¿Desde dónde te comunicas?

Muchas veces cuando los y las profesionales de la psicología hablamos de comunicación nos centramos en técnicas útiles que nos sirvan para transmitir el mensaje deseado de la manera más eficaz posible. Para ello nos centramos en fórmulas y estrategias que nos faciliten la recepción del mensaje emitido y nos permitan, con ello, mejorar la comunicación. Sin embargo a menudo nos encontramos con dificultades a la hora de poner en práctica dichas estrategias ya que se activan emociones de elevada intensidad, tanto en el emisor como en el receptor, que dificultan el proceso de la comunicación.

 

¿ Y por qué me pasa eso si yo sé racionalmente lo que quiero transmitir?

 

Para poder dar respuesta a esta pregunta primero tenemos que hablar de los diferentes estados del yo. Desde el Análisis Transaccional se plantea un modelo para comprender la personalidad humana, las relaciones y la comunicación. Este modelo de los estados del yo o modelo PAN fue desarrollado por Eric Berne y propone la existencia de 3 estados del yo dentro de cada uno de nosotros:

 

COMUNICACIÓN

 

Cuando nos comportamos, pensamos y/o sentimos de maneras que copian a uno de nuestros padres u a otros que fueron figuras parentales se dice que estamos en el estado padre del yo.

 

Cuando nos comportamos, pensamos y/o sentimos en respuesta a lo que sucede alrededor aquí y ahora se dice que estamos en el estado del yo adulto.

 

Cuando utilizamos formas de comportamiento, pensamientos o sentimientos que utilizamos cuando éramos niños se dice que estamos en el estado del yo niño.

 

Estos estados del yo están presentes a cada momento de nuestra vida diaria y podemos pasar de uno a otro en una fracción de segundo. Dependiendo desde que estado del yo nos vivamos a nosotros mismos la comunicación irá dirigida en un sentido o en otro. Pongamos un ejemplo: María va en el coche camino a una reunión de trabajo. Durante el trayecto está atenta a las señales de tráfico y a los conductores que pasan a su lado, en ese momento María está en su estado del yo adulto. De pronto un conductor pasa por su lado y se incorpora delante de ella a gran velocidad obligando a María a reducir la marcha y a comprobar si venía alguien por detrás, María sigue en su estado del yo adulto. Una vez que ha hecho la maniobra pone gesto de desaprobación y comenta para sí misma “hay personas a las que no se les debería dar el carnet de conducir, son un peligro”, en este momento María ha pasado a su estado del yo padre ya que está reproduciendo la reacción que veía en su padre cuando ella era pequeña. Continúa la marcha hasta llegar a la oficina y darse cuenta de que llega 15 minutos tarde y tenía una reunión importante. En este momento María empieza a sentir como el corazón se le acelera y empieza a experimentar angustia, María ha pasado a su estado del yo niño ya que siente la misma angustia que sentía cuando llegaba tarde a clase y sus profesores le reprendían por ello. Finalmente María se da cuenta de que su jefa es una mujer razonable y entenderá que ha llegado tarde a causa del tráfico ya que no es una conducta habitual en ella. Así María se tranquiliza y vuelve a su estado del yo adulto.

 

Es decir, en función del estado del yo pensaremos y experimentaremos distintas cosas y en función de eso nos comunicaremos con nosotros mismos y con los demás de diferente manera. Cuando en una conversación con otra persona nuestra reacción emocional es desproporcionada con la situación experimentada probablemente se deba a que estamos en un estado del yo niño o padre. Cuando esto ocurre la comunicación se dificulta y pocas veces termina en algo satisfactorio para ambas partes.

 

¿ También me puede pasar esto con mi pareja?

