfulness

Continué la investigación tomándome el tiempo necesario. No quería dejar ningún aspecto en el tintero. Revisé nuevas tendencias y estudios que hablaban de mindfulness o del impacto de las emociones en la salud, y me quedé fascinado con la cantidad de experimentos bien planteados que había al respecto. Aún pesar de todo, de nuevo, encontré personas felices o que practicaban diferentes tipos de meditación que habían fallecido de cáncer o ICTUS, lo que me llevaba de nuevo a la misma conclusión: influye pero no determina.

Después de todo el camino, el cual me mantuvo entretenido a tiempo completo durante dos años, llegué a la conclusión de que con todos los experimentos que había realizado y revisado, solo podía decir que los genes, los hábitos, la meditación o las emociones influyen pero no determinan nuestra salud. Aquí surgió al gran pregunta: ¿por qué enfermamos? Cada uno de los aspectos que había revisado intervienen en mayor o menor medida en la enfermedad, pero ninguno resulto ser un elemento decisivo. Por aquel entonces, todavía ignoraba por completo que estaba a punto de dar un giro a este panorama desalentador.

 

El caso Roseto

Todos los hallazgos que fui encontrando a lo largo de mi investigación se resumen muy bien en el caso Roseto. Roseto continúa siendo una pequeña colonia de emigrantes italianos que se asentó en el estado de Pensilvania en Estados Unidos a finales del siglo pasado, y quedó perfectamente documentado por la ciencia. A pesar de que un equipo completo de médicos y estudiantes de la Facultad de Medicina de la Oklahoma University dirigido por el doctor Steward Wolf estudiaron el caso a fondo (desde 1955 a 1964), no pudieron encontrar argumentos en hábitos, genes, prácticas orientales o emociones, que justificaran porqué la tasa de infartos de corazón de Roseto era un 675% menor que en otras poblaciones que tan solo se encontraban a 3 minutos en coche y presentaban la misma media de mortalidad del país. Comían las mismas grasas, hacían el mismo ejercicio, se peleaban con la misma frecuencia, sentían rabia, fumaban, bebían, respiraban el mismo aire y tenían los mismos trabajos que el resto de la sociedad americana.

 

En 1965 la pequeña sociedad de Roseto se americanizó y la salud de sus habitantes dio un giro inesperado: la tasa de infartos de miocardio se duplicó y fue aumentando en años posteriores hasta alcanzar la media del país. La dieta no cambió sustancialmente, tampoco dejaron de hacer hacer ejercicio ni el consumo de alcohol no se disparó.  Los habitantes de aquellas personas parecían haber cambiado de la noche a la mañana, volviendo a sus organismos más vulnerables.

Roseto no ha sido un caso aislado. Este tipo de experiencias que han podido ser estudiadas por la ciencia moderna han generado desconcierto en muchos profesionales del mundo de la salud, y ofrece una nueva visión para la medicina.

 

El médico interno

Llegó un punto de la investigación en el que resultaba demasiado evidente. Todas las personas tenemos dentro un médico interno con 3.600 millones de años de experiencia que ha resultado victorioso en épicas batallas frente a titánicas epidemias, un médico que ha curado heridas profundas y ayudado al organismo en situaciones extremas. El médico interno mantiene por su propia iniciativa la temperatura corporal a 37º, controla la reproducción celular (para que no haya un crecimiento descontrolado y evitar que nos diagnostiquen un cáncer) y conserva las cantidades de hierro, calcio, glucosa o minerales adecuadas para la vida. ¿Por qué este médico con tanta experiencia un día se le olvida regular nuestra tensión y cuando vamos al médico nos dice que tenemos la tensión por las nubes (hipertensión)?

 

 

Fue entonces cuando me di cuenta de que la enfermedad era mucho más probable cuando este médico interno con millones de años de experiencia se desconecta por algún motivo, y comencé a investigar cuales eran los motivos que hacen que nuestro médico interno se tome unas vacaciones.

 

Desconexión del médico interno: la biología de la supervivencia

Nuestro organismo tiene dos modos de funcionamiento. El primero se da cuando damos un plácido paseo por la orilla del mar, con la cálida brisa del aire en el rostro. En ese contexto, nuestro médico interno se encarga de regenerar nuestra piel, del crecimiento, de nuestro sistema de defensa, y del resto de procesos necesarios para mantenernos sanos, mientras el el corazón trabaja con calma. El organismo se rige por una biología del bienestar.

Sin embargo, cuando vivimos una situación de peligro, nuestra biología cambia por completo y el organismo activa una biología de supervivencia que tiene como principal objetivo alcanzar el éxito en esa situación estrenaste que estamos viviendo. Entre otras cosas, estos mecanismos de supervivencia dejan en un segundo plano a nuestro experimentado médico interno y hace que la probabilidad de enfermar aumente exponencialmente. De algún modo, los organismos de los habitantes de Roseto habían pasado de una biología del bienestar a una biología de la supervivencia, lo que disparó el número de defunciones.

 

De teoría a experiencia

 

El origen de la enfermedad era muy probable que estuviera íntimamente relacionado con la desconexión del médico interno, así que emprendí una aventura que me llevó a sumergirme en gran cantidad de artículos científicos con el fin de recopilar todas las características y herramientas de las que un organismo dispone de manera natural para mejorar la conexión con su médico interno. Empecé a descubrir que poner en práctica estas estrategias pasaba, en mi caso personal, por transformar mi vida. No era suficiente con cambiar aspectos como el ejercicio o la respiración. Cambiar es algo que tiene que ver con los hábitos, con la mente y con la fuerza de voluntad y yo había descubierto que los hábitos influyen pero no son determinantes. Con todo, me di cuenta que era necesario una revolución, una transformación más profunda que tenía lugar lejos de la mente, en el corazón.