 

En el mundo de la pareja esto ocurre a menudo, haciendo que los miembros de la pareja puedan discutir acerca de lo mismo en repetidas ocasiones sin llegar a ninguna conclusión. Cuando esto ocurre genera mucha frustración e impotencia en la pareja, junto con la sensación de que la otra persona no nos comprende y de que esa situación nunca cambiará. En estos casos estaríamos delante de lo que se conocen como transacciones complementarias entre estados del yo niño o padre que son diálogos infinitos que llevan al mismo punto y a repetir una y otra vez la misma discusión con contenidos diferentes.

 

Entonces, ¿qué puedo hacer?

 

La solución a estas situaciones parte de llamar a nuestro adulto para que se ponga a los mandos. Para eso ayuda enormemente describir la situación como si de un observador externo se tratase sin hacer ningún juicio de valor (estado del yo padre). Esto nos ayuda a entrar en contacto con la situación actual impidiendo que generalicemos a otras situaciones pasadas ya que cuando hacemos eso, la conversación se hace tan grande en cuanto a contenidos y tan cargada emocionalmente que resulta imposible poder darle solución. Y es en estas discusiones cuando empezamos a hablar con nuestra pareja de quién hace la compra esta semana y terminamos, no sabemos muy bien cómo, discutiendo acerca de aquello que ocurrió hace 2 años cuando…

Tomar conciencia de lo que sentimos y de lo que pensamos es el paso previo para poder afrontar cualquier situación de comunicación con otra persona. Al hacerlo nos responsabilizamos de nuestra actuación para con nosotros mismos y para con el otro y esto nos permite expresar lo que realmente está pasando, haciendo que podamos llegar a una conclusión adecuada en el aquí y ahora.

 

comunicación

 

Referencia bibliográfica:

Stewart y Joines,  AT HOY Una nueva introducción al Análisis Transaccional, Editorial CCS. edición 2007.

¿Cómo hablar a los niños sobre la muerte?

Hace unos años me enfrenté a una situación trágica, que afectó emocionalmente a toda mi comunidad laboral. La muerte llega sin avisar y el shock se difunde como una epidemia dejando a pocos libres para reaccionar. Una vez que lo haces, hay que hablar de eso y sobre todo con los niños.

Sin embargo, si existe un concepto del cual nadie o muy pocas personas quieren o pueden hablar es de la muerte. Una particularidad que no comparte con nada es que carece de una representación propia. Es decir, nadie ha experimentado la propia muerte. Más bien, hemos vivido la pérdida de la vida a través de otras personas.

Ahora imaginemos cuán difícil puede tornarse hablar de esto con un niño. Muchos de nosotros dudamos al hacerlo. Sin embargo, es un hecho inescapable de la vida, es parte del ciclo vital. Como tal debemos afrontarlo y de igual manera nuestros niños. Si queremos ayudar a manejar una experiencia de duelo por muerte, debemos dejarles saber que está bien hablar sobre eso.

Generalmente, la necesidad de afrontar esta temática con los niños surge por alguna noticia en los medios de comunicación o por alguna crisis familiar o del círculo social cercano. Dependiendo del caso, puede tomar un tono emotivo o no. Hablarlo no resolverá el problema o el duelo, pero minimizará las ideas erróneas y ayudará a procesarlo.

 

Los niños saben…

Muchos antes de lo que pensamos, los niños están familiarizados con el concepto de muerte. La muerte es parte de la vida, y en distintos niveles los niños están conscientes de ellos. Escuchan sobre esto en los cuentos de hadas; lo ven en la televisión y los video juegos; ven insectos y/o animales muertos; e incluso lo actúan en sus juegos.

El nivel de comprensión depende de algunos factores tales como: la etapa de desarrollos en la que se encuentran y la exposición a través de la propia experiencia. Cada niño (a) lo procesa de manera individual dependiendo de estos factores. Pero los seres humanos, y los niños saben de pérdidas y duelos desde el momento mismo del nacimiento.

 

La noción de muerte según la etapa evolutiva

Muchos estudios indican que los niños atraviesan una serie de etapas en cuanto a la comprensión de la muerte. Se relaciona con el desarrollo de las habilidades psíquicas y cognitivas. Generalmente se asocia con la edad cronológica, aunque sabemos que cada sujeto mantiene su propio ritmo.

Los niños en etapa pre-escolar usualmente perciben la muerte como algo reversible, temporal e impersonal. En la actualidad, esta idea se ve reforzada por algunos personajes de las caricaturas que se recuperan milagrosamente luego de sufrir aparatosos accidentes.

Más adelante, aproximadamente entre los cinco y nueve años, la mayoría de los niños comienzan a darse cuenta de que la muerte es definitiva. Sin embargo, aún lo perciben como algo impersonal y de lo que pueden escapar. Durante esta etapa, algunos niños empiezan a personificar la muerte con imágenes tales como los esqueletos y fantasmas. Algunos incluso pueden tener pesadillas con respecto a estos personajes.

A partir de los diez años en adelante, los niños empiezan a comprender que la muerte es irreversible, que todos los seres vivos mueren, y que eventualmente lo harán. En la adolescencia se inicia el desarrollo de puntos de vista filosóficos sobre la vida y la muerte.

 

La experiencia individual frente a la muerte

Si bien, las etapas del desarrollo psíquico juegan un papel importante, cada niño se desarrolla a su propio ritmo. Cada niño se desarrolla en un entorno particular, dentro de un grupo cultural y religioso determinado. Y más importante aún, cada sujeto experimenta e interpreta sus vivencias de manera única, y tiene sus propios modos de expresar y manejar sus emociones.

Por ejemplo, hay niños que empiezan a hacer preguntas sobre el tema desde muy temprano. Otros, experimentan la muerte de algún familiar como los abuelos y parecen poco afectados. Mientras que pueden tener reacciones muy emotivas por la muerte de una mascota. No importa cómo reaccionen ante estos eventos, ellos necesitan una respuesta empática y sin prejuicios.

Hace unas semanas una niña de 6 años a quien atiendo en consulta privada desde hace varios meses me cuenta algo curioso. Me dice que su abuelo materno murió y que ella debía llorar pero no podía. Se sentía triste pero no podía tener la reacción que creía era esperada por todos.

 

Barreras de comunicación

Muchos de nosotros tenemos la tendencia de no hablar sobre temas que nos enojan o desconciertan. Tratamos de esconder nuestros sentimientos y esperamos que sea lo mejor. Pero no hablar sobre un tema no significa que no estemos comunicando, al contrario.

Los niños son excelentes observadores, y leen los mensajes en nuestros lenguaje corporal. Al evadir un tema le causamos a los niños más dudas y preocupaciones. Y a la vez, ellos pueden fantasear y crear en su mente un escenario peor o lejano a la realidad. Es mejor encontrar un balance entre la evasión y la confrontación. Así como utilizar información que ellos puedan manejar a su edad.

Los adultos también podemos sentirnos incómodos por no tener todas las respuestas. Por esta razón muchas veces decimos “mentiras blancas”. Pero por más bienintencionadas que sean, pueden producir inquietud y desconfianza en los niños. Tarde o temprano ellos se darán cuenta de que no sabemos todas las respuestas, de que nadie las sabe. Para ellos será más fácil si les decimos de forma calmada que no hay respuestas para todas las preguntas.

 

Ideas erróneas de los niños sobre la muerte

Como mencionamos antes, de acuerdo con la etapa del desarrollo, los niños pueden interpretar la muerte de manera más concreta. Algunos niños la confunden con dormir. Particularmente si escuchan a los adultos referirse a ella con eufemismos como: “descanso eterno”. Como resultado de esta asociación, ciertos niños podrían tener miedo de dormir o tomar siestas. Similarmente, si a algunos niños se les dice constantemente que alguien que ha muerto “se fue”, podrían tener miedo de separaciones breves.

Decirle a los niños que la muerte se debe a enfermedades o vejez, también puede ser fuente de confusiones. En el caso de las enfermedades, es importante aclararles que sólo algunas enfermedades muy severas pueden producir la muerte. A pesar de que todos nos enfermamos a veces, usualmente mejoramos. De esta manera, los niños no se preocuparán demasiado ante enfermedades menores.