Una vez fui aislando las claves del organismo y las principales herramientas, el siguiente paso era compartirlo con el mundo. Leído en un libro, esta investigación tenía el aspecto de una teoría más, capaz de organizar cursos y llenar el intelecto de sus participantes con explicaciones detalladas acerca del organismo o el cerebro. Mirando esto de cerca, me di cuenta de que yo no quería eso. Lo que quería era que las personas pudieran practicarla y vivirla, por lo que me propuse convertir esta investigación en una experiencia y comencé a traducir al lenguaje de las personas de a pie, convirtiendo conceptos complejos en simples pensamientos y emociones.

 

El nacimiento de youHealth

Todo este camino he ido acompañado de personas muy importantes. Una de ellas es Luis Callegari, un profesional de la salud que ha pasado más de 30 años en un consultorio de Madrid, y otra es Michele Lettersten, quien con sus preguntas curiosas ha terminado inspirando esta investigación.

Hace unos años, hablando tranquilamente con Luis a la orilla de un lago en la preselva amazónica peruana, caí en la cuenta de que todas las personas llevamos en el bolsillo un procesador tremendamente potente y programable: el teléfono móvil. Nuestras conversaciones siempre han sido atrevidas, incluso están acostumbradas a rozar la locura, así que me pareció lo más natural del mundo preguntarle: ¿Y si convertimos el teléfono móvil en un entrenador personal que utilice como escenario el día a día de las personas para mejorar su salud? Así nació youHealth.

Diseñé un   para que el organismo pudiera integrar estas herramientas en su ambiente cotidiano que es donde deben de funcionar y dar el cayo. El proceso se basa en aprender primero cómo funcionan estas herramientas, para ponerlas en práctica manteniendo un ambiente que incita a la confianza, la honestidad y la creatividad (CHC).

Una idea rondaba una y otra vez en mi cabeza. La vida de cada persona es diferente, su organismo es único, y estaba convencido de que mis experiencias personales transformadas en consejos generalistas no hacían justicia a la realidad. Entonces diseñé un algoritmo matemático que tuviera en cuenta tanto información subjetiva, las cosas que sentimos y pensamos en el día a día, como objetivas, mediciones por medio de un reloj inteligente de aspectos fisiológicos (ritmo cardiaco, respiratorio, emocional…). El objetivo era poder ofrecer a cada persona una estrategia personalizada que le permitirá convertirse en un elemento activo de su salud. Al hacerlo, la persona llega a la consulta y se remanga junto con el médico para ponerse manos a la obra con su salud, en lugar de pedirle al doctor que le cure.

 

 

A principios de mayo del 2017 youHealth fue presentado al mundo. En esta primera versión hemos desarrollado un entrenamiento que permite a las personas aprender e integrar herramientas y características naturales del organismo para mejorar la conexión con su médico interno, y hemos integrado en la aplicación una serie de mediciones subjetivas que nos permiten hacer propuestas personalizadas a cada individuo.

 

Vivir con la premisa CHC

El proyecto de youHealth ha ilusionado a mucha gente, lo que ha hecho posible concluir la primera parte del proyecto, pero aún queda mucho por hacer. Hemos desarrollado la aplicación solo para dispositivos Apple y hemos obviado las significativas medidas subjetivas, y no por gusto, sino por una cuestión meramente económica.

Paralelamente, toda la estructura institucional de youHealth se ha llevado a cabo con los mismos valores que promueven la aplicación: confianza, honestidad y creatividad (CHC). Es por eso, que la estrategia de difusión y comercialización sigue unas reglas poco usuales. Por ejemplo, youHealth es de descarga gratuita. Entras en AppStore, buscas la aplicación, la instalas en tu teléfono móvil o tablet y realizas el proceso sin coste, sin publicidad y sin interrupciones de ningún tipo. Al llegar al día 30, una vez que has terminado, tienes la posibilidad de colaborar con nuestra investigación. Para aquellos que se animan a hacerlo, hemos reservado el algoritmo personalizado que hemos llamado Autorreceta y preparado alguna sorpresa más.

 

 

Obviamente, esta forma de ver el mundo da un poco de vértigo porque estás dando, dando y dando todo, y solo si a la gente le toca el corazón, entonces recibes. Si no, no recibes nada. La premisa de CHC ha cautivado a todas las personas que forman parte del proyecto incluyendo a inversores (el tiempo dirá si también a las personas). Desde un punto de vista empresarial, muchas personas pueden pensar que la estrategia de youHealth está destinada al fracaso, porque invertimos todo lo que tenemos en investigar y desarrollar, y otros aspectos como el marketing quedan en un segundo plano. Bajo mi humilde punto de vista, hacer una campaña de marketing de miles y miles de euros cuando quedan tantas cosas por hacer e investigar en el mundo es opuesto a la confianza y, a veces, a la honestidad.

Aunque suene repetitivo, me gustaría hacer hincapié en que no prometemos nada, no cobramos por darte nada, simplemente ofrecemos una experiencia gratuita y, si resuenas, entonces colaboras para que podamos continuar investigando acerca de esta nueva visión de ver la salud. Ahora bien, si no puedes colaborar económicamente, no te preocupes. Por el simple hecho de utilizar youHealth ya estás colaborando. Los datos que recoge la aplicación son usados de forma anónima para realizar experimentos científicos que nos permiten conocer mejor al ser humano. Conseguir trasladar el laboratorio a la vida diaria de las personas ha sido todo un reto, además de un sueño personal cumplido.