Otra generalización inapropiada es que la gente muere vieja, en frases como “murió porque es vieja”. Esto puede llevar a decepciones cuando se den cuenta que gente joven también muere. Está bien decirles que la mayoría de las personas viven muchos años, pero algunas no.

Y por último, introducir ideas religiosas cuando la religión no ha tenido un rol importante en la vida de la familia antes de la muerte. Por ejemplo, explicaciones como “se lo llevó Dios”, pueden asustarles al pensar que también puede llevarlos a ellos.

 

Hablemos con los niños…

Quizás la parte más difícil es que al hablar con otros sobre la muerte debemos examinar nuestras propias emociones y creencias. De ese modo podremos hablar con los niños naturalmente cuando las oportunidades se presenten. Esto involucra lo siguiente:

  • Tratar de ser sensitivo con los deseos de los niños de comunicarse cuando ellos estén listos.
  • Mantener una actitud receptiva que fomente los intentos de comunicarse en los niños, al escucharlos atentamente y respetar sus puntos de vista.
  • Escuchar y aceptar los sentimientos de los niños. A veces es necesario responder una pregunta con otra para comprender su preocupación real.
  • Ofrecer a los niños explicaciones honestas cuando estamos visiblemente afectados.
  • Responder las preguntas de los niños en un lenguaje apropiado para su edad.
  • Brindas respuestas simples y breves, para que los niños no se sientan abrumados con demasiadas palabras.
  • Verificar qué han comprendido los niños, sobre todo los pequeños quienes pueden ser más propensos a confusiones.
  • Aprovechar oportunidades de la vida diaria para hablarles sobre la muerte en situaciones en las que estén menos involucrados emocionalmente. Por ejemplo, la muerte de plantas o animales.
  • Discutir con los niños mayores sobre la muerte de personas prominentes que tengan mucha cobertura de los medios. Y reafirmarles su propia seguridad cuando los eventos se den por actos de violencia.
  • Darles tiempo para procesar la información a su propio ritmo, no hablar del tema en demasía, sino cuando sea natural hacerlo.

La muerte es una pérdida, es un tiempo de tristeza y duelo. Es importante ayudar a los niños a aceptar esta pérdida y el dolor que la acompaña. Los intentos por protegerlos podrían negarles la oportunidad a los niños de compartir sus sentimientos y recibir el apoyo que necesitan. Compartir las emociones ayuda.

 

Referencias Bibliográficas:

  • Kubler-Ross, Elizabeth. On Children and Death, MacMillan. New York, 1983.

Fuentes:

Paradojas Pragmáticas: la comunicación imposible

Se entiende por paradoja como una contradicción que resulta de una deducción correcta a partir de premisas igualmente correctas. Es uno de los conceptos más interesantes para cualquier ciencia puesto que suponen un reto a la lógica al afirmar al mismo tiempo algo y su contrario; una paradoja muy famosa es la del hombre que asegura: “estoy mintiendo”. Si fuera verdad, se incumpliría el supuesto de que está mintiendo, mientras que si estuviera mintiendo significaría que está diciendo la verdad y por lo tanto, que no está mintiendo.


Una paradoja de este tipo se conoce como Paradoja Pragmática, en la que el contenido en sí mismo es irrelevante (pues a menudo resulta absurdo) y lo que realmente importa es que en el marco de la interacción entre dos personas, este tipo de enunciados sitúan al que recibe el mensaje en una posición insostenible. Esto se observa en multitud de situaciones cotidianas, como unos padres que le piden a su hijo que no sea tan obediente (cuando la forma de conseguirlo pasa por obedecer a esta petición), el miembro de una pareja al otro le pide que le quiera (cuando querer ha de ser una conducta espontánea y verse forzado a hacerlo no se consideraría “verdadero querer”) o cuando has de elegir entre dos opciones y automáticamente alguien te dice: “¿la otra no te gustó?”.

La Teoría del Doble Vínculo

En Psicología muchos estudios como el desarrollado por Bateson, Jackson, Haley y Weakland en 1956 (“Toward a Theory of Schizophrenia”) relacionan este estilo de comunicación entre padres e hijos como un factor explicativo del origen de la Esquizofrenia. Básicamente los componentes de este estilo de comunicación son:


Dos personas que participan en una relación intensa y prolongada de gran valor para ellas (ejemplo padres-hijos, cuidados, cautiverio, amor, grupos ideológicos…)
Mensajes paradójicos del tipo: para obedecerme has de desobedecerme
No se permite que una de las personas abandone esta comunicación: ni abandonándola, ni obviando su contenido, ni expresando su carácter contradictorio.


Esta es la teoría que se conoce como Doble Vínculo, que postula que una persona que sea sometida a mensajes de este tipo será castigada puesto que sus opciones de respuesta pasan por desobedecer obedeciendo y “ser rebelde o estar loco” u obedecer desobedeciendo y “ser malo”. Cuando esta situación ocurre de forma sistemática hasta el punto de que la persona lo interioriza como algo habitual, se establece un círculo vicioso: un doble vínculo provoca una conducta disfuncional que a su vez crea un doble vínculo que vuelve a provocar otra conducta disfuncional, de tal forma que se perpetúa dicho doble vínculo y se establece como un patrón natural de interacción.


En esta situación, lo que a priori podría parecer como una persona que ha enloquecido (en la teoría del Doble Vínculo se relaciona con la Esquizofrenia pero en desarrollos posteriores se amplía a otros trastornos), no es más que una persona que ha encontrado como única vía posible de interacción con su entorno un estilo de pensamiento, emoción y conducta que le aporte un cierto sentido. Habría que añadir entonces dos características para que las paradojas pragmáticas de la comunicación resulten patológicas:


• Que este estilo de comunicación se mantenga en el tiempo de forma sistemática
• Que la conducta paradójica impuesta por el Doble Vínculo constituya a su vez un nuevo Doble Vínculo


¿Qué posibles reacciones puede tener la persona ante este tipo de comunicación?

Ante una comunicación paradójica en la que cualquier respuesta es por definición imposible que satisfaga al que comunica, tres reacciones son posibles: por un lado se podría considerar que no se es capaz de encontrar una solución porque no está considerando todas las opciones posibles, teniendo que recurrir a considerar fenómenos más improbables, dispares o fantasiosos. Por otro lado se podría apelar a la literalidad del enunciado eliminando cualquier intento de razonarlo, pareciendo que se actúa de forma absurda. Por último, se podría recurrir al aislamiento como forma de protegerse frente a una situación sin salida, intentando eliminar las interacciones con los demás. No es difícil pensar en los correlatos clínicos que nos encontramos en psicología de estas tres formas de reacción posible.

Comunicación Paradójica

Un caso concreto que podría ser un subtipo de esta última forma de reaccionar, serían todas aquellas personas que para intentar no comunicar, lanzarían mensajes indeterminables porque afirman en sí mismo que no afirman nada (del estilo de “estoy mintiendo”). Esto es una forma muy sutil de intentar no comunicar nada utilizando una paradoja, puesto que resulta imposible no comunicarse. Cuando una persona quiere “no comunicarse” con otra, indirectamente se está comunicando (le comunica que no quiere comunicarse): por ejemplo una persona en el tren si al ver que su compañero de asiento le va a hablar y decide ponerse los cascos con música, implícitamente le está comunicando que no quiere comunicarse, aunque sea de forma no verbal, con gestos, expresión de la cara… No comunicarse es imposible porque incluso la postura corporal, la colocación en el espacio o la actitud son formas de comunicación. Sin embargo, una paradoja en la que se afirma que no se afirma nada al final resulta en sí misma una peculiar manera de lograr comunicarse sin comunicar nada.