Sea cual sea el futuro de youHealth nunca será un fracaso, sino una muestra de que la confianza, la honestidad y la creatividad pueden llegar a todos los rincones del planeta.

 

¿Prescindimos del alma en el s. XXI?

Cabe la posibilidad de que el día de mañana podamos prescindir del concepto de alma. La idea de una entidad espiritual ha acompañado toda la vida al ser humano, pero muchos son los que se plantean desde hace un tiempo que podemos comenzar a despedirnos de ella.

Es bien sabido que el concepto de «alma´´ ha contenido numerosos significados, siendo uno de ellos la esencia de aquello que mantiene nuestro cuerpo con vida. Entre otras cosas, el hecho de creer en la existencia del alma, ayuda a millones de personas a perder el miedo a la muerte, ya que a través de ella pueden abordar temas que trascienden más allá de la existencia terrenal.

  <<El alma es inmortal y migra pasando de una forma de vida a otra>> 

                                                         (Pitágoras de Samos, filósofo y místico, 570-510 a.C.)

Repasando la idea de alma

A pesar de la transformación que ha ido sufriendo este concepto a lo largo de la historia, está claro que nunca ha desaparecido ni de nuestro lenguaje cotidiano ni de nuestras mentes.  Normalmente solemos tener expresiones como: «no había ni un alma en la fiesta´´ o «salió corriendo como alma que lleva el diablo´´y aún hoy por hoy hay personas que conciben el alma teñida de connotaciones fastasmagóricas y esotéricas, haciendo de esta entidad un «algo´´ que pertenece al más allá.

Sin embargo, en los avances científicos dentro del campo de la psicología, vemos que todas aquellas hipótesis ambiguas que pudieran contener sentidos espirituales, han ido desapareciendo progresivamente. El objetivo ha sido siempre la constatación empírica que ha ido sustituyendo la «ciencia del alma´´ (como en ocasiones se ha denominado a la psicología) por la «ciencia sin alma´´ o ciencia empírica.

La reminiscencia de las tradiciones antiguas que consideraban el alma como parte esencial de la existencia humana, se sigue manteniendo en nuestro imaginario colectivo. El ser humano está necesitado de una instancia duradera que le confiera cierta identidad, y muchas veces esto se nos escapa de la realidad material en la que vivimos sumergidos. Tanto es así que hasta conferimos a animales, plantas u objetos un núcleo espiritual que los mantiene con vida y que les es esencial para su propia existencia.

 

 

Este hecho descansa sobre la creencia de que nuestros «estados mentales´´ pueden continuar después de la muerte, conformando así el concepto de alma. De este modo le conferimos dicha capacidad espiritual a casi todos los seres vivos u objetos que nos generan apego.

 

¿Como vemos el alma?

Dentro de las diferentes representaciones del alma que han existido en épocas y culturas pasadas, la que mas ha predominado ha sido considerarla como una esencia inmortal que define el concepto del sí mismo. Cuando afirmamos que «alguien no tiene alma´´, normalmente hacemos referencia a aspectos de su personalidad o forma de ser/actuar. 

Por otro lado también solemos darle ciertas características espaciales a este concepto, siendo capaz incluso de cambiar su forma o apariencia,  de separarse del cuerpo o localizarse en el espacio. Esto es bastante paradójico teniendo en cuenta su naturaleza no corpórea.

 

Experiencia extracorpórea

 

Claramente se trata de un intento de cosificar algo que ni si quiera es un objeto y lo hacemos con la intención de hablar de estados mentales que no podemos comprender o afrontar si no es con metáforas o sentido figurado. 

A pesar de tratarse de un error categorial que aparenta carecer de toda lógica posible, las personas no solemos tener problemas para aceptarlo. Es entonces cuando surgen numerosas cuestiones sobre cómo puede influir el alma en nuestro cuerpo. Ya Descartes hablaba de la ubicación del alma en la epífisis, lugar físico que permitía conectarse con el cuerpo. 

Pero como contraposición, sobre todo para aquellos más escépticos, encontramos el dualismo intuitivo con el que nos hemos criado a lo largo de toda nuestra vida. Desde pequeños aprendemos a diferenciar los estados mentales de lo material, ya que muchas de las cosas que pasan por nuestra mente no se encuentran reflejadas en la realidad. Esto dificulta la concepción del alma como parte influyente en el cuerpo, pues se trata de materias distintas y la mente racional no puede percibir el alma en ninguna parte.

 

Concepto metafórico

 

Sin embargo, si seguimos cuestionándonos, ¿qué es lo que hace que mi cerebro actúe por si mismo? parece difícil encontrar una clara respuesta. Podemos rescatar  la idea del Primer motor inmóvil de Aristóteles, ¿pero dónde se encuentra? Parece ser que nadie lo ha visto… y hasta ahora nuestro cerebro no aparenta poseer ninguna instancia autónoma que determine sus decisiones conscientes y comportamientos. ¿Entonces cabría aquí la posibilidad de incluir el alma dentro de la fórmula? Algunos piensan que si, otros no tanto (si a la ciencia nos remitimos).