Conclusiones sobre las Paradojas Pragmáticas

Lo increíble de las paradojas pragmáticas que se dan en la comunicación es que permiten explicar el desarrollo de diversos estilos de interacción aparentemente alterados, que en nuestra sociedad catalogamos como trastornados, pero que en realidad responden a un intento lógico de sobrevivir a un enunciado imposible. Llegados a este punto, para hacer un aprendizaje experiencial sobre las implicaciones de las paradojas pragmáticas, solo me queda pedirle al lector que no lea este artículo. Buena suerte.

Referencias Bibliográficas:

Watzlawick P., Beavin Bavelas J., Jackson D., Teoría de la Comunicación Humana, Biblioteca de Psicología: textos universitarios, Editorial Herder. Edición 1995

Claves de la comunicación interna y externa para mejorar el bienestar personal y social.


¿Cómo es la comunicación conmigo mismo?

 

¡Ah! Pero… ¿es que me hablo?, ¿eso no es cosa de locos? ¡No! Todos nos hablamos a diario, a veces de manera más consciente y deliberada y a veces nuestro diálogo interno es tan automático que no somos si quiera conscientes de ello. Y, aunque lo lógico sería pensar que sólo tenemos palabras positivas para nosotros mismos, a menudo no es así y la comunicación es más negativa que positiva.

 

Párate a pensar un segundo. ¿Qué te dices cuando, por ejemplo, te tropiezas por la calle?, ¿cuándo no consigues lo que te habías propuesto? o ¿cuándo algo te sale mal? Si ante estas preguntas contestas como “Soy un torpe”, “nunca obtengo lo que quiero” o “debería haberme esforzado más” estás poniendo en práctica sin saberlo lo que se conocen como distorsiones cognitivas o errores de pensamiento.

 

Se les llama distorsiones cognitivas porque distorsionan la realidad objetiva de tal forma que terminamos por creerlas como verdades absolutas. Dichas distorsiones aparecen no solamente cuando nos referimos a nosotros mismos, sino también, cuando pensamos acerca de otras personas. Para comprenderlo mejor pongamos un ejemplo.

 

 

Según el ejemplo anterior el factor clave que determina cómo te sientes es la interpretación que haces del hecho objetivo y no el hecho en si mismo.

Una vez que sabemos esto vamos a hacer un repaso de los tipos de distorsiones cognitivas que más se producen. ¡Fíjate a ver con cuántas te identificas! No te asustes ni te preocupes si te identificas con más de una o incluso con todas. Si están tan estudiadas es porque su presencia en el pensamiento es algo común.

 

  • Pensamiento todo o nada: consiste en ver la vida polarizada o de forma extrema, si algo no es perfecto entonces está mal. No existe la escala de grises o los puntos de vista diferentes, todo es blanco o negro.

 

  • Generalización excesiva: a partir de un hecho concreto sacamos una conclusión generalizada. Para detectarla presta atención a ver si utilizas términos como “siempre” o “nunca”. Por ejemplo, me salto un día la dieta y ya pienso “siempre lo hago mal, nunca conseguiré mi objetivo”.

 

  • Filtro mental: esta distorsión se produce cuando nos centramos en un único detalle sin tener en cuenta lo demás. Por ejemplo, he tenido en general un buen día en el trabajo pero ha habido una tarea que no me ha salido como quería y, a partir de ese momento, me centro de tal manera en ese punto concreto que aumenta de tamaño y de importancia hasta ocupar casi todo mi pensamiento.

 

  • Descalificación de lo positivo: no darle importancia a las cosas positivas que nos ocurren o que sentimos por considerarlas “normales”. Si utilizas expresiones como “bah, es lo normal” o “eso lo hace todo el mundo” estás poniendo en práctica este tipo de error del pensamiento.

 

  • Conclusiones precipitadas: adelantarnos al futuro, interpretando sucesos de forma negativa sin datos objetivos para ello. Podemos adelantar lo que otros pensarán sobre nosotros, imaginar sus intenciones o predecir que ciertas cosas no se producirán. Este tipo de distorsión hace que muchas veces nos coartemos y no intentemos ciertas cosas por el mero hecho de pensar que no las vamos a conseguir. Podéis encontrar más información acerca de los pensamientos que nos limitan en el artículo de nuestra compañera Ana F. Luna «creencias limitantes en coaching. Las historias que nos contamos…»

 

  • Los deberías: creencias muy rígidas que damos por ciertas y que dirigimos hacia nosotros mismos, hacia los demás y hacia la vida. Cuando no las cumplimos sentimos culpa, ira o frustración.

 

  • Etiquetaje: hacer una valoración negativa de una persona basada en un hecho concreto. Por ejemplo decir que una persona es maleducada porque un día no nos ha saludado o decir de mi misma que soy un desastre por haberme dejado las llaves dentro de casa. Al poner etiquetas transmitimos una idea de inmovilidad, de que algo es así y no se puede modificar, lo que a su vez provoca que ni siquiera intentemos modificarlo.

 

¿Se puede modificar esta comunicación interna?

 

comunicación no violenta

 

Una vez que sabemos que esto existe podemos empezar a identificar cuándo nos ocurre para ponerle freno. Además es una oportunidad de autodescubrimiento, ya que es probable que estas distorsiones no sean tuyas únicamente, sino que las hayas captado del ambiente en el que te has desarrollado. ¿Había muchas normas en tu casa?, ¿se te decía que eras de una determinada manera? Es importante prestar atención al tono con el que nos hablamos, porque puede que nos estemos repitiendo mensajes, lanzados por nuestras figuras de referencia, que hemos estado escuchando durante años. Plantéate lo siguiente: ¿le permitirías a otra persona que te hablara de esta manera?, ¿la querrías a tu lado o te separarías lo más posible de ella? Entonces, ¿qué hacer cuando uno no puede separarse de si mismo? Pues practicar a diario la observación de la comunicación interna e intentar modificarla, centrándonos para ello en datos objetivos y no en inferencias o juicios de valor. Esto resultará una ayuda importante en el bienestar personal, así como en las relaciones interpersonales, sobre todo aquellas que más nos importan.

 

Una vez que hemos aprendido a escucharnos y a modificar estas formas negativas de hablarnos a nosotros y a los demás será importante descubrir una fórmula positiva y no violenta que nos permita expresar lo que sentimos y necesitamos del otro.

 

¿Cómo comunicar lo que necesito?

 

Según Marshall B. Rosenberg autor del libro “Comunicación no violenta, un lenguaje de vida” hay 4 pasos que seguir a la hora de expresarnos sin dañarnos a nosotros mismos ni al otro.

 

1º paso: Observar qué está ocurriendo de forma objetiva sin hacer juicios de valor.

2º paso: Detectar cómo nos sentimos por ese hecho.

3º paso: Expresar nuestras necesidades surgidas de los sentimientos detectados.

4º paso: Elaborar una petición específica cuyo objetivo sea el beneficio de ambas personas.

 

Pongamos un ejemplo. Una persona le podría decir a su pareja , “cuando te hablo y no me miras a los ojos me siento enfadada porque necesito ver tu reacción cuando te cuento algo importante para mi, ¿estarías dispuesto a mirarme cuando te estoy contando algo importante? De esta manera nos acostumbramos a identificar lo que nos afecta y expresarlo de forma objetiva y positiva, en lugar de entrar en reproches y en juicios moralistas. Así, la otra persona no se sentirá atacada y estará más dispuesta a escuchar y comunicarse de una forma positiva.

 

comunicación no violenta

 

Practicar la comunicación no violenta tanto con uno mismo como con los demás es una herramienta poderosa que nos acerca al bienestar personal y social y a mejorar nuestra calidad de vida.

 

Referencia bibliográfica:

Marshall B. Rosenberg,Comunicación no violenta un lenguaje de vida, Gran Aldea Editores, 2013