Si creemos o no, es subjetivo

En muchas ocasiones hemos podido escuchar la expresión «ha vendido su alma al diablo´´ y lo que podemos deducir de ella es el significado subjetivo de que alguien ha faltado a sus principios por un beneficio mayor. 

Son algunos los estudios que revelan que la creencia o concepción del alma atañe al modo en cómo pensamos sobre nosotros mismos y los demás. Es decir, parece que el alma puede servir como un refugio para nuestro autoconcepto y percepción del mundo. 

Por otro lado, el alma nos permite perder el miedo a la muerte, porque si nos paramos a pensar en qué será de nosotros cuando «pasemos al otro mundo´´ seguramente nos podamos imaginar o vagando por la penumbra de la noche, en el limbo o siguiendo una brillante luz. De algún modo nos imaginamos desde fuera y esto refleja nuestra necesidad de compensar de algún modo la idea de la propia inexistencia. 

 

Ascensión del alma después de la muerte

 

Nuestro cerebro automáticamente se disocia de la idea de muerte, ya que si estuviésemos pensando en nuestro ultimo día durante todos los días, no seríamos capaces de vivir tranquilos. Y cuando se nos ocurre pensar en la muerte, nos contamos la «historia´´ heredada culturalmente, de nuestra permanencia en algún otro lugar inmaterial. Imaginarnos cómo es estar muerto, excede nuestra capacidad representacional. Es evidente que nuestra mente retrocede ante la posibilidad de no existir.

A todo esto cabe añadirle que somos capaces de aceptar que hace cien años no existíamos. Pero no aceptamos con mucho gusto la idea de no existir dentro de cien años. Este podría ser uno de entre los varios motivos que nos facilitan la creencia de poseer un alma que además de persistir en el mas allá, nos mantiene vivos en el presente. 

«SI EL ALMA ES INMORTAL, NUNCA DESAPARECERÉ…´´

Objeción científica 

Desde la ciencia podemos encontrar cada vez más explicaciones de sucesos próximos a la muerte o experiencias como el dejà-vu, que descartan por completo el concepto de alma o del mas allá. Como consecuencia, dentro de este terreno va avanzando  la comprensión de la mente desde fenómenos basados en leyes naturales.

Incluso en el campo de la filosofía encontramos especialistas que afirman que en este siglo no tiene por qué haber problemas para despedirnos de la idea clásica de un alma inmortal. Parece que la neurociencia cognitiva ayuda en esta idea, puesto que dilucida con precisión el modo en el que el cerebro lleva a cabo sus funciones mentales. 

 

 <<He diseccionado muchos cadáveres y nunca he hallado un alma>>

                                                                (Rudolf Virchow, médico, 1821-1902)

 

Evidentemente este avance repercute en el modo en el que percibimos nuestros procesos mentales y la idea de que pueda existir un mas allá va siendo difícil de argumentar con «tanta facilidad».

En sus inicios, se consideraba al alma como una entidad superior a la consciencia, comprendiendo un principio vital para la vida. Sin embargo con el paso de los siglos, hemos ido obteniendo mas información sobre el funcionamiento fisiológico del cuerpo y de la mente, por lo que se ha ido desechando este constructo como medio de explicación de las funciones vitales. Hoy en día empleamos el concepto de alma como sinónimo de psique, lo cual la destierra de toda connotación extrasensorial. Esto demuestra que el concepto seguirá transformándose con el paso del tiempo. 

Entonces nos surge la cuestión de si estos avances implican que el alma vaya quedando cada vez más encapsulada en el ámbito de la fe… Algunos profesionales afirman que el alma inmortal hoy ya solo es un concepto teológico, pero a pesar de ello sigue habiendo personas que se aferran a ella porque les hace sentir mejor o porque les aporta unidad personal y cierto auroconcepto de sí mismas. 

Cierto o no, la creencia en el alma no podemos fundamentarla con argumentos concluyentes, lo que hace que algunos se refuercen en ideas como que ya estamos inmersos en un proceso en el cual nos estamos deshaciendo de la creencia en el alma y en el mas allá. La ciencia aboga por sustituir viejos enfoques por otros nuevos que se presentan mas explicativos y empíricos. De este modo, el avance se determina eliminando los supuestos errores de hipótesis aparentemente obsoletas. 

Como conclusión 

Podremos decir que los concepto de alma, cerebro y consciencia han ido cambiando sus sentidos y significados a lo largo de la historia. Pasando por funciones religiosas, metafísicas, culturales y científicas, se han ido adaptando a los tiempos de guerras, tratados y descubrimientos científicos. 

Todo esto refleja que este proceso todavía no ha llegado a su fin. Nuestra comprensión se ve comprometida y seguirá evolucionando en función de los avances científicos, clínicos y filosóficos.

Horkheimer y la ciencia como falsa panacea

Continuamos en este entrada con la Crítica de la razón instrumental de Horkheimer. Si en la anterior exponíamos su visión del paso de la razón objetiva a la razón subjetiva, en ésta exponemos la crítica que Horkheimer realiza a cierta visión positivista de la ciencia: según la cuál la ciencia sería la panacea universal que resuelve todos los problemas de la humanidad.

El consenso positivista

Horkheimer considera que en la actualidad hay un consenso casi general que sostiene que la ciencia ha triunfado allí donde la filosofía fracasó; los problemas se resuelven experimentalmente o son pseudo-problemas. Así pues, lo único que necesitamos es confiar en la ciencia. Se reconoce que puede tener efectos perniciosos, pero se explica aludiendo a un uso desvirtuado de ella, no imputable a la ciencia misma. Éste es el dogma central del positivismo. Para Horkheimer esto no es más que tecnocracia filosófica. Los positivistas no son conscientes de que la ciencia es un modo de producción adicional entre otros, así que resulta imposible a priori decir el papel de progreso o retroceso que juega la ciencia en el proceso social.

El error de revitalizar metafísicas del pasado

Ahora bien, continúa Horkheimer, no se trata de revitalizar metafísicas del pasado, como muchos detractores del positivismo hacen. El paso de la razón objetiva a subjetiva no sucedió por casualidad y no podemos revertir el proceso así arbitrariamente sin más. La razón subjetiva disolvió aquellas bases porque ya eran débiles; retomarlas sería artificial e inútil. Lo que hacen los intentos de revitalizar dichas ideas metafísicas es transformarlas en medios para unos fines: mantener posturas de determinados grupos ideológicos.

Tomás de Aquino construyó un sistema que tomaba los conceptos de la ciencia más avanzada de la época, la aristotélica. Lo que los neotomistas hacen volviendo a la filosofía tomista no es esto, sostiene Horkheimer, pues sus conceptos ya no están en el acervo científico moderno; se tornan así en artificios intelectuales de dudosa validez. Los conceptos de las ontologías medievales se convierten en instrumentos de la política moderna, precisamente aquello contra lo que se revelan. Disuelven el espíritu de aquello que intentaban revitalizar. Los neoconservadores están más interesados en justificar la necesidad de la fe, de la religión, para la vida moderna, que en mostrar su contenido de verdad. No consideran ya que la metafísica cristiana describa la verdad del mundo sino que es útil, es un medio necesario para dar sentido a la vida, calmar nuestra alma, nuestro sufrimiento, dar emoción. Es un medio frente a las dificultades psicológicas y sociológicas de la vida moderna. Pasa a ser un medio de la razón subjetiva, para fines profanos: en lo político para sancionar toda clase de empresas y en la vida cotidiana como medicina.

La ciencia como actividad social

Los positivistas acusan a los neotomistas de llevar a la parálisis del pensamiento, ¿pero no hacen ellos también eso?, se pregunta Horkheimer. Como toda fe establecida, la ciencia puede ser utilizada al servicio de las fuerzas sociales más diabólicas, y el cientificismo no es menos estrecho de miras que la religión militante. Cuando afirman que los males dependen de la actitud anticientífica lo que muestran es la intolerancia de su doctrina.

La ciencia es una actividad humana organizada según el modelo industrial, sostiene Horkheimer. Y vigilada y dirigida según necesidades de este modelo. Lo cual es bueno para obtener objetivos limitados como, por ejemplo, la producción de mejor alimento para lactantes, de explosivos o métodos de propaganda, pero no para promover el verdadero pensamiento. Dado que la ciencia es un elemento del proceso social, su conversión en árbitro de la verdad traería como consecuencia el sometimiento de la verdad misma a patrones sociales cambiantes. Ver a la ciencia como salvadora de la humanidad supone malinterpretar la interacción de fuerzas económicas, técnicas, políticas e ideológicas.

Los positivistas, afirma Horkeimer, reducen la ciencia a la física y sus métodos sin advertir que la división entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu es cultural, no real. Las primeras (las que ellos consideran verdadera ciencia) han sido provistas de objetividad y desprovistas de contenido humano mientras que las segundas carecen de objetividad manteniendo vivo el contenido humano pero en forma de ideología, a costa de la verdad.

Los positivistas alegan que el resto de disciplinas usan medios irracionales, no experimentales. Ellos se consideran científicos y sostienen que su conocimiento de la ciencia reposa en la observación verificable de la misma. ¿Pero cómo resulta posible determinar lo que es ciencia si esta determinación presupone los métodos mediante los que se obtiene verdad científica?, se pregunta Horkheimer. Si alguien pregunta qué es la observación adecuada de la verdad, los positivistas apelan a la observación. Dicen que no les corresponde justificar el principio de verificación, que no hay enunciado significativo que no sea verificable, incurriendo así en petición de principio. Aunque los positivistas se jactan de la pureza lógica de sus enunciados, lo que la actitud positivista evidencia realmente es su veneración por la ciencia institucionalizada. La ciencia, para ser la autoridad absoluta, tiene que ser justificada como principio espiritual o no deducida a partir de métodos empíricos, y después verse absolutizada sobre criterios dogmáticos orientados al éxito científico. El empirismo aniquila los principios mediante los cuales la ciencia y el propio empirismo podrían ser justificados. La observación es un modo de comportamiento, no un principio en sí, que puede llevar a cada momento a su abolición.

Los positivistas no se meten filosóficamente en temas vitales como el espíritu, la conciencia, el sí-mismo. No tienen axiología, y justifican que no pueden hacer nada frente a la crisis espiritual del tiempo porque no han tenido tiempo suficiente para aplicar su método a los valores. Los sustituyen por un autoritarismo dogmático, por un burdo materialismo, supuestamente en nombre de la ciencia. Ni el positivismo ni el neotomismo, afirma Horkheimer, son conscientes de sus propias contradicciones; ambos tienen un papel despótico.

El positivismo ve un mundo de hechos y cosas, obviando vincular la transformación del mundo en hechos y cosas con los procesos sociales. Precisamente, dice Horkheimer, el concepto de “hecho” es un producto de la alienación social; resultado de que todo objeto es visto como el objeto abstracto del intercambio. La tarea de la reflexión crítica no es sólo comprender los hechos en su evolución histórica sino el propio concepto de “hecho” en su evolución, y por tanto su relatividad. Los “hechos” de los positivistas, los cuantificables, contribuyen más a oscurecer la realidad que comprenderla.

Al identificar conocimiento y ciencia, afirma Horkheimer, los positivistas limitan la inteligencia a las funciones necesarias para la organización de un material ya tallado de acuerdo con el molde de la cultura comercial, aquello que la inteligencia debería criticar. No son conscientes de que ni los contenidos ni los métodos ni las categorías de la ciencia están por encima de los conflictos sociales. En su juicio sobre la praxis social, los positivistas son extremadamente idealistas. El positivismo es en definitiva la falta de autorreflexión; su incapacidad para comprender sus implicaciones filosóficas en ética y teoría del conocimiento lo convierte en una panacea más

En conclusión, Horkheimer sostiene que tanto neotomismo como positivismo son conformistas: ambos aceptan un modelo de comportamiento en el que el éxito o fracaso, aquí o en la otra vida, juegan un papel esencial. El positivismo, con su insistencia en atenerse a los “hechos”, al sentido común y olvidarse de utopías, no es diferente del neotomismo, con su exhortación a obedecer la realidad (que equipara con verdad y bondad) tal y como la interpreta la religión. El positivismo en su critica al dogmatismo declara pernicioso el principio de verdad en cuyo nombre tiene, solamente, sentido la crítica. Por otro lado, el neotomismo se aferra tanto a la verdad que ésta muta fácticamente en su contrario. En definitiva, para Horkheimer, ambos sustituyen a la razón autónoma: uno por un automatismo de una metodología ultramoderna y otro por la autoridad de un dogma.

Referencias:

  • Horkheimer, M., Crítica de la razón instrumental, Trotta, Madrid, 2002

Sentimos lo que pensamos: bofetadas electroquímicas, limones ácidos y emoticonos

El cerebro y la neurociencia han vendido millones de libros e incluso se han entrometido con descaro en conversaciones de cafetería. Ya no sólo nos interesa a los científicos; los presentadores de los telediarios y la gente normal se animan a hablar de redes neuronales que se activan y desactivan, de brazos robóticos controlados por la mente, de hormonas, neuropéptidos, emociones, pensamientos, de amor o de Alzheimer. El cerebro está de moda y nuestra sociedad se está convirtiendo en neurocentrista. Nos sobran los motivos para tirar del hilo que asoma (en realidad en este caso vamos a tirar de la neurona que asoma), y vamos a hacerlo sin miedo para ver hasta donde nos lleva. Are you ready?

 

Neuronas en un universo con forma de coliflor

Nuestro cerebro está repleto de células que denominamos neuronas, las cuales están conectadas unas con otras formando largas redes por todo el cuerpo, capaces de conducir mensajes en forma electroquímica. Es como una enorme red de carreteras microscópicas, con sus tramos de autopistas, autovías, carreteras nacionales y vías urbanas. Si conducimos nuestro automóvil por este universo con forma de coliflor… ¿Nos resultará más fácil desplazarnos en una ciudad repleta de posibilidades y conexiones o en un desierto que apenas cuenta con carreteras? Evidentemente nos será más cómodo desplazarnos si disponemos de gran cantidad de conexiones. Esta idea es extrapolable al cerebro humano.

 

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Diferentes redes neuronales se activan cuando tomamos un café, vemos por la tele al presentador del telediario o escuchamos música. Al conducir mensajes electroquímicos, aumenta el consumo de oxígeno y nutrientes por parte de las neuronas que transmiten la información, de la misma forma que un coche que circula por una carretera consume gasolina. Si esto ocurre, algo que podemos ver mediante pruebas de neuroimagen, entonces decimos que están activas. Ahora bien, las neuronas no se encuentran encerradas en el cráneo, sino que el cerebro se desparrama por todo el organismo hasta llegar a las puntas de los pies. A todo el conjunto de neuronas desperdigadas por nuestro cuerpo lo llamamos sistema nervioso.

 

Acerca de cómo se activan las neuronas: bofetadas o limones

Observando el cerebro con dispositivos de imagen médica en diferentes situaciones, hemos aprendido que nuestras neuronas se pueden activar de dos formas: recibiendo información del exterior por medio de los sensores corporales o mediante un pensamiento. También podríamos hacer el famoso experimento de Galvani, tan desgastado por los laboratorio en las High School de las películas americanas, donde los alumnos hacen bailar las ancas de rana inyectando electricidad con un generador en el sistema nervioso del animal. Lo que ocurre es que los grupos musculares del anfibio (o lo que queda de él) confunden las señales eléctricas del generador con las que habitualmente envía el cerebro para decir: “¡adelante!”.

Centrémonos en primer lugar en cómo se activan las neuronas al recibir información del exterior. Por si sólo, nuestro cerebro lo tiene realmente crudo: es ciego, sordo y mudo (aunque no “torpe, traste o testarudo”). Él únicamente puede manejar señales eléctricas por lo que no se entera de nada de lo que ocurre a nuestro alrededor. Puede estar lloviendo a cántaros o tocando una banda de mariachis a escasos metros, que él ni siente ni padece. Necesita de “algo” que le cuente qué está pasando ahí fuera, es decir, que traduzca esas señales físicas ambientales a un lenguaje bioeléctrico que él pueda entender. Ese “algo”, esos traductores, son los sentidos.

Veamos que ocurre cuando nos dan una bofetada. La mano de alguien, al que seguramente no le caemos muy bien, nos golpea la mejilla y hace tambalear nuestras células (nocirreceptores). El dolor que sentimos es proporcional a la presión ejercida por la mano sobre nuestra mejilla, y describir lo que ha ocurrido, de la forma más fielmente posible, es en definitiva la tarea del tacto (a no ser que tengamos un trastorno genético como la analgesia congénita que nos impida sentir dolor). Así que el tacto está atento a la contracción mecánica de los tejidos de la mejilla para generar una señal eléctrica que viaje al cerebro con la información tanto de la presión (se ha pasado tres pueblos) como de la localización (en la mejilla derecha). Lo que acabamos de explicar a poca gente le impresiona, algún que otro cachete nos hemos llevado, aunque algunas personas se incomodan al descubrir que el dolor no se siente realmente en la mejilla sino en el cerebro.

La segunda forma de generar actividad neuronal, aunque la usamos miles de veces al día, todavía sorprende a más de uno: el pensamiento. Pensamos en un limonero, en sus verdes hojas y sus frutos amarillos. Nos acercamos a él y elegimos un limón. Buscamos el más rugoso, el más ácido, y comenzamos a girarlo sobre sí mismo hasta desprenderlo del árbol mientras nos invade un olor a campo. Cortamos con un cuchillo el limón por la mitad y nos llevamos lentamente a la boca, para apretarlo y sentir como derrama su ácido jugo sobre nuestro paladar. Tiene el balance perfecto entre acidez y dulzura. Automáticamente nos ponemos a salivar. ¡Y ni siquiera hemos visto el limón! La neurociencia lleva décadas gritando a los cuatro vientos que pensar es algo así como una “bofetada electroquímica”. Lo que acabamos de experimentar es que un pensamiento u acción (para el cerebro son muy similares) lleva asociado una firma fisiológica única que es el resultado de una actividad neuronal, endocrina y bioquímica.

 

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Sentir lo que pensamos

El cerebro es un bigotudo pintor realista. Entre sus herramientas de trabajo encontramos unos tubos de pintura, los pigmentos o colores, el caballete y el lienzo. Los inagotables tubos representan a las glándulas (un conjunto de células que fabrican sustancias químicas) y su contenido, los pigmentos o colores, a las diferentes hormonas (la sustancia química que fabrican las glándulas). El caballete sería el sistema circulatorio, mientras que el lienzo simboliza al torrente sanguíneo. Con todo este material de primera, un buen pintor puede ponerse manos a la obra para trabajar la mezcla de colores hasta obtener el tono perfecto que retrate lo más fielmente posible la realidad. De forma análoga, el cerebro secreta mediante diferentes glándulas la cantidad exacta de hormonas o neurotransmisores con el fin de generar una composición química que represente lo más fiel posible a la señal eléctrica enviada por el sistema nervioso. ¿Y para qué sirve todo esto?

 

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El torrente sanguíneo es el medio perfecto para repartir estos mensajeros químicos (las hormonas) por todo el organismo, y llegar así a cada una de las células. Es interesante darse cuenta de que si los mensajes hubiesen mantenido su forma eléctrica, la gran mayoría de las células ni se hubieran enterado. Al igual que el cerebro sólo entiende los impulsos eléctricos, a las células les encantan los químicos. El objetivo es que estos mensajes alcancen a toda las células del organismo, por lo que adoptar una apariencia química es lo más conveniente. En realidad, si reflexionamos fugazmente, todo este tinglado está bastante bien montado. Las señales eléctricas viajan por las neuronas a una velocidad superior a 400 kilómetros por hora (más que un Ferrari de fórmula uno), mientras que un señal química está limitada a la velocidad del flujo sanguíneo (unos 0,036 kilómetros por hora). Una vez la hormona mensajera se encuentra repartida por todo el organismo lo más rápidamente posible, debemos saber que cada tipo de célula tiene unos receptores específicos, lo que significa que sólo reaccionarán ante un tipo de hormonas concretas y no ante cualquiera. Así comienza un baile de hormonas y células, una cascada de cambios químicos en el organismo los cuales solemos llamar emociones.

A fin de cuentas, o una bofetada hace tambalear nuestros nocirreceptores de la mejilla para generar una señal eléctrica y activar nuestras redes neuronales, o bien estas redes se activan a través de un pensamiento. Ambos caminos terminan invitando a bailar a nuestras células con la ayuda de hormonas mensajeras dando como resultado reacciones químicas a las que llamamos emociones. En el día a día de una persona que vive en una sociedad occidental, la cual permanece de 8 a 10 horas sentada en una silla frente a un ordenador (y el resto casi con el móvil), nos pasamos la mayor parte del día dándole al “coco”. Cada vez que le damos al “coco” se activan unas redes neuronales concretas debido a aquello que pensamos, y se inicia un proceso que imprime en el organismo la emoción correspondiente.

 

Emoticonos: generando el modelo de realidad

La ciencia habla de las cosas que ocurren en nuestra vida utilizando representaciones de la realidad o modelos. Cada modelo se aproxima más o menos a lo que ocurre, y es ahí donde hablamos de “precisión”. Por ejemplo, Newton utilizó un modelo para hablar de la gravedad, que consistía en relacionar la fuerza, la masa y la aceleración. Luego vino Einstein, con su relatividad, e ideó un modelo más preciso que el de Newton (a la par que más complejo). ¿Eso quiere decir que el modelo que el científico empleó para explicar la caída de la manzana era erróneo? No, simplemente su modelo no era tan preciso. De hecho, si todo va bien, no es de extrañar que consigamos un modelo para la gravedad más preciso que el de Einstein en años venideros.

Volvamos a mirar dentro de nuestro cerebro con esta idea de “modelo” bajo la manga. Hemos descubierto a un bigotudo pintor realista que habita dentro del cráneo obsesionado por retratar en la sangre aquello que pensamos mediante cambios bioquímicos (nuestras queridas emociones). ¿Y para qué todo esto? ¿Qué mosca le ha picado al cerebro con convertir nuestros pensamientos en emociones? La respuesta es simple: el cerebro es un generador automático de modelos.

 

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Imaginemos una cinta automática de supermercado que transporta aquello que captan nuestros sentidos. En ella encontramos un mejunje de receptores externos (informándonos de aquello que vemos, oímos, saboreamos, olemos o sentimos), pero también internos. Estos sensores internos menos conocidos dan parte al cerebro de los cambios químicos o térmicos del medio donde chapotean nuestras células (el medio interno) y, por lo tanto, nos informan de nuestras emociones. Totum revolutum, la cajera de supermercado (ahora el cerebro es una empleada de supermercado y la cinta transportadora el sistema nervioso) va codificando con el lector infrarrojo cada información proveniente de estos receptores. Con todo esto, el cerebro genera un modelo de la realidad que es lo que cada uno percibimos en nuestro día a día.

Al revisar el ticket de compra nos daremos cuenta en seguida de que hemos pasado por alto alguno de los artículos que conforman nuestra realidad: entre ellos encontramos la memoria. Aunque hablaremos de ello en su momento, es tan importante para nosotros que debemos tener presente que el cerebro genera el modelo de realidad utilizando la memoria (nuestra experiencia) como un sentido más. Ahora si. Esta reconstrucción cerebral de la realidad, este modelo, es a lo que nosotros llamamos David, María o Francisco: un espacio donde podemos sentir las emociones (los cambios bioquímicos) que generan nuestros pensamientos, las bofetadas, y que nos convierten en emoticonos andantes.

 

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Cómo aplicar la ciencia a nuestro día a día 

Nos den una bofetada o pensemos en un limón ácido, esa actividad neuronal irá a parar al torrente sanguíneo para generar un cambio químico al que llamaremos emoción. Luego nuestro cerebro reconstruirá un modelo de realidad (con ayuda de la memoria) para que, en definitiva, sintamos. Esto quiere decir, sin tapujos, que el hecho de que nos suden las manos, se apelotonen los latidos de nuestro corazón, se agite la respiración o que la tensión arterial esté por las nubes, la mayor parte del tiempo no ocurre debido a la situación que estamos viviendo, sino por lo que pensamos acerca de ella.

Nos pasamos la vida exprimiendo limones imaginarios. Al estudiar el organismo, la ciencia nos está queriendo decir que aquello que sentimos, en la mayor parte de ocasiones, proviene de lo que estamos pensando. Ahora bien, siempre que sea posible, no tiene sentido adoptar una postura de «lo que diga la ciencia va a misa» cuando disponemos de un organismo para poder experimentarlo de primera manto. Esta es una invitación formal a hacerlo. Enseguida os daréis cuenta de que existen multitud de ejemplos. Una madre teme que a su hijo le haya pasado algo y comienza a agitarse, sudar o temblar debido a que siente los efectos de pensar “mi hijo ha sufrido un accidente”. Un hombre que cree que su mujer le ha sido infiel porque no se encuentra en casa (cuando en realidad ha ido a comprarle un regalo por un aniversario de pareja que él ni recordaba), siente tensión fruto del pensamiento “ya sabía yo que tenía a otro”. Un viajero que teme volar en avión se siente angustiado o nervioso porque piensa “voy a sufrir un accidente de avión”.

En cualquier caso, nadie ha sufrido un accidente, nadie se ha acostado con nadie o ningún avión ha realizado un aterrizaje de emergencia. Somos emoticonos que, a lo sumo, hemos ido a un limonero imaginario, el más ácido del lugar, hemos seleccionado un limón tocando la porosidad de su piel mientras respirábamos el aroma a campo. Lo hemos partido mientras su jugo recorre nuestras manos, hemos levantado el limón nuevamente y exprimido el jugo del cítrico en nuestra boca.  Ummm… ácido, muy ácido… ¡Buen provecho!

 

Viento en popa a toda vela

Como primera aproximación al mundo que os he presentado hoy, donde la ciencia es nuestra maestra, no está nada mal: nos vamos con un sorprendente “sentimos lo que pensamos”. Ahora bien, son muchas las preguntas que han saltado a la palestra a lo largo de mis investigaciones y, aunque hoy las dejemos volar libremente por los aires, os hablaré de ellas en breve. ¿Por qué a veces sentimos emociones y no encontramos ni rastro del pensamiento generador? ¿Cómo componemos la realidad? ¿Qué pasa con los genes? ¿Existe alguna relación entre la autorregulación corporal y las emociones? ¿Qué papel juegan en el organismo, en las emociones o en aquello que sentimos los microbios? ¿Es el amor una sensación? ¿Necesitamos realmente proyectar un futuro? ¿Donde queda el pasado y la memoria? ¿Qué es el miedo? ¿Qué es la honestidad y para qué sirve? ¿Puede un ser humano vivir con un 5% de su masa cerebral? ¿Por qué enfermamos